Anchoas y Tigretones

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Vivir en domingo

Photo by Tobias Tullius on Unsplash

Mi padre me contó en alguna ocasión que, de niño, le dolía la cabeza los domingos por la tarde. La tarde del domingo es esa cuenta atrás ralentizada por pequeños episodios de felicidad que no pueden distraernos, casi nunca, de lo inevitable, de ese lunes que odias pero también ansías. Lo que quieres, lo que queremos, es acabar con esa enfermedad del domingo que es como un catarro no muy grave pero pertinaz, que sabes que pasará y  nada será tan terrible, pero tienes que transitar por esa angustia del fin de una breve tregua. Esa pequeña suspensión de la rutina que es el fin de semana se llena siempre de promesas y anhelos, esbozados en un cuaderno invisible y mental el viernes al mediodía. Yo acumulo tal cantidad de esbozos que sería imposible cumplirlos, aunque me transformase en un cruce entre superheroína y diosa hindú multibrazo y multitarea, con habilidad también para la dislocación temporal. A mí hay algo del domingo que se me hace provinciano y como con alivio de luto, casi como un personaje del primer Delibes;  el final del domingo es un anticipo de esos juicios con una misma que nos dan de vez en cuando y que, al menos yo, aparto de un zarpazo (“qué estoy haciendo de mi vida, por qué este trabajo y no otro, por qué no me voy al Nepal a pasar de todo-> esto me dura diez segundos, Nepal, ni de coña).  Pero volvamos a la angustia pequeñita que, males contemporáneos aparte, intentamos mitigar a golpe de maratón de series y sofá, esa terapia aún no clasificada en ningún manual de psicología y que, seguramente, no sirva para mucho más que para aplazar ese examen de conciencia, ese calvinismo machacón aprendido en los años de catecismo o de educación reglada. No te levantas del sofá ni para tender la ropa, algo muy de domingo, pero, inevitablemente, los capítulos se acaban, las series también, y el calendario no miente: del domingo vamos al lunes.Y vuelta a empezar.

La esencia melancólica y algo febril de los domingos en la literatura y el cine nos indican que en esa calma chicha no pasa nada y puede pasar todo. El domingo es el único día en que muchos niños ven a sus padres, algunos amantes se encuentran furtivamente, hay siesta y lentitud, pero también intriga y pasión.  Qué escondido está todo dentro de este día, de verdad. Veo una película que me emociona y me sobrecoge, creo que como tiene que hacer el buen cine. La enfermedad del domingo, ajustes de cuentas y biografías ajenas aparte, pone en el centro de la acción a una mujer cuya vida es un eterno domingo por la tarde, un stand-by, un pasar el tiempo sin esperar. Después de ese extraño encuentro entre madre e hija, sin saber nada la una de la otra en tantos años, la madre le pregunta qué ha hecho en todo ese tiempo, intentando entender a esa desconocida que fue parte de ella hasta que la abandonó.La hija responde que poca cosa: no terminó los estudios, no se especializó en nada, una sucesión de trabajos basura, …y remata con “no, yo no…”.  Yo, no: yo no he hecho más que respirar día a día, yo no he ido adelante o ni siquiera he buscado un camino, yo no he hecho nada más que entretener la espera de la muerte. Una vida que ha sido como esas tardes finales de la semana, alargadas y solitarias, en las que apenas intentas rellenar un crucigrama u ordenar un armario, mirar a través del cristal la calle vacía y somnolienta, poca cosa, ya ves. Ese domingo enfermo que podría ser un jueves o un martes, total es todo lo mismo. A lo mejor la soledad es ese hilo que une melancolía y distancia en esa relación de rencor y olvido que desarrollan madre e hija, no lo sé. Porque la soledad, y eso sí lo creo, es dominguera y de ahí vienen las punzadas de tristeza que nos hacen, muchas veces en domingo, en cualquier domingo, preguntarnos lo que la madre de Chiara le pregunta y responder lo que Chiara responde: quizás yo no haya hecho nada. Quizás estoy viviendo la grisura que merezco, yo qué sé.

Pienso en el niño que era mi padre con su dolor de cabeza endomingado, en todas las tardes en blanco y negro que hemos podido vivir adelantando la angustia sin sentido del final de la semana y del principio de otra. Y, sin tener nada que ver, me vienen a la memoria varias imágenes de una de mis películas favoritas, El Sur, de Víctor Erice, una película que es un domingo en sí misma: Estrella delante del cine Arcadia, la vuelta a casa, la imagen de aquella veleta en el tejado, incluso el baile el día de la Primera Comunión, ¿puede haber algo más de domingo que todo eso?

Sí, el domingo tiene esa esencia melancólica, algo enferma y maldita, como el otoño que adoraba Apollinaire. Seguro que a él le acabó doliendo la cabeza un domingo. Ese sentimiento es universal. Feliz lunes.

Para librarse de la grisura del domingo: Podéis participar en el reto #homero2019 y leer un canto de la Ilíada cada semana. Si esto es muy dominical, a mí me ha encantado Los países de Marie-Hélène Laffon, en Minúscula. Pensaba escribir sobre esto, pero se me fue el domingo al cielo.

Y escuchad Mr. Rain en Spotify. Cosa bonita.

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Manos y otras vidas

Publicidad de Crescendoe gloves, hacia 1950. He encontrado la imagen en Pinterest y creo que no tiene derechos. Si no es así, adviértanmelo y la retiro, aunque yo no gano un duro con el blog.

Miro mucho las manos de las demás, las manos que veo a diario, porque me parecen siempre las hermanas pobres de la fisonomía de alguien. Pasamos la vista por encima, como en las lecturas en diagonal de titulares y de rabias tuiteras, poco más. Veo tantas manos desconocidas en el día a día que tienen historias o que son historias en sí, que una ya no sabe si las inventa o forman parte de esa realidad aumentada que vamos hilvanando para pasar la vida.  Las manos del revisor del tren, devolviéndote el billete todos los días. Las manos de la señora que vende la fruta,  haciendo despacito una cuenta en el extremo del papel que está sobre la mesa, sus dedos regordetes exhibiendo sortijas y un esmalte de uñas de color perla. Las manos también que me curan cuando pulsan algún circuito oxidado de mi cuerpo, “clínica de fisioterapia” pone en la puerta, unas manos algo naif en el cartel del anuncio. Otras manos  ofrecen poemas envueltos en un rulito con un lazo, todos los días delante de casa. Oigo la voz que me pregunta si quiero un poema, a veces lo rechazo con dulzura;otras, me da pudor no hacerlo, lo compro. Otras manos, también desconocidas, se extienden delante de mí como una interrogación muda: dame dinero, llévate la tristeza, aparta la oscuridad. Manos que gritan, tantas manos a diario : las manos como el estandarte de una biografía que desconocemos, casi como la máscara de las personas que vienen detrás.

Hace años jugábamos a construir vidas ficticias, las “vidas de mentira”, lo llamábamos. Hubo un momento que el gusto por la ficción comenzó a desbordarnos y dejamos de tener en cuenta la realidad. Dejándonos llevar por ese afán de competir en la fabulación, típica de los cafés de media mañana en la Universidad, imaginamos vidas al profesorado: así tuvimos una profesora a la que imaginábamos como reina de la belleza que había invertido el dinero del premio en pagarse una educación en prestigiosa universidad (en lugar de haber huido a probar fortuna en  Hollywood) ; un profesor al que creamos un pasado de atleta ligón en una universidad del Medio Oeste norteamericano, a  un reputado investigador le colgamos la cruz de que era,en realidad, un próspero comerciante de chucrut y salchichas en una pequeña localidad de Renania. Nos divertíamos tanto que creíamos tener el don de los guionistas para situar actores reales en entornos ficticios, los usábamos casi como peones sobre un tablero que nosotros íbamos moviendo a placer. La única regla era ser más rápido que los otros a la hora de descubrir nuevas presas, a la hora de hilvanar una biografía disparatada que provocase la carcajada de los jugadores. Ese recuerdo, ahora, me estalla en la cara como algo obsceno, casi como el haber participado en una novatada de la mili o en una burla general hacia alguien que no lo merece. Y no porque no fuese divertido, no. Porque he leído hace días la historia de un violonchelista de éxito que toca en la calle para sentir al público, desplazado por una cruel invalidez de su puesto en una orquesta de renombre. Y es una biografía tan literaria que seguro que en aquellos años de risas y fabulaciones se nos habría ocurrido algo similar. Y mientras toca en la calle, cerca de mi casa, miro sus manos que vuelan de un lado a otro del instrumento, unas manos que nacieron tan lejos de esta calle y de este momento en la vida, unas manos que han abrazado y habrán tirado de maletas en aeropuertos, habrán hecho también cuentas en el borde de un papel, habrán firmado contratos y resuelto crucigramas, habrán seguido la línea de la lluvia en un cristal, quizá en muchos más lugares del mundo en los que lo he hecho yo.

Y ahora, que intento terminar un post para que este blog siga teniendo sentido, me entero de la muerte de Carmen Alborch y evoco aquellas manos firmes y huesudas, su sonriente inteligencia, su melena rojiza y su modo de explicarnos que la soledad voluntaria es la forma más plena (¡y difícil, hijas, difícil) de la independencia. Manos, pelo, sonrisa. Qué esquemáticos son siempre los recuerdos, joder.

My hands are of your colour but I shame…

Foto de Randall Honor en Unsplash.

Un palimpsesto es un lienzo que podemos reaprovechar. Un palimpsesto es una reescritura, un recuerdo de algo que estuvo antes y que sirve para una elaboración posterior. Acaba de morirse Genette, nadie se ha acordado en la prensa española. Recuerdo cómo me cambió la perspectiva de lo que yo entendía por lectura, por la historia de mi propia lectura. Habla Genette en Palimpsestes de la intertextualidad y de esa idea de cómo la literatura se superpone, (palimpsesto) de cómo unos textos llaman a otros, de la relación, de ese hilo inevitable (tan poco invisible a veces) que los va atando sin querer. No hablaré hoy de lo que alguna vez se ha entendido por apropiación retorciendo el concepto de intertextualidad, pero, para no dar la paliza de teórica de la literatura,digamos, por esta vez y sin hacer muchas más concesiones, que esa línea de unión es una permanente serendipia lectora, una teoría de cuerdas, una conexión universal. Digamos, poniéndonos ya estupendas y algo locas, que no existiría la obra plena sino un intercambio de pareceres escritores, un vago diálogo ausente (hola, Umberto Eco, qué tal), una reformulación, una mezcla variada y mestiza. Vale, me he pasado, pero es para captar la idea de lo que viene a continuación.

Hay muchos tipos de lectoras y no vamos a derivar por los caminos de la teoría aquí. Me refiero a que hay quien lee una obra como una entidad sólida y autosuficiente, completamente autónoma; no se para a oír las voces que hay dentro. ¿De qué hablo? De esa especie de hilván o de zapeo que te lleva de un texto a otro, a apuntar y destacar las referencias que abren pequeños spin-off dentro de la misma novela, secuelas y anticipos del texto que tienes entre manos o en pantalla.  Quizá alguien piense que esta es una mala lectura, la que distrae, la que completa, la que te hace pararte e ir a la estantería o buscar en catálogos de biblioteca la referencia para ver si puedes llevárte el libro a casa cuanto antes y saciar esa curiosidad; o bucear en Google alguna cita literal, lo que inevitablemente te lleva a páginas de compra online que desechas, pero que te hacen llegar a tu objetivo.

Veamos, por ejemplo. Una señora- servidúar- lee Corre, rocker de Sabino Méndez (la edición antigua, de Espasa), una genialidad absoluta que me descubre a un narrador sincero y mordaz, extraordinariamente sensible y culto, que salpica un relato fragmentario- tanto de autobiografía, tanto de crónica, tanto de purga personal- de referencias exquisitas, de reflexiones amargas y sagaces, de juegos y guiños literarios que a mí me entusiasman. Dice el narrador en un momento:

Hace tiempo que dejaste de ser yo. Eres un contorno, el héroe de cualquier capítulo primero; y, sin embargo, cuánto tiempo creímos que no había ningún alto en el camino, desde el húmedo valle hasta el páramo alpino. Estas dos últimas frases no son mías, ni lo es su bella traducción. Son de Sirin. Pero Sirin no es Sirin. Encuentre nuestro lector ocioso la figura escondida, esa mancha, esa sombra. Cuán gratuitos, estúpidos y hermosos son los pasatiempos.

Pues claro: es Nabokov, en traducción de Javier Marías. Javier Marías, escritor exquisito y al que querría invitar alguna vez a una copa de Soberano para rebajar quizá la solemnidad del momento. Javier Marías, que tiene los más shakesperianos y hermosos títulos de la literatura española y que da rienda suelta a su mordacidad y británica circunspección -sigue siendo exquisito incluso cuando no estoy de acuerdo, muy a menudo- en sus artículos, que leo con mayor voracidad de la que me gustaría reconocer. Durante mucho tiempo, esa cita semanal de su columna era una invitación a un mundo bibliófilo y elevado, no exento de una cuidada misantropía que hoy creo que es machirulismo antiguo y de su época; en aquel momento me parecía supercool. A Marías lo he visto hace nada en la Feria del Libro de Madrid, augusto y ausente, qué tío, de verdad. Pero lo que envidio profundamente de él es su derroche en la traducción (gracias, traductores y traductoras: nunca agradeceré de forma suficiente cómo llegué gracias a vosotros a esos territorios imposibles en los que fui feliz) , de Tristram Shandy a los poemas de, claro, Nabokov. Y, sí, quizá como dice Méndez en ese párrafo, los pasatiempos son bellos y fascinantes precisamente porque no sirven para nada, por su gratuidad, por la tonta y enorme gratificación que nos provoca el resolverlos. Algo parecido a esa sensación que tengo ahora, leyendo de nuevo ese fragmento y pensando en ese hilo que yo lanzo entre Marías, Nabokov y Cervantes. Sí: aquel libro (lo he perdido en la última mudanza, creo) donde se recogen los materiales, las lecciones de un curso que dio Nabokov sobre El Quijote en la Universidad de Harvard, allá por los años cincuenta (como diría mi madre, ayer fue la víspera). Seguimos tejiendo: ese vínculo con destino final Cervantes me lleva a una de mis últimas lecturas, Grandes éxitos de Antonio Orejudo, un viaje de imposturas variadas hacia la propia literatura y las literaturas de los otros, algo tan cervantino como la propia estructura y ánimo de la novela ¿? de Orejudo. Y si seguimos con el sintagma “de los otros”, me acuerdo de aquel librito que pasó tan desapercibido en España y del que Zadie Smith fue editora y que se llamaba precisamente así: El libro de los otros. La autora se hacía editora y recogía distintas piezas, contribuciones de sus llamados compañeros y compañeras de viaje (había hasta algo de Posy  Simmonds, creo recordar). Y, ya cerrando, y por seguir con libros y cosas de los demás, tengo una traducción de e e cummings escrita en un folio, pinchada en un corcho que tengo en el pasillo de casa, rodeada de caritas felices de amigos en tantos sitios. Pues bien: esta traducción al gallego, hecha por María do Cebreiro, es del poema “somewhere I have never travelled”. Sí: es el poema que se menciona en la escena de la librería de Hannah y sus hermanas. Cuando se estrenó esta película (cuando descubrí a cummings ) pensaba que el amor tendría que escribirse con una caligrafía pequeña y apretada, con una mano dulce y muy firme, que no pudiese tampoco compararse al tamaño de la lluvia. Y esas manos pequeñas nos llevan, queridas, al título del post, que es también algo shakesperiano y tibio, muy de Pilatos y bastante de tirar la piedra y esconder la mano.

Es verdad, qué hermosa inutilidad son los pasatiempos. Casi como la escritura, como dotarse de máscaras para escribir y luego lanzarlas bajo la cama a descansar hasta el Carnaval siguiente. La verdad, como decían los Enemigos, a mí me sobra Carnaval.

Notas:

Me he atado de pies y manos para no derivar por la relación entre el Shandy del título de Sterne al concepto de shandy que maneja Vila Matas en Historia abreviada de la literatura portátil y que recoge de nuevo Sabino Méndez en su libro. También me he amordazado para no hablar de Paterson y el boom de la poesía de William Carlos Williams, eso también es divertido. Cosas que se quedan en el tintero, casi siempre las mejores.

 

 

Únicas

Girl with a doll. No tiene créditos o no aparecen, la tomé del tablero de Pinterest “Niños vintage” de Carrie Neyman. Pincha en la foto para original.

Dice el diccionario de la RAE que lo único es aquello excelente, que no tiene compañía en su especie. La acepción tercera del adjetivo habla por fin de los “hijos únicos” como aquellos que no tienen hermanos, que conforman una unidad familiar con los padres. Y nada más.

Ser hija única no es un acto voluntario. Lo es, puede serlo, tener una hija única. A finales de los sesenta ser una familia de tres, algo muy común hoy en día, era una marcianada envidiada y temida a partes iguales. Exceso de atención, monopolio de cariños a veces de forma insana y ser  escudriñada con la curiosidad algo malsana del entomólogo: qué espécimen más raro y precioso, te coloco en el centro de todo, te observaré pero eres también el proyecto de un trofeo personal, ojo y compórtate, mis expectativas están en ti depositadas( ya he escrito sobre Apegos feroces, por favor, no me tiréis más de la lengua que me pierdo) 🙂  Y todo lo que venía aparejado:  porque sí, la hija única iba a ser siempre egoísta, caprichosa, llorona. Un poco chapona, repelente y coñazo. Y la palabra más odiosa del planeta: mimada. Poco dada a compartir, poco bregada en esa convivencia algo salvaje de hermanos que se educan unos a otros, que buscan su sitio en el sofá familiar, que agradecen pasar algo desapercibidos. Que te apoyan, te ignoran o boicotean.  Crecer sin hermanos o hermanas es perderte algunas batallas necesarias y gestionadas a la medida de la edad en la que se libran:  cumplen el papel de recordarte que necesitas reivindicar tu excepcionalidad pero no eres #losupermás , que tienes- aunque no lo sepas aún- carne de tu carne  a escala y ya por el mundo, un vínculo añadido, te centran, te apoyan, te odian de juguete. Te acompañan. Están ahí, puedes tomarlo o dejarlo, pero existe.  Mis padres venían ambos de familias numerosas, no sabían realmente cómo podría ser y sentir una niña única en un universo que ellos también desconocían. Cómo se relacionaría con amigos, en el colegio, en el mundo real de crecer a pares. Tan lejana de ellos en años y en tantas otras cosas, tan colmada de amor y tan visible.

Yo creo que las hijas únicas, o al menos la hija única que escribe esto, conseguimos, o intentamos al menos,  articular ese crecer sin referentes a nuestra escala como un pequeño acto de construcción, de independencia. Podías salir más o menos complaciente, respondona, más o menos teatrera o salvaje, pero te desmarcabas un poco al crecer con otro concepto de espacio propio, no te lo currabas, venía de serie. Es cierto que extrapolabas algunas batallas destinadas a hermanas a tu madre, que aprendías el ejercicio de abrir paso a golpe de portazo y castigo, a cuestionar sabiendo que todos los marrones te los ibas a comer tú.  A tirarse en plancha a la rebeldía sin refrendo y sin red, sin apoyos, a lo puto loco. También a aprender el valor del silencio, de la necesidad de soledad que te acompañará toda la vida, del valor de lo conseguido siendo solamente una jugadora de ruleta.  Luego llega la edad adulta y con ella el mundo de los cuidados de verdad a aquellos que tanto te cuidaron y, efectivamente, ahí estás tú sola. Y conviene respirar. Mucho, además.

Todo esto viene a colación porque ayer alguien me hablaba del ser hija única como un acto trágico, como una relación distante y compleja con los padres, una distancia que podría terminar como un rechazo. Ese riesgo existe, es verdad.  Acababa de ver a una niña sola en su bicicleta dando vueltas por una pequeña plaza, los padres observaban, la llamaron para irse. La niña no solamente no quería sino que gritaba :”¡A casa, no!”, con llantina y aspavientos. Prescindiendo del hecho de que podríamos imaginarnos todo el gore que nos dé la gana, hay algo en efecto, de trágico, de tristeza dominical y de siesta en ese festivo en soledad con los padres, en esa imposible infancia-adulta que puede llegar a tener la convivencia con generaciones distantes.  Un sábado alargado e infinito, una tarde que lleva melancolía de la mano, que generará posiblemente niños lectores o desganados. Niñas y niños a los que necesito dulcificar su historia, darle un sentido más prosaico y menos dramático, imaginarles un futuro lleno de acompañamientos, de bullicio, incluso de falta de espacio personal, aunque no sea lo que ellos quieran, aunque no lleguen a ser tan misántropos o tan necesitados de silencios puntuales: aquellos que necesitas cuando tú sí has tenido mucho espacio. Porque, qué duda cabe, la realidad no es más que una de las capas de nuestra propia ficción; aquella de la que nos apropiamos, la que podemos colonizar de un modo más o menos estable. O si no, que esas niñas solitarias se abran un blog y empiecen a contarnos cómo es crecer de ese modo. Con un par, ya te digo.

Siempre podrán escribir en domingo por la tarde.

 

 

Notas: 

Único: en masculino en el Diccionario de la RAE, qué le vamos a hacer. La RAE sigue defendiendo la dicotomía entre término marcado y no marcado, las cositas del lenguaje inclusivo y la paridad le dan como resquemor y no permite búsquedas en femenino. Como no me apetece tomar copas de Soberano para ponerme a la altura de la RAE, pues lo dejamos ahí.

He escrito muchos posts sobre hijos. Si queréis seguirlos, basta con teclearlo como palabra clave en la caja de búsqueda.

Música: En bucle, el disco en directo de Coque Malla, Irrepetible, porque nos gusta y porque nos divierte. También escucho a Spacemen 3 y a Yo La Tengo, cosas de la edad y de las buenas recomendaciones. Thanks!

Leo, leo: Acabo de terminar Deixe a sua mensaxe despois do sinal, de Arantza Portabales editado en Galaxia y sobre el que espero escribir algo. Magnífica, recomendable, estupenda novela.

Releyendo a Perec  y comenzando ya El domingo de las madres de Graham Swift, editado en Anagrama y traducido por Jesús Zulaika (comprado en la Feria del Libro de Coruña de 2017, ya me vale).

Os recomiendo en Filmin Sin amor, Verano en Brooklyn y La condesa (aquí Julie Delpy da mucho miedo).

 

 

 

En un cuaderno Moleskine (26): murciélagos y pajaritos

Leo en el cuaderno:

“No, lo de hoy no son desvaríos teóricos. Lo de hoy es un poco lo de siempre, lo de nunca. Pocas conclusiones, mucho retazo y apunte, ese calor de la línea que te lleva a seguir hacia adelante, sentirte un poco hamster en tu jaula de círculos viciosamente concéntricos, en esa nada desaprendida, en el devenir plegado como papiroflexia que hace coincidir lunes, martes, la x en el medio, el jueves, el viernes y la tregua de un fin de semana que es más bien una excusa para no rellenar los cacitos de plástico del alpiste y el agua.  Leo cosas, fumo cigarros, tomo autobuses y cambio bombonas de butano.  Dos días a la semana castigo mis grasas con un ejercicio medido y metódico, de cincuenta minutos. Cocino y friego platos. Amo en alto y en silencio. Y, sobre todo, cierro los ojos para escuchar una voz que es para mí la única. Enlato recuerdos y congelo lentejas cocinadas lentamente. Y leo cosas. Sobre todo, leo lo que no leo, lo que no está en algunos textos, están por encima, por debajo o en el post-it de las neveras de otros. Lo que lees de soslayo, lo submarino, hace que entres mucho más de golpe en una casa que es la tuya.

Yo he empezado a leer a Robert Stone, Hijos de la luz. Y me quedo quietecita, como haciendo unos deberes urgentes de melancólico recuerdo angelino, de alcohol y alguna que otra lisergia diferente, pero también de amores sepultados, de un dramatismo vehemente a veces y contenido otros, de olor a habitación cerrada y resacas con sol abrasador afuera (¿hay algo más horriblemente incómodo que estar pasado de vueltas queriendo no salir de tu habitación y saber que el mundo rueda bajo un sol de justicia en un indefinido “ahí afuera”?).  Y amores, y cosas que no cuento porque ojalá leáis esta novela y ojalá os deslicéis por esta prosa. Y llego a un momento en que Walker (que me encanta ese nombre, pardiez) habla del juego de Murciélagos y Pajaritos, al que jugaba con alguien que es, creo, el auténtico personaje de la novela, esta que leo y que aún no he terminado.  Si aguantas con la cabeza intacta, sin derrumbarte, una mala noche hasta que canten los pájaros, eso es Pajaritos. Si no, es Murciélagos. Básicamente es así, aguantar sin que te pete la cabeza. Nosotros, de niños, teníamos un juego al que llamábamos “Lo peor”. Se trataba de ir diciendo barbaridades, una tras otra, a cuál más escatológica y cruel, crueldad infantil, amoralidad baja en calorías y en años, hasta que a alguien le atacaba  no sé si decir la sensatez o el pánico, el susto o el temor a algún improbable castigo divino, o, incluso, el miedo al propio yo. Y esto, el miedo al yo, el reivindicarte como bomba de relojería-pero sin performance Bukowski- es lo que más me gusta de lo que leo de Stone. El saber que uno puede venir ya extraviado de fábrica, que tu capacidad de joderte la vida es autónoma y real, pero que a veces ya has pasado, aceleradísimo,  algo más que una noche viajera.  Yo estoy pasando una época en que pido pajaritos, pero todo a mi alrededor pide murciélagos.  Y casi me dan ganas de balancearme cabeza abajo en una cueva.

Pero hemos comenzado diciendo que leemos un poquito en diagonal y es cierto: somos de paratextos o de cosas que no están dentro. Y mi escasa disciplina como lectora hace que nunca lea antes las reseñas ni nada de nada, me voy al tomate directamente y lo demás ya vendrá en otro momento. Y claro, a mí Stone me recordaba a alguien sin recordármelo. Y esta vaga idea estuvo flotando en mi lectura un rato, sin más, hasta que cierro de golpe el libro y, buscando algo para señalar me digo: la solapa, la solapa siempre está ahí. Y voilà, la música del azar azaroso. Robert Stone fue alumno de Wallace Stegner en Stanford. Stegner, delicado e incisivo como una lámina de cristal, exquisito y melancólico, exacto, certero y con un torbellino contenido en su prosa. Tan diferentes y tan cercanos.  No sé cómo serán las escuelas de escritura creativa. No tengo ni idea de las influencias o de las recetas. Pero es extraordinario que se me parezcan tanto, sin parecerse en nada, dos autores tan diferentes.  Como los murciélagos y los pajaritos, por ejemplo.”

Robert Stone Hijos de la luz .Traducción de Inga Pellisa. Libros del Silencio, 2013

Wallace Stegner En lugar seguro .Traducción de Fernando González. Libros del Asteroide, 2009.

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