Anchoas y Tigretones

El pasado en provincias (con Verna B. Carleton y Jenny Diski)

Fotografía de “My life through a lens” en Unsplash repository, con licencia Creative Commons Zero.

Hace tiempo, mucho, que pienso en escribir algo recreando todas las vidas ficticias de quienes viajan conmigo en tren a diario.  Observo y tomo notas mentales sobre la mujer que pudo haber sido una violinista checa afincada en Galicia por amor, del héroe de los deportes lesionado y reconvertido en entrenador de fútbol infantil, del hombre de aspecto cansado que parece leer todos los días el mismo ejemplar del mismo periódico. Conocí un proyecto precioso en Instagram que se llamaba “Passengers” y que me recomendó Marcos Pérez Pena, es de una mujer con una mirada excepcional, Aymará Ghiglione. Fue curioso: debió hacer el mismo recorrido que hago yo todos los días, habremos, sin saberlo, compartido miradas, nos habrán llamado la atención la novela tras la que se parapeta algún tímido, la explosión de apuntes y rotuladores de colores de los estudiantes, la mirada ausente o enamorada, el ensimismamiento ante la pantalla de un portátil o del ominipresente móvil. Hemos ido, quizá, en el mismo vagón, viendo el mismo paisaje ante un tren que devora veloz las copas de los árboles, los cables, las vidas de los otros. A mí siempre me ha fascinado la gente que se queda frita en cualquier sitio y me encantaría hacer un álbum a lo Sophie Calle, aunque más me gustaría, claro,  imaginar lo que sueñan  en una especie de Black Mirror a medida:  los sueños en tránsito, el subconsciente en su laxitud, el abandono sensual y recreado de ese duermevela; pequeños cortometrajes de la intimidad de los otros para goce y disfrute de esta señora cotilla. Pero yo, como siempre, iba a otra cosa y ya me estoy dispersando.

Leo Regreso a Berlín de Verna B. Carleton, en esa bonitísima coedición de Errata Naturae y Periférica (muy fan de esa cohabitación de las dos editoriales, a pesar de algún errorcillo solventable y sin importancia).  Tendríamos que hablar muchísimo de esta novela que no debe, no podemos permitirnos el lujo, diría yo, pasar desapercibida. Ese regreso del título a la Alemania de finales de los cincuenta merece un análisis pormenorizado sobre el perdón y la culpa, la manipulación y el aprendizaje de la historia, sobre las identidades rotas y reconstruidas, sobre la bondad y la crueldad. Insisto: merece un análisis mejor. Pero yo, a lo que iba, es a la primera parte de la novela, en la que tiene lugar una travesía en barco desde América a Inglaterra, se hace escala en una pequeña ciudad al norte de España llamada La Coruña (sic). Estamos en 1957.  La visión de la mujer dista de ser positiva. Habla de una ciudad de ventanas cerradas a cal y canto, de una arquitectura rimbombante que le recuerda a pasteles glaseados algo derretidos en una ciudad de bello entorno,  pero deslucida por la falta de armonía  y cierto abandono.  La narradora concluye: “España era pobre. Y España mostraba su desgracia desafiante, abiertamente”. Y yo siento una cierta tristeza. Yo imagino a mi padre, un joven de veintiséis años inmerso en su rutina cotidiana y siendo objetivo del ojo observador de la mujer que desciende, con otros pasajeros, a pasar unas horas en esa pequeña ciudad.  ¿Se habrían cruzado?  O mi madre, acudiendo a un trabajo necesario y no escogido. ¿Qué pensarían ellos de los extranjeros que se cruzarían por la calle Real con aspecto de exploradores urbanos, con sus pecas y su piel blanquita, su ropa tan diferente? Unos, insertos en la vida que tocó, gris y provinciana, tan tiznada de Fragmentos de interior como de Calle Mayor, tan sobria y tan poco pagana, tan milimetrada y tan poco libre. Pero era la suya: la que tocó. Exenta de ficción y, quizá, sobrada de una rutina que observamos con la misma condescendencia, con la misma distancia elevada que la turista americana que se bajó por unas horas a pasear por la ciudad del norte. A pesar de reconocerles la dignidad, con un poso de admiración.

Termino esa novela y comienzo Los sesenta de Jenny Diski en Alpha Decay. Y me topo con esto ya en la primera página: el pasado como mito, como la idea que la gente se forma de él a posteriori, un territorio movedizo atravesado por algún acontecimiento (guerra, crisis, siglo) que permita detentar “una narrativa manejable”. Caramba: esto es. Hay ideas más poderosas que la experiencia, dice la autora. Y en esas ideas poderosas, en esa conmiseración empática que sentimos hacia esos hombres y mujeres que vivían en la ciudad del norte en 1957, establecemos que nosotros hemos vivido mejor, desde una perspectiva del asunto que desconoce variables básicas como la felicidad o  la naturaleza de lo cotidiano. Nadie niega la escasez, la falta de libertad, influyese como influyese en esos hombres y mujeres (dicho esto grosso modo, que luego se me echan encima). ¿Somos nosotros más felices? ¿Y cómo coño somos tan arrogantes de pretender extender nuestro concepto de felicidad a todo el mundo? O de bienestar, o de rigor, o de aventura, o de riesgo, o de…completen con lo que quieran.

Yo empezaba hablando de cómo me gustaría reinventar la vida de los pasajeros, de participar de sus sueños,de poder inmiscuirme ahí y reutilizar, apelando a  a lo exagerado, a lo freak, a lo extraño. Cuando pienso en biografías ficticias de extraños me divierto, cuando imagino la vida pasada de aquellos que quiero me resulta mucho más difícil no acudir a una narrativa cómoda, que acaricie un poco las posibles heridas antes de tiempo, de autoconvencimiento, de tranquilidad o, también es posible, de cierto regodeo en la desgracia. No sé si soy empática o compasiva, si me dejo llevar por una poética precisa y previa, si necesito corroborar mis miedos o tranquilizar mi conciencia. Yo recuerdo las anécdotas hermosas- algunas, sí, algo tristes- de la infancia de mis padres, en un país en blanco y negro, en un país de domingos desiertos y desolados, de misa y mantilla, pero también de familia, juegos, música e imaginación en la parquedad. ¿Quién soy yo para maquillar o dejar al natural el pasado? Como no lo sé, no me queda más remedio que explorarlo, novelar o aprovechar, ahora que los personajes viajan dormidos, ahora que el pasado es una forma de que yo pueda relacionarme con mi presente.

Jenny Diski Los sesenta Alpha Decay, 2017

Verna B. Carleton Regreso a Berlín Periférica& Errata Naturae, 2017

El perfil de Aymara Ghiglione  es tal cual así en Instagram. Y a Marcos Pérez Pena lo podéis leer en Praza.gal

Un blog no sirve para nada

Tendría que haber escrito esto a finales de febrero. Tendría, claro, porque este blog pasó de ser un proyecto para hacer músculo de escritura a ser una cuasiobligación de la que a veces querrías liberarte. Después de casi ocho años, esto es  como esas comidas familiares estipuladas de siempre en el calendario y a las que acudes con una mezcla de hastío y spleen, con algo de vértigo y a regañadientes. A la vuelta a casa, si no ha habido asesinatos por mor de fútbol o gobiernos locales, reconoces que  no lo has pasado ni tan mal.  Yo iba a hablar de algo que sucedió a finales de febrero, pero ir perdiendo ese músculo de escritura del que hablaba al principio abre todavía más mi dispersión. “Tengo que hablar de mi colección de cuadernos”, eso pensaba yo hace un rato.  ” o también de lo que significa tener cincuenta años, lo que es cumplir cincuenta en 2017″. “Tengo pendiente  hablar de este otro libro y de este, de tal peli, del blablabla”. Y a los cinco segundos:  “bueno, pero ahora que ya me he cambiado de casa y tal, no vamos a estar dando siempre por saco con lo positivo de los cambios, etc, que es un coñazo”. ¿Qué hacer ante tantas posibilidades? Pues lo de siempre: procrastinar. Dar una vuelta por redes sociales, hacerse un café o recoger ropa del tendedero, mirar con deleite tu nuevo espacio – me chifla la palabra deleite, todo era una excusa para escribirla- o, incluso, tener la tentación de decir “pues no hago nada y a tomar por saco”, lo que sería una versión igual de infantil, pero algo más reciente del “no me como el rancho, que se joda el coronel” o el “pues ahora no respiro” del pequeño hispano del tebeo de Astérix.

Como sí voy a seguir respirando, y espero que por mucho tiempo, me apetece hablar de la valoración de la escritura. Como he dicho antes, esto no es no es nada más que tinta digital que se superpone cada x tiempo. Hablas de lo tuyo o tus circunstancias; sean estas veraces  o no, haya autobiografía o haya impostura. Pero, entonces, ¿qué es mi blog? Pues exactamente eso y nada más: un retazo de vida, una mirilla alocada, un, a veces, casi desahogo un tanto impúdico, un espacio para hacer lo que me da la realísima gana. ¿Un blog tiene sentido si no tiene lectores? Bueno, hay que tener la autoestima muy bien colocada o ser una especie de Ed Wood al que se la sople el éxito o el reconocimiento, pero quien hace esto es un poco más como el conductor Paterson de la ciudad de Paterson. ¿Y por qué, si llevo escribiendo tanto tiempo no hago un libro? ¿Por qué no una novela o una recopilación de algunos relatos? No lo descarto jamás, me da una pereza terrible, pero no lo descarto. ¿Estoy entonces perdiendo el tiempo? Y he aquí el quid de la cuestión.

Yo creo que la escritura siempre ha de ser verdad. Ha de tener raza, es una manera de explicarse a uno mismo limándose sus propias asperezas, enfrentándolo todo, creando y volviendo hacia atrás cuando es necesario, rompiendo, avanzando. Me da igual el género, la escritura siempre ES. Y un post en un blog ES también. No tiene la entidad de un producto acabado y que contiene unas determinadas prerrogativas: novela, relato, poema. Hasta aquí, viva Perogrullo, lo sé. Pero me sorprende, en un siglo XXI en el que lo escrito es siempre tan perecedero (no solo los artículos o lo derivado de géneros digitales, los libros nacen y son devorados por el Saturno de las siguientes novedades editoriales) que el ejercicio de la escritura tenga que llevar ese marchamo de tinta visible- papel o digital- para ser reconocido. Sigo a personas que tienen blogs que son infinitamente más literarios  que algunos libros de relatos o novelas, publicadas por muy tradicionales editoriales, que he leído este año. Hay blogs donde el nervio escritor sale por los cuatro costados, rezuma, rebasa, invade al lector. Pero parece que no vale.  Imagino que con las personas que hacemos esto se tiene aquella condescendencia que se tenía en los cafés de la capital con los escritores de provincias: un bloguero es un provinciano de la literatura. Un pailán. Pero, mira, ahí está. Y, a fin de cuentas, una se acuerda mucho de Patty Diphusa- lo mejor, para mí, que ha hecho Almodóvar- cuando su rollete niñobién se ponía estupendo autodenominándose “poeta”. Y la Patty, que era muy bruta pero muy lista, le respondía algo así como que “mira, chaval, poeta, lo que es poeta, aquí no lo es nadie hasta que no gana el Adonais”. Pues esto es algo así: desde el momento en que escribes, eres escritora. Tan amateur como el que más. Tan de provincias como los que van con distintos ejemplares bajo el brazo que no ha leído ni leerá nadie. Como tu blog, que leerán alguna vez muchas personas y otras, quizá las veces que creas que lo has hecho mejor, se quedará completamente solo. Pero es escritura, y es la tuya. Y, en definitiva, ES.

Un blog no sirve para nada. Escribir un blog sí sirve para mucho. Y otro día contaré qué tiene que ver esto con cumplir cincuenta años.

Extrañarse

Viñeta de “Fabricar historias” de Chris Ware, publicado en España por Random House.

Dice David Bowie que hay que enfrentarse a lo extraño. Yo así lo creo: hay que habitar, de una vez por todas, el desconcierto, abrazar la aventura aunque sea dentro de lo gris. Una se extraña a menudo, parte de la culpa es de una misantropía periódica que hace que muchas cosas de lo humano sí me sean ajenas, perdón por la cita mal traída. Otras veces es la pura necesidad de doblar la esquina y tomar una decisión a lo loco: me compro un billete de avión, me cambio de casa, diseño una aventura a medida.  Hace unas semanas hice un viaje breve a Roma.  Además de mi costumbre de observar las alturas- los áticos, las ventanas entreabiertas y diseñarles vidas ficticias a los habitantes que desconozco- me volvió una fantasía que tengo desde hace muchos años y que es puntal en mi extrañamiento. Quiero llegar a un aeropuerto, el que sea, e identificarme como una de las personas a las que están esperando con un cartel. ” Miranda Moore”, un cartel en letras mayúsculas sujeto por las manos de un chófer negro, con gorra de plato y uniformado. “Hola, sí, soy Miranda Moore” y me metería en ese coche dispuesta a abrazar esa oportunidad de ser otra persona, de aprovechar la ocasión como Don Draper o Ripley,  sin tener ni idea de si me llevan a una reunión de negocios, a una cumbre sobre el clima, a batirme en duelo o a ser acribillada en un ajuste de cuentas.  Lo interesante sería ir asumiendo poco a poco la nueva situación, ir recopilando la información respondiendo con monosílabos y observando mucho. Muchísimo : construirse una nueva identidad en segundos no es nada sencillo, sobre todo si desconoces las consecuencias de ser descubierta. Viva la aventura, sí. Aunque implique únicamente cambiar de autobús, volver a casa desde un rincón diferente de la ciudad, fantasear también con trenes y largos recorridos, con vidas propias y ajenas, con otros contextos.

Pero yo he venido a hablar de mi extrañamiento y este es : la pura necesidad de cambio me ha hecho encarar la tropecientasmil mudanza de mi vida. Y ahora, mientras me hago amiga de las esquinas de una nueva casa, estoy en ese proceso de reconocer  colores, ruidos, luces. Esa puerta que no cierra bien, esa ventana que abren todos los días a la misma hora, la parsimonia del  ascensor  haciendo “top” al llegar. Armarios con mi ropa, tan extrañados como yo de esa nueva ubicación, acostumbrados a otras faldas y botas.  Nuevas risas que se oyen con tabiques de por medio, unos pasitos de niño alentado por la voz de su madre. Y, claro, también el borracho que da alaridos a la puerta de un garito a las tres de la mañana, el claxon insistente de un repartidor,  la niña que me saludó  con sus coletas al aire y subida a una bici diminuta. O el señor que en mi primer desayuno en el nuevo barrio- hay que explorar, amigas-  le cantaba con el dedo en alto a su nieto “había una vez un barquito chiquitito” ante la incrédula mirada del bebé. Vas domando ese primer extrañamiento, esa prudencia absurda, esa intimidación de niño en el primer día de cole. Ante los nuevos espacios no cabe sino observar y domesticar : las alacenas de la cocina, tu imagen en un espejo de baño mucho más grande que el que tenías en tu antigua casa. Y la casa anterior, ese contorno tan familiar, empieza a desdibujarse, a ser un territorio comanche donde queda unido lo mucho bueno y mucho malo de años pasados. El oxígeno en la vida no entra solamente por los pulmones: es la necesidad de ser algo piel roja y algo nómada, de ilusionarte con aquello que sabes que tampoco será permanente. Y volver así a empezar.

Mientras esquivo bultos, embalajes y pilas de libros  en el nuevo salón e intento que la rutina diaria no se desbarate mucho, encuentro la gigantesca caja en la que venía Fabricar historias de Chris Ware. Lo compré hará unos dos años y nunca lo abrí, quizá porque mi vida ya era lo suficientemente ficticia en aquel momento. Y viendo una reseña sobre las historias que permiten avanzar y retroceder, jugar con los personajes, conocer y olvidar, es ahora el momento de abrirla.  Es una paradoja no muy sutil, lo sé, pero este hallazgo producto del azar me  hace sonreír mucho.

Creo que las mudanzas son una entelequia quizá: la mujer que escribe un blog seguirá siendo la misma y variando de la primera a la tercera persona, equivocándose, extrañándose algo más.  Y disculpándose por escribir tan de tarde en tarde. Hay cosas que no cambian.

David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

bowiees

Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

Lo escrito en el agua (“Paterson” de Jim Jarmusch)

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Adam Driver y Masatoshi Nagasi hablan y callan juntos frente a las cascadas que inspiraron a William Carlos Williams.

 

En Roma hay una tumba de un poeta en la que puede leerse: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”.  Keats falleció a los veintiséis años de la enfermedad romántica por definición, la tuberculosis. La vida se diluye, y el equipaje que la construye también; escrito sobre el agua, inasible, efímero. Y ante la belleza algo trágica de esa imagen tan imposible como poética, cabe pensar en el origen  y la utilidad de la poesía, o, mejor dicho del trabajo del poeta. La poesía puede ser una “palabra esencial en el tiempo”, una construcción soberbia dotada de poderosos armazones semióticos, un homenaje interrumpido a la memoria como fuente de dolor, un juego expresivo y arquitectónico, un palimpsesto de otros autores. Pero siempre  es verdad. Verdades diferentes, de Auden a Ginsberg, de Valente a Rosalía, de una tradición a otra, de lo uniforme a lo personal,

Porque sí, la búsqueda de la palabra esencial, de la concisión, de rellenar huecos y romper borradores, de reescribir e imaginar, es esa tarea. Y  eso es Paterson: observar la vida y escudriñarla, reescribirla en versos desacompasados, encontrar su esencialidad, despojarla de dramatismo, dotarla de tanta verdad como días cotidianos y de calendarios. Donde la normalidad y la rutina es Paterson conduciendo su autobús en la ciudad de Paterson.  Una ciudad luminosa pero algo fantasmal a veces, donde esos silenciosos recorridos,- las mismas calles, las mismas paradas, el mismo bar con casi la misma cerveza al final del día- se acompañan de un proyecto poético y de la construcción de versos como misiles, como graffiti sobreimpresionado en la pantalla. Todo es susceptible de ser tocado por la palabra poética : las cajas de cerillas, la observación de una cascada, las conversaciones a las que asistimos como testigos involuntarios y que nos hacen sonreír, la imparable extravagancia de la mujer amada, el sol que nos despierta todos los días, de lunes a domingo, sin cambios. Lo cambia la palabra y el modelaje hecho de ella.

No debe ser fácil ser poeta en la  ciudad en la que ejercieron de poetas,entre otros, voces tan diferentes como Ginsberg o William Carlos Williams, este último tan prosaico, tan noble y tan orfebre en sus versos americanos.  No lo debe ser, tampoco, sentirse algo Salieri al lado de una niña con la que hablas y que desprende versos como misiles, frescos e improvisados.  No debe serlo plantearse la reescritura tras algunas pérdidas fundamentales. Pero quizá la esencia esté ahí:  no hay poema inacabado mientras la vida siga, no hay escritura que no sea susceptible de ser modificada y expuesta a la recreación. Un verso, un poema, es un estado carencial e indefinido, es una pérdida y búsqueda permanente, inacabada, cuyo nombre “está escrito en el agua”. Paterson es, además de un festival semiológico, un homenaje a las piezas imperfectas del arte, a la literatura como una orgía perpetua y flaubertiana, a la creación como un estado abierto, de alerta y desasosiego, de felicidad y sufrimientos infinitos, de inutilidad y de devoción. Es poesía sobre poesía, un tratado sobre la voluntad y lo deseado, sobre el talento y el aplauso unánime, sobre la reivindicación de uno mismo pero de forma pausada, sin estridencias. De la tarea, del deber, de la misión y la lucha con la palabra.  Pero, sobre todo, es una obra maestra porque sí, del mismo modo que Paterson entiende la vida con su poesía, con esa diaria fantasmagoría que hace que asomen parejas de gemelos algo perversos- la duplicidad es una constante en la película- y  que te obliga a ser héroe sin quererlo, a asentir y sonreír.  Porque Paterson es también la expresión de la bondad tranquila y apacible, esa que también permite conversaciones lacónicas, silencios gloriosos con admiradores japoneses de un poeta fetiche compartido y contemplar las cascadas que le inspiraron.  Cuando el silencio es un regalo, quizá te obsequien con un cuaderno nuevo, con otra señal de que el camino que emprendes, te lleve a donde te lleve, es, sencillamente lo que deseas. Y  que es tuyo y que vale siempre la pena seguir. Todo esto no sería nada si no estuviese Adam Driver, del que nos encandilamos ya en Girls y seguimos reencandilando en Frances Ha y en A propósito de Llewyn Davis. Porque esa expresión tranquila en ese rostro asimétrico encajan perfectamente en los colores de esta ciudad provinciana que podría ser cualquier ciudad provinciana, en la singular y original normalidad: poesía cotidiana, qué espanto de definición, pero ahí está.

 

Nota bene: Recogiendo mi antigua agenda de 2016- la de Errata Naturae- viene una anécdota literaria que sucedió en la primera semana de agosto de 1966. Mi querido Perec se mudaba de apartamento en París. En medio de un caos terrorífico de cajas, libros, cachivaches y demás parafernalia, había dos maletas: en una, todos sus inéditos y trabajos publicables; en otra, todos los papeles viejos, sin valor, destinados a la basura. Como no podía ser de otra manera, se equivocó y conservó los papeles sin valor, perdiendo lo demás. ¿La reacción de Perec? Pensar en una entrevista que le habían hecho a Bruce Lee en la que recomendaba tener el no camino por camino. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que todo encaja: desde el poema con epitafio acuático pasando por  las cascadas patersonianas hasta llegar al “Be water, my friend” de este final. 😉

Con quien la vi: Con Verónica, que se quedó con las referencias de William Carlos Williams y que dijo que ya era su preferida de Jarmusch. Yo discrepo: Paterson me encanta, es el tratado definitivo sobre la vocación,  es una obra maestra, pero mi corazón está con Forest Whitaker en Ghost Dog o con el propio Jarmusch haciendo de sí mismo en Smoke. 

Música: Viene en lazo, la banda sonora es espectacular, pero yo me pondría algo de Rufus Wainwright. O, como algo excepcional, a Dylan, para reivindicar el valor de la palabra poética (subrayen palabra).

Otras cosas: No viene mal pensar que va a haber una edición de la obra completa de William Carlos Williams en 2017 en Lumen, creo recordar. Pero a mí me apetecería más encontrar cosas de Ron Padgett, que es el autor tras los versos de Paterson y que,  esto es maravilloso, publicó inéditos de Ginsberg y e.e. cummings en su juventud, en una revista literaria que fundó en la universidad.

Un carrusel para 2017

Si hay una canción de Mecano que me sobrecoge especialmente- y mira que hay competencia- es la de la noche en la Puerta del Sol. Los balances, los resúmenes, no son más que un intento frustrado de negar la esencia de la condición humana, la huida hacia adelante. Quizá esa y no otra sea la dinámica, el marketing escondido detrás de los calendarios y las agendas. Reencontrarse con la que eras un, pongamos por caso, un seis de marzo del 93 porque encuentras ese cuaderno arrugado, quizá de propaganda de una editorial o una gestoría, en el que habías anotado que ese día tenías dentista, o habías quedado con Miguel o con Susana. A veces cuesta trabajo recordar, otras es un sesgo automático y te sumerges en la tarde de verano en la que celebraste un cumpleaños navegando cerca de Sada, o el puente de la Constitución  en Ancares, donde no salísteis del albergue porque lo que había que explorar estaba debajo de las sábanas. Pasar página y quemar años es un acto de higiene inevitable, de limpieza, de puerta giratoria en el buen sentido: lo que viene, lo que se va, algo se atasca o tropieza, pero guardas el registro y la agenda para que el azar- o un cierto grado de dulce masoquismo, de controlada y otoñal melancolía- te lleven a reencontrarte con alguien que ya no eres tampoco. Eso, queridos míos, es la edad: reafirmarse en el cambio y poder observarlo desde lejos, para bien, para mal, that’s the point.

A mí 2016 me hizo enviudar de Bowie y de Prince, me hizo temblar hablando con mis amigos americanos y recontando muertes, en domicilios y  en campos de batalla. Este año trazó una línea que unió los puntos cardinales del mundo, desde la casa de Stanislavski en Moscú hasta el Día de los Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán.  Conocí el desierto en el sur de Marruecos y lloré delante de Thom Yorke en Lisboa. Volví a madrugar, a trasnochar, a decir lo que no debía alguna vez y a hacer aquello en lo que creía casi siempre. Nada habría sido lo mismo sin Belén o Cristina, sin Vero y sin Jairo, sin Luis o Jose, sin Lau o sin Javier, sin Liz, sin Vane, sin todos los que me acompañaron, sin ti tampoco y lo sabes. Nada. Porque miro hacia atrás y veo el carrusel de Don Draper; los recuerdos son míos, están  ahí para  poder abrazar lo efímero: esa arena que vimos volar en Merzouga, ese helado con los ojos cerrados bajo el sol de julio en una terraza en otra ciudad, la piel dormida antes de que te despertases para irte al aeropuerto, el tren de todos los días deslizándose sobre raíles con lluvia, los hilos de conversaciones por whatsapp que se quedan prendidos en algo parecido a la nada y que vuelven de vez en cuando a martillearnos, quizá sean, y solo quizá, las nuevas agendas amontonadas.

2017 me traerá una cincuentena, otro esbozo de otra novela, decepciones, amores, griteríos, sonrisas y mucho rock’n’roll. Y  una única certeza: no se le puede gustar a todo el mundo y me alegro de que salgan de mi vida las personas a las que no les gusto. Ha sido, casi, un placer. Por lo demás, centrémonos en todo el amor del mundo, en todo el sexo que podamos y el que no podamos, en los conciertos y las risas, las tartas y en las horas raras, en ser mucho más feministas y demoledoras, en leer más tebeos y  en tener más y más montañas de libros: centrémonos en lo que nos haga felices. Y no dejemos, nunca, de mirar a quienes tenemos alrededor, a esas piezas del carrusel que viajan de forma lenta a nuestro lado, que nos dan color y nos acogen, nos construyen y nos dan alguna que otra patada en el culo si nos lo merecemos. Den placer y hagan felices a aquellos que lo merezcan, a los demás, que les folle un pez.

Feliz 2017

 

Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

Las certezas de lo vivido (párrafos en Navidad)

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Ilustración de “A Christmas carol” de Charles Dickens. La tomo de Pinterest sin info de derechos. Pulsen en imagen para ver origen.

Es verdad que el tiempo nace tocado de muerte. También que la peor añoranza es la de aquello que no hemos tenido, bien lo sabía Dickens. En La Navidad cuando dejamos de ser niños el escritor de barba imposible y que es conocido por otra Navidad con moraleja, nos lo cuenta: no hay peor nostalgia que la de aquello que no se ha vivido. Y la Navidad es de lo que mejor se presta a una magnificación en el recuerdo, a las primeras luces que avistabas encaramada a un banquito de madera en una galería de la calle Real, al olor a castañas y calles atestadas, a los Reyes Magos en el Ayuntamiento, al calendario de Adviento que comprabas en Porvén, a las sonrisas con pecho de estrellas de los pastorcitos de Ferrándiz.  A poner un árbol setentero y de colorines, a recortar pañalitos de papel para las lavanderas del Nacimiento que ponías en la entrada de casa,  con un ángel en el portal que se parecía a un profesor que luego tuviste en la universidad. Diciembre era y es una cuenta atrás, un borrón y cuenta nueva con el premio añadido de nuevos juguetes y cuadernos sin estrenar; era soñar con la benevolencia de los que tienen que juzgar si hemos sido buenos y recompensables el seis de enero. La Navidad agrandaba el corazón y hacía del tiempo de espera una escalera de peldaños que subíamos sonrientes y apresurados, queriendo enviar postales hasta a los amigos del colegio con los que compartías merienda y pupitre. Esperabas  despertar el día 22  con el soniquete en pesetas de los niños del Colegio de San Ildefonso,  nunca sabíamos pronunciar ese nombre y los niños cantarines nos daban un poco de pena porque eran huérfanos. La orfandad era algo, entonces, como de cuento de la cerillera y también muy Dickens. La orfandad, a diferencia de todos los recuerdos que una ya no sabe si vienen o van, era real y solitaria, es real y solitaria. La vida adulta también lo es, lo era, real y solitaria. Por eso, la Navidad ahora, en este mundo tuneado de Instagram, no deja de ser una suerte de utopía vivida a medias, un recuerdo exaltado que incluye también lo que habríamos deseado que fuese, lo que queremos que sea. La ilusión era legítima y real, el sueño también. Pero, como todo, el tiempo borra esa frontera entre aquello que deseamos y que, quizá y solo quizá, pudimos imaginar como un pack perfecto queriendo,como el ángel  Clarence de “¡Qué bello es vivir!”,  conseguir nuestras alas de una vez por todas.

Por eso, querido Dickens, te adoro: porque más allá de Scrooge y de los niños con pies sangrantes, por encima de ese Copperfield por el que sentias predilección y saltando de la forja al club Pickwick, consigues en un folletito explicar, o no, lo que es, o no, ese vuelco al corazón que nos da a muchas cuando llega diciembre: un tenaz ejercicio de nostalgia de lo que desconocemos si hemos vivido. Porque teniendo literatura, quién coño quiere certezas.

Charles Dickens La Navidad cuando éramos niños Alba Brevis, 2016

He escrito muchísimo sobre Navidad. En el buscador del blog tecleen “Navidad” y voilá.

Chonismo lírico (o dar Coelho por gato)

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That’s for your bad manners – Niagara By Hotlips – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=32513496

Soy de la creencia firme que las mejores teorías se hacen siempre en los bares, esperando a gente que llega tarde, dándole duro a calentar la barra. El cuarto de baño es también un lugar de pensamiento adecuado que no mágico, aunque si estás en casa ajena leas y curiosees las melindrosas etiquetas de los champús de los otros, los botecitos de las cremas de cara y cuerpo de los otros, los restos de dentífrico  en el vaso para enjuagarse la boca de los otros.  Los cuartos de baño ajenos son lugares que nos reconcilian mucho con nuestro descuido casero, fundamentalmente porque nadie es hiperperfecto ni tiene la casa en estado de revista (si está así es porque no vives en ella, anda y no mames).  Comprendo que la praxis necesite sus laboratorios, pero, como diría mi madre, o falar non ten cancelas y pasar el día de pasmona, de trosma (otra palabra de mi madre, esto promete ser algo revival y normanbateseano) es lo que tiene: que piensas en cosas que quizá a nadie importen, pero que además de ser entretenidas encajan de repente, y de forma muy certera, en ese hueco que queda en toda formulación, en toda teoría: ya saben los gaps o la elipsis, que somos todos muy teóricos de la literatura, muy de la retórica y muy coñazos de Dios.

Mi querida Alejandra de Diego me hizo llegar este maravilloso Manifiesto anti-cuqui de la también maravillosa Diana Aller. Me encanta, lo adoro, lo subrayo y suscribo, pero falta un punto. Y llevo hablando de esto en bares bastante tiempo, en bares y en cafés, creo que hasta lo he mencionado en este cuaderno. Queridos todos, hoy vamos a hablar de chonismo lírico. ¿Qué es el chonismo lírico? Partimos de la base de que todos sabemos, o al menos tenemos, una intuición mediana de lo que es algo choni. Lo choni no es exactamente lo hortera. Lo hortera va a su bola, lo choni tiene discurso y eso lo hace peor. No vamos a hablar de tal o cual música, de reguetones y mayonesas, de uñas postizas con purpurina o de vaqueros recauchutados. Tampoco de creerte la reina de dragones o de hacer posturitas en primer plano y primera persona en Instagram. No. Ahí el chonismo es muy evidente y no da escozor, puede dar pena o te puedes partir la caja, cada cual con su conciencia. El problema es que lo choni no se agota, por el contrario; se intensifica, se cuela como una mosca cojonera y transforma cualquier significante. Digamos que el chonismo se viene muy arriba, vaya, aunque también podríamos hablar de que se encripta, de que disimula y que silba para no ser descubierto. Ojalá fuese así: está en todas partes.  Chonismo lírico son las citas literarias buscadas en Google con su buena Comic Sans y su buena foto de una  rosa con rocío goteante. Chonismo lírico son las paridas que pululan por redes sociales- no “en Internet”, eso es exclusivo de esa necesidad que tenemos de estar todo el puñetero día demostrando que somos la pera, ergo, redes- generalmente atribuidas al pobre de  Paulo Coelho, Tagore o Einstein; aunque los gurús contemporáneos hindúes, los CEOs de algunas compañías tecnológicas- fallecidos o no- van ganando posiciones, Gandhi mediante.  Choni lírico es Federico Moccia y esa tendencia abierta por las editoriales de”mocciziar” las cubiertas de los libros de bolsillo. Hay cubiertas de los libros de bolsillo pretendidamente cuquis pero que no : hay una cafetería donde dos se enamoran, una librería donde dos se enamoran o un aeropuerto donde dos se enamoran, hasta aquí un grado de cuquismo relativamente aceptable. Rascas un poco y parecen vivir dentro de una cita de Depaak Chopra  Ella es ejecutiva y él también, tienen pasta a manta, aunque todos buscan el amor y a tomar por saco: hacen mindfulness, yoga y comen quinoa, se hablan entre ellos de forma intensa y trascendente, siendo la  cubierta del libro la que da  da buena cuenta de ello. Como tienen pasta y comen esas cosas, pues les da por irse a buscar su yo interior e intercambiar trascendencias en lugares que quedan muy a mano, por ejemplo, el desierto, que queda muy a mano cuando vives en Boston o Berlín. En el fondo quieren lo que todos queremos desde el minuto uno del encuentro:  ya saben y no me hagan decirlo, que esto lo lee mi familia. También es pasto de chonismo lírico que la cubierta del libro lleve otra cita de otro escritor choni lírico alabando la obra con frases para la historia del calibre de “Un gran descubrimiento” o “El paradigma de la emoción”. Choni lírico sin más, aunque ahí- y esto merece post aparte- nada como los libros de religión post Concilio Vaticano II y las canciones de, como dice mi amigo Gaspar, “cristianos de guitarrita”. No hay NADA que contenga más chonismo lírico que “Tú has venido a la orilla” o ” Yo tengo un gozo en el alma”. Aunque ahí ya tocamos temas de dimensión trascendente y la gente tiene tan poco sentido del humor como altísima capacidad para ofenderse, especialmente desde el humor, así que carpetazo al asunto.  Otra línea mucho más choni lírica es el amplio mundo  que rodea al  revival medievalista. Coger a Tolkien por las runas  (no me digan que no habría sido bonito poner aquí “coger del rábano de Tolkien por las hojas”, pero no hay narices) es lo que tiene: que se crea una cosmogonía- él lo hace, era un puto genio- a partir de la imagen de, por ejemplo, Viggo Mortensen. A mí me mandáis lo que sea que tenga Viggo Mortensen y os perdono cualquier conato de chonismo lírico, aunque en esta tesitura del medievalismo choni lírico cabe desde Tyrion Lannister a  Légolas, de Xena la princesa guerrera al proceloso mundo de los highlanders: esas brumas escocesas, ese devenir de la falda ondeando al viento, esas cumbres alejadas hacen que casi veamos el sudor de los guerreros goteando en algún lago.  Todo,en resumen, todo sincretismo histórico que lleve espadas y conquistas por el medio roza peligrosamente el chonismo lírico o lo es de forma clara.  Tiene mucho éxito, sarpullidos ortográficos aparte y comas bien puestas deseables en las citas.

El chonismo lírico es el quiero y no puedo del desarrollo inteligente de la lectura: espolvorea un par de frases, ponle una guirnalda y añade una dosis de cucharada de trascendencia. Chonismo lírico hay mucho en los selfis usados como foto de perfil, en  estados de Facebook y Whatsapp que recuerdan a los Pierrots con lágrima de los ochenta:  explosiones de autoayuda, de amor hacia los hijos, la familia, el mundo, los perros, los gatos, la flora y la fauna mundial, siempre con el nombre del autor de la explosión de amor entre paréntesis. Chonismo lírico es pensar que las bibliotecas, las librerías y las frases de Neil Gaiman molan porque sí, porque son bibliotecas, librerías y Neil Gaiman y, en virtud de ese molamiento apriorístico, hay que repetirlas diez millones  de veces por si no os ha quedado claro. Neil Gaiman mola en cualquier aspecto de su vida y de su cuerpo serrano de inglés escéptico y guapísimo vestido de negro- y está casado con Amanda Palmer, ¿no se le rompe nunca a este hombre el molómetro?-pero es mucho más interesante, muchísimo más, cuando no habla de bibliotecas. ¿Por qué? Pues porque el riesgo de estar haciendo frases todo el día, de parir sentencias muy grandilocuentes, te convierte en carne de chonismo lírico. Sí, vale, ya sabemos que los bibliotecarios somos mejores que Google y blabla.  Los bibliotecarios molan el triple cuando no se pasan el día dando por saco y diciendo o haciendo memes con el objetivo de demostrar que las bibliotecas son la releche: ya lo sabemos, trabajamos en ellas, lo damos todo (odio esta frase, es para que me entiendan), hacemos las cosas más chiripitifláuticas para reinvindicarnos, reinventarnos. Y trabajamos muy, muy duro. Ya está. Paren. Gracias (y digo los bibliotecarios, con o, porque las bibliotecarias siempre molamos. Siempre, no lo olviden).

Todas somos o hemos caído en el chonismo lírico. Es relativamente fácil: tenemos nuestro corazoncito y la carne es débil de carallo. La señora que escribe esto firma como Sigrid de Thule, una forma algo como de escorzo en el chonismo lírico, pero no me doy fácilmente a las citas, aunque sí a la autojustificación. A fin de cuentas, tampoco se puede pasar una la vida formulando teorías ni papando la nata. De vez en cuando hay que remangarse y trabajar por el bien de la Humanidad. Por lo tanto, no olviden nada de esto, queridos niños, adorables niñas, y procuren no hacerlo en su vida internetera. Si os llega una cita literaria con guirnaldita, con paisajito, con comas y puntos espolvoreados por doquier, duden. Duden de la veracidad, claro, pero duden también de sí mismos si les surgen tentaciones de compartirlo: estarán contribuyendo a una expansión de la sensibilidad cutre, de identificar lo sentimental con el sentimentalismo- esto me recuerda a la dicotomía “libertad/libertinaje” de las clases de religión, qué guay-  hasta llegarán a creer que lo que hace Almodóvar es lírico. ¡Diferenciemos entre la emoción legítima y la de botellón, hermanas, se acerca el fin! Y si tienen ataques, todos los tenemos, lo mejor es que tengan a mano la  imagen  que ilustra este post- la de arriba también, pero la de abajo es mucho más contundente-  y una prueba de fuego: el toque punk. Si después de un toque punk, de una remezcla y de poner la cita patas arriba la emoción sobrevive, será literaria, será legítima, será verdadera; aun reconociendo que todo es contextual. De no ser así, lo sentimos, pero  les estarán dando gato por liebre. O, qué narices, gato por coelho. Si es que al final siempre volvemos al excelso escritor, a la creación del canon chonista lírico y la permanente duda. Pues eso, quizá, quiere decir algo . 🙂

coelho

Te pido perdón, Paulo Coelhiño, pero esta foto viene al pelo.

Mis hashtags del asunto:

#contraelchonismolírico

#coelhismoilustrado

#señormehasmiradoalosojos

 

 

“¡Viva México, cabrones!”

Para Jairo, Laura, Liz, Vane, el niño Bob Dylan, Rafa y todos los que estuvisteis en esta aventura. Nos vemos en “El alegre corazón” o en Chiapas. 

Es difícil, muy difícil. No me salen las crónicas ni las reseñas, ya lo saben quienes pasan por aquí de vez en cuando. Una va a México pensando que va a un programa de intercambio, que hará su trabajo, visitará algunos lugares de interés, comprará algún que otro recuerdo, conocerá a algunas personas bien agradables y otras no y nada más. Incluso va con cierta reticencia, oye muchas opiniones no pedidas, bienintencionadas algunas, claramente envidiosas otras, sobre cómo están las cosas- me gustaría que alguien me explicase de forma convincente el concepto genérico “cómo están las cosas”, porque, sinceramente, no lo pillo- pero, le pese a quien le pese, decide ir. Y voy. Y llego a México.  Y llego a ese país, a esa Universidad, a esos amigos que sabes que van a ser para siempre. A las sonrisas en el hotel todas las mañanas, a las preguntas sobre cómo se hace esto y lo otro, a las risas constantes mientras dices “coger” y “joder” un millón de veces,  a los taxis destartalados en los que no hay casi nunca cinturón de seguridad- “me lo tapizó mi primo y se lo dejó por debajo”-a ser acogida en casa y tomar un caldo de pescado “poco picoso”. A ser entrenada en los tacos y las enchiladas, en el atole de pinole y el tequila. A conocer todos los días a personas nuevas que te acompañan con deferencia y mimo. A tener todos los días conversaciones larguísimas sobre crisis económica, partidos en el poder, Podemos, la Unión Europea, Trump, Parálisis Permanente, Panteón Rococó y Molotov (sobre “Puto” y la polémica reciente, sí, reciente, en España escribiré un post entero). Sobre Carlos Fuentes y Elena Poniatowska, sobre feminismo y Valeria Luiselli, sobre la Onda y Margo Glanz. Sobre Open Access y precios de revistas, sobre vivir en India y Moscú, sobre las centrales camioneras y las carreteras de Michoacán, sobre los moscos que me acribillaron desde el primer día y sobre ser soltera, sobre flanes y sobre marisco. Y te llevan de jurado a altares del Día de Muertos y alguien trae una camiseta de tu talla con el logo de la Universidad porque la que te dieron el primer día te quedaba enorme. Y vas sola a Guadalajara a ver el Teatro Degollado y la Fuente de los Niños Miones, el Instituto Cabañas y el incesante turismo. Vas en camión y el conductor canta a pleno pulmón a Luis Miguel, mientras nos pone una película de Will Smith al resto del público. Y me parto escuchando a Will Smith hablando con acento mexicano, como si no fuese raro que hablase con acento de Toledo. Y te dicen “provechito” cuando te traen la comida, te haces selfis en el lago de Chapala con nuevos amigos que ahora sonríen desde la pantalla del móvil, vas a Atoltonico el Alto y a La Barca, haces reír a tus amigos con tu pasión por el guacamole, aprendes que una cazuelita no lleva solamente toronja y limón, sino tequila hasta el infinito. Y los días se deslizan entre lo que te parece familiar y kitsch, donde hablar de seguridad y de tomar precauciones en los viajes es algo más que echar un candado a la maleta, donde se baja la vista ante el posible futuro de fronteras, donde hablar de violencia machista y de silencio es recordar Ciudad Juárez, pero también todas las muertes de mujeres que llevamos en España, la educación de las hijas y los hijos. Hablas de miedo, pero hablas, sobre todo, de vivir. Y de Morrissey y sus fans mexicanos, de ir a Chiapas y a Baja California, de san Luis Potosí y de comer tacos como deporte nacional (“los tacos nunca te enfadan”. Qué gran verdad).   Y pasan dos semanas y sigues recibiendo whatsapps preguntándote cómo estás, cómo has llegado, si llegaron sanas y salvas las catrinas que compraste en Tlaquepalque el último día que pasaste en México. Y sabes que nunca volverás a tener una noche de 1 de noviembre como esta que se ha evaporado en 2016, donde viste incendiarse una colina en Tzitzuntzan con el naranja de la flor de cempásuchil y candelas dedicadas a los muertos, donde se celebra la vida en forma de recuerdo, con fotografías y máscaras de luchadores, con Coronita y tequila encima de los panteones. Y una mujer muy mayor te miraba a través de su pañuelo, te sonreía cuando le decías que todo aquello era muy hermoso, haciéndote oír por encima de la música y el ruido.  Porque es México y es hermoso y terrible, son maravillosos y chingones, porque se ríen de tu español y tú del de ellos:  lo adoras porque acabas diciendo “No mames, wey” y ellos dicen “Joder, tíos”.  Y porque algo de ti se quedó allí. Y porque no hay otro lugar del mundo al que desees más volver.

Y porque, qué coño, viva México, cabrones. Y no lo digo yo, lo dice Molotov.

 

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