Anchoas y Tigretones

Archivar en la categoría “Melancolía kitsch y de abuela cebolleta”

Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

Anuncios

Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

Un carrusel para 2017

Si hay una canción de Mecano que me sobrecoge especialmente- y mira que hay competencia- es la de la noche en la Puerta del Sol. Los balances, los resúmenes, no son más que un intento frustrado de negar la esencia de la condición humana, la huida hacia adelante. Quizá esa y no otra sea la dinámica, el marketing escondido detrás de los calendarios y las agendas. Reencontrarse con la que eras un, pongamos por caso, un seis de marzo del 93 porque encuentras ese cuaderno arrugado, quizá de propaganda de una editorial o una gestoría, en el que habías anotado que ese día tenías dentista, o habías quedado con Miguel o con Susana. A veces cuesta trabajo recordar, otras es un sesgo automático y te sumerges en la tarde de verano en la que celebraste un cumpleaños navegando cerca de Sada, o el puente de la Constitución  en Ancares, donde no salísteis del albergue porque lo que había que explorar estaba debajo de las sábanas. Pasar página y quemar años es un acto de higiene inevitable, de limpieza, de puerta giratoria en el buen sentido: lo que viene, lo que se va, algo se atasca o tropieza, pero guardas el registro y la agenda para que el azar- o un cierto grado de dulce masoquismo, de controlada y otoñal melancolía- te lleven a reencontrarte con alguien que ya no eres tampoco. Eso, queridos míos, es la edad: reafirmarse en el cambio y poder observarlo desde lejos, para bien, para mal, that’s the point.

A mí 2016 me hizo enviudar de Bowie y de Prince, me hizo temblar hablando con mis amigos americanos y recontando muertes, en domicilios y  en campos de batalla. Este año trazó una línea que unió los puntos cardinales del mundo, desde la casa de Stanislavski en Moscú hasta el Día de los Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán.  Conocí el desierto en el sur de Marruecos y lloré delante de Thom Yorke en Lisboa. Volví a madrugar, a trasnochar, a decir lo que no debía alguna vez y a hacer aquello en lo que creía casi siempre. Nada habría sido lo mismo sin Belén o Cristina, sin Vero y sin Jairo, sin Luis o Jose, sin Lau o sin Javier, sin Liz, sin Vane, sin todos los que me acompañaron, sin ti tampoco y lo sabes. Nada. Porque miro hacia atrás y veo el carrusel de Don Draper; los recuerdos son míos, están  ahí para  poder abrazar lo efímero: esa arena que vimos volar en Merzouga, ese helado con los ojos cerrados bajo el sol de julio en una terraza en otra ciudad, la piel dormida antes de que te despertases para irte al aeropuerto, el tren de todos los días deslizándose sobre raíles con lluvia, los hilos de conversaciones por whatsapp que se quedan prendidos en algo parecido a la nada y que vuelven de vez en cuando a martillearnos, quizá sean, y solo quizá, las nuevas agendas amontonadas.

2017 me traerá una cincuentena, otro esbozo de otra novela, decepciones, amores, griteríos, sonrisas y mucho rock’n’roll. Y  una única certeza: no se le puede gustar a todo el mundo y me alegro de que salgan de mi vida las personas a las que no les gusto. Ha sido, casi, un placer. Por lo demás, centrémonos en todo el amor del mundo, en todo el sexo que podamos y el que no podamos, en los conciertos y las risas, las tartas y en las horas raras, en ser mucho más feministas y demoledoras, en leer más tebeos y  en tener más y más montañas de libros: centrémonos en lo que nos haga felices. Y no dejemos, nunca, de mirar a quienes tenemos alrededor, a esas piezas del carrusel que viajan de forma lenta a nuestro lado, que nos dan color y nos acogen, nos construyen y nos dan alguna que otra patada en el culo si nos lo merecemos. Den placer y hagan felices a aquellos que lo merezcan, a los demás, que les folle un pez.

Feliz 2017

 

Las certezas de lo vivido (párrafos en Navidad)

tiny-tim

Ilustración de “A Christmas carol” de Charles Dickens. La tomo de Pinterest sin info de derechos. Pulsen en imagen para ver origen.

Es verdad que el tiempo nace tocado de muerte. También que la peor añoranza es la de aquello que no hemos tenido, bien lo sabía Dickens. En La Navidad cuando dejamos de ser niños el escritor de barba imposible y que es conocido por otra Navidad con moraleja, nos lo cuenta: no hay peor nostalgia que la de aquello que no se ha vivido. Y la Navidad es de lo que mejor se presta a una magnificación en el recuerdo, a las primeras luces que avistabas encaramada a un banquito de madera en una galería de la calle Real, al olor a castañas y calles atestadas, a los Reyes Magos en el Ayuntamiento, al calendario de Adviento que comprabas en Porvén, a las sonrisas con pecho de estrellas de los pastorcitos de Ferrándiz.  A poner un árbol setentero y de colorines, a recortar pañalitos de papel para las lavanderas del Nacimiento que ponías en la entrada de casa,  con un ángel en el portal que se parecía a un profesor que luego tuviste en la universidad. Diciembre era y es una cuenta atrás, un borrón y cuenta nueva con el premio añadido de nuevos juguetes y cuadernos sin estrenar; era soñar con la benevolencia de los que tienen que juzgar si hemos sido buenos y recompensables el seis de enero. La Navidad agrandaba el corazón y hacía del tiempo de espera una escalera de peldaños que subíamos sonrientes y apresurados, queriendo enviar postales hasta a los amigos del colegio con los que compartías merienda y pupitre. Esperabas  despertar el día 22  con el soniquete en pesetas de los niños del Colegio de San Ildefonso,  nunca sabíamos pronunciar ese nombre y los niños cantarines nos daban un poco de pena porque eran huérfanos. La orfandad era algo, entonces, como de cuento de la cerillera y también muy Dickens. La orfandad, a diferencia de todos los recuerdos que una ya no sabe si vienen o van, era real y solitaria, es real y solitaria. La vida adulta también lo es, lo era, real y solitaria. Por eso, la Navidad ahora, en este mundo tuneado de Instagram, no deja de ser una suerte de utopía vivida a medias, un recuerdo exaltado que incluye también lo que habríamos deseado que fuese, lo que queremos que sea. La ilusión era legítima y real, el sueño también. Pero, como todo, el tiempo borra esa frontera entre aquello que deseamos y que, quizá y solo quizá, pudimos imaginar como un pack perfecto queriendo,como el ángel  Clarence de “¡Qué bello es vivir!”,  conseguir nuestras alas de una vez por todas.

Por eso, querido Dickens, te adoro: porque más allá de Scrooge y de los niños con pies sangrantes, por encima de ese Copperfield por el que sentias predilección y saltando de la forja al club Pickwick, consigues en un folletito explicar, o no, lo que es, o no, ese vuelco al corazón que nos da a muchas cuando llega diciembre: un tenaz ejercicio de nostalgia de lo que desconocemos si hemos vivido. Porque teniendo literatura, quién coño quiere certezas.

Charles Dickens La Navidad cuando éramos niños Alba Brevis, 2016

He escrito muchísimo sobre Navidad. En el buscador del blog tecleen “Navidad” y voilá.

Extrañas orfandades

end

La imagen. sin título porque no hace falta, la he encontrado en Pinterest. Pincha en la imagen para ver el enlace

Hubo un momento en la vida, tú no eras consciente, en que el ecosistema era perfecto. Como todo lo perfecto no se hacía notar, era tan sencillo, tan íntimo y salvaje como respirar a diario, como respirar con ansia tras bucear en el mar de agosto, como  respirar de nuevo tras el cigarro una noche de verbena, era respirar y todo venía al momento.  El aire no se cuestiona, está ahí, es tuyo y existe, nada más. Es aire y está ahí por descontado. En el pack de lo que viene por defecto en la vida. O en lo que era la vida.

De ese aire tuyo en el que no reparas están hechas las horas que se tejen también porque sí, porque son parte de lo inadvertido, de lo que es ausente por obvio, de lo que viene contigo. Los días y las horas son siempre gatos huidizos en esquinas, algo en lo que no te fijas, algo que no te hace resoplar. Son las calles que recorres a diario, ese letrero algo torcido, esa mesa sin orden en la que algún objeto querría chillar que le hagas caso, es la llave con la que abres la puerta de tu casa y de tu despacho, es la cucharilla del café a media mañana. Es también ese botón a medio caer que lleva tu amiga desde siempre en la trenka, es tener que quitarte el cinturón de seguridad porque, si no, no sabes aparcar y qué tontería, pero es así. Ese aire inadvertido es también un táper con croquetas de sobras del domingo, o un mensaje whatsappero de alguien que siempre envía los mensajes al momento. Son las cifras de un teléfono que marcas casi como una letanía, como ese orapronobis que tanto te hacía reír en aquellos rosarios de la infancia con tu abuela, mirando los santos de la iglesia y teniendo miedo de ellos, tu abuela teniendo miedo de no volver a ese rosario, pero, claro, tú no lo sabías. Aire es también la ropa que aparece en al armario tan planchada y ordenada, la costumbre, lo que es así, lo que es ideología sin querer.  Tú vives y las cosas suceden, es así, es el aire de los calendarios.

No es que el aire desaparezca, es que los ecosistemas se alteran. Cambian paisajes que eran asideros: la librería de tus amigas ya no está y con ella se va no solamente una era, se van algunas tardes amarradas a las sorpresas que tenían las cajas, a los pitillos apurados en la puerta, a discutir sobre la señora Munro y el lugar de la novela en los suplementos literarios. Se va ese aire necesario del libro apilado y expectante, llamándote desde una estantería, con las manos de Silvia y Begoña regalándote tiempo y palabras, dedicándote las letras impresas de otros, escuchando tus desvaríos, riendo sobre lo que dan los años de amistad y la confianza. De hablar de guapos y guapas, de enfermedades maternas, de pérdidas y de hallazgos.  Se ha ido también la panadería de Bernarda, las risas hablando de política municipal y de pasteleros caraduras, de recetas sofisticadas y de panes de toda la vida. ¿Cuándo volveré a encontrar ese pan de cebolla, aquel maravilloso pan de miel y de pasas? No entiendo cómo no se puede hacer una biblioteca de olores y sabores perdidos, de esos que nutrían los ultramarinos que eran cuevas de Ali-Babá en la infancia, con sus hojas de bacalao en la puerta y sus galletas al peso en una lata. Se van también, y esto es ya otra cosa, el aire que llevaban los fines de semana con la intensidad del cronómetro, la falta de excusas innecesarias, las agendas repletas de posibilidades disparatadas, la soledad como una lejana extrañeza desconocida, la lentitud como una bandera. Respiras un aire que ahora te paras a reconocer y paladear, quizá por miedo a que la próxima bocanada sea peor que la anterior, ese aire que se ha ido llevando parte de ese ecosistema del que hablábamos al principio, parte de esas amarras y esos asideros, parte de ti y de todo.

Me gustaría encontrar una palabra distinta a la orfandad, pero no la encuentro. Quizás me asusta porque me parece aún, por fortuna, extraña y espero que lejana, grandilocuente y desvariada. Pero voy llenando mi diario de orfandades diminutas, pequeñas pérdidas que van también en los amigos que están lejos o solitarios, a aquellos a los que no llegas o no te llegan porque su vida es una lucha en guerras complejas y no escogidas. Aquellos a los que el aire común debería regalar una máscara antigas, amigos y amigas que no saben que tú enfrentas otras guerras también como todos y en intensidades idénticas, que el cansancio no nos ha hecho más sabios, pero sí- al menos a mí, pero sigo en plural mayestático- más cínicas, más escépticas y a la vez mucho más lloronas. Y resistentes. Pero mucho más conscientes de todo, especialmente del valor de las manos tendidas, de tender las nuestras, incluso cuando son inesperadas. Joder, me estoy dando cuenta de  que soy mucho más cebolleta de lo que creía y que derivo a la moralina de columnista dominical. No temáis. Solamente dejo estas palabras para que las lean todas aquellas, todos aquellos que creen que nos olvidamos: sentimos la orfandad porque no estáis en aquella parte de nuestro ecosistema, no porque hayáis desaparecido. No, no sois olvido. No lo seremos, por mucho que sea un buen título de alguna elegía ya escrita.

Me curé de la juventud

dreams

Sueñan los androides con ser superhéroes o qué Encontré esta imagen en http://slowrobot.com/i/50966

De poder escribir alguna vez un libro de memorias, siempre he pensado que hay dos títulos que me encantarían. Uno de ellos es, sin duda, Los hombres a los que amé. Como título no es que sea excepcional, pero tiene un encanto totalmente pulp, algo entre muy chabacano y confesional, un punto de autobiografía de folklórica- de aquellas que publicaban por capítulos en revistas tipo Pronto o Diez minutos-y que da pie a inventarse romances sin fin y desvelar escándalos a golpe de abanico. Otro título sería algo así como Me curé de la juventud : todo lo que no es autobiografía es plagio– Es un poco largo, pero los títulos factibles y que me gustan como Habla, memoria, La nostalgia ya no es lo que era o Memorias de una joven formal están ya cogidos. Me curé de la juventud serían unas memorias con encanto, con el tuneo necesario para despertar sorpresa y ganas de irse a Google a comprobar fechas, datos, si algo de lo desvelado puede ser corroborado fácilmente o, por el contrario, sonreír con displicencia ante el alarde. La memoria de puño y letra es así, mentirosa a placer, sospechosa de- palabra maldita- impostura o, lo que es peor, plagio. Es curioso cuando asistes al relato de anécdotas lejanas en el tiempo en una reunión de amigos. Siempre hay quien cuenta algo de forma que tú no lo recuerdas, es más, no lo has vivido así. Los puntos de vista, las piezas o cartas que te han repartido en un juego de construcción son otras. O, mejor, cuando alguien cuenta una vieja anécdota tuya como propia, adjudicándose el papel de ser arte y parte, adornando lo más leve, magnificando los detalles. Una asiste, totalmente fascinada, a la apropiación de un pasado individual casi como un patrimonio de anécdotas de otros, te cuelas por la webcam de otro ordenador, levantas los tejados de las casas para verte a ti mismo siendo otro, escuchando las carcajadas del público, sintiendo la empatía o el rechazo. ¿Quién no ha querido ser, alguna vez, espíritu de las Navidades pasadas o futuras?

Sigo con la memoria documentada. He visto un programa, no sé si recorte o experimento, que ponía frente a frente a los entrevistados con ellos mismos hacía la friolera de treinta años. Montserrat Roig, va por ella, tenía un programa de entrevistas con jóvenes en 1985 que hablaban de sus expectativas y rabias, de sus futuros en construcción con la soberbia del tupé y la ilusión de la vida por escribir, con las ganas inmensas de beberse los años rápidamente y con paladeo. En 1985, estos seis protagonistas eran un torero, una chica que estudiaba danza en Nueva York, una jornalera en Marinaleda, un reciente objetor de conciencia, la recién llegada a la alcaldía de un pueblo español cualquiera, o la que buscaba el éxito en un grupo musical de la movida. Había muchos más, pero estos seis chicos y chicas formaron parte de la recuperación que, treinta años después, se hizo de sus historias. Contactan con ellos de nuevo, les muestran aquellas imágenes de proyectos e ilusiones y se pasea con ellos en la realidad de ahora. En su realidad. Yo no sé si este documental, este experimento, es una putada o un ajuste necesario para decir que, a pesar de los pesares, somos quienes somos y pelillos a la mar, que damos todo por bueno, que qué se le va a hacer y que nos curamos de todos aquellos horizontes imposibles, ficticios e irreales, producto de la ensoñación más que del realismo. Para empezar, la primera en la frente, no está Montserrat Roig, a la que todos recuerdan en algún momento de la entrevista contemporánea. Tampoco están algunos looks imposibles, alguna que otra boutade. Hay muchas sonrisas recordándose, alguna lágrima emocionada e, imagino, la reflexión solitaria y a posteriori de si mi vida ha sido esto y ha estado bien o qué he hecho con el tiempo que me dieron. Claro que hay éxitos. Y fracasos. Cambios de rumbo y diferencias. El inevitable planteamiento de si eres feliz o no, de si tu vida ha sido, o es, lo que esperabas.  Si alguien, pensando en sí mismo, tiene una respuesta concluyente y categórica, lo felicito.

Yo comenzaba hoy diciendo que el título que me reservo para el futuro es Me curé de la juventud.  Hay que curarse. Me pregunto si dentro de algunos años, si siguen existiendo las redes sociales, estaría bien mirar quiénes éramos y cómo nos relacionábamos en otros contextos. Sin ir más lejos, Facebook ha hecho un experimento semejante instándonos a recordar lo que publicábamos hace un año o dos. ¿Nos sonroja esto, nos provoca vergüenza ajena, nos reconforta la ternura lejana de alguien que somos o no somos? Todo es vertiginoso: desde cómo escribíamos hasta nuestra relación con las redes : de intensidad, de displicencia, de voyeurs o de arrepentidos.  Cambiamos en todo. Y ahora, aún encima, mirando atrás. Menudo lastre. Y qué cansado todo.

“Qué cansado”. Eso digo yo en la línea de arriba…,¿Véis? Ahí si que noto que me curé de la juventud. Hay cosas que, a estas alturas, ya me dan muchísima pereza.

El documental La vida encontrada lo podéis ver pinchando en el enlace. Gracias a la web de RTVE que me permite hacer, lo confieso, ejercicios de nostalgia controlada.

Gracias a Montserrat Roig, por haberme descubierto, sin ella saberlo, muchas cosas.

S y B

sqrotolo

S &B, 1963 fotografía de Don Hunstein

Solamente son eso, un chico y una chica. Caminando por las calles bordeadas de nieve, en un Nueva York tan soñado como real, tan ateridos como la juventud en canal que exhiben. Un chico y una chica, tan poco llamativos y tan cálidos, tan cómplices y sonrientes, son todo lo que son las parejas y las que quieren serlo.  Tendrán, es posible, un apartamento que podemos inventar en minutos: un mantel de cuadros en un cajón, un gato melancólico en un alféizar, una cama hecha de estirones,  olor a café mañanero y chaqueta de lana que se roban el uno al otro para desayunar así, entre risas, con neveras vacías y vinilos esparcidos sobre el sofá.

Son solo un chico y una chica. Con nombre e historia, con éxitos y futuros, con todo eso como todos los chicos y las chicas que se agarran del brazo en cualquier lugar.  Da igual cómo se llamen, que sea la portada de un disco, que sean los maravillosos sesenta, da igual todo lo demás. Son ellos dos. Y leo el fragmento de El jilguero en el que Theo recuerda esa imagen tan sabida y tan icónica que la he ojeado sin pararme como si fuese el logo de Coca-Cola o Adidas. Y reconoces la inmensa grandeza que hay en la imagen de una pareja que camina riendo envuelta en su propia conversación y en el mundo que han creado, ajenos a todo y dentro de todo, andando hacia ese apartamento, hacia lo común o hacia encrucijadas, un chico y una chica que se aprietan el uno contra el otro para darse calor, eso son.

Un chico, una chica. Un hombre y una mujer juntos, son el espacio cargado de pasado de una foto. Son un momento, son nada más y lo son todo. Son, también, todos los hombres y mujeres que han querido caminar  alguna vez por esa calle y no lo han hecho.

(Esto es un regalo de cumpleaños para alguien que cumple el día anterior a Reyes)

Steven Patrick, handsome devil

madrid

Desenfocado, sí, pero por fin le hice una foto. Mozz and me.

Fue un día de mayo de 1985. Es más, fue el 18 de mayo de 1985. Contabas los días para atravesar una puerta de destinos universitarios, eras moderna de corazón y querías serlo mucho más. Eras, qué demonios, un topicazo con patas y de ciudad provinciana. Y ese día, aún rodeada de mesas camillas y ganchillo, veías tu ración semanal de La Edad de Oro, donde te nutrías de muchas cosas que eran humo y de otras que no lo eran. Y con tu plato de bocadillo de cena, sentada en el suelo de tu salón, vas a escuchar la entrevista a dos chicos muy desgarbados, muy modernos e ingleses (qué combinación tan letal para una adolescente hormonada) y de los que tarareabas alguna canción de letra extrañamente poética y cargante sin saber muy bien de qué iban, sin saber muy bien de qué  iba nada. Y aparecieron ellos dos. Marr con su timidez mal guardada y, claro, él, Morrissey, precedido de su flequillo, flanqueado por sus pómulos y exhibiendo unos tobillos huesudos enfundados en unos maravillosos calcetines verdes. Y habló. Y habló y habló y habló. Bigmouth. Y ahí empezó todo. Empezaste a pedir que te grabasen cintas, a reconocer las canciones, a coleccionar anecdotario de una de las mejores bandas, a ser fan. Evidentemente, la música para ti ha sido siempre algo muy plural y variado, intermitente a veces, pero la silueta de Morrissey abrazado a su ramo de gladiolos, su chulería arrogante, sus dardos verbales y esa misantropía exhibicionista necesitada de público te cautivaron y lo sigue haciendo. Suena horrible. Es verdad, sabes que suena horrible: es un gilipollas integral y lo adoras.  Y es difícil, muy difícil quererte, Steven Patrick. Y desde aquí agradeces también a todos tus amigos heviochos de tu clase de BUP que entendiesen tan bien que llevases a Morrissey y a Bowie en la carpeta de apuntes, asumiéndolo con clase y pundonor, quizás reprimiendo sus ganas de hostiarte hasta el infinito.

Hablar de los Smiths es hablar de una historia de desencuentros, ataques de cuernos musicales (y de los otros quién sabe), divismo sin fin, creatividad desbordante, mitificación y gloria. Es  hablar de M&M. Y adorar a ambos como un tándem  único,  efímero y salvaje. Haces tuyas muchas de sus líneas. Y al final, para ti, solamente queda él. El bocazas, el que se siente miserable de ser como todo el mundo y que dice que tú, gordita, eres la única. Vale. Pero también esa voz que te estremece hablando de la belleza devastadora, del deseo y necesidad de ser amado, de la muerte inesperada de los niños a los que asesinan, de lo turbio del deseo desigual, del maltrato y del desarraigo. Que deseaba la muerte de la Thatcher, el exterminio de las familias reales, y te da el coñazo vegano a la mínima de cambio. Que despreciaba la solidaridad a golpe de chequera de Louis Vuitton. Y era, también, el pseudandrógino  que se abría la camisa y enseñaba un cuerpo esquelético  pidiéndote que te casases con él o que lo desvirgaras. Y es, treinta años después, un señor con halo de antipático y misántropo que se hace fotos con fans en la calle, que sigue dando leña para cultivar su propia leyenda, que no teme -o eso dice- a la muerte y que tiene como profesión principal dar grandes titulares. Eso y también el que sigue escribiendo sobre la necesidad de amor porque lo niega, el que se permite rollos hardcore como November spawned a monster, el que en medio de un tenderete comercial te estampa rarezas de extraña belleza como Neal Cassady drops dead. Y ahí, ahí reconoces la marca de la casa : ese constante coqueteo culturetas y autocompasivo, ese “mamá,quiero ser Oscar Wilde  pero no acabar como él”, esa permanente nostalgia por lo que queda en las páginas de los libros que has leído cuando los terminas…Moz, hijo de bibliotecaria, se te ve el plumero. Y esas cosas son-voy a ir pasando ya a la primera persona-las que nos dan caricias leves en el maltratado corazón a los fans cuando intentas defenderlo: “Sí, es un capullo integral pero…hace esto, esto y esto”. Y yo ya sé que convenzo a muy poca gente. Pero me quedo a gusto.

Y luego viene la parte de estricta mitomanía estética : sus flequillos, sus chaquetas de punto, su clase irreprochable, su narcisismo en la pose, la media sonrisa y el inmenso, inmensisimo océano de los ojos.  Y el concierto de Madrid de hace dos días. Y a mí, pues qué quieren que les diga, preferí que no hubiese teloneros. Me gustó ese “passions just like mine” que incluía vídeos de los Ramones, The New York Dolls, Anne Sexton recitando “Wanting to die” , Chris Andrews, mi armenio favorito Charles Aznavour, y alguna referencia  que no pillé muy bien a Coronation street, la mítica serie rodada en Manchester y de la que Morrissey es rendido fan.  Y que se te encoja el corazón  cuando sale al escenario y lo llena ya desde una esquina diciédote que tiene grandes noticias, que la reina ha muerto. Y yo,con mi camiseta de The Queen is dead, a punto de hiperventilar o, de como dice mi amigo Javier: “memueromuerta”. Y verlo ahí, como símbolo de una historia que es también la tuya, la mía, la banda sonora de tu vida, es un momentazo. Por supuesto que lo habría abucheado en el medio: soy fan de este mancuniano, hay que odiarlo y amarlo a la vez. Me espantaron las imágenes de mataderos. Me encantó llamarles dumbs a Will & Kate. Me faltaron canciones, no solamente de los Smiths, pero me dio igual : ese final épico, maravilloso, con todos coreando How soon is now?- acunados previamente por Asleep– ese himno a los hijos únicos insufribles, a los que alardean de nula vida social cuando buscan el refrendo popular y de todos,  a los que se creen que siempre habrá una vida mejor para ellos pero que no la merecen. Qué coñazo somos los fans, de verdad os lo digo. Y claro que hay postureo y chorrada épica … por Dios, es Morrissey, claro que sí.

Yo llevaba treinta años esperando ese momento. Treinta, se dice pronto. Porque al final, como sucede en las canciones de esta mi banda favorita, y como dice este chico mío tan favorito:

But don’t forget the songs

That made you cry

And the songs that saved your life

Yes, you’re older now

And you’re a clever swine

But they were the only ones who ever stood by you

NOTAS

El programa del que hablo se puede ver en la web de RTVE y en Youtube  La Edad de Oro: entrevista a The Smiths Yo creo que la fecha está mal, porque la entrevista se hizo en las fiestas de san Isidro, y creo que era mayo. Pero bueno, por Dios, ese momento en el que Paloma Chamorro le llama hipócrita al bueno de Johnny Marr, tilda a Morrissey  de “chico solitario y sensible”…y Mozz aguantando el tipo, poniendo caretos y dando la brasa con lo de la carne al final.

Gracias, como siempre, a Fran Lara por toda la música del mundo y por entender  tan bien lo pesada que soy. Y por The sound & the fury, que si no conocéis, debéis, para agradecérmelo toda la vida.

Tengo este Pinterest que es insufrible para cualquier persona que no sea fan de Morrissey: The Steven Patrick Appreciation Society .Ha habido hilos muy interesantes sobre el concierto en Facebook y Twitter.

Y sí, soy fan también de Johnny Marr y  me parece un guitarrista impresionante, magnífico y con un talento tremendo. Hasta las narices de la prensa musical que no estuvo en el concierto y dice tonterías, así como de los odiadores profesionales de Morrissey que ahora descubren a Johnny Marr y pretenden que haya que querer más a tu papá o a tu mamá.

En un cuaderno Moleskine (30) : la calceta de Rohmer

chloe and frederik

Chloè y Frederic, en una escena de L’amour l’après midi

Un recuerdo apresurado, escrito de golpe y sin borrones:

“Los recuerdos son, casi siempre, momentos apresurados. Son los protagonistas de una película francesa corriendo en la sala de un museo, en un travelling feroz, viendo, o no, pasar las obras maestras de la pintura en esbozos, fragmentos, flashes inacabados. Luces y sombras en una carrera famosa, tan grabada en nuestra memoria de cine que se hace estática, es un momento único, no son los famosos nueve minutos. Hay otros recuerdos que tienen la cadencia asombrada de lo minucioso.  Cómo es posible que te acuerdes del picor de un jersey que tu madre te obligaba a ponerte, del color de las entradas de aquel cine al que tanto ibas, de lo que tardaban las burbujas del Cola-Cao en disolverse, del olor de la lejía en las escaleras de madera. Recuerdas conversaciones triviales como una cronista devota, qué más daba aquello o no, pero te acuerdas. Y borras algo que era importante y lo sigue siendo. Una piensa, a veces, que ser capaz de reproducir momentos tan concretos y alejados en el tiempo es ser casi una coleccionista de citas y secuencias. La memoria es posible que sea eso: la facultad de obtener retazos y recrearlos. No es la fuente de dolor que decía un escritor, ni tampoco un pasaporte hacia la soledad, que decía otro. Es un equipaje fortuito, que te asalta con las ganas pertinaces de los catarros del invierno. “Acuérdate, era así, y lo has vivido”.

Era a mediados de los ochenta, ya tenías una buena trayectoria en rebeldías y discusiones. Intentabas sosegar esas ganas de cerrar la puerta de casa y ver, por fin, lo que había más allá del fin de aquella calle, de todas aquellas casas apiñadas como un decorado de función de fin de curso. Había un mundo más allá, otro, y lo sabías por la certeza firme que te daban la literatura y el cine vividos, los modernos programas de televisión y las revistas que comprabas y hablaban de otros lenguajes posibles. Te admiraba que no todo el mundo quisiese ver lo que había más allá, contabas con los dedos de las manos y los pies el tiempo que faltaba para tener un pasaporte formal hacia la vida en singular y no el ensayo de juguete de irse a la universidad. Al mismo tiempo empezabas a añorar antes de irte el espacio tan conocido y que era tuyo, tu lugar en la mesa del comedor y el sofá familiar, tan amoldados a tu cuerpo que cambiaba como distinta eras tú, día a día, en aquellos tiempos veloces.

Es posible que fuese un día previo a vacaciones o un lunes, quizás principio de primavera. Después de cenar y recoger, te quedaste con tu madre en el salón, la tele encendida. Antes, habías cumplido con el ritual de costumbre. Cogías una manzana de un frutero y disfrutabas, todos los días, de la minuciosidad del padre dejando todo el plato lleno de mondas de manzana, una tira completa, querías imitarlo y no podías. El mismo juego año tras año, divertirte con eso. Tu padre llevaba un batín de cuadros idéntico al de don Pantunflo Zapatilla y mira que le habíais regalado otros mejores: no había manera. Los cuadros granates y grises, siempre. El frutero blanco y de tres pisos, por el que iban pasando las estaciones, y, no sabes por qué, siempre un limón encima de todo. Un limón que nadie se tomaba, presente en todos los postres de comidas y cenas. Tu padre madrugaba muchísimo y, después de cabecear un poquito, daba besos y se iba a dormir. Tu madre calcetaba unos jerseys eternos, aquel día era blanco y sin mangas, con ochos y de perlé, ese  jersey de punto apretadito que te habría encantado conservar hoy. Hablabais de alguna cosa como los futuros posibles en las filologías, las notas medias y sus restricciones, la vocación y lo práctico. A ti siempre te ha gustado ver la tele sentada en el suelo y eso hacías, apoyada en la pared, mirando alternativamente a tu madre y a la tele, estirando a veces las piernas sobre aquella moqueta beige claro, un poco gastada, áspera y sufrida, que era la forma en que se escogían las moquetas: que fuesen sufridas.

-¿Hoy hay película?

-Creo que sí-respondiste, mientras te revolvías en el suelo sin encontrar postura,  siempre has sido torpona y de difícil acomodo.

-A ver cuál es y si no acaba muy tarde. (La obsesión de las madres por la duración de las películas es algo digno de ser estudiado en alguna universidad del medio oeste americano. Pero esa es otra historia).

Cogiste el periódico para ver la programación de la tele, ese gesto que era tan habitual y hoy ya desaparecido. En la última página de un periódico de provincias, el que había en casi todos los hogares de  la ciudad de viento atlántico y casas apiñadas en la que vivías, leíste:

El amor después del mediodía, dentro del ciclo dedicado a Eric Rohmer.

-No entiendo por qué ponen siempre películas que no ha visto nadie. Bueno, podemos empezar a verla a ver si nos gusta y si no, nos vamos a la cama. Que se nos hace muy tarde.

Y allí os quedasteis, hasta el final. Tu madre dando vueltas y vueltas a aquella calceta eterna, más ochos y más largos, mientras Chloé en la pantalla iba tejiendo la vida de una chica parisina en un apartamento parisino con un amante parisino. Y ella, en un gesto que a ti, hipnotizada y sentada en el suelo te pareció extraordinariamente revolucionario, colgó de la puerta de ese apartamento parisino un cartelito con su nombre: “Chloé”.  Aquella vez dio igual todo lo demás. Era su nombre escrito en la puerta, mi espacio, mi vida, mis horarios, lo que quiero. Nombre y cuarto propio.

-Esta película me pareció rara, pero me gustó. El chico es un poco tonto, la chica es mucho más lista -dijo la madre, guardando la labor en una bolsita estrecha de plástico con publicidad de una zapatería.

-Es verdad, mamá. La chica es mucho más lista-dijiste, levantándote del suelo y apresurándote a recoger aquellos cables extraños que llevaban las teles mamotretos en zonas en las que se veía mal la segunda cadena de televisión.

-¿Y dice el periódico que es un ciclo? Pues a ver que nos ponen la próxima semana.

-Es un ciclo, sí. A ver qué ponen y si nos gusta tanto.

A la semana siguiente, con la calceta más avanzada y después de tomar manzanas de postre, vieron juntas La marquesa de O.  Como en el cine del director francés, todo son momentos. Incluso si son tediosos a veces. Porque la vida, observarla, es un trabajo que cansa.”

Por si a alguien le apetece ver algo de Rohmer, en filmin hay bastante a  precio muy razonable, es más, yo diría barato.

Yo escucharía a Aznavour para leer este post: por ejemplo;

Y si alguien tiene ganas de más, en Anagrama hay una edición de los Seis cuentos morales de Rohmer. Hay ejemplares en las bibliotecas. Vayan a su biblioteca pública, es suya y de todos. Y por mucho que le intenten convencer, usted  y las bibliotecas ya han pagado los derechos suficientes en sus impuestos en la adquisición del libro.

Hijos (7) : la geometría rara y las tartas de cereza

housewife

Vintage Housewife. Sin créditos, vía Penny T en Pinterest

Hay en el mundo  un afán exacerbado por la geometría. Vidas paralelas, triángulos amorosos, mundos cuadriculados.  Hay también el ansia por lo recíproco y por los espejos, por reconocer en el reflejo a  ese otro que era yo mismo desde una perspectiva impropia. Una construcción de autobiografías ajenas, de plagios personales, de usurpar los terrenos que  no son nuestros, pero en los que queremos plantar la bandera de nuestra conquista. La geometría asoma en las proyecciones que tenemos de otras vidas y que nos recuerdan ese patio trasero de la casa de la infancia, donde hemos tirado alguna vez un papel comprometedor o hemos, casi, volado una cometa. Donde aprendimos a patinar apretando los dientes para no sentirnos ridículos frente a otros.  O donde hemos visto volar, “ingrávidas y gentiles” las pompas de jabón que Berta y yo conseguíamos gigantes, después de robar el Mistol a mi madre en la cocina.  Patio de luces, le llaman también. Incluso, como cuando son, como casi siempre, oscuros y llenos de lluvia.

Todos pensamos que somos los únicos números raros de la tabla de multiplicar, esos que no te aprendes ni a la de tres o ni a la de cuatro. Los únicos que vamos al patio trasero de casa a pasear nuestras cosas, los que salimos ranas y echamos sapos por la boca, aquellos que no podemos dejar pasar la ocasión de manifestar nuestro descontento o de recibir el de los demás, el de los que deciden.  Las ovejas negras, los mirlos blancos, los raros. Unos, porque pasamos la vida pensando que no hemos cumplido las expectativas de otros. No hemos estudiado Derecho, por ejemplo, o hemos malgastado (sí, la palabra es fuerte) nuestro tiempo vital en empresas absurdas como hacer lo que nos daba la real gana o rindiéndonos al romanticismo de la república de las letras. O, también, que somos  menos  orgullosos, que agachamos más la cabeza, que los reproches- a veces muy envenenados- de los padres, no nos hieren cuando vamos a finalizar la cuarentena. Que volvemos a ser pequeños de nuevo y miramos cabizbajos el plato sopero, que colgamos airados el teléfono, incluso cuando hablamos desde un despacho al que hemos llegado después de mucho tiempo. ¿Por qué todo esto nos afecta tanto, a nosotros, adultos hechos y derechos, a los que ya no somos niños sin temor a primeros errores o primeras citas? Pensábamos, quizás, que aquellos títulos enmarcados en el comedor o en la consulta, aquellos con tu nombre en letras de molde y que expedía el rey de un país llamado España, era, en realidad, un salvoconducto hacia ese respeto por el que clamamos, hacia esa adultez que nos haría mirarnos de frente y de igual a igual frente a otros. O el hecho de que tener recibos de la luz a tu nombre, un buzón al que llegan requerimientos, una cuna que meces, te ayudarían en tales menesteres.

Y de repente, de nuevo la geometría: las espirales inesperadas, los círculos concéntricos. Intentas cuidar a quien te cuidó, arropar a quien tantas sábanas planchó para ti, aprendes de nuevo las rutinas de hogares que habías olvidado.  Pones en otro lugar algunos rencores, aparcas conversaciones en las que querrías dejar sentado, de una vez, lo que eres y cómo sientes. Lo que eres. Como si eso, solamente eso, fuese posible. Aunque esto, al menos hoy, es otra historia.

Veo una película a la que le sobra drama y le falta eso, película. En la que la presencia de la madre debilitada es un recuerdo terrible y hambriento de un ser implacable. Madres que desean moldear a sus hijas, hijas que sufrirán toda la vida el sarcasmo desdeñoso de quien las ha parido, pero que nunca se molestó en conocerlas. Nunca he entendido ese refrán “conocer a alguien como si lo hubieses parido”. La de destrozos que cometen esos supuestos lazos inapelables.  Madre que ejerce como la memoria infalible de todos los resbalones, de todos los fracasos, de todo lo que hubiese deseado para sí misma.  En “Agosto, reunirse alrededor de una mesa para comer es desatar  todas las furias, es establecer el catálogo de las imperfecciones, de las medias verdades, de lo oculto porque es un preciado tesoro, de lo sabido y maldito. Madres que permanecerán solas por haber exhibido su falsa autosuficiencia, su falta de empatía, su necesidad de apoyarse en la sordidez del pasado e imponerlo como una justificación ante sus hijos.  Que levantan un castillo sin puentes levadizos, que son las guardianas de su propia habitación de Barba Azul. Y ahí se terminan los cuentos.

La geometría está llena de formas duras, severas, casi altivas. Los trazos firmes de los cuadrados, la obligada imaginación de la que hay que echar mano para ver un gorro de payaso en un cono, los pentágonos de reminiscencias bélicas.  A veces queremos dibujar una línea entre ficciones y realidades,  encuadrar historias para que se parezcan a las nuestras, establecer simetrías con cualquier ficción que nos muestren. No me gusta la madre de “Agosto”.  No me gustan sus hijas atemorizadas y a la defensiva, no me gusta la crueldad de su discurso, el uso de la enfermedad como parapeto de una mal entendida franqueza. No puedo establecer ningún paralelismo, no tengo una  perspectiva empática, ninguna compasión por estos personajes tan dispares e histéricos, tan cargados de una infelicidad autoconstruida, que culpan a una enfermedad ajena de la causa de su cobardía y su falta de felicidad. Vayan a ver “Agosto” si esperan un exorcismo familiar, pero no  a lo Bergman, no son esos desayunos en los que se debate sobre el ser y la nada mascando cereales (suecos) a dos carrillos. Vayan, desde luego, si les gustan los guiones salpicados de ironía elaborada, de certeros momentos de comedia  amarga, pero donde, al menos para esta humilde espectadora, el mal sabor de boca es constante. Y donde todo es concéntrico y huidizo. Donde, vamos a decirlo, creo que hay poca verdad. Esa verdad necesaria para recorrer líneas paralelas, al menos para esta espectadora y lectora ausente.

Hijos, geometría, rarezas. Salirse del plano inclinado de la ficción y volver al mundo acotado de la realidad. Donde hay padres que no se parecen a los de mentira o madres que han sido una mezcla de mamma italiana y  altiva dueña de Downton Abbey.  Los que sí apoyaron locuras en forma de saltar sobre la cama un domingo o permitir que creyeras que Meteoro, el de los dibujos animados, era de verdad y podrías conocerlo, viviendo con él aventuras sin par. O padres ausentes, en fondo y en forma, que, como en esas sombrías novelas japonesas, son un referente velado en las silenciosas cenas en familia.  Niños que han pasado tardes de marzo jugando solos y que se tomaban ellos solos el Cola-Cao sin que nadie tuviese que insistir, simplemente, porque no había nadie para decírselo.

Yo no sé si aquí se descubren paralelismos, círculos concéntricos, o, incluso, triángulos amorosos.  Cada vez que hablamos de familias, de hijos, de padres y todo este mondongo me acuerdo de mi tía Tere y su fascinación por Michael Landon, el abnegado y cachondón padre de “La casa de la pradera”. Cualquiera que creciese en los 70 sabría lo que era escuchar en casa la cantinela de virtudes de este buen hombre, te llevaba a pensar que todas las madres de esa generación habrían estado secretamente enamoradas de este galán un poco redneck y de pelo rizado,  que lo mismo tocaba un violín que diseñaba una bota ortopédica para la niña cojita. Eso sí, reconocíamos siempre el incondicional apoyo de Caroline que, en medio de la nada, llevaba a esas dos niñas como dos pinceles a aquella escuela blanca y de campana cantarina, por no hablar de su extraordinario don de encontrar cerezas para una tarta cuando la nieve llegaba al nivel de las ventanas de la cabaña. Esto era lo que más nos exasperaba: ¿de dónde saca esta imbécil las cerezas? ¿Somos nosotros una familia disfuncional y problemática-empezaban a ponerse de moda los psicólogos-que no nos pasamos el día dando gracias por nada, que no nos abrazamos y sobeteamos tanto como estas familias de la pequeña pantalla? Qué raros, qué impares, qué secos.

Mi afán por la geometría hace que la escritura siempre se me vaya por la tangente.

Más sobre hijos en este blog: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.

Navegador de artículos