Anchoas y Tigretones

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Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

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Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

En las playas de Ankara (un post para Santi Collazo)

Yo tendría que comenzar explicando que no me ha fallado la memoria, ni Google maps, ni la Wikipedia. En Ankara, aunque la geografía y la realidad se empeñen en demostrar lo contrario, hay playas. Unas playas a las  que la gente va, y va también contra todo pronóstico, porque la gente en un Ankara tan ficticio como el mar que la rodea, se pasa el día durmiendo y es muy feliz. Porque este fue el resumen de una noche de muchas palabras y copas, de mucha luz de la Torre de Hércules, y de una gran, enorme conversación en la que salen ficciones y verdades, ansias de futuro y amarres al presente, fin de adolescencia y comienzos de otra cosa que no se sabe muy bien qué es. Es lo que pasa cuando tienes alrededor de diecisiete años, unas cuantas botellas de algo que no es agua y muchas ganas de hablar y comerte el mundo. Y todo comenzó, o siguió, de alguna manera, así.

Yo conocí a Santi algunos años antes, imitando los dos a Casimiro, aquel monstruo que deseaba buenas noches a los niños- y no tanto- en la infancia prolongada de los ochenta. Santi era un niño que iba de vez en cuando a navegar, que a golpe de guitarra y de pincel nos cautivaba con su humor y su talento, con  la falta de arrogancia que es tan rara en esa edad en la que todos somos poetas, en las que todos merendamos portazos airados. Santi aparecía y se iba, independiente y poco gregario, amigo fiel y algo alternativo. Santi, con su gorra de capitán y su chaquetón marinero, con sus zapatos Oxford a lo Morrissey y su permanente buen humor.  Con Santi hablábamos de música y de tebeos, de bocadillos de calamares y de novelas, de novias y de desengaños, de barcos y de los vaivenes y tormentas que acechan al borde de la edad adulta. Y él se nos fue a licenciarse en una facultad muy rara,  lejos de casa. Como él decía;  “¿Y yo qué seré cuando termine esto, “bello artista”?” Nosotros le decíamos que sí, que eso molaba mucho y que podría observar el mundo desde una peana, o tener un universo muy trágico de pinceles y buhardillas parisinas, rodeado de bellezonas tísicas bebedoras de absenta. Creíamos nosotros que así sería la vida de los artistas, que la bohemia era una etiqueta como las de Zara. Claro que también pensábamos que la universidad era contestataria y que llegar a los cincuenta era imposible sin haber haber encabezado mil revoluciones. Mientras caían muros de Berlín y se celebraban olimpiadas, todos los amigos íbamos encontrando nuestro encaje o desencaje. En el camino, yo me quedé con algún cuadro de Santi y con alguna escultura pequeña, viéndolo dibujar, parar y tomar aliento. Y para él y para todos nosotros, la vida fue avanzando, lo que no necesariamente- introduzcan aquí el plural mayestático-  es sinónimo de vanguardia.

Y de forma interrumpida, en períodos diferentes, Santi  fue extrayendo formas y volúmenes de distintos materiales, explorando, indagando. Cuando uno explora su vocación no la aplaza; puede estar más o menos visible, pero no puede esconderse. Otra cosa es que nuestras ganas de esculpir, de escribir o de sentarnos a hablar sean siempre pasiones huidizas.También que, como el humor, necesiten su dosis de tiempo, de influencias, de renuncias y también de cambios de rumbo. O de otras formas de comunicar.  Facebook nos descubrió a un Santi escritor, analítico, pedagogo- aunque se enfadará un poco conmigo al leer esa palabra-  y al que envidiamos secreta y sordamente por lo certero de sus análisis. Por sus reflexiones se pasean Frank Stella y Bernini, Pello Irazu (brutalísimo este descubrimiento, gracias, Santi) o Juan Muñoz. Y leíamos silenciosamente, algo intimidados, sobre espacios, teoría y práctica de la escultura, madera, acero o  el destino del arte y  su objetivo. Y leíamos vorazmente, descubriendo una nueva forma de acercarnos a una expresión artística no siempre bien dimensionada en nuestro conocimiento, descubriendo también las cabriolas del lenguaje de la crítica.  Ahora tenemos la oportunidad de ver algo de su trabajo más reciente, algunas de las esculturas ya nos las había ido presentando poco a poco, con sus quiebros y equilibrios, con su filosofía estética. Recorro el espacio con Alicia y cada una se queda con una imagen favorita, lo que es realmente difícil. Yo me quedo prendada de una escultura situada al final de la exposición- qué importante es la colocación de las piezas, caramba- con un aire  muy Farenheit 451, con destellos de rojo metalizado y recuerdos de quema de papel, de nuevos nacimientos, de nuevos horizontes. Otro nuevo, para más adelante.

Quizá todos necesitemos tener en el horizonte una playa de Ankara, un lugar en el que se suspendan los rigores del realismo. Un lugar donde poder explorar posibilidades. Y el arte es esa forma de ampliar el riesgo vital, un decir “no” a la convención, pero no por método, o sí, qué más da. A fin de cuentas, en Ankara podemos hacer lo que nos dé la real gana. Y a algunos, como a Santi, les salen genialidades.

 

(Apúrense, porque la expo termina este mes de julio)

 

A favor del necesario desapego: Vivian Gornick y “Apegos feroces”

Woman in a polka dot dress and heels striding away from the camera. 1940s Fotografía de Stanley Kubrick. Pinche en el enlace para ver fuente en Pinterest

 

Es posible que sea un sentimiento común a todos los hijos únicos. Quizá la constatación de esto hará que yo no me sienta tan única, que esta primera persona que exhibo tan impúdicamente- esto es un blog, coño, territorio comanche del ego- se transforme involuntariamente en un plural mayestático cuando sea leído, yo qué sé. A fin de cuentas, con pocos o con muchos destinatarios, una ya no es dueña de nada cuando escribe un artículo o publica un post, cuando sonríe forzadamente en una foto que se hará viral, cuando haces confidencias que sabes que dejarán pronto de serlo. El sentimiento al que me refiero es el de una periódica y leve misantropía, una necesidad de alejarse un poco del ruido, ese recuperar la independencia de los juegos infantiles en soledad, de la lectura sin interrupciones, del no compartir lo que no te apetece. De desapegarse y ser poco gregario, algo mal visto en el siglo XXI o eso parece.

Yo podría escribir sobre Apegos feroces de Vivian Gormick solamente subrayando el prólogo de Jonathan Lethem. Si yo fuese reseñadora, así lo haría y sería muy sencillo, aunque yo no sepa hacer reseñas, solamente sé hablar de lo que a mí me parece, me quede coja la visión o no. Hablemos entonces de la relación dependiente, desigual y coactiva entre padres e hijos, entre madres e hijas, entre madre e hija única. No hablemos de las familias felices que son todas iguales, hablemos de los conflictos que no se exhiben y que son, también, más comunes y más violentos de lo que creemos,  aunque sean solo en el plano de la dialéctica. Sigamos hablando, entonces, de ese pivotar entre la responsabilidad autoimpuesta de satisfacer todas las expectativas, todos los deseos depositados en la única hija e intentar, al mismo tiempo y casi siempre con una dialéctica equivocada, singularizar la voz, buscar una nueva forma de complacer sin domarse. Un camino que pasa de la competitividad- que sería natural entre hermanas- al dolor, al sarcasmo,  la protección, el amor y también a la ira. A la batalla verbal y al fracaso de una de las partes, casi siempre de las dos.  A la alerta, a la discusión, a intentar trazar una teoría de lo incomprensible y a la frustración que genera. A la mutua admiración inconfesable.  A jugar a los mitos griegos: a pasar de ser Prometeo devorado a ser Sísifo, reconstruyendo lo que no ha sido posible ni construir. Al miedo a que esa pequeña sabelotodo, esa universitaria que retuerce el lenguaje para confundirte, te gane la partida, te sitúe mediante la dialéctica en el rincón de la desventaja. La voz de Gornick nos lleva también a defender la relación con la escritura no como una expiación, sino como un modo de desapegarse, de crear lo propio, de equivocarse y de seguir. Y de forzar los goznes de la memoria, la fuente de dolor.

Y todo es en un Bronx caleidoscópico y doméstico, también en un Manhattan algo lejano, donde estas dos flâneurs que se buscan para enzarzarse- que detestan reconocerse como continuación y origen- repasan las relaciones humanas de las que han sido testigos, partícipes, cohabitantes. Y todo lo que las ha alimentado determina el modo de ver el mundo y  las relaciones con los hombres: para unas con la idea nostálgica del amor perdido como una tabla de salvación, como una forma de boicotear el presente. Para otras, como una colección de retazos abocados al fracaso, con el cronómetro puesto, con un horizonte de fatalismo: esta es la parte que toca ahora, pero saldrá mal porque siempre sale mal.  El sexo es también una forma de poder,  la belleza o la pulsión sexual son atractivos y poderosos monstruos.  Y, en la búsqueda de esa voz individual, aparece la sombraque “conspira contra” o “sospecha de” las mujeres que reconocen que no les gusta vivir en pareja, a esa consideración de la soltería vocacional como una especie de discapacidad que hay que remediar a toda costa. Hablar de Gornick, de la presencia obsesiva de su madre, es hablar también de su revolución personal, que es una revolución tan necesaria como invisible y mucho más universal, más programática de lo que parece a simple vista. La que da la voz al feminismo, a la idea de ser mujer desprendiéndose de cualquier tipo de imposición.  De aprender, en definitiva, a torcerle el cuello al cisne de la educación heredada.

El desapego es un proceso de natural alejamiento. Es la construcción de esa vía que permita una perspectiva  para llegar al amor, para despojar los vínculos impuestos de su componente enfermizo. De reconocimiento, también, de que somos, queramos o no, una continuación pero no una réplica, un cabo de ese hilo, pero no su final.  Y del hecho, sobre todo, de que en un blog puedas pasar de la primera a la tercera persona sin darte cuenta. Quizá el peligro de escribir sobre memorias ficticias es que quien aporrea el teclado acabe mirando a través de ese caleidoscopio que son las  vidas de los otros sin saber dónde situarse, resbalando entre ciertos grados de empatía y de rechazo, de admiración y de convencimiento. Y de sentirse deslumbrada por una escritura brillante y afilada, apoyada en el descanso de la madurez, en la apuesta trilera del ajuste de cuentas lejano. Es algo que se piensa a veces cuando pones en la balanza un sentimiento de orfandad, que, casi naturalmente, no te pertenece como adulta. Pero ese es ya otro asunto, otras líneas, otras autorías.

Porque, a fin de cuentas, todo lo que no es autobiografía es plagio, qué demonios.

Y mucho más en un blog.

 

En un cuaderno Moleskine (32): algo sobre ti y sobre mí contado doscientas nueve veces

“Message in a Bottle” by NOAA’S National Ocean Service CC BY-2.0 Generic Pulse en la imagen para original. No changes were made.

 

Hojas arrancadas del cuaderno y que aparecerán, alguna vez, en una botella rumbo a Valencia:

Yo he prometido a alguien  un cuento sobre algo que nos ha sucedido a los dos, es más, algo que nos sucedió juntos. Yo he prometido escribir sobre la dimensión de la confianza, sobre que el tiempo sea una montaña que deseas escalar y no terminar nunca. Instalados en un margen de distancia razonable, si es que esa cualidad podemos aplicársela al amontonamiento de días, han pasado más de veinte, la primavera da paso al verano, el tiempo se marcha de nuevo.  Yo he prometido un cuento y no me sale y, mucho me temo, no me saldrá: la realidad tiene que colarse siempre entre la ficción, tienen que vérsele las costuras, hay que agarrarse a una tabla de veracidad, pelear cuerpo a cuerpo con el sentido de lo real. ¿Qué se puede contar de ti y de mí sin que dejemos de ser tú y yo, seres reales, cómo puedo convertirte en personaje? ¿Dónde empieza, por un lado, todo ese recorrido que pudimos haber tenido juntos, el que pertenece a la fabulación y al que pudimos, qué lástima de tiempos verbales, dotar de veracidad? Podría comenzar contando cómo yo sabía de ti sin habernos cruzado nunca en una esquina, sin habernos prestado paraguas y sin haber comido pipas juntos en un portal en verano; sabía de ti a kilómetros de distancia. Yo leía tus papeles que, cuidadosamente, lanzabas en  botellas al mar. Era raro: tú habías encontrado las que yo enviaba, también sin esperanza, a franquear en destino. Mis botellas se alejaban Atlántico arriba y abajo, daban la vuelta, sorteaban olas y marejadas, tú las recogías, llenas de arena y lejanía. No sé cómo, en realidad sí lo sé pero no quiero contarlo, encontramos un hueco en el mapa para hablar a través de él, para contarnos cosas sobre hijas y horarios, sobre perros y viajes en tren, sobre ordenar la vida como un Lego gigante, sobre aquello que empezamos a leernos, a escribirnos, a reconocernos en las estanterías de casas desconocidas. Y fuimos tensando el hilo a veces, siempre a punto de romperse, nunca roto, es más, cada vez más fuerte.  Al trazar una línea recta en el mapa, nos dimos cuenta de que teníamos que instalarnos en un nuevo relato,  rebobinarnos, darnos la mano y respirar.

Tú seguías siendo tú, yo ya no podía ser yo o quizá sí lo era, quién sabe”.

Lo que está claro, y eso ya no tiene que ver con casi nada, es que cuando uno tiene a alguien  dentro y para siempre, sea del modo que sea,  escribe como el orto, es más cursi que un guante rosa y el riesgo de chonismo lírico se convierte en una amenaza mayor.

 

El pasado en provincias (con Verna B. Carleton y Jenny Diski)

Fotografía de “My life through a lens” en Unsplash repository, con licencia Creative Commons Zero.

Hace tiempo, mucho, que pienso en escribir algo recreando todas las vidas ficticias de quienes viajan conmigo en tren a diario.  Observo y tomo notas mentales sobre la mujer que pudo haber sido una violinista checa afincada en Galicia por amor, del héroe de los deportes lesionado y reconvertido en entrenador de fútbol infantil, del hombre de aspecto cansado que parece leer todos los días el mismo ejemplar del mismo periódico. Conocí un proyecto precioso en Instagram que se llamaba “Passengers” y que me recomendó Marcos Pérez Pena, es de una mujer con una mirada excepcional, Aymará Ghiglione. Fue curioso: debió hacer el mismo recorrido que hago yo todos los días, habremos, sin saberlo, compartido miradas, nos habrán llamado la atención la novela tras la que se parapeta algún tímido, la explosión de apuntes y rotuladores de colores de los estudiantes, la mirada ausente o enamorada, el ensimismamiento ante la pantalla de un portátil o del ominipresente móvil. Hemos ido, quizá, en el mismo vagón, viendo el mismo paisaje ante un tren que devora veloz las copas de los árboles, los cables, las vidas de los otros. A mí siempre me ha fascinado la gente que se queda frita en cualquier sitio y me encantaría hacer un álbum a lo Sophie Calle, aunque más me gustaría, claro,  imaginar lo que sueñan  en una especie de Black Mirror a medida:  los sueños en tránsito, el subconsciente en su laxitud, el abandono sensual y recreado de ese duermevela; pequeños cortometrajes de la intimidad de los otros para goce y disfrute de esta señora cotilla. Pero yo, como siempre, iba a otra cosa y ya me estoy dispersando.

Leo Regreso a Berlín de Verna B. Carleton, en esa bonitísima coedición de Errata Naturae y Periférica (muy fan de esa cohabitación de las dos editoriales, a pesar de algún errorcillo solventable y sin importancia).  Tendríamos que hablar muchísimo de esta novela que no debe, no podemos permitirnos el lujo, diría yo, pasar desapercibida. Ese regreso del título a la Alemania de finales de los cincuenta merece un análisis pormenorizado sobre el perdón y la culpa, la manipulación y el aprendizaje de la historia, sobre las identidades rotas y reconstruidas, sobre la bondad y la crueldad. Insisto: merece un análisis mejor. Pero yo, a lo que iba, es a la primera parte de la novela, en la que tiene lugar una travesía en barco desde América a Inglaterra, se hace escala en una pequeña ciudad al norte de España llamada La Coruña (sic). Estamos en 1957.  La visión de la mujer dista de ser positiva. Habla de una ciudad de ventanas cerradas a cal y canto, de una arquitectura rimbombante que le recuerda a pasteles glaseados algo derretidos en una ciudad de bello entorno,  pero deslucida por la falta de armonía  y cierto abandono.  La narradora concluye: “España era pobre. Y España mostraba su desgracia desafiante, abiertamente”. Y yo siento una cierta tristeza. Yo imagino a mi padre, un joven de veintiséis años inmerso en su rutina cotidiana y siendo objetivo del ojo observador de la mujer que desciende, con otros pasajeros, a pasar unas horas en esa pequeña ciudad.  ¿Se habrían cruzado?  O mi madre, acudiendo a un trabajo necesario y no escogido. ¿Qué pensarían ellos de los extranjeros que se cruzarían por la calle Real con aspecto de exploradores urbanos, con sus pecas y su piel blanquita, su ropa tan diferente? Unos, insertos en la vida que tocó, gris y provinciana, tan tiznada de Fragmentos de interior como de Calle Mayor, tan sobria y tan poco pagana, tan milimetrada y tan poco libre. Pero era la suya: la que tocó. Exenta de ficción y, quizá, sobrada de una rutina que observamos con la misma condescendencia, con la misma distancia elevada que la turista americana que se bajó por unas horas a pasear por la ciudad del norte. A pesar de reconocerles la dignidad, con un poso de admiración.

Termino esa novela y comienzo Los sesenta de Jenny Diski en Alpha Decay. Y me topo con esto ya en la primera página: el pasado como mito, como la idea que la gente se forma de él a posteriori, un territorio movedizo atravesado por algún acontecimiento (guerra, crisis, siglo) que permita detentar “una narrativa manejable”. Caramba: esto es. Hay ideas más poderosas que la experiencia, dice la autora. Y en esas ideas poderosas, en esa conmiseración empática que sentimos hacia esos hombres y mujeres que vivían en la ciudad del norte en 1957, establecemos que nosotros hemos vivido mejor, desde una perspectiva del asunto que desconoce variables básicas como la felicidad o  la naturaleza de lo cotidiano. Nadie niega la escasez, la falta de libertad, influyese como influyese en esos hombres y mujeres (dicho esto grosso modo, que luego se me echan encima). ¿Somos nosotros más felices? ¿Y cómo coño somos tan arrogantes de pretender extender nuestro concepto de felicidad a todo el mundo? O de bienestar, o de rigor, o de aventura, o de riesgo, o de…completen con lo que quieran.

Yo empezaba hablando de cómo me gustaría reinventar la vida de los pasajeros, de participar de sus sueños,de poder inmiscuirme ahí y reutilizar, apelando a  a lo exagerado, a lo freak, a lo extraño. Cuando pienso en biografías ficticias de extraños me divierto, cuando imagino la vida pasada de aquellos que quiero me resulta mucho más difícil no acudir a una narrativa cómoda, que acaricie un poco las posibles heridas antes de tiempo, de autoconvencimiento, de tranquilidad o, también es posible, de cierto regodeo en la desgracia. No sé si soy empática o compasiva, si me dejo llevar por una poética precisa y previa, si necesito corroborar mis miedos o tranquilizar mi conciencia. Yo recuerdo las anécdotas hermosas- algunas, sí, algo tristes- de la infancia de mis padres, en un país en blanco y negro, en un país de domingos desiertos y desolados, de misa y mantilla, pero también de familia, juegos, música e imaginación en la parquedad. ¿Quién soy yo para maquillar o dejar al natural el pasado? Como no lo sé, no me queda más remedio que explorarlo, novelar o aprovechar, ahora que los personajes viajan dormidos, ahora que el pasado es una forma de que yo pueda relacionarme con mi presente.

Jenny Diski Los sesenta Alpha Decay, 2017

Verna B. Carleton Regreso a Berlín Periférica& Errata Naturae, 2017

El perfil de Aymara Ghiglione  es tal cual así en Instagram. Y a Marcos Pérez Pena lo podéis leer en Praza.gal

Un blog no sirve para nada

Tendría que haber escrito esto a finales de febrero. Tendría, claro, porque este blog pasó de ser un proyecto para hacer músculo de escritura a ser una cuasiobligación de la que a veces querrías liberarte. Después de casi ocho años, esto es  como esas comidas familiares estipuladas de siempre en el calendario y a las que acudes con una mezcla de hastío y spleen, con algo de vértigo y a regañadientes. A la vuelta a casa, si no ha habido asesinatos por mor de fútbol o gobiernos locales, reconoces que  no lo has pasado ni tan mal.  Yo iba a hablar de algo que sucedió a finales de febrero, pero ir perdiendo ese músculo de escritura del que hablaba al principio abre todavía más mi dispersión. “Tengo que hablar de mi colección de cuadernos”, eso pensaba yo hace un rato.  ” o también de lo que significa tener cincuenta años, lo que es cumplir cincuenta en 2017″. “Tengo pendiente  hablar de este otro libro y de este, de tal peli, del blablabla”. Y a los cinco segundos:  “bueno, pero ahora que ya me he cambiado de casa y tal, no vamos a estar dando siempre por saco con lo positivo de los cambios, etc, que es un coñazo”. ¿Qué hacer ante tantas posibilidades? Pues lo de siempre: procrastinar. Dar una vuelta por redes sociales, hacerse un café o recoger ropa del tendedero, mirar con deleite tu nuevo espacio – me chifla la palabra deleite, todo era una excusa para escribirla- o, incluso, tener la tentación de decir “pues no hago nada y a tomar por saco”, lo que sería una versión igual de infantil, pero algo más reciente del “no me como el rancho, que se joda el coronel” o el “pues ahora no respiro” del pequeño hispano del tebeo de Astérix.

Como sí voy a seguir respirando, y espero que por mucho tiempo, me apetece hablar de la valoración de la escritura. Como he dicho antes, esto no es no es nada más que tinta digital que se superpone cada x tiempo. Hablas de lo tuyo o tus circunstancias; sean estas veraces  o no, haya autobiografía o haya impostura. Pero, entonces, ¿qué es mi blog? Pues exactamente eso y nada más: un retazo de vida, una mirilla alocada, un, a veces, casi desahogo un tanto impúdico, un espacio para hacer lo que me da la realísima gana. ¿Un blog tiene sentido si no tiene lectores? Bueno, hay que tener la autoestima muy bien colocada o ser una especie de Ed Wood al que se la sople el éxito o el reconocimiento, pero quien hace esto es un poco más como el conductor Paterson de la ciudad de Paterson. ¿Y por qué, si llevo escribiendo tanto tiempo no hago un libro? ¿Por qué no una novela o una recopilación de algunos relatos? No lo descarto jamás, me da una pereza terrible, pero no lo descarto. ¿Estoy entonces perdiendo el tiempo? Y he aquí el quid de la cuestión.

Yo creo que la escritura siempre ha de ser verdad. Ha de tener raza, es una manera de explicarse a uno mismo limándose sus propias asperezas, enfrentándolo todo, creando y volviendo hacia atrás cuando es necesario, rompiendo, avanzando. Me da igual el género, la escritura siempre ES. Y un post en un blog ES también. No tiene la entidad de un producto acabado y que contiene unas determinadas prerrogativas: novela, relato, poema. Hasta aquí, viva Perogrullo, lo sé. Pero me sorprende, en un siglo XXI en el que lo escrito es siempre tan perecedero (no solo los artículos o lo derivado de géneros digitales, los libros nacen y son devorados por el Saturno de las siguientes novedades editoriales) que el ejercicio de la escritura tenga que llevar ese marchamo de tinta visible- papel o digital- para ser reconocido. Sigo a personas que tienen blogs que son infinitamente más literarios  que algunos libros de relatos o novelas, publicadas por muy tradicionales editoriales, que he leído este año. Hay blogs donde el nervio escritor sale por los cuatro costados, rezuma, rebasa, invade al lector. Pero parece que no vale.  Imagino que con las personas que hacemos esto se tiene aquella condescendencia que se tenía en los cafés de la capital con los escritores de provincias: un bloguero es un provinciano de la literatura. Un pailán. Pero, mira, ahí está. Y, a fin de cuentas, una se acuerda mucho de Patty Diphusa- lo mejor, para mí, que ha hecho Almodóvar- cuando su rollete niñobién se ponía estupendo autodenominándose “poeta”. Y la Patty, que era muy bruta pero muy lista, le respondía algo así como que “mira, chaval, poeta, lo que es poeta, aquí no lo es nadie hasta que no gana el Adonais”. Pues esto es algo así: desde el momento en que escribes, eres escritora. Tan amateur como el que más. Tan de provincias como los que van con distintos ejemplares bajo el brazo que no ha leído ni leerá nadie. Como tu blog, que leerán alguna vez muchas personas y otras, quizá las veces que creas que lo has hecho mejor, se quedará completamente solo. Pero es escritura, y es la tuya. Y, en definitiva, ES.

Un blog no sirve para nada. Escribir un blog sí sirve para mucho. Y otro día contaré qué tiene que ver esto con cumplir cincuenta años.

Extrañarse

Viñeta de “Fabricar historias” de Chris Ware, publicado en España por Random House.

Dice David Bowie que hay que enfrentarse a lo extraño. Yo así lo creo: hay que habitar, de una vez por todas, el desconcierto, abrazar la aventura aunque sea dentro de lo gris. Una se extraña a menudo, parte de la culpa es de una misantropía periódica que hace que muchas cosas de lo humano sí me sean ajenas, perdón por la cita mal traída. Otras veces es la pura necesidad de doblar la esquina y tomar una decisión a lo loco: me compro un billete de avión, me cambio de casa, diseño una aventura a medida.  Hace unas semanas hice un viaje breve a Roma.  Además de mi costumbre de observar las alturas- los áticos, las ventanas entreabiertas y diseñarles vidas ficticias a los habitantes que desconozco- me volvió una fantasía que tengo desde hace muchos años y que es puntal en mi extrañamiento. Quiero llegar a un aeropuerto, el que sea, e identificarme como una de las personas a las que están esperando con un cartel. ” Miranda Moore”, un cartel en letras mayúsculas sujeto por las manos de un chófer negro, con gorra de plato y uniformado. “Hola, sí, soy Miranda Moore” y me metería en ese coche dispuesta a abrazar esa oportunidad de ser otra persona, de aprovechar la ocasión como Don Draper o Ripley,  sin tener ni idea de si me llevan a una reunión de negocios, a una cumbre sobre el clima, a batirme en duelo o a ser acribillada en un ajuste de cuentas.  Lo interesante sería ir asumiendo poco a poco la nueva situación, ir recopilando la información respondiendo con monosílabos y observando mucho. Muchísimo : construirse una nueva identidad en segundos no es nada sencillo, sobre todo si desconoces las consecuencias de ser descubierta. Viva la aventura, sí. Aunque implique únicamente cambiar de autobús, volver a casa desde un rincón diferente de la ciudad, fantasear también con trenes y largos recorridos, con vidas propias y ajenas, con otros contextos.

Pero yo he venido a hablar de mi extrañamiento y este es : la pura necesidad de cambio me ha hecho encarar la tropecientasmil mudanza de mi vida. Y ahora, mientras me hago amiga de las esquinas de una nueva casa, estoy en ese proceso de reconocer  colores, ruidos, luces. Esa puerta que no cierra bien, esa ventana que abren todos los días a la misma hora, la parsimonia del  ascensor  haciendo “top” al llegar. Armarios con mi ropa, tan extrañados como yo de esa nueva ubicación, acostumbrados a otras faldas y botas.  Nuevas risas que se oyen con tabiques de por medio, unos pasitos de niño alentado por la voz de su madre. Y, claro, también el borracho que da alaridos a la puerta de un garito a las tres de la mañana, el claxon insistente de un repartidor,  la niña que me saludó  con sus coletas al aire y subida a una bici diminuta. O el señor que en mi primer desayuno en el nuevo barrio- hay que explorar, amigas-  le cantaba con el dedo en alto a su nieto “había una vez un barquito chiquitito” ante la incrédula mirada del bebé. Vas domando ese primer extrañamiento, esa prudencia absurda, esa intimidación de niño en el primer día de cole. Ante los nuevos espacios no cabe sino observar y domesticar : las alacenas de la cocina, tu imagen en un espejo de baño mucho más grande que el que tenías en tu antigua casa. Y la casa anterior, ese contorno tan familiar, empieza a desdibujarse, a ser un territorio comanche donde queda unido lo mucho bueno y mucho malo de años pasados. El oxígeno en la vida no entra solamente por los pulmones: es la necesidad de ser algo piel roja y algo nómada, de ilusionarte con aquello que sabes que tampoco será permanente. Y volver así a empezar.

Mientras esquivo bultos, embalajes y pilas de libros  en el nuevo salón e intento que la rutina diaria no se desbarate mucho, encuentro la gigantesca caja en la que venía Fabricar historias de Chris Ware. Lo compré hará unos dos años y nunca lo abrí, quizá porque mi vida ya era lo suficientemente ficticia en aquel momento. Y viendo una reseña sobre las historias que permiten avanzar y retroceder, jugar con los personajes, conocer y olvidar, es ahora el momento de abrirla.  Es una paradoja no muy sutil, lo sé, pero este hallazgo producto del azar me  hace sonreír mucho.

Creo que las mudanzas son una entelequia quizá: la mujer que escribe un blog seguirá siendo la misma y variando de la primera a la tercera persona, equivocándose, extrañándose algo más.  Y disculpándose por escribir tan de tarde en tarde. Hay cosas que no cambian.

David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

bowiees

Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

Un carrusel para 2017

Si hay una canción de Mecano que me sobrecoge especialmente- y mira que hay competencia- es la de la noche en la Puerta del Sol. Los balances, los resúmenes, no son más que un intento frustrado de negar la esencia de la condición humana, la huida hacia adelante. Quizá esa y no otra sea la dinámica, el marketing escondido detrás de los calendarios y las agendas. Reencontrarse con la que eras un, pongamos por caso, un seis de marzo del 93 porque encuentras ese cuaderno arrugado, quizá de propaganda de una editorial o una gestoría, en el que habías anotado que ese día tenías dentista, o habías quedado con Miguel o con Susana. A veces cuesta trabajo recordar, otras es un sesgo automático y te sumerges en la tarde de verano en la que celebraste un cumpleaños navegando cerca de Sada, o el puente de la Constitución  en Ancares, donde no salísteis del albergue porque lo que había que explorar estaba debajo de las sábanas. Pasar página y quemar años es un acto de higiene inevitable, de limpieza, de puerta giratoria en el buen sentido: lo que viene, lo que se va, algo se atasca o tropieza, pero guardas el registro y la agenda para que el azar- o un cierto grado de dulce masoquismo, de controlada y otoñal melancolía- te lleven a reencontrarte con alguien que ya no eres tampoco. Eso, queridos míos, es la edad: reafirmarse en el cambio y poder observarlo desde lejos, para bien, para mal, that’s the point.

A mí 2016 me hizo enviudar de Bowie y de Prince, me hizo temblar hablando con mis amigos americanos y recontando muertes, en domicilios y  en campos de batalla. Este año trazó una línea que unió los puntos cardinales del mundo, desde la casa de Stanislavski en Moscú hasta el Día de los Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán.  Conocí el desierto en el sur de Marruecos y lloré delante de Thom Yorke en Lisboa. Volví a madrugar, a trasnochar, a decir lo que no debía alguna vez y a hacer aquello en lo que creía casi siempre. Nada habría sido lo mismo sin Belén o Cristina, sin Vero y sin Jairo, sin Luis o Jose, sin Lau o sin Javier, sin Liz, sin Vane, sin todos los que me acompañaron, sin ti tampoco y lo sabes. Nada. Porque miro hacia atrás y veo el carrusel de Don Draper; los recuerdos son míos, están  ahí para  poder abrazar lo efímero: esa arena que vimos volar en Merzouga, ese helado con los ojos cerrados bajo el sol de julio en una terraza en otra ciudad, la piel dormida antes de que te despertases para irte al aeropuerto, el tren de todos los días deslizándose sobre raíles con lluvia, los hilos de conversaciones por whatsapp que se quedan prendidos en algo parecido a la nada y que vuelven de vez en cuando a martillearnos, quizá sean, y solo quizá, las nuevas agendas amontonadas.

2017 me traerá una cincuentena, otro esbozo de otra novela, decepciones, amores, griteríos, sonrisas y mucho rock’n’roll. Y  una única certeza: no se le puede gustar a todo el mundo y me alegro de que salgan de mi vida las personas a las que no les gusto. Ha sido, casi, un placer. Por lo demás, centrémonos en todo el amor del mundo, en todo el sexo que podamos y el que no podamos, en los conciertos y las risas, las tartas y en las horas raras, en ser mucho más feministas y demoledoras, en leer más tebeos y  en tener más y más montañas de libros: centrémonos en lo que nos haga felices. Y no dejemos, nunca, de mirar a quienes tenemos alrededor, a esas piezas del carrusel que viajan de forma lenta a nuestro lado, que nos dan color y nos acogen, nos construyen y nos dan alguna que otra patada en el culo si nos lo merecemos. Den placer y hagan felices a aquellos que lo merezcan, a los demás, que les folle un pez.

Feliz 2017

 

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