Anchoas y Tigretones

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El ritmo de la aflicción

La pérdida y el duelo son países a los que una viaja sin tener pasaporte ni puñetera idea de lo que se va a encontrar allí. Es un territorio extranjero, inhóspito y oscuro en el que te acabas instalando y haciendo pequeñas conquistas como son dominar su lenguaje, contener las lágrimas ante la apertura de cualquier cajón o recuerdo de conversaciones que eran tan banales y cotidianas cuando se produjeron, tan solemnes ahora que no puedes modificar absolutamente nada. Nadie escoge pasar por un duelo, nadie emprende ese camino oscuro voluntariamente. Lo tienes identificado y sabes que existe, casi como cuando eres niña sabes que existen las universidades y que algún día vivirás con alguien en una casa que imaginas, es una idea, eso es todo. Pero no tienes, repito, ni puñetera idea de lo que es hasta que lo encaras y avanzas en él. Soy de las que creo que tenemos derecho a la tristeza, incluso a que esta sea una convidada de piedra en nuestra vida, una invitada que asoma de vez en cuando a dar por saco, presentándose a cualquier hora intempestiva, sin pasteles ni botella de vino, solo asomando, nada más. Otra cosa es que no le cojas el teléfono o que la esquives cuando aparece, que detectes ese perfume agridulce que la precede, que te dejes llevar por su mística melosa. Otras veces, sencillamente, es ya parte de ti y no puedes irte.

El duelo ha producido desgarradora y terrible literatura; otra, lacrimógena y confusa, quizá por la manía que tenemos de comenzar hablando de la soledad y el vacío y terminar hablando de otros fantasmas personales, acentuados por  la muerte de alguien cercano. Entre la que a mí me parece literatura de verdad trazaría una línea que iría de Barthes a Joan Didion pasando por C.S. Lewis o Richard Ford. La idea común es la de transitar por lo desconocido, por esa intensa desazón que modifica el color del mundo y en la que el tiempo se hace lento, inhumanamente lento. Humanidad, esa es la clave: la tristeza es parte de la condición humana. La rabia porque el mundo siga su curso, porque abran las tiendas o suene música en la radio, cómo es posible con lo que yo tengo encima O, como decía Anthony Hopkins disfrazado de C.S.Lewis en Tierras de penumbra: “el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato”. Qué dureza.

En esa pequeña maravilla que son los Brain Pickings de Maria Popova he llegado de forma totalmente fortuita al Sad Book de Michael Rosen. Un cómic de pocas páginas, con texto del propio Rosen e ilustrado por el brillante Quentin Blake, Y allí sí encuentro literatura parca pero auténtica:  la incomprensión y rabia ante la pérdida, la sensación de traición y mundo al revés para las que nos quedamos y que nos lleva a decir “pero cómo has podido hacernos esto, cómo has podido irte de golpe y dejarnos así a nosotros”. Cómo puede ser que esto que sé que sucede esté sucediendo al fin, y que me esté sucediendo a mí.  Y Michael Rosen habla de convivir con la tristeza por la muerte a los dieciocho años de su hijo Eddie a causa de una rápida meningitis. Convivir con una nube gris que en ocasiones nos cubre y otras nos da un pequeño respiro, algo de lo que a veces quieres hablar y encuentras interlocutores, también algo que cambia cómo ves la ciudad y la gente que va en autobús o conversa animadamente en una cafetería. ¿Por qué no puedo yo participar de todo eso, cuándo se irá esta nube? Y todo aquello que pasa ante nuestros ojos y que desencadena un recuerdo ¿podemos convertirlo en algo feliz? Sí, sí podemos, no siempre, pero a veces, sí: porque una de las cosas que una aprende del duelo es de nuestra capacidad extraña para equiparar amor y dolor. Rosen recuerda a Eddie en su función de teatro, en su cuna de bebé, tirando cojines en el sofá, riendo y jugando con sus amigos por la calle. Y siente que le gustaría hablar con su madre, que tampoco está. Y aparece un recuerdo paralelo : la imagen de su madre por las calles llenas de gente un día de lluvia, puede ser Navidad. Ese recuerdo que surge a partir de otro y que te hace sonreír.  A mí también, por motivos distintos.

 

Vivo en un lugar tras una cortina de lluvia. Un día, tendría yo unos siete años, fuimos a despedir a mi padre a la estación de tren, iba a Madrid varios días por un asunto laboral. Llovía muchísimo, y tras salir de la estación, arrollaba. Mi madre me cogió de la mano, cruzamos la calle bajo la lluvia, corriendo para aprovechar el semáforo que iba a ponerse ya en rojo para los peatones.  Recuerdo perfectamente aquella tarde de noviembre como nuestro primer día “de chicas”. Subimos al autobús riendo y, al llegar a casa, tras quitarnos la ropa empapada, mi madre me frotaba los pies con alcohol, recuerdo perfectamente el olor de la sopa que cenamos, las risas al ver cómo pingaba la gabardina más grande y la trenka pequeñita, tendidas en la galería que daba al patio. Nosotras solas, hasta vi un trocito de película de noche.  Un día distinto, diferente, algo más privado que otros. Y yo lo he incorporado a mi baúl de recuerdos,ese  del que echo mano cuando las cosas van mal. Y así, cada día que llego a casa empapada de lluvia y cansancio, miro mis pies encharcados y me acuerdo de la botella de alcohol en aquel cuarto de baño con bañera de patas, yo sentada en una banqueta que había hecho mi padre. La luz de casa, ese es el recuerdo, la luz de un lugar donde yo vivía, donde estaba segura, el lugar de la infancia lleno de ruidos domesticados y quejidos de madera, una casa, la mía. Un recuerdo al que engancharse, nada más.

Decía Barthes que cada uno tiene su ritmo de aflicción. Así es: me descorazona del mismo modo quienes pasan por encima de las muertes sin llorar apenas como quienes tardan en levantar cabeza, sumidos en la pesadumbre. Pero aún más me  inquietan los que como Rosen o como muchas otras personas, conviven con ese vacío. A pesar de los esfuerzos, a pesar del paso del tiempo, por mucho que sepamos que “todo esto pasará”, en esas épocas de nubes negras, la tristeza es un derech. Ojalá que nunca lo tuviésemos que ejercer.

Sad Book de Michael Rosen, ilustrado por Quentin Blake está editado por Candlewick Press.

 

 

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Máscaras y mundo en pelotas

Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta hablan de máscaras, vida, venenos y la necesidad que tenemos de historias. (Tomé la imagen de Imbd: si es pecado, la quito, pero no gano un duro con este blog).

Recuerdo escuchar una vez a Fernando Arrabal (que años después  le dijo a mi amigo Carlos “usted tiene un increíble aire lapón”), que el teatro es extravagante porque ha de vagar siempre fuera. Y es verdad: ¿qué es el teatro sino ese espacio de anarquía y alegre libertad donde todo es posible?  Mucho más que cualquier otra forma de ficción, el teatro suspende convenciones, no hay reglas, manda el bufón, ese que puede escupirte en la cara por burgués. También, como decía Lope, hay que hablar en necio al vulgo para darle gusto, dado que es el que paga. Qué cinismo y qué alegría maravillosa. El teatro es desfachatez, sorpresa y vida: escaso y arriesgado, efímero y único. El teatro es el mundo en pelotas y ese lugar en el que alguien un poco más sensato le indica al emperador su desnudez, donde la máscara es ese salvoconducto para poner patas arriba todo. Vivimos tiempos de literalidad inmensa, de ausencia de metáforas: por eso es el teatro más necesario que nunca, para  reivindicar al comedia y el drama dentro de un espacio, para poder aplicarlo o no, todo es posible.

Esa parrafada que he escrito casi de un tirón me ha salido  tras ver Los comensales, ese falso documental, esa falsa película de Sergio Villanueva. Silvia Abascal, Juan Diego Botto, Sergio Peris-Mencheta, Denise Despeyroux y Quique Fernández, se reúnen para hablar de un proyecto teatral durante una comida campestre. Y ya se sabe lo que pasa cuando juntas actores y actrices, que hablan de sí mismos, de sus proyectos, de la crisis de la profesión, de paternidad y paso del tiempo, y, sobre todo, de la necesidad que todos tenemos de relatos, de ficciones y de mundos que nos permitan escucharnos, a nosotras y a nuestra respiración. Todo va derivando en un clamoroso derrumbe de cuartas paredes. Y hay risas y ante todo mucha, muchísima emoción. Cuenta Juan Diego Botto que, recién llegados a Madrid, su madre simultaneaba varios trabajos, entre ellos el de cocinera en un restaurante en turno de noche. Él y sus otros dos hermanos la esperaban en una salita anexa al comedor, medio dormidos, agotados, deseando que ella terminase para tomar un autobús e irse a un barrio lejano en el que vivían entonces. Y cuenta, con una ternura enorme, cómo su madre los despertaba y les contaba que los camareros del restaurante le habían asegurado que la Pantera Rosa estaba en Madrid y que tenían que estar muy muy muy atentos por si la veían en el camino a la parada del bus. Cómo no maravillarse ante esta historia, cómo no recordar que mi padre me contaba, cuando niña, que él era amigo de Lindo Pulgoso, que le acompañaba todos los días desde su oficina a la puerta de casa, mientras yo, fascinada y con la boca abierta, iba comiendo poco a poco la odiada tortilla francesa. La ficción, las historias, los relatos nos permiten tragarnos cualquier tortilla francesa, incluso enfrentarnos con ella, perderla de vista, soñar, en suma. Y, volviendo a la película, esa reivindicación de lo ficticio como necesario para sobrevivir es también un grito a favor de todo lo que nos llena y no es subsistencia: las tardes en el cine, las canciones repetidas porque nos gustan, los besos, perder el tiempo mirando por la ventana. Todo eso es la vida, lo demás, ya lo hemos dicho, es subsistencia.

Al final, sin telón ni nada, sabemos que estos actores y actrices esperan a un Godot que, las paradojas de la narrativa, es quien sostiene la cámara, testigo mudo de todo lo que allí, improvisado o estudiado, ha sucedido. Y ofrecerlo es un acto de amor al teatro que tanto nos ha dado a personas como yo, pero también de la ficción y los cuentos, de las historias inventadas que tanto han hecho para que personas como yo seamos así como somos, para bien o para mal. Es biología y es piel: cómo vivir sin la verdad de las mentiras.

(Al final de la película sale una cita del grandioso Peter Brooks que resume, mejor de lo que nadie podría hacerlo, lo que es el teatro: “El teatro no va de nada. Va de la vida. Es vida”.

(Telón)

 

Los comensales (2016) de Sergio Villanueva la podéis ver en Filmin.

 

Manos y otras vidas

Publicidad de Crescendoe gloves, hacia 1950. He encontrado la imagen en Pinterest y creo que no tiene derechos. Si no es así, adviértanmelo y la retiro, aunque yo no gano un duro con el blog.

Miro mucho las manos de las demás, las manos que veo a diario, porque me parecen siempre las hermanas pobres de la fisonomía de alguien. Pasamos la vista por encima, como en las lecturas en diagonal de titulares y de rabias tuiteras, poco más. Veo tantas manos desconocidas en el día a día que tienen historias o que son historias en sí, que una ya no sabe si las inventa o forman parte de esa realidad aumentada que vamos hilvanando para pasar la vida.  Las manos del revisor del tren, devolviéndote el billete todos los días. Las manos de la señora que vende la fruta,  haciendo despacito una cuenta en el extremo del papel que está sobre la mesa, sus dedos regordetes exhibiendo sortijas y un esmalte de uñas de color perla. Las manos también que me curan cuando pulsan algún circuito oxidado de mi cuerpo, “clínica de fisioterapia” pone en la puerta, unas manos algo naif en el cartel del anuncio. Otras manos  ofrecen poemas envueltos en un rulito con un lazo, todos los días delante de casa. Oigo la voz que me pregunta si quiero un poema, a veces lo rechazo con dulzura;otras, me da pudor no hacerlo, lo compro. Otras manos, también desconocidas, se extienden delante de mí como una interrogación muda: dame dinero, llévate la tristeza, aparta la oscuridad. Manos que gritan, tantas manos a diario : las manos como el estandarte de una biografía que desconocemos, casi como la máscara de las personas que vienen detrás.

Hace años jugábamos a construir vidas ficticias, las “vidas de mentira”, lo llamábamos. Hubo un momento que el gusto por la ficción comenzó a desbordarnos y dejamos de tener en cuenta la realidad. Dejándonos llevar por ese afán de competir en la fabulación, típica de los cafés de media mañana en la Universidad, imaginamos vidas al profesorado: así tuvimos una profesora a la que imaginábamos como reina de la belleza que había invertido el dinero del premio en pagarse una educación en prestigiosa universidad (en lugar de haber huido a probar fortuna en  Hollywood) ; un profesor al que creamos un pasado de atleta ligón en una universidad del Medio Oeste norteamericano, a  un reputado investigador le colgamos la cruz de que era,en realidad, un próspero comerciante de chucrut y salchichas en una pequeña localidad de Renania. Nos divertíamos tanto que creíamos tener el don de los guionistas para situar actores reales en entornos ficticios, los usábamos casi como peones sobre un tablero que nosotros íbamos moviendo a placer. La única regla era ser más rápido que los otros a la hora de descubrir nuevas presas, a la hora de hilvanar una biografía disparatada que provocase la carcajada de los jugadores. Ese recuerdo, ahora, me estalla en la cara como algo obsceno, casi como el haber participado en una novatada de la mili o en una burla general hacia alguien que no lo merece. Y no porque no fuese divertido, no. Porque he leído hace días la historia de un violonchelista de éxito que toca en la calle para sentir al público, desplazado por una cruel invalidez de su puesto en una orquesta de renombre. Y es una biografía tan literaria que seguro que en aquellos años de risas y fabulaciones se nos habría ocurrido algo similar. Y mientras toca en la calle, cerca de mi casa, miro sus manos que vuelan de un lado a otro del instrumento, unas manos que nacieron tan lejos de esta calle y de este momento en la vida, unas manos que han abrazado y habrán tirado de maletas en aeropuertos, habrán hecho también cuentas en el borde de un papel, habrán firmado contratos y resuelto crucigramas, habrán seguido la línea de la lluvia en un cristal, quizá en muchos más lugares del mundo en los que lo he hecho yo.

Y ahora, que intento terminar un post para que este blog siga teniendo sentido, me entero de la muerte de Carmen Alborch y evoco aquellas manos firmes y huesudas, su sonriente inteligencia, su melena rojiza y su modo de explicarnos que la soledad voluntaria es la forma más plena (¡y difícil, hijas, difícil) de la independencia. Manos, pelo, sonrisa. Qué esquemáticos son siempre los recuerdos, joder.

Aznavour

Photo by Edu Grande on Unsplash

Para Fran

Qué ajeno ha vivido Aznavour a saber cómo marcó parte de mi vida y la de algunos más. Siempre me he preguntado cómo será convivir con el éxito sabiendo, muy de lejos, y sin saber, muy de cerca, que has cambiado la vida de alguien, que tus palabras- tus letras y melodías- han podido estar en momentos tan definitivos de la vida de otros. Cómo puede saber alguien que, por ejemplo, para una niña era difícil ahorrar el precio de un disco doble para regalárselo a su padre en el día de San José. Cómo saber, del mismo modo, que aquel disco giró y dio vueltas casi hasta el infinito, que aprendimos de memoria (e imitábamos el acento francés con gggrrr) que Venecia ya no era igual, que Isabel era algo díscola y lejana, que alguien amaría de forma desesperada o que el París tristemente dominical había perdido el encanto bohemio, sustituido el cuarto del artista por un café-bar “y arriba una pensión”. La música es siempre una patria duradera: te la llevas dondequiera que vas, en tu recuerdo y en el de otros. Silbamos canciones, las canturreamos mientras conducimos o vamos al supermercado, cuando caminamos de prisa y apurando el paso entre la gente, cuando desayunas en familia o a la mañana siguiente de haber despertado la piel de alguien. Se te queda dentro, es un pasaporte que jamás caduca. Aznavour estuvo siempre: en mis dieciséis años mi padre me despertó poniendo aquel viejo vinilo que yo le había regalado años antes, el famoso disco doble “del armenio”. Me encantaba la cadencia de la voz de Aznavour cantando en español “Tus dieciséis años” . Luego vinieron años distintos, otras canciones y al vinilo lo sustituyó un moderno cd que compré en un viaje a Madrid y que también fue un regalo de día del padre. Mientras mi madre era de Montand y de Mari Trini, mi padre y yo teníamos un cariño especial a este señor de rostro algo imposible (eso si, las ojeras de Montand, ñamñam).

La muerte de alguien a quien no conoces, por muy famoso que sea, por muy conocida y popular, se convierte siempre en algo banal en el momento en que compartes la noticia en redes sociales. Quizá sea cierto que nos convertimos en plañideras virtuales e incluso nos sentimos mal si no participamos de los aspavientos colectivos: es posible que haya un efecto dominó. Un lamento de hoy es el olvido de mañana. Pero también es verdad, entrando casi en abierta contradicción con lo anterior, que cuando muere alguien que estuvo (y digo bien: estuvo) en tu álbum de recuerdos, una siente que le arrebatan patrimonio. O, quizá, también nos entristece que nuestro contexto, aquel que parecía tan sólido, aquellos anclajes tan firmes, sean referentes irremediablemente efímeros y  que serán, con toda seguridad, sustituidos por otros. Y ya está, quizá no haya que darle más vueltas y asumir que somos y seremos formas de olvido, perdurables solo en la memoria débil de algunos.  Se va Aretha Franklin, se fue Bowie, se va todo dios y repetimos siempre lo mismo: “Joder, vaya año”. ¿Vaya año? Saquemos cinismo y barejemos cartas para decir lo siguiente:  todo esto tan apocalíptico, queridas,  podría resumirse de forma mucho más breve y más prosaica. Lo que pasa, sencillamente, es que vamos haciéndonos mayores y los equipajes se aligeran. Pero esto no importa: hoy, aunque solamente sea por todo aquello en lo que Aznavour participó sin saberlo de mi vida y memoria, me pongo enterito el disco doble, canto a alarido limpio mi imitación de su acento francés y me bebo mi particular homenaje. Ese que cada una tiene que escribirse a sí misma cada día.

Más sobre las músicas de nuestras vidas, en este post: Te grabé una cinta.

Libero Marsell

Sin título y sin créditos. Ojalá fuese el joven Libero Marsell mirando hacia su futuro, pero me temo que no. 🙂 Pulsa en la imagen para fuente.

 

 

Pocas cosas hacen asomar mi lado más arácnido que el hecho de que me pregunten si me identifico con algún personaje de una obra literaria. Entendámonos: todas jugamos a vestirnos de ropajes de ficción y de ser otra u otro. En ese carnaval inventado escogemos los rasgos más románticos y cool de un personaje, precisamente porque sabemos que no podemos extrapolarlo a la realidad. Qué duda cabe que ante la ficción y la vida una elegirá siempre la vida, especialmente porque no sería nada recomendable- si apreciamos en algo nuestra supervivencia- ser el pirata de Espronceda, la Tess d’Auberville, el Pijoaparte o Sal Paradise : gran parte del atractivo de escoger y jugar es que rompemos la baraja, nos ponemos el traje gris de cotidianidad y cerramos el libro. Y, punto y aparte, hasta otro alter ego en otro momento.

Toda esta falsa teoría- que de cierta solamente tiene que es un error confundir literatura y vida, autor y personaje, escritora y autobiografía- se me viene un poco abajo con las llamadas bildungsroman o novelas de aprendizaje. Ahí se me va todo al garete, amigas: Stephen Dedalus, Lázaro de Tormes o la Nan de El lustre de la perla, Holden Caulfield, Pip de la Forja, Daniel el Mochuelo, sabed que soy vuestra escudera. Lo soy o lo era, quizá, porque os vais por el sumidero con Libero Marsel, qué le vamos a hacer si siempre somos más del último que llega. Qué jodido y raro es enamorarse de un personaje tanto: ese amor que va por encima de enjuiciar o de sentir su moralidad como propia, de aprobar o reír sus cuitas y desventuras, de perdonar, incluso, sus barbaridades. De sentir cómo le adviertes (“No, Libero, no, eso te va a hacer sufrir”) o de aplaudir su contenido lirismo. Ay, Libero, que tanto has aprendido de las mujeres que te harás sin querer una lectura feminista de la vida sin darte cuenta. Libero, Libero: que menos mal que nos tienes, hijo, menos mal.

Leo Actos obscenos en lugar privado cautivada sobre todo por su título y asisto a una muy mejorada educación sentimental, una reubicación en el mundo de un joven que crece y se  hace  entre Milano y París, con la sensualidad y el sexo-variables casi siempre parejas,casi siempre distintas- como telón de fondo, tanto de esa necesidad de encontrar su lugar en el mundo como del saber realmente quién es. Y lo hará por caminos que serán familiares para quien lea. ¿Por qué?  Pues porque gran parte de la cartografía de esta novela es una llamada a la imaginación colectiva, unas imágenes vibrantes y magnificadas que tienen aquí trasunto de paisaje narrativo y que aluden a muchos de los lugares comunes de la época:  si Libero vive en el París de finales de los 70 pues irá a Deux Magots. y se sentará en el lugar donde se sentaba Camus, justo porque acaba de leer El extranjero y está tan sumamente fascinado por esa lectura como lo estamos todas ante un primer descubrimiento literario. Pero Camus ya ha fallecido y en su lugar conocerá a otro hombre que también tiene mucho que ver con la frialdad de vivir, que es Sartre. Libero leerá, aprenderá mucho de los libros y de su trabajo en uno de los bares más literarios del imaginario colectivo occidental, de su habilidad para formar tertulias, de la universidad y de las mujeres que lo rodearán en esa época, auténtico centro de la novela y auténticos pilares de esta historia o, quizá, de todas las historias.  Libero redescubrirá a su padre, en la distancia y la ausencia (ay, el duelo, la orfandad cuando aún no eres un hombre, cuando no eres adulta ni nada), encontrará el ansiado y omnipresente sexo, volverá a Milán tras una ruptura demoledora. Y Milán, con su luminosa, helada y señorial majestuosidad, le guiará hasta  el adulto que está ya agazapado en el petit Libero que ha salido de París: el que descubrirá más y mejores formas de amor, menos literarias, más reales. Será el que irá en motocicleta con su amigo Lorenzo y un chucho con nombre y apellidos (si tengo un perro le pienso poner Palmiro Togliatti, que lo sepáis), el que olvidará a tantas mujeres como muescas hará en la barra de la taberna de Giorgio, el que perderá mucho para encontrar a aquella a la que amará, la que hará que dé un vuelco a aquello en lo que trabaja para encontrar su verdadera vocación. Pero antes, para llegar a eso y fuera de los juegos y azares extraños del amor, follar, lo que se dice follar, Libero follará muchísimo, pero no es excesivamente importante aunque ocupe tantas páginas, tanta reflexión, tantas expectativas y tanta espera. Habrá mujeres  a lo largo de todo el camino que, casi, podrían ser una, pero serán dos y(o quizá finalmente tres):  una madre que lo conduce hacia una vida no buscada, pero a la que acabará conquistando, entendiendo y queriendo cada vez más y, también, la bella y esquiva bibliotecaria Marie.  Si existe en esta novela  un personaje con el que el riesgo de caer en esa empatía que siempre señalan las reseñas cutres (y que, como he dicho, despierta mi lado más arácnido) es Marie. Marie, joven bibliotecaria, culta e independiente, a la que siempre imagino entre vahos existencialistas y discusiones con boinita calada y camiseta de rayas. Marie, la libre, la deseada y de nadie Marie. Porque lo que aprende también Libero es que, para muchas mujeres, el problema no es encontrar el amor, es que el amor te encuentre a ti: que los hombres con los que compartir la vida sean capaces de ver algo más que un perfil de sensualidad desbordante. Que no suceda, que no te conformes,  hace que siempre una se decepcione, aunque se vuelva a intentar, quién sabe.

Actos obscenos en lugar privado es, claro está, una novela de construcción. Construcción a través de las lecturas, del cine : desde Milan Kundera a Dino Buzzati, pasando por Malamud; de los salvajes alaridos de La chaqueta metálica  a la belleza melancólica y trágica de Una giornata particolare, con el hermoso Mastroianni regando las macetas. Pasear por esta novela es hacerlo por el bosque  cultural, incompleto y ambiguo ¡tan plagado de fantásticas incoherencias! de nuestras primeras épocas de voracidad lectora y cinéfila, de ese mundo que te quieres comer verso a verso y que podrá comerte en cualquier momento. Ese mundo de “pisábamos los charcos, tan lejos estabas” que cantaron alguna vez, y para mí, Golpes Bajos. Pero, claro, llevar la música y la literatura al terreno de lo propio es convertirse en un lector excesivamente permisivo. Algo, como en el título de esta novela, particularmente obsceno.

Bonus Track

Os dejo una entrevista con Marco Missiroli y si os queda la chaqueta de punto como a él  podéis dejar un comentario, gracias. Si no, también podéis dejar un comentario, gracias.

Atti osceni in luogo privato está editada por Feltrinelli . La traducción al español la hizo Carlos Gumpert para Salamandra y es magnífica.

 

El paso del verano

Harry Watrous The passing of summer. Imagen en Public Domain (thanks Metropolitan Museum of Art, NY) y es un cuadro con una maravillosa historia que podéis leer online. Pinchad sobre la imagen y accederéis.

Harry W. Watrous observó a una mujer sentada sola en la terraza de un restaurante francés,casi a principios del otoño de 1912. Se dirigió a ella y le preguntó: “¿Qué, aparece ya el príncipe azul?”. Y la mujer respondió : “No, y ya está pasando el verano”.  Dejemos a un lado ese estigma de expectante guardia asociado a la mujer soltera- qué poco han cambiado algunas percepciones, por mucho que nos empeñemos- y hablemos del paso del verano, de ese istmo entre dos mundos que no tiene nombre ni nada. Este momento del año sin bautizar es la estación perfecta: decae el verano pero se resiste numantinamente; otoño, eres aún muy lejano. Miro,al fondo del armario, las botas con las que saltar los charcos de los próximos meses: están también como dormidas, hoy no es su momento, pero podría serlo mañana. Quién sabe.

Verano, qué rápido has sido y cuánto me diste. Qué poco registré de la falta de horarios, de los planes imprevistos, de la laxitud del tiempo perdido, de los silencios guardados en compañía. Oye, verano, que tengo nostalgia ya de ti cuando aún no te has ido, yo que siempre te desprecié frente al otoño de reuniones caseras y castañas. No me lo tengas en cuenta: ya sabes que mi capítulo favorito de Mad Men es aquel en el que Don Draper diseñaba el carrusel de recuerdos, y estos meses de sol y salitre me han fabricado auténticas bellezas. Verano de 2018, eres ya una vieja película doméstica, temblorosa y de colores desvaídos. Estoy de nuevo en el aeropuerto en la llegada de Marta y Lorea, otra vez las conversaciones en la playa de O Grove y las cañas en el Naútico de San Vicente, el viaje con Javier, Tomi, María e Irene a los cadaleitos de Ribarteme. También el regreso a un apartamento superpoblado, agotados y muertos de risa, después de los conciertos del Atlantic Fest en la Illa de Arousa. Agosto, tú me llevaste a un viaje urbano de libros y conversaciones exquisitas, a hacer nuevos amigos, a recorrer plazas y calles de mi ciudad siguiendo la música, como si esta ciudad atlántica y de viento fuese Hamelin. Otro día fuimos  a Carnota y la casualidad me regaló la foto más hermosa ; también me traje mi cesto de playa lleno de conchas y arena. Ese día- muy poco antes del Ferragosto-  acabamos hablando de Thomas Bernhard en un bar de carretera, también de que divago cuando cuento las cosas. Joder, verano, para no quererte mucho, tengo que decir que te has portado: hasta terminé comiendo natas en Porto, y viendo anochecer en Gaia, qué más puedo pedir.

Comencé hablando de aquella mujer que sentía que el tiempo se le escapaba sin remedio, cansada de esperar un futuro que no llega, que se convierte en pasado en menos de un soplo. Seguramente es la edad, claro: ahora que ya no forro libros, que no espío rotuladores y cuadernos nuevecitos sobre la mesa, todo me parece menos importante.  Eso lo magnifica todo porque – ay, la paradoja- lo fugitivo es aquello que siempre pretendemos enmarcar. Esa es también la idea de escribir: ntentar retener algo, lo que sea, darle la carta de naturaleza real, de que ha existido. Creo que era Perec el que decía que ese modo de conservación tenía que ser meticuloso: un recuerdo siempre es vago aún en la nitidez. Llenarlo de tinta, de negro sobre blanco o de caracteres bailones en la pantalla de un portátil, es lugar a favor de la supervivencia, no sabemos a qué, dado que el olvido siempre viaja con nosotros.

Aun así, este tiempo de tregua entre dos estaciones, vago y perverso como una flor rara, me hace tan feliz en mi lucha a favor y en contra de los recuerdos. Casi tan feliz como el otoño que intento adivinar, cada día, al asomarme a mi ventana.

Bonus tracks:

Tenéis que ver Heavies Tendres en Filmin. Hacía tiempo que no veía una historia tan tierna de amistad:  esta que nos cuenta Juanjo Sáez entre dos chavales de una barriada de Barcelona, justo antes de las Olimpiadas, es para tomar nota.  Música heavy, familias dispares, sobrevivir al instituto cuando eres repetidor o raro, el primer amor. y ser adulto cuando no te corresponde. Todo eso y mucho más.

Yo estoy leyendo Los bellos y los dandis de Clare Jerrold que solamente por la edición de Wonderkammer ya vale la pena. Macaronis, beaux y Bucks, entre otros, en este tratado sobre el dandismo escrito en 1910.

Oh, y me he presentado a un premio literario que no voy a ganar, pero por lo menos me he atrevido. Lo pongo aquí porque así lo disimulo más.

 

 

 

Huevos y castañas

Hubbell y Kattie, huevo y castaña, no necesariamente por ese orden.

Hay muchas cuestiones incomprensibles a las que, por cotidianas, no prestamos ya atención. Es un milagro que se encienda una bombilla, que tenga este cacharro cuasi perfecto que me permite ir escribiendo, estar a la vez conectada con el mundo y envuelta también en una cuidada misantropía. Es un milagro, paradójicamente, que no nos cansemos nunca de que vuelva  la primavera, de que nos pille la lluvia en medio de la calle o que un espejo nos devuelva esa imagen ajena y familiar que somos nosotras mismas. Imaginemos lo que sería mirarnos en ese espejo cotidiano cualquier mañana y,en esa simetría, encontrar una mirada extraña (ojalá un cabello pelirrojo, unos ojos menos miopes, una talla de pantalón más democrática). Esa sorpresa a lo Gregor Samsa nos convertiría en un doppelgänger imposible de aquello que conocimos, una nueva versión de un yo asumido, una extrañeza divertida y a la vez algo aterradora, inquietante; y con la que tendríamos que recorrer el camino de la costumbre. “Eh, esa soy yo ahora, tengo esta cascada de rizos pelirrojos y esta mirada a lo Rossetti, por favor que no se desvanezca, que perdure”. Creo que yo tardaría muy poco tiempo en domesticar esa ilusión y hacerla mía, a enamorarme no de mi reflejo, sino de esa nueva fisonomía que se apropiaría de mi carácter, de mi calendario y de mi DNI. Y emprender casi una nueva vida, qué difícil es la identidad y qué compleja es la imagen de nosotros que nos devuelve.

Yo no sé si esto tiene alguna analogía posible con lo que es enamorarse. Si alguien lo sabe, que me lo explique. No creo que existan millones de formas, quizá exista solo una y todos la hayamos asumido con esa natural y laxa indiferencia con la que vemos salir agua de un grifo o encendemos la televisión y aparece lo repetido, el puro atrezzo.  Es curioso: nos sorprenden los fallos del sistema, pero no  encontramos ninguna gratificación en aquello que es mecánico o automático. No, no haré una analogía con la rutina. Creo que hay una natural evolución en la convivencia, en el paso de ser amantes desbocados a familia, a que los lugares que eran testigo de explosiones de besos y piel revuelta se conviertan en paisaje doméstico. Es algo natural, no le demos más vueltas. Lo que me sigue maravillando es esa atracción difícil entre huevos y castañas, entre lo ácido y lo básico, entre Capuletos y Montescos, entre gente del Barça y del Madrid, de votantes del PP y Podemitas, de calma y tormenta, de beatlemanicos y rollingstonianos, de pijos y gichas. Sí, compro la idea de los polos opuestos, pero hablo del largo recorrido, del, casi siempre agotador, ejercicio de la tolerancia. Y, ay, esto es lo peor de todo: somos a veces tan distintos a la persona en la que nos fijamos que nos la llevamos puesta y tiramos el ticket, la metemos en la lavadora de nuestra vida sin mirar la etiqueta, establecemos una lista previa de cualidades que queremos encajar en ese objeto como si fuese una creación a medida. ¿Cuánto tiene el enamoramiento de intentos de Pigmalión, de ruleta rusa, de tirarse en plancha? ¿Cuántos desteñidos es capaz una de acumular a lo largo de su vida? O, quizá, sea algo más complejo como que la mutua y secreta admiración que late bajo una discrepancia alimenta la pulsión erótica. Que los fachas o los perroflautas pueden ponernos, dependiendo de dónde estemos situadas. Y si no, díganselo a la narradora de Noites de safari, Marleen Malone, en la entrada dedicada a la F y G de su particular diccionario recopilatorio de amantes.

Yo iba a hablar de cosas tan diferentes como la capacidad de reconocer el amor y esconderse por miedo al sufrimiento, de la felicidad en la vida sin pareja, de la última de Gornick y su relato del amor en el que alguien se diluye. Todo eso hoy puede esperar. Porque pensar en huevos y castañas, en ese impulso que empuja hacia un territorio de antípodas, a otro lenguaje y otro planeta. es hablar de Hubbell y de Kattie. Y, qué quieren, mientras todo el país ve el Mundial, mientras lo suyo sería desmarcarse con Una giornata particolare, yo me pondré a ver por millonésima vez The Way we were. Porque el final, ese final frente al Hotel Plaza de Nueva York,  yo sí creo que es feliz y legítimo. En los amores difíciles, ese equilibrio inestable entre contrarios tiene una trayectoria de corto recorrido, ese es el pacto, es efímero y no lo olvidaremos nunca.  En cualquier caso, y a pesar de todo, el mes favorito, como dice un personaje de la película, sigue siendo abril.

Nota: estoy en un momento débil y crítico, por favor, absténganse de decirme que hay un capítulo de “Sexo en NY” que, literalmente, se carga una de las mejores escenas de la historia del cine, con la insufrible Carrie Bradshaw haciéndose la activista guay. Gracias, es que soy muy sensible.

Brooklyn (2008-2018)

Photo by Yonghyun Lee on Unsplash

A Virginia y Amparo , que me acogieron en Brooklyn. Para Fernando Plata, que me escuchó por teléfono, llorando desde la Columbia University. A Carlos, que me encargó palomitas y se las llevé.
Y a Pedro, que escuchó mi recomendación sobre la película y le gustó mucho.

Otra nota en el cuaderno Moleskine:

No fue difícil. La oferta, hecha de modo informal, en un correo electrónico, hablaba de “sitio en casa”, “ven cuando quieras”, “nos encantaría tenerte aquí este verano”. Y las siguientes veinticuatro horas fueron una vorágine de billetes, dólares, cambio de vacaciones, alguna que otra explicación poco convincente, maletas y pasaporte. Y lo que tenía toda la pinta de convertirse en el peor verano de su vida- qué incompleta era entonces su experiencia en veranos de tristeza,en veranos inacabables – se convirtió en el verano de Brooklyn, un mes de julio de improvisación y decisiones, un mes que la convirtió en una mujer inesperada.

Qué caprichosa es la jodida memoria, cómo se enfrenta a la experiencia y transforma lo vivido en un relato a medida, de encargo. Es verdad que otras veces es “esa fuente de dolor”, pero, en la mayor parte de los casos, es una fotografía retocada y qué más da. ¿Es lo vivido o aquello que hemos registrado lo que interesa? Quizá eso sea ya otro asunto y voy a cambiar a la primera persona, qué rigores tiene la autobiografía incluso cuando es ficticia. Vamos allá:  puedo recordar lo que leí en el avión, la tormenta  un domingo en Coney Island, las risas en la Public Library of New York cuando me caí a rolos en la escalinata de entrada, aquel concierto en la calle, Jackson Pollock en el MOMA, la pizza de noche en una terraza con velas, todas son imágenes de gran encuadre. Lo cinematográfico te asalta en muchos lugares de NY, te lo encuentras a lo grande en Manhattan. Pero claro que hay más. En Brooklyn son otras imágenes, quizá de encuadre más corto. El Brooklyn de 2008 eran más tiendas de barrio, más imágenes de escaleras que llevan a portales de edificios con amplias ventanas, de calles flanqueadas de árboles donde la gente se para a hablar y a mirar, de bicis y de ruido de monopatín sobre el asfalto. Es también el lugar que te atrae porque aún tiene algo algo de aldea y de margen, de periferia amable, de lentitud. Aunque, ya en ese Brooklyn de 2008, te cruzabas con chicos artistas de look lánguido y chicas con estudiado desaliño, donde empezaba a ser todo un rollo muy Lena Dunham (a la que yo aún no conocía) y un leve, digamos, “pijerío desarraigado”.  Ya había también algo más de sofisticación enredándose en el cogollo del barrio, parecía que empezaba a cambiar algo, a convertirse en un caramelo para el futuro de algunos.

Veo la fantástica Verano en Brooklyn   y aquel ya lejano mes de julio de 2008 vuelve de nuevo a mi cabeza. Además de la dulce tiranía de la primera amistad- el título original es Little Men-, de las desilusiones y reajustes que conllevan los cambios de rumbo (el crecer, las razones de las cosas que los adultos ya no saben explicarte y no te convencen), me hace pensar mucho en la vocación y el talento, esas dos buenas versiones de la creatividad que no necesariamente van unidas y que desencadenan el eterno desafío sobre cómo gestionarlas  (¿cojo este trabajo de mierda porque, a fin de cuentas, es un curro y me olvido de mis escrituras o mis cuadros con los que no me como un colín aunque sean parte de mí? ¿Es más relevante pagar las facturas o malvivir dignamente como un artista tísico del XIX,bebiendo sorbos de dignidad como único alimento?) . Madurar es un acto inevitablemente complicado, justificar la cobardía o la codicia ante determinadas decisiones es un ejercicio de honestidad personal, de creación de relato propio. Y todo esto está aquí, en esta pequeña película dirigida por Ira Sachs y con Greg Kinnear como ese hombre gris que tiene que resolver y dudar a la vez. Pero, sobre todo, Verano en Brooklyn es una buena reflexión sobre  la piel de las ciudades, sobre los cambios- obligados cambios a veces- en la pérdida de carácter propio de los barrios  y en la deriva hacia algo mucho más caníbal y más uniforme, también más excluyente, llamado gentrificación. Si me leéis alguna vez, si pasáis por aquí,  diréis que estoy un poquito plasta con el tema, pero es que lo veo todos los días desde mi ventana, desde mi portal, en mi barrio. Me gustaría volver un verano a Brooklyn y comprobar si la identidad ha mudado de piel o todavía no, si ya es el fin de algo inevitable.

Es curioso: mientras hilvanaba los recuerdos de ese sofocante y definitivo verano de 2008 me ha venido, de forma muy vaga, como un acontecimiento ajeno del que yo soy solamente cronista, el texto de algún sms que recibí en aquel momento,llegado de otro lado del océano. Y es extraño porque, en esos bucles que suceden a veces, diez años después y con la tecnología del 2018, me sorprendo acechando de vez en cuando la pantalla de mi teléfono, esperando una invitación a que un final- otro final más reciente,un punto y aparte, al menos- no sea tan abrupto, tan áspero. Un mensaje que limase algo de la melancolía dulce que se me queda dentro cuando miro por la ventana en un barrio que cambia día a día. Qué pena que no estés esperando en el portal para contártelo.

Leo, leo: Me estoy dosificando la última de Orejudo Grandes éxitos porque sé que tendré que emborronar mucho sobre esa ¿novela? Entrar y salir de la ficción, esconderse o no en un laberinto de espejos,  explayarse sobre Cervantes y la intención del autor es darme a mí en el palo del gusto. Pues sí, poco a poco.

Escucho: Hola, me llamo Lorena Gómez y me gusta el nuevo de los Arctic Monkeys, ponedme a parir y desheredadme. Me chifla.

 

 

Abril de 1966

Nate Fisher explica, desde muy lejos ya, la traición de la fotografía.

 

 

Yo tenía  la idea de escribir un post sobre un 11 de abril de 1966. Yo tengo la idea desde hace tiempo de escribir sobre todo aquello que es parte de mí y que yo no he vivido, de todo aquello que ha sido un punto de partida desconocido, unas vidas lejanas  que han tenido la desfachatez de existir sin que yo las conociese. Yo nací a las tres de la tarde de un día de febrero de 1967, ahí empieza una historia, la mía, de la que soy dueña solamente en parte. Porque, ya lo he contado, todo comienza mucho antes, cuando un 11 de abril de 1966 una joven mira ilusionada a la cámara, con gran sonrisa, velo y traje blancos satinados.  Esa fotografía me devuelve el momento desconocido en el que una desconocida sonríe sin saber que yo llegaré al año siguiente, sin saber que me pelearé mucho con ella y que  me equivocaré en tantas cosas, acertando y siendo terriblemente terca en otras. Mi madre es esa mujer de la foto- ¡bellísima!-que sonríe, joven e ilusionada, envuelta en un blanco que destaca aún más sus ojos castaños. Ella  no sabe que yo tendré ojos azules y que lloraré por caerme de los patines, porque me he visto sola en aeropuertos, porque me romperán el corazón y me iré de casa muy pronto, casi niña, altiva y con la desvergüenza de la juventud sin equipajes. Tampoco sabe que le cogeré la mano el último día de su vida, ni que me echarán del comedor del colegio por tirar un filete por la ventana. Ni que escribiré, deseando ( o no)  todo lo que guardo llegue a algún lugar algún día. Ella no lo sabe, yo tampoco sé nada de cómo ha llegado hasta aquí, cuáles eran sus expectativas ante una familia nueva y por estrenar, si esperaba que yo fuese Diego con más alegría de la que soy  Lorena. Reconstruimos, coleccionamos anecdotario siempre más tarde, pero ¿quién eras tú ese día? ¿cómo abrochaste todos esos botoncitos que lucen en tu traje, qué pensamientos iban y venían de ti esa mañana en que salías ya de tu casa para siempre?

Leo el libro de Vilas, Ordesa, y me sobrecogen algunos párrafos, disparos directos a ese pasado de los padres que los hijos desconocemos. Padres que, jóvenes, miran a la cámara con chulería, con humildad, con timidez o desafío. Vestidos de domingo, con amigos anónimos ; chicas que van del brazo, reidoras, en pandillas por lugares por los que yo también pasearé años después, casi mil años después.  ¿Qué puedo saber de esos momentos, de esas horas previas y posteriores; qué sé yo de la espuma de los días hace más de sesenta años para una chica de provincias, para un hombre de provincias? ¿Qué sé  de mis muertos?  Nada, igual que Vilas, por mucho que se empeñe. No sabemos nada. Solamente conozco aquello en lo que yo intervine de algún modo. Podría reconstruir clas rarezas del lenguaje doméstico, las piezas del puzzle de la historia de una familia como tantas. Y es curioso; andamos muchas de mi generación en este ejercicio de volver a la casa familiar y respirar de nuevo todo lo que en un momento nos asfixió. No sabemos cómo será la orfandad en la edad adulta hasta que nos toca. Y no es una cuestión solamente de dolor; lo sorprendente es cómo dinamita todo lo que está alrededor del pasado desconocido.

Yo había empezado algo que prometía ser largo pero que, quizá, se quede en un cuaderno con notas. Me toca ahora saber si quiero que todo el hilo que emana de una fotografía del mes de abril de 1966, de un día concreto de ese año, sea un relato que pueda ser distinto a ese ejercicio de reconstrucción colectiva del que antes hablaba. No somos conscientes de aquello que vivimos porque no podemos registrarlo con precisión de entomólogo;  es la maldición del presente, solamente entendemos algo cuando ya es pasado y nada, absolutamente nada, es reparable. No podemos capturar nada en una foto porque todo se ha marchado después de hacer click: ya es otro momento, es otro lugar, es otra forma borrosa de nostalgia.De por qué queremos recuperarla, creo que habla también  algo de la mala conciencia de hijas, del desapego feroz o no, de cosas que tienen poco que ver con la arqueología y más con la necesidad de comprendernos. Un ejercicio que, en el fondo, no deja de estar traspasado por el egoísmo.

Nunca sabremos quienes fueron. Pero sí las que fuimos cuando nos tocó tenerlos cerca, aunque eso, y me jode decirlo, sea casi una forma de expiación.

Ya escribí algo sobre las fotografías, Barthes y un momento difícil de la vida en este post: Barthesiana Y, por supuesto, el ensayo de  don Roland, La cámara lúcida

Lectura: Ordesa, de Manuel Vilas. Y también ahora, por dos recomendaciones: Por favor, mátame: Una historia oral del punk de McNeil&McCain  y Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka. Todas ellas en su biblioteca o librería favoritas.

Música: Ahora la playlist de Tiempos de swing, que han creado los de Salamandra cuando se lanzó la novela homónima de Zadie Smith y que todavía, ay, no me he leído. Bueno, en la playlist van desde Ella Fitzgerald a Fred Astaire pasando por Madonna o Michael Jackson. La podéis encontrar en Spotify.

Señoras que pasman (viendo la vida pasar)

Sin título, voy yo y le pongo uno: “Señora que pasma viendo la vida pasar” https://unsplash.com/@tinaflour

Para Alejandra, a la que le gusta pasmar.

 

Algunos viajes despiertan en ti el espíritu de El turista accidental. Estancias brevísimas, de maleta sin facturar y con cosmética de bolsillo o de muestra de perfumería, ese ir y no ir, un soplo de avión y de tiempo escaso en otro entorno. La maleta merece siempre un capítulo aparte en cada salida de casa: ¿soy yo la única que, pese a consultar tanto la predicción metereológica, siempre lleva de más o de menos, olvida lo fundamental y ya desde el primer día añora aquel jersey que quedó en el armario, sufre por la ausencia de aquellos calcetines que no traje con lo bien que me irían con esta camisa, o me acuso de perder el sentido del color al deshacer la maleta en mi nuevo territorio?  La maleta me incomoda, de verdad que no sé nunca qué llevarme y qué dejar, y no hablemos de esa dificultad añadida de qué zapatos son recomendables para un aeropuerto o no. Vayas a donde vayas, tienes que pasar por ese desnudo impuesto e inconcluso, ese soft porno regulero que es casi de débito conyugal: quitarse el reloj, los pendientes, el cinturón y depositarlos de forma ordenada en un lugar determinado es lo más parecido a los preliminares de un polvo semanal, de bodas de plata, casi obligado y de precepto. ¿Para cuándo la música en ese striptís (me chifla escribir y decir striptís, es maravilloso)? ¿Por qué Spotify no me propone una lista de temazos que vayan desde lo intimista y sensual hasta lo descaradamente trash; por qué no se propone coreografía conjunta en las agencias de viajes, en los mayoristas, en los anuncios de airbnb, en los Skyscanners? Para mí sería más rentable aprender un baile para ese momento que el ofrecimiento de un über en una ciudad europea, más que los regalos de propaganda que adoro y que no sirven para nada, más que cualquier accesorio de bolsillo absurdo,denme un baile de aeropuerto, por favor.

Pero no, no voy a hablar de mis veleidades cabareteras. Quizá siempre que me voy de viaje escribo sobre lo mismo, con la imagen prefabricada del destino que nunca coincide,pero hoy sobre todo escribo más que nada porque quiero dejar un testimonio previo de lo que imagino y contrastarlo con lo que encontraré en realidad. Quiero un post como un trampantojo, quiero un post cápsula del tiempo, quiero un marcapáginas de esa nostalgia anticipada que son los viajes cortos y europeos. Yo viajo y casi no miro ni mapas, me dejo llevar por las ciudades. Porque sí, una es una señora heredera del espíritu del “Grand Tour” y le va la rancia Europa para escaparse, para reposar la mirada, a pesar de que los viajeros no existan ya y hayan sido sustituidos por los turistas. Huyendo de todo eso, quiero un paseo sin marcas en guía turística, en el que pueda perderme cosas a propósito, en el que abrace la nostalgia de mi casa respirando ese aire ajeno y extraño que deberían vender embotellado para aspirar con deleite en épocas de poco salir y de poco mirar. Sería una gran cura, una gran promesa de que todo es cíclico, comenzando por las ganas de perderse.  De perderse y, sobre todo, de observar la vida en una mesa de café, en una silla literaria y gastada, a través de unos cristales lluviosos o a los que yo coloco bruma porque me da la gana, que para eso es mi fantasía, nos han jodío. Y pasmar. Pasmar para poder fabular a gusto, para atrapar a todos los transeúntes que desaparecen de tu vida en un instante, a los que inventas hasta árbol genealógico y  a los que deseas toda la suerte del mundo, todos los happy ends posibles. El viejo militar (me da la gana que sea militar, qué pasa) que me miraba fijamente en el metro de Moscú, con una guerrera llena de medallas y sandalias, cosa más kitsch imposible. La elegante pareja de octogenarios, ella con un abrigo rojo que aventaba la grisura del día; él con una elegante gorra de gentleman mirando con lentitud el escaparate de una librería en York. La madre y el hijo que reían sin parar en un supermercado romano, el niño empeñado en unas piruletas, la madre devolvíendolas con paciencia infinita a la estantería. La pandilla a mi lado en una terraza de Ferrara que ponían a parir al marido de otra amiga, qué bien me lo pasé escuchando, cómo espabilé mi italiano ese día. ¿Qué harían al volver a casa, dónde les esperaría la muerte o la tristeza, qué más alegrías vendrían a partir de ahí?

Pasmar es un descanso para la memoria, es crear una ficción a medida y también apartarla si lo deseas. Es tuya, es pasmar. Es bueno pasmar para dar valor a lo que te rodea: tu vida se inserta en otras en una escala determinada,no eres más pequeña por viajar menos, los destinos pueden estar en la puerta de enfrente ; el principal viaje, el más épico, es el que tiene que ver con lo que vemos todos los días. Y observar tu vecindario, las colas de la frutería, el hombre acodado en la ventana que también pasma tanto como tú, los juegos, las risas, lo lento. Antes de ponerme Paulo Coelho y empezar a hacer subir los niveles de glucosa a quien haya llegado hasta aquí, no tengo más que decir hoy que cambio de atalaya para pasmar, para ver, para inventar. Por unos días, escuchando otro acento, leyendo la lluvia en otras baldosas diferentes. Y fantaseo mucho en los aeropuertos con encuentros imposibles, pero eso es otra historia, mucho menos pasmona, para otro día.

Si al final, de cada viaje, por muy épico que sea, una parte muy molona es regresar. Regresar y seguir pasmando, eso es. Hasta la vuelta.

Cosas que me llevo en la maleta:

Ordesa de Manuel Vilas

Noites de safari de Marleen MaLone

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