Planes y agendas
Uno de los rituales más apetecidos del final de año es escoger agenda nueva. Ante el festín de ofertas que cada año llegan a librerías, escojo siempre alguna de las llamadas «agendas literarias» con su pléyade de citas, recuerdos de escritores, efemérides preciosísimas que hacen que el futuro nuevo año asome con la desfachatez de la galleta doble de chocolate en una caja de surtidos Cuétara. Siempre, como sabemos, son mucho mejores las expectativas que las realidades, especialmente en lo que se refiere a llenar huecos de calendarios con promesas de excursiones y cumpleaños, de visitas que caldean el alma y las sábanas, de quiebros en esa rutina lenta y voraz al mismo tiempo en que se ha convertido la edad adulta. ¡Cómo si fuésemos a olvidarnos de esas cosas! En realidad, no necesitamos poner en una agenda todo aquello que anhelamos sino aquello que aterriza en nuestra realidad como un equipaje prosaico, fatal e inesperado: la fecha de vencimiento de la ITV, la visita del perito del seguro de hogar para ver las humedades del salón, ese plazo asqueroso de la declaración de la renta o el útlimo día de matrícula de un examen de inglés que, en el fondo, te importa un huevo. La agenda, las mías al menos, permanecen impolutas casi siempre, llenas eso sí de post-its, de trozos de papel donde se apunta algún teléfono de urgencia, fotocopias de algún resguardo de cualquier transacción unido con un clip. Pero la agenda, no. La agenda sigue con sus citas de Austen y e.e.cummings, con sus dibujos trémulos de flores delicadas o con escuetas semblanzas de alguien mucho más destacable que yo. Hace años tuve una agenda preciosísima de Blackie Books, algo apabullante en su cantidad de información. Una de las anécdotas que contaba era sobre Perec, que en una mudanza se equivocó y tiró a la basura todas las fichas, notas y datos para un nuevo libro, dejando perfectamente alineado y ordenado para su nuevo hogar un cajón lleno de miserables descartes, con poco o nulo interés. Esta historia es tan Oulipo y tan perecquiana que merecería que fuese una verdad-mentira como todo lo de Perec especialmente por su final: contaban que lo que hizo fue encogerse de hombros, entenderlo como una necesidad de empezar de cero y escribirlo todo otra vez. Amo tanto a ese señor de pelos disparados y bibliotecosos que me lo creo perfectamente.
Con los años, las agendas se van acumulando porque es difìcil tirarlas: tengo en un rincón de mi estudio (otra incoherencia: tengo un estudio para luego trabajar sentada como un indio en un sofá con un gato en el hombro y portátil en el regazo) un montón de ellas apiladas que van sumando años, muchos más de los que me gustaría reconocer. Porque eso sí: las agendas, a pesar de dar cuenta y razón de lo prosaico y lo cotidiano, sustituyen a veces a esos diarios mínimos que escribimos en lugares más volubles y menos firmes como son las redes sociales. Las agendas existían porque existía la firmeza como algo valioso; las citas eran siempre una voluntad de adaptar el tiempo, de encontrar un espacio común para habitarnos. No escribimos ya en agendas porque no lo necesitamos; los planes son siempre volátiles y sustituimos la ilusión por la pereza y las ganas, muchas veces, de que se vengan abajo para no abandonar la cabaña. Hoy creo que la auténtica cultura de la cancelación es la que te deja con un palmo de narices cualquier fin de semana después de haber creado, alimentado y mimado hermosos planes. ¿Por qué? Porque ya no está de moda comprometerse: el confinamiento nos ha instruido en la idea de que todo puede volar por los aires en cualquier momento, por lo que no hace falta exhibir empeños firmes, mantener citas o ser fiel a lo acordado. No sé si esa voluntad de conservar agendas para hojear tiempo después podría considerarse un inventario de deslealtades a la prisa o un ancla para regodearnos en un pasado que no necesariamente es mejor. Lo peor de todo es que siento que me ha dado pasaporte y motivos para ser una desquedadora profesional : he aprendido también a decir que no me apetece, que me quedo en casa, que qué pereza. Antes, al menos, nos molestábamos en elaborar alguna excusa, en exagerar últimas horas e imprevistos, en hacer mejor la maula (qué preciosa expresión y qué infrautilizada) del malestar. Ahora ya no: no voy porque no me da la gana. No sé, la verdad, si somos más libres ahora o mucho menos formales o, casi me inclino hacia esta última opción, nos importa todo un huevo. Cierto es también que tenemos una cultura del trabajo que hace que «a cabesa non pare»: si tienes planes, bien; si no tienes planes, mal o lo que es lo mismo, todo tiene que ser a destajo, incluso los planes. Quedar, quedar y quedar, llenar casillas y celdas a modo de Excel y no dejar nada suelto, nada vacío. Creo que estamos siendo víctimas de algo bastante contradictorio : la ansiedad de no tener nada a la vista y el empacho que nos produce a veces tener demasiadas cosas y que nos hace desear el vacío de agenda.
En el mes de marzo, deseando conversar sobre la prisa e intercambiar respuestas, estuve en un encuentro en La Platanera, ese lugar fantástico donde Andrea cocina creatividad y poesía. Hablamos, bajo la batuta de Azahara Alonso, de turismo y de cómo vivíamos (algunas ya como víctimas, otras como ejecutoras) la presencia de Airbnb al lado de casa, sobre todo si pensamos que el turismo son los demás y que si yo uso alquiler turístico en en la Toscana no es lo mismo, dónde va a parar. Comenté en un momento que una de mis fantasías, cuando pasaba más tiempo como habitante en Compostela, sería saber en cuántas fotos de turistas estoy, en cuántos álbumes aparezco como convidada de piedra, dónde soy un mobiliario que estropea una foto de grupo o tapa un capitel hermoso de la ciudad de piedra. Esas «invasiones bárbaras» que tenemos ya en Coruña en forma de cruceros han cambiado el paisaje alentadas por el mismo mal que nos ataca a veces en abril, cuando solicitamos vacaciones: ¿y yo a dónde voy a ir? Me aterran los billetes comprados con un año de antelación, los planes a larguísimo plazo, pero es desalentador también no tenerlos: me gusta esa zanahoria que me ponen delante de los morros para terminar un mes de julio en el trabajo soñando ya con el ocio. En este constante espacio de incomodidad-quiero y no puedo, me apetece y no- vivimos la llegada del verano como ese lugar donde debería habitar la anarquía y en el que, en realidad, está todo más que encuadrado: casa alquilada por tanto tiempo, reserva en turismo rural, circuito por las capitales del Báltico, recorrido por los festivales de música. La saturación de oferta, el ruido que constantemente provocan las redes sociales y esos venenosos cantos de sirena que reclaman nuestra atención, nos provocan esa desazón de la abundancia. Porque, como Bartleby, a veces preferiríamos no hacerlo.
He empezado hablando de lo mucho que me desilusiona no usar agenda porque los planes se vienen abajo, porque nos hemos convertido en unos egoístas malquedas y termino diciendo que es casi normal ante la avalancha de posibilidades. No sé si lo que estoy contando es coherente o parte de esa dispersión que provoca el exceso de estímulos. A lo mejor, y solamente a lo mejor, el capitalismo atraviesa hasta el concepto de plan y de ocio con ese ensañamiento de adelantarse, de prever, de ir siempre por delante. Ante el ruido, pido esa calma y posibilidad de bajarse de cualquier carro aunque vayamos bien agarrados: menos exposición, menos planes, más improvisación y más descuidarse en lo menos grave. Y, sobre todo y por encima de todo: menos gregarismo en todo. O sea, querides: que lo que se cuenta en redes sociales son los padres.
LEO, LEO
Es inevitable pensar en Pavese como aquel hombre solitario y huraño que eligió la soledad de un hotel, en un sofocante y solitario Turín, para bajarse de la vida. Pavese, que en realidad era un escritor casi compulsivo y que no hacía gala de ese lavorare stanca que escribió en algún momento, fue un hombre atormentadísimo por estar enamorado del amor pero casi militar en la misantropía, en odiar y venerar a la vez su propia soledad. Un hombre complejo, de prosa exquisita y ataviado de esa elegancia piamontesa que le hacía ladear la cabeza en los retratos. En Hotel Roma, de Pierre Adrian, recorremos tanto los últimos días de Pavese, sus escenarios y espacios, como la fascinación del autor por incluirse en la historia, en una mezcla de autoficción-homenaje muy hermosa y poética, pero en la que se bordea en algunos momentos la hagiografía. Hay una pequeña trampa al principio que puede desmerecer el resultado final que, creo, es muy resultón, y es el situar frente a frente a Pasolini y a Pavese. Prescindiendo de fobias (a Pasolini no le gustaba nada Pavese) creo que son figuras completamente distintas pero (me da miedo poner este adjetivo, pero venga, va) muy necesarias: distintas en sus conceptos de vida y muerte; complementarias en el panorama literario italiano, como si hubiesen trazado intelectualmente líneas que correspondían del uno al otro. No he podido evitar acordarme de la soledad muerta de Pasolini en la playa de Ostia ni de las «spalle scontrose» de Pavese que describía Natalia Ginzburg el último día que vio a su amigo con vida, alejándose comiendo cerezas, de espaldas a la vida y la esperanza. En ese camino de lecturas que se abren a otras, es muy interesante el papel de Pavese como mentor de Calvino (algo que apunta Jordi Corominas en su podcast 15 al día ) y que desarrolla Carlos Clavería en un ensayo que ya está en mi lista de «debe» : Italo Calvino, una ardilla en Einaudi.
En la mesilla: Volvemos a Barthes, ya que tenemos un curso con Azahara Alonso el jueves donde desmenuzaremos (más) Fragmentos de un discurso amoroso. Hoy ya me ha recordado Mercedes R. Bolaño que Marguerite Duras pensaba que Barthes no sabía lo que era el amor, ya que nunca había amado a una mujer. Además de una buena boutade, es casi seguro que sea cierto, pero su pensamiento nos apasiona, amiga, qué le vamos a hacer. No lo cancelamos a Rolando, no. 😀 Otro libro mesillero que empezaré pronto es Gente en el tiempo de Mempo Bontempelli (Acantilado, traducción de Andrés Barba) y tachán, tachán, mi eterno candidato al Nobel y al Olimpo: Pierre Michon, del que se editan en Anagrama Los dos Beune (traducción de Teresa Gallego Urrutia).
VEO, VEO
He visto millones de cosas desde que no paso por aquí, pero hoy he visto una película que, sin ser perfecta, me ha impactado muchísimo: Desmontando un elefante, con unas soberbias Natalia de Molina y Emma Suárez. ¿Cómo podemos cuidar a los adictos que amamos o cómo podemos seguir amándolos si recaen, tenemos que trabajar con ellos, nos decepcionan y, a la vez, nuestra vida queda atrás por salvar la suya?
OIGO, OIGO
Sigo escuchando los podcasts de siempre que me han gustado, pero el otro día me pasó lo mismo que a las chicas de Ciberlocutorio: no me gustó la entrevista que hizo Call her daddy a Lauren Graham (Lorelai Gilmore, forever). Repaso a veces episodios de los podcasts que me gustan porque ahora ya no tengo ese espacio de camino al trabajo que era mi lugar seguro podcastero. Hay dos episodios que recomiendo: la entrevista de Javier Aznar en Hotel Jorge Juan a Manuel Fontán del Junco, director de Exposiciones de la Fundación Juan March o el dedicado a santa Rosa de Lima por las Hijas de Felipe.

















