Anchoas y Tigretones

Chonismo lírico (o dar Coelho por gato)

438px-this_is_for_your_bad_manners_niagara

That’s for your bad manners – Niagara By Hotlips – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=32513496

Soy de la creencia firme que las mejores teorías se hacen siempre en los bares, esperando a gente que llega tarde, dándole duro a calentar la barra. El cuarto de baño es también un lugar de pensamiento adecuado que no mágico, aunque si estás en casa ajena leas y curiosees las melindrosas etiquetas de los champús de los otros, los botecitos de las cremas de cara y cuerpo de los otros, los restos de dentífrico  en el vaso para enjuagarse la boca de los otros.  Los cuartos de baño ajenos son lugares que nos reconcilian mucho con nuestro descuido casero, fundamentalmente porque nadie es hiperperfecto ni tiene la casa en estado de revista (si está así es porque no vives en ella, anda y no mames).  Comprendo que la praxis necesite sus laboratorios, pero, como diría mi madre, o falar non ten cancelas y pasar el día de pasmona, de trosma (otra palabra de mi madre, esto promete ser algo revival y normanbateseano) es lo que tiene: que piensas en cosas que quizá a nadie importen, pero que además de ser entretenidas encajan de repente, y de forma muy certera, en ese hueco que queda en toda formulación, en toda teoría: ya saben los gaps o la elipsis, que somos todos muy teóricos de la literatura, muy de la retórica y muy coñazos de Dios.

Mi querida Alejandra de Diego me hizo llegar este maravilloso Manifiesto anti-cuqui de la también maravillosa Diana Aller. Me encanta, lo adoro, lo subrayo y suscribo, pero falta un punto. Y llevo hablando de esto en bares bastante tiempo, en bares y en cafés, creo que hasta lo he mencionado en este cuaderno. Queridos todos, hoy vamos a hablar de chonismo lírico. ¿Qué es el chonismo lírico? Partimos de la base de que todos sabemos, o al menos tenemos, una intuición mediana de lo que es algo choni. Lo choni no es exactamente lo hortera. Lo hortera va a su bola, lo choni tiene discurso y eso lo hace peor. No vamos a hablar de tal o cual música, de reguetones y mayonesas, de uñas postizas con purpurina o de vaqueros recauchutados. Tampoco de creerte la reina de dragones o de hacer posturitas en primer plano y primera persona en Instagram. No. Ahí el chonismo es muy evidente y no da escozor, puede dar pena o te puedes partir la caja, cada cual con su conciencia. El problema es que lo choni no se agota, por el contrario; se intensifica, se cuela como una mosca cojonera y transforma cualquier significante. Digamos que el chonismo se viene muy arriba, vaya, aunque también podríamos hablar de que se encripta, de que disimula y que silba para no ser descubierto. Ojalá fuese así: está en todas partes.  Chonismo lírico son las citas literarias buscadas en Google con su buena Comic Sans y su buena foto de una  rosa con rocío goteante. Chonismo lírico son las paridas que pululan por redes sociales- no “en Internet”, eso es exclusivo de esa necesidad que tenemos de estar todo el puñetero día demostrando que somos la pera, ergo, redes- generalmente atribuidas al pobre de  Paulo Coelho, Tagore o Einstein; aunque los gurús contemporáneos hindúes, los CEOs de algunas compañías tecnológicas- fallecidos o no- van ganando posiciones, Gandhi mediante.  Choni lírico es Federico Moccia y esa tendencia abierta por las editoriales de”mocciziar” las cubiertas de los libros de bolsillo. Hay cubiertas de los libros de bolsillo pretendidamente cuquis pero que no : hay una cafetería donde dos se enamoran, una librería donde dos se enamoran o un aeropuerto donde dos se enamoran, hasta aquí un grado de cuquismo relativamente aceptable. Rascas un poco y parecen vivir dentro de una cita de Depaak Chopra  Ella es ejecutiva y él también, tienen pasta a manta, aunque todos buscan el amor y a tomar por saco: hacen mindfulness, yoga y comen quinoa, se hablan entre ellos de forma intensa y trascendente, siendo la  cubierta del libro la que da  da buena cuenta de ello. Como tienen pasta y comen esas cosas, pues les da por irse a buscar su yo interior e intercambiar trascendencias en lugares que quedan muy a mano, por ejemplo, el desierto, que queda muy a mano cuando vives en Boston o Berlín. En el fondo quieren lo que todos queremos desde el minuto uno del encuentro:  ya saben y no me hagan decirlo, que esto lo lee mi familia. También es pasto de chonismo lírico que la cubierta del libro lleve otra cita de otro escritor choni lírico alabando la obra con frases para la historia del calibre de “Un gran descubrimiento” o “El paradigma de la emoción”. Choni lírico sin más, aunque ahí- y esto merece post aparte- nada como los libros de religión post Concilio Vaticano II y las canciones de, como dice mi amigo Gaspar, “cristianos de guitarrita”. No hay NADA que contenga más chonismo lírico que “Tú has venido a la orilla” o ” Yo tengo un gozo en el alma”. Aunque ahí ya tocamos temas de dimensión trascendente y la gente tiene tan poco sentido del humor como altísima capacidad para ofenderse, especialmente desde el humor, así que carpetazo al asunto.  Otra línea mucho más choni lírica es el amplio mundo  que rodea al  revival medievalista. Coger a Tolkien por las runas  (no me digan que no habría sido bonito poner aquí “coger del rábano de Tolkien por las hojas”, pero no hay narices) es lo que tiene: que se crea una cosmogonía- él lo hace, era un puto genio- a partir de la imagen de, por ejemplo, Viggo Mortensen. A mí me mandáis lo que sea que tenga Viggo Mortensen y os perdono cualquier conato de chonismo lírico, aunque en esta tesitura del medievalismo choni lírico cabe desde Tyrion Lannister a  Légolas, de Xena la princesa guerrera al proceloso mundo de los highlanders: esas brumas escocesas, ese devenir de la falda ondeando al viento, esas cumbres alejadas hacen que casi veamos el sudor de los guerreros goteando en algún lago.  Todo,en resumen, todo sincretismo histórico que lleve espadas y conquistas por el medio roza peligrosamente el chonismo lírico o lo es de forma clara.  Tiene mucho éxito, sarpullidos ortográficos aparte y comas bien puestas deseables en las citas.

El chonismo lírico es el quiero y no puedo del desarrollo inteligente de la lectura: espolvorea un par de frases, ponle una guirnalda y añade una dosis de cucharada de trascendencia. Chonismo lírico hay mucho en los selfis usados como foto de perfil, en  estados de Facebook y Whatsapp que recuerdan a los Pierrots con lágrima de los ochenta:  explosiones de autoayuda, de amor hacia los hijos, la familia, el mundo, los perros, los gatos, la flora y la fauna mundial, siempre con el nombre del autor de la explosión de amor entre paréntesis. Chonismo lírico es pensar que las bibliotecas, las librerías y las frases de Neil Gaiman molan porque sí, porque son bibliotecas, librerías y Neil Gaiman y, en virtud de ese molamiento apriorístico, hay que repetirlas diez millones  de veces por si no os ha quedado claro. Neil Gaiman mola en cualquier aspecto de su vida y de su cuerpo serrano de inglés escéptico y guapísimo vestido de negro- y está casado con Amanda Palmer, ¿no se le rompe nunca a este hombre el molómetro?-pero es mucho más interesante, muchísimo más, cuando no habla de bibliotecas. ¿Por qué? Pues porque el riesgo de estar haciendo frases todo el día, de parir sentencias muy grandilocuentes, te convierte en carne de chonismo lírico. Sí, vale, ya sabemos que los bibliotecarios somos mejores que Google y blabla.  Los bibliotecarios molan el triple cuando no se pasan el día dando por saco y diciendo o haciendo memes con el objetivo de demostrar que las bibliotecas son la releche: ya lo sabemos, trabajamos en ellas, lo damos todo (odio esta frase, es para que me entiendan), hacemos las cosas más chiripitifláuticas para reinvindicarnos, reinventarnos. Y trabajamos muy, muy duro. Ya está. Paren. Gracias (y digo los bibliotecarios, con o, porque las bibliotecarias siempre molamos. Siempre, no lo olviden).

Todas somos o hemos caído en el chonismo lírico. Es relativamente fácil: tenemos nuestro corazoncito y la carne es débil de carallo. La señora que escribe esto firma como Sigrid de Thule, una forma algo como de escorzo en el chonismo lírico, pero no me doy fácilmente a las citas, aunque sí a la autojustificación. A fin de cuentas, tampoco se puede pasar una la vida formulando teorías ni papando la nata. De vez en cuando hay que remangarse y trabajar por el bien de la Humanidad. Por lo tanto, no olviden nada de esto, queridos niños, adorables niñas, y procuren no hacerlo en su vida internetera. Si os llega una cita literaria con guirnaldita, con paisajito, con comas y puntos espolvoreados por doquier, duden. Duden de la veracidad, claro, pero duden también de sí mismos si les surgen tentaciones de compartirlo: estarán contribuyendo a una expansión de la sensibilidad cutre, de identificar lo sentimental con el sentimentalismo- esto me recuerda a la dicotomía “libertad/libertinaje” de las clases de religión, qué guay-  hasta llegarán a creer que lo que hace Almodóvar es lírico. ¡Diferenciemos entre la emoción legítima y la de botellón, hermanas, se acerca el fin! Y si tienen ataques, todos los tenemos, lo mejor es que tengan a mano la  imagen  que ilustra este post- la de arriba también, pero la de abajo es mucho más contundente-  y una prueba de fuego: el toque punk. Si después de un toque punk, de una remezcla y de poner la cita patas arriba la emoción sobrevive, será literaria, será legítima, será verdadera; aun reconociendo que todo es contextual. De no ser así, lo sentimos, pero  les estarán dando gato por liebre. O, qué narices, gato por coelho. Si es que al final siempre volvemos al excelso escritor, a la creación del canon chonista lírico y la permanente duda. Pues eso, quizá, quiere decir algo .🙂

coelho

Te pido perdón, Paulo Coelhiño, pero esta foto viene al pelo.

Mis hashtags del asunto:

#contraelchonismolírico

#coelhismoilustrado

#señormehasmiradoalosojos

 

 

“¡Viva México, cabrones!”

Para Jairo, Laura, Liz, Vane, el niño Bob Dylan, Rafa y todos los que estuvisteis en esta aventura. Nos vemos en “El alegre corazón” o en Chiapas. 

Es difícil, muy difícil. No me salen las crónicas ni las reseñas, ya lo saben quienes pasan por aquí de vez en cuando. Una va a México pensando que va a un programa de intercambio, que hará su trabajo, visitará algunos lugares de interés, comprará algún que otro recuerdo, conocerá a algunas personas bien agradables y otras no y nada más. Incluso va con cierta reticencia, oye muchas opiniones no pedidas, bienintencionadas algunas, claramente envidiosas otras, sobre cómo están las cosas- me gustaría que alguien me explicase de forma convincente el concepto genérico “cómo están las cosas”, porque, sinceramente, no lo pillo- pero, le pese a quien le pese, decide ir. Y voy. Y llego a México.  Y llego a ese país, a esa Universidad, a esos amigos que sabes que van a ser para siempre. A las sonrisas en el hotel todas las mañanas, a las preguntas sobre cómo se hace esto y lo otro, a las risas constantes mientras dices “coger” y “joder” un millón de veces,  a los taxis destartalados en los que no hay casi nunca cinturón de seguridad- “me lo tapizó mi primo y se lo dejó por debajo”-a ser acogida en casa y tomar un caldo de pescado “poco picoso”. A ser entrenada en los tacos y las enchiladas, en el atole de pinole y el tequila. A conocer todos los días a personas nuevas que te acompañan con deferencia y mimo. A tener todos los días conversaciones larguísimas sobre crisis económica, partidos en el poder, Podemos, la Unión Europea, Trump, Parálisis Permanente, Panteón Rococó y Molotov (sobre “Puto” y la polémica reciente, sí, reciente, en España escribiré un post entero). Sobre Carlos Fuentes y Elena Poniatowska, sobre feminismo y Valeria Luiselli, sobre la Onda y Margo Glanz. Sobre Open Access y precios de revistas, sobre vivir en India y Moscú, sobre las centrales camioneras y las carreteras de Michoacán, sobre los moscos que me acribillaron desde el primer día y sobre ser soltera, sobre flanes y sobre marisco. Y te llevan de jurado a altares del Día de Muertos y alguien trae una camiseta de tu talla con el logo de la Universidad porque la que te dieron el primer día te quedaba enorme. Y vas sola a Guadalajara a ver el Teatro Degollado y la Fuente de los Niños Miones, el Instituto Cabañas y el incesante turismo. Vas en camión y el conductor canta a pleno pulmón a Luis Miguel, mientras nos pone una película de Will Smith al resto del público. Y me parto escuchando a Will Smith hablando con acento mexicano, como si no fuese raro que hablase con acento de Toledo. Y te dicen “provechito” cuando te traen la comida, te haces selfis en el lago de Chapala con nuevos amigos que ahora sonríen desde la pantalla del móvil, vas a Atoltonico el Alto y a La Barca, haces reír a tus amigos con tu pasión por el guacamole, aprendes que una cazuelita no lleva solamente toronja y limón, sino tequila hasta el infinito. Y los días se deslizan entre lo que te parece familiar y kitsch, donde hablar de seguridad y de tomar precauciones en los viajes es algo más que echar un candado a la maleta, donde se baja la vista ante el posible futuro de fronteras, donde hablar de violencia machista y de silencio es recordar Ciudad Juárez, pero también todas las muertes de mujeres que llevamos en España, la educación de las hijas y los hijos. Hablas de miedo, pero hablas, sobre todo, de vivir. Y de Morrissey y sus fans mexicanos, de ir a Chiapas y a Baja California, de san Luis Potosí y de comer tacos como deporte nacional (“los tacos nunca te enfadan”. Qué gran verdad).   Y pasan dos semanas y sigues recibiendo whatsapps preguntándote cómo estás, cómo has llegado, si llegaron sanas y salvas las catrinas que compraste en Tlaquepalque el último día que pasaste en México. Y sabes que nunca volverás a tener una noche de 1 de noviembre como esta que se ha evaporado en 2016, donde viste incendiarse una colina en Tzitzuntzan con el naranja de la flor de cempásuchil y candelas dedicadas a los muertos, donde se celebra la vida en forma de recuerdo, con fotografías y máscaras de luchadores, con Coronita y tequila encima de los panteones. Y una mujer muy mayor te miraba a través de su pañuelo, te sonreía cuando le decías que todo aquello era muy hermoso, haciéndote oír por encima de la música y el ruido.  Porque es México y es hermoso y terrible, son maravillosos y chingones, porque se ríen de tu español y tú del de ellos:  lo adoras porque acabas diciendo “No mames, wey” y ellos dicen “Joder, tíos”.  Y porque algo de ti se quedó allí. Y porque no hay otro lugar del mundo al que desees más volver.

Y porque, qué coño, viva México, cabrones. Y no lo digo yo, lo dice Molotov.

 

Hablando de mujeres

stupid_lrg

Not stupid enough – Barbara Kruger Pulse en imagen para ver el origen

Tendría que haber escrito mucho antes sobre todo esto. En realidad, todas las que juntamos algo parecido a los párrafos, a las letras o a las ideas que son un enorme rompecabezas tendríamos que haber escrito antes sobre muchas cosas.  Ya saben: todo lo personal es político, pero en el reino de lo viral,aquello que es personal es también susceptible de desencadenar otras violencias, otros debates que suelen ser monólogos encadenados plagados de descalificación o de asunciones de entereza, de respaldos y de fronteras. Hay que escribir sobre la muerte que saluda por las mañanas en las páginas de los diarios, hay que escribir sobre el miedo de volver a tu propia casa, de ser tu cuerpo y tu autonomía, de quererte y que te quieran como tú eres, nada más.  Hay que gritar desde las letras temblonas de una pantalla sobre las horas solas y acompañadas, sobre empatía y gregarismo, sobre la gran diferencia entre la diversidad y ser marciano, todo es cuestión de perspectiva. Lo que no es perspectiva sino realidad es también sujeto de letras. O debe serlo, aunque intentemos esconder la mirada: a las mujeres las matan, la cultura de la violencia es la cultura del miedo y del silencio, de lo impune y borroso. Es tinieblas y es olvido. Vamos sumando cruces y reivindicación, una vez que las indignaciones se solapan las víctimas acaban siendo eso: víctimas. Desdibujadas, borrosas y olvido.  Y esto es de lo primero de lo que quería hablar.

Leo un ensayo escrito por una autora muy favorita y paro en las primeras páginas, a la espera de tiempos mejores en mi consideración sobre el libro o también sobre mi perspectiva.  Habría que escribir también sobre la facultad de parar las lecturas y retomarlas; así como de la empatía a priori que nos genera lo escrito por esas autoras muy favoritas, aunque esto, como en tantas otras ocasiones en este cuaderno, es otra historia. Dejo de leer un ensayo escrito por una mujer de mi generación porque estoy estupefacta. Articulado en una serie de preguntas y respuestas a mujeres de, más o menos la misma quinta, surge el eterno tema de la vida en pareja, de si las mujeres que estamos solas hablamos de nuestra felicidad con la boca pequeña -el consabido”qué bien me va, qué bien me va”- o si, por el contrario, y tal y como afirma la autora en un momento, “todos somos pájaros”. Vaya por delante que leo con una sobrevolada sensación de amenaza que, por supuesto, es un sentimiento libre, y más en la lectura. Y lo hago porque ciertos discursos me suenan demasiado y ya me dan un poco de pereza. Insisto: no es tanto cuestión del libro, que no he terminado y no puedo juzgar lógicamente, sino de las cuestiones que sobrevuelan. Y que atañen a lo que es mi generación, reconociendo de antemano que sí hemos caído en muchas trampas y que sí es necesario el análisis y la conversación. Por lo tanto: el libro lo retomaré, pero no ahora.  Para mí, pragmática que es una, la cosa es muy sencilla: la vida en pareja es maravillosa si te va bien, la vida en soledad es maravillosa si te va bien. Y cada uno escoge, esta vez sí,  lo que mejor le va: yo he sido felicísima en pareja- creo, si no me equivoco, que gran parte de mi vida la he pasado emparejada- y me he comido los mocos en soledad; lo he pasado fatal cuando alguna relación se terminó y he agradecido el poder corretear a mi aire cuando me ha dado la gana estando sola. No uso ninguna de las apps de las que se habla en el libro porque no son para mí, no las juzgo ni las condeno: no son para mí. Y, del mismo modo y simplificando, creo que podríamos establecer algo que, de momento, no he visto en el ensayo: hay personas para las que la vida en pareja no funciona o no satisface, o, también, te haces muy selectiva.  O llevas una carga de decepción, que puede ser resentimiento en algún caso, y no te apetece el riesgo, prefiriendo picotear. Y punto: ni pájaros, ni osos, ni eternos adolescentes  ni nada por el estilo. No es lo suyo y eso no quita que le den alegría al cuerpo cuando les da la gana ni tampoco implica ser una descerebrada. Hacen lo que quieren porque estamos en el siglo XXI, joder.  Y quizá alberguen el deseo íntimo y legítimo de encontrar a alguien, pero no convierten esa falta en un fracaso, aunque socialmente, y a tenor de lo que veo todos los días, las personas sin pareja somos una especie de discapacitadas emocionales. Habrá quien se considere fracasada, su problema (no entremos en la maternidad porque estamos aquí hasta mañana y yo tengo que coger un avión), pero no,tampoco vamos musitando el “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”ni pensamos que todos los tíos son una panda de cabrones en potencia: hay machirulos y hay hombres maravillosos, como hay mujeres increíbles y mujeres gilipollas. No parto de una sororidad de género mal entendida: parto de un aspecto que está aquí y es social: ¿hay que castigar a las personas que viven solas como si hubiesen hecho algo mal o tuviesen una tara? Y no contesten “Noooooo” unánimemente. Piensen en todas las veces que intentan emparejar a sus amigas o amigos como si no hubiese otro objetivo en la vida. Piensen en todas las veces que han articulado su felicidad personal- subrayo “personal”- en obtener – y vuelvo a subrayar “obtener”, me voy a quedar sin subrayador- una pareja, en mantener una relación contra viento y marea.   Y claro que es difícil y descorazonador muchas veces- la soledad es buena si es voluntaria, aún así no es sencilla-  pero ciertas cosas no deben ser a cualquier precio. Y la independencia es una de ellas. Claro que es hermoso regresar a casa y encontrar a quien amas, tener proyectos en común, observar el paso del tiempo. No soy cínica: es increíblemente hermoso.  Pero no tiene que suceder a cualquier precio, y si no sucede,pues no pasa nada. Lo que me desconcierta es la bandera de cierto grado de conformismo. Por eso prefiero dejar el libro hasta que vengan tiempos mejores, como ya he dicho.  El tema volverá porque da para mucho, pero esta y solo esta es la segunda cosa de la que quería hablar. Y volveré, volveré a este ensayo porque me interesa mucho. Pero ahora, no.

Y la tercera cosa de la que quiero hablar: el mundo es mejor cuando existen personas como Mary Beard. Porque, como dice en su discurso de aceptación del premio Princesa de Asturias, el pasado nunca es un libro de respuestas del presente, ninguna mujer en su sano juicio desearía volver a vivir en la antigua Roma a no ser que tuviese un billete de vuelta, y aún, desgraciadamente, nos queda mucho por hacer en temas de igualdad, de feminismo, de educación, de derechos. De revolución. Una que comience por incluir a todas las mujeres, porque estamos todas aquí, ni una menos.

Setiembre, septiembre

septmeow

Meow september– Imagen sin créditos. Para ver original, pulse en la imagen.

Septiembre, setiembre es un mes en reimpresión. Es un mes de colecciones de kiosko, de cuadernos nuevos, de matrículas en gimnasios, de mirar de reojo al armario y  hacer convivir las katiuskas con la camiseta de tirantes. Es un mes de empezar a pensar en hacer listas, no de hacerlas. De propósitos y promesas, mucho más que los principios de enero.   Lo que me gusta de setiembre es esa sensación de haber encontrado la pieza final de un puzzle, de terminar de ordenar un armario, de estrenar el uniforme del colegio y no llevar el mismo de siempre con la bastilla bajada. Me gusta setiembre con su desperezarse de agosto, es un mes que no acaba de divorciarse de la anarquía, la consiente, hace como que no la ve.   Me gustas, septiembre, porque eres la madre consentidora que me deja quedarme a ver la tele hasta tarde, la hermana mayor que te presta su chaqueta perfecto, el tío joven que todos tenemos que te malcría, pero te enseña a la vez a dosificar tu entusiasmo. Septiembre es remolón, es un mes entre las sábanas del año, justo cuando éste se prepara para inmolarse en diciembre.

Yo escribo mi verano a tientas, con miedo de que se rompa como aquel hechizo de la canción de Serrat, porque creo que el recuerdo es como un holograma, dependerá de cómo lo oriente que me devolverá una imagen u otra. La memoria es una construcción recuperada, donde rellenamos los huecos o añadimos nuestro particular photoshop. Hay un momento en agosto, por ejemplo, en el  capturas sin saberlo la imagen que va a colonizar tu memoria de un viaje,  estás creando ese recuerdo que te acompañará durante un breve espacio de tiempo, porque el recuerdo nace, como digo, para ser magnificado, para trascender lo vivido.  Pienso ahora, por ejemplo, en unas pajaritas de papel de colores que colgaban, de un lado a otro de la acera y por encima de nuestras cabezas, en una calle de Moscú y no fui consciente de que esa imagen, esa  y no otra, asomaría con una nitidez extraordinaria, con un brillo especial frente a muchas otras cosas vistas y oídas en ese mi mes  ruso, ni peores ni mejores: otras. También en 2016 fui dos veces a una muy diversa Lisboa. Cuando  acudo mentalmente a mi visita de julio de 2016, a  aquellos días de festival y conciertos, aparece una única imagen: Cristina y yo tomando un granizado de limón en una calle lisboeta, una calle retorcida y que serpentea, plagada de terrazas y sol, de vida y de excelso verano. Lo siento, Thom Yorke, no fuiste tú (Cris, apúntate el tanto). La memoria del verano es más juguetona, es un souvenir con instrucciones para armar, es la recompensa a la larga  de haber roto el compromiso de lo cotidiano, de salir. Hasta tu ciudad, la que tanto has recorrido y recorres, te regala unos recuerdos magníficos de sandalias y trasnoches, de miradas que se cruzan, de capítulos que comenzaste y que tiraste a la papelera (literal y metafóricamente), de la Ginzburg y de Gogol leídos en playas y siestas de jardín, de aperitivos que se juntan con meriendas y de los juguetes de los huevos Kinder que no sabes armar (shame on me). Todo es anarquía y todo es verano. Y además, suena Niño de Elche en la Plaza de las Bárbaras, Ocean Colour Scene en Riazor, entras y sales mucho, duermes muy poco y el recuerdo es, en este caso, que todo pasó demasiado rápido y que hubo quien tendría que haberse quedado más. Pero eso, como en tantas otras ocasiones, es otra historia.

Decía yo al principio que setiembre me gustaba porque era la pieza final de un puzzle: eso es. Setiembre es, digámoslo al fin, ese día extra de vacación en el que ordenas fotos, encuentras una moneda distinta a la tuya en un bolsillo o  te atreves a llamar a aquel teléfono apuntado en un ticket de un Starbucks . Setiembre es un aterrizaje feliz tras un montón de transbordos también felices, pero, como ya hemos dicho alguna vez, parte del trato es regresar. Y eso hacemos: alargar ese recuerdo infinito, construirlo a la medida del álbum mental que ahora nos gobierna,  contar y recontar lo sucedido y rellenar esos vacíos cediéndolos a la imaginación, poniéndonos en modo Ikea y redecorando y recreando, a veces se inventa todo, los puntos del mapa físico y vital que encierra un mes de luz desmedida, un verano de cerveza y carcajada, una compensación de los aguaceros de noviembre.  Y sí, esto puede que sea un aviso de que a partir de ahora todo, casi todo lo extraordinario que hagamos, va a quedarse en un tanto por ciento muy pequeño de veracidad y un tanto por ciento grande de reconstrucción a partir de la literatura. Porque, qué duda cabe: lo primero que mete una en la maleta cuando se va son sus propias neuras y  lo segundo, algún que otro libro.  Qué le voy a hacer, ser letraherido es lo que tiene.  Feliz setiembre-septiembre.

Recomendaciones (parte de mis lecturas de verano que son recuperables en setiembre-septiembre y que no pongo en formato bibliográfico porque bastante tengo yo ya con eso):

Natalia Ginzburg Y eso fue lo que pasó  Acantilado, 2016

Wendy Guerra Domingo de revolución Anagrama, 2016

Miqui Otero Rayos Blackie Books, 2016

 

 

Ganar maletas, perder ciudades

vintage_travel_stamps_elements_vector_532163

Vintage travel stamps CC BY 2,0 freedesignfile Pulsar en la imagen para ver link original

 

Cada vez que hago maleta me dejo algo que descubro en destino que es imprescindible. Y no, no hablo de mis escasas dotes como vidente- o visionaria- del clima, pese a pasarme más de una semana observando las webs meteorológicas de los lugares a los que parto. El destino  ha sido siempre algo cabrón conmigo a ese nivel y he pasado un frío terrible en el desierto de Marruecos y me he asfixiado en Amsterdam, todo es posible. Pero no me refiero a los imprevistos que, hoy por hoy, son perfectamente subsanables vía H&M, Inditex o mercadillo local. Hablo de esa mezcla de nostalgia del objeto que configura nuestro lugar en el mundo. No viajo como caracol, nunca lo he hecho, y tiendo a ser más práctica que previsora. Pero creo que cuando deshacemos maletas en hoteles o albergues, en fines de semana o en estancias más prolongadas, olemos esa morriña de hogar prendida en esa ropa: no me he llevado un collar que habría sido perfecto bajo el sol de Lisboa, ni ese pañuelo que me envolvería en una noche en Gijón y sin el que me sentiré algo huérfana, o lástima de aquellas botas que no me llevé a Dublín y que habrían sido perfectas para triscar por los campos irlandeses.  Un equipaje, a no ser que seamos un perfecto turista accidental, es un conjunto de desestimaciones, algunas lógicas y otras mucho más prosaicas. Me admiran las protagonistas de telefilmes que, en medio de una bronca monumental con su pareja, abren una maleta encima de la cama y vuelcan en una especie de bola multicolor pantalones, faldas, vestidos, pañuelos y zapatos; todo en un imposible maremágnum que cae en cascada en una maleta diminuta, pero que consiguen cerrar sin problema. “Esa non é a primera vez que o fai” diría la abuela de un amigo mío, en clara referencia a las que somos de maleta fácil para encarar aeropuertos u otros destinos.

Mis maletas, por lo tanto, no son muy de rigor. Pero del mismo modo que recuerdo y añoro alguna prenda, algún anclaje con mi mundo del día a día,  irse, huir, es siempre perder a priori algo del destino.  En todas las ciudades en que he estado he obviado algo como un brindis al futuro, como si lanzase una botella a un mar imaginario en el que esa ciudad, ese lugar, serían también otros y con otros olores, otras músicas, otros tactos y en otro momento posterior.  Qué diferente era el Los Ángeles que yo pensaba al hacer mi maleta coruñesa- en casa de mis padres y con los nervios de la becaria novata que va a atravesar sola medio mundo- de la ciudad en la que aterricé días después: qué distinta era su banda sonora incorporada, los matices de la luz, la vida inabarcable y absorbente de un lugar que es como un gigantesco tiranosaurio rex desparramado. Cómo imaginaba Berlín y su gama de azules y grises llenando mi mochila en el salón de mi apartamento y cómo fue el verlo en directo. La sorpresa, también, de la luz veneciana y de la de México, la inmensa- e inexplicable también- felicidad de recorrer el desierto en silencio con más viajeros, viendo volar el paisaje que imaginabas, ese sí, tal y como es pero no en esta singular circunstancia. Todo es contexto en los viajes: lo que llevas dentro de la maleta, lo que es una cuando se sube al tren o avión,  ese primer vistazo a la habitación de hotel en la que fuimos felices y que parecía más grande el lunes que el martes; ese cuarto que el miércoles ya entendías como un hogar propio en el que casi querías asentarte. Domesticamos la vista, el oído, la expectativa se cumple, se amplía o se repliega, pero todo parte de un contexto- la vida propia- que viene inscrito en la piel : en rebatirlo, confirmarlo o hacer que pase por nosotros, creo que está la esencia de marcharse. Las ciudades, los lugares, estarán siempre en esa bola del mundo con la que llevas soñando desde niña; en esos mapas que rellenabas pulcramente en una mesa camilla algo coja y que hacía que siempre tus países tuviesen unas fronteras con un color algo más ampliado, y no por bondad intrínseca, sino porque la maldita mesa se llevaba mal con la mina de los colores Alpino.  Era otro momento en el que se soñaba con viajar a otra escala.

Cuando salgo de casa con mi maleta, además de asumir que olvidaré algo que añoraré, asumo también la melancolía futura de la vuelta, de los lugares no vistos, de imaginar también posibilidades,de  sentir la punzada en el estómago de la encrucijada, de algo que sucedería en paralelo y que podríamos atrapar como si viajase en una pompa de jabón que está a la altura de nuestra nariz, de nuestros ojos, de nuestra propia cuidada imaginación nostálgica. De esos “yoes exfuturos”, de esos “qué sucedería si…” que harían que conquistásemos, esta vez sí, una vida total al margen, sin maletas ya y sin ciudades en destino. Esa vida casi de Dr. Who, sin álbumes de fotos y sin el carrusel de nostalgias que quería vender Don Draper. Lo llevaríamos incorporado y eso, me temo, es imposible. Habrá que seguir viajando. Cierro maletas y espero volver a casa, esté donde esté.

Mis recomendaciones para cualquier viaje, pero especialmente para este que emprendo:

A Moscú sin Kalashnikov de Daniel Utrilla  Libros del K.O, 2013 (esta editorial no hace más que darme alegrías, hace poco terminé la magnífica Fariña de Nacho Carretero) Sí, todavía hay quien cree en el periodismo pausado y en el reportaje literario. Además de divertidísimo, está extraordinariamente bien escrito, documentado y es, sobre todo, una visión personal alejada de la asepsia de los enviados especiales. Daniel Utrilla es ruso y español, lo primero por filia y lo segundo porque nació aquí.

Perder ciudades: dos viajes en el siglo XXI de Hilario J. Rodríguez  Newcastle ediciones, 2016. No les digo más que es una reflexión sobre la nostalgia avanzada del viaje que es, ni más ni menos, que una revisión de la vida propia. Con un hilo que empieza en un recorrido moscovita con su madre y avanza desenredando una madeja que nos lleva al pasado familiar. Una delicia de 74 páginas.

 

 

Las opiniones, lo superfluo, los rebaños o la culpa de todo es de Turguénev

 

8629610363_61c7f13d4e_z

“Have an opinion. Elaborate” CC 2.0 BY See-Ming Lee Pulsar en la imagen para ver enlace original.

 

Alguien me recordaba hace unos días que las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una. También tenemos una lengua y una nariz, si nos ponemos precisos. Hasta ahí parece que todos estamos de acuerdo, a excepción de quien esto escribe. Pues no, yo no tengo una opinión sobre todo. Ni opinión ni punto de vista. ¿Cómo es posible, si llevo escribiendo un blog desde hace milenios,si discuto hasta la extenuación sobre aquello en lo que creo? La culpa es de Turgueniev y de que estoy muy rusa. Estoy muy rusa por razones personales y que vendrán al caso cuando empiece a publicar en redes sociales fotos maravillosas de un viaje que preparo- nota mental: en vez de “publish or perish” deberíamos adoptar el “publish or you’re not cool”-y, como en casi todos esos momentos previos a los viajes, leo rusiadas para intentar comprender. Dejando al margen esta cuestión fardona y personal, leo a Turguénev. En la deliciosa Diario de un hombre superfluo , me encuentro con el también fascinante Chulkaturin, al que su propia vida y persona le parecen tan escasamente reseñables  que el mejor modo de reafirmar esta condición es escribir un diario encarando los últimos días de su vida. La paradoja- escribir para qué y sobre qué si mi contexto es de banalidad extrema- es dejar un testimonio, una prueba palpable del paso por el mundo, haciendo de cada circunstancia, sin pretenderlo, algo  extraordinario. ¿Cómo, si no fuese así, un narrador que parte de su propia superficialidad podría decir sin tirarnos de la manga del alma “Mientras el hombre vive, no percibe su propia vida; esta, como un sonido, se vuelve clara años después”? (Punto y aparte para que respiren hondo y con ganas;  el librito está lleno de estas lapidarias frases que, al menos a mí, me hacen imaginarme a un Turguénev retorciéndose las manos y pensando en el desconcierto absoluto del lector).

Pues, efectivamente, no tengo una opinión sobre todo. Y no es falsa modestia- me caigo bien, qué le vamos a hacer- ni alardear de banalidad. No tengo una opinión sobre todo ahora, en este momento. Mis opiniones existen, son muchas y variadas sobre los temas que me interesan, pero precisan de cierto grado de reflexión, de maduración si quieren, de aislamiento o de misantropía moderada. Son, en ocasiones, firmes y claras. Hoy he estado leyendo sobre un profesor de la USC expedientado por comentarios machistas y creo (y de ahí no me bajo) que ha sido una decisión tibia. Me descorazona que cerca de 30000 personas firmen por encender la hoguera contra una autora aludiendo a la moralidad (el concepto es el concepto, diría Manquiña) cuando desconocen- ojo, desconocen- las burradas machistas que leen sus hijas en otra mal llamada literatura juvenil.  En otras cuestiones no lo tengo tan claro e intento escuchar y, sobre todo, callarme.  El gran problema de la escucha en el siglo XXI es el empacho de la vociferación, el ruido constante de las redes, la escasa valoración del necesario silencio. Mucho ruido, mucho grito  y- vamos a ser machadianos, qué coño- poco espacio para distinguir voces de ecos. Y una absurda angustia por la velocidad; esa sensación de tener una pistola en el pecho para decir lo que piensas sobre determinados temas en cualquier momento.  Se trata de un nudismo obligado que cae en aquello contra lo que lucha. La libertad para expresarse es lisa y llanamente eso, libertad. No creo que tenga que tener un momento para manifestarse y menos con pancarta digital – verbigracia, estados de Facebook que son autoayuda o selfi con alfabeto- y el silencio o la “no presencia” se consideran sinónimo de tibieza. Eso sí: si no has tenido un pifostio digital, seas Pérez-Reverte, Paula Prado o servidora, no eres nadie. Toma ya.

Antes de retirarme a mis palacios de invierno- la de años que llevo queriendo decir esta frase- vuelvo a pensar en Chulkaturin, en la velocidad y en lo que el ácido Jaron Lanier dice en Contra el rebaño digital. Ahí se habla bastante de la alienación mediante la tecnología y lo que llama la “mentalidad de colmena”. Me parece un libro fascinante y una muy recomendable lectura y, oigan, qué curioso: no estoy de acuerdo en mucho de lo que dice. Vuelvo a repetir que soy cero neoludita, adoro las redes sociales -en la medida en que sean sociales y no coñazo autocomplaciente o tribunal digital- y me paso ciertos grados de elitismo por la cruz de Malta. Aun así, hay cuestiones que creo que deben hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos o en el que tecleamos.  Me ha parecido inquietante lo que dice Yann Moulier-Boutang en esta entrevista: Ahora todos trabajamos para las GAFA sin cobrar  Nota: si lo de las GAFA les ha dejado con cara de paisaje como a mí, sepan que son las iniciales de Google+Apple+Facebook+Amazon. Y qué pena que se queden solamente en el titular: lean lo que dice sobre la renta básica universal y la necesidad de evitar que la UE sea un coladero de impuestos para las grandes tecnológicas.

Pero qué le vamos a hacer: soy una señora que escribe un blog, que no bloguera, y deberían de importarme poco estas cosas. Pero sobre renta básica universal, exhibicionismo en redes, la necesidad del silencio y la moderada misantropía, sentirse rusa o los ojos del que amo, pues sí que tengo una opinión. A veces solamente se trata de buscarla, nada más y nada menos. Ya ven,  todo este rollo gracias a un señor ruso superfluo: no hay como tirar del hilo. Me voy a pasear por la perspectiva Nevski con Gogol. Mi vida e impresiones de flaneur serán siempre lo que inspiren la mayoría de mis posts.  Supongo que terminaré hablando de Battiato.

Nota

La edición que manejo de Diario de un hombre superfluo de Turguénev es la maravillosa edición que Nórdica publicó en 2016, con ilustraciones de Juan Berrio y traducción de Marta Sánchez-Nieves. Es una delicia encontrarse con una edición tan impecable. La cita que estampo ahí arriba es de la página 19.

 

 

 

 

Hijos (9) : los padres viudos

Love Doodle, imagen de Dawn Hudson en publicdomain. net. Pulse en la imagen para web original

La hija ve cómo el padre separa, con disciplina meticulosa, los guisantes de los taquitos de jamón. Los pone en línea al borde del plato, casi como una sonrisa vista desde enfrente.  Son guisantes hoy, pero podrían ser trocitos de cebolla o alguna hoja de alcachofa, una maltrecha circunferencia de zanahoria. “Lo que crece en el campo está muy bonito allí, en el campo. No hay que traerlo al plato”. Con parsimonia, lentamente, las verduras van conformando un mosaico que rompe el color único de  la vajilla antigua, de los platos antiguos, de los platos de siempre. Los padres, llega un momento, se rebelan contra su propio papel de cancerberos y hacen lo que les da la realísima gana: ya no disimulan el odio a la verdura, cambian de canal de la tele cuando les peta y comen galletas con chocolate en bocadillo. Hay padres viudos que estrenan esa condición de forma hiperactiva, ordenando y desordenando, llenando agendas de gestiones posibles e imposibles, esquivando el vacío y los minuteros de reloj, intentando no ser una carga- qué palabra tan dura- para sus hijos. La tristeza se manifiesta como una presencia dulce y que observa la escena agazapada, escondida tras una cortina aunque le ves los pies, como en los malos juegos de escondite de la infancia. Hay padres viudos que cuentan, en algún breve paseo bajo el tímido sol de mayo, que la vida está mal hecha porque las mujeres no deberían irse antes que los hombres . Los ves, aislados ya de guisantes y chocolates, volviendo la mirada en esa especie de dolor contenido que son los álbumes de fotos ordenados por años. Hay padres viudos que comienzan a esquivar habitaciones de la casa ahora grande, de los armarios aún sin vaciar, del orden previo a lo que es ya desorden. Vuelven  de la panadería con su barrita de pan bajo el brazo, mirando al suelo y bajando la vista, como si tuviesen que numerar las losas de piedra de la calle, como si no estuviesen sabidas de memoria. Y leen su periódico. Y hacen crucigramas. Y ven películas por millonésima vez, porque atesoran sus momentos favoritos para contártelos cuando te vean. Porque cuando la vida se descuadra a partir de una edad, todo es recordar.

Hay hijos que se comen todos los guisantes del plato porque así se lo han enseñado. Que han sido rebeldes y contestones, formales en el estudio y resabidos de oficio. Que han dado portazos y suplicado perdones, que han sentido la soberbia golpeándoles el pecho y el exilio interior de la adolescencia de provincias.  Hay hijos que intentan entrar en esa fortaleza, en ese búnker que es un  matrimonio de padres bien avenidos: los padres son una pareja, pero también son tus padres. Y  suena raro hasta decirlo en alto.  Han sido un proyecto común, un noviazgo, una unión posterior. Los hijos, mientras aprenden a no dejarse los guisantes ni nada en el plato, esquivan las preguntas que les resultan  incómodas, intentando acallar  esa forma de demostrar amor que es la excesiva preocupación: por si el trabajo es bueno, por si tu vida es buena, por si alguien te quiere bien. Los hijos- el hijo, la hija- han sobrevivido al paso de los años y las decepciones, qué remedio. Porque algo que tardamos mucho en aprender, y esa es una dinámica del amor, es que no podemos proteger a quien amamos:  hay que hostiarse, muchachos, y no hay empatía que valga. Cuando los padres dejan de ser ese plural y son solamente el padre o la madre, cuando hay un descalabro en ese tándem, tras el dolor común hay una nueva relación propiciada por la orfandad, la viudedad.  La hija, por ejemplo, es ahora adulta y nota cómo en las sobremesas de domingo su padre disfruta escuchándola, cómo observa en silencio- y con admiración-  a la mujer en que se ha convertido. Comprende su humor, admira su independencia, le confía un inédito anecdotario familiar. A pesar del hueco que queda en el sofá, del lugar vacío en la mesa del comedor- de no escuchar el ¡”Hola!” desde el salón en aquella casa en la que creció-  el padre sigue adelante y se convierte en algo similar a un confidente.  El padre, que tantos juegos compartió con aquella niña lectora y juguetona, la  que llenaba la casa de amigos merendones y de bicicletas en la puerta, se queda más tranquilo cuando la oye hablar por teléfono, planear algún fin de semana, contestar los whatsapps de alguien especial.  Es curioso: la hija, sin embargo, se pregunta a menudo qué puede hacer para aliviar algunos silencios que asaltan las tardes, cómo hacer que las sopas de letras y los crucigramas  sean solamente una alternativa, cómo poder acariñar más y mejor esas manos que tanto han trabajado, que llevaron otras manitas para escribir números torcidos en aquellos inmensos libros de contabilidad de la oficina del padre. Manos que enseñaron a atar cordones, que hacían reglas de tres y caricaturas (“un tres, un cuatro, le das la vuelta y te sale tu retrato”). Manos que hoy ves arrugadas, con algunas pecas y la isla dorada del anillo de boda. Y la hija querría que todo el amor que siente en ese momento, todos los perdones que no pidió y todas las horas que no supo compartir, aparezcan y vuelen hacia el centro del alma de alguien que lo dio todo por  ella. Y mientras, deja volar esas horas, esas conversaciones que se interrumpen, esos silencios sosegados, ese crujir del lápiz contra el papel de la sopa de letras. Y la vida, inevitablemente, sigue así.

 

Vivian Maier y el extravío voluntario

Finding-Vivian-Maier

Tengo fascinación por los seres extraviados. Extraviarse es crear un propio ecosistema donde la realidad sea una posibilidad, nada más. Escribí sobre los Modlin y sigo siendo una devota de aquella familia singular que se deshabitó en unos contenedores de la calle del Pez en Madrid, dejando al azar- no sé si por voluntad propia, como una última y arriesgada performance- el encuentro y reconstrucción de un mundo privado de fotografías casi infinitas, de documentos que servían la posibilidad futura de un documental en bandeja.  Me gustan también los genios desobligados con su propia obra, los que se reencuentran con un éxito desconocido en otro lugar del mundo: la historia de Sixto Rodríguez (En busca de Sugar Man) es tan sorprendente como inverosímil, lo que explica  su sorpresa al ser encontrado trabajando como carpintero en un suburbio norteamericano y desconociendo que en Australia era un ídolo de masas, un artista de culto, rodeado de un misterio que él no había creado. Imagino a Rodríguez aterrado y sorprendido a la vez, casi como Brian en The life of Brian  cuando se asoma a la ventana y se encuentra con que le han proclamado Mesías y da su famoso discurso.  Hace días he visto el documental que sobre la fotógrafa Vivian Maier ha creado el jovencísimo John Maloof, el “descubridor” llamémosle así, de la obra de la fotógrafa  y creo que tiene bastante que ver, por motivos distintos, con la familia  que habitaba  la calle del Pez y con el carpintero-cantante, triunfador en las antípodas.

Una mujer excéntrica, que trabaja toda su vida como niñera, fotografía compulsivamente: retratos, escenas callejeras, composiciones arriesgadas con un glamour digno de Vogue, objetos cotidianos que se iluminan ante su mirada perspicaz. Esa disección acertada, ese colarse dentro de las escenas, ese poder acercarse tanto a desconocidos y parar el tiempo en un gesto, en un ademán ensimismado, en una carcajada sincera, en una intimidad efímera es, creo, la genialidad de los grandes fotógrafos. Retratar casi desde dentro, diluirse como protagonista y  ser más cronista que narrador, dando  paso a unos personajes que no brillarían de la misma manera de no haberlos entendido de forma esencial: la fotografía es eso y Vivian Maier lo sabía. Durante una vida llena de mudanzas, cambios de trabajo y lugares de residencia acumula cajas y más cajas, negativos y revelados, cachivaches de todo tipo, pero no deja jamás de fotografiar. Sus cajas fueron encontradas de forma casual por el director del documental y hoy responsable del legado de la artista, comenzando así la búsqueda y la investigación por  reconstruir e intentar entender la identidad de la misteriosa fotógrafa. El documental es un viaje por encajar piezas de un puzzle no siempre sencillo, no siempre complaciente-incluso algo aterrador- de la figura detrás de la cámara. Alguna mentira, datos velados sobre su origen, la persistente negación de su yo, casi la impostura.  No aludo a uno de los aspectos presentes en el documental, el de esa posible figura terrible, hosca y atormentada. Me paro en algo que dicen algunos de los entrevistados: “A ella le habría horrorizado esto” “No le gustaba nada ser conocida”. Estamos ante el quid ético del asunto, ampliable a los inéditos de escritores, las correspondencias privadas, lo que queda enterrado en cajones…¿es una oportunidad de reconstrucción, un acto de impagable hagiografia o una traición al espíritu primero del arte y la voluntad artística? ¿Pensaba la fotógrafa amateur que algún día llegaría su oportunidad o seguía adelante porque sí, porque el carácter último de la creación es la compulsión y nada más?  Imagino a la Maier sonriendo divertida donde esté, si es que sabía sonreír. Me agrada la idea de pensar en todo este galimatías como un perfecto divertimento, como una trampa interesada para ser descubierta en el momento en que ella no tuviese que rendir cuentas sociales de su arte y de su vida: tira del hilo si te interesa, cuando creas que has terminado habrá aún más. Y esa paradoja sublimada es lo que a los espectadores con un punto autocomplaciente nos tranquiliza y, a la vez, nos gusta: ha triunfado sin la necesidad de pactar o de mostrar lo que existía detrás de su arte. Se ha evitado recorrer la vida demostrando constantemente quien era. Con este descubrimiento póstumo ha generado un negocio, pero su voluntad real, subrayo, la desconocemos. Esto es, para mí, la cumbre del extravío, la última  excentricidad : no seré notoria ni pública hasta que el azar me encuentre; mi arte es una botella que tiro al mar con un mensaje. Acumulo y ofrezco, pero mucho después. Disfrútenme, pero no molesten. Y esto, queridos míos, es increíblemente moderno y sagaz, tan misántropo que hasta yo me relamo.  Yo creo en una Vivian Maier perfectamente consciente de su arte y de su técnica, que estaría horrorizada del cariz expositivo y casi porno que ha tomado la intimidad en los tiempos  de la actualización al minuto.  Por lo tanto, brindo por una extraviada genial, a la altura de tantas otras. Y,  pesar de lo que digan, cierto grado de hermetismo, de silencio, es necesario para la creación, para poner la lavadora o para pensar en el punto de cruz. El ruido ubicuo y el cacareo hacen de nosotros seres dispersos y con una autoestima cutre.  Planear todo esto sin tener que vivirlo es de diez. . Qué digo de diez: de extravío genial.

El documental de John Maloof  Finding Vivian Maier  puede verse en Filmin, al igual que Searching for Sugar Man y The life of Brian.

La web creada a partir del hallazgo de las cajas de Maier es una gozada y no deben perdérsela: Vivian Maier.

 

Lo transgresor y lo doméstico

 

Ringling_poster_Raschetta_Brothers

Racheta brothers acrobats- Imagen tomada de la entrada en Wikipedia de los Ringling Bros. Pulse en la imagen para acceder

Lo que es tener un blog que se te rompe a veces de tanto no usarlo. En tiempos, cuando la gente leía lo que las señoritas provincianas escribíamos, se iniciaban conversaciones que aspiraban a aquellas “Cartas al director” que yo devoraba de niña en el único periódico en papel que entraba en casa. Éramos de provincias, como digo, y se leía un único periódico, como Dios manda. Tampoco es que la cosa haya cambiado mucho a pesar de los digitalismos gratuitos: cada tribu va a lo suyo, queremos tener nuestros límites de asombro intactos y tampoco hay que llevarse demasiado las manos a la cabeza. La fauna del periodismo echa muy en contra de las redes sociales y ahí les doy en parte la razón. Como decía en ocasiones Agustín Fernández-Mallo, “he visto a las mejores mentes de mi generación corrompidas por el Facebook” y es así. De tanto intentar sublimar las paradojas, de ser brillantes y ocurrentes con la promesa de una caricia en el lomo, llega también la falta de sorpresa, instalándose  en unos medios- sí, he dicho medio- que son divertidos, rápidos y con una relativa fiabilidad y trascendencia, reconociéndoles sus grandes capacidades informativas y de procrastinación, a la que soy muy dada.  Me temo, aún así, que  a las redes sociales las hemos cargado a priori de unas facultades que ni de lejos poseen. Hemos sido unos cuñados de tomo y lomo largándole una Visa Oro a un niño y lo hemos soltado en un centro comercial coruñés (perdonen el localismo, es que me vengo arriba muy fácil, esto lo publicaré también en mis redes sociales y se me hace gominolas salva sea la parte).  Creo que lo peor que se puede decir de cualquier medio es que  son los juguetes de Reyes en marzo o abril, que han perdido la fuerza de la novedad, se han instalado cómodamente entre nosotros y no nos sirven,niños que somos  ávidos de sorpresa. La cabra tira al monte y  la fidelidad juguetera se tambaleaba hasta en Toy Story. Qué le vamos a hacer.

Toda esta reflexión sobre que nos hagan caricias en el ego, sobre saturarse de ver cómo se las dan a otros o hartarse de ver cómo gente de talento se convierte en una petarda redomada (quosque tandem abutere…sigan ustedes, que yo aprobé latín por los pelos) tiene que ver con el concepto de sorpresa en el arte, lo afilado y acertado de la crítica al poder  y, yendo un poco más allá, sobre la transgresión. Leo un artículo de Juan Carlos Ortega sobre la zarzuela “Cómo está Madriz” y la que se ha liado y no puedo estar más de acuerdo, aunque con matices. Es cierto, totalmente cierto que, como dijo en una ocasión Fernando Arrabal, el teatro “ha de ser extravagante porque ha de vagar siempre fuera”. Desde los espectáculos de títeres- cielos, otro tema sensible- pasando por el teatro japonés de kabuki o el cabaret de la república de Weimar- y lo que ustedes quieran rellenar aquí-el teatro ha tenido una relación de tira y afloja con lo instalado. De broma desvergonzada- en la que se aceptaban los códigos del juego entre espectadores y compañía- a reafirmar la estructura social instalada: desde Lope a Benavente ha sido así (“si lo paga el vulgo es justo/ hablarle en necio para darle gusto” decía el primero) y no vamos a seguir planteando cuestiones como el teatro en la dictadura, el buen envejecer o no de obras de grupos como Els Joglars o La Cubana, porque sería otra cuestión. Aunque partamos de algo: la capacidad de transgresión es una facultad que adjudican ciertos tiempos al arte en general y al teatro de forma muy concreta. Es posible que exista una frontera difusa, un límite de cosquillas o pellizcos- hay diferencia- que se le pueden hacer al establishment.  El problema, que explica muy bien  Ortega, es cuando la transgresión se convierte en un código vacío porque se ha instalado entre nosotros. Hacer humor, sea lo que sea esto, de cuestiones como los curas pederastas o la corrupción, tiene un mérito relativo en 2016:  está en todas partes todos los días con mejor o peor fortuna, con más o menos gracia. Pero la red de los ciento cuarenta caracteres, el whatsapp y la inmediatez de estos tiempos nos convierten en ávidos devoradores de matices, de cambios, de novedades: lo que es de ayer hoy es  malo y viejo; repetir fórmula es como contar el chiste del perro Mistetas. La intención de la crítica pierde fuerza en el campo minado de hoy : domesticamos el mensaje, el público se acostumbra y creamos una nómina inmensa de iconoclastas funcionarios que, en el fondo, son perpetuadores de un sistema en el que están cómodamente instalados. Ellos y nosotros. Y es totalmente inocuo, al ir tolerándose poco a poco por todos, algo que ha sido relativamente fácil de seguir en algunos programas de televisión americanos o con el recordado- y del que yo era muy fan- “Caiga quien caiga”. La domesticación estaba siempre sobrevolando lo que para mucho era atrevimiento y que, para otros, era el final de una vía crítica.

La sociedad tiene un umbral de tolerancia que aflora en determinadas ocasiones y en función, como es lógico, del grado de implicación : verse reflejado en los espejos del Callejón del Gato es un ejercicio que debe hacerse con elegancia y savoir faire, pero los espejos han de estar bien bruñidos. Y en cuanto los temas son demasiado candentes hay que saber retorcerlos, recrearlos o abandonarlos por falta de impacto, de oportunidad.  Un chiste sobre Belén Esteban tiene hoy menos interés, pero Bárcenas está en el límite de lo que puede hacer gracia. No he visto el espectáculo de Paco León -al que deseo toda la suerte del mundo aunque a mí The Hole no me gustase mucho- y no es mi objetivo en esta reflexión hacer crítica de lo que desconozco, sino de lo que es el humor hoy en día, su vigencia, la capacidad de sorpresa en el teatro y otras artes. De su caducidad y de su pertinencia.  Y también de cómo y por qué medios accedemos a algunas formas de humor más breves, más inmediatas, más contundentes pero mucho más efímeras. Pienso que quizá, y rozando el cuñadismo pero me da igual, el público ha rebajado sus niveles de exigencia al artista, saturado como está de chascarrillos de whatsapp. A lo mejor  riendo ciertas gracias que nacen ya algo viejas estamos siendo  cómplices de que algunos contenidos, ciertas cuestiones pretendidamente “transgresoras” se conviertan en un catálogo de temas tolerados, actuables  en esa especie de “Hora Warner” generalizada  que es lo que entendemos ahora por humor.  Algo así, pero desde otro lado, a lo que hacía la censura: distraer la atención hacia unos sacos de boxeo que ya están mullidos. Y, qué narices,iba a hablar del concepto de horizonte de expectativas y demás cuestiones epatantes, pero creo que he dado ya demasiado la paliza por hoy. Disfruten de la semana y no se dejen domesticar o acabarán como el zorro del Principito: siendo personajes que nadie entiende.

 

En un cuaderno Moleskine (31) : Barrio

512px-Hand_made_dense_labyrinth

Hand- made dense labyrinth (imagen de xOneka) en dominio público a través de Wikimedia Commons. Pulse para original

 

Fragmentos sueltos del cuaderno que esta vez sí son el principio de algo más:

“Los años de la pereza eran también los años de desafíos. Los años de Bartleby.  Los años de portazos sin ton ni son, de revisar constantemente la línea del horizonte. Los años, los meses, los días. Querer cambiar el mundo en un golpe y puñetazo. Estaba mal, estaba bien, todo te lo perdonaba la furia de los años veloces, la necesidad, la urgencia.  Todo pasaba rápido y el contexto era también texto y pretexto, daba igual.  Era vida, había que tenerla aun sin nombrarla. Eran años de escribir ferocidades efímeras en el vaho de las ventanas “muerte a …”, lo que fuese, era muerte o vida, no había más. Había que desmadejarse acodados en pupitres, alimentando la vagancia, pensando en que estábamos perdiendo el tiempo pero a la vez sin saber qué perdíamos ni por qué, ni tampoco tener ganas de cambiar nada. Todo era postura y compartir cigarros -“déjame fumarme la pava”, ser maldito de juguete, maldito con derecho a plato de sopa y naranja de postre, mantel de domingo y hora de retirada. Malditos que escondíamos revistas al alcance de los hermanos, que éramos artistas por definición y porque sí.  Tu barrio no lo era, no era para ti porque eras de otra parte. Y mirabas con algo de desprecio y distancia el paisaje que era pequeño, la distancia entre tu calle y la tienda donde hacías los primeros recados: tienda, barra y bolsa de leche de Leyma, toma la vuelta y saluda a tu madre. Y en la cola de la tienda mirabas con cierta tristeza la permanente de la señora que despachaba, el hueco del diente perdido en medio de una fila irregular, las zapatillas rosas de andar por casa que eran también para andar por la panadería. Y todo daba una mezcla de risa y lástima, un instinto de arrogancia infinita, una condescendencia que te llevaba a pensar que algo habrían hecho mal para merecer zapatillas, falta de diente y peinado refrito. Y la lluvia. La lluvia mojaba las manos, la carpeta, los libros. La lluvia era el mantra de esa inconsciencia, del egoísmo que reconoces ahora, de las dudas y de la rabia. Lluvia, la lluvia siempre.

El barrio sigue ahí, sin panadería, sin señoras con permanente. No se puede hablar de la falta de paciencia con los años, sino de la cronológica  falta de paciencia . Recorrer algunas calles- con otros negocios, con otras tiendas, con muchas ausencias y con grandes novedades-es volver al paisaje vital de aquellos que te precedieron, que te llevaron de la mano y te enseñaron la ortografía general de la vida, a atarte unos cordones de manera firme, a aprender que la noche de Reyes no es un 5 de enero, es siempre que anhelas algo, incluso cuando no sepas nombrarlo. Y piensas si el recorrido cotidiano de quien ya no está y que te arrastraba casi, asida más a su brazo que a su mano- esos edificios grises, ese mercado lleno de paraguas y pescados enormes, esas conversaciones de todos los días sobre lo mismo de siempre- merecen ser tratados en tu primera memoria con aquella dureza. Y sabes que no porque vuelves, porque ahora que lo recorres tú sola y en silencio echas de menos aquella lluvia, que no es igual a la de ahora, aquellas bolsas de plástico que cargabas y que ya no pesan. Y te preguntas, inevitablemente, si quien te llevó habría pensado lo mismo de toda aquella grisura, de aquel espacio trazado sin alteraciones ni aristas, de aquella gymkana de todos los días. Y respondes en alto “No” en lo que, de forma egoísta y consciente, es un símbolo más de autocomplacencia, casi de reconciliación, o casi, y esto dice muy poco de ti, de dar carpetazo”.

Navegador de artículos