Anchoas y Tigretones

De memorias y olvidos: “Esquece Monelos”

Según leo en la prensa, estáis a tiempo de verla hoy. Con la posibilidad de conversar con Ángeles Huerta, la directora.

Una mujer en la cama de un hospital. Escucha las palabras del médico con inquietud, va a someterse a una operación decisiva. Alza la mirada, reposada antes sobre sus manos entrelazadas, manos de trabajo, manos gordezuelas y de anillos reventones, manos tan familiares, siempre.  Mira al médico y le dice que necesita contarle algo. Y relata, por primera vez en su vida, cómo llegó a ese país, de dónde, cómo la separaron de sus hermanos, que, como todos los hermanos, tenían nombres propios. Y los dice. Le pide que, por favor, los recuerde, aunque no sepan quiénes son, aunque sean únicamente una nebulosa maginada. Dice sus nombres en alto, como una lista de clase en el invierno de la EGB. Los nombra, porque ese relato acoge el desorden y el abandono, las lagunas de la historia. Ese rostro de mujer, sereno  que dice en alto: “Nunca me he casado, no he tenido hijos ni a quién confiar todo esto”. Cómo duele en una espectadora sentir la punzada de ese olvido futuro por llegar.

La escena a la que me refiero es de una película francesa que esta señora acaba viendo, como ve tantas cosas, de refilón y en modo mulitarea, en este magma de teléfonos, mensajes,pantallas y páginas, músicas y ruidos que es la vida pija del siglo veintiuno. Y esa mirada de una actriz que desconozco- qué ganas de ir a otro plano y saber quién es en la vida real para comprobar que es solo ficción y que no está sola en un mundo de Rosalie Blum- en Avant l’hiver  me hace regresar a mis propias muertes diarias , a los calendarios tan veloces como los trenes de todos los días.

Pasan los días y voy al cine a ver Esquece Monelos. Había una vez una ciudad que tenía un río, que, como todos los ríos, va trayendo y llevando historias hasta que lo sepultan. El agua es la vida, el agua corre y es un relato, un relato en primera persona, somos nosotros asomándonos a un fondo que desconocemos. Había una ciudad que tenía un río al que olvidó, al que negó. Ese río Monelos es ahora una lápida de una calle, desplazado por refinerías, por las promesas de trabajo, por el futuro, por el progreso. El agua se lleva, como he dicho la memoria, esa que queremos fijar en los ojos de aquellos que la van  perdiendo y a los que intentamos sostener la mirada.  Veo los nudos de carreteras donde hombres y mujeres que no he conocido, en barrios que son aldeas, cuentan sobre molinos y anguilas, veo sus rostros pausados mirando en silencio a la cámara, veo su esfuerzo y dignidad, su nostalgia. Sonrío con la pandilla de hombres cantando en Os Belés, me estremecen algunos testimonios, otros me emocionan. El relato, lo hemos dicho, es el agua: son los secretos de las mujeres lavando en la orilla, son los juegos infantiles, es todo lo que ha pasado y articulamos en torno al recuerdo, son los trabajos y los días, una luz encendida en una ventana, una camisa tendida al sol en una leira, tendales y luces como señal de propiedad testimonial.  Y es también la pérdida, el desplazamiento, la deconstrucción de una identidad que se lleva el agua soterrada, el cambio inexorable, las grúas, el desarraigo. El olvido, otra vez. Y las fotografías que nos enseña Bienvenido de familiares que sonríen, que se han ido, de esa diáspora sin acougo. De qué se reirían aquellos niños de esa vieja foto.  Y  escucho como espectadora comentarios en alto en la oscuridad de la sala del cine: “Ay, mira aquelo, que bonito era, que ben o pasábamos”, “Mira a Menganita”. Porque Menganita está hablando a la cámara contando cómo vivió el derribo de su casa. Y lo cuenta con entreza, con la perspectiva domesticada de los años que, quizá, no nos hagan más sabios, sino más resistentes.  Un hogar calificado como “esperpéntico” por la voz en off  de la época.  La veo con otras mujeres y miro siempre sus manos que también reposan en el regazo, manos acalladas, manos que lavaron y dieron caricias, que trasladaron enseres, que han trabajado tanto. Manos grandiosas, tan visibles e importantes en este documental. Me quedo con un plano que me enamora y que es, para mí, la perfecta asunción de la memoria: años después, esta mujer entra en el Gadis de Monelos con la naturalidad de la rutina y pasa por delante de una inmensa fotografía en blanco y negro que adorna la pared frontal del supermercado. Una fotografía de ese lugar hace muchos años. ¿Hay una niña en la foto o la he construido yo en mi recuerdo? ¿Qué se ha quedado de esa mirada de frente? La paradoja de la fotografía, en términos de Barthes, para mí se traslada a una ficción posterior: ¿dónde está todo lo que no puedo ver de una foto? ¿Y de un río? ¿Y de la ciudad que habito sobre una ciudad desconocida?

Ojalá todos tengamos asideros que nos permitan recordar dónde, alguna vez, estuvo nuestro río. Ese que escondemos en cuadernos y álbumes de fotos y que quizá hemos perdido en alguna mudanza, en algún acarreo.

 

Estoy obsesionada con la memoria fotográfica, con la historia de Los Modlin, con Vivan Maier, de todo esto he escrito en el blog, por ejemplo, aquí

Podéis ver Esquece Monelos en Los Cantones hasta el día 2

Avant l’hiver la he visto en Filmin

A Barthes lo podéis leer en la biblioteca, prácticamente en cualquiera.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

Minúsculo expandido

Photo by Dan Bøțan on Unsplash

Photo by Dan Bøțan on Unsplash

 

No sé qué pulsión nos llega en un momento de la vida de querer pautar el pasado, intentar explicarlo. Alguien dijo alguna vez que la gloria se da a aquellos que siempre la soñaron y eso no es cierto: intentamos explicarnos para saber si hemos perdido demasiado el tiempo- casi siempre marquen “sí”- si nos ha ido mucho peor de lo que esperábamos, si aquellas odiosas comparaciones que nuestras madres hacían con los tales hijos de fulanita o menganito (siempre brillantes, buenos hijos, estudiantes ejemplares, gloriosos, en suma) eran ciertos. Al posible afán de castigarnos, de ajustar cuentas o de autoconvencernos- “no entré en Medicina, qué iba a hacer” o “Él se marchó a vivir fuera, pues, hija, tuve que apañar”- están también esas crisis de medio siglo, esas fronteras a las que, con sus más y sus menos, nuestra vida opulenta sigue haciéndonos llegar cada vez más vitaminados, más saludables, con más círculos en los chakras y más mindfulneseiros, es decir, más egoístas, con menor sentido de la realidad y dotados de una espiritualidad new age, ecológica y, ay, escasamente empática. Nuestros ajustes de la cincuentena no pasan por sentir rabia hacia los escasos cambios sociales, sino por leernos la cartilla sobre si deberíamos o no haber tenido hijos, sobre si tal o cual trabajo habría sido mejor. Poco pensamos, en realidad, sobre lo yos exfuturos, sobre esa certeza existente de que habría para ti una existencia a  medida en el otro lado de la encrucijada, al darle la vuelta al mundo. Todo lo imaginado sobre lo que pudimos ser y a lo que no llegamos, pero que sigue ahí, latente, en una dimensión paralela, aguardando en vano por nosotros. Nosotros y las vidas que no nos hemos atrevido a vivir. Nosotros, que nos las merecemos tanto.

Veo que existe una empresa que se llama “Biografías por encargo” y me alegra y entristece a partes iguales. Pienso que sería el lugar ideal para un personaje de Paul Auster, para el Pereira de Tabucchi. ¿Qué persigue una biografía por encargo?  Imagino a alguna mujer de traje de dos piezas muy años cincuenta, entrando en esa oficina que, seguro, tiene que tener un ventilador  parado, una ventana desde la que se ven siluetas de edificios. Alguien que saca una fotografía de su padre al que quizá no supo querer o quiso demasiado, una fotografía de carnet con el resto de un sello de una academia o un clip oxidado. Merece su espacio, su pequeño tomo verde en un lugar de la estantería. Pienso, también, en cómo hilvana alguien acontecimientos que le son ajenos, los magnifica y ordena: los años de escuela, el ejercicio de una profesión (con intervención de clientes y compañeros, como en los documentales), la familia, el devenir. Todo al lado de una línea de tiempo en lápiz rojo. Qué poco se podría decir de algún llanto sin consuelo en la infancia, de los chocolates felices, de las decepciones en Navidad, de los helados del verano. Del dibujo que hacen las sábanas sobre el suelo al tenderse en una azotea, algo que siempre le hacía gracia de niño, sentado encima de una pila de ropa. O de aquella cremallera que no cerraba bien y que siempre le hacía parecer que tenía un brazo más corto que otro, o del mareo cuando el óptico le puso las primeras gafas. De las emociones de aprender a conducir, de la iniciática noche al lado de alguien que crees que amas, de las ramas secas que crujían así y no de otro modo en el patio de la escuela. De los números, de la pobreza, de los cajones cerrados, de todo lo que no llega. Y, claro, de avanzar en los años y saber que todas esas piezas van encajando en algo de lo que nunca se verá el final. Imagino al escritor poniendo fin y sabiendo que, en cierto modo, está matando a un personaje que fue persona, limando, dulcificando , sacando brillo y esplendor. Ese y no otro sería el trato.

Somos minúsculos. Nos construimos de instantes agotados, veloces.  Recuerdo aquella frase de Nathan a Claire en “Six feet under”, cuando ella comenzaba a tomar fotos y él le recordaba que ese momento no podía ser capturado, ya se había ido antes de ir a por él. Y me acuerdo, más que nunca, de Pierre Michon, de su voluntad desganada de marcar el pulso de aquellas vidas minúsculas situadas alrededor en su día a día, sólidas, cotidianas, de apellidos y nombres sin tipografías escogidas; los suyos, nada más.  Y ese modo de dibujar la vida de los miércoles y los sábados, de los días sin respuesta definitiva y asaltados por lo rutinario, son el mejor homenaje, la más excelsa biografía.  Y, a la hora de la verdad, escribir sobre algo, sea lo que sea, es querer dotarlo de trascendencia, por muy paulocoelhista que quede. Es así.

Por eso quizá imagino a un escritor trabajando en esa oficina, cerrando su ordenador al final de la jornada y dedicándose a lo que más le gusta; imaginar, por placer, las vidas diminutas de los que se tropiezan con él día a día: la señora con dos bolsas de Gadis a su lado en el autobús, el hombre que se toca la barbilla haciendo crucigramas frente a la ventana de un bar en el Mercado de san Agustín, el guardia de seguridad que recorre, todos los días, miles de kilómetros dentro del mismo recinto ajardinado, vigilando, dándole vueltas a la cabeza sobre, también, la vida de una chica que acaba de pasar con una carpeta, mochila, Ipad en dirección a una biblioteca. Esa chica se sentará frente a un pelirrojo que envía whatsapps y no sonríe, pero que a su vez querría dejar de ser amigo de ese chico al que envía mensajes. Y ese receptor de los mensajes …. ¿a que de aquí podrá salir una historia? ¿Y a que quizá no esté tan lejos de nosotros?

Lecturitas recomendadas por Miss Gómez:

Vidas minúsculas  Pierre Michon Anagrama, 2002

Memoria de chica Annie Ernaux Cabaret Voltaire, 2016

Oh, y esta belleza para acompañar (Gracias, Fran, te quiero y lo sabes).

Spleen de agosto o por qué el verano se me hace bola

Catálogo de bicicletas Raleigh by Spacecat, san Francisco (licensed under CC BY-NC-SA 2.0) Enlace al original al pulsar en la imagen

 

A mí el verano se me hace bola. No se me hace bola pequeña, se me hace bola grande. Ya sé que como marketing bloguero esta contundencia, nada más empezar, no me traerá más que controversia-ordenada, eso sí-entre las cuatro o cinco personas que leen este blog. El mes de agosto me aterra por su sentido de la diversión organizada, por la salvaje imposición de que todo ha de parar, que tenemos una tregua de siesta y persiana bajada, de horario reducido, de calles atestadas, de riñoneras, de grupos de turistas agotados y pasmones, de colas en las rebajas…¿sigo? Sí, puedo seguir: agosto se me hace bola porque ya no es agosto. Mi agosto se me va pareciendo más al del protagonista de Barrio: la pérdida de rutina nos desconcierta, más si el resto del mundo goza de un estado de felicidad catártica que no compartes. Aquel chaval seguía vagando entre los mismos bloques de edificios, con el mismo silencio al mediodía (qué más da que comas gazpacho o sopa de fideo si nadie va a hablar contigo). Y el agravio se subrayaba en ese silencio familiar interrumpido por la programación televisiva de bikinis y sorteos, de ebriedad pixelada, tan lejos y tan cerca.

Los veranosos acérrimos dicen que esta estación permite una constante extravagancia; las hay que preferimos serlo siempre: vagar fuera es una especialidad de flaneurs otoñales y de invierno. No tiene mérito ninguno comer a las cinco de la tarde, ver películas hasta las mil, leer como si no hubiese un mañana o ligar fuera del tiesto, eso ya se puede hacer cualquier mes del año. Sí, la playa, claro: yo al cuarto día-una proeza en el clima coruñés- de plan playero estoy hasta las narices de tanto vegetamiento troglodita y de hacer sociología aficionada o clasificación de personas, personajes, indumentarias, actitudes, conversaciones pilladas al azar y de espiar las neveras llenas de viandas y arena.  Lo punk de agosto, frente a ese gregarismo de playa o piscina porque sí, es quedarse en casa a leer Guerra y Paz, cocconear a gusto para ver películas de paisajes nevados desde Fargo a La tormenta de hielo. Eso, desde luego, si tenemos la vena misántropa que puede atacar sin avisar en cualquier momento. Ojo, hay cosas de este mes de vacación que sí, definitivamente, SÍ : aprovechar la largura de la tarde para terracear en conversaciones infinitas, fumar en espacios abiertos sin temor a la congelación, los reencuentros con los amigos que viven fuera y escogen este mes para aterrizar na terra de novo…vale, concedo: esas parte de las vacaciones oficiales y oficiosas molan mucho.  También está genial lo del horario reducido, lo de llevar las patas al aire, ir en bici sin hacer patinaje artístico y la efervescente actividad que destila la ciudad, aunque si es mucha caemos, caigo, en la misantropía del paisaje nevado. Mi ciudad tiene dos hermosuras que justifican el que yo no huya a un lugar donde la verbena no sea más que una hierba: su Feria del Libro y su Noroeste (ese zigzag durante una semana para ir de un concierto a otro, sacar el boli para subrayar y hacerte un itinerario, perderte de tus amigos y acabar con otra gente, vamos, lo normal ) o sus Viñetas desde o Atlántico (parabéns polo aniversario! ) . Pero, a pesar de todas estas bondades, yo termino agosto con cierta saturación, con nostalgia de estrenar zapatos Gorila y de comprar los libros en Porvén; nostalgia de la tregua bendita de septiembre, que era un mes raro que no era ni una cosa ni otra, era el trampolín hacia el invierno, el largo invierno de tardes colegiales y cielo plomizo a través del cristal. Creo que mi querencia invernal se demuestra con que mis viajes preferidos son siempre en esos meses, escribo más y más raro, hago menos proyectos y más realidades, y tomo alguna que otra decisión radical. Todo esa gozadera invernal no sería posible sin ese agosto que es casi un purgatorio de bondades futuras. Agosto, sé escaso, pero sé.

Este mes es casi como una sesión de fisioterapia en mi maltrecho psoas: duele un huevo, pero tiene algo al final que casi mola, alivia, es difícil de explicar. Por eso yo siempre esperaba a finales de este mes para mirar relamiéndome los escaparates que avisaban de los cuadros escoceses, de las capuchas, de las botas altas y de los plumíferos (¡qué le voy a hacer si no nací en el Mediterráneo!), Esa promesa de unos meses de largura grisácea me la han traicionado: la voracidad del tiempo ha hecho que a finales de julio (sí, julio, han leído bien) esté el planeta Inditex exhibiendo otoño como si no hubiese un mañana. Y yo, que detesto contradecirme, tengo que decir ahora que rompo una lanza, un tinto de verano, un bote de Nivea o lo que queráis, para que agosto se eternice un poco más, para que me muestre su largura infinita. Todo para prolongar la dulce espera de los futuros noviembres,

En las playas de Ankara (un post para Santi Collazo)

Yo tendría que comenzar explicando que no me ha fallado la memoria, ni Google maps, ni la Wikipedia. En Ankara, aunque la geografía y la realidad se empeñen en demostrar lo contrario, hay playas. Unas playas a las  que la gente va, y va también contra todo pronóstico, porque la gente en un Ankara tan ficticio como el mar que la rodea, se pasa el día durmiendo y es muy feliz. Porque este fue el resumen de una noche de muchas palabras y copas, de mucha luz de la Torre de Hércules, y de una gran, enorme conversación en la que salen ficciones y verdades, ansias de futuro y amarres al presente, fin de adolescencia y comienzos de otra cosa que no se sabe muy bien qué es. Es lo que pasa cuando tienes alrededor de diecisiete años, unas cuantas botellas de algo que no es agua y muchas ganas de hablar y comerte el mundo. Y todo comenzó, o siguió, de alguna manera, así.

Yo conocí a Santi algunos años antes, imitando los dos a Casimiro, aquel monstruo que deseaba buenas noches a los niños- y no tanto- en la infancia prolongada de los ochenta. Santi era un niño que iba de vez en cuando a navegar, que a golpe de guitarra y de pincel nos cautivaba con su humor y su talento, con  la falta de arrogancia que es tan rara en esa edad en la que todos somos poetas, en las que todos merendamos portazos airados. Santi aparecía y se iba, independiente y poco gregario, amigo fiel y algo alternativo. Santi, con su gorra de capitán y su chaquetón marinero, con sus zapatos Oxford a lo Morrissey y su permanente buen humor.  Con Santi hablábamos de música y de tebeos, de bocadillos de calamares y de novelas, de novias y de desengaños, de barcos y de los vaivenes y tormentas que acechan al borde de la edad adulta. Y él se nos fue a licenciarse en una facultad muy rara,  lejos de casa. Como él decía;  “¿Y yo qué seré cuando termine esto, “bello artista”?” Nosotros le decíamos que sí, que eso molaba mucho y que podría observar el mundo desde una peana, o tener un universo muy trágico de pinceles y buhardillas parisinas, rodeado de bellezonas tísicas bebedoras de absenta. Creíamos nosotros que así sería la vida de los artistas, que la bohemia era una etiqueta como las de Zara. Claro que también pensábamos que la universidad era contestataria y que llegar a los cincuenta era imposible sin haber haber encabezado mil revoluciones. Mientras caían muros de Berlín y se celebraban olimpiadas, todos los amigos íbamos encontrando nuestro encaje o desencaje. En el camino, yo me quedé con algún cuadro de Santi y con alguna escultura pequeña, viéndolo dibujar, parar y tomar aliento. Y para él y para todos nosotros, la vida fue avanzando, lo que no necesariamente- introduzcan aquí el plural mayestático-  es sinónimo de vanguardia.

Y de forma interrumpida, en períodos diferentes, Santi  fue extrayendo formas y volúmenes de distintos materiales, explorando, indagando. Cuando uno explora su vocación no la aplaza; puede estar más o menos visible, pero no puede esconderse. Otra cosa es que nuestras ganas de esculpir, de escribir o de sentarnos a hablar sean siempre pasiones huidizas.También que, como el humor, necesiten su dosis de tiempo, de influencias, de renuncias y también de cambios de rumbo. O de otras formas de comunicar.  Facebook nos descubrió a un Santi escritor, analítico, pedagogo- aunque se enfadará un poco conmigo al leer esa palabra-  y al que envidiamos secreta y sordamente por lo certero de sus análisis. Por sus reflexiones se pasean Frank Stella y Bernini, Pello Irazu (brutalísimo este descubrimiento, gracias, Santi) o Juan Muñoz. Y leíamos silenciosamente, algo intimidados, sobre espacios, teoría y práctica de la escultura, madera, acero o  el destino del arte y  su objetivo. Y leíamos vorazmente, descubriendo una nueva forma de acercarnos a una expresión artística no siempre bien dimensionada en nuestro conocimiento, descubriendo también las cabriolas del lenguaje de la crítica.  Ahora tenemos la oportunidad de ver algo de su trabajo más reciente, algunas de las esculturas ya nos las había ido presentando poco a poco, con sus quiebros y equilibrios, con su filosofía estética. Recorro el espacio con Alicia y cada una se queda con una imagen favorita, lo que es realmente difícil. Yo me quedo prendada de una escultura situada al final de la exposición- qué importante es la colocación de las piezas, caramba- con un aire  muy Farenheit 451, con destellos de rojo metalizado y recuerdos de quema de papel, de nuevos nacimientos, de nuevos horizontes. Otro nuevo, para más adelante.

Quizá todos necesitemos tener en el horizonte una playa de Ankara, un lugar en el que se suspendan los rigores del realismo. Un lugar donde poder explorar posibilidades. Y el arte es esa forma de ampliar el riesgo vital, un decir “no” a la convención, pero no por método, o sí, qué más da. A fin de cuentas, en Ankara podemos hacer lo que nos dé la real gana. Y a algunos, como a Santi, les salen genialidades.

 

(Apúrense, porque la expo termina este mes de julio)

 

A favor del necesario desapego: Vivian Gornick y “Apegos feroces”

Woman in a polka dot dress and heels striding away from the camera. 1940s Fotografía de Stanley Kubrick. Pinche en el enlace para ver fuente en Pinterest

 

Es posible que sea un sentimiento común a todos los hijos únicos. Quizá la constatación de esto hará que yo no me sienta tan única, que esta primera persona que exhibo tan impúdicamente- esto es un blog, coño, territorio comanche del ego- se transforme involuntariamente en un plural mayestático cuando sea leído, yo qué sé. A fin de cuentas, con pocos o con muchos destinatarios, una ya no es dueña de nada cuando escribe un artículo o publica un post, cuando sonríe forzadamente en una foto que se hará viral, cuando haces confidencias que sabes que dejarán pronto de serlo. El sentimiento al que me refiero es el de una periódica y leve misantropía, una necesidad de alejarse un poco del ruido, ese recuperar la independencia de los juegos infantiles en soledad, de la lectura sin interrupciones, del no compartir lo que no te apetece. De desapegarse y ser poco gregario, algo mal visto en el siglo XXI o eso parece.

Yo podría escribir sobre Apegos feroces de Vivian Gormick solamente subrayando el prólogo de Jonathan Lethem. Si yo fuese reseñadora, así lo haría y sería muy sencillo, aunque yo no sepa hacer reseñas, solamente sé hablar de lo que a mí me parece, me quede coja la visión o no. Hablemos entonces de la relación dependiente, desigual y coactiva entre padres e hijos, entre madres e hijas, entre madre e hija única. No hablemos de las familias felices que son todas iguales, hablemos de los conflictos que no se exhiben y que son, también, más comunes y más violentos de lo que creemos,  aunque sean solo en el plano de la dialéctica. Sigamos hablando, entonces, de ese pivotar entre la responsabilidad autoimpuesta de satisfacer todas las expectativas, todos los deseos depositados en la única hija e intentar, al mismo tiempo y casi siempre con una dialéctica equivocada, singularizar la voz, buscar una nueva forma de complacer sin domarse. Un camino que pasa de la competitividad- que sería natural entre hermanas- al dolor, al sarcasmo,  la protección, el amor y también a la ira. A la batalla verbal y al fracaso de una de las partes, casi siempre de las dos.  A la alerta, a la discusión, a intentar trazar una teoría de lo incomprensible y a la frustración que genera. A la mutua admiración inconfesable.  A jugar a los mitos griegos: a pasar de ser Prometeo devorado a ser Sísifo, reconstruyendo lo que no ha sido posible ni construir. Al miedo a que esa pequeña sabelotodo, esa universitaria que retuerce el lenguaje para confundirte, te gane la partida, te sitúe mediante la dialéctica en el rincón de la desventaja. La voz de Gornick nos lleva también a defender la relación con la escritura no como una expiación, sino como un modo de desapegarse, de crear lo propio, de equivocarse y de seguir. Y de forzar los goznes de la memoria, la fuente de dolor.

Y todo es en un Bronx caleidoscópico y doméstico, también en un Manhattan algo lejano, donde estas dos flâneurs que se buscan para enzarzarse- que detestan reconocerse como continuación y origen- repasan las relaciones humanas de las que han sido testigos, partícipes, cohabitantes. Y todo lo que las ha alimentado determina el modo de ver el mundo y  las relaciones con los hombres: para unas con la idea nostálgica del amor perdido como una tabla de salvación, como una forma de boicotear el presente. Para otras, como una colección de retazos abocados al fracaso, con el cronómetro puesto, con un horizonte de fatalismo: esta es la parte que toca ahora, pero saldrá mal porque siempre sale mal.  El sexo es también una forma de poder,  la belleza o la pulsión sexual son atractivos y poderosos monstruos.  Y, en la búsqueda de esa voz individual, aparece la sombraque “conspira contra” o “sospecha de” las mujeres que reconocen que no les gusta vivir en pareja, a esa consideración de la soltería vocacional como una especie de discapacidad que hay que remediar a toda costa. Hablar de Gornick, de la presencia obsesiva de su madre, es hablar también de su revolución personal, que es una revolución tan necesaria como invisible y mucho más universal, más programática de lo que parece a simple vista. La que da la voz al feminismo, a la idea de ser mujer desprendiéndose de cualquier tipo de imposición.  De aprender, en definitiva, a torcerle el cuello al cisne de la educación heredada.

El desapego es un proceso de natural alejamiento. Es la construcción de esa vía que permita una perspectiva  para llegar al amor, para despojar los vínculos impuestos de su componente enfermizo. De reconocimiento, también, de que somos, queramos o no, una continuación pero no una réplica, un cabo de ese hilo, pero no su final.  Y del hecho, sobre todo, de que en un blog puedas pasar de la primera a la tercera persona sin darte cuenta. Quizá el peligro de escribir sobre memorias ficticias es que quien aporrea el teclado acabe mirando a través de ese caleidoscopio que son las  vidas de los otros sin saber dónde situarse, resbalando entre ciertos grados de empatía y de rechazo, de admiración y de convencimiento. Y de sentirse deslumbrada por una escritura brillante y afilada, apoyada en el descanso de la madurez, en la apuesta trilera del ajuste de cuentas lejano. Es algo que se piensa a veces cuando pones en la balanza un sentimiento de orfandad, que, casi naturalmente, no te pertenece como adulta. Pero ese es ya otro asunto, otras líneas, otras autorías.

Porque, a fin de cuentas, todo lo que no es autobiografía es plagio, qué demonios.

Y mucho más en un blog.

 

En un cuaderno Moleskine (32): algo sobre ti y sobre mí contado doscientas nueve veces

“Message in a Bottle” by NOAA’S National Ocean Service CC BY-2.0 Generic Pulse en la imagen para original. No changes were made.

 

Hojas arrancadas del cuaderno y que aparecerán, alguna vez, en una botella rumbo a Valencia:

Yo he prometido a alguien  un cuento sobre algo que nos ha sucedido a los dos, es más, algo que nos sucedió juntos. Yo he prometido escribir sobre la dimensión de la confianza, sobre que el tiempo sea una montaña que deseas escalar y no terminar nunca. Instalados en un margen de distancia razonable, si es que esa cualidad podemos aplicársela al amontonamiento de días, han pasado más de veinte, la primavera da paso al verano, el tiempo se marcha de nuevo.  Yo he prometido un cuento y no me sale y, mucho me temo, no me saldrá: la realidad tiene que colarse siempre entre la ficción, tienen que vérsele las costuras, hay que agarrarse a una tabla de veracidad, pelear cuerpo a cuerpo con el sentido de lo real. ¿Qué se puede contar de ti y de mí sin que dejemos de ser tú y yo, seres reales, cómo puedo convertirte en personaje? ¿Dónde empieza, por un lado, todo ese recorrido que pudimos haber tenido juntos, el que pertenece a la fabulación y al que pudimos, qué lástima de tiempos verbales, dotar de veracidad? Podría comenzar contando cómo yo sabía de ti sin habernos cruzado nunca en una esquina, sin habernos prestado paraguas y sin haber comido pipas juntos en un portal en verano; sabía de ti a kilómetros de distancia. Yo leía tus papeles que, cuidadosamente, lanzabas en  botellas al mar. Era raro: tú habías encontrado las que yo enviaba, también sin esperanza, a franquear en destino. Mis botellas se alejaban Atlántico arriba y abajo, daban la vuelta, sorteaban olas y marejadas, tú las recogías, llenas de arena y lejanía. No sé cómo, en realidad sí lo sé pero no quiero contarlo, encontramos un hueco en el mapa para hablar a través de él, para contarnos cosas sobre hijas y horarios, sobre perros y viajes en tren, sobre ordenar la vida como un Lego gigante, sobre aquello que empezamos a leernos, a escribirnos, a reconocernos en las estanterías de casas desconocidas. Y fuimos tensando el hilo a veces, siempre a punto de romperse, nunca roto, es más, cada vez más fuerte.  Al trazar una línea recta en el mapa, nos dimos cuenta de que teníamos que instalarnos en un nuevo relato,  rebobinarnos, darnos la mano y respirar.

Tú seguías siendo tú, yo ya no podía ser yo o quizá sí lo era, quién sabe”.

Lo que está claro, y eso ya no tiene que ver con casi nada, es que cuando uno tiene a alguien  dentro y para siempre, sea del modo que sea,  escribe como el orto, es más cursi que un guante rosa y el riesgo de chonismo lírico se convierte en una amenaza mayor.

 

Me duele la clavícula, con permiso

Woody Allen en “Annie Hall” atacado por un monstruo transmutado en langosta. Pulsad en imagen para ver el original

 

Yo tendría que empezar hablando de esa patología que hace que somaticemos las enfermedades del vecino, amiga o pariente- “sodomizamos”, dijo una vez mi madre en una consulta médica- pero no me acuerdo de la palabra. Y no me acuerdo de cómo nombrar esa patología porque yo, desde hace ya varios años, ya no hablo seguido. No hablo seguido, se me va la olla, la pinza, lo que quieran. Necesito un tiempo, unos segundos o incluso media hora. Es así cómo recupero la palabra HIPOCONDRÍACA. Es  curioso: no me acuerdo de la palabra, pero, automáticamente sí de “Hipogrifo violento/ que corriste, parejas con el viento” y de  Rosaura arrojada al medio del escenario en la jornada I,  escena I de La vida es sueño. Podría no recordar hipocondría pero puedo recitar a Calderón, recordar cómo era el jersey de ochos muy cool que mi profesor de Literatura Española en la carrera, Herrán, llevaba el día que comenzamos a hablar de las vicisitudes del pobre Segismundo, del cabrón de Basilio y los desgraciados avatares de Polonia.  La memoria, la “fuente de dolor” de Cela, opera y actúa de forma extraña, y más cuando vas cumpliendo años y sinsabores, cuando intentas ejercer una soberbia selectiva sobre los recuerdos- esto es mejor, me lo quedo; esto es peor, me lo olvido- en función de la anarquía  soberana – toma oxímoron- con la que manejamos nuestro equipaje. Y si yo no recuerdo la hipocondría es, quizá, porque no la he ejercido suficientemente, no por inteligencia, sino porque soy una inconsciente con buena salud.  No preocuparte, vamos en serio, por los millones de transgénicos y E-238 (pongo a lo loco), de los pesticidas, del colesterol o los triglicéridos, diagnostica a  alguien que está como un roble, por fortuna. La buena salud son orejeras para las penas de los otros, pero es también una línea de salida a cierto tipo de egoísmo. Legítimo, pero egoísmo.

Marta Sanz nos cuenta el derecho a las penas pequeñitas, a los dolores propios que son casi ajenos, a lamentarnos mucho no de la hipocondría sino del rumbo inevitable que van tomando los cuerpos con el paso de los años. Y a comernos la cabeza con ello, si nos da la gana. Y al inevitable declive, al inexorable y blando declive, también.  Yo creo que si una maleta mía fuese encontrada en el fondo de una fosa marina por unos arqueólogos del futuro sabrían que se trataba del de una señora cincuentona por la férula, las gafas de ver, las gotas, los millones de cremas para millones de achaques, las plantillas, el pañuelo para el aire acondicionado del avión, el reposacabezas hinchable, los magnesios y potasios encapsulados, la conviencia de tampax, compresas o tenasleidis  y un largo etcétera de casos y cosas. Marta Sanz, personaje-autora- se ve sorprendida por un dolor en la clavícula que sirve como punto de partida para hablar del reconocimiento de uno mismo ante los tropiezos, de cómo poder reírse de algo que puede ser muy serio, de que, en realidad, tenemos una “relativa capacidad de relativización”- entrecomillado mío-  ante cualquier angustia de salud. También que cierto grado de estrés nos lo provoca el propio estrés. Lorena Gómez, señora real que lee Clavícula de Marta Sanz, sonríe ante esa cómica enumeración de médicos y pruebas, siente un pellizco en el alma con algunos finales abruptos y también cierto grado de irritación en algunos momentos.  Irritación por empatía, como si este juego entre el volcado autobiográfico, como si esta primera persona que sostiene tan bien la ficción fuese un puente para terceras, en este caso Lorena Gómez, que se reconoce algo caprichosa, algo egoísta y algo acojonada ante algunas de las cosas que le cuentan. Esa empatía es mayor porque me hace exclamar ante el espejo que tengo derecho a quejarme, derecho a preocuparme, derecho a que a los cinco minutos esas preocupaciones y el alardeo mismo de ese derecho me den, directamente, igual. Estoy ante una ficción con recorrido autobiográfico, ante una primera persona sólida y pícara, que exhibe sin pudor correos electrónicos, conversaciones conyugales, y reivindica, como personaje y como autora, la autobiografía ficticia, el juego de espejos, decir y no decir, contarlo todo y, quizá, contar nada. Que se cuele un autor en la ficción, que esta sea veraz y verosímil no se consigue solamente hablando de lentejas y sardinas, de economía doméstica y falta de deseo. Se consigue, sobre todo, con mucho humor. Porque al lector, a la lectora Lorena Gómez, le han sobrecogido algunos fragmentos, otros le han emocionado pero, sobre todo, la ficción le ha servido para reírse de sí misma y del concepto de “buena suerte”: carga con ella aunque te duela. Carga aunque a nadie tu dolor le parezca importante, aunque te haga sentir culpable y en estado de penitencia por la queja, aunque calibres que tu mundo es mejor que el de otras mujeres, que pienses a veces que lo que tienes es una pamplina occidental como la copa de un pino, que eres una egoísta de mierda  y eso también haga daño. Es tu responsabilidad: carga con ella. Carga, aunque te duela. O, quizá, puedas vivir con la responsabilidad de no decepcionar, de no decir lo que no conviene, de entonar la permanente letanía del “virgencita, virgencita”. O puedes, sencillamente, asumir la condición humana de la imperfección y mirarte el ombligo si te da la gana, porque te lo mereces, porque te duele algo o te duele el hecho de que te duela.  Y nada más y nada menos, si lo conseguís sin culpa, por favor, dadnos la receta. Mientras, podéis leer esta novela genialosa y comentarla, porque la literatura es, más que nada, una forma de pasar la vida. Sin culpas, claro.

Marta Sanz Clavícula  Anagrama, 2017

 

El pasado en provincias (con Verna B. Carleton y Jenny Diski)

Fotografía de “My life through a lens” en Unsplash repository, con licencia Creative Commons Zero.

Hace tiempo, mucho, que pienso en escribir algo recreando todas las vidas ficticias de quienes viajan conmigo en tren a diario.  Observo y tomo notas mentales sobre la mujer que pudo haber sido una violinista checa afincada en Galicia por amor, del héroe de los deportes lesionado y reconvertido en entrenador de fútbol infantil, del hombre de aspecto cansado que parece leer todos los días el mismo ejemplar del mismo periódico. Conocí un proyecto precioso en Instagram que se llamaba “Passengers” y que me recomendó Marcos Pérez Pena, es de una mujer con una mirada excepcional, Aymará Ghiglione. Fue curioso: debió hacer el mismo recorrido que hago yo todos los días, habremos, sin saberlo, compartido miradas, nos habrán llamado la atención la novela tras la que se parapeta algún tímido, la explosión de apuntes y rotuladores de colores de los estudiantes, la mirada ausente o enamorada, el ensimismamiento ante la pantalla de un portátil o del ominipresente móvil. Hemos ido, quizá, en el mismo vagón, viendo el mismo paisaje ante un tren que devora veloz las copas de los árboles, los cables, las vidas de los otros. A mí siempre me ha fascinado la gente que se queda frita en cualquier sitio y me encantaría hacer un álbum a lo Sophie Calle, aunque más me gustaría, claro,  imaginar lo que sueñan  en una especie de Black Mirror a medida:  los sueños en tránsito, el subconsciente en su laxitud, el abandono sensual y recreado de ese duermevela; pequeños cortometrajes de la intimidad de los otros para goce y disfrute de esta señora cotilla. Pero yo, como siempre, iba a otra cosa y ya me estoy dispersando.

Leo Regreso a Berlín de Verna B. Carleton, en esa bonitísima coedición de Errata Naturae y Periférica (muy fan de esa cohabitación de las dos editoriales, a pesar de algún errorcillo solventable y sin importancia).  Tendríamos que hablar muchísimo de esta novela que no debe, no podemos permitirnos el lujo, diría yo, pasar desapercibida. Ese regreso del título a la Alemania de finales de los cincuenta merece un análisis pormenorizado sobre el perdón y la culpa, la manipulación y el aprendizaje de la historia, sobre las identidades rotas y reconstruidas, sobre la bondad y la crueldad. Insisto: merece un análisis mejor. Pero yo, a lo que iba, es a la primera parte de la novela, en la que tiene lugar una travesía en barco desde América a Inglaterra, se hace escala en una pequeña ciudad al norte de España llamada La Coruña (sic). Estamos en 1957.  La visión de la mujer dista de ser positiva. Habla de una ciudad de ventanas cerradas a cal y canto, de una arquitectura rimbombante que le recuerda a pasteles glaseados algo derretidos en una ciudad de bello entorno,  pero deslucida por la falta de armonía  y cierto abandono.  La narradora concluye: “España era pobre. Y España mostraba su desgracia desafiante, abiertamente”. Y yo siento una cierta tristeza. Yo imagino a mi padre, un joven de veintiséis años inmerso en su rutina cotidiana y siendo objetivo del ojo observador de la mujer que desciende, con otros pasajeros, a pasar unas horas en esa pequeña ciudad.  ¿Se habrían cruzado?  O mi madre, acudiendo a un trabajo necesario y no escogido. ¿Qué pensarían ellos de los extranjeros que se cruzarían por la calle Real con aspecto de exploradores urbanos, con sus pecas y su piel blanquita, su ropa tan diferente? Unos, insertos en la vida que tocó, gris y provinciana, tan tiznada de Fragmentos de interior como de Calle Mayor, tan sobria y tan poco pagana, tan milimetrada y tan poco libre. Pero era la suya: la que tocó. Exenta de ficción y, quizá, sobrada de una rutina que observamos con la misma condescendencia, con la misma distancia elevada que la turista americana que se bajó por unas horas a pasear por la ciudad del norte. A pesar de reconocerles la dignidad, con un poso de admiración.

Termino esa novela y comienzo Los sesenta de Jenny Diski en Alpha Decay. Y me topo con esto ya en la primera página: el pasado como mito, como la idea que la gente se forma de él a posteriori, un territorio movedizo atravesado por algún acontecimiento (guerra, crisis, siglo) que permita detentar “una narrativa manejable”. Caramba: esto es. Hay ideas más poderosas que la experiencia, dice la autora. Y en esas ideas poderosas, en esa conmiseración empática que sentimos hacia esos hombres y mujeres que vivían en la ciudad del norte en 1957, establecemos que nosotros hemos vivido mejor, desde una perspectiva del asunto que desconoce variables básicas como la felicidad o  la naturaleza de lo cotidiano. Nadie niega la escasez, la falta de libertad, influyese como influyese en esos hombres y mujeres (dicho esto grosso modo, que luego se me echan encima). ¿Somos nosotros más felices? ¿Y cómo coño somos tan arrogantes de pretender extender nuestro concepto de felicidad a todo el mundo? O de bienestar, o de rigor, o de aventura, o de riesgo, o de…completen con lo que quieran.

Yo empezaba hablando de cómo me gustaría reinventar la vida de los pasajeros, de participar de sus sueños,de poder inmiscuirme ahí y reutilizar, apelando a  a lo exagerado, a lo freak, a lo extraño. Cuando pienso en biografías ficticias de extraños me divierto, cuando imagino la vida pasada de aquellos que quiero me resulta mucho más difícil no acudir a una narrativa cómoda, que acaricie un poco las posibles heridas antes de tiempo, de autoconvencimiento, de tranquilidad o, también es posible, de cierto regodeo en la desgracia. No sé si soy empática o compasiva, si me dejo llevar por una poética precisa y previa, si necesito corroborar mis miedos o tranquilizar mi conciencia. Yo recuerdo las anécdotas hermosas- algunas, sí, algo tristes- de la infancia de mis padres, en un país en blanco y negro, en un país de domingos desiertos y desolados, de misa y mantilla, pero también de familia, juegos, música e imaginación en la parquedad. ¿Quién soy yo para maquillar o dejar al natural el pasado? Como no lo sé, no me queda más remedio que explorarlo, novelar o aprovechar, ahora que los personajes viajan dormidos, ahora que el pasado es una forma de que yo pueda relacionarme con mi presente.

Jenny Diski Los sesenta Alpha Decay, 2017

Verna B. Carleton Regreso a Berlín Periférica& Errata Naturae, 2017

El perfil de Aymara Ghiglione  es tal cual así en Instagram. Y a Marcos Pérez Pena lo podéis leer en Praza.gal

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