Anchoas y Tigretones

En un cuaderno Moleskine (34): de fabulaciones y comunicación

Telephones de StepsCrew , licencia CC BY-SA 2.0 Pinche en la imagen para ver original.

 

 

 

La ficción no tiene cura, recrearla a partir de lo mínimo, tampoco.  A mí lo que me gusta es crear ficciones propias, basadas en hechos reales, a partir de tickets de supermercado o de parking, de las cada vez menos ubicuas entradas de cine, de algún que otro listado para un viaje o un breve encuentro. Yo fui esa persona que ahora recompone todo aquello disperso en trocitos de papel con una fecha: compré aguacates para una ensalada en la cena casera con dos amigos, aquella película no nos gustó nada y al salir del cine llovía a mares,me atendió en una gasolinera la señorita Esther. Los retazos de vida en bolsillos, en carteritas o bolsos, componen una biografía autónoma y diminuta, yo qué sé lo que son y por qué los guardo, en cualquier caso todo eso es pasado del mismo modo que antes todo esto era campo, no tiene remedio. Enfrentarse a calendarios que ya no nos valen me lleva a hacer, de vez en cuando, un ejercicio de fabulación a la inversa: intento recordar la persona que yo era cuando vi tal o cual película en esa desdibujada entrada de cine,  y cómo imaginaba que sería su proyección años después. De niñas, esto no tenía ningún mérito. simplificábamos todo con una visita al armario de las madres y las tías: crecer eran tacones y barras de labios, eso era la adultez, nada más. He sido siempre alguien atizada por la memoria, por los recuerdos inverosímiles, nombres y apellidos de compañeras de clase que no he vuelto a ver jamás, sintonías de anuncios en blanco y negro y, sobre todo, teléfonos. Números que tras una temporada caían en desgracia como el titular del mismo, números deseados y otros más que esperados, combinaciones casi infinitas, cómo es posible que algunos vengan de nuevo, tiempo después, haciendo compañía a todo ese spam inútil que habita en mi cerebro.  Tuve un primer número al que llamar:  el de aquella primera amiga casi novia que me dio un papel doblado, escrito con la pulcra letra de la profesora (“es mi teléfono, puedes llamarme”).  Aquello era de mayores, era estupendo, tenía un teléfono escrito en un papel cuadriculado. Horas después, en casa, mi madre, girando la rueda de un teléfono gris en un pasillo con suelo de sintasol, preguntaba por Ana, que le había dado su teléfono a Lorena. Yo no sabía siquiera que las amigas, tal era la novedad de la condición, se llamasen por teléfono; mi futura interlocutora, más espabilada y breada en la convivencia  por un buen montón de hermanos y hermanas, me enseñó.  Pasaron unos dos minutos de silencio, era fascinante sentir esa cercanía, pero no sabías qué hacer, todo era risa ahogada y mirarse los zapatos del uniforme; aquella amiga era otra persona en ese prodigio incomprensible que era la línea telefónica. Tiempo después tuve agendas y salía corriendo por ese mismo pasillo de sintasol cuando esperaba una voz, una sola, y quería ser la primera en escucharla, me he escondido detrás de un mueble para hablar en voz queda y enviar besos, conté cosas terribles y escuché confidencias, también disfruté de silencios, algunos más incómodos que otros.

Ojalá existiese un cauce que consiguiese unir todos los teléfonos que fueron importantes, no los números que, como he dicho, muchos los recuerdo. Tuve un aparato pop y chillón desde el que  intuía colores de la casa familiar, tan lejos, al otro lado del océano, al “sur de las fronteras telefónicas”, dijo alguien una vez. Llamé, qué caro era ponerse un teléfono en aquellos pisos de alquiler, millones de veces desde cabinas que olían a tabaco y pis, desde calles ruidosas, con lluvia  o sombra de árboles. Desde un habitáculo muy brit en Edimburgo me enteré de la muerte de un familiar, otro teléfono verde agua de un bar clásico compostelano,enfrente de mi facultad, sirvió para conocer la llegada al mundo de mi primer primo-sobrino. Pienso en toda la historia que se ha colado por esa magia, por esos hilos extraños que han sido altavoz y receptores de voces y de nadas, ojalá la historia de todos los teléfonos desde los que he hilvanado esa especie de patrón algo forzado que se llama biografía.

Luego tuve, tuvimos, móvil. Y podemos echar la mano al bolsillo para recuperar afectos y también conflictos. Tener en la mano todos los elementos de la comunicación (hasta el contexto) es, a veces, una carga demasiado pesada : puedo hacer fotos, enviarte una carita triste, escuchar completo ese disco de Tamino que he descubierto en la radio esta mañana gracias a las “Músicas Posibles” de Lara López; construir también borradores de posibilidades en mi calendario. Soy también de poco tirar y de mucho guardar: tengo whatsapps que son largos como sagas familiares rusas, me cuesta deshacerme de ese equipaje, aunque sea efímero. Quizá la poca memoria y ser resolutivo eliminando el ruido en los canales sea el modo más legítimo de tirar hacia adelante. Hace pocos días alguien preguntaba en Twitter cómo podíamos llamar a la sensación de eliminar un chat y un contacto. Yo contesté: “naturaleza muerta”. Siempre habrá un hueco ahí, el dolor o la molestia del “miembro fantasma”. Y qué decir de todos aquellos nombres que han quedado unidos a una tarjeta SIM y que, cuando los vemos, nos sigue dando un vuelco el corazón, hace tanto que se fueron, hace ya tanto que no podrían contestar aunque quisieran.  Ojalá poder emplear la función fática y de comprobación del canal: “¿estas ahí”? y que nos devolviese un pequeño guiño, un asentimiento invisible, un gesto que denotase que todavía seguimos enlazados de algún modo ajeno al recuerdo.

Ojalá sentirse a una misma al otro lado de la línea telefónica, aunque fuese solo por una vez.  O, mejor, poder hablar con quien eras, con quien fuiste, sin desvelarte. Eso sí sería terapéutico y poderoso. O recibir esa hipotética llamada, como cantan los ya desencantados personajes de Il nome del figlio, de alguien, veinte años después. Que veinte años no es nada, caramba.

 

Item plus:

 

  • Qué hacéis que no habéis leído aún El enebro de Barbara Comyns (Alba, Rara Avis, 2019, traducción de Miguel Ros González) Por su perversa originalidad y porque es una reina escribiendo. Qué hacéis que no estáis leyendo a Mary Cholmondeley en su Un guiso de lentejas (Nocturna, 2019, traducción de Ricardo García Pérez o a Emil Harris en Lo que más me gusta son los monstruos, (Reservoir books, 2018, traducción de Montserrat Meneses Villar). Qué vidas, qué escrituras, no podéis dejarlas atrás. Nota: Me dice María Alonso Seisdedos que obvié citar a los traductores y traductoras. Mea culpa, enmendado el error y con toda la razón. ¡Qué sería de nosotras sin la labor de traducción! 
  • Hoy he escuchado, como ya conté más arriba, a Tamino en Músicas posibles y fascinada estoy.
  • La está viendo muy poquita gente, pero The virtues en Filmin es una seriaza.

 

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En un cuaderno Moleskine (33) : los otros veranos

Photo by Pablo Merchán Montes on Unsplash

Como siempre, algunas hojas en el cuaderno que siempre lleva encima, nunca el mismo, nunca por orden:

 

“Hubo un tiempo en el que el verano era el verano de una niña sin aldea. Junio llegaba con esa promesa infinita de tiempo para perder, con esa mochila de una promesa de libertad indefinida en la que se mezclaban la ausencia de katiuskas y de gomas Milán; las horas estaban llenas  de flotadores o camas elásticas, de helados de La Italiana y de casetas de la  Feria de Artesanía. Hubo veranos, digo, en el que las niñas sin aldea no cambiaban de escenario ni en junio ni en julio, tampoco en agosto, y no necesitaban setiembre tampoco como un final de etapa; hubo tiempos en que vieron ese mes como la frontera alcanzable de algo nuevo, lejana pero con todo por estrenar. Niñas que no tuvieron bicicletas ni pandillas llegadas del otro punto de la península para recorrer las calles de cualquier pueblo blanquísimo del sur, pueblo de ficción televisiva. En esa época tomabas el postre en casa a la misma hora casi que todos los días, solo que no había plátano, sino picotas o peras de san Juan,  y veías en la tele encendida en la salita, como en todos los postres del año, imágenes de algo que se llamaba “vacaciones”:  playas repletas de gente, de toallas guardadoras de sitio, de un exotismo de ahorro de clase media que era tan ajeno como inaudito en tu lugar de picotas y siempre el mismo flotador. Tú eras feliz: era tu vida.  Y eras feliz, entre otras cosas, porque aprendiste y muy bien a aburrirte, a qué hacer con el tiempo de aburrimiento, a hacerlo desaparecer, a gestionarlo. Pero, claro, no era tiempo de actividades extraescolares ni campamentos urbanos, solamente era eso: tiempo.

Aquellos veranos empezaban con la compra de sandalias, siempre azul marino, para recorrer el espacio entre tu casa, también la misma casa del invierno: eran las playas cercanas o las piscinas atestadas de ruidos, con el premio de la merienda al aire libre, olor a Nivea y a tirarse a la bomba, una felicidad de bolsillo tan perfecta como recortada. En esos veranos, hace de esto décadas que ahora puedes recorrer con varios dedos de la mano, todavía no sabías que era muy importante aprender inglés y que, por eso, muchas niñas del colegio se iban a Inglaterra -porque siempre era Inglaterra-, de donde volvían hablando de chocolatinas Cadbury’s  y comidas terribles con familias como los Roper; otras también volvían, pero ya más resabiadas, hablando de chicos espigados que daban primeros besos y escondiendo una primera cajetilla de More. Tú no lo sabías, no sabías nada de esto porque no tenías aldea ni tampoco existía en tu mente Inglaterra, donde vivía una reina con sombreros, se tomaban muchas tartas y pastelillos; Inglaterra era un lugar en los libros que te  prestaban tus vecinas, allí las niñas hacían fiestas a medianoche en internados al borde de las rocas de Cornualles. Pero tu tiempo, en tus julios y agostos sin genitivo sajón, era más tuyo que nunca. Todos los veranos ajenos estaban impregnados de ese horizonte ideal que da el extrañamiento, también los de los pueblos con río, las fiestas con farolillos de luces y casetas de tiro. Comiste algunas veces algodón de azúcar, fuiste en coche a la playa de Barizo, tragabas trozos de tortilla de patata llena de arena y bebías gaseosa en unos vasos de plástico con dibujos de payasitos. El tiempo, ya lo hemos dicho, era muy largo y extendido, daba para leer tantos tebeos como primeros libros en la galería soleada de una calle del centro de la ciudad; también para jugar hasta muy tarde, para ver fuegos artificiales de las fiestas de agosto, para llevar vestidos con tirantes que se enroscaban y comparar tus brazos morenos con los de las amigas. Fuiste adolescente, ibas de visita a distintos lugares, te empezaron a gustar más las noches de los pueblos  con verbenas y trasnoche tolerado. También empezaron a gustarte más las noches, más dosificadas en permisos familiares, de tu ciudad. Acampaste alguna vez bajo algún cielo estrellado. Y tuviste un verano único en el que recorriste Europa con mochilas y aquel bautismo de modernidad y adultez que era el Interraíl.  Eso, entonces, eran los veranos: espacios de luz infinita, a light that never goes out.

Llegaron otros años en los que el verano tenía también sandalias, pero era el tiempo de hacer granero para el invierno; asomaba  la precariedad que convirtió a alguna generación en hormigas temporeras y  previsoras.  Eran los veranos intermitentes: hermosos en las escapadas a Corrubedo, a Porto do Son, a los pimientos de Padrón y a los berberechos en tascas pequeñitas. Esos años siempre estabas más blancucha que el resto, y escuchabas las historias de viajes de quienes podían gastar en conocer aeropuertos. Tú mirabas tu viejo pasaporte, caducado hacía años, y planeabas  futuros veranos, sin saber entonces que serías una viajera de invierno, de ciudades reposadas, de escasas aventuras a lo Camel Trophy.

Quizá a algunas los que más les gusta del verano es la añoranza previa del próximo otoño. Aun así, démonos prisa: los helados se derriten rápidamente, es hora de ir todos los días a probar, uno a uno, todos los sabores.”

Fuera de todo esto: 

Lean a Barbara Comyns y su desnortada y perversa ficción. El enebro (Alba editorial, colección Rara Avis). Es una lectura perfecta para el despertar de una siesta de verano, de esas de jardines con sombras acaricadoras. Cuidado con los pájaros que revolotean.

Vean Tales of the City (está en Netflix, basada en las obras de Armistead Maupin), San Francisco siempre es una buena idea. Revisando las temporadas previas, me sorprende pensar en cómo pudo emitirse por la pacata tv norteamericana esta ficción tan libre y tan abundante en desnudos integrales, en conversaciones sobre transfobia…

Recomiendo vivamente (me encanta decir eso, no me preguntéis por qué, pero es una frase hecha que adoro) la lista de Spotify “Señoras que…” de Bibiana Candia. De Mari Trini a Beyoncé, pasando por María Jiménez, Rocío Jurado…

 

 

Los otros libros

Estuche para lápices basado en una antigua tarjeta de préstamo de la NeW York Public Library. Gracias a Susana, que me trajo este pedacito de mi biblioteca favorita en el mundo.

 

Llevo a cuestas- aunque sea de forma imaginaria, no necesariamente como una metáfora- demasiados inventarios, demasiados libros de cuentas con haberes y debes. Llevo, también, los bolsillos llenos de pequeños recordatorios- un principio de cuento, las claves de alguna aplicación a la que alguna vez me apliqué, el teléfono que quiero olvidar y no consigo- de débiles enlaces a otros tiempos. Ese sedal a otros calendarios, esas boyas al pasado, son producto de una permanente nostalgia que no me ha abandonado jamás, que empecé a cultivar casi de niña. Cada año, al pasar de curso, miraba arrinconados los cuadernos apurados hasta la última línea con esa mezcla de añoranza (y algo de superioridad) de quien siente que ha pasado por encima de algo, que no necesariamente lo que venga será peor o mejor, que sonríes con complicidad a  la persona que eras entonces, a quien empezaba hace unos diez meses esos libros, esos cuadernos. No sé si tengo dentro una máquina para proyectar melancolía – sería bonito: como sombras chinescas, ¿puede haber algo más tristón y dulce?- pero esos recordatorios, esas flechas precisas a una felicidad que siempre encuentro en un pasado de desván y baúles, me convierten en una petarda con la cabeza en otro sitio, añorando las líneas que acabo de escribir, echando de menos lo que se deshace en un momento, las fotos del viaje más reciente, el titular del periódico de hace semanas que coges para llevar al reciclado…¿será que lo que hago, más que melancolía, es asumir la decepción de que el tiempo transcurrido entre esos marcapáginas, entre esos anclajes y el día de hoy han sido solamente un contenedor de ilusiones, de castillos de arena derruidos? Lo efímero es aquello que, a la hora de la verdad, permanece y dura: las miradas furtivas y sostenidas a algún desconocido en la calle-glorioso el pelirrojo de Bérgamo que se quedó mirando mi recién enzanahoriado pelo con sonrisa de hermandad-o, también, todo aquello que fue un momento parte de una rutina diaria, que hemos deslizado con nosotros en el día a día. Toda aquella arquitectura débil de un momento perdido en algún tiempo.

Hace años, la querida Verónica Lorenzo escribió sobre una joven biblioteca para heredar. Hablaba de cómo con esfuerzo y dificultad había ido reuniendo libros que la habían acompañado en diferentes mudanzas, en acarreos diversos por los lugares- ¡tan volátiles también las habitaciones que alquilamos, los pisos que abandonamos después de unos años dejando atrás tanta biografía!-que ha ido recopilando en sus escasos años por el mundo. Yo, que he padecido de síndrome de Diógenes documental del que consigo curarme de vez en cuando, le contesté en un post que llamé Las bibliotecas que nunca tuvimos . Lo releo ahora y pienso de nuevo en aquellos libros que me acompañaron y que nunca conservé: libros que llegaban por préstamo interbibliotecario desde Indiana o Massachussetts cuando era una inquieta y aún joven doctoranda de universidad californiana, otros que también fueron patrimonio lector de otros y otras en las bibliotecas públicas cercanas a las ya tantas casas en las que he habitado. Reconozco siempre que fabulo un montón sobre las hojas de préstamos de los libros : miro la fila de las fechas, si hay huecos o no, si estreno yo esa hojita de viajes imprecisos. Imagino quién ha podido tener ese ejemplar en casa, si le habrá parecido lo mismo que a mí la novela o el ensayo en cuestión, por qué lo habrá solicitado. Fantaseo con una especie de club de lectura virtual en donde pudiese comunicarme con todos aquellos lectores y lectoras que me han precedido, imaginar también a qué manos pasará después, cómo será la pervivencia en el tiempo de ese pequeño retazo colectivo que he tenido para mí en un momento. Es curioso: no soy capaz de comprar libros de segundo mano porque les doy un hogar que, creo, no les pertenecen. He visto tantas veces volúmenes- con sus notas y dedicatorias- a la venta, que siento muchísimo pudor hacia esa apropiación (esta sí involuntariamente cultural). Me gusta que los libros que no son míos tengan el estatus de huéspedes: los tengo en casa, los llevo de paseo, los devuelvo y no los abandono; forman parte de una extraña e invisible cadena de afectos que yo he esbozado de forma totalmente involuntaria. ¿Son todos esos provisionales habitantes de mi vida parte de lo que yo consideraría mi biblioteca? Pues claro que sí: son casi patrimonio inmaterial e involuntario, habitantes de un tiempo, nada más; acogidos de forma ocasional y queridos como los que llevan viviendo aquí desde hace mucho tiempo.

Por eso, quizá, cuando hablamos de habitantes provisionales, de la paradoja que se elabora cuando se habla de lo estable que se tambalea, hablemos de todo aquello que viene y va, que adoramos y mimamos en momentos concretos, de aquello por lo que daríamos la vida. Y, qué cosas, termino estas líneas apresuradas en un día festivo, en la extraña ruptura de una mañana de lunes sin tráfico y con gran parsimonia, y entiendo que a lo mejor no estoy hablando solamente de libros: todo aquello que no ha permanecido es quizá lo que se engancha mucho más en el recuerdo. Pero claro, esto ya no es una teoría, es, como ya dijo antes alguien, la pureza de mi corazón.

 

Como siempre me lo preguntáis, lo pongo:

Qué estoy leyendo: Terminé hoy Esplendor de Margaret Mazzantini (Seix Barral, 2016). Traducción de Isabel González. Por qué algunas autoras italianas son prácticamente desconocidas en España es algo  que no consigo entender.  Esta novela es gloriosa, de una violencia poética, un auténtico bildungsroman. La identidad sexual y el dolor amortiguado por destellos de felicidad en vidas que se unen y bifurcan. Y la Italia de 1970 como punto de partida.

Qué estoy viendo: Tales of the city., basada en las historias de Armistead Maupin y que conservo en un volumen muy baqueteado de Anagrama del año de la patata. Esta serie varía con respecto a algunos planteamientos originales (Maupin es cribió estas crónicas sobre la libertaria San Francisco a lo largo de varios años, para ser publicadas semanalmente) pero muestra muy bien qué debió ser el inicio de la comunidad LGTBi en la era previa y durante Harvey Milk. La estoy viendo en Netflix.

Qué estoy escuchando: Pues estoy con el firme propósito de trabajar más mi maledetto italiano, así que listas de Spotify con cantantes italianos. Me gusta mucho una que se llama Ma che freddo fa.. allí están Mina, Patty Pravo, Francesco de Gregori…variada e interesante.

 

Luogo del cuore

 

In realtà, i romani mi sembrano insoportabbili. I migliori abitanti di Roma sono i turisti.

 

Hace muchos, muchísimos años, una mañana de domingo, yo estaba en casa de mi prima Mayra. En una pequeña habitación que daba a un patio tenían un pequeño estudio de radioaficionado, algo exótico, lejano y delicado para una niña de provincias de principios de los ochenta. Me acuerdo de cómo una mañana gris, como muchas mañanas de domingo de la infancia, se transformó en  luminosa: la de que todo se abría a un mundo diferente, lejano y atractivo como la madriguera por la que se aventuró Alicia detrás de un conejo blanco. Entre aquellas interferencias y ruidos de huevos fritos, la voz de un chico de Brescia en Italia, una voz entrecortada que decía que sí que nos escuchaba;  recuerdo cómo fue correr hacia el atlas, cómo fue también explicar a gritos innecesarios ante el micro que tú escuchabas desde “el noroeste de la España, Coruña”. Un alfiler en un mapa era el concepto de lo  extranjero  entonces. Y Brescia fue  una de esas fronteras lejanas que conjuras. Una más, claro está.

Hay algún ensayo por ahí que habla de la utilidad de lo inútil. No soy amiga de recomendar lecturas que no he hecho, y mucho menos comentarlas Pero el título es tan contradictorio como provocador, sintiendo quien esto escribe que es casi una traición a la esencia de lo inútil: que sea apreciado individualmente, sin grandes exhibiciones ni pactos públicos. La belleza en sí es un don tan inútil como perfecto, nos da ese placer de la disidencia individual, aquella que necesitamos construir para poder sobrevivirnos a nosotros mismos. Cuando me preguntan por qué estudio italiano o el por qué de mi fascinación por Italia, siempre sonrío y explico que, precisamente, porque no vale para nada, porque la lengua italiana es tan bella como poco práctica. Entiéndaseme bien: en una época en que todo es utilitario y ha de tener un fin en términos de puntos, habilidades y competencias, no hay nada mejor que empeñarse, sencillamente, en aquello que te gusta porque sí, porque nunca vas a comprenderlo del todo. Italia me fascina porque no vivo allí, porque su historia y su realidad es tan luminosa, herida y compleja que me sobrepasa, me provoca rechazo en algunos momentos, pero que, como decía recientemente en un artículo Enric González, tiene – a diferencia de otros lugares sugestivos-  esa capacidad de hacer la vida llevadera. Italia, con sus Salvinis y sus partisanos, siempre corre el riesgo de convertirse en una postal soleada cuando queremos alejar el estereotipo de pizza, góndola y transeúntes bien trajeados; nos devuelve siempre la idea que hemos creado de ella, la amplía y la reduce: nos enamora su música y sus san Remos, su cercanía y a la vez su exotismo. Desde lejos sigue siendo ese destino del Grand Tour que ansiaban los aristócratas británicos, quizá los que más han contribuido a elaborar esa estilización que comparto. Mi idea, difusa,mezcla a Tadzio en el Lido con Albertone comiendo spaghetti, también a Silvana Mangano luciendo cacha y llamando a la rebelión. Italia es la Magnani corriendo tras un camión y es el perfil de Dante, son los tiffosi y las Brigate Rosse, es el paseo por Turín buscando la antigua sede de la editorial Einaudi, la tarde cayendo sobre el Castello Estense de Ferrara, la placa que recuerda a Umberto Eco en un pasillo de la Biblioteca de Bolonia, la lluvia pertinaz una tarde de primavera en el Foro. Italia es tan grande bellezza como Suburra, tan comedia de maggioratas como la vida creciendo alrededor de Lila y Lenú en un Nápoles destartalado y oscurecido por la sombra del Vesubio. Acabo de regresar y ya quiero volver: cuánto me falta por vivir allí, cuánto encontrar de realidad y vida. De lejanía de mi vida corriente: porque eso, y no otra cosa, es un viaje.

Todo lo que escribo es siempre parcial y poco conciliador. No voy a hacer un análisis más riguroso, más realista, más agarrado a las noticias: los lugares a los que viajo y me gustan siempre están idealizados, incluso desde la primera visita. La chica que recorrió Italia con mochila en 1985 no se cansaba, no vio las colas delante de la Galleria dell’Academia, ni siquiera en le stanze di Raffaello, las calles de Venezia le parecieron igual de hermosas que en la idea que Aznavour tenía de ellas cuando las recorría enamorado. No, en ese viaje todo era perfecto porque ibas quitando alfileres de aquel viejo atlas que consultaste un domingo de mañana, iba llenándose de barroquismos y renacimientos, iba con hambre atrasada de otro aire. Por fin, aunque no fuese muy habitual, el mundo se abría. Y yo, primera persona de nuevo, sabía lo que quería encontrar, que no era nada más que un puzzle atesorado durante años, con piezas brillantes y muy bien escogidas. Qué más añadir: una es consciente de cómo elaborar esa ficción, de cómo no sorprenderse para mal más de lo necesario, de cómo atenuar los impactos que esa construcción,débil pero muy arraigada en mí,puede sufrir. Los ataques de realismo, esa constante amenaza de suscribir lo que Sciascia decía  cuando afirmaba que Italia era un país sin memoria  ni verdad, están siempre ahí. Pero esa idea resistente que he conformado durante muchos años resiste. Y es algo que, por fortuna, no puedo reducir a la lógica ni resolver con un Excel, son datos no muy fríos, son de mi cosecha, es propio. Qué más da si a nadie le convence: yo quiero ser una eterna Jep Gambardella- pero como señora estupenda, es decir como flaneuse, para cuándo una palabra en italiano-  engullida por ciudades que amo.

 

P.D. Paseé largamente por Brescia en una tarde de este mes de mayo. Ojalá me hubiese cruzado con aquel chico, hoy un adulto, que me hizo situar en un mapa una ciudad del norte de un país que se llamaba Italia. Grazie tante.

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