Anchoas y Tigretones

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Un blog no sirve para nada

Tendría que haber escrito esto a finales de febrero. Tendría, claro, porque este blog pasó de ser un proyecto para hacer músculo de escritura a ser una cuasiobligación de la que a veces querrías liberarte. Después de casi ocho años, esto es  como esas comidas familiares estipuladas de siempre en el calendario y a las que acudes con una mezcla de hastío y spleen, con algo de vértigo y a regañadientes. A la vuelta a casa, si no ha habido asesinatos por mor de fútbol o gobiernos locales, reconoces que  no lo has pasado ni tan mal.  Yo iba a hablar de algo que sucedió a finales de febrero, pero ir perdiendo ese músculo de escritura del que hablaba al principio abre todavía más mi dispersión. “Tengo que hablar de mi colección de cuadernos”, eso pensaba yo hace un rato.  ” o también de lo que significa tener cincuenta años, lo que es cumplir cincuenta en 2017″. “Tengo pendiente  hablar de este otro libro y de este, de tal peli, del blablabla”. Y a los cinco segundos:  “bueno, pero ahora que ya me he cambiado de casa y tal, no vamos a estar dando siempre por saco con lo positivo de los cambios, etc, que es un coñazo”. ¿Qué hacer ante tantas posibilidades? Pues lo de siempre: procrastinar. Dar una vuelta por redes sociales, hacerse un café o recoger ropa del tendedero, mirar con deleite tu nuevo espacio – me chifla la palabra deleite, todo era una excusa para escribirla- o, incluso, tener la tentación de decir “pues no hago nada y a tomar por saco”, lo que sería una versión igual de infantil, pero algo más reciente del “no me como el rancho, que se joda el coronel” o el “pues ahora no respiro” del pequeño hispano del tebeo de Astérix.

Como sí voy a seguir respirando, y espero que por mucho tiempo, me apetece hablar de la valoración de la escritura. Como he dicho antes, esto no es no es nada más que tinta digital que se superpone cada x tiempo. Hablas de lo tuyo o tus circunstancias; sean estas veraces  o no, haya autobiografía o haya impostura. Pero, entonces, ¿qué es mi blog? Pues exactamente eso y nada más: un retazo de vida, una mirilla alocada, un, a veces, casi desahogo un tanto impúdico, un espacio para hacer lo que me da la realísima gana. ¿Un blog tiene sentido si no tiene lectores? Bueno, hay que tener la autoestima muy bien colocada o ser una especie de Ed Wood al que se la sople el éxito o el reconocimiento, pero quien hace esto es un poco más como el conductor Paterson de la ciudad de Paterson. ¿Y por qué, si llevo escribiendo tanto tiempo no hago un libro? ¿Por qué no una novela o una recopilación de algunos relatos? No lo descarto jamás, me da una pereza terrible, pero no lo descarto. ¿Estoy entonces perdiendo el tiempo? Y he aquí el quid de la cuestión.

Yo creo que la escritura siempre ha de ser verdad. Ha de tener raza, es una manera de explicarse a uno mismo limándose sus propias asperezas, enfrentándolo todo, creando y volviendo hacia atrás cuando es necesario, rompiendo, avanzando. Me da igual el género, la escritura siempre ES. Y un post en un blog ES también. No tiene la entidad de un producto acabado y que contiene unas determinadas prerrogativas: novela, relato, poema. Hasta aquí, viva Perogrullo, lo sé. Pero me sorprende, en un siglo XXI en el que lo escrito es siempre tan perecedero (no solo los artículos o lo derivado de géneros digitales, los libros nacen y son devorados por el Saturno de las siguientes novedades editoriales) que el ejercicio de la escritura tenga que llevar ese marchamo de tinta visible- papel o digital- para ser reconocido. Sigo a personas que tienen blogs que son infinitamente más literarios  que algunos libros de relatos o novelas, publicadas por muy tradicionales editoriales, que he leído este año. Hay blogs donde el nervio escritor sale por los cuatro costados, rezuma, rebasa, invade al lector. Pero parece que no vale.  Imagino que con las personas que hacemos esto se tiene aquella condescendencia que se tenía en los cafés de la capital con los escritores de provincias: un bloguero es un provinciano de la literatura. Un pailán. Pero, mira, ahí está. Y, a fin de cuentas, una se acuerda mucho de Patty Diphusa- lo mejor, para mí, que ha hecho Almodóvar- cuando su rollete niñobién se ponía estupendo autodenominándose “poeta”. Y la Patty, que era muy bruta pero muy lista, le respondía algo así como que “mira, chaval, poeta, lo que es poeta, aquí no lo es nadie hasta que no gana el Adonais”. Pues esto es algo así: desde el momento en que escribes, eres escritora. Tan amateur como el que más. Tan de provincias como los que van con distintos ejemplares bajo el brazo que no ha leído ni leerá nadie. Como tu blog, que leerán alguna vez muchas personas y otras, quizá las veces que creas que lo has hecho mejor, se quedará completamente solo. Pero es escritura, y es la tuya. Y, en definitiva, ES.

Un blog no sirve para nada. Escribir un blog sí sirve para mucho. Y otro día contaré qué tiene que ver esto con cumplir cincuenta años.

David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

bowiees

Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

Chonismo lírico (o dar Coelho por gato)

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That’s for your bad manners – Niagara By Hotlips – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=32513496

Soy de la creencia firme que las mejores teorías se hacen siempre en los bares, esperando a gente que llega tarde, dándole duro a calentar la barra. El cuarto de baño es también un lugar de pensamiento adecuado que no mágico, aunque si estás en casa ajena leas y curiosees las melindrosas etiquetas de los champús de los otros, los botecitos de las cremas de cara y cuerpo de los otros, los restos de dentífrico  en el vaso para enjuagarse la boca de los otros.  Los cuartos de baño ajenos son lugares que nos reconcilian mucho con nuestro descuido casero, fundamentalmente porque nadie es hiperperfecto ni tiene la casa en estado de revista (si está así es porque no vives en ella, anda y no mames).  Comprendo que la praxis necesite sus laboratorios, pero, como diría mi madre, o falar non ten cancelas y pasar el día de pasmona, de trosma (otra palabra de mi madre, esto promete ser algo revival y normanbateseano) es lo que tiene: que piensas en cosas que quizá a nadie importen, pero que además de ser entretenidas encajan de repente, y de forma muy certera, en ese hueco que queda en toda formulación, en toda teoría: ya saben los gaps o la elipsis, que somos todos muy teóricos de la literatura, muy de la retórica y muy coñazos de Dios.

Mi querida Alejandra de Diego me hizo llegar este maravilloso Manifiesto anti-cuqui de la también maravillosa Diana Aller. Me encanta, lo adoro, lo subrayo y suscribo, pero falta un punto. Y llevo hablando de esto en bares bastante tiempo, en bares y en cafés, creo que hasta lo he mencionado en este cuaderno. Queridos todos, hoy vamos a hablar de chonismo lírico. ¿Qué es el chonismo lírico? Partimos de la base de que todos sabemos, o al menos tenemos, una intuición mediana de lo que es algo choni. Lo choni no es exactamente lo hortera. Lo hortera va a su bola, lo choni tiene discurso y eso lo hace peor. No vamos a hablar de tal o cual música, de reguetones y mayonesas, de uñas postizas con purpurina o de vaqueros recauchutados. Tampoco de creerte la reina de dragones o de hacer posturitas en primer plano y primera persona en Instagram. No. Ahí el chonismo es muy evidente y no da escozor, puede dar pena o te puedes partir la caja, cada cual con su conciencia. El problema es que lo choni no se agota, por el contrario; se intensifica, se cuela como una mosca cojonera y transforma cualquier significante. Digamos que el chonismo se viene muy arriba, vaya, aunque también podríamos hablar de que se encripta, de que disimula y que silba para no ser descubierto. Ojalá fuese así: está en todas partes.  Chonismo lírico son las citas literarias buscadas en Google con su buena Comic Sans y su buena foto de una  rosa con rocío goteante. Chonismo lírico son las paridas que pululan por redes sociales- no “en Internet”, eso es exclusivo de esa necesidad que tenemos de estar todo el puñetero día demostrando que somos la pera, ergo, redes- generalmente atribuidas al pobre de  Paulo Coelho, Tagore o Einstein; aunque los gurús contemporáneos hindúes, los CEOs de algunas compañías tecnológicas- fallecidos o no- van ganando posiciones, Gandhi mediante.  Choni lírico es Federico Moccia y esa tendencia abierta por las editoriales de”mocciziar” las cubiertas de los libros de bolsillo. Hay cubiertas de los libros de bolsillo pretendidamente cuquis pero que no : hay una cafetería donde dos se enamoran, una librería donde dos se enamoran o un aeropuerto donde dos se enamoran, hasta aquí un grado de cuquismo relativamente aceptable. Rascas un poco y parecen vivir dentro de una cita de Depaak Chopra  Ella es ejecutiva y él también, tienen pasta a manta, aunque todos buscan el amor y a tomar por saco: hacen mindfulness, yoga y comen quinoa, se hablan entre ellos de forma intensa y trascendente, siendo la  cubierta del libro la que da  da buena cuenta de ello. Como tienen pasta y comen esas cosas, pues les da por irse a buscar su yo interior e intercambiar trascendencias en lugares que quedan muy a mano, por ejemplo, el desierto, que queda muy a mano cuando vives en Boston o Berlín. En el fondo quieren lo que todos queremos desde el minuto uno del encuentro:  ya saben y no me hagan decirlo, que esto lo lee mi familia. También es pasto de chonismo lírico que la cubierta del libro lleve otra cita de otro escritor choni lírico alabando la obra con frases para la historia del calibre de “Un gran descubrimiento” o “El paradigma de la emoción”. Choni lírico sin más, aunque ahí- y esto merece post aparte- nada como los libros de religión post Concilio Vaticano II y las canciones de, como dice mi amigo Gaspar, “cristianos de guitarrita”. No hay NADA que contenga más chonismo lírico que “Tú has venido a la orilla” o ” Yo tengo un gozo en el alma”. Aunque ahí ya tocamos temas de dimensión trascendente y la gente tiene tan poco sentido del humor como altísima capacidad para ofenderse, especialmente desde el humor, así que carpetazo al asunto.  Otra línea mucho más choni lírica es el amplio mundo  que rodea al  revival medievalista. Coger a Tolkien por las runas  (no me digan que no habría sido bonito poner aquí “coger del rábano de Tolkien por las hojas”, pero no hay narices) es lo que tiene: que se crea una cosmogonía- él lo hace, era un puto genio- a partir de la imagen de, por ejemplo, Viggo Mortensen. A mí me mandáis lo que sea que tenga Viggo Mortensen y os perdono cualquier conato de chonismo lírico, aunque en esta tesitura del medievalismo choni lírico cabe desde Tyrion Lannister a  Légolas, de Xena la princesa guerrera al proceloso mundo de los highlanders: esas brumas escocesas, ese devenir de la falda ondeando al viento, esas cumbres alejadas hacen que casi veamos el sudor de los guerreros goteando en algún lago.  Todo,en resumen, todo sincretismo histórico que lleve espadas y conquistas por el medio roza peligrosamente el chonismo lírico o lo es de forma clara.  Tiene mucho éxito, sarpullidos ortográficos aparte y comas bien puestas deseables en las citas.

El chonismo lírico es el quiero y no puedo del desarrollo inteligente de la lectura: espolvorea un par de frases, ponle una guirnalda y añade una dosis de cucharada de trascendencia. Chonismo lírico hay mucho en los selfis usados como foto de perfil, en  estados de Facebook y Whatsapp que recuerdan a los Pierrots con lágrima de los ochenta:  explosiones de autoayuda, de amor hacia los hijos, la familia, el mundo, los perros, los gatos, la flora y la fauna mundial, siempre con el nombre del autor de la explosión de amor entre paréntesis. Chonismo lírico es pensar que las bibliotecas, las librerías y las frases de Neil Gaiman molan porque sí, porque son bibliotecas, librerías y Neil Gaiman y, en virtud de ese molamiento apriorístico, hay que repetirlas diez millones  de veces por si no os ha quedado claro. Neil Gaiman mola en cualquier aspecto de su vida y de su cuerpo serrano de inglés escéptico y guapísimo vestido de negro- y está casado con Amanda Palmer, ¿no se le rompe nunca a este hombre el molómetro?-pero es mucho más interesante, muchísimo más, cuando no habla de bibliotecas. ¿Por qué? Pues porque el riesgo de estar haciendo frases todo el día, de parir sentencias muy grandilocuentes, te convierte en carne de chonismo lírico. Sí, vale, ya sabemos que los bibliotecarios somos mejores que Google y blabla.  Los bibliotecarios molan el triple cuando no se pasan el día dando por saco y diciendo o haciendo memes con el objetivo de demostrar que las bibliotecas son la releche: ya lo sabemos, trabajamos en ellas, lo damos todo (odio esta frase, es para que me entiendan), hacemos las cosas más chiripitifláuticas para reinvindicarnos, reinventarnos. Y trabajamos muy, muy duro. Ya está. Paren. Gracias (y digo los bibliotecarios, con o, porque las bibliotecarias siempre molamos. Siempre, no lo olviden).

Todas somos o hemos caído en el chonismo lírico. Es relativamente fácil: tenemos nuestro corazoncito y la carne es débil de carallo. La señora que escribe esto firma como Sigrid de Thule, una forma algo como de escorzo en el chonismo lírico, pero no me doy fácilmente a las citas, aunque sí a la autojustificación. A fin de cuentas, tampoco se puede pasar una la vida formulando teorías ni papando la nata. De vez en cuando hay que remangarse y trabajar por el bien de la Humanidad. Por lo tanto, no olviden nada de esto, queridos niños, adorables niñas, y procuren no hacerlo en su vida internetera. Si os llega una cita literaria con guirnaldita, con paisajito, con comas y puntos espolvoreados por doquier, duden. Duden de la veracidad, claro, pero duden también de sí mismos si les surgen tentaciones de compartirlo: estarán contribuyendo a una expansión de la sensibilidad cutre, de identificar lo sentimental con el sentimentalismo- esto me recuerda a la dicotomía “libertad/libertinaje” de las clases de religión, qué guay-  hasta llegarán a creer que lo que hace Almodóvar es lírico. ¡Diferenciemos entre la emoción legítima y la de botellón, hermanas, se acerca el fin! Y si tienen ataques, todos los tenemos, lo mejor es que tengan a mano la  imagen  que ilustra este post- la de arriba también, pero la de abajo es mucho más contundente-  y una prueba de fuego: el toque punk. Si después de un toque punk, de una remezcla y de poner la cita patas arriba la emoción sobrevive, será literaria, será legítima, será verdadera; aun reconociendo que todo es contextual. De no ser así, lo sentimos, pero  les estarán dando gato por liebre. O, qué narices, gato por coelho. Si es que al final siempre volvemos al excelso escritor, a la creación del canon chonista lírico y la permanente duda. Pues eso, quizá, quiere decir algo . 🙂

coelho

Te pido perdón, Paulo Coelhiño, pero esta foto viene al pelo.

Mis hashtags del asunto:

#contraelchonismolírico

#coelhismoilustrado

#señormehasmiradoalosojos

 

 

“¡Viva México, cabrones!”

Para Jairo, Laura, Liz, Vane, el niño Bob Dylan, Rafa y todos los que estuvisteis en esta aventura. Nos vemos en “El alegre corazón” o en Chiapas. 

Es difícil, muy difícil. No me salen las crónicas ni las reseñas, ya lo saben quienes pasan por aquí de vez en cuando. Una va a México pensando que va a un programa de intercambio, que hará su trabajo, visitará algunos lugares de interés, comprará algún que otro recuerdo, conocerá a algunas personas bien agradables y otras no y nada más. Incluso va con cierta reticencia, oye muchas opiniones no pedidas, bienintencionadas algunas, claramente envidiosas otras, sobre cómo están las cosas- me gustaría que alguien me explicase de forma convincente el concepto genérico “cómo están las cosas”, porque, sinceramente, no lo pillo- pero, le pese a quien le pese, decide ir. Y voy. Y llego a México.  Y llego a ese país, a esa Universidad, a esos amigos que sabes que van a ser para siempre. A las sonrisas en el hotel todas las mañanas, a las preguntas sobre cómo se hace esto y lo otro, a las risas constantes mientras dices “coger” y “joder” un millón de veces,  a los taxis destartalados en los que no hay casi nunca cinturón de seguridad- “me lo tapizó mi primo y se lo dejó por debajo”-a ser acogida en casa y tomar un caldo de pescado “poco picoso”. A ser entrenada en los tacos y las enchiladas, en el atole de pinole y el tequila. A conocer todos los días a personas nuevas que te acompañan con deferencia y mimo. A tener todos los días conversaciones larguísimas sobre crisis económica, partidos en el poder, Podemos, la Unión Europea, Trump, Parálisis Permanente, Panteón Rococó y Molotov (sobre “Puto” y la polémica reciente, sí, reciente, en España escribiré un post entero). Sobre Carlos Fuentes y Elena Poniatowska, sobre feminismo y Valeria Luiselli, sobre la Onda y Margo Glanz. Sobre Open Access y precios de revistas, sobre vivir en India y Moscú, sobre las centrales camioneras y las carreteras de Michoacán, sobre los moscos que me acribillaron desde el primer día y sobre ser soltera, sobre flanes y sobre marisco. Y te llevan de jurado a altares del Día de Muertos y alguien trae una camiseta de tu talla con el logo de la Universidad porque la que te dieron el primer día te quedaba enorme. Y vas sola a Guadalajara a ver el Teatro Degollado y la Fuente de los Niños Miones, el Instituto Cabañas y el incesante turismo. Vas en camión y el conductor canta a pleno pulmón a Luis Miguel, mientras nos pone una película de Will Smith al resto del público. Y me parto escuchando a Will Smith hablando con acento mexicano, como si no fuese raro que hablase con acento de Toledo. Y te dicen “provechito” cuando te traen la comida, te haces selfis en el lago de Chapala con nuevos amigos que ahora sonríen desde la pantalla del móvil, vas a Atoltonico el Alto y a La Barca, haces reír a tus amigos con tu pasión por el guacamole, aprendes que una cazuelita no lleva solamente toronja y limón, sino tequila hasta el infinito. Y los días se deslizan entre lo que te parece familiar y kitsch, donde hablar de seguridad y de tomar precauciones en los viajes es algo más que echar un candado a la maleta, donde se baja la vista ante el posible futuro de fronteras, donde hablar de violencia machista y de silencio es recordar Ciudad Juárez, pero también todas las muertes de mujeres que llevamos en España, la educación de las hijas y los hijos. Hablas de miedo, pero hablas, sobre todo, de vivir. Y de Morrissey y sus fans mexicanos, de ir a Chiapas y a Baja California, de san Luis Potosí y de comer tacos como deporte nacional (“los tacos nunca te enfadan”. Qué gran verdad).   Y pasan dos semanas y sigues recibiendo whatsapps preguntándote cómo estás, cómo has llegado, si llegaron sanas y salvas las catrinas que compraste en Tlaquepalque el último día que pasaste en México. Y sabes que nunca volverás a tener una noche de 1 de noviembre como esta que se ha evaporado en 2016, donde viste incendiarse una colina en Tzitzuntzan con el naranja de la flor de cempásuchil y candelas dedicadas a los muertos, donde se celebra la vida en forma de recuerdo, con fotografías y máscaras de luchadores, con Coronita y tequila encima de los panteones. Y una mujer muy mayor te miraba a través de su pañuelo, te sonreía cuando le decías que todo aquello era muy hermoso, haciéndote oír por encima de la música y el ruido.  Porque es México y es hermoso y terrible, son maravillosos y chingones, porque se ríen de tu español y tú del de ellos:  lo adoras porque acabas diciendo “No mames, wey” y ellos dicen “Joder, tíos”.  Y porque algo de ti se quedó allí. Y porque no hay otro lugar del mundo al que desees más volver.

Y porque, qué coño, viva México, cabrones. Y no lo digo yo, lo dice Molotov.

 

Hablando de mujeres

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Not stupid enough – Barbara Kruger Pulse en imagen para ver el origen

Tendría que haber escrito mucho antes sobre todo esto. En realidad, todas las que juntamos algo parecido a los párrafos, a las letras o a las ideas que son un enorme rompecabezas tendríamos que haber escrito antes sobre muchas cosas.  Ya saben: todo lo personal es político, pero en el reino de lo viral,aquello que es personal es también susceptible de desencadenar otras violencias, otros debates que suelen ser monólogos encadenados plagados de descalificación o de asunciones de entereza, de respaldos y de fronteras. Hay que escribir sobre la muerte que saluda por las mañanas en las páginas de los diarios, hay que escribir sobre el miedo de volver a tu propia casa, de ser tu cuerpo y tu autonomía, de quererte y que te quieran como tú eres, nada más.  Hay que gritar desde las letras temblonas de una pantalla sobre las horas solas y acompañadas, sobre empatía y gregarismo, sobre la gran diferencia entre la diversidad y ser marciano, todo es cuestión de perspectiva. Lo que no es perspectiva sino realidad es también sujeto de letras. O debe serlo, aunque intentemos esconder la mirada: a las mujeres las matan, la cultura de la violencia es la cultura del miedo y del silencio, de lo impune y borroso. Es tinieblas y es olvido. Vamos sumando cruces y reivindicación, una vez que las indignaciones se solapan las víctimas acaban siendo eso: víctimas. Desdibujadas, borrosas y olvido.  Y esto es de lo primero de lo que quería hablar.

Leo un ensayo escrito por una autora muy favorita y paro en las primeras páginas, a la espera de tiempos mejores en mi consideración sobre el libro o también sobre mi perspectiva.  Habría que escribir también sobre la facultad de parar las lecturas y retomarlas; así como de la empatía a priori que nos genera lo escrito por esas autoras muy favoritas, aunque esto, como en tantas otras ocasiones en este cuaderno, es otra historia. Dejo de leer un ensayo escrito por una mujer de mi generación porque estoy estupefacta. Articulado en una serie de preguntas y respuestas a mujeres de, más o menos la misma quinta, surge el eterno tema de la vida en pareja, de si las mujeres que estamos solas hablamos de nuestra felicidad con la boca pequeña -el consabido”qué bien me va, qué bien me va”- o si, por el contrario, y tal y como afirma la autora en un momento, “todos somos pájaros”. Vaya por delante que leo con una sobrevolada sensación de amenaza que, por supuesto, es un sentimiento libre, y más en la lectura. Y lo hago porque ciertos discursos me suenan demasiado y ya me dan un poco de pereza. Insisto: no es tanto cuestión del libro, que no he terminado y no puedo juzgar lógicamente, sino de las cuestiones que sobrevuelan. Y que atañen a lo que es mi generación, reconociendo de antemano que sí hemos caído en muchas trampas y que sí es necesario el análisis y la conversación. Por lo tanto: el libro lo retomaré, pero no ahora.  Para mí, pragmática que es una, la cosa es muy sencilla: la vida en pareja es maravillosa si te va bien, la vida en soledad es maravillosa si te va bien. Y cada uno escoge, esta vez sí,  lo que mejor le va: yo he sido felicísima en pareja- creo, si no me equivoco, que gran parte de mi vida la he pasado emparejada- y me he comido los mocos en soledad; lo he pasado fatal cuando alguna relación se terminó y he agradecido el poder corretear a mi aire cuando me ha dado la gana estando sola. No uso ninguna de las apps de las que se habla en el libro porque no son para mí, no las juzgo ni las condeno: no son para mí. Y, del mismo modo y simplificando, creo que podríamos establecer algo que, de momento, no he visto en el ensayo: hay personas para las que la vida en pareja no funciona o no satisface, o, también, te haces muy selectiva.  O llevas una carga de decepción, que puede ser resentimiento en algún caso, y no te apetece el riesgo, prefiriendo picotear. Y punto: ni pájaros, ni osos, ni eternos adolescentes  ni nada por el estilo. No es lo suyo y eso no quita que le den alegría al cuerpo cuando les da la gana ni tampoco implica ser una descerebrada. Hacen lo que quieren porque estamos en el siglo XXI, joder.  Y quizá alberguen el deseo íntimo y legítimo de encontrar a alguien, pero no convierten esa falta en un fracaso, aunque socialmente, y a tenor de lo que veo todos los días, las personas sin pareja somos una especie de discapacitadas emocionales. Habrá quien se considere fracasada, su problema (no entremos en la maternidad porque estamos aquí hasta mañana y yo tengo que coger un avión), pero no,tampoco vamos musitando el “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”ni pensamos que todos los tíos son una panda de cabrones en potencia: hay machirulos y hay hombres maravillosos, como hay mujeres increíbles y mujeres gilipollas. No parto de una sororidad de género mal entendida: parto de un aspecto que está aquí y es social: ¿hay que castigar a las personas que viven solas como si hubiesen hecho algo mal o tuviesen una tara? Y no contesten “Noooooo” unánimemente. Piensen en todas las veces que intentan emparejar a sus amigas o amigos como si no hubiese otro objetivo en la vida. Piensen en todas las veces que han articulado su felicidad personal- subrayo “personal”- en obtener – y vuelvo a subrayar “obtener”, me voy a quedar sin subrayador- una pareja, en mantener una relación contra viento y marea.   Y claro que es difícil y descorazonador muchas veces- la soledad es buena si es voluntaria, aún así no es sencilla-  pero ciertas cosas no deben ser a cualquier precio. Y la independencia es una de ellas. Claro que es hermoso regresar a casa y encontrar a quien amas, tener proyectos en común, observar el paso del tiempo. No soy cínica: es increíblemente hermoso.  Pero no tiene que suceder a cualquier precio, y si no sucede,pues no pasa nada. Lo que me desconcierta es la bandera de cierto grado de conformismo. Por eso prefiero dejar el libro hasta que vengan tiempos mejores, como ya he dicho.  El tema volverá porque da para mucho, pero esta y solo esta es la segunda cosa de la que quería hablar. Y volveré, volveré a este ensayo porque me interesa mucho. Pero ahora, no.

Y la tercera cosa de la que quiero hablar: el mundo es mejor cuando existen personas como Mary Beard. Porque, como dice en su discurso de aceptación del premio Princesa de Asturias, el pasado nunca es un libro de respuestas del presente, ninguna mujer en su sano juicio desearía volver a vivir en la antigua Roma a no ser que tuviese un billete de vuelta, y aún, desgraciadamente, nos queda mucho por hacer en temas de igualdad, de feminismo, de educación, de derechos. De revolución. Una que comience por incluir a todas las mujeres, porque estamos todas aquí, ni una menos.

Setiembre, septiembre

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Meow september– Imagen sin créditos. Para ver original, pulse en la imagen.

Septiembre, setiembre es un mes en reimpresión. Es un mes de colecciones de kiosko, de cuadernos nuevos, de matrículas en gimnasios, de mirar de reojo al armario y  hacer convivir las katiuskas con la camiseta de tirantes. Es un mes de empezar a pensar en hacer listas, no de hacerlas. De propósitos y promesas, mucho más que los principios de enero.   Lo que me gusta de setiembre es esa sensación de haber encontrado la pieza final de un puzzle, de terminar de ordenar un armario, de estrenar el uniforme del colegio y no llevar el mismo de siempre con la bastilla bajada. Me gusta setiembre con su desperezarse de agosto, es un mes que no acaba de divorciarse de la anarquía, la consiente, hace como que no la ve.   Me gustas, septiembre, porque eres la madre consentidora que me deja quedarme a ver la tele hasta tarde, la hermana mayor que te presta su chaqueta perfecto, el tío joven que todos tenemos que te malcría, pero te enseña a la vez a dosificar tu entusiasmo. Septiembre es remolón, es un mes entre las sábanas del año, justo cuando éste se prepara para inmolarse en diciembre.

Yo escribo mi verano a tientas, con miedo de que se rompa como aquel hechizo de la canción de Serrat, porque creo que el recuerdo es como un holograma, dependerá de cómo lo oriente que me devolverá una imagen u otra. La memoria es una construcción recuperada, donde rellenamos los huecos o añadimos nuestro particular photoshop. Hay un momento en agosto, por ejemplo, en el  capturas sin saberlo la imagen que va a colonizar tu memoria de un viaje,  estás creando ese recuerdo que te acompañará durante un breve espacio de tiempo, porque el recuerdo nace, como digo, para ser magnificado, para trascender lo vivido.  Pienso ahora, por ejemplo, en unas pajaritas de papel de colores que colgaban, de un lado a otro de la acera y por encima de nuestras cabezas, en una calle de Moscú y no fui consciente de que esa imagen, esa  y no otra, asomaría con una nitidez extraordinaria, con un brillo especial frente a muchas otras cosas vistas y oídas en ese mi mes  ruso, ni peores ni mejores: otras. También en 2016 fui dos veces a una muy diversa Lisboa. Cuando  acudo mentalmente a mi visita de julio de 2016, a  aquellos días de festival y conciertos, aparece una única imagen: Cristina y yo tomando un granizado de limón en una calle lisboeta, una calle retorcida y que serpentea, plagada de terrazas y sol, de vida y de excelso verano. Lo siento, Thom Yorke, no fuiste tú (Cris, apúntate el tanto). La memoria del verano es más juguetona, es un souvenir con instrucciones para armar, es la recompensa a la larga  de haber roto el compromiso de lo cotidiano, de salir. Hasta tu ciudad, la que tanto has recorrido y recorres, te regala unos recuerdos magníficos de sandalias y trasnoches, de miradas que se cruzan, de capítulos que comenzaste y que tiraste a la papelera (literal y metafóricamente), de la Ginzburg y de Gogol leídos en playas y siestas de jardín, de aperitivos que se juntan con meriendas y de los juguetes de los huevos Kinder que no sabes armar (shame on me). Todo es anarquía y todo es verano. Y además, suena Niño de Elche en la Plaza de las Bárbaras, Ocean Colour Scene en Riazor, entras y sales mucho, duermes muy poco y el recuerdo es, en este caso, que todo pasó demasiado rápido y que hubo quien tendría que haberse quedado más. Pero eso, como en tantas otras ocasiones, es otra historia.

Decía yo al principio que setiembre me gustaba porque era la pieza final de un puzzle: eso es. Setiembre es, digámoslo al fin, ese día extra de vacación en el que ordenas fotos, encuentras una moneda distinta a la tuya en un bolsillo o  te atreves a llamar a aquel teléfono apuntado en un ticket de un Starbucks . Setiembre es un aterrizaje feliz tras un montón de transbordos también felices, pero, como ya hemos dicho alguna vez, parte del trato es regresar. Y eso hacemos: alargar ese recuerdo infinito, construirlo a la medida del álbum mental que ahora nos gobierna,  contar y recontar lo sucedido y rellenar esos vacíos cediéndolos a la imaginación, poniéndonos en modo Ikea y redecorando y recreando, a veces se inventa todo, los puntos del mapa físico y vital que encierra un mes de luz desmedida, un verano de cerveza y carcajada, una compensación de los aguaceros de noviembre.  Y sí, esto puede que sea un aviso de que a partir de ahora todo, casi todo lo extraordinario que hagamos, va a quedarse en un tanto por ciento muy pequeño de veracidad y un tanto por ciento grande de reconstrucción a partir de la literatura. Porque, qué duda cabe: lo primero que mete una en la maleta cuando se va son sus propias neuras y  lo segundo, algún que otro libro.  Qué le voy a hacer, ser letraherido es lo que tiene.  Feliz setiembre-septiembre.

Recomendaciones (parte de mis lecturas de verano que son recuperables en setiembre-septiembre y que no pongo en formato bibliográfico porque bastante tengo yo ya con eso):

Natalia Ginzburg Y eso fue lo que pasó  Acantilado, 2016

Wendy Guerra Domingo de revolución Anagrama, 2016

Miqui Otero Rayos Blackie Books, 2016

 

 

Ganar maletas, perder ciudades

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Vintage travel stamps CC BY 2,0 freedesignfile Pulsar en la imagen para ver link original

 

Cada vez que hago maleta me dejo algo que descubro en destino que es imprescindible. Y no, no hablo de mis escasas dotes como vidente- o visionaria- del clima, pese a pasarme más de una semana observando las webs meteorológicas de los lugares a los que parto. El destino  ha sido siempre algo cabrón conmigo a ese nivel y he pasado un frío terrible en el desierto de Marruecos y me he asfixiado en Amsterdam, todo es posible. Pero no me refiero a los imprevistos que, hoy por hoy, son perfectamente subsanables vía H&M, Inditex o mercadillo local. Hablo de esa mezcla de nostalgia del objeto que configura nuestro lugar en el mundo. No viajo como caracol, nunca lo he hecho, y tiendo a ser más práctica que previsora. Pero creo que cuando deshacemos maletas en hoteles o albergues, en fines de semana o en estancias más prolongadas, olemos esa morriña de hogar prendida en esa ropa: no me he llevado un collar que habría sido perfecto bajo el sol de Lisboa, ni ese pañuelo que me envolvería en una noche en Gijón y sin el que me sentiré algo huérfana, o lástima de aquellas botas que no me llevé a Dublín y que habrían sido perfectas para triscar por los campos irlandeses.  Un equipaje, a no ser que seamos un perfecto turista accidental, es un conjunto de desestimaciones, algunas lógicas y otras mucho más prosaicas. Me admiran las protagonistas de telefilmes que, en medio de una bronca monumental con su pareja, abren una maleta encima de la cama y vuelcan en una especie de bola multicolor pantalones, faldas, vestidos, pañuelos y zapatos; todo en un imposible maremágnum que cae en cascada en una maleta diminuta, pero que consiguen cerrar sin problema. “Esa non é a primera vez que o fai” diría la abuela de un amigo mío, en clara referencia a las que somos de maleta fácil para encarar aeropuertos u otros destinos.

Mis maletas, por lo tanto, no son muy de rigor. Pero del mismo modo que recuerdo y añoro alguna prenda, algún anclaje con mi mundo del día a día,  irse, huir, es siempre perder a priori algo del destino.  En todas las ciudades en que he estado he obviado algo como un brindis al futuro, como si lanzase una botella a un mar imaginario en el que esa ciudad, ese lugar, serían también otros y con otros olores, otras músicas, otros tactos y en otro momento posterior.  Qué diferente era el Los Ángeles que yo pensaba al hacer mi maleta coruñesa- en casa de mis padres y con los nervios de la becaria novata que va a atravesar sola medio mundo- de la ciudad en la que aterricé días después: qué distinta era su banda sonora incorporada, los matices de la luz, la vida inabarcable y absorbente de un lugar que es como un gigantesco tiranosaurio rex desparramado. Cómo imaginaba Berlín y su gama de azules y grises llenando mi mochila en el salón de mi apartamento y cómo fue el verlo en directo. La sorpresa, también, de la luz veneciana y de la de México, la inmensa- e inexplicable también- felicidad de recorrer el desierto en silencio con más viajeros, viendo volar el paisaje que imaginabas, ese sí, tal y como es pero no en esta singular circunstancia. Todo es contexto en los viajes: lo que llevas dentro de la maleta, lo que es una cuando se sube al tren o avión,  ese primer vistazo a la habitación de hotel en la que fuimos felices y que parecía más grande el lunes que el martes; ese cuarto que el miércoles ya entendías como un hogar propio en el que casi querías asentarte. Domesticamos la vista, el oído, la expectativa se cumple, se amplía o se repliega, pero todo parte de un contexto- la vida propia- que viene inscrito en la piel : en rebatirlo, confirmarlo o hacer que pase por nosotros, creo que está la esencia de marcharse. Las ciudades, los lugares, estarán siempre en esa bola del mundo con la que llevas soñando desde niña; en esos mapas que rellenabas pulcramente en una mesa camilla algo coja y que hacía que siempre tus países tuviesen unas fronteras con un color algo más ampliado, y no por bondad intrínseca, sino porque la maldita mesa se llevaba mal con la mina de los colores Alpino.  Era otro momento en el que se soñaba con viajar a otra escala.

Cuando salgo de casa con mi maleta, además de asumir que olvidaré algo que añoraré, asumo también la melancolía futura de la vuelta, de los lugares no vistos, de imaginar también posibilidades,de  sentir la punzada en el estómago de la encrucijada, de algo que sucedería en paralelo y que podríamos atrapar como si viajase en una pompa de jabón que está a la altura de nuestra nariz, de nuestros ojos, de nuestra propia cuidada imaginación nostálgica. De esos “yoes exfuturos”, de esos “qué sucedería si…” que harían que conquistásemos, esta vez sí, una vida total al margen, sin maletas ya y sin ciudades en destino. Esa vida casi de Dr. Who, sin álbumes de fotos y sin el carrusel de nostalgias que quería vender Don Draper. Lo llevaríamos incorporado y eso, me temo, es imposible. Habrá que seguir viajando. Cierro maletas y espero volver a casa, esté donde esté.

Mis recomendaciones para cualquier viaje, pero especialmente para este que emprendo:

A Moscú sin Kalashnikov de Daniel Utrilla  Libros del K.O, 2013 (esta editorial no hace más que darme alegrías, hace poco terminé la magnífica Fariña de Nacho Carretero) Sí, todavía hay quien cree en el periodismo pausado y en el reportaje literario. Además de divertidísimo, está extraordinariamente bien escrito, documentado y es, sobre todo, una visión personal alejada de la asepsia de los enviados especiales. Daniel Utrilla es ruso y español, lo primero por filia y lo segundo porque nació aquí.

Perder ciudades: dos viajes en el siglo XXI de Hilario J. Rodríguez  Newcastle ediciones, 2016. No les digo más que es una reflexión sobre la nostalgia avanzada del viaje que es, ni más ni menos, que una revisión de la vida propia. Con un hilo que empieza en un recorrido moscovita con su madre y avanza desenredando una madeja que nos lleva al pasado familiar. Una delicia de 74 páginas.

 

 

Las opiniones, lo superfluo, los rebaños o la culpa de todo es de Turguénev

 

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“Have an opinion. Elaborate” CC 2.0 BY See-Ming Lee Pulsar en la imagen para ver enlace original.

 

Alguien me recordaba hace unos días que las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una. También tenemos una lengua y una nariz, si nos ponemos precisos. Hasta ahí parece que todos estamos de acuerdo, a excepción de quien esto escribe. Pues no, yo no tengo una opinión sobre todo. Ni opinión ni punto de vista. ¿Cómo es posible, si llevo escribiendo un blog desde hace milenios,si discuto hasta la extenuación sobre aquello en lo que creo? La culpa es de Turgueniev y de que estoy muy rusa. Estoy muy rusa por razones personales y que vendrán al caso cuando empiece a publicar en redes sociales fotos maravillosas de un viaje que preparo- nota mental: en vez de “publish or perish” deberíamos adoptar el “publish or you’re not cool”-y, como en casi todos esos momentos previos a los viajes, leo rusiadas para intentar comprender. Dejando al margen esta cuestión fardona y personal, leo a Turguénev. En la deliciosa Diario de un hombre superfluo , me encuentro con el también fascinante Chulkaturin, al que su propia vida y persona le parecen tan escasamente reseñables  que el mejor modo de reafirmar esta condición es escribir un diario encarando los últimos días de su vida. La paradoja- escribir para qué y sobre qué si mi contexto es de banalidad extrema- es dejar un testimonio, una prueba palpable del paso por el mundo, haciendo de cada circunstancia, sin pretenderlo, algo  extraordinario. ¿Cómo, si no fuese así, un narrador que parte de su propia superficialidad podría decir sin tirarnos de la manga del alma “Mientras el hombre vive, no percibe su propia vida; esta, como un sonido, se vuelve clara años después”? (Punto y aparte para que respiren hondo y con ganas;  el librito está lleno de estas lapidarias frases que, al menos a mí, me hacen imaginarme a un Turguénev retorciéndose las manos y pensando en el desconcierto absoluto del lector).

Pues, efectivamente, no tengo una opinión sobre todo. Y no es falsa modestia- me caigo bien, qué le vamos a hacer- ni alardear de banalidad. No tengo una opinión sobre todo ahora, en este momento. Mis opiniones existen, son muchas y variadas sobre los temas que me interesan, pero precisan de cierto grado de reflexión, de maduración si quieren, de aislamiento o de misantropía moderada. Son, en ocasiones, firmes y claras. Hoy he estado leyendo sobre un profesor de la USC expedientado por comentarios machistas y creo (y de ahí no me bajo) que ha sido una decisión tibia. Me descorazona que cerca de 30000 personas firmen por encender la hoguera contra una autora aludiendo a la moralidad (el concepto es el concepto, diría Manquiña) cuando desconocen- ojo, desconocen- las burradas machistas que leen sus hijas en otra mal llamada literatura juvenil.  En otras cuestiones no lo tengo tan claro e intento escuchar y, sobre todo, callarme.  El gran problema de la escucha en el siglo XXI es el empacho de la vociferación, el ruido constante de las redes, la escasa valoración del necesario silencio. Mucho ruido, mucho grito  y- vamos a ser machadianos, qué coño- poco espacio para distinguir voces de ecos. Y una absurda angustia por la velocidad; esa sensación de tener una pistola en el pecho para decir lo que piensas sobre determinados temas en cualquier momento.  Se trata de un nudismo obligado que cae en aquello contra lo que lucha. La libertad para expresarse es lisa y llanamente eso, libertad. No creo que tenga que tener un momento para manifestarse y menos con pancarta digital – verbigracia, estados de Facebook que son autoayuda o selfi con alfabeto- y el silencio o la “no presencia” se consideran sinónimo de tibieza. Eso sí: si no has tenido un pifostio digital, seas Pérez-Reverte, Paula Prado o servidora, no eres nadie. Toma ya.

Antes de retirarme a mis palacios de invierno- la de años que llevo queriendo decir esta frase- vuelvo a pensar en Chulkaturin, en la velocidad y en lo que el ácido Jaron Lanier dice en Contra el rebaño digital. Ahí se habla bastante de la alienación mediante la tecnología y lo que llama la “mentalidad de colmena”. Me parece un libro fascinante y una muy recomendable lectura y, oigan, qué curioso: no estoy de acuerdo en mucho de lo que dice. Vuelvo a repetir que soy cero neoludita, adoro las redes sociales -en la medida en que sean sociales y no coñazo autocomplaciente o tribunal digital- y me paso ciertos grados de elitismo por la cruz de Malta. Aun así, hay cuestiones que creo que deben hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos o en el que tecleamos.  Me ha parecido inquietante lo que dice Yann Moulier-Boutang en esta entrevista: Ahora todos trabajamos para las GAFA sin cobrar  Nota: si lo de las GAFA les ha dejado con cara de paisaje como a mí, sepan que son las iniciales de Google+Apple+Facebook+Amazon. Y qué pena que se queden solamente en el titular: lean lo que dice sobre la renta básica universal y la necesidad de evitar que la UE sea un coladero de impuestos para las grandes tecnológicas.

Pero qué le vamos a hacer: soy una señora que escribe un blog, que no bloguera, y deberían de importarme poco estas cosas. Pero sobre renta básica universal, exhibicionismo en redes, la necesidad del silencio y la moderada misantropía, sentirse rusa o los ojos del que amo, pues sí que tengo una opinión. A veces solamente se trata de buscarla, nada más y nada menos. Ya ven,  todo este rollo gracias a un señor ruso superfluo: no hay como tirar del hilo. Me voy a pasear por la perspectiva Nevski con Gogol. Mi vida e impresiones de flaneur serán siempre lo que inspiren la mayoría de mis posts.  Supongo que terminaré hablando de Battiato.

Nota

La edición que manejo de Diario de un hombre superfluo de Turguénev es la maravillosa edición que Nórdica publicó en 2016, con ilustraciones de Juan Berrio y traducción de Marta Sánchez-Nieves. Es una delicia encontrarse con una edición tan impecable. La cita que estampo ahí arriba es de la página 19.

 

 

 

 

Lo transgresor y lo doméstico

 

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Racheta brothers acrobats- Imagen tomada de la entrada en Wikipedia de los Ringling Bros. Pulse en la imagen para acceder

Lo que es tener un blog que se te rompe a veces de tanto no usarlo. En tiempos, cuando la gente leía lo que las señoritas provincianas escribíamos, se iniciaban conversaciones que aspiraban a aquellas “Cartas al director” que yo devoraba de niña en el único periódico en papel que entraba en casa. Éramos de provincias, como digo, y se leía un único periódico, como Dios manda. Tampoco es que la cosa haya cambiado mucho a pesar de los digitalismos gratuitos: cada tribu va a lo suyo, queremos tener nuestros límites de asombro intactos y tampoco hay que llevarse demasiado las manos a la cabeza. La fauna del periodismo echa muy en contra de las redes sociales y ahí les doy en parte la razón. Como decía en ocasiones Agustín Fernández-Mallo, “he visto a las mejores mentes de mi generación corrompidas por el Facebook” y es así. De tanto intentar sublimar las paradojas, de ser brillantes y ocurrentes con la promesa de una caricia en el lomo, llega también la falta de sorpresa, instalándose  en unos medios- sí, he dicho medio- que son divertidos, rápidos y con una relativa fiabilidad y trascendencia, reconociéndoles sus grandes capacidades informativas y de procrastinación, a la que soy muy dada.  Me temo, aún así, que  a las redes sociales las hemos cargado a priori de unas facultades que ni de lejos poseen. Hemos sido unos cuñados de tomo y lomo largándole una Visa Oro a un niño y lo hemos soltado en un centro comercial coruñés (perdonen el localismo, es que me vengo arriba muy fácil, esto lo publicaré también en mis redes sociales y se me hace gominolas salva sea la parte).  Creo que lo peor que se puede decir de cualquier medio es que  son los juguetes de Reyes en marzo o abril, que han perdido la fuerza de la novedad, se han instalado cómodamente entre nosotros y no nos sirven,niños que somos  ávidos de sorpresa. La cabra tira al monte y  la fidelidad juguetera se tambaleaba hasta en Toy Story. Qué le vamos a hacer.

Toda esta reflexión sobre que nos hagan caricias en el ego, sobre saturarse de ver cómo se las dan a otros o hartarse de ver cómo gente de talento se convierte en una petarda redomada (quosque tandem abutere…sigan ustedes, que yo aprobé latín por los pelos) tiene que ver con el concepto de sorpresa en el arte, lo afilado y acertado de la crítica al poder  y, yendo un poco más allá, sobre la transgresión. Leo un artículo de Juan Carlos Ortega sobre la zarzuela “Cómo está Madriz” y la que se ha liado y no puedo estar más de acuerdo, aunque con matices. Es cierto, totalmente cierto que, como dijo en una ocasión Fernando Arrabal, el teatro “ha de ser extravagante porque ha de vagar siempre fuera”. Desde los espectáculos de títeres- cielos, otro tema sensible- pasando por el teatro japonés de kabuki o el cabaret de la república de Weimar- y lo que ustedes quieran rellenar aquí-el teatro ha tenido una relación de tira y afloja con lo instalado. De broma desvergonzada- en la que se aceptaban los códigos del juego entre espectadores y compañía- a reafirmar la estructura social instalada: desde Lope a Benavente ha sido así (“si lo paga el vulgo es justo/ hablarle en necio para darle gusto” decía el primero) y no vamos a seguir planteando cuestiones como el teatro en la dictadura, el buen envejecer o no de obras de grupos como Els Joglars o La Cubana, porque sería otra cuestión. Aunque partamos de algo: la capacidad de transgresión es una facultad que adjudican ciertos tiempos al arte en general y al teatro de forma muy concreta. Es posible que exista una frontera difusa, un límite de cosquillas o pellizcos- hay diferencia- que se le pueden hacer al establishment.  El problema, que explica muy bien  Ortega, es cuando la transgresión se convierte en un código vacío porque se ha instalado entre nosotros. Hacer humor, sea lo que sea esto, de cuestiones como los curas pederastas o la corrupción, tiene un mérito relativo en 2016:  está en todas partes todos los días con mejor o peor fortuna, con más o menos gracia. Pero la red de los ciento cuarenta caracteres, el whatsapp y la inmediatez de estos tiempos nos convierten en ávidos devoradores de matices, de cambios, de novedades: lo que es de ayer hoy es  malo y viejo; repetir fórmula es como contar el chiste del perro Mistetas. La intención de la crítica pierde fuerza en el campo minado de hoy : domesticamos el mensaje, el público se acostumbra y creamos una nómina inmensa de iconoclastas funcionarios que, en el fondo, son perpetuadores de un sistema en el que están cómodamente instalados. Ellos y nosotros. Y es totalmente inocuo, al ir tolerándose poco a poco por todos, algo que ha sido relativamente fácil de seguir en algunos programas de televisión americanos o con el recordado- y del que yo era muy fan- “Caiga quien caiga”. La domesticación estaba siempre sobrevolando lo que para mucho era atrevimiento y que, para otros, era el final de una vía crítica.

La sociedad tiene un umbral de tolerancia que aflora en determinadas ocasiones y en función, como es lógico, del grado de implicación : verse reflejado en los espejos del Callejón del Gato es un ejercicio que debe hacerse con elegancia y savoir faire, pero los espejos han de estar bien bruñidos. Y en cuanto los temas son demasiado candentes hay que saber retorcerlos, recrearlos o abandonarlos por falta de impacto, de oportunidad.  Un chiste sobre Belén Esteban tiene hoy menos interés, pero Bárcenas está en el límite de lo que puede hacer gracia. No he visto el espectáculo de Paco León -al que deseo toda la suerte del mundo aunque a mí The Hole no me gustase mucho- y no es mi objetivo en esta reflexión hacer crítica de lo que desconozco, sino de lo que es el humor hoy en día, su vigencia, la capacidad de sorpresa en el teatro y otras artes. De su caducidad y de su pertinencia.  Y también de cómo y por qué medios accedemos a algunas formas de humor más breves, más inmediatas, más contundentes pero mucho más efímeras. Pienso que quizá, y rozando el cuñadismo pero me da igual, el público ha rebajado sus niveles de exigencia al artista, saturado como está de chascarrillos de whatsapp. A lo mejor  riendo ciertas gracias que nacen ya algo viejas estamos siendo  cómplices de que algunos contenidos, ciertas cuestiones pretendidamente “transgresoras” se conviertan en un catálogo de temas tolerados, actuables  en esa especie de “Hora Warner” generalizada  que es lo que entendemos ahora por humor.  Algo así, pero desde otro lado, a lo que hacía la censura: distraer la atención hacia unos sacos de boxeo que ya están mullidos. Y, qué narices,iba a hablar del concepto de horizonte de expectativas y demás cuestiones epatantes, pero creo que he dado ya demasiado la paliza por hoy. Disfruten de la semana y no se dejen domesticar o acabarán como el zorro del Principito: siendo personajes que nadie entiende.

 

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