Anchoas y Tigretones

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La hermana de la Nancy

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Library. “Playing school: a print depicting sitting children, books, chairs, a bench, a doll and a green field.” The New York Public Library Digital Collections. 1890. http://digitalcollections.nypl.org/items/510d47db-c34b-a3d9-e040-e00a18064a99

Es verdad, ya nada es igual. No hay carreras por el pasillo, con el corazón desbocado y descalza, para llegar al árbol de Navidad del salón. Debajo, los Reyes habían dejado  un puzzle multicolor de papeles de regalo de colorines. Nunca me llamó la atención, de niña, que los regalos viniesen envueltos en papel de tiendas de Coruña, me parecía fascinante que se pudiese recorrer el mundo ida y vuelta en una noche, a lomos de camello. Lo que sí comprobaba era si les habían gustado los polvorones y los tres vasos de gaseosa Revoltosa (lo de que fuese sin alcohol,era cosa de mi madre, imagino) que les habíamos puesto en una bandeja con un mantelito de flores. En aquel cómodo y limitado mundo, ese que se dibuja entre la fantasía y la credulidad, me parecía maravilloso que se comiesen turrón o cualquier larpeirada en todas las casas que visitaban, por no hablar de las copas que debían calzarse (en la mía no, solamente gaseosa, como he dicho). En la infancia, la verosimilitud es inexistente o supeditada siempre a las necesidades de la narración: la fantasía manda, por supuesto. Y se acomoda con calzador, faltaría más. Cuando, en los días anteriores al seis, yo preguntaba: “¿Pero y si no les da tiempo, y si aquí no llegan? ¡Tienen que ir a muchos sitios!”, con, imagino, ojos inmensos de angustia y preocupación; mi madre siempre respondía, serena y tajante: “No habrá problema. Son magos”. Y aquella respuesta me tranquilizaba quizá solamente un día entero, mientras repasaba la copia de la carta que había escrito esforzadamente, primero a lápiz y luego a boli, teniendo que cumplir el ritual de entregarla en aquel enorme rey mago de madera que tenían en la juguetería Freijido, al final de la calle Real. Recuerdo cómo me picaba la bufanda blanca con pompones, a mi padre llevándome de la mano y alentarme para dejar la carta en el cofre que sostenían aquellos brazos rígidos y extendidos de un rey mentiroso.  Yo, mentalmente, con una horrible falta de empatía, seguía pidiendo la Lesly -hermana de la Nancy a pesar de la conversación – ¡larguísima!- con mi madre que había intentado, sin éxito, quitármela de la cabeza: “Pero si ya está Nancy, para qué Lesly”. Imagino a mi pobre madre haciendo cuentas mentales, sopesando pros y contras de dar un capricho o educar un poco en la frustración, pensando en si me gustaría aquel juego educativo que estaba cuidadosamente escondido en algún recóndito armario.  Leer más…

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Buzones

El bueno de Forrest Gump esperando su correspondencia. Fotograma de la película, pulsa en la imagen para llegar a fuente.

 

 

El paso del tiempo es cada vez más extraño a agendas y organizaciones. Mi tiempo, el tiempo que vivo, lo mido más por detalles absurdos como ese recibo que acabo de encontrar en el bolsillo de un abrigo. Yo era esa persona que, hace más de un  año, compró en un supermercado cervezas y jamón, Fairy, papel de cocina, huevos, una lechuga. Sociología aficionada aparte- y enlaces proustianos también- puedo aterrizar de forma más o menos nebulosa en aquel día o aquella época, en recordar que en aquel mes de noviembre yo esperaba una llamada que se produjo al final de diciembre, que viajé a otro país donde observé con alegría la nieve amontonada en los bordes de las aceras. Me sigue sorprendiendo la capacidad de algunos objetos para ejercer el papel de notarios no invitados a la fiesta, pero qué se le va a hacer: soy reina del “por si acaso” y guardo de todo, me asaltan de vez en cuando estos tigres del pasado y tampoco hay que darle muchas vueltas. Yo comenzaba hablando de lo poco firmes y absurdas que son algunas medidas, como las del tiempo. Según avanzamos en vida, todo va volando y se concentra en detalles minúsculos como un ticket de un supermercado un día de noviembre.

Antes, y cuando digo “antes” hago referencia a un arco temporal borroso, la Navidad no eran días 24 y 25. La Navidad comenzaba escogiendo “crismas” en una papelería del centro de la ciudad. Todo aquel espacio adaptado, donde colgaban los angelitos y pastorcitos de Ferrándiz numerados y etiquetados, era el pistoletazo de salida: calculabas cuánto tardaría aquel “crismas” en llegar a su destino, enumerando toda aquella pléyade de primos, tíos, familia lejana y cercana a las que enviarías una ternura empaquetada y algo cursi, pero que era convención de la época. Escribir y enviar era toda una ceremonia, incluso cuando no mediaba Correos por medio: mi expectación al llegar al colegio en el autobús y esperar encontrarme, como sí sucedía, alguna postal en mi pupitre, cómo alguien se te acercaba en el recreo para dártela en persona. La ilusión de la espera, la incertidumbre sobre quién y quién no te las enviaría. Yo hacía algo de trampa: siempre era de las primeras en enviar y esperaba la legítima reciprocidad, también que alguien que no esperaba se acercase a mí con un deseo de nueva amistad, como una tarjeta de visita de otro tiempo. No sé en qué momento dejamos de enviar las tarjetas de Navidad: imagino que era mucho más fácil, barato y rápido dar los buenos deseos de forma apresurada, darse la vuelta y alejarse en unas vacaciones que ya apuntaban maneras de adolescencia y portazos. Todo pasaba muy rápido ya y el día 7 solo querías meterte debajo de un edredón con tu walkman y cualquier disco de The Smiths. Pero en casa de los padres, como insultantes recuerdos de otros momentos, seguían acumulándose durante el mes de diciembre los tarjetones con patinadores y abetos luminosos gigantes,  renos con señores gordos sonrientes en trineos y rubicundos Niños Jesuses desnudos con nieve de ocho metros al lado. Claro, cuando empiezas a tener esta percepción y haces esta lectura, ya estás a punto de estallar en acné y mala leche constante, a punto de cruzar el umbral de un cinismo estudiado. Afortunadamente, como las gripes, se te pasa con un par de tortazos de la vida y también con tiempo.  Ese que es ahora tan difícil de atrapar. Leer más…

Aznavour

Photo by Edu Grande on Unsplash

Para Fran

Qué ajeno ha vivido Aznavour a saber cómo marcó parte de mi vida y la de algunos más. Siempre me he preguntado cómo será convivir con el éxito sabiendo, muy de lejos, y sin saber, muy de cerca, que has cambiado la vida de alguien, que tus palabras- tus letras y melodías- han podido estar en momentos tan definitivos de la vida de otros. Cómo puede saber alguien que, por ejemplo, para una niña era difícil ahorrar el precio de un disco doble para regalárselo a su padre en el día de San José. Cómo saber, del mismo modo, que aquel disco giró y dio vueltas casi hasta el infinito, que aprendimos de memoria (e imitábamos el acento francés con gggrrr) que Venecia ya no era igual, que Isabel era algo díscola y lejana, que alguien amaría de forma desesperada o que el París tristemente dominical había perdido el encanto bohemio, sustituido el cuarto del artista por un café-bar “y arriba una pensión”. La música es siempre una patria duradera: te la llevas dondequiera que vas, en tu recuerdo y en el de otros. Silbamos canciones, las canturreamos mientras conducimos o vamos al supermercado, cuando caminamos de prisa y apurando el paso entre la gente, cuando desayunas en familia o a la mañana siguiente de haber despertado la piel de alguien. Se te queda dentro, es un pasaporte que jamás caduca. Aznavour estuvo siempre: en mis dieciséis años mi padre me despertó poniendo aquel viejo vinilo que yo le había regalado años antes, el famoso disco doble “del armenio”. Me encantaba la cadencia de la voz de Aznavour cantando en español “Tus dieciséis años” . Luego vinieron años distintos, otras canciones y al vinilo lo sustituyó un moderno cd que compré en un viaje a Madrid y que también fue un regalo de día del padre. Mientras mi madre era de Montand y de Mari Trini, mi padre y yo teníamos un cariño especial a este señor de rostro algo imposible (eso si, las ojeras de Montand, ñamñam).

La muerte de alguien a quien no conoces, por muy famoso que sea, por muy conocida y popular, se convierte siempre en algo banal en el momento en que compartes la noticia en redes sociales. Quizá sea cierto que nos convertimos en plañideras virtuales e incluso nos sentimos mal si no participamos de los aspavientos colectivos: es posible que haya un efecto dominó. Un lamento de hoy es el olvido de mañana. Pero también es verdad, entrando casi en abierta contradicción con lo anterior, que cuando muere alguien que estuvo (y digo bien: estuvo) en tu álbum de recuerdos, una siente que le arrebatan patrimonio. O, quizá, también nos entristece que nuestro contexto, aquel que parecía tan sólido, aquellos anclajes tan firmes, sean referentes irremediablemente efímeros y  que serán, con toda seguridad, sustituidos por otros. Y ya está, quizá no haya que darle más vueltas y asumir que somos y seremos formas de olvido, perdurables solo en la memoria débil de algunos.  Se va Aretha Franklin, se fue Bowie, se va todo dios y repetimos siempre lo mismo: “Joder, vaya año”. ¿Vaya año? Saquemos cinismo y barejemos cartas para decir lo siguiente:  todo esto tan apocalíptico, queridas,  podría resumirse de forma mucho más breve y más prosaica. Lo que pasa, sencillamente, es que vamos haciéndonos mayores y los equipajes se aligeran. Pero esto no importa: hoy, aunque solamente sea por todo aquello en lo que Aznavour participó sin saberlo de mi vida y memoria, me pongo enterito el disco doble, canto a alarido limpio mi imitación de su acento francés y me bebo mi particular homenaje. Ese que cada una tiene que escribirse a sí misma cada día.

Más sobre las músicas de nuestras vidas, en este post: Te grabé una cinta.

Libero Marsell

Sin título y sin créditos. Ojalá fuese el joven Libero Marsell mirando hacia su futuro, pero me temo que no. 🙂 Pulsa en la imagen para fuente.

 

 

Pocas cosas hacen asomar mi lado más arácnido que el hecho de que me pregunten si me identifico con algún personaje de una obra literaria. Entendámonos: todas jugamos a vestirnos de ropajes de ficción y de ser otra u otro. En ese carnaval inventado escogemos los rasgos más románticos y cool de un personaje, precisamente porque sabemos que no podemos extrapolarlo a la realidad. Qué duda cabe que ante la ficción y la vida una elegirá siempre la vida, especialmente porque no sería nada recomendable- si apreciamos en algo nuestra supervivencia- ser el pirata de Espronceda, la Tess d’Auberville, el Pijoaparte o Sal Paradise : gran parte del atractivo de escoger y jugar es que rompemos la baraja, nos ponemos el traje gris de cotidianidad y cerramos el libro. Y, punto y aparte, hasta otro alter ego en otro momento.

Toda esta falsa teoría- que de cierta solamente tiene que es un error confundir literatura y vida, autor y personaje, escritora y autobiografía- se me viene un poco abajo con las llamadas bildungsroman o novelas de aprendizaje. Ahí se me va todo al garete, amigas: Stephen Dedalus, Lázaro de Tormes o la Nan de El lustre de la perla, Holden Caulfield, Pip de la Forja, Daniel el Mochuelo, sabed que soy vuestra escudera. Lo soy o lo era, quizá, porque os vais por el sumidero con Libero Marsel, qué le vamos a hacer si siempre somos más del último que llega. Qué jodido y raro es enamorarse de un personaje tanto: ese amor que va por encima de enjuiciar o de sentir su moralidad como propia, de aprobar o reír sus cuitas y desventuras, de perdonar, incluso, sus barbaridades. De sentir cómo le adviertes (“No, Libero, no, eso te va a hacer sufrir”) o de aplaudir su contenido lirismo. Ay, Libero, que tanto has aprendido de las mujeres que te harás sin querer una lectura feminista de la vida sin darte cuenta. Libero, Libero: que menos mal que nos tienes, hijo, menos mal.

Leo Actos obscenos en lugar privado cautivada sobre todo por su título y asisto a una muy mejorada educación sentimental, una reubicación en el mundo de un joven que crece y se  hace  entre Milano y París, con la sensualidad y el sexo-variables casi siempre parejas,casi siempre distintas- como telón de fondo, tanto de esa necesidad de encontrar su lugar en el mundo como del saber realmente quién es. Y lo hará por caminos que serán familiares para quien lea. ¿Por qué?  Pues porque gran parte de la cartografía de esta novela es una llamada a la imaginación colectiva, unas imágenes vibrantes y magnificadas que tienen aquí trasunto de paisaje narrativo y que aluden a muchos de los lugares comunes de la época:  si Libero vive en el París de finales de los 70 pues irá a Deux Magots. y se sentará en el lugar donde se sentaba Camus, justo porque acaba de leer El extranjero y está tan sumamente fascinado por esa lectura como lo estamos todas ante un primer descubrimiento literario. Pero Camus ya ha fallecido y en su lugar conocerá a otro hombre que también tiene mucho que ver con la frialdad de vivir, que es Sartre. Libero leerá, aprenderá mucho de los libros y de su trabajo en uno de los bares más literarios del imaginario colectivo occidental, de su habilidad para formar tertulias, de la universidad y de las mujeres que lo rodearán en esa época, auténtico centro de la novela y auténticos pilares de esta historia o, quizá, de todas las historias.  Libero redescubrirá a su padre, en la distancia y la ausencia (ay, el duelo, la orfandad cuando aún no eres un hombre, cuando no eres adulta ni nada), encontrará el ansiado y omnipresente sexo, volverá a Milán tras una ruptura demoledora. Y Milán, con su luminosa, helada y señorial majestuosidad, le guiará hasta  el adulto que está ya agazapado en el petit Libero que ha salido de París: el que descubrirá más y mejores formas de amor, menos literarias, más reales. Será el que irá en motocicleta con su amigo Lorenzo y un chucho con nombre y apellidos (si tengo un perro le pienso poner Palmiro Togliatti, que lo sepáis), el que olvidará a tantas mujeres como muescas hará en la barra de la taberna de Giorgio, el que perderá mucho para encontrar a aquella a la que amará, la que hará que dé un vuelco a aquello en lo que trabaja para encontrar su verdadera vocación. Pero antes, para llegar a eso y fuera de los juegos y azares extraños del amor, follar, lo que se dice follar, Libero follará muchísimo, pero no es excesivamente importante aunque ocupe tantas páginas, tanta reflexión, tantas expectativas y tanta espera. Habrá mujeres  a lo largo de todo el camino que, casi, podrían ser una, pero serán dos y(o quizá finalmente tres):  una madre que lo conduce hacia una vida no buscada, pero a la que acabará conquistando, entendiendo y queriendo cada vez más y, también, la bella y esquiva bibliotecaria Marie.  Si existe en esta novela  un personaje con el que el riesgo de caer en esa empatía que siempre señalan las reseñas cutres (y que, como he dicho, despierta mi lado más arácnido) es Marie. Marie, joven bibliotecaria, culta e independiente, a la que siempre imagino entre vahos existencialistas y discusiones con boinita calada y camiseta de rayas. Marie, la libre, la deseada y de nadie Marie. Porque lo que aprende también Libero es que, para muchas mujeres, el problema no es encontrar el amor, es que el amor te encuentre a ti: que los hombres con los que compartir la vida sean capaces de ver algo más que un perfil de sensualidad desbordante. Que no suceda, que no te conformes,  hace que siempre una se decepcione, aunque se vuelva a intentar, quién sabe.

Actos obscenos en lugar privado es, claro está, una novela de construcción. Construcción a través de las lecturas, del cine : desde Milan Kundera a Dino Buzzati, pasando por Malamud; de los salvajes alaridos de La chaqueta metálica  a la belleza melancólica y trágica de Una giornata particolare, con el hermoso Mastroianni regando las macetas. Pasear por esta novela es hacerlo por el bosque  cultural, incompleto y ambiguo ¡tan plagado de fantásticas incoherencias! de nuestras primeras épocas de voracidad lectora y cinéfila, de ese mundo que te quieres comer verso a verso y que podrá comerte en cualquier momento. Ese mundo de “pisábamos los charcos, tan lejos estabas” que cantaron alguna vez, y para mí, Golpes Bajos. Pero, claro, llevar la música y la literatura al terreno de lo propio es convertirse en un lector excesivamente permisivo. Algo, como en el título de esta novela, particularmente obsceno.

Bonus Track

Os dejo una entrevista con Marco Missiroli y si os queda la chaqueta de punto como a él  podéis dejar un comentario, gracias. Si no, también podéis dejar un comentario, gracias.

Atti osceni in luogo privato está editada por Feltrinelli . La traducción al español la hizo Carlos Gumpert para Salamandra y es magnífica.

 

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