Anchoas y Tigretones

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Huevos y castañas

Hubbell y Kattie, huevo y castaña, no necesariamente por ese orden.

Hay muchas cuestiones incomprensibles a las que, por cotidianas, no prestamos ya atención. Es un milagro que se encienda una bombilla, que tenga este cacharro cuasi perfecto que me permite ir escribiendo, estar a la vez conectada con el mundo y envuelta también en una cuidada misantropía. Es un milagro, paradójicamente, que no nos cansemos nunca de que vuelva  la primavera, de que nos pille la lluvia en medio de la calle o que un espejo nos devuelva esa imagen ajena y familiar que somos nosotras mismas. Imaginemos lo que sería mirarnos en ese espejo cotidiano cualquier mañana y,en esa simetría, encontrar una mirada extraña (ojalá un cabello pelirrojo, unos ojos menos miopes, una talla de pantalón más democrática). Esa sorpresa a lo Gregor Samsa nos convertiría en un doppelgänger imposible de aquello que conocimos, una nueva versión de un yo asumido, una extrañeza divertida y a la vez algo aterradora, inquietante; y con la que tendríamos que recorrer el camino de la costumbre. “Eh, esa soy yo ahora, tengo esta cascada de rizos pelirrojos y esta mirada a lo Rossetti, por favor que no se desvanezca, que perdure”. Creo que yo tardaría muy poco tiempo en domesticar esa ilusión y hacerla mía, a enamorarme no de mi reflejo, sino de esa nueva fisonomía que se apropiaría de mi carácter, de mi calendario y de mi DNI. Y emprender casi una nueva vida, qué difícil es la identidad y qué compleja es la imagen de nosotros que nos devuelve.

Yo no sé si esto tiene alguna analogía posible con lo que es enamorarse. Si alguien lo sabe, que me lo explique. No creo que existan millones de formas, quizá exista solo una y todos la hayamos asumido con esa natural y laxa indiferencia con la que vemos salir agua de un grifo o encendemos la televisión y aparece lo repetido, el puro atrezzo.  Es curioso: nos sorprenden los fallos del sistema, pero no  encontramos ninguna gratificación en aquello que es mecánico o automático. No, no haré una analogía con la rutina. Creo que hay una natural evolución en la convivencia, en el paso de ser amantes desbocados a familia, a que los lugares que eran testigo de explosiones de besos y piel revuelta se conviertan en paisaje doméstico. Es algo natural, no le demos más vueltas. Lo que me sigue maravillando es esa atracción difícil entre huevos y castañas, entre lo ácido y lo básico, entre Capuletos y Montescos, entre gente del Barça y del Madrid, de votantes del PP y Podemitas, de calma y tormenta, de beatlemanicos y rollingstonianos, de pijos y gichas. Sí, compro la idea de los polos opuestos, pero hablo del largo recorrido, del, casi siempre agotador, ejercicio de la tolerancia. Y, ay, esto es lo peor de todo: somos a veces tan distintos a la persona en la que nos fijamos que nos la llevamos puesta y tiramos el ticket, la metemos en la lavadora de nuestra vida sin mirar la etiqueta, establecemos una lista previa de cualidades que queremos encajar en ese objeto como si fuese una creación a medida. ¿Cuánto tiene el enamoramiento de intentos de Pigmalión, de ruleta rusa, de tirarse en plancha? ¿Cuántos desteñidos es capaz una de acumular a lo largo de su vida? O, quizá, sea algo más complejo como que la mutua y secreta admiración que late bajo una discrepancia alimenta la pulsión erótica. Que los fachas o los perroflautas pueden ponernos, dependiendo de dónde estemos situadas. Y si no, díganselo a la narradora de Noites de safari, Marleen Malone, en la entrada dedicada a la F y G de su particular diccionario recopilatorio de amantes.

Yo iba a hablar de cosas tan diferentes como la capacidad de reconocer el amor y esconderse por miedo al sufrimiento, de la felicidad en la vida sin pareja, de la última de Gornick y su relato del amor en el que alguien se diluye. Todo eso hoy puede esperar. Porque pensar en huevos y castañas, en ese impulso que empuja hacia un territorio de antípodas, a otro lenguaje y otro planeta. es hablar de Hubbell y de Kattie. Y, qué quieren, mientras todo el país ve el Mundial, mientras lo suyo sería desmarcarse con Una giornata particolare, yo me pondré a ver por millonésima vez The Way we were. Porque el final, ese final frente al Hotel Plaza de Nueva York,  yo sí creo que es feliz y legítimo. En los amores difíciles, ese equilibrio inestable entre contrarios tiene una trayectoria de corto recorrido, ese es el pacto, es efímero y no lo olvidaremos nunca.  En cualquier caso, y a pesar de todo, el mes favorito, como dice un personaje de la película, sigue siendo abril.

Nota: estoy en un momento débil y crítico, por favor, absténganse de decirme que hay un capítulo de “Sexo en NY” que, literalmente, se carga una de las mejores escenas de la historia del cine, con la insufrible Carrie Bradshaw haciéndose la activista guay. Gracias, es que soy muy sensible.

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A favor del necesario desapego: Vivian Gornick y “Apegos feroces”

Woman in a polka dot dress and heels striding away from the camera. 1940s Fotografía de Stanley Kubrick. Pinche en el enlace para ver fuente en Pinterest

 

Es posible que sea un sentimiento común a todos los hijos únicos. Quizá la constatación de esto hará que yo no me sienta tan única, que esta primera persona que exhibo tan impúdicamente- esto es un blog, coño, territorio comanche del ego- se transforme involuntariamente en un plural mayestático cuando sea leído, yo qué sé. A fin de cuentas, con pocos o con muchos destinatarios, una ya no es dueña de nada cuando escribe un artículo o publica un post, cuando sonríe forzadamente en una foto que se hará viral, cuando haces confidencias que sabes que dejarán pronto de serlo. El sentimiento al que me refiero es el de una periódica y leve misantropía, una necesidad de alejarse un poco del ruido, ese recuperar la independencia de los juegos infantiles en soledad, de la lectura sin interrupciones, del no compartir lo que no te apetece. De desapegarse y ser poco gregario, algo mal visto en el siglo XXI o eso parece.

Yo podría escribir sobre Apegos feroces de Vivian Gormick solamente subrayando el prólogo de Jonathan Lethem. Si yo fuese reseñadora, así lo haría y sería muy sencillo, aunque yo no sepa hacer reseñas, solamente sé hablar de lo que a mí me parece, me quede coja la visión o no. Hablemos entonces de la relación dependiente, desigual y coactiva entre padres e hijos, entre madres e hijas, entre madre e hija única. No hablemos de las familias felices que son todas iguales, hablemos de los conflictos que no se exhiben y que son, también, más comunes y más violentos de lo que creemos,  aunque sean solo en el plano de la dialéctica. Sigamos hablando, entonces, de ese pivotar entre la responsabilidad autoimpuesta de satisfacer todas las expectativas, todos los deseos depositados en la única hija e intentar, al mismo tiempo y casi siempre con una dialéctica equivocada, singularizar la voz, buscar una nueva forma de complacer sin domarse. Un camino que pasa de la competitividad- que sería natural entre hermanas- al dolor, al sarcasmo,  la protección, el amor y también a la ira. A la batalla verbal y al fracaso de una de las partes, casi siempre de las dos.  A la alerta, a la discusión, a intentar trazar una teoría de lo incomprensible y a la frustración que genera. A la mutua admiración inconfesable.  A jugar a los mitos griegos: a pasar de ser Prometeo devorado a ser Sísifo, reconstruyendo lo que no ha sido posible ni construir. Al miedo a que esa pequeña sabelotodo, esa universitaria que retuerce el lenguaje para confundirte, te gane la partida, te sitúe mediante la dialéctica en el rincón de la desventaja. La voz de Gornick nos lleva también a defender la relación con la escritura no como una expiación, sino como un modo de desapegarse, de crear lo propio, de equivocarse y de seguir. Y de forzar los goznes de la memoria, la fuente de dolor.

Y todo es en un Bronx caleidoscópico y doméstico, también en un Manhattan algo lejano, donde estas dos flâneurs que se buscan para enzarzarse- que detestan reconocerse como continuación y origen- repasan las relaciones humanas de las que han sido testigos, partícipes, cohabitantes. Y todo lo que las ha alimentado determina el modo de ver el mundo y  las relaciones con los hombres: para unas con la idea nostálgica del amor perdido como una tabla de salvación, como una forma de boicotear el presente. Para otras, como una colección de retazos abocados al fracaso, con el cronómetro puesto, con un horizonte de fatalismo: esta es la parte que toca ahora, pero saldrá mal porque siempre sale mal.  El sexo es también una forma de poder,  la belleza o la pulsión sexual son atractivos y poderosos monstruos.  Y, en la búsqueda de esa voz individual, aparece la sombraque “conspira contra” o “sospecha de” las mujeres que reconocen que no les gusta vivir en pareja, a esa consideración de la soltería vocacional como una especie de discapacidad que hay que remediar a toda costa. Hablar de Gornick, de la presencia obsesiva de su madre, es hablar también de su revolución personal, que es una revolución tan necesaria como invisible y mucho más universal, más programática de lo que parece a simple vista. La que da la voz al feminismo, a la idea de ser mujer desprendiéndose de cualquier tipo de imposición.  De aprender, en definitiva, a torcerle el cuello al cisne de la educación heredada.

El desapego es un proceso de natural alejamiento. Es la construcción de esa vía que permita una perspectiva  para llegar al amor, para despojar los vínculos impuestos de su componente enfermizo. De reconocimiento, también, de que somos, queramos o no, una continuación pero no una réplica, un cabo de ese hilo, pero no su final.  Y del hecho, sobre todo, de que en un blog puedas pasar de la primera a la tercera persona sin darte cuenta. Quizá el peligro de escribir sobre memorias ficticias es que quien aporrea el teclado acabe mirando a través de ese caleidoscopio que son las  vidas de los otros sin saber dónde situarse, resbalando entre ciertos grados de empatía y de rechazo, de admiración y de convencimiento. Y de sentirse deslumbrada por una escritura brillante y afilada, apoyada en el descanso de la madurez, en la apuesta trilera del ajuste de cuentas lejano. Es algo que se piensa a veces cuando pones en la balanza un sentimiento de orfandad, que, casi naturalmente, no te pertenece como adulta. Pero ese es ya otro asunto, otras líneas, otras autorías.

Porque, a fin de cuentas, todo lo que no es autobiografía es plagio, qué demonios.

Y mucho más en un blog.

 

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