Anchoas y Tigretones

Una corona de muérdago con un lazo escocés rojo (anticuento de Navidad)

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The Chistmas story by Jim the Photographer on flickr with cc license (attribution)

Como diría la señora Munro, esto no es un cuento, es la vida. Ahí va:

Los veía pocas veces. Ese pequeño descansillo entre los cuatro apartamentos- A,B,C,D-no daba más que para conversaciones de resistencia. Los buenos días, o tardes, la lluvia impenitente, el sol tímido que ya nos visita, qué bien. El sol  y los vecinos, la lluvia y los vecinos, las noticias de ascensor (sin ascensor) y los vecinos. A veces, la extraña geometría del pensamiento al subir unas escaleras te lleva a pensar en cómo sería vivir en el A, en el B, en el C. El azar me había adjudicado el D. “D de Dinamarca”, decía, cuando  daba la dirección de  casa por teléfono y siempre hay que repetir el nombre de la calle, extraño y ajeno para aquellos que no lo llevaban en una línea del DNI. Letra D de Dinamarca. Nunca supe si, de habeme adjudicado ese azar la letra C de casa, o la B de Barcelona, la vida habría sido distinta  con esa diferente perspectiva sobre el río a través de las ventanas, en la disposición simétrica-pero desconocida-de la cocina y la sala. ¿Si yo viviese en el B de Barcelona y viese los árboles del paseo me sentiría mejor o peor esta mañana? ¿Cómo sería el desayuno con la luz del B o el A sobre los muebles, una luz iluminando otros colores, otras pilas de libros, quizás otras horrorosas figuras de regalo de boda, otros dibujos infantiles con imán en la nevera?. Las pocas ocasiones en las que una se asoma al interior de  las “otras letras” del rellano – alguna teja voladora de la que hablar en la reunión de la comunidad, algún problema con la antena de la TDT ( el máximo concepto de solidaridad vecinal) o la maldita cerradura del portal, que no abre y que si alguien le puede dejar hacer una copia de esa llave diabólica; en esas ocasiones, digo, antes que en cualquier ropaje o decorado, la primera impresión era qué distinto olía todo. A comidas desconocidas, a cera de parquet, quizás algún ambientador de botellón. Olores, arquitecturas, diferencias. Un planeta entero en el limitado abecedario que iba de la A a la D multiplicado por cuatro alturas. Un mundo, un planeta, un caleidoscopio. Perec, como casi siempre.

Decía al principio que los veía poco. ¿A quién? A la pareja de enfrente, a los del C. Matrimonio, mediana edad, un niño tímido y sonriente al que, en el curso de los años te has cruzado en la escalera y has visto cómo pasaba de la raya al lado apuntalada con colonia familiar a granel-otro clásico-al peinado un tanto emo y  cazadora de cuero. Que sigue sonriendo pero con menos intensidad. Que dice su buenos días apresurado y casi de vuelta de todo…lo que pasa en los años en los que vas a ser soberbio por la impenitencia de la biología. Un niño ya no niño, hijo único de un señor cortés, fornido y apacible, y una señora discreta y dulce, con un pelo muy cortito y a la que llamábamos “la madre de Mafalda” por lo mucho que se parecían. Saludaban con una sonrisa al verlos por el paseo, siempre del brazo, o al coincidir tomando un vino en uno de los bares del barrio. Juntos y conversando : una buena imagen.

Pero volvamos, en este tercer párrafo, a hablar de las puertas cerradas en los rellanos. Todas iguales por fuera, uniformadas por el presupuesto de un constructor. Solamente cambiaban en un momento del año, el de ahora, el de las comilonas y las nostalgias, el de los anuncios de juguetes y la pagana promesa de un año en blanco, en las que todos pensamos que existen familias Hollister que no se pelean y no sacan lo peor de sí mismas. Donde partimos de la base de que todo el mundo tiene algo que celebrar. En esos días, digo, algunas puertas lucen casitas nevadas colgando, Papanoeles orondos que penden de un hilo (qué contradicción), letreros casi vintage de “Felices fiestas” y “Bo Nadal”. Otros, más sobrios o más escépticos, colgamos una silueta de un árbol de Navidad, casi avergonzados de hacerlo, como si nos rindiésemos a la euforia infantil y negásemos la displicencia.

La puerta del C me encantaba a partir del puente de la Constitución o de la Inmaculada, que eso va en gustos. Me encantaba porque colgaban algo muy sobrio pero hermoso: una pequeña corona de muérdago con un lazo rojo escocés. Nada más. Ya sé que no es excesivamente original, pero tenía el tamaño perfecto, los colores vivos, era concisa y elegante, era, en resumidas cuentas, una buena corona de muérdago con un lazo escocés rojo. Ese era su cometido en el mundo.  Y cuando mis casi invisibles vecinos colgaban su corona, yo abría la veda y empezaba con mis velas y Nacimientos en casa, con toda la horterada kistsch que me acompaña desde niña y que adoro. Pero siempre envidié esa corona, vaya por Dios, no he visto y eso que he buscado, mirado y remirado, una corona igual. Es imposible: es la de ellos, no hay otra. Y pasaba el día de Reyes y desaparecía. Recogíamos todos la impedimenta y nos marchábamos a nuestra cuesta de enero y a nuestras decepciones posibles.

Pasaban los meses, y una veía, sin ver, la puerta de enfrente. Yo estaba entonces envuelta en la tiranía del horario del opositor, en la cuerda floja del que trabaja y estudia, del que se ha impuesto una disciplina aislada, fuera de la toxicidad de competitivos y agoreros. Pasaban, como digo, los meses sin más, con mis estudios y mis escrituras, con mis madrugones y mis amigos, con mi amor lejos y cerca. Y pasaban cosas, claro.  De repente, se iba la luz en una zona del edificio. O cambiaban, sin avisar, la llave de los trasteros. Y llamé,en una de estas, a la puerta de los vecinos amables y sencillos. Me abrió la puerta una mujer que se parecía, a distancia, a aquella madre de Mafalda que yo veía  pasear del brazo de su marido. Desmejorada, muy delgada y débil, pero sonriendo. Y con un pañuelo de colores, a modo de turbante, en la cabeza. No soy capaz de recordar lo que dije, pero sí lo que no le dije. No dije, y me siento una cobarde de mierda, que estaba enfrente para lo que necesitase. Que sabía hacer recados y que sabía lo que era esto. Que se sale. Y que no era invisible. No fui capaz, creo. Balbuceé tonterías torpes y tópicos y me fui.  La vi varias veces en el paseo, acerté a musitar un “¿Cómo estás?” banal y absurdo.  Y, pasando los días y las noches, empecé a echarlos de menos cuando veía el felpudo de la puerta levantado  tras la limpieza semanal de las escaleras, levantado y sin colocar de nuevo en horizontal, como hacemos al volver a casa los habitantes de este hormiguero-dormitorio.

Terminé mis encierros, exámenes, celebré cumpleaños,viajes y aventuras, cambié muebles de casa. La puerta de enfrente permanecía con su felpudo levantado, con su silencio plomizo, con la tristeza propia del egoísmo de la chica de enfrente, que no fue capaz de decir algo más que “¿cómo estás?”. Y casi quieres olvidar que eres una cretina cuando te piden que cambies tu estatus en el Facebook, por ejemplo, para apoyar a los enfermos de esto y de lo otro, cuando denuncias la soledad e incomunicación, cuando hablas del vacío solitario. Ni que decir tiene que llegó otro puente de la Inmaculada o Constitución- repito, esto va en gustos-y nada se movió en aquella casa. Eché de menos la corona de tantos años, la imagen de la familia saliendo con maletas antes de fin de año como les había visto alguna vez, el niño “ya no niño” sonriente, con su carpeta de chico de instituto e Ipod en las orejas. Todo seguía igual.

En la última reunión de la comunidad me encontré al hombre fornido y amable. Solo. Ya imagináis. Se habían ido a vivir fuera con la esperanza de un tratamiento. No hubo suerte y él volvía a esta casa ,antes compartida,viudo, con un hijo ahora huraño y melancólico, con sus ojos llenos de lágrimas pero enfrentando la rutina. Lo abracé y le dije que lo sentía muchísimo.  Miraba hacia abajo con la resignación y la tristeza de la pérdida de la compañera, de la visión del sufrimiento inútil, de la desolación. Yo, que soy tan absurda en casi todo lo que hago, siempre imagino el paso del tiempo como un Sísifo capullo y cabrón que te devuelve a veces al punto de partida, pero que llevas algo en los bolsillos. Quise pensar ese futuro para este hombre fuertote y para su hijo dulce y melancólico, quizás para sentirme mejor, quizás porque mi deseo es auténtico y legítimo.  Ese tiempo que pasa con lentitud cuando intentamos salir de la pérdida y del recuerdo, que es tan rápido en los helados del verano, que no sentimos de ningún modo cuando nos bloquea la incertidumbre. El paso del tiempo, tan necesario, tan de naftalina y jerseys que quedan pequeños, tan decepcionante y tan sorprendente.

Hoy he vuelto a ver la corona de muérdago con un lazo escocés rojo colgada de la puerta de mis vecinos. Me siento bien y en casa.

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6 pensamientos en “Una corona de muérdago con un lazo escocés rojo (anticuento de Navidad)

  1. O tempo non é que pase e que nos arrastra co el.
    De todas formas, boas festas !.

  2. El papel fue impreso en Gráficas Llanos, aunque el señor Llanos no empezó su negocio como impresor. El señor Llanos se acababa de casar y en un bajo de la misma calle donde vivía montó una pequeña librería y papelería para los chicos del barrio. En poco tiempo se vio que el señor Llanos no podría ganarse el pan con aquello, apenas vendía para cubrir los gastos del alquiler, y las estanterías se fueron viendo cada vez más y más vacías. Pero había algo que sí funcionaba en la tienda del señor Llanos. El suyo era uno de los pocos sitios en los que por aquel entonces había una fotocopiadora y todo el mundo acudía allí cuando la necesitaba. Así que el señor Llanos compró otra fotocopiadora y comenzó fotocopiar apuntes y a imprimir trabajos de universitarios encuadernados con gusanillo. Pronto todas las tesis se imprimían en su establecimiento. Todo el que necesitaba un trabajo impreso se acordaba de la tienda del señor Llanos. Entonces compró más fotocopiadoras y un local más grande. En poco tiempo estaba dando trabajo a todos los chavales del barrio que en un principio no habían ido a su papelería a comprar reglas, folios y mapas mudos. El señor Llanos tuvo dos hijas muy delgadas y un hijo muy gordo que parecían miembros de la realeza, su negocio se expandió desde tarjetas de visita hasta tarjetones de boda, se convirtió en el impresor más importante de la ciudad, se retiró y dejó la empresa de sus delgadísimas hijas y al gordo de su hijo. El fantasma de las Navidades pasadas tuvo un final feliz.

    La mujer siempre había soñado con regentar una librería, pero el destino no le había sonreído. Su padre había considerado abrir una que ella siempre se vio heredando en sus sueños, pero al buen señor le pareció una vida demasiado llena de penalidades y de zozobra, y pasados los cuarenta se empeñó en prepararse unas oposiciones a celador de la Seguridad Social que aprobó heroicamente a la primera. La mujer creció entre batines blancos, mostradores y listas de espera, se enamoró del chico más guapo de su instituto y antes de cumplir los veintidós ya se habían casado. Luego estudió duro, acabó medicina y consiguió un puesto como alergóloga que le permitió vivir con comodidad. Se compró un coche y empezó a pagar el préstamo para un piso pequeño y coqueto en el centro de la ciudad, muy cerca del hospital donde trabajaba. También tuvo un guapo hijo con su guapo marido. Un marido que nunca mantuvo un trabajo, que se aprovechó de ella para vivir sin dar ni golpe y que le engañó con todo tipo de mujeres y algún hombre. Ella lo soportó todo por amor, oponiendo más esfuerzo a la irresponsabilidad de él. Ahora, cuando lo ha sorprendido en su propia cama con una mujer a la que reconoce como la madre de uno de los compañeros de su hijo, sólo se ha dado la vuelta y se ha marchado en silencio sin escuchar las torpes y atropelladas explicaciones que él intenta darle. Al subir al coche ve el papel sujeto por el limpiaparabrisas, pero no se para a quitarlo. Sólo conduce muy rápido por la autopista, riéndose al darse cuenta de lo tonta que ha sido, pero a la vez aliviada por el enorme peso que se quita de encima. Sabe que su vida a partir de este momento sólo le pertenecerá a ella. El fantasma de las Navidades presentes tiene un final feliz.

    El niño disfruta de su primer fin de semana antes de las vacaciones de Navidad. Aunque hace fresco la mañana es soleada y ha salido a corretear por los alrededores de su casa. Agita un palo en el aire imaginando que dirige un ejército de piratas a un abordaje. Luego lo sustituye por uno más grueso y con él golpea un muro de rocas que encuentra a su paso. Se siente como un hombre primitivo que vio en una película una vez. Se lanza a trepar por el muro mientras se ve como un soldado medieval escalando un castillo. El niño siempre está solo, siempre juega solo, y siempre imagina aventuras. Su padre es transportista en una empresa de refrigeración industrial y a menudo está fuera. Su madre limpia en varias casas y cuida de un par de ancianos. Ambos lo adoran, pero sólo tienen tiempo para salir adelante sin florituras. En el piso que habitan en las afueras de la ciudad, cerca de la autopista, el niño sueña con vivir aventuras maravillosas. Con ser capturado por los indios y escaparse, con descubrir civilizaciones perdidas, con sobrevivir a naufragios. Sueña con que un día escribirá todas esas historias que imagina y que todo el mundo las leerá y la vida de sus lectores será, mientras leen lo que él ha escrito, tan feliz como lo es él al inventarlas. Los coches corren por la autopista con ruido sordo y él les grita como si fueran animales salvajes que necesitase cazar. Del parabrisas de uno de ellos sale un papel revoloteando, agitándose en el aire como un saludo lejano. El niño ve en ese papel una paloma mensajera con noticias de algún lugar lejano. El papel casi ha caído a sus pies. El niño lo recoge, lee lo que pone y su imaginación se vuelve a disparar. Sueña con el fantasma de las Navidades futuras.

  3. Me encantó Lorena. Me eomcioné, y mira que lo vi venir, pero nada… Un beso

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