Anchoas y Tigretones

Hijos ( 10): un aire de familia

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Nunca sabré, tampoco importa demasiado, si los hijos somos una mala o buena versión de nuestros padres. Y digo que no importa demasiado: para decir que en la vida cada una vamos a nuestra bola decimos que somos de su padre y de su madre. Ser de su padre y de su madre es lo mismo que decir que eres una huerfanita tiritona con cucurucho de castañas en la mano. Sí, seremos de nuestro padre o de nuestra madre, y en el sentido más literal. En nuestros años de soberbia airada, esos en los que nadie puede darte consejos ni hacer la mínima sugerencia porque vienes resabida de oficio a golpe de portazo y respuesta afilada, en esos años, digo, queremos romper no solamente con el principio de autoridad de la casa que nos cobija, también de su fenotipo. Yo adoraba a mi abuela, pero en el umbral de la impaciencia adolescente me irritaba la cantilena constante de cómo nos parecíamos, que si yo hacía el mismo gesto, que si los ojos, que si cualquier cosa. Yo, en aquella época, solamente quería parecerme a Bowie o a Paloma Chamorro, algo muy lejos tanto de mí como de nuestro perfil familiar, la verdad, poco rockero. Mi madre, volvemos al redil de la historia, era una impenitente refranera, también para mi irritación adolescente, y repetía sin descanso “el que a su familia se parece, honra merece”. A mí me fastidiaba llevarme en ese reparto la peor parte: ni la esbeltez de mi madre ni su gracia natural, ni la habilidad y bonhomía de papá, tampoco la rapidez mental de mi abuela. Una niña, una adolescente, era, para la consideración general, un ser imperfecto e inacabado que aún no tenía alas para volar pero que ya se daba de cabezazos en el nido. Qué obscena es la arrogancia: yo no veía el cansancio de mi padre, la constante preocupación de mi madre, su miedo al futuro, herencia, creo yo, de la incertidumbre de crecer en la posguerra. Todo me parecía no saber vivir: yo sí sabía, era la disfrutona. Menuda gilipollas, eso era yo, una gilipollas.

Ahora que todo va a menos, tanto en nosotros como en el mundo que nos rodea, pienso en lo mucho que me gusta haber heredado gestos, manías, defectos. Todo ese material genético ha formado parte de mi sumisión y mi rebeldía, de las discusiones familiares y de los momentos de de alegría, que han sido muchos. Ahora, que tanto echo de menos enfadarme porque mi madre me repita las cosas, que me despierte con llamadas de teléfono intempestivas para recordarme tal santo o cumpleaños, yo, ahora, querría parecerme a mi familia en todo aquello que permanecía enterrado bajo mi indiferencia y que no supe ver muchas veces. Yo era, quizá, una flor rara en un mundo de adultos, el destino algo frágil y trabajoso de las hijas únicas. Y quizá, y solamente quizá, el paso del tiempo nos ha regalado esa nueva visión de nosotras mismas en otros momentos de la vida. También nos ayuda a disfrutar, ahora que, repito, todo va a menos, de los paseos quedos con los padres o de mimarles con un poco de queso rico el domingo, de contarles algo que te ha pasado ese día y que sabes que va a divertirles, de saber escuchar, aunque sea por millonésima vez, alguna historia, muchas de ellas familiares, otras que te descubren por primera vez, producto de esa confianza generada en el tiempo. Quizá la inversión de papeles (de cuidados a cuidadores) sea un pacto necesario con el futuro,con uno que no está escrito pero que nos enmarca.A mí me parece que es un círculo perfecto, algo que quizá no escojas, pero que va contigo en esa carga genética que ves como una vieja película familiar en super8: te enseñaron a atarte los zapatos, a no poner los codos en la mesa, a no enfadarte por tonterías, a leer silabeando, a que el aburrimiento no es necesariamente malo. Quizá te veas cambiando un pañal de adulto, haciendo pedacitos la comida para que la traguen poquito a poco, acompañando una tarde de televisión y tedio. Quizás, solo quizás. Porque a lo mejor, y solamente a lo mejor, te pareces a tu familia en algo que sí te gusta.

Leo: Conversaciones entre amigos de Sally Rooney. Me gusta, pero creo que no tanto como Gente normal. He terminado también Reina de Elizabeth Duval y es increíblemente brillante esa cabeza.

Escucho: Mi querida V. do Rexo, desde as súas ladaíñas, me descubrió un podcast maravilloso que recomiendo a todo el mundo: Discos Mon Oncle. Sobria elegancia, exquisita selección de música para oídos nobles.

Veo: Qué poco fiel soy a las series que no me enganchan mucho.La sobreabundancia también me atonta, aunque encuentro joyitas que me enloquecen. Estoy comenzando a ver A suitable boy, (adpatación de la obra de Vikram Seth) dirigida por Mira Nair. Lo poco que he visto me ha encantado.

Vecindario

Balcones y persianas. Imagen libre de derechos tomada de piqusels (Muchas gracias). Pulsa en la foto para acceder al original.

Se acaba agosto y es como si se acabase febrero, marzo, un mes de los de en medio, de los meses sin puente, tristes y sin un círculo que señalar en el calendario. Agosto sin pena ni gloria, como de niño que suspende muchas y sigue yendo a clase particular, al estudio de ventanas bajadas y envidia de piscinas y mares. Agosto está siendo el agosto, el verano, el mundo de aquellos adolescentes de Barrio: un espacio que envidias por aquellos carteles amarillentos de una agencia de viajes en una calle adoquinada sin salida. Me pregunto para qué : no tenían mucha pinta de salir de aquellas plazas destartaladas, de aquellos bloques casi soviéticos y gemelos, eran lugares donde solo podías vagar y aguardar el paso del tiempo. Esperar para volver a los sanjacobos y la tele encendida en los comedores de cuadros con ciervos saltando un río, esas televisiones con las imágenes de otras playas, de otras vidas, de otros planetas de los que nunca habían sido expulsados porque nunca los pisaron.  En aquel barrio, hasta soñar tenía censura.

En mi barrio, veo a un chaval de unos doce años salir a pasear su perro, un perro feo y palleirón. El chaval se enreda con la correa, que intenta domar con sus manos gordezuelas, con su pelo con corte antiguo y pasado de moda, con su chandal gris de Lidl con letras en inglés. Una señora con bastón le recrimina, baja la cabeza, avergonzado, me mira de refilón. No ´se quién puede ser, saliendo de ese portal igual a tantos portales. Quizá bendiga este tiempo de no tener que enfrentarse con todo aquello que convierte el colegio en un monstruo desagradecido: los insultos, el vacío, los recreos en soledad deseando ser todavía más invisible. Quizá sea eso o quizá sea tan torpe como lo somos todos en algún momento y yo solamente haga ficción partiendo de una vaga melancolía. En mi barrio, también, al final de la calle y volviendo de la playa, unas señoras me preguntan si se estaba bien, ” y no hará mucho aire, mujer”. Con mi recién adquirida silla plegable, me doy la vuelta y las tranquilizo: que hace buenísimo y que pueden bañarse. Asienten complacidas y sé que, mientras me voy alejando, subiendo poco a poco la empinadísima cuesta de la calle Cantábrico, comentarán entre ellas que qué riquiña la chica, qué alta la chica, no es de por aquí, es nueva, no sé quién es. Porque saben ellas más, mucho más, de mareas y de días en los que el cielo “abre tarde” que lo que sabré yo en toda mi vida. En realidad, cualquiera sabe más que yo de casi todo. En mi zona, por donde yo vivo, hay mercerías con nombres compuestos de dos personas, hay locales en alquiler con letreros que ya empiezan a estar amarillos pero que adivinan un futuro bum, hay tiendas de ultramarinos donde te llaman por tu nombre, fruterías con muy buen producto, bares donde te reservan churros del Timón cada domingo (soy bonillista, a mí no me valen). Me pregunto qué pasará cuando la generación de señoras que te preguntan que qué tal estaba el agua de la playa vaya desapareciendo. No sé si nosotros somos o seremos tan abiertos, tan de hablar con todo el mundo, tan de normalizar la conversación espontánea. Nosotros, quizá, somos más de hablar con quien no conocemos, con la silueta difusa de alguien tras una pantalla, tras una aplicación. Eh, que todo es compatible: algunos de mis mejores amigos y amigas comenzaron siendo una foto en Facebook o en Twitter. Y eso no quita que tenga amistades analógicas, como siempre he tenido. Pero a mí, que me hablan y hablo muchísimo en la tintorería, en la pescadería donde se ríen de mis mascarillas y mi aire misterioso, me parece que las personas de mi generación y las posteriores no tenemos el chip del comadreo gratuito, las ganas o el empaque de sacar conversación. Es verdad que hay barrios y barrios: me hablaba un amigo, hace poco, de lo hosca que era la gente por donde él vive. Si bien por mi calle y en su entorno se respira una alegría diferente, un aroma de barrio antiguo y algo desvencijado, es verdad  que no he conseguido nunca esa “amable vecindad” de hacer colegueo con los del segundo o los del quinto, no he pasado jamás de tener unos saludos correctos y conversaciones puntuales. También es algo que me sorprende y me parece llamativo: ¿hemos perdido ese sentido de comunidad de pared con pared? No sé si he visto muchas series americanas de llegar a una nueva casa y llevar magdalenas en un cesto a los nuevos, también es cierto que cuando se hace, en las series y películas, es porque están  midiendo dónde van a meter los cadáveres cuando  toda la familia sea asesinada de forma artesanal o, también, dónde pondrá la cámara para espiar su intimidad y luego chantajearles  Perdonadme, pero La mano que mece la cuna y Mujer blanca soltera busca  creo que nos han marcado en nuestra desconfianza y en hacer que no creamos, así a priori, en la amabilidad de los extraños. Por no hablar de Luis Tosar como portero sádico-violador o Rupert Everett arrastrando su paranoia por Venecia. Y ya no mencionemos al protagonista de sucesos que “siempre saludaba”. No, amigas, entre gente que se te mete en casa porque sí y tener algún referente en el edificio, hay diferencia. Pero quizá seamos de una generación que cree que las distancias son buenas y las magdalenas no siempre están ricas.

He tenido que llamar la atención alguna vez sobre el ruido- a las horas a las que les da la gana- a mis vecinos de arriba. No solo les ha parecido mal, sino que hicieron caso omiso: llamada de atención de buen rollo y con sonrisa, nada de amenaza.¡Con lo riquiña que soy y que además no sé hacer magdalenas, señora!  No sé si el maltrato que damos al espacio público nos hace todavía ser más pijoteros con nuestro espacio privado, a veces creo que soy una especie de Jack Nicholson en Mejor imposible, otras, me doy cuenta de que la intimidad es un bien escaso, que me entero de discusiones, bromas, vidas en directo que ni me interesan ni de las que he pedido participar, por no hablar del omnipresente Jordi Hurtado y otros presentadores de concursos a volumen totalmente desbocado. Ya, ya sé: mi discurso es contradictorio y ese último párrafo es el de alguien que parece estar expectante ante las meteduras de pata ajenas. Pero no, no se trata de eso: el respeto crea ese equilibrio y ese sí que es el bien más escaso.

Todo este discurso, contradictorio y mal hilvanado, viene porque sí creo en la necesidad de una cultura de barrio, de unos lazos de ayuda mutua (ahí tenemos a los GAM funcionando a toda vela). Pero no estoy segura de que sea factible, para mucha gente joven, en un entorno inmediato. No creo en mejores tiempos pasados, pero, además de los primos, que siempre eran los primeros amigos, jugabas mucho con los niños y niñas de cerca de casa. Y es verdad, también, que esos lazos de diluían con los cambios de colegio, de casa a veces, con los primeros amores. Pero las pandillas eran de cercanía y se compartía tanto la diversión como las bolsas de pipas sentados en portales algún lluvioso día de verano sin playa. Quizá los lazos ya no sean territorios, quizá sean de otra forma, no necesariamente peor. Lo que me resisto a creer es que ya no nos importan.

Yo seguiré saludando en el ascensor, en el portal y en todas partes. Incluso a quien no responde.

Leo:

El último verano en Roma de Gianfranco Calligarrich (recién empezado, pero que pinta maravilloso, editado por Tusquets) y un ensayo que es magnífico Los antimodernos de Antoine Compagnon (Acantilado).

Veo:

He visto en Movistar una serie que está pasando sin pena ni gloria y que me ha encantado: Made in Italy. Es cierto que es algo telenovela, pero los orígenes del bum de la moda italiana, de la marca Italia, están muy bien contados. Y la constatación de que la elegancia no es ser notado, sino “essere ricordati” como dice un personaje. Gianfranco Ferré, Valentino, Armani, Krizia y muchos más se pasean por los capítulos de una serie a la que han puesto a parir en todas partes, pero que a mí me ha encantado.

Momentos Brenda Vaccaro

Brenda Vaccaro, amiga.

Decía Cela que la memoria era una fuente de dolor. Es dolor cuando nos atraviesan los recuerdos que aún martillean, que forman parte de esa nostalgia desbocada o de ese autoboicot que tan bien conocemos los atormentados. La nostalgia, como la melancolía, es un bombón relleno de pimienta, algo que nos atrae sin remedio a no ser que podamos domesticarla, que podamos probar solamente un pedacito sin dejarnos llevar a un precipicio.  La memoria es también parte del juego: no puedes decirle a tu memoria “no, ahora no vengas y me desestabilices con tal o tal recuerdo”. Lo que es poder, puedes, pero es como la capacidad para permanecer despierta pensando en por qué no diste una contestación sarcástica e inteligente (que elaboras con rigor durante el proceso de insomnio) mientras el tic tac del despertador te recuerda que estás secuestrada por algo que no tiene sentido y que al día siguiente vas a estar muerta y muy muerta y pensando, también obsesivamente, en que eres repugnantemente obsesiva.. Es decir, no sirve para nada. La memoria, entendiéndola como una capacidad inmediata para los datos, es también una maldición. Lo he contado en algún sitio, yo fui una especie de Funes, el memorioso. Recordaba fechas, nombres, contraseñas (ay, si sigo trabajando hasta los ochenta para poder jubilarme me tatuaré todos los passwords como el prota de Memento, citas de libros, nombres, y, claro, también agravios. Tener buena memoria es admirable cuando actúas como en una barraca de feria recitando (¿os acordáis de los 39 escalones) todo aquello que te hace quedar como una niña repelente (me aprendí de memoria la poesía en el monolito a Casás solo de mis caminos infantiles a La Solana: “Gardenias y tulipanes, rosas, dalias y jazmines…). Y no, no era voluntario, era una habilidad extraña y también algo adictiva, recompensada por la admiración unánime de compañeras de clase, amigas de mis tías, gente normal y corriente que, higiénicamente, olvidaba todo aquello que tenía que olvidar. Mi tía Tere siempre decía que no quería aprender a programar el vídeo porque ya tenía la cabeza, el cerebro “muy relleno”. Que para qué. A mí ese desapego hacia la autonomía y también al recuerdo me enamora, precisamente porque yo sería incapaz. Y digo bien, “sería”. Ay, amigas, la vejez y la comodidad del mundo digital me han liberado de esta suerte de maldición/condición extraña. No recuerdo, no me centro, no fijo datos. Como decía la protagonista de una telenovela que me apasionaba en mis años americanos ; “muchacha, no tienes cerebro, tienes teflón”. Así me siento, despojada de un superpoder porque he empleado mal mis tres deseos del genio o he perdido el talismán, quién sabe.

Pues sí, sí sé. Como decía, el mundo digital me hipnotiza con sus facilidades, con sus promesas de dato al momento. Sam Google ven a mí para recordar cómo se llamaba el protagonista de tal película, si este libro es de tal o de otro tal fulano, si tal o cual lugar tienen más o menos habitantes. Wikipedia, Google, Shazam de mis amores, me dais la vida pero me habéis convertido en una vaga redomada: no me centro. Y me quedo aplatanada por completo porque se me van los nombres y las fechas, ya no “hablo seguido” en medio de una conversación y acudo al socorrido “bueno, lo diré en cualquier momento”, sinónimo de “en cuanto te des la vuelta me voy a meter una panzada de Wikipedia que me van a salir las biografías y las fechas por los poros, todos los diositos.” Es difícil sustraerse al encanto del dato al alcance de la mano; yo estoy en ello. Desde hace unos días, con poco éxito y mucha desesperación, me he propuesto  ejercitar mi maltrecha memoria. Y en ello estoy: quedándome apirolada perdida, dando vueltas a una imagen y pensando “¿Cómo te llamabas, mendruga”? Sin ir más lejos: el otro día estuve intentando recordar el nombre de una actriz que comencé a ver en la tele en una serie que “echaban” (me encanta esta expresión) los domingos después de comer: era una maestra redicha y modernita en el oeste del más puro oeste. La vi en más películas, pero la recordaba sobre todo en la película que Barbra Streissand hace con Jeff Bridges en la que también tenía un papel Lauren Bacall El amor tiene dos caras. Recordaba, de forma muy vaga, que el apellido de esta buena mujer, de sonrisa traviesa, tenía alguna C y alguna V, nada más. Y ahí estuve, dándole duro a mis neuronas y se hizo la luz: BRENDA VACCARO. Claro, y de ahí ya salió el hilo: la serie se llamaba Laura, recordé verla en más telefilmes y, creo, en alguna película de la saga de aeropuertos y, sonrojo máximo, no me acordaba de ella en Midnight cowboy. Aun así, amigas, qué alegría. No solamente he conseguido despertar ese pequeño monstruo dormido y envejecido que era mi memoria, sino que me lo he pasado pirata leyendo sobre esta mujer. Pues resulta que doña Brenda ha tenido una exitosísima carrera en el teatro, se ha casado cuatro veces (¡toma!), y es, atención, an “staunch democrat and feminist”. Pero, Brenda, ven a mis brazos, cómo no hemos sabido la una de la otra en todo este tiempo. Y, ole la serendipia, me pongo a buscar más y más y me doy cuenta de lo poco que sabía de esta señora tan interesante, que fue nombrada “Queen of Brooklyn” en la edición de 1992 del Festival de Cine de Brooklyn, que estuvo nominada a cuatro premios Tonys (uno por Flor de cactus, una de mis obras favoritas y que vi de niña en versión cinematográfica con una jovencísima Goldie Hawn) y que, momento salseo del día, tuvo una relación de cuatro años con Michael Douglas. Pero esta mujer es una caja de sorpresas maravillosas. Pero, Brenda, por favor, seamos amigas de inmediato y contémonoslo todo en fiesta de pijamas. Brenda, que te quiero, Brenda. Y he decidido, en tu honor, que todas las recuperaciones de datos que consiga hacer de memoria, que todos esos momentos de brillantes eurekas se llamen como tú, querida Brenda. Mis momentos Brenda Vaccaro serán esa luz en el túnel, ese regocijo instantáneo que me reconcilien con mis pequeñas habilidades, con lo que yo fui, señor, con lo que yo fui. Brenda, sin saberlo, eres un hito en mi vida. Tuya soy, de todo corazón.

Ojalá repongan Sara, ojalá, y podamos visionarla con perspectiva de género. Nada constituiría un mejor homenaje.

Leo:

Estoy ahora con Panza de burro de Andrea Abreu. Me está encantando, pero sí tiene algún “pero” que ya desarrollaré. Ah, y por si sirve de algo. soy Gente normal team (Sally Rooney) a tope. Me la sopla que haya a quien le parezca una cursilada: en absoluto. Y parad ya de dar la paliza con  que si el amor romántico tal o cual. No creo que a Percy Shelley o Lord Byron les hiciese gracia pensar en qué hemos convertido la etiqueta de su descalabro magnífico.

Veo:

Una serie italiana muy inquietante, Il Processo, que me está gustando a ratos. Entra en el género de “chica desaparece y aparece muerta y empezamos a investigar y, oh, vaya, tenía una doble vida o era un poco tal y un poco cual”, en fin, el rollo “Caperucita, si vas al bosque y te come el lobo, la culpa es tuya.” Pues no, es del lobo, vaya. Vabbé per imparare la lingua.

Escucho:

Lo nuevo de Jarvis Cocker en su nueva formación, Jarv-is, es una preciosidad de principio a fin.

 

 

 

Un año en un trastero

Hannah Horvath durmiendo en un trastero alquilado por su exnovio, Adam, para darle el bote con sus cosas, en “Girls” (temporada 4, episodio 5, “Sit-in”).

No sé si os he contado alguna vez que siento pasión por los trasteros. Así como para algunas son los lugares a los que nunca acceder- por pereza, por miedo, quizá también por una anticipada nostalgia- los desvanes son para mí la fiesta del caos, el patchwork imposible, los retazos de algo contado por un narrador algo alcohólico, poco veraz, tramposo y, sin embargo, amigo. Almaceno y olvido, y un buen día, como si de un ritual higiénico se tratase, abro esa puerta de misterios ya casi desconocidos por pretendidamente olvidados, asombrándome del ritual del reencuentro: bolsas y capachos de verano, la cesta del picnic con la que fuimos alguna vez a Bastiagueiro, aquel abrigo que tanto te gustaba y que nos recordaba a Morrissey y al Manchester de los 80 sin haber estado nunca en Manchester, los juegos de mesa que me acompañaron en la infancia y en varias mudanzas para habitar trastero tras trastero, el inevitable y complejo electrodoméstico que te regalaron alguna vez y no sirve para nada (pongan aquí raclette, Vaporetta, Fondue y cuanto extranjerismo apetezca), cajas de apuntes ordenados y álbumes de fotos que nunca volverás a hojear, cassettes que me grababa aquel chico a quien tanto quise y que tanto quería a los Stranglers. Las  viejas maletas, sí, las viejas maletas. Si hay algo que haga que me dé un vuelco el corazón son esos cuadrados de Samsonite con ruedas que han ido conmigo por todo el mundo, bueno, por el que conozco, que  no es un trozo pequeño. Mis maletas, siempre un poco cojas (las risas con las calles nevadas de Bolonia y la loca rueda trasera de mi pequeña maletita de cabina las recordamos cada vez que hablamos de aquel viaje) huelen a México y Cambridge, tendrán seguramente arena del desierto de Marruecos, esconden azucarillos de Italia o de alguna exótica compañía aérea, contendrán también algún ramito amarillento de brezo escocés y, ay, muchas calorías norteamericanas. Mis viejas maletas, y digo viejas porque nunca las he cambiado, son de diversos tamaños y están todas baqueteadas por la vida y el maltrato de los aeropuertos; han sido forzadas para guardar todo tipo de recuerdos y caprichos, tienen manchas y algo de alegre desaliño. Estas cómplices compañeras, como digo, conviven en esta madriguera del País de las Maravillas con otras maletas todavía más antiguas, sin ruedas, con tarjetero y un aire deliciosamente retro: las de mis padres, que, hijos de otra generación, han viajado tan poco.  Una de estas veteranas maletazas exhibe un lazo de terciopelo negro que le hizo mi padre en un viaje a Roma y que he sido incapaz de deshacer, tampoco he puesto mucho empeño, la hace única y hermosa. Todos esos recipientes de felicidad finita me agreden cuando abro esa puerta renqueante : siempre he sido de maleta fácil, de viaje improvisado, de poca provisión y previsión. Tengo muchos paraguas baratos producto de no consultar la previsión meteorológica, algunas decenas de cuadernos de viaje empezados y nunca concluidos, neceseres comprados al vuelo el día anterior a la partida, y no digamos  ya ropa interior porque me he olvidado la mía en casa:  bragas rusas tremendamente sólidas; otras, alemanas ,muy eficaces y adustas; unas delicadísimas puntillas belgas y, cómo no, unas de Cañamás compradas en una tienda de Mondoñedo, con una maravillosa dependienta con gafas en cadenita que no paraba de repetir “es muy buena braga”, mientras estiraba la goma de la cintura para demostrar que allí cabríamos yo y tres más si nos empeñábamos.

Mis maletas ya no me miran cuando abro el trastero. Dormitan desde finales de octubre, un mes de cálido y tardío verano en Sicilia. Lo rápido que puedes olvidar lo confortablemente instalada que está en algunas rutinas es un penoso ejercicio que hemos aprendido en los últimos meses. Acabo de encontrar, maldita serendipia, un billete de tren del 13 de marzo de 2017, trayecto Santiago-Coruña. Tres años exactos después yo hacía el mismo recorrido, pero con miedo y pesadumbre: nos enviaban a casa a la espera de la declaración del estado de alarma. En aquel mismo momento, mis maletas seguían somnolientas, quizá ya intuyendo una pequeña alegría de primavera. Qué lejos está todo. En la burbuja  olvidábamos a veces el sentido de todo aquello: no era una prueba para el héroe o la heroína, era una desgracia que afectaba dolorosamente a un mundo que parecía de otros, inmersos en esa arrogancia casi adolescente de que a ti no puede pasarte nada, ni contagios ni ERTES ni nada de nada.  Y pasaron cosas, claro que pasaron: algunas, para las confinadas, bastante buenas (véase mi post anterior). Otras, lamentablemente, no han sucedido: no hemos alcanzado una cultura laboral de madurez que entienda el teletrabajo como parte de la vida laboral sensata; no hemos, tampoco, alcanzado un compromiso político que entienda el apoyo de la comunidad y el establecimiento de redes vecinales como el fin de cierto tipo de individualismo salvaje; tampoco hemos asumido un debate real sobre la pobreza que nos rodea, sobre las diferencias de acceso a cuestiones tan secundarias para los que las tienen garantizadas como  el ocio (el día que mi vecina viejecita me contó, conversaciones por el tendedero, que yo era la única persona con la que había hablado en todo el día y que se moría de miedo viendo los programas matinale, ganas me dieron de coger una recortada). Mucho me temo que poner puntualmente estas cuestiones sobre el tapete no solo no las resuelven, sino que, como digo, se quedan en un enunciado sin diálogo ni respuesta. Las buenas intenciones del pasado son papel mojado, nada más.

Mis maletas, mis viejas maletas, están totalmente desentrenadas y dormilonas. No me importa : este año no toca escuchar otros acentos, ver otros mares, abrazar Mediterráneos o Tirrenos. Ellas seguirán ahí, apiladas unas sobre otras, esperando tiempos menos salvajes. Mientras, hemos de asumir (¡yo he de asumir!) que mi verano tendrá un paisaje conocido y una arena de playa domesticada. Pero acecharé de vez en cuando, con mirada de perro cazador, la puerta entornada de mi trastero: mis viejas maletas haciendo guardia son esa señal de futuros, de benévolos, deseados, tiempos futuros.

Leo, leo:

Una habitación compartida : conversaciones con grandes escritoras Inés Martín Rodrigo. Variadas, como son las entrevistadas, pero interesantes. Yo recomiendo las de Zadie Smith y Lydia Davis, pero por escoger algunas.

Veo, veo:

Estoy viendo El escándalo de Christine Keller, en Cosmopolitan, los lunes (los que tengáis más edad o más memoria es el caso Profumo). Lo que en su época se llamaba un escándalo de faldas, en realidad es una cuestión de lucha de clases, ni más ni menos. Los actores son soberbios y la factura de la serie es impecable. Y si queréis ver algo muy inquietante, la sueca Exit en Filmin.

Oigo, oigo:

Los podcasts de “Las chicas del volcán”, “¿Puedo hablar?” de Perra de Satán y Esnórquel y “Jardines en los bolsillos”, en RNE.

 

 

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