Anchoas y Tigretones

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La hermana de la Nancy

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Library. “Playing school: a print depicting sitting children, books, chairs, a bench, a doll and a green field.” The New York Public Library Digital Collections. 1890. http://digitalcollections.nypl.org/items/510d47db-c34b-a3d9-e040-e00a18064a99

Es verdad, ya nada es igual. No hay carreras por el pasillo, con el corazón desbocado y descalza, para llegar al árbol de Navidad del salón. Debajo, los Reyes habían dejado  un puzzle multicolor de papeles de regalo de colorines. Nunca me llamó la atención, de niña, que los regalos viniesen envueltos en papel de tiendas de Coruña, me parecía fascinante que se pudiese recorrer el mundo ida y vuelta en una noche, a lomos de camello. Lo que sí comprobaba era si les habían gustado los polvorones y los tres vasos de gaseosa Revoltosa (lo de que fuese sin alcohol,era cosa de mi madre, imagino) que les habíamos puesto en una bandeja con un mantelito de flores. En aquel cómodo y limitado mundo, ese que se dibuja entre la fantasía y la credulidad, me parecía maravilloso que se comiesen turrón o cualquier larpeirada en todas las casas que visitaban, por no hablar de las copas que debían calzarse (en la mía no, solamente gaseosa, como he dicho). En la infancia, la verosimilitud es inexistente o supeditada siempre a las necesidades de la narración: la fantasía manda, por supuesto. Y se acomoda con calzador, faltaría más. Cuando, en los días anteriores al seis, yo preguntaba: “¿Pero y si no les da tiempo, y si aquí no llegan? ¡Tienen que ir a muchos sitios!”, con, imagino, ojos inmensos de angustia y preocupación; mi madre siempre respondía, serena y tajante: “No habrá problema. Son magos”. Y aquella respuesta me tranquilizaba quizá solamente un día entero, mientras repasaba la copia de la carta que había escrito esforzadamente, primero a lápiz y luego a boli, teniendo que cumplir el ritual de entregarla en aquel enorme rey mago de madera que tenían en la juguetería Freijido, al final de la calle Real. Recuerdo cómo me picaba la bufanda blanca con pompones, a mi padre llevándome de la mano y alentarme para dejar la carta en el cofre que sostenían aquellos brazos rígidos y extendidos de un rey mentiroso.  Yo, mentalmente, con una horrible falta de empatía, seguía pidiendo la Lesly -hermana de la Nancy a pesar de la conversación – ¡larguísima!- con mi madre que había intentado, sin éxito, quitármela de la cabeza: “Pero si ya está Nancy, para qué Lesly”. Imagino a mi pobre madre haciendo cuentas mentales, sopesando pros y contras de dar un capricho o educar un poco en la frustración, pensando en si me gustaría aquel juego educativo que estaba cuidadosamente escondido en algún recóndito armario.  Porque, eso sí: los Reyes existir, no existirían; pero labor de zapa con padres, eso sí se lo trabajaban.  Cuando empezaban a salir los anuncios de las muñecas de Famosa o el autocross de Congost, mi madre empezaba con mucho retintín a hablar de la maravilla que era el juego de anatomía humana, un esqueleto al que se rellenaba con vísceras de plástico y que era “muy bonito e interesante”. Partiendo de la base que en ningún momento de mi vida manifesté el más mínimo interés por la cirugía o por las cosas de “de por dentro”, mi indiferencia era totalmente legítima. Eso sí: por supuesto que me cayó el juego de anatomía humana. Imagino que mis padres en algún momento soñaron para su hija un futuro de bata blanca y placa en la puerta donde pusiese “Doctora Gómez”; pues no, sigamos sumando decepciones, en eso consiste ser hijo. Pese a todos esos intentos de orientar mi vocación, nada se conseguía: mi afición destroyer iba por el Quimicefa (no recuerdo si lo pedí un millón o dos millones de veces, con nulo resultado) o aquellos patines Sancheski que encontré detrás del la mesa de la plancha un año que mi madre se curró una yinkana divertidísima de busca y captura de regalos. Ojalá hubiese guardado aquel papel maravilloso con la letra inglesa de mi madre (¡cómo no sospechaba yo nada! ¿O ya había dejado de creer y aún así manteníamos el juego? Ya no lo recuerdo). Con decepciones, mayores o menores, el día de Reyes era una mañana de histeria y alegría, de gritos y de bicis por el pasillo en pijama, de ver a los primos por la tarde y buscar la sorpresa del roscón.  Eran más espléndidos o menos, o algo peor: te caía un peluche en casa de algún familiar cuando ya ibas de minifalda y algo de rimmel escurridizo, cuando estás en esa edad extraña en que tienes mucha prisa por la adultez, cuando es difícil poner buena cara ante aquello que te infantiliza. Y, sí, creer en los Reyes te infantilizaba. Un buen día, en el colegio, alguien que solía ir siempre por delante te contaba la verdad que, quizá y sin querer sentarte a pensar sobre ello, tú ya sospechabas: los Reyes no existían, todo eran los padres. Y los que soltaban esa bomba te miraban muy ufanos, mientras yo, al menos, intentaba disimular con un desapegado: “Buah, yo ya me lo imaginaba”. Ante los aguafiestas, displicencia; eso sí lo aprendí pronto. Y quizá, y solamente quizá, en el camino de vuelta a casa empezabas a atar cabos, a darle vueltas a las cosas. A mí no me supuso ningún trauma y creo que me divirtió haber participado de esa fantasía: nunca he podido verlo como una traición o un engaño. Pero es posible que sea porque no me costó dejar la creencia atrás. Fue, digamos, algo casi natural: no drama at all. Llegué a casa y le dije a mi padre: “En el colegio me dijeron que los Reyes eran los padres. Pero yo ya lo sabía”, dije, triunfante. Mi padre sonrió y creo que ni me contestó, imagino que me observaba con el rabillo del ojo detrás del periódico. Pero no le dimos ninguna importancia.  Y a otra cosa, no hay más preguntas, señoría.

Eso sí: si hay algo como antigua creyente en Sus Majestades que yo les podría reprochar, es que nunca me trajeron la Lesly. Para una hija única hacer ficción de hermanas habría sido importantísimo, queridos Reyes psicólogos aficionados. Lo que no os perdonaré nunca es que se la hubieseis traído (“echaron”, decíamos en mi época) a mi prima María, algo más pequeña que yo. Y eso, el saber que no eras ya la única en todo, sí que fue un buen aprendizaje de la decepción. Pero diré, en vuestro descargo, que sí acertasteis mucho ese año con el libro de Stevenson. Ahí os perdoné un poquito.

Felices Reyes y feliz vuelta a la normalidad, sea eso lo que sea.

 

 

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El ritmo de la aflicción

La pérdida y el duelo son países a los que una viaja sin tener pasaporte ni puñetera idea de lo que se va a encontrar allí. Es un territorio extranjero, inhóspito y oscuro en el que te acabas instalando y haciendo pequeñas conquistas como son dominar su lenguaje, contener las lágrimas ante la apertura de cualquier cajón o recuerdo de conversaciones que eran tan banales y cotidianas cuando se produjeron, tan solemnes ahora que no puedes modificar absolutamente nada. Nadie escoge pasar por un duelo, nadie emprende ese camino oscuro voluntariamente. Lo tienes identificado y sabes que existe, casi como cuando eres niña sabes que existen las universidades y que algún día vivirás con alguien en una casa que imaginas, es una idea, eso es todo. Pero no tienes, repito, ni puñetera idea de lo que es hasta que lo encaras y avanzas en él. Soy de las que creo que tenemos derecho a la tristeza, incluso a que esta sea una convidada de piedra en nuestra vida, una invitada que asoma de vez en cuando a dar por saco, presentándose a cualquier hora intempestiva, sin pasteles ni botella de vino, solo asomando, nada más. Otra cosa es que no le cojas el teléfono o que la esquives cuando aparece, que detectes ese perfume agridulce que la precede, que te dejes llevar por su mística melosa. Otras veces, sencillamente, es ya parte de ti y no puedes irte.

El duelo ha producido desgarradora y terrible literatura; otra, lacrimógena y confusa, quizá por la manía que tenemos de comenzar hablando de la soledad y el vacío y terminar hablando de otros fantasmas personales, acentuados por  la muerte de alguien cercano. Entre la que a mí me parece literatura de verdad trazaría una línea que iría de Barthes a Joan Didion pasando por C.S. Lewis o Richard Ford. La idea común es la de transitar por lo desconocido, por esa intensa desazón que modifica el color del mundo y en la que el tiempo se hace lento, inhumanamente lento. Humanidad, esa es la clave: la tristeza es parte de la condición humana. La rabia porque el mundo siga su curso, porque abran las tiendas o suene música en la radio, cómo es posible con lo que yo tengo encima O, como decía Anthony Hopkins disfrazado de C.S.Lewis en Tierras de penumbra: “el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato”. Qué dureza.

En esa pequeña maravilla que son los Brain Pickings de Maria Popova he llegado de forma totalmente fortuita al Sad Book de Michael Rosen. Un cómic de pocas páginas, con texto del propio Rosen e ilustrado por el brillante Quentin Blake, Y allí sí encuentro literatura parca pero auténtica:  la incomprensión y rabia ante la pérdida, la sensación de traición y mundo al revés para las que nos quedamos y que nos lleva a decir “pero cómo has podido hacernos esto, cómo has podido irte de golpe y dejarnos así a nosotros”. Cómo puede ser que esto que sé que sucede esté sucediendo al fin, y que me esté sucediendo a mí.  Y Michael Rosen habla de convivir con la tristeza por la muerte a los dieciocho años de su hijo Eddie a causa de una rápida meningitis. Convivir con una nube gris que en ocasiones nos cubre y otras nos da un pequeño respiro, algo de lo que a veces quieres hablar y encuentras interlocutores, también algo que cambia cómo ves la ciudad y la gente que va en autobús o conversa animadamente en una cafetería. ¿Por qué no puedo yo participar de todo eso, cuándo se irá esta nube? Y todo aquello que pasa ante nuestros ojos y que desencadena un recuerdo ¿podemos convertirlo en algo feliz? Sí, sí podemos, no siempre, pero a veces, sí: porque una de las cosas que una aprende del duelo es de nuestra capacidad extraña para equiparar amor y dolor. Rosen recuerda a Eddie en su función de teatro, en su cuna de bebé, tirando cojines en el sofá, riendo y jugando con sus amigos por la calle. Y siente que le gustaría hablar con su madre, que tampoco está. Y aparece un recuerdo paralelo : la imagen de su madre por las calles llenas de gente un día de lluvia, puede ser Navidad. Ese recuerdo que surge a partir de otro y que te hace sonreír.  A mí también, por motivos distintos.

 

Vivo en un lugar tras una cortina de lluvia. Un día, tendría yo unos siete años, fuimos a despedir a mi padre a la estación de tren, iba a Madrid varios días por un asunto laboral. Llovía muchísimo, y tras salir de la estación, arrollaba. Mi madre me cogió de la mano, cruzamos la calle bajo la lluvia, corriendo para aprovechar el semáforo que iba a ponerse ya en rojo para los peatones.  Recuerdo perfectamente aquella tarde de noviembre como nuestro primer día “de chicas”. Subimos al autobús riendo y, al llegar a casa, tras quitarnos la ropa empapada, mi madre me frotaba los pies con alcohol, recuerdo perfectamente el olor de la sopa que cenamos, las risas al ver cómo pingaba la gabardina más grande y la trenka pequeñita, tendidas en la galería que daba al patio. Nosotras solas, hasta vi un trocito de película de noche.  Un día distinto, diferente, algo más privado que otros. Y yo lo he incorporado a mi baúl de recuerdos,ese  del que echo mano cuando las cosas van mal. Y así, cada día que llego a casa empapada de lluvia y cansancio, miro mis pies encharcados y me acuerdo de la botella de alcohol en aquel cuarto de baño con bañera de patas, yo sentada en una banqueta que había hecho mi padre. La luz de casa, ese es el recuerdo, la luz de un lugar donde yo vivía, donde estaba segura, el lugar de la infancia lleno de ruidos domesticados y quejidos de madera, una casa, la mía. Un recuerdo al que engancharse, nada más.

Decía Barthes que cada uno tiene su ritmo de aflicción. Así es: me descorazona del mismo modo quienes pasan por encima de las muertes sin llorar apenas como quienes tardan en levantar cabeza, sumidos en la pesadumbre. Pero aún más me  inquietan los que como Rosen o como muchas otras personas, conviven con ese vacío. A pesar de los esfuerzos, a pesar del paso del tiempo, por mucho que sepamos que “todo esto pasará”, en esas épocas de nubes negras, la tristeza es un derech. Ojalá que nunca lo tuviésemos que ejercer.

Sad Book de Michael Rosen, ilustrado por Quentin Blake está editado por Candlewick Press.

 

 

Manos y otras vidas

Publicidad de Crescendoe gloves, hacia 1950. He encontrado la imagen en Pinterest y creo que no tiene derechos. Si no es así, adviértanmelo y la retiro, aunque yo no gano un duro con el blog.

Miro mucho las manos de las demás, las manos que veo a diario, porque me parecen siempre las hermanas pobres de la fisonomía de alguien. Pasamos la vista por encima, como en las lecturas en diagonal de titulares y de rabias tuiteras, poco más. Veo tantas manos desconocidas en el día a día que tienen historias o que son historias en sí, que una ya no sabe si las inventa o forman parte de esa realidad aumentada que vamos hilvanando para pasar la vida.  Las manos del revisor del tren, devolviéndote el billete todos los días. Las manos de la señora que vende la fruta,  haciendo despacito una cuenta en el extremo del papel que está sobre la mesa, sus dedos regordetes exhibiendo sortijas y un esmalte de uñas de color perla. Las manos también que me curan cuando pulsan algún circuito oxidado de mi cuerpo, “clínica de fisioterapia” pone en la puerta, unas manos algo naif en el cartel del anuncio. Otras manos  ofrecen poemas envueltos en un rulito con un lazo, todos los días delante de casa. Oigo la voz que me pregunta si quiero un poema, a veces lo rechazo con dulzura;otras, me da pudor no hacerlo, lo compro. Otras manos, también desconocidas, se extienden delante de mí como una interrogación muda: dame dinero, llévate la tristeza, aparta la oscuridad. Manos que gritan, tantas manos a diario : las manos como el estandarte de una biografía que desconocemos, casi como la máscara de las personas que vienen detrás.

Hace años jugábamos a construir vidas ficticias, las “vidas de mentira”, lo llamábamos. Hubo un momento que el gusto por la ficción comenzó a desbordarnos y dejamos de tener en cuenta la realidad. Dejándonos llevar por ese afán de competir en la fabulación, típica de los cafés de media mañana en la Universidad, imaginamos vidas al profesorado: así tuvimos una profesora a la que imaginábamos como reina de la belleza que había invertido el dinero del premio en pagarse una educación en prestigiosa universidad (en lugar de haber huido a probar fortuna en  Hollywood) ; un profesor al que creamos un pasado de atleta ligón en una universidad del Medio Oeste norteamericano, a  un reputado investigador le colgamos la cruz de que era,en realidad, un próspero comerciante de chucrut y salchichas en una pequeña localidad de Renania. Nos divertíamos tanto que creíamos tener el don de los guionistas para situar actores reales en entornos ficticios, los usábamos casi como peones sobre un tablero que nosotros íbamos moviendo a placer. La única regla era ser más rápido que los otros a la hora de descubrir nuevas presas, a la hora de hilvanar una biografía disparatada que provocase la carcajada de los jugadores. Ese recuerdo, ahora, me estalla en la cara como algo obsceno, casi como el haber participado en una novatada de la mili o en una burla general hacia alguien que no lo merece. Y no porque no fuese divertido, no. Porque he leído hace días la historia de un violonchelista de éxito que toca en la calle para sentir al público, desplazado por una cruel invalidez de su puesto en una orquesta de renombre. Y es una biografía tan literaria que seguro que en aquellos años de risas y fabulaciones se nos habría ocurrido algo similar. Y mientras toca en la calle, cerca de mi casa, miro sus manos que vuelan de un lado a otro del instrumento, unas manos que nacieron tan lejos de esta calle y de este momento en la vida, unas manos que han abrazado y habrán tirado de maletas en aeropuertos, habrán hecho también cuentas en el borde de un papel, habrán firmado contratos y resuelto crucigramas, habrán seguido la línea de la lluvia en un cristal, quizá en muchos más lugares del mundo en los que lo he hecho yo.

Y ahora, que intento terminar un post para que este blog siga teniendo sentido, me entero de la muerte de Carmen Alborch y evoco aquellas manos firmes y huesudas, su sonriente inteligencia, su melena rojiza y su modo de explicarnos que la soledad voluntaria es la forma más plena (¡y difícil, hijas, difícil) de la independencia. Manos, pelo, sonrisa. Qué esquemáticos son siempre los recuerdos, joder.

Aznavour

Photo by Edu Grande on Unsplash

Para Fran

Qué ajeno ha vivido Aznavour a saber cómo marcó parte de mi vida y la de algunos más. Siempre me he preguntado cómo será convivir con el éxito sabiendo, muy de lejos, y sin saber, muy de cerca, que has cambiado la vida de alguien, que tus palabras- tus letras y melodías- han podido estar en momentos tan definitivos de la vida de otros. Cómo puede saber alguien que, por ejemplo, para una niña era difícil ahorrar el precio de un disco doble para regalárselo a su padre en el día de San José. Cómo saber, del mismo modo, que aquel disco giró y dio vueltas casi hasta el infinito, que aprendimos de memoria (e imitábamos el acento francés con gggrrr) que Venecia ya no era igual, que Isabel era algo díscola y lejana, que alguien amaría de forma desesperada o que el París tristemente dominical había perdido el encanto bohemio, sustituido el cuarto del artista por un café-bar “y arriba una pensión”. La música es siempre una patria duradera: te la llevas dondequiera que vas, en tu recuerdo y en el de otros. Silbamos canciones, las canturreamos mientras conducimos o vamos al supermercado, cuando caminamos de prisa y apurando el paso entre la gente, cuando desayunas en familia o a la mañana siguiente de haber despertado la piel de alguien. Se te queda dentro, es un pasaporte que jamás caduca. Aznavour estuvo siempre: en mis dieciséis años mi padre me despertó poniendo aquel viejo vinilo que yo le había regalado años antes, el famoso disco doble “del armenio”. Me encantaba la cadencia de la voz de Aznavour cantando en español “Tus dieciséis años” . Luego vinieron años distintos, otras canciones y al vinilo lo sustituyó un moderno cd que compré en un viaje a Madrid y que también fue un regalo de día del padre. Mientras mi madre era de Montand y de Mari Trini, mi padre y yo teníamos un cariño especial a este señor de rostro algo imposible (eso si, las ojeras de Montand, ñamñam).

La muerte de alguien a quien no conoces, por muy famoso que sea, por muy conocida y popular, se convierte siempre en algo banal en el momento en que compartes la noticia en redes sociales. Quizá sea cierto que nos convertimos en plañideras virtuales e incluso nos sentimos mal si no participamos de los aspavientos colectivos: es posible que haya un efecto dominó. Un lamento de hoy es el olvido de mañana. Pero también es verdad, entrando casi en abierta contradicción con lo anterior, que cuando muere alguien que estuvo (y digo bien: estuvo) en tu álbum de recuerdos, una siente que le arrebatan patrimonio. O, quizá, también nos entristece que nuestro contexto, aquel que parecía tan sólido, aquellos anclajes tan firmes, sean referentes irremediablemente efímeros y  que serán, con toda seguridad, sustituidos por otros. Y ya está, quizá no haya que darle más vueltas y asumir que somos y seremos formas de olvido, perdurables solo en la memoria débil de algunos.  Se va Aretha Franklin, se fue Bowie, se va todo dios y repetimos siempre lo mismo: “Joder, vaya año”. ¿Vaya año? Saquemos cinismo y barejemos cartas para decir lo siguiente:  todo esto tan apocalíptico, queridas,  podría resumirse de forma mucho más breve y más prosaica. Lo que pasa, sencillamente, es que vamos haciéndonos mayores y los equipajes se aligeran. Pero esto no importa: hoy, aunque solamente sea por todo aquello en lo que Aznavour participó sin saberlo de mi vida y memoria, me pongo enterito el disco doble, canto a alarido limpio mi imitación de su acento francés y me bebo mi particular homenaje. Ese que cada una tiene que escribirse a sí misma cada día.

Más sobre las músicas de nuestras vidas, en este post: Te grabé una cinta.

Curiosidad

Boy, child, chair and house Photo by Teddy Kelley on Unsplash

 

Es posible que la curiosidad no se pueda adquirir y que venga de fábrica. A mí me gustaba tanto de niña destripar algún juguete para ver qué tenía por dentro  como espiar  tras cortinas o árboles. A la decepción de ver el plástico retorcido que estaba dentro de una muñeca ( o la cantidad de tuercas, ruedecitas y alfileres en los ingenios mecánicos de los setenta) seguía el silencio de ir reconociendo esos huecos, esos vacíos, esas piezas alineadas  y esparcidas sobre la alfombra como  claves de algo que aún no sabía en qué podrían consistir. También me gustaba mucho esconderme y comprobar como era el mundo, cualquiera, sin que yo estuviese visible, por el medio, vaya. Recuerdo la primera vez que vi a alguien que yo conocía besarse apasionadamente en un rincón de los Jardines de Méndez Núñez; me pareció terrible porque era a escondidas, y me pareció precioso porque era como en las películas que, todavía, yo no era capaz de seguir argumentalmente.  Pensar en si yo sabría besar  de forma apretada e intensa no era algo que llenase mi cabeza en aquel momento, lo fue después, cuando pensabas en dónde y cómo se harían algunas cosas. Pero sí lo era el sabor agridulce de esa clandestinidad de dos novios que, sin saberlo, habían compartido ese momento con una espectadora atónita  y desconcertada. Ser curiosa era buscar, era intentar entender: qué hay dentro de ese frasco y por qué está tan guardado, qué pondrá en ese libro que mi madre forra con otra cubierta y se cree que yo no me doy cuenta, por qué los cajones tienen una llave y una cerradura. Qué significado hay detrás de ese alfabeto extraño, de esas líneas que recorren el papel, por dónde podrá eso llevarme. Hacia dónde va ese límite que tiende a infinito, qué es eso, de qué me hablas. La aritmética, la lógica y la sintaxis eran territorios en los que una curiosa se siente comensal, puede empezar a jugar, a pensar a dar vueltas a todo.

Hay que alejar a la curiosidad de su carga peyorativa, por mucho que se empeñase la Biblia en asociarla a la mujer de Lot y a su falta de palabra.En realidad, la pobre mujer que huía de Sodoma era una nostálgica que lo que necesitaba era saber qué dejaba atrás para entender su futuro. Edith, que creo que ese era su nombre, era una desobediente, otra palabra con carga negativa (como los electrones que rodean al núcleo) y lo era por necesidad de saber, por  curiosidad. Necesidad de saltarse una norma machirula y decidir que miro lo que me da la gana, no te fastidia. Como deberían hacer la mayoría de las mujeres y niñas que sienten esa necesidad de explorar, de averiguar, de estudiar y conocer. Es muy legítimo y necesario reinvindicar el papel de la mujer en la ciencia, la invisibilidad a la que se vio abocada durante muchos, muchísimos años. Pero el peligro ahora es volver a caer en esa aristocracia de las ciencias frente a las letras : a mí me interesa muchísimo más la antropología y la lingüística que la biología o el dibujo técnico, cosas de la vida, pero nunca he dejado de leer sobre lo que me fascina de la física y adoro la divulgación científica. Esa nueva dicotomía, esa falsa aristocracia, evidencia además algo muy absurdo: primero, que prioricemos siempre unos conceptos sobre otros y segundo, la carencia de entender el aprendizaje como una formación humanística.  Ese maniqueísmo del que hablo hace que ya conozca  alguna cría de buen expediente y mejor cabeza que no se atreve a manifestar en público que quiere estudiar Filología Hispánica por temor a la carcajada general, cuando sí conozco a mucha indolente (jaleada por sus padres) que “ya estudiaré esos tochos para setiembre porque ya aprobé lo importante” (sustituyan la palabra importante por la Ivy League de asignaturas de la ESO).  Es lastimoso, desde luego, que después de tantos, tantísimos años, la educación que reciben siga siendo tan rígida como para no poder maridar poesía y física, literatura y matemática y, sobre todo, que hemos vuelto a la idea de que no son disciplinas que conviven. Más que maridar: no hay que priorizar y, sobre todo, no hay que establecer el axioma de”estudiar para el futuro”. Pues no: estudia para el presente y para lo que te haga feliz. Las oportunidades laborales son siempre una forma veladamente disfrazada de capitalismo perverso y nunca sabe una dónde y cómo va a terminar trabajando. Estudiar para la felicidad, ser feliz estudiando es la clave. Cuando discuto sobre esto y hablo del tránsito de STEM a STEAM, la gente me mira como a una pirada. Y no creo que la curiosidad de la que comencé hablando tenga un color determinado: las artes también se entienden, se estudian y se comprenden, eso sí, en un marco educativo interdisciplinar. Yo, que soy filóloga, soy una apasionada de todo lo que tenga que ver con pantallas y sus lenguajes y romperme la cabeza intentando entender un programa determinado me flipa. ¿Soy un caso raro? (quizá no sea bueno que contestéis a eso).

Yo, cada vez que leo cosas como “Las chicas son de ciencias” me dan ganas de contestar “que sean de lo que les dé la gana”. Y, sobre todo, más que ser de algo: que estén. Eso sí es lo necesario.

Qué estoy leyendo.

Acabo de terminar El café sobre el volcán. una crónica del Berlín de entreguerras 1922-1933 de Fernando Uzcanga Meinecke y editado por Libros del KO (me compraría TODO el catálogo de esta editorial). Qué voy a decir: LIBRAZO. Extraordinariamente bien escrito, tomando como centro de referencia el café Romanische berlinés,  pero haciendo un recorrido por las circunstancias sociales, políticas y culturales alrededor de la república de Weimar y el ascenso del nazismo. Y a esta señora, que se hable del cabaret político, de actores y actrices conviviendo con pintores, cineastas y escritoras, la enloquece.

Ahora estoy de nuevo con Gornick y me esperan una pila de cosas para el verano que no me acaba de llegar.

Qué he visto: Tenéis en Filmin dos documentales muy diferentes pero muy recomendables incluidos en la colección del Orgullo:  Trans y Samantha Hudson

Qué escucho: Buscad en Spotify la lista que han hecho mis amigas de The Office Comunicación y no os arrepentiréis 🙂

Brooklyn (2008-2018)

Photo by Yonghyun Lee on Unsplash

A Virginia y Amparo , que me acogieron en Brooklyn. Para Fernando Plata, que me escuchó por teléfono, llorando desde la Columbia University. A Carlos, que me encargó palomitas y se las llevé.
Y a Pedro, que escuchó mi recomendación sobre la película y le gustó mucho.

Otra nota en el cuaderno Moleskine:

No fue difícil. La oferta, hecha de modo informal, en un correo electrónico, hablaba de “sitio en casa”, “ven cuando quieras”, “nos encantaría tenerte aquí este verano”. Y las siguientes veinticuatro horas fueron una vorágine de billetes, dólares, cambio de vacaciones, alguna que otra explicación poco convincente, maletas y pasaporte. Y lo que tenía toda la pinta de convertirse en el peor verano de su vida- qué incompleta era entonces su experiencia en veranos de tristeza,en veranos inacabables – se convirtió en el verano de Brooklyn, un mes de julio de improvisación y decisiones, un mes que la convirtió en una mujer inesperada.

Qué caprichosa es la jodida memoria, cómo se enfrenta a la experiencia y transforma lo vivido en un relato a medida, de encargo. Es verdad que otras veces es “esa fuente de dolor”, pero, en la mayor parte de los casos, es una fotografía retocada y qué más da. ¿Es lo vivido o aquello que hemos registrado lo que interesa? Quizá eso sea ya otro asunto y voy a cambiar a la primera persona, qué rigores tiene la autobiografía incluso cuando es ficticia. Vamos allá:  puedo recordar lo que leí en el avión, la tormenta  un domingo en Coney Island, las risas en la Public Library of New York cuando me caí a rolos en la escalinata de entrada, aquel concierto en la calle, Jackson Pollock en el MOMA, la pizza de noche en una terraza con velas, todas son imágenes de gran encuadre. Lo cinematográfico te asalta en muchos lugares de NY, te lo encuentras a lo grande en Manhattan. Pero claro que hay más. En Brooklyn son otras imágenes, quizá de encuadre más corto. El Brooklyn de 2008 eran más tiendas de barrio, más imágenes de escaleras que llevan a portales de edificios con amplias ventanas, de calles flanqueadas de árboles donde la gente se para a hablar y a mirar, de bicis y de ruido de monopatín sobre el asfalto. Es también el lugar que te atrae porque aún tiene algo algo de aldea y de margen, de periferia amable, de lentitud. Aunque, ya en ese Brooklyn de 2008, te cruzabas con chicos artistas de look lánguido y chicas con estudiado desaliño, donde empezaba a ser todo un rollo muy Lena Dunham (a la que yo aún no conocía) y un leve, digamos, “pijerío desarraigado”.  Ya había también algo más de sofisticación enredándose en el cogollo del barrio, parecía que empezaba a cambiar algo, a convertirse en un caramelo para el futuro de algunos.

Veo la fantástica Verano en Brooklyn   y aquel ya lejano mes de julio de 2008 vuelve de nuevo a mi cabeza. Además de la dulce tiranía de la primera amistad- el título original es Little Men-, de las desilusiones y reajustes que conllevan los cambios de rumbo (el crecer, las razones de las cosas que los adultos ya no saben explicarte y no te convencen), me hace pensar mucho en la vocación y el talento, esas dos buenas versiones de la creatividad que no necesariamente van unidas y que desencadenan el eterno desafío sobre cómo gestionarlas  (¿cojo este trabajo de mierda porque, a fin de cuentas, es un curro y me olvido de mis escrituras o mis cuadros con los que no me como un colín aunque sean parte de mí? ¿Es más relevante pagar las facturas o malvivir dignamente como un artista tísico del XIX,bebiendo sorbos de dignidad como único alimento?) . Madurar es un acto inevitablemente complicado, justificar la cobardía o la codicia ante determinadas decisiones es un ejercicio de honestidad personal, de creación de relato propio. Y todo esto está aquí, en esta pequeña película dirigida por Ira Sachs y con Greg Kinnear como ese hombre gris que tiene que resolver y dudar a la vez. Pero, sobre todo, Verano en Brooklyn es una buena reflexión sobre  la piel de las ciudades, sobre los cambios- obligados cambios a veces- en la pérdida de carácter propio de los barrios  y en la deriva hacia algo mucho más caníbal y más uniforme, también más excluyente, llamado gentrificación. Si me leéis alguna vez, si pasáis por aquí,  diréis que estoy un poquito plasta con el tema, pero es que lo veo todos los días desde mi ventana, desde mi portal, en mi barrio. Me gustaría volver un verano a Brooklyn y comprobar si la identidad ha mudado de piel o todavía no, si ya es el fin de algo inevitable.

Es curioso: mientras hilvanaba los recuerdos de ese sofocante y definitivo verano de 2008 me ha venido, de forma muy vaga, como un acontecimiento ajeno del que yo soy solamente cronista, el texto de algún sms que recibí en aquel momento,llegado de otro lado del océano. Y es extraño porque, en esos bucles que suceden a veces, diez años después y con la tecnología del 2018, me sorprendo acechando de vez en cuando la pantalla de mi teléfono, esperando una invitación a que un final- otro final más reciente,un punto y aparte, al menos- no sea tan abrupto, tan áspero. Un mensaje que limase algo de la melancolía dulce que se me queda dentro cuando miro por la ventana en un barrio que cambia día a día. Qué pena que no estés esperando en el portal para contártelo.

Leo, leo: Me estoy dosificando la última de Orejudo Grandes éxitos porque sé que tendré que emborronar mucho sobre esa ¿novela? Entrar y salir de la ficción, esconderse o no en un laberinto de espejos,  explayarse sobre Cervantes y la intención del autor es darme a mí en el palo del gusto. Pues sí, poco a poco.

Escucho: Hola, me llamo Lorena Gómez y me gusta el nuevo de los Arctic Monkeys, ponedme a parir y desheredadme. Me chifla.

 

 

Únicas

Girl with a doll. No tiene créditos o no aparecen, la tomé del tablero de Pinterest “Niños vintage” de Carrie Neyman. Pincha en la foto para original.

Dice el diccionario de la RAE que lo único es aquello excelente, que no tiene compañía en su especie. La acepción tercera del adjetivo habla por fin de los “hijos únicos” como aquellos que no tienen hermanos, que conforman una unidad familiar con los padres. Y nada más.

Ser hija única no es un acto voluntario. Lo es, puede serlo, tener una hija única. A finales de los sesenta ser una familia de tres, algo muy común hoy en día, era una marcianada envidiada y temida a partes iguales. Exceso de atención, monopolio de cariños a veces de forma insana y ser  escudriñada con la curiosidad algo malsana del entomólogo: qué espécimen más raro y precioso, te coloco en el centro de todo, te observaré pero eres también el proyecto de un trofeo personal, ojo y compórtate, mis expectativas están en ti depositadas( ya he escrito sobre Apegos feroces, por favor, no me tiréis más de la lengua que me pierdo) 🙂  Y todo lo que venía aparejado:  porque sí, la hija única iba a ser siempre egoísta, caprichosa, llorona. Un poco chapona, repelente y coñazo. Y la palabra más odiosa del planeta: mimada. Poco dada a compartir, poco bregada en esa convivencia algo salvaje de hermanos que se educan unos a otros, que buscan su sitio en el sofá familiar, que agradecen pasar algo desapercibidos. Que te apoyan, te ignoran o boicotean.  Crecer sin hermanos o hermanas es perderte algunas batallas necesarias y gestionadas a la medida de la edad en la que se libran:  cumplen el papel de recordarte que necesitas reivindicar tu excepcionalidad pero no eres #losupermás , que tienes- aunque no lo sepas aún- carne de tu carne  a escala y ya por el mundo, un vínculo añadido, te centran, te apoyan, te odian de juguete. Te acompañan. Están ahí, puedes tomarlo o dejarlo, pero existe.  Mis padres venían ambos de familias numerosas, no sabían realmente cómo podría ser y sentir una niña única en un universo que ellos también desconocían. Cómo se relacionaría con amigos, en el colegio, en el mundo real de crecer a pares. Tan lejana de ellos en años y en tantas otras cosas, tan colmada de amor y tan visible.

Yo creo que las hijas únicas, o al menos la hija única que escribe esto, conseguimos, o intentamos al menos,  articular ese crecer sin referentes a nuestra escala como un pequeño acto de construcción, de independencia. Podías salir más o menos complaciente, respondona, más o menos teatrera o salvaje, pero te desmarcabas un poco al crecer con otro concepto de espacio propio, no te lo currabas, venía de serie. Es cierto que extrapolabas algunas batallas destinadas a hermanas a tu madre, que aprendías el ejercicio de abrir paso a golpe de portazo y castigo, a cuestionar sabiendo que todos los marrones te los ibas a comer tú.  A tirarse en plancha a la rebeldía sin refrendo y sin red, sin apoyos, a lo puto loco. También a aprender el valor del silencio, de la necesidad de soledad que te acompañará toda la vida, del valor de lo conseguido siendo solamente una jugadora de ruleta.  Luego llega la edad adulta y con ella el mundo de los cuidados de verdad a aquellos que tanto te cuidaron y, efectivamente, ahí estás tú sola. Y conviene respirar. Mucho, además.

Todo esto viene a colación porque ayer alguien me hablaba del ser hija única como un acto trágico, como una relación distante y compleja con los padres, una distancia que podría terminar como un rechazo. Ese riesgo existe, es verdad.  Acababa de ver a una niña sola en su bicicleta dando vueltas por una pequeña plaza, los padres observaban, la llamaron para irse. La niña no solamente no quería sino que gritaba :”¡A casa, no!”, con llantina y aspavientos. Prescindiendo del hecho de que podríamos imaginarnos todo el gore que nos dé la gana, hay algo en efecto, de trágico, de tristeza dominical y de siesta en ese festivo en soledad con los padres, en esa imposible infancia-adulta que puede llegar a tener la convivencia con generaciones distantes.  Un sábado alargado e infinito, una tarde que lleva melancolía de la mano, que generará posiblemente niños lectores o desganados. Niñas y niños a los que necesito dulcificar su historia, darle un sentido más prosaico y menos dramático, imaginarles un futuro lleno de acompañamientos, de bullicio, incluso de falta de espacio personal, aunque no sea lo que ellos quieran, aunque no lleguen a ser tan misántropos o tan necesitados de silencios puntuales: aquellos que necesitas cuando tú sí has tenido mucho espacio. Porque, qué duda cabe, la realidad no es más que una de las capas de nuestra propia ficción; aquella de la que nos apropiamos, la que podemos colonizar de un modo más o menos estable. O si no, que esas niñas solitarias se abran un blog y empiecen a contarnos cómo es crecer de ese modo. Con un par, ya te digo.

Siempre podrán escribir en domingo por la tarde.

 

 

Notas: 

Único: en masculino en el Diccionario de la RAE, qué le vamos a hacer. La RAE sigue defendiendo la dicotomía entre término marcado y no marcado, las cositas del lenguaje inclusivo y la paridad le dan como resquemor y no permite búsquedas en femenino. Como no me apetece tomar copas de Soberano para ponerme a la altura de la RAE, pues lo dejamos ahí.

He escrito muchos posts sobre hijos. Si queréis seguirlos, basta con teclearlo como palabra clave en la caja de búsqueda.

Música: En bucle, el disco en directo de Coque Malla, Irrepetible, porque nos gusta y porque nos divierte. También escucho a Spacemen 3 y a Yo La Tengo, cosas de la edad y de las buenas recomendaciones. Thanks!

Leo, leo: Acabo de terminar Deixe a sua mensaxe despois do sinal, de Arantza Portabales editado en Galaxia y sobre el que espero escribir algo. Magnífica, recomendable, estupenda novela.

Releyendo a Perec  y comenzando ya El domingo de las madres de Graham Swift, editado en Anagrama y traducido por Jesús Zulaika (comprado en la Feria del Libro de Coruña de 2017, ya me vale).

Os recomiendo en Filmin Sin amor, Verano en Brooklyn y La condesa (aquí Julie Delpy da mucho miedo).

 

 

 

Territorios

Map with colorful pins –>Photo by delfi de la Rua on Unsplash

 

No soy nada original si confieso mi pasión por la cartografía, por los mapas, por los dibujos de territorios que son más un estímulo de la imaginación que una realidad . En diciembre estuve en una exposición de la Biblioteca Nacional titulada Cartografías de lo desconocido, una recopilación de los modos de recrear aquello que se desconocía o se inventaba; de Jauja de las Indias Orientales, de los Mares del Sur y la orgía capilar de los monstruos marinos, cancerberos de algún que otro plus ultra. Recorro las salas plagadas también de citas sobre esa necesidad de orientar la imaginación, de delinear la desconocida entidad de un lugar en el mundo. Me dicen que los mapas son testigos escurridizos y es cierto. La idea que tenemos de exotismo, de lejanía y extrañeza viene de los mapas, son ellos los que determinan- guiados por nosotros- esas pautas de propio y ajeno en el territorio, consolándonos ante aquello que aún no conocemos, subrayando nuestra vinculación con otro lugar. Los mapas también anticipan la nostalgia, esa idea que recorro a menudo : ¿es la nostalgia un estado previo a cualquier suceso o una consecuencia del suceso en sí, de lo vivido? Ojalá tuviese una única respuesta, aunque creo que el sentimiento existe y, posteriormente, lo vamos acomodando a lo que nos sucede. Sobre ese spleen, sobre esa añoranza permanente, escribo algo más largo, y como solemos decir por aquí, esa será otra historia.

De niña creé algunos mapas ficticios. Recuerdo haber querido vivir en el paisaje de las cajas de lápices Alpino, con ese ciervo gigante y ese surreal lápiz en medio. Yo, niña sin aldea, vivía rodeada de inacabables relatos de fin de semana y vacaciones de muchos amigos que, sí, tenían aldea. La aldea, para los que vivíamos en ciudad, era un territorio tan mágico como idealizado, con sus ríos y falta de horarios, con sus juegos eternos, con su pan de verdad y sus animales que no eran mascotas. De esas idealizaciones tan perfectas venían después las decepciones terribles. Recuerdo pasar  por el pueblo castellano de una monja que me dio clase en las Jesuitinas. Su relato era el relato de la juventud, de los paseos con amigas, de- como decía ella- “la llamada” (lo siento, Javis, no fuisteis los primeros). Yo vi un perro solitario vagando entre adoquines, nada más. No tenia el pulso de su historia, el hilo creado por la vida y la ausencia, los luminosos días de mayo, el heno en verano, nada. Un perro y soledad. Me acordé también de aquella amiga uruguaya que me contó lo difícil que le había resultado contener la decepción  cuando vio por primera vez el pueblo de su padre. Criada en la perpetua añoranza de España, alimentada por un grupo de exiliados, el paraíso perdido era también un lugar a reivindicar,  a construir en la memoria de aquellos que no podían ni esbozar la añoranza. Luego, claro, la realidad era otra; especialmente cuando venías de la muy cosmopolita Montevideo, cuando los relatos familiares comienzan a ser patrimonio personal (ajeno en tanto, ay, en tanto) y más materia narrativa que historia.

La nostalgia ha de ser domesticada si no queremos modificar el encuadre del pasado, qué difícil y qué poco narrativo lo que acabo de decir. Otra cosa es asistir al derrumbe, a los cambios salvajes que aguardan en cada esquina y del modo más inesperado. Cuando, por ejemplo, tu barrio ya no es tu barrio, cuando tu casa va a dejar de ser tu casa : cuando tu entorno va a dibujarse de un modo en el que no solo no reconocerás el trazo, tampoco los límites ni los colores. No solamente el tiempo nos deja un poso de tristeza, las sacudidas vitales  que no controlamos vienen siempre con su equipaje de rabia y perplejidad. Hubo quien dijo que si en tu barrio comienzan a proliferar al mismo tiempo las barberías, las bicicletas y las tiendas de delicatessen, jódete, puedes darte por gentrificado. Y por expulsado también, especialmente si vives de alquiler. Ahora que comienzo a ver ese horizonte cerca de mi portal, yo sí empezaré a diseñar mi mapa imaginario. Uno en el que no entren cierto tipo  de estrategias, de intereses, en los que pueda alargar más y más esta memoria que construyo para mí y mis propios yos futuros. Con lápices Alpino o no, el caso será dejar las fronteras borrosas, las líneas difusas; “todo lo fugitivo permanece y dura” 😉

Recomendaciones: Sobre los cambios radicales e inesperados en el entorno, sobre la resiliencia, es hermosísimo el documental N-VI . Llegué a él por una recomendación en el último Carballo Interplay. Está dirigida por Pela del Álamo y la podéis ver en Filmin.

Muchas me preguntáis por lo que leo mientras ando por aquí. Ahora estoy releyendo a Thomas Bernhard y lo comparto con la última novela de Agustín Fernández Mallo, Trilogía de la guerra. No me matéis, pero no conseguí terminar Ordesa. De todas formas, yo creo que ya está bien de la mitología que rodea a libros y lectoras; a que la gente recomiende y deje de recomendar,  nos estamos poniendo pelín coñazo.Ya lo decía Celia Cruz: “no hay cama pa tanta gente”. Leed y ved mucha mierda también, es fundamental. Telebasura, revistas del corazón, haceos un John Waters. Por vuestro bien: si no hay límites, nada hay que nos estimule.

Música: El tema del momento de novedoso tiene poco. Lo llevo escuchando en bucle porque tengo una semana de celebraciones muy intensa. Y tiene que ser ella, of course, tan rubia, aristocrática, bellísima.

 

 

Señoras que pasman (viendo la vida pasar)

Sin título, voy yo y le pongo uno: “Señora que pasma viendo la vida pasar” https://unsplash.com/@tinaflour

Para Alejandra, a la que le gusta pasmar.

 

Algunos viajes despiertan en ti el espíritu de El turista accidental. Estancias brevísimas, de maleta sin facturar y con cosmética de bolsillo o de muestra de perfumería, ese ir y no ir, un soplo de avión y de tiempo escaso en otro entorno. La maleta merece siempre un capítulo aparte en cada salida de casa: ¿soy yo la única que, pese a consultar tanto la predicción metereológica, siempre lleva de más o de menos, olvida lo fundamental y ya desde el primer día añora aquel jersey que quedó en el armario, sufre por la ausencia de aquellos calcetines que no traje con lo bien que me irían con esta camisa, o me acuso de perder el sentido del color al deshacer la maleta en mi nuevo territorio?  La maleta me incomoda, de verdad que no sé nunca qué llevarme y qué dejar, y no hablemos de esa dificultad añadida de qué zapatos son recomendables para un aeropuerto o no. Vayas a donde vayas, tienes que pasar por ese desnudo impuesto e inconcluso, ese soft porno regulero que es casi de débito conyugal: quitarse el reloj, los pendientes, el cinturón y depositarlos de forma ordenada en un lugar determinado es lo más parecido a los preliminares de un polvo semanal, de bodas de plata, casi obligado y de precepto. ¿Para cuándo la música en ese striptís (me chifla escribir y decir striptís, es maravilloso)? ¿Por qué Spotify no me propone una lista de temazos que vayan desde lo intimista y sensual hasta lo descaradamente trash; por qué no se propone coreografía conjunta en las agencias de viajes, en los mayoristas, en los anuncios de airbnb, en los Skyscanners? Para mí sería más rentable aprender un baile para ese momento que el ofrecimiento de un über en una ciudad europea, más que los regalos de propaganda que adoro y que no sirven para nada, más que cualquier accesorio de bolsillo absurdo,denme un baile de aeropuerto, por favor.

Pero no, no voy a hablar de mis veleidades cabareteras. Quizá siempre que me voy de viaje escribo sobre lo mismo, con la imagen prefabricada del destino que nunca coincide,pero hoy sobre todo escribo más que nada porque quiero dejar un testimonio previo de lo que imagino y contrastarlo con lo que encontraré en realidad. Quiero un post como un trampantojo, quiero un post cápsula del tiempo, quiero un marcapáginas de esa nostalgia anticipada que son los viajes cortos y europeos. Yo viajo y casi no miro ni mapas, me dejo llevar por las ciudades. Porque sí, una es una señora heredera del espíritu del “Grand Tour” y le va la rancia Europa para escaparse, para reposar la mirada, a pesar de que los viajeros no existan ya y hayan sido sustituidos por los turistas. Huyendo de todo eso, quiero un paseo sin marcas en guía turística, en el que pueda perderme cosas a propósito, en el que abrace la nostalgia de mi casa respirando ese aire ajeno y extraño que deberían vender embotellado para aspirar con deleite en épocas de poco salir y de poco mirar. Sería una gran cura, una gran promesa de que todo es cíclico, comenzando por las ganas de perderse.  De perderse y, sobre todo, de observar la vida en una mesa de café, en una silla literaria y gastada, a través de unos cristales lluviosos o a los que yo coloco bruma porque me da la gana, que para eso es mi fantasía, nos han jodío. Y pasmar. Pasmar para poder fabular a gusto, para atrapar a todos los transeúntes que desaparecen de tu vida en un instante, a los que inventas hasta árbol genealógico y  a los que deseas toda la suerte del mundo, todos los happy ends posibles. El viejo militar (me da la gana que sea militar, qué pasa) que me miraba fijamente en el metro de Moscú, con una guerrera llena de medallas y sandalias, cosa más kitsch imposible. La elegante pareja de octogenarios, ella con un abrigo rojo que aventaba la grisura del día; él con una elegante gorra de gentleman mirando con lentitud el escaparate de una librería en York. La madre y el hijo que reían sin parar en un supermercado romano, el niño empeñado en unas piruletas, la madre devolvíendolas con paciencia infinita a la estantería. La pandilla a mi lado en una terraza de Ferrara que ponían a parir al marido de otra amiga, qué bien me lo pasé escuchando, cómo espabilé mi italiano ese día. ¿Qué harían al volver a casa, dónde les esperaría la muerte o la tristeza, qué más alegrías vendrían a partir de ahí?

Pasmar es un descanso para la memoria, es crear una ficción a medida y también apartarla si lo deseas. Es tuya, es pasmar. Es bueno pasmar para dar valor a lo que te rodea: tu vida se inserta en otras en una escala determinada,no eres más pequeña por viajar menos, los destinos pueden estar en la puerta de enfrente ; el principal viaje, el más épico, es el que tiene que ver con lo que vemos todos los días. Y observar tu vecindario, las colas de la frutería, el hombre acodado en la ventana que también pasma tanto como tú, los juegos, las risas, lo lento. Antes de ponerme Paulo Coelho y empezar a hacer subir los niveles de glucosa a quien haya llegado hasta aquí, no tengo más que decir hoy que cambio de atalaya para pasmar, para ver, para inventar. Por unos días, escuchando otro acento, leyendo la lluvia en otras baldosas diferentes. Y fantaseo mucho en los aeropuertos con encuentros imposibles, pero eso es otra historia, mucho menos pasmona, para otro día.

Si al final, de cada viaje, por muy épico que sea, una parte muy molona es regresar. Regresar y seguir pasmando, eso es. Hasta la vuelta.

Cosas que me llevo en la maleta:

Ordesa de Manuel Vilas

Noites de safari de Marleen MaLone

6 de enero es un macguffin

 

 

 

Chiquetete haciéndole un mansplaining a un pobre niño vestido de vaquero. Venga, va: Woody y Buzz LightYear aprendiendo de los rigores de la sustitución en los afectos.

Pues sí, el 6 de enero antes molaba más. Este año pasamos de polémicas (cómo coño se puede hablar de tradición en una cabalgata es algo que no me cabe en la cabeza) a lo más punk por obra y gracia de Chiquetete . Lo de Chiquetete me pasó a mí a los seis o siete años, el hijo mayor de un amigo de mis padres decidió instruirnos en la veracidad del asunto. Es cierto que yo ya iba algo resabiada- ya conté que descubrí el  impoluto guante blanco de Baltasar tiznado de negro cuando se secó el sudor, todo era de juja- pero, aún así, son cosas que duelen un poco. De que Chiquetete haya decidido que los niños de Carmona pasen directamente de la monarquía  a la criptocracia (gracias, TAB,) es culpable él solito; lo peor es que les cantó una canción suya para demostrar que era cantante y no un rey. ¿Qué llevaríais vosotros peor:  descubrir que los RRMM no existen o descubrirlo a ritmo de “Esa cobardía de mi amor por ella”? Pensadlo, es un tema serio.

Hablar de si echamos o no de menos los Reyes a estas alturas de la vida no tiene mucho sentido. Y no lo tiene porque tiramos de un hilo de nostalgia revenida por el que salen en tropel desde los Scalextric a las muñecas de Famosa. Claro que todo esto es cierto, pero nos olvidamos de lo fundamental y que Chiquetete ha traído hoy a mi cabeza. Todo aquello era una invención hilvanada por los padres, que extremaban todas las precauciones para que nadie descubriese los paquetes escondidos, que escrutaban tus miradas ante un escaparate o escuchaban atentamente lo que querías o dejabas de querer, que añadían siempre algún detalle de su cosecha para dejar su impronta (Mamá: por mucho juego de Anatomía Humana que apareciese casi cada año, en distintas versiones y embalajes, estaba claro que yo no iba a estudiar Medicina). Claro que los Reyes Magos son los padres: los que se esforzaban económicamente para poder darte un capricho, los que te enseñaban que eran tres regalos y solamente tres, los que te decían también que había que dar las gracias cuando, algo crecidos, te caía un chaleco de piel imposible o un bolso en un color horrendo, generalmente de alguna amiga de tu abuela que quería ser cariñosa contigo. Dabas las gracias, agradecías con la boca pequeña, pero dabas las gracias, seguramente estrujando el papel entre las manos y pensando qué coño ibas a hacer con aquello. Eran los padres también cuando aprendías a gestionar la decepción, cuando había menos regalos bajo el árbol y te explicaban por qué, lo eran también cuando pasaban toda un día dibujando un mapa del tesoro con la ubicación exacta de los patines de Sancheski (“todo irá sobre ruedas después de pasar por el comedor”) o los que encontraron, una tarde de diciembre,en una tienda de la calle san Andrés, aquella bolsa de Holly Hobbie que fue una de las sorpresas más grandes. Y todo esto lo sabes, yo lo fui sabiendo, porque me lo contaron después, porque supe de su ilusión y su alegría. De su empeño porque yo no fuese una clásica hija única nadando en regalos, con un exceso de atención que ahora veo en tantas niñas.  Y empecé a entristecerme por mis perrenchas algunos seis de enero, por las veces en las que me cagué en los tontos del culo de los Magos a los que les había dejado bien clarito que quería esto y lo otro, y que habían pasado mucho de todo y me habían traído esto, pero no lo otro. De esa época, de esa educación- a veces también producto de la rabia- me quedó la idea del regalo como algo que tiene que ser superfluo y no práctico, idea que siempre subrayaba mi tía Tere, que me ha regalado unos collares y bufandas magníficos a los que tengo muchísimo cariño. Gracias, de verdad:  gracias, mamá, por la Micaela que hablaba, gracias por tantas pilas de libros maravillosos( ¡Tía Mabel, gracias por aquella edición preciosa de Bomarzo con el cuadro de Lorenzo Lotto en la cubierta; gracias, papá,  por La isla misteriosa!); gracias por aquella grabadora que estrenamos mientras caía granizo y que nos mató de risa en una comida familiar. Y pienso también que, quizá, los mejores regalos fueron los que no llegaron nunca en Reyes – el billete a Londres, la bicicleta, el Quimicefa- porque encendían en mí algo de ilusión para el año siguiente, me enseñaron de forma algo cruel pero efectiva la moraleja “están verdes” y me dieron algo de cinismo, de capacidad de relativizar; cualidades, queridos míos, a todas luces imprescindibles para vivir en este proceloso mundo.Pero sobre todo me dejaron lo mejor: agradecimiento por el esfuerzo de las personas que me regalaban. Siempre, aunque haya cagadas absolutas, fracturas en el buen gusto, eso es inevitable. Pienso en una especie de limbo enorme en el que convivirán todos aquellos regalos no queridos, olvidados, que hoy serían carne de Wallapop y me acuerdo de la rabia y la tristeza de Woody ante la llegada de Buzz Lightyear. No sigo, acabaré hablando del año que me regalaron un MaxMix de no sé qué  y un libro de una autora que queria ser García Márquez y era todo un jorror, es temprano y estoy aún sin roscón en el cuerpo, toda yo soy debilidad.

Ya conté también que hace ya algunos años- el guion de la vida tiene unos macguffins imprevistos, como tiene que ser- yo no celebro Reyes. Quiero decir que no lo celebro a la manera tradicional : correr por el pasillo, rasgar regalos a lo loco, desayunar roscón como si no hubiésemos ya comido como porcos los días anteriores. No, lo celebro quizá de forma más serena, regalando a quien me apetece regalar, reservando tiempo para encontrar algo bonito que puede ser en marzo o en octubre, escribiendo algún post en un blog medio olvidado. Y, por supuesto, gozando de los beneficios inmensos del autorregalo: sorpresa no tendrás, pero acertar, eso seguro.

Hay cosas que caducan. Hoy estáis todos muy a favor de los monarcas, pero el lunes llega la normalidad (mañana podéis jugar toooodo el día) .

Feliz normalidad, amigas.

 

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