Anchoas y Tigretones

Planes y agendas

Uno de los rituales más apetecidos del final de año es escoger agenda nueva. Ante el festín de ofertas que cada año llegan a librerías, escojo siempre alguna de las llamadas «agendas literarias» con su pléyade de citas, recuerdos de escritores, efemérides preciosísimas que hacen que el futuro nuevo año asome con la desfachatez de la galleta doble de chocolate en una caja de surtidos Cuétara. Siempre, como sabemos, son mucho mejores las expectativas que las realidades, especialmente en lo que se refiere a llenar huecos de calendarios con promesas de excursiones y cumpleaños, de visitas que caldean el alma y las sábanas, de quiebros en esa rutina lenta y voraz al mismo tiempo en que se ha convertido la edad adulta. ¡Cómo si fuésemos a olvidarnos de esas cosas! En realidad, no necesitamos poner en una agenda todo aquello que anhelamos sino aquello que aterriza en nuestra realidad como un equipaje prosaico, fatal e inesperado: la fecha de vencimiento de la ITV, la visita del perito del seguro de hogar para ver las humedades del salón, ese plazo asqueroso de la declaración de la renta o el útlimo día de matrícula de un examen de inglés que, en el fondo, te importa un huevo. La agenda, las mías al menos, permanecen impolutas casi siempre, llenas eso sí de post-its, de trozos de papel donde se apunta algún teléfono de urgencia, fotocopias de algún resguardo de cualquier transacción unido con un clip. Pero la agenda, no. La agenda sigue con sus citas de Austen y e.e.cummings, con sus dibujos trémulos de flores delicadas o con escuetas semblanzas de alguien mucho más destacable que yo. Hace años tuve una agenda preciosísima de Blackie Books, algo apabullante en su cantidad de información. Una de las anécdotas que contaba era sobre Perec, que en una mudanza se equivocó y tiró a la basura todas las fichas, notas y datos para un nuevo libro, dejando perfectamente alineado y ordenado para su nuevo hogar un cajón lleno de miserables descartes, con poco o nulo interés. Esta historia es tan Oulipo y tan perecquiana que merecería que fuese una verdad-mentira como todo lo de Perec especialmente por su final: contaban que lo que hizo fue encogerse de hombros, entenderlo como una necesidad de empezar de cero y escribirlo todo otra vez. Amo tanto a ese señor de pelos disparados y bibliotecosos que me lo creo perfectamente.

Con los años, las agendas se van acumulando porque es difìcil tirarlas: tengo en un rincón de mi estudio (otra incoherencia: tengo un estudio para luego trabajar sentada como un indio en un sofá con un gato en el hombro y portátil en el regazo) un montón de ellas apiladas que van sumando años, muchos más de los que me gustaría reconocer. Porque eso sí: las agendas, a pesar de dar cuenta y razón de lo prosaico y lo cotidiano, sustituyen a veces a esos diarios mínimos que escribimos en lugares más volubles y menos firmes como son las redes sociales. Las agendas existían porque existía la firmeza como algo valioso; las citas eran siempre una voluntad de adaptar el tiempo, de encontrar un espacio común para habitarnos. No escribimos ya en agendas porque no lo necesitamos; los planes son siempre volátiles y sustituimos la ilusión por la pereza y las ganas, muchas veces, de que se vengan abajo para no abandonar la cabaña. Hoy creo que la auténtica cultura de la cancelación es la que te deja con un palmo de narices cualquier fin de semana después de haber creado, alimentado y mimado hermosos planes. ¿Por qué? Porque ya no está de moda comprometerse: el confinamiento nos ha instruido en la idea de que todo puede volar por los aires en cualquier momento, por lo que no hace falta exhibir empeños firmes, mantener citas o ser fiel a lo acordado. No sé si esa voluntad de conservar agendas para hojear tiempo después podría considerarse un inventario de deslealtades a la prisa o un ancla para regodearnos en un pasado que no necesariamente es mejor. Lo peor de todo es que siento que me ha dado pasaporte y motivos para ser una desquedadora profesional : he aprendido también a decir que no me apetece, que me quedo en casa, que qué pereza. Antes, al menos, nos molestábamos en elaborar alguna excusa, en exagerar últimas horas e imprevistos, en hacer mejor la maula (qué preciosa expresión y qué infrautilizada) del malestar. Ahora ya no: no voy porque no me da la gana. No sé, la verdad, si somos más libres ahora o mucho menos formales o, casi me inclino hacia esta última opción, nos importa todo un huevo. Cierto es también que tenemos una cultura del trabajo que hace que «a cabesa non pare»: si tienes planes, bien; si no tienes planes, mal o lo que es lo mismo, todo tiene que ser a destajo, incluso los planes. Quedar, quedar y quedar, llenar casillas y celdas a modo de Excel y no dejar nada suelto, nada vacío. Creo que estamos siendo víctimas de algo bastante contradictorio : la ansiedad de no tener nada a la vista y el empacho que nos produce a veces tener demasiadas cosas y que nos hace desear el vacío de agenda.

En el mes de marzo, deseando conversar sobre la prisa e intercambiar respuestas, estuve en un encuentro en La Platanera, ese lugar fantástico donde Andrea cocina creatividad y poesía. Hablamos, bajo la batuta de Azahara Alonso, de turismo y de cómo vivíamos (algunas ya como víctimas, otras como ejecutoras) la presencia de Airbnb al lado de casa, sobre todo si pensamos que el turismo son los demás y que si yo uso alquiler turístico en en la Toscana no es lo mismo, dónde va a parar. Comenté en un momento que una de mis fantasías, cuando pasaba más tiempo como habitante en Compostela, sería saber en cuántas fotos de turistas estoy, en cuántos álbumes aparezco como convidada de piedra, dónde soy un mobiliario que estropea una foto de grupo o tapa un capitel hermoso de la ciudad de piedra. Esas «invasiones bárbaras» que tenemos ya en Coruña en forma de cruceros han cambiado el paisaje alentadas por el mismo mal que nos ataca a veces en abril, cuando solicitamos vacaciones: ¿y yo a dónde voy a ir? Me aterran los billetes comprados con un año de antelación, los planes a larguísimo plazo, pero es desalentador también no tenerlos: me gusta esa zanahoria que me ponen delante de los morros para terminar un mes de julio en el trabajo soñando ya con el ocio. En este constante espacio de incomodidad-quiero y no puedo, me apetece y no- vivimos la llegada del verano como ese lugar donde debería habitar la anarquía y en el que, en realidad, está todo más que encuadrado: casa alquilada por tanto tiempo, reserva en turismo rural, circuito por las capitales del Báltico, recorrido por los festivales de música. La saturación de oferta, el ruido que constantemente provocan las redes sociales y esos venenosos cantos de sirena que reclaman nuestra atención, nos provocan esa desazón de la abundancia. Porque, como Bartleby, a veces preferiríamos no hacerlo.

He empezado hablando de lo mucho que me desilusiona no usar agenda porque los planes se vienen abajo, porque nos hemos convertido en unos egoístas malquedas y termino diciendo que es casi normal ante la avalancha de posibilidades. No sé si lo que estoy contando es coherente o parte de esa dispersión que provoca el exceso de estímulos. A lo mejor, y solamente a lo mejor, el capitalismo atraviesa hasta el concepto de plan y de ocio con ese ensañamiento de adelantarse, de prever, de ir siempre por delante. Ante el ruido, pido esa calma y posibilidad de bajarse de cualquier carro aunque vayamos bien agarrados: menos exposición, menos planes, más improvisación y más descuidarse en lo menos grave. Y, sobre todo y por encima de todo: menos gregarismo en todo. O sea, querides: que lo que se cuenta en redes sociales son los padres.

LEO, LEO

Es inevitable pensar en Pavese como aquel hombre solitario y huraño que eligió la soledad de un hotel, en un sofocante y solitario Turín, para bajarse de la vida. Pavese, que en realidad era un escritor casi compulsivo y que no hacía gala de ese lavorare stanca que escribió en algún momento, fue un hombre atormentadísimo por estar enamorado del amor pero casi militar en la misantropía, en odiar y venerar a la vez su propia soledad. Un hombre complejo, de prosa exquisita y ataviado de esa elegancia piamontesa que le hacía ladear la cabeza en los retratos. En Hotel Roma, de Pierre Adrian, recorremos tanto los últimos días de Pavese, sus escenarios y espacios, como la fascinación del autor por incluirse en la historia, en una mezcla de autoficción-homenaje muy hermosa y poética, pero en la que se bordea en algunos momentos la hagiografía. Hay una pequeña trampa al principio que puede desmerecer el resultado final que, creo, es muy resultón, y es el situar frente a frente a Pasolini y a Pavese. Prescindiendo de fobias (a Pasolini no le gustaba nada Pavese) creo que son figuras completamente distintas pero (me da miedo poner este adjetivo, pero venga, va) muy necesarias: distintas en sus conceptos de vida y muerte; complementarias en el panorama literario italiano, como si hubiesen trazado intelectualmente líneas que correspondían del uno al otro. No he podido evitar acordarme de la soledad muerta de Pasolini en la playa de Ostia ni de las «spalle scontrose» de Pavese que describía Natalia Ginzburg el último día que vio a su amigo con vida, alejándose comiendo cerezas, de espaldas a la vida y la esperanza. En ese camino de lecturas que se abren a otras, es muy interesante el papel de Pavese como mentor de Calvino (algo que apunta Jordi Corominas en su podcast 15 al día ) y que desarrolla Carlos Clavería en un ensayo que ya está en mi lista de «debe» : Italo Calvino, una ardilla en Einaudi.

En la mesilla: Volvemos a Barthes, ya que tenemos un curso con Azahara Alonso el jueves donde desmenuzaremos (más) Fragmentos de un discurso amoroso. Hoy ya me ha recordado Mercedes R. Bolaño que Marguerite Duras pensaba que Barthes no sabía lo que era el amor, ya que nunca había amado a una mujer. Además de una buena boutade, es casi seguro que sea cierto, pero su pensamiento nos apasiona, amiga, qué le vamos a hacer. No lo cancelamos a Rolando, no. 😀 Otro libro mesillero que empezaré pronto es Gente en el tiempo de Mempo Bontempelli (Acantilado, traducción de Andrés Barba) y tachán, tachán, mi eterno candidato al Nobel y al Olimpo: Pierre Michon, del que se editan en Anagrama Los dos Beune (traducción de Teresa Gallego Urrutia).

VEO, VEO

He visto millones de cosas desde que no paso por aquí, pero hoy he visto una película que, sin ser perfecta, me ha impactado muchísimo: Desmontando un elefante, con unas soberbias Natalia de Molina y Emma Suárez. ¿Cómo podemos cuidar a los adictos que amamos o cómo podemos seguir amándolos si recaen, tenemos que trabajar con ellos, nos decepcionan y, a la vez, nuestra vida queda atrás por salvar la suya?

OIGO, OIGO

Sigo escuchando los podcasts de siempre que me han gustado, pero el otro día me pasó lo mismo que a las chicas de Ciberlocutorio: no me gustó la entrevista que hizo Call her daddy a Lauren Graham (Lorelai Gilmore, forever). Repaso a veces episodios de los podcasts que me gustan porque ahora ya no tengo ese espacio de camino al trabajo que era mi lugar seguro podcastero. Hay dos episodios que recomiendo: la entrevista de Javier Aznar en Hotel Jorge Juan a Manuel Fontán del Junco, director de Exposiciones de la Fundación Juan March o el dedicado a santa Rosa de Lima por las Hijas de Felipe.

2745644

Esta maravilla de imagen la ha cedido gratuitamente Bruno Cantuária. Muchas gracias por esa CC0

Hace unas semanas escribí en un comentario de Instagram sobre lo despiadado que era el tiempo. No me refiero tanto a los efectos que tiene en nosotros, en los cambios a los que nos somete como a su efecto ambivalente de ser corrosivo y también necesario. Yo pensaba sobre el hecho de encontrar evidencias, pequeños detalles que nos sobrecogen por su capacidad de situarnos en ese escenario tan poco firme, tan ajeno a veces e incontrolable que es nuestra propia vida. Cuando me decido a encerrarme un domingo lluvioso como hoy en casa con el objetivo de hacer limpieza de trastos y cosas, estoy siempre más en la tesitura de encontrar que de desprenderme. Hay mucha poesía oculta en los tickets de supermercado arrugados que hemos guardado apresuradamente en el bolsillo de un abrigo, en un recoveco de esa carterita con monedas que siempre llevamos para poder gastar y que se cuela al fondo del bolso, insolente y esquiva, dándonos esquinazo y sirviendo, al fin, a otro cometido que el de deshacernos de la calderilla, algo que tan poco usamos ya. Papeles que envolvieron caramelos o chicles, ese resguardo que buscamos cuando fuimos a la tintorería y no apareció cuando debería, esos pequeños restos de momentos que son a veces tan impertinentes. Encuentro una entrada de cine de hace años: forzando mucho la vista consigo leer que fui a ver Atrapa la bandera con los hijos de una amiga, una tarde de chuches y aventuras, un domingo de setiembre. Yo no sabía que una semana después habría una frontera en mi vida, el inicio de un vacío, un reajuste vital importante. Tampoco que la vida te obliga a aprender lo que es la orfandad en edad adulta: ese modo de enfrentarte a tu propia mortalidad que es tan distinto a cualquier otra pérdida cercana. Pero vayámonos de ahí: no es el dolor de lo que quiero hablar hoy, sino de los restos, de las ruinas, de ciertas señales que acotan los vacíos. La memoria gráfica es casi siempre colectiva: la sonrisa que buscamos es una más entre las sonrisas de un cumpleaños, el traje nuevo de una boda es una ropa de estreno más entre un montón de invitados, incluso las fotos de licenciatura están pensadas para ser situadas en medio de esa colmena de recién tituladas que son las orlas. Aunque te busque ahí y te encuentre, la imagen y su memoria es común.

Del mismo modo que queremos víctimas perfectas, queremos también duelos perfectos. Recuerdos que nos den la punzada necesaria para saber que esa persona que nos falta es más que lo que acabará siendo una silueta desdibujada. Podemos ver álbumes infinitamente, recordaremos su voz, pero no podremos reproducirla. Ojalá haber guardado los mensajes de «te olvidaste el lomo ibérico» (sí, yo tuve ese mensaje en mi contestador para regocijo de mis amigos) o «hemos grabado con tus instrucciones La vida de Brian.» Ahora que ya no usamos contestador ni teléfono fijo, no sé dónde estarán perdidas esas voces que encuadran momentos tan caseros y prosaicos: habitan en mi cabeza de algún modo, pero no puedo darle al play. Guardo números de teléfono de bastantes personas con las que ya no tengo trato, pero esa agenda es casi una memoria vital. Llevo varias semanas releyendo whatsapps de un amigo del que yo me había distanciado y que supe, de forma algo azarosa, que había fallecido hace unos meses. Cambio de ciudad y algunas discrepancias acrecentadas, supongo, por la falta de contacto, hicieron que perdiésemos la sintonía. Nunca supe su número de memoria, me bastaba, como con todos los demás contactos de mi agenda, con ver su nombre parpadeando en el whatsapp. Ojalá pudiese saber de algún modo que conservo su número porque quiero recordar, pese a todo, que una vez tuvimos cercanía.

Este post lleva un título raro: 2745644. Era el número de teléfono de la casa que Carmen Martín Gaite compartía con su hija Marta, «la Torci», fallecida en plena juventud y víctima, una más, de los años apresurados de drogas y sida. No estoy desvelando ningún dato personal: ella misma lo cuenta en esa maravilla que son los Cuadernos de todo, cuando fue a Vassar College a dar un curso y a curarse ella misma de aquella ausencia cruel. Se refiere a lo doloroso que era saber que si marcaba ese teléfono nadie respondería, que esa llamada quedaría perdida en medio del Atlántico, sin respuesta porque nadie podría descolgarlo en una casa vacía, lleno de dolor y pérdida. Una conversación por teléfono es única, como el número de la persona con la que compartimos: es individual, unívoco, como todos los lazos, sean perfectos e imperfectos. Carmen Martín Gaite dijo en alguna ocasión que lo abandonaba todo por una buena conversación. En esa estela, y perdonad mi atrevimiento, no borro teléfonos nunca, ya lo he dicho: son mi modo, algo tonto quizás, de avivar algunos rescoldos, de rescatar y apropiarme para siempre de algo fugaz, pasajero, pero que definió también a quien yo era, a quien soy.

Carmen Martín Gaite, es una de mis ídolas. Traigo aquí este artículo maravilloso sobre el centenario de una de mis escritoras fetiche, a la que nunca conocí (¡me habría comportado como una boba, es horroroso lo que provocan en mí las personas a las que admiro muchísimo!) de Andrea Aguilar. Y un pequeño homenaje que le hice, porque yo tuve algo de relación con Vassar College y conocí a algunas de las personas que salen en esa preciosa memoria, triste y delicada, que es El otoño de Poughkeepsie. Escribí esto sobre los otoños neoyorkinos. Tengo algunos posts sobre duelo, pérdidas y también sobre a dónde van los números de teléfono cuando ya no los queremos, pero no quiero cansar a nadie. Este espacio es abierto y tiene todos los posts disponibles, se puede buscar.

LEÍ Y LEO:

Todo Carmen Martín Gaite otra vez. Y no me canso de recordar y subrayar que fue la traductora también de A grief observed de C.S. Lewis al castellano. Me ha parecido deslumbrante Presentes de Paco Cerdá (el traslado del cadáver de José Antonio de Valencia a Madrid, la creación del mito del ausente con una asombrosa minuciosidad en las historias secundarias)y el reciente Premio Nacional Martinete del rey sombra de Raúl Quinto: está magníficamente bien escrita, pone el foco en un momento de la historia de España muy desconocido (tuvimos la suerte de charlar con el autor por zoom en una estupenda sesión de club de lectura en la librería Moito Conto) y en el que brillan los retratos del Marqués de la Ensenada, Jorge Juan, y ese capítulo de la genealogía de los Borbones que si los políticos leyesen algo, aunque solo fuese un poquito, serviría para proclamar la República de inmediato. Empiezo ahora The guest de Emma Cline y, claro, la última entrega da nosa Agatha Christie, Arantza Portabales. Llevo muy poquito de Asasinato na Casa Rosa, pero, aunque ya no estén por ahí la famosa pareja de detectives compostelana, tenemos otro tándem muy interesante. Todo lo que hace Arantza está bien siempre.

VEO

Pues me ha encantado La habitación de al lado, y mira que yo con Almodóvar tengo mis más y mis menos (me encantan o detesto sus películas, me sobrevuela el sentimiento de misoginia y falso aliado en muchas de ellas, aunque me rindo a su petardez). He visto The Hardacre (¡ese acento de Yorkshire, qué humillación verlo en VO sin subtítulos, madre mía), porque las historias de cambio de fortuna me apasionan, y empecé a ver Say nothing porque me ha interesado mucho cómo se vivía durante the Troubles en Irlanda y porque parece, voy por el principio, una historia de sororidad importante. A ver.

Y no estoy escuchando nada nuevo, pero últimamente, por una lista de Shoegaze español me colgué de esta canción de Melenas.

A qué llamas hogar

Imagen de Paco Ponce en Flickr: CC BY-NC-SA

Tengo una casa con luz que viene del sur. Unos cuantos libros desordenados, postales y tarjetas recibidas hace tiempo, un corcho con fotografías de momentos que pensábamos entonces que eran felices, tazas y platos desparejados, supervivientes de mudanzas y distintas cocinas. Hay un perchero con gorros y sombreros, un mueble rojo en la entrada donde, también sin mucho orden, hay llaves de casa, de otras casas, de un garaje, de un despacho en otra ciudad. Una casa puede ser un contenedor de sobriedades, la mía lo es de ataduras a otros calendarios, a quienes estuvieron y siguen estando, a sonrisas algo desvaídas también, muchas veces producto del paso del tiempo en los antiguos revelados de fotos. Ahí estamos con uniformes de colegio, con modas ya pasadas, abrazándonos a quien tanto quisimos, admirando lugares tan deseados. El mundo, en ocasiones, nos mira muy pícaro desde las estanterías revueltas. Casas, lugares donde deshice maletas y colgué algún poster o frase resultona en la pared, donde, si viniese cualquier CSI, encontraría epiteliales a punta pala. Y también donde se han quedado historias a medias : tardo mucho en despedirme de aquello que no voy a habitar de nuevo. Haciendo mochila para irme de cualquier hotel o apartamento en el que hayamos estado de paso o viviendo un tiempo razonable, pienso en quienes me precedieron en ese pedazo de mundo, en quién vendrá detrás de mí. ¿Vendrán amantes que agotarán noches enteras, solitarios que paliarán el vacío con lecturas y series en maratón, niños que escudriñarán esquinas y espacios, mascotas traviesas, qué historias contiene lo que pudo o es un hogar? Ese legado invisible que pertenece a esos espacios que son, en realidad, de nadie, lo articuló Richard McGuire en Aquí, un tebeo extrañamente maravilloso donde asistimos a años, décadas, prehistorias y futuros desde la esquina de una habitación. Un lugar que fue el lugar, el asidero de familias, generaciones, que fue de todos y de nadie. Y al que todos llamaron hogar. Es demoledor encontrarnos con nuestra vulnerable existencia, tan secuencial y poco trascendente, tan grande para nosotros y tan mísera para el paso del tiempo. Recuerdo la historia que me obsesionó hace años, la de Los Modlin, esos seres extraviados y geniales que habitaron entre performances, creatividad compulsiva y soledad excéntrica, dejando para el futuro un montón de fotografías y testimonios que aparecen en la basura, en un contenedor de la calle del Pez de Madrid. Como si hubiese sido planeado, hubo quien encontró esos retazos de genialidad y los recoge, reconstruye e investiga, quizá siguiendo una línea que los propios Modlin dejaron escrita como un testamento final, como la última función, como una «opera aperta» arriesgada y casi perfecta.

¿Y por qué vuelvo a los hogares, a los Modlin, a las fotografías azarosas? Visito la exposición de Iago Fernández en Galería Tía Pili. Iago nos habla en la presentación de su «Molly House» de que cada hogar tiene un olor propio, imperceptible para el que lo habita, reconocible siempre para el visitante. Recuerdo el olor a lejía en las escaleras de madera de casa de mis vecinos prestadores de libros en la infancia, el perfume pausado y de otro tiempo de la habitación de mi tía, un olor imposible a caldo y curry en un piso de la zona vieja de Compostela, esa mezcla a leche y agua de colonia cuando visitaba a una amiga con gemelos recién nacidos. Volver a casa de los padres algún fin de semana, cuando ejercías una independencia adulta de juguete en otra ciudad, era volver a ese olor imperceptible cuando es cotidiano, tan evocador y marcado cuando eres casi una forastera, una inquilina de pocos días, ajeno ya el espacio a ti y a tu ritmo más desacompasado con todo lo previo. Cada casa un olor, una identidad, un estar en un espacio. Iago construye unas velas con olores distintos, velas preciosísimas en forma de casita, de hogar portátil, dulces y naif. Y de lugares que habitamos nos hablan también las fotos que Iago recoge y plasma en platos de vajillas huérfanas, desparejadas. Imágenes de hombres que miran desafiantes a la cámara, algo abrazados pero no demasiado, algo juntos de más para la época de la que vienen. Iago consigue algo muy hermoso emparejando orfandades: esas fotos que vienen de álbumes distintos, de otros lugares y momentos, con esos platos que, también, han quedado relegados en su singularidad, como únicos supervivientes de un imaginario naufragio.

Hace años, en el Rastro en Madrid, vi muchos, muchísimos álbumes a la venta. Primeras comuniones, cumpleaños, reuniones en blanco y negro, mujeres exhibiendo sus vestidos de domingo camino de misa o de la novena. Niños jugando, luciendo orgullosos sus disfraces de Carnaval o un diploma. Miradas de desconocidos que recordaban a tantos momentos propios y familiares, guardados en otros álbumes en mi casa, tan lejos de allí. Pienso siempre, con un punto de inquietud, en qué pasará con todo aquello que acumulamos, con ese olor particular de lo que yo creo que es hogar, con las fotos y detalles, con todo lo cotidiano que quizá no pueda envolverse en un relato. Ojalá que si todos nuestros equipajes nos sobreviven, lo hagan formando parte de algo nuevo, de un collage, de un lienzo donde caben muchos lienzos. Como material para un artista, para mirar desde dentro de la obra a unos ojos que nos observan y poder decirles: «de algún modo, del que tú quieras observándome, sigo aquí».

Molly House la exposición de Iago Fernández en Galería Tía Pili la podéis ver en Pío XII, 9 en A Coruña. Lo que hace Belén descubriendo talentazos y prestando este espacio es muy de agradecer, sobre todo por las divertidísimas inauguraciones y la cantidad de gente interesante que allí se arremolina.

Lecturas que tienen que ver pero que no tienen que ver:

Ya he mencionado Los Modlin (Fracaso Books) (de los que he escrito en varias ocasiones en este su blog de referencia) y Aquí, de Richard McGuire (Salamandra) ese tebeo extraño, emocionante y un poco sobrecogedor.

Vidas minúsculas Pierre Michon (Anagrama) Mi eterno candidato al Nobel: el maestro de cómo hilar lo diminuto con lo gigante y ponerlo todo al mismo nivel de genialidad.

Madre de corazón atómico Agustín Fernández Mallo (Seix Barral) o cómo construir la memoria familiar desde la pérdida, pero, sobre todo, desde el valor de los legados. No dejo de recomendarla porque es de los pocos libros que son más un tributo que un duelo, una palabra que cada vez me resulta más incómoda y engañosa (Lo siento, Roland Barthes). Por cierto: los Modlin salen en Nocilla Dream.

Hacer listas

Imagen de Annie Spratt en Unsplash

Hace algunos años entré en una librería de mi ciudad con la idea de darme un pequeño capricho. Las compradoras compulsivas de libros, no tanto las lectoras, necesitamos algún pequeño refresco en forma de ediciones preciosas y algo snobs, menos narrativa y poética, más objeto hermoso. Con esas carambolas que la vida regala de vez en cuando, encontré un tomito que desconocía y que agarré con el entusiasmo desatado del primer día de rebajas, del cromo que falta para una colección, de esa sensación de guinda pastelera. Un libro que recopila listas, sí, listas, eso que quien no ve futuribles solamente escribe para recordar ingredientes, desarrollos y conclusiones, procedimientos. No, este libro trae listas como modo de vida, mirad el subtítulo: «sucintas o detalladas, personales o públicas. Más de ciento veinte listas confeccionadas por gente anónima y personajes célebres de la historia». Menudo festín: no solamente tenemos un anónimo manual para atrapar galanes del XVII, un diccionario de palabras memorables de Nick Cave y lista de «modismos del medio Oeste «de David Foster Wallace, los propósitos para alejar tormentas y tormentos (esto es mío) de Sylvia Plath al iniciar la universidad , lo que no deben hacer las damas ciclistas, lista de la compra de Miguel Ángel (¡qué frugal!)y también, oh, oh, pero qué maravilla, los me gusta/no me gusta de Roland Barthes (chicas de Punzadas, mirad). Podemos coger, hojear, abrir por la mitad e incluso cerrar para siempre este volumen variado, audaz y de educada extravagancia para pensar de nuevo en por qué nos gusta tanto hacer listas o, en este caso, conocer las de los demás. Las listas, creo, son un modo de asegurar, de domesticar nuestro desbocado pensamiento. Son también una amarra, un personalísimo noray, una promesa y una declaración. Por supuesto, hay mucho más de juego literario que de compromiso futuro porque si lo fuese, creo, sería tan utópico e inalcanzable que moriría en acto de servicio.

De niña me fascinaban los diccionarios. La admiración por esas columnas de correspondencias, la obstinada compilación de significados es algo que todavía me sigue admirando cuando los consulto. Pero entonces me atrapaba lo que yo creía que era un listado «de todo», una reunión «de todo», una especie de árbol genealógico «de todo» lo que contenía una lengua. Mi padre conservaba en casa un diccionario de su época de estudiante en la Escuela de Comercio, un Español-Inglés Inglés- Español que fue una de mis aficiones infantiles favoritas. El volumen tenía unos señaladores que iban administrando el espacio alfabéticamente. Me encantaba ver cómo el español tenía «ch» y el inglés no, corría a buscar correspondencias, pasaba con muchísimo cuidado aquellas viejas páginas. Dejando al margen consideraciones naif sobre lexicografía, mi asombro daba paso a una pequeña desilusión que me llevaba a preguntarme si eso era todo, si el lenguaje estaba completo ahí, si no habría la posibilidad de quebrar ese orden perfecto con una palabra huidiza o un significado anexo discutible. No sé si fue en esa época cuando vi Bola de fuego. Aquellos señores recluidos en aquella pureza léxica incontaminable me provocaban una mezcla de compasión y, también, cierta envidia por su proyecto: acotar, listar, poner en columnas palabras sin que nada más importase que ese cometido. Un planazo, vaya.

La afición a los diccionarios dio paso a mi afición por las agendas, por los calendarios de pared donde, con mil colorines y plagados de signos de admiración, dobles y triples círculos rodeando una fecha o exclamaciones del tipo «¡Ojo!», vamos devorando días y estableciendo, de forma cada vez más obsesiva una cuenta atrás, la que sea y por lo que sea. La reciente moda también de anunciar eventos con meses o incluso años de antelación nos hace correr el riesgo de que ver un mes en blanco, una semana sin señales, sin post-it que refuercen las urgencias o talismanes contra el olvido, destierren el lujo de la quietud, de poder perder, y esta vez sí literalmente, el tiempo. Los planes son maravillosos, son señuelos que ayudan a sortear un martes o miércoles cualquiera, el peso nebuloso de la rutina, pero empiezan a ser tan lejanos que estamos, en realidad, conjurando nuestro propio momento actual. Tengo entradas, en agosto de 2024, para un concierto en enero de 2025. ¿Seremos, dentro de cinco meses, las mismas personas, estaremos tan disponibles como en el momento de la ilusión de la compra, habrá algo irremediable que impida que vayamos, iremos con mucha más ilusión y teniendo buenísimas noticias bajo el brazo o donde quiera que se pongan las buenas noticias? El horror vacui de fines de semana sin planes, de vacaciones sin organizar porque estás más sola que la una o, simplemente, no te has parado a pensar en ellas o esperas que alguien lo haga por ti, se ha trasladado a otro nivel: el horror vacui de los años futuros sin fechas de conciertos, citas imperdibles, teatros varios, excursiones, quedadas. Las ilusiones futuras nos alimentan, pero la excesiva previsión está matando la sorpresa, el gusanillo de la última hora, de cierto grado de improvisación de mirarnos de repente y decir :»¿vamos?» y en media hora estar haciendo el petate y buscando cómo llegar, dónde dormir, llamando a amigos que quizá sepan, esa incertidumbre del «¿saldrá todo bien?». La excesiva previsión nos ha convertido en coleccionistas de eventos futuros, en compradores de una falsa tranquilidad, materializada en matar la improvisación. ¿Cómo es posible que se vendan entradas de un festival el mismo día que termina la edición en curso? Creo que existe también la necesidad instagramera del «yo estuve allí»: las redes sociales se han convertido en nuestra probeta para la fórmula mágica del molonismo. Hay que ir, pero sobre todo, todo el mundo tiene que saber que has ido. En esas listas de las que hablaba al principio, en ese calendario que no puede quedar impoluto ni un instante, visualizamos también cómo se verán nuestros eventos. Contarlo y contarlo bonito en redes es el signo de los tiempos: quizá también programarlo todo, acotar agendas y señalar calendarios tenga que ver con nuestra prisa contemporánea. La mía, la nuestra, la de la era postcovid. ¿O es que antes de que todo se parase ya éramos así y se nos ha olvidado?

Lo que leo ahora:

Acabo de terminar Historia del hijo de Marie-Hèléne Lafon que me ha deslumbrado de nuevo. Guardo sus libritos como tesoros. Esta historia de familias construidas a medida, de cruces inesperados, de arraigos y también de huidas es una auténtica joya. Edita, siempre delicadamente, Minúscula (no tienen un título malo, de verdad) y traduce Lluis María Todó.

Leo Antes de que llegue el olvido de Ana Rodríguez Fischer (Siruela) y vamos muy bien, pero os cuento cuando termine sobre esta elegía y recuerdo.

Por las conversaciones que teníamos los jueves en el Paradiso ( y que teminábamos siempre con una lista de libros mencionada) llego a Y siguió la fiesta: la vida cultural en el París ocupado por los nazis,de Alan Riding (Galaxia Gutenberg, traducción de Carles Andreu). Echo de menos aquellas charlas con Santi y María en las que salían, en brevísimo espacio de tiempo, Joan Collins, Monty Python, el rey Arturo, Foucault, la culturiña, el arroz con leche asturiano y los duros de Cádiz. Ah, y el hashtag #québonitiñosería.

El libro que menciono en el post se llama Listas memorables, sucintas o detalladas, personales o públicas, editado por Shaun Usher en Salamandra.

Estoy viendo The bear y solamente puedo decir que los ojos de perro pachón de Jeremy Allen White me distraen de cualquier tipo de análisis. Rosalía, eres lista, muy lista.

Escucho a esta señora desde hace días (pongo el vídeo porque esta versión me gusta mucho, aunque no tanto como la cara de Greta Gerwig viéndolo).

Navegador de artículos

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar