Anchoas y Tigretones

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Huevos y castañas

Hubbell y Kattie, huevo y castaña, no necesariamente por ese orden.

Hay muchas cuestiones incomprensibles a las que, por cotidianas, no prestamos ya atención. Es un milagro que se encienda una bombilla, que tenga este cacharro cuasi perfecto que me permite ir escribiendo, estar a la vez conectada con el mundo y envuelta también en una cuidada misantropía. Es un milagro, paradójicamente, que no nos cansemos nunca de que vuelva  la primavera, de que nos pille la lluvia en medio de la calle o que un espejo nos devuelva esa imagen ajena y familiar que somos nosotras mismas. Imaginemos lo que sería mirarnos en ese espejo cotidiano cualquier mañana y,en esa simetría, encontrar una mirada extraña (ojalá un cabello pelirrojo, unos ojos menos miopes, una talla de pantalón más democrática). Esa sorpresa a lo Gregor Samsa nos convertiría en un doppelgänger imposible de aquello que conocimos, una nueva versión de un yo asumido, una extrañeza divertida y a la vez algo aterradora, inquietante; y con la que tendríamos que recorrer el camino de la costumbre. “Eh, esa soy yo ahora, tengo esta cascada de rizos pelirrojos y esta mirada a lo Rossetti, por favor que no se desvanezca, que perdure”. Creo que yo tardaría muy poco tiempo en domesticar esa ilusión y hacerla mía, a enamorarme no de mi reflejo, sino de esa nueva fisonomía que se apropiaría de mi carácter, de mi calendario y de mi DNI. Y emprender casi una nueva vida, qué difícil es la identidad y qué compleja es la imagen de nosotros que nos devuelve.

Yo no sé si esto tiene alguna analogía posible con lo que es enamorarse. Si alguien lo sabe, que me lo explique. No creo que existan millones de formas, quizá exista solo una y todos la hayamos asumido con esa natural y laxa indiferencia con la que vemos salir agua de un grifo o encendemos la televisión y aparece lo repetido, el puro atrezzo.  Es curioso: nos sorprenden los fallos del sistema, pero no  encontramos ninguna gratificación en aquello que es mecánico o automático. No, no haré una analogía con la rutina. Creo que hay una natural evolución en la convivencia, en el paso de ser amantes desbocados a familia, a que los lugares que eran testigo de explosiones de besos y piel revuelta se conviertan en paisaje doméstico. Es algo natural, no le demos más vueltas. Lo que me sigue maravillando es esa atracción difícil entre huevos y castañas, entre lo ácido y lo básico, entre Capuletos y Montescos, entre gente del Barça y del Madrid, de votantes del PP y Podemitas, de calma y tormenta, de beatlemanicos y rollingstonianos, de pijos y gichas. Sí, compro la idea de los polos opuestos, pero hablo del largo recorrido, del, casi siempre agotador, ejercicio de la tolerancia. Y, ay, esto es lo peor de todo: somos a veces tan distintos a la persona en la que nos fijamos que nos la llevamos puesta y tiramos el ticket, la metemos en la lavadora de nuestra vida sin mirar la etiqueta, establecemos una lista previa de cualidades que queremos encajar en ese objeto como si fuese una creación a medida. ¿Cuánto tiene el enamoramiento de intentos de Pigmalión, de ruleta rusa, de tirarse en plancha? ¿Cuántos desteñidos es capaz una de acumular a lo largo de su vida? O, quizá, sea algo más complejo como que la mutua y secreta admiración que late bajo una discrepancia alimenta la pulsión erótica. Que los fachas o los perroflautas pueden ponernos, dependiendo de dónde estemos situadas. Y si no, díganselo a la narradora de Noites de safari, Marleen Malone, en la entrada dedicada a la F y G de su particular diccionario recopilatorio de amantes.

Yo iba a hablar de cosas tan diferentes como la capacidad de reconocer el amor y esconderse por miedo al sufrimiento, de la felicidad en la vida sin pareja, de la última de Gornick y su relato del amor en el que alguien se diluye. Todo eso hoy puede esperar. Porque pensar en huevos y castañas, en ese impulso que empuja hacia un territorio de antípodas, a otro lenguaje y otro planeta. es hablar de Hubbell y de Kattie. Y, qué quieren, mientras todo el país ve el Mundial, mientras lo suyo sería desmarcarse con Una giornata particolare, yo me pondré a ver por millonésima vez The Way we were. Porque el final, ese final frente al Hotel Plaza de Nueva York,  yo sí creo que es feliz y legítimo. En los amores difíciles, ese equilibrio inestable entre contrarios tiene una trayectoria de corto recorrido, ese es el pacto, es efímero y no lo olvidaremos nunca.  En cualquier caso, y a pesar de todo, el mes favorito, como dice un personaje de la película, sigue siendo abril.

Nota: estoy en un momento débil y crítico, por favor, absténganse de decirme que hay un capítulo de “Sexo en NY” que, literalmente, se carga una de las mejores escenas de la historia del cine, con la insufrible Carrie Bradshaw haciéndose la activista guay. Gracias, es que soy muy sensible.

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Brooklyn (2008-2018)

Photo by Yonghyun Lee on Unsplash

A Virginia y Amparo , que me acogieron en Brooklyn. Para Fernando Plata, que me escuchó por teléfono, llorando desde la Columbia University. A Carlos, que me encargó palomitas y se las llevé.
Y a Pedro, que escuchó mi recomendación sobre la película y le gustó mucho.

Otra nota en el cuaderno Moleskine:

No fue difícil. La oferta, hecha de modo informal, en un correo electrónico, hablaba de “sitio en casa”, “ven cuando quieras”, “nos encantaría tenerte aquí este verano”. Y las siguientes veinticuatro horas fueron una vorágine de billetes, dólares, cambio de vacaciones, alguna que otra explicación poco convincente, maletas y pasaporte. Y lo que tenía toda la pinta de convertirse en el peor verano de su vida- qué incompleta era entonces su experiencia en veranos de tristeza,en veranos inacabables – se convirtió en el verano de Brooklyn, un mes de julio de improvisación y decisiones, un mes que la convirtió en una mujer inesperada.

Qué caprichosa es la jodida memoria, cómo se enfrenta a la experiencia y transforma lo vivido en un relato a medida, de encargo. Es verdad que otras veces es “esa fuente de dolor”, pero, en la mayor parte de los casos, es una fotografía retocada y qué más da. ¿Es lo vivido o aquello que hemos registrado lo que interesa? Quizá eso sea ya otro asunto y voy a cambiar a la primera persona, qué rigores tiene la autobiografía incluso cuando es ficticia. Vamos allá:  puedo recordar lo que leí en el avión, la tormenta  un domingo en Coney Island, las risas en la Public Library of New York cuando me caí a rolos en la escalinata de entrada, aquel concierto en la calle, Jackson Pollock en el MOMA, la pizza de noche en una terraza con velas, todas son imágenes de gran encuadre. Lo cinematográfico te asalta en muchos lugares de NY, te lo encuentras a lo grande en Manhattan. Pero claro que hay más. En Brooklyn son otras imágenes, quizá de encuadre más corto. El Brooklyn de 2008 eran más tiendas de barrio, más imágenes de escaleras que llevan a portales de edificios con amplias ventanas, de calles flanqueadas de árboles donde la gente se para a hablar y a mirar, de bicis y de ruido de monopatín sobre el asfalto. Es también el lugar que te atrae porque aún tiene algo algo de aldea y de margen, de periferia amable, de lentitud. Aunque, ya en ese Brooklyn de 2008, te cruzabas con chicos artistas de look lánguido y chicas con estudiado desaliño, donde empezaba a ser todo un rollo muy Lena Dunham (a la que yo aún no conocía) y un leve, digamos, “pijerío desarraigado”.  Ya había también algo más de sofisticación enredándose en el cogollo del barrio, parecía que empezaba a cambiar algo, a convertirse en un caramelo para el futuro de algunos.

Veo la fantástica Verano en Brooklyn   y aquel ya lejano mes de julio de 2008 vuelve de nuevo a mi cabeza. Además de la dulce tiranía de la primera amistad- el título original es Little Men-, de las desilusiones y reajustes que conllevan los cambios de rumbo (el crecer, las razones de las cosas que los adultos ya no saben explicarte y no te convencen), me hace pensar mucho en la vocación y el talento, esas dos buenas versiones de la creatividad que no necesariamente van unidas y que desencadenan el eterno desafío sobre cómo gestionarlas  (¿cojo este trabajo de mierda porque, a fin de cuentas, es un curro y me olvido de mis escrituras o mis cuadros con los que no me como un colín aunque sean parte de mí? ¿Es más relevante pagar las facturas o malvivir dignamente como un artista tísico del XIX,bebiendo sorbos de dignidad como único alimento?) . Madurar es un acto inevitablemente complicado, justificar la cobardía o la codicia ante determinadas decisiones es un ejercicio de honestidad personal, de creación de relato propio. Y todo esto está aquí, en esta pequeña película dirigida por Ira Sachs y con Greg Kinnear como ese hombre gris que tiene que resolver y dudar a la vez. Pero, sobre todo, Verano en Brooklyn es una buena reflexión sobre  la piel de las ciudades, sobre los cambios- obligados cambios a veces- en la pérdida de carácter propio de los barrios  y en la deriva hacia algo mucho más caníbal y más uniforme, también más excluyente, llamado gentrificación. Si me leéis alguna vez, si pasáis por aquí,  diréis que estoy un poquito plasta con el tema, pero es que lo veo todos los días desde mi ventana, desde mi portal, en mi barrio. Me gustaría volver un verano a Brooklyn y comprobar si la identidad ha mudado de piel o todavía no, si ya es el fin de algo inevitable.

Es curioso: mientras hilvanaba los recuerdos de ese sofocante y definitivo verano de 2008 me ha venido, de forma muy vaga, como un acontecimiento ajeno del que yo soy solamente cronista, el texto de algún sms que recibí en aquel momento,llegado de otro lado del océano. Y es extraño porque, en esos bucles que suceden a veces, diez años después y con la tecnología del 2018, me sorprendo acechando de vez en cuando la pantalla de mi teléfono, esperando una invitación a que un final- otro final más reciente,un punto y aparte, al menos- no sea tan abrupto, tan áspero. Un mensaje que limase algo de la melancolía dulce que se me queda dentro cuando miro por la ventana en un barrio que cambia día a día. Qué pena que no estés esperando en el portal para contártelo.

Leo, leo: Me estoy dosificando la última de Orejudo Grandes éxitos porque sé que tendré que emborronar mucho sobre esa ¿novela? Entrar y salir de la ficción, esconderse o no en un laberinto de espejos,  explayarse sobre Cervantes y la intención del autor es darme a mí en el palo del gusto. Pues sí, poco a poco.

Escucho: Hola, me llamo Lorena Gómez y me gusta el nuevo de los Arctic Monkeys, ponedme a parir y desheredadme. Me chifla.

 

 

Abril de 1966

Nate Fisher explica, desde muy lejos ya, la traición de la fotografía.

 

 

Yo tenía  la idea de escribir un post sobre un 11 de abril de 1966. Yo tengo la idea desde hace tiempo de escribir sobre todo aquello que es parte de mí y que yo no he vivido, de todo aquello que ha sido un punto de partida desconocido, unas vidas lejanas  que han tenido la desfachatez de existir sin que yo las conociese. Yo nací a las tres de la tarde de un día de febrero de 1967, ahí empieza una historia, la mía, de la que soy dueña solamente en parte. Porque, ya lo he contado, todo comienza mucho antes, cuando un 11 de abril de 1966 una joven mira ilusionada a la cámara, con gran sonrisa, velo y traje blancos satinados.  Esa fotografía me devuelve el momento desconocido en el que una desconocida sonríe sin saber que yo llegaré al año siguiente, sin saber que me pelearé mucho con ella y que  me equivocaré en tantas cosas, acertando y siendo terriblemente terca en otras. Mi madre es esa mujer de la foto- ¡bellísima!-que sonríe, joven e ilusionada, envuelta en un blanco que destaca aún más sus ojos castaños. Ella  no sabe que yo tendré ojos azules y que lloraré por caerme de los patines, porque me he visto sola en aeropuertos, porque me romperán el corazón y me iré de casa muy pronto, casi niña, altiva y con la desvergüenza de la juventud sin equipajes. Tampoco sabe que le cogeré la mano el último día de su vida, ni que me echarán del comedor del colegio por tirar un filete por la ventana. Ni que escribiré, deseando ( o no)  todo lo que guardo llegue a algún lugar algún día. Ella no lo sabe, yo tampoco sé nada de cómo ha llegado hasta aquí, cuáles eran sus expectativas ante una familia nueva y por estrenar, si esperaba que yo fuese Diego con más alegría de la que soy  Lorena. Reconstruimos, coleccionamos anecdotario siempre más tarde, pero ¿quién eras tú ese día? ¿cómo abrochaste todos esos botoncitos que lucen en tu traje, qué pensamientos iban y venían de ti esa mañana en que salías ya de tu casa para siempre?

Leo el libro de Vilas, Ordesa, y me sobrecogen algunos párrafos, disparos directos a ese pasado de los padres que los hijos desconocemos. Padres que, jóvenes, miran a la cámara con chulería, con humildad, con timidez o desafío. Vestidos de domingo, con amigos anónimos ; chicas que van del brazo, reidoras, en pandillas por lugares por los que yo también pasearé años después, casi mil años después.  ¿Qué puedo saber de esos momentos, de esas horas previas y posteriores; qué sé yo de la espuma de los días hace más de sesenta años para una chica de provincias, para un hombre de provincias? ¿Qué sé  de mis muertos?  Nada, igual que Vilas, por mucho que se empeñe. No sabemos nada. Solamente conozco aquello en lo que yo intervine de algún modo. Podría reconstruir clas rarezas del lenguaje doméstico, las piezas del puzzle de la historia de una familia como tantas. Y es curioso; andamos muchas de mi generación en este ejercicio de volver a la casa familiar y respirar de nuevo todo lo que en un momento nos asfixió. No sabemos cómo será la orfandad en la edad adulta hasta que nos toca. Y no es una cuestión solamente de dolor; lo sorprendente es cómo dinamita todo lo que está alrededor del pasado desconocido.

Yo había empezado algo que prometía ser largo pero que, quizá, se quede en un cuaderno con notas. Me toca ahora saber si quiero que todo el hilo que emana de una fotografía del mes de abril de 1966, de un día concreto de ese año, sea un relato que pueda ser distinto a ese ejercicio de reconstrucción colectiva del que antes hablaba. No somos conscientes de aquello que vivimos porque no podemos registrarlo con precisión de entomólogo;  es la maldición del presente, solamente entendemos algo cuando ya es pasado y nada, absolutamente nada, es reparable. No podemos capturar nada en una foto porque todo se ha marchado después de hacer click: ya es otro momento, es otro lugar, es otra forma borrosa de nostalgia.De por qué queremos recuperarla, creo que habla también  algo de la mala conciencia de hijas, del desapego feroz o no, de cosas que tienen poco que ver con la arqueología y más con la necesidad de comprendernos. Un ejercicio que, en el fondo, no deja de estar traspasado por el egoísmo.

Nunca sabremos quienes fueron. Pero sí las que fuimos cuando nos tocó tenerlos cerca, aunque eso, y me jode decirlo, sea casi una forma de expiación.

Ya escribí algo sobre las fotografías, Barthes y un momento difícil de la vida en este post: Barthesiana Y, por supuesto, el ensayo de  don Roland, La cámara lúcida

Lectura: Ordesa, de Manuel Vilas. Y también ahora, por dos recomendaciones: Por favor, mátame: Una historia oral del punk de McNeil&McCain  y Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka. Todas ellas en su biblioteca o librería favoritas.

Música: Ahora la playlist de Tiempos de swing, que han creado los de Salamandra cuando se lanzó la novela homónima de Zadie Smith y que todavía, ay, no me he leído. Bueno, en la playlist van desde Ella Fitzgerald a Fred Astaire pasando por Madonna o Michael Jackson. La podéis encontrar en Spotify.

Señoras que pasman (viendo la vida pasar)

Sin título, voy yo y le pongo uno: “Señora que pasma viendo la vida pasar” https://unsplash.com/@tinaflour

Para Alejandra, a la que le gusta pasmar.

 

Algunos viajes despiertan en ti el espíritu de El turista accidental. Estancias brevísimas, de maleta sin facturar y con cosmética de bolsillo o de muestra de perfumería, ese ir y no ir, un soplo de avión y de tiempo escaso en otro entorno. La maleta merece siempre un capítulo aparte en cada salida de casa: ¿soy yo la única que, pese a consultar tanto la predicción metereológica, siempre lleva de más o de menos, olvida lo fundamental y ya desde el primer día añora aquel jersey que quedó en el armario, sufre por la ausencia de aquellos calcetines que no traje con lo bien que me irían con esta camisa, o me acuso de perder el sentido del color al deshacer la maleta en mi nuevo territorio?  La maleta me incomoda, de verdad que no sé nunca qué llevarme y qué dejar, y no hablemos de esa dificultad añadida de qué zapatos son recomendables para un aeropuerto o no. Vayas a donde vayas, tienes que pasar por ese desnudo impuesto e inconcluso, ese soft porno regulero que es casi de débito conyugal: quitarse el reloj, los pendientes, el cinturón y depositarlos de forma ordenada en un lugar determinado es lo más parecido a los preliminares de un polvo semanal, de bodas de plata, casi obligado y de precepto. ¿Para cuándo la música en ese striptís (me chifla escribir y decir striptís, es maravilloso)? ¿Por qué Spotify no me propone una lista de temazos que vayan desde lo intimista y sensual hasta lo descaradamente trash; por qué no se propone coreografía conjunta en las agencias de viajes, en los mayoristas, en los anuncios de airbnb, en los Skyscanners? Para mí sería más rentable aprender un baile para ese momento que el ofrecimiento de un über en una ciudad europea, más que los regalos de propaganda que adoro y que no sirven para nada, más que cualquier accesorio de bolsillo absurdo,denme un baile de aeropuerto, por favor.

Pero no, no voy a hablar de mis veleidades cabareteras. Quizá siempre que me voy de viaje escribo sobre lo mismo, con la imagen prefabricada del destino que nunca coincide,pero hoy sobre todo escribo más que nada porque quiero dejar un testimonio previo de lo que imagino y contrastarlo con lo que encontraré en realidad. Quiero un post como un trampantojo, quiero un post cápsula del tiempo, quiero un marcapáginas de esa nostalgia anticipada que son los viajes cortos y europeos. Yo viajo y casi no miro ni mapas, me dejo llevar por las ciudades. Porque sí, una es una señora heredera del espíritu del “Grand Tour” y le va la rancia Europa para escaparse, para reposar la mirada, a pesar de que los viajeros no existan ya y hayan sido sustituidos por los turistas. Huyendo de todo eso, quiero un paseo sin marcas en guía turística, en el que pueda perderme cosas a propósito, en el que abrace la nostalgia de mi casa respirando ese aire ajeno y extraño que deberían vender embotellado para aspirar con deleite en épocas de poco salir y de poco mirar. Sería una gran cura, una gran promesa de que todo es cíclico, comenzando por las ganas de perderse.  De perderse y, sobre todo, de observar la vida en una mesa de café, en una silla literaria y gastada, a través de unos cristales lluviosos o a los que yo coloco bruma porque me da la gana, que para eso es mi fantasía, nos han jodío. Y pasmar. Pasmar para poder fabular a gusto, para atrapar a todos los transeúntes que desaparecen de tu vida en un instante, a los que inventas hasta árbol genealógico y  a los que deseas toda la suerte del mundo, todos los happy ends posibles. El viejo militar (me da la gana que sea militar, qué pasa) que me miraba fijamente en el metro de Moscú, con una guerrera llena de medallas y sandalias, cosa más kitsch imposible. La elegante pareja de octogenarios, ella con un abrigo rojo que aventaba la grisura del día; él con una elegante gorra de gentleman mirando con lentitud el escaparate de una librería en York. La madre y el hijo que reían sin parar en un supermercado romano, el niño empeñado en unas piruletas, la madre devolvíendolas con paciencia infinita a la estantería. La pandilla a mi lado en una terraza de Ferrara que ponían a parir al marido de otra amiga, qué bien me lo pasé escuchando, cómo espabilé mi italiano ese día. ¿Qué harían al volver a casa, dónde les esperaría la muerte o la tristeza, qué más alegrías vendrían a partir de ahí?

Pasmar es un descanso para la memoria, es crear una ficción a medida y también apartarla si lo deseas. Es tuya, es pasmar. Es bueno pasmar para dar valor a lo que te rodea: tu vida se inserta en otras en una escala determinada,no eres más pequeña por viajar menos, los destinos pueden estar en la puerta de enfrente ; el principal viaje, el más épico, es el que tiene que ver con lo que vemos todos los días. Y observar tu vecindario, las colas de la frutería, el hombre acodado en la ventana que también pasma tanto como tú, los juegos, las risas, lo lento. Antes de ponerme Paulo Coelho y empezar a hacer subir los niveles de glucosa a quien haya llegado hasta aquí, no tengo más que decir hoy que cambio de atalaya para pasmar, para ver, para inventar. Por unos días, escuchando otro acento, leyendo la lluvia en otras baldosas diferentes. Y fantaseo mucho en los aeropuertos con encuentros imposibles, pero eso es otra historia, mucho menos pasmona, para otro día.

Si al final, de cada viaje, por muy épico que sea, una parte muy molona es regresar. Regresar y seguir pasmando, eso es. Hasta la vuelta.

Cosas que me llevo en la maleta:

Ordesa de Manuel Vilas

Noites de safari de Marleen MaLone

Las cerezas de Pavese, las vidas de Ginzburg

Photo by Karolien Brughmans on Unsplash

Una vez, hace ya tiempo, alguien me dijo que yo encontraría quizá algo del mundo que yo quería contar si leía a Natalia Ginzburg y así lo hice. Con admiración, respeto, envidia y algo de la sensación de estar llegando tarde a la fiesta del Sombrerero Loco. Hay un ejercicio habitual en talleres de escritura, en los lugares donde unos juntaletras enseñan a otros, donde lo único que aprendes es que siempre hay alguien mejor que tú, que no hay recetas y que lo mejor que puedes tener por bandera es tu libertad de escribir cómo y lo que te dé la realísima gana. Ese ejercicio, que me disperso, es el “Je me souviens” de Perec. Enumerar, describir brevemente recuerdos inconexos. Contar, por ejemplo, cómo se curvaba hacia arriba la calle de san Andrés cuando, con ocho años, saliste de una óptica asiendo la mano de tu madre y estrenando unas gafas, las primeras gafas de miope de tu vida. La caligrafía de mi padre explicándome el máximo común divisor, la “caja de los hilos” que había sido una caja de chocolates que alguien había traído de Inglaterra en algún viaje, de la que recitábamos “fry-milk- chocolated- assorted- nuts”, traduciendo palabra por palabra en un viejo diccionario inglés-español que había sido de las épocas de estudiante de mi padre en la Escuela de Comercio.  Y así, partiendo del “Me acuerdo”, podemos tener un conjunto de imágenes fugaces, otras más asentadas, breves instantes que se han repetido o no pero que han hecho mella en nuestra memoria, con todo lo tramposa que quiera serlo, con todo lo diminuta. Dobleces de mantel de domingo, ruidos del patio de luces de un bloque de apartamentos, crujidos de bolsa de gominolas, cuadernos comenzados, entradas de cine en un abrigo de invierno. Una, que es perequiana a muerte, siente algo de pudor a veces, una falsa humildad ante la idea de que el mundo de mis pequeños recuerdos sea interesante o no, ¿a quién va a importarle? Y ahí está el quid del asunto: siempre crees que alguien va a leerte, y eso es lo que no tiene sentido. Hay que escribir para una misma, si lo sabré yo.  Ampliar el encuadre no implica renunciar a un caleidoscopio: me gusta buscar el juego de lo pequeño, de lo conocido, de aquello que podría ser empático, universal y diminuto. Lo que es humano, vaya. Y por eso disfruto con Ginzburg.

Dice Elena Medel en el prólogo a la edición española de Lessico famigliare  que la Ginzburg consigue que sus recuerdos nos parezcan nuestros. Es verdad: esa dignificación de lo cotidiano que hay en su literatura nos empuja a abrir el desván y los álbumes de la memoria, a actualizarlos e intentar incluso compartirlos de nuevo. Y contarlo así, con una abrumadora sencillez, por la que desfilan unos padres extravagantes, divertidos y peculiares; la convivencia con unos hermanos  independientes y algo desapegados. Pero sí, esa convivencia, ese núcleo familiar, desarrolla un anecdotario, un universo propio remarcado en ese léxico del título. Frases hechas, anécdotas repetidas, pequeñas bromas privadas convertidas en muletillas familiares con el día a día. Un día a día que va subrayando, cada vez más, el compromiso político de los hijos, el exilio y las detenciones, el ver como Italia entra en la guerra y las consecuencias de apellidarse Levi. Porque sí, Natalia Levi era judía. Y tomó el apellido de su esposo, con el que trabajó en la editorial Einaudi, militante comunista, asesinado en la cárcel de Roma. Y esos días fríos, fatídicos, plenos de incertidumbres y miedo, son recordados con una sobria y a la vez afilada precisión, aparecen como un recuerdo avanzado, se vuelve sobre ellos como un hito determinante, no en vano lo fueron. Antes padecen confinamiento, conocen a muchos otros judíos en su situación, de todo esto hay recuerdos y hay literatura. A pesar del dolor ,a pesar de la pérdida, a pesar de la dureza de la vida, de todo hay recuerdo y se sigue escribiendo, no se evita, se escribe. Encarando la situación de Italia tras la Segunda Guerra Mundial, Natalia nos cuenta cómo han envejecido sus padres, cómo se sienten en tierra de nadie en un país ahora desconocido y convulso. Pero cómo han seguido hacia adelante con alegría, a pesar del dolor y el desconcierto. Porque hay dolor, pero mucho amor por la vida en estas páginas. Páginas entre las que aparecerán Pavese y Trusardi, un empresario de máquinas de escribir llamado Olivetti, un futuro editor llamado Einaudi, con el que Natalia y Leone trabajarán. Y se menciona a Croce y al papel de la filología y la traducción, conocemos cómo se tejieron los hilos del antifascismo en Italia, cómo la familia se implica de forma activa, cómo se gana, cómo se pierde. Y, sobre todo, asumir que en ocasiones no comprendemos ni sabemos las razones de los amigos para no querer vivir, ni siquiera tenemos el modo de saber si habríamos podido evitarlo. O si ese, y no otro, era el destino que ellos escogieron.

Y,sí, hay líneas y momentos que son pura maestría, más allá de la historia y de la anécdotas.  Si tengo que escoger una, me quedo con Pavese comiendo cerezas, unas cerezas a las que llamaba “sabor a cielo”, eran las primeras del año. Mussolini acaba de declarar la guerra y el escritor  llega caminando a casa de los Ginzburg comiendo cerezas y tirando los huesos a lo largo del camino, arrojándolos contra una pared. Y Natalia dice que la derrota de Francia está unida siempre a las cerezas que Pavese les hacía probar, que sacaba una a una de su bolsillo  con parsimonia, con tranquilidad, aún sabiendo que va a despedirse de sus amigos y que no se verán en algún tiempo. Esas cerezas, tan proustianas como aquellas magdalenas, son un marcapáginas de la memoria, todos tenemos alguno. Pero Natalia consigue que lo doméstico, aquello que podríamos identificar  en otras anécdotas, en otros lenguajes que hemos compartido en casa, sea extraordinario y único a la vez.

A mí me habría dado igual que Lessico famigliare venga de una impostura, o que sea una crónica veraz, una autobiografía fragmentada. Fundamentalmente es literatura, y eso es lo que importa. Literatura que nos conmueve, nos sacude, nos hace correr ese riesgo precioso de la identificación. La que afirma que muchos fueron antes que nosotros, nos sitúa en una dimensión de compañeros de viaje y, a la vez, nos hace sentirnos extrañamente diminutos. Está construida de individualidades y también de lugares comunes. Han estado antes donde ahora estoy yo, han pulsado estas teclas, han sido lo que soy y yo he sido otras. Es situarse en la dimensión de lo humano…si no, ¿para qué todo este esfuerzo?

Agarro mis cerezas, abro mis cuadernos, soy quien quiero ser y escribo. Hasta aquí y hasta donde una llegue.

 

Lessico famigliare Einaudi, 2014. Me compré el libro en un viaje a Roma en 2017…leerlo en italiano ha sido todo un reto y todo un logro. (Tengo el examen el miércoles, ay).

Léxico familiar Lumen, 2016 Comprado en Berbiriana y que me ha ayudado a superar mis problemas léxicos con la edición original.

Una muñeca rusa para el 2018 ( o por qué menos es más)

Colourful nesting matryoshka dolls. Public Domain image. No credits.

Esta entrada, este post, no debería ser cómo los otros. Tenemos la costumbre de mirar hacia atrás, con ira o sin ella, al cerrar el cuaderno de cada año. Alguien me dijo una vez que yo tenía un blog melancólico y proustiano, no sé si es cierto o no, pero como tarjeta de presentación mola bastante. Eso sí; yo creo que tendríamos que ponernos todos la careta de influencer, de instagrameros y darle menos trascendencia al pasado. Qué coñazo con lo vintage, qué coñazo con lo retro, qué plastas estamos haciendo de la nostalgia una bandera. Pero es ejercicio de autocomplacencia y también de lamerse un poco las heridas, de darnos una gratificación propia. El recuerdo no es más que un onanismo selectivo, nos palpamos las cicatrices con el mismo orgullo con el que enseñábamos el círculo de mercromina que rodeaba la pupa cuando éramos pequeños:”Me caí (me corté, pongan aquí lo que quieran), pero no lloré nada, me dolió y mi madre me echó agua oxigenada, picaba mucho, no lloré (otra vez, era importante recalcar), luego tengo mercromina y una tirita.”. Y el otro círculo, el de los amigos atónitos, admirados y envidiosos ante ese estigma pasajero que te hacía ser el centro de todo por un momento, asentían, hacían “ohhhhh”, algún incrédulo murmuraba .”no es para tanto, yo me caí el verano pasado y fue mucho más porque…”. Haciendo honor a la verdad, cualquier drama es siempre superado por otro; la capacidad de sufrimiento, relativa y desconocida hasta que llega la siguiente; la cura, menos larga de lo esperado en el momento de la herida. Y los resúmenes, los inventarios, no dejan de ser una constatación de que, casi, hemos podido con todo; que hemos hecho bola extra, que acumulamos vidas dentro de otras. Que cada año no deja de ser una muñeca rusa, con vidas cada vez más pequeñitas, con corajes de distinta intensidad.

Yo no soy quién de pedir nada al año nuevo. Creo que deberíamos ser mucho menos rencorosos con el pasado, pero tampoco hacer de él una rémora. Menos gatopardismo, menos atadura, menos miedo. Sin excluir la memoria:  ojalá más helados en Roma, menos mudanzas como la de abril aunque adoro el resultado y mi nuevo barrio, más despertares como los de mayo frente al mar de Valencia. Y, sí, quiero más maletas, más árboles de Navidad en Madrid, muchas más librerías de Bolonia ( y focaccias, por Dios, abrazo esa religión). Y toda la música y las películas, los desayunos de sábado y pasar un calor de carallo en Toledo, pensando en que al día siguiente tienes que hablar delante de un montón de gente especialista en algo de lo que tú estás empezando a aprender. Y también latar a clase, perder el tiempo, echar de menos a amigos que se han marchado y que te han puesto al margen, sin saber tú muy bien por qué.  Yo no dejo de desear buena vida a quien no quiero cerca ni jartavino, pero tampoco les deseo el mal. Y ojalá muchos más fines de semana surreales en Barcelona, más fotos de pintadas y más viernes en el teatro, más whatsapps inesperados y bonitos, más sonrisas de mi padre, más ganas de escribir, más de terminar lo que comienzo. Más bici por el Paseo Marítimo, más vermú , más mirar alrededor. Ojalá más de eso, pero no lo mismo. Y claro, también los menos: menos huecos vacíos, menos silencios, menos spam. Menos listas de libros mejores, menos egos desatados, menos drama, menos perder el tiempo con lo que no lo merece, sea en forma sólida, líquida, gaseosa o banalidad con ganas imposibles de trascendencia. Menos importancia a  lo que no la tiene. Menos mundo de mierda, menos chorrada, Y menos justificarlo todo, menos contarlo todo porque tampoco le importamos tanto a todo el mundo. Y ahora de nuevo más: más glam, más punk, más queer, más ser lo que nos salga del pie, más diversión. Y dentro de la diversión incluyo todo: de militancia feminista a cualquier tipo de agitación necesaria ;un poquito más de criterio tampoco viene mal, incluso cuando vas contracorriente y te apetece decir que las emperatrices van en bolas, que las creadoras de pensamiento son pelmas y petardas, que hay mucho aprovechamiento pop  y que hay que leer más antes de escribir. Quizá, y solo quizá, hay que vivir con los ojos más abiertos y, por qué no, arremangarse y reflexionar antes de lanzarse a la teorización ( y a la evangelización de cualquier tipo). Dejemos los gurús al yoga y a otras cosas y practiquemos, de una vez por todas y entre todas, la discrepancia.

Pues bien, al final, como veis, queridxs niñxs, quod erat demonstrandum: menos es más casi siempre. Un poco más solidarias con todo aquello que precise serlo, menos gregarias con lo que lo necesite más,; esa es la mejor perspectiva del 2018. Esa, también, la que quizá no cumplamos, pero que se presenta ante nosotros con la nostalgia anticipada de la cándida adolescencia por la que brindaba la baronesa Blixen. Pequeño 2018, no sabes dónde te metes. Nosotros intentaremos sacarte de todas tus versiones que están ahí, atascadas dentro de ti.

Que tengan un año con felices muñecas rusas.

 

“Nosotros en la noche” y la madurez en provincias

Mecedora en porche. Imagen de Waylin en Pixabay. CC0. Pulsa sobre la imagen para original.

Para Fran

Yo no sé cuántas veces he soñado con ser la protagonista de una película, una novela, un tebeo. Coincidencias físicas apartes- las que me acercan a Katchoo de Strangers in Paradise y las que me alejan de Lara Croft, por ejemplo-anhelo historias bien contadas, pequeñas y provincianas, sin grandilocuencia y plenas de humanidad. La historia, por ejemplo, de una mujer viuda en una pequeña ciudad de un pequeño estado de un país muy grande. Una ciudad que podría ser el escenario de The last picture show o la de American Graffiti. Esas ciudades de una América sin glamour iguales a tantas ciudades sin glamour y a las que llegamos porque leemos- lo habéis adivinado- historias bien contadas, pequeñas y provincianas. Historias que te llevan a buscar en Google cómo sería ese escenario en el que tiene lugar para descubrir que, salvando distancias, podría ser el lugar en el que tú vives.

Hay una viuda, lo he dicho, que vive en su casita en esa ciudad igual a tantas. Y que sigue con sus rutinas de jubilada, ahora sola. Su jardín, su desayuno en el porche, la lectura y saludar en las necesarias salidas de la casa a las cajeras del supermercado, a los carteros, a los vecinos. A algún vecino. Y sentarse, muchas veces, a escuchar ese silencio que remonta a otro silencio al caer la tarde. Y que, un buen día, tiene la revolucionaria idea de llamar a la puerta de la casa de al lado con una propuesta que, cito de memoria, podría ser algo así: “Hola, Louis. Tú estás solo, yo también. Ven a hacerme compañía al caer la noche, durmamos juntos,nada más, superemos ese momento tan difícil del día”. Y, claro, Louis fue a casa de Addie.

Y son cosas que, ojalá, sucedan a todas horas en todos los lugares del mundo. Ojalá y ojalá que no. Porque el precio primero, ley de vida por la que pasamos la vista a diario, es la soledad de la supervivencia, el acostumbrarse a un silencio que antes era interrumpido por el otro. A no contar lo que sucede en el trabajo porque ya no hay trabajo, pero tampoco hay “otro”. A romper la geometría de una casa conocida y domar su nueva hostilidad de huérfana a base de buscar opciones. Louis era una opción para Addie. Y Addie lo fue para Louis. Pero no, no es un Tinder o un apaño algo grueso de la tercera edad. Es una historia de confianza y de complicidad; de puro compañerismo. Y de la reconfortante idea de que podemos ser abrumadoramente sinceros con las personas adecuadas  porque lo van a ser con nosotros: estamos en la recta final, digamos todo como es, expláyate, hay mucho que ganar y poco que perder. Había mucha, mucha vida oculta en las historias de ambos; no siempre lo cotidiano es apacible, no siempre la calma implica felicidad.  Y puede haber indiferencia, desamor e incluso deslealtad. De todo hablarán ambos. De sus vidas, de sus pequeñas y grandes vidas, que podrían ser las nuestras, la tuya o la mía en una “polvorienta ciudad de provincias”. Se habla de lo que quedó en el camino, de las pequeñas y grandes transgresiones, de la instalación de los silencios, de la nostalgia y de cómo juzgamos duramente nuestro pasado. A veces, sin merecerlo. Hablarán también de nietos faltos de cariño que necesitan ser acogidos, tomarán hamburguesas en bares de carretera, harán acampadas en el campo y habrá perros que se incorporarán a la familia, con gran pesar de otros adultos. Pero, sobre todo, es una inmensa historia sobre aquellos que nunca han contado su historia porque, en apariencia, es similar a las de otros.  Yo imagino a Addie y Louis contándose sus vidas de maestro y secretaria, esas vidas tan minúsculas y tan como tú y como yo; me los imagino asintiendo y escuchando alternativamente las palabras del otro, con la tranquilidad de todo el tiempo por delante, que en realidad es menos tiempo por delante. Y, creo, que ahí sí hay la esencia de una pareja. A pesar de la reticencia de los hijos, del cotilleo pueblerino, de las imposiciones. Porque, como siempre, la juventud es arrogante y avasalladora, entendiendo que la felicidad de los viejos es no hacer ruido. A ellos, que tanto enseñaron.

Yo decía al principio que me gustaría ser protagonista de esa historia. En realidad, lo que me gustaría sería contar con la posibilidad, guardada como un as en la manga, una historia que me permitiese en mi madurez o en mi vejez recuperar el sentido de la amistad erótica, de la buena conversación y compañía, de la descomplicación, de hacer un corte de mangas a las trampas del enamoramiento.  A esas historias que, como me dijo una vez alguien a quien quiero, te hacen plantearte que, de tener que decidir entre amistad y amor, harías tablas. O te quedas con la amistad. Bueno, va, con la amistad erótica.

He dicho a las trampas del enamoramiento, no al amor 🙂

 

Kent Haruf Nosotros en la noche  Random House, 2015  (Muchísimas gracias a Pedro Quílez que me recomendó el libro).

 

Me cuentan que Netflix hizo una versión para tele con Jane Fonda y Robert Redford . Me parece maravilloso reunirlos mil millones de años después de Descalzos en el parque 😀

 

De rosas y amarillos, de smartgirls, de cocer y envejecer

Cosas buenas de ser mayor: te pones lo que te da la gana y te ríes mucho más

Soy mayor. Tengo cincuenta años, casi cincuenta y uno. Llevo un porrón de gafas en el bolso, soy un saco de hormonas de vez en cuando y tengo arrugas. Muchas, y también carne flácida, tengo que usar gotas y pomadas, voy al fisio  y veo lejanísimos en el tiempo aquellos años en los que iba a trabajar de reenganche o me metía unas palizas de gimnasio o de gintonic, cuyos efectos secundarios serían casi lo mismo a estas alturas.  Me olvido de algunas cosas, me canso mucho más que antes y me la pela. Eso es, me la pela, me la suda o expresión equivalente.  Vivo en un mundo en el que la juventud se convierte en un concepto resbaladizo, aunque haya sido un sueño algo olvidable. Lo peor de todo es que pasa muy rápido, demasiado rápido: ¿es cierto que es tan maravillosa? ¿Cuándo fuimos conscientes de ser jóvenes o, mejor dicho, más conscientes? Cuando estamos empezando a estar hechos unos trapos. Esto es así y no tiene vuelta de hoja.

Cuando digo que me la suda tengo que matizar. Me la suda hasta cierto punto, claro. Hombre, una se ve mayor pero no se ve tan mal, vamos, que tengo un pasar o algo más que un pasar; una gran ventaja de la edad es que la modestia te la refanfinfla. Y ante el “Oh, no aparentas los años que tienes” que a muchas les congratula y les da como caricias gloriosas en el alma, a mí siempre me deja un poco como con cara de paisaje. “Es imposible no aparentar la edad que tienes porque LA TIENES. Y, por otro lado: ¿por qué esa cara de terror que ponen tus interlocutores cuando dices que pasas de los cincuenta? ¿Te desintegras o autodestruyes como los mensajes en clave de Mortadelo y Filemón? ¿Te conviertes en la increíble mujer menguante? ¿Caducas como un yogur de macedonia o frutas del bosque¿ ¿Qué es lo que nos aterroriza? ¿La invisibilidad sexual? ¿La falta de oportunidades? ¿De verdad tenéis la misma energía, ese mismo ímpetu de “chegar e encher” con lo mal que se folla de joven? En la precipitación, en la urgencia de los años desbocados, se nos fueron muchas filias y fobias; lo que  aprendimos fue a base de más calma y más práctica, de más sosiego y de menos muescas en el revólver (qué bien traído, mira, lo del gatillo).  Y, en definitiva: ¿por qué esa necesidad de anclarse en el tiempo, de no saber, de duda, de impaciencia y de frustración? ¿Pero no véis que todo eso ya ha pasado? ¡Da igual!

Claro que da igual, y si no, está la publicidad con su condescendencia machista para ponerte en tu sitio y recordártelo. No se habla nunca de “smart women” sino de “smart girls”, no vaya a ser que te crezca el cerebro de golpe al convertirte en mujer y te haga daño. El color de una carrera contra el cáncer no podría ser otro que el rosa y la mascota que recibirás será un osito ( también te dan caldo Aneto, que, por cierto, no he visto que a los hombres se lo den, pero a mí me parece bien porque me chifla). Y ahí hay mucho de lo que hablar y una no tiene autoridad moral porque del cáncer, por fortuna, es espectadora y no enferma. Pero, ninguna broma con esto, hay que escuchar a afectadas que sí hablan de esa marea baja y rosa. Os enlazo aquí el artículo de una mujer que admiro y que sí sabe de lo que habla: de esa cara de la enfermedad que nadie enseña, la de la precariedad sin vitaminar, la que no se refleja en los muros de las redes sociales con lacitos de colores, con sonrisas y con publicidad encubierta. Lean “Cando baixa a marea rosa” y sabrán de lo que hablo. Gracias, Beatriz Figueroa por tu coraje.  El paternalismo proteccionista encuentra su mejor realización si partimos de que la mujer como tal no existe, es una niña permanente que cuando crece ya no vale, ya no necesita el amparo de alguien más fuerte, más avezado. Eres una damisela, por favor, infantilicémoste de por vida. Aunque te conviertas en un cruce entre Ana Obregón y Qué fue de Baby  Jane. Hay que minimizarte y pensar por ti: no te canses, reina, que tú de esto no entiendes. Y aprovecha, que luego eres el objetivo del mundo Tena Lady y tienes que aguantar que Concha Velasco te diga que todo está bien.

Yo qué queréis, me parece todo muy agotador. Muy agotador y muy perverso. De elixires de eterna juventud, de la mujer como un Sísifo perpetuo en el intento de detenerse, casi de criogenizarse en esfuerzos vanos por parecer más joven. De no aceptar que una cosa es la belleza de la publicidad y otra la asunción de que todo lo que conlleva la cuarentena y más allá es risible. ¿Quién no ha escuchado risitas ahogadas cuando le da un sofoco? ¿Dónde está la barrera de la aceptación, de la invisibilidad, de que sigamos perpetuando conceptos como “señora viejuna” vs “madurito interesante”?  Y, oye, no he mencionado ni una sola vez la palabra feminismo. Definitivamente, me hago mayor: de la peli de Summers siempre me gustó mucho más el amarillo que el rosa. Y mucho más envejecer que cocer. Dónde va a parar.

Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

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