Anchoas y Tigretones

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El ritmo de la aflicción

La pérdida y el duelo son países a los que una viaja sin tener pasaporte ni puñetera idea de lo que se va a encontrar allí. Es un territorio extranjero, inhóspito y oscuro en el que te acabas instalando y haciendo pequeñas conquistas como son dominar su lenguaje, contener las lágrimas ante la apertura de cualquier cajón o recuerdo de conversaciones que eran tan banales y cotidianas cuando se produjeron, tan solemnes ahora que no puedes modificar absolutamente nada. Nadie escoge pasar por un duelo, nadie emprende ese camino oscuro voluntariamente. Lo tienes identificado y sabes que existe, casi como cuando eres niña sabes que existen las universidades y que algún día vivirás con alguien en una casa que imaginas, es una idea, eso es todo. Pero no tienes, repito, ni puñetera idea de lo que es hasta que lo encaras y avanzas en él. Soy de las que creo que tenemos derecho a la tristeza, incluso a que esta sea una convidada de piedra en nuestra vida, una invitada que asoma de vez en cuando a dar por saco, presentándose a cualquier hora intempestiva, sin pasteles ni botella de vino, solo asomando, nada más. Otra cosa es que no le cojas el teléfono o que la esquives cuando aparece, que detectes ese perfume agridulce que la precede, que te dejes llevar por su mística melosa. Otras veces, sencillamente, es ya parte de ti y no puedes irte.

El duelo ha producido desgarradora y terrible literatura; otra, lacrimógena y confusa, quizá por la manía que tenemos de comenzar hablando de la soledad y el vacío y terminar hablando de otros fantasmas personales, acentuados por  la muerte de alguien cercano. Entre la que a mí me parece literatura de verdad trazaría una línea que iría de Barthes a Joan Didion pasando por C.S. Lewis o Richard Ford. La idea común es la de transitar por lo desconocido, por esa intensa desazón que modifica el color del mundo y en la que el tiempo se hace lento, inhumanamente lento. Humanidad, esa es la clave: la tristeza es parte de la condición humana. La rabia porque el mundo siga su curso, porque abran las tiendas o suene música en la radio, cómo es posible con lo que yo tengo encima O, como decía Anthony Hopkins disfrazado de C.S.Lewis en Tierras de penumbra: “el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato”. Qué dureza.

En esa pequeña maravilla que son los Brain Pickings de Maria Popova he llegado de forma totalmente fortuita al Sad Book de Michael Rosen. Un cómic de pocas páginas, con texto del propio Rosen e ilustrado por el brillante Quentin Blake, Y allí sí encuentro literatura parca pero auténtica:  la incomprensión y rabia ante la pérdida, la sensación de traición y mundo al revés para las que nos quedamos y que nos lleva a decir “pero cómo has podido hacernos esto, cómo has podido irte de golpe y dejarnos así a nosotros”. Cómo puede ser que esto que sé que sucede esté sucediendo al fin, y que me esté sucediendo a mí.  Y Michael Rosen habla de convivir con la tristeza por la muerte a los dieciocho años de su hijo Eddie a causa de una rápida meningitis. Convivir con una nube gris que en ocasiones nos cubre y otras nos da un pequeño respiro, algo de lo que a veces quieres hablar y encuentras interlocutores, también algo que cambia cómo ves la ciudad y la gente que va en autobús o conversa animadamente en una cafetería. ¿Por qué no puedo yo participar de todo eso, cuándo se irá esta nube? Y todo aquello que pasa ante nuestros ojos y que desencadena un recuerdo ¿podemos convertirlo en algo feliz? Sí, sí podemos, no siempre, pero a veces, sí: porque una de las cosas que una aprende del duelo es de nuestra capacidad extraña para equiparar amor y dolor. Rosen recuerda a Eddie en su función de teatro, en su cuna de bebé, tirando cojines en el sofá, riendo y jugando con sus amigos por la calle. Y siente que le gustaría hablar con su madre, que tampoco está. Y aparece un recuerdo paralelo : la imagen de su madre por las calles llenas de gente un día de lluvia, puede ser Navidad. Ese recuerdo que surge a partir de otro y que te hace sonreír.  A mí también, por motivos distintos.

 

Vivo en un lugar tras una cortina de lluvia. Un día, tendría yo unos siete años, fuimos a despedir a mi padre a la estación de tren, iba a Madrid varios días por un asunto laboral. Llovía muchísimo, y tras salir de la estación, arrollaba. Mi madre me cogió de la mano, cruzamos la calle bajo la lluvia, corriendo para aprovechar el semáforo que iba a ponerse ya en rojo para los peatones.  Recuerdo perfectamente aquella tarde de noviembre como nuestro primer día “de chicas”. Subimos al autobús riendo y, al llegar a casa, tras quitarnos la ropa empapada, mi madre me frotaba los pies con alcohol, recuerdo perfectamente el olor de la sopa que cenamos, las risas al ver cómo pingaba la gabardina más grande y la trenka pequeñita, tendidas en la galería que daba al patio. Nosotras solas, hasta vi un trocito de película de noche.  Un día distinto, diferente, algo más privado que otros. Y yo lo he incorporado a mi baúl de recuerdos,ese  del que echo mano cuando las cosas van mal. Y así, cada día que llego a casa empapada de lluvia y cansancio, miro mis pies encharcados y me acuerdo de la botella de alcohol en aquel cuarto de baño con bañera de patas, yo sentada en una banqueta que había hecho mi padre. La luz de casa, ese es el recuerdo, la luz de un lugar donde yo vivía, donde estaba segura, el lugar de la infancia lleno de ruidos domesticados y quejidos de madera, una casa, la mía. Un recuerdo al que engancharse, nada más.

Decía Barthes que cada uno tiene su ritmo de aflicción. Así es: me descorazona del mismo modo quienes pasan por encima de las muertes sin llorar apenas como quienes tardan en levantar cabeza, sumidos en la pesadumbre. Pero aún más me  inquietan los que como Rosen o como muchas otras personas, conviven con ese vacío. A pesar de los esfuerzos, a pesar del paso del tiempo, por mucho que sepamos que “todo esto pasará”, en esas épocas de nubes negras, la tristeza es un derech. Ojalá que nunca lo tuviésemos que ejercer.

Sad Book de Michael Rosen, ilustrado por Quentin Blake está editado por Candlewick Press.

 

 

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Barthesiana

Estas líneas tan interrumpidas han sido calificadas hace poco como una eventualidad casi proustiana. Estas líneas son producto muchas veces de cualquier cosa menos de un proyecto, y así me gusta que sea.  Que Proust sobrevuele, ya me gustaría, es siempre inevitable en los escritores provincianos, dominicales y con gabardinas de color patata, que es un color tan raro que no existe porque es un color de siempre. A mí lo que me gustaría es ser barthesiana y regalar el nivel cero a la escritura, al texto un placer y las mitologías a cualquiera que las escuche. Y, sobre todo, regodearse en la nostalgia que viene encapsulada en blanco y negro en una foto,  ser capaz de hacer simultáneas la teoría y la emoción. Barthes, me acompañas.

Leo de nuevo, tras muchos años La cámara lúcida de mi querido semiólogo francés. Y lo hago porque recuerdo el capítulo que es un callado homenaje a su madre, fallecida poco antes de la redacción de ese ensayo. El no tan joven Roland se sienta a ordenar fotografías una tarde triste de noviembre, una tarde triste y francesa, una tarde de indagación y de entrega plena al dulce dolor del recuerdo. En una pirueta extraña estamos también en este 2015 en noviembre, es una tarde algo triste también.  Ni que decir tiene que esta señora proustiana que escribe estas líneas no es capaz de abrir un solo álbum de fotos desde hace tiempo, aunque algunas cosas siempre sobrevuelan,  etiquetadas bajo lo inesperado. Barthes escribe sobre reconocer la inexistencia de sí mismo en el retrato de su madre joven, de desconocerla a esa edad. Quién sería, cómo imaginaría al hijo que vino después y que es él mismo. Nos habla, también, de la pulsión de la muerte en cada imagen que hemos capturado y que se ha ido: el instante  ya no existe, se desvanece al intentar hacerlo eterno. Lo que vemos, lo que nos chilla desde los álbumes de fotos, son proyecciones para avanzar la nostalgia de la pérdida.  Yo soy capaz de recorrer algunas imágenes de momentos que precedieron a mi llegada al mundo y establezco mi particular tebeo  y guiñol de circunstancias: mi madre vestida de novia y luciendo un collar de perlas que llevó también en mi boda; mi madre de niña rodeada de sus hermanos y unos padres que son para mí desconocidos, mi madre paseando con sus amigas, mi madre tecleando en una máquina de escribir- con un jersey de manga corta y un cigarrillo evaporándose en un cenicero-, mi madre con un pañuelo en la cabeza al lado de una Vespa, junto a la Torre de Hércules. Mi madre antes de mí. Y lo que no son imágenes y que también es una proyección: agendas con exquisita caligrafía, dedicatorias en libros, pañuelos planchados y con olor a Royale Ambree, primeros correos electrónicos enviados con más de setenta años y que están ahí, en mi bandeja de entrada, carpetas con recortes en los que salgo yo y alguna de mis circunstancias.  Y esa tiranía de los objetos inanimados que siguen en su lugar pero han perdido su contexto: un cepillo del pelo, un tocador con cremas y una bandejita para sortijas, un libro sobre una mesilla de noche con su marcapáginas inserto, unos cojines en la penumbra de una habitación en un final.

Y mi madre después, ya conmigo en el mundo.  Y yo, como Barthes, tengo una particular predilección por una fotografía y por un momento. Mi madre me lleva de la mano por la calle Real. Viste una gabardina acharolada, muy mini, con un ancho cinturón y gafas, muy moderna y sesentera.  Me lleva de la mano y mira distraídamente hacia un escaparate. Yo, muy pequeña y abrigada- creo que es el invierno de 1970- señalo de frente al autor de la foto, mi padre.  El momento es perfecto: mi sorpresa, la delicada silueta de mi madre, un montón de viandantes- ¿quiénes serían esas dos señoras enlutadas detrás de nosotras? ¿Y el señor que fuma del brazo de una señora que mira también a la cámara? ¿Qué habrá sido de los dueños de la óptica que aparece al fondo, de la peluquera con moño de Marge Simpson del primer piso y que tenía un montón de perros adormilados?-y la mirada del amor tras la cámara. Y yo adivino el regocijo del fotógrafo ante ese momento mitad sorpresa y mitad pose, quiero crear un recuerdo en el que espero impaciente el revelado de esa foto, cuando se haga materia tangible y pueda tocarla,  quiero recordar también cuándo la pusimos en ese marco en el que ahora la contemplo y acordarme de todo lo que dijimos durante años sobre la gabardina de mi madre, sobre el gorrito que yo llevo, sobre mi padre revoloteando en una escena en la que está, sin aparecer.  Una foto, ya lo dice Barthes, de algún modo es un pasado y un presente; es esa invitación a esa tristeza empática que nos provocan los niños que juegan solos en su cuarto a juegos de dos o más personas, las soledades indecisas de los bares sin compañía, los carteles de “se alquila” medio rotos o descolgados de algún lugar sin fortuna. Contemplar una foto es la construcción de una melancolía a medida, es un pequeño pacto con algún pasado sin resolver o que aún duele- quién iba a decirle a esa niña que le iba a pasar esto y esto otro- es un envoltorio algo kitsch de una emoción guardada. Todo eso lo contiene una imagen  a la que ponemos una etiqueta.  Esa que es siempre un “Je me souviens …”al uso y manera de Perec  y que  a veces, y solo a veces, se convierte en algo proustiano.

Epílogo

Mi madre nos dejó el día 5 de octubre de 2015.  Y me viene el recuerdo de una breve conversación con Benjamín Prado en la Feria del Libro de Madrid, el pasado mes de junio. Cuando le pedí una dedicatoria  para mi madre salió  el tema de la enfermedad, de la vejez, de los cuidados. De la pérdida. Y dijo algo muy revelador para mí: lo mucho que le sorprendía cuando alguien le preguntaba la edad que su madre tenía al fallecer, como si fuese una justificación. Él me decía:” ¿Y qué si tenía 90 años ? Era mi  madre.” Recordaba esta conversación el otro día con mi amigo Santi, que apuntó también sobre el dolor de la orfandad en la edad adulta. Ya sabemos que es ley de vida. Pero el recuerdo y el dolor no tienen leyes.

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