Anchoas y Tigretones

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Únicas

Girl with a doll. No tiene créditos o no aparecen, la tomé del tablero de Pinterest “Niños vintage” de Carrie Neyman. Pincha en la foto para original.

Dice el diccionario de la RAE que lo único es aquello excelente, que no tiene compañía en su especie. La acepción tercera del adjetivo habla por fin de los “hijos únicos” como aquellos que no tienen hermanos, que conforman una unidad familiar con los padres. Y nada más.

Ser hija única no es un acto voluntario. Lo es, puede serlo, tener una hija única. A finales de los sesenta ser una familia de tres, algo muy común hoy en día, era una marcianada envidiada y temida a partes iguales. Exceso de atención, monopolio de cariños a veces de forma insana y ser  escudriñada con la curiosidad algo malsana del entomólogo: qué espécimen más raro y precioso, te coloco en el centro de todo, te observaré pero eres también el proyecto de un trofeo personal, ojo y compórtate, mis expectativas están en ti depositadas( ya he escrito sobre Apegos feroces, por favor, no me tiréis más de la lengua que me pierdo) 🙂  Y todo lo que venía aparejado:  porque sí, la hija única iba a ser siempre egoísta, caprichosa, llorona. Un poco chapona, repelente y coñazo. Y la palabra más odiosa del planeta: mimada. Poco dada a compartir, poco bregada en esa convivencia algo salvaje de hermanos que se educan unos a otros, que buscan su sitio en el sofá familiar, que agradecen pasar algo desapercibidos. Que te apoyan, te ignoran o boicotean.  Crecer sin hermanos o hermanas es perderte algunas batallas necesarias y gestionadas a la medida de la edad en la que se libran:  cumplen el papel de recordarte que necesitas reivindicar tu excepcionalidad pero no eres #losupermás , que tienes- aunque no lo sepas aún- carne de tu carne  a escala y ya por el mundo, un vínculo añadido, te centran, te apoyan, te odian de juguete. Te acompañan. Están ahí, puedes tomarlo o dejarlo, pero existe.  Mis padres venían ambos de familias numerosas, no sabían realmente cómo podría ser y sentir una niña única en un universo que ellos también desconocían. Cómo se relacionaría con amigos, en el colegio, en el mundo real de crecer a pares. Tan lejana de ellos en años y en tantas otras cosas, tan colmada de amor y tan visible.

Yo creo que las hijas únicas, o al menos la hija única que escribe esto, conseguimos, o intentamos al menos,  articular ese crecer sin referentes a nuestra escala como un pequeño acto de construcción, de independencia. Podías salir más o menos complaciente, respondona, más o menos teatrera o salvaje, pero te desmarcabas un poco al crecer con otro concepto de espacio propio, no te lo currabas, venía de serie. Es cierto que extrapolabas algunas batallas destinadas a hermanas a tu madre, que aprendías el ejercicio de abrir paso a golpe de portazo y castigo, a cuestionar sabiendo que todos los marrones te los ibas a comer tú.  A tirarse en plancha a la rebeldía sin refrendo y sin red, sin apoyos, a lo puto loco. También a aprender el valor del silencio, de la necesidad de soledad que te acompañará toda la vida, del valor de lo conseguido siendo solamente una jugadora de ruleta.  Luego llega la edad adulta y con ella el mundo de los cuidados de verdad a aquellos que tanto te cuidaron y, efectivamente, ahí estás tú sola. Y conviene respirar. Mucho, además.

Todo esto viene a colación porque ayer alguien me hablaba del ser hija única como un acto trágico, como una relación distante y compleja con los padres, una distancia que podría terminar como un rechazo. Ese riesgo existe, es verdad.  Acababa de ver a una niña sola en su bicicleta dando vueltas por una pequeña plaza, los padres observaban, la llamaron para irse. La niña no solamente no quería sino que gritaba :”¡A casa, no!”, con llantina y aspavientos. Prescindiendo del hecho de que podríamos imaginarnos todo el gore que nos dé la gana, hay algo en efecto, de trágico, de tristeza dominical y de siesta en ese festivo en soledad con los padres, en esa imposible infancia-adulta que puede llegar a tener la convivencia con generaciones distantes.  Un sábado alargado e infinito, una tarde que lleva melancolía de la mano, que generará posiblemente niños lectores o desganados. Niñas y niños a los que necesito dulcificar su historia, darle un sentido más prosaico y menos dramático, imaginarles un futuro lleno de acompañamientos, de bullicio, incluso de falta de espacio personal, aunque no sea lo que ellos quieran, aunque no lleguen a ser tan misántropos o tan necesitados de silencios puntuales: aquellos que necesitas cuando tú sí has tenido mucho espacio. Porque, qué duda cabe, la realidad no es más que una de las capas de nuestra propia ficción; aquella de la que nos apropiamos, la que podemos colonizar de un modo más o menos estable. O si no, que esas niñas solitarias se abran un blog y empiecen a contarnos cómo es crecer de ese modo. Con un par, ya te digo.

Siempre podrán escribir en domingo por la tarde.

 

 

Notas: 

Único: en masculino en el Diccionario de la RAE, qué le vamos a hacer. La RAE sigue defendiendo la dicotomía entre término marcado y no marcado, las cositas del lenguaje inclusivo y la paridad le dan como resquemor y no permite búsquedas en femenino. Como no me apetece tomar copas de Soberano para ponerme a la altura de la RAE, pues lo dejamos ahí.

He escrito muchos posts sobre hijos. Si queréis seguirlos, basta con teclearlo como palabra clave en la caja de búsqueda.

Música: En bucle, el disco en directo de Coque Malla, Irrepetible, porque nos gusta y porque nos divierte. También escucho a Spacemen 3 y a Yo La Tengo, cosas de la edad y de las buenas recomendaciones. Thanks!

Leo, leo: Acabo de terminar Deixe a sua mensaxe despois do sinal, de Arantza Portabales editado en Galaxia y sobre el que espero escribir algo. Magnífica, recomendable, estupenda novela.

Releyendo a Perec  y comenzando ya El domingo de las madres de Graham Swift, editado en Anagrama y traducido por Jesús Zulaika (comprado en la Feria del Libro de Coruña de 2017, ya me vale).

Os recomiendo en Filmin Sin amor, Verano en Brooklyn y La condesa (aquí Julie Delpy da mucho miedo).

 

 

 

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Truffaut, hamburguesas, chocolate y un seiscientos naranja

Para Ignacio , que me recordó que tenía que hacer más Je me souviens.

Escena de La noche americana. Origen de la foto si pulsas encima

 

 

Este post es apresurado, tengo maletas en la puerta, y es un post también de agradecimiento.  Seguís ahí, pocas seguramente, pero veo que entráis a diario por si hay novedades. A las señoras que se ponen detrás de la pantalla y delante del teclado la vida nos va llevando sin sentarnos aquí , sin pensar “¿de qué puedo hablar hoy?”. A veces es la pereza; otras, la mayoría, la constatación de que otras y otros lo hacen mejor, para qué entonces. Pues porque escribir es un pulso a la vida. Tengo notas y folios amontonados para algo un poco más largo que esto de aquí, pero prometo dos o tres posts a la semana a partir de ahora, si no el músculo se me atrofia.

En el cuaderno, esta nota de ayer:

“Buceo en el catálogo de Filmin. Un día tendré que escribir sobre la ansiedad de la abundancia y la sobreoferta, porque hago más mira por aquí, mira por allá, que otra cosa. Y encuentro La noche americana de Truffaut. Es curioso el modo que tenemos de tender hilos en la memoria, es una de mis películas favoritas porque es cine sobre cine y también porque me sabe a un cruce entre hamburguesa con mostaza y chocolate. No, no vayamos a la magdalena ni nada de eso. Es que SABE a eso. Y sabe a un día familiar muy feliz, de hace muchos años.

Mi madre tenía un seiscientos naranja al que adelantaban, no podía ser de otro modo, los camiones de las bombonas en el centro de Coruña- naranja sobre naranja, todo muy armónico- y de lo que yo no era consciente, me parecía lo normal. Por eso cuando algún día mi madre decía: “vamos a mover el coche un poco”, sabíamos que era una invitación a un día entero de preparativos y copilotaje, aunque siendo yo pequeña y mi padre contemplativo y comentarista del entorno en el asiento vecino al conductor, no éramos unos ayudantes muy reales. Ese sábado, movimos el coche a Santiago. No había autopista, y era toda una aventura de colinas, atascos y desvíos. Íbamos a Santiago porque el día anterior yo había aprendido, no sé cómo ni por qué, el estribillo “Si vas para Platerías, a pregar na Corticela/beberás auga bendita nos cabaliños de pedra”. Por supuesto, se convirtió en el mantra familiar esa tarde de primavera. Hoy pienso cómo nos verían desde el aire si alguien pudiese filmarnos con una cámara aérea: dos adultos y una niña cantando ese estribillo de forma intermitente en una bombona de butano móvil.

Llegamos a Compostela. Era a finales de los setenta, recuerdo mi abrigo con peluche que ya me quedaba algo corto y me daba algo de vergüenza, rec un chico con gafas a lo Lennon y poncho nos indicó muy amablemente. Me encantaban esas faldas largas de las chicas, los pantalones de campana, aquellas risas en pandillas, el suelo algo mojado de lluvias tardías. La calle de la Raíña llena de jóvenes entrando y saliendo de bares, la Quintana petada en corrillos. Me pareció entonces que Santiago era un lugar feliz, lleno de chicos y chicas sonrientes en calles preciosas, no me fijé en nada más, no sabía nada más. Qué grande me parecía ese lugar por el que ahora paso a diario y cómo tengo que pararme a veces ante su abrumadora belleza, ante esa altiva soledad que tiene su piedra. Compramos una caja de “Croquiños do Apóstol” en la Mora, yo estaba entusiasmada de lo fácil que había sido convencer a mis padres de que comprásemos algo tan innecesario, tan turístico, tan poco de merienda normativa. Me acuerdo de cómo se pegaban a los dientes, de que se hizo de noche en el camino de vuelta, de aparcar delante de Correos. Y de llegar a casa, yo muy excitada con el día tan distinto que habíamos pasado. Y me dejaron ver un poco la tele, algo excepcional porque era sábado. Claro, ponían La noche americana, en la que la gente era también joven e independiente, hacían cosas tan bonitas como rodar películas y tomar cervezas en las barras de los bares, fumaban, era todo una chulada, No entendí mucho ni la terminé; mi capacidad para perderme en las películas era todavía muy enorme, mi proverbial falta de concentración era mucho peor en mi infancia. Pienso que yo no dejaba de dar vueltas a lo que era mi idea de la juventud: un montón de chicos y chicas guapísimos en vaqueros, en pandilla, entrando y saliendo, un cruce entre los anuncios de Lois y Coca-Cola. La juventud era, quizá sea, un estado mental, para mí era algo lejano con la etiqueta de felicidad, con una idea de independencia que yo no sabría explicar. Luego el tiempo dicta o te deja hacer lo que sucede de verdad, pero ese es otro asunto, claro.  Hay un momento en la película en la que se explica qué es la noche americana: simular una escena nocturna, imitar algo. Para mí, todo lo que había visto aquel día en las calles de Santiago, mi idea de un futuro en el que llevaría faldas y bolsas de cuero repletas de apuntes en alguna Facultad del mundo, conformaban una idealización a la  que también aplicaba un filtro, el filtro de lo lejano, de lo posible. Y sabía a hamburguesa y chocolate  porque fue mi dietética cena aquel día, qué le vamos a hacer, no éramos nada veganos ni conscientes de que podría dolernos el estómago.  Ese sabor y ese recuerdo están totalmente vinculados, no se separan el uno del otro.

Hay que ver la cantidad de cosas de las que me acuerdo y que no tienen interés ninguno. Años después, escuché una entrevista a Felipe González en la que decía que La noche americana era su película favorita. No saquen conclusiones raras, por favor. ”

 

Lectura recomendada: Limiar de conciencia de Cris Pavón en Urco Editores. No llega con decir que es impresionante, bueno, es que lo es y mucho. He escrito una reseña que saldrá en breve y espero poder enlazarla aquí.

Música: Desde que no tengo a Fran cerca, poco nuevo escucho, estoy muy Bowie y últimamente canturreo “All the Young Dudes” a todas horas

 

Las cerezas de Pavese, las vidas de Ginzburg

Photo by Karolien Brughmans on Unsplash

Una vez, hace ya tiempo, alguien me dijo que yo encontraría quizá algo del mundo que yo quería contar si leía a Natalia Ginzburg y así lo hice. Con admiración, respeto, envidia y algo de la sensación de estar llegando tarde a la fiesta del Sombrerero Loco. Hay un ejercicio habitual en talleres de escritura, en los lugares donde unos juntaletras enseñan a otros, donde lo único que aprendes es que siempre hay alguien mejor que tú, que no hay recetas y que lo mejor que puedes tener por bandera es tu libertad de escribir cómo y lo que te dé la realísima gana. Ese ejercicio, que me disperso, es el “Je me souviens” de Perec. Enumerar, describir brevemente recuerdos inconexos. Contar, por ejemplo, cómo se curvaba hacia arriba la calle de san Andrés cuando, con ocho años, saliste de una óptica asiendo la mano de tu madre y estrenando unas gafas, las primeras gafas de miope de tu vida. La caligrafía de mi padre explicándome el máximo común divisor, la “caja de los hilos” que había sido una caja de chocolates que alguien había traído de Inglaterra en algún viaje, de la que recitábamos “fry-milk- chocolated- assorted- nuts”, traduciendo palabra por palabra en un viejo diccionario inglés-español que había sido de las épocas de estudiante de mi padre en la Escuela de Comercio.  Y así, partiendo del “Me acuerdo”, podemos tener un conjunto de imágenes fugaces, otras más asentadas, breves instantes que se han repetido o no pero que han hecho mella en nuestra memoria, con todo lo tramposa que quiera serlo, con todo lo diminuta. Dobleces de mantel de domingo, ruidos del patio de luces de un bloque de apartamentos, crujidos de bolsa de gominolas, cuadernos comenzados, entradas de cine en un abrigo de invierno. Una, que es perequiana a muerte, siente algo de pudor a veces, una falsa humildad ante la idea de que el mundo de mis pequeños recuerdos sea interesante o no, ¿a quién va a importarle? Y ahí está el quid del asunto: siempre crees que alguien va a leerte, y eso es lo que no tiene sentido. Hay que escribir para una misma, si lo sabré yo.  Ampliar el encuadre no implica renunciar a un caleidoscopio: me gusta buscar el juego de lo pequeño, de lo conocido, de aquello que podría ser empático, universal y diminuto. Lo que es humano, vaya. Y por eso disfruto con Ginzburg.

Dice Elena Medel en el prólogo a la edición española de Lessico famigliare  que la Ginzburg consigue que sus recuerdos nos parezcan nuestros. Es verdad: esa dignificación de lo cotidiano que hay en su literatura nos empuja a abrir el desván y los álbumes de la memoria, a actualizarlos e intentar incluso compartirlos de nuevo. Y contarlo así, con una abrumadora sencillez, por la que desfilan unos padres extravagantes, divertidos y peculiares; la convivencia con unos hermanos  independientes y algo desapegados. Pero sí, esa convivencia, ese núcleo familiar, desarrolla un anecdotario, un universo propio remarcado en ese léxico del título. Frases hechas, anécdotas repetidas, pequeñas bromas privadas convertidas en muletillas familiares con el día a día. Un día a día que va subrayando, cada vez más, el compromiso político de los hijos, el exilio y las detenciones, el ver como Italia entra en la guerra y las consecuencias de apellidarse Levi. Porque sí, Natalia Levi era judía. Y tomó el apellido de su esposo, con el que trabajó en la editorial Einaudi, militante comunista, asesinado en la cárcel de Roma. Y esos días fríos, fatídicos, plenos de incertidumbres y miedo, son recordados con una sobria y a la vez afilada precisión, aparecen como un recuerdo avanzado, se vuelve sobre ellos como un hito determinante, no en vano lo fueron. Antes padecen confinamiento, conocen a muchos otros judíos en su situación, de todo esto hay recuerdos y hay literatura. A pesar del dolor ,a pesar de la pérdida, a pesar de la dureza de la vida, de todo hay recuerdo y se sigue escribiendo, no se evita, se escribe. Encarando la situación de Italia tras la Segunda Guerra Mundial, Natalia nos cuenta cómo han envejecido sus padres, cómo se sienten en tierra de nadie en un país ahora desconocido y convulso. Pero cómo han seguido hacia adelante con alegría, a pesar del dolor y el desconcierto. Porque hay dolor, pero mucho amor por la vida en estas páginas. Páginas entre las que aparecerán Pavese y Trusardi, un empresario de máquinas de escribir llamado Olivetti, un futuro editor llamado Einaudi, con el que Natalia y Leone trabajarán. Y se menciona a Croce y al papel de la filología y la traducción, conocemos cómo se tejieron los hilos del antifascismo en Italia, cómo la familia se implica de forma activa, cómo se gana, cómo se pierde. Y, sobre todo, asumir que en ocasiones no comprendemos ni sabemos las razones de los amigos para no querer vivir, ni siquiera tenemos el modo de saber si habríamos podido evitarlo. O si ese, y no otro, era el destino que ellos escogieron.

Y,sí, hay líneas y momentos que son pura maestría, más allá de la historia y de la anécdotas.  Si tengo que escoger una, me quedo con Pavese comiendo cerezas, unas cerezas a las que llamaba “sabor a cielo”, eran las primeras del año. Mussolini acaba de declarar la guerra y el escritor  llega caminando a casa de los Ginzburg comiendo cerezas y tirando los huesos a lo largo del camino, arrojándolos contra una pared. Y Natalia dice que la derrota de Francia está unida siempre a las cerezas que Pavese les hacía probar, que sacaba una a una de su bolsillo  con parsimonia, con tranquilidad, aún sabiendo que va a despedirse de sus amigos y que no se verán en algún tiempo. Esas cerezas, tan proustianas como aquellas magdalenas, son un marcapáginas de la memoria, todos tenemos alguno. Pero Natalia consigue que lo doméstico, aquello que podríamos identificar  en otras anécdotas, en otros lenguajes que hemos compartido en casa, sea extraordinario y único a la vez.

A mí me habría dado igual que Lessico famigliare venga de una impostura, o que sea una crónica veraz, una autobiografía fragmentada. Fundamentalmente es literatura, y eso es lo que importa. Literatura que nos conmueve, nos sacude, nos hace correr ese riesgo precioso de la identificación. La que afirma que muchos fueron antes que nosotros, nos sitúa en una dimensión de compañeros de viaje y, a la vez, nos hace sentirnos extrañamente diminutos. Está construida de individualidades y también de lugares comunes. Han estado antes donde ahora estoy yo, han pulsado estas teclas, han sido lo que soy y yo he sido otras. Es situarse en la dimensión de lo humano…si no, ¿para qué todo este esfuerzo?

Agarro mis cerezas, abro mis cuadernos, soy quien quiero ser y escribo. Hasta aquí y hasta donde una llegue.

 

Lessico famigliare Einaudi, 2014. Me compré el libro en un viaje a Roma en 2017…leerlo en italiano ha sido todo un reto y todo un logro. (Tengo el examen el miércoles, ay).

Léxico familiar Lumen, 2016 Comprado en Berbiriana y que me ha ayudado a superar mis problemas léxicos con la edición original.

Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

Minúsculo expandido

Photo by Dan Bøțan on Unsplash

Photo by Dan Bøțan on Unsplash

 

No sé qué pulsión nos llega en un momento de la vida de querer pautar el pasado, intentar explicarlo. Alguien dijo alguna vez que la gloria se da a aquellos que siempre la soñaron y eso no es cierto: intentamos explicarnos para saber si hemos perdido demasiado el tiempo- casi siempre marquen “sí”- si nos ha ido mucho peor de lo que esperábamos, si aquellas odiosas comparaciones que nuestras madres hacían con los tales hijos de fulanita o menganito (siempre brillantes, buenos hijos, estudiantes ejemplares, gloriosos, en suma) eran ciertos. Al posible afán de castigarnos, de ajustar cuentas o de autoconvencernos- “no entré en Medicina, qué iba a hacer” o “Él se marchó a vivir fuera, pues, hija, tuve que apañar”- están también esas crisis de medio siglo, esas fronteras a las que, con sus más y sus menos, nuestra vida opulenta sigue haciéndonos llegar cada vez más vitaminados, más saludables, con más círculos en los chakras y más mindfulneseiros, es decir, más egoístas, con menor sentido de la realidad y dotados de una espiritualidad new age, ecológica y, ay, escasamente empática. Nuestros ajustes de la cincuentena no pasan por sentir rabia hacia los escasos cambios sociales, sino por leernos la cartilla sobre si deberíamos o no haber tenido hijos, sobre si tal o cual trabajo habría sido mejor. Poco pensamos, en realidad, sobre lo yos exfuturos, sobre esa certeza existente de que habría para ti una existencia a  medida en el otro lado de la encrucijada, al darle la vuelta al mundo. Todo lo imaginado sobre lo que pudimos ser y a lo que no llegamos, pero que sigue ahí, latente, en una dimensión paralela, aguardando en vano por nosotros. Nosotros y las vidas que no nos hemos atrevido a vivir. Nosotros, que nos las merecemos tanto.

Veo que existe una empresa que se llama “Biografías por encargo” y me alegra y entristece a partes iguales. Pienso que sería el lugar ideal para un personaje de Paul Auster, para el Pereira de Tabucchi. ¿Qué persigue una biografía por encargo?  Imagino a alguna mujer de traje de dos piezas muy años cincuenta, entrando en esa oficina que, seguro, tiene que tener un ventilador  parado, una ventana desde la que se ven siluetas de edificios. Alguien que saca una fotografía de su padre al que quizá no supo querer o quiso demasiado, una fotografía de carnet con el resto de un sello de una academia o un clip oxidado. Merece su espacio, su pequeño tomo verde en un lugar de la estantería. Pienso, también, en cómo hilvana alguien acontecimientos que le son ajenos, los magnifica y ordena: los años de escuela, el ejercicio de una profesión (con intervención de clientes y compañeros, como en los documentales), la familia, el devenir. Todo al lado de una línea de tiempo en lápiz rojo. Qué poco se podría decir de algún llanto sin consuelo en la infancia, de los chocolates felices, de las decepciones en Navidad, de los helados del verano. Del dibujo que hacen las sábanas sobre el suelo al tenderse en una azotea, algo que siempre le hacía gracia de niño, sentado encima de una pila de ropa. O de aquella cremallera que no cerraba bien y que siempre le hacía parecer que tenía un brazo más corto que otro, o del mareo cuando el óptico le puso las primeras gafas. De las emociones de aprender a conducir, de la iniciática noche al lado de alguien que crees que amas, de las ramas secas que crujían así y no de otro modo en el patio de la escuela. De los números, de la pobreza, de los cajones cerrados, de todo lo que no llega. Y, claro, de avanzar en los años y saber que todas esas piezas van encajando en algo de lo que nunca se verá el final. Imagino al escritor poniendo fin y sabiendo que, en cierto modo, está matando a un personaje que fue persona, limando, dulcificando , sacando brillo y esplendor. Ese y no otro sería el trato.

Somos minúsculos. Nos construimos de instantes agotados, veloces.  Recuerdo aquella frase de Nathan a Claire en “Six feet under”, cuando ella comenzaba a tomar fotos y él le recordaba que ese momento no podía ser capturado, ya se había ido antes de ir a por él. Y me acuerdo, más que nunca, de Pierre Michon, de su voluntad desganada de marcar el pulso de aquellas vidas minúsculas situadas alrededor en su día a día, sólidas, cotidianas, de apellidos y nombres sin tipografías escogidas; los suyos, nada más.  Y ese modo de dibujar la vida de los miércoles y los sábados, de los días sin respuesta definitiva y asaltados por lo rutinario, son el mejor homenaje, la más excelsa biografía.  Y, a la hora de la verdad, escribir sobre algo, sea lo que sea, es querer dotarlo de trascendencia, por muy paulocoelhista que quede. Es así.

Por eso quizá imagino a un escritor trabajando en esa oficina, cerrando su ordenador al final de la jornada y dedicándose a lo que más le gusta; imaginar, por placer, las vidas diminutas de los que se tropiezan con él día a día: la señora con dos bolsas de Gadis a su lado en el autobús, el hombre que se toca la barbilla haciendo crucigramas frente a la ventana de un bar en el Mercado de san Agustín, el guardia de seguridad que recorre, todos los días, miles de kilómetros dentro del mismo recinto ajardinado, vigilando, dándole vueltas a la cabeza sobre, también, la vida de una chica que acaba de pasar con una carpeta, mochila, Ipad en dirección a una biblioteca. Esa chica se sentará frente a un pelirrojo que envía whatsapps y no sonríe, pero que a su vez querría dejar de ser amigo de ese chico al que envía mensajes. Y ese receptor de los mensajes …. ¿a que de aquí podrá salir una historia? ¿Y a que quizá no esté tan lejos de nosotros?

Lecturitas recomendadas por Miss Gómez:

Vidas minúsculas  Pierre Michon Anagrama, 2002

Memoria de chica Annie Ernaux Cabaret Voltaire, 2016

Oh, y esta belleza para acompañar (Gracias, Fran, te quiero y lo sabes).

Spleen de agosto o por qué el verano se me hace bola

Catálogo de bicicletas Raleigh by Spacecat, san Francisco (licensed under CC BY-NC-SA 2.0) Enlace al original al pulsar en la imagen

 

A mí el verano se me hace bola. No se me hace bola pequeña, se me hace bola grande. Ya sé que como marketing bloguero esta contundencia, nada más empezar, no me traerá más que controversia-ordenada, eso sí-entre las cuatro o cinco personas que leen este blog. El mes de agosto me aterra por su sentido de la diversión organizada, por la salvaje imposición de que todo ha de parar, que tenemos una tregua de siesta y persiana bajada, de horario reducido, de calles atestadas, de riñoneras, de grupos de turistas agotados y pasmones, de colas en las rebajas…¿sigo? Sí, puedo seguir: agosto se me hace bola porque ya no es agosto. Mi agosto se me va pareciendo más al del protagonista de Barrio: la pérdida de rutina nos desconcierta, más si el resto del mundo goza de un estado de felicidad catártica que no compartes. Aquel chaval seguía vagando entre los mismos bloques de edificios, con el mismo silencio al mediodía (qué más da que comas gazpacho o sopa de fideo si nadie va a hablar contigo). Y el agravio se subrayaba en ese silencio familiar interrumpido por la programación televisiva de bikinis y sorteos, de ebriedad pixelada, tan lejos y tan cerca.

Los veranosos acérrimos dicen que esta estación permite una constante extravagancia; las hay que preferimos serlo siempre: vagar fuera es una especialidad de flaneurs otoñales y de invierno. No tiene mérito ninguno comer a las cinco de la tarde, ver películas hasta las mil, leer como si no hubiese un mañana o ligar fuera del tiesto, eso ya se puede hacer cualquier mes del año. Sí, la playa, claro: yo al cuarto día-una proeza en el clima coruñés- de plan playero estoy hasta las narices de tanto vegetamiento troglodita y de hacer sociología aficionada o clasificación de personas, personajes, indumentarias, actitudes, conversaciones pilladas al azar y de espiar las neveras llenas de viandas y arena.  Lo punk de agosto, frente a ese gregarismo de playa o piscina porque sí, es quedarse en casa a leer Guerra y Paz, cocconear a gusto para ver películas de paisajes nevados desde Fargo a La tormenta de hielo. Eso, desde luego, si tenemos la vena misántropa que puede atacar sin avisar en cualquier momento. Ojo, hay cosas de este mes de vacación que sí, definitivamente, SÍ : aprovechar la largura de la tarde para terracear en conversaciones infinitas, fumar en espacios abiertos sin temor a la congelación, los reencuentros con los amigos que viven fuera y escogen este mes para aterrizar na terra de novo…vale, concedo: esas parte de las vacaciones oficiales y oficiosas molan mucho.  También está genial lo del horario reducido, lo de llevar las patas al aire, ir en bici sin hacer patinaje artístico y la efervescente actividad que destila la ciudad, aunque si es mucha caemos, caigo, en la misantropía del paisaje nevado. Mi ciudad tiene dos hermosuras que justifican el que yo no huya a un lugar donde la verbena no sea más que una hierba: su Feria del Libro y su Noroeste (ese zigzag durante una semana para ir de un concierto a otro, sacar el boli para subrayar y hacerte un itinerario, perderte de tus amigos y acabar con otra gente, vamos, lo normal ) o sus Viñetas desde o Atlántico (parabéns polo aniversario! ) . Pero, a pesar de todas estas bondades, yo termino agosto con cierta saturación, con nostalgia de estrenar zapatos Gorila y de comprar los libros en Porvén; nostalgia de la tregua bendita de septiembre, que era un mes raro que no era ni una cosa ni otra, era el trampolín hacia el invierno, el largo invierno de tardes colegiales y cielo plomizo a través del cristal. Creo que mi querencia invernal se demuestra con que mis viajes preferidos son siempre en esos meses, escribo más y más raro, hago menos proyectos y más realidades, y tomo alguna que otra decisión radical. Todo esa gozadera invernal no sería posible sin ese agosto que es casi un purgatorio de bondades futuras. Agosto, sé escaso, pero sé.

Este mes es casi como una sesión de fisioterapia en mi maltrecho psoas: duele un huevo, pero tiene algo al final que casi mola, alivia, es difícil de explicar. Por eso yo siempre esperaba a finales de este mes para mirar relamiéndome los escaparates que avisaban de los cuadros escoceses, de las capuchas, de las botas altas y de los plumíferos (¡qué le voy a hacer si no nací en el Mediterráneo!), Esa promesa de unos meses de largura grisácea me la han traicionado: la voracidad del tiempo ha hecho que a finales de julio (sí, julio, han leído bien) esté el planeta Inditex exhibiendo otoño como si no hubiese un mañana. Y yo, que detesto contradecirme, tengo que decir ahora que rompo una lanza, un tinto de verano, un bote de Nivea o lo que queráis, para que agosto se eternice un poco más, para que me muestre su largura infinita. Todo para prolongar la dulce espera de los futuros noviembres,

A favor del necesario desapego: Vivian Gornick y “Apegos feroces”

Woman in a polka dot dress and heels striding away from the camera. 1940s Fotografía de Stanley Kubrick. Pinche en el enlace para ver fuente en Pinterest

 

Es posible que sea un sentimiento común a todos los hijos únicos. Quizá la constatación de esto hará que yo no me sienta tan única, que esta primera persona que exhibo tan impúdicamente- esto es un blog, coño, territorio comanche del ego- se transforme involuntariamente en un plural mayestático cuando sea leído, yo qué sé. A fin de cuentas, con pocos o con muchos destinatarios, una ya no es dueña de nada cuando escribe un artículo o publica un post, cuando sonríe forzadamente en una foto que se hará viral, cuando haces confidencias que sabes que dejarán pronto de serlo. El sentimiento al que me refiero es el de una periódica y leve misantropía, una necesidad de alejarse un poco del ruido, ese recuperar la independencia de los juegos infantiles en soledad, de la lectura sin interrupciones, del no compartir lo que no te apetece. De desapegarse y ser poco gregario, algo mal visto en el siglo XXI o eso parece.

Yo podría escribir sobre Apegos feroces de Vivian Gormick solamente subrayando el prólogo de Jonathan Lethem. Si yo fuese reseñadora, así lo haría y sería muy sencillo, aunque yo no sepa hacer reseñas, solamente sé hablar de lo que a mí me parece, me quede coja la visión o no. Hablemos entonces de la relación dependiente, desigual y coactiva entre padres e hijos, entre madres e hijas, entre madre e hija única. No hablemos de las familias felices que son todas iguales, hablemos de los conflictos que no se exhiben y que son, también, más comunes y más violentos de lo que creemos,  aunque sean solo en el plano de la dialéctica. Sigamos hablando, entonces, de ese pivotar entre la responsabilidad autoimpuesta de satisfacer todas las expectativas, todos los deseos depositados en la única hija e intentar, al mismo tiempo y casi siempre con una dialéctica equivocada, singularizar la voz, buscar una nueva forma de complacer sin domarse. Un camino que pasa de la competitividad- que sería natural entre hermanas- al dolor, al sarcasmo,  la protección, el amor y también a la ira. A la batalla verbal y al fracaso de una de las partes, casi siempre de las dos.  A la alerta, a la discusión, a intentar trazar una teoría de lo incomprensible y a la frustración que genera. A la mutua admiración inconfesable.  A jugar a los mitos griegos: a pasar de ser Prometeo devorado a ser Sísifo, reconstruyendo lo que no ha sido posible ni construir. Al miedo a que esa pequeña sabelotodo, esa universitaria que retuerce el lenguaje para confundirte, te gane la partida, te sitúe mediante la dialéctica en el rincón de la desventaja. La voz de Gornick nos lleva también a defender la relación con la escritura no como una expiación, sino como un modo de desapegarse, de crear lo propio, de equivocarse y de seguir. Y de forzar los goznes de la memoria, la fuente de dolor.

Y todo es en un Bronx caleidoscópico y doméstico, también en un Manhattan algo lejano, donde estas dos flâneurs que se buscan para enzarzarse- que detestan reconocerse como continuación y origen- repasan las relaciones humanas de las que han sido testigos, partícipes, cohabitantes. Y todo lo que las ha alimentado determina el modo de ver el mundo y  las relaciones con los hombres: para unas con la idea nostálgica del amor perdido como una tabla de salvación, como una forma de boicotear el presente. Para otras, como una colección de retazos abocados al fracaso, con el cronómetro puesto, con un horizonte de fatalismo: esta es la parte que toca ahora, pero saldrá mal porque siempre sale mal.  El sexo es también una forma de poder,  la belleza o la pulsión sexual son atractivos y poderosos monstruos.  Y, en la búsqueda de esa voz individual, aparece la sombraque “conspira contra” o “sospecha de” las mujeres que reconocen que no les gusta vivir en pareja, a esa consideración de la soltería vocacional como una especie de discapacidad que hay que remediar a toda costa. Hablar de Gornick, de la presencia obsesiva de su madre, es hablar también de su revolución personal, que es una revolución tan necesaria como invisible y mucho más universal, más programática de lo que parece a simple vista. La que da la voz al feminismo, a la idea de ser mujer desprendiéndose de cualquier tipo de imposición.  De aprender, en definitiva, a torcerle el cuello al cisne de la educación heredada.

El desapego es un proceso de natural alejamiento. Es la construcción de esa vía que permita una perspectiva  para llegar al amor, para despojar los vínculos impuestos de su componente enfermizo. De reconocimiento, también, de que somos, queramos o no, una continuación pero no una réplica, un cabo de ese hilo, pero no su final.  Y del hecho, sobre todo, de que en un blog puedas pasar de la primera a la tercera persona sin darte cuenta. Quizá el peligro de escribir sobre memorias ficticias es que quien aporrea el teclado acabe mirando a través de ese caleidoscopio que son las  vidas de los otros sin saber dónde situarse, resbalando entre ciertos grados de empatía y de rechazo, de admiración y de convencimiento. Y de sentirse deslumbrada por una escritura brillante y afilada, apoyada en el descanso de la madurez, en la apuesta trilera del ajuste de cuentas lejano. Es algo que se piensa a veces cuando pones en la balanza un sentimiento de orfandad, que, casi naturalmente, no te pertenece como adulta. Pero ese es ya otro asunto, otras líneas, otras autorías.

Porque, a fin de cuentas, todo lo que no es autobiografía es plagio, qué demonios.

Y mucho más en un blog.

 

Me duele la clavícula, con permiso

Woody Allen en “Annie Hall” atacado por un monstruo transmutado en langosta. Pulsad en imagen para ver el original

 

Yo tendría que empezar hablando de esa patología que hace que somaticemos las enfermedades del vecino, amiga o pariente- “sodomizamos”, dijo una vez mi madre en una consulta médica- pero no me acuerdo de la palabra. Y no me acuerdo de cómo nombrar esa patología porque yo, desde hace ya varios años, ya no hablo seguido. No hablo seguido, se me va la olla, la pinza, lo que quieran. Necesito un tiempo, unos segundos o incluso media hora. Es así cómo recupero la palabra HIPOCONDRÍACA. Es  curioso: no me acuerdo de la palabra, pero, automáticamente sí de “Hipogrifo violento/ que corriste, parejas con el viento” y de  Rosaura arrojada al medio del escenario en la jornada I,  escena I de La vida es sueño. Podría no recordar hipocondría pero puedo recitar a Calderón, recordar cómo era el jersey de ochos muy cool que mi profesor de Literatura Española en la carrera, Herrán, llevaba el día que comenzamos a hablar de las vicisitudes del pobre Segismundo, del cabrón de Basilio y los desgraciados avatares de Polonia.  La memoria, la “fuente de dolor” de Cela, opera y actúa de forma extraña, y más cuando vas cumpliendo años y sinsabores, cuando intentas ejercer una soberbia selectiva sobre los recuerdos- esto es mejor, me lo quedo; esto es peor, me lo olvido- en función de la anarquía  soberana – toma oxímoron- con la que manejamos nuestro equipaje. Y si yo no recuerdo la hipocondría es, quizá, porque no la he ejercido suficientemente, no por inteligencia, sino porque soy una inconsciente con buena salud.  No preocuparte, vamos en serio, por los millones de transgénicos y E-238 (pongo a lo loco), de los pesticidas, del colesterol o los triglicéridos, diagnostica a  alguien que está como un roble, por fortuna. La buena salud son orejeras para las penas de los otros, pero es también una línea de salida a cierto tipo de egoísmo. Legítimo, pero egoísmo.

Marta Sanz nos cuenta el derecho a las penas pequeñitas, a los dolores propios que son casi ajenos, a lamentarnos mucho no de la hipocondría sino del rumbo inevitable que van tomando los cuerpos con el paso de los años. Y a comernos la cabeza con ello, si nos da la gana. Y al inevitable declive, al inexorable y blando declive, también.  Yo creo que si una maleta mía fuese encontrada en el fondo de una fosa marina por unos arqueólogos del futuro sabrían que se trataba del de una señora cincuentona por la férula, las gafas de ver, las gotas, los millones de cremas para millones de achaques, las plantillas, el pañuelo para el aire acondicionado del avión, el reposacabezas hinchable, los magnesios y potasios encapsulados, la conviencia de tampax, compresas o tenasleidis  y un largo etcétera de casos y cosas. Marta Sanz, personaje-autora- se ve sorprendida por un dolor en la clavícula que sirve como punto de partida para hablar del reconocimiento de uno mismo ante los tropiezos, de cómo poder reírse de algo que puede ser muy serio, de que, en realidad, tenemos una “relativa capacidad de relativización”- entrecomillado mío-  ante cualquier angustia de salud. También que cierto grado de estrés nos lo provoca el propio estrés. Lorena Gómez, señora real que lee Clavícula de Marta Sanz, sonríe ante esa cómica enumeración de médicos y pruebas, siente un pellizco en el alma con algunos finales abruptos y también cierto grado de irritación en algunos momentos.  Irritación por empatía, como si este juego entre el volcado autobiográfico, como si esta primera persona que sostiene tan bien la ficción fuese un puente para terceras, en este caso Lorena Gómez, que se reconoce algo caprichosa, algo egoísta y algo acojonada ante algunas de las cosas que le cuentan. Esa empatía es mayor porque me hace exclamar ante el espejo que tengo derecho a quejarme, derecho a preocuparme, derecho a que a los cinco minutos esas preocupaciones y el alardeo mismo de ese derecho me den, directamente, igual. Estoy ante una ficción con recorrido autobiográfico, ante una primera persona sólida y pícara, que exhibe sin pudor correos electrónicos, conversaciones conyugales, y reivindica, como personaje y como autora, la autobiografía ficticia, el juego de espejos, decir y no decir, contarlo todo y, quizá, contar nada. Que se cuele un autor en la ficción, que esta sea veraz y verosímil no se consigue solamente hablando de lentejas y sardinas, de economía doméstica y falta de deseo. Se consigue, sobre todo, con mucho humor. Porque al lector, a la lectora Lorena Gómez, le han sobrecogido algunos fragmentos, otros le han emocionado pero, sobre todo, la ficción le ha servido para reírse de sí misma y del concepto de “buena suerte”: carga con ella aunque te duela. Carga aunque a nadie tu dolor le parezca importante, aunque te haga sentir culpable y en estado de penitencia por la queja, aunque calibres que tu mundo es mejor que el de otras mujeres, que pienses a veces que lo que tienes es una pamplina occidental como la copa de un pino, que eres una egoísta de mierda  y eso también haga daño. Es tu responsabilidad: carga con ella. Carga, aunque te duela. O, quizá, puedas vivir con la responsabilidad de no decepcionar, de no decir lo que no conviene, de entonar la permanente letanía del “virgencita, virgencita”. O puedes, sencillamente, asumir la condición humana de la imperfección y mirarte el ombligo si te da la gana, porque te lo mereces, porque te duele algo o te duele el hecho de que te duela.  Y nada más y nada menos, si lo conseguís sin culpa, por favor, dadnos la receta. Mientras, podéis leer esta novela genialosa y comentarla, porque la literatura es, más que nada, una forma de pasar la vida. Sin culpas, claro.

Marta Sanz Clavícula  Anagrama, 2017

 

El pasado en provincias (con Verna B. Carleton y Jenny Diski)

Fotografía de “My life through a lens” en Unsplash repository, con licencia Creative Commons Zero.

Hace tiempo, mucho, que pienso en escribir algo recreando todas las vidas ficticias de quienes viajan conmigo en tren a diario.  Observo y tomo notas mentales sobre la mujer que pudo haber sido una violinista checa afincada en Galicia por amor, del héroe de los deportes lesionado y reconvertido en entrenador de fútbol infantil, del hombre de aspecto cansado que parece leer todos los días el mismo ejemplar del mismo periódico. Conocí un proyecto precioso en Instagram que se llamaba “Passengers” y que me recomendó Marcos Pérez Pena, es de una mujer con una mirada excepcional, Aymará Ghiglione. Fue curioso: debió hacer el mismo recorrido que hago yo todos los días, habremos, sin saberlo, compartido miradas, nos habrán llamado la atención la novela tras la que se parapeta algún tímido, la explosión de apuntes y rotuladores de colores de los estudiantes, la mirada ausente o enamorada, el ensimismamiento ante la pantalla de un portátil o del ominipresente móvil. Hemos ido, quizá, en el mismo vagón, viendo el mismo paisaje ante un tren que devora veloz las copas de los árboles, los cables, las vidas de los otros. A mí siempre me ha fascinado la gente que se queda frita en cualquier sitio y me encantaría hacer un álbum a lo Sophie Calle, aunque más me gustaría, claro,  imaginar lo que sueñan  en una especie de Black Mirror a medida:  los sueños en tránsito, el subconsciente en su laxitud, el abandono sensual y recreado de ese duermevela; pequeños cortometrajes de la intimidad de los otros para goce y disfrute de esta señora cotilla. Pero yo, como siempre, iba a otra cosa y ya me estoy dispersando.

Leo Regreso a Berlín de Verna B. Carleton, en esa bonitísima coedición de Errata Naturae y Periférica (muy fan de esa cohabitación de las dos editoriales, a pesar de algún errorcillo solventable y sin importancia).  Tendríamos que hablar muchísimo de esta novela que no debe, no podemos permitirnos el lujo, diría yo, pasar desapercibida. Ese regreso del título a la Alemania de finales de los cincuenta merece un análisis pormenorizado sobre el perdón y la culpa, la manipulación y el aprendizaje de la historia, sobre las identidades rotas y reconstruidas, sobre la bondad y la crueldad. Insisto: merece un análisis mejor. Pero yo, a lo que iba, es a la primera parte de la novela, en la que tiene lugar una travesía en barco desde América a Inglaterra, se hace escala en una pequeña ciudad al norte de España llamada La Coruña (sic). Estamos en 1957.  La visión de la mujer dista de ser positiva. Habla de una ciudad de ventanas cerradas a cal y canto, de una arquitectura rimbombante que le recuerda a pasteles glaseados algo derretidos en una ciudad de bello entorno,  pero deslucida por la falta de armonía  y cierto abandono.  La narradora concluye: “España era pobre. Y España mostraba su desgracia desafiante, abiertamente”. Y yo siento una cierta tristeza. Yo imagino a mi padre, un joven de veintiséis años inmerso en su rutina cotidiana y siendo objetivo del ojo observador de la mujer que desciende, con otros pasajeros, a pasar unas horas en esa pequeña ciudad.  ¿Se habrían cruzado?  O mi madre, acudiendo a un trabajo necesario y no escogido. ¿Qué pensarían ellos de los extranjeros que se cruzarían por la calle Real con aspecto de exploradores urbanos, con sus pecas y su piel blanquita, su ropa tan diferente? Unos, insertos en la vida que tocó, gris y provinciana, tan tiznada de Fragmentos de interior como de Calle Mayor, tan sobria y tan poco pagana, tan milimetrada y tan poco libre. Pero era la suya: la que tocó. Exenta de ficción y, quizá, sobrada de una rutina que observamos con la misma condescendencia, con la misma distancia elevada que la turista americana que se bajó por unas horas a pasear por la ciudad del norte. A pesar de reconocerles la dignidad, con un poso de admiración.

Termino esa novela y comienzo Los sesenta de Jenny Diski en Alpha Decay. Y me topo con esto ya en la primera página: el pasado como mito, como la idea que la gente se forma de él a posteriori, un territorio movedizo atravesado por algún acontecimiento (guerra, crisis, siglo) que permita detentar “una narrativa manejable”. Caramba: esto es. Hay ideas más poderosas que la experiencia, dice la autora. Y en esas ideas poderosas, en esa conmiseración empática que sentimos hacia esos hombres y mujeres que vivían en la ciudad del norte en 1957, establecemos que nosotros hemos vivido mejor, desde una perspectiva del asunto que desconoce variables básicas como la felicidad o  la naturaleza de lo cotidiano. Nadie niega la escasez, la falta de libertad, influyese como influyese en esos hombres y mujeres (dicho esto grosso modo, que luego se me echan encima). ¿Somos nosotros más felices? ¿Y cómo coño somos tan arrogantes de pretender extender nuestro concepto de felicidad a todo el mundo? O de bienestar, o de rigor, o de aventura, o de riesgo, o de…completen con lo que quieran.

Yo empezaba hablando de cómo me gustaría reinventar la vida de los pasajeros, de participar de sus sueños,de poder inmiscuirme ahí y reutilizar, apelando a  a lo exagerado, a lo freak, a lo extraño. Cuando pienso en biografías ficticias de extraños me divierto, cuando imagino la vida pasada de aquellos que quiero me resulta mucho más difícil no acudir a una narrativa cómoda, que acaricie un poco las posibles heridas antes de tiempo, de autoconvencimiento, de tranquilidad o, también es posible, de cierto regodeo en la desgracia. No sé si soy empática o compasiva, si me dejo llevar por una poética precisa y previa, si necesito corroborar mis miedos o tranquilizar mi conciencia. Yo recuerdo las anécdotas hermosas- algunas, sí, algo tristes- de la infancia de mis padres, en un país en blanco y negro, en un país de domingos desiertos y desolados, de misa y mantilla, pero también de familia, juegos, música e imaginación en la parquedad. ¿Quién soy yo para maquillar o dejar al natural el pasado? Como no lo sé, no me queda más remedio que explorarlo, novelar o aprovechar, ahora que los personajes viajan dormidos, ahora que el pasado es una forma de que yo pueda relacionarme con mi presente.

Jenny Diski Los sesenta Alpha Decay, 2017

Verna B. Carleton Regreso a Berlín Periférica& Errata Naturae, 2017

El perfil de Aymara Ghiglione  es tal cual así en Instagram. Y a Marcos Pérez Pena lo podéis leer en Praza.gal

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