Anchoas y Tigretones

Hijos (11): madres e hijas

Laia Costa y Susi Sánchez, madre e hija, mujeres, en Cinco lobitos

Para María Cousillas

Hace un tiempo, cuando el mundo se paró ante nuestra perplejidad, el temor y las órdenes nos dieron un tiempo para bucear en armarios y carpetas olvidadas. Hubo quien retomó agendas, aquellos pequeños compendios de mundosl donde apuntabas, aunque supieses de memoria, números y direcciones. Las agendas situaban nuestro mundo en otro mundo: el de las amistades de ese momento, los chicos favoritos, las persianas rebeldes de aquel pequeño apartamento al que venía el señor que encabezaba la S y que no era otro que «señor de las persianas». En el tiempo detenido, digo, muchas miraron con estupor antiguos números sin prefijos, los primeros móviles, los primeros en muchas cosas que después pasaron a ser recuerdos, tan borrosos como las chicas del fondo de una foto del instituto. Surgió un extraño sentimiento entre curiosidad y vértigo, una extrañeza algo morbosa y también el afán de reconciliación, esos pequeños testamentos en vida que hacemos cuando nos vemos al borde de algún abismo. Llamadas o mensajes de exnovios, de amigas con las que no hablas porque la vida es lo que es y ya, de compañeros de otros trabajos o de quien en algún momento te hizo temblar de ilusión (los menos, la verdad). Esas viejas agendas tuvieron una segunda vida en un momento en el que temíamos por el mundo, por el futuro sea eso lo que sea. Yo encontré una donde había escrito en la inicial adecuada un número que no habría necesitado apuntar jamás, lo memoricé al instante, aunque guardé con displicencia el trocito de hoja de cuaderno en el que él lo había apuntado. Solo recuerdo su flequillo soleado al marcharse y la presión de mis nudillos apretando aquel papel dentro del bolsillo de mi chubasquero, no podía perderlo, ese número era el compendio de un mundo. No se sabía de cuál, pero de alguno. Más tarde, el tiempo alineó los planetas y sí, es verdad, no necesitaba el papel porque la letanía de unos números hasta ese día innecesarios, aleatorios, inútiles, cobraban una vida en mi cabeza, en la construcción de un futuro volátil, que es como tienen que ser los futuros.

He empezado hablando de lo antiguo que invita a la nostalgia: los números de teléfono de otros, de otras, con su armonía salvadora, silenciosa y exasperante otras veces. Miraba de niña los listines que rellenaba mi madre con su pulcra letra inglesa, aquellas amigas allí escritas a las que yo recordaba vagamente, con su dirección debajo para enviar, a principios de diciembre, la participación de lotería y la felicitación navideña. Mi padre tiene en un bloc imantado en la nevera unos números (el mío, el de primas, de amigos cercanos, cada vez, claro, menos ) mezclados con el prosaísmo de la tintorería que recoge a domicilio, el de la médica de cabecera o la gestoría del edificio. No borramos números, incorporamos más, incluso cuando aquellos han quedado obsoletos, fuera de juego o no tienen mucho sentido. Recorro a veces ese abecedario uniforme que es la agenda de mi teléfono móvil y encuentro algunos teléfonos a los que acompañaría el silencio en caso de pulsar sobre ellos o una voz que nos informaría que está fuera de cobertura, desconectado o que existe solo en un pasado nuestro que ya no es. Tengo todavía «mamá», «Casa de las tías», y algún otro que no desaparecerá de ese espacio, le corresponde, no será usurpado por cualquier otro. Creo que ese puzzle que son los afectos estaría incompleto sin esa porción de recuerdo inútil pero reconfortante, de esa cápsula del tiempo inversa,que es saber que todo eso no se lo robamos a nadie, le pertenece a quien ha dejado su silla vacía. Su DNI, su anticuado teléfono móvil, su tarjeta de bus, todo quizá metido en una carpeta de cartón con gomas, al fondo de un cajón, ocupando también su lugar de silencio. Todo ese orden diminuto está siempre dispuesto para ser habitado por la agridulce melancolía. Aunque sea ley de vida perder a quienes nos preceden,

Una de mis películas favoritas de este año, Cinco lobitos, partía de la reciente maternidad de la protagonista para exponer lo que tantas hemos vivido : la dificultad de que madres e hijas se entiendan, con el gap generacional y los constantes desencuentros producto del exceso de amor o de la restrictiva educación entendida como un «meter en vereda». Añadamos a eso las perspectivas e ideas diferentes sobre cuidados y trabajo, sobre parejas y familias, casi sobre todo. No hablemos ya de la afortunadamente superada edad de la arrogancia, llena de portazos y lloros incansables, de instalarse en una especie de «no future» hosco y defensivo. Madres e hijas, partiendo del amor mutuo, no sabemos recorrer sin sobresaltos juntas ese camino, mitificando también la relación basándonos en otras ficticias. Quizá en la realidad solamente pueda ser eso: un ping pong, un situarse en la diferencia, en la alteridad. Hasta que un buen día las hijas somos madres o madres de nuestras madres porque la edad y los achaques llegan y empezamos a acercarnos de otro modo, a tolerarnos, a «convivirnos»; las confidencias son tales, las recriminaciones serán menos, porque, por fin y por encima de todo, comenzamos a entendernos como mujeres, ambas desde la madurez.

Una buena amiga ha perdido recientemente a su madre. Yo he dicho en muchas ocasiones que el dolor y el desconcierto que provoca la orfandad en edad adulta no se tiene en cuenta, no hablamos de ese vacío entendiendo que es ley de vida. Y es un dolor también profundo que, quizá, no nos sitúa en ese terrible desamparo que es la pérdida en la infancia, cuando son esa mano que te sostiene, el orden doméstico necesario, la regularidad, el sentir el amor de forma casi natural. Cuando eres adulta y fallecen tus padres, piensas de otra forma en tu propia mortalidad, recorres todo ese camino de desencuentros y desapegos que se han producido a lo largo de los años, te castigas un poco más pero, y ese es también el milagro, recuerdas a esos adultos que fueron tus padres también como una adulta: comprendes sus errores si tú estás también educando, eres mucho más tolerante con algunos pasados; con otros, esto es cierto, no. Somos libres, es verdad, para construir y edulcorar nuestros recuerdos, lo somos también para enjuiciar o creer lo que nos parezca mejor. Pero ese entendimiento que se va produciendo al final es lo que hace que queramos, de vez en cuando, abrir de nuevo esa carpeta con gomas que tiene un DNI, listines de teléfonos de otros, tarjetas de bus, con la fascinación informada de quien conoce el contenido pero necesita de nuevo verlo, apelar a esa idea y tenerla viva, cercana. Los objetos, esos anclajes.

Mi amiga me manda por whatsapp una foto de su madre en la juventud. Es una de esas fotos de estudio en blanco y negro, donde una mujer muy hermosa mira sonriendo a la cámara. Desconocía, claro, ese futuro con una hija buena, con la que conviviría también y que la cuidaría hasta el final. Es también extraño para mí observar la belleza de una mujer desconocida que fue parte importante de la vida de alguien. Mi amiga tiene ahora la tarea de reconstruir para sí misma un espacio compartido en el que podrá palpar la ausencia, pero también izar sus futuros a través de sus recuerdos, de esas cápsulas del tiempo, de esos álbumes de fotos, de esos armarios de vida.

Comencé hablando de las agendas olvidadas, de los números de teléfono que son solamente negro sobre blanco, pero que construyeron lazos, mundos, lugares para habitar. De agendas amontonadas porque no queremos que todo eso se vaya de su hábitat natural, los cajones que abrimos en domingo o en pandemias. Y sí, aunque no lo parezca, tiene que ver con todo lo anteriormente expuesto sobre Cinco lobitos, sobre el duelo y la memoria, sobre reconstruir espacios y habitarlos con los recuerdos, sobre las madres. El recuerdo, creo yo, es siempre vida. Incluso en carpetas de cartón con gomas.

MOMENTO DE AUTOBOMBO : He escrito mucho sobre hijos, hijas, madres, padres. Lo último, aquí. También sobre duelos y cuentos de Navidad, por ejemplo, aquí.

LEO
Vengo de ese miedo. Miguel Ángel Oeste Posiblemente el libro más oscuro y sobrecogedor que he leído en 2022. Y diría, usando un calificativo que no me convence demasiado en literatura, necesario. De cómo construimos el odio en los espacios que, naturalmente, han de ser reservados para el amor, del pánico y la alerta constante ante la violencia, del nebuloso futuro. Una absoluta barbaridad de libro. Y he vuelto a Vivian Gornick, pero eso lo dejo para el futuro club de lectura (ya os contaré).

VEO

Total Control (Filmin). En el otro lado del (nuestro) mundo, las antípodas, se hace una tele la mar de interesante. Una de las protagonistas de este drama político, con los entresijos, luces y sombras del poder, era mi actriz fav de una serie que me encatnaba en los 90, Vidas secretas. Y la otra, bua, la otra no es ni más ni menos que Rachel Griffiths, la MARAVILLOSA Brenda de Six feet under y, como no, la Sarah Walker de Brothers and sisters.

ESCUCHO

Estoy escuchando compulsivamente la discografía de Vainica doble. También a Las hijas de Felipe y su elogio de lo diminuto, las Punzadas sonoras y un podcast con el que me tiro por el suelo de risa : Mamarazzis, con Laura Fa y Lorena Vázquez, crónica rosa con perspectiva de género y mucha, mucha diversión, autocrítica, sofocos y contradicciones. Son estupendas.

Jugar al parchís

Qué candor tienen los aniversarios. Me avisa WordPress, este cuaderno de prestado digital en versión básica y gratuita, que hoy hace once años que estoy con ellos, huyendo de una posible hecatombe en otra plataforma. Con mi escasa, aún hoy once años después, experiencia digital, me sentía como empezando una nueva partida de parchís, avergonzada del atrevimiento, sin comerme las fichas de nadie y la cabeza gacha, igual que cuando las niñas mayores te invitaban a fumar y tenías que encontrar el fiel de la balanza: ni chula y sabihonda ni tampoco bebé que tose y que no sabe nada. Estar de prestado con las mayores es igual a ser una escritora de juguete: es aprender a pasar desapercibida pero dejando un recuerdo de agua de colonia al pasar. Escribir de prestado y gratis es como poco práctico, de promocionarse poco, en esta épocas en las que recibimos tantas invitaciones al like que acabamos perdidas en un bosque de súplicas digitales. Siguiendo con el parchís, he esperado muchas veces tener un seis para salir a contar algo, también he pasado turno, algo habitual en aquellas que habitamos o rondamos los territorios de lo descreído. Es posible que ya no se vendan juegos de parchís en casi ningún sitio y que los que sobreviven sean carne de webs de segunda mano, cosa que sucede con muchos libros infantiles que nadie quiere conservar. Hay algo de perverso en eliminar esos vestigios de la primera infancia, de la lectura a trompicones, de todo lo que es maravillosamente imperfecto y dulce. Pobres libros de Wallapop, seríais más felices criando polvo encima de una estantería donde alguna vez, años, muchos años más tarde, podría rescataros la nostalgia. Pero eso, como solemos decir, es ya otro asunto.

Comencé hablando de lo que pasó hace once años, cuando parecía que aquella plataforma que albergaba estas redacciones de fin de semana se iba al guano. Qué poco sabíamos de apocalipsis en 2011. Lo que sí recuerdo es que tenía el corazón algo encogido por si algo desaparecía en esa madriguera de Alicia, poblada de amenazadores píxeles y otros monstruos, que es el ciberespacio, esa palabra tan antigua. Pero no: cambiamos y recuerdo hablar de mudanzas y acarreos, sin mayores consecuencias. Y todo siguió así, en un cuaderno prestado, lleno de anotaciones. Este cuaderno tuvo grandes compañeros de viaje, fue abandonado en ocasiones, a veces observaba como quien escribía despotricaba, se abría en canal, aporreaba teclas, no sabía muy bien por donde salir. Lo bueno, lo mejor de todos los espacios de libertad, es que no obligan a nada, pero no están menos expuestos que otros. No llevas una libreta en el bolsillo, estás en ese «mundo líquido» (qué espanto de expresión) que permite retorcer, cortar y pegar (esto hay algunos que lo hacen de maravilla, qué cara tienen), crear un estereotipo ajustado o no a la realidad de la persona, real, muy real, que está detrás. Sean cuales sean las máscaras que exhibas, haya más o menos verdad, estás siempre ahí asomando, de una manera más obvia o menos, como un maquillaje de Carnaval a las tres de la mañana. Creo que las ficciones de identidad, y más aquí, son muy difíciles de mantener, es más, a mí no me interesan: jugar entre esos dos mundos es lo que me gusta de este espacio.

Por eso, y solo por eso lo mantengo. Porque no espero nada más que escribir aquí sin ningún tipo de vergüenza. Algunas redes sociales han sustituido espacios como este porque, se supone, hay que evolucionar. A mí la evolución me la sopla bastante, qué queréis que os diga. No creo que sea más efectivo (¿qué quiere decir esa palabra?) ni más visible (eso me importa también muy poco), ni, lo más importante, mejor. La plataforma me da igual, es más, me parece un coñazo leer en Instagram, no digamos en Facebook y los hilos de Twitter, a partir de cinco posts, son ya directamente invitación al abandono.. A mí, tengo que deciros que me agota la falta de autenticidad, la displicencia de quien decide qué es o no es moderno, es que me da igual. Es más, me la sopla también mucho si ser moderna es leer en diagonal. Me hace gracia cuando a veces me dicen, con un punto de compasión, «es increíble que sigas manteniendo un blog cuando ya nadie los lee». Es posible. Pero no me paro a defender nada, solamente a recordar que todo aquello que escribimos puede pasarse a limpio. Que ser columnista o escritora de juguete (para mucha gente esto es ser escritora de juguete) no le quita capacidad a lo que escribas. Que sí, que todo esto es refilón y notas desapercibidas, pero también mucho de lo que va en papel a veces acaba, sin leer, en el cajón del reciclado. Y eso sí que es tristeza.

Por lo tanto, y si a alguien le apetece, seguimos iniciando partidas de parchís. Contando diez, intentando no comer a nadie, recorriendo casillas para pasar el rato. Y llegando a un final, solo por divertirnos.

La verdad es que ir contra corriente es ser moderna. Aunque ser modernas nos la sople.

Leo:

El amor, violento, desigual, en La parcela (Caballo de Troya) de Alejandro Simón Partal. El amor que se sitúa en el centro de cualquier abismo, como un aprendizaje de uno mismo en el otro: y un aprendizaje en un contexto desequilibrado, donde el tedio es normalidad para unos y aspiración para otros. Mundos en tensión que se observan desde lejos, se aproximan y alejan, un lenguaje poético superior en una novela extraña y maravillosa.

A pesar de tensarme muchísimo cada vez que se baraja el posible género «maternidades», tengo que decir que Os seres queridos (Xerais) de Berta Dávila es una novela extraordinaria sobre diversos aspectos minimizados y poco tratados como son la depresión post parto y, sobre todo,los planteamientos taxativos y excluyentes acerca de la maternidad: ¿es ser madre aquí y ahora lo que realmente quiero, ser madre por encima de todo, no serlo por encima de todo? ¿Puedo querer no serlo si ya lo he sido, es ese instinto o necesidad lo que sobrevive siempre o no?

Tenéis que leer las Notas de suicidio de Marc Caellas. Es necesario hablar sobre el suicidio, sobre la posibilidad y esta recopilación de notas de despedida es cualquier cosa menos una frivolidad. En la presentación en Berbiriana, con el autor conversando con Julián Hernández, faltó tiempo para terminar el coloquio, para hablar de muertes avisadas y otras inesperadas. Impecable.

Acabo de leer este artículo sobre Molly Ringwald y por qué desapareció de la comedia adolescente de los ochenta, su particular cruzada contra los «otros Weinstein» y me parece de lo más apropiado para señalar la existencia de una violencia machista estructural. Ya, es de perogrullo lo que digo, pero creo que nos olvidamos a veces (o nos lo intentan quitar de la cabeza, como el señoro que me dijo que por culpa del Metoo un amigo suyo ya no trabajaba, que el pobre, blablabla).

Podcast: El episodio de «Buenas maneras» de Deforme semanal y, sobre todo, la exquisita entrevista en «Hotel Jorge Juan» a Martín Torres (¡qué hombre, qué hombre!), director de la editorial Superflua.No hay nada más natural y elegante que su relajado cosmopolitismo. Maravilloso.

Y las Ginebras, siempre:

«Yo sigo siendo la misma y tú
Sigues siendo un gilipollas
Quieres parecer Alex Turner
Porque sabes que me mola».

Ganar maletas, perder ciudades (2)

(Esta conversación, un blog es seguramente una conversación ensimismada, empezó en un post que escribí la noche anterior a volar a Moscú, en 2016. Allí hablaba del olor a hogar que desprenden las maletas al deshacerlas en la extrañeza de un hotel recién conocido. Lo podéis leer aquí: Ganar maletas, perder ciudades).

Foto de Amy Shamblen en Unsplash

Cuando cierro una maleta, que sucede el mismo día de la partida, hago una foto mental de lo que me llevo, equivocándome a lo grande casi siempre. Ya lo he dicho, es una nostalgia anticipada y un conjuro absurdo contra la preocupación del trajín atónito de los aeropuertos, de esa ceremonia de facturaciones y tarjetas de embarque que a mí me agrieta el alma,. Hago esa foto para pedirle a los diositos de las iberias y las aireuropas que no me pierdan la maleta, que no quiero tener que rellenar esos formularios imposibles, estar pendiente de que venga o no venga, que quiero salir cuanto antes del aeropuerto y enfrentar aventuras y mi viaje, ya, fuera de esa rutina de soldaditos de plomo en fila en la que parece que espero algún tipo de aprobación. Cuando dejo mi maleta en la cinta, siempre le digo a la persona en mostrador: «Llegará, ¿verdad?», en un intento desesperado y absurdo de ganar una tranquilidad que no tendré en todo el vuelo. Yo necesitaría, por ejemplo, que me dejasen ver la bodega del avión, ver mi maltrecha y ajada maleta roja, llena de gadgets- lacito inamovible, pegatina enorme- para que nadie se la confunda al recogerla, y acariñarla en ese desapego obligado, en esa dura separación a la que nos obligan. Los problemas del siglo XXI tienen estas dinámicas raras y autocomplacientes.

Hago, por fin, una maleta. Y quizá como resultado de esa confusa y algo apática neblina que ha sucedido al crack del 2020, mi modo de afrontar los viajes es ya menos caótico, menos entusiasta, y, sobre todo, menos anticipado. Voy a un lugar tan literario como destartalado, con un algo de belleza trágica, de maggioratas que vociferan en el alféizar de ventanas llenas de desconchones, esquivando la ropa tendida y el posible olor a colada. Las ciudades, gracias al cine, la televisión y la literatura, establecen esa memoria anticipada que después, al pisar el terreno, queremos reconocer como algo privadamente familiar siendo lo más popular y común que quizá tengamos. En aquella maravilla que era y es Cinema Paradiso, uno de los protagonistas lloraba a moco tendido musitando los diálogos de un dramón, una y otra vez. No creo que haya nada más común que esa idea compartida de los espacios que han sido creados para nosotros por medio de las palabras o imágenes. No he repasado- me gustaría- la elegante silueta de Alessandro Gassmann en I bastardi di Pizzofalcone. No he releído ese cuento tierno y triste sobre la pequeña necesitada de gafas en el librito hermoso que es Il mare non bagna Napoli de Anna Maria Ortese. Y no, no he querido ver L’amica geniale, ni de nuevo L’oro di Napoli, no. Quiero que, en estos tiempos desconcertados, la ciudad me sorprenda más que nunca, ajena a ese conjunto de expectativas necesariamente comprobables. Están ahí, como está Gomorra y la signora Cuccurullo del Matrimonio all’italiana, los sangrientos relatos de otros romanzos, la imponente silueta del Vesubio, la sobrecogedora idea de que nacer en Nápoles agota el destino, algo que decía un personaje de Erri de Luca. Todo esto es literatura, fotos fijas. Pero lo que me apetece es olvidar listas de imprescindibles, dejarme llevar de nuevo por la sorpresa, caminar dejando fuera, casi a propósito, todo aquello que tantas personas que han visitado antes la ciudad nos han insistidoen ver y admirar, nos lo han exigido casi. Dejar, por una vez, todo ese bagaje que hemos ido metiendo debajo de la piel en lecturas y visionados y dejarlo para la vuelta. Y reconocer, también, que dejarse sin ver las cosas importantes es también un modo de arrojar una moneda en una fuente, de poner un marcapáginas, es una promesa de retorno, aunque sea solo a través de párrafos, a través de fotogramas.

Claro que si veo dos niñas amigas.y corriendo a la salida del Liceo Classico Garibaldi, sonreiré, claro, es algo inevitable. LLevamos encima mochilas, aunque las soltemos a veces.

Lo que sí he leído sobre Nápoles en los últimos tiempos

Blu Palinuro de Isabel Parreño (Ediciones menguantes) Más allá del libro de viajes, es una memoria personal de la fascinación por Italia, en un delicado, elegantísimo encuentro con ciudades y lo que sugieren los paseos. Bellezza.

Lo que no he leído sobre Nápoles pero que leeré en el avión

Aguamala: cuatro días de lluvia en la ciudad de Nápoles a la espera de un suceso extraordinario de Nicola Pugliese (Acantilado) Dan tormentas, así que muy apropiado.

Lo que veo cuando no veo The crown por millonésima vez

Me ha gustado mucho Deadwater fell (el incendio)en Movistar. Un incendio en una idílica aldeíta escocesa desvela que tras las paredes de las casas hay mucha porquería, mucha mentira, mucha tristeza.

Y música…me la ha recordado la lista en Spotify de Blu Palinuro.

De los lazos y las desabotonaduras

Botones variados y dversos: imagen, sin créditos, tomada de Mercería La Costura. Pulsa en la imagen para origen.

Agosto es siempre lento y desubicado para quienes no gozamos de veraneo y ruptura de rutinas. Cuando todo se interrumpe- las suscripciones a las revistas, los horarios continuados en nuestros lugares favoritos que pueden ser tintorerías o cualquier otro donde reparar lo externo-solo queda observar y abrazar pausas con las persianas algo bajadas, gozando del silencio. Este paréntesis nos sirve a las lentas, a las dispersas, a repasar o recuperar lo que no ha dado tiempo a hacer: a llevar al zapatero aquellas botas que dejaste de usar en abril porque total, ya viene el verano y para qué; a recomponer el orden y desconcierto de la despensa; a repasar correos y borrar whatsapps que ya adquieren ese punto deliciosamente camp por desconocedores, su lugar en el tiempo, de todo lo que vendría después, qué ingenuos, qué conmovedora inocencia. A mí, además, ese tiempo de minutos espaciados más de lo normal- aquí debería ir la explicación de cómo la soledad del verano convierte los meses en gominolas alargadas en su sabor-me sirve también para recuperar podcasts guardados. Me gustan los que no dependen de lo inmediato, que pueden ser conversaciones de hace tiempo, también del futuro. Hablan Javier Aznar y el entrevistado Pedro Zuazua de amores gatunos, de veraneos en otras ciudades, de los amigos que entran y salen de la vida de uno. Contaba como, hacía muchos años, en una de las excursiones con la pandilla del verano, a la vuelta, se separaron para volver a casa en una bifurcación de la carretera. Los vio alejarse, en la distancia física y de la vida, sabiendo que aquel día se terminaba algo que no había llegado a ser completo, que no tenía ese don de la búsqueda de lo complementario, una pandilla de verano que es la tuya porque está ahí, nada más. Apareció otro grupo más afín, más apetecible para ese tiempo de ocio. Y allí, en la lejanía de aquellas bicicletas pedaleadas por los examigos, cada vez más extrañas y ajenas, nace un recuerdo borroso, de foto que nadie conserva, que no importa.

Leo en el tren Dos vidas de Emanuele Trevi, un homenaje a dos grandes amigos, diferentes, únicos, ricos en discrepancias y construcciones comunes: Pia Pera y Rocco Carbone. La amistad puede ponerse en pausa en algunos momentos de la vida, por desencuentros, por saturación, por desequilibrio en el interés del uno en el otro. Pero no tiene por qué terminarse, no es un portazo. Es un marcapáginas en un libro hermoso y dejado a medias : no es el momento (sin ir más lejos, a mí me ha pasado este año con el fascinante El último hombre blanco de Nuria Labari : magnífico, pero sin don de la ocasión para mí cuando me lo regaló Alejandra. Me observa desde la estantería sabiendo que nos recuperaremos el uno al otro algún día, eso es). Creo que la amistad, por ponerme algo estupenda, es una habitación entreabierta. Es normal y lógico, aunque a veces duela un poco, que algunas entremos y salgamos, en ocasiones de forma sigilosa, otras, de modo más notorio. Tengo compañeras y compañeros de viaje de siempre, muchas veces salvada la relación por el cariño, pero no conservo, ni de lejos, a todos mis amigos de la infancia ni de las pandillas primeras. Muchas amistades, alimentadas con el fervor gregario de la adolescencia, se han diluido y no en la deslealtad, puede ser en los distintos territorios o en la falta de common ground. Me gusta que me llamen o que me envíen whatsapps solamente para saber si estoy bien; en otras ocasiones casi me resulta irritante ser ese foco de atención. Biorritmos, capricho, quién sabe. Pero lo que sí sé es que estoy siempre en ese lugar que he construido a medias con alguien para dramas, alegrías, desahogos, desenfrenos, confidencias imposibles, datos fiables para un trabajo de una hija, teléfonos de señores que arreglan cortinas, psicólogas recomendadas… ¿O no es eso de lo que se trata? Hay una excepción a la disponibilidad: cuando tomo ese camino de refresco del que antes hablaba o si me encuentro yo misma ese hueco vacío que se ha ido forjando poco a poco entre un amigo y yo, entre alguna llamada necesaria sin responder y el silencio, entre la falsa dignidad de dar ese primer paso. Una de mis series favoritas (y que por alguna deslealtad del destino dejé de ver en algún momento) contenía una buena definición de lo sobreentendido, del apoyo silencioso que también es base de alguna amistad. En Mujeres desesperadas, le decía Bree van der Kamp a Gabrielle Solís que cómo, siendo buenas amigas, no le había pedido auxilio dada su situación económica. Y Gabrielle, que tiene más calle que todas esas juntas, le responde algo así como :»Tú lo has dicho: eso es lo que haría una buena amiga. Yo prefiero pensar que somos grandes amigas, capaces de pasar por encima de esto, resolverlo de algún modo y que parezca que no ha pasado nada». Toma ya, la Gabi que parecía otra cosa.

Y como concluía la Ginzburg: é stato cosí. Mis whatsapps, mi teléfono, mi mail siguen abiertos para quien sigue agazapado en la distancia, quizá en un refrescante silencio o pausado entusiasmo. Quién sabe. Ya hubo quien dijo, mucho antes que yo, que el mundo era ancho y ajeno.

Referencias:

El episodio o capítulo o no sé cómo llamarlo de Hotel Jorge Juan es, como dije, la conversación con Zuazua y titulada «Días para ser gato». En un mundo de gritos y cancelaciones, conversar tranquilamente me parece el mejor de los planes, por eso este podcast es de mis favoritos: hay que poner de nuevo la conversación en el centro y dejar de lado el espectáculo. De los últimos que he escuchado (ya digo que voy a salto de mata), destaco las que han tenido lugar con Fernando Schwartz, Guillermo Solana, Milena Busquets, Quim Gutiérrez, Juliana Abaúnza. Un valor añadido es la recopilación de referencias (literarias, artísticas, musicales) al final de cada entrega. Lo dicho, un remanso de paz en medio de un mundo gritón.

E stato cosí (Y esto fue lo que pasó) es un inquietante tomito (qué delicia de palabra, ¿verdad?) donde el dolor da paso a la venganza; la crónica negra a un contexto previo aún más negro, dándole voz y pluma a la mujer que puede ser cualquier mujer que un día dice «hasta aquí». Está traducida por Andrés Barba al castellano y publicada por Acantilado.

Dos vidas de Emanuele Trevi, está, como ya dije, editado por Sexto Piso y son apenas 150 páginas de gran literatura, de conseguir exponer- con la emoción adecuada – el devenir de la amistad, sus idas y vueltas, la irrupción de aquello inevitable, la celebración de la vida y la compañía. Dan ganas de abrirse una buena botella de vino y llamar a personas maravillosas para conversar sobre esta lectura.

Mujeres desesperadas la podéis ver, creo, en Disney+.

De las otras cosas que no salen en el post pero que he llevado en el bolso:

He prometido un comentario-la palabra «reseña» es,casi siempre, un engaño-de Agua y jabón que aplazo, de momento, para darle tiempo y que asiente mi apasionada lectura. Este divertimento de Marta Riezu es un pequeño catálogo de afinidades, de la pausa ante lo involuntariamente hermoso, evitando caer en esa trampa de definir «lo elegante». ¿Hay mayor estilazo que entrar en un ascensor con un abrigo de Max Mara oversized ante la atónita mirada de dos vecinas? Ya os contaré más.

Pesaba mucho para mis bolsos de trabajo, pero valió la pena El césped de manzanilla de Mary Wesley (Alba editorial, colección Rara Avis). Cornualles y una casa familiar repleta de primos jóvenes y la irrupción de la Segunda Guerra Mundial, ese rapidísimo aprendizaje del desencanto y el miedo tan presente en los novelones brit que tanto nos gustan desde Brideshead a la saga de los Cazalet o esa maravilla que yo descubrí en su versión para la tele que es Una danza para la música del tiempo . Hay algo, a mi juicio, maravilloso en la novela de Wesley y que, creo, no debe pasar desapercibido: la conciencia de las mujeres protagonistas de su libertad sexual, de que, en un mundo que se hunde, la reputación es una entelequia, por lo que pueden y deben ser dueñas de sus cuerpos y disfrutar, amigas, disfrutar mucho.

Solo para tus ojos:

Estoy de acuerdo con Miguel Anxo Fernández en que Voy a pasármelo bien es la comedia del año, sea lo que sea esa etiqueta. Divertidísima y a ratos conmovedora, ese chaval fascinado por las letras de los Hombres G y su pequeño mundo de amistades inquebrantables, malotes, solidaridades y primeros amores. Y unas coreos absolutamente grandiosas.

He visto La peor persona del mundo de Trier, que me parece una buena película, interesante- sobre todo el tratamiento del paso del tiempo- pero sin compartir el exacerbado entusiasmo de la crítica. Y estoy deseando empezar The sandman, la segunda temporada de Solo asesinatos en el edificio y- ojalá- alguna plataforma recupere íntegra Parks and recreations.

Ay, qué gustito pa mis orejas:

Os recomiendo un episodio de Tema libre (está en Spotify) con un diálogo entre Lucía Lijtmaer y Cristina Morales. Sobre el poder, los hábitos de escritura y algunas cosas más. Oh, y me ha gustado mucho esto de Amaia y Rigoberta Bandini.

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