Anchoas y Tigretones

Archivar en la categoría “Apuntes y escrituras”

Algo de noviembre

Kiss and say goodbye. Pulsa para fuente.

Esto que ahora escribo es más propio del principio de noviembre, esos Difuntos, que del este diciembre, mi mes favorito del año, con su carga de dulce e insoportable nostalgia. Diciembre nos pone un poco al límite, queramos o no, con sus balances y sus listas de lo mejor y lo peor. Quizá la bajona venga cuando sea igual haber vivido 2020 que 2021, en ese parón con freno y marcha atrás, mucha marcha atrás, que han sido aperturas, cierres, vacunas, la vida rara. Pero volvamos a lo que nos ocupa: noviembre termina con san Andrés, y hoy recordábamos a un Andrés que se fue demasiado pronto en esa ilógica y despiadada dinámica que tiene la muerte. Mi madre repetía durante noviembre: «bendito mes, que empieza con Todos los Santos y acaba con san Andrés». Que yo recuerde esa letanía, esa ladaíña que diría mi querida Verónica do Rexo, no tiene mérito cuando ha sido cantinela y estribillo durante los treinta días. Era pasar por delante del calendario de cocina, un alarde de modernidad de los años setenta, con un aro imantado para señalar los días, y salía la coplilla del mes bendito, ese mes de grises y segunda evaluación, de días tan cortos como los dibujos animados antes de los deberes, ese noviembre que no era casi nada porque, por no tener, no tenía más de treinta días. Pero comenzaba con, por aquel entonces, dos días festivos, ahí es nada. Y nunca distinguí uno de otro, cuándo Difuntos y cuándo Todos los Santos. Se visitaban los cementerios, algunos exageradamente llenos de flores bajo la persistente lluvia, recuerdo mil años después, el de Iria Flavia, con pensamientos, lirios y su cálida melancolía de lugar recoleto. Yo, lo que hacía, era revisar las esquelas que estaban siempre al final del periódico. Mi padre recortaba algunas con nombres que nos hacían reír, suena a película de Mario Monicelli, pero era así: algunas erratas, una señora que se apellidaba Carro Mato, aquella a la que una caja de composición saltarina covirtió en milenaria, ni más ni menos que 1192 años tenía. Mientras mi padre, con las gafas caladas en la punta de la nariz daba cuenta de esa extraña afición, yo leía cuántos hermanos y hermanas tenían las personas fallecidas, si les ponían un versito al principio, si tenían más de dos o tres esquelas en la misma página, grandes o pequeñas. Me reconfortaba ver, en aquellos nombres desconocidos, que un viudo quedaba acompañado o que los hijos habían dado nietos. Qué ingenua idea de compañía y felicidad, marcada por el número de líneas en un cuadradito de un periódico. Yo miraba y releía versos y frases que me parecían preciosos, de una dedicación devota, trascendente. Qué poco enseñan los periódicos de lo que la vida te traerá después.

Esta semana se ha ido Almudena Grandes. Ya no se puede decir nada más después de los versos de su desolado viudo, de esas lectoras y lectores alzando libros en un cementerio civil, de las columnas y recuerdos de tantas personas a las que regaló presencias, risas, compañía y líneas de compromiso. He contado en Facebook algo que me encantó de ella y que le escuché en una entrevista. Hablando de cuerpos grandotes y los engordes, comentaba que nunca renunciaba a sus patatas fritas, le encantaban y, a pesar de los límites leoninos de las dietas, se permitía un buen plato de patatas fritas de vez en cuando. No conocí personalmente a Almudena Grandes, ella me habló a través de sus libros, como tantos escritores y autoras que desconocen el modo en el que han cambiado nuestras vidas con sus historias, con su feroz y salvaje escritura, con el altavoz otorgado a seres de papel que tanto tenían que ver con otros, más reales y desdibujados. No suelo ser groupie a priori, me da mucha vergüenza conocer a quien admiro mucho porque tengo miedo de meter la pata, de sentirme más impostora aún de lo que me siento habitualmente o también de llevarme una decepción. Pero admiro a las grandes conversadoras, a las mujeres que desgranan historias sobre los demás y no sobre sí mismas en el resbaladizo género de la entrevista donde doña Almudena trufaba de anécdotas y relacionaba unos libros con otros, unas vidas con otras. Una tejedora de ficciones, eso era.

No sé escribir necrológicas, bueno, en realidad no sé escribir casi nada. Pero en aquellos noviembres grises de recortes de esquelas, de acechar quiénes eran los que se quedaban y los que se iban, acabé comprendiendo que necesitamos decir, casi siempre a toro pasado, por qué queríamos a alguien, por qué admirábamos su modo de ser o sencillamente que lo echaremos de menos. Convención social o no, nombrar lo que da miedo nos da un poder que no supera la muerte, pero que comienza a domesticar las ausencias, a convertirlas en algo mucho más de casa, parecido a las fotografías que han congelado momentos y que espían nuestras idas y venidas por los pasillos, tranquilas y ajenas a nuestras prisas. A las muertes de quienes nos han acompañado de otro modo porque hemos escuchado sus discos, leído sus libros o visto sus programas, la posteridad construye un recuerdo basado en la permanente actualización, en imágenes en movimiento, en especiales o fragmentos momentáneos, virales y algo esquemáticos. Algo tan intenso y efímero como las coronas de flores bajo la lluvia de un cementerio.

Hoy leo sobre el aniversario de la muerte de una escritora que me fascinó mucho antes de leerla. Tendría yo unos quince o dieciséis años y el retrato de Montserrat Roig en la solapa de un libro de Argos Vergara, su imagen de mujer independiente y algo atrevida, me atrapó. El libro era La hora violeta y a mí sí me cambió como la precoz y precaria lectora que era entonces y quizá siga siendo ahora. Recuerdo a Natalia Miralpeix, recuerdo el retrato de aquella familia de la burguesía catalana, el velo de la Guerra Civil, el niño que se balanceaba en su sillita de enea, la mezcla de diario y novela, el sexo explícito y narrado, la cita de T.S. Eliot al principio del libro. Todo me pareció un mundo nuevo y adulto. No sabía yo nada de su compromiso feminista, de sus investigaciones de los campos nazis, de viajes a San Petersburgo. Recuerdo que tuve noticia de su muerte estando en California y se lo comenté a un profesor español que estaba de visitante en mi universidad y me llevaba en coche a una conferencia. Casi nos matamos del frenazo que metió, él la había conocido y tratado mucho, en tiempos. Tras esa conmoción hablamos un rato y fuimos derivando hacia la nueva narrativa española. Yo llevaba en la mochila la novela de una autora que acababa de ganar un premio literario considerado erótico, La Sonrisa Vertical. El libro era Las edades de Lulú y había sido una bomba atómica en el aparentemente moderno, pero en realidad muy pacato, panorama literario español. Una bomba atómica similar a la que supuso para mí, muchos años antes, la lectura de esa Hora violeta de la señora Roig. Es curioso: tantas casualidades en mi relación de lectora con ambas. Y pienso que las dos fueron denostadas, menospreciadas muchas veces por compromiso feminista, social, político (acabo de leer un artículo de Rafael Conte sobre Montserrat Roig que me ha dado ganas, literalmente, de vomitar). Etiquetadas como «esposas de» o «hijas de», sin explorar la inmensa calidad y los grandísimos territorios que nos abrieron a tantas.

Yo comencé hoy hablando de la muerte y de algo tan antiguo como las esquelas. Y quizá ya ni el Ayuntamiento de Madrid ni el señor Conte ni nadie las escriba : tenemos redes sociales para sentirnos más parte de algo, sea ese algo lo que sea. Pero en esta mi pequeña ventana en el mundo yo agradezco profundamente a estas dos mujeres que se fueron tan pronto sus letras, sus opiniones, sus modos de ver la vida, incluso cuando no me gustaron, cuando no estuve de acuerdo, cuando hicieron tambalearse mis celdas de Excel. Porque de qué vale recordar a una escritora, a alguien que se va con su arte bajo el brazo, si no es con una sacudida. El resto son gesticulaciones de señoros y poco más.

Postdata: Ni que decir tiene que mi último curso californiano leí La voz melodiosa de Montserrat Roig, en un seminario sobre literatura española contemporánea, posmodernismo y otras zarandajas. Que un protagonista se llame Alpargata y te lo creas de principio a fin ya da cuenta de la calidad enorme de la autora.

LECTURAS
Cualquier libro de Almudena Grandes, cualquier libro de Montserrat Roig. .

L’unico svago che resta

Elisa de Santis, las amarras de Jep Gambardella

Quizá sea el 29 de agosto, y no el cinematográfico ferragosto, el día más indolente del año. Indolente, perezoso y cobarde, ese final y no final es el Felipe de Mafalda resistiéndose a hacer los deberes, es también la amenaza del despertador resucitado. El fin de agosto no nos ha dado tiempo a construir el álbum de recuerdos del verano, todavía nos resistimos a abandonar esa arena ya algo húmeda, a asumir que los días son ya más cortos, que agosto se nos va por el sumidero como un anillo valioso perdido para siempre. Este día, que podríamos alargar (por pereza estival y merecida, porque así es el bostezo bajo el sol y la pamela, con un cóctel delicioso entre manos y con una renta de xmil guineas al año) es también el día de ese diletante y triste canto a la decadencia que es La grande bellezza. Aún me quedan unos cuantos años para llegar a mi sextuagésimo quinto cumpleaños, no tengo las hechuras sardónicas y dandys de Jep Gambardella, pero adoro sus paseos romanos, plagados de cine y literatura, de cínica y encantadora autocomplacencia, de vagancia decadente, sarcástica, de poner en su sitio a quienes-ay, que todas conocemos a alguna así-dan lecciones desde la autoridad moral y de sortear la vida entre performance, excesos y resacas de vacío. Romano, ese compañero de fatigas del que todos nos avergonzamos un poco, describe maravillosa y tristemente este momento del año cuando reconoce que los veranos eran todos uno y siempre se hacía lo mismo: propósitos para setiembre. Es verdad. En verano, cegadas por el sol o reconfortadas por las carcajadas en las terrazas, por los no-horarios, de vez en cuando vislumbramos una breve energía, una necesidad de planear, de sentir que todo ese descanso tendrá un devenir productivo. Comienzan las colecciones en los quioscos-¡todavía existen!-, pensamos en los cursos de cocina o cerámica, en ir más o empezar en el gimnasio, tachamos y ampliamos todas esas listas mentales. Cuando era niña, para mí el final de este mes tenía un toque delicioso porque había libros nuevos para el curso que comenzaba y tenía que forrarlos, los hojeaba con una mezcla de respeto y fascinación pensando también que al verano siguiente conocería todos aquellos secretos que el libro nuevo guardaba como una promesa de prodigios a desentrañar. Ese fin de agosto olía a lápices y al inevitable cuaderno nuevo, tan limpio e igual, sin tachaduras ni nada, que solamente quería que siguiese así, impecable, en una nube protegida para alargar más el momento del estreno, del runrún de lecciones, logaritmos y gerundivos.

Hoy es 29 de agosto y hemos visto en casa de nuevo a Jep, a Ramona, al hombre con las llaves de todos los palazzos de Roma,a Lorena, Elisa y Dadina, también a un delincuente snob y connoisseur de las mejores sastrerías de la ciudad. Y el Fontanone, la piazza Navona de noche y sus enfurruñados ríos, un hermoso jardín secreto de naranjas, las niñas perdidas en templos oscuros o lugares donde la niña-mujer, esa Fornarina de Rafael brilla tanto que dan ganas de abrazarla a través del lienzo. Todo esto es la imposible, inabarcable ciudad de prodigios, donde se habla a veces sin decir nada y otras se calla para decirlo todo. Y entre todos estos personajes-ciudad, Romano, como digo, es uno de mis favoritos, el más infantilizado, el que es más consciente de ese círculo al que en realidad nadie pertenece y que es de los primeros en romper. Hablando de esa frontera con setiembre, dice que lo ideal es abandonar los propósitos veraniegos para ese mes, que lo que hay que hacer es regodearse en aquellos propósitos que hacíamos y que hemos abandonado, por el motivo que sea. Y termina con un lapidario : «¿Que tienen en contra de la nostalgia? es la única distracción posible para quien no confía en el futuro. Sin lluvia, agosto está terminando y setiembre aún no comienza». Romano desconoce, claro, mi legendaria melancolía que me hace abrir cajones y acariciar lanas y mantas gruesas ante la primera brisa del fin del verano, ante esa promesa- ¡para mí también!-de que en esos abrigos, jerseys de ochos y medias muy tupidas encontraré algo , un recuerdo del invierno oscuro que me parezca precioso. Ojalá ir dejando esas migajas como pactos al futuro, como las monedas que aparecen en una gabardina relegada al fondo del armario, a ese papel en el que escribimos una contraseña de una aplicación que ya nadie usa, en las cuentas que hacíamos para construir futuros pensando eso, que el futuro juntos era hacer cuentas y no dejar pasar las penurias. Todo eso era la juventud y, afortunadamente, ya nos curamos hace tiempo.

En pocos dias, quizá algunos más que el cambio climático nos está enloqueciendo, el olor a bronceador, el biquini estirado de este año y la cesta de picnic ocuparán el lugar del fondo de los recuerdos y un espacio en el que molesten poco, en el que no entren en conflicto con las calefacciones y los deshumidificadores. Ahora que hemos sustituido las tarjetas postales por visualizaciones en Instagram, setiembre es solamente eso, un cambio de mes donde las viejas rutinas son las nuevas. Miro las suelas de mis sandalias y pienso en tantos escenarios, en arenas, en terrazas y restaurantes nocturnos, en los chicos guapos a los que miré de soslayo y que no me devolvieron la mirada (cabrones) escondida tras un libro de booksmart, en los paseos con podcasts, en un verano que quizá ha sido menos verano que otros-por propia misantropía, por soledad buscada y también por algo de precaución-pero en el que el paso de los días, y tan solo eso, me ayudó a perder la compostura de la rutina, a dejarme llevar por la vagancia, por las siestas, por conversaciones muy escogidas, por silencios. Y quizá el verano sea, como es ya la Navidad, una construcción melancólica, una atadura necesaria a un pasado reciente y luminoso que hacemos siempre magnífico, aunque haya sido eso: solamente otro verano. Porque la nostalgia, a veces la melancolía, es como esas mascotas domesticadas que un día se cruzan y se comportan como lo que son, animales, al fin y al cabo. En italiano, y en una película de Sorrentino, suena mucho mejor:

«Ma cosa avete contro la nostalgia? É lúnico svago che resta a chi é diffidente verso il futuro». En esas amarras algo mohosas descansaremos hasta el próximo verano. Feliz setiembre, feliz nostalgia.

LEYENDO:

Últimas noticias de la duquesa de Caroline Blackwood, en la siempre maravillosa Alba Editorial. Ay, los Windsor. Para una fan de The Crown, que se ha visto todos los documentales que hay sobre las familias reales, esto es un festín. He terminado también El chivo expiatorio de Daphne du Maurier (reseña en Insta), tengo entre manos Apaches : los salvajes de París (Ed. La Felguera) sobre «una de las subculturas más fascinantes de la historia, en plena Belle Époque»), Quemar libros: sobre la destrucción deliberada del conocimiento de Richard Ovenden (Ed. Crítica, del que estoy preparando una reseña que os enseñaré) y me relamo pensando en la última de Clara Usón El viaje de las palabras (Seix Barral) y su chejoviano viaje.

VIENDO:

A la caza del amor en Movistar. Las Mitford en estado puro: el destino de la mujer, el derecho a la rebeldía y contra la sumisión, pero siempre desde la habitación propia que da el privilegio, da igual que sea Oxford, París o una incursión en la Guerra Civil española. La serie es magnífica y un canto espectacular a la rebeldía, con magníficos secundarios (Dominique West como padre tiránico, pirado y muy gracioso) y el MARAVILLOSO Andrew Scott, el hot priest de Fleabag como un pigmalión diletante y escandaloso, un caramelazo de personaje.

ESCUCHANDO:

Acabo de descubrir el podcast Las hijas de Felipe y no puedo ser más feliz cuando dos señoras filólogas hacen crítica con perspectiva de género sobre María de Zayas, por ejemplo. Recomendable, ojalá publicasen más a menudo.

Agosto es un invento

Photo by Nathan Anderson on Unsplash

Hemos empezado a odiar agosto. Es un sentimiento sordo, basado en un determinismo trágico. «Va a llegar agosto y al final no vamos a hacer nada». Y fue así, así está siendo, durante dos años seguidos, pandémicos y de esquivas perseidas. Agosto era un anillo tolkieniano, un lugar donde depositar esas siempre exageradas expectativas que adjudicamos al verano, al tiempo de vacaciones, víctima de unas esperanzas basadas no sabemos muy bien en qué. Las vacaciones de verano son como ese nuevo amante que nos deslumbra en su posibilidad y caemos en una idealización banal, impostada y mentirosa. Lo llenamos, nada más conocerlo, de unas cualidades que solo están en nuestra imaginación, en nuestra agenda irreal de posibilidades y futuribles: cosificado, es un contenedor, una plantilla, al la que dotar de todos esos dones que nos gustaría que tuviese. Claro, no es así. No funciona como receta: tiene otras virtudes (y misterios, perdona, Xesús Fraga por usar tu título), pero no son las que hemos elaborado y pretendemos adaptar, como en aquellos recortables de la infancia en el que escogíamos vestidos y complementos a nuestro gusto, hacíamos y deshacíamos, verano e invierno, impermeable de rayas y pantalones de campana. Nada sale bien con recetas exactas, puede que falten ingredientes o que el tiempo de cocción no sea adecuado.

Estos últimos veranos de reposo casi obligatorio, de medir kilómetros y distancias, he pensado mucho en los otros veranos. Intentando ser rigurosa. Como niña que fui sin aldea ni veraneos fuera de la ciudad, mis veranos tenían las mismas geografías que los inviernos, pero una inmensa alegría. Nunca tuve pandilla de bicicletas ni conocí a Chanquete, chupaba más piscina que playa y lo bueno era leer hasta las tantas y jugar en el jardín hasta que nos daba la gana. Me encantaba, me sigue gustando, la fruta de verano y sus colores, el olor de la crema bronceadora y la música de mañana en toda la casa. No, no viajé en familia más que en alguna ocasión en aquel Seiscientos naranja, que fue el único coche que hubo en casa, para pasar algunas veladas familiares en los lugares de verano de los otros, en «fincas», como decíamos entonces. Nunca tuve la sensación de perderme nada, incluso cuando setiembre nos devolvía a los lápices y los horarios, mis compañeras hablaban de las primeras discotecas en Sada, los chicos a los que espiar furtivamente o los cigarros fumados a escondidas en Inglaterra, adonde las niñas pudientes iban a aprender a besar y pasar el verano, subiéndose a aviones y trayendo de vuelta chocolatinas deliciosas, algún llavero de Snoopy y poca gramática entre los jerseys comprados al peso. Ahí sí hubo un momento en el que empecé a pensar que, quizá, el verano era otra cosa. Lo seguí pensando cuando estudiaba la carrera y podía ir de acampada a algunos sitios y poco más, cuando vinieron mal dadas y empalmaba dos trabajos de verano para hacer granero para el invierno. Cero lágrimas con la precariedad y más combate contra quien la fomenta, amigas: hasta una señora como yo la ha vivido. Agosto fue, después y ya en otros tiempos, un proyecto para ir a Moscú y a la verde Irlanda. Yo, que adoro las ciudades en invierno, tuve grupo de viaje veraniego por imposiciones laborales. Y me gustaban, a pesar del caos, esos aeropuertos en sandalias, no entender un carallo en algunos sitios, las avalanchas o los chaparrones inesperados cuando se anunciaban temperaturas de 27 grados o poder disfrutar de la hospitalidad de amigas que residían en otras latitudes y nos mostraban «lo que nadie ve».

Agosto ha sido hermoso, pero también es un invento. Es una promesa, un futuro perfecto sobre el que hacer presupuestos, diseñar itinerarios, pensar en llenarnos la cabeza de todo aquello que es diferente en una espiral de preparativos, de ilusiones, de deseos. Todo eso, más y menos, es el octavo mes del año. Pero también puede ser un eterno domingo. Ahora, más que nunca, una desilusión: agosto es ese regalo útil que te hacían de niña y que era siempre el peor de los regalos, en el jersey verde cuando te gustaba el rojo. Y ese invento, ese lugar donde depositar esperanzas, ya nos ha fallado dos años. Como señora que adora que las ciudades se queden vacías, escribo estas líneas en un Ferragosto con menos éxodo playero o campestre que otros años, con mucho paseo como los confinados, con «pocos pero doctos libros juntos», con la idea de que lo bueno vendrá cuando seamos un rebaño, si no lo éramos antes, o una inmunidad nos convierta en ovejas. O, quizá también, tengamos que recuperar esa idea del descanso como un exilio interior, como esa pereza infinita, indolente y algo culpable que da el no planear, el no tener que hacer nada porque no te da la gana, sin esclavitudes de redes sociales y de mostrar lo felices que somos. Y dejemos los calendarios, las ilusiones para algo más de andar por casa, para todo lo básico y fundamental.

La verdad es que los que nunca tuvimos esa idea de los veranos azules no los echamos de menos.

LEO

No sé por qué, pero en verano siempre me apetece leer novelas de misterio, góticas o de terror, géneros que no se me ocurre abordar en febrero o noviembre. Acabo de terminar Amar y ser sabio de Josephine Tey (editado primorosamente por Hoja de Lata en traducción de Pablo González Nuevo) y me espera Daphne de Maurier en la mesilla con El chivo expiatorio, traducido por Concha Cardeñoso, lo que es garantía de éxito y editado por una de mis favoritas, Alba. Tengo pendiente, ay, la vida, Quemar libros de Richard Ovenden (jefazo de los bibliotecariosde la Universidad de Cambridge) porque he prometido una reseña para un fantástico proyecto que tienen los bibliotecarios de la Universidad de Vigo. Y, bueno, si queréis unas poquitas recomendaciones cruzadas, he colaborado con un pequeño texto en Tempos Novos, que tenéis disponible en vuestra biblioteca, quiosco de prensa o librería favorita.

VEO

Es una temporada maravillosa para ir al cine. Mis fieles escuderos María y Tony me llevaron a ver El médico de Budapest, con un Brandauer irreconocible, yo que siempre lo recuerdo como Fausto. Sobre convenciones e intereses creados, bullying, miedo a lo desconocido y los desmanes del poder. También sobre la independencia y la amistad, algo tan valioso como difícil de mantener en estos tiempos de difamación constante. Y estoy viendo Los Durrell, porque ,si hay un verano, ese es el eterno verano de Corfú, espiando a las nutrias aparearse, deseando como Margo la llegada del amor o de las musas, como Larry. Los quiero como a una familia propia, me hacen compañía en este solitario verano.

ESCUCHO

Estoy escuchando mucha ópera: mis amigos músicos y melómanos clásicos se ríen de mi cuando digo que la ópera mata al teatro. Suelen ser actores y actrices reguleros, y yo no me centro en las representaciones (tampoco he visto tantas, invitadme a la Scala o a La Fenice y veremos). Pero hoy me lo he pasado teta escuchando Le nozze di Figaro. Este tiempo lento de verano ayuda también a escuchar episodios de mis podcasts favoritos que se me pasaron en su momento. De una de mis habitaciones de hotel preferidas y virtuales, la del Hotel Jorge Juan, recomiendo las conversaciones con Marius Carol y con Fernando Trueba, que me han parecido sensacionales.

El (mal) deshumor

Reñir, constantemente: pulsad imagen para fuente.

No sé si es consecuencia del confinamiento del año pasado, de abrir y cerrar las ventanitas de las desescaladas, de pasmar tanto o, pensando en positivo, de haber hecho una limpieza de fondos, agendas o reestructuras de nudos (los gordianos, siempre los más complicados). No sé si es, como digo, el resultado de todo el agotamiento de escalar y desescalar, de los encuentros y la vuelta a los olvidos en esa versión, sardónica, y muy desencantada del mito de Sísifo. 2020 fue Sísifo y un poco Apolo y Dafne, un maremágnum de cosas raras y claro, como todas sabemos, los actos tienen consecuencias. Las consecuencia de las que hablo son el estado en el que habitamos los humanos: un permanente resquemor, cabreo, agotamiento, un constante deshumor.

El privilegio es siempre una atalaya con la pata coja. Estoy hablando de Zooms y de imágenes enmarcadas en pantallas durante días y días porque soy de las que me he zafado sin haber pasado el bicho. Ni yo ni nadie muy cercano, soy una suertuda. Puede parecer obsceno hablar de la necesidad de la risa cuando la realidad es aún dramática y no tiene visos de mejorar, lo siento, soy una optimista bien informada. Y claro que hay derecho a la queja, al despotrique y al desahogo. Veo too much caras de perro en todas partes y no digamos ahora que se puede/no se debe ir sin mascarilla en espacios abiertos: los que antes vigilaban por las ventanas, vigilan ahora que la máscara no te cuelgue de más por debajo de la barbilla. Si estás en una cola, la distancia de seguridad es, en muchas ocasiones, objeto de recriminación o comentario ajeno. ¿Recordáis cuando éramos como la niña Pollyanna y jugábamos a aquel juego de la alegría de aplausos y sonrisas a vecinos desconocidos en ventanitas desconocidas? De cómo hemos pasado de la, a veces, empalagosa beatitud al gruñido constante es un tratado de poco recorrido: estamos cansados, perdiendo la capacidad de asombro, rodeados de realidades violentas y que nos están haciendo retroceder un mundo. Aquí sí que somos más Sísifos que otra cosa, y no solamente en la maldita pandemia. Y lo dice una señora borde de campeonato, que ha escrito breves ensayos sobre el pollyanismo y el exceso de azúcar.

Creo que el año pasado la política creo extraños compañeros de cama: si todo lo personal es político, la política de obligaciones confinadas, ese año de paredes resabidas hizo que recibiésemos llamadas raras, whatsapps de personas que ya no estaban en tu vida y que no van a volver a estar porque no ha lugar, porque son yogures caducados: esa constante promesa de que algún día te lo comerás porque total no pasa nada, esa visión en la nevera tantos días y como tales, acaban en la basura porque en realidad ya no son nada. Pese a esto, decían en un episodio del podcast ¿Puedo hablar? que fue la mejor época de Tinder, que con la poca presión para quedar y desestimando esa rapidez obstinada del mundo digital, todo era mucho más reposado y dado a la conversación. Aquella época yo la enlazaba con mis primeros días en un país ajeno que sabes que has de hacer tuyo aunque no puedas al principio, donde recibías afectos a distancia y de regalos de despedida que te acompañaban en tu maleta nueva de nuevas aventuras. Estrechabas más lazos con los afectos que dejabas a 10000 km por eso mismo, porque estaban lejos y porque eran ya recuerdo magnificado. Quizá todos somos más nosotros mismos cuando no hay compromiso de crear un lazo real, cuando la confianza que surge como una explosión tiene puesto un cronómetro. ¿O es que no eran los dos protagonistas de Antes del amanecer mucho más auténticos el uno con el otro porque todo se desvanecería con la llegada del sol? La idea de lo efímero nos ayudó en los primeros días, de ahí a hacerlo todo más azucarado: nos meten en casa un par de semanas y a otra cosa, mariposa. Ja. Ahí ya empezamos con Apolo y Dafne, con Prometeo, hubo quien fue la desdichada Casandra y todos los mitos más que se nos ocurran. En esa doméstica Odisea, en ese postergado volver a nuestra Ítaca de normalidad, perdimos el humor, el principal patrimonio de la supervivencia. A lo mejor muchas no éramos ya la alegría de la huerta antes o, como dije en otra ocasión, veníamos cucú de casa. El problema es que la mala hostia se convierta en patrimonial, en el modo de estar en el mundo. Y eso sí es preocupante. Insisto: hablo desde el privilegio que da el tener una estructura medianamente estable pero, incluso en mi trabajo en redes en el que he visto mucho y mucha violencia, detecto una mala baba, un cabreo mucho más enconado, una actitud de espadas en alto más acusada. Y una caída libre del sentido del humor, de la trivialidad porque sí. He visto agarradas brutales en la calle, en el barrio pretendidamente megaguay en el que vivo, por las mascarillas. Follones por la distancia de seguridad. En otro contexto, acusaciones por parte de mala gente sobre la pertinencia o no del teletrabajo (yo pagaría por no tener que ver a algunas personas, de verdad). El buen humor, el intentar exhibir algo de pequeñita felicidad en el día a día empieza a estar mal visto: falta de compromiso (¿con qué?), banalidad, poca enjundia y seriedad para encarar la vida. Pues claro, afortunadamente.

Es fácil creerse en un ecosistema de verdades inamovibles, de apacible tranquilidad o de dramas que podemos embotellar. A veces, en el despacho que comparto con tres compañeras más, recordamos con sorna cuando nuestra máxima preocupación eran las radiaciones de radón. Todo ha cambiado de sitio y la maleza que cubre el futuro se ha hecho más y más espesa. Si no achicamos los ojos para ver algo más allá, si no oteamos el futuro descojonándonos vivas, mal andamos. Luego ya viene la segunda parte: que si te ríes eres muy tonta y todo eso. Pero eso ya lo dejamos para otro día, que se nos agota el cartucho de optimismo.

Y siempre, gracias a las diosas, vienen Los Punsetes

Leed:

Rápido, tu vida Sylvie Schenk (Errata naturae, 2021). Maravilloso: de esos libros que pasarán, seguro, desapercibidos, pero que esconden una humilde grandeza. Dos países, dos lenguas, el lugar de la culpa (de los otros): una reflexión diferente sobre la identidad y el hogar que creamos cuando llevamos nuestros pobres huesos a otros países (saldrá un comentario mío sobre esta novela algo más extenso en Tempos Novos, ya os lo traeré aquí).

Leo también a Ivy Compton-Burnett, pero me descorazona la traducción, sorry, Anagrama. Tengo Papel, el inmenso ensayo de Mark Kurlansky en Ático de los Libros, Quemar libros (saldrá pronto una reseñita mía sobre este librazo) de Marc Ovenden en Crítica e Irmandiñas de Aurora Marco, en Laiovento cortesía de GaliciaLe.

Ved:

La batalla por Britney de Mobeen Azhar es un documental en el que se aborda la curatela que la familia de la cantante lleva ejerciendo un montón de años y que le impiden tomar las riendas de su vida. El movimiento #freeBritney de los fans de la cantante es algo mucho más que una frikada: es poner encima de la mesa por qué a unos se les considera sencillamente excéntricos y a otras, sencillamente desequilibradas e incapaces de controlar su vida. Detrás, un padre posiblemente codicioso y un enjambre de abogados y asesores que se están forrando.

Manolita, la Chen de Arcos es un cuidadoso documental-entrevista a Manuela Saborido Muñoz, la primera transexual española en cambiarse el nombre en el DNI y en adoptar una niña. Si pensáis que Alaska es transgresora después de ver este docu, pues os lo hacéis mirar. Dirige la maravillosa Valeria Vegas.

He visto también Maricón Perdido (qué suerte tenemos de contar en el mundo con Bob Pop), Una danza para la música del tiempo (gracias, Filmin, por traerme a Anthony Powell en serie) y ahora, como buena dama brit, me estoy viendo TODAS las adaptaciones de las novelas de Agatha Christie que encuentro por doquier.

Escuchad:

El podcast La vida sigue igual es tan sugestivo como poco pretencioso ¡y me encanta!: las conversaciones son fluidas, los invitados pueden hablar sin que se les interrumpa. Mario Temiño es un entrevistador pulcro, con preguntas muy adecuadas que no pretenden ser las del primero de la clase. Cero postureo, mucha verdad.

El grupo Son tías simpáticas Toni Acosta y Silvia Abril . Lo que es muy de agradecer es que se desmarquen de otros podcasts con el esquema «yo estoy muy loca y tú menos» (que a mí me encanta Estirando el chicle, vale, pero se trata de hacer algo diferente).

Navegador de artículos