Anchoas y Tigretones

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Desaparecer

Stanley Kubrick : Woman walking down the street.
© SK FILM ARCHIVES, LLC

Leo un artículo sobre la poeta Blanca Andreu que decidió un buen día borrarse, desaparecer, pero no al modo de Salinger o Bobby Fischer, se fue al modo en que lo hacen las niñas de provincias que nunca escogieron ese título para un poemario. Se fue a Orihuela al duelo y a la serenidad, alejándose del abrumador sentido de la nada que es la fama, el resaltar, el aparecer como un cromo repetido en todas partes. Es curioso cómo las escritoras no saben cómo nos han acompañado, cómo hemos musitado versos y párrafos con fiereza, admiración y la encendida pleitesía de Bartleby. Hoy es día 24 de julio y hace exactamente treinta y un años que mi amiga Pepa se fue no por voluntad propia ni mucho menos, sino porque las enfermedades son ese moverle los marcos a la juventud. ese croque en la cabeza que te aleja de tu vida airada y de vuelta de todo para recordarte que aquí hay también que también despojarse. Pepa, decía yo antes de divagar, y yo nos compramos un cuaderno de cuentas antiguo, apaisado y con rayas, en una papelería de las Cinco Calles en Compostela. Creo que fue en 1986, pero la memoria nos hace órdagos a la grande de vez en cuando. Nos gustaba ese cuaderno como nos gustaba escribir con pluma, ver cómo se deslizaba la tinta en aquel papel rayado que se pondría amarillo con los años, guardado en esas cajas de mudanza que nunca vas a volver a abrir. Yo escribía citas de libros, con la ingenuidad de quien cree descubrir algo por primera vez. Una era de Blanca Andreu, de aquel libro cuyo título ella no escogió y que a mí me fascinaba De una niña de provincias que se vino a vivir a un Chagall. Mi cita hablaba de «amor y la niña rusa que devoraba reno asado y bebía líquen /amor, la nña rusa que leía a Tom Wolfe». Aquel libro de título impuesto había ganado el Adonais, el premio que Patty Diphusa decía que era imprescindible para poder llamarse poeta. A lo abrumador y ruidoso siguió un telón y seguir moviéndose entre bambalinas, lejos del foco. Y la cita seguía escrita a pluma en aquel cuaderno, que viajó en mochilas y maletas, que habitó muebles que no eran míos y que quedaron atrás, como tantas cosas, en las distintos lugares donde hice algo parecido a un nido. Siguieron ahí y en mi cabeza, a veces imaginando dónde podía colocarlos. A Blanca Andreu solamente la vi una vez, con un perrito blanco y chillón, en la librería Colón, aquella casa que muchas tuvimos durante años en Coruña. Recuerdo que se compró La casa de los mangos azules de David Davidar. Yo la miraba de reojo buscando su monedero para pagar en la caja, y pensaba en Tom Wolfe y unos versos que dormían ahora en un papel cada vez más amarillento, pensaba que aquella mujer que acallaba a un perro díscolo, que estaba compartiendo espacio conmigo en aquel lugar, desconocía que de algún modo me había acompañado muchos años, sin saberlo ni pensar tampoco de quién son realmente los versos, quién se los lleva de bruces a lo largo de la vida, esos versos o letanías que aprendemos a veces porque necesitamos recordarlos y otras, las más, porque han caído de sorpresa, han salido de una chistera, los acoges. Yo pensaba en todo esto de forma confusa y la veía alejarse siendo ya una silueta, siendo el ruido de una puerta que se cierra, de una calle que puebla de ruidos nuestros recuerdos.

Hoy es un día desordenado como todos los festivos que se encadenan. Pensando en las desapariciones voluntarias, en alejarse de cualquier epicentro, pienso también en otras volatilizaciones, las que son producto de una mala gestión de la honestidad, de la desidia o, sencillamente, de lugares o espacios que no interesan pero con la incapacidad de afrontar ese momento de decir, como en la novela de Echenoz, «Me voy». Una, es verdad, puede escurrirse entre los mimbres de una amistad recién creada, de una relación que está empezando a fluir, sea en la dirección que sea. Y de repente, nada, silencio, se rompen los puentes, los mimbres, se han ido los perfiles, las amarras. Y una se queda con cara de tonta, con esa terrible y mala idea de que es tonta o muy cándida, cuando, en realidad, no hay explicación más allá de la política del avestruz. Desaparecer, con todas las consecuencias, es hacerlo con la idea de me voy porque no dejo detrás nada que pueda romperse, que pueda dañarse, me llevo mi maleta llena de mis pocas o inexistentes certezas, pero no voy a romper el cable de un teléfono, a borrar esa intimidad recién creada, a no decir el cómo ni el por qué, a dejarte un hueco que escuece como una muela recién extraída, que, caramba, es nuestra aunque no nos valga. A esa desaparición sin explicaciones ni motivo compartido, porque siempre hay un motivo, siempre, ahora le llaman ghosting. Y bueno, qué queréis: de fantasmas vamos servidas. ¿o no?

-He leído Peyton Place de Grace Metalious en Blackie Books. Una de las perturbaciones de mi tardía infancia fue ver Vidas borrascosas, que fue el título que pusieron a la versión cinematográfica. La novela es de una crudeza tremenda y describe perfectamente las relaciones podridas en un pueblo pequeño con cuestiones como el aborto, el racismo, la nula conciencia de clase, las élites y sus desmanes. No cuento más porque ya di la brasa en Instagram con esto: tan solo dejo aquí la idea fundamental, el infierno es un lugar cotidiano y con horarios comerciales.

-Os recomiendo totalmente Tres veranos de Margarita Liberaki (Periférica) Una educación sentimental de tres hermanas tan distintas como son las hermanas entre sí. Estamos ante tres veranos sofocantes en una casa a las afueras de Atenas, hay distintos telones de fondo políticos y sociales, pero tenemos una familia curiosa y con secretos que huelen a baúl cerrado, a historias reinventadas, a sueños magnificados. No me extraña que fuese una de las novelas favoritas de Camus: es extraordinariamente luminosa.

Lloré de risa con la serie I love that for you con mi nueva ídola Vanessa Bayer. ¿Qué se puede esperar de una niña con una condición especial adicta a la teletienda y que ya adulta, se presenta a un casting para ser presentadora del principal programa de teletienda? Pues hacer valer esa condición especial.

Y de propina, lo que vi ayer en Santiago:

Otros cuentos que nos cuentan por Navidad

Auggie Wren (Harvey Keitel) en Smoke

Es tradición en este blog escribir un cuento de Navidad, más bien de Nochebuena. Hoy, después de un otoño más soleado que lluvioso en la esquina del norte, miro por la ventana y la grisura previa a la tormenta de este invierno recién nacido y tan similar a otros, me dibujan una línea recta en la imaginación. Qué extraño: con el paso del tiempo, la loca de la casa, antes bulliciosa y siempre disparada como muñeco con resorte, reposa ahora plácida, inerte, no me da nada, no me dice nada. Mis ganas de escribir, o mi imaginación porque quizá son lo mismo, son iguales a los gatos de Didac, que posan tan chulos y vagos frente a la cámara, quizá sabedores del impacto que tendrán sus retratos en los amigos que los acogemos en nuestros teléfonos, en nuestros whatsapp e Instagram, ya como habitantes sigilosos de otra casa creada, la de los afectos virtuales. Esos gatos estoicos, que miran fijamente y que juzgan, son, decía yo antes y no nos desviemos, tan insistentes y contradictoriamente esquivos como esa idea necesaria que puede latir despacio y lejos, pero que notas respirando detrás de ti, aunque sea, como digo, en una línea recta. En esa línea hay tres paradas de autobús, tres descansos que es posible que hilen algo distinto a un cuento de Navidad, pero, la verdad, nunca se sabe.

Ayer nos dejó Joan Didion, marchándose para siempre con su escritura certera y su leve figura envuelta en humo, su California sin neones, su drama personal negro sobre blanco y su idea del pensamiento mágico. En aquel documental sobre lo que pasará pero no sepultará jamás nuestra idea del recuerdo, la escritora se preguntaba sobre la imagen que queda congelada en las fotografías de aquellos que amamos y no volveremos a ver : eran así, pero no sabremos cómo serían ahora, lo que habrían llegado a ser. Es curioso. Mucho antes de leer el libro de Didion, siendo yo pequeña, me encaramaba sobre aquellas baldosas frías de la casa de mis tías, para ver todas las fotos de la familia en marcos de plata, madera, cerámica. Sobrinas con toga de orla de Universidad (aquello me fascinaba, me parecían listísimas), abuelos que conocí solo por historias, mi madre en su boda, sonriendo bajo un velo de tul. Yo imaginaba sus pasados o cómo sería la vida de aquella mujer desconocida y tan hermosa que no sabía que yo llegaría a su vida once meses después de aquella foto, si aquellos abuelos que miraban de frente al fotógrafo con gravedad me hubiesen llevado al parque o cantado canciones infantiles. Esa manera de actualizar, de fabular sobre lo imposible, es también una forma de amueblar nuestro presente, de dotarlo de esos mimbres del pasado que no conocimos pero queremos hacerlos nuestros porque, en gran medida, nuestro pasado cojea sin los ausentes. Ay, los ausentes. He visto On a Serpentine Road, With the Top Down, el primer episodio de la segunda temporada de Modern Love. No os cuento mucho: tan solo que hay un coche deportivo que fue un regalo de un hombre ya fallecido a una mujer que tuvo que vivir sin él y crear una vida, otra, no mejor ni peor, tan solo otra. Ese coche viejísimo contiene gran parte de la historia de la pareja que fueron, de la familia que se creo a partir de ahí, de la despedida. Y ese coche en el que pisar fuerte el acelerador en momentos de tristeza o ira es parte de aquella complicidad del pasado, es un asidero, una amarra cuando el presente se tambalea : aceptar que ese equipaje forma parte de aquellas personas a las que amamos es, no queda otra, la más generosa forma de estar en el mundo. Y hablando de objetos y sus amarras: no he borrado jamás de mi agenda un número importante. Aún lo tengo, para nada porque ya no sirve de nada llamar ahí, aunque lo hice. Un par de días siguió dando la señal, saltaba un contestador con una voz que conocía y que se había apagado hacía poco tiempo. No era regodeo, era constatar que, de algún modo, la persona que ya no estaba seguiría ahí, de otro modo, incluso cuando el teléfono dejó de funcionar. A veces recorro la agenda y me da tranquilidad que ese número sigue existiendo, ahí, entre lo que sí es activo.

Joan Didion. Barthes, C.S.Lewis, Richard Ford y muchos más hablaron de la idea de duelo con diferentes maneras. Perspectivas distintas que incorporan el recuerdo; otras, más trascendentes; y también las hay que se cabrean contra el destino y cualquier forma de ñoñería. Todas son valiosas y cada una lleva la suya. Incluso en Navidad, donde todo es perfecto, según para quien. Porque sí, faltan comensales, hay pérdidas recientes o más lejanas que siempre se avivan. No nos dejemos engañar: ese denostado ejercicio de melancolía, quizá de algo de tristeza, es la esencia de Dickens, de Capote, de Auggie Wren, de la niña cerillera, más humanos que otros personajes. Si os sentís algo tristes por Navidad no es un fallo del sistema; es que quizá la Navidad, tal y como nos la venimos recontando, ya ha dejado de ser nuestra, tanto como los años ochenta.

Joan Didion: el centro cederá de Griffin Dunne creo que está disponible en alguna plataforma. Debéis verlo.

El año del pensamiento mágico está en sus librerías y bibliotecas favoritas.

De Capote me quedo con su maravilloso «A Christmas memory» y, por encima de todo y de todos, «One Christmas» porque el desapego familiar existe en Navidad y que bien escribía el inmenso cotilla.

«Auggie Wren Christmas’story «es el cuento de Paul Auster que, también, forma parte de Smoke de Wayne Wang.

Los libros de duelo que cito, de Barthes a C.S. Lewis- este último con traducción de Martín Gaite- están en sus librerías y bibliotecas favoritas, desde Una pena en observación a Diario del duelo. Hay un libro que se cita poco y que me parece hermosísimo que se llama La rosa de plata de Soledad Puértolas.

On a Serpentine Road, With the Top Down es el segundo episodio de la segunda temporada de Modern Love y está en Amazon Prime.

Y en este blog, todos los años se escriben cuentos de Navidad, el último fue este.Busquen y feliz Navidad, feliz melancolía si quieren.

Algo de noviembre

Kiss and say goodbye. Pulsa para fuente.

Esto que ahora escribo es más propio del principio de noviembre, esos Difuntos, que del este diciembre, mi mes favorito del año, con su carga de dulce e insoportable nostalgia. Diciembre nos pone un poco al límite, queramos o no, con sus balances y sus listas de lo mejor y lo peor. Quizá la bajona venga cuando sea igual haber vivido 2020 que 2021, en ese parón con freno y marcha atrás, mucha marcha atrás, que han sido aperturas, cierres, vacunas, la vida rara. Pero volvamos a lo que nos ocupa: noviembre termina con san Andrés, y hoy recordábamos a un Andrés que se fue demasiado pronto en esa ilógica y despiadada dinámica que tiene la muerte. Mi madre repetía durante noviembre: «bendito mes, que empieza con Todos los Santos y acaba con san Andrés». Que yo recuerde esa letanía, esa ladaíña que diría mi querida Verónica do Rexo, no tiene mérito cuando ha sido cantinela y estribillo durante los treinta días. Era pasar por delante del calendario de cocina, un alarde de modernidad de los años setenta, con un aro imantado para señalar los días, y salía la coplilla del mes bendito, ese mes de grises y segunda evaluación, de días tan cortos como los dibujos animados antes de los deberes, ese noviembre que no era casi nada porque, por no tener, no tenía más de treinta días. Pero comenzaba con, por aquel entonces, dos días festivos, ahí es nada. Y nunca distinguí uno de otro, cuándo Difuntos y cuándo Todos los Santos. Se visitaban los cementerios, algunos exageradamente llenos de flores bajo la persistente lluvia, recuerdo mil años después, el de Iria Flavia, con pensamientos, lirios y su cálida melancolía de lugar recoleto. Yo, lo que hacía, era revisar las esquelas que estaban siempre al final del periódico. Mi padre recortaba algunas con nombres que nos hacían reír, suena a película de Mario Monicelli, pero era así: algunas erratas, una señora que se apellidaba Carro Mato, aquella a la que una caja de composición saltarina covirtió en milenaria, ni más ni menos que 1192 años tenía. Mientras mi padre, con las gafas caladas en la punta de la nariz daba cuenta de esa extraña afición, yo leía cuántos hermanos y hermanas tenían las personas fallecidas, si les ponían un versito al principio, si tenían más de dos o tres esquelas en la misma página, grandes o pequeñas. Me reconfortaba ver, en aquellos nombres desconocidos, que un viudo quedaba acompañado o que los hijos habían dado nietos. Qué ingenua idea de compañía y felicidad, marcada por el número de líneas en un cuadradito de un periódico. Yo miraba y releía versos y frases que me parecían preciosos, de una dedicación devota, trascendente. Qué poco enseñan los periódicos de lo que la vida te traerá después.

Esta semana se ha ido Almudena Grandes. Ya no se puede decir nada más después de los versos de su desolado viudo, de esas lectoras y lectores alzando libros en un cementerio civil, de las columnas y recuerdos de tantas personas a las que regaló presencias, risas, compañía y líneas de compromiso. He contado en Facebook algo que me encantó de ella y que le escuché en una entrevista. Hablando de cuerpos grandotes y los engordes, comentaba que nunca renunciaba a sus patatas fritas, le encantaban y, a pesar de los límites leoninos de las dietas, se permitía un buen plato de patatas fritas de vez en cuando. No conocí personalmente a Almudena Grandes, ella me habló a través de sus libros, como tantos escritores y autoras que desconocen el modo en el que han cambiado nuestras vidas con sus historias, con su feroz y salvaje escritura, con el altavoz otorgado a seres de papel que tanto tenían que ver con otros, más reales y desdibujados. No suelo ser groupie a priori, me da mucha vergüenza conocer a quien admiro mucho porque tengo miedo de meter la pata, de sentirme más impostora aún de lo que me siento habitualmente o también de llevarme una decepción. Pero admiro a las grandes conversadoras, a las mujeres que desgranan historias sobre los demás y no sobre sí mismas en el resbaladizo género de la entrevista donde doña Almudena trufaba de anécdotas y relacionaba unos libros con otros, unas vidas con otras. Una tejedora de ficciones, eso era.

No sé escribir necrológicas, bueno, en realidad no sé escribir casi nada. Pero en aquellos noviembres grises de recortes de esquelas, de acechar quiénes eran los que se quedaban y los que se iban, acabé comprendiendo que necesitamos decir, casi siempre a toro pasado, por qué queríamos a alguien, por qué admirábamos su modo de ser o sencillamente que lo echaremos de menos. Convención social o no, nombrar lo que da miedo nos da un poder que no supera la muerte, pero que comienza a domesticar las ausencias, a convertirlas en algo mucho más de casa, parecido a las fotografías que han congelado momentos y que espían nuestras idas y venidas por los pasillos, tranquilas y ajenas a nuestras prisas. A las muertes de quienes nos han acompañado de otro modo porque hemos escuchado sus discos, leído sus libros o visto sus programas, la posteridad construye un recuerdo basado en la permanente actualización, en imágenes en movimiento, en especiales o fragmentos momentáneos, virales y algo esquemáticos. Algo tan intenso y efímero como las coronas de flores bajo la lluvia de un cementerio.

Hoy leo sobre el aniversario de la muerte de una escritora que me fascinó mucho antes de leerla. Tendría yo unos quince o dieciséis años y el retrato de Montserrat Roig en la solapa de un libro de Argos Vergara, su imagen de mujer independiente y algo atrevida, me atrapó. El libro era La hora violeta y a mí sí me cambió como la precoz y precaria lectora que era entonces y quizá siga siendo ahora. Recuerdo a Natalia Miralpeix, recuerdo el retrato de aquella familia de la burguesía catalana, el velo de la Guerra Civil, el niño que se balanceaba en su sillita de enea, la mezcla de diario y novela, el sexo explícito y narrado, la cita de T.S. Eliot al principio del libro. Todo me pareció un mundo nuevo y adulto. No sabía yo nada de su compromiso feminista, de sus investigaciones de los campos nazis, de viajes a San Petersburgo. Recuerdo que tuve noticia de su muerte estando en California y se lo comenté a un profesor español que estaba de visitante en mi universidad y me llevaba en coche a una conferencia. Casi nos matamos del frenazo que metió, él la había conocido y tratado mucho, en tiempos. Tras esa conmoción hablamos un rato y fuimos derivando hacia la nueva narrativa española. Yo llevaba en la mochila la novela de una autora que acababa de ganar un premio literario considerado erótico, La Sonrisa Vertical. El libro era Las edades de Lulú y había sido una bomba atómica en el aparentemente moderno, pero en realidad muy pacato, panorama literario español. Una bomba atómica similar a la que supuso para mí, muchos años antes, la lectura de esa Hora violeta de la señora Roig. Es curioso: tantas casualidades en mi relación de lectora con ambas. Y pienso que las dos fueron denostadas, menospreciadas muchas veces por compromiso feminista, social, político (acabo de leer un artículo de Rafael Conte sobre Montserrat Roig que me ha dado ganas, literalmente, de vomitar). Etiquetadas como «esposas de» o «hijas de», sin explorar la inmensa calidad y los grandísimos territorios que nos abrieron a tantas.

Yo comencé hoy hablando de la muerte y de algo tan antiguo como las esquelas. Y quizá ya ni el Ayuntamiento de Madrid ni el señor Conte ni nadie las escriba : tenemos redes sociales para sentirnos más parte de algo, sea ese algo lo que sea. Pero en esta mi pequeña ventana en el mundo yo agradezco profundamente a estas dos mujeres que se fueron tan pronto sus letras, sus opiniones, sus modos de ver la vida, incluso cuando no me gustaron, cuando no estuve de acuerdo, cuando hicieron tambalearse mis celdas de Excel. Porque de qué vale recordar a una escritora, a alguien que se va con su arte bajo el brazo, si no es con una sacudida. El resto son gesticulaciones de señoros y poco más.

Postdata: Ni que decir tiene que mi último curso californiano leí La voz melodiosa de Montserrat Roig, en un seminario sobre literatura española contemporánea, posmodernismo y otras zarandajas. Que un protagonista se llame Alpargata y te lo creas de principio a fin ya da cuenta de la calidad enorme de la autora.

LECTURAS
Cualquier libro de Almudena Grandes, cualquier libro de Montserrat Roig. .

L’unico svago che resta

Elisa de Santis, las amarras de Jep Gambardella

Quizá sea el 29 de agosto, y no el cinematográfico ferragosto, el día más indolente del año. Indolente, perezoso y cobarde, ese final y no final es el Felipe de Mafalda resistiéndose a hacer los deberes, es también la amenaza del despertador resucitado. El fin de agosto no nos ha dado tiempo a construir el álbum de recuerdos del verano, todavía nos resistimos a abandonar esa arena ya algo húmeda, a asumir que los días son ya más cortos, que agosto se nos va por el sumidero como un anillo valioso perdido para siempre. Este día, que podríamos alargar (por pereza estival y merecida, porque así es el bostezo bajo el sol y la pamela, con un cóctel delicioso entre manos y con una renta de xmil guineas al año) es también el día de ese diletante y triste canto a la decadencia que es La grande bellezza. Aún me quedan unos cuantos años para llegar a mi sextuagésimo quinto cumpleaños, no tengo las hechuras sardónicas y dandys de Jep Gambardella, pero adoro sus paseos romanos, plagados de cine y literatura, de cínica y encantadora autocomplacencia, de vagancia decadente, sarcástica, de poner en su sitio a quienes-ay, que todas conocemos a alguna así-dan lecciones desde la autoridad moral y de sortear la vida entre performance, excesos y resacas de vacío. Romano, ese compañero de fatigas del que todos nos avergonzamos un poco, describe maravillosa y tristemente este momento del año cuando reconoce que los veranos eran todos uno y siempre se hacía lo mismo: propósitos para setiembre. Es verdad. En verano, cegadas por el sol o reconfortadas por las carcajadas en las terrazas, por los no-horarios, de vez en cuando vislumbramos una breve energía, una necesidad de planear, de sentir que todo ese descanso tendrá un devenir productivo. Comienzan las colecciones en los quioscos-¡todavía existen!-, pensamos en los cursos de cocina o cerámica, en ir más o empezar en el gimnasio, tachamos y ampliamos todas esas listas mentales. Cuando era niña, para mí el final de este mes tenía un toque delicioso porque había libros nuevos para el curso que comenzaba y tenía que forrarlos, los hojeaba con una mezcla de respeto y fascinación pensando también que al verano siguiente conocería todos aquellos secretos que el libro nuevo guardaba como una promesa de prodigios a desentrañar. Ese fin de agosto olía a lápices y al inevitable cuaderno nuevo, tan limpio e igual, sin tachaduras ni nada, que solamente quería que siguiese así, impecable, en una nube protegida para alargar más el momento del estreno, del runrún de lecciones, logaritmos y gerundivos.

Hoy es 29 de agosto y hemos visto en casa de nuevo a Jep, a Ramona, al hombre con las llaves de todos los palazzos de Roma,a Lorena, Elisa y Dadina, también a un delincuente snob y connoisseur de las mejores sastrerías de la ciudad. Y el Fontanone, la piazza Navona de noche y sus enfurruñados ríos, un hermoso jardín secreto de naranjas, las niñas perdidas en templos oscuros o lugares donde la niña-mujer, esa Fornarina de Rafael brilla tanto que dan ganas de abrazarla a través del lienzo. Todo esto es la imposible, inabarcable ciudad de prodigios, donde se habla a veces sin decir nada y otras se calla para decirlo todo. Y entre todos estos personajes-ciudad, Romano, como digo, es uno de mis favoritos, el más infantilizado, el que es más consciente de ese círculo al que en realidad nadie pertenece y que es de los primeros en romper. Hablando de esa frontera con setiembre, dice que lo ideal es abandonar los propósitos veraniegos para ese mes, que lo que hay que hacer es regodearse en aquellos propósitos que hacíamos y que hemos abandonado, por el motivo que sea. Y termina con un lapidario : «¿Que tienen en contra de la nostalgia? es la única distracción posible para quien no confía en el futuro. Sin lluvia, agosto está terminando y setiembre aún no comienza». Romano desconoce, claro, mi legendaria melancolía que me hace abrir cajones y acariciar lanas y mantas gruesas ante la primera brisa del fin del verano, ante esa promesa- ¡para mí también!-de que en esos abrigos, jerseys de ochos y medias muy tupidas encontraré algo , un recuerdo del invierno oscuro que me parezca precioso. Ojalá ir dejando esas migajas como pactos al futuro, como las monedas que aparecen en una gabardina relegada al fondo del armario, a ese papel en el que escribimos una contraseña de una aplicación que ya nadie usa, en las cuentas que hacíamos para construir futuros pensando eso, que el futuro juntos era hacer cuentas y no dejar pasar las penurias. Todo eso era la juventud y, afortunadamente, ya nos curamos hace tiempo.

En pocos dias, quizá algunos más que el cambio climático nos está enloqueciendo, el olor a bronceador, el biquini estirado de este año y la cesta de picnic ocuparán el lugar del fondo de los recuerdos y un espacio en el que molesten poco, en el que no entren en conflicto con las calefacciones y los deshumidificadores. Ahora que hemos sustituido las tarjetas postales por visualizaciones en Instagram, setiembre es solamente eso, un cambio de mes donde las viejas rutinas son las nuevas. Miro las suelas de mis sandalias y pienso en tantos escenarios, en arenas, en terrazas y restaurantes nocturnos, en los chicos guapos a los que miré de soslayo y que no me devolvieron la mirada (cabrones) escondida tras un libro de booksmart, en los paseos con podcasts, en un verano que quizá ha sido menos verano que otros-por propia misantropía, por soledad buscada y también por algo de precaución-pero en el que el paso de los días, y tan solo eso, me ayudó a perder la compostura de la rutina, a dejarme llevar por la vagancia, por las siestas, por conversaciones muy escogidas, por silencios. Y quizá el verano sea, como es ya la Navidad, una construcción melancólica, una atadura necesaria a un pasado reciente y luminoso que hacemos siempre magnífico, aunque haya sido eso: solamente otro verano. Porque la nostalgia, a veces la melancolía, es como esas mascotas domesticadas que un día se cruzan y se comportan como lo que son, animales, al fin y al cabo. En italiano, y en una película de Sorrentino, suena mucho mejor:

«Ma cosa avete contro la nostalgia? É lúnico svago che resta a chi é diffidente verso il futuro». En esas amarras algo mohosas descansaremos hasta el próximo verano. Feliz setiembre, feliz nostalgia.

LEYENDO:

Últimas noticias de la duquesa de Caroline Blackwood, en la siempre maravillosa Alba Editorial. Ay, los Windsor. Para una fan de The Crown, que se ha visto todos los documentales que hay sobre las familias reales, esto es un festín. He terminado también El chivo expiatorio de Daphne du Maurier (reseña en Insta), tengo entre manos Apaches : los salvajes de París (Ed. La Felguera) sobre «una de las subculturas más fascinantes de la historia, en plena Belle Époque»), Quemar libros: sobre la destrucción deliberada del conocimiento de Richard Ovenden (Ed. Crítica, del que estoy preparando una reseña que os enseñaré) y me relamo pensando en la última de Clara Usón El viaje de las palabras (Seix Barral) y su chejoviano viaje.

VIENDO:

A la caza del amor en Movistar. Las Mitford en estado puro: el destino de la mujer, el derecho a la rebeldía y contra la sumisión, pero siempre desde la habitación propia que da el privilegio, da igual que sea Oxford, París o una incursión en la Guerra Civil española. La serie es magnífica y un canto espectacular a la rebeldía, con magníficos secundarios (Dominique West como padre tiránico, pirado y muy gracioso) y el MARAVILLOSO Andrew Scott, el hot priest de Fleabag como un pigmalión diletante y escandaloso, un caramelazo de personaje.

ESCUCHANDO:

Acabo de descubrir el podcast Las hijas de Felipe y no puedo ser más feliz cuando dos señoras filólogas hacen crítica con perspectiva de género sobre María de Zayas, por ejemplo. Recomendable, ojalá publicasen más a menudo.

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