Anchoas y Tigretones

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Memorabilia

«Musei Wormiani Historia», tFrontis del  from the Museum Wormianum que representa el gabinete de curiosidades de Ole Worm
Wellcome Collection gallery (2018-03-31): https://wellcomecollection.org/works/mzvgyzbt CC-BY-4.0

La vida de una persona, y hablo con rotundidad porque ya tengo una «atalaya respetable desde la que contemplar el devenir» tiene hitos gloriosos, trágicos, incoherentes, aventureros, injustos y despiadados, banales y excitantes, divertidos, todo lo que queráis. Pero hay uno, que en mi caso se ha repetido varias veces, que conjuga todo lo anterior y es la mudanza. No hablo únicamente del hecho de que todo aquello que parece caber en cuatro cajas de Gadis es geomética y matemáticamente imposible que así suceda cuando empezamos a llenarlas. Llenar cajas es un cruce entre Sísifo y Prometeo, una delgada línea roja entre la locura y la sensatez, entre la imposible idea (para mí) de deshacerme de todo y vivir a lo minimal y la asunción, cabizbaja y humillada, de que guardo todo tipo de recuedos, objetos, inutilidades que forman parte de mí y se vienen a donde yo vaya dentro del caparazón de caracol. Que luego me horrorice cargar con recortes de artículos de prensa (!), con postales viejas y cartas como signos de otra época, con cajas de posavasos y bolígrafos que ya no pintan, pero que cogí en hoteles en los que fui feliz un fin de semana, con servilletas donde hicimos dibujos, con pequeños apuntes y notas de algún teléfono que daba igual apuntarlo porque no iba a olvidarlo en la vida, eso, digo, es parte de la incoherencia que generan los buenos propósitos, esas manchas en una agenda por estrenar, tan impoluta que da miedo en su blancura. Me he llevado, en sucesivos cambios de casa, un paraguas que nunca abrió bien pero que lleva en casa toda la vida y no voy a abandonarlo, esas tazas preciosas para té a mí que no me gusta el té, una bufanda llena de enganches que me ponía en inviernos de Compostela, unas sombrillas hawaianas para un cóctel que tomé en mis años angelinos, sintiéndome sofisticada y cool, antes de comprender que ser sofisticado y cool no tenía nada que ver con tomar cócteles con sombrillas hawaianas en miniatura. Todo esto, que hay que abandonar alguna vez por el bien de nuestras espaldas y porque no nos alcanza la vida para contener tanta melancolía, es un mantra que no se cumple y del que ya he hablado por aquí. Quizá los objetos de los que nos deshacemos, y también aquellos que conservamos, formen parte de un orden paralelo de las cosas, de una especie de poética absurda que los relaciona entre sí. Como en las etiquetas que ponemos en las redes sociales, en las localizaciones que usamos, todo va alineándose y mostrando una similitud de espacios pero no de personajes, de extrañezas increíbles de personas y acontecimientos: si pulso sobre un lugar en el que estuve me devuelven imágenes sin fin de personas desconocidas, sonrientes o en actitudes para mí desconcertantes, todo eso está dentro de una etiqueta somera en una red social, mil mundos en un solo lugar, desconocidas las unas para las otras. Esta hermandad en lo desconocido me provoca algo de angustia y también de habitar quizá un espacio y tiempo inadecuados, de ser una especie de recorte de corta y pega en un paisaje acartonado. No sé si pertenecemos a los lugares o somos, quizá, una creación de nosotros en esos lugares, en cualquier caso, da lo mismo: seguiremos pensando que ser parte de ese lugar y ese momento no nos hace esencialmente únicos, no nos nombra. Pero esa es otra historia y yo vengo a hablar de memorabilia.

La definición de memorabilia es algo vaga, por eso me gusta. Puede referirse a esas colecciones de objetos relacionados con alguien, sea esto coleccionismo fan o simplemente fetichismo. La memorabilia pueden ser esos souvenirs espantosos que se venden en las calles de las ciudades con casco histórico bellísimo y tiendas de recuerdos horripilantes, es casi un binomio sin disociación posible. Pero la memorabilia es también, o quizá yo me lo invento porque tengo mucha fe en mi capacidad neologista, ese afán de crear el propio recuerdo, de dotarlo de significado, de registrarlo de un modo breve, sin que tenga un cartel de algún lugar. Hay olores y sabores de infancia, vaya por Dios, que siempre hay que hablar de la puta magdalena. Pero también hay olor a lejía y garrapiñadas, a la colonia Atkinsons de mi padre y al betún de los zapatos que se limpiaban los domingos. En lo doméstico hay una construcción personal y algo poética del recuerdo; otras, las fijamos nosotros porque sí. Decía María Cousillas el otro día que cada vez que comprásemos un libro,tendríamos que registrar dónde lo hicimos, con quién estábamos, una cápsula de memoria de aquel día en aquel lugar. Asentí con cierta complicidad, pero lo cierto es que dejé de hacerlo hace tiempo. Fui a las revueltas estanterías y empecé a buscar. Sí, en 2002 compré El sueño más dulce, de Doris Lessing en Follas Novas, Compostela. Y debajo añadí: «Estoy con Jorge Domonte». Y me había olvidado de aquel día, era junio también, en que paseamos por el campus sur hablando de amores imposibles y de pianistas favoritos. Puedo recordar la luz preciosa delante de la Facultad de Químicas, la voz pausada de Jorge en aquella conversación, fue desenredar un hilo de forma sencilla. Busqué más y siempre encontré pautas que me hicieron reencontrarme con viejas hojas de calendario: las cartas de Silvia Plath a su madre que compré en un catálogo de librería de segunda mano, por correspondencia y que me entregaron en Iria Flavia,donde yo trabajaba entonces. Fue en 1996, un día de otoño. Aquellas cartas me acompañaron en mis solitarias comidas al mediodía y volaron a otras manos antes de volver a casa. Compré un libro sobre Girlzzzz en comic en la librería de la Secession de Viena que registré al momento, tanta ilusión me hacía comprar allí un libro que desconocía: From girls to grlzz ; un un tebeo de Dylan Dog en Bologna (apunté que el librero me alabó el gusto, un señor muy encorvadito que envolvió los libros pulcramente) y un calendario irreverente y divertido que, desde la estantería de mi casa en Montealto, me recuerda una sofocante tarde de julio en Nueva York, muerta de risa con Virginia, espiando a un librero guapísimo entre las baldas de Strand Bookstore, la madre de todas las librerías. Otras memorabilia en libros me recordaron a quien ya no está- ¡existen tantas formas de no estar!- pero que me acompañaron días de lluvia o de invierno (mis favoritos para comprar y regalar libros) en otras ciudades, asi en otras vidas. Pepa, Carlos, Toño, fuisteis escuderos en aquellos días apresurados.

He vuelto a crear memorabilia de libro: cuando llega a mí, a veces regalado, me sirve también para prolongar el momento de sorpresa. Hay que poner siempre quién nos lo regala, dónde estábamos, buscar un bolígrafo rápidamente para, como Perec, ejercer una tentativa de agotar un espacio, un momento en la vida que puede ser descongelado más adelante. Y, sobre todo, servir como llamadas de atención hacia el futuro, como pequeños post-it qu nos ayuden a dejar la melancolía en su sitio, domesticada y formal, sin desbocarse, que ni de coña los tiempos pasados fueron mejores. La memorabilia es, para mí, el cambio de mi caligrafía a lo largo de los años, pero lo es también la recopilación de las ajenas. Libros dedicados por quienes los escribieron, en la prosa apurada y reglamentaria de la Feria del Libro, otras veces con la temblona letra que nos dan las cervezas, cuando te hacen un regalo de cumpleaños para marcar el futuro. Pienso, también, que un cuaderno digital es una forma algo rara de memorabilia, porque no todo puede, ni debe, guardarse en estanterías. Hay cosas que para siempre te llevas puestas.

Leo:

Quemar libros: una destrucción deliberada del conocimiento de Richard Ovenden (Crítica, 2021) De por qué la apropiación de bibliotecas como botín, la quema de libros y el borrado de identidad siguen siendo, a día de hoy, vigentes. Ovenden es, entre otras muchas cosas, director de la Bodleian de Oxford.

As malas mulleres de Marilar Aleixandre (Galaxia, 2021). Concepción Arenal y Juana de Vega eran amigas y se reunían en el 56 de la calle Real, lugar que conozco muy bien. En esa amistad, en esas reuniones, surge el interés de dignificar la vida de las presas de la Galera, cárcel de mujeres de Coruña. Y, sobre todo, conocer sus historias y comprender que la pobreza es siempre una pauta de vulnerabilidad ante la justicia.

Veo:

Halston en Netflix. Excéntrico y egocéntrico, creador genial y vanidoso insufrible. Gasta en orquídeas porque las necesita y en coca porque le gusta. Solo por ver a Ewan Mc Gregor y la recreación de los locos años de Studio 54 vale la pena.

Escucho:

Muchos podcasts. Necesito conversaciones y ahora se van de vacaciones Estirando el chicle, pero sigo con los de Radio3 y Radio Nacional (Café del sur, Efecto Doppler, La estación azul…)

Marginalia (2)

Señoras agotadas tras un año de mudanza al seguir apareciendo cosas raras en cualquier sitio

Es extraño cómo funciona la memoria. Si tuviese que escoger una imagen sería la de un caleidoscopio lleno de casualidades, ajena a esas leyes de la lógica a las que otorgamos mucha más importancia de la que tienen. La memoria también engaña y avanza, se mezcla con el recuerdo y aquello que proyectamos. Voy por la calle pensando en los ojos de un chico al que sostuve la mirada alguna vez y me lo encuentro de frente; pienso en aquella canción que cantamos por las ventanillas de un coche destartalado aquel verano en Tenerife, siendo piel, arena y salitre, y suena en la radio de la cocina de mi casa de un barrio atlántico, rodeado de invierno. Las casualidades son muchas veces luces amarillentas de la imaginación. Estaban ahí, solo tenías que hacer clic. Hay cruces de caminos y otras vidas aguardando en cualquier sitio, pero esa es ya otra historia.

La memoria es también una cabrona agazapada. Aparece a la mínima en objetos que poco dan o poco valen, que fueron en un momento que ya está muy lejos. He recuperado entradas de cine casi hechas pedazos al salir de la lavadora, incrustadas en arrugas pertinaces de algún bolsillo. Otras veces un ticket del supermercado me recuerda la primera cena que hicimos tras el confinamiento, qué esperanzada compraba yo queso cheddar y paté, atendida por la señorita Mayte. La mujer que salía del súper en el mes de mayo es la misma que ha tirado a la basura, furiosa, una fotocopia casi amarilla de un poema de Walt Whitman que manoseamos tanto, a partir de sentirnos poetas muertos en un club, que su sola mención es causa de cuñadez sin remedio. Me acuerdo de cuando me trajiste aquella fotocopia a la biblioteca de Filoloxía en Mazarelos, pensando que, quizá, nuestros futuros alumnos nos salvasen de la irrelevancia. Era el año que cayó el muro de Berlín, de aguardar cartas americanas para becas y todo era posible, incluso nuestro entusiasmo por el futuro. No sé cómo ha sobrevivido a más de seis mudanzas esa fotocopia. Ha estado, quizá, guardada en algún libro, un pobre libro compañero que no he abierto en todos estos años, un libro que gritaba ese recuerdo desde varias estanterías, algunas derrumbadas y en contenedores de muebles viejos. Yo tiré esa fotocopia porque, a pesar de vivir en una nostalgia de señora dandy impostada, también tengo mis ataques de cinismo y hay algunos días atroces en el calendario en el que me posee la lucha contra esa sentimentalidad que provocan los hallazgos, contra el nudo en el estómago del fetichismo del pasado. Arramplo con todo y lo tiro, deseando que desaparezca por un sumidero en el que irían bandas sonoras comunes, lugares que se han contaminado por historias terminadas, momentos de la vida ante los que a veces sonríes de forma displicente. Esa sentimentalidad es una tiranía que no deja avanzar, y así pienso yo en esos momentos, devorada por la necesidad de un Año Nuevo sin ataduras, sin anclajes al pasado. Y a veces, como es natural, me arrepiento; es más, casi siempre me arrepiento. Pero forma parte de la dualidad de la vida. Todo lo que es intempestivo es también historia de una misma.

En mi casa hay un cuarto que me sirvió de estudio durante el confinamiento. Tengo varias librerías en las que gobierna el caos, postales, notas de post-it. Y un sillón donde leo, abrazando mi libro al sol que entra por esa ventana que da la vida. Cuando interrumpo la lectura miro hacia esa montaña de libros que esconderán otras notas, otras llamadas. Es posible que los conserve, dependerá de si estoy en modo demonio de Tasmania, rellenando bolsas para tirar al contenedor o si, que una no es de piedra, estoy bordeando peligrosamente el spleen o un paulocoelhismo de (más) medio pelo. Sea como sea, sigo leyendo en ese sofá azul y mira tú por dónde, el protagonista de la novela tiene un temita con «O captain, my captain» de Walt Whitman. Y corro a la basura a darle mil vueltas por si, todavía, esa maltrecha fotocopia está allí. Pero no: tan solo consigo ensuciar (más) el suelo de la cocina y fustigarme por mi mala cabeza, por mi escaso sentido de la oportunidad, por no haber conservado más tiempo esa llamada del pasado que puede ser un símbolo del futuro, otra construcción de una memoria propia que todavía desconozco. En esas marginalia estamos mucho más presentes, somos mucho más que lo que somos ahora, por eso hay que desprenderse y mandara a tomar por saco. No necesitamos tuits ni grandes titulares, hay que tirar cosas, amigas, o corremos el riesgo de acabar contando estas chorradas en Twitter, en un blog cualquiera y caer en el más puro y duro chonismo lírico . Ese desprenderse, aunque sea con corte de mangas, creo que ha de ser un acto íntimo, diga Marie Kondo lo que diga.

Hoy he tirado mi calendario de mesa de 2020. Y lo veo todavía aleteando en la papelera, abierto al azar por una fecha que no voy a comprobar para no entrar en bucle, para no elaborar más pasados del que ya tengo. 2021, sorpréndeme con marginalias agazapadas y ayúdame también a salir de ellas.

Notas:

El libro que leo en el sillón azul es El hombre de hojalata de Sarah Winman editado por Dos Bigotes. Es una joyita a la que llegué por (otra vez) pura serendipia lectora.

He escrito más sobre Marginalia.

La música que escucho ahora es la radio en Spotify de Monterrosa (con Rodrigo Cuevas, Monterrosa, Joe Crepúsculo, Triángulo de Amor Bizarro, Rusos Blancos…). Me hace muy feliz que me descubran música nueva (a Monterrosa los empecé a escuchar por Esnórquel) como ha hecho también Lúa Mosqueteira ayer recomendándonos a Lopita y a mí que escuchásemos a Rigoberta Bandini.

Y tenéis que ver The Bridgertons, aunque solamente sea por el duque de Hastings. Yo creo que si Amy Winehouse y Edith Wharton fuesen amigas quedarían para verla. Es una telenovela bastante punk y con guiños a Austen, Louise May Alcott y Kenneth Branagh. Y muy sexi todo el mundo, mucha coladera sobre el papel de la mujer en la época, sobre la difamación y el destino…Y condenadamente divertida.

Volver a los diecisiete (un cuento algo amargo de Navidad)

Imagen de Sutterstock tomada de : Dreaming of Christmases past (pulsad para llegar a la fuente).

La pared son miles de flores de papel pintado, agrupadas, sueltas, un auténtico derroche. Cuando te acercas mucho, mientras sostienes el móvil donde se agolpan los mensajes que te recuerdan que tienes otra vida, quizá inventada, las flores parecen esconder otras figuras, algunos ojos y bocas, en ese extraño juego de la pareidolia que aprendiste de niño. Jugabas, antes de quedarte dormido rodeado de tebeos y algún libro, a reconocer a personajes del pueblo en aquella amalgama de formas que, de lejos, eran flores amarillas algo desteñidas ya y de cerca, un entretenimiento. La cama cada vez te queda más pequeña, es más incómoda, reconvertida tu habitación en un cruce entre almacén de trastos y cuarto lleno de armarios. En tiempos, tu habitación era la esperanza. Eras tú, el chico más listo, el que entendía los caminos de la filosofía y el arte, el que devoraba los volúmenes desportillados de la biblioteca. Aquel eras tú, y ganabas los concursos de cuentos de la escuela y una vez fuiste al de de redacción de Coca-Cola, donde te dieron un diploma y aquellas cosas de propaganda que tanto molaban, la mochila roja y blanca, la toalla de playa que a tu madre le gustaba tanto y que acabó siendo trapos de limpiar cristales, en una cruel metáfora de algunos futuros.

Vuelves a casa por Navidad en este año incierto de parones obligados, aplausos y tristezas, mascarillas y soledad, donde hace meses que no ves a tu abuela y en el que, por fin, aprendió tu familia a usar Zoom y todos esos intentos de calentarse el corazón mediante pantallas. Vuelves a casa, decimos, y miras el papel pintado como tantas veces, en esa habitación que debería estar cerrada hace tiempo y que sigue acogiéndote porque tu familia siempre va a acogerte, porque tienes, en el fondo, un lugar al que volver. El problema es que no vuelves desde ese Eldorado que suponíamos iba a dar la educación superior, el sacrificio, el estudio. Para qué estudiar tanto si no ganas ni mil euros, y, además, a quién le importa la lingüística pudiendo tener un curro donde ganes más, le decían algunos cuando volvía. Y qué vas a decir. Encoges los hombros e intentas mantener ese estado de ficción alimentado por todos. Tu madre, ante las vecinas que encuentra o las amigas con las que se reúne a veces, se ha hecho especialista en disfrazar tu precariedad de inquietudes, tus becas e ínfimos contratos de investigación de experiencias, de solidez todo aquello que es endeble y lo es mucho. Porque tu vida, quizá y solo quizá, es un castillo de naipes que enmascara esa dinámica aparentemente cool de piso compartido y temor a las facturas, de alimento cultural que suple los rigores que se le suponen a la vida adulta, de bohemia alternativa que se derrumba ante la cama de 90, ante los niños de san Ildefonso cantando en la tele de la cocina como tantos años atrás, ante las nóminas hinchadas de los hijos de los demás, ante tu sitio reservado en un sofá cada vez más raído. E intuyes, con amargura, que has caído en la «trampa del entusiasmo», que todos mienten por amor y también por vergüenza, y eso duele, duele mucho. Porque, mirando las figuras del papel pintado, te reconoces y decides apretar los dientes y seguir adelante, encarar el turrón familiar y capear las preguntas sobre vida y destino, sobre proyectos de futuro con tu pareja si la tienes, sortear los futuribles e intentar tranquilizar a tus preocupados padres, cuando quien está realmente atacado de los nervios eres tú. Porque quieres la dignidad que todas las investigadoras e investigadores de este país merecen, porque los proyectos no salen del aire ni se alimentan del aire, pero tampoco tu nevera se llena con un pase de magia. Y en ese soberano desprecio que hay hacia el personal investigador, en ese lado oscuro, cae también la valoración social, la autoestima.. Porque la precariedad no es algo que haya surgido de una crisis concreta: es el estado de las cosas de una visión concreta. Y, mirando el papel pintado, un año más, le pides a los Reyes que sea el último año en el que te sientes de prestado, en el que puedas planear sin fechas de vencimiento, en el que ilusionarte con disfrutar de una juventud algo publicitaria. Mientras tanto, agradeces las PCR, la escasez de sobresaltos, los lugares a los que volver, el amor, tanto amor, que algunas veces duele. Que tu madre te traiga unas vieiras para tomar el día de Nochebuena porque te pirras por ellas, que tu abuela–ojalá pudiese estar cerca este año y hacerlo- te dé, de contrabando, un sobrecito con dinero, «una propinita», que algo te infantiliza, pero que parte de tu vida es su letra temblona con tu nombre. Que tu padre te despierte para aplaudir con la marcha Radetzky el día 1, aunque Viena y sus conciertos sean lo más alejado empíricamente a tu realidad. Porque sabes que sí, a pesar de todo, el orgullo y la preocupación a veces van de la mano. Y los quieres, quieres ese espacio que ocupas como una ficha del Tetris para que nada esté incompleto. Y agradeces el estar aquí, juntos, más que nunca, un año más.

#sinciencianohayfuturo

#sinHumanidadestampocohayfuturo

Recomendaciones para unos días de Navidad

El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital de Remedios Zafra

Y la mayor hermosura que he leído este año sobre el amor a los padres y la construcción de esa manera de verlos que tenemos a lo largo de la vida: Amor intempestivo de Rafael Reig.

Y os ponéis a toda tralla el último disco de Xoel López, que es todo amor.

Huevos de Pascua 2020

Me he muerto de miedo con esta ilustración para, ojo, felicitar la Pascua de 1906. Pinchad en la imagen para ver la fuente

Estamos en abril, sí, estamos en abril. La pereza de estos infinitos festivos, de esta incertidumbre desconcertante, nos regala una paradoja algo grotesca: no estamos de vacaciones porque es un período obligatorio de soledad; las cifras, tragedias sin nombre; las pantallas de nuestros teléfonos, los nuevos bares. Nos vemos y no nos vemos, hemos empezado a desear salud y no suerte a los pocos contactos que tenemos. En burbujas con Netflix y repostería, hay aún quien vive en un estado de permanente queja, de «pequeña muerte» contemporánea, de obsceno y egoísta minifundio mental. No, no podemos quejarnos en nuestras Baratarias de privilegio, en nuestros Instagram poblados de neopanaderas.  Queda suspirar y pasar página, incluso cuando hemos olvidado ya que tenemos calendarios.

El pasado mes de octubre, en Erice, Sicilia, hice dos compras: la primera, en una farmacia, donde la buena de la farmacéutica se persignaba ante los ronchones de mis piernas, cortesía de los mosquitos palermitanos. La otra, mucho más hedonista y enjundiosa, fue un calendario con carteles antiguos de la industria de Italia: Vespa, Martini, Pirelli. Con los calendarios futuros me pasa como con las agendas nuevas, las hojeo y hago apuestas mentales sobre qué sorpresas nos deparará ese mes que tiene una ilustración tan chula, oh, mira, mi cumpleaños cae en domingo, la Semana Santa que lejos. Qué poco podía imaginar yo todo lo que vendría, qué lejanos y dorados me parecen ahora aquellos días sicilianos. Qué poco, también, que la Semana Santa sería, esta vez, mucho más tediosa que la que vivía de niña.

Lo he contado ya algunas veces: siempre tuve pánico a la Semana Santa, a las procesiones con encapuchados, a la sangre derramada y las coronas de espinas, a la tristeza melancólica de los Oficios por la tarde, a las películas con Víctor Mature, a volver a ver «Quo Vadis?» y no entender nada. Todo era un miedo y una tristeza algo irracional, una pesadumbre de domingo provinciano y de calles vacías; irracional porque eran vacaciones, al fin y al cabo, y porque ni la fe ni la tradición son algo propio en la infancia. A mí, la verdad, lo único que me llenaba de ilusión eran los huevos de Pascua. Unos huevos de chocolate gigantescos, del escaparate de La Jijonenca y la confitería Los Cantones, envueltos en papel de colorines. Mi anhelo, mi fantasía, era que me regalasen alguna vez uno de aquellos huevos gigantes que venían  en casitas de chocolate también y decorados con unos polluelos de peluche. Eran preciosos. Por supuesto, nunca los tuve. Me regalaban algún huevo con sorpresa dentro, que solía ser un bombón o un caramelo que aceptaba con la cabeza gacha, imaginando la vida feliz de quien obtenía el huevo con pollos de peluche amarillos  y con el pico algo torcido, casi picassiano.  Envidiaba más a quien le pudiesen regalar esas casitas con pollitos que la, esta sí de verdad, envidia disfrazada de estupefacción con la que recibí la noticia de que una compañera de clase se iba en esas vacaciones «a la nieve». Lo de ir «a la nieve», quisiese decir eso lo que quisiese decir, era, para una niña de provincias de los años 70 algo tan exótico como la famosa cerveza de jengibre o los marshmellows asados de las series de adolescentes norteamericanas (por no hablar de las taquillas de los institutos, algo que a mí me fascinaba).  Volviendo a los huevos de Pascua, yo, en aquellos años, no tenía ni idea de que lo regalaban los padrinos o madrinas a ahijadas. Mi padrino era mucho más moderno y prosaico: cuando tenía seis años me trajo de Milán una muñeca que era, ni más ni menos, que Rita Pavone. Por supuesto que yo no tenía ni idea de quien era aquella pequeña, pecosa y delgadita chica, pero tenía minifalda y unas botas «de chica moderna y mayor» que siempre me empeñaba en quitarle para descubrir unos diminutos piececitos. La aparición de «la Pavone» en mi casa fue todo un acontecimiento celebrado por mis padres y mis tías, que eran fans y no paraban de decirme la suerte que tenía. Quise mucho a mi Rita Pavone. Mi madre le hizo un cárdigan precioso, largo, de color gris perla. Con el tiempo, como pasa con todos los juguetes y si no vean «Toy Story», Rita Pavone desapareció o quedó arrinconada, sustituida por Leif Garrett o cualquier otro ídolo de la adolescencia, por los teléfonos de chicos guapos escritos en márgenes de algún libro y a los que nunca llamé, por la dispersión extraña con la que juega el tiempo hacia adelante. En una de aquellas limpiezas generales que mi madre se empeñaba en hacer de vez en cuando, encontré una bota de la Rita Pavone. dentro de un juego de Memoridacta. Sin embargo, esa aparición triste años después no es mi recuerdo, sino aquellas pecas que le brotaban, redondas y perfectas en la nariz respingona.

Mi deseo de esta Semana Santa atípica, más enclaustrada que otras, es que os regalen un huevo con pollito de peluche. Y dentro, de sorpresa, tengamos un calendario de normalidad y obligaciones, de alegrías, de poder cruzar la calle cuando nos pete porque nos hemos olvidado una zanahoria para hacer un guisote, de mucho sexo y rockandroll, de conciertazos y de quedarse en casa porque tenéis una resaca del quince.  Una sorpresa de cafés inesperados y de llamadas normales, sin Zooms ni pantallas de por medio, porque sí; no porque nos aburramos o nos sintamos solitos o pequeños. Lo demás, el resto, lo ponéis vosotros : a mí, de momento, me dais un vermú en la terraza del Dársena.

Leo: Acabo de terminar Cómo ser famosa de Caitlin Moran (divertida a ratos, pero ni de lejos la genialidad de Cómo ser mujer) y Rewind de Juan Tallón, que me ha parecido una narración impecable y muy bien construida, emocionante.  Ambas han sido cortesía de Galiciale, a través de ebiblio, la plataforma de préstamo de libro electrónico pública y gratuita. Agradecimiento infinito.

Escucho: Pues, claro, a RITA PAVONE, porque además acabo de volver a ver Nueve Reinas y me acuerdo mucho, muchísimo de esta canción.

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