Anchoas y Tigretones

En un cuaderno Moleskine (28) : jugar (y perder) a las casitas.

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“Sufro de angustia en los parques temáticos. Me agrede y desconcierta esa técnica visión de la diversión perfecta. Las risas descontroladas al subir a una montaña rusa y bajar, ese cronómetro de felicidad inversa, programada, que te venden con el ticket: tiene usted tantas horas y  minutos para descerebrarse, para sacar el espíritu del recreo infantil a deshora, aquel que más molaba porque tenía el sabor de una anarquía efímera. En realidad, puro pesimismo adulto, lo que hace salir mi lado más arácnido, también el de erizo o tortuga, es constatar la amenaza del final, de volver derrotada a atravesar una frontera de prosaísmo.  A la vida escracheada de neumáticos gastados, de inevitables desahucios morales, de riesgos sin primas ni padres que los conforten. Es verdad, todo esto ya lo escribí antes. Quizás sea mejor, entonces, refugiarse en un mundo a escala diminuta. La irritante perfección de las casas de muñecas: alfombritas minúsculas, porcelanas imposibles, sábanas impolutas en camas sin habitante. Ser gobernanta de esa ausencia de excesos, de unas habitaciones orquestadas, ser titiritera de una pequeño guiñol.

Una vez construimos una.  Yo prefería que la burbuja de aislamiento fuese bajo la noche, tapados por la manta, gobernando planetas de piel  y ternura. Pero te veía acodado en el borde de lo que era un jardín de tumbonas pequeñitas,  moviendo desde arriba aquellos muebles de  esquinas imposibles, de tapizados que eran un reto al buen gusto. Me mirabas desde allí y me pedías mi parte en el juego, mover por mover, hablarnos desde la distancia que iba de una esquina de la casa a otra, discutiendo por el argumento imposible de una función que no acababa.  Eran las reglas de un juego elaborado a lo largo del tiempo, con altos y bajos, discutiendo por el peso de los actores, deseando mostrar nuestra voz en medio de la función.  Nos escuchábamos alternativamente: tú dabas una línea, yo respondía. Otras veces iniciaba yo el juego, tú seguías mis palabras, alimentabas mis ficciones, nos callábamos a ratos pensando en cómo sería la vida fuera de un escenario protector. “Estamos bien aquí” me dijiste, poniendo una taza de té en la pequeña mesa de la cocina. Yo asentí, y moví el sofá con mi dedo índice, tapando la puerta del salón.  Y te quedaste callado, viendo cómo yo, por primera vez, tomaba parte en el diseño de la casa. “No quiero la puerta cerrada”-me miraste ceñudo- “No lo está- respondí-solamente hay que mover los muebles, nada está tapando a nada”. Diste un puñetazo furioso contra las paredes y temblaron sin llegar a venirse abajo. Y en ese momento, en un segundo nada más, me quitaste el carnet de habitante del paraíso. Salí de nuevo a la calle con escraches y desahucios, a la soledad de las líneas inconclusas, a seguir viendo cada vez menos cola en el supermercado, a atender las vidas de los otros.  A estar desprotegida de ficciones cálidas.  Al amargo “the end” que no sabes si es “continuará”.

Doy de comer a mis peces. Siguen dando vueltas con sus ojos espantados, con la expresión vacía del que vive tan atónito que es un cruce de borracho y grito de Munch. Y me arrepiento de mantener este parque temático de naturalezas medio vivas, medio muertas. Al menos yo había elegido mi parte de juego. Por lo menos.”

En un cuaderno Moleskine (27) : historias escritas

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Post-it pegado en el cuaderno, en una de las tapas. Esta vez, un párrafo entero, sin ningún tipo de enmienda ni arreglos posteriores:

“El insomnio es una de las mejores escuelas de escritura.  O, tal vez, de las peores: las palabras, que de mañana aparecen tan lisas, tan tersas y diminutas, su negro sobre blanco, tienen por la noche un antojo lejano de armas arrojadizas.  Lo doméstico ha perdido el carácter del ruido, del engranaje de las horas productivas, de todo aquello que burlamos para seguir hacia adelante, las carreras de lo imposible, de lo que nunca llega porque no comienza su fin. Garabatear por la noche, notando las teclas mucho más que dormidas, tiene algo de alquimia exquisita, de acracia y de robo. Me pregunto qué historias comienzan a hilvanarse en un portátil que grita su luz en alguna cocina de algún apartamento. Cambiar la fisonomía y el escenario, eso es.  Recuerdas las primeras líneas sobre una mesa amarilla chillona, los pies colgando de una silla demasiado alta, las ceras Dacs desperdigadas al lado de aquel cestito del pan tan deshecho como las migas que siempre quedaban dentro. Y también cómo pintabas una sonrisa al sol que presidía el dibujo de una casa más alta que los árboles, donde, siempre o casi siempre, había un columpio y una niña con coletas jugando a la cuerda. Y firmabas con orgullo esas historias que siempre eran la misma, y sí, a veces era de noche cuando las dibujabas. O pensabas que era de noche, tan largo había sido el día en sumas y diagramas de Venn, en cambios de cromos (“sipi y nopi”) y en finales de sopa y Cola-Cao.  Más tarde se hacía de noche sobre los folios desordenados y los miles de rotuladores fluorescentes sobre un tablero comprado a medida, como tantos otros tableros de pisos de estudiante. La diferencia era que, mientras en otras cocinas y dormitorios lejanos ya había quien hilvanaba a golpe de sintaxis impaciente sus primeras historias y conclusiones, tú saltabas de la yod cuarta a un nunca bien trabado cuento  o engendro de relato que fuese que contabas.  Y arrugabas papeles en una bola, y en eso consistía la escritura : en tirar las bolas de papel desde el tablero al suelo, para hacer como efecto de escritor atormentado, eso era escribir y nada más, dejarse llevar por lo que creías que contabas y luego rasgar la hoja, hacer una bola, e intentar encestar entre dos libros en la estantería o en el hueco de una zapatilla, como si le hubiese nacido un muñón cuadriculado por azar y obra de la noche.  Y echarle la culpa a la inspiración o a lo que fuese: es que no me sale.  Y así fue pasando el tiempo, las historias crecían en los momentos más inverosímiles, eran restos de paraguas en una papelera los días de temporal. Ese curioso ejército de esqueletos de paraguas, tan parecidos a las historias que no han llegado a ningún lado, que se abandonan en una especie de vacío creativo donde habita todo aquello de lo que se pudo escribir y que fue vencido por la desidia, por el desánimo o por descubrir que las ideas geniales estaban casi todas cogidas, y, generalmente, ya desde hacía mil años.  Lo que estaba impreso que era, y es o eso creías, la literatura de verdad.

Creo que la literatura está llena de insomnio. O de taquicardias más o menos violentas, quién sabe. Sucede, como en tantas otras cosas, que quieres escribir un final que no sea demasiado final, que no sea tan desangelado como el punto y aparte. Porque, por mucho que los buenos “the end” lleguen casi siempre después del mejor momento -me gusta la anagnórisis, soy una clásica-sientes que dejas huérfano a tu ejército de semánticas narrativas, a todos los cafés y cigarrillos que acompañan parte de la peripecia, a todas esas noches de pensar en algo y en nada, de recomenzar y de transgredir. Puede que sea parte de la receta: dejar sobras y congelarlas, pensar en que todas las historias son una y nada más, que están unidas por una hermandad poco definida, que son autónomas pero mimosas, son hijos de cuarenta años que buscan su antiguo hueco en el sofá familiar o en la comida del domingo.

Pero yo creo que todo esto no es exactamente una clase de retórica. Yo no soy escritora. De lo único que, quizás y solamente quizás, pueda hablar un poco es de lo mucho que se parece todo esto a la vida. A la vida insomne.”

Otra forma de felicidad

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(La primera parte de esta historia la escribió Fran Lara y se puede leer  aquí. Gracias)
Salen del supermercado cargados de bolsas, las llevan al coche y las guardan en el maletero. Al sentarse en el asiento de la conductora, ella se mira furtivamente en el retrovisor, adivinando unas indiscretas raíces negras en el pelo, un mal extendido colorete, unas ojeras ya muy familiares. Después de abrocharse el cinturón, localiza el del copiloto y se lo acerca, nunca lo encuentra, siempre hay que  recordarle que tiene que ponérselo. Vive en la luna. Esta mañana no han salido volando de milagro porque él se dejó la cafetera al fuego, empeñado en convertir en escultura contemporánea una pila inmensa de tostadas que pensaba coronar con fresas y nata. Se hartaba de llamarlo al móvil que él jamás entendió, no sabía casi ni descolgarlo, con lo que mucho menos consultar mensajes ni tampoco comprender que el uso de la batería es finito y no recargable solarmente. Olvidaba la cartera, el número secreto del cajero automático, las citas con médicos y con amigos. Tenía miedo a las tormentas y la miraba con carita de Aristogato cuando ella le reprochaba su falta de sentido práctico, el que fuese siempre cantando por la calle, su impulso casi atávico de saltar los charcos y salpicar.  Sus intentos de ordenar por colores los libros de la biblioteca (“es más fácil recordar una cubierta que un título”, decía) y los carteles con dibujos y mensajes por toda la casa. Los bombones bajo la almohada, los besos tibios en la ducha, el calor de un agosto sin salir de la cama y no conocer playa alguna.
Era increíble cómo ella podía pasar de casi esbozar un reproche a saber por qué lo quería tanto. Especialmente cuando, como ahora,  miraba de reojo y lo descubría intentando  escribir en el vaho de la ventanilla al revés, solamente para que ella pudiese reírse un instante, antes de recomenzar la rutina de pensar  en comidas semanales, horarios y planificaciones. Y, sonriendo, puso en la radio del coche el cd que a él sí le hacía siempre reir. Cantando “Mr. Sandman”, en una marea de duduás (y quizás de dudas) salieron del aparcamiento, dirección la vida.

Lectura, erudición (X) : las bibliotecas que nunca tuvimos

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Cosas que pasan en una biblioteca- Ilustración de JimmRugg.com tomada de thisisnthappiness.com)

Yo no sé si se puede hacer un libro de instrucciones de equipajes. Recuerdo a William Hurt en El turista accidental esbozando una arquitectura de la maleta, de los espacios mínimos disponibles, de lo máximo rentable. Cuando una está en un hotel, siempre le apetece arramplar con todos esos botes minúsculos que prometen, bajo la luz de un cuarto de baño inmaculado, una felicidad a escala, un mundo de burbujas exóticas y de aparatejos de medida sofisticación (esas esponjitas para limpiar zapatos en su pequeña caja acartonada o ese kit de emergencia para la costura de botones rebeldes ).  Muchas veces, con el paso de los días, nos abandona el interés por llevárnoslo todo, por conservar esa efímera construcción de lo perfecto con logotipo. Y si algo sobrevive a esta ansiedad bulímica del champú y de los tristes peines de plástico, acaba confinado en un cajón para futuros viajes, para futuros momentos de improvisación, en los que una no acarrea ni conlleva más que sus propias expectativas. Que no es poco.

Dice la lúcida Verónica Lorenzo que construye, con el devenir de los años, una biblioteca que lo es ahora y será futura, ya que es una joven biblioteca para heredar.  Vamos guardando y llenando estanterías con libros deseados, añorados antes de que lleguen a nosotros. Los leemos, algunos salen de casa y  vuelven. Otros, en extraños y necesarios arranques de generosidad, son liberados del escaso orden de las baldas y se van, felices y contentos, emocionados y con un plausible desconcierto, pegados a la gabardina o a la falda del nuevo poseedor. También los hay castigados, sin inaugurar, rebeldes o testigos de un momento en el tiempo y que respiran el propio aire de su discreción. Libros que atraviesan el umbral de casa heridos con la alegría de una dedicatoria, con olores a nuevo y a humedad de tienda de lance y de segunda mano, viajeros desde Cuesta de Moyano y mercadillos en universidades norteamericanas. Pasajeros extraños, habitantes con derecho a pensión completa y música perfecta, eso conformaría un posible guión de  los libros de nuestra vida.  Desde aquella señora Blyton de la que tanto he hablado aquí, pasando por los años airados y veloces de literaturas francesas e italianas, de otras lenguas, de otros planetas literarios hasta esta última dedicatoria que me ha llegado desde Barcelona y que, también a mí, me ha alegrado el día (¡gracias, guapo!).  Todo ese patchwork de colores y formas en papel, de editoriales diversas y reconocidas, son – ¡otra vez Rob Fleming!- casi un paralelo de las bandas sonoras de nuestra vida. Algunos de mis pobres volúmenes están torturados, otros conviven con fotografías y películas en una auténtica pesadilla para Dewey. Pero qué le vamos a hacer, una tiene que tener un punto ácrata en esta pretendida teoría del orden.

Verónica me cuenta que hay algo que su planeta bibliotecario doméstico no refleja y son todos aquellos libros que vivieron como huéspedes pero que habitaban una casa más grande : la biblioteca pública, la muncipal, la universitaria. ¿Qué dirían de nosotros esos historiales de préstamo, qué mujer era yo o qué sentía cuando, por ejemplo, leía a Ian MacEwan o me dejaba llevar fascinada por Roth, Woolf, la señora Munro, Rivas o Bolaño? Autores, todos ellos, que acabaron en mi mundo propio y privado, en estos ya doblados estantes de mi choza, pero que primero fueron préstamos y líneas en un carnet. ¿Tendría mi historial de lectura pública más “guilty pleasures” de los que podría reconocer? Es genial no ser famosa para que todos estos destripes no puedan salir a la luz por mis posibles e improblables hagiógrafos y herederos, ávidos de ponerme a caldo en un suplemento dominical. Volviendo al asunto: ¿Quién se llevaría después de mí alguno de esos volúmenes? Hay algo de desolador al devolver el libro en la biblioteca, algo semejante al “game over” de aquellas maquinitas de marcianos de los años ochenta y en la que tanta pasta me dejé.  ”Adiós, querido libro, ahí te quedas en tu soledad de penumbra bibliotecaria, te llevas una parte de mi vida contigo computable, todo se mide en minutos y horas, en sorpresas, lágrimas y cabreos (alguna que otra vez). Te devuelvo a este mostrador como una dama que envía a su vástago a un estricto internado británico, de esos de llevar pajarita en la cena y calcetines de rombos. Es por tu bien, hijo”. O bien, como despidiendo a un novio fantástico pero de imposible materialización práctica: “No sos vos, soy yo. Es mejor que conozcamos a más gente. Podemos quedar más adelante, en mí siempre tendrás a una amiga”.  O casi mejor, creo que los libros de la biblioteca son como los estudiantes Erasmus que, ajenos a tu vida y costumbres, vienen una temporada a convivir contigo y vuelven a sus propias geografías, felices y distantes, al exotismo de lo diverso que ha sido cotidiano  por un tiempo.

Y no sólo de bibliotecas vive  la mujer lectora : qué sería de nosotros sin todos aquellos que nos llevaron hacia la promiscuidad libresca prestándonos tebeos y volúmenes, alimentando nuestras ganas y ampliándolas, sirviéndonos de tanta ayuda y que formaron, también, parte de las lecturas que custodiamos. Lo que me recomendó tal o cual persona, los gustos de la otra y que yo comparto o aborrezco, todo eso es también parte de la herencia, querida Verónica. Una nube difusa e infinita de pequeños momentos hablando de literatura, de versos, de prosas intensas.  De palimpsestos e hipertextos. De la vida en alfabeto.

Y yo, es cierto, he comenzado este post hablando de maletas y de pequeños botes de gel y colonia fugitivos, de huéspedes fugaces. Son hermosos así, en su pequeña estructura perfecta, en su no quedarse para siempre, en constituir un recuerdo breve y escaso de un hermoso viaje. Como una mirada o el perfume de un transeúnte, eso dejan en nosotros los libros de los otros o los que son de todos, los que viven en esos infinitos depósitos de bibliotecas : una presencia impactante por efímera, siendo ya desde el principio recuerdos de recuerdos de otros, mitad nostalgia y mitad fantasma.  Y a veces, como creo recordar que decía la escritora Virginia, es más difícil matar a un fantasma que a una realidad.

(De lo que pienso de las bibliotecas, de su necesidad y de la construcción de la casa de lectura de todos, hablé aquí)

En un cuaderno Moleskine (26): murciélagos y pajaritos

Leo en el cuaderno:

“No, lo de hoy no son desvaríos teóricos. Lo de hoy es un poco lo de siempre, lo de nunca. Pocas conclusiones, mucho retazo y apunte, ese calor de la línea que te lleva a seguir hacia adelante, sentirte un poco hamster en tu jaula de círculos viciosamente concéntricos, en esa nada desaprendida, en el devenir plegado como papiroflexia que hace coincidir lunes, martes, la x en el medio, el jueves, el viernes y la tregua de un fin de semana que es más bien una excusa para no rellenar los cacitos de plástico del alpiste y el agua.  Leo cosas, fumo cigarros, tomo autobuses y cambio bombonas de butano.  Dos días a la semana castigo mis grasas con un ejercicio medido y metódico, de cincuenta minutos. Cocino y friego platos. Amo en alto y en silencio. Y, sobre todo, cierro los ojos para escuchar una voz que es para mí la única. Enlato recuerdos y congelo lentejas cocinadas lentamente. Y leo cosas. Sobre todo, leo lo que no leo, lo que no está en algunos textos, están por encima, por debajo o en el post-it de las neveras de otros. Lo que lees de soslayo, lo submarino, hace que entres mucho más de golpe en una casa que es la tuya.

Yo he empezado a leer a Robert Stone, Hijos de la luz. Y me quedo quietecita, como haciendo unos deberes urgentes de melancólico recuerdo angelino, de alcohol y alguna que otra lisergia diferente, pero también de amores sepultados, de un dramatismo vehemente a veces y contenido otros, de olor a habitación cerrada y resacas con sol abrasador afuera (¿hay algo más horriblemente incómodo que estar pasado de vueltas queriendo no salir de tu habitación y saber que el mundo rueda bajo un sol de justicia en un indefinido “ahí afuera”?).  Y amores, y cosas que no cuento porque ojalá leáis esta novela y ojalá os deslicéis por esta prosa. Y llego a un momento en que Walker (que me encanta ese nombre, pardiez) habla del juego de Murciélagos y Pajaritos, al que jugaba con alguien que es, creo, el auténtico personaje de la novela, esta que leo y que aún no he terminado.  Si aguantas con la cabeza intacta, sin derrumbarte, una mala noche hasta que canten los pájaros, eso es Pajaritos. Si no, es Murciélagos. Básicamente es así, aguantar sin que te pete la cabeza. Nosotros, de niños, teníamos un juego al que llamábamos “Lo peor”. Se trataba de ir diciendo barbaridades, una tras otra, a cuál más escatológica y cruel, crueldad infantil, amoralidad baja en calorías y en años, hasta que a alguien le atacaba  no sé si decir la sensatez o el pánico, el susto o el temor a algún improbable castigo divino, o, incluso, el miedo al propio yo. Y esto, el miedo al yo, el reivindicarte como bomba de relojería-pero sin performance Bukowski- es lo que más me gusta de lo que leo de Stone. El saber que uno puede venir ya extraviado de fábrica, que tu capacidad de joderte la vida es autónoma y real, pero que a veces ya has pasado, aceleradísimo,  algo más que una noche viajera.  Yo estoy pasando una época en que pido pajaritos, pero todo a mi alrededor pide murciélagos.  Y casi me dan ganas de balancearme cabeza abajo en una cueva.

Pero hemos comenzado diciendo que leemos un poquito en diagonal y es cierto: somos de paratextos o de cosas que no están dentro. Y mi escasa disciplina como lectora hace que nunca lea antes las reseñas ni nada de nada, me voy al tomate directamente y lo demás ya vendrá en otro momento. Y claro, a mí Stone me recordaba a alguien sin recordármelo. Y esta vaga idea estuvo flotando en mi lectura un rato, sin más, hasta que cierro de golpe el libro y, buscando algo para señalar me digo: la solapa, la solapa siempre está ahí. Y voilà, la música del azar azaroso. Robert Stone fue alumno de Wallace Stegner en Stanford. Stegner, delicado e incisivo como una lámina de cristal, exquisito y melancólico, exacto, certero y con un torbellino contenido en su prosa. Tan diferentes y tan cercanos.  No sé cómo serán las escuelas de escritura creativa. No tengo ni idea de las influencias o de las recetas. Pero es extraordinario que se me parezcan tanto, sin parecerse en nada, dos autores tan diferentes.  Como los murciélagos y los pajaritos, por ejemplo.”

Robert Stone Hijos de la luz .Traducción de Inga Pellisa. Libros del Silencio, 2013

Wallace Stegner En lugar seguro .Traducción de Fernando González. Libros del Asteroide, 2009.

To blog or not to blog

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Daria, esa nerdy…
Imagen tomada de nerdcast.net.

Para Fran Lara

Las líneas en un blog puede que no sirvan de nada. ¿Es un blog un auténtico diario? ¿Es un registro de realidades o de imposturas? ¿Hay una ficción coherente, se encuentra una voz, se materializan esos dietarios, ese “diario ínfimo” del que hablaba Umberto Eco? ¿Por qué inauguramos espacios con nombres y fotografías, contestamos comentarios, desperdigamos algún que otro desencuentro, abrimos los grifos de la polémica, el canal de Panamá de la exhibición, la puerta señalada con una equis enorme de los malentendidos? No tengo una respuesta, quizás porque sí, simplemente.  Los juntaletras pueden ser todos narcisistas y autocomplacientes, es posible. Las líneas escritas, sean con una pluma muy decimonónica o con la sintaxis desconocida de los htmls, está ahí para rehacerse en un nueva creación, con recepciones e interpretaciones abiertas, tantas como lectores.  En lo que se escribe dentro de una pantalla, para ser leído allí, lo es quizás también para que se deconstruya con semánticas totalmente ajenas al ser recuperadas, sin contexto y de forma aleatoria, por un buscador de internet.  Una vez que salen de aquí, las palabras, los sentidos, fluyen y se multiplican. O se quedan en nada si no encuentran receptores. Sobrecoge un poco pensar en la orfandad de miles de palabras hiladas sobre un lienzo digital, perdidas en una vorágine extraña, pasando por tamices y embudos, diluyéndose sin remedio, sufriendo las metamorfosis de la reinterpretación y la pérdida de sentido original (el autor, oh, el autor).  Pero es un principio de la teoría literaria, y como ya he dicho muchas veces, los teóricos, qué duda cabe, se ponen más estupendos que los blogueros. Porque ellos lo valen, eso sí.

Cuando una reflexiona sobre estas cuestiones es inevitable, como parte implicada, pretender justificarse o, incluso, defenderse. ¿De qué? ¿Tenemos que establecer baremos de lo más o menos narciso, de lo más o menos autocomplaciente? ¿Más o menos que liarse en una red social a construir un personaje de vida excitante y supercool  casi siempre a partir de lo que no eres tú: tus hijos, tu comida, tu viaje? ¿Es más o menos legítima tal o cuál máscara, esta o aquella construcción? ¿Eres más o menos insegura o necesitas más o menos el refrendo popular que los tuiteros de cabecera, los temidos, los odiados, los venerados, los gurús? ¿Eres una nerdy un poco trapalleira o es que no tienes dónde contar estas chorradas? Pero tú, bonita, ¿quién te crees que eres escribiendo esas cosas y dándolas al mundo? ¡Pero si no te lee nadie, si nadie te conoce! ¿Te merece la pena seguir ahí, ver cómo caen tus visitas, tus comentarios, tus menciones? Y además, si lo hicieses tan bien, escribirías otras cosas, ¿no? ¡Deja de ser una escritora de juguete y escribe una novela de una maldita vez, que te pongan bien a parir y ya verás cómo se te quitan las ganas y la tontería esta de la escriturita digitalita!  (Todo este párrafo anterior yo lo imagino poniendo yo carita de Oliver Twist alargando el cuenco y pidiendo más comida, recibiendo la respuesta que todo el mundo sabe y que no vamos a repetir. Mezclando un poco, conviene poner cara de tontaina pasivo agresivo y decir, también, lo que ya todo el mundo sabe: I would prefer not to. Y sublimar la pastichada, que para eso esto es un blog).

¿A qué viene todo esto a cuento? Pues a que, pensando mucho sobre el tipo de lectura que hacemos en el mundo digital, un blog sí puede ser muchas cosas además de un pretendido y gratuito autobombo (si es que lo es, que yo, personalmente y en fase expansiva, digo que no). Nace y crece, se reproduce e, inevitablemente, muere: pero cuando a ti te da la gana, no cuando cambia la política de una plataforma o de una red (Lorena Fernández, Honorio Penadés, os devuelvo la pelota aquí :-) ). Puede ser un espacio de debate, de conocimiento colectivo, de creación, de diarios y de semanales. También, es cierto, puede ser uno de los múltiples lugares en los que se refugian algunos mamporreros. Pero hay muchos más mamporros, y no gratis, en la prensa tanto del régimen como del movimiento, así, en minúsculas.  Yo es que hago esto, qué le vamos a hacer. Y me paseo por los barrios digitales porque de ellos aprendo mucho, o no, simplemente me divierto, que no me parece ninguna simpleza. Y muchos, muchísimos, cuadernos de la red forman parte de mi historia, no solamente aquí, sino allí y allá, de este lado y del otro, de lo que empieza en la pantalla y en lo que termina.  Y echo de menos-y esto, Fran, sabes que es para ti-la escritura de muchos blogueros a los que he leído con admiración y respeto. Y que, sin duda alguna, forman parte de mi minúscula historia en la red, a los que sigo y añoro. Y que, ojalá, vuelvan.

Hoy es 14 de abril. Viva la República Independiente de los Blogs.

Lectura, erudición (IX) : Eugenides y las llamadas mafias de Yale

derrida

Derrida bodybuilder. Tomada de I love tipography.

Cuando una piensa volver al mundo académico y, para alejar esos fantasmas, esa suerte de suplicio de Tántalo pero al revés, tiene mil novelas encima de la mesa; de repente se enciende una bombilla como en los dibujos animados o, más bien, la divina música del azar me toca en la punta de la nariz. Como me he vuelto huraña (las malas compañías), mucho más selectiva y me satura tanta visión del Apocalipsis y tanto fraseo en diagonal, me da la gana de ponerme todo lo pedante que quiero, que para eso el blog es mío.  Y me apetece regodearme en párrafos y escrituras ajenos- y tan lejanos, qué bien escribe este hombre- que recuerdan y traen párrafos vitales propios.  De decisiones alejadas en el tiempo pero que conformaron el poder leer algunas cosas tronchándose de risa, reconociéndose en el humor y en otras cosas.

Los teóricos de la literatura son (¿somos? ¿éramos?) la repera. Además de ser unos cachondos, su beligerancia no tiene fin. Recuerdo a Terry Eagleton llamando a Derrida & friends “la mafia de Yale” en una conferencia. No voy a entrar en eso porque ya bastante tengo en escapar de las minas antilorena que andan por mi mundo. Pero empezar La trama nupcial de Jeffrey Eugenides , solamente el comienzo, ya es de partirse de risa. Teóricos de la literatura, mírense, por amor de Dios y por el bien de la Humanidad, en el espejo del callejón del Gato.

Primera cita, en la frente, claro:

” Los problemas amorosos de Madeleine habían dado comienzo cuando la teoría francesa que a la sazón estaba estudiando deconstruía la noción misma del amor. “Semiótica 211″ era un seminario avanzado impartido por un antiguo renegado del departamento de Lengua.  Michael Zipperstein había llegado a Brown treinta y dos años atrás en calidad de miembro de la Nueva Crítica. Había inculcado el hábito de la lectura minuciosa y de la interpretación al margen de los aspectos biográficos a tres generaciones de estudiantes antes de emprender su Camino de Damasco sabático en París, en 1975, donde había conocido a Roland Barthes en una cena y -mientras daba cuenta de una cassoulet- se había convertido a su fe. Ahora Zipperstein enseñaba  dos cursos en el Programa de Estudios Semióticos que acababa de crearse: Introducción a la Teoría Semiótica (en otoño) y Semiótica 211 (en primavera). (…) Además de todos los grandes-Derrida, Eco, Barthes-, los estudiantes de Semiótica 211 tenían que verse con todo un revoltijo del ecturas de reserva en el que entraba desde Sarrasine de Balzac, a números de Semiotexte y a pasajes fotocopiados de E.M. Cioran, Robert Walser, Claude Lévi-Strauss, Peter Handke y Carl Van Vechten. (…)

Segunda cita, de derechazo:

“Su catalogación de las posesiones de la familia era tan exhaustiva que habría podido competir con el sistema Dewey de clasificación bibliotecaria”.

Tercera, para remitir a las autobiografías pertinentes:

“La universidad no era como el mundo real. En el mundo real la gente mencionaba nombres en razón de su celebridad. En la universidad se mencionaban nombres en función de su oscuridad. Así, en las semanas que siguieron a su encuentro en la cocina con Whitney, Madeleine empezó a oir mencionar a “Derrida”. A oír mencionar a “Lyotard” y  a “Foucault” y a “Deleuze” y a “Baudrillard”. El hecho de que la mayoría de quienes los mencionaban fueran el tipo de gente que a Madeleine instintivamente le disgustaba- jovencitos de clase media alta que calzaban Doc Martens y exhibían símbolos anarquistas-hizo que Madeleine dudara del valor de tales entusiasmos. “

Cuarta, para un recuerdo de sufrimientos y el inicio de muchas pasiones:

“Zipperstein asignaba cada semana un libro de teoría (intimidador) y una pieza literaria.. Los emparejamientos eran extraños, si no abiertamente arbitrarios. (¿Qué tenía que ver, por ejemplo, Escritos sobre lingüística general, de Saussure, con La subasta del lote 49 de Pynchon”)?

Podría seguir hasta el infinito, pero solamente voy por la página 50 y ya es un festín. Inolvidables las descripciones de los alumnos, de la sublimación de la fascinación por lo lóbrego y deprimente (ese Thurston, por favor, que sea un personaje principal, es flipante).Y oh, no, no pondré el número de página donde está cada cita ni nada por el estilo.  Porque como dice uno de los personajes, con la mala baba del autor implícito, “yo sostengo, como Barthes, que el acto de escribir es, en sí mismo una ficcionalización, por mucho que utilice hechos reales”.

Todo esto y mucho más en La trama nupcial de Jeffrey Eugenides. Anagrama, 2013.

Mayúsculas /minúsculas

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MAYÚSCULAS (escrito en minúsculas): el resbalón de los mil principios, el viento en tu flequillo, la piel, el nudo, el caracol desperezándose, la salsa de tomate en la nevera, los círculos de fuego, abrirse en canal, guardarse las reservas, gastarse sin tasa las ganas, ser responsable y no ser insípido, ser atolondrada y no pensar, las anclas en el fondo del mar, las carcajadas y las protestas, los labios hundidos en los cristales del tiempo, las ecuaciones sin solución, la mentira de la matemática, la  paradoja de la filología, el hambre y la sed, los otros horizontes, la escuadra y el cartabón que delimitan el territorio, los carteles de “no pasar”, el miedo y la confianza, el querer y el acojonarse, la vida, la luz, la lámpara rota, las dos vidas, la una vida, las voces y algunos ámbitos, la cerveza en primavera y el chocolate en invierno, las mantas casi nunca, las pieles boca arriba, ser piel roja, ser tu piel, ser ambigua y poco clara, ser infinito y no quedarse, ser novelas y ser cine, concebir pentagramas que nadan a mariposa en la piscina, las groupies y los moscones, las voces, los ecos, las ampollas del futuro, los rencores del presente, los miedos y las valentías desde el trampolín, desahuciarme de de tu biografía, despedirme sin inventarios, escrachearte y tatuar alguna verdad sin importancia.

Minúsculas (escrito en pequeñito) : todo lo demás.

Domingo entre domingos

Reading, vintage

Foto, sin créditos, tomada de calliope-books.blogspot.com

Para F, porque es domingo.

Si te gusta emborronar papeles y paredes no suelen gustarte los domingos. Si acampas entre las líneas que escoge alguien, pretendiendo quedarte, el domingo es la comida a deshora, los pasteles después de misa, la quintaesencia de lo provinciano, de lo rutinario sin ruido, de todo lo que cuando aún tenías impaciencia juvenil pensabas que terminaba así, rápidamente, al apagar más velas de las que caben en una tarta razonable. El domingo es el día sin tiendas, el paseo del horario interrumpido de un eterno estudiante, es un paisaje de posguerra y gabardinas. Es también un cine un poco triste, la película que vas a ver para olvidar que es, precisamente, domingo, y que te carga finalmente de mayor spleen imposible al salir y ver que sí, que nace la angustia del lunes anidada en un día que no se disfruta. Los domingos no son nada hipsters, no molan. No tiene el domingo la audacia infinita del lunes, el alcanzar esa genial colina de la hamburguesa que se perfila en el miércoles, tampoco es la promesa del Friday I¡m in love.. Es un día que está porque tiene que estar. Despojado de su lozanía, es un día para casa y conflictos, para discutir en plan matrimonio de Bergman.  Para comer pizza congelada sin peinar después de noches de resacas, es día de despertarse lejos y tarde. No sé si queda claro: el domingo me descorazona y me llena de angustias infinitas ¿por qué no ha sucedido esto en el fin de semana? ¿por qué se me han quedado en el tintero, o lo que es peor, en las ganas, tanta piel lejana? . En el domingo es cuando me veo más gastados los bolsillos por dentro y por fuera, cuando pierdo por completo la fe-qué paradoja tan poco dominical-en los futuros ya de por sí improbables. El domingo es una mala y clásica madrastra. Me lo espero al abrir la puerta, con su bata de boatiné y su rodillo de amasar, dándome alaridos con un fondo de la “Cena recalentada” de Golpes Bajos.

Y luego te reconcilias con el domingo. Porque empieza a ser un día que le has ganado al tiempo acelerado de la semana. Y en el que hay rutinas que adoras. A lo mejor porque el lunes tienes a dónde ir y también a dónde volver. A pesar de que el tiempo devore esa tarde que se promete siempre infinita y que es como las tallas de las tiendas de adolescentes: siempre más corto que en la percha. Hoy es Domingo de Ramos, ese domingo entre domingos. Ya no estreno un vestido bordado por mi abuela, ya no voy a que bendigan el ramo que compraba mi madre. Casi no veo niños por la calle-ya no hay domingos endomingados, solamente tiendas que abren veintimiles horas, precisamente, para conjurar ese séptimo día de finiquitos-que no vayan a otorgar a este día otro conjuro para evitarse a sí mismos.

Y me acuerdo del mejor cuento de Domingo de Ramos que he leído nunca; es más, uno de los cuentos más trágicamente hermosos del mundo : “El amigo” de Ana María Matute. Y lo encuentro en casa de mis padres, en aquella colección entre amarilla y naranja de RTV que poblaba las estanterías de mi casa y las de mis amigos hace ya un millón de años.  La trágica belleza dominical de la prosa de la señora Matute. Esos niños solitarios, con los que tanto tenías en común aunque fueses de pandillas y juegos gregarios.  Niños que trasladan ese mundo adulto a una escala razonable, tiernos y crueles, absurdos y surreales por momentos, tan parte de ti como la infancia que arrastras. Niños en domingo, creo que no puede existir algo más melancólico.

En un cuaderno Moleskine (25): en el crudo invierno

paininmyheart-lonelyplanetgirl

Pain in my heart by lonelyplanetgirl.deviantart.com

En la agenda del 2013, al principio, en ese lugar reservado para las vacunas y las recetas, leo:

“Despreciábamos el invierno. Sí, y no porque no nos gustase caminar bajo una lluvia persistente, con el viento de cara, saltando de charco en charco y tirando porque nos tocaba. Despreciábamos el invierno por todo aquello que tenía de bagaje íntimo y absurdo, de equipaje sentimental, tan de Chopin en Mallorca, tan de lugares sin mapas ni herramientas. Despreciábamos el invierno porque no nos permitía tender puentes sobre ríos helados, aquellos que veíamos en el cine y que, un buen día de sinceridades y taquicardias, decidimos despejar para siempre. Tú habías construido tu fuerte de Comansi a un lado, te vestías de vaquero con chapa de sheriff y pistolas. Yo te daba la espalda como todas aquellas reinas altivas y fuertes a las que nunca encerraría un Barba Azul.  Entre castillos y fuertes, negando la cercanía y observándonos de refilón, pasamos el primer invierno. Despreciándolo : el desorden orgánico es el del verano, es la anarquía infinita que preludia el orden de cajones en septiembre, las novedades y los horarios. No era el caso. Yo quería escurrirme entre aquellas líneas que escribías sin parar, las que te venían a la cabeza -como contabas en esas largas cartas, entregadas y displicentes que tenías a bien dirigirme- en cualquier momento y sin buscarlas: llevabas una chistera llena de historias, las guardabas, me contabas un poco, yo me moría de envidia. Quería poder inventar todo, mirar la nieve derritiéndose sobre el puente, así, en el invierno y comerme a bocados la narrativa, ser capaz de dibujar tantos mundos que no me cupiesen los planetas, saber que eran empíricos y absolutos, únicos y plurales, de ti y de mí. Mucho tiempo después, casi en verano, tú me confesabas las ganas que tenías de mudarte a mis sílabas, de hacerme muchas trampas al Scrabble, de, quizás, comer una y contar veinte, o al revés ; que los factores y productos nos importaron siempre poco, nosotros tan de palabras y versos, tan de la literaria música de Philip Larkin.  Y enredándonos en líneas infinitas fuimos dejando pasar las estaciones, oscilando entre avanzar y replegarnos, queriendo tener más cuanto menos podíamos darnos. Yo, que te exigía tanto. Tú, que no soltabas lastre. Yo, que te echaba de menos, aún antes de aprenderte. Tú, que me dabas todo lo que no veía. Nosotros, que podíamos dibujarnos de memoria y con ojos cerrados, tanto era lo que teníamos, tan vacíos los bolsillos del futuro.

Mucho antes de atravesar el umbral la casa ya era tuya. Yo ya estaba en los recuerdos de lo que no había sucedido. Tú también, saltando entre pluscuamperfectos e hipótesis. Cuando intercambiamos miradas partíamos ya de unas tablas previas a la partida. Para qué negarse. Para qué huirse si te enredabas en las ganas de todo y yo en las de nada. Apartando el realismo, los tableros, las fichas y las posibilidades de jugadas, decidimos quedarnos el uno en el otro. Y que la nieve, lejos, cerca, o donde quisiera quedarse, hiciese de su vida lo que le diese la gana. Y nos gustó el chapuzón inmediato en la primera piscina del verano.”

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