Anchoas y Tigretones

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Tarjetas de visita

1960s Two Women Sitting Together Gossiping Under Hairdresser Hair Dryer

Creo que ya lo he contado, pero las teclas dormidas y las tardes de domingo son para repetir historias. Hace tiempo, en esa tarea que ojalá nunca debiésemos hacer, vaciando cajones ajenos para dar paso a un nuevo momento en la vida, empaquetando o tirando sabe qué a la basura, eencontré una pequeña cajita con el logo de una imprenta. Dentro, aquellas tarjetas de visita que hoy ni son casi un recuerdo. Las tarjetas eran del año 66, lo deduje por el texto, y en impecable letra inglesa los nombres de mis padres, la dirección y teléfono, sin código postal ni prefijo, eran los años sin códigos postales ni prefijos, sin terapias contra la soledad porque todo brillaba menos porque, quizá y tan solo quizá, se necesitase menos porque había mucho menos. Aquellas tarjetas tenían esa melancolía anidada que desprenden los objetos fuera de su espacio y de su tiempo, esos objetos que quieren abandonar una orfandad acumulada y lanzarse a nuestros brazos. Los nombres de mis padres, la dirección en la que yo viví tantos años-donde subí escaleras llegando tarde o con un mediocre boletín de notas, donde guardé tabaco en un agujero del pasamanos aunque eso ya es otra historia- eran ajenos a mí porque yo, sencillamente ahí no existía. Y debajo, la leyenda hermosa por antigua y rara: «ofrecen a vd. su casa». Imagino su ilusión volviendo, recién casados de la imprenta, viendo a través del plástico transparente de aquella caja sus nombres normales investidos de la solemnidad que dan las publicaciones, sean como sean, estén donde estén. Quienes serían esos «ustedes «, habrían tomado café en unas tazas que guardo ahora empaquetadas, admirado las fotografías en marcos recién estrenados, la impoluta limpieza de la moqueta, las plantas trepadoras de la galería. Qué violento es el tiempo sobre los objetos y sus recuerdos inventados.

Las tarjetas de visita eran un anclaje algo mentiroso al mundo. Zanjaban en una línea quién eras, dónde vivías, a qué te dedicabas. No tenía una tarjeta quien no tuviese algo que ofrecer, fuese casa, un servicio laboral, una amistad algo tímida, un puente entre soledades. Las echo de menos, tuve unas de juguete de niña y las agoté en ese propio cumpleaños, pisoteadas en el suelo con restos de serpentina y confetti, aunque quizá confunda el fin de año con el cumpleaños, que casi es lo mismo. Una fantasía infantil era la impostura de inventarse una ocupación para ponerla en aquellas tarjetas color de rosa. Los viejos chistes de ser modelo y actriz no habían aún cuajado en las presentaciones, pero yo, que quería ser monja e indio de mayor (profesiones bastante complementarias por otro lado), nunca encontré una palabra que definiese mi dispersión. Yo era un poco profesora, aspirante a escritora y astronauta, me imaginaba la mar de mona en un laboratorio rodeada de probetas, jamás en un hospital, eso nunca. Pero también plantando cosas- utilizo la palabra «cosas» on purpose, no he tenido aldea y sé poco de sachar y plantar- parando al mediodía para descansar y darme al descanso o a la oración (Jesuitinas made me, u know) como en el cuadro de Millet. Pensaba también en ser conferenciante, catedrática, taxista (esto me duró mucho tiempo), amiga del panadero de Barrio Sésamo (era una profesión, no hacían nada, pero estaban) y un millón de cosas más. Si las pulsiones infantiles sobreviven un poco, quizá ese sea el motivo de ser dispersa, de que me interesen muchas cosas pero sea poco ducha en casi todo. Esa idea de probar- del lettering al club de teatro, del bordado a la meditación- se complica precisamente en el marco de actividades pretendidamente abiertas. Ojo, que cada vez que veo una actividad que me apetece me pregunto cuánto van a tardar en preguntarme qué hace una bibliotecaria allí: desde gestión cultural a redes sociales, la sonrisita sardónica que no falte, claro. Prescindiendo del viejo estereotipo que, personalmente, me la sopla- igual que el sacar pecho con listados de películas donde salen bibliotecas, la constante disposición al agravio de una profesión minorizada y, sobre todo, el orgullo librarian que es bastante vaya por Dios- ser bibliotecaria, y no cualquier otra cosa, es casi seguro recibir una mezcla entre extrañeza, lástima y falsa solidaridad (a no ser que manejen referentes de cultura pulp, en cuyo caso les perdono todo).

Pero en realidad yo venía a hablar de otra cosa, además de nostalgias y cajas recién encontrades. Existen en todas las comunidades, grandes o pequeñas, pero fundamentalmente en las pequeñas, los y las repartidores de carnets de legitimidad. A mí una escritora local, subrayo el adjetivo, me preguntó que qué hacía yo en la presentación de un libro. Imagino que lo mismo que ella, o quizá no exactamente: el hecho de que te la sople completamente hacer la pelota te da la libertad de ir a donde te dé la gana. A mi querida P., una señora algo paleta y seguramente con un ego inaudito e innecesario, le recriminó estar en un jurado porque «quién eres tú para estar aquí». Una persona que me pidió ayuda para difundir un librito me pidió que destacase algún aspecto de mi trayectoria, porque no la entendía (WTF!) y «tenemos que poner algo en la nota que enviaremos a la prensa». El «¿y tú que haces aquí?», primo hermano del «¿Y tú de quién vienes siendo?» es una constante en el mundo cultureta revenido, pero también en algunos bares con filtro de modernez, en espacios ya domesticados por élites endógenas y displicentes que son, a fin de cuentas, lo que son las élites. La idea de que una pertenece a un cardume, a un ecosistema cerrado, es bastante provinciano y excluyente. La frase ahí es muchas veces «Pero, cómo no vas a conocer a Menganito». Pues llevo 55 años sin conocerlo y tampoco me ha ido tan mal, mulleriña. Porque ya hablamos de los síndromes de la impostora, pero poco de las impulsoras del síndrome.

Por eso, casi miro y acaricio con nostalgia estas tarjetas de visita que he rescatado. No pretendían ser nada más que cortesía, un modo bonito y algo historiado de situarse en el mundo. La diferencia es que tú las creabas y tú las repartías a quien te parecía, nadie las cuestionaba, eran un agradecimiento y una invitación. Que alguien reparta esos carnets de legitimidad de los que hablaba antes, no es más que un favor para ahorrarte la terapia o el venirte abajo como posible impostora: decid que sí. Cada vez que os ofrezcan algo, presentar un libro, participar en un foro, en un debate, decid que sí. Porque, por supuesto, siempre habrá quien lo pueda hacer mejor, a quien no le gustes tú ni tu pelo azul ni que sepas más o menos del tema. Incluso, y es muy posible, que lo hagas rematadamente mal, vaya como el orto: no pasa nada, no te has tatuado una falta de ortografía en la cara ni has matado a Kennedy. Lo importante es no ceder milímetros ante quien quiere quitarnos, porque sí, todo el espacio: pasar de todo eso es la mejor tarjeta de visita.

Leo/veo/escucho

Leed Literary World de Posy Simmonds, ahora que lo han traducido al español. Es estupenda la casi hagiografía, pero llena de salseo del bueno, Carmen Balcells, traficante de palabras de Carme Riera. Leed también Cauterio de Lucía Lijtmaer y Los sentimientos del príncipe Carlos de Liv Stromqvist. Y cómo no: esa fantasía maravillosa que es Cocido y violonchelo de Mercedes Cebrián. Esperan muchas cosas en la mesilla, pero vamos lentas últimamente.

He visto dos series que me han gustado mucho, por razones diferentes. Una es A sort of, donde encuentro el que creo que es el personaje que más me ha interesado en una serie en mucho tiempo: Sabi Mehboob, paquistaní-canadiense, de género fluido que lidia con convenciones, libertad y la responsabilidad de ser el único interlocutor de los niños a los que cuida. Ojalá una segunda temporada pronto: mitiquísima la conversación en el desayuno con su amiga trans. Está en Movistar. La otra es Single drunk female (traducida, madre mía, como Vaya tela, Sam!). El recorrido por la neosobriedad, la vuelta a vivir con una madre (que es Ally Sheedy, la freak de El club de los cinco) a tu pequeña ciudad porque, borracha como una cuba, has agredido a tu jefe en una revista de modernitos pija, por lo que, como es natural, te despiden. Está en Disney.

En podcasts, sigo recomendando los que ya recomendé hace tiempo : en Reina del grito, me encantaron las conversaciones con Laura Fernández y Bárbara Lennie. Me gustó mucho el episodio «Rompiendo tabús y prejuicios»que llevaron Lucía Lijtmaer e Isa Calderón en Otra españolada, ya que, entre otras cosas, hablan de dos de mis películas fav en el mundo, que son El desencanto (guiño guiño a Dama de Sorrento) y Función de noche. Y, claro, mis queridas Hijas de Felipe con sus barrocos estigmas y genuflexiones, sus monjas salidorras, Juan Rana y una petición que les hago desde aquí: por favor, un episodio dedicado a Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana.

Y no paro de escuchar a Rosalía ni a Natalia Lacunza.

Memorabilia

«Musei Wormiani Historia», tFrontis del  from the Museum Wormianum que representa el gabinete de curiosidades de Ole Worm
Wellcome Collection gallery (2018-03-31): https://wellcomecollection.org/works/mzvgyzbt CC-BY-4.0

La vida de una persona, y hablo con rotundidad porque ya tengo una «atalaya respetable desde la que contemplar el devenir» tiene hitos gloriosos, trágicos, incoherentes, aventureros, injustos y despiadados, banales y excitantes, divertidos, todo lo que queráis. Pero hay uno, que en mi caso se ha repetido varias veces, que conjuga todo lo anterior y es la mudanza. No hablo únicamente del hecho de que todo aquello que parece caber en cuatro cajas de Gadis es geomética y matemáticamente imposible que así suceda cuando empezamos a llenarlas. Llenar cajas es un cruce entre Sísifo y Prometeo, una delgada línea roja entre la locura y la sensatez, entre la imposible idea (para mí) de deshacerme de todo y vivir a lo minimal y la asunción, cabizbaja y humillada, de que guardo todo tipo de recuedos, objetos, inutilidades que forman parte de mí y se vienen a donde yo vaya dentro del caparazón de caracol. Que luego me horrorice cargar con recortes de artículos de prensa (!), con postales viejas y cartas como signos de otra época, con cajas de posavasos y bolígrafos que ya no pintan, pero que cogí en hoteles en los que fui feliz un fin de semana, con servilletas donde hicimos dibujos, con pequeños apuntes y notas de algún teléfono que daba igual apuntarlo porque no iba a olvidarlo en la vida, eso, digo, es parte de la incoherencia que generan los buenos propósitos, esas manchas en una agenda por estrenar, tan impoluta que da miedo en su blancura. Me he llevado, en sucesivos cambios de casa, un paraguas que nunca abrió bien pero que lleva en casa toda la vida y no voy a abandonarlo, esas tazas preciosas para té a mí que no me gusta el té, una bufanda llena de enganches que me ponía en inviernos de Compostela, unas sombrillas hawaianas para un cóctel que tomé en mis años angelinos, sintiéndome sofisticada y cool, antes de comprender que ser sofisticado y cool no tenía nada que ver con tomar cócteles con sombrillas hawaianas en miniatura. Todo esto, que hay que abandonar alguna vez por el bien de nuestras espaldas y porque no nos alcanza la vida para contener tanta melancolía, es un mantra que no se cumple y del que ya he hablado por aquí. Quizá los objetos de los que nos deshacemos, y también aquellos que conservamos, formen parte de un orden paralelo de las cosas, de una especie de poética absurda que los relaciona entre sí. Como en las etiquetas que ponemos en las redes sociales, en las localizaciones que usamos, todo va alineándose y mostrando una similitud de espacios pero no de personajes, de extrañezas increíbles de personas y acontecimientos: si pulso sobre un lugar en el que estuve me devuelven imágenes sin fin de personas desconocidas, sonrientes o en actitudes para mí desconcertantes, todo eso está dentro de una etiqueta somera en una red social, mil mundos en un solo lugar, desconocidas las unas para las otras. Esta hermandad en lo desconocido me provoca algo de angustia y también de habitar quizá un espacio y tiempo inadecuados, de ser una especie de recorte de corta y pega en un paisaje acartonado. No sé si pertenecemos a los lugares o somos, quizá, una creación de nosotros en esos lugares, en cualquier caso, da lo mismo: seguiremos pensando que ser parte de ese lugar y ese momento no nos hace esencialmente únicos, no nos nombra. Pero esa es otra historia y yo vengo a hablar de memorabilia.

La definición de memorabilia es algo vaga, por eso me gusta. Puede referirse a esas colecciones de objetos relacionados con alguien, sea esto coleccionismo fan o simplemente fetichismo. La memorabilia pueden ser esos souvenirs espantosos que se venden en las calles de las ciudades con casco histórico bellísimo y tiendas de recuerdos horripilantes, es casi un binomio sin disociación posible. Pero la memorabilia es también, o quizá yo me lo invento porque tengo mucha fe en mi capacidad neologista, ese afán de crear el propio recuerdo, de dotarlo de significado, de registrarlo de un modo breve, sin que tenga un cartel de algún lugar. Hay olores y sabores de infancia, vaya por Dios, que siempre hay que hablar de la puta magdalena. Pero también hay olor a lejía y garrapiñadas, a la colonia Atkinsons de mi padre y al betún de los zapatos que se limpiaban los domingos. En lo doméstico hay una construcción personal y algo poética del recuerdo; otras, las fijamos nosotros porque sí. Decía María Cousillas el otro día que cada vez que comprásemos un libro,tendríamos que registrar dónde lo hicimos, con quién estábamos, una cápsula de memoria de aquel día en aquel lugar. Asentí con cierta complicidad, pero lo cierto es que dejé de hacerlo hace tiempo. Fui a las revueltas estanterías y empecé a buscar. Sí, en 2002 compré El sueño más dulce, de Doris Lessing en Follas Novas, Compostela. Y debajo añadí: «Estoy con Jorge Domonte». Y me había olvidado de aquel día, era junio también, en que paseamos por el campus sur hablando de amores imposibles y de pianistas favoritos. Puedo recordar la luz preciosa delante de la Facultad de Químicas, la voz pausada de Jorge en aquella conversación, fue desenredar un hilo de forma sencilla. Busqué más y siempre encontré pautas que me hicieron reencontrarme con viejas hojas de calendario: las cartas de Silvia Plath a su madre que compré en un catálogo de librería de segunda mano, por correspondencia y que me entregaron en Iria Flavia,donde yo trabajaba entonces. Fue en 1996, un día de otoño. Aquellas cartas me acompañaron en mis solitarias comidas al mediodía y volaron a otras manos antes de volver a casa. Compré un libro sobre Girlzzzz en comic en la librería de la Secession de Viena que registré al momento, tanta ilusión me hacía comprar allí un libro que desconocía: From girls to grlzz ; un un tebeo de Dylan Dog en Bologna (apunté que el librero me alabó el gusto, un señor muy encorvadito que envolvió los libros pulcramente) y un calendario irreverente y divertido que, desde la estantería de mi casa en Montealto, me recuerda una sofocante tarde de julio en Nueva York, muerta de risa con Virginia, espiando a un librero guapísimo entre las baldas de Strand Bookstore, la madre de todas las librerías. Otras memorabilia en libros me recordaron a quien ya no está- ¡existen tantas formas de no estar!- pero que me acompañaron días de lluvia o de invierno (mis favoritos para comprar y regalar libros) en otras ciudades, asi en otras vidas. Pepa, Carlos, Toño, fuisteis escuderos en aquellos días apresurados.

He vuelto a crear memorabilia de libro: cuando llega a mí, a veces regalado, me sirve también para prolongar el momento de sorpresa. Hay que poner siempre quién nos lo regala, dónde estábamos, buscar un bolígrafo rápidamente para, como Perec, ejercer una tentativa de agotar un espacio, un momento en la vida que puede ser descongelado más adelante. Y, sobre todo, servir como llamadas de atención hacia el futuro, como pequeños post-it qu nos ayuden a dejar la melancolía en su sitio, domesticada y formal, sin desbocarse, que ni de coña los tiempos pasados fueron mejores. La memorabilia es, para mí, el cambio de mi caligrafía a lo largo de los años, pero lo es también la recopilación de las ajenas. Libros dedicados por quienes los escribieron, en la prosa apurada y reglamentaria de la Feria del Libro, otras veces con la temblona letra que nos dan las cervezas, cuando te hacen un regalo de cumpleaños para marcar el futuro. Pienso, también, que un cuaderno digital es una forma algo rara de memorabilia, porque no todo puede, ni debe, guardarse en estanterías. Hay cosas que para siempre te llevas puestas.

Leo:

Quemar libros: una destrucción deliberada del conocimiento de Richard Ovenden (Crítica, 2021) De por qué la apropiación de bibliotecas como botín, la quema de libros y el borrado de identidad siguen siendo, a día de hoy, vigentes. Ovenden es, entre otras muchas cosas, director de la Bodleian de Oxford.

As malas mulleres de Marilar Aleixandre (Galaxia, 2021). Concepción Arenal y Juana de Vega eran amigas y se reunían en el 56 de la calle Real, lugar que conozco muy bien. En esa amistad, en esas reuniones, surge el interés de dignificar la vida de las presas de la Galera, cárcel de mujeres de Coruña. Y, sobre todo, conocer sus historias y comprender que la pobreza es siempre una pauta de vulnerabilidad ante la justicia.

Veo:

Halston en Netflix. Excéntrico y egocéntrico, creador genial y vanidoso insufrible. Gasta en orquídeas porque las necesita y en coca porque le gusta. Solo por ver a Ewan Mc Gregor y la recreación de los locos años de Studio 54 vale la pena.

Escucho:

Muchos podcasts. Necesito conversaciones y ahora se van de vacaciones Estirando el chicle, pero sigo con los de Radio3 y Radio Nacional (Café del sur, Efecto Doppler, La estación azul…)

Marginalia (2)

Señoras agotadas tras un año de mudanza al seguir apareciendo cosas raras en cualquier sitio

Es extraño cómo funciona la memoria. Si tuviese que escoger una imagen sería la de un caleidoscopio lleno de casualidades, ajena a esas leyes de la lógica a las que otorgamos mucha más importancia de la que tienen. La memoria también engaña y avanza, se mezcla con el recuerdo y aquello que proyectamos. Voy por la calle pensando en los ojos de un chico al que sostuve la mirada alguna vez y me lo encuentro de frente; pienso en aquella canción que cantamos por las ventanillas de un coche destartalado aquel verano en Tenerife, siendo piel, arena y salitre, y suena en la radio de la cocina de mi casa de un barrio atlántico, rodeado de invierno. Las casualidades son muchas veces luces amarillentas de la imaginación. Estaban ahí, solo tenías que hacer clic. Hay cruces de caminos y otras vidas aguardando en cualquier sitio, pero esa es ya otra historia.

La memoria es también una cabrona agazapada. Aparece a la mínima en objetos que poco dan o poco valen, que fueron en un momento que ya está muy lejos. He recuperado entradas de cine casi hechas pedazos al salir de la lavadora, incrustadas en arrugas pertinaces de algún bolsillo. Otras veces un ticket del supermercado me recuerda la primera cena que hicimos tras el confinamiento, qué esperanzada compraba yo queso cheddar y paté, atendida por la señorita Mayte. La mujer que salía del súper en el mes de mayo es la misma que ha tirado a la basura, furiosa, una fotocopia casi amarilla de un poema de Walt Whitman que manoseamos tanto, a partir de sentirnos poetas muertos en un club, que su sola mención es causa de cuñadez sin remedio. Me acuerdo de cuando me trajiste aquella fotocopia a la biblioteca de Filoloxía en Mazarelos, pensando que, quizá, nuestros futuros alumnos nos salvasen de la irrelevancia. Era el año que cayó el muro de Berlín, de aguardar cartas americanas para becas y todo era posible, incluso nuestro entusiasmo por el futuro. No sé cómo ha sobrevivido a más de seis mudanzas esa fotocopia. Ha estado, quizá, guardada en algún libro, un pobre libro compañero que no he abierto en todos estos años, un libro que gritaba ese recuerdo desde varias estanterías, algunas derrumbadas y en contenedores de muebles viejos. Yo tiré esa fotocopia porque, a pesar de vivir en una nostalgia de señora dandy impostada, también tengo mis ataques de cinismo y hay algunos días atroces en el calendario en el que me posee la lucha contra esa sentimentalidad que provocan los hallazgos, contra el nudo en el estómago del fetichismo del pasado. Arramplo con todo y lo tiro, deseando que desaparezca por un sumidero en el que irían bandas sonoras comunes, lugares que se han contaminado por historias terminadas, momentos de la vida ante los que a veces sonríes de forma displicente. Esa sentimentalidad es una tiranía que no deja avanzar, y así pienso yo en esos momentos, devorada por la necesidad de un Año Nuevo sin ataduras, sin anclajes al pasado. Y a veces, como es natural, me arrepiento; es más, casi siempre me arrepiento. Pero forma parte de la dualidad de la vida. Todo lo que es intempestivo es también historia de una misma.

En mi casa hay un cuarto que me sirvió de estudio durante el confinamiento. Tengo varias librerías en las que gobierna el caos, postales, notas de post-it. Y un sillón donde leo, abrazando mi libro al sol que entra por esa ventana que da la vida. Cuando interrumpo la lectura miro hacia esa montaña de libros que esconderán otras notas, otras llamadas. Es posible que los conserve, dependerá de si estoy en modo demonio de Tasmania, rellenando bolsas para tirar al contenedor o si, que una no es de piedra, estoy bordeando peligrosamente el spleen o un paulocoelhismo de (más) medio pelo. Sea como sea, sigo leyendo en ese sofá azul y mira tú por dónde, el protagonista de la novela tiene un temita con «O captain, my captain» de Walt Whitman. Y corro a la basura a darle mil vueltas por si, todavía, esa maltrecha fotocopia está allí. Pero no: tan solo consigo ensuciar (más) el suelo de la cocina y fustigarme por mi mala cabeza, por mi escaso sentido de la oportunidad, por no haber conservado más tiempo esa llamada del pasado que puede ser un símbolo del futuro, otra construcción de una memoria propia que todavía desconozco. En esas marginalia estamos mucho más presentes, somos mucho más que lo que somos ahora, por eso hay que desprenderse y mandara a tomar por saco. No necesitamos tuits ni grandes titulares, hay que tirar cosas, amigas, o corremos el riesgo de acabar contando estas chorradas en Twitter, en un blog cualquiera y caer en el más puro y duro chonismo lírico . Ese desprenderse, aunque sea con corte de mangas, creo que ha de ser un acto íntimo, diga Marie Kondo lo que diga.

Hoy he tirado mi calendario de mesa de 2020. Y lo veo todavía aleteando en la papelera, abierto al azar por una fecha que no voy a comprobar para no entrar en bucle, para no elaborar más pasados del que ya tengo. 2021, sorpréndeme con marginalias agazapadas y ayúdame también a salir de ellas.

Notas:

El libro que leo en el sillón azul es El hombre de hojalata de Sarah Winman editado por Dos Bigotes. Es una joyita a la que llegué por (otra vez) pura serendipia lectora.

He escrito más sobre Marginalia.

La música que escucho ahora es la radio en Spotify de Monterrosa (con Rodrigo Cuevas, Monterrosa, Joe Crepúsculo, Triángulo de Amor Bizarro, Rusos Blancos…). Me hace muy feliz que me descubran música nueva (a Monterrosa los empecé a escuchar por Esnórquel) como ha hecho también Lúa Mosqueteira ayer recomendándonos a Lopita y a mí que escuchásemos a Rigoberta Bandini.

Y tenéis que ver The Bridgertons, aunque solamente sea por el duque de Hastings. Yo creo que si Amy Winehouse y Edith Wharton fuesen amigas quedarían para verla. Es una telenovela bastante punk y con guiños a Austen, Louise May Alcott y Kenneth Branagh. Y muy sexi todo el mundo, mucha coladera sobre el papel de la mujer en la época, sobre la difamación y el destino…Y condenadamente divertida.

Volver a los diecisiete (un cuento algo amargo de Navidad)

Imagen de Sutterstock tomada de : Dreaming of Christmases past (pulsad para llegar a la fuente).

La pared son miles de flores de papel pintado, agrupadas, sueltas, un auténtico derroche. Cuando te acercas mucho, mientras sostienes el móvil donde se agolpan los mensajes que te recuerdan que tienes otra vida, quizá inventada, las flores parecen esconder otras figuras, algunos ojos y bocas, en ese extraño juego de la pareidolia que aprendiste de niño. Jugabas, antes de quedarte dormido rodeado de tebeos y algún libro, a reconocer a personajes del pueblo en aquella amalgama de formas que, de lejos, eran flores amarillas algo desteñidas ya y de cerca, un entretenimiento. La cama cada vez te queda más pequeña, es más incómoda, reconvertida tu habitación en un cruce entre almacén de trastos y cuarto lleno de armarios. En tiempos, tu habitación era la esperanza. Eras tú, el chico más listo, el que entendía los caminos de la filosofía y el arte, el que devoraba los volúmenes desportillados de la biblioteca. Aquel eras tú, y ganabas los concursos de cuentos de la escuela y una vez fuiste al de de redacción de Coca-Cola, donde te dieron un diploma y aquellas cosas de propaganda que tanto molaban, la mochila roja y blanca, la toalla de playa que a tu madre le gustaba tanto y que acabó siendo trapos de limpiar cristales, en una cruel metáfora de algunos futuros.

Vuelves a casa por Navidad en este año incierto de parones obligados, aplausos y tristezas, mascarillas y soledad, donde hace meses que no ves a tu abuela y en el que, por fin, aprendió tu familia a usar Zoom y todos esos intentos de calentarse el corazón mediante pantallas. Vuelves a casa, decimos, y miras el papel pintado como tantas veces, en esa habitación que debería estar cerrada hace tiempo y que sigue acogiéndote porque tu familia siempre va a acogerte, porque tienes, en el fondo, un lugar al que volver. El problema es que no vuelves desde ese Eldorado que suponíamos iba a dar la educación superior, el sacrificio, el estudio. Para qué estudiar tanto si no ganas ni mil euros, y, además, a quién le importa la lingüística pudiendo tener un curro donde ganes más, le decían algunos cuando volvía. Y qué vas a decir. Encoges los hombros e intentas mantener ese estado de ficción alimentado por todos. Tu madre, ante las vecinas que encuentra o las amigas con las que se reúne a veces, se ha hecho especialista en disfrazar tu precariedad de inquietudes, tus becas e ínfimos contratos de investigación de experiencias, de solidez todo aquello que es endeble y lo es mucho. Porque tu vida, quizá y solo quizá, es un castillo de naipes que enmascara esa dinámica aparentemente cool de piso compartido y temor a las facturas, de alimento cultural que suple los rigores que se le suponen a la vida adulta, de bohemia alternativa que se derrumba ante la cama de 90, ante los niños de san Ildefonso cantando en la tele de la cocina como tantos años atrás, ante las nóminas hinchadas de los hijos de los demás, ante tu sitio reservado en un sofá cada vez más raído. E intuyes, con amargura, que has caído en la «trampa del entusiasmo», que todos mienten por amor y también por vergüenza, y eso duele, duele mucho. Porque, mirando las figuras del papel pintado, te reconoces y decides apretar los dientes y seguir adelante, encarar el turrón familiar y capear las preguntas sobre vida y destino, sobre proyectos de futuro con tu pareja si la tienes, sortear los futuribles e intentar tranquilizar a tus preocupados padres, cuando quien está realmente atacado de los nervios eres tú. Porque quieres la dignidad que todas las investigadoras e investigadores de este país merecen, porque los proyectos no salen del aire ni se alimentan del aire, pero tampoco tu nevera se llena con un pase de magia. Y en ese soberano desprecio que hay hacia el personal investigador, en ese lado oscuro, cae también la valoración social, la autoestima.. Porque la precariedad no es algo que haya surgido de una crisis concreta: es el estado de las cosas de una visión concreta. Y, mirando el papel pintado, un año más, le pides a los Reyes que sea el último año en el que te sientes de prestado, en el que puedas planear sin fechas de vencimiento, en el que ilusionarte con disfrutar de una juventud algo publicitaria. Mientras tanto, agradeces las PCR, la escasez de sobresaltos, los lugares a los que volver, el amor, tanto amor, que algunas veces duele. Que tu madre te traiga unas vieiras para tomar el día de Nochebuena porque te pirras por ellas, que tu abuela–ojalá pudiese estar cerca este año y hacerlo- te dé, de contrabando, un sobrecito con dinero, «una propinita», que algo te infantiliza, pero que parte de tu vida es su letra temblona con tu nombre. Que tu padre te despierte para aplaudir con la marcha Radetzky el día 1, aunque Viena y sus conciertos sean lo más alejado empíricamente a tu realidad. Porque sabes que sí, a pesar de todo, el orgullo y la preocupación a veces van de la mano. Y los quieres, quieres ese espacio que ocupas como una ficha del Tetris para que nada esté incompleto. Y agradeces el estar aquí, juntos, más que nunca, un año más.

#sinciencianohayfuturo

#sinHumanidadestampocohayfuturo

Recomendaciones para unos días de Navidad

El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital de Remedios Zafra

Y la mayor hermosura que he leído este año sobre el amor a los padres y la construcción de esa manera de verlos que tenemos a lo largo de la vida: Amor intempestivo de Rafael Reig.

Y os ponéis a toda tralla el último disco de Xoel López, que es todo amor.

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