Anchoas y Tigretones

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Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

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Ganar maletas, perder ciudades

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Vintage travel stamps CC BY 2,0 freedesignfile Pulsar en la imagen para ver link original

 

Cada vez que hago maleta me dejo algo que descubro en destino que es imprescindible. Y no, no hablo de mis escasas dotes como vidente- o visionaria- del clima, pese a pasarme más de una semana observando las webs meteorológicas de los lugares a los que parto. El destino  ha sido siempre algo cabrón conmigo a ese nivel y he pasado un frío terrible en el desierto de Marruecos y me he asfixiado en Amsterdam, todo es posible. Pero no me refiero a los imprevistos que, hoy por hoy, son perfectamente subsanables vía H&M, Inditex o mercadillo local. Hablo de esa mezcla de nostalgia del objeto que configura nuestro lugar en el mundo. No viajo como caracol, nunca lo he hecho, y tiendo a ser más práctica que previsora. Pero creo que cuando deshacemos maletas en hoteles o albergues, en fines de semana o en estancias más prolongadas, olemos esa morriña de hogar prendida en esa ropa: no me he llevado un collar que habría sido perfecto bajo el sol de Lisboa, ni ese pañuelo que me envolvería en una noche en Gijón y sin el que me sentiré algo huérfana, o lástima de aquellas botas que no me llevé a Dublín y que habrían sido perfectas para triscar por los campos irlandeses.  Un equipaje, a no ser que seamos un perfecto turista accidental, es un conjunto de desestimaciones, algunas lógicas y otras mucho más prosaicas. Me admiran las protagonistas de telefilmes que, en medio de una bronca monumental con su pareja, abren una maleta encima de la cama y vuelcan en una especie de bola multicolor pantalones, faldas, vestidos, pañuelos y zapatos; todo en un imposible maremágnum que cae en cascada en una maleta diminuta, pero que consiguen cerrar sin problema. “Esa non é a primera vez que o fai” diría la abuela de un amigo mío, en clara referencia a las que somos de maleta fácil para encarar aeropuertos u otros destinos.

Mis maletas, por lo tanto, no son muy de rigor. Pero del mismo modo que recuerdo y añoro alguna prenda, algún anclaje con mi mundo del día a día,  irse, huir, es siempre perder a priori algo del destino.  En todas las ciudades en que he estado he obviado algo como un brindis al futuro, como si lanzase una botella a un mar imaginario en el que esa ciudad, ese lugar, serían también otros y con otros olores, otras músicas, otros tactos y en otro momento posterior.  Qué diferente era el Los Ángeles que yo pensaba al hacer mi maleta coruñesa- en casa de mis padres y con los nervios de la becaria novata que va a atravesar sola medio mundo- de la ciudad en la que aterricé días después: qué distinta era su banda sonora incorporada, los matices de la luz, la vida inabarcable y absorbente de un lugar que es como un gigantesco tiranosaurio rex desparramado. Cómo imaginaba Berlín y su gama de azules y grises llenando mi mochila en el salón de mi apartamento y cómo fue el verlo en directo. La sorpresa, también, de la luz veneciana y de la de México, la inmensa- e inexplicable también- felicidad de recorrer el desierto en silencio con más viajeros, viendo volar el paisaje que imaginabas, ese sí, tal y como es pero no en esta singular circunstancia. Todo es contexto en los viajes: lo que llevas dentro de la maleta, lo que es una cuando se sube al tren o avión,  ese primer vistazo a la habitación de hotel en la que fuimos felices y que parecía más grande el lunes que el martes; ese cuarto que el miércoles ya entendías como un hogar propio en el que casi querías asentarte. Domesticamos la vista, el oído, la expectativa se cumple, se amplía o se repliega, pero todo parte de un contexto- la vida propia- que viene inscrito en la piel : en rebatirlo, confirmarlo o hacer que pase por nosotros, creo que está la esencia de marcharse. Las ciudades, los lugares, estarán siempre en esa bola del mundo con la que llevas soñando desde niña; en esos mapas que rellenabas pulcramente en una mesa camilla algo coja y que hacía que siempre tus países tuviesen unas fronteras con un color algo más ampliado, y no por bondad intrínseca, sino porque la maldita mesa se llevaba mal con la mina de los colores Alpino.  Era otro momento en el que se soñaba con viajar a otra escala.

Cuando salgo de casa con mi maleta, además de asumir que olvidaré algo que añoraré, asumo también la melancolía futura de la vuelta, de los lugares no vistos, de imaginar también posibilidades,de  sentir la punzada en el estómago de la encrucijada, de algo que sucedería en paralelo y que podríamos atrapar como si viajase en una pompa de jabón que está a la altura de nuestra nariz, de nuestros ojos, de nuestra propia cuidada imaginación nostálgica. De esos “yoes exfuturos”, de esos “qué sucedería si…” que harían que conquistásemos, esta vez sí, una vida total al margen, sin maletas ya y sin ciudades en destino. Esa vida casi de Dr. Who, sin álbumes de fotos y sin el carrusel de nostalgias que quería vender Don Draper. Lo llevaríamos incorporado y eso, me temo, es imposible. Habrá que seguir viajando. Cierro maletas y espero volver a casa, esté donde esté.

Mis recomendaciones para cualquier viaje, pero especialmente para este que emprendo:

A Moscú sin Kalashnikov de Daniel Utrilla  Libros del K.O, 2013 (esta editorial no hace más que darme alegrías, hace poco terminé la magnífica Fariña de Nacho Carretero) Sí, todavía hay quien cree en el periodismo pausado y en el reportaje literario. Además de divertidísimo, está extraordinariamente bien escrito, documentado y es, sobre todo, una visión personal alejada de la asepsia de los enviados especiales. Daniel Utrilla es ruso y español, lo primero por filia y lo segundo porque nació aquí.

Perder ciudades: dos viajes en el siglo XXI de Hilario J. Rodríguez  Newcastle ediciones, 2016. No les digo más que es una reflexión sobre la nostalgia avanzada del viaje que es, ni más ni menos, que una revisión de la vida propia. Con un hilo que empieza en un recorrido moscovita con su madre y avanza desenredando una madeja que nos lleva al pasado familiar. Una delicia de 74 páginas.

 

 

Lo transgresor y lo doméstico

 

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Racheta brothers acrobats- Imagen tomada de la entrada en Wikipedia de los Ringling Bros. Pulse en la imagen para acceder

Lo que es tener un blog que se te rompe a veces de tanto no usarlo. En tiempos, cuando la gente leía lo que las señoritas provincianas escribíamos, se iniciaban conversaciones que aspiraban a aquellas “Cartas al director” que yo devoraba de niña en el único periódico en papel que entraba en casa. Éramos de provincias, como digo, y se leía un único periódico, como Dios manda. Tampoco es que la cosa haya cambiado mucho a pesar de los digitalismos gratuitos: cada tribu va a lo suyo, queremos tener nuestros límites de asombro intactos y tampoco hay que llevarse demasiado las manos a la cabeza. La fauna del periodismo echa muy en contra de las redes sociales y ahí les doy en parte la razón. Como decía en ocasiones Agustín Fernández-Mallo, “he visto a las mejores mentes de mi generación corrompidas por el Facebook” y es así. De tanto intentar sublimar las paradojas, de ser brillantes y ocurrentes con la promesa de una caricia en el lomo, llega también la falta de sorpresa, instalándose  en unos medios- sí, he dicho medio- que son divertidos, rápidos y con una relativa fiabilidad y trascendencia, reconociéndoles sus grandes capacidades informativas y de procrastinación, a la que soy muy dada.  Me temo, aún así, que  a las redes sociales las hemos cargado a priori de unas facultades que ni de lejos poseen. Hemos sido unos cuñados de tomo y lomo largándole una Visa Oro a un niño y lo hemos soltado en un centro comercial coruñés (perdonen el localismo, es que me vengo arriba muy fácil, esto lo publicaré también en mis redes sociales y se me hace gominolas salva sea la parte).  Creo que lo peor que se puede decir de cualquier medio es que  son los juguetes de Reyes en marzo o abril, que han perdido la fuerza de la novedad, se han instalado cómodamente entre nosotros y no nos sirven,niños que somos  ávidos de sorpresa. La cabra tira al monte y  la fidelidad juguetera se tambaleaba hasta en Toy Story. Qué le vamos a hacer.

Toda esta reflexión sobre que nos hagan caricias en el ego, sobre saturarse de ver cómo se las dan a otros o hartarse de ver cómo gente de talento se convierte en una petarda redomada (quosque tandem abutere…sigan ustedes, que yo aprobé latín por los pelos) tiene que ver con el concepto de sorpresa en el arte, lo afilado y acertado de la crítica al poder  y, yendo un poco más allá, sobre la transgresión. Leo un artículo de Juan Carlos Ortega sobre la zarzuela “Cómo está Madriz” y la que se ha liado y no puedo estar más de acuerdo, aunque con matices. Es cierto, totalmente cierto que, como dijo en una ocasión Fernando Arrabal, el teatro “ha de ser extravagante porque ha de vagar siempre fuera”. Desde los espectáculos de títeres- cielos, otro tema sensible- pasando por el teatro japonés de kabuki o el cabaret de la república de Weimar- y lo que ustedes quieran rellenar aquí-el teatro ha tenido una relación de tira y afloja con lo instalado. De broma desvergonzada- en la que se aceptaban los códigos del juego entre espectadores y compañía- a reafirmar la estructura social instalada: desde Lope a Benavente ha sido así (“si lo paga el vulgo es justo/ hablarle en necio para darle gusto” decía el primero) y no vamos a seguir planteando cuestiones como el teatro en la dictadura, el buen envejecer o no de obras de grupos como Els Joglars o La Cubana, porque sería otra cuestión. Aunque partamos de algo: la capacidad de transgresión es una facultad que adjudican ciertos tiempos al arte en general y al teatro de forma muy concreta. Es posible que exista una frontera difusa, un límite de cosquillas o pellizcos- hay diferencia- que se le pueden hacer al establishment.  El problema, que explica muy bien  Ortega, es cuando la transgresión se convierte en un código vacío porque se ha instalado entre nosotros. Hacer humor, sea lo que sea esto, de cuestiones como los curas pederastas o la corrupción, tiene un mérito relativo en 2016:  está en todas partes todos los días con mejor o peor fortuna, con más o menos gracia. Pero la red de los ciento cuarenta caracteres, el whatsapp y la inmediatez de estos tiempos nos convierten en ávidos devoradores de matices, de cambios, de novedades: lo que es de ayer hoy es  malo y viejo; repetir fórmula es como contar el chiste del perro Mistetas. La intención de la crítica pierde fuerza en el campo minado de hoy : domesticamos el mensaje, el público se acostumbra y creamos una nómina inmensa de iconoclastas funcionarios que, en el fondo, son perpetuadores de un sistema en el que están cómodamente instalados. Ellos y nosotros. Y es totalmente inocuo, al ir tolerándose poco a poco por todos, algo que ha sido relativamente fácil de seguir en algunos programas de televisión americanos o con el recordado- y del que yo era muy fan- “Caiga quien caiga”. La domesticación estaba siempre sobrevolando lo que para mucho era atrevimiento y que, para otros, era el final de una vía crítica.

La sociedad tiene un umbral de tolerancia que aflora en determinadas ocasiones y en función, como es lógico, del grado de implicación : verse reflejado en los espejos del Callejón del Gato es un ejercicio que debe hacerse con elegancia y savoir faire, pero los espejos han de estar bien bruñidos. Y en cuanto los temas son demasiado candentes hay que saber retorcerlos, recrearlos o abandonarlos por falta de impacto, de oportunidad.  Un chiste sobre Belén Esteban tiene hoy menos interés, pero Bárcenas está en el límite de lo que puede hacer gracia. No he visto el espectáculo de Paco León -al que deseo toda la suerte del mundo aunque a mí The Hole no me gustase mucho- y no es mi objetivo en esta reflexión hacer crítica de lo que desconozco, sino de lo que es el humor hoy en día, su vigencia, la capacidad de sorpresa en el teatro y otras artes. De su caducidad y de su pertinencia.  Y también de cómo y por qué medios accedemos a algunas formas de humor más breves, más inmediatas, más contundentes pero mucho más efímeras. Pienso que quizá, y rozando el cuñadismo pero me da igual, el público ha rebajado sus niveles de exigencia al artista, saturado como está de chascarrillos de whatsapp. A lo mejor  riendo ciertas gracias que nacen ya algo viejas estamos siendo  cómplices de que algunos contenidos, ciertas cuestiones pretendidamente “transgresoras” se conviertan en un catálogo de temas tolerados, actuables  en esa especie de “Hora Warner” generalizada  que es lo que entendemos ahora por humor.  Algo así, pero desde otro lado, a lo que hacía la censura: distraer la atención hacia unos sacos de boxeo que ya están mullidos. Y, qué narices,iba a hablar del concepto de horizonte de expectativas y demás cuestiones epatantes, pero creo que he dado ya demasiado la paliza por hoy. Disfruten de la semana y no se dejen domesticar o acabarán como el zorro del Principito: siendo personajes que nadie entiende.

 

Comfort zone

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Détail de “Blah, blah, blah” du studio Louise Campbell (Maison du Danemark) (Wikimedia Commons)

Quizás esto no debería ser un post para un blog. Quizás esto debería ser un decálogo de decálogos, un mensaje embotellado, un encurtido imaginario. Quizás no debería de ser nada porque nada es lo escrito en digital, ni siguiera es una estadística fiable.  Pero es parte de mis  cuadernos de algo. Uno de mis libros favoritos es aquel titulado Cuadernos de todo, en el que Carmen Martín-Gaite recopilaba, escribía, collageaba,  incluso hacía cuadernos de cuadernos -¡qué alegría leer sobre algunos amigos de la Universidad de Vassar en el “Cuaderno de Poughkeepsie”!-. Otros cuadernos, como los de Joan Didion, eran una conjura contra el infinito vacío de la no escritura : son los miles de posibles que has coleccionado para diseñar tus párrafos, son pequeñas señales de humo hacia ti misma, un recordatorio avanzado.  Es ese asidero extraño que tenemos hacia lo que aún no ha sucedido y que miramos de reojo:  los planes de la novela, las llamadas que tienes que hacer, aquella vida por vivir. Romper,salir de algún modo de un límite  a veces autoimpuesto.  Creo que en psicología se le llama la zona de confort: un atrincheramiento en lo ya conocido, que nos aburre y no nos motiva, pero que por ese cruce entre spleen y tedio, digamos que nos impide ponernos en jarras ante nuestra propia autocompasión. Es cómodo, es verlo todo desde la barrera (no se puede decir los toros que es políticamente incorrecto), es no pinchar ni cortar. Cada uno tiene la suya y la decora como quiere : de autocompasión -ya mencionada), de  ataraxia y pasotismo, de excesiva neutralidad y prudencia, de no participación. Horizonte gris marengo, sin frío ni calor, esa vida y esa rueda, nada más.

Yo estaba equivocada. Completamente. Yo creía, menos mal que existe la Wikipedia, que la zona de confort era otra cosa. Para empezar, la palabra confort me provoca la misma sensación incómoda que me produce pensar en caminar sobre moqueta. Es algo aparentemente agradable, cálido y delicado; a mí me da mucha dentera. Yo creía, vamos al grano, que esa zona de confort era una especie de autocensura impuesta para no entrar al trapo sobre algunas opiniones, artículos, bulos, pontificaciones y barbaridades diversas que campan a sus anchas por todas partes. Antes se le llamaba morderse la lengua. Para mí ahora es “qué pereza me das, cómo me aburres”. O, también puede ser verdad, que los años vayan convirtiéndote en intolerante y vaga, lo cual es mala combinación. Pero también que creamos que las opiniones, fundamentadas o no, son algo respetable de por sí o, mejor dicho, que consideremos opinión cualquier frase  medianamente coherente en cuanto a sintaxis. ¿Cobardía, prudencia, pereza infinita, hastío a priori? ¿O quizás algo de ansiedad a no ser bien entendida, a no poder explicarme, a que no me lo permitan, a que hablen por encima de mí? Me gustaría, a veces, intervenir en conversaciones para aclarar  que creo en el pequeño comercio, lo defiendo y potencio siempre que puedo. Ahora bien: ese discurso autocompasivo y llorón está empezando a ser contraproducente. Las grandes superficies y las multinacionales campan de modo vergonzoso, pero también es cierto que se han centrado en el cliente -aunque no sepan tu nombre, aunque les importe solamente el número de tu tarjeta Visa-pero se han centrado en ti.  ¿Es la fidelidad a las personas, al cariño que les tienes, argumento suficiente para asentir en silencio cada vez que salen estos temas por parte de quien tiene una librería, una pequeña tienda de ropa o cualquier negocio que contaba con fidelización previa? ¿Te escuchan cuando hablas de alternativas o es simplemente más sencillo atrincherarse en, esa sí, la zona de confort? También me gustaría, y es otro ejemplo, poder aclarar de una vez por todas que una persona soltera no es una mediapersona, que el concepto “científico” no es aplicable a todo y que no pasa nada por estudiar una técnica aplicable al ejercicio de una profesión. Lo siento, queridos y queridas, no es lo mismo una cirugía que la CDU; y eso por simplificar el tema.  Me irrita profundamente la condescendencia y el machismo de muchos profesores que pasan demasiado tiempo en las redes sociales impartiendo justicia poética en el sentido cultureta de la palabra; su desprecio infinito hacia ese público que tanto necesitan para mantener su vanidad a salvo. La creación de cánones en lugar equivocado, por ejemplo.   No sé de qué planeta han bajado los que exhiben la arrogancia del comentario autocomplaciente con la coletilla del estilo “seguro que vosotros no lo conocéis” (referido a escritor o escritora, generalmente). Yo siempre me pregunto: ¿ Y tú qué coño sabes, capulla de las narices, de lo que yo sé o dejo de saber?”.

Siguiendo con normas de convivencia básica, cambiar un pañal en la mesa de  un restaurante me parece una cerdada. Lo siento mucho: aunque el niño o niña sea adorable, que lo es sin duda alguna (ya sé lo de los cambiadores, de que los niños son impredecibles, etc.) me parece una cerdada. Por supuesto que tengo opiniones políticas  y me gusta mucho hablar de ellas, pero soy muy selectiva con quién lo hago. Evidentemente eso te convierte en una persona sospechosa de ser reaccionaria o de ocultar algo extraño, una especie de doble vida en la que te dedicas a delatar a los servicios secretos personas  poco afectas a algo. Las redes sociales son una mina para mis desconciertos, a pesar de lo mucho que me gustan. Pero me satura la necesidad de algunos escritores de entrar en el Festival del Humor digital. Y mira que me troncho con algunos. Lo que empezó siendo algo divertido terminó con nivel chistes en cassette comprados en carretera perdida, el la extraña ambivalencia de querer matar al padre y obtener el beneplácito de las generaciones anteriores.  Ya no los sigo, muchos me aburren. Abandoné también a  los strippers digitales: un día es un día, vale, pero tanta intensidad me puede. Y tanto lirismo de botellón.  Y sí, por supuesto que me gustan Facebook y Twitter y observo de reojo si ponen “me gusta” a mis cosas.  Una es muy dueña de sus contradicciones, y lo que es mejor, muy consciente.

Pues bien, con todos estos temas que expongo aquí arriba, yo me atrincheré en lo que consideraba zona de confort. No entré al trapo, me callé la boca (y lo sigo haciendo). ¿Falta de confianza en mis argumentos?  Es posible, pero no me voy a echar a llorar por un mal comentario. La piel es dura dependiendo de para qué. Reconozco que me puede la pereza, la vagancia, la atracción hacia mi zona de confort. Esa en la que puedo reflexionar, cobardemente o con un poco más de perspectiva, sobre todo lo que leo y escucho. Me temo que estoy pretendiendo dar una lección de misantropía. Imagino que si alguien lee esto, pensará, como en el famoso monólogo de Gila, que si no sé aguantar una broma, pues que me vaya del pueblo. Pues es que este pueblo también es mío, oiga. Y a fin de cuentas, y afortunadamente, tiene muchas caras.

Va a ser cierto lo que dicen: no eres nadie hasta que no tienes un buen rifirrafe digital. Quizás esa es la razón por la que nadie me conoce.

 

Las trampas del lenguaje

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Tomada de anglotopia.net

Yo quería hablar en esta entrada del lenguaje no marcado, de poner o no poner arrobas en los finales en o y en a. O una “x” y ampliar así el género hasta lo indefinido, de lo inclusivo (e inclusiva) y también de lo transgresor y lo reaccionario.  Yo quería hablar aquí de categorías gramaticales, de determinantes y de correcciones. Yo, en realidad, vengo aquí a hablar por hablar. Porque me gusta la gramática y todas sus rarezas. Lo extraño y predeterminado de los puntos de articulación, la lejanía de los acentos extranjeros, del mundo que contienen las conjugaciones. Yo quería hablar de esto pero se me va la filología hacia la lengua bífida, que es mi favorita, porque lo bueno de despotricar es eso, que te quedas como Dios sin sentar cátedra, o sí, y a nadie le importa. Generar y recoger spam, o convertirlo en acción y reacción, eso es comunicarse y el que diga que no, no ha discutido en su vida. He dicho.

Yo venía, digo, a todo eso y se me va la tecla por la tangente.  Porque, efectivamente, el discurso tiene estas trampas: comenzar hablando de una cosa y terminar con otra. El intento de Macguffin generalmente sale mal porque se nos ven las costuras como a los donjuanes endomingados, por no tener no tenemos ni engaños.  A mí me gustaría llevar alfabetos en los bolsillos como el que lleva post-it arrugados, esas notas que haces para la compra y que luego no encuentras, y que reaparecen-oh, macguffin feliz-cuando sacas el vaquero de la lavadora y se han desintegrado en trocitos amarillos que quedan pegados a los calcetines y las sábanas. Y te pasas un buen rato pensando en qué has hecho mal para olvidar que ese salvavidas de la memoria, ese instante de papel tan infinito, hubiese quedado arrinconado en su importancia. Y sueltas un taco, un “coño” o un” joder” da igual: enorme, rotundo y que no te libra de despegar pedacitos de post-it.  Solamente te libera y vuelta al tajo. Mi vida está llena de contextos con tacos. Abigarrados y enormes, tacos de discusiones de tráfico y de peleas con la impresora, tacos de todo tipo y condición. Íntimos y a solas, a veces descarnados,enfáticos casi siempre, divertidos en medio de un relato. Son lo que son, para el momento y para los momentos. Como decía Patty Diphusa: “No tengo ningún problema en ponerme en jarras y muy ordinaria si la ocasión lo requiere”. Eso es todo: la ocasión. Una y nada más.

Resulta que hay quien dice por ahí que los tacos son cosa de hombres. A mí es que esto me huele a anuncio de Veterano y a garrafón de Varón Dandy. Me huele a regalar planchas por cumpleaños, que eso sí que es lo puto peor. Y sí, digo este taco,” lo puto peor” porque, como siempre, confundimos el culo con las témporas.  Personalmente me desagradan los  monólogos plagados de palabrotas porque son innecesarios: el taco, la gracia que tiene es que sea apropiada. Del momento, vaya. Y yo no sé si es que estamos simplificando todo tanto que identificamos la educación con lo pacato, la expresividad con la grosería y la sensualidad con los tacones de veintitantos centímetros.  Lo que creo es que, desgraciadamente, nos estamos acostumbrando a no saber cambiar de plano : la que habla con tacos no sale de ahí y ese es su único registro, ese y no otro es el gran problema. Hombres y mujeres que hemos empobrecido nuestra forma de expresarnos hasta niveles rasos. Y nos olvidamos de lo fundamental: el contexto.  La escritura en redes sociales es un ejemplo claro de todo esto. Y no voy a hablar de informes Pisa, de la escasa práctica de la lectura porque no me da la gana de sentirme Rottenmeier. Ni, muchísimo menos, Higgins.  Y sí, creo que existe un lenguaje de mujeres como el de hombres, que existen los idiolectos y también la paranoia de considerar que la limitación ha de ser norma.  Como dice Chris Rock hablando de la palabra nigger:” It’s not the word, it’s how you say it”.  El contexto deshace la literalidad. Igual que si yo digo que Menganita es una cabronaza y la tal Menganita es mi íntima amiga muy querida, de la que me congratulo que tenga tan buena suerte… ¿o no me congratulo?. Eso ya es otra cosa, claro.

La lengua es piel. Y un auténtico universo. Da igual que te pintes los labios para pronunciar un sonoro exabrupto o lo hagas nada más levantarte, enredándote en las legañas pijameras. Tu lengua es tuya y tu taco también  (Inciso: yo, desde que sé que Obama nos lee  y lo sabe todo, me ve como factótum omnipresente y todo eso, me pongo megarremona para escribir estas cosas).  Y si no lo quieres, también. Pero no establezcamos polaridades de más y de menos en la sensualidad o en la educación.  La vulgaridad puede ser divertida si no es norma. Es la diferencia entre la frescura y el chonismo lingüístico.

Pero, ya sabéis, yo empezaba hablando de trampas y de lenguajes, de alfabetos propios  y de post-it en los bolsillos. Y encuentro uno que me recuerda la necesidad de escuchar más que de hablar, que tengo algún número de teléfono pendiente y que hay palabras, caligrafías y escrituras que necesito. Aunque cambien de registro, algunas voces, las fundamentales quieres que sigan en tu vida. A pesar de todos los silencios. Coño ya.

Hasta aquí mi opinión sobre el tema. Si alguien quiere leer, de forma sesuda y para establecer si existe o no un lenguaje diferenciado por sexos hay un libro que me gusta mucho:

Pilar García Mouton  Así hablan las mujeres: curiosidades y tópicos del uso femenino del lenguaje  La esfera de los libros, 2003.

Unfollowear

Imagen tomada de bodieandfou.blogspot.com

Yo no sé si los palabros harán que un día, al entrar en esta casa digital, todo se haya convertido en una Babel imposible y necesite un gobernador de líneas y párrafos. La semántica es algo más que una adolescente caprichosa aunque, a veces, la imagine así,  compulsiva y llena de piercings, dándole la vuelta a pilas de camisetas y zapatos, en la Bershka que podrían ser los discursos más genéricos y también en ese lenguaje que vamos acotando y haciendo nuestro. Comparo y distingo amigos y compañeros por su manera de hablar, por algunas expresiones que los individualizan de forma mucho más humana que un DNI.  Y del mismo modo que voy aprendiéndolos a ellos a lo largo de la vida-sus idas y vueltas, sus altos y bajos, alegrías y no tantas-adapto y me apodero de gran parte de su ingenio, haciendo gala de la bulimia de la cita más propia de otros pagos. “Aprendérselos” es mucho más que anotar en un cuaderno lo que tenemos de ellos o no, como aquellos álbumes lejanos de la infancia. Esa colección que prometía un extraño Nirvana al abrir los sobres de cromos: hacías una pulcra lista con los números, cambiabas los repes en el recreo, tachabas, yo me equivocaba siempre y me volvía sin los que no tenía y con montones de repetidos en el bolsillo de la falda del uniforme. En todos los caminos he ido olvidando cromos y listas, algunos de ellos se han ido ya para siempre, otros simplemente están ocultos por otra vida propia o alguna que las invade de más aunque, bien es cierto, que sarna con gusto no pica. O eso, al menos, dicen los que saben más de la vida que esta mentecata.

Nuestras vidas digitales, y vamos ya al tomate, han reinventado los contactos, los amigos, los recuerdos de otras relaciones e, incluso, la presión para  “aceptar” a los amigos de otros o, también, saber o no de lo que sucede en los ámbitos ajenos. Soy partidaria de cerrar los álbumes de fotos y no volver a abrirlos si las cosas se ponen feas; es más, el digitalismo me ha ayudado a borrar algunos y que las sonrisas de ciertos meses de primavera sean eso : “recuerdos de abrazos en la playa en primavera”.También es una forma de idealización selectiva. Creo que, del mismo modo que poco a poco se va haciendo una selección no sé si exactamente natural, en la que la desidia, la irrupción de nuevas ilusiones (y rellenáis eso con todo lo que queráis) van delimitando e incrementando distancias físicas, debería suceder lo mismo en otras facetas paralelas. ¿Me haría yo hoy amiga en la vida “analógica” de ese compañero de clase al que conocí en BUP?¿Y si sus ideas sobre la vida, la sociedad e incluso las mujeres me resultan a día de hoy sonrojantes e incluso inadmisibles? Posiblemente, no. ¿Por qué, entonces, en los mundos digitales se siente una presión absoluta para admitir, compartir, y generar ese “buen rollete” un tanto infantil de “los amigos de mis amigas…”?  Siempre me he sentido feliz de tener amigos variados, de haber conservado muchos de ellos a lo largo de los años, la voluntad de tierra quemada me enerva. Pero sí creo en ciertos lastres que hay que soltar. Y renovar, estrenar cuaderno, probar y decepcionarse. Como siempre, que, por mucho que digan, a eso no se aprende.

Creo que lo que sí debemos aprender, paseando por los bosquecillos de las redes sociales,  es  a “unfollowear” o a “desamigar”, que no desmigar. O tener, como hemos hecho a lo largo del camino,  la clara convicción de que esa es la riqueza de ese mundo. Y el hecho de que te borren de una red no implica, o sí, que te borren de otros ámbitos: es que, simplemente, en ese no interesas. Primos, tíos, hermanos incluso, no tienen por qué participar de algunas de nuestras taras y veleidades (Dios de mi existencia, tengo que hacer un blog con ese título que es megagenial) en las que muchos se sienten mucho más libres.  ¿Falta de realismo? Es posible, pero no tengo por qué departir con mi madre en el muro de Facebook sobre los tuppers del fin de semana del mismo modo que, aquí en mi lugar analógico del mundo, no iría a un concierto de rock con muchos amigos a los que adoro porque, sencillamente, prefieren la Orquesta Sinfónica, porque no les gusta o no les apetece. Existen las listas de intereses, esas agendas que tenemos todos con ciertos teléfonos: a quién llamo si me siento así, con quién iría a esto porque le iba a gustar o con la persona que quiero pasear, beber vinos y reir. También, es cierto, que existe el “síndrome de la gratificación inmediata” o el que podíamos llamar el “soldado vigilante de la red”: la persona que te recrimina si no le comentas, si no le “megusteas” con cierta frecuencia o, simplemente, si no le das cariñitos digitales o les haces la ola . Creo que se está en esto para participar, es cierto, pero el grado de participación ha de ser voluntario y no exigente. Múltiples facetas tenemos todos, por fortuna, y eso y solo eso es lo que debe guiarnos, creo yo, por estos caminos. Quien se sienta pobriño y pobrecito porque no le hacen caso en un muro o no le comentan, mucho me temo que tiene que ver con otro tipo de carencias.  Y sí, claro que borramos y ocultamos, faltaría más. Como ya he dicho, el desinterés es soportable, la agresividad y el boicot, no.  Y, mucho menos, en algo tan efímero como un comentario, un “cómo molas” del momento o un retuit. Nada más que eso.  Otra vez, y nunca mejor traído, son las famosas lágrimas en la lluvia. Por amor de Dios bendito, ¿es que nadie le va a dar un kleenex a Rutger Hauer? 🙂

Ojalá fuese tan sencillo recuperar a algunas personas que ya no están como volver a mandar una solicitud de amistad, seguirlas silenciosamente  en un tuit, añadirlas a la red de Linkedin.  Pensar en esas posibilidades es tan poco práctico y ajeno  como mantener una mirada lánguida y en diagonal a través delcristal de una cafetería, gobernar las  mareas de posibilidades  que habitan, ya revueltas por mí, en el café de esta mañana y que me permiten, como casi siempre, pulsar el interruptor que enciende una cierta desmemoria. Y me propongo, como tantas otras veces, unfollowear mi propia melancolía.

Cuatro años de Anchoas y Tigretones

 

A unas y a otros, a los que leen y a las que solapan, a las que comentan y a los que ignoran. Aquí seguimos, de momento. Gracias.

 

 

1 de diciembre, mudanzas y acarreos

Fotografía de Jenny Cestnik (jcestnik) “Advent calendar” tomada en su tienda de golosinas  favorita, Rodger’s chocolates of Canada, y compartida con licencia Creative Commons en Flickr

Todos los días 1 de diciembre me acuerdo de los calendarios de Adviento. Me los traía mi madre a finales de noviembre, eran una ilusión fugaz y absurda, una alegría más que se sumaba a la preparación del concurso de villancicos del cole, las castañas asadas y los turrones primerizos, el frío en la nariz pegada a los escaparates que visitarían los Reyes. A principios de diciembre brillaban mucho más las guirnaldas. Porque diciembre es ese principio y ese final. Hay un horizonte de luces poblado por improbables vacaciones, consumismos y paparotas a punta pala, amigos que vuelven de lugares que en el mapa siempre son más exóticos y apetecibles que cuando tú misma los pisas. Otros que no están o quizás nunca estuvieron. Quién sabe.

Yo siempre hacía trampa. No esperaba día a día a ir levantando las tapitas que me descubrían  una pastora con cestita y delantal, una ovejita perdida, una pandereta o un bastón de caramelo de rayas rojas y blancas (¿alguna vez alguien ha comido uno de esos? Yo sueño a partes iguales con esos bastones y con las fuentes de chocolate fondant de Willy Wonka. Y con cosas mucho peores, pero vamos a dejarlo). El caso era adelantarse, buscar, adivinar. Sabía en el fondo que lo único que había eran dibujos, tiernos, dulces, efímeros. Que se desvanecían en mi memoria una vez vistos por primera vez y propiciaban la bulimia ansiosa del día siguiente. Como el arrugado papel de regalo de un cumpleaños. Ya no sirve, a por otro a ver si es mejor.

Hace mucho tiempo que no tengo calendario de Adviento. Creo que porque ya recuerdo las fechas sin necesitar chuleta. Hoy, 1 de diciembre, es el día mundial contra el SIDA. En diciembre tuve esas imposibles vacaciones: En Porto, en Madrid, en los bosques de Asturias. Compartí con mi familia las fiestas. Jugué a la lotería. Y terminé años con uvas y champanes, con Martes y 13  y con esperanzas. Nunca he odiado la Navidad. Quizás he esperado mucho más de ella, es posible. O porque siempre he querido saber más o adelantarme. O tener certezas positivas y no escuchar los cantos agoreros. Y quiero conservar cierto grado de inocencia para mirar al mundo, para esperar debajo de las ventanitas algo mejor cada día. Ahora me resulta difícil con la que cae y con la que dicen que va a caer. Lo dicen  esos agoreros, los mercaderes y los tertulianos de sofá fijo. Quizás para tenernos tan acojonados que aceptemos sin rechistar un recorte más, un puesto de trabajo menos, una subida de precios más inadmisible e inexplicable que la anterior. Y mientras sorbamos anestesia (el que pueda, el que tenga tarjeta sanitaria, claro está) podamos pensar en qué momento entregamos parte de nuestra confianza o nuestra desidia a qué representantes, a qué medio de gobierno, a qué sociedad que construimos. Y todo esto suena a cristiana de guitarrita, ya lo sé. Pero es que lo público, que es deficitario, se está disolviendo como si nada. Y los derechos también. Y vamos a necesitar un gran embudo si queremos tragar algunos posibles dibujitos que se adivinan bajo esas ventanitas del 2012. Porque los que las están dibujando son los que hacen las leyes. Y, en consecuencia, la trampa. Si es que parecemos gilipollas: Humpty-Dumpty ya lo sabía.

Be punk, my girl

 

 Imagen tomada de http://shadowness.com/ Children of the revolution

 

 Para Nelson Quinteiro y las chicas de Femme Fatale, que nos regalaron al público del Teatro Rosalía de Castro un espectáculo maravilloso: "As nenas perdidas"

Perdidas son algunas llamadas, algunas vidas, algún esbozo arrugado en el bolsillo de posibilidades. Para perderse antes hay que encontrar, y también al revés. Como para escuchar y callar, para tomar la voz y articular autobiografías, antes hay que haber habitado las tormentas. Es un equilibrio difícil. Como lo es el no tener miedo al abrir los baúles del desván y eso que antes hay que subir las escaleras a oscuras. Baúles con cuadernos sin estrenar y con libros escolares ya inútiles, con los camisones que se convierten en trajes de noche y con  el tiempo abrazado a la fantasía. Con las horas que, armadas de espadas de madera y vocabularios imposibles, arrinconan los relojes y la oscuridad, castigándolos al viejo cuarto de las escobas. Y querer seguir jugando, con otras reglas, con otros equipos, es el pequeño futuro. Y para eso, claro, hay que salir de Kensington Gardens, hay que haberse asomado a muchas madrigueras y tomado muchos tés con un Sombrerero Loco. Incluso, y ya si alguien me apura, haberle dado un buen corte de mangas al lobo y decirle que que le den y que espere sentado en el bosque. Que tú eso de ir derechita a casa de la abuelita y un huevo, que pasarás a decir "hola" pero que luego te vas con tus colegas. Por ejemplo. O a donde te salga de la línea de flotación. 

Es verdad: Barrie se pudo olvidar de las Niñas Perdidas cuando diseñó ese permanente día de la Marmota que es Nunca Jamás.  A Wendy, previa conciliación laboral, se le adjudicó el papel de sufridora en casa. Y se perdió lo mejor : decidir. Porque para volar (a Nunca Jamás, a París, o, insisto, a donde te salga de la línea de flotación) tienes que haber tenido muchos aterrizajes forzosos. Y volver la vista atrás, a ese camino de baldosas amarillas y ponerle un "post-it" de mapas y brújulas para, acto seguido, mirar hacia adelante. Y diseñar, por ti misma, las reglas de tu propio juego que durarán lo que tú quieras que duren. Peter Pan, que en el fondo era un "Ni-Ni" que quería que se lo tuviesen todo hecho y que le den más que al lobo, solo sabía el camino de ida. Las Niñas Perdidas están de ida, de vuelta y de lo que les dé la realísima: para aprender hay que ser curioso y para eso hay que estar en el mundo, en el propio y en el de los demás, en el que puedes ser karateka, antidisturbios o física nuclear, madre y amiga, hija y hermana. Y punk, coño. Lo que tú quieras. Con tu equipaje de sueños y vida, con una buena botella de tequila o Coca-Cola Light, con tus kilos, con tus huesos, con tu voz cascada y con tu tabaco o tu yoga. Con remiendos en el alma y  sonrisa en el espejo. Y seguir siendo una niña que se pierde porque quiere, que encuentra muchas cosas y que habite aún en el desconcierto. Ese que hace que la infancia nos fascine. Tanto como para dejarla atrás y llevarla a la vez de maleta. Porque como dijo alguien alguna vez, hay que ser tierno y a la vez subversivo. Vivan las contradicciones. Be punk, my girl. 

O espectáculo "As nenas perdidas" da compañía Femme Fatale estreouse o pasado sábado, 29 de outobro, no Teatro Rosalía de Castro na Coruña, como colofón do Festival Galego de Cabaré.

Tres años de Anchoas y Tigretones

 

y que cumplas muchos más...

Y todo, todo lo que cabe en un post, en un cuaderno digital, en unos comentarios, en este extraño diálogo asíncrono, en todos los colores de mil pinceles, en idas y venidas, en mudanzas y asentamientos, en tantos días y en los años que llegan. Y en los que se van. Gracias a todos. Aquí seguimos.

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