Anchoas y Tigretones

Paseantas

Two ladies in tight-skirted suits by Whitley Tailleurs Inc, 500 Seventh Ave New York.
Foto de Jupe en Flickr con licencia CC BY- NC-SA 2.0)

Acumulo libros. No, no solamente en casa, en las estanterías. Acumulo porque compro o pido en préstamo interbibliotecario (gracias, BUSC, qué gran servicio) varios ejemplares a la vez. Dicen que hay una palabra japonesa para esta manía que no es bibliofilia, es angustia del vacío o, más bien, consumismo, cultiño y tal, pero consumismo. La palabra es tsundoku, pero, como digo, es otra cosa : hay a quien tranquiliza ver en casa libros largamente deseados, comprados en las librerías que tanto nos gustan. Libros que se han movido de una estantería a otra sin que aún los hayamos abierto, incluso los olvidamos, abandonados por la presión constante de la novedad. No hago propósitos de ningún tipo para corregirme: encontrarme libros nuevecitos, que compré en algún momento con lo que en aquel momento era ilusión apremiante es un consuelo en días en que te pones a ordenar. Es una dinámica, la del orden, que en mi caso me hermana con Sísifo. Para qué, algún día podré saberlo.

Una de esas joyitas que me he encontrado es La revolución de las flâneuses de Anna María Iglesia, publicado por Wunderkammer, esa editorial que es una pequeña cámara de maravillas (ay, esa edición de Los bellos y los dandys, cuánta vista he perdido ahí). Otro día hablaremos del recuerdo al reencontrar un libro del momento en que lo hiciste tuyo, de cuando te lo llevaste de una mesa de novedades, si ya era de noche y las farolas se reflejaban en algún lugar, si yo me hacía un lío con la bufanda o, por el contrario, si llegué a la librería reventada de calor, sorteando los cantos de sirena de las heladerías. No recuerdo cuándo llegó a casa este tomito, pero sí que podría haber sido mi mantra estos meses de paseos como único ocio, de añadir al lujo del aire libre el casi nuevo inédito de la tierra bajo los pies. Habla Anna María Iglesia de la conquista de los espacios públicos y de ocio por parte de las mujeres, tomando como portavoces a algunas mujeres personajes de la literatura, a algunas que dejaron de ser objeto y fueron sujeto del propio paseo. El espacio urbano no solamente era hostil, era terreno vedado: el paseo como descubrimiento, como placer, estaba reservado a los hombres. El habitar el espacio común, efectuar ese “ejercicio de poder” según Foucault, era una actividad puramente masculina, vinculada a la reflexión creativa. Y sí que existieron, en la literatura y en la historia, grandes flaneuses, paseantas como personajes de Virginia Woolf y de Pardo Bazán.

De niña odiaba los paseos. Los odiaba porque siempre he sido de caminar rápido, nervioso. Pasear me resultaba agotador por su lentitud, no disfrutaba del entorno, de los paisajes, de esos stickers que nos ofrece el día a día para adornar el recuerdo. Pasear al ritmo lento era, sigue siendo a veces para mí, un auténtico suplicio, lo es en general acomodar el paso, pero eso ya es otra historia. Me gustaba recorrer de punta a punta, sentir los pasos unos encima de otros, ir acumulando cansancio de forma rápida y, como digo, nerviosa. Los sábados por la tarde mis padres tenían el ritual de recorrer el Dique de Abrigo. Las últimas veces que fui con ellos fui porque estaba castigada (alguna mala contestación, discusiones algo cartesianas por mi parte apelando a esa lógica inexistente en la relación madre-hija). El Dique me resultaba un lugar triste, exento de glamour, me avergonzaba esa idea de ser aún niña que sale con sus padres un sábado por la tarde. Veía aquellos adoquines, el faro al final, todo se me caía encima como un manto provinciano algo “Calle mayor”: los saludos, las inevitables referencias a lo alta que yo era, las conversaciones que no me interesaban. Aquellos días se fueron, quedaron cubiertos de olvido, también se marchó mi soberbia, llegó mi añoranza, mi tristeza de no haber recorrido de la mano de mis padres aquella línea recta que entonces se me antojaba interminable, de no haber aceptado el helado de “La italiana” que mi padre ofrecía, siempre solícito, solo para intentar mi sonrisa. Hoy, en esa casi soledad que va construyendo el paso del tiempo, miro hacia el dique con la rabia de las oportunidades perdidas.

El año pasado podemos decir que aprendí a caminar y aprendí mi ciudad. Pasear se convirtió no solamente en el único ejercicio, sino también en una oportunidad de mirar, de parar un poco y subrayar ese tiempo tan elástico y tan pobre, tan agarrado aún a las restricciones horarias, a las aperturas de mano en poder o no poder hacer. He caminado en estos meses kilómetros y kilómetros en soledad, escuchando el mar o la lluvia fina encima de mi capucha o amparada por mi reciente afición a los podcast. Y,sobre todo, he compartido paseos y diseñado itinerarios. María Jove y yo volvimos a un paisaje que desconocíamos haber tenido en común: el parque de Santa Margarita, la plaza del Comercio, el Agra del Orzán. Allí vivían mis tías, en la calle Francisco Añón, en un cuarto piso sin ascensor donde hemos celebrado días de Reyes e inicios de año, donde me dejaron, por primera vez estirar la masa de unas orejas de Carnaval con una botella de vidrio en aquella cocina pequeña y llena de amor, en una tarde de granizo en la que merendamos en la sala de estar y vimos en la tele La mitad de seis peniques. Tuve dudas al pasar ante el portal, tan distinto era todo ya. Mi paseo de ese día fue melancólico y algo triste, no fui yo una mujer que conquistase espacios : volvimos a casa cabizbajas, el paseo nos devolvió una ciudad que ya no era o que, quizá, habíamos abandonado por otra con plazas de la Ciudad Vieja, con menhires en el Paseo Marítimo, con carril bici. También por una ciudad silenciosa y vacía en algunas zonas, una ciudad casi en la rara siesta sin fin de un pseudoconfinamiento. Caminar es una reflexión, pero también es, en tu propia ciudad, reencuentros de juegos perdidos, de casas de amigos de la infancia en las que comiste chocolate Dolca y aprendiste a jugar al tute cabrón. Ahora allí ya no vive nadie, nadie que tú puedas reconocer como compañero de chocolate Dolca y tute cabrón. Esos espacios cerrados los habitará quien desconozca todo ese ADN sesentero y setentero que se paseó por las habitaciones.

Quizá el pasear, el caminar, tenga más que ver con una búsqueda que sabemos de antemano no va a culminarse, que es como aquellos problemas de matemáticas que abandonabas por imposibles. Sigo yendo a pasear casi todos los días y repito itinerarios, no me importa lo aprendidos que estén, lo repetidos, me sigue gustando recorrerlos. Y no creo que sea nunca una flâneuse, seré más bien, una señora que aprendió a caminar algo más despacio. Y no es poco, creo yo.

(Este post está dedicado a todas las personas que me acompañaron en mis paseos: Vero Lorenzo, Pitu Fraga, Jose Marquez, Luis Cao, Carlos Portela, María Jove, Marimeli Gallego, Alba María. A papá, claro. Todo lo que hemos hablado es parte de mí).

Lo que leo: La anomalía de Hervé Le Tellier (Seix Barral) es una barbaridad (os he hablado algo en Instagram).

Intempestiva : unha biografía (literaria) de Xela Arias de Montse Pena Presas (Galaxia) e porque non pode ser doutro xeito, hai que ler o que diga Montse e xa.

Luces de varietés de Manuela Partearroyo, (La uÑa rota) es un brillante ensayo sobre la conexión Valle-Inclán// Fellini aka la España felliniana y la Italia valleinclanesca, con un estudio de los precedentes de la comedia como denuncia, la presencia de Berlanga y Azcona, Monicelli…

Lo que he visto

Druk (Otra ronda) es una aproximación al alcohol como celebración, tolerado socialmente y del que se puede extraer un carácter festivo y también un oscuro vitalismo. Ese señor de pómulos insultantes y ojeras sexis se tiene que llevar todos los premios que haya en el mundo: Mads Mikkelsen, qué guapo eres, condenao.

O sabor das margaridas Bueno, me había gustado tanto la primera que, creo que en buena lógica, la segunda se me está haciendo menos interesante, pero no está mal.

También veo “series señoriles” y algunos grandes éxitos refrendados por la crítica que son un maldito bodrio insufrible, pero, como Jaime Peñafiel, valgo más por lo que callo que por lo que cuento. (Y si no te importa mi opinión no sé por qué has llegado hasta aquí).

Imposturas y sus síndromes

Lo confieso: me apasionan las películas y los relatos de timos y suplantaciones. De Ripley a Lupin, de los magos astutos de Ahora me ves.. a la sordidez de Los timadores— con una terrorífica Angelica Houston—la desternillante Nueve reinas y los atractivos malotes Newman y Redford en El golpe: me caen bien, qué le vamos a hacer. La iconografía es trepidante y poblada de nuevos pasaportes, tintes de pelo, bigotes y barbas postizas o sonrisas de ejecutivo psicópata, de todo. En el timo, en el cinematográfico que ya sé que mucha gente ha sufrido mucho pero yo vengo a contar otra cosa, hay a veces cierta justicia poética apelando a la avaricia del timado: me sigue impresionando Tony Leblanc haciendo el de la estampita, por ejemplo. Haya o no millones por el medio, tengamos a mano una Lisbeth Salander que transfiere millones a nuestras cuentas o seamos unas pardillas de preocupar, muchos ladrones de cine y literatura arrastran ese halo de héroes algo pijoaparte, ignoramos el posible drama y apartamos la ética. Lo dicho, es cierta atracción por una transgresión edulcorada, de mentira y que dejará de gustarnos cuando salgamos del cine o apaguemos nosotros la pantalla. La impostura de mentira es fascinante, convivir con la idea de que una es de mentira, o no merecedora de una verdad propia, no lo es tanto. Pongo un ejemplo: yo llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre el síndrome de la impostora, sobre esa falta de confianza que lleva a relegarse una al cuarto de atrás, dejando ganar la batalla a la inseguridad, esa terrible compañera. Y, voilá, aparece un episodio en el podcast Deforme semanal en el que las admiradas Lijtmaer e Isa Calderón hablan no solo de esto, sino de cómo asumirlo en un mundo patriarcal, al hilo de la publicación de El síndrome de la impostora, de Elisabet Cadoche y Anna de Montarlot Y ahora, después de escucharlas hablar sobre todo esto, pienso que no tengo derecho, que qué voy a decir o aportar yo, qué desfachatez, qué osadía. ¿Es la inseguridad un síntoma de ese ambiente viciado ante algunos sanedrines que siempre te dirán que tú no, que ahí no, que quién te crees que eres? Estar fuera de lugar es reconocer que el espacio no te pertenece y es producto de una cultura competitiva ante los que se entienden como adversarios. La displicencia, el ninguneo, casi siempre esconden miedo. Y el miedo, oh, darling, es muy masculino. Siempre que tu autoestima se tambalee es muy probable que alguien esté esperando con un garrote de mentira para borrarte del mapa, como ese dibujo animado que eres. Por mucho que te repitas a menudo “¡Qué coño, aquí estoy yo!”, el hormigueo impostor va llenándote otra vez. Me afectó el síndrome cuando he escrito sobre un tema que me interesa y que, quizá, no domino a la perfección (como casi todo el mundo en todos los temas). Cuando lo hice en gallego porque escribo habitualmente en castellano. Cuando impartí clases sobre aspectos de mi propia profesión porque van a alzar las cejas porque yo no soy de esto ni de lo otro. Por escribir porque sí cuando ya hay escritoras. Por pensar en algún momento que podía ser una escritora. Por creer, y eso es el problema, que podía quedarme al margen de las valoraciones que hiciesen de mí. Por pensar que tenía una voz distinta ¿Por qué? El problema es el escrutinio que haces minusvalorando tu propia capacidad, muchas veces engrandeciendo y anticipando las posibles críticas, Y si lo anticipas no es por histerismo: es que ya lo has experimentado.

Por supuesto que el miedo y la inseguridad son libres. La autoestima, un territorio de difícil conquista ante cuchillos alzados, sean verdaderos o virtuales. Pero existe un contexto previo, producto de años y años de educación nociva y fundamentalmente machista, que hacen que la mayor parte de las afectadas seamos mujeres. No he visto jamás a ningún compañero de trabajo, jamás, cuestionar su aptitud o valía para tal o cual cometido. Sí, en cambio, lo he visto en muchas mujeres, en condiciones idénticas o incluso superiores. Hablamos muchas veces de las vocaciones científicas en niñas, pero que abandonan a veces no por falta de capacidad, sino por un entorno poco estimulante. ¿Están acaso ocupando un espacio que no les corresponde siendo mucho mayor el número de mujeres matriculadas en la universidad que de hombres? ¿Por qué esta idea de no pertenecer al club?

No somos fraudes ni usurpadoras. Y paro, que esto de conquistar espacios me provoca la terrible ansiedad de saber quién me estará leyendo, qué pensará de mí, si tengo o no tengo derecho a escribir una cosa tan cuñada como un blog, yo, señora mayor en un mundo de Twitch y de cosas que, tampoco me pertenecen o de las que quedas automáticamente expulsada. Poco hablamos de la tiranía de la juventud, del desplazamiento por la edad cuando quieres acercarte a realidades que desconoces y eres algo más que una señora curiosa: huy, váyase, qué hace, qué ridícula. Guste o no, la edad es algo que se pasa, se cura y se mejora solo con el tiempo. Y ahora sí que termino: repaso mi párrafo del principio y me doy cuenta de que todos los timadores que menciono son señoros. ¡Qué bien se les da ocupar espacios a los jodíos!

Lecturas y cosas que andan por ahí

La hija única de Guadalupe Nettel

La noche que llegué al café Gijón de Paco Umbral, que era un niño de provincias que se sentía fuera de lugar, pero que hizo de la necesidad virtud. Y ocupaba espacio, caramba que si lo ocupaba. Releo este libro con frecuencia, las anécdotas sobre el ego de escritores son impagables.

He releído las Apostillas a El nombre de la rosa. Sigo pensando en Umberto Eco partiéndose de risa retorciendo y componiendo este puzzle intertextual, gótico y fascinante sobre el poder de la risa, de las bibliotecas como reflejos de aquello que hemos tenido a bien conservar. Y musitamos, siempre, la frase del ya viejo Adso de Melk cuando recuerda aquella primera aventura con Guillermo de Baskerville: stat rosa pristina nomen….

Vean dos cosas y háganse un favor: el Imprescindibles De Carmen Martín Gaite y un documental maravilloso sobre falsificaciones en el mundo del arte Made you look en Netflix. Otro día hablamos de Small Axe.

Si llegáis a tiempo de ver en cines El año del descubrimiento, pues eso, llegad a tiempo.

Y qué le vamos a hacer, me gusta el disco de C. Tangana.

Venir cucú ya de casa (sobre el derecho a estar tristes en 2021)

Who will wiite the history of tears? ©. Barbara Kruger, Foto © Bernard Schaub , del catálogo del Center for Art and Media de Karlsruhe. Uso la imagen como ilustración del texto, sin ánimo de lucro, ya me gustaría. (Pulse imagen para fuente)

La protagonista de Mi año de descanso y relajación planifica, es un decir, todo un año de pasmar, de pasar de todo, de dormir de sofá en sofá, de atrincherarse en su casa -ayudada por algunos elementos narcotizantes, alcoholizantes, lo que englobamos bajo la maravillosa palabra “estupefacientes”- todo para dejarse ir, para no pensar en si la supervivencia, en si la vida, en que si vale la pena o no. Es un relato incómodo porque la lectora puede alternar comprensión y rechazo, es un personaje irritante, pero increíblemente valiente. No es Bartleby ni es una yonqui, es alguien que, sencillamente, se deja ir. ¿Juzgamos que una mujer, sin grandes sustos económicos puesto que es heredera e hija única, no aprecie la vida porque, sencillamente, le importa un cuerno vivir? ¿Es o no es legítimo- no digo comprensible o deseable- marcarse un Leaving Las Vegas mucho más ralentizado, porque se trata de dormir y no pensar?

En estos días que nuestra casa nos abraza tanto, donde dejamos de imaginar monstruos en los armarios porque, de aburridos, están domesticados, una se detiene mucho más en la contemplación absurda de lo ya conocido. A veces, la casa es aburrimiento: un aburrimiento de falta de sorpresas, no de cosas por hacer. De premeditación y previsibilidad, qué cosas: antes no sabía a qué hora se levantaba una persiana que se atasca siempre, tampoco que tengo un vecino saltarín de comba ni que los niños del último piso bajan por las escaleras en un revoloteo de mascarillas y mochilas. Existía una rutina en mi casa que me era desconocida, las vidas y las casas existían como siempre, todo avanzaba sin necesitarme. Tengo una sensación algo parecida a aquellos lejanos días del primer duelo, cuando casi me indignaba que el mundo, con sus pasos de cebra y sus autobuses, sus descuentos del Gadis y sus cuñas de publicidad, siguiese adelante cuando mi madre había muerto, cuando había terminado un dolor y comenzado otro. Esa extrañeza, ese desajuste, esa punzante sorpresa, desaparece poco a poco con la instalación de la rutina. Y qué rutina: de un confinamiento a un abrir la mano, de allí a la responsabilidad individual, al no contagiarse, a ser sabedores de un privilegio encorsetado. A disfrutar la salud y a protegerla. A hablar de las muertes de otros, de las vidas de otros, de sus extrañezas. Porque todo siempre les pasa a los otros.

Y estamos tristes: en mi privilegiada casa, en mi fantástica salud, asoma de vez en cuando la tristeza. Ese ajuste personal al que hemos de acostumbrarnos las personas que vivimos solas – no te quieren menos, simplemente, los demás también siguen con su vida, a veces una carga tan pesada como la tuya, aunque no lo digan- hay que extremarlo. Me he sorprendido recordando con rencor inusitado viejísimos agravios, enfados pretéritos, sinsentidos a los que he concedido una energía más necesaria en otros menesteres. Qué me importa a estas alturas aquello que pasó hace mil siglos, me importa un huevo lo que piense esta o la otra de mí, y qué más me da que te vaya bien o mal. Estamos atacadas, amigas. Por soledad, por constante obediencia, por excesivos minutos de descuento en un partido que no acaba de terminar. Yo me cabreo leyendo tuits de gente que me cae de puta madre, me ofenden cosas de los grupos de whatsapp dichas con la mejor de las intenciones- por no hablar de memes y constantes chascarrillos- me provoca urticaria mental el comadreo intelectual de redes sociales que antes observaba con curiosidad de entomóloga. Cuando comparto todo esto, todas y todos (casi) estáis de acuerdo: tocados, tocadísimos estamos. Como dice la gran Cristina Fernández Ostos (ay, amiga, cómo se nos nota que escuchamos a Esnórquel y a Perra de Satán), algunas estábamos ya cucú antes de todo esto, no levantamos cabeza, a medio camino entre la pena existencial y el cabreo de señora gilipollas olvidadora de su privilegio.

Yo no sé si la tristeza es un derecho o, como se dice en el principio de La colmena, algo que puede convertirse en atavismo. No lo digo con prepotencia de alguien que no conoce lo que es la depresión porque da la casualidad de que sí la conozco, por eso la dejo al margen. Hablo de esa falta de ganas, esa desidia que algunas nos esforzamos cada día en salvar, en cumplir con todo aquello que nos piden. Y sí, soy consciente de estar sana, de tener trabajo, de tener un círculo importante de personas importantes y que hacen cosas importantes por mí, me quieren, me cuidan, me marcan. Y no llega, de forma injusta y algo arrogante, no llega. Porque estamos cansadas, demonios, hartas y, en otro orden de cosas, nos sentimos algo estafadas sin ese maravilloso (hay que joderse) futuro que nos están robando. Me contaba ayer una amiga que nunca estuvo mejor Tinder que ahora: que la gente quería hablar, conocer a los demás lentamente sin esa presión de citarse en un bar . Si todo esto nos ayuda a ir algo despacio, pues bueno, concedo; pero permítanme lugar para el escepticismo, así soy. Preferiría, sin lugar a dudas, no ver contradicciones como que me pidan un pseudoconfinamiento y recibir publicidad de agencias de viajes para Semana Santa; olvidar, por un momento, que no tenemos una fecha en la que, mágicamente, el virus desaparecerá; que no tenemos ni una sola certeza sobre los futuros, ni sobre salud ni sobre economía. Leí una entrevista con una psquiatra en la que advertía un hecho del que, también, parecemos habernos olvidado: hay más de 300000 personas en España que no han podido hacer un duelo, digamos, normal, si es que la palabra normal sigue significando algo. Pues tengámoslo en cuenta, porque ahí sí que van a faltar hombros sobre los que derramar lágrimas y hagamos acopio de amor y comprensión a raudales. A pesar de nuestra legítima pero pequeñoburguesa penita.

Y, claro, cómo no estando yo por medio, me acuerdo de C.S. Lewis, pero, sobre todo, de la cara de Anthony Hopkins en Tierras de penumbra pronunciando el mantra de los que observamos la vida con algo de escéptico fatalismo: el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato.

Os deseo toda la salud del mundo. Y también todas las lágrimas que os venga bien derramar, no está probihido y teneís, tenemos, todo el derecho.

A beneficio de inventario:

Mi año de descanso y relajación de Otessa Moshfegh está editado por Alfaguara. Yo lo leí cortesía de Galiciale, plataforma de lectura digital de las biblios públicas a las que mando toda la fuerza y el amor del mundo. Ayer terminé de leer Bordados de Marjane Satrapi y me ha gustado mucho más que todos los tebeos anteriores: más gamberro, menos lírico y más original. No os dejéis engañar por el título: las mujeres se reúnen, pero no para bordar, para hablar de sexo y placer sexual femenino. Y me he reído un montón.

Si tenéis Filmin, os recomiendo la serie 22 de julio, sobre los atentados de Oslo y Utoya, el shock que produjo en la sociedad noruega y algo muy importante: el estado de bienestar comienza por la salvaguarda de lo público, del bien común. Y, también, que los medios de comunicación tienen una responsabilidad muy grande en esclarecer, investigar y tratar de ordenar los sucesos que relatan. Y, por supuesto, en cómo lo relatan. Si esto os parece intensito de más, como soy yo cuando me pongo, podéis ver también El imperio de la ostentación en Netflix, donde una recua de ricachos coreanos, singapurcenses y chinos tienen una pandilla en L.A. y exhiben sus problemas del siglo XXI ante chamanes, quiromantes y encargadas de tiendas de Rodeo Drive. Oiga, una tiene su corazoncito, qué pasa.

Y de banda sonora, esto:

Basado en rumores reales

O falar non ten cancelas. Imagen tomada de Dame (pulse en la imagen para fuente).

Leí en alguna revista o periódico que, durante muchos años, Juan José Millás, un escritor del que admiro su tierno desencanto crítico, se levantaba muy temprano, horas antes de tener que salir a su rutinario trabajo, y se sentaba a escribir. Sin ningún plan de futuro, no creo que desaforadamente, más bien casi como haciendo ejercicios de caligrafía imaginativa. Quizá la vocación sea eso: no esperar nada y escribir o crear contra cualquier cosa. No sé cuántas personas leen o leyeron aquellos borradores o cuartillas de Millás, quizá solamente él mismo. Sería muy Auster y muy Millás que, dentro de unos años un desgarbado estudiante de Filología Hispánica de, pongamos por caso, Misuri o Boca Ratón (Florida), tomase el té con los herederos de Millás y le permitiesen bichear en su biblioteca, en su despacho, en sus archivadores kitsch de cartón, en sus carpetas azules de gomas y los encontrase, ávido de dar al mundo ese yacimiento arqueológico de papel amarillo y tachones, de notas al margen y post it en los que se coló, quizás, algún recibo de la tintorería o una tarjeta de un cerrajero solícito dejada en el buzón. Y digo con herederos o “the heirs of Juan José Millás” porque para que esto sucediese tendría que estar muerto, Dios no lo quiera y ojalá con esta pobre línea yo le alargue la vida. Ese estudiante, que, por supuesto tendría el look y la pinta de Gabino Diego en Amanece que no es poco y que hablaría español un pijo de bien, llegaría a acuerdos con editoriales para un plan de publicación, leería sesudos papers en congresos, digamos , por ejemplo, en Calabasas (California) o en Toledo (Ohio o España, da igual). Death or glory, publish or perish, you know. Y el interés por conocer de dónde pueden venir algunos detalles, incluso por intentar reconocer o establecer patrones de relación entre borradores y resultados finales, esa pesquisa filológica, ese desentrañar de la madeja que es a partes iguales la satisfacción del arqueólogo y la gloria académica.

Matt Salinger, que dice adorar la escritura de su padre, recibió del autor de The catcher in the rye instrucciones muy precisas sobre cómo y cuándo publicar algunos inéditos; una hoja de ruta precisa y clara, que daba idea de la trascendencia que el hurañísimo autor tenía de su propia escritura. Es muy Salinger programar ese juego de prestidigitador una vez que él ya no esté. Otros autores, el caso de Larkin o Kafka es sonado, pidieron la destrucción de esos restos y reliquias, esbozos e incluso sonrojantes obras de juventud, en un intento de hermanar vida y obra que irían así a la par: ninguna sorpresa detrás de mí, soy el editor de mis escritos, pero también el curator de mi futuro papel en la historia, el vigilante de mi propio canon, A veces alguna mano salvó manuscritos en última instancia : de la basura se rescataron futuros premios literarios; del fuego, algunos poemarios hoy considerados imprescindibles. ¿Hay legitimidad en estos actos de “salvamento” o debería prevalecer la voluntad del autor? En el complejo pero estéril debate sobre epistolarios o inéditos, manejamos con cierta ligereza la palabra ética. Yo adoro los epistolarios, creo que es donde descubrimos facetas mucho más humanas, para lo bueno y para lo malo. Y hay algo de íntimo y doméstico en el hecho de que quienes fueron grandes autores o autoras se suelten la melena, digan lo que les parezca de coetáneos o, incluso, elogien su propia vagancia. ¿Por el bien de la literatura deberían importarme un pimiento porque lo que debe interesarme son las obras? Pues no tengo una respuesta clara: del mismo modo que la proyección social- y sus redes sociales, ya no digamos- de algunos escritores o escritoras actuales me produce profunda antipatía e influye en cómo valoro su obra, otras y otros me han cautivado e incluso conmovido. Con quienes involuntariamente escribían para la posteridad, tengo el honor de compartir tiempo, me lo paso francamente bien. Y es genial que pueda leerlos en su intimidad, oteando a través de un agujerito mentiroso y ficticio. No sé si es legítimo que yo, Lorena Gómez, esté leyendo lo que se escribían Pasternak, Rilke y Tsvietaeva en el verano de 1926. Pero la pulcra y delicada edición de esa correspondencia (Cartas del verano de 1926) que me acompañó en un solitario y muy triste verano en la playa, me permitió degustar una vibrante Europa, también a comprender cómo entendían los tres implicados los entresijos de la creación, la amistad entre poetas, la vida. Este año confinado, me acompañaron Keats, los Shelley y lord Byron, en ese delicado caramelo que es El mundo roto (Lord Byron, como diría Alba María, no podía parar de creaaaaar). Y qué puedo decir del Miquiño mío: sé mucho más de una mujer a la que ya admiraba ( y el salseo me chifla, amigas, me chifla) y me encanta saber que amaba y era correspondida, chúpate esa, Juan Valera. De las páginas de los diarios, me lleno los ojos de lágrimas con Barthes y su ritmo de aflicción. No sé en qué quedará la polémica con los diarios de Zweig, pero el escritor de profunda mirada llorosa estaría atónito ante semejante espectáculo. Y quizá, y solo quizá, las partes tendrían que sentarse a hablar y decidir que triunfase la literatura, pero imagino que eso es ya otro asunto, lejos del voraz mundo editorial contemporáneo, ¿verdad?

En esa, llamémosla para entendernos “trascendencia involuntaria”, el tiempo ejerce también una labor de canalización. Todo aquello que se ficcionaliza es susceptible de ser rechazado o incluso “retractado” : el reciente caso de la periodista Helene Devyck, exesposa de Emmanuel Carrère, al que acusa de construir una autobiografía y no una novela en Yoga. Tuviesen o no un contrato para preservar ciertas intimidades-lo que es un tanto turbio,con todos mis respetos- está claro que es una estocada a la exitosa fórmula de la autoficción que tan bien ha explotado el autor francés. Otros casos de éxito reciente, como El dolor de los demás de Miguel Ángel Hernández, creo que juegan en otra liga: es una muy legítima ficción a partir de unos hechos reales, muy cercanos y dolorosos, de los que ya hemos hablado por aquí. Como decimos, es otra liga.

A mí me han pedido permiso para ser personaje de ficción y, qué quieren que les diga, estoy encantada. Mi yo cabaretero de tímida exhibicionista está deseando verse en letra impresa, arreglá pero informal. No puedo contar mucho más por el momento, pero es algo divertido y, qué coño, me halaga un montón. Ojalá me dejasen contratar una estilista para salir remonísima en la imaginación de los lectores y lectoras. Ojalá yo pudiese sublimar así mi propia trascendencia y no a través de las futuras escrituras, es muy cansado, yo es que soy muy pavesiana, qué le vamos a hace; ojalá poder influir en la escritura de ese personaje ¿Es una persona real dueña de un personaje creado a partir de ella misma o no? Quizá esa sea una cuestión de más calado de lo que parece Hace unos días asistí algo perpleja a una conversación entre escritoras en las que se contaban followers, acciones de marketing digital, promociones y debates en redes. Y digo atónita porque, incluso trabajando en algo similar, no deja de sorprenderme la minuciosa gestión de la imagen, el aparentemente desapegado cultivo del ego, que, imagino, es producto de una competitividad canina y también del miedo. ¿Son ellas mismas posando en redes, cultivando una impostada cotidianeidad, contestando a todos y cada uno de los comentarios? ¿Debería la impostura ser imprescindible para la creación y su posible trascendencia: crear heterónimos, alter egos, dejar pistas y diarios falsos y reírse de la futura Filología?. Eso sí molaría muchísimo, Entre egos y autoestimas anda el juego, señoras. Eso sí, basado en rumores reales.

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