Anchoas y Tigretones

Basado en rumores reales

O falar non ten cancelas. Imagen tomada de Dame (pulse en la imagen para fuente).

Leí en alguna revista o periódico que, durante muchos años, Juan José Millás, un escritor del que admiro su tierno desencanto crítico, se levantaba muy temprano, horas antes de tener que salir a su rutinario trabajo, y se sentaba a escribir. Sin ningún plan de futuro, no creo que desaforadamente, más bien casi como haciendo ejercicios de caligrafía imaginativa. Quizá la vocación sea eso: no esperar nada y escribir o crear contra cualquier cosa. No sé cuántas personas leen o leyeron aquellos borradores o cuartillas de Millás, quizá solamente él mismo. Sería muy Auster y muy Millás que, dentro de unos años un desgarbado estudiante de Filología Hispánica de, pongamos por caso, Misuri o Boca Ratón (Florida), tomase el té con los herederos de Millás y le permitiesen bichear en su biblioteca, en su despacho, en sus archivadores kitsch de cartón, en sus carpetas azules de gomas y los encontrase, ávido de dar al mundo ese yacimiento arqueológico de papel amarillo y tachones, de notas al margen y post it en los que se coló, quizás, algún recibo de la tintorería o una tarjeta de un cerrajero solícito dejada en el buzón. Y digo con herederos o “the heirs of Juan José Millás” porque para que esto sucediese tendría que estar muerto, Dios no lo quiera y ojalá con esta pobre línea yo le alargue la vida. Ese estudiante, que, por supuesto tendría el look y la pinta de Gabino Diego en Amanece que no es poco y que hablaría español un pijo de bien, llegaría a acuerdos con editoriales para un plan de publicación, leería sesudos papers en congresos, digamos , por ejemplo, en Calabasas (California) o en Toledo (Ohio o España, da igual). Death or glory, publish or perish, you know. Y el interés por conocer de dónde pueden venir algunos detalles, incluso por intentar reconocer o establecer patrones de relación entre borradores y resultados finales, esa pesquisa filológica, ese desentrañar de la madeja que es a partes iguales la satisfacción del arqueólogo y la gloria académica.

Matt Salinger, que dice adorar la escritura de su padre, recibió del autor de The catcher in the rye instrucciones muy precisas sobre cómo y cuándo publicar algunos inéditos; una hoja de ruta precisa y clara, que daba idea de la trascendencia que el hurañísimo autor tenía de su propia escritura. Es muy Salinger programar ese juego de prestidigitador una vez que él ya no esté. Otros autores, el caso de Larkin o Kafka es sonado, pidieron la destrucción de esos restos y reliquias, esbozos e incluso sonrojantes obras de juventud, en un intento de hermanar vida y obra que irían así a la par: ninguna sorpresa detrás de mí, soy el editor de mis escritos, pero también el curator de mi futuro papel en la historia, el vigilante de mi propio canon, A veces alguna mano salvó manuscritos en última instancia : de la basura se rescataron futuros premios literarios; del fuego, algunos poemarios hoy considerados imprescindibles. ¿Hay legitimidad en estos actos de “salvamento” o debería prevalecer la voluntad del autor? En el complejo pero estéril debate sobre epistolarios o inéditos, manejamos con cierta ligereza la palabra ética. Yo adoro los epistolarios, creo que es donde descubrimos facetas mucho más humanas, para lo bueno y para lo malo. Y hay algo de íntimo y doméstico en el hecho de que quienes fueron grandes autores o autoras se suelten la melena, digan lo que les parezca de coetáneos o, incluso, elogien su propia vagancia. ¿Por el bien de la literatura deberían importarme un pimiento porque lo que debe interesarme son las obras? Pues no tengo una respuesta clara: del mismo modo que la proyección social- y sus redes sociales, ya no digamos- de algunos escritores o escritoras actuales me produce profunda antipatía e influye en cómo valoro su obra, otras y otros me han cautivado e incluso conmovido. Con quienes involuntariamente escribían para la posteridad, tengo el honor de compartir tiempo, me lo paso francamente bien. Y es genial que pueda leerlos en su intimidad, oteando a través de un agujerito mentiroso y ficticio. No sé si es legítimo que yo, Lorena Gómez, esté leyendo lo que se escribían Pasternak, Rilke y Tsvietaeva en el verano de 1926. Pero la pulcra y delicada edición de esa correspondencia (Cartas del verano de 1926) que me acompañó en un solitario y muy triste verano en la playa, me permitió degustar una vibrante Europa, también a comprender cómo entendían los tres implicados los entresijos de la creación, la amistad entre poetas, la vida. Este año confinado, me acompañaron Keats, los Shelley y lord Byron, en ese delicado caramelo que es El mundo roto (Lord Byron, como diría Alba María, no podía parar de creaaaaar). Y qué puedo decir del Miquiño mío: sé mucho más de una mujer a la que ya admiraba ( y el salseo me chifla, amigas, me chifla) y me encanta saber que amaba y era correspondida, chúpate esa, Juan Valera. De las páginas de los diarios, me lleno los ojos de lágrimas con Barthes y su ritmo de aflicción. No sé en qué quedará la polémica con los diarios de Zweig, pero el escritor de profunda mirada llorosa estaría atónito ante semejante espectáculo. Y quizá, y solo quizá, las partes tendrían que sentarse a hablar y decidir que triunfase la literatura, pero imagino que eso es ya otro asunto, lejos del voraz mundo editorial contemporáneo, ¿verdad?

En esa, llamémosla para entendernos “trascendencia involuntaria”, el tiempo ejerce también una labor de canalización. Todo aquello que se ficcionaliza es susceptible de ser rechazado o incluso “retractado” : el reciente caso de la periodista Helene Devyck, exesposa de Emmanuel Carrère, al que acusa de construir una autobiografía y no una novela en Yoga. Tuviesen o no un contrato para preservar ciertas intimidades-lo que es un tanto turbio,con todos mis respetos- está claro que es una estocada a la exitosa fórmula de la autoficción que tan bien ha explotado el autor francés. Otros casos de éxito reciente, como El dolor de los demás de Miguel Ángel Hernández, creo que juegan en otra liga: es una muy legítima ficción a partir de unos hechos reales, muy cercanos y dolorosos, de los que ya hemos hablado por aquí. Como decimos, es otra liga.

A mí me han pedido permiso para ser personaje de ficción y, qué quieren que les diga, estoy encantada. Mi yo cabaretero de tímida exhibicionista está deseando verse en letra impresa, arreglá pero informal. No puedo contar mucho más por el momento, pero es algo divertido y, qué coño, me halaga un montón. Ojalá me dejasen contratar una estilista para salir remonísima en la imaginación de los lectores y lectoras. Ojalá yo pudiese sublimar así mi propia trascendencia y no a través de las futuras escrituras, es muy cansado, yo es que soy muy pavesiana, qué le vamos a hace; ojalá poder influir en la escritura de ese personaje ¿Es una persona real dueña de un personaje creado a partir de ella misma o no? Quizá esa sea una cuestión de más calado de lo que parece Hace unos días asistí algo perpleja a una conversación entre escritoras en las que se contaban followers, acciones de marketing digital, promociones y debates en redes. Y digo atónita porque, incluso trabajando en algo similar, no deja de sorprenderme la minuciosa gestión de la imagen, el aparentemente desapegado cultivo del ego, que, imagino, es producto de una competitividad canina y también del miedo. ¿Son ellas mismas posando en redes, cultivando una impostada cotidianeidad, contestando a todos y cada uno de los comentarios? ¿Debería la impostura ser imprescindible para la creación y su posible trascendencia: crear heterónimos, alter egos, dejar pistas y diarios falsos y reírse de la futura Filología?. Eso sí molaría muchísimo, Entre egos y autoestimas anda el juego, señoras. Eso sí, basado en rumores reales.

Marginalia (2)

Señoras agotadas tras un año de mudanza al seguir apareciendo cosas raras en cualquier sitio

Es extraño cómo funciona la memoria. Si tuviese que escoger una imagen sería la de un caleidoscopio lleno de casualidades, ajena a esas leyes de la lógica a las que otorgamos mucha más importancia de la que tienen. La memoria también engaña y avanza, se mezcla con el recuerdo y aquello que proyectamos. Voy por la calle pensando en los ojos de un chico al que sostuve la mirada alguna vez y me lo encuentro de frente; pienso en aquella canción que cantamos por las ventanillas de un coche destartalado aquel verano en Tenerife, siendo piel, arena y salitre, y suena en la radio de la cocina de mi casa de un barrio atlántico, rodeado de invierno. Las casualidades son muchas veces luces amarillentas de la imaginación. Estaban ahí, solo tenías que hacer clic. Hay cruces de caminos y otras vidas aguardando en cualquier sitio, pero esa es ya otra historia.

La memoria es también una cabrona agazapada. Aparece a la mínima en objetos que poco dan o poco valen, que fueron en un momento que ya está muy lejos. He recuperado entradas de cine casi hechas pedazos al salir de la lavadora, incrustadas en arrugas pertinaces de algún bolsillo. Otras veces un ticket del supermercado me recuerda la primera cena que hicimos tras el confinamiento, qué esperanzada compraba yo queso cheddar y paté, atendida por la señorita Mayte. La mujer que salía del súper en el mes de mayo es la misma que ha tirado a la basura, furiosa, una fotocopia casi amarilla de un poema de Walt Whitman que manoseamos tanto, a partir de sentirnos poetas muertos en un club, que su sola mención es causa de cuñadez sin remedio. Me acuerdo de cuando me trajiste aquella fotocopia a la biblioteca de Filoloxía en Mazarelos, pensando que, quizá, nuestros futuros alumnos nos salvasen de la irrelevancia. Era el año que cayó muro de Berlín, de aguardar cartas americanas para becas y todo era posible, incluso nuestro entusiasmo por el futuro. No sé cómo ha sobrevivido a más de seis mudanzas esa fotocopia. Ha estado, quizá, guardada en algún libro, un pobre libro compañero que no he abierto en todos estos años, un libro que gritaba ese recuerdo desde varias estanterías, algunas derrumbadas y en contenedores de muebles viejos. Yo tiré esa fotocopia porque, a pesar de vivir en una nostalgia de señora dandy impostada, también tengo mis ataques de cinismo y hay algunos días atroces en el calendario en el que me posee la lucha contra esa sentimentalidad que provocan los hallazgos, contra el nudo en el estómago que provoca el fetichismo del pasado. Arramplo con todo y lo tiro, deseando que desaparezca por un sumidero en el que irían bandas sonoras comunes, lugares que se han contaminado por historias terminadas, momentos de la vida ante los que a veces sonríes de forma displicente. Esa sentimentalidad es una tiranía que no deja avanzar, y así pienso yo en esos momentos, devorada por la necesidad de un Año Nuevo sin ataduras, sin anclajes al pasado. Y a veces, como es natural, me arrepiento; es más, casi siempre me arrepiento. Pero forma parte de la dualidad de la vida. Todo lo que es intempestivo es también historia de una misma.

En mi casa hay un cuarto que me sirvió de estudio durante el confinamiento. Tengo varias librerías en las que gobierna el caos, postales, notas de post-it. Y un sillón donde leo, abrazando mi libro al sol que entra por esa ventana que da la vida. Cuando interrumpo la lectura miro hacia esa montaña de libros que esconderán otras notas, otras llamadas de de otra vida. Es posible que los conserve, dependerá de si estoy en modo demonio de Tasmania, rellenando bolsas para tirar al contenedor o si, que una no es de piedra, estoy bordeando peligrosamente el spleen o un paulocoelhismo de (más) medio pelo. Sea como sea, sigo leyendo en ese sofá azul y mira tú por dónde, el protagonista de la novela tiene un temita con “O captain, my captain” de Walt Whitman. Y corro a la basura a darle mil vueltas por si, todavía, esa maltrecha fotocopia está allí. Pero no: tan solo consigo ensuciar (más) el suelo de la cocina y fustigarme por mi mala cabeza, por mi escaso sentido de la oportunidad, por no haber conservado más tiempo esa llamada del pasado que puede ser un símbolo del futuro, otra construcción de una memoria propia que todavía desconozco. En esas marginalia, en esos fogonazos del pasado, estamos mucho más presentes, somos mucho más, que lo que somos ahora, por eso hay que desprenderse y mandarlos a tomar por saco. No necesitamos tuits ni grandes titulares, hay que tirar cosas, amigas, o corremos el riesgo de acabar contando estas chorradas en Twitter, en un blog cualquiera y caer en el más puro y duro chonismo lírico . Ese desprenderse, aunque sea con corte de mangas, creo que ha de ser un acto íntimo, diga Marie Kondo lo que diga.

Hoy he tirado mi calendario de mesa de 2020. Y lo veo todavía aleteando en la papelera, abierto al azar por una fecha que no voy a comprobar para no entrar en bucle, para no elaborar más pasados del que ya tengo. 2021, sorpréndeme con marginalias agazapadas y ayúdame también a salir de ellas.

Notas:

El libro que leo en el sillón azul es El hombre de hojalata de Sarah Winman editado por Dos Bigotes. Es una joyita a la que llegué por (otra vez) pura serendipia lectora.

He escrito más sobre Marginalia.

La música que escucho ahora es la radio en Spotify de Monterrosa (con Rodrigo Cuevas, Monterrosa, Joe Crepúsculo, Triángulo de Amor Bizarro, Rusos Blancos…). Me hace muy feliz que me descubran música nueva (a Monterrosa los empecé a escuchar por Esnórquel) como ha hecho también Lúa Mosqueteira ayer recomendándonos a Lopita y a mí que escuchásemos a Rigoberta Bandini.

Y tenéis que ver The Bridgertons, aunque solamente sea por el duque de Hastings. Yo creo que si Amy Winehouse y Edith Wharton fuesen amigas quedarían para verla. Es una telenovela bastante punk y con guiños a Austen, Louise May Alcott y Kenneth Branagh. Y muy sexi todo el mundo, mucha coladera sobre el papel de la mujer en la época, sobre la difamación y el destino…Y condenadamente divertida.

Volver a los diecisiete (un cuento algo amargo de Navidad)

Imagen de Sutterstock tomada de : Dreaming of Christmases past (pulsad para llegar a la fuente).

La pared son miles de flores de papel pintado, agrupadas, sueltas, un auténtico derroche. Cuando te acercas mucho, mientras sostienes el móvil donde se agolpan los mensajes que te recuerdan que tienes otra vida, quizá inventada, las flores parecen esconder otras figuras, algunos ojos y bocas, en ese extraño juego de la pareidolia que aprendiste de niño. Jugabas, antes de quedarte dormido rodeado de tebeos y algún libro, a reconocer a personajes del pueblo en aquella amalgama de formas que, de lejos, eran flores amarillas algo desteñidas ya y de cerca, un entretenimiento. La cama cada vez te queda más pequeña, es más incómoda, reconvertida tu habitación en un cruce entre almacén de trastos y cuarto lleno de armarios. En tiempos, tu habitación era la esperanza. Eras tú, el chico más listo, el que entendía los caminos de la filosofía y el arte, el que devoraba los volúmenes desportillados de la biblioteca. Aquel eras tú, y ganabas los concursos de cuentos de la escuela y una vez fuiste al de de redacción de Coca-Cola, donde te dieron un diploma y aquellas cosas de propaganda que tanto molaban, la mochila roja y blanca, la toalla de playa que a tu madre le gustaba tanto y que acabó siendo trapos de limpiar cristales, en una cruel metáfora de algunos futuros.

Vuelves a casa por Navidad en este año incierto de parones obligados, aplausos y tristezas, mascarillas y soledad, donde hace meses que no ves a tu abuela y en el que, por fin, aprendió tu familia a usar Zoom y todos esos intentos de calentarse el corazón mediante pantallas. Vuelves a casa, decimos, y miras el papel pintado como tantas veces, en esa habitación que debería estar cerrada hace tiempo y que sigue acogiéndote porque tu familia siempre va a acogerte, porque tienes, en el fondo, un lugar al que volver. El problema es que no vuelves desde ese Eldorado que suponíamos iba a dar la educación superior, el sacrificio, el estudio. Para qué estudiar tanto si no ganas ni mil euros, y, además, a quién le importa la lingüística pudiendo tener un curro donde ganes más, le decían algunos cuando volvía. Y qué vas a decir. Encoges los hombros e intentas mantener ese estado de ficción alimentado por todos. Tu madre, ante las vecinas que encuentra o las amigas con las que se reúne a veces, se ha hecho especialista en disfrazar tu precariedad de inquietudes, tus becas e ínfimos contratos de investigación de experiencias, de solidez todo aquello que es endeble y lo es mucho. Porque tu vida, quizá y solo quizá, es un castillo de naipes que enmascara esa dinámica aparentemente cool de piso compartido y temor a las facturas, de alimento cultural que suple los rigores que se le suponen a la vida adulta, de bohemia alternativa que se derrumba ante la cama de 90, ante los niños de san Ildefonso cantando en la tele de la cocina como tantos años atrás, ante las nóminas hinchadas de los hijos de los demás, ante tu sitio reservado en un sofá cada vez más raído. E intuyes, con amargura, que has caído en la “trampa del entusiasmo”, que todos mienten por amor y también por vergüenza, y eso duele, duele mucho. Porque, mirando las figuras del papel pintado, te reconoces y decides apretar los dientes y seguir adelante, encarar el turrón familiar y capear las preguntas sobre vida y destino, sobre proyectos de futuro con tu pareja si la tienes, sortear los futuribles e intentar tranquilizar a tus preocupados padres, cuando quien está realmente atacado de los nervios eres tú. Porque quieres la dignidad que todas las investigadoras e investigadores de este país merecen, porque los proyectos no salen del aire ni se alimentan del aire, pero tampoco tu nevera se llena con un pase de magia. Y en ese soberano desprecio que hay hacia el personal investigador, en ese lado oscuro, cae también la valoración social, la autoestima.. Porque la precariedad no es algo que haya surgido de una crisis concreta: es el estado de las cosas de una visión concreta. Y, mirando el papel pintado, un año más, le pides a los Reyes que sea el último año en el que te sientes de prestado, en el que puedas planear sin fechas de vencimiento, en el que ilusionarte con disfrutar de una juventud algo publicitaria. Mientras tanto, agradeces las PCR, la escasez de sobresaltos, los lugares a los que volver, el amor, tanto amor, que algunas veces duele. Que tu madre te traiga unas vieiras para tomar el día de Nochebuena porque te pirras por ellas, que tu abuela–ojalá pudiese estar cerca este año y hacerlo- te dé, de contrabando, un sobrecito con dinero, “una propinita”, que algo te infantiliza, pero que parte de tu vida es su letra temblona con tu nombre. Que tu padre te despierte para aplaudir con la marcha Radetzky el día 1, aunque Viena y sus conciertos sean lo más alejado empíricamente a tu realidad. Porque sabes que sí, a pesar de todo, el orgullo y la preocupación a veces van de la mano. Y los quieres, quieres ese espacio que ocupas como una ficha del Tetris para que nada esté incompleto. Y agradeces el estar aquí, juntos, más que nunca, un año más.

#sinciencianohayfuturo

#sinHumanidadestampocohayfuturo

Recomendaciones para unos días de Navidad

El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital de Remedios Zafra

Y la mayor hermosura que he leído este año sobre el amor a los padres y la construcción de esa manera de verlos que tenemos a lo largo de la vida: Amor intempestivo de Rafael Reig.

Y os ponéis a toda tralla el último disco de Xoel López, que es todo amor.

Otro invierno

Señoras elegantes que viajan en invierno

La vida digital tiene sus puñaladitas de paso y una de ellas es la sección “recuerdos” de alguna red social. Hoy, hace tres años, yo estaba en el aeropuerto de Barcelona rumbo Bologna y Ferrara. Que el mundo se haya convertido en una permanente hibernación alimenta, no de forma muy sana, nuestras nostalgias y rasgamiento de vestiduras. Hace tres años yo me quejaba de pasar un control exhaustivo en el aeropuerto pero, claro, abrazaba a quien me daba la gana, entraba y salía con tranquilidad y mi máxima preocupación era colocar bien las preposiciones al aterrizar en Bologna. No sé si estas nostalgias no estarán alimentando una futura sensación de venganza al mirar atrás, al mirar a todos estos meses medio vividos. En cualquier caso, empieza un nuevo invierno y es cuando echo más de menos el trajín, porque yo, señoras y señores, soy una viajera de invierno.

En invierno las ciudades son mucho más auténticas. Esa luz que se escapa tan pronto en el centro de Europa hace que tengas que aprovechar al máximo, arrebujada en bufandas y lanas, tus jornadas y paseos. Esa pálida luz que bañaba Ferrara un viernes de mañana, en el castillo Estense, cuidado por voluntarios mayores que te acompañaban para que no te perdieses. Hermosa es la llegada de la noche a Viena en noviembre, con aquellos mercadillos de Navidad donde se bebía la única guarrada bebestible que no soporto, que es el vino caliente con canela y miel. O refugiarnos de unos timidísimos primeros copos de nieve en Torino, buscando la casa de Natalia Ginzburg, viendo cómo iluminaban la Mole Antonelliana de morado y los transeúntes se paraban, fascinados, a ver el espectáculo. Y aquel enero lleno de barro en Haworth, donde fuimos Emily Brontë un ratito y Charlotte otro poco. El invierno, con paseantes casi esquivos y el viento helado de cara, es esa estación poco amigable para muchos, pero que es una pequeña cajita de bombones para unas cuantas. Y ojalá una travesía en un tren hermoso y decadente.Todos esos ojalás, los congelo y me los guardo en una caja de futuro.

Qué poco sabíamos del frío solitario de otros inviernos: de los confinamientos, de las cifras, del desconcierto y la incredulidad. De vivir en zapatillas y castigados sin postre ni recreo. ¿Os acordáis de cuando no salíamos un sábado porque nos daba pereza? ¿O de tener entradas para un concierto y no ir porque “ya los vi y total, ya da igual”? O esas llamadas que no cogías porque “no era el momento”. Bueno, quizá sea cierto que ya bastante rasgamiento de vestiduras hay en el mundo para que venga yo a dar por saco, pero es verdad: la idea de la inmensa fragilidad del tiempo, ese delicado y ya casi quebradizo equilibrio entre melancolía y rabia es el estado mental que nos ha dejado a la mayoría de los privilegiados (ni contagiados ni con pérdidas muy cercanas) toda la locura del virus y su consecuencia. Planear, añorar y ajustarse siguen siendo las tareas, casi las únicas, que podemos hacer a diario para protegernos, aunque sea de forma ficticia, del constante sobresalto, del miedo, de esa realidad a la que le faltan ya demasiadas piezas, a que nos confiemos y volvamos atrás, como ya ha sucedido.

Yo he puesto un mapamundi (me chifla esta palabra, es maravillosa),que me regaló Paula Neira hace años, en la pared, enmarcado. Es un mapa en el que tenemos que ir rascando los lugares ya conocidos. Yo he preferido dejarlo tal cual, como una promesa en blanco de un futuro mucho mejor que este presente maltrecho. Mientras tanto, arrebujaos en vuestros abrigos de invierno, poneos la mascarilla y mantened la distancia de seguridad. Y, si no os queda más remedio que salir a la calle a diario porque no podéis(no os dejan) teletrabajar, recordad, al menos yo así lo hago, la belleza de las ciudades en invierno, especialmente de todas aquellas que no conocéis. Porque mucho me temo que la supervivencia pasa por crear esa nueva categoría que es la nostalgia del futuro.

Mucho ánimo, y como dice la gran Lidia García, the Queer cañí bot, cuidad y cuidaos.

Para entretener cualquier espera:

Yo recomiendo el escapismo de los libros, las películas y las series de televisión ahora que no podemos darnos a otros placeres más mundanos. De lo que he visto últimamente, me ha encantado All the creatures great and small, que podéis ver en Filmin. Como dice la gran Patricia Portela, “si es que nos dan un prado inglés y ya somos felices”. Factura BBC muy clásica para las aventuras de este recién titulado veterinario en un pueblo de Yorkshire a finales de los 50. Humor y alegría, también costumbrismo y conciencia. Una joyita.

He visto Veneno y me he emocionado mucho. El lado en zapatillas y bata de casa de Cristina, de su infancia difícil llena de indiferencia y desapego familiar, de su “aquí estoy yo”, de su llegada a Madrid siendo ya quien ella quería, de la voracidad de la televisión y de la perversidad de la fama efímera. Y, sobre todo, de abrir camino a base de tacones torcidos, mucha palabrota y bastante dolor. Y mi amor absoluto por Valeria Vegas, que está detrás del libro en el que se basa la serie y que aparece también como personaje. Porque sí, necesitamos siempre referentes.

Sigo degustando Borgen, que ojalá viesen Pedro Sánchez y Pablo Casado alguna vez. Voy poco a poco, como buena señora tardía.

Recomiendo muchísimo el documental Trump in tuits, así como The loudest voice y The Comey Rule. Lo digo para no tener que comentar los resultados de las elecciones ni por qué Hillary no gustaba, ni siquiera a los demócratas.

He terminado Lo que queda de luz de Tessa Hardley y Conversaciones entre amigos de Sally Rooney. De la primera: majestuosa escritura la de esta señora de vocación tardía y prosa sensacional. Y de la Rooney soy fan aunque, en contra de la mayoría, a mí me gustó más Gente normal. Y ahora estoy empezando Vestidas de azul, el libro de Valeria Vegas sobre transexualidad en España, que me está interesando muchísimo y que me sorprende a cada página con detalles de la legislación española que yo desconocía. Y empiezo ya, con mucha ilusión, Luces de varietés de Manuela Partearroyo, porque un ensayo sobre la relación de Valle-Inclán con Fellini tiene que tener un lugar de honor en mi modesta memoria.

Y escuchen muchos podcasts, que hay mucho talento suelto. Y yo llevo en bucle con esto el día de hoy.

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