Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “noviembre, 2013”

Hijos (6)

Steve McQueen and his daughter, Los Angeles, 1964— Imagen tomada de Vintage Point, en Facebook, copyright free.

Me acuerdo, sí, me acuerdo. Muchísimo, del olor a sopa desde las escaleras del segundo piso de la casa de mis padres. De los viejos carnets de biblioteca que mi madre guardaba, de las fotografías de cumpleaños, de los vestidos con manga globo y nido de abeja planchados con mimo. De las sorpresas y de los abrazos en el pasillo por cualquier motivo, de los cuentos y de aprender a hacer lazadas. De los libros de Cuchifritín y de los zapatos heredados de primas. Me acuerdo, como Perec, claro que me acuerdo. También de los castigos y las riñas, de los desencuentros, de las incomprensiones, de ser de otra galaxia antes de tiempo, de contar mitades y medias mitades, de no aceptar. Y una se acuerda de otros comienzos que, lapidariamente, hablan de familias felices o infelices en función de su libre albedrío y de las santísimas ganas que tengan en establecer una anarquía de afectos. Los hijos somos intrusos y guindas de pastel, somos una jirafa en medio de un palacio veneciano, un Conguito de chocolate blanco.  Y es tan nocivo el exceso de amor como la indiferencia. La familia viene en el pack, éche o que hai, pura lotería, puro azar. Y dentro de un círculo concéntrico de casualidades, no has nacido en Afganistán, no has pasado hambre en tu vida, no sabes lo que es la enfermedad. Y, dentro de esos parámetros, la mayor o menor felicidad es también una posible construcción estable.

Y dentro de toda esa verdad de las ficciones, está la literatura. Y muchas veces lees sobre hijos y familias, dramas, pérdidas, vacíos. Todo tan lejos y a la vez tan cercano. No lees, tampoco, sobre disciplinas y castigos. Lees sobre padres que se quedan e hijos que se van. De empezar el camino de la adultez y de comer soberbia a cucharadas, de pensar que te vas a comer el mundo y miras con displicencia el hogar familiar, el pueblo, la ciudad de provincias, de dónde has salido. Tú vas a ser de otro modo,porque tú eres mucho mejor. Y castigas el recuerdo de unas vidas que te parecen tan grises, con ambición de cenas frente al televisor y conversaciones de bar, con rutinas de paseos y calcetas, con celebraciones de cumpleaños y cambio de armarios en temporada. Qué poco cool te parece todo. Qué agresivo te vuelves contra esa falta de ambición y de coraje, con ese acomodo, con ese sitio tan reservado frente a la película del jueves. Qué condescendiente eres en esas vueltas a casa, qué poco han cambiado y tú cuánto has crecido. Qué poco saben ellos del mundo, lleno de oropeles y pose, qué poco, ellos, tan provincianos y escasos, tan poco abiertos a lo moderno. Qué crueles y desconsiderados, qué desagradecidos podemos llegar a ser. Y qué osados.

Hay quien vuelve a casa de los padres como refugio inevitable. Vuelves a tener dieciséis cuando casi vas a cumplir cincuenta, víctima de una realidad y un contexto que te queda grande y pequeño a la vez. Te alimentan y no preguntan, vuelves a escuchar el ruido de la cuchara en los platos a esa hora tan rara y ordenada, las dos de la tarde, mirando hacia abajo con vergüenza y sacando las púas. Que no te pregunten, que no te indaguen, que no quieran saberte. Aprietas los dientes y sigues adelante. Tu madre va a seguir en silencio, tu padre también, tu familia va a ser leve y tú vas a encabronarte. Con la extraña idea del triunfo que hemos mamado en los ochenta, soñabas con volver de otra manera. Sonriente, triunfador, dadivoso. Qué poco hemos comprendido del trabajo de los padres con nosotros. Y qué poco de que su preocupación por ti, su papel, es para siempre.

Leo tres historias totalmente distintas. Dos novelas, un cuento. La vuelta al hogar, el hijo que se encierra, la madre triste y silenciosa preparando comidas favoritas nunca agradecidas. La vanidad, la egolatría, la soberbia abofeteadas en la vuelta al pueblo, en el intento vano de escribir la novela del siglo,  en una tarjeta del INEM. En constatar que podemos ser crueles con nuestros padres y que nuestra bandera de subversión la hemos echado a lavar porque quizás apesta. O intentemos sonreírnos en el espejo intentando desterrar la nostalgia o abrazándola, para demostrar que tenemos memoria. Esa que nos hace reconocernos mejor en el espejo. Escribir y garabatear cronologías, plasmar los recuerdos, indagar. Caminar en silencio bajo el sol de agosto para sentir el silencio de la compañía de tu padre. Hilar un recuerdo de ese silencio que te acompañará toda tu vida y hará que así lo recuerdes.

Es muy posible que la historias familiares sean un género en sí mismo en la literatura. O la literatura, única y exclusivamente,sea un ejercicio de genealogía recreativa con los pertinentes aderezos de la retórica.

José María Conget  “Domingos de verano” Bar de anarquistas Pre-Textos, 2005   O de cómo una rutina de caminos en silencio establece el lazo, más que sólido, del amor.

Llucia Ramis  Todo lo que una tarde murió con las bicicletas  Libros del Asteroide, 2013  No hay que tener nostalgia sino memoria. Aunque sea una fuente de dolor, es la única forma de comprendernos.

Juan Soto Ivars  Siberia  El Olivo Azul, 2012   Me centro en un episodio concreto: la vuelta al hogar como forma, imposible, de expiación. La sombra de la culpa y sus muchas dimensiones.

Yo he venido aquí a hablar de mi blog y he escrito sobre hijos más veces: Aquí, aquí, aquí, aquí  y aquí. 

Las trampas del lenguaje

language

Tomada de anglotopia.net

Yo quería hablar en esta entrada del lenguaje no marcado, de poner o no poner arrobas en los finales en o y en a. O una “x” y ampliar así el género hasta lo indefinido, de lo inclusivo (e inclusiva) y también de lo transgresor y lo reaccionario.  Yo quería hablar aquí de categorías gramaticales, de determinantes y de correcciones. Yo, en realidad, vengo aquí a hablar por hablar. Porque me gusta la gramática y todas sus rarezas. Lo extraño y predeterminado de los puntos de articulación, la lejanía de los acentos extranjeros, del mundo que contienen las conjugaciones. Yo quería hablar de esto pero se me va la filología hacia la lengua bífida, que es mi favorita, porque lo bueno de despotricar es eso, que te quedas como Dios sin sentar cátedra, o sí, y a nadie le importa. Generar y recoger spam, o convertirlo en acción y reacción, eso es comunicarse y el que diga que no, no ha discutido en su vida. He dicho.

Yo venía, digo, a todo eso y se me va la tecla por la tangente.  Porque, efectivamente, el discurso tiene estas trampas: comenzar hablando de una cosa y terminar con otra. El intento de Macguffin generalmente sale mal porque se nos ven las costuras como a los donjuanes endomingados, por no tener no tenemos ni engaños.  A mí me gustaría llevar alfabetos en los bolsillos como el que lleva post-it arrugados, esas notas que haces para la compra y que luego no encuentras, y que reaparecen-oh, macguffin feliz-cuando sacas el vaquero de la lavadora y se han desintegrado en trocitos amarillos que quedan pegados a los calcetines y las sábanas. Y te pasas un buen rato pensando en qué has hecho mal para olvidar que ese salvavidas de la memoria, ese instante de papel tan infinito, hubiese quedado arrinconado en su importancia. Y sueltas un taco, un “coño” o un” joder” da igual: enorme, rotundo y que no te libra de despegar pedacitos de post-it.  Solamente te libera y vuelta al tajo. Mi vida está llena de contextos con tacos. Abigarrados y enormes, tacos de discusiones de tráfico y de peleas con la impresora, tacos de todo tipo y condición. Íntimos y a solas, a veces descarnados,enfáticos casi siempre, divertidos en medio de un relato. Son lo que son, para el momento y para los momentos. Como decía Patty Diphusa: “No tengo ningún problema en ponerme en jarras y muy ordinaria si la ocasión lo requiere”. Eso es todo: la ocasión. Una y nada más.

Resulta que hay quien dice por ahí que los tacos son cosa de hombres. A mí es que esto me huele a anuncio de Veterano y a garrafón de Varón Dandy. Me huele a regalar planchas por cumpleaños, que eso sí que es lo puto peor. Y sí, digo este taco,” lo puto peor” porque, como siempre, confundimos el culo con las témporas.  Personalmente me desagradan los  monólogos plagados de palabrotas porque son innecesarios: el taco, la gracia que tiene es que sea apropiada. Del momento, vaya. Y yo no sé si es que estamos simplificando todo tanto que identificamos la educación con lo pacato, la expresividad con la grosería y la sensualidad con los tacones de veintitantos centímetros.  Lo que creo es que, desgraciadamente, nos estamos acostumbrando a no saber cambiar de plano : la que habla con tacos no sale de ahí y ese es su único registro, ese y no otro es el gran problema. Hombres y mujeres que hemos empobrecido nuestra forma de expresarnos hasta niveles rasos. Y nos olvidamos de lo fundamental: el contexto.  La escritura en redes sociales es un ejemplo claro de todo esto. Y no voy a hablar de informes Pisa, de la escasa práctica de la lectura porque no me da la gana de sentirme Rottenmeier. Ni, muchísimo menos, Higgins.  Y sí, creo que existe un lenguaje de mujeres como el de hombres, que existen los idiolectos y también la paranoia de considerar que la limitación ha de ser norma.  Como dice Chris Rock hablando de la palabra nigger:” It’s not the word, it’s how you say it”.  El contexto deshace la literalidad. Igual que si yo digo que Menganita es una cabronaza y la tal Menganita es mi íntima amiga muy querida, de la que me congratulo que tenga tan buena suerte… ¿o no me congratulo?. Eso ya es otra cosa, claro.

La lengua es piel. Y un auténtico universo. Da igual que te pintes los labios para pronunciar un sonoro exabrupto o lo hagas nada más levantarte, enredándote en las legañas pijameras. Tu lengua es tuya y tu taco también  (Inciso: yo, desde que sé que Obama nos lee  y lo sabe todo, me ve como factótum omnipresente y todo eso, me pongo megarremona para escribir estas cosas).  Y si no lo quieres, también. Pero no establezcamos polaridades de más y de menos en la sensualidad o en la educación.  La vulgaridad puede ser divertida si no es norma. Es la diferencia entre la frescura y el chonismo lingüístico.

Pero, ya sabéis, yo empezaba hablando de trampas y de lenguajes, de alfabetos propios  y de post-it en los bolsillos. Y encuentro uno que me recuerda la necesidad de escuchar más que de hablar, que tengo algún número de teléfono pendiente y que hay palabras, caligrafías y escrituras que necesito. Aunque cambien de registro, algunas voces, las fundamentales quieres que sigan en tu vida. A pesar de todos los silencios. Coño ya.

Hasta aquí mi opinión sobre el tema. Si alguien quiere leer, de forma sesuda y para establecer si existe o no un lenguaje diferenciado por sexos hay un libro que me gusta mucho:

Pilar García Mouton  Así hablan las mujeres: curiosidades y tópicos del uso femenino del lenguaje  La esfera de los libros, 2003.

Navegador de artículos