Anchoas y Tigretones

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Aznavour

Photo by Edu Grande on Unsplash

Para Fran

Qué ajeno ha vivido Aznavour a saber cómo marcó parte de mi vida y la de algunos más. Siempre me he preguntado cómo será convivir con el éxito sabiendo, muy de lejos, y sin saber, muy de cerca, que has cambiado la vida de alguien, que tus palabras- tus letras y melodías- han podido estar en momentos tan definitivos de la vida de otros. Cómo puede saber alguien que, por ejemplo, para una niña era difícil ahorrar el precio de un disco doble para regalárselo a su padre en el día de San José. Cómo saber, del mismo modo, que aquel disco giró y dio vueltas casi hasta el infinito, que aprendimos de memoria (e imitábamos el acento francés con gggrrr) que Venecia ya no era igual, que Isabel era algo díscola y lejana, que alguien amaría de forma desesperada o que el París tristemente dominical había perdido el encanto bohemio, sustituido el cuarto del artista por un café-bar “y arriba una pensión”. La música es siempre una patria duradera: te la llevas dondequiera que vas, en tu recuerdo y en el de otros. Silbamos canciones, las canturreamos mientras conducimos o vamos al supermercado, cuando caminamos de prisa y apurando el paso entre la gente, cuando desayunas en familia o a la mañana siguiente de haber despertado la piel de alguien. Se te queda dentro, es un pasaporte que jamás caduca. Aznavour estuvo siempre: en mis dieciséis años mi padre me despertó poniendo aquel viejo vinilo que yo le había regalado años antes, el famoso disco doble “del armenio”. Me encantaba la cadencia de la voz de Aznavour cantando en español “Tus dieciséis años” . Luego vinieron años distintos, otras canciones y al vinilo lo sustituyó un moderno cd que compré en un viaje a Madrid y que también fue un regalo de día del padre. Mientras mi madre era de Montand y de Mari Trini, mi padre y yo teníamos un cariño especial a este señor de rostro algo imposible (eso si, las ojeras de Montand, ñamñam).

La muerte de alguien a quien no conoces, por muy famoso que sea, por muy conocida y popular, se convierte siempre en algo banal en el momento en que compartes la noticia en redes sociales. Quizá sea cierto que nos convertimos en plañideras virtuales e incluso nos sentimos mal si no participamos de los aspavientos colectivos: es posible que haya un efecto dominó. Un lamento de hoy es el olvido de mañana. Pero también es verdad, entrando casi en abierta contradicción con lo anterior, que cuando muere alguien que estuvo (y digo bien: estuvo) en tu álbum de recuerdos, una siente que le arrebatan patrimonio. O, quizá, también nos entristece que nuestro contexto, aquel que parecía tan sólido, aquellos anclajes tan firmes, sean referentes irremediablemente efímeros y  que serán, con toda seguridad, sustituidos por otros. Y ya está, quizá no haya que darle más vueltas y asumir que somos y seremos formas de olvido, perdurables solo en la memoria débil de algunos.  Se va Aretha Franklin, se fue Bowie, se va todo dios y repetimos siempre lo mismo: “Joder, vaya año”. ¿Vaya año? Saquemos cinismo y barejemos cartas para decir lo siguiente:  todo esto tan apocalíptico, queridas,  podría resumirse de forma mucho más breve y más prosaica. Lo que pasa, sencillamente, es que vamos haciéndonos mayores y los equipajes se aligeran. Pero esto no importa: hoy, aunque solamente sea por todo aquello en lo que Aznavour participó sin saberlo de mi vida y memoria, me pongo enterito el disco doble, canto a alarido limpio mi imitación de su acento francés y me bebo mi particular homenaje. Ese que cada una tiene que escribirse a sí misma cada día.

Más sobre las músicas de nuestras vidas, en este post: Te grabé una cinta.

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Libero Marsell

Sin título y sin créditos. Ojalá fuese el joven Libero Marsell mirando hacia su futuro, pero me temo que no. 🙂 Pulsa en la imagen para fuente.

 

 

Pocas cosas hacen asomar mi lado más arácnido que el hecho de que me pregunten si me identifico con algún personaje de una obra literaria. Entendámonos: todas jugamos a vestirnos de ropajes de ficción y de ser otra u otro. En ese carnaval inventado escogemos los rasgos más románticos y cool de un personaje, precisamente porque sabemos que no podemos extrapolarlo a la realidad. Qué duda cabe que ante la ficción y la vida una elegirá siempre la vida, especialmente porque no sería nada recomendable- si apreciamos en algo nuestra supervivencia- ser el pirata de Espronceda, la Tess d’Auberville, el Pijoaparte o Sal Paradise : gran parte del atractivo de escoger y jugar es que rompemos la baraja, nos ponemos el traje gris de cotidianidad y cerramos el libro. Y, punto y aparte, hasta otro alter ego en otro momento.

Toda esta falsa teoría- que de cierta solamente tiene que es un error confundir literatura y vida, autor y personaje, escritora y autobiografía- se me viene un poco abajo con las llamadas bildungsroman o novelas de aprendizaje. Ahí se me va todo al garete, amigas: Stephen Dedalus, Lázaro de Tormes o la Nan de El lustre de la perla, Holden Caulfield, Pip de la Forja, Daniel el Mochuelo, sabed que soy vuestra escudera. Lo soy o lo era, quizá, porque os vais por el sumidero con Libero Marsel, qué le vamos a hacer si siempre somos más del último que llega. Qué jodido y raro es enamorarse de un personaje tanto: ese amor que va por encima de enjuiciar o de sentir su moralidad como propia, de aprobar o reír sus cuitas y desventuras, de perdonar, incluso, sus barbaridades. De sentir cómo le adviertes (“No, Libero, no, eso te va a hacer sufrir”) o de aplaudir su contenido lirismo. Ay, Libero, que tanto has aprendido de las mujeres que te harás sin querer una lectura feminista de la vida sin darte cuenta. Libero, Libero: que menos mal que nos tienes, hijo, menos mal.

Leo Actos obscenos en lugar privado cautivada sobre todo por su título y asisto a una muy mejorada educación sentimental, una reubicación en el mundo de un joven que crece y se  hace  entre Milano y París, con la sensualidad y el sexo-variables casi siempre parejas,casi siempre distintas- como telón de fondo, tanto de esa necesidad de encontrar su lugar en el mundo como del saber realmente quién es. Y lo hará por caminos que serán familiares para quien lea. ¿Por qué?  Pues porque gran parte de la cartografía de esta novela es una llamada a la imaginación colectiva, unas imágenes vibrantes y magnificadas que tienen aquí trasunto de paisaje narrativo y que aluden a muchos de los lugares comunes de la época:  si Libero vive en el París de finales de los 70 pues irá a Deux Magots. y se sentará en el lugar donde se sentaba Camus, justo porque acaba de leer El extranjero y está tan sumamente fascinado por esa lectura como lo estamos todas ante un primer descubrimiento literario. Pero Camus ya ha fallecido y en su lugar conocerá a otro hombre que también tiene mucho que ver con la frialdad de vivir, que es Sartre. Libero leerá, aprenderá mucho de los libros y de su trabajo en uno de los bares más literarios del imaginario colectivo occidental, de su habilidad para formar tertulias, de la universidad y de las mujeres que lo rodearán en esa época, auténtico centro de la novela y auténticos pilares de esta historia o, quizá, de todas las historias.  Libero redescubrirá a su padre, en la distancia y la ausencia (ay, el duelo, la orfandad cuando aún no eres un hombre, cuando no eres adulta ni nada), encontrará el ansiado y omnipresente sexo, volverá a Milán tras una ruptura demoledora. Y Milán, con su luminosa, helada y señorial majestuosidad, le guiará hasta  el adulto que está ya agazapado en el petit Libero que ha salido de París: el que descubrirá más y mejores formas de amor, menos literarias, más reales. Será el que irá en motocicleta con su amigo Lorenzo y un chucho con nombre y apellidos (si tengo un perro le pienso poner Palmiro Togliatti, que lo sepáis), el que olvidará a tantas mujeres como muescas hará en la barra de la taberna de Giorgio, el que perderá mucho para encontrar a aquella a la que amará, la que hará que dé un vuelco a aquello en lo que trabaja para encontrar su verdadera vocación. Pero antes, para llegar a eso y fuera de los juegos y azares extraños del amor, follar, lo que se dice follar, Libero follará muchísimo, pero no es excesivamente importante aunque ocupe tantas páginas, tanta reflexión, tantas expectativas y tanta espera. Habrá mujeres  a lo largo de todo el camino que, casi, podrían ser una, pero serán dos y(o quizá finalmente tres):  una madre que lo conduce hacia una vida no buscada, pero a la que acabará conquistando, entendiendo y queriendo cada vez más y, también, la bella y esquiva bibliotecaria Marie.  Si existe en esta novela  un personaje con el que el riesgo de caer en esa empatía que siempre señalan las reseñas cutres (y que, como he dicho, despierta mi lado más arácnido) es Marie. Marie, joven bibliotecaria, culta e independiente, a la que siempre imagino entre vahos existencialistas y discusiones con boinita calada y camiseta de rayas. Marie, la libre, la deseada y de nadie Marie. Porque lo que aprende también Libero es que, para muchas mujeres, el problema no es encontrar el amor, es que el amor te encuentre a ti: que los hombres con los que compartir la vida sean capaces de ver algo más que un perfil de sensualidad desbordante. Que no suceda, que no te conformes,  hace que siempre una se decepcione, aunque se vuelva a intentar, quién sabe.

Actos obscenos en lugar privado es, claro está, una novela de construcción. Construcción a través de las lecturas, del cine : desde Milan Kundera a Dino Buzzati, pasando por Malamud; de los salvajes alaridos de La chaqueta metálica  a la belleza melancólica y trágica de Una giornata particolare, con el hermoso Mastroianni regando las macetas. Pasear por esta novela es hacerlo por el bosque  cultural, incompleto y ambiguo ¡tan plagado de fantásticas incoherencias! de nuestras primeras épocas de voracidad lectora y cinéfila, de ese mundo que te quieres comer verso a verso y que podrá comerte en cualquier momento. Ese mundo de “pisábamos los charcos, tan lejos estabas” que cantaron alguna vez, y para mí, Golpes Bajos. Pero, claro, llevar la música y la literatura al terreno de lo propio es convertirse en un lector excesivamente permisivo. Algo, como en el título de esta novela, particularmente obsceno.

Bonus Track

Os dejo una entrevista con Marco Missiroli y si os queda la chaqueta de punto como a él  podéis dejar un comentario, gracias. Si no, también podéis dejar un comentario, gracias.

Atti osceni in luogo privato está editada por Feltrinelli . La traducción al español la hizo Carlos Gumpert para Salamandra y es magnífica.

 

Brooklyn (2008-2018)

Photo by Yonghyun Lee on Unsplash

A Virginia y Amparo , que me acogieron en Brooklyn. Para Fernando Plata, que me escuchó por teléfono, llorando desde la Columbia University. A Carlos, que me encargó palomitas y se las llevé.
Y a Pedro, que escuchó mi recomendación sobre la película y le gustó mucho.

Otra nota en el cuaderno Moleskine:

No fue difícil. La oferta, hecha de modo informal, en un correo electrónico, hablaba de “sitio en casa”, “ven cuando quieras”, “nos encantaría tenerte aquí este verano”. Y las siguientes veinticuatro horas fueron una vorágine de billetes, dólares, cambio de vacaciones, alguna que otra explicación poco convincente, maletas y pasaporte. Y lo que tenía toda la pinta de convertirse en el peor verano de su vida- qué incompleta era entonces su experiencia en veranos de tristeza,en veranos inacabables – se convirtió en el verano de Brooklyn, un mes de julio de improvisación y decisiones, un mes que la convirtió en una mujer inesperada.

Qué caprichosa es la jodida memoria, cómo se enfrenta a la experiencia y transforma lo vivido en un relato a medida, de encargo. Es verdad que otras veces es “esa fuente de dolor”, pero, en la mayor parte de los casos, es una fotografía retocada y qué más da. ¿Es lo vivido o aquello que hemos registrado lo que interesa? Quizá eso sea ya otro asunto y voy a cambiar a la primera persona, qué rigores tiene la autobiografía incluso cuando es ficticia. Vamos allá:  puedo recordar lo que leí en el avión, la tormenta  un domingo en Coney Island, las risas en la Public Library of New York cuando me caí a rolos en la escalinata de entrada, aquel concierto en la calle, Jackson Pollock en el MOMA, la pizza de noche en una terraza con velas, todas son imágenes de gran encuadre. Lo cinematográfico te asalta en muchos lugares de NY, te lo encuentras a lo grande en Manhattan. Pero claro que hay más. En Brooklyn son otras imágenes, quizá de encuadre más corto. El Brooklyn de 2008 eran más tiendas de barrio, más imágenes de escaleras que llevan a portales de edificios con amplias ventanas, de calles flanqueadas de árboles donde la gente se para a hablar y a mirar, de bicis y de ruido de monopatín sobre el asfalto. Es también el lugar que te atrae porque aún tiene algo algo de aldea y de margen, de periferia amable, de lentitud. Aunque, ya en ese Brooklyn de 2008, te cruzabas con chicos artistas de look lánguido y chicas con estudiado desaliño, donde empezaba a ser todo un rollo muy Lena Dunham (a la que yo aún no conocía) y un leve, digamos, “pijerío desarraigado”.  Ya había también algo más de sofisticación enredándose en el cogollo del barrio, parecía que empezaba a cambiar algo, a convertirse en un caramelo para el futuro de algunos.

Veo la fantástica Verano en Brooklyn   y aquel ya lejano mes de julio de 2008 vuelve de nuevo a mi cabeza. Además de la dulce tiranía de la primera amistad- el título original es Little Men-, de las desilusiones y reajustes que conllevan los cambios de rumbo (el crecer, las razones de las cosas que los adultos ya no saben explicarte y no te convencen), me hace pensar mucho en la vocación y el talento, esas dos buenas versiones de la creatividad que no necesariamente van unidas y que desencadenan el eterno desafío sobre cómo gestionarlas  (¿cojo este trabajo de mierda porque, a fin de cuentas, es un curro y me olvido de mis escrituras o mis cuadros con los que no me como un colín aunque sean parte de mí? ¿Es más relevante pagar las facturas o malvivir dignamente como un artista tísico del XIX,bebiendo sorbos de dignidad como único alimento?) . Madurar es un acto inevitablemente complicado, justificar la cobardía o la codicia ante determinadas decisiones es un ejercicio de honestidad personal, de creación de relato propio. Y todo esto está aquí, en esta pequeña película dirigida por Ira Sachs y con Greg Kinnear como ese hombre gris que tiene que resolver y dudar a la vez. Pero, sobre todo, Verano en Brooklyn es una buena reflexión sobre  la piel de las ciudades, sobre los cambios- obligados cambios a veces- en la pérdida de carácter propio de los barrios  y en la deriva hacia algo mucho más caníbal y más uniforme, también más excluyente, llamado gentrificación. Si me leéis alguna vez, si pasáis por aquí,  diréis que estoy un poquito plasta con el tema, pero es que lo veo todos los días desde mi ventana, desde mi portal, en mi barrio. Me gustaría volver un verano a Brooklyn y comprobar si la identidad ha mudado de piel o todavía no, si ya es el fin de algo inevitable.

Es curioso: mientras hilvanaba los recuerdos de ese sofocante y definitivo verano de 2008 me ha venido, de forma muy vaga, como un acontecimiento ajeno del que yo soy solamente cronista, el texto de algún sms que recibí en aquel momento,llegado de otro lado del océano. Y es extraño porque, en esos bucles que suceden a veces, diez años después y con la tecnología del 2018, me sorprendo acechando de vez en cuando la pantalla de mi teléfono, esperando una invitación a que un final- otro final más reciente,un punto y aparte, al menos- no sea tan abrupto, tan áspero. Un mensaje que limase algo de la melancolía dulce que se me queda dentro cuando miro por la ventana en un barrio que cambia día a día. Qué pena que no estés esperando en el portal para contártelo.

Leo, leo: Me estoy dosificando la última de Orejudo Grandes éxitos porque sé que tendré que emborronar mucho sobre esa ¿novela? Entrar y salir de la ficción, esconderse o no en un laberinto de espejos,  explayarse sobre Cervantes y la intención del autor es darme a mí en el palo del gusto. Pues sí, poco a poco.

Escucho: Hola, me llamo Lorena Gómez y me gusta el nuevo de los Arctic Monkeys, ponedme a parir y desheredadme. Me chifla.

 

 

Abril de 1966

Nate Fisher explica, desde muy lejos ya, la traición de la fotografía.

 

 

Yo tenía  la idea de escribir un post sobre un 11 de abril de 1966. Yo tengo la idea desde hace tiempo de escribir sobre todo aquello que es parte de mí y que yo no he vivido, de todo aquello que ha sido un punto de partida desconocido, unas vidas lejanas  que han tenido la desfachatez de existir sin que yo las conociese. Yo nací a las tres de la tarde de un día de febrero de 1967, ahí empieza una historia, la mía, de la que soy dueña solamente en parte. Porque, ya lo he contado, todo comienza mucho antes, cuando un 11 de abril de 1966 una joven mira ilusionada a la cámara, con gran sonrisa, velo y traje blancos satinados.  Esa fotografía me devuelve el momento desconocido en el que una desconocida sonríe sin saber que yo llegaré al año siguiente, sin saber que me pelearé mucho con ella y que  me equivocaré en tantas cosas, acertando y siendo terriblemente terca en otras. Mi madre es esa mujer de la foto- ¡bellísima!-que sonríe, joven e ilusionada, envuelta en un blanco que destaca aún más sus ojos castaños. Ella  no sabe que yo tendré ojos azules y que lloraré por caerme de los patines, porque me he visto sola en aeropuertos, porque me romperán el corazón y me iré de casa muy pronto, casi niña, altiva y con la desvergüenza de la juventud sin equipajes. Tampoco sabe que le cogeré la mano el último día de su vida, ni que me echarán del comedor del colegio por tirar un filete por la ventana. Ni que escribiré, deseando ( o no)  todo lo que guardo llegue a algún lugar algún día. Ella no lo sabe, yo tampoco sé nada de cómo ha llegado hasta aquí, cuáles eran sus expectativas ante una familia nueva y por estrenar, si esperaba que yo fuese Diego con más alegría de la que soy  Lorena. Reconstruimos, coleccionamos anecdotario siempre más tarde, pero ¿quién eras tú ese día? ¿cómo abrochaste todos esos botoncitos que lucen en tu traje, qué pensamientos iban y venían de ti esa mañana en que salías ya de tu casa para siempre?

Leo el libro de Vilas, Ordesa, y me sobrecogen algunos párrafos, disparos directos a ese pasado de los padres que los hijos desconocemos. Padres que, jóvenes, miran a la cámara con chulería, con humildad, con timidez o desafío. Vestidos de domingo, con amigos anónimos ; chicas que van del brazo, reidoras, en pandillas por lugares por los que yo también pasearé años después, casi mil años después.  ¿Qué puedo saber de esos momentos, de esas horas previas y posteriores; qué sé yo de la espuma de los días hace más de sesenta años para una chica de provincias, para un hombre de provincias? ¿Qué sé  de mis muertos?  Nada, igual que Vilas, por mucho que se empeñe. No sabemos nada. Solamente conozco aquello en lo que yo intervine de algún modo. Podría reconstruir clas rarezas del lenguaje doméstico, las piezas del puzzle de la historia de una familia como tantas. Y es curioso; andamos muchas de mi generación en este ejercicio de volver a la casa familiar y respirar de nuevo todo lo que en un momento nos asfixió. No sabemos cómo será la orfandad en la edad adulta hasta que nos toca. Y no es una cuestión solamente de dolor; lo sorprendente es cómo dinamita todo lo que está alrededor del pasado desconocido.

Yo había empezado algo que prometía ser largo pero que, quizá, se quede en un cuaderno con notas. Me toca ahora saber si quiero que todo el hilo que emana de una fotografía del mes de abril de 1966, de un día concreto de ese año, sea un relato que pueda ser distinto a ese ejercicio de reconstrucción colectiva del que antes hablaba. No somos conscientes de aquello que vivimos porque no podemos registrarlo con precisión de entomólogo;  es la maldición del presente, solamente entendemos algo cuando ya es pasado y nada, absolutamente nada, es reparable. No podemos capturar nada en una foto porque todo se ha marchado después de hacer click: ya es otro momento, es otro lugar, es otra forma borrosa de nostalgia.De por qué queremos recuperarla, creo que habla también  algo de la mala conciencia de hijas, del desapego feroz o no, de cosas que tienen poco que ver con la arqueología y más con la necesidad de comprendernos. Un ejercicio que, en el fondo, no deja de estar traspasado por el egoísmo.

Nunca sabremos quienes fueron. Pero sí las que fuimos cuando nos tocó tenerlos cerca, aunque eso, y me jode decirlo, sea casi una forma de expiación.

Ya escribí algo sobre las fotografías, Barthes y un momento difícil de la vida en este post: Barthesiana Y, por supuesto, el ensayo de  don Roland, La cámara lúcida

Lectura: Ordesa, de Manuel Vilas. Y también ahora, por dos recomendaciones: Por favor, mátame: Una historia oral del punk de McNeil&McCain  y Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka. Todas ellas en su biblioteca o librería favoritas.

Música: Ahora la playlist de Tiempos de swing, que han creado los de Salamandra cuando se lanzó la novela homónima de Zadie Smith y que todavía, ay, no me he leído. Bueno, en la playlist van desde Ella Fitzgerald a Fred Astaire pasando por Madonna o Michael Jackson. La podéis encontrar en Spotify.

Truffaut, hamburguesas, chocolate y un seiscientos naranja

Para Ignacio , que me recordó que tenía que hacer más Je me souviens.

Escena de La noche americana. Origen de la foto si pulsas encima

 

 

Este post es apresurado, tengo maletas en la puerta, y es un post también de agradecimiento.  Seguís ahí, pocas seguramente, pero veo que entráis a diario por si hay novedades. A las señoras que se ponen detrás de la pantalla y delante del teclado la vida nos va llevando sin sentarnos aquí , sin pensar “¿de qué puedo hablar hoy?”. A veces es la pereza; otras, la mayoría, la constatación de que otras y otros lo hacen mejor, para qué entonces. Pues porque escribir es un pulso a la vida. Tengo notas y folios amontonados para algo un poco más largo que esto de aquí, pero prometo dos o tres posts a la semana a partir de ahora, si no el músculo se me atrofia.

En el cuaderno, esta nota de ayer:

“Buceo en el catálogo de Filmin. Un día tendré que escribir sobre la ansiedad de la abundancia y la sobreoferta, porque hago más mira por aquí, mira por allá, que otra cosa. Y encuentro La noche americana de Truffaut. Es curioso el modo que tenemos de tender hilos en la memoria, es una de mis películas favoritas porque es cine sobre cine y también porque me sabe a un cruce entre hamburguesa con mostaza y chocolate. No, no vayamos a la magdalena ni nada de eso. Es que SABE a eso. Y sabe a un día familiar muy feliz, de hace muchos años.

Mi madre tenía un seiscientos naranja al que adelantaban, no podía ser de otro modo, los camiones de las bombonas en el centro de Coruña- naranja sobre naranja, todo muy armónico- y de lo que yo no era consciente, me parecía lo normal. Por eso cuando algún día mi madre decía: “vamos a mover el coche un poco”, sabíamos que era una invitación a un día entero de preparativos y copilotaje, aunque siendo yo pequeña y mi padre contemplativo y comentarista del entorno en el asiento vecino al conductor, no éramos unos ayudantes muy reales. Ese sábado, movimos el coche a Santiago. No había autopista, y era toda una aventura de colinas, atascos y desvíos. Íbamos a Santiago porque el día anterior yo había aprendido, no sé cómo ni por qué, el estribillo “Si vas para Platerías, a pregar na Corticela/beberás auga bendita nos cabaliños de pedra”. Por supuesto, se convirtió en el mantra familiar esa tarde de primavera. Hoy pienso cómo nos verían desde el aire si alguien pudiese filmarnos con una cámara aérea: dos adultos y una niña cantando ese estribillo de forma intermitente en una bombona de butano móvil.

Llegamos a Compostela. Era a finales de los setenta, recuerdo mi abrigo con peluche que ya me quedaba algo corto y me daba algo de vergüenza, rec un chico con gafas a lo Lennon y poncho nos indicó muy amablemente. Me encantaban esas faldas largas de las chicas, los pantalones de campana, aquellas risas en pandillas, el suelo algo mojado de lluvias tardías. La calle de la Raíña llena de jóvenes entrando y saliendo de bares, la Quintana petada en corrillos. Me pareció entonces que Santiago era un lugar feliz, lleno de chicos y chicas sonrientes en calles preciosas, no me fijé en nada más, no sabía nada más. Qué grande me parecía ese lugar por el que ahora paso a diario y cómo tengo que pararme a veces ante su abrumadora belleza, ante esa altiva soledad que tiene su piedra. Compramos una caja de “Croquiños do Apóstol” en la Mora, yo estaba entusiasmada de lo fácil que había sido convencer a mis padres de que comprásemos algo tan innecesario, tan turístico, tan poco de merienda normativa. Me acuerdo de cómo se pegaban a los dientes, de que se hizo de noche en el camino de vuelta, de aparcar delante de Correos. Y de llegar a casa, yo muy excitada con el día tan distinto que habíamos pasado. Y me dejaron ver un poco la tele, algo excepcional porque era sábado. Claro, ponían La noche americana, en la que la gente era también joven e independiente, hacían cosas tan bonitas como rodar películas y tomar cervezas en las barras de los bares, fumaban, era todo una chulada, No entendí mucho ni la terminé; mi capacidad para perderme en las películas era todavía muy enorme, mi proverbial falta de concentración era mucho peor en mi infancia. Pienso que yo no dejaba de dar vueltas a lo que era mi idea de la juventud: un montón de chicos y chicas guapísimos en vaqueros, en pandilla, entrando y saliendo, un cruce entre los anuncios de Lois y Coca-Cola. La juventud era, quizá sea, un estado mental, para mí era algo lejano con la etiqueta de felicidad, con una idea de independencia que yo no sabría explicar. Luego el tiempo dicta o te deja hacer lo que sucede de verdad, pero ese es otro asunto, claro.  Hay un momento en la película en la que se explica qué es la noche americana: simular una escena nocturna, imitar algo. Para mí, todo lo que había visto aquel día en las calles de Santiago, mi idea de un futuro en el que llevaría faldas y bolsas de cuero repletas de apuntes en alguna Facultad del mundo, conformaban una idealización a la  que también aplicaba un filtro, el filtro de lo lejano, de lo posible. Y sabía a hamburguesa y chocolate  porque fue mi dietética cena aquel día, qué le vamos a hacer, no éramos nada veganos ni conscientes de que podría dolernos el estómago.  Ese sabor y ese recuerdo están totalmente vinculados, no se separan el uno del otro.

Hay que ver la cantidad de cosas de las que me acuerdo y que no tienen interés ninguno. Años después, escuché una entrevista a Felipe González en la que decía que La noche americana era su película favorita. No saquen conclusiones raras, por favor. ”

 

Lectura recomendada: Limiar de conciencia de Cris Pavón en Urco Editores. No llega con decir que es impresionante, bueno, es que lo es y mucho. He escrito una reseña que saldrá en breve y espero poder enlazarla aquí.

Música: Desde que no tengo a Fran cerca, poco nuevo escucho, estoy muy Bowie y últimamente canturreo “All the Young Dudes” a todas horas

 

6 de enero es un macguffin

 

 

 

Chiquetete haciéndole un mansplaining a un pobre niño vestido de vaquero. Venga, va: Woody y Buzz LightYear aprendiendo de los rigores de la sustitución en los afectos.

Pues sí, el 6 de enero antes molaba más. Este año pasamos de polémicas (cómo coño se puede hablar de tradición en una cabalgata es algo que no me cabe en la cabeza) a lo más punk por obra y gracia de Chiquetete . Lo de Chiquetete me pasó a mí a los seis o siete años, el hijo mayor de un amigo de mis padres decidió instruirnos en la veracidad del asunto. Es cierto que yo ya iba algo resabiada- ya conté que descubrí el  impoluto guante blanco de Baltasar tiznado de negro cuando se secó el sudor, todo era de juja- pero, aún así, son cosas que duelen un poco. De que Chiquetete haya decidido que los niños de Carmona pasen directamente de la monarquía  a la criptocracia (gracias, TAB,) es culpable él solito; lo peor es que les cantó una canción suya para demostrar que era cantante y no un rey. ¿Qué llevaríais vosotros peor:  descubrir que los RRMM no existen o descubrirlo a ritmo de “Esa cobardía de mi amor por ella”? Pensadlo, es un tema serio.

Hablar de si echamos o no de menos los Reyes a estas alturas de la vida no tiene mucho sentido. Y no lo tiene porque tiramos de un hilo de nostalgia revenida por el que salen en tropel desde los Scalextric a las muñecas de Famosa. Claro que todo esto es cierto, pero nos olvidamos de lo fundamental y que Chiquetete ha traído hoy a mi cabeza. Todo aquello era una invención hilvanada por los padres, que extremaban todas las precauciones para que nadie descubriese los paquetes escondidos, que escrutaban tus miradas ante un escaparate o escuchaban atentamente lo que querías o dejabas de querer, que añadían siempre algún detalle de su cosecha para dejar su impronta (Mamá: por mucho juego de Anatomía Humana que apareciese casi cada año, en distintas versiones y embalajes, estaba claro que yo no iba a estudiar Medicina). Claro que los Reyes Magos son los padres: los que se esforzaban económicamente para poder darte un capricho, los que te enseñaban que eran tres regalos y solamente tres, los que te decían también que había que dar las gracias cuando, algo crecidos, te caía un chaleco de piel imposible o un bolso en un color horrendo, generalmente de alguna amiga de tu abuela que quería ser cariñosa contigo. Dabas las gracias, agradecías con la boca pequeña, pero dabas las gracias, seguramente estrujando el papel entre las manos y pensando qué coño ibas a hacer con aquello. Eran los padres también cuando aprendías a gestionar la decepción, cuando había menos regalos bajo el árbol y te explicaban por qué, lo eran también cuando pasaban toda un día dibujando un mapa del tesoro con la ubicación exacta de los patines de Sancheski (“todo irá sobre ruedas después de pasar por el comedor”) o los que encontraron, una tarde de diciembre,en una tienda de la calle san Andrés, aquella bolsa de Holly Hobbie que fue una de las sorpresas más grandes. Y todo esto lo sabes, yo lo fui sabiendo, porque me lo contaron después, porque supe de su ilusión y su alegría. De su empeño porque yo no fuese una clásica hija única nadando en regalos, con un exceso de atención que ahora veo en tantas niñas.  Y empecé a entristecerme por mis perrenchas algunos seis de enero, por las veces en las que me cagué en los tontos del culo de los Magos a los que les había dejado bien clarito que quería esto y lo otro, y que habían pasado mucho de todo y me habían traído esto, pero no lo otro. De esa época, de esa educación- a veces también producto de la rabia- me quedó la idea del regalo como algo que tiene que ser superfluo y no práctico, idea que siempre subrayaba mi tía Tere, que me ha regalado unos collares y bufandas magníficos a los que tengo muchísimo cariño. Gracias, de verdad:  gracias, mamá, por la Micaela que hablaba, gracias por tantas pilas de libros maravillosos( ¡Tía Mabel, gracias por aquella edición preciosa de Bomarzo con el cuadro de Lorenzo Lotto en la cubierta; gracias, papá,  por La isla misteriosa!); gracias por aquella grabadora que estrenamos mientras caía granizo y que nos mató de risa en una comida familiar. Y pienso también que, quizá, los mejores regalos fueron los que no llegaron nunca en Reyes – el billete a Londres, la bicicleta, el Quimicefa- porque encendían en mí algo de ilusión para el año siguiente, me enseñaron de forma algo cruel pero efectiva la moraleja “están verdes” y me dieron algo de cinismo, de capacidad de relativizar; cualidades, queridos míos, a todas luces imprescindibles para vivir en este proceloso mundo.Pero sobre todo me dejaron lo mejor: agradecimiento por el esfuerzo de las personas que me regalaban. Siempre, aunque haya cagadas absolutas, fracturas en el buen gusto, eso es inevitable. Pienso en una especie de limbo enorme en el que convivirán todos aquellos regalos no queridos, olvidados, que hoy serían carne de Wallapop y me acuerdo de la rabia y la tristeza de Woody ante la llegada de Buzz Lightyear. No sigo, acabaré hablando del año que me regalaron un MaxMix de no sé qué  y un libro de una autora que queria ser García Márquez y era todo un jorror, es temprano y estoy aún sin roscón en el cuerpo, toda yo soy debilidad.

Ya conté también que hace ya algunos años- el guion de la vida tiene unos macguffins imprevistos, como tiene que ser- yo no celebro Reyes. Quiero decir que no lo celebro a la manera tradicional : correr por el pasillo, rasgar regalos a lo loco, desayunar roscón como si no hubiésemos ya comido como porcos los días anteriores. No, lo celebro quizá de forma más serena, regalando a quien me apetece regalar, reservando tiempo para encontrar algo bonito que puede ser en marzo o en octubre, escribiendo algún post en un blog medio olvidado. Y, por supuesto, gozando de los beneficios inmensos del autorregalo: sorpresa no tendrás, pero acertar, eso seguro.

Hay cosas que caducan. Hoy estáis todos muy a favor de los monarcas, pero el lunes llega la normalidad (mañana podéis jugar toooodo el día) .

Feliz normalidad, amigas.

 

Una muñeca rusa para el 2018 ( o por qué menos es más)

Colourful nesting matryoshka dolls. Public Domain image. No credits.

Esta entrada, este post, no debería ser cómo los otros. Tenemos la costumbre de mirar hacia atrás, con ira o sin ella, al cerrar el cuaderno de cada año. Alguien me dijo una vez que yo tenía un blog melancólico y proustiano, no sé si es cierto o no, pero como tarjeta de presentación mola bastante. Eso sí; yo creo que tendríamos que ponernos todos la careta de influencer, de instagrameros y darle menos trascendencia al pasado. Qué coñazo con lo vintage, qué coñazo con lo retro, qué plastas estamos haciendo de la nostalgia una bandera. Pero es ejercicio de autocomplacencia y también de lamerse un poco las heridas, de darnos una gratificación propia. El recuerdo no es más que un onanismo selectivo, nos palpamos las cicatrices con el mismo orgullo con el que enseñábamos el círculo de mercromina que rodeaba la pupa cuando éramos pequeños:”Me caí (me corté, pongan aquí lo que quieran), pero no lloré nada, me dolió y mi madre me echó agua oxigenada, picaba mucho, no lloré (otra vez, era importante recalcar), luego tengo mercromina y una tirita.”. Y el otro círculo, el de los amigos atónitos, admirados y envidiosos ante ese estigma pasajero que te hacía ser el centro de todo por un momento, asentían, hacían “ohhhhh”, algún incrédulo murmuraba .”no es para tanto, yo me caí el verano pasado y fue mucho más porque…”. Haciendo honor a la verdad, cualquier drama es siempre superado por otro; la capacidad de sufrimiento, relativa y desconocida hasta que llega la siguiente; la cura, menos larga de lo esperado en el momento de la herida. Y los resúmenes, los inventarios, no dejan de ser una constatación de que, casi, hemos podido con todo; que hemos hecho bola extra, que acumulamos vidas dentro de otras. Que cada año no deja de ser una muñeca rusa, con vidas cada vez más pequeñitas, con corajes de distinta intensidad.

Yo no soy quién de pedir nada al año nuevo. Creo que deberíamos ser mucho menos rencorosos con el pasado, pero tampoco hacer de él una rémora. Menos gatopardismo, menos atadura, menos miedo. Sin excluir la memoria:  ojalá más helados en Roma, menos mudanzas como la de abril aunque adoro el resultado y mi nuevo barrio, más despertares como los de mayo frente al mar de Valencia. Y, sí, quiero más maletas, más árboles de Navidad en Madrid, muchas más librerías de Bolonia ( y focaccias, por Dios, abrazo esa religión). Y toda la música y las películas, los desayunos de sábado y pasar un calor de carallo en Toledo, pensando en que al día siguiente tienes que hablar delante de un montón de gente especialista en algo de lo que tú estás empezando a aprender. Y también latar a clase, perder el tiempo, echar de menos a amigos que se han marchado y que te han puesto al margen, sin saber tú muy bien por qué.  Yo no dejo de desear buena vida a quien no quiero cerca ni jartavino, pero tampoco les deseo el mal. Y ojalá muchos más fines de semana surreales en Barcelona, más fotos de pintadas y más viernes en el teatro, más whatsapps inesperados y bonitos, más sonrisas de mi padre, más ganas de escribir, más de terminar lo que comienzo. Más bici por el Paseo Marítimo, más vermú , más mirar alrededor. Ojalá más de eso, pero no lo mismo. Y claro, también los menos: menos huecos vacíos, menos silencios, menos spam. Menos listas de libros mejores, menos egos desatados, menos drama, menos perder el tiempo con lo que no lo merece, sea en forma sólida, líquida, gaseosa o banalidad con ganas imposibles de trascendencia. Menos importancia a  lo que no la tiene. Menos mundo de mierda, menos chorrada, Y menos justificarlo todo, menos contarlo todo porque tampoco le importamos tanto a todo el mundo. Y ahora de nuevo más: más glam, más punk, más queer, más ser lo que nos salga del pie, más diversión. Y dentro de la diversión incluyo todo: de militancia feminista a cualquier tipo de agitación necesaria ;un poquito más de criterio tampoco viene mal, incluso cuando vas contracorriente y te apetece decir que las emperatrices van en bolas, que las creadoras de pensamiento son pelmas y petardas, que hay mucho aprovechamiento pop  y que hay que leer más antes de escribir. Quizá, y solo quizá, hay que vivir con los ojos más abiertos y, por qué no, arremangarse y reflexionar antes de lanzarse a la teorización ( y a la evangelización de cualquier tipo). Dejemos los gurús al yoga y a otras cosas y practiquemos, de una vez por todas y entre todas, la discrepancia.

Pues bien, al final, como veis, queridxs niñxs, quod erat demonstrandum: menos es más casi siempre. Un poco más solidarias con todo aquello que precise serlo, menos gregarias con lo que lo necesite más,; esa es la mejor perspectiva del 2018. Esa, también, la que quizá no cumplamos, pero que se presenta ante nosotros con la nostalgia anticipada de la cándida adolescencia por la que brindaba la baronesa Blixen. Pequeño 2018, no sabes dónde te metes. Nosotros intentaremos sacarte de todas tus versiones que están ahí, atascadas dentro de ti.

Que tengan un año con felices muñecas rusas.

 

Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

Un carrusel para 2017

Si hay una canción de Mecano que me sobrecoge especialmente- y mira que hay competencia- es la de la noche en la Puerta del Sol. Los balances, los resúmenes, no son más que un intento frustrado de negar la esencia de la condición humana, la huida hacia adelante. Quizá esa y no otra sea la dinámica, el marketing escondido detrás de los calendarios y las agendas. Reencontrarse con la que eras un, pongamos por caso, un seis de marzo del 93 porque encuentras ese cuaderno arrugado, quizá de propaganda de una editorial o una gestoría, en el que habías anotado que ese día tenías dentista, o habías quedado con Miguel o con Susana. A veces cuesta trabajo recordar, otras es un sesgo automático y te sumerges en la tarde de verano en la que celebraste un cumpleaños navegando cerca de Sada, o el puente de la Constitución  en Ancares, donde no salísteis del albergue porque lo que había que explorar estaba debajo de las sábanas. Pasar página y quemar años es un acto de higiene inevitable, de limpieza, de puerta giratoria en el buen sentido: lo que viene, lo que se va, algo se atasca o tropieza, pero guardas el registro y la agenda para que el azar- o un cierto grado de dulce masoquismo, de controlada y otoñal melancolía- te lleven a reencontrarte con alguien que ya no eres tampoco. Eso, queridos míos, es la edad: reafirmarse en el cambio y poder observarlo desde lejos, para bien, para mal, that’s the point.

A mí 2016 me hizo enviudar de Bowie y de Prince, me hizo temblar hablando con mis amigos americanos y recontando muertes, en domicilios y  en campos de batalla. Este año trazó una línea que unió los puntos cardinales del mundo, desde la casa de Stanislavski en Moscú hasta el Día de los Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán.  Conocí el desierto en el sur de Marruecos y lloré delante de Thom Yorke en Lisboa. Volví a madrugar, a trasnochar, a decir lo que no debía alguna vez y a hacer aquello en lo que creía casi siempre. Nada habría sido lo mismo sin Belén o Cristina, sin Vero y sin Jairo, sin Luis o Jose, sin Lau o sin Javier, sin Liz, sin Vane, sin todos los que me acompañaron, sin ti tampoco y lo sabes. Nada. Porque miro hacia atrás y veo el carrusel de Don Draper; los recuerdos son míos, están  ahí para  poder abrazar lo efímero: esa arena que vimos volar en Merzouga, ese helado con los ojos cerrados bajo el sol de julio en una terraza en otra ciudad, la piel dormida antes de que te despertases para irte al aeropuerto, el tren de todos los días deslizándose sobre raíles con lluvia, los hilos de conversaciones por whatsapp que se quedan prendidos en algo parecido a la nada y que vuelven de vez en cuando a martillearnos, quizá sean, y solo quizá, las nuevas agendas amontonadas.

2017 me traerá una cincuentena, otro esbozo de otra novela, decepciones, amores, griteríos, sonrisas y mucho rock’n’roll. Y  una única certeza: no se le puede gustar a todo el mundo y me alegro de que salgan de mi vida las personas a las que no les gusto. Ha sido, casi, un placer. Por lo demás, centrémonos en todo el amor del mundo, en todo el sexo que podamos y el que no podamos, en los conciertos y las risas, las tartas y en las horas raras, en ser mucho más feministas y demoledoras, en leer más tebeos y  en tener más y más montañas de libros: centrémonos en lo que nos haga felices. Y no dejemos, nunca, de mirar a quienes tenemos alrededor, a esas piezas del carrusel que viajan de forma lenta a nuestro lado, que nos dan color y nos acogen, nos construyen y nos dan alguna que otra patada en el culo si nos lo merecemos. Den placer y hagan felices a aquellos que lo merezcan, a los demás, que les folle un pez.

Feliz 2017

 

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