Anchoas y Tigretones

El patio de mi casa no es particular

No se parece en nada al patio de mi casa, pero qué mona está Scarlett en este fotograma de “Lost in translation”. Pinche en la foto para origen.

 

 

No estoy segura de si han pasado días, meses o vidas desde el último artículo que escribí aquí. Qué perezoso es el tiempo y qué difícil es no llenarlo estos días con todos los yogas, las recetas de repostería instantánea, los resbaladizos contenidos gratuitos del mundo de la cultura, todo cubriendo unos horarios imposibles, que nos obligarían a una hiperactividad angustiosa. Yo estoy a favor de reinvindicar una necesaria pereza, una observación pausada de los pasillos y sus pelusas, del sol dando de lleno en los muebles de la cocina. El tiempo se vive en el modo en que uno quiere, no en el que las emisiones de entrenamiento dictan en Instagram. Podemos dormir dos siestas y merendar dos veces, leer cuatro libros y no terminar ninguno., qué coño. Esa idea del aprovechamiento es tan absurda como culpabilizadora. Son muchas horas, haga usted lo que le dé la gana en esta burbuja llena de ventanas y comunicación. No estamos aislados, estamos confinados  y muy de aquella manera: pero, en cierto modo, obligados a sentirnos mejor, peor o regular y decírselo a todo el que quiera o no quiera oírnos. Esa especie de amortiguador de los primeros días, esas bromas infinitas y ese bombardeo de memes y whatsapps empieza a desinflarse: vamos domesticando, a golpe de postergar el fin de la cuarentena, tanto nuestra resignación como nuestras ganas épicas de mostrarnos invencibles, risueños, divertidos. No, no estamos en la cárcel, qué obsceno es pensar esto, ni siquiera en un romántico autoexilio impuesto por habernos fugado con un rico heredero. Tampoco somos el conde de Montecristo, meditando sobre cómo escapar de este If por muchos rasgos de heroísmo que queramos colgarle al asunto en forma de medallas: es quedarse en casa. Lo sé, casa no es sinónimo de seguridad; tampoco internet es tan democrático como nos quieren hacer creer. Estudiar o trabajar en casa depende ya no solamente de la buena voluntad de una misma, sino  de estar situada en la orilla firme de la brecha digital, es decir, la del privilegio. Y no lo olvidemos.

Yo vivo, ya lo he dicho, en una casa que yo considero cómoda. Mi cocina da a lo que se llama un patio manzana, un espacio que, para mí que soy tan perequiana, me da la vida en mis pulsiones cotillas. Como el bueno de James Stewart con la pierna escayolada o como el diablo cojuelo levantando los tejados de las casas, me gusta ver esos grandes ventanales de edificios muy pijos que están al otro lado del patio. Con mis horarios, a veces es difícil seguir rutinas como los desayunos y las comidas del mediodia. Podía entrever alguna lámpara de diseño, un tímido cigarro que fumaba alguien al anochecer, el caleidoscopio de las cocinas y sus manteles, la vida, poco a poco. Desde el día 13, ya lo saben, algunas nos asomamos a aplaudir. Yo no soy muy dada a los rituales, pero sí soy una observadora curiosa, como ya dije. Hay una mamá y una niña pequeña que me saludan en la distancia, una señora que, creo, va en silla de ruedas y acercan a la ventana, otra vecina que siempre saca cucharón y cacerola.  La gente, antes ajena, empieza a reconocerse y sonríe, dentro de lo difícil que pueda ser todo. Se oyen guitarras a lo lejos, aplausos merecidos o no a algún magnate en días concretos. Pero, de una u otra manera, quienes tienen los días algo iguales desde hace mucho, salir a la ventana, esperar esa cita de casi hermandad a las ocho de la tarde les da la vida. Lo merecen los sanitarios, es verdad, todos los profesionales de la medicina, las empleadas del súper que llevan al pie del cañón desde el principio, el personal de limpieza, todos aquellos que fueron alguna vez invisibles.  Pero, para mí, que soy poco gregaria y amiga de homenajes multitudinarios, mi aplauso es para mi padre, solo en su casa con 88 años y diciéndome todos los días por teléfono que todo está bien y que no pasa nada, que hace ejercicios del salón a la cocina y que está haciendo limpieza de armarios. Va por la señora en silla de ruedas de enfrente, por la vecina que tengo al lado que la pobre está sordísima y pone la tele a mil o se muere de risa cuando la llaman sus hijos. Mi aplauso es para todos los que, de algún modo, son quienes han construido lo que otros estamos a punto de cargarnos, los que no protestan y lo han dado todo, aquellos a quien tan fácilmente arrinconamos. Por eso, de veras, vale la pena aplaudir. Por todo aquello que, quizá, no hemos podido decir a tiempo o no nos sale.  El patio de mi casa no es particular: está lleno de historias, contadas y por contar.

No somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra arrogancia. Llama a tu madre, tú que puedes.

Nota: mi amiga Vero se curra unas listas en Spotify la mar de divertidas, variadas y bailonas. Os dejo en enlace a una, pero tiene miles y podéis explorarlas, que están en abierto: spotify:playlist:2R7ASE1uGq4cLhQZki0N3u (esta es, precisamente, un homenaje a los abuelos).

Leed, leed mucho: yo estoy ahora con El coleccionista de Libros (Alice Thompson), editado por Siruela y con Proscritas de Lyndall Gordon, en Alba editorial. Y sí, otra cosa no tendremos, pero tiempo para leer, ahora parece que sí.

Recuerdos de “Casa tomada”

Los interiores de “Home” en “A clockwork orange”. Pincha en la imagen para ver fuente.

Hoy, Mireya me ha recordado mi cuento favorito. No, no es mi cuento favorito de Cortázar: es MI cuento favorito y no es otro que “Casa tomada”. En 2º de BUP, cuando una hora de clase se deslizaba como un caracol perezoso sobre una hoja (esta imagen  es también producto de la observación), mi profesora de Literatura, María Jesús Trillo, nos leyó a Cortázar. A mí siempre me ha costado escuchar cómo alguien lee en alto: inmediatamente empiezo a pensar en que ese tono no acompaña, que se atropellan las voces y los ecos, que no es mi texto ni para mí o que me lo han robado. No fue el caso, en absoluto: ese día fue diferente y caí rendida ante Irene tejiendo en ese tiempo perezoso también y casi detenido, dos hermanos con la aprendida rutina del vacío cotidiano, unos dulces horarios inofensivos (y don Julio emergiendo en esa visita a la librería que remata con el demoledor “desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina”). Aquello era pura maravilla, una narración desconsolada y contenida, llena de pasadizos y guiños,donde un invisible enemigo va conquistando espacios y creando un nuevo valor paralelo al miedo: la nostalgia, la construcción de una memoria común, la mitificación de aquello vivido casi de oficio. Y, claro, la pérdida final: la llave que cae en una basura, ese exilio impuesto por el desconocimiento y la prevención, la incertidumbre. Cortázar rules, amigas, qué tío.

No, no hablemos más de interpretaciones, hablemos solamente de la casa. De la casa nuestra, de la casa como un nosotros. La casa feliz en la que vivíamos antes de todo esto, antes de la soledad impuesta, del acopio de víveres, del nuevo calendario. Antes, sobre todo, de los muertos, de aquella vida que era regalada y de hace dos semanas y que es ya, como la biblioteca de los dos hermanos en el cuento, una nostalgia compartida con la infancia. Los teléfonos nos traen memes, mentiras y mensajes; es una soledad la nuestra de pacotilla, de pijos mal avenidos con la frustración. Nadie nos ha arrebatado nada, solamente nos lo han congelado; está en uno de los cajones de esa nevera tan moderna que compramos hace poco, al lado de los álbumes de fotos del verano y del vestido que íbamos a estrenar en agosto. Al lado, también, del recuerdo del último abrazo que dimos antes de cerrar la puerta por mucho tiempo, antes de arrepentirnos de no haberle pedido a él que por qué no tomar una cerveza, antes de dejar de contestar mensajes por pura saturación. Antes de la casa tomada, mucho antes, vivíamos la displicencia de silenciar los teléfonos, de no ir a conciertos por no agobiarnos con la mucha gente. Antes de tener que conquistar el espacio solitario, también pensábamos en Trieste y Arizona, en bajar a comprar el pan y en ir al gimnasio, en la calle como espacio sin pesadilla. Todo era casa y volverá a serlo.

Hay que darle la vuelta a todo esto y reconquistar el espacio previamente conquistado por los otros. Porque la conquista puede ser la de la falta de miedo, la de mirar alrededor y descubrir que tienes vecinos que apenas franqueaban el portal. Porque hay quien lleva confinada mucho más tiempo y lleva el riesgo tatuado detrás de esa mascarilla que siempre la acompaña, mucho antes de que fuese un bien escaso. También que hay que vivir en la calle para no saber, no enterarse y encontrar un comedor social cerrado porque han tenido que cambiar las normas. Es pensar que todo lo invisible que te rodea te puede arañar la cara cualquier día y aparecer de golpe: esa es una invasión. Aplaquemos las fieras que amenazan no solo con tomarnos la casa. Aprendamos también que, en tiempo de tormenta, sí hay quien hace mudanza (contenidos gratuitos, marketing salvaje, donaciones de conciencia completa o parcial). La realidad cambia o se ha ido a pasearse por el callejón del Gato: qué quieren, yo antes que distópica fui esperpéntica.

Cuidaos mucho. Recordad que la casa de fuera es nuestra y nos está esperando. La casa de dentro, en la que tenemos congelados nuestros contenedores de vida, no nos la quita nadie. Cómo nos gusta jugar a la vida, esa que, a veces, nos hace trampas, como a los hermanos del cuento de Cortázar. Tomen su casa, amigas, y alégrense de tenerla. Pronto ventilaremos y nos veremos, como siempre, en los bares.

#euquedonacasa

#yomequedoencasa

#iorestoacasa

#staysafeathome

Lecturas apropiadas: Yo me haría un maratón de reinas de lo doméstico y diminuto, de las que engrandecen la vida con un rasgo de su caligrafía: Alice Munro y Natalia Ginzburg.

Banda sonora: “My favourite things”.  Coltrane, what else?

 

Amigos de toda la vida

Four women drinking wine, talking in living room (B&W)

La memoria, el recuerdo, tiene parte de inventiva, de construcción. Quiero escribir sobre amigos- la estructura de la confianza, la pérdida, el desinterés, la recuperación- y me vienen a la cabeza dos títulos que no tienen nada que ver entre sí a excepción de que comparten la palabra “amigos”: Amigos que no he vuelto a ver y Los amigos que perdí. Si tuviese que escribir una historia de la literatura a partir del tema de la amistad,no creo que compartiesen ni párrafo, ni página ni siquiera capítulo; que autores tan diferentes como Bayly y Vidal-Folch naveguen por sus títulos sobre el mismo tema y con el mismo trasfondo (la orfandad del vacío o de la ausencia, sea o no buscada) es una de esas coincidencias como que yo, ahora mismo, en lugar de centrarme en la amistad, esté pensando en escribir una historia apócrifa de la literatura a partir de las grandes enemistades literarias, o una totalmente inventada, como esa maravilla que es La literatura nazi en América (que, dicen, generó también enemistades. La vida, que es muy rara).

Yo recuerdo la primera amiga que hice en el colegio. Esa sensación gregaria y a la vez poderosa que te hacía no desear nada más que llegase el día siguiente para verla,para sentarnos juntas en el bus del cole, para mirarnos con algo de arrobo en las clases de párvulos. Esa es la primera amistad : infantil, exigente y comprendida con exclusividad, con entrega absoluta, con  ese neón brillante que poporciona la novedad. La vida, por desgracia o fortuna, te lleva por una infancia con primeras decepciones, alguna que otra traición (que si fulanita y que si menganita dijeron), sufrimientos estos como puñales con cursillo para aprender a curtirse incorporado, pero en nivel A1. La adolescencia es mucho más jodida, caramba, que ahí las confidencias las carga el demonio y los préstamos de jerseys o faldas son cuestiones de estado. No sé cómo habría sido yo a principios de los ochenta con redes sociales, imagino que tendría un Instagram algo nerdie y pedante, pero con su público. Las películas de los ochenta nos enseñaron muchas cosas, entre ellas que el frikismo es muy cool, que las chaponas se acaban convirtiendo en tías buenas (esa es la parte más innecesaria, joder con las vueltas que le damos al mito del patito feo) y que aunque tengas un perfil picassiano como Jennifer Grey puedes ligarte a un malote que no lo es y, de paso, marcarte una reflexión sobre el derecho al aborto, todo ello entre sudores y camisas reprietas, justicia poética y se baja el telón.

Algo que nunca he entendido es por qué aplicamos esos parámetros de la amistad, los aprendidos en la infancia, a la edad adulta; esa exigencia de presencialidad, de atención constante; de que si incorporas a alguien a tu vida en calidad de amigo ya le debes un vasallaje absoluto. Ay, mira, no. La vida, entre universidades y mudanzas, entre primeros trabajos precarios y círculos de expatriados en ciudades carísimas, va estableciendo sus complicidades; a veces duraderas, otras, producto de la casualidad. Y no pasa nada: los momentos son magníficos o no tanto, pero eso es lo que cuenta. He vivido en varias ciudades, me he llevado amigos de casi todas. Muchos de ellos forman una especie de limbo invisible que me acompaña: se activa cuando podemos vernos, muy de uvas a peras. Tengo, también, necesidad y morriña constante del humor de algunos que alimentábamos a diario, de las afiladas respuestas de otros, de las reflexiones disparatadas de aquel.  Echo de menos cierta cotidianeidad, pero también me beneficia la distancia. Porque quizá, y solo quizá, lo que llega a unirte en un momento es la reconstrucción de un pasado común, mitificado por lejano, algo que se reactiva con beneficios mutuos de vez en cuando ante una buena cena o un café. No es mi intención hablar de esa nostalgia impostada  (las redes sociales, amigas, las redes sociales) de exalumnos de tal o cual cole a los que te puede apetecer ver una vez, pero que, quizá,no te apetezca repetir porque, y esto es una cruel realidad, no tenéis nada que ver. No hablemos tampoco, claro, de los equipajes que venían con algunas parejas y se convirtieron en un halo de silencio y humo cuando se rompió el amor (ojalá que de tanto usarlo, aunque no suele ser el caso). A veces, y me siento afortunada, de esos naufragios sí han quedado supervivientes con los que has estrechado lazos, has construido otro tipo de relación de autonomía. Otras personas- por desinterés o por realismo: no les interesabas- desaparecieron, como ya he dicho,  por los sumideros de la vida. Y tampoco pasa nada, claro. Otra cosa es cuando dando un portazo o haciéndose el avión (el ghosting del que tanto se habla ahora) desaparece quien sí era lo que tú creías un asidero firme. De eso sí una tarda en recuperarse.

¿Y qué de los amigos que sí has vuelto a ver? ¿De los que, aunque no veas a diario (las parejas, los hijos, la vida laboral) sí son ese equipaje enriquecedor, solidario y firme, que necesitas y sabes que están ahí? Pues a lo mejor, tú, que también tienes tu vida, deberías levantar más el teléfono, organizar más para veros, hablar más. Y también entender, y esto es para mí muy importante, que el silencio puede reforzar los lazos. No comparto esa idea de que los buenos amigos son para toda la vida, lo son para los buenos momentos : la vida es larga y llena de baches y mucha gente, por diferencias de cualquier tipo, se queda en el camino. No, no tengo los mismos amigos de cuando tenía cuatro años; algunos sí, pero no todos, empezando porque no soy la misma persona, y siguiendo porque he vivido, no me he quedado plantada en un bancal. He ido incorporando, enriqueciendo mi mundo, a veces llevándome palos gordos que me he llevado también con amigos de mucho tiempo. ¿Nos está diciendo, señora, que la amistad es algo sobrevalorado? No. Lo es la idea, impostada y absurda, de que la amistad es indestructible y que la lealtad no se tambalea : por cuestiones ideológicas, por diferencias vitales, por enfoques opuestos, que sí ponen a prueba la tolerancia. Y, a fin de cuentas, vamos a ver:¿ si tú conocieses hoy a esos amigos que dices conservar de la infancia serían, de verdad, tus amigos?

 

Al hilo de lo que hablaba antes de entender la intimidad como un privilegio, me interesó mucho este artículo de Héctor Barnés. No, no pienso tomarme un café contigo: a favor de las relaciones superficiales

 

Mujer bebe sola en un bar

Para Pau (@extreme_thinker) por regalarme sus ideas y una gran conversación. Gracias.

 

Vintage woman drinking. Esta foto aparece en una edición de Beautiful and damned, de Scott Fitzgerald en Penguin. No tiene créditos aparentemente.

 

Siempre he oído decir que el mar reclama lo suyo, su espacio, devuelve a veces aquello que le sobra y le es ajeno. Los bolsillos de abrigos de otros inviernos – lo que los convierte en otros abrigos a los que de nuevo hay que domesticar- traen a veces entradas de cine arrugadas, triangulitos que al deshacerlos desvelan el turno de la carnicería del Gadis (“le atendió Mari Carmen, que tenga un buen día)”,algún mechero que robamos cuando hacíamos que no fumábamos, monedas de euro, con suerte un billete. Otras veces, esos abrigos -asilvestrados por todo un verano guardados en un exilio de armarios oscuros- traen una barra de labios perdida hace tiempo (me sucedió ayer, qué maravilla desenroscar esa tapita de nuevo y ver salir esa fantasía cremosa, esa que crees te hará mucho más bella), traen también olores de una vida que fue nuestra en otro invierno. Pero no son los únicos habitantes silenciosos de espacios en claroscuro: las redes sociales son también lugares muy porosos y de ida y vuelta, no hablemos de noticias falsas ni de la falta de contexto, hablemos de esos artículos que lees, quieres guardar y no sabes qué demonios ha sucedido que los pierdes, no los encuentras y, voilà, vuelven a aparecer.

Leo sobre escritoras alcohólicas un artículo que ha vuelto ha posarse en mi pantalla, como una mariposa somonolienta de invierno. Nunca había pensado en el alcoholismo en términos de género. hasta que leí este articulazo de Begoña Gómez Urzaiz. De escritores y sus rituales de bourbon y whisky, de la casi admirada complacencia, de la tolerancia risueña que exhibimos ante ellos, sabemos mucho. El libro de Kingsley Amis, Sobrebeber, no es una expiación, es una exhibición sardónica y crápula, terriblemente divertida. Y subrayo terriblemente. Pero, como sabemos, no era algo exclusivo de escritores: el  postureo de alta gradación se compartía con el bonachón de Spencer Tracy, el tipo duro Bogart, el simpático y atractivo Dean Martin y tantos otros. Pero, ¿dónde estaban las mujeres? El alcohol, su aspecto lúdico y la naturalización del mismo (véase cualquier capítulo de Mad Men y sabremos de qué estamos hablando) son y han sido un #todopirolos en toda regla. ¿Por qué? Porque una mujer que bebe es problemática, es un verso suelto, es un mueble que cojea. Leo sobre la adicción de Jean Rhys, de Duras (que habló bastante de su dependencia del alcohol) y el caso, a mi juicio, más extraordinario: el de Elizabeth Bishop, bebedora de colonia. Beben con culpa, muchas, como Jean Rhys, con la sensación de haber fallado. Y de no tener derecho a ese olimpo glamuroso de la creación alcohólica y, muchísimo menos, alardear de sus moñas gigantescas, algo de lo que sí hablaban y sin problema sus colegas masculinos, de Cheever a Carver.

Y ahora vayamos con nosotras.  Dejemos el alcoholismo para centrarnos en la función, social o no, placentera o no, de tomarse copas, cañas o lo que queráis. No pretendo frivolizar, solamente hacer un pequeño trabajo de campo: ¿Cuántas de vosotras habéis ido solas a beberos una copa a un bar, por puro placer? O algo más: ¿qué pensáis si entráis en un bar y veis a una mujer sola, acodada en la barra, trasegándose su(s) copa(s)?  Pau me recordó una escena de la genial Mindhunter en la que se decía “qué se podía esperar de una mujer que está sola en un bar”.  Yo confieso: cerca de mi casa hay una coctelería magnífica y me encanta cómo trabajan. No voy entre semana, solo por ver el local valdría la pena, es una maravilla,  porque siento un pudor terrible y vergonzoso, casi de fracaso social, en beber sola, aunque no sea alcohol. Aparquemos, por favor, las homilías de momento: sabemos que el alcoholismo es un problema muy grave, muy banalizado y no se trata de eso. Se trata de hablar de conquistar espacios y de sentirse más Sancho Panza que Quijote.  Y es cierto que es ridículo, pero no puedo evitar sentir un poso de vergüenza en la radiografía que, imagino, me hacen; etiquetada en términos que, creo y espero, no me corresponden. Y sí, hacemos de este modo el juego gratis a una  idea rancia y absurda que autolimita y proyecta también nuestra (mi) más íntima vulnerabilidad: la opinión ajena. Ojalá nos la reflanfinflase todo porque hemos sido educadas en que todo lo que piensen nos la refanfinfle, ojalá tajarnos o no hasta el infinito (handle with care, of course), ojalá contar nuestras batallas al camarero (o preguntarle a qué hora sale, todo depende).Y aplaudo si lo hacéis, sois geniales:  yo solamente vengo a hablar de lo que no hago.

El glamour del alcohol, si existe, es machirulo, o si no, escaneen los comentarios de sus parejas, amigos y vecinos cuando ven a una amiga o vecina más bébeda que Sue Ellen. Es inevitable: siempre comentamos, siempre sacamos un capítulo de un catecismo inexistente y la homilía es para ellas, no para él. Él es pavero, él es divertido, cómo es él. Prescindiendo del debate sobre la naturalización social (y genérica) del alcohol al que antes me refería,sentirse segura o no en territorio conquistado y sin compañía, es una labor mucho más ardua que lidiar con otros estereotipos. Pero para eso tenemos toda una vida por delante y la idea de conquistar solas los bares: la copa o el agua sin gas, eso ya lo escogemos después. Lo importante es entrar.

Recomendaciones que siempre me pedís y que yo doy siempre con pudor:

Ya sabéis que me compraría todo el catálogo de Alba editorial. Pues he cogido en la biblioteca (vayan a la biblioteca, señoras, comprar libros es maravilloso, pero en las bibliotecas pueden explorar y equivocarse mejor) Agnes Grey, de la Brontë que me faltaba por leer, doña Anne. Muy recomendable. He leído también una joyaca que se llama En un lugar solitario de Dorothy B. Hugues en Gatopardo ediciones. Soy poco lectora de novela negra, pero qué bien escrita está.

He leído también a Annie Ernaux, Los años (Cabaret Voltaire) pero eso da para un post enorme. Tengo aparcada a mi Marie-Helene Laffon de mis amores y su nueva y, seguro, maravillosa, Nuestras vidas (Minúscula, esa editorial tan encantadora). Me da que ambas tienen un paralelismo enorme aunque vengan de mundos muy diferentes.

Y escucho de nuevo a Suede, porque viene Brett Anderson al Gaiás, amigas, y estoy que no me llega la camisa al cuerpo.

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