Anchoas y Tigretones

Ganar maletas, perder ciudades (2)

(Esta conversación, un blog es seguramente una conversación ensimismada, empezó en un post que escribí la noche anterior a volar a Moscú, en 2016. Allí hablaba del olor a hogar que desprenden las maletas al deshacerlas en la extrañeza de un hotel recién conocido. Lo podéis leer aquí: Ganar maletas, perder ciudades).

Foto de Amy Shamblen en Unsplash

Cuando cierro una maleta, que sucede el mismo día de la partida, hago una foto mental de lo que me llevo, equivocándome a lo grande casi siempre. Ya lo he dicho, es una nostalgia anticipada y un conjuro absurdo contra la preocupación del trajín atónito de los aeropuertos, de esa ceremonia de facturaciones y tarjetas de embarque que a mí me agrieta el alma,. Hago esa foto para pedirle a los diositos de las iberias y las aireuropas que no me pierdan la maleta, que no quiero tener que rellenar esos formularios imposibles, estar pendiente de que venga o no venga, que quiero salir cuanto antes del aeropuerto y enfrentar aventuras y mi viaje, ya, fuera de esa rutina de soldaditos de plomo en fila en la que parece que espero algún tipo de aprobación. Cuando dejo mi maleta en la cinta, siempre le digo a la persona en mostrador: «Llegará, ¿verdad?», en un intento desesperado y absurdo de ganar una tranquilidad que no tendré en todo el vuelo. Yo necesitaría, por ejemplo, que me dejasen ver la bodega del avión, ver mi maltrecha y ajada maleta roja, llena de gadgets- lacito inamovible, pegatina enorme- para que nadie se la confunda al recogerla, y acariñarla en ese desapego obligado, en esa dura separación a la que nos obligan. Los problemas del siglo XXI tienen estas dinámicas raras y autocomplacientes.

Hago, por fin, una maleta. Y quizá como resultado de esa confusa y algo apática neblina que ha sucedido al crack del 2020, mi modo de afrontar los viajes es ya menos caótico, menos entusiasta, y, sobre todo, menos anticipado. Voy a un lugar tan literario como destartalado, con un algo de belleza trágica, de maggioratas que vociferan en el alféizar de ventanas llenas de desconchones, esquivando la ropa tendida y el posible olor a colada. Las ciudades, gracias al cine, la televisión y la literatura, establecen esa memoria anticipada que después, al pisar el terreno, queremos reconocer como algo privadamente familiar siendo lo más popular y común que quizá tengamos. En aquella maravilla que era y es Cinema Paradiso, uno de los protagonistas lloraba a moco tendido musitando los diálogos de un dramón, una y otra vez. No creo que haya nada más común que esa idea compartida de los espacios que han sido creados para nosotros por medio de las palabras o imágenes. No he repasado- me gustaría- la elegante silueta de Alessandro Gassmann en I bastardi di Pizzofalcone. No he releído ese cuento tierno y triste sobre la pequeña necesitada de gafas en el librito hermoso que es Il mare non bagna Napoli de Anna Maria Ortese. Y no, no he querido ver L’amica geniale, ni de nuevo L’oro di Napoli, no. Quiero que, en estos tiempos desconcertados, la ciudad me sorprenda más que nunca, ajena a ese conjunto de expectativas necesariamente comprobables. Están ahí, como está Gomorra y la signora Cuccurullo del Matrimonio all’italiana, los sangrientos relatos de otros romanzos, la imponente silueta del Vesubio, la sobrecogedora idea de que nacer en Nápoles agota el destino, algo que decía un personaje de Erri de Luca. Todo esto es literatura, fotos fijas. Pero lo que me apetece es olvidar listas de imprescindibles, dejarme llevar de nuevo por la sorpresa, caminar dejando fuera, casi a propósito, todo aquello que tantas personas que han visitado antes la ciudad nos han insistidoen ver y admirar, nos lo han exigido casi. Dejar, por una vez, todo ese bagaje que hemos ido metiendo debajo de la piel en lecturas y visionados y dejarlo para la vuelta. Y reconocer, también, que dejarse sin ver las cosas importantes es también un modo de arrojar una moneda en una fuente, de poner un marcapáginas, es una promesa de retorno, aunque sea solo a través de párrafos, a través de fotogramas.

Claro que si veo dos niñas amigas.y corriendo a la salida del Liceo Classico Garibaldi, sonreiré, claro, es algo inevitable. LLevamos encima mochilas, aunque las soltemos a veces.

Lo que sí he leído sobre Nápoles en los últimos tiempos

Blu Palinuro de Isabel Parreño (Ediciones menguantes) Más allá del libro de viajes, es una memoria personal de la fascinación por Italia, en un delicado, elegantísimo encuentro con ciudades y lo que sugieren los paseos. Bellezza.

Lo que no he leído sobre Nápoles pero que leeré en el avión

Aguamala: cuatro días de lluvia en la ciudad de Nápoles a la espera de un suceso extraordinario de Nicola Pugliese (Acantilado) Dan tormentas, así que muy apropiado.

Lo que veo cuando no veo The crown por millonésima vez

Me ha gustado mucho Deadwater fell (el incendio)en Movistar. Un incendio en una idílica aldeíta escocesa desvela que tras las paredes de las casas hay mucha porquería, mucha mentira, mucha tristeza.

Y música…me la ha recordado la lista en Spotify de Blu Palinuro.

De los lazos y las desabotonaduras

Botones variados y dversos: imagen, sin créditos, tomada de Mercería La Costura. Pulsa en la imagen para origen.

Agosto es siempre lento y desubicado para quienes no gozamos de veraneo y ruptura de rutinas. Cuando todo se interrumpe- las suscripciones a las revistas, los horarios continuados en nuestros lugares favoritos que pueden ser tintorerías o cualquier otro donde reparar lo externo-solo queda observar y abrazar pausas con las persianas algo bajadas, gozando del silencio. Este paréntesis nos sirve a las lentas, a las dispersas, a repasar o recuperar lo que no ha dado tiempo a hacer: a llevar al zapatero aquellas botas que dejaste de usar en abril porque total, ya viene el verano y para qué; a recomponer el orden y desconcierto de la despensa; a repasar correos y borrar whatsapps que ya adquieren ese punto deliciosamente camp por desconocedores, su lugar en el tiempo, de todo lo que vendría después, qué ingenuos, qué conmovedora inocencia. A mí, además, ese tiempo de minutos espaciados más de lo normal- aquí debería ir la explicación de cómo la soledad del verano convierte los meses en gominolas alargadas en su sabor-me sirve también para recuperar podcasts guardados. Me gustan los que no dependen de lo inmediato, que pueden ser conversaciones de hace tiempo, también del futuro. Hablan Javier Aznar y el entrevistado Pedro Zuazua de amores gatunos, de veraneos en otras ciudades, de los amigos que entran y salen de la vida de uno. Contaba como, hacía muchos años, en una de las excursiones con la pandilla del verano, a la vuelta, se separaron para volver a casa en una bifurcación de la carretera. Los vio alejarse, en la distancia física y de la vida, sabiendo que aquel día se terminaba algo que no había llegado a ser completo, que no tenía ese don de la búsqueda de lo complementario, una pandilla de verano que es la tuya porque está ahí, nada más. Apareció otro grupo más afín, más apetecible para ese tiempo de ocio. Y allí, en la lejanía de aquellas bicicletas pedaleadas por los examigos, cada vez más extrañas y ajenas, nace un recuerdo borroso, de foto que nadie conserva, que no importa.

Leo en el tren Dos vidas de Emanuele Trevi, un homenaje a dos grandes amigos, diferentes, únicos, ricos en discrepancias y construcciones comunes: Pia Pera y Rocco Carbone. La amistad puede ponerse en pausa en algunos momentos de la vida, por desencuentros, por saturación, por desequilibrio en el interés del uno en el otro. Pero no tiene por qué terminarse, no es un portazo. Es un marcapáginas en un libro hermoso y dejado a medias : no es el momento (sin ir más lejos, a mí me ha pasado este año con el fascinante El último hombre blanco de Nuria Labari : magnífico, pero sin don de la ocasión para mí cuando me lo regaló Alejandra. Me observa desde la estantería sabiendo que nos recuperaremos el uno al otro algún día, eso es). Creo que la amistad, por ponerme algo estupenda, es una habitación entreabierta. Es normal y lógico, aunque a veces duela un poco, que algunas entremos y salgamos, en ocasiones de forma sigilosa, otras, de modo más notorio. Tengo compañeras y compañeros de viaje de siempre, muchas veces salvada la relación por el cariño, pero no conservo, ni de lejos, a todos mis amigos de la infancia ni de las pandillas primeras. Muchas amistades, alimentadas con el fervor gregario de la adolescencia, se han diluido y no en la deslealtad, puede ser en los distintos territorios o en la falta de common ground. Me gusta que me llamen o que me envíen whatsapps solamente para saber si estoy bien; en otras ocasiones casi me resulta irritante ser ese foco de atención. Biorritmos, capricho, quién sabe. Pero lo que sí sé es que estoy siempre en ese lugar que he construido a medias con alguien para dramas, alegrías, desahogos, desenfrenos, confidencias imposibles, datos fiables para un trabajo de una hija, teléfonos de señores que arreglan cortinas, psicólogas recomendadas… ¿O no es eso de lo que se trata? Hay una excepción a la disponibilidad: cuando tomo ese camino de refresco del que antes hablaba o si me encuentro yo misma ese hueco vacío que se ha ido forjando poco a poco entre un amigo y yo, entre alguna llamada necesaria sin responder y el silencio, entre la falsa dignidad de dar ese primer paso. Una de mis series favoritas (y que por alguna deslealtad del destino dejé de ver en algún momento) contenía una buena definición de lo sobreentendido, del apoyo silencioso que también es base de alguna amistad. En Mujeres desesperadas, le decía Bree van der Kamp a Gabrielle Solís que cómo, siendo buenas amigas, no le había pedido auxilio dada su situación económica. Y Gabrielle, que tiene más calle que todas esas juntas, le responde algo así como :»Tú lo has dicho: eso es lo que haría una buena amiga. Yo prefiero pensar que somos grandes amigas, capaces de pasar por encima de esto, resolverlo de algún modo y que parezca que no ha pasado nada». Toma ya, la Gabi que parecía otra cosa.

Y como concluía la Ginzburg: é stato cosí. Mis whatsapps, mi teléfono, mi mail siguen abiertos para quien sigue agazapado en la distancia, quizá en un refrescante silencio o pausado entusiasmo. Quién sabe. Ya hubo quien dijo, mucho antes que yo, que el mundo era ancho y ajeno.

Referencias:

El episodio o capítulo o no sé cómo llamarlo de Hotel Jorge Juan es, como dije, la conversación con Zuazua y titulada «Días para ser gato». En un mundo de gritos y cancelaciones, conversar tranquilamente me parece el mejor de los planes, por eso este podcast es de mis favoritos: hay que poner de nuevo la conversación en el centro y dejar de lado el espectáculo. De los últimos que he escuchado (ya digo que voy a salto de mata), destaco las que han tenido lugar con Fernando Schwartz, Guillermo Solana, Milena Busquets, Quim Gutiérrez, Juliana Abaúnza. Un valor añadido es la recopilación de referencias (literarias, artísticas, musicales) al final de cada entrega. Lo dicho, un remanso de paz en medio de un mundo gritón.

E stato cosí (Y esto fue lo que pasó) es un inquietante tomito (qué delicia de palabra, ¿verdad?) donde el dolor da paso a la venganza; la crónica negra a un contexto previo aún más negro, dándole voz y pluma a la mujer que puede ser cualquier mujer que un día dice «hasta aquí». Está traducida por Andrés Barba al castellano y publicada por Acantilado.

Dos vidas de Emanuele Trevi, está, como ya dije, editado por Sexto Piso y son apenas 150 páginas de gran literatura, de conseguir exponer- con la emoción adecuada – el devenir de la amistad, sus idas y vueltas, la irrupción de aquello inevitable, la celebración de la vida y la compañía. Dan ganas de abrirse una buena botella de vino y llamar a personas maravillosas para conversar sobre esta lectura.

Mujeres desesperadas la podéis ver, creo, en Disney+.

De las otras cosas que no salen en el post pero que he llevado en el bolso:

He prometido un comentario-la palabra «reseña» es,casi siempre, un engaño-de Agua y jabón que aplazo, de momento, para darle tiempo y que asiente mi apasionada lectura. Este divertimento de Marta Riezu es un pequeño catálogo de afinidades, de la pausa ante lo involuntariamente hermoso, evitando caer en esa trampa de definir «lo elegante». ¿Hay mayor estilazo que entrar en un ascensor con un abrigo de Max Mara oversized ante la atónita mirada de dos vecinas? Ya os contaré más.

Pesaba mucho para mis bolsos de trabajo, pero valió la pena El césped de manzanilla de Mary Wesley (Alba editorial, colección Rara Avis). Cornualles y una casa familiar repleta de primos jóvenes y la irrupción de la Segunda Guerra Mundial, ese rapidísimo aprendizaje del desencanto y el miedo tan presente en los novelones brit que tanto nos gustan desde Brideshead a la saga de los Cazalet o esa maravilla que yo descubrí en su versión para la tele que es Una danza para la música del tiempo . Hay algo, a mi juicio, maravilloso en la novela de Wesley y que, creo, no debe pasar desapercibido: la conciencia de las mujeres protagonistas de su libertad sexual, de que, en un mundo que se hunde, la reputación es una entelequia, por lo que pueden y deben ser dueñas de sus cuerpos y disfrutar, amigas, disfrutar mucho.

Solo para tus ojos:

Estoy de acuerdo con Miguel Anxo Fernández en que Voy a pasármelo bien es la comedia del año, sea lo que sea esa etiqueta. Divertidísima y a ratos conmovedora, ese chaval fascinado por las letras de los Hombres G y su pequeño mundo de amistades inquebrantables, malotes, solidaridades y primeros amores. Y unas coreos absolutamente grandiosas.

He visto La peor persona del mundo de Trier, que me parece una buena película, interesante- sobre todo el tratamiento del paso del tiempo- pero sin compartir el exacerbado entusiasmo de la crítica. Y estoy deseando empezar The sandman, la segunda temporada de Solo asesinatos en el edificio y- ojalá- alguna plataforma recupere íntegra Parks and recreations.

Ay, qué gustito pa mis orejas:

Os recomiendo un episodio de Tema libre (está en Spotify) con un diálogo entre Lucía Lijtmaer y Cristina Morales. Sobre el poder, los hábitos de escritura y algunas cosas más. Oh, y me ha gustado mucho esto de Amaia y Rigoberta Bandini.

Desaparecer

Stanley Kubrick : Woman walking down the street.
© SK FILM ARCHIVES, LLC

Leo un artículo sobre la poeta Blanca Andreu que decidió un buen día borrarse, desaparecer, pero no al modo de Salinger o Bobby Fischer, se fue al modo en que lo hacen las niñas de provincias que nunca escogieron ese título para un poemario. Se fue a Orihuela al duelo y a la serenidad, alejándose del abrumador sentido de la nada que es la fama, el resaltar, el aparecer como un cromo repetido en todas partes. Es curioso cómo las escritoras no saben cómo nos han acompañado, cómo hemos musitado versos y párrafos con fiereza, admiración y la encendida pleitesía de Bartleby. Hoy es día 24 de julio y hace exactamente treinta y un años que mi amiga Pepa se fue no por voluntad propia ni mucho menos, sino porque las enfermedades son ese moverle los marcos a la juventud. ese croque en la cabeza que te aleja de tu vida airada y de vuelta de todo para recordarte que aquí hay también que también despojarse. Pepa, decía yo antes de divagar, y yo nos compramos un cuaderno de cuentas antiguo, apaisado y con rayas, en una papelería de las Cinco Calles en Compostela. Creo que fue en 1986, pero la memoria nos hace órdagos a la grande de vez en cuando. Nos gustaba ese cuaderno como nos gustaba escribir con pluma, ver cómo se deslizaba la tinta en aquel papel rayado que se pondría amarillo con los años, guardado en esas cajas de mudanza que nunca vas a volver a abrir. Yo escribía citas de libros, con la ingenuidad de quien cree descubrir algo por primera vez. Una era de Blanca Andreu, de aquel libro cuyo título ella no escogió y que a mí me fascinaba De una niña de provincias que se vino a vivir a un Chagall. Mi cita hablaba de «amor y la niña rusa que devoraba reno asado y bebía líquen /amor, la nña rusa que leía a Tom Wolfe». Aquel libro de título impuesto había ganado el Adonais, el premio que Patty Diphusa decía que era imprescindible para poder llamarse poeta. A lo abrumador y ruidoso siguió un telón y seguir moviéndose entre bambalinas, lejos del foco. Y la cita seguía escrita a pluma en aquel cuaderno, que viajó en mochilas y maletas, que habitó muebles que no eran míos y que quedaron atrás, como tantas cosas, en las distintos lugares donde hice algo parecido a un nido. Siguieron ahí y en mi cabeza, a veces imaginando dónde podía colocarlos. A Blanca Andreu solamente la vi una vez, con un perrito blanco y chillón, en la librería Colón, aquella casa que muchas tuvimos durante años en Coruña. Recuerdo que se compró La casa de los mangos azules de David Davidar. Yo la miraba de reojo buscando su monedero para pagar en la caja, y pensaba en Tom Wolfe y unos versos que dormían ahora en un papel cada vez más amarillento, pensaba que aquella mujer que acallaba a un perro díscolo, que estaba compartiendo espacio conmigo en aquel lugar, desconocía que de algún modo me había acompañado muchos años, sin saberlo ni pensar tampoco de quién son realmente los versos, quién se los lleva de bruces a lo largo de la vida, esos versos o letanías que aprendemos a veces porque necesitamos recordarlos y otras, las más, porque han caído de sorpresa, han salido de una chistera, los acoges. Yo pensaba en todo esto de forma confusa y la veía alejarse siendo ya una silueta, siendo el ruido de una puerta que se cierra, de una calle que puebla de ruidos nuestros recuerdos.

Hoy es un día desordenado como todos los festivos que se encadenan. Pensando en las desapariciones voluntarias, en alejarse de cualquier epicentro, pienso también en otras volatilizaciones, las que son producto de una mala gestión de la honestidad, de la desidia o, sencillamente, de lugares o espacios que no interesan pero con la incapacidad de afrontar ese momento de decir, como en la novela de Echenoz, «Me voy». Una, es verdad, puede escurrirse entre los mimbres de una amistad recién creada, de una relación que está empezando a fluir, sea en la dirección que sea. Y de repente, nada, silencio, se rompen los puentes, los mimbres, se han ido los perfiles, las amarras. Y una se queda con cara de tonta, con esa terrible y mala idea de que es tonta o muy cándida, cuando, en realidad, no hay explicación más allá de la política del avestruz. Desaparecer, con todas las consecuencias, es hacerlo con la idea de me voy porque no dejo detrás nada que pueda romperse, que pueda dañarse, me llevo mi maleta llena de mis pocas o inexistentes certezas, pero no voy a romper el cable de un teléfono, a borrar esa intimidad recién creada, a no decir el cómo ni el por qué, a dejarte un hueco que escuece como una muela recién extraída, que, caramba, es nuestra aunque no nos valga. A esa desaparición sin explicaciones ni motivo compartido, porque siempre hay un motivo, siempre, ahora le llaman ghosting. Y bueno, qué queréis: de fantasmas vamos servidas. ¿o no?

-He leído Peyton Place de Grace Metalious en Blackie Books. Una de las perturbaciones de mi tardía infancia fue ver Vidas borrascosas, que fue el título que pusieron a la versión cinematográfica. La novela es de una crudeza tremenda y describe perfectamente las relaciones podridas en un pueblo pequeño con cuestiones como el aborto, el racismo, la nula conciencia de clase, las élites y sus desmanes. No cuento más porque ya di la brasa en Instagram con esto: tan solo dejo aquí la idea fundamental, el infierno es un lugar cotidiano y con horarios comerciales.

-Os recomiendo totalmente Tres veranos de Margarita Liberaki (Periférica) Una educación sentimental de tres hermanas tan distintas como son las hermanas entre sí. Estamos ante tres veranos sofocantes en una casa a las afueras de Atenas, hay distintos telones de fondo políticos y sociales, pero tenemos una familia curiosa y con secretos que huelen a baúl cerrado, a historias reinventadas, a sueños magnificados. No me extraña que fuese una de las novelas favoritas de Camus: es extraordinariamente luminosa.

Lloré de risa con la serie I love that for you con mi nueva ídola Vanessa Bayer. ¿Qué se puede esperar de una niña con una condición especial adicta a la teletienda y que ya adulta, se presenta a un casting para ser presentadora del principal programa de teletienda? Pues hacer valer esa condición especial.

Y de propina, lo que vi ayer en Santiago:

Tarjetas de visita

1960s Two Women Sitting Together Gossiping Under Hairdresser Hair Dryer

Creo que ya lo he contado, pero las teclas dormidas y las tardes de domingo son para repetir historias. Hace tiempo, en esa tarea que ojalá nunca debiésemos hacer, vaciando cajones ajenos para dar paso a un nuevo momento en la vida, empaquetando o tirando sabe qué a la basura, eencontré una pequeña cajita con el logo de una imprenta. Dentro, aquellas tarjetas de visita que hoy ni son casi un recuerdo. Las tarjetas eran del año 66, lo deduje por el texto, y en impecable letra inglesa los nombres de mis padres, la dirección y teléfono, sin código postal ni prefijo, eran los años sin códigos postales ni prefijos, sin terapias contra la soledad porque todo brillaba menos porque, quizá y tan solo quizá, se necesitase menos porque había mucho menos. Aquellas tarjetas tenían esa melancolía anidada que desprenden los objetos fuera de su espacio y de su tiempo, esos objetos que quieren abandonar una orfandad acumulada y lanzarse a nuestros brazos. Los nombres de mis padres, la dirección en la que yo viví tantos años-donde subí escaleras llegando tarde o con un mediocre boletín de notas, donde guardé tabaco en un agujero del pasamanos aunque eso ya es otra historia- eran ajenos a mí porque yo, sencillamente ahí no existía. Y debajo, la leyenda hermosa por antigua y rara: «ofrecen a vd. su casa». Imagino su ilusión volviendo, recién casados de la imprenta, viendo a través del plástico transparente de aquella caja sus nombres normales investidos de la solemnidad que dan las publicaciones, sean como sean, estén donde estén. Quienes serían esos «ustedes «, habrían tomado café en unas tazas que guardo ahora empaquetadas, admirado las fotografías en marcos recién estrenados, la impoluta limpieza de la moqueta, las plantas trepadoras de la galería. Qué violento es el tiempo sobre los objetos y sus recuerdos inventados.

Las tarjetas de visita eran un anclaje algo mentiroso al mundo. Zanjaban en una línea quién eras, dónde vivías, a qué te dedicabas. No tenía una tarjeta quien no tuviese algo que ofrecer, fuese casa, un servicio laboral, una amistad algo tímida, un puente entre soledades. Las echo de menos, tuve unas de juguete de niña y las agoté en ese propio cumpleaños, pisoteadas en el suelo con restos de serpentina y confetti, aunque quizá confunda el fin de año con el cumpleaños, que casi es lo mismo. Una fantasía infantil era la impostura de inventarse una ocupación para ponerla en aquellas tarjetas color de rosa. Los viejos chistes de ser modelo y actriz no habían aún cuajado en las presentaciones, pero yo, que quería ser monja e indio de mayor (profesiones bastante complementarias por otro lado), nunca encontré una palabra que definiese mi dispersión. Yo era un poco profesora, aspirante a escritora y astronauta, me imaginaba la mar de mona en un laboratorio rodeada de probetas, jamás en un hospital, eso nunca. Pero también plantando cosas- utilizo la palabra «cosas» on purpose, no he tenido aldea y sé poco de sachar y plantar- parando al mediodía para descansar y darme al descanso o a la oración (Jesuitinas made me, u know) como en el cuadro de Millet. Pensaba también en ser conferenciante, catedrática, taxista (esto me duró mucho tiempo), amiga del panadero de Barrio Sésamo (era una profesión, no hacían nada, pero estaban) y un millón de cosas más. Si las pulsiones infantiles sobreviven un poco, quizá ese sea el motivo de ser dispersa, de que me interesen muchas cosas pero sea poco ducha en casi todo. Esa idea de probar- del lettering al club de teatro, del bordado a la meditación- se complica precisamente en el marco de actividades pretendidamente abiertas. Ojo, que cada vez que veo una actividad que me apetece me pregunto cuánto van a tardar en preguntarme qué hace una bibliotecaria allí: desde gestión cultural a redes sociales, la sonrisita sardónica que no falte, claro. Prescindiendo del viejo estereotipo que, personalmente, me la sopla- igual que el sacar pecho con listados de películas donde salen bibliotecas, la constante disposición al agravio de una profesión minorizada y, sobre todo, el orgullo librarian que es bastante vaya por Dios- ser bibliotecaria, y no cualquier otra cosa, es casi seguro recibir una mezcla entre extrañeza, lástima y falsa solidaridad (a no ser que manejen referentes de cultura pulp, en cuyo caso les perdono todo).

Pero en realidad yo venía a hablar de otra cosa, además de nostalgias y cajas recién encontrades. Existen en todas las comunidades, grandes o pequeñas, pero fundamentalmente en las pequeñas, los y las repartidores de carnets de legitimidad. A mí una escritora local, subrayo el adjetivo, me preguntó que qué hacía yo en la presentación de un libro. Imagino que lo mismo que ella, o quizá no exactamente: el hecho de que te la sople completamente hacer la pelota te da la libertad de ir a donde te dé la gana. A mi querida P., una señora algo paleta y seguramente con un ego inaudito e innecesario, le recriminó estar en un jurado porque «quién eres tú para estar aquí». Una persona que me pidió ayuda para difundir un librito me pidió que destacase algún aspecto de mi trayectoria, porque no la entendía (WTF!) y «tenemos que poner algo en la nota que enviaremos a la prensa». El «¿y tú que haces aquí?», primo hermano del «¿Y tú de quién vienes siendo?» es una constante en el mundo cultureta revenido, pero también en algunos bares con filtro de modernez, en espacios ya domesticados por élites endógenas y displicentes que son, a fin de cuentas, lo que son las élites. La idea de que una pertenece a un cardume, a un ecosistema cerrado, es bastante provinciano y excluyente. La frase ahí es muchas veces «Pero, cómo no vas a conocer a Menganito». Pues llevo 55 años sin conocerlo y tampoco me ha ido tan mal, mulleriña. Porque ya hablamos de los síndromes de la impostora, pero poco de las impulsoras del síndrome.

Por eso, casi miro y acaricio con nostalgia estas tarjetas de visita que he rescatado. No pretendían ser nada más que cortesía, un modo bonito y algo historiado de situarse en el mundo. La diferencia es que tú las creabas y tú las repartías a quien te parecía, nadie las cuestionaba, eran un agradecimiento y una invitación. Que alguien reparta esos carnets de legitimidad de los que hablaba antes, no es más que un favor para ahorrarte la terapia o el venirte abajo como posible impostora: decid que sí. Cada vez que os ofrezcan algo, presentar un libro, participar en un foro, en un debate, decid que sí. Porque, por supuesto, siempre habrá quien lo pueda hacer mejor, a quien no le gustes tú ni tu pelo azul ni que sepas más o menos del tema. Incluso, y es muy posible, que lo hagas rematadamente mal, vaya como el orto: no pasa nada, no te has tatuado una falta de ortografía en la cara ni has matado a Kennedy. Lo importante es no ceder milímetros ante quien quiere quitarnos, porque sí, todo el espacio: pasar de todo eso es la mejor tarjeta de visita.

Leo/veo/escucho

Leed Literary World de Posy Simmonds, ahora que lo han traducido al español. Es estupenda la casi hagiografía, pero llena de salseo del bueno, Carmen Balcells, traficante de palabras de Carme Riera. Leed también Cauterio de Lucía Lijtmaer y Los sentimientos del príncipe Carlos de Liv Stromqvist. Y cómo no: esa fantasía maravillosa que es Cocido y violonchelo de Mercedes Cebrián. Esperan muchas cosas en la mesilla, pero vamos lentas últimamente.

He visto dos series que me han gustado mucho, por razones diferentes. Una es A sort of, donde encuentro el que creo que es el personaje que más me ha interesado en una serie en mucho tiempo: Sabi Mehboob, paquistaní-canadiense, de género fluido que lidia con convenciones, libertad y la responsabilidad de ser el único interlocutor de los niños a los que cuida. Ojalá una segunda temporada pronto: mitiquísima la conversación en el desayuno con su amiga trans. Está en Movistar. La otra es Single drunk female (traducida, madre mía, como Vaya tela, Sam!). El recorrido por la neosobriedad, la vuelta a vivir con una madre (que es Ally Sheedy, la freak de El club de los cinco) a tu pequeña ciudad porque, borracha como una cuba, has agredido a tu jefe en una revista de modernitos pija, por lo que, como es natural, te despiden. Está en Disney.

En podcasts, sigo recomendando los que ya recomendé hace tiempo : en Reina del grito, me encantaron las conversaciones con Laura Fernández y Bárbara Lennie. Me gustó mucho el episodio «Rompiendo tabús y prejuicios»que llevaron Lucía Lijtmaer e Isa Calderón en Otra españolada, ya que, entre otras cosas, hablan de dos de mis películas fav en el mundo, que son El desencanto (guiño guiño a Dama de Sorrento) y Función de noche. Y, claro, mis queridas Hijas de Felipe con sus barrocos estigmas y genuflexiones, sus monjas salidorras, Juan Rana y una petición que les hago desde aquí: por favor, un episodio dedicado a Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana.

Y no paro de escuchar a Rosalía ni a Natalia Lacunza.

Navegador de artículos