Anchoas y Tigretones

El (mal) deshumor

Reñir, constantemente: pulsad imagen para fuente.

No sé si es consecuencia del confinamiento del año pasado, de abrir y cerrar las ventanitas de las desescaladas, de pasmar tanto o, pensando en positivo, de haber hecho una limpieza de fondos, agendas o reestructuras de nudos (los gordianos, siempre los más complicados). No sé si es, como digo, el resultado de todo el agotamiento de escalar y desescalar, de los encuentros y la vuelta a los olvidos en esa versión, sardónica, y muy desencantada del mito de Sísifo. 2020 fue Sísifo y un poco Apolo y Dafne, un maremágnum de cosas raras y claro, como todas sabemos, los actos tienen consecuencias. Las consecuencia de las que hablo son el estado en el que habitamos los humanos: un permanente resquemor, cabreo, agotamiento, un constante deshumor.

El privilegio es siempre una atalaya con la pata coja. Estoy hablando de Zooms y de imágenes enmarcadas en pantallas durante días y días porque soy de las que me he zafado sin haber pasado el bicho. Ni yo ni nadie muy cercano, soy una suertuda. Puede parecer obsceno hablar de la necesidad de la risa cuando la realidad es aún dramática y no tiene visos de mejorar, lo siento, soy una optimista bien informada. Y claro que hay derecho a la queja, al despotrique y al desahogo. Veo too much caras de perro en todas partes y no digamos ahora que se puede/no se debe ir sin mascarilla en espacios abiertos: los que antes vigilaban por las ventanas, vigilan ahora que la máscara no te cuelgue de más por debajo de la barbilla. Si estás en una cola, la distancia de seguridad es, en muchas ocasiones, objeto de recriminación o comentario ajeno. ¿Recordáis cuando éramos como la niña Pollyanna y jugábamos a aquel juego de la alegría de aplausos y sonrisas a vecinos desconocidos en ventanitas desconocidas? De cómo hemos pasado de la, a veces, empalagosa beatitud al gruñido constante es un tratado de poco recorrido: estamos cansados, perdiendo la capacidad de asombro, rodeados de realidades violentas y que nos están haciendo retroceder un mundo. Aquí sí que somos más Sísifos que otra cosa, y no solamente en la maldita pandemia. Y lo dice una señora borde de campeonato, que ha escrito breves ensayos sobre el pollyanismo y el exceso de azúcar.

Creo que el año pasado la política creo extraños compañeros de cama: si todo lo personal es político, la política de obligaciones confinadas, ese año de paredes resabidas hizo que recibiésemos llamadas raras, whatsapps de personas que ya no estaban en tu vida y que no van a volver a estar porque no ha lugar, porque son yogures caducados: esa constante promesa de que algún día te lo comerás porque total no pasa nada, esa visión en la nevera tantos días y como tales, acaban en la basura porque en realidad ya no son nada. Pese a esto, decían en un episodio del podcast ¿Puedo hablar? que fue la mejor época de Tinder, que con la poca presión para quedar y desestimando esa rapidez obstinada del mundo digital, todo era mucho más reposado y dado a la conversación. Aquella época yo la enlazaba con mis primeros días en un país ajeno que sabes que has de hacer tuyo aunque no puedas al principio, donde recibías afectos a distancia y de regalos de despedida que te acompañaban en tu maleta nueva de nuevas aventuras. Estrechabas más lazos con los afectos que dejabas a 10000 km por eso mismo, porque estaban lejos y porque eran ya recuerdo magnificado. Quizá todos somos más nosotros mismos cuando no hay compromiso de crear un lazo real, cuando la confianza que surge como una explosión tiene puesto un cronómetro. ¿O es que no eran los dos protagonistas de Antes del amanecer mucho más auténticos el uno con el otro porque todo se desvanecería con la llegada del sol? La idea de lo efímero nos ayudó en los primeros días, de ahí a hacerlo todo más azucarado: nos meten en casa un par de semanas y a otra cosa, mariposa. Ja. Ahí ya empezamos con Apolo y Dafne, con Prometeo, hubo quien fue la desdichada Casandra y todos los mitos más que se nos ocurran. En esa doméstica Odisea, en ese postergado volver a nuestra Ítaca de normalidad, perdimos el humor, el principal patrimonio de la supervivencia. A lo mejor muchas no éramos ya la alegría de la huerta antes o, como dije en otra ocasión, veníamos cucú de casa. El problema es que la mala hostia se convierta en patrimonial, en el modo de estar en el mundo. Y eso sí es preocupante. Insisto: hablo desde el privilegio que da el tener una estructura medianamente estable pero, incluso en mi trabajo en redes en el que he visto mucho y mucha violencia, detecto una mala baba, un cabreo mucho más enconado, una actitud de espadas en alto más acusada. Y una caída libre del sentido del humor, de la trivialidad porque sí. He visto agarradas brutales en la calle, en el barrio pretendidamente megaguay en el que vivo, por las mascarillas. Follones por la distancia de seguridad. En otro contexto, acusaciones por parte de mala gente sobre la pertinencia o no del teletrabajo (yo pagaría por no tener que ver a algunas personas, de verdad). El buen humor, el intentar exhibir algo de pequeñita felicidad en el día a día empieza a estar mal visto: falta de compromiso (¿con qué?), banalidad, poca enjundia y seriedad para encarar la vida. Pues claro, afortunadamente.

Es fácil creerse en un ecosistema de verdades inamovibles, de apacible tranquilidad o de dramas que podemos embotellar. A veces, en el despacho que comparto con tres compañeras más, recordamos con sorna cuando nuestra máxima preocupación eran las radiaciones de radón. Todo ha cambiado de sitio y la maleza que cubre el futuro se ha hecho más y más espesa. Si no achicamos los ojos para ver algo más allá, si no oteamos el futuro descojonándonos vivas, mal andamos. Luego ya viene la segunda parte: que si te ríes eres muy tonta y todo eso. Pero eso ya lo dejamos para otro día, que se nos agota el cartucho de optimismo.

Y siempre, gracias a las diosas, vienen Los Punsetes

Leed:

Rápido, tu vida Sylvie Schenk (Errata naturae, 2021). Maravilloso: de esos libros que pasarán, seguro, desapercibidos, pero que esconden una humilde grandeza. Dos países, dos lenguas, el lugar de la culpa (de los otros): una reflexión diferente sobre la identidad y el hogar que creamos cuando llevamos nuestros pobres huesos a otros países (saldrá un comentario mío sobre esta novela algo más extenso en Tempos Novos, ya os lo traeré aquí).

Leo también a Ivy Compton-Burnett, pero me descorazona la traducción, sorry, Anagrama. Tengo Papel, el inmenso ensayo de Mark Kurlansky en Ático de los Libros, Quemar libros (saldrá pronto una reseñita mía sobre este librazo) de Marc Ovenden en Crítica e Irmandiñas de Aurora Marco, en Laiovento cortesía de GaliciaLe.

Ved:

La batalla por Britney de Mobeen Azhar es un documental en el que se aborda la curatela que la familia de la cantante lleva ejerciendo un montón de años y que le impiden tomar las riendas de su vida. El movimiento #freeBritney de los fans de la cantante es algo mucho más que una frikada: es poner encima de la mesa por qué a unos se les considera sencillamente excéntricos y a otras, sencillamente desequilibradas e incapaces de controlar su vida. Detrás, un padre posiblemente codicioso y un enjambre de abogados y asesores que se están forrando.

Manolita, la Chen de Arcos es un cuidadoso documental-entrevista a Manuela Saborido Muñoz, la primera transexual española en cambiarse el nombre en el DNI y en adoptar una niña. Si pensáis que Alaska es transgresora después de ver este docu, pues os lo hacéis mirar. Dirige la maravillosa Valeria Vegas.

He visto también Maricón Perdido (qué suerte tenemos de contar en el mundo con Bob Pop), Una danza para la música del tiempo (gracias, Filmin, por traerme a Anthony Powell en serie) y ahora, como buena dama brit, me estoy viendo TODAS las adaptaciones de las novelas de Agatha Christie que encuentro por doquier.

Escuchad:

El podcast La vida sigue igual es tan sugestivo como poco pretencioso ¡y me encanta!: las conversaciones son fluidas, los invitados pueden hablar sin que se les interrumpa. Mario Temiño es un entrevistador pulcro, con preguntas muy adecuadas que no pretenden ser las del primero de la clase. Cero postureo, mucha verdad.

El grupo Son tías simpáticas Toni Acosta y Silvia Abril . Lo que es muy de agradecer es que se desmarquen de otros podcasts con el esquema “yo estoy muy loca y tú menos” (que a mí me encanta Estirando el chicle, vale, pero se trata de hacer algo diferente).

Memorabilia

“Musei Wormiani Historia”, tFrontis del  from the Museum Wormianum que representa el gabinete de curiosidades de Ole Worm
Wellcome Collection gallery (2018-03-31): https://wellcomecollection.org/works/mzvgyzbt CC-BY-4.0

La vida de una persona, y hablo con rotundidad porque ya tengo una “atalaya respetable desde la que contemplar el devenir” tiene hitos gloriosos, trágicos, incoherentes, aventureros, injustos y despiadados, banales y excitantes, divertidos, todo lo que queráis. Pero hay uno, que en mi caso se ha repetido varias veces, que conjuga todo lo anterior y es la mudanza. No hablo únicamente del hecho de que todo aquello que parece caber en cuatro cajas de Gadis es geomética y matemáticamente imposible que así suceda cuando empezamos a llenarlas. Llenar cajas es un cruce entre Sísifo y Prometeo, una delgada línea roja entre la locura y la sensatez, entre la imposible idea (para mí) de deshacerme de todo y vivir a lo minimal y la asunción, cabizbaja y humillada, de que guardo todo tipo de recuedos, objetos, inutilidades que forman parte de mí y se vienen a donde yo vaya dentro del caparazón de caracol. Que luego me horrorice cargar con recortes de artículos de prensa (!), con postales viejas y cartas como signos de otra época, con cajas de posavasos y bolígrafos que ya no pintan, pero que cogí en hoteles en los que fui feliz un fin de semana, con servilletas donde hicimos dibujos, con pequeños apuntes y notas de algún teléfono que daba igual apuntarlo porque no iba a olvidarlo en la vida, eso, digo, es parte de la incoherencia que generan los buenos propósitos, esas manchas en una agenda por estrenar, tan impoluta que da miedo en su blancura. Me he llevado, en sucesivos cambios de casa, un paraguas que nunca abrió bien pero que lleva en casa toda la vida y no voy a abandonarlo, esas tazas preciosas para té a mí que no me gusta el té, una bufanda llena de enganches que me ponía en inviernos de Compostela, unas sombrillas hawaianas para un cóctel que tomé en mis años angelinos, sintiéndome sofisticada y cool, antes de comprender que ser sofisticado y cool no tenía nada que ver con tomar cócteles con sombrillas hawaianas en miniatura. Todo esto, que hay que abandonar alguna vez por el bien de nuestras espaldas y porque no nos alcanza la vida para contener tanta melancolía, es un mantra que no se cumple y del que ya he hablado por aquí. Quizá los objetos de los que nos deshacemos, y también aquellos que conservamos, formen parte de un orden paralelo de las cosas, de una especie de poética absurda que los relaciona entre sí. Como en las etiquetas que ponemos en las redes sociales, en las localizaciones que usamos, todo va alineándose y mostrando una similitud de espacios pero no de personajes, de extrañezas increíbles de personas y acontecimientos: si pulso sobre un lugar en el que estuve me devuelven imágenes sin fin de personas desconocidas, sonrientes o en actitudes para mí desconcertantes, todo eso está dentro de una etiqueta somera en una red social, mil mundos en un solo lugar, desconocidas las unas para las otras. Esta hermandad en lo desconocido me provoca algo de angustia y también de habitar quizá un espacio y tiempo inadecuados, de ser una especie de recorte de corta y pega en un paisaje acartonado. No sé si pertenecemos a los lugares o somos, quizá, una creación de nosotros en esos lugares, en cualquier caso, da lo mismo: seguiremos pensando que ser parte de ese lugar y ese momento no nos hace esencialmente únicos, no nos nombra. Pero esa es otra historia y yo vengo a hablar de memorabilia.

La definición de memorabilia es algo vaga, por eso me gusta. Puede referirse a esas colecciones de objetos relacionados con alguien, sea esto coleccionismo fan o simplemente fetichismo. La memorabilia pueden ser esos souvenirs espantosos que se venden en las calles de las ciudades con casco histórico bellísimo y tiendas de recuerdos horripilantes, es casi un binomio sin disociación posible. Pero la memorabilia es también, o quizá yo me lo invento porque tengo mucha fe en mi capacidad neologista, ese afán de crear el propio recuerdo, de dotarlo de significado, de registrarlo de un modo breve, sin que tenga un cartel de algún lugar. Hay olores y sabores de infancia, vaya por Dios, que siempre hay que hablar de la puta magdalena. Pero también hay olor a lejía y garrapiñadas, a la colonia Atkinsons de mi padre y al betún de los zapatos que se limpiaban los domingos. En lo doméstico hay una construcción personal y algo poética del recuerdo; otras, las fijamos nosotros porque sí. Decía María Cousillas el otro día que cada vez que comprásemos un libro,tendríamos que registrar dónde lo hicimos, con quién estábamos, una cápsula de memoria de aquel día en aquel lugar. Asentí con cierta complicidad, pero lo cierto es que dejé de hacerlo hace tiempo. Fui a las revueltas estanterías y empecé a buscar. Sí, en 2002 compré El sueño más dulce, de Doris Lessing en Follas Novas, Compostela. Y debajo añadí: “Estoy con Jorge Domonte”. Y me había olvidado de aquel día, era junio también, en que paseamos por el campus sur hablando de amores imposibles y de pianistas favoritos. Puedo recordar la luz preciosa delante de la Facultad de Químicas, la voz pausada de Jorge en aquella conversación, fue desenredar un hilo de forma sencilla. Busqué más y siempre encontré pautas que me hicieron reencontrarme con viejas hojas de calendario: las cartas de Silvia Plath a su madre que compré en un catálogo de librería de segunda mano, por correspondencia y que me entregaron en Iria Flavia,donde yo trabajaba entonces. Fue en 1996, un día de otoño. Aquellas cartas me acompañaron en mis solitarias comidas al mediodía y volaron a otras manos antes de volver a casa. Compré un libro sobre Girlzzzz en comic en la librería de la Secession de Viena que registré al momento, tanta ilusión me hacía comprar allí un libro que desconocía: From girls to grlzz ; un un tebeo de Dylan Dog en Bologna (apunté que el librero me alabó el gusto, un señor muy encorvadito que envolvió los libros pulcramente) y un calendario irreverente y divertido que, desde la estantería de mi casa en Montealto, me recuerda una sofocante tarde de julio en Nueva York, muerta de risa con Virginia, espiando a un librero guapísimo entre las baldas de Strand Bookstore, la madre de todas las librerías. Otras memorabilia en libros me recordaron a quien ya no está- ¡existen tantas formas de no estar!- pero que me acompañaron días de lluvia o de invierno (mis favoritos para comprar y regalar libros) en otras ciudades, asi en otras vidas. Pepa, Carlos, Toño, fuisteis escuderos en aquellos días apresurados.

He vuelto a crear memorabilia de libro: cuando llega a mí, a veces regalado, me sirve también para prolongar el momento de sorpresa. Hay que poner siempre quién nos lo regala, dónde estábamos, buscar un bolígrafo rápidamente para, como Perec, ejercer una tentativa de agotar un espacio, un momento en la vida que puede ser descongelado más adelante. Y, sobre todo, servir como llamadas de atención hacia el futuro, como pequeños post-it qu nos ayuden a dejar la melancolía en su sitio, domesticada y formal, sin desbocarse, que ni de coña los tiempos pasados fueron mejores. La memorabilia es, para mí, el cambio de mi caligrafía a lo largo de los años, pero lo es también la recopilación de las ajenas. Libros dedicados por quienes los escribieron, en la prosa apurada y reglamentaria de la Feria del Libro, otras veces con la temblona letra que nos dan las cervezas, cuando te hacen un regalo de cumpleaños para marcar el futuro. Pienso, también, que un cuaderno digital es una forma algo rara de memorabilia, porque no todo puede, ni debe, guardarse en estanterías. Hay cosas que para siempre te llevas puestas.

Leo:

Quemar libros: una destrucción deliberada del conocimiento de Richard Ovenden (Crítica, 2021) De por qué la apropiación de bibliotecas como botín, la quema de libros y el borrado de identidad siguen siendo, a día de hoy, vigentes. Ovenden es, entre otras muchas cosas, director de la Bodleian de Oxford.

As malas mulleres de Marilar Aleixandre (Galaxia, 2021). Concepción Arenal y Juana de Vega eran amigas y se reunían en el 56 de la calle Real, lugar que conozco muy bien. En esa amistad, en esas reuniones, surge el interés de dignificar la vida de las presas de la Galera, cárcel de mujeres de Coruña. Y, sobre todo, conocer sus historias y comprender que la pobreza es siempre una pauta de vulnerabilidad ante la justicia.

Veo:

Halston en Netflix. Excéntrico y egocéntrico, creador genial y vanidoso insufrible. Gasta en orquídeas porque las necesita y en coca porque le gusta. Solo por ver a Ewan Mc Gregor y la recreación de los locos años de Studio 54 vale la pena.

Escucho:

Muchos podcasts. Necesito conversaciones y ahora se van de vacaciones Estirando el chicle, pero sigo con los de Radio3 y Radio Nacional (Café del sur, Efecto Doppler, La estación azul…)

Las buenas historias pueden estar debajo de una baldosa

Esta señora tan dramática me encanta. Pulsad en la imagen para fuente.

Leí hace tiempo que Juan José Millás, durante muchos años, se levantaba temprano antes de ir a su trabajo y escribía. Escribía sin un plan que no fuese escribir, sin un futuro aparejado a ese deseo de escribir. Escribía sin un objetivo, como digo, también sin saber por qué. Escribir casi como un hámster, dando vueltas a la rueda, esperando el día que se quiebre o que, milagrosamente, se abra la puerta de la jaula y pase algo. ¿Qué tendría que pasar? Quizá algo parecido a la vida de escritor o de escritora, que alguien lea lo que haces por ahí, que le guste. O que tú creas en ello, yo qué sé. Me gusta cómo lo cuentan Orejudo y Reig, cada uno en un registro diferente, también en libros diferentes. Los personajes que son Orejudo y Reig, que no dejan de ser ellos mismos a pesar de los mimbres de la ficción, ponían la meta en lo que ellos llamaban “llegar”. Llegar a un establishment, imagino, a un Parnaso algo trapalleiro como pueden ser los parnasos que son de mentira, que son casi todos. Pero este existía. Y por eso había que intentarlo, escribir, a veces con desidia y ni siquiera esperando un golpe de suerte; otras, con toda la intención. Imagino a estos dos en ese bar de la Facultad, entre nubes de cigarros literarios y boutades aceradas, tan propias de la juventud y de saberlo todo, de creer saberlo todo, de querer apartar a los viejos y ocupar algún espacio o de crearlo. Y escribir, por lo tanto, sin mucha expectativa, pero sin parar: emborronando cuadernos o folios baratos, guardando copias en cajones, escribiendo o soñando que escribes. Todo lo contrario de Umbral, que llegó al café Gijón casi escogiendo ya el lugar donde se sentaría, donde cimentaría una gloria de golpear teclados y otear marquesas y pititas. No sé si existe el uniforme de escritora o de poeta, pero tampoco importa demasiado: hoy la impostura está en poses de Instagram. Sí hay quien tiene actitud de escritora sin obra o de obra desconocida, aquellos Bartleby de los que hablaba Vila-Matas, compañeros de viaje que gozaban de la compañía de un grupo de individuos geniales, de salir en esa orla generacional aunque fuese en la segunda fila de la foto, de tener un lugar en el anecdotario: allí estuve yo. Al final, todo serán recuerdos ajados y de diferente valor para las partes implicadas. Es como encontrar esos pequeños señuelos de que otro pasado nos perteneció y que son tanto para nosotros y nada para los demás: una nota que un día me dejaste en la nevera, el ticket del parking aquel día que llovía tantísimo y teníamos el coche hasta los topes de bolsas de Carrefour, un vale de descuento que nos dieron una de las últimas veces que fuimos juntos al cine y que, claro, no llegamos a usar. Seguro que no lo recuerdas, como muchos de los escritores y escritoras no recordarán aquel día señalado para quien hizo cola delante de una caseta de la Feria del Libro, para quien estuvo, brevemente, charlando con alguien a quien admira mucho, para quien volvió a casa con un recuerdo borroso en tinta que casi siempre es una fórmula que podría haber escrito cualquiera de nosotros: “Para Menganita, en atención a su lectura. Feria del Libro de Madrid, tal del tal del tal”. Creo que hay un cuento maravilloso y que nadie ha escrito con el siguiente argumento: una señora llega a una caseta de la Feria del Libro y firma, firma todo lo que le pongan por delante, los libros de otros y otras, porque ella no ha escrito nada. En la caseta hay un cartel que pone: “Se firman libros” . Esto, que además de ser una pasiva refleja maravillosa y viva la sintaxis del español, es una invitación para mentes curiosas y perversas. Imaginad la escena: tráigame libros, que yo se los firmo. Yo no prometo haberlo escrito ni ser la autora, pero le haré una dedicatoria imponente. Y claro, da igual que le lleves el de Maxim Huerta, de Marta Sanz o de Jonathan Franzen o Colm Toibin. También sería muy punk que firmase haciéndose pasar por famous dead writers, pero ahí ya hay otra historia y no nos desviemos de la nuestra. La señora firma, ataviada con un abrigo rojo de paño y sacando un poco la lengua hacia afuera como una colegiala que se esfuerza en un ejercicio de caligrafía. Escribe unas dedicatorias maravillosas, perfectas, llenas de emoción y ternura, de ácida agudeza, depende de quien esté a la cola. La escritora de dedicatorias es una psicóloga rápida, que ofrece a quien está esperando la justa medida poética, el deseo hecho realidad de aquellas que, además de mitómanas, son letraheridas.
Contar la historia de la dedicadora o imaginarla o inventarla, lo que prefieran, no sé si me convierte en escritora. Escribir este post, pasarlo bien haciéndolo ¿me convierte en una escritora de un medio que ya nadie usa y que, por lo tanto, no tiene sentido? ¿Es la escritura una voluntad propia de trascendencia o es simplemente, y como hacía Millás, escribir porque I can´t help it? Pienso en los y las que escribimos blogs casi como una pandilla de últimos románticos que, ataviados con chalinas y camisas de chorreras, nos sentamos muy dramáticas ante un portátil a contar todo lo que nos pasa por la cabeza. A mí me pasa que en esta ya gastada cabeza se me mezcla una historia con aguaceros y un abrigo algo apolillado en un armario de una casa que no es tuya y que, por cosas que pasan, tienes que desmontar para que la ocupen otros. Escucho, como si fuese una aprendiza muy mala de Perec, conversaciones a través de las paredes que son historias en sí mismas. Yo escribo solamente para hacer músculo de ideas, no sé si tengo novelas por escribir o todo se queda en humo. Quién sabe. Quizá exista, como en esas películas de sábados por la tarde, una baldosa que se mueve más que otras y que esconde un montón de ideas no usadas. Podríamos encontrar ese lugar en cualquier espacio, en una casa no habitada también. Escribir cotidianamente o cuando se te antoja, tener un medio, es a veces suficiente. Tampoco hay que darlo todo, que no a todo el mundo le interesan nuestras movidas. ¿Veis? Una escritora nunca diría eso de “nuestras movidas” , si es que así no se puede…

Mis recomendaciones:

Luces de varietés de Manuela Partearroyo es un ensayo lucidísimo, brillante y bien construido sobre el hermanamiento de dos negruras y también de trágicas carcajadas: el hilo va desde la España de Valle-Inclán, Gutiérrez Solana, Azcona y Berlanga a la Italia felliniana y neorrealista. Una reinvindicación también de la comedia como denuncia social, una mueca ácida y desternillante. Creo que ya la he recomendado, pero vuelvo a la carga.

Pequeno mundo ilustrado es una preciosa delicatessen y un recorrido por una “antología de asombros”. Me encantaría conocer a María Negroni, por el apellido también, que es un cóctel muy favorito. Favs: el apartado de Bomarzo y el de Bibliotecas. Editada por Wunderkammer.

Estoy leyendo de nuevo a Roland Barthes y no hay quien me aguante, aviso. Creo que mi tarde de café y copas favorita serían con don Roland y con Umberto Eco, solo para poder hablar de cocina ornamental y Superman.

He leído a Caryl Churchill y estoy confusa y deslumbrada. Lo leímos en el grupo de lectura de teatro y no sé si me gusta, me horroriza, me encanta o todo eso a la vez. Cloud 9, o séptimo ceo, en versión galega de Manuel F. Vieites, creo que anticipa la teoría queer y debió ser un megaescandalazo cuando se estrenó, en la línea de Angelica Liddell o Sarah Kane que estás en los cielos.

Y claro que recomiendo a Arantza Portabales y su A vida secreta de Úrsula Bas. En primer lugar, porque soy un personaje en la novela y me ha encantado encontrarme. En segundo lugar, porque está estupendamente bien escrita y es un misterio con Abad y Barroso, esa pareja de policías tan iguales y tan diferentes, con un misterio entre manos tan trágico como contemporáneo.

Y escucho a Battiato, y si no os gusta, pues a más tocamos.

Paseantas

Two ladies in tight-skirted suits by Whitley Tailleurs Inc, 500 Seventh Ave New York.
Foto de Jupe en Flickr con licencia CC BY- NC-SA 2.0)

Acumulo libros. No, no solamente en casa, en las estanterías. Acumulo porque compro o pido en préstamo interbibliotecario (gracias, BUSC, qué gran servicio) varios ejemplares a la vez. Dicen que hay una palabra japonesa para esta manía que no es bibliofilia, es angustia del vacío o, más bien, consumismo, cultiño y tal, pero consumismo. La palabra es tsundoku, pero, como digo, es otra cosa : hay a quien tranquiliza ver en casa libros largamente deseados, comprados en las librerías que tanto nos gustan. Libros que se han movido de una estantería a otra sin que aún los hayamos abierto, incluso los olvidamos, abandonados por la presión constante de la novedad. No hago propósitos de ningún tipo para corregirme: encontrarme libros nuevecitos, que compré en algún momento con lo que en aquel momento era ilusión apremiante es un consuelo en días en que te pones a ordenar. Es una dinámica, la del orden, que en mi caso me hermana con Sísifo. Para qué, algún día podré saberlo.

Una de esas joyitas que me he encontrado es La revolución de las flâneuses de Anna María Iglesia, publicado por Wunderkammer, esa editorial que es una pequeña cámara de maravillas (ay, esa edición de Los bellos y los dandys, cuánta vista he perdido ahí). Otro día hablaremos del recuerdo al reencontrar un libro del momento en que lo hiciste tuyo, de cuando te lo llevaste de una mesa de novedades, si ya era de noche y las farolas se reflejaban en algún lugar, si yo me hacía un lío con la bufanda o, por el contrario, si llegué a la librería reventada de calor, sorteando los cantos de sirena de las heladerías. No recuerdo cuándo llegó a casa este tomito, pero sí que podría haber sido mi mantra estos meses de paseos como único ocio, de añadir al lujo del aire libre el casi nuevo inédito de la tierra bajo los pies. Habla Anna María Iglesia de la conquista de los espacios públicos y de ocio por parte de las mujeres, tomando como portavoces a algunas mujeres personajes de la literatura, a algunas que dejaron de ser objeto y fueron sujeto del propio paseo. El espacio urbano no solamente era hostil, era terreno vedado: el paseo como descubrimiento, como placer, estaba reservado a los hombres. El habitar el espacio común, efectuar ese “ejercicio de poder” según Foucault, era una actividad puramente masculina, vinculada a la reflexión creativa. Y sí que existieron, en la literatura y en la historia, grandes flaneuses, paseantas como personajes de Virginia Woolf y de Pardo Bazán.

De niña odiaba los paseos. Los odiaba porque siempre he sido de caminar rápido, nervioso. Pasear me resultaba agotador por su lentitud, no disfrutaba del entorno, de los paisajes, de esos stickers que nos ofrece el día a día para adornar el recuerdo. Pasear al ritmo lento era, sigue siendo a veces para mí, un auténtico suplicio, lo es en general acomodar el paso, pero eso ya es otra historia. Me gustaba recorrer de punta a punta, sentir los pasos unos encima de otros, ir acumulando cansancio de forma rápida y, como digo, nerviosa. Los sábados por la tarde mis padres tenían el ritual de recorrer el Dique de Abrigo. Las últimas veces que fui con ellos fui porque estaba castigada (alguna mala contestación, discusiones algo cartesianas por mi parte apelando a esa lógica inexistente en la relación madre-hija). El Dique me resultaba un lugar triste, exento de glamour, me avergonzaba esa idea de ser aún niña que sale con sus padres un sábado por la tarde. Veía aquellos adoquines, el faro al final, todo se me caía encima como un manto provinciano algo “Calle mayor”: los saludos, las inevitables referencias a lo alta que yo era, las conversaciones que no me interesaban. Aquellos días se fueron, quedaron cubiertos de olvido, también se marchó mi soberbia, llegó mi añoranza, mi tristeza de no haber recorrido de la mano de mis padres aquella línea recta que entonces se me antojaba interminable, de no haber aceptado el helado de “La italiana” que mi padre ofrecía, siempre solícito, solo para intentar mi sonrisa. Hoy, en esa casi soledad que va construyendo el paso del tiempo, miro hacia el dique con la rabia de las oportunidades perdidas.

El año pasado podemos decir que aprendí a caminar y aprendí mi ciudad. Pasear se convirtió no solamente en el único ejercicio, sino también en una oportunidad de mirar, de parar un poco y subrayar ese tiempo tan elástico y tan pobre, tan agarrado aún a las restricciones horarias, a las aperturas de mano en poder o no poder hacer. He caminado en estos meses kilómetros y kilómetros en soledad, escuchando el mar o la lluvia fina encima de mi capucha o amparada por mi reciente afición a los podcast. Y,sobre todo, he compartido paseos y diseñado itinerarios. María Jove y yo volvimos a un paisaje que desconocíamos haber tenido en común: el parque de Santa Margarita, la plaza del Comercio, el Agra del Orzán. Allí vivían mis tías, en la calle Francisco Añón, en un cuarto piso sin ascensor donde hemos celebrado días de Reyes e inicios de año, donde me dejaron, por primera vez estirar la masa de unas orejas de Carnaval con una botella de vidrio en aquella cocina pequeña y llena de amor, en una tarde de granizo en la que merendamos en la sala de estar y vimos en la tele La mitad de seis peniques. Tuve dudas al pasar ante el portal, tan distinto era todo ya. Mi paseo de ese día fue melancólico y algo triste, no fui yo una mujer que conquistase espacios : volvimos a casa cabizbajas, el paseo nos devolvió una ciudad que ya no era o que, quizá, habíamos abandonado por otra con plazas de la Ciudad Vieja, con menhires en el Paseo Marítimo, con carril bici. También por una ciudad silenciosa y vacía en algunas zonas, una ciudad casi en la rara siesta sin fin de un pseudoconfinamiento. Caminar es una reflexión, pero también es, en tu propia ciudad, reencuentros de juegos perdidos, de casas de amigos de la infancia en las que comiste chocolate Dolca y aprendiste a jugar al tute cabrón. Ahora allí ya no vive nadie, nadie que tú puedas reconocer como compañero de chocolate Dolca y tute cabrón. Esos espacios cerrados los habitará quien desconozca todo ese ADN sesentero y setentero que se paseó por las habitaciones.

Quizá el pasear, el caminar, tenga más que ver con una búsqueda que sabemos de antemano no va a culminarse, que es como aquellos problemas de matemáticas que abandonabas por imposibles. Sigo yendo a pasear casi todos los días y repito itinerarios, no me importa lo aprendidos que estén, lo repetidos, me sigue gustando recorrerlos. Y no creo que sea nunca una flâneuse, seré más bien, una señora que aprendió a caminar algo más despacio. Y no es poco, creo yo.

(Este post está dedicado a todas las personas que me acompañaron en mis paseos: Vero Lorenzo, Pitu Fraga, Jose Marquez, Luis Cao, Carlos Portela, María Jove, Marimeli Gallego, Alba María. A papá, claro. Todo lo que hemos hablado es parte de mí).

Lo que leo: La anomalía de Hervé Le Tellier (Seix Barral) es una barbaridad (os he hablado algo en Instagram).

Intempestiva : unha biografía (literaria) de Xela Arias de Montse Pena Presas (Galaxia) e porque non pode ser doutro xeito, hai que ler o que diga Montse e xa.

Luces de varietés de Manuela Partearroyo, (La uÑa rota) es un brillante ensayo sobre la conexión Valle-Inclán// Fellini aka la España felliniana y la Italia valleinclanesca, con un estudio de los precedentes de la comedia como denuncia, la presencia de Berlanga y Azcona, Monicelli…

Lo que he visto

Druk (Otra ronda) es una aproximación al alcohol como celebración, tolerado socialmente y del que se puede extraer un carácter festivo y también un oscuro vitalismo. Ese señor de pómulos insultantes y ojeras sexis se tiene que llevar todos los premios que haya en el mundo: Mads Mikkelsen, qué guapo eres, condenao.

O sabor das margaridas Bueno, me había gustado tanto la primera que, creo que en buena lógica, la segunda se me está haciendo menos interesante, pero no está mal.

También veo “series señoriles” y algunos grandes éxitos refrendados por la crítica que son un maldito bodrio insufrible, pero, como Jaime Peñafiel, valgo más por lo que callo que por lo que cuento. (Y si no te importa mi opinión no sé por qué has llegado hasta aquí).

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