Anchoas y Tigretones

Escribir o vivir

 

Photo by MILKOVÍ on Unsplash

Yo podría comenzar hoy, después de tanto tiempo, con Pavese: lavorare stanca. Habría dado algo por conocer a Pavese, especialmente para poder preguntarle cómo se hace para que semejante perogrullada sea acuñada como la bandera de la eterna queja currita, como uno de los oxímoron más poéticos y retranqueiros que podamos encontrar. Pavese habría sido un gran tuitero: a su huraña y altiva sobriedad le habría venido bien descargarse en pequeñas sentencias, en un limitado espacio de x caracteres. Vivir en Turín imprime determinado carácter :Pavese no pudo sobrevivirse a sí mismo, le sobrevivió su propio dolor, vistiendo de luto a la historia de la literatura. Otro italiano decía que no se podía vivir y escribir a la vez. No sé si estoy acuerdo con esto que decía Pirandello (la vita o si vive o si scrive), pero es una gran frase de camiseta; vamos, tanto es así que  yo me hice una camiseta con esta frase y me ha servido para entablar conversaciones que no llevan a ninguna parte, algo así como un Tinder camisetero. “Pues yo creo que se pueden hacer las dos cosas, bueno, yo hago las dos cosas”. “Qué frase tan tonta viniendo de un escritor” o, incluso, ” ¿Quién es Pirandello, por qué llevas una camiseta con una frase en italiano?”. En esos momentos es cuando me arrepiento de no haberme hecho la camiseta con la frase de Pavese: qué cansancio, qué trabajo, qué pereza me da esta “no conversación”. Y me da pereza y cansancio porque no tengo ningún argumento aunque la frase me fascine, quizá porque me sucede como con los documentales de física o de macroeconomía: no entiendo un carallo y eso lo dota de una poesía de andar por casa que me fascina. Como los prospectos de los medicamentos, como la Ley de Procedimiento Administrativo: me provocan la perplejidad de escuchar una lengua ajena, de observar desde lejos y con una enorme fascinación algo que no es mío. Pero eso es otra historia y vamos al lío: ¿se puede vivir y escribir a la vez?

No sé si la vida es algo paralelo, anterior o posterior a la escritura. Lo que sí sé es que se cruzan fijo, y cuando digo se cruzan digo que chocan, se vuelven a separar, caminan de forma paralela para luego volver a converger y hostiarse muy a gusto.  Vida y literatura son un caleidoscopio, esa palabra que siempre escribo mal (como metereología, qué cruz tengo con eso) y, quizá la escribo mal porque no soy capaz de hacer literatura cuando la vida está sobre mí. Me explico: a mí la vida me da por saco, pero bien, de vez en cuando; me supera y me agota, me quita cualquier ánimo de poner por escrito lo que sea. Y eso, como al pobre Felipe de Mafalda con los deberes, me llena de angustia: debería estar intentándolo, tendría que escribir esta historia que va por aquí y por allá, tengo un blog abandonado, para qué tenerlo si está moribundo. Y eso, todo eso, hace que mis pocas letras se me vengan abajo aunque, eso sí, escriba una pobre justificación en estas líneas, algo que quizá a nadie importe, pero que hace que yo me cuente las cosas desde una pantalla y me parezca que entiendo todo mucho mejor.

A pesar de mis camisetas con frases en italiano soy muy poco amiga de grandilocuencias. No tengo ni idea de si escribir es un acto revolucionario; en cualquier caso creo que vivir lo es más, mucho más, y es algo de lo que no hay escapatoria. De la literatura, de poner letras sea donde sea, podemos huir; de esa cronología comenzada en un cumpleaños, no. A  lo mejor, y digo solo a lo mejor, lo que a algunos nos sucede es que no creemos en medianos ni pequeños actos de trascendencia que tengan que ver con nosotras mismas, y la palabra escrita, ay, sí lo es. Es posible que el espacio que va de un lunes a un viernes, con sus silencios domésticos y con toda su carga de prosaísmo, sea un acto mucho más revolucionario que un libro, que un post, que un poemario. O eso, al menos, decimos con la boca pequeña las grandes señoras vagas del mundo.

Me da un poco la risa cuando se habla de la pulsión de la escritura. Y me río porque, en el fondo, yo sí me siento mejor cuando escribo. aunque nadie lo lea, aunque a nadie le importe. Y, oigan, a lo mejor eso sí es el principio de una revolución mucho más personal, más silenciosa y con menos consecuencias.  ¿Qué quieren que les diga? . Pues que lavorare stanca.

Nos vemos en los bares.

Algo más:

 

 

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La pobreza, esa obscenidad

Imagen de liyiduo2828 en pixabay. Pulsa en la imagen para original.

Mirar a los ojos a la pobreza es difícil cuando nunca has sido pobre. Incomoda y aturde. Es una visita pesada que quieres quitarte de encima cuanto antes. Evidentemente, en todo hay gamas: cuando hablo de ser pobre, hablo de ser pobre,;ojalá no sepan de lo que estoy hablando. Casi todas las personas con las que me relaciono o conozco, y ya sé que ese “todas” es un absoluto que me llevará a negar la mayor en cualquier momento, hemos o han tenido problemas económicos, pero ninguna ha sido pobre. No. Pobreza es no poder ir al instituto (y quedarte en casa, sin clase) porque tu pueblo dista un tramo enorme y no tienes otro medio de desplazamiento que la bondad del que pare y te lleve en la carretera. Pobreza es, sabemos, dividir y subdividir raciones de pasta, arroz, salsa de tomate de marca blanca y que el plato de una madre, de un padre, sea siempre el que tiene los bordes más limpios, el que ha acogido menos cantidad. Pobreza no es renunciar, pobreza es soñar con poder renunciar: nada es una oferta real. Pobreza es desayunar agua caliente sin más y entretener la espera de las horas futuras mirando la tele. Ser pobre es no tener un plan más allá del día a día, es sentirse fuera de cualquier rutina, son cartones en un portal o cajero automático, pero también es el agujero en el zapato del que tiene trabajo pero sigue siendo pobre, de quien enferma seguido porque vive en un cuarto infame, compartido con humedad y tos. Estas son algunas, no todas, facetas de la pobreza, son pequeños flashes. Y son todos reales.

Hoy he hablado con una mujer que me pidió dinero, muy avergonzada, a la puerta del supermercado. Ojeras, pelo descuidado y mojado por la lluvia, creo que todavía lejos de la marginalidad, pero asustada de verla acercarse a pasos agigantados: eso se ve en una mirada, en su manera de estirar su cazadora al hablar conmigo, en su voluntad de dar buena impresión.  Su historia es tan común que casi no quiere ni contarla: parada de larga duración, víctima de la crisis del 2008, sesenta y dos años, ayuda de 400 euros para piso y comida. Llora, llora como quien lleva mucho tiempo aguantando, llora porque le cogen la mano y alguien la escucha, porque alguien le regala cinco minutos. Llora y se queja. Pero no se queja de la pobreza: se queja de no tener hijos, familia, de no poder compartir el dolor, se queja de que todo el espacio que habita en la vida sea un espacio vacío. Se queja, sin decirlo, del eco de su voz en cualquier lugar. Se queja de soledad. esa faceta de la pobreza de la que tan poco hablamos. Que la soledad, en cualquier circunstancia de la vida, es un ghetto al que no queremos ninguna ir, es un hecho. Pero el miedo a la soledad es un vértigo que no termina porque, generalmente, confirma la peor de las sospechas.

A las que podemos, y bendito sea por siempre, escoger el hedonismo, hacer locuras (hay un precioso artículo sobre la locura cotidiana de Manuel de Lorenzo que podéis leer aquí y que suscribo de arriba abajo), no tenemos excusa para no mirar la pobreza a los ojos. Para aprender, de una vez por todas, que convivimos con un mundo extraño y extremo, en el que es perfectamente legítimo el “un día es un día” y la conciencia de que cualquier día, en cualquier momento, podemos llorar avergonzadas ante una desconocida en la puerta de un supermercado; no hacen falta ni seis grados de separación. Por pobreza, por soledad, por la indiferencia de otros, por la enfermedad, que no siempre une.  Ser hedonista no implica ser indiferente, al contrario: implica el derecho, la absoluta obligación, de ser feliz (mientras el mundo nos lo permita). Lo demás, perdónenme, es vivir de perfil. 

 

Cosas bonitas para escuchar: Escucho muchos programas de Radio3. Hacía tiempo que no escuchaba, por el horario, “Café del sur”, una belleza los  domingos a las 8.00 (cosas de dormir a pierna suelta). Aquí hay un podcast dedicado a Bella Italia, que es, eso, bella italia. Y con una versión de Batiatto de “Il cielo in una stanza” que es da morire d’amore. Lo podéis escuchar aquí.

 

Vivir en domingo

Photo by Tobias Tullius on Unsplash

Mi padre me contó en alguna ocasión que, de niño, le dolía la cabeza los domingos por la tarde. La tarde del domingo es esa cuenta atrás ralentizada por pequeños episodios de felicidad que no pueden distraernos, casi nunca, de lo inevitable, de ese lunes que odias pero también ansías. Lo que quieres, lo que queremos, es acabar con esa enfermedad del domingo que es como un catarro no muy grave pero pertinaz, que sabes que pasará y  nada será tan terrible, pero tienes que transitar por esa angustia del fin de una breve tregua. Esa pequeña suspensión de la rutina que es el fin de semana se llena siempre de promesas y anhelos, esbozados en un cuaderno invisible y mental el viernes al mediodía. Yo acumulo tal cantidad de esbozos que sería imposible cumplirlos, aunque me transformase en un cruce entre superheroína y diosa hindú multibrazo y multitarea, con habilidad también para la dislocación temporal. A mí hay algo del domingo que se me hace provinciano y como con alivio de luto, casi como un personaje del primer Delibes;  el final del domingo es un anticipo de esos juicios con una misma que nos dan de vez en cuando y que, al menos yo, aparto de un zarpazo (“qué estoy haciendo de mi vida, por qué este trabajo y no otro, por qué no me voy al Nepal a pasar de todo-> esto me dura diez segundos, Nepal, ni de coña).  Pero volvamos a la angustia pequeñita que, males contemporáneos aparte, intentamos mitigar a golpe de maratón de series y sofá, esa terapia aún no clasificada en ningún manual de psicología y que, seguramente, no sirva para mucho más que para aplazar ese examen de conciencia, ese calvinismo machacón aprendido en los años de catecismo o de educación reglada. No te levantas del sofá ni para tender la ropa, algo muy de domingo, pero, inevitablemente, los capítulos se acaban, las series también, y el calendario no miente: del domingo vamos al lunes.Y vuelta a empezar. Leer más…

La hermana de la Nancy

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Library. “Playing school: a print depicting sitting children, books, chairs, a bench, a doll and a green field.” The New York Public Library Digital Collections. 1890. http://digitalcollections.nypl.org/items/510d47db-c34b-a3d9-e040-e00a18064a99

Es verdad, ya nada es igual. No hay carreras por el pasillo, con el corazón desbocado y descalza, para llegar al árbol de Navidad del salón. Debajo, los Reyes habían dejado  un puzzle multicolor de papeles de regalo de colorines. Nunca me llamó la atención, de niña, que los regalos viniesen envueltos en papel de tiendas de Coruña, me parecía fascinante que se pudiese recorrer el mundo ida y vuelta en una noche, a lomos de camello. Lo que sí comprobaba era si les habían gustado los polvorones y los tres vasos de gaseosa Revoltosa (lo de que fuese sin alcohol,era cosa de mi madre, imagino) que les habíamos puesto en una bandeja con un mantelito de flores. En aquel cómodo y limitado mundo, ese que se dibuja entre la fantasía y la credulidad, me parecía maravilloso que se comiesen turrón o cualquier larpeirada en todas las casas que visitaban, por no hablar de las copas que debían calzarse (en la mía no, solamente gaseosa, como he dicho). En la infancia, la verosimilitud es inexistente o supeditada siempre a las necesidades de la narración: la fantasía manda, por supuesto. Y se acomoda con calzador, faltaría más. Cuando, en los días anteriores al seis, yo preguntaba: “¿Pero y si no les da tiempo, y si aquí no llegan? ¡Tienen que ir a muchos sitios!”, con, imagino, ojos inmensos de angustia y preocupación; mi madre siempre respondía, serena y tajante: “No habrá problema. Son magos”. Y aquella respuesta me tranquilizaba quizá solamente un día entero, mientras repasaba la copia de la carta que había escrito esforzadamente, primero a lápiz y luego a boli, teniendo que cumplir el ritual de entregarla en aquel enorme rey mago de madera que tenían en la juguetería Freijido, al final de la calle Real. Recuerdo cómo me picaba la bufanda blanca con pompones, a mi padre llevándome de la mano y alentarme para dejar la carta en el cofre que sostenían aquellos brazos rígidos y extendidos de un rey mentiroso.  Yo, mentalmente, con una horrible falta de empatía, seguía pidiendo la Lesly -hermana de la Nancy a pesar de la conversación – ¡larguísima!- con mi madre que había intentado, sin éxito, quitármela de la cabeza: “Pero si ya está Nancy, para qué Lesly”. Imagino a mi pobre madre haciendo cuentas mentales, sopesando pros y contras de dar un capricho o educar un poco en la frustración, pensando en si me gustaría aquel juego educativo que estaba cuidadosamente escondido en algún recóndito armario.  Leer más…

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