Anchoas y Tigretones

Huevos y castañas

Hubbell y Kattie, huevo y castaña, no necesariamente por ese orden.

Hay muchas cuestiones incomprensibles a las que, por cotidianas, no prestamos ya atención. Es un milagro que se encienda una bombilla, que tenga este cacharro cuasi perfecto que me permite ir escribiendo, estar a la vez conectada con el mundo y envuelta también en una cuidada misantropía. Es un milagro, paradójicamente, que no nos cansemos nunca de que vuelva  la primavera, de que nos pille la lluvia en medio de la calle o que un espejo nos devuelva esa imagen ajena y familiar que somos nosotras mismas. Imaginemos lo que sería mirarnos en ese espejo cotidiano cualquier mañana y,en esa simetría, encontrar una mirada extraña (ojalá un cabello pelirrojo, unos ojos menos miopes, una talla de pantalón más democrática). Esa sorpresa a lo Gregor Samsa nos convertiría en un doppelgänger imposible de aquello que conocimos, una nueva versión de un yo asumido, una extrañeza divertida y a la vez algo aterradora, inquietante; y con la que tendríamos que recorrer el camino de la costumbre. “Eh, esa soy yo ahora, tengo esta cascada de rizos pelirrojos y esta mirada a lo Rossetti, por favor que no se desvanezca, que perdure”. Creo que yo tardaría muy poco tiempo en domesticar esa ilusión y hacerla mía, a enamorarme no de mi reflejo, sino de esa nueva fisonomía que se apropiaría de mi carácter, de mi calendario y de mi DNI. Y emprender casi una nueva vida, qué difícil es la identidad y qué compleja es la imagen de nosotros que nos devuelve.

Yo no sé si esto tiene alguna analogía posible con lo que es enamorarse. Si alguien lo sabe, que me lo explique. No creo que existan millones de formas, quizá exista solo una y todos la hayamos asumido con esa natural y laxa indiferencia con la que vemos salir agua de un grifo o encendemos la televisión y aparece lo repetido, el puro atrezzo.  Es curioso: nos sorprenden los fallos del sistema, pero no  encontramos ninguna gratificación en aquello que es mecánico o automático. No, no haré una analogía con la rutina. Creo que hay una natural evolución en la convivencia, en el paso de ser amantes desbocados a familia, a que los lugares que eran testigo de explosiones de besos y piel revuelta se conviertan en paisaje doméstico. Es algo natural, no le demos más vueltas. Lo que me sigue maravillando es esa atracción difícil entre huevos y castañas, entre lo ácido y lo básico, entre Capuletos y Montescos, entre gente del Barça y del Madrid, de votantes del PP y Podemitas, de calma y tormenta, de beatlemanicos y rollingstonianos, de pijos y gichas. Sí, compro la idea de los polos opuestos, pero hablo del largo recorrido, del, casi siempre agotador, ejercicio de la tolerancia. Y, ay, esto es lo peor de todo: somos a veces tan distintos a la persona en la que nos fijamos que nos la llevamos puesta y tiramos el ticket, la metemos en la lavadora de nuestra vida sin mirar la etiqueta, establecemos una lista previa de cualidades que queremos encajar en ese objeto como si fuese una creación a medida. ¿Cuánto tiene el enamoramiento de intentos de Pigmalión, de ruleta rusa, de tirarse en plancha? ¿Cuántos desteñidos es capaz una de acumular a lo largo de su vida? O, quizá, sea algo más complejo como que la mutua y secreta admiración que late bajo una discrepancia alimenta la pulsión erótica. Que los fachas o los perroflautas pueden ponernos, dependiendo de dónde estemos situadas. Y si no, díganselo a la narradora de Noites de safari, Marleen Malone, en la entrada dedicada a la F y G de su particular diccionario recopilatorio de amantes.

Yo iba a hablar de cosas tan diferentes como la capacidad de reconocer el amor y esconderse por miedo al sufrimiento, de la felicidad en la vida sin pareja, de la última de Gornick y su relato del amor en el que alguien se diluye. Todo eso hoy puede esperar. Porque pensar en huevos y castañas, en ese impulso que empuja hacia un territorio de antípodas, a otro lenguaje y otro planeta. es hablar de Hubbell y de Kattie. Y, qué quieren, mientras todo el país ve el Mundial, mientras lo suyo sería desmarcarse con Una giornata particolare, yo me pondré a ver por millonésima vez The Way we were. Porque el final, ese final frente al Hotel Plaza de Nueva York,  yo sí creo que es feliz y legítimo. En los amores difíciles, ese equilibrio inestable entre contrarios tiene una trayectoria de corto recorrido, ese es el pacto, es efímero y no lo olvidaremos nunca.  En cualquier caso, y a pesar de todo, el mes favorito, como dice un personaje de la película, sigue siendo abril.

Nota: estoy en un momento débil y crítico, por favor, absténganse de decirme que hay un capítulo de “Sexo en NY” que, literalmente, se carga una de las mejores escenas de la historia del cine, con la insufrible Carrie Bradshaw haciéndose la activista guay. Gracias, es que soy muy sensible.

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Curiosidad

Boy, child, chair and house Photo by Teddy Kelley on Unsplash

 

Es posible que la curiosidad no se pueda adquirir y que venga de fábrica. A mí me gustaba tanto de niña destripar algún juguete para ver qué tenía por dentro  como espiar  tras cortinas o árboles. A la decepción de ver el plástico retorcido que estaba dentro de una muñeca ( o la cantidad de tuercas, ruedecitas y alfileres en los ingenios mecánicos de los setenta) seguía el silencio de ir reconociendo esos huecos, esos vacíos, esas piezas alineadas  y esparcidas sobre la alfombra como  claves de algo que aún no sabía en qué podrían consistir. También me gustaba mucho esconderme y comprobar como era el mundo, cualquiera, sin que yo estuviese visible, por el medio, vaya. Recuerdo la primera vez que vi a alguien que yo conocía besarse apasionadamente en un rincón de los Jardines de Méndez Núñez; me pareció terrible porque era a escondidas, y me pareció precioso porque era como en las películas que, todavía, yo no era capaz de seguir argumentalmente.  Pensar en si yo sabría besar  de forma apretada e intensa no era algo que llenase mi cabeza en aquel momento, lo fue después, cuando pensabas en dónde y cómo se harían algunas cosas. Pero sí lo era el sabor agridulce de esa clandestinidad de dos novios que, sin saberlo, habían compartido ese momento con una espectadora atónita  y desconcertada. Ser curiosa era buscar, era intentar entender: qué hay dentro de ese frasco y por qué está tan guardado, qué pondrá en ese libro que mi madre forra con otra cubierta y se cree que yo no me doy cuenta, por qué los cajones tienen una llave y una cerradura. Qué significado hay detrás de ese alfabeto extraño, de esas líneas que recorren el papel, por dónde podrá eso llevarme. Hacia dónde va ese límite que tiende a infinito, qué es eso, de qué me hablas. La aritmética, la lógica y la sintaxis eran territorios en los que una curiosa se siente comensal, puede empezar a jugar, a pensar a dar vueltas a todo.

Hay que alejar a la curiosidad de su carga peyorativa, por mucho que se empeñase la Biblia en asociarla a la mujer de Lot y a su falta de palabra.En realidad, la pobre mujer que huía de Sodoma era una nostálgica que lo que necesitaba era saber qué dejaba atrás para entender su futuro. Edith, que creo que ese era su nombre, era una desobediente, otra palabra con carga negativa (como los electrones que rodean al núcleo) y lo era por necesidad de saber, por  curiosidad. Necesidad de saltarse una norma machirula y decidir que miro lo que me da la gana, no te fastidia. Como deberían hacer la mayoría de las mujeres y niñas que sienten esa necesidad de explorar, de averiguar, de estudiar y conocer. Es muy legítimo y necesario reinvindicar el papel de la mujer en la ciencia, la invisibilidad a la que se vio abocada durante muchos, muchísimos años. Pero el peligro ahora es volver a caer en esa aristocracia de las ciencias frente a las letras : a mí me interesa muchísimo más la antropología y la lingüística que la biología o el dibujo técnico, cosas de la vida, pero nunca he dejado de leer sobre lo que me fascina de la física y adoro la divulgación científica. Esa nueva dicotomía, esa falsa aristocracia, evidencia además algo muy absurdo: primero, que prioricemos siempre unos conceptos sobre otros y segundo, la carencia de entender el aprendizaje como una formación humanística.  Ese maniqueísmo del que hablo hace que ya conozca  alguna cría de buen expediente y mejor cabeza que no se atreve a manifestar en público que quiere estudiar Filología Hispánica por temor a la carcajada general, cuando sí conozco a mucha indolente (jaleada por sus padres) que “ya estudiaré esos tochos para setiembre porque ya aprobé lo importante” (sustituyan la palabra importante por la Ivy League de asignaturas de la ESO).  Es lastimoso, desde luego, que después de tantos, tantísimos años, la educación que reciben siga siendo tan rígida como para no poder maridar poesía y física, literatura y matemática y, sobre todo, que hemos vuelto a la idea de que no son disciplinas que conviven. Más que maridar: no hay que priorizar y, sobre todo, no hay que establecer el axioma de”estudiar para el futuro”. Pues no: estudia para el presente y para lo que te haga feliz. Las oportunidades laborales son siempre una forma veladamente disfrazada de capitalismo perverso y nunca sabe una dónde y cómo va a terminar trabajando. Estudiar para la felicidad, ser feliz estudiando es la clave. Cuando discuto sobre esto y hablo del tránsito de STEM a STEAM, la gente me mira como a una pirada. Y no creo que la curiosidad de la que comencé hablando tenga un color determinado: las artes también se entienden, se estudian y se comprenden, eso sí, en un marco educativo interdisciplinar. Yo, que soy filóloga, soy una apasionada de todo lo que tenga que ver con pantallas y sus lenguajes y romperme la cabeza intentando entender un programa determinado me flipa. ¿Soy un caso raro? (quizá no sea bueno que contestéis a eso).

Yo, cada vez que leo cosas como “Las chicas son de ciencias” me dan ganas de contestar “que sean de lo que les dé la gana”. Y, sobre todo, más que ser de algo: que estén. Eso sí es lo necesario.

Qué estoy leyendo.

Acabo de terminar El café sobre el volcán. una crónica del Berlín de entreguerras 1922-1933 de Fernando Uzcanga Meinecke y editado por Libros del KO (me compraría TODO el catálogo de esta editorial). Qué voy a decir: LIBRAZO. Extraordinariamente bien escrito, tomando como centro de referencia el café Romanische berlinés,  pero haciendo un recorrido por las circunstancias sociales, políticas y culturales alrededor de la república de Weimar y el ascenso del nazismo. Y a esta señora, que se hable del cabaret político, de actores y actrices conviviendo con pintores, cineastas y escritoras, la enloquece.

Ahora estoy de nuevo con Gornick y me esperan una pila de cosas para el verano que no me acaba de llegar.

Qué he visto: Tenéis en Filmin dos documentales muy diferentes pero muy recomendables incluidos en la colección del Orgullo:  Trans y Samantha Hudson

Qué escucho: Buscad en Spotify la lista que han hecho mis amigas de The Office Comunicación y no os arrepentiréis 🙂

My hands are of your colour but I shame…

Foto de Randall Honor en Unsplash.

Un palimpsesto es un lienzo que podemos reaprovechar. Un palimpsesto es una reescritura, un recuerdo de algo que estuvo antes y que sirve para una elaboración posterior. Acaba de morirse Genette, nadie se ha acordado en la prensa española. Recuerdo cómo me cambió la perspectiva de lo que yo entendía por lectura, por la historia de mi propia lectura. Habla Genette en Palimpsestes de la intertextualidad y de esa idea de cómo la literatura se superpone, (palimpsesto) de cómo unos textos llaman a otros, de la relación, de ese hilo inevitable (tan poco invisible a veces) que los va atando sin querer. No hablaré hoy de lo que alguna vez se ha entendido por apropiación retorciendo el concepto de intertextualidad, pero, para no dar la paliza de teórica de la literatura,digamos, por esta vez y sin hacer muchas más concesiones, que esa línea de unión es una permanente serendipia lectora, una teoría de cuerdas, una conexión universal. Digamos, poniéndonos ya estupendas y algo locas, que no existiría la obra plena sino un intercambio de pareceres escritores, un vago diálogo ausente (hola, Umberto Eco, qué tal), una reformulación, una mezcla variada y mestiza. Vale, me he pasado, pero es para captar la idea de lo que viene a continuación.

Hay muchos tipos de lectoras y no vamos a derivar por los caminos de la teoría aquí. Me refiero a que hay quien lee una obra como una entidad sólida y autosuficiente, completamente autónoma; no se para a oír las voces que hay dentro. ¿De qué hablo? De esa especie de hilván o de zapeo que te lleva de un texto a otro, a apuntar y destacar las referencias que abren pequeños spin-off dentro de la misma novela, secuelas y anticipos del texto que tienes entre manos o en pantalla.  Quizá alguien piense que esta es una mala lectura, la que distrae, la que completa, la que te hace pararte e ir a la estantería o buscar en catálogos de biblioteca la referencia para ver si puedes llevárte el libro a casa cuanto antes y saciar esa curiosidad; o bucear en Google alguna cita literal, lo que inevitablemente te lleva a páginas de compra online que desechas, pero que te hacen llegar a tu objetivo.

Veamos, por ejemplo. Una señora- servidúar- lee Corre, rocker de Sabino Méndez (la edición antigua, de Espasa), una genialidad absoluta que me descubre a un narrador sincero y mordaz, extraordinariamente sensible y culto, que salpica un relato fragmentario- tanto de autobiografía, tanto de crónica, tanto de purga personal- de referencias exquisitas, de reflexiones amargas y sagaces, de juegos y guiños literarios que a mí me entusiasman. Dice el narrador en un momento:

Hace tiempo que dejaste de ser yo. Eres un contorno, el héroe de cualquier capítulo primero; y, sin embargo, cuánto tiempo creímos que no había ningún alto en el camino, desde el húmedo valle hasta el páramo alpino. Estas dos últimas frases no son mías, ni lo es su bella traducción. Son de Sirin. Pero Sirin no es Sirin. Encuentre nuestro lector ocioso la figura escondida, esa mancha, esa sombra. Cuán gratuitos, estúpidos y hermosos son los pasatiempos.

Pues claro: es Nabokov, en traducción de Javier Marías. Javier Marías, escritor exquisito y al que querría invitar alguna vez a una copa de Soberano para rebajar quizá la solemnidad del momento. Javier Marías, que tiene los más shakesperianos y hermosos títulos de la literatura española y que da rienda suelta a su mordacidad y británica circunspección -sigue siendo exquisito incluso cuando no estoy de acuerdo, muy a menudo- en sus artículos, que leo con mayor voracidad de la que me gustaría reconocer. Durante mucho tiempo, esa cita semanal de su columna era una invitación a un mundo bibliófilo y elevado, no exento de una cuidada misantropía que hoy creo que es machirulismo antiguo y de su época; en aquel momento me parecía supercool. A Marías lo he visto hace nada en la Feria del Libro de Madrid, augusto y ausente, qué tío, de verdad. Pero lo que envidio profundamente de él es su derroche en la traducción (gracias, traductores y traductoras: nunca agradeceré de forma suficiente cómo llegué gracias a vosotros a esos territorios imposibles en los que fui feliz) , de Tristram Shandy a los poemas de, claro, Nabokov. Y, sí, quizá como dice Méndez en ese párrafo, los pasatiempos son bellos y fascinantes precisamente porque no sirven para nada, por su gratuidad, por la tonta y enorme gratificación que nos provoca el resolverlos. Algo parecido a esa sensación que tengo ahora, leyendo de nuevo ese fragmento y pensando en ese hilo que yo lanzo entre Marías, Nabokov y Cervantes. Sí: aquel libro (lo he perdido en la última mudanza, creo) donde se recogen los materiales, las lecciones de un curso que dio Nabokov sobre El Quijote en la Universidad de Harvard, allá por los años cincuenta (como diría mi madre, ayer fue la víspera). Seguimos tejiendo: ese vínculo con destino final Cervantes me lleva a una de mis últimas lecturas, Grandes éxitos de Antonio Orejudo, un viaje de imposturas variadas hacia la propia literatura y las literaturas de los otros, algo tan cervantino como la propia estructura y ánimo de la novela ¿? de Orejudo. Y si seguimos con el sintagma “de los otros”, me acuerdo de aquel librito que pasó tan desapercibido en España y del que Zadie Smith fue editora y que se llamaba precisamente así: El libro de los otros. La autora se hacía editora y recogía distintas piezas, contribuciones de sus llamados compañeros y compañeras de viaje (había hasta algo de Posy  Simmonds, creo recordar). Y, ya cerrando, y por seguir con libros y cosas de los demás, tengo una traducción de e e cummings escrita en un folio, pinchada en un corcho que tengo en el pasillo de casa, rodeada de caritas felices de amigos en tantos sitios. Pues bien: esta traducción al gallego, hecha por María do Cebreiro, es del poema “somewhere I have never travelled”. Sí: es el poema que se menciona en la escena de la librería de Hannah y sus hermanas. Cuando se estrenó esta película (cuando descubrí a cummings ) pensaba que el amor tendría que escribirse con una caligrafía pequeña y apretada, con una mano dulce y muy firme, que no pudiese tampoco compararse al tamaño de la lluvia. Y esas manos pequeñas nos llevan, queridas, al título del post, que es también algo shakesperiano y tibio, muy de Pilatos y bastante de tirar la piedra y esconder la mano.

Es verdad, qué hermosa inutilidad son los pasatiempos. Casi como la escritura, como dotarse de máscaras para escribir y luego lanzarlas bajo la cama a descansar hasta el Carnaval siguiente. La verdad, como decían los Enemigos, a mí me sobra Carnaval.

Notas:

Me he atado de pies y manos para no derivar por la relación entre el Shandy del título de Sterne al concepto de shandy que maneja Vila Matas en Historia abreviada de la literatura portátil y que recoge de nuevo Sabino Méndez en su libro. También me he amordazado para no hablar de Paterson y el boom de la poesía de William Carlos Williams, eso también es divertido. Cosas que se quedan en el tintero, casi siempre las mejores.

 

 

Brooklyn (2008-2018)

Photo by Yonghyun Lee on Unsplash

A Virginia y Amparo , que me acogieron en Brooklyn. Para Fernando Plata, que me escuchó por teléfono, llorando desde la Columbia University. A Carlos, que me encargó palomitas y se las llevé.
Y a Pedro, que escuchó mi recomendación sobre la película y le gustó mucho.

Otra nota en el cuaderno Moleskine:

No fue difícil. La oferta, hecha de modo informal, en un correo electrónico, hablaba de “sitio en casa”, “ven cuando quieras”, “nos encantaría tenerte aquí este verano”. Y las siguientes veinticuatro horas fueron una vorágine de billetes, dólares, cambio de vacaciones, alguna que otra explicación poco convincente, maletas y pasaporte. Y lo que tenía toda la pinta de convertirse en el peor verano de su vida- qué incompleta era entonces su experiencia en veranos de tristeza,en veranos inacabables – se convirtió en el verano de Brooklyn, un mes de julio de improvisación y decisiones, un mes que la convirtió en una mujer inesperada.

Qué caprichosa es la jodida memoria, cómo se enfrenta a la experiencia y transforma lo vivido en un relato a medida, de encargo. Es verdad que otras veces es “esa fuente de dolor”, pero, en la mayor parte de los casos, es una fotografía retocada y qué más da. ¿Es lo vivido o aquello que hemos registrado lo que interesa? Quizá eso sea ya otro asunto y voy a cambiar a la primera persona, qué rigores tiene la autobiografía incluso cuando es ficticia. Vamos allá:  puedo recordar lo que leí en el avión, la tormenta  un domingo en Coney Island, las risas en la Public Library of New York cuando me caí a rolos en la escalinata de entrada, aquel concierto en la calle, Jackson Pollock en el MOMA, la pizza de noche en una terraza con velas, todas son imágenes de gran encuadre. Lo cinematográfico te asalta en muchos lugares de NY, te lo encuentras a lo grande en Manhattan. Pero claro que hay más. En Brooklyn son otras imágenes, quizá de encuadre más corto. El Brooklyn de 2008 eran más tiendas de barrio, más imágenes de escaleras que llevan a portales de edificios con amplias ventanas, de calles flanqueadas de árboles donde la gente se para a hablar y a mirar, de bicis y de ruido de monopatín sobre el asfalto. Es también el lugar que te atrae porque aún tiene algo algo de aldea y de margen, de periferia amable, de lentitud. Aunque, ya en ese Brooklyn de 2008, te cruzabas con chicos artistas de look lánguido y chicas con estudiado desaliño, donde empezaba a ser todo un rollo muy Lena Dunham (a la que yo aún no conocía) y un leve, digamos, “pijerío desarraigado”.  Ya había también algo más de sofisticación enredándose en el cogollo del barrio, parecía que empezaba a cambiar algo, a convertirse en un caramelo para el futuro de algunos.

Veo la fantástica Verano en Brooklyn   y aquel ya lejano mes de julio de 2008 vuelve de nuevo a mi cabeza. Además de la dulce tiranía de la primera amistad- el título original es Little Men-, de las desilusiones y reajustes que conllevan los cambios de rumbo (el crecer, las razones de las cosas que los adultos ya no saben explicarte y no te convencen), me hace pensar mucho en la vocación y el talento, esas dos buenas versiones de la creatividad que no necesariamente van unidas y que desencadenan el eterno desafío sobre cómo gestionarlas  (¿cojo este trabajo de mierda porque, a fin de cuentas, es un curro y me olvido de mis escrituras o mis cuadros con los que no me como un colín aunque sean parte de mí? ¿Es más relevante pagar las facturas o malvivir dignamente como un artista tísico del XIX,bebiendo sorbos de dignidad como único alimento?) . Madurar es un acto inevitablemente complicado, justificar la cobardía o la codicia ante determinadas decisiones es un ejercicio de honestidad personal, de creación de relato propio. Y todo esto está aquí, en esta pequeña película dirigida por Ira Sachs y con Greg Kinnear como ese hombre gris que tiene que resolver y dudar a la vez. Pero, sobre todo, Verano en Brooklyn es una buena reflexión sobre  la piel de las ciudades, sobre los cambios- obligados cambios a veces- en la pérdida de carácter propio de los barrios  y en la deriva hacia algo mucho más caníbal y más uniforme, también más excluyente, llamado gentrificación. Si me leéis alguna vez, si pasáis por aquí,  diréis que estoy un poquito plasta con el tema, pero es que lo veo todos los días desde mi ventana, desde mi portal, en mi barrio. Me gustaría volver un verano a Brooklyn y comprobar si la identidad ha mudado de piel o todavía no, si ya es el fin de algo inevitable.

Es curioso: mientras hilvanaba los recuerdos de ese sofocante y definitivo verano de 2008 me ha venido, de forma muy vaga, como un acontecimiento ajeno del que yo soy solamente cronista, el texto de algún sms que recibí en aquel momento,llegado de otro lado del océano. Y es extraño porque, en esos bucles que suceden a veces, diez años después y con la tecnología del 2018, me sorprendo acechando de vez en cuando la pantalla de mi teléfono, esperando una invitación a que un final- otro final más reciente,un punto y aparte, al menos- no sea tan abrupto, tan áspero. Un mensaje que limase algo de la melancolía dulce que se me queda dentro cuando miro por la ventana en un barrio que cambia día a día. Qué pena que no estés esperando en el portal para contártelo.

Leo, leo: Me estoy dosificando la última de Orejudo Grandes éxitos porque sé que tendré que emborronar mucho sobre esa ¿novela? Entrar y salir de la ficción, esconderse o no en un laberinto de espejos,  explayarse sobre Cervantes y la intención del autor es darme a mí en el palo del gusto. Pues sí, poco a poco.

Escucho: Hola, me llamo Lorena Gómez y me gusta el nuevo de los Arctic Monkeys, ponedme a parir y desheredadme. Me chifla.

 

 

Únicas

Girl with a doll. No tiene créditos o no aparecen, la tomé del tablero de Pinterest “Niños vintage” de Carrie Neyman. Pincha en la foto para original.

Dice el diccionario de la RAE que lo único es aquello excelente, que no tiene compañía en su especie. La acepción tercera del adjetivo habla por fin de los “hijos únicos” como aquellos que no tienen hermanos, que conforman una unidad familiar con los padres. Y nada más.

Ser hija única no es un acto voluntario. Lo es, puede serlo, tener una hija única. A finales de los sesenta ser una familia de tres, algo muy común hoy en día, era una marcianada envidiada y temida a partes iguales. Exceso de atención, monopolio de cariños a veces de forma insana y ser  escudriñada con la curiosidad algo malsana del entomólogo: qué espécimen más raro y precioso, te coloco en el centro de todo, te observaré pero eres también el proyecto de un trofeo personal, ojo y compórtate, mis expectativas están en ti depositadas( ya he escrito sobre Apegos feroces, por favor, no me tiréis más de la lengua que me pierdo) 🙂  Y todo lo que venía aparejado:  porque sí, la hija única iba a ser siempre egoísta, caprichosa, llorona. Un poco chapona, repelente y coñazo. Y la palabra más odiosa del planeta: mimada. Poco dada a compartir, poco bregada en esa convivencia algo salvaje de hermanos que se educan unos a otros, que buscan su sitio en el sofá familiar, que agradecen pasar algo desapercibidos. Que te apoyan, te ignoran o boicotean.  Crecer sin hermanos o hermanas es perderte algunas batallas necesarias y gestionadas a la medida de la edad en la que se libran:  cumplen el papel de recordarte que necesitas reivindicar tu excepcionalidad pero no eres #losupermás , que tienes- aunque no lo sepas aún- carne de tu carne  a escala y ya por el mundo, un vínculo añadido, te centran, te apoyan, te odian de juguete. Te acompañan. Están ahí, puedes tomarlo o dejarlo, pero existe.  Mis padres venían ambos de familias numerosas, no sabían realmente cómo podría ser y sentir una niña única en un universo que ellos también desconocían. Cómo se relacionaría con amigos, en el colegio, en el mundo real de crecer a pares. Tan lejana de ellos en años y en tantas otras cosas, tan colmada de amor y tan visible.

Yo creo que las hijas únicas, o al menos la hija única que escribe esto, conseguimos, o intentamos al menos,  articular ese crecer sin referentes a nuestra escala como un pequeño acto de construcción, de independencia. Podías salir más o menos complaciente, respondona, más o menos teatrera o salvaje, pero te desmarcabas un poco al crecer con otro concepto de espacio propio, no te lo currabas, venía de serie. Es cierto que extrapolabas algunas batallas destinadas a hermanas a tu madre, que aprendías el ejercicio de abrir paso a golpe de portazo y castigo, a cuestionar sabiendo que todos los marrones te los ibas a comer tú.  A tirarse en plancha a la rebeldía sin refrendo y sin red, sin apoyos, a lo puto loco. También a aprender el valor del silencio, de la necesidad de soledad que te acompañará toda la vida, del valor de lo conseguido siendo solamente una jugadora de ruleta.  Luego llega la edad adulta y con ella el mundo de los cuidados de verdad a aquellos que tanto te cuidaron y, efectivamente, ahí estás tú sola. Y conviene respirar. Mucho, además.

Todo esto viene a colación porque ayer alguien me hablaba del ser hija única como un acto trágico, como una relación distante y compleja con los padres, una distancia que podría terminar como un rechazo. Ese riesgo existe, es verdad.  Acababa de ver a una niña sola en su bicicleta dando vueltas por una pequeña plaza, los padres observaban, la llamaron para irse. La niña no solamente no quería sino que gritaba :”¡A casa, no!”, con llantina y aspavientos. Prescindiendo del hecho de que podríamos imaginarnos todo el gore que nos dé la gana, hay algo en efecto, de trágico, de tristeza dominical y de siesta en ese festivo en soledad con los padres, en esa imposible infancia-adulta que puede llegar a tener la convivencia con generaciones distantes.  Un sábado alargado e infinito, una tarde que lleva melancolía de la mano, que generará posiblemente niños lectores o desganados. Niñas y niños a los que necesito dulcificar su historia, darle un sentido más prosaico y menos dramático, imaginarles un futuro lleno de acompañamientos, de bullicio, incluso de falta de espacio personal, aunque no sea lo que ellos quieran, aunque no lleguen a ser tan misántropos o tan necesitados de silencios puntuales: aquellos que necesitas cuando tú sí has tenido mucho espacio. Porque, qué duda cabe, la realidad no es más que una de las capas de nuestra propia ficción; aquella de la que nos apropiamos, la que podemos colonizar de un modo más o menos estable. O si no, que esas niñas solitarias se abran un blog y empiecen a contarnos cómo es crecer de ese modo. Con un par, ya te digo.

Siempre podrán escribir en domingo por la tarde.

 

 

Notas: 

Único: en masculino en el Diccionario de la RAE, qué le vamos a hacer. La RAE sigue defendiendo la dicotomía entre término marcado y no marcado, las cositas del lenguaje inclusivo y la paridad le dan como resquemor y no permite búsquedas en femenino. Como no me apetece tomar copas de Soberano para ponerme a la altura de la RAE, pues lo dejamos ahí.

He escrito muchos posts sobre hijos. Si queréis seguirlos, basta con teclearlo como palabra clave en la caja de búsqueda.

Música: En bucle, el disco en directo de Coque Malla, Irrepetible, porque nos gusta y porque nos divierte. También escucho a Spacemen 3 y a Yo La Tengo, cosas de la edad y de las buenas recomendaciones. Thanks!

Leo, leo: Acabo de terminar Deixe a sua mensaxe despois do sinal, de Arantza Portabales editado en Galaxia y sobre el que espero escribir algo. Magnífica, recomendable, estupenda novela.

Releyendo a Perec  y comenzando ya El domingo de las madres de Graham Swift, editado en Anagrama y traducido por Jesús Zulaika (comprado en la Feria del Libro de Coruña de 2017, ya me vale).

Os recomiendo en Filmin Sin amor, Verano en Brooklyn y La condesa (aquí Julie Delpy da mucho miedo).

 

 

 

Territorios

Map with colorful pins –>Photo by delfi de la Rua on Unsplash

 

No soy nada original si confieso mi pasión por la cartografía, por los mapas, por los dibujos de territorios que son más un estímulo de la imaginación que una realidad . En diciembre estuve en una exposición de la Biblioteca Nacional titulada Cartografías de lo desconocido, una recopilación de los modos de recrear aquello que se desconocía o se inventaba; de Jauja de las Indias Orientales, de los Mares del Sur y la orgía capilar de los monstruos marinos, cancerberos de algún que otro plus ultra. Recorro las salas plagadas también de citas sobre esa necesidad de orientar la imaginación, de delinear la desconocida entidad de un lugar en el mundo. Me dicen que los mapas son testigos escurridizos y es cierto. La idea que tenemos de exotismo, de lejanía y extrañeza viene de los mapas, son ellos los que determinan- guiados por nosotros- esas pautas de propio y ajeno en el territorio, consolándonos ante aquello que aún no conocemos, subrayando nuestra vinculación con otro lugar. Los mapas también anticipan la nostalgia, esa idea que recorro a menudo : ¿es la nostalgia un estado previo a cualquier suceso o una consecuencia del suceso en sí, de lo vivido? Ojalá tuviese una única respuesta, aunque creo que el sentimiento existe y, posteriormente, lo vamos acomodando a lo que nos sucede. Sobre ese spleen, sobre esa añoranza permanente, escribo algo más largo, y como solemos decir por aquí, esa será otra historia.

De niña creé algunos mapas ficticios. Recuerdo haber querido vivir en el paisaje de las cajas de lápices Alpino, con ese ciervo gigante y ese surreal lápiz en medio. Yo, niña sin aldea, vivía rodeada de inacabables relatos de fin de semana y vacaciones de muchos amigos que, sí, tenían aldea. La aldea, para los que vivíamos en ciudad, era un territorio tan mágico como idealizado, con sus ríos y falta de horarios, con sus juegos eternos, con su pan de verdad y sus animales que no eran mascotas. De esas idealizaciones tan perfectas venían después las decepciones terribles. Recuerdo pasar  por el pueblo castellano de una monja que me dio clase en las Jesuitinas. Su relato era el relato de la juventud, de los paseos con amigas, de- como decía ella- “la llamada” (lo siento, Javis, no fuisteis los primeros). Yo vi un perro solitario vagando entre adoquines, nada más. No tenia el pulso de su historia, el hilo creado por la vida y la ausencia, los luminosos días de mayo, el heno en verano, nada. Un perro y soledad. Me acordé también de aquella amiga uruguaya que me contó lo difícil que le había resultado contener la decepción  cuando vio por primera vez el pueblo de su padre. Criada en la perpetua añoranza de España, alimentada por un grupo de exiliados, el paraíso perdido era también un lugar a reivindicar,  a construir en la memoria de aquellos que no podían ni esbozar la añoranza. Luego, claro, la realidad era otra; especialmente cuando venías de la muy cosmopolita Montevideo, cuando los relatos familiares comienzan a ser patrimonio personal (ajeno en tanto, ay, en tanto) y más materia narrativa que historia.

La nostalgia ha de ser domesticada si no queremos modificar el encuadre del pasado, qué difícil y qué poco narrativo lo que acabo de decir. Otra cosa es asistir al derrumbe, a los cambios salvajes que aguardan en cada esquina y del modo más inesperado. Cuando, por ejemplo, tu barrio ya no es tu barrio, cuando tu casa va a dejar de ser tu casa : cuando tu entorno va a dibujarse de un modo en el que no solo no reconocerás el trazo, tampoco los límites ni los colores. No solamente el tiempo nos deja un poso de tristeza, las sacudidas vitales  que no controlamos vienen siempre con su equipaje de rabia y perplejidad. Hubo quien dijo que si en tu barrio comienzan a proliferar al mismo tiempo las barberías, las bicicletas y las tiendas de delicatessen, jódete, puedes darte por gentrificado. Y por expulsado también, especialmente si vives de alquiler. Ahora que comienzo a ver ese horizonte cerca de mi portal, yo sí empezaré a diseñar mi mapa imaginario. Uno en el que no entren cierto tipo  de estrategias, de intereses, en los que pueda alargar más y más esta memoria que construyo para mí y mis propios yos futuros. Con lápices Alpino o no, el caso será dejar las fronteras borrosas, las líneas difusas; “todo lo fugitivo permanece y dura” 😉

Recomendaciones: Sobre los cambios radicales e inesperados en el entorno, sobre la resiliencia, es hermosísimo el documental N-VI . Llegué a él por una recomendación en el último Carballo Interplay. Está dirigida por Pela del Álamo y la podéis ver en Filmin.

Muchas me preguntáis por lo que leo mientras ando por aquí. Ahora estoy releyendo a Thomas Bernhard y lo comparto con la última novela de Agustín Fernández Mallo, Trilogía de la guerra. No me matéis, pero no conseguí terminar Ordesa. De todas formas, yo creo que ya está bien de la mitología que rodea a libros y lectoras; a que la gente recomiende y deje de recomendar,  nos estamos poniendo pelín coñazo.Ya lo decía Celia Cruz: “no hay cama pa tanta gente”. Leed y ved mucha mierda también, es fundamental. Telebasura, revistas del corazón, haceos un John Waters. Por vuestro bien: si no hay límites, nada hay que nos estimule.

Música: El tema del momento de novedoso tiene poco. Lo llevo escuchando en bucle porque tengo una semana de celebraciones muy intensa. Y tiene que ser ella, of course, tan rubia, aristocrática, bellísima.

 

 

Abril de 1966

Nate Fisher explica, desde muy lejos ya, la traición de la fotografía.

 

 

Yo tenía  la idea de escribir un post sobre un 11 de abril de 1966. Yo tengo la idea desde hace tiempo de escribir sobre todo aquello que es parte de mí y que yo no he vivido, de todo aquello que ha sido un punto de partida desconocido, unas vidas lejanas  que han tenido la desfachatez de existir sin que yo las conociese. Yo nací a las tres de la tarde de un día de febrero de 1967, ahí empieza una historia, la mía, de la que soy dueña solamente en parte. Porque, ya lo he contado, todo comienza mucho antes, cuando un 11 de abril de 1966 una joven mira ilusionada a la cámara, con gran sonrisa, velo y traje blancos satinados.  Esa fotografía me devuelve el momento desconocido en el que una desconocida sonríe sin saber que yo llegaré al año siguiente, sin saber que me pelearé mucho con ella y que  me equivocaré en tantas cosas, acertando y siendo terriblemente terca en otras. Mi madre es esa mujer de la foto- ¡bellísima!-que sonríe, joven e ilusionada, envuelta en un blanco que destaca aún más sus ojos castaños. Ella  no sabe que yo tendré ojos azules y que lloraré por caerme de los patines, porque me he visto sola en aeropuertos, porque me romperán el corazón y me iré de casa muy pronto, casi niña, altiva y con la desvergüenza de la juventud sin equipajes. Tampoco sabe que le cogeré la mano el último día de su vida, ni que me echarán del comedor del colegio por tirar un filete por la ventana. Ni que escribiré, deseando ( o no)  todo lo que guardo llegue a algún lugar algún día. Ella no lo sabe, yo tampoco sé nada de cómo ha llegado hasta aquí, cuáles eran sus expectativas ante una familia nueva y por estrenar, si esperaba que yo fuese Diego con más alegría de la que soy  Lorena. Reconstruimos, coleccionamos anecdotario siempre más tarde, pero ¿quién eras tú ese día? ¿cómo abrochaste todos esos botoncitos que lucen en tu traje, qué pensamientos iban y venían de ti esa mañana en que salías ya de tu casa para siempre?

Leo el libro de Vilas, Ordesa, y me sobrecogen algunos párrafos, disparos directos a ese pasado de los padres que los hijos desconocemos. Padres que, jóvenes, miran a la cámara con chulería, con humildad, con timidez o desafío. Vestidos de domingo, con amigos anónimos ; chicas que van del brazo, reidoras, en pandillas por lugares por los que yo también pasearé años después, casi mil años después.  ¿Qué puedo saber de esos momentos, de esas horas previas y posteriores; qué sé yo de la espuma de los días hace más de sesenta años para una chica de provincias, para un hombre de provincias? ¿Qué sé  de mis muertos?  Nada, igual que Vilas, por mucho que se empeñe. No sabemos nada. Solamente conozco aquello en lo que yo intervine de algún modo. Podría reconstruir clas rarezas del lenguaje doméstico, las piezas del puzzle de la historia de una familia como tantas. Y es curioso; andamos muchas de mi generación en este ejercicio de volver a la casa familiar y respirar de nuevo todo lo que en un momento nos asfixió. No sabemos cómo será la orfandad en la edad adulta hasta que nos toca. Y no es una cuestión solamente de dolor; lo sorprendente es cómo dinamita todo lo que está alrededor del pasado desconocido.

Yo había empezado algo que prometía ser largo pero que, quizá, se quede en un cuaderno con notas. Me toca ahora saber si quiero que todo el hilo que emana de una fotografía del mes de abril de 1966, de un día concreto de ese año, sea un relato que pueda ser distinto a ese ejercicio de reconstrucción colectiva del que antes hablaba. No somos conscientes de aquello que vivimos porque no podemos registrarlo con precisión de entomólogo;  es la maldición del presente, solamente entendemos algo cuando ya es pasado y nada, absolutamente nada, es reparable. No podemos capturar nada en una foto porque todo se ha marchado después de hacer click: ya es otro momento, es otro lugar, es otra forma borrosa de nostalgia.De por qué queremos recuperarla, creo que habla también  algo de la mala conciencia de hijas, del desapego feroz o no, de cosas que tienen poco que ver con la arqueología y más con la necesidad de comprendernos. Un ejercicio que, en el fondo, no deja de estar traspasado por el egoísmo.

Nunca sabremos quienes fueron. Pero sí las que fuimos cuando nos tocó tenerlos cerca, aunque eso, y me jode decirlo, sea casi una forma de expiación.

Ya escribí algo sobre las fotografías, Barthes y un momento difícil de la vida en este post: Barthesiana Y, por supuesto, el ensayo de  don Roland, La cámara lúcida

Lectura: Ordesa, de Manuel Vilas. Y también ahora, por dos recomendaciones: Por favor, mátame: Una historia oral del punk de McNeil&McCain  y Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka. Todas ellas en su biblioteca o librería favoritas.

Música: Ahora la playlist de Tiempos de swing, que han creado los de Salamandra cuando se lanzó la novela homónima de Zadie Smith y que todavía, ay, no me he leído. Bueno, en la playlist van desde Ella Fitzgerald a Fred Astaire pasando por Madonna o Michael Jackson. La podéis encontrar en Spotify.

Señoras que pasman (viendo la vida pasar)

Sin título, voy yo y le pongo uno: “Señora que pasma viendo la vida pasar” https://unsplash.com/@tinaflour

Para Alejandra, a la que le gusta pasmar.

 

Algunos viajes despiertan en ti el espíritu de El turista accidental. Estancias brevísimas, de maleta sin facturar y con cosmética de bolsillo o de muestra de perfumería, ese ir y no ir, un soplo de avión y de tiempo escaso en otro entorno. La maleta merece siempre un capítulo aparte en cada salida de casa: ¿soy yo la única que, pese a consultar tanto la predicción metereológica, siempre lleva de más o de menos, olvida lo fundamental y ya desde el primer día añora aquel jersey que quedó en el armario, sufre por la ausencia de aquellos calcetines que no traje con lo bien que me irían con esta camisa, o me acuso de perder el sentido del color al deshacer la maleta en mi nuevo territorio?  La maleta me incomoda, de verdad que no sé nunca qué llevarme y qué dejar, y no hablemos de esa dificultad añadida de qué zapatos son recomendables para un aeropuerto o no. Vayas a donde vayas, tienes que pasar por ese desnudo impuesto e inconcluso, ese soft porno regulero que es casi de débito conyugal: quitarse el reloj, los pendientes, el cinturón y depositarlos de forma ordenada en un lugar determinado es lo más parecido a los preliminares de un polvo semanal, de bodas de plata, casi obligado y de precepto. ¿Para cuándo la música en ese striptís (me chifla escribir y decir striptís, es maravilloso)? ¿Por qué Spotify no me propone una lista de temazos que vayan desde lo intimista y sensual hasta lo descaradamente trash; por qué no se propone coreografía conjunta en las agencias de viajes, en los mayoristas, en los anuncios de airbnb, en los Skyscanners? Para mí sería más rentable aprender un baile para ese momento que el ofrecimiento de un über en una ciudad europea, más que los regalos de propaganda que adoro y que no sirven para nada, más que cualquier accesorio de bolsillo absurdo,denme un baile de aeropuerto, por favor.

Pero no, no voy a hablar de mis veleidades cabareteras. Quizá siempre que me voy de viaje escribo sobre lo mismo, con la imagen prefabricada del destino que nunca coincide,pero hoy sobre todo escribo más que nada porque quiero dejar un testimonio previo de lo que imagino y contrastarlo con lo que encontraré en realidad. Quiero un post como un trampantojo, quiero un post cápsula del tiempo, quiero un marcapáginas de esa nostalgia anticipada que son los viajes cortos y europeos. Yo viajo y casi no miro ni mapas, me dejo llevar por las ciudades. Porque sí, una es una señora heredera del espíritu del “Grand Tour” y le va la rancia Europa para escaparse, para reposar la mirada, a pesar de que los viajeros no existan ya y hayan sido sustituidos por los turistas. Huyendo de todo eso, quiero un paseo sin marcas en guía turística, en el que pueda perderme cosas a propósito, en el que abrace la nostalgia de mi casa respirando ese aire ajeno y extraño que deberían vender embotellado para aspirar con deleite en épocas de poco salir y de poco mirar. Sería una gran cura, una gran promesa de que todo es cíclico, comenzando por las ganas de perderse.  De perderse y, sobre todo, de observar la vida en una mesa de café, en una silla literaria y gastada, a través de unos cristales lluviosos o a los que yo coloco bruma porque me da la gana, que para eso es mi fantasía, nos han jodío. Y pasmar. Pasmar para poder fabular a gusto, para atrapar a todos los transeúntes que desaparecen de tu vida en un instante, a los que inventas hasta árbol genealógico y  a los que deseas toda la suerte del mundo, todos los happy ends posibles. El viejo militar (me da la gana que sea militar, qué pasa) que me miraba fijamente en el metro de Moscú, con una guerrera llena de medallas y sandalias, cosa más kitsch imposible. La elegante pareja de octogenarios, ella con un abrigo rojo que aventaba la grisura del día; él con una elegante gorra de gentleman mirando con lentitud el escaparate de una librería en York. La madre y el hijo que reían sin parar en un supermercado romano, el niño empeñado en unas piruletas, la madre devolvíendolas con paciencia infinita a la estantería. La pandilla a mi lado en una terraza de Ferrara que ponían a parir al marido de otra amiga, qué bien me lo pasé escuchando, cómo espabilé mi italiano ese día. ¿Qué harían al volver a casa, dónde les esperaría la muerte o la tristeza, qué más alegrías vendrían a partir de ahí?

Pasmar es un descanso para la memoria, es crear una ficción a medida y también apartarla si lo deseas. Es tuya, es pasmar. Es bueno pasmar para dar valor a lo que te rodea: tu vida se inserta en otras en una escala determinada,no eres más pequeña por viajar menos, los destinos pueden estar en la puerta de enfrente ; el principal viaje, el más épico, es el que tiene que ver con lo que vemos todos los días. Y observar tu vecindario, las colas de la frutería, el hombre acodado en la ventana que también pasma tanto como tú, los juegos, las risas, lo lento. Antes de ponerme Paulo Coelho y empezar a hacer subir los niveles de glucosa a quien haya llegado hasta aquí, no tengo más que decir hoy que cambio de atalaya para pasmar, para ver, para inventar. Por unos días, escuchando otro acento, leyendo la lluvia en otras baldosas diferentes. Y fantaseo mucho en los aeropuertos con encuentros imposibles, pero eso es otra historia, mucho menos pasmona, para otro día.

Si al final, de cada viaje, por muy épico que sea, una parte muy molona es regresar. Regresar y seguir pasmando, eso es. Hasta la vuelta.

Cosas que me llevo en la maleta:

Ordesa de Manuel Vilas

Noites de safari de Marleen MaLone

Truffaut, hamburguesas, chocolate y un seiscientos naranja

Para Ignacio , que me recordó que tenía que hacer más Je me souviens.

Escena de La noche americana. Origen de la foto si pulsas encima

 

 

Este post es apresurado, tengo maletas en la puerta, y es un post también de agradecimiento.  Seguís ahí, pocas seguramente, pero veo que entráis a diario por si hay novedades. A las señoras que se ponen detrás de la pantalla y delante del teclado la vida nos va llevando sin sentarnos aquí , sin pensar “¿de qué puedo hablar hoy?”. A veces es la pereza; otras, la mayoría, la constatación de que otras y otros lo hacen mejor, para qué entonces. Pues porque escribir es un pulso a la vida. Tengo notas y folios amontonados para algo un poco más largo que esto de aquí, pero prometo dos o tres posts a la semana a partir de ahora, si no el músculo se me atrofia.

En el cuaderno, esta nota de ayer:

“Buceo en el catálogo de Filmin. Un día tendré que escribir sobre la ansiedad de la abundancia y la sobreoferta, porque hago más mira por aquí, mira por allá, que otra cosa. Y encuentro La noche americana de Truffaut. Es curioso el modo que tenemos de tender hilos en la memoria, es una de mis películas favoritas porque es cine sobre cine y también porque me sabe a un cruce entre hamburguesa con mostaza y chocolate. No, no vayamos a la magdalena ni nada de eso. Es que SABE a eso. Y sabe a un día familiar muy feliz, de hace muchos años.

Mi madre tenía un seiscientos naranja al que adelantaban, no podía ser de otro modo, los camiones de las bombonas en el centro de Coruña- naranja sobre naranja, todo muy armónico- y de lo que yo no era consciente, me parecía lo normal. Por eso cuando algún día mi madre decía: “vamos a mover el coche un poco”, sabíamos que era una invitación a un día entero de preparativos y copilotaje, aunque siendo yo pequeña y mi padre contemplativo y comentarista del entorno en el asiento vecino al conductor, no éramos unos ayudantes muy reales. Ese sábado, movimos el coche a Santiago. No había autopista, y era toda una aventura de colinas, atascos y desvíos. Íbamos a Santiago porque el día anterior yo había aprendido, no sé cómo ni por qué, el estribillo “Si vas para Platerías, a pregar na Corticela/beberás auga bendita nos cabaliños de pedra”. Por supuesto, se convirtió en el mantra familiar esa tarde de primavera. Hoy pienso cómo nos verían desde el aire si alguien pudiese filmarnos con una cámara aérea: dos adultos y una niña cantando ese estribillo de forma intermitente en una bombona de butano móvil.

Llegamos a Compostela. Era a finales de los setenta, recuerdo mi abrigo con peluche que ya me quedaba algo corto y me daba algo de vergüenza, rec un chico con gafas a lo Lennon y poncho nos indicó muy amablemente. Me encantaban esas faldas largas de las chicas, los pantalones de campana, aquellas risas en pandillas, el suelo algo mojado de lluvias tardías. La calle de la Raíña llena de jóvenes entrando y saliendo de bares, la Quintana petada en corrillos. Me pareció entonces que Santiago era un lugar feliz, lleno de chicos y chicas sonrientes en calles preciosas, no me fijé en nada más, no sabía nada más. Qué grande me parecía ese lugar por el que ahora paso a diario y cómo tengo que pararme a veces ante su abrumadora belleza, ante esa altiva soledad que tiene su piedra. Compramos una caja de “Croquiños do Apóstol” en la Mora, yo estaba entusiasmada de lo fácil que había sido convencer a mis padres de que comprásemos algo tan innecesario, tan turístico, tan poco de merienda normativa. Me acuerdo de cómo se pegaban a los dientes, de que se hizo de noche en el camino de vuelta, de aparcar delante de Correos. Y de llegar a casa, yo muy excitada con el día tan distinto que habíamos pasado. Y me dejaron ver un poco la tele, algo excepcional porque era sábado. Claro, ponían La noche americana, en la que la gente era también joven e independiente, hacían cosas tan bonitas como rodar películas y tomar cervezas en las barras de los bares, fumaban, era todo una chulada, No entendí mucho ni la terminé; mi capacidad para perderme en las películas era todavía muy enorme, mi proverbial falta de concentración era mucho peor en mi infancia. Pienso que yo no dejaba de dar vueltas a lo que era mi idea de la juventud: un montón de chicos y chicas guapísimos en vaqueros, en pandilla, entrando y saliendo, un cruce entre los anuncios de Lois y Coca-Cola. La juventud era, quizá sea, un estado mental, para mí era algo lejano con la etiqueta de felicidad, con una idea de independencia que yo no sabría explicar. Luego el tiempo dicta o te deja hacer lo que sucede de verdad, pero ese es otro asunto, claro.  Hay un momento en la película en la que se explica qué es la noche americana: simular una escena nocturna, imitar algo. Para mí, todo lo que había visto aquel día en las calles de Santiago, mi idea de un futuro en el que llevaría faldas y bolsas de cuero repletas de apuntes en alguna Facultad del mundo, conformaban una idealización a la  que también aplicaba un filtro, el filtro de lo lejano, de lo posible. Y sabía a hamburguesa y chocolate  porque fue mi dietética cena aquel día, qué le vamos a hacer, no éramos nada veganos ni conscientes de que podría dolernos el estómago.  Ese sabor y ese recuerdo están totalmente vinculados, no se separan el uno del otro.

Hay que ver la cantidad de cosas de las que me acuerdo y que no tienen interés ninguno. Años después, escuché una entrevista a Felipe González en la que decía que La noche americana era su película favorita. No saquen conclusiones raras, por favor. ”

 

Lectura recomendada: Limiar de conciencia de Cris Pavón en Urco Editores. No llega con decir que es impresionante, bueno, es que lo es y mucho. He escrito una reseña que saldrá en breve y espero poder enlazarla aquí.

Música: Desde que no tengo a Fran cerca, poco nuevo escucho, estoy muy Bowie y últimamente canturreo “All the Young Dudes” a todas horas

 

Las cerezas de Pavese, las vidas de Ginzburg

Photo by Karolien Brughmans on Unsplash

Una vez, hace ya tiempo, alguien me dijo que yo encontraría quizá algo del mundo que yo quería contar si leía a Natalia Ginzburg y así lo hice. Con admiración, respeto, envidia y algo de la sensación de estar llegando tarde a la fiesta del Sombrerero Loco. Hay un ejercicio habitual en talleres de escritura, en los lugares donde unos juntaletras enseñan a otros, donde lo único que aprendes es que siempre hay alguien mejor que tú, que no hay recetas y que lo mejor que puedes tener por bandera es tu libertad de escribir cómo y lo que te dé la realísima gana. Ese ejercicio, que me disperso, es el “Je me souviens” de Perec. Enumerar, describir brevemente recuerdos inconexos. Contar, por ejemplo, cómo se curvaba hacia arriba la calle de san Andrés cuando, con ocho años, saliste de una óptica asiendo la mano de tu madre y estrenando unas gafas, las primeras gafas de miope de tu vida. La caligrafía de mi padre explicándome el máximo común divisor, la “caja de los hilos” que había sido una caja de chocolates que alguien había traído de Inglaterra en algún viaje, de la que recitábamos “fry-milk- chocolated- assorted- nuts”, traduciendo palabra por palabra en un viejo diccionario inglés-español que había sido de las épocas de estudiante de mi padre en la Escuela de Comercio.  Y así, partiendo del “Me acuerdo”, podemos tener un conjunto de imágenes fugaces, otras más asentadas, breves instantes que se han repetido o no pero que han hecho mella en nuestra memoria, con todo lo tramposa que quiera serlo, con todo lo diminuta. Dobleces de mantel de domingo, ruidos del patio de luces de un bloque de apartamentos, crujidos de bolsa de gominolas, cuadernos comenzados, entradas de cine en un abrigo de invierno. Una, que es perequiana a muerte, siente algo de pudor a veces, una falsa humildad ante la idea de que el mundo de mis pequeños recuerdos sea interesante o no, ¿a quién va a importarle? Y ahí está el quid del asunto: siempre crees que alguien va a leerte, y eso es lo que no tiene sentido. Hay que escribir para una misma, si lo sabré yo.  Ampliar el encuadre no implica renunciar a un caleidoscopio: me gusta buscar el juego de lo pequeño, de lo conocido, de aquello que podría ser empático, universal y diminuto. Lo que es humano, vaya. Y por eso disfruto con Ginzburg.

Dice Elena Medel en el prólogo a la edición española de Lessico famigliare  que la Ginzburg consigue que sus recuerdos nos parezcan nuestros. Es verdad: esa dignificación de lo cotidiano que hay en su literatura nos empuja a abrir el desván y los álbumes de la memoria, a actualizarlos e intentar incluso compartirlos de nuevo. Y contarlo así, con una abrumadora sencillez, por la que desfilan unos padres extravagantes, divertidos y peculiares; la convivencia con unos hermanos  independientes y algo desapegados. Pero sí, esa convivencia, ese núcleo familiar, desarrolla un anecdotario, un universo propio remarcado en ese léxico del título. Frases hechas, anécdotas repetidas, pequeñas bromas privadas convertidas en muletillas familiares con el día a día. Un día a día que va subrayando, cada vez más, el compromiso político de los hijos, el exilio y las detenciones, el ver como Italia entra en la guerra y las consecuencias de apellidarse Levi. Porque sí, Natalia Levi era judía. Y tomó el apellido de su esposo, con el que trabajó en la editorial Einaudi, militante comunista, asesinado en la cárcel de Roma. Y esos días fríos, fatídicos, plenos de incertidumbres y miedo, son recordados con una sobria y a la vez afilada precisión, aparecen como un recuerdo avanzado, se vuelve sobre ellos como un hito determinante, no en vano lo fueron. Antes padecen confinamiento, conocen a muchos otros judíos en su situación, de todo esto hay recuerdos y hay literatura. A pesar del dolor ,a pesar de la pérdida, a pesar de la dureza de la vida, de todo hay recuerdo y se sigue escribiendo, no se evita, se escribe. Encarando la situación de Italia tras la Segunda Guerra Mundial, Natalia nos cuenta cómo han envejecido sus padres, cómo se sienten en tierra de nadie en un país ahora desconocido y convulso. Pero cómo han seguido hacia adelante con alegría, a pesar del dolor y el desconcierto. Porque hay dolor, pero mucho amor por la vida en estas páginas. Páginas entre las que aparecerán Pavese y Trusardi, un empresario de máquinas de escribir llamado Olivetti, un futuro editor llamado Einaudi, con el que Natalia y Leone trabajarán. Y se menciona a Croce y al papel de la filología y la traducción, conocemos cómo se tejieron los hilos del antifascismo en Italia, cómo la familia se implica de forma activa, cómo se gana, cómo se pierde. Y, sobre todo, asumir que en ocasiones no comprendemos ni sabemos las razones de los amigos para no querer vivir, ni siquiera tenemos el modo de saber si habríamos podido evitarlo. O si ese, y no otro, era el destino que ellos escogieron.

Y,sí, hay líneas y momentos que son pura maestría, más allá de la historia y de la anécdotas.  Si tengo que escoger una, me quedo con Pavese comiendo cerezas, unas cerezas a las que llamaba “sabor a cielo”, eran las primeras del año. Mussolini acaba de declarar la guerra y el escritor  llega caminando a casa de los Ginzburg comiendo cerezas y tirando los huesos a lo largo del camino, arrojándolos contra una pared. Y Natalia dice que la derrota de Francia está unida siempre a las cerezas que Pavese les hacía probar, que sacaba una a una de su bolsillo  con parsimonia, con tranquilidad, aún sabiendo que va a despedirse de sus amigos y que no se verán en algún tiempo. Esas cerezas, tan proustianas como aquellas magdalenas, son un marcapáginas de la memoria, todos tenemos alguno. Pero Natalia consigue que lo doméstico, aquello que podríamos identificar  en otras anécdotas, en otros lenguajes que hemos compartido en casa, sea extraordinario y único a la vez.

A mí me habría dado igual que Lessico famigliare venga de una impostura, o que sea una crónica veraz, una autobiografía fragmentada. Fundamentalmente es literatura, y eso es lo que importa. Literatura que nos conmueve, nos sacude, nos hace correr ese riesgo precioso de la identificación. La que afirma que muchos fueron antes que nosotros, nos sitúa en una dimensión de compañeros de viaje y, a la vez, nos hace sentirnos extrañamente diminutos. Está construida de individualidades y también de lugares comunes. Han estado antes donde ahora estoy yo, han pulsado estas teclas, han sido lo que soy y yo he sido otras. Es situarse en la dimensión de lo humano…si no, ¿para qué todo este esfuerzo?

Agarro mis cerezas, abro mis cuadernos, soy quien quiero ser y escribo. Hasta aquí y hasta donde una llegue.

 

Lessico famigliare Einaudi, 2014. Me compré el libro en un viaje a Roma en 2017…leerlo en italiano ha sido todo un reto y todo un logro. (Tengo el examen el miércoles, ay).

Léxico familiar Lumen, 2016 Comprado en Berbiriana y que me ha ayudado a superar mis problemas léxicos con la edición original.

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