Anchoas y Tigretones

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El pasado en provincias (con Verna B. Carleton y Jenny Diski)

Fotografía de “My life through a lens” en Unsplash repository, con licencia Creative Commons Zero.

Hace tiempo, mucho, que pienso en escribir algo recreando todas las vidas ficticias de quienes viajan conmigo en tren a diario.  Observo y tomo notas mentales sobre la mujer que pudo haber sido una violinista checa afincada en Galicia por amor, del héroe de los deportes lesionado y reconvertido en entrenador de fútbol infantil, del hombre de aspecto cansado que parece leer todos los días el mismo ejemplar del mismo periódico. Conocí un proyecto precioso en Instagram que se llamaba “Passengers” y que me recomendó Marcos Pérez Pena, es de una mujer con una mirada excepcional, Aymará Ghiglione. Fue curioso: debió hacer el mismo recorrido que hago yo todos los días, habremos, sin saberlo, compartido miradas, nos habrán llamado la atención la novela tras la que se parapeta algún tímido, la explosión de apuntes y rotuladores de colores de los estudiantes, la mirada ausente o enamorada, el ensimismamiento ante la pantalla de un portátil o del ominipresente móvil. Hemos ido, quizá, en el mismo vagón, viendo el mismo paisaje ante un tren que devora veloz las copas de los árboles, los cables, las vidas de los otros. A mí siempre me ha fascinado la gente que se queda frita en cualquier sitio y me encantaría hacer un álbum a lo Sophie Calle, aunque más me gustaría, claro,  imaginar lo que sueñan  en una especie de Black Mirror a medida:  los sueños en tránsito, el subconsciente en su laxitud, el abandono sensual y recreado de ese duermevela; pequeños cortometrajes de la intimidad de los otros para goce y disfrute de esta señora cotilla. Pero yo, como siempre, iba a otra cosa y ya me estoy dispersando.

Leo Regreso a Berlín de Verna B. Carleton, en esa bonitísima coedición de Errata Naturae y Periférica (muy fan de esa cohabitación de las dos editoriales, a pesar de algún errorcillo solventable y sin importancia).  Tendríamos que hablar muchísimo de esta novela que no debe, no podemos permitirnos el lujo, diría yo, pasar desapercibida. Ese regreso del título a la Alemania de finales de los cincuenta merece un análisis pormenorizado sobre el perdón y la culpa, la manipulación y el aprendizaje de la historia, sobre las identidades rotas y reconstruidas, sobre la bondad y la crueldad. Insisto: merece un análisis mejor. Pero yo, a lo que iba, es a la primera parte de la novela, en la que tiene lugar una travesía en barco desde América a Inglaterra, se hace escala en una pequeña ciudad al norte de España llamada La Coruña (sic). Estamos en 1957.  La visión de la mujer dista de ser positiva. Habla de una ciudad de ventanas cerradas a cal y canto, de una arquitectura rimbombante que le recuerda a pasteles glaseados algo derretidos en una ciudad de bello entorno,  pero deslucida por la falta de armonía  y cierto abandono.  La narradora concluye: “España era pobre. Y España mostraba su desgracia desafiante, abiertamente”. Y yo siento una cierta tristeza. Yo imagino a mi padre, un joven de veintiséis años inmerso en su rutina cotidiana y siendo objetivo del ojo observador de la mujer que desciende, con otros pasajeros, a pasar unas horas en esa pequeña ciudad.  ¿Se habrían cruzado?  O mi madre, acudiendo a un trabajo necesario y no escogido. ¿Qué pensarían ellos de los extranjeros que se cruzarían por la calle Real con aspecto de exploradores urbanos, con sus pecas y su piel blanquita, su ropa tan diferente? Unos, insertos en la vida que tocó, gris y provinciana, tan tiznada de Fragmentos de interior como de Calle Mayor, tan sobria y tan poco pagana, tan milimetrada y tan poco libre. Pero era la suya: la que tocó. Exenta de ficción y, quizá, sobrada de una rutina que observamos con la misma condescendencia, con la misma distancia elevada que la turista americana que se bajó por unas horas a pasear por la ciudad del norte. A pesar de reconocerles la dignidad, con un poso de admiración.

Termino esa novela y comienzo Los sesenta de Jenny Diski en Alpha Decay. Y me topo con esto ya en la primera página: el pasado como mito, como la idea que la gente se forma de él a posteriori, un territorio movedizo atravesado por algún acontecimiento (guerra, crisis, siglo) que permita detentar “una narrativa manejable”. Caramba: esto es. Hay ideas más poderosas que la experiencia, dice la autora. Y en esas ideas poderosas, en esa conmiseración empática que sentimos hacia esos hombres y mujeres que vivían en la ciudad del norte en 1957, establecemos que nosotros hemos vivido mejor, desde una perspectiva del asunto que desconoce variables básicas como la felicidad o  la naturaleza de lo cotidiano. Nadie niega la escasez, la falta de libertad, influyese como influyese en esos hombres y mujeres (dicho esto grosso modo, que luego se me echan encima). ¿Somos nosotros más felices? ¿Y cómo coño somos tan arrogantes de pretender extender nuestro concepto de felicidad a todo el mundo? O de bienestar, o de rigor, o de aventura, o de riesgo, o de…completen con lo que quieran.

Yo empezaba hablando de cómo me gustaría reinventar la vida de los pasajeros, de participar de sus sueños,de poder inmiscuirme ahí y reutilizar, apelando a  a lo exagerado, a lo freak, a lo extraño. Cuando pienso en biografías ficticias de extraños me divierto, cuando imagino la vida pasada de aquellos que quiero me resulta mucho más difícil no acudir a una narrativa cómoda, que acaricie un poco las posibles heridas antes de tiempo, de autoconvencimiento, de tranquilidad o, también es posible, de cierto regodeo en la desgracia. No sé si soy empática o compasiva, si me dejo llevar por una poética precisa y previa, si necesito corroborar mis miedos o tranquilizar mi conciencia. Yo recuerdo las anécdotas hermosas- algunas, sí, algo tristes- de la infancia de mis padres, en un país en blanco y negro, en un país de domingos desiertos y desolados, de misa y mantilla, pero también de familia, juegos, música e imaginación en la parquedad. ¿Quién soy yo para maquillar o dejar al natural el pasado? Como no lo sé, no me queda más remedio que explorarlo, novelar o aprovechar, ahora que los personajes viajan dormidos, ahora que el pasado es una forma de que yo pueda relacionarme con mi presente.

Jenny Diski Los sesenta Alpha Decay, 2017

Verna B. Carleton Regreso a Berlín Periférica& Errata Naturae, 2017

El perfil de Aymara Ghiglione  es tal cual así en Instagram. Y a Marcos Pérez Pena lo podéis leer en Praza.gal

Un blog no sirve para nada

Tendría que haber escrito esto a finales de febrero. Tendría, claro, porque este blog pasó de ser un proyecto para hacer músculo de escritura a ser una cuasiobligación de la que a veces querrías liberarte. Después de casi ocho años, esto es  como esas comidas familiares estipuladas de siempre en el calendario y a las que acudes con una mezcla de hastío y spleen, con algo de vértigo y a regañadientes. A la vuelta a casa, si no ha habido asesinatos por mor de fútbol o gobiernos locales, reconoces que  no lo has pasado ni tan mal.  Yo iba a hablar de algo que sucedió a finales de febrero, pero ir perdiendo ese músculo de escritura del que hablaba al principio abre todavía más mi dispersión. “Tengo que hablar de mi colección de cuadernos”, eso pensaba yo hace un rato.  ” o también de lo que significa tener cincuenta años, lo que es cumplir cincuenta en 2017″. “Tengo pendiente  hablar de este otro libro y de este, de tal peli, del blablabla”. Y a los cinco segundos:  “bueno, pero ahora que ya me he cambiado de casa y tal, no vamos a estar dando siempre por saco con lo positivo de los cambios, etc, que es un coñazo”. ¿Qué hacer ante tantas posibilidades? Pues lo de siempre: procrastinar. Dar una vuelta por redes sociales, hacerse un café o recoger ropa del tendedero, mirar con deleite tu nuevo espacio – me chifla la palabra deleite, todo era una excusa para escribirla- o, incluso, tener la tentación de decir “pues no hago nada y a tomar por saco”, lo que sería una versión igual de infantil, pero algo más reciente del “no me como el rancho, que se joda el coronel” o el “pues ahora no respiro” del pequeño hispano del tebeo de Astérix.

Como sí voy a seguir respirando, y espero que por mucho tiempo, me apetece hablar de la valoración de la escritura. Como he dicho antes, esto no es no es nada más que tinta digital que se superpone cada x tiempo. Hablas de lo tuyo o tus circunstancias; sean estas veraces  o no, haya autobiografía o haya impostura. Pero, entonces, ¿qué es mi blog? Pues exactamente eso y nada más: un retazo de vida, una mirilla alocada, un, a veces, casi desahogo un tanto impúdico, un espacio para hacer lo que me da la realísima gana. ¿Un blog tiene sentido si no tiene lectores? Bueno, hay que tener la autoestima muy bien colocada o ser una especie de Ed Wood al que se la sople el éxito o el reconocimiento, pero quien hace esto es un poco más como el conductor Paterson de la ciudad de Paterson. ¿Y por qué, si llevo escribiendo tanto tiempo no hago un libro? ¿Por qué no una novela o una recopilación de algunos relatos? No lo descarto jamás, me da una pereza terrible, pero no lo descarto. ¿Estoy entonces perdiendo el tiempo? Y he aquí el quid de la cuestión.

Yo creo que la escritura siempre ha de ser verdad. Ha de tener raza, es una manera de explicarse a uno mismo limándose sus propias asperezas, enfrentándolo todo, creando y volviendo hacia atrás cuando es necesario, rompiendo, avanzando. Me da igual el género, la escritura siempre ES. Y un post en un blog ES también. No tiene la entidad de un producto acabado y que contiene unas determinadas prerrogativas: novela, relato, poema. Hasta aquí, viva Perogrullo, lo sé. Pero me sorprende, en un siglo XXI en el que lo escrito es siempre tan perecedero (no solo los artículos o lo derivado de géneros digitales, los libros nacen y son devorados por el Saturno de las siguientes novedades editoriales) que el ejercicio de la escritura tenga que llevar ese marchamo de tinta visible- papel o digital- para ser reconocido. Sigo a personas que tienen blogs que son infinitamente más literarios  que algunos libros de relatos o novelas, publicadas por muy tradicionales editoriales, que he leído este año. Hay blogs donde el nervio escritor sale por los cuatro costados, rezuma, rebasa, invade al lector. Pero parece que no vale.  Imagino que con las personas que hacemos esto se tiene aquella condescendencia que se tenía en los cafés de la capital con los escritores de provincias: un bloguero es un provinciano de la literatura. Un pailán. Pero, mira, ahí está. Y, a fin de cuentas, una se acuerda mucho de Patty Diphusa- lo mejor, para mí, que ha hecho Almodóvar- cuando su rollete niñobién se ponía estupendo autodenominándose “poeta”. Y la Patty, que era muy bruta pero muy lista, le respondía algo así como que “mira, chaval, poeta, lo que es poeta, aquí no lo es nadie hasta que no gana el Adonais”. Pues esto es algo así: desde el momento en que escribes, eres escritora. Tan amateur como el que más. Tan de provincias como los que van con distintos ejemplares bajo el brazo que no ha leído ni leerá nadie. Como tu blog, que leerán alguna vez muchas personas y otras, quizá las veces que creas que lo has hecho mejor, se quedará completamente solo. Pero es escritura, y es la tuya. Y, en definitiva, ES.

Un blog no sirve para nada. Escribir un blog sí sirve para mucho. Y otro día contaré qué tiene que ver esto con cumplir cincuenta años.

Extrañarse

Viñeta de “Fabricar historias” de Chris Ware, publicado en España por Random House.

Dice David Bowie que hay que enfrentarse a lo extraño. Yo así lo creo: hay que habitar, de una vez por todas, el desconcierto, abrazar la aventura aunque sea dentro de lo gris. Una se extraña a menudo, parte de la culpa es de una misantropía periódica que hace que muchas cosas de lo humano sí me sean ajenas, perdón por la cita mal traída. Otras veces es la pura necesidad de doblar la esquina y tomar una decisión a lo loco: me compro un billete de avión, me cambio de casa, diseño una aventura a medida.  Hace unas semanas hice un viaje breve a Roma.  Además de mi costumbre de observar las alturas- los áticos, las ventanas entreabiertas y diseñarles vidas ficticias a los habitantes que desconozco- me volvió una fantasía que tengo desde hace muchos años y que es puntal en mi extrañamiento. Quiero llegar a un aeropuerto, el que sea, e identificarme como una de las personas a las que están esperando con un cartel. ” Miranda Moore”, un cartel en letras mayúsculas sujeto por las manos de un chófer negro, con gorra de plato y uniformado. “Hola, sí, soy Miranda Moore” y me metería en ese coche dispuesta a abrazar esa oportunidad de ser otra persona, de aprovechar la ocasión como Don Draper o Ripley,  sin tener ni idea de si me llevan a una reunión de negocios, a una cumbre sobre el clima, a batirme en duelo o a ser acribillada en un ajuste de cuentas.  Lo interesante sería ir asumiendo poco a poco la nueva situación, ir recopilando la información respondiendo con monosílabos y observando mucho. Muchísimo : construirse una nueva identidad en segundos no es nada sencillo, sobre todo si desconoces las consecuencias de ser descubierta. Viva la aventura, sí. Aunque implique únicamente cambiar de autobús, volver a casa desde un rincón diferente de la ciudad, fantasear también con trenes y largos recorridos, con vidas propias y ajenas, con otros contextos.

Pero yo he venido a hablar de mi extrañamiento y este es : la pura necesidad de cambio me ha hecho encarar la tropecientasmil mudanza de mi vida. Y ahora, mientras me hago amiga de las esquinas de una nueva casa, estoy en ese proceso de reconocer  colores, ruidos, luces. Esa puerta que no cierra bien, esa ventana que abren todos los días a la misma hora, la parsimonia del  ascensor  haciendo “top” al llegar. Armarios con mi ropa, tan extrañados como yo de esa nueva ubicación, acostumbrados a otras faldas y botas.  Nuevas risas que se oyen con tabiques de por medio, unos pasitos de niño alentado por la voz de su madre. Y, claro, también el borracho que da alaridos a la puerta de un garito a las tres de la mañana, el claxon insistente de un repartidor,  la niña que me saludó  con sus coletas al aire y subida a una bici diminuta. O el señor que en mi primer desayuno en el nuevo barrio- hay que explorar, amigas-  le cantaba con el dedo en alto a su nieto “había una vez un barquito chiquitito” ante la incrédula mirada del bebé. Vas domando ese primer extrañamiento, esa prudencia absurda, esa intimidación de niño en el primer día de cole. Ante los nuevos espacios no cabe sino observar y domesticar : las alacenas de la cocina, tu imagen en un espejo de baño mucho más grande que el que tenías en tu antigua casa. Y la casa anterior, ese contorno tan familiar, empieza a desdibujarse, a ser un territorio comanche donde queda unido lo mucho bueno y mucho malo de años pasados. El oxígeno en la vida no entra solamente por los pulmones: es la necesidad de ser algo piel roja y algo nómada, de ilusionarte con aquello que sabes que tampoco será permanente. Y volver así a empezar.

Mientras esquivo bultos, embalajes y pilas de libros  en el nuevo salón e intento que la rutina diaria no se desbarate mucho, encuentro la gigantesca caja en la que venía Fabricar historias de Chris Ware. Lo compré hará unos dos años y nunca lo abrí, quizá porque mi vida ya era lo suficientemente ficticia en aquel momento. Y viendo una reseña sobre las historias que permiten avanzar y retroceder, jugar con los personajes, conocer y olvidar, es ahora el momento de abrirla.  Es una paradoja no muy sutil, lo sé, pero este hallazgo producto del azar me  hace sonreír mucho.

Creo que las mudanzas son una entelequia quizá: la mujer que escribe un blog seguirá siendo la misma y variando de la primera a la tercera persona, equivocándose, extrañándose algo más.  Y disculpándose por escribir tan de tarde en tarde. Hay cosas que no cambian.

David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

bowiees

Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

Un carrusel para 2017

Si hay una canción de Mecano que me sobrecoge especialmente- y mira que hay competencia- es la de la noche en la Puerta del Sol. Los balances, los resúmenes, no son más que un intento frustrado de negar la esencia de la condición humana, la huida hacia adelante. Quizá esa y no otra sea la dinámica, el marketing escondido detrás de los calendarios y las agendas. Reencontrarse con la que eras un, pongamos por caso, un seis de marzo del 93 porque encuentras ese cuaderno arrugado, quizá de propaganda de una editorial o una gestoría, en el que habías anotado que ese día tenías dentista, o habías quedado con Miguel o con Susana. A veces cuesta trabajo recordar, otras es un sesgo automático y te sumerges en la tarde de verano en la que celebraste un cumpleaños navegando cerca de Sada, o el puente de la Constitución  en Ancares, donde no salísteis del albergue porque lo que había que explorar estaba debajo de las sábanas. Pasar página y quemar años es un acto de higiene inevitable, de limpieza, de puerta giratoria en el buen sentido: lo que viene, lo que se va, algo se atasca o tropieza, pero guardas el registro y la agenda para que el azar- o un cierto grado de dulce masoquismo, de controlada y otoñal melancolía- te lleven a reencontrarte con alguien que ya no eres tampoco. Eso, queridos míos, es la edad: reafirmarse en el cambio y poder observarlo desde lejos, para bien, para mal, that’s the point.

A mí 2016 me hizo enviudar de Bowie y de Prince, me hizo temblar hablando con mis amigos americanos y recontando muertes, en domicilios y  en campos de batalla. Este año trazó una línea que unió los puntos cardinales del mundo, desde la casa de Stanislavski en Moscú hasta el Día de los Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán.  Conocí el desierto en el sur de Marruecos y lloré delante de Thom Yorke en Lisboa. Volví a madrugar, a trasnochar, a decir lo que no debía alguna vez y a hacer aquello en lo que creía casi siempre. Nada habría sido lo mismo sin Belén o Cristina, sin Vero y sin Jairo, sin Luis o Jose, sin Lau o sin Javier, sin Liz, sin Vane, sin todos los que me acompañaron, sin ti tampoco y lo sabes. Nada. Porque miro hacia atrás y veo el carrusel de Don Draper; los recuerdos son míos, están  ahí para  poder abrazar lo efímero: esa arena que vimos volar en Merzouga, ese helado con los ojos cerrados bajo el sol de julio en una terraza en otra ciudad, la piel dormida antes de que te despertases para irte al aeropuerto, el tren de todos los días deslizándose sobre raíles con lluvia, los hilos de conversaciones por whatsapp que se quedan prendidos en algo parecido a la nada y que vuelven de vez en cuando a martillearnos, quizá sean, y solo quizá, las nuevas agendas amontonadas.

2017 me traerá una cincuentena, otro esbozo de otra novela, decepciones, amores, griteríos, sonrisas y mucho rock’n’roll. Y  una única certeza: no se le puede gustar a todo el mundo y me alegro de que salgan de mi vida las personas a las que no les gusto. Ha sido, casi, un placer. Por lo demás, centrémonos en todo el amor del mundo, en todo el sexo que podamos y el que no podamos, en los conciertos y las risas, las tartas y en las horas raras, en ser mucho más feministas y demoledoras, en leer más tebeos y  en tener más y más montañas de libros: centrémonos en lo que nos haga felices. Y no dejemos, nunca, de mirar a quienes tenemos alrededor, a esas piezas del carrusel que viajan de forma lenta a nuestro lado, que nos dan color y nos acogen, nos construyen y nos dan alguna que otra patada en el culo si nos lo merecemos. Den placer y hagan felices a aquellos que lo merezcan, a los demás, que les folle un pez.

Feliz 2017

 

Las certezas de lo vivido (párrafos en Navidad)

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Ilustración de “A Christmas carol” de Charles Dickens. La tomo de Pinterest sin info de derechos. Pulsen en imagen para ver origen.

Es verdad que el tiempo nace tocado de muerte. También que la peor añoranza es la de aquello que no hemos tenido, bien lo sabía Dickens. En La Navidad cuando dejamos de ser niños el escritor de barba imposible y que es conocido por otra Navidad con moraleja, nos lo cuenta: no hay peor nostalgia que la de aquello que no se ha vivido. Y la Navidad es de lo que mejor se presta a una magnificación en el recuerdo, a las primeras luces que avistabas encaramada a un banquito de madera en una galería de la calle Real, al olor a castañas y calles atestadas, a los Reyes Magos en el Ayuntamiento, al calendario de Adviento que comprabas en Porvén, a las sonrisas con pecho de estrellas de los pastorcitos de Ferrándiz.  A poner un árbol setentero y de colorines, a recortar pañalitos de papel para las lavanderas del Nacimiento que ponías en la entrada de casa,  con un ángel en el portal que se parecía a un profesor que luego tuviste en la universidad. Diciembre era y es una cuenta atrás, un borrón y cuenta nueva con el premio añadido de nuevos juguetes y cuadernos sin estrenar; era soñar con la benevolencia de los que tienen que juzgar si hemos sido buenos y recompensables el seis de enero. La Navidad agrandaba el corazón y hacía del tiempo de espera una escalera de peldaños que subíamos sonrientes y apresurados, queriendo enviar postales hasta a los amigos del colegio con los que compartías merienda y pupitre. Esperabas  despertar el día 22  con el soniquete en pesetas de los niños del Colegio de San Ildefonso,  nunca sabíamos pronunciar ese nombre y los niños cantarines nos daban un poco de pena porque eran huérfanos. La orfandad era algo, entonces, como de cuento de la cerillera y también muy Dickens. La orfandad, a diferencia de todos los recuerdos que una ya no sabe si vienen o van, era real y solitaria, es real y solitaria. La vida adulta también lo es, lo era, real y solitaria. Por eso, la Navidad ahora, en este mundo tuneado de Instagram, no deja de ser una suerte de utopía vivida a medias, un recuerdo exaltado que incluye también lo que habríamos deseado que fuese, lo que queremos que sea. La ilusión era legítima y real, el sueño también. Pero, como todo, el tiempo borra esa frontera entre aquello que deseamos y que, quizá y solo quizá, pudimos imaginar como un pack perfecto queriendo,como el ángel  Clarence de “¡Qué bello es vivir!”,  conseguir nuestras alas de una vez por todas.

Por eso, querido Dickens, te adoro: porque más allá de Scrooge y de los niños con pies sangrantes, por encima de ese Copperfield por el que sentias predilección y saltando de la forja al club Pickwick, consigues en un folletito explicar, o no, lo que es, o no, ese vuelco al corazón que nos da a muchas cuando llega diciembre: un tenaz ejercicio de nostalgia de lo que desconocemos si hemos vivido. Porque teniendo literatura, quién coño quiere certezas.

Charles Dickens La Navidad cuando éramos niños Alba Brevis, 2016

He escrito muchísimo sobre Navidad. En el buscador del blog tecleen “Navidad” y voilá.

Hablando de mujeres

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Not stupid enough – Barbara Kruger Pulse en imagen para ver el origen

Tendría que haber escrito mucho antes sobre todo esto. En realidad, todas las que juntamos algo parecido a los párrafos, a las letras o a las ideas que son un enorme rompecabezas tendríamos que haber escrito antes sobre muchas cosas.  Ya saben: todo lo personal es político, pero en el reino de lo viral,aquello que es personal es también susceptible de desencadenar otras violencias, otros debates que suelen ser monólogos encadenados plagados de descalificación o de asunciones de entereza, de respaldos y de fronteras. Hay que escribir sobre la muerte que saluda por las mañanas en las páginas de los diarios, hay que escribir sobre el miedo de volver a tu propia casa, de ser tu cuerpo y tu autonomía, de quererte y que te quieran como tú eres, nada más.  Hay que gritar desde las letras temblonas de una pantalla sobre las horas solas y acompañadas, sobre empatía y gregarismo, sobre la gran diferencia entre la diversidad y ser marciano, todo es cuestión de perspectiva. Lo que no es perspectiva sino realidad es también sujeto de letras. O debe serlo, aunque intentemos esconder la mirada: a las mujeres las matan, la cultura de la violencia es la cultura del miedo y del silencio, de lo impune y borroso. Es tinieblas y es olvido. Vamos sumando cruces y reivindicación, una vez que las indignaciones se solapan las víctimas acaban siendo eso: víctimas. Desdibujadas, borrosas y olvido.  Y esto es de lo primero de lo que quería hablar.

Leo un ensayo escrito por una autora muy favorita y paro en las primeras páginas, a la espera de tiempos mejores en mi consideración sobre el libro o también sobre mi perspectiva.  Habría que escribir también sobre la facultad de parar las lecturas y retomarlas; así como de la empatía a priori que nos genera lo escrito por esas autoras muy favoritas, aunque esto, como en tantas otras ocasiones en este cuaderno, es otra historia. Dejo de leer un ensayo escrito por una mujer de mi generación porque estoy estupefacta. Articulado en una serie de preguntas y respuestas a mujeres de, más o menos la misma quinta, surge el eterno tema de la vida en pareja, de si las mujeres que estamos solas hablamos de nuestra felicidad con la boca pequeña -el consabido”qué bien me va, qué bien me va”- o si, por el contrario, y tal y como afirma la autora en un momento, “todos somos pájaros”. Vaya por delante que leo con una sobrevolada sensación de amenaza que, por supuesto, es un sentimiento libre, y más en la lectura. Y lo hago porque ciertos discursos me suenan demasiado y ya me dan un poco de pereza. Insisto: no es tanto cuestión del libro, que no he terminado y no puedo juzgar lógicamente, sino de las cuestiones que sobrevuelan. Y que atañen a lo que es mi generación, reconociendo de antemano que sí hemos caído en muchas trampas y que sí es necesario el análisis y la conversación. Por lo tanto: el libro lo retomaré, pero no ahora.  Para mí, pragmática que es una, la cosa es muy sencilla: la vida en pareja es maravillosa si te va bien, la vida en soledad es maravillosa si te va bien. Y cada uno escoge, esta vez sí,  lo que mejor le va: yo he sido felicísima en pareja- creo, si no me equivoco, que gran parte de mi vida la he pasado emparejada- y me he comido los mocos en soledad; lo he pasado fatal cuando alguna relación se terminó y he agradecido el poder corretear a mi aire cuando me ha dado la gana estando sola. No uso ninguna de las apps de las que se habla en el libro porque no son para mí, no las juzgo ni las condeno: no son para mí. Y, del mismo modo y simplificando, creo que podríamos establecer algo que, de momento, no he visto en el ensayo: hay personas para las que la vida en pareja no funciona o no satisface, o, también, te haces muy selectiva.  O llevas una carga de decepción, que puede ser resentimiento en algún caso, y no te apetece el riesgo, prefiriendo picotear. Y punto: ni pájaros, ni osos, ni eternos adolescentes  ni nada por el estilo. No es lo suyo y eso no quita que le den alegría al cuerpo cuando les da la gana ni tampoco implica ser una descerebrada. Hacen lo que quieren porque estamos en el siglo XXI, joder.  Y quizá alberguen el deseo íntimo y legítimo de encontrar a alguien, pero no convierten esa falta en un fracaso, aunque socialmente, y a tenor de lo que veo todos los días, las personas sin pareja somos una especie de discapacitadas emocionales. Habrá quien se considere fracasada, su problema (no entremos en la maternidad porque estamos aquí hasta mañana y yo tengo que coger un avión), pero no,tampoco vamos musitando el “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”ni pensamos que todos los tíos son una panda de cabrones en potencia: hay machirulos y hay hombres maravillosos, como hay mujeres increíbles y mujeres gilipollas. No parto de una sororidad de género mal entendida: parto de un aspecto que está aquí y es social: ¿hay que castigar a las personas que viven solas como si hubiesen hecho algo mal o tuviesen una tara? Y no contesten “Noooooo” unánimemente. Piensen en todas las veces que intentan emparejar a sus amigas o amigos como si no hubiese otro objetivo en la vida. Piensen en todas las veces que han articulado su felicidad personal- subrayo “personal”- en obtener – y vuelvo a subrayar “obtener”, me voy a quedar sin subrayador- una pareja, en mantener una relación contra viento y marea.   Y claro que es difícil y descorazonador muchas veces- la soledad es buena si es voluntaria, aún así no es sencilla-  pero ciertas cosas no deben ser a cualquier precio. Y la independencia es una de ellas. Claro que es hermoso regresar a casa y encontrar a quien amas, tener proyectos en común, observar el paso del tiempo. No soy cínica: es increíblemente hermoso.  Pero no tiene que suceder a cualquier precio, y si no sucede,pues no pasa nada. Lo que me desconcierta es la bandera de cierto grado de conformismo. Por eso prefiero dejar el libro hasta que vengan tiempos mejores, como ya he dicho.  El tema volverá porque da para mucho, pero esta y solo esta es la segunda cosa de la que quería hablar. Y volveré, volveré a este ensayo porque me interesa mucho. Pero ahora, no.

Y la tercera cosa de la que quiero hablar: el mundo es mejor cuando existen personas como Mary Beard. Porque, como dice en su discurso de aceptación del premio Princesa de Asturias, el pasado nunca es un libro de respuestas del presente, ninguna mujer en su sano juicio desearía volver a vivir en la antigua Roma a no ser que tuviese un billete de vuelta, y aún, desgraciadamente, nos queda mucho por hacer en temas de igualdad, de feminismo, de educación, de derechos. De revolución. Una que comience por incluir a todas las mujeres, porque estamos todas aquí, ni una menos.

Setiembre, septiembre

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Meow september– Imagen sin créditos. Para ver original, pulse en la imagen.

Septiembre, setiembre es un mes en reimpresión. Es un mes de colecciones de kiosko, de cuadernos nuevos, de matrículas en gimnasios, de mirar de reojo al armario y  hacer convivir las katiuskas con la camiseta de tirantes. Es un mes de empezar a pensar en hacer listas, no de hacerlas. De propósitos y promesas, mucho más que los principios de enero.   Lo que me gusta de setiembre es esa sensación de haber encontrado la pieza final de un puzzle, de terminar de ordenar un armario, de estrenar el uniforme del colegio y no llevar el mismo de siempre con la bastilla bajada. Me gusta setiembre con su desperezarse de agosto, es un mes que no acaba de divorciarse de la anarquía, la consiente, hace como que no la ve.   Me gustas, septiembre, porque eres la madre consentidora que me deja quedarme a ver la tele hasta tarde, la hermana mayor que te presta su chaqueta perfecto, el tío joven que todos tenemos que te malcría, pero te enseña a la vez a dosificar tu entusiasmo. Septiembre es remolón, es un mes entre las sábanas del año, justo cuando éste se prepara para inmolarse en diciembre.

Yo escribo mi verano a tientas, con miedo de que se rompa como aquel hechizo de la canción de Serrat, porque creo que el recuerdo es como un holograma, dependerá de cómo lo oriente que me devolverá una imagen u otra. La memoria es una construcción recuperada, donde rellenamos los huecos o añadimos nuestro particular photoshop. Hay un momento en agosto, por ejemplo, en el  capturas sin saberlo la imagen que va a colonizar tu memoria de un viaje,  estás creando ese recuerdo que te acompañará durante un breve espacio de tiempo, porque el recuerdo nace, como digo, para ser magnificado, para trascender lo vivido.  Pienso ahora, por ejemplo, en unas pajaritas de papel de colores que colgaban, de un lado a otro de la acera y por encima de nuestras cabezas, en una calle de Moscú y no fui consciente de que esa imagen, esa  y no otra, asomaría con una nitidez extraordinaria, con un brillo especial frente a muchas otras cosas vistas y oídas en ese mi mes  ruso, ni peores ni mejores: otras. También en 2016 fui dos veces a una muy diversa Lisboa. Cuando  acudo mentalmente a mi visita de julio de 2016, a  aquellos días de festival y conciertos, aparece una única imagen: Cristina y yo tomando un granizado de limón en una calle lisboeta, una calle retorcida y que serpentea, plagada de terrazas y sol, de vida y de excelso verano. Lo siento, Thom Yorke, no fuiste tú (Cris, apúntate el tanto). La memoria del verano es más juguetona, es un souvenir con instrucciones para armar, es la recompensa a la larga  de haber roto el compromiso de lo cotidiano, de salir. Hasta tu ciudad, la que tanto has recorrido y recorres, te regala unos recuerdos magníficos de sandalias y trasnoches, de miradas que se cruzan, de capítulos que comenzaste y que tiraste a la papelera (literal y metafóricamente), de la Ginzburg y de Gogol leídos en playas y siestas de jardín, de aperitivos que se juntan con meriendas y de los juguetes de los huevos Kinder que no sabes armar (shame on me). Todo es anarquía y todo es verano. Y además, suena Niño de Elche en la Plaza de las Bárbaras, Ocean Colour Scene en Riazor, entras y sales mucho, duermes muy poco y el recuerdo es, en este caso, que todo pasó demasiado rápido y que hubo quien tendría que haberse quedado más. Pero eso, como en tantas otras ocasiones, es otra historia.

Decía yo al principio que setiembre me gustaba porque era la pieza final de un puzzle: eso es. Setiembre es, digámoslo al fin, ese día extra de vacación en el que ordenas fotos, encuentras una moneda distinta a la tuya en un bolsillo o  te atreves a llamar a aquel teléfono apuntado en un ticket de un Starbucks . Setiembre es un aterrizaje feliz tras un montón de transbordos también felices, pero, como ya hemos dicho alguna vez, parte del trato es regresar. Y eso hacemos: alargar ese recuerdo infinito, construirlo a la medida del álbum mental que ahora nos gobierna,  contar y recontar lo sucedido y rellenar esos vacíos cediéndolos a la imaginación, poniéndonos en modo Ikea y redecorando y recreando, a veces se inventa todo, los puntos del mapa físico y vital que encierra un mes de luz desmedida, un verano de cerveza y carcajada, una compensación de los aguaceros de noviembre.  Y sí, esto puede que sea un aviso de que a partir de ahora todo, casi todo lo extraordinario que hagamos, va a quedarse en un tanto por ciento muy pequeño de veracidad y un tanto por ciento grande de reconstrucción a partir de la literatura. Porque, qué duda cabe: lo primero que mete una en la maleta cuando se va son sus propias neuras y  lo segundo, algún que otro libro.  Qué le voy a hacer, ser letraherido es lo que tiene.  Feliz setiembre-septiembre.

Recomendaciones (parte de mis lecturas de verano que son recuperables en setiembre-septiembre y que no pongo en formato bibliográfico porque bastante tengo yo ya con eso):

Natalia Ginzburg Y eso fue lo que pasó  Acantilado, 2016

Wendy Guerra Domingo de revolución Anagrama, 2016

Miqui Otero Rayos Blackie Books, 2016

 

 

Ganar maletas, perder ciudades

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Vintage travel stamps CC BY 2,0 freedesignfile Pulsar en la imagen para ver link original

 

Cada vez que hago maleta me dejo algo que descubro en destino que es imprescindible. Y no, no hablo de mis escasas dotes como vidente- o visionaria- del clima, pese a pasarme más de una semana observando las webs meteorológicas de los lugares a los que parto. El destino  ha sido siempre algo cabrón conmigo a ese nivel y he pasado un frío terrible en el desierto de Marruecos y me he asfixiado en Amsterdam, todo es posible. Pero no me refiero a los imprevistos que, hoy por hoy, son perfectamente subsanables vía H&M, Inditex o mercadillo local. Hablo de esa mezcla de nostalgia del objeto que configura nuestro lugar en el mundo. No viajo como caracol, nunca lo he hecho, y tiendo a ser más práctica que previsora. Pero creo que cuando deshacemos maletas en hoteles o albergues, en fines de semana o en estancias más prolongadas, olemos esa morriña de hogar prendida en esa ropa: no me he llevado un collar que habría sido perfecto bajo el sol de Lisboa, ni ese pañuelo que me envolvería en una noche en Gijón y sin el que me sentiré algo huérfana, o lástima de aquellas botas que no me llevé a Dublín y que habrían sido perfectas para triscar por los campos irlandeses.  Un equipaje, a no ser que seamos un perfecto turista accidental, es un conjunto de desestimaciones, algunas lógicas y otras mucho más prosaicas. Me admiran las protagonistas de telefilmes que, en medio de una bronca monumental con su pareja, abren una maleta encima de la cama y vuelcan en una especie de bola multicolor pantalones, faldas, vestidos, pañuelos y zapatos; todo en un imposible maremágnum que cae en cascada en una maleta diminuta, pero que consiguen cerrar sin problema. “Esa non é a primera vez que o fai” diría la abuela de un amigo mío, en clara referencia a las que somos de maleta fácil para encarar aeropuertos u otros destinos.

Mis maletas, por lo tanto, no son muy de rigor. Pero del mismo modo que recuerdo y añoro alguna prenda, algún anclaje con mi mundo del día a día,  irse, huir, es siempre perder a priori algo del destino.  En todas las ciudades en que he estado he obviado algo como un brindis al futuro, como si lanzase una botella a un mar imaginario en el que esa ciudad, ese lugar, serían también otros y con otros olores, otras músicas, otros tactos y en otro momento posterior.  Qué diferente era el Los Ángeles que yo pensaba al hacer mi maleta coruñesa- en casa de mis padres y con los nervios de la becaria novata que va a atravesar sola medio mundo- de la ciudad en la que aterricé días después: qué distinta era su banda sonora incorporada, los matices de la luz, la vida inabarcable y absorbente de un lugar que es como un gigantesco tiranosaurio rex desparramado. Cómo imaginaba Berlín y su gama de azules y grises llenando mi mochila en el salón de mi apartamento y cómo fue el verlo en directo. La sorpresa, también, de la luz veneciana y de la de México, la inmensa- e inexplicable también- felicidad de recorrer el desierto en silencio con más viajeros, viendo volar el paisaje que imaginabas, ese sí, tal y como es pero no en esta singular circunstancia. Todo es contexto en los viajes: lo que llevas dentro de la maleta, lo que es una cuando se sube al tren o avión,  ese primer vistazo a la habitación de hotel en la que fuimos felices y que parecía más grande el lunes que el martes; ese cuarto que el miércoles ya entendías como un hogar propio en el que casi querías asentarte. Domesticamos la vista, el oído, la expectativa se cumple, se amplía o se repliega, pero todo parte de un contexto- la vida propia- que viene inscrito en la piel : en rebatirlo, confirmarlo o hacer que pase por nosotros, creo que está la esencia de marcharse. Las ciudades, los lugares, estarán siempre en esa bola del mundo con la que llevas soñando desde niña; en esos mapas que rellenabas pulcramente en una mesa camilla algo coja y que hacía que siempre tus países tuviesen unas fronteras con un color algo más ampliado, y no por bondad intrínseca, sino porque la maldita mesa se llevaba mal con la mina de los colores Alpino.  Era otro momento en el que se soñaba con viajar a otra escala.

Cuando salgo de casa con mi maleta, además de asumir que olvidaré algo que añoraré, asumo también la melancolía futura de la vuelta, de los lugares no vistos, de imaginar también posibilidades,de  sentir la punzada en el estómago de la encrucijada, de algo que sucedería en paralelo y que podríamos atrapar como si viajase en una pompa de jabón que está a la altura de nuestra nariz, de nuestros ojos, de nuestra propia cuidada imaginación nostálgica. De esos “yoes exfuturos”, de esos “qué sucedería si…” que harían que conquistásemos, esta vez sí, una vida total al margen, sin maletas ya y sin ciudades en destino. Esa vida casi de Dr. Who, sin álbumes de fotos y sin el carrusel de nostalgias que quería vender Don Draper. Lo llevaríamos incorporado y eso, me temo, es imposible. Habrá que seguir viajando. Cierro maletas y espero volver a casa, esté donde esté.

Mis recomendaciones para cualquier viaje, pero especialmente para este que emprendo:

A Moscú sin Kalashnikov de Daniel Utrilla  Libros del K.O, 2013 (esta editorial no hace más que darme alegrías, hace poco terminé la magnífica Fariña de Nacho Carretero) Sí, todavía hay quien cree en el periodismo pausado y en el reportaje literario. Además de divertidísimo, está extraordinariamente bien escrito, documentado y es, sobre todo, una visión personal alejada de la asepsia de los enviados especiales. Daniel Utrilla es ruso y español, lo primero por filia y lo segundo porque nació aquí.

Perder ciudades: dos viajes en el siglo XXI de Hilario J. Rodríguez  Newcastle ediciones, 2016. No les digo más que es una reflexión sobre la nostalgia avanzada del viaje que es, ni más ni menos, que una revisión de la vida propia. Con un hilo que empieza en un recorrido moscovita con su madre y avanza desenredando una madeja que nos lleva al pasado familiar. Una delicia de 74 páginas.

 

 

Las opiniones, lo superfluo, los rebaños o la culpa de todo es de Turguénev

 

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“Have an opinion. Elaborate” CC 2.0 BY See-Ming Lee Pulsar en la imagen para ver enlace original.

 

Alguien me recordaba hace unos días que las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una. También tenemos una lengua y una nariz, si nos ponemos precisos. Hasta ahí parece que todos estamos de acuerdo, a excepción de quien esto escribe. Pues no, yo no tengo una opinión sobre todo. Ni opinión ni punto de vista. ¿Cómo es posible, si llevo escribiendo un blog desde hace milenios,si discuto hasta la extenuación sobre aquello en lo que creo? La culpa es de Turgueniev y de que estoy muy rusa. Estoy muy rusa por razones personales y que vendrán al caso cuando empiece a publicar en redes sociales fotos maravillosas de un viaje que preparo- nota mental: en vez de “publish or perish” deberíamos adoptar el “publish or you’re not cool”-y, como en casi todos esos momentos previos a los viajes, leo rusiadas para intentar comprender. Dejando al margen esta cuestión fardona y personal, leo a Turguénev. En la deliciosa Diario de un hombre superfluo , me encuentro con el también fascinante Chulkaturin, al que su propia vida y persona le parecen tan escasamente reseñables  que el mejor modo de reafirmar esta condición es escribir un diario encarando los últimos días de su vida. La paradoja- escribir para qué y sobre qué si mi contexto es de banalidad extrema- es dejar un testimonio, una prueba palpable del paso por el mundo, haciendo de cada circunstancia, sin pretenderlo, algo  extraordinario. ¿Cómo, si no fuese así, un narrador que parte de su propia superficialidad podría decir sin tirarnos de la manga del alma “Mientras el hombre vive, no percibe su propia vida; esta, como un sonido, se vuelve clara años después”? (Punto y aparte para que respiren hondo y con ganas;  el librito está lleno de estas lapidarias frases que, al menos a mí, me hacen imaginarme a un Turguénev retorciéndose las manos y pensando en el desconcierto absoluto del lector).

Pues, efectivamente, no tengo una opinión sobre todo. Y no es falsa modestia- me caigo bien, qué le vamos a hacer- ni alardear de banalidad. No tengo una opinión sobre todo ahora, en este momento. Mis opiniones existen, son muchas y variadas sobre los temas que me interesan, pero precisan de cierto grado de reflexión, de maduración si quieren, de aislamiento o de misantropía moderada. Son, en ocasiones, firmes y claras. Hoy he estado leyendo sobre un profesor de la USC expedientado por comentarios machistas y creo (y de ahí no me bajo) que ha sido una decisión tibia. Me descorazona que cerca de 30000 personas firmen por encender la hoguera contra una autora aludiendo a la moralidad (el concepto es el concepto, diría Manquiña) cuando desconocen- ojo, desconocen- las burradas machistas que leen sus hijas en otra mal llamada literatura juvenil.  En otras cuestiones no lo tengo tan claro e intento escuchar y, sobre todo, callarme.  El gran problema de la escucha en el siglo XXI es el empacho de la vociferación, el ruido constante de las redes, la escasa valoración del necesario silencio. Mucho ruido, mucho grito  y- vamos a ser machadianos, qué coño- poco espacio para distinguir voces de ecos. Y una absurda angustia por la velocidad; esa sensación de tener una pistola en el pecho para decir lo que piensas sobre determinados temas en cualquier momento.  Se trata de un nudismo obligado que cae en aquello contra lo que lucha. La libertad para expresarse es lisa y llanamente eso, libertad. No creo que tenga que tener un momento para manifestarse y menos con pancarta digital – verbigracia, estados de Facebook que son autoayuda o selfi con alfabeto- y el silencio o la “no presencia” se consideran sinónimo de tibieza. Eso sí: si no has tenido un pifostio digital, seas Pérez-Reverte, Paula Prado o servidora, no eres nadie. Toma ya.

Antes de retirarme a mis palacios de invierno- la de años que llevo queriendo decir esta frase- vuelvo a pensar en Chulkaturin, en la velocidad y en lo que el ácido Jaron Lanier dice en Contra el rebaño digital. Ahí se habla bastante de la alienación mediante la tecnología y lo que llama la “mentalidad de colmena”. Me parece un libro fascinante y una muy recomendable lectura y, oigan, qué curioso: no estoy de acuerdo en mucho de lo que dice. Vuelvo a repetir que soy cero neoludita, adoro las redes sociales -en la medida en que sean sociales y no coñazo autocomplaciente o tribunal digital- y me paso ciertos grados de elitismo por la cruz de Malta. Aun así, hay cuestiones que creo que deben hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos o en el que tecleamos.  Me ha parecido inquietante lo que dice Yann Moulier-Boutang en esta entrevista: Ahora todos trabajamos para las GAFA sin cobrar  Nota: si lo de las GAFA les ha dejado con cara de paisaje como a mí, sepan que son las iniciales de Google+Apple+Facebook+Amazon. Y qué pena que se queden solamente en el titular: lean lo que dice sobre la renta básica universal y la necesidad de evitar que la UE sea un coladero de impuestos para las grandes tecnológicas.

Pero qué le vamos a hacer: soy una señora que escribe un blog, que no bloguera, y deberían de importarme poco estas cosas. Pero sobre renta básica universal, exhibicionismo en redes, la necesidad del silencio y la moderada misantropía, sentirse rusa o los ojos del que amo, pues sí que tengo una opinión. A veces solamente se trata de buscarla, nada más y nada menos. Ya ven,  todo este rollo gracias a un señor ruso superfluo: no hay como tirar del hilo. Me voy a pasear por la perspectiva Nevski con Gogol. Mi vida e impresiones de flaneur serán siempre lo que inspiren la mayoría de mis posts.  Supongo que terminaré hablando de Battiato.

Nota

La edición que manejo de Diario de un hombre superfluo de Turguénev es la maravillosa edición que Nórdica publicó en 2016, con ilustraciones de Juan Berrio y traducción de Marta Sánchez-Nieves. Es una delicia encontrarse con una edición tan impecable. La cita que estampo ahí arriba es de la página 19.

 

 

 

 

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