Anchoas y Tigretones

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Lo escrito en el agua (“Paterson” de Jim Jarmusch)

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Adam Driver y Masatoshi Nagasi hablan y callan juntos frente a las cascadas que inspiraron a William Carlos Williams.

 

En Roma hay una tumba de un poeta en la que puede leerse: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”.  Keats falleció a los veintiséis años de la enfermedad romántica por definición, la tuberculosis. La vida se diluye, y el equipaje que la construye también; escrito sobre el agua, inasible, efímero. Y ante la belleza algo trágica de esa imagen tan imposible como poética, cabe pensar en el origen  y la utilidad de la poesía, o, mejor dicho del trabajo del poeta. La poesía puede ser una “palabra esencial en el tiempo”, una construcción soberbia dotada de poderosos armazones semióticos, un homenaje interrumpido a la memoria como fuente de dolor, un juego expresivo y arquitectónico, un palimpsesto de otros autores. Pero siempre  es verdad. Verdades diferentes, de Auden a Ginsberg, de Valente a Rosalía, de una tradición a otra, de lo uniforme a lo personal,

Porque sí, la búsqueda de la palabra esencial, de la concisión, de rellenar huecos y romper borradores, de reescribir e imaginar, es esa tarea. Y  eso es Paterson: observar la vida y escudriñarla, reescribirla en versos desacompasados, encontrar su esencialidad, despojarla de dramatismo, dotarla de tanta verdad como días cotidianos y de calendarios. Donde la normalidad y la rutina es Paterson conduciendo su autobús en la ciudad de Paterson.  Una ciudad luminosa pero algo fantasmal a veces, donde esos silenciosos recorridos,- las mismas calles, las mismas paradas, el mismo bar con casi la misma cerveza al final del día- se acompañan de un proyecto poético y de la construcción de versos como misiles, como graffiti sobreimpresionado en la pantalla. Todo es susceptible de ser tocado por la palabra poética : las cajas de cerillas, la observación de una cascada, las conversaciones a las que asistimos como testigos involuntarios y que nos hacen sonreír, la imparable extravagancia de la mujer amada, el sol que nos despierta todos los días, de lunes a domingo, sin cambios. Lo cambia la palabra y el modelaje hecho de ella.

No debe ser fácil ser poeta en la  ciudad en la que ejercieron de poetas,entre otros, voces tan diferentes como Ginsberg o William Carlos Williams, este último tan prosaico, tan noble y tan orfebre en sus versos americanos.  No lo debe ser, tampoco, sentirse algo Salieri al lado de una niña con la que hablas y que desprende versos como misiles, frescos e improvisados.  No debe serlo plantearse la reescritura tras algunas pérdidas fundamentales. Pero quizá la esencia esté ahí:  no hay poema inacabado mientras la vida siga, no hay escritura que no sea susceptible de ser modificada y expuesta a la recreación. Un verso, un poema, es un estado carencial e indefinido, es una pérdida y búsqueda permanente, inacabada, cuyo nombre “está escrito en el agua”. Paterson es, además de un festival semiológico, un homenaje a las piezas imperfectas del arte, a la literatura como una orgía perpetua y flaubertiana, a la creación como un estado abierto, de alerta y desasosiego, de felicidad y sufrimientos infinitos, de inutilidad y de devoción. Es poesía sobre poesía, un tratado sobre la voluntad y lo deseado, sobre el talento y el aplauso unánime, sobre la reivindicación de uno mismo pero de forma pausada, sin estridencias. De la tarea, del deber, de la misión y la lucha con la palabra.  Pero, sobre todo, es una obra maestra porque sí, del mismo modo que Paterson entiende la vida con su poesía, con esa diaria fantasmagoría que hace que asomen parejas de gemelos algo perversos- la duplicidad es una constante en la película- y  que te obliga a ser héroe sin quererlo, a asentir y sonreír.  Porque Paterson es también la expresión de la bondad tranquila y apacible, esa que también permite conversaciones lacónicas, silencios gloriosos con admiradores japoneses de un poeta fetiche compartido y contemplar las cascadas que le inspiraron.  Cuando el silencio es un regalo, quizá te obsequien con un cuaderno nuevo, con otra señal de que el camino que emprendes, te lleve a donde te lleve, es, sencillamente lo que deseas. Y  que es tuyo y que vale siempre la pena seguir. Todo esto no sería nada si no estuviese Adam Driver, del que nos encandilamos ya en Girls y seguimos reencandilando en Frances Ha y en A propósito de Llewyn Davis. Porque esa expresión tranquila en ese rostro asimétrico encajan perfectamente en los colores de esta ciudad provinciana que podría ser cualquier ciudad provinciana, en la singular y original normalidad: poesía cotidiana, qué espanto de definición, pero ahí está.

 

Nota bene: Recogiendo mi antigua agenda de 2016- la de Errata Naturae- viene una anécdota literaria que sucedió en la primera semana de agosto de 1966. Mi querido Perec se mudaba de apartamento en París. En medio de un caos terrorífico de cajas, libros, cachivaches y demás parafernalia, había dos maletas: en una, todos sus inéditos y trabajos publicables; en otra, todos los papeles viejos, sin valor, destinados a la basura. Como no podía ser de otra manera, se equivocó y conservó los papeles sin valor, perdiendo lo demás. ¿La reacción de Perec? Pensar en una entrevista que le habían hecho a Bruce Lee en la que recomendaba tener el no camino por camino. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que todo encaja: desde el poema con epitafio acuático pasando por  las cascadas patersonianas hasta llegar al “Be water, my friend” de este final. 😉

Con quien la vi: Con Verónica, que se quedó con las referencias de William Carlos Williams y que dijo que ya era su preferida de Jarmusch. Yo discrepo: Paterson me encanta, es el tratado definitivo sobre la vocación,  es una obra maestra, pero mi corazón está con Forest Whitaker en Ghost Dog o con el propio Jarmusch haciendo de sí mismo en Smoke. 

Música: Viene en lazo, la banda sonora es espectacular, pero yo me pondría algo de Rufus Wainwright. O, como algo excepcional, a Dylan, para reivindicar el valor de la palabra poética (subrayen palabra).

Otras cosas: No viene mal pensar que va a haber una edición de la obra completa de William Carlos Williams en 2017 en Lumen, creo recordar. Pero a mí me apetecería más encontrar cosas de Ron Padgett, que es el autor tras los versos de Paterson y que,  esto es maravilloso, publicó inéditos de Ginsberg y e.e. cummings en su juventud, en una revista literaria que fundó en la universidad.

Barthesiana

Estas líneas tan interrumpidas han sido calificadas hace poco como una eventualidad casi proustiana. Estas líneas son producto muchas veces de cualquier cosa menos de un proyecto, y así me gusta que sea.  Que Proust sobrevuele, ya me gustaría, es siempre inevitable en los escritores provincianos, dominicales y con gabardinas de color patata, que es un color tan raro que no existe porque es un color de siempre. A mí lo que me gustaría es ser barthesiana y regalar el nivel cero a la escritura, al texto un placer y las mitologías a cualquiera que las escuche. Y, sobre todo, regodearse en la nostalgia que viene encapsulada en blanco y negro en una foto,  ser capaz de hacer simultáneas la teoría y la emoción. Barthes, me acompañas.

Leo de nuevo, tras muchos años La cámara lúcida de mi querido semiólogo francés. Y lo hago porque recuerdo el capítulo que es un callado homenaje a su madre, fallecida poco antes de la redacción de ese ensayo. El no tan joven Roland se sienta a ordenar fotografías una tarde triste de noviembre, una tarde triste y francesa, una tarde de indagación y de entrega plena al dulce dolor del recuerdo. En una pirueta extraña estamos también en este 2015 en noviembre, es una tarde algo triste también.  Ni que decir tiene que esta señora proustiana que escribe estas líneas no es capaz de abrir un solo álbum de fotos desde hace tiempo, aunque algunas cosas siempre sobrevuelan,  etiquetadas bajo lo inesperado. Barthes escribe sobre reconocer la inexistencia de sí mismo en el retrato de su madre joven, de desconocerla a esa edad. Quién sería, cómo imaginaría al hijo que vino después y que es él mismo. Nos habla, también, de la pulsión de la muerte en cada imagen que hemos capturado y que se ha ido: el instante  ya no existe, se desvanece al intentar hacerlo eterno. Lo que vemos, lo que nos chilla desde los álbumes de fotos, son proyecciones para avanzar la nostalgia de la pérdida.  Yo soy capaz de recorrer algunas imágenes de momentos que precedieron a mi llegada al mundo y establezco mi particular tebeo  y guiñol de circunstancias: mi madre vestida de novia y luciendo un collar de perlas que llevó también en mi boda; mi madre de niña rodeada de sus hermanos y unos padres que son para mí desconocidos, mi madre paseando con sus amigas, mi madre tecleando en una máquina de escribir- con un jersey de manga corta y un cigarrillo evaporándose en un cenicero-, mi madre con un pañuelo en la cabeza al lado de una Vespa, junto a la Torre de Hércules. Mi madre antes de mí. Y lo que no son imágenes y que también es una proyección: agendas con exquisita caligrafía, dedicatorias en libros, pañuelos planchados y con olor a Royale Ambree, primeros correos electrónicos enviados con más de setenta años y que están ahí, en mi bandeja de entrada, carpetas con recortes en los que salgo yo y alguna de mis circunstancias.  Y esa tiranía de los objetos inanimados que siguen en su lugar pero han perdido su contexto: un cepillo del pelo, un tocador con cremas y una bandejita para sortijas, un libro sobre una mesilla de noche con su marcapáginas inserto, unos cojines en la penumbra de una habitación en un final.

Y mi madre después, ya conmigo en el mundo.  Y yo, como Barthes, tengo una particular predilección por una fotografía y por un momento. Mi madre me lleva de la mano por la calle Real. Viste una gabardina acharolada, muy mini, con un ancho cinturón y gafas, muy moderna y sesentera.  Me lleva de la mano y mira distraídamente hacia un escaparate. Yo, muy pequeña y abrigada- creo que es el invierno de 1970- señalo de frente al autor de la foto, mi padre.  El momento es perfecto: mi sorpresa, la delicada silueta de mi madre, un montón de viandantes- ¿quiénes serían esas dos señoras enlutadas detrás de nosotras? ¿Y el señor que fuma del brazo de una señora que mira también a la cámara? ¿Qué habrá sido de los dueños de la óptica que aparece al fondo, de la peluquera con moño de Marge Simpson del primer piso y que tenía un montón de perros adormilados?-y la mirada del amor tras la cámara. Y yo adivino el regocijo del fotógrafo ante ese momento mitad sorpresa y mitad pose, quiero crear un recuerdo en el que espero impaciente el revelado de esa foto, cuando se haga materia tangible y pueda tocarla,  quiero recordar también cuándo la pusimos en ese marco en el que ahora la contemplo y acordarme de todo lo que dijimos durante años sobre la gabardina de mi madre, sobre el gorrito que yo llevo, sobre mi padre revoloteando en una escena en la que está, sin aparecer.  Una foto, ya lo dice Barthes, de algún modo es un pasado y un presente; es esa invitación a esa tristeza empática que nos provocan los niños que juegan solos en su cuarto a juegos de dos o más personas, las soledades indecisas de los bares sin compañía, los carteles de “se alquila” medio rotos o descolgados de algún lugar sin fortuna. Contemplar una foto es la construcción de una melancolía a medida, es un pequeño pacto con algún pasado sin resolver o que aún duele- quién iba a decirle a esa niña que le iba a pasar esto y esto otro- es un envoltorio algo kitsch de una emoción guardada. Todo eso lo contiene una imagen  a la que ponemos una etiqueta.  Esa que es siempre un “Je me souviens …”al uso y manera de Perec  y que  a veces, y solo a veces, se convierte en algo proustiano.

Epílogo

Mi madre nos dejó el día 5 de octubre de 2015.  Y me viene el recuerdo de una breve conversación con Benjamín Prado en la Feria del Libro de Madrid, el pasado mes de junio. Cuando le pedí una dedicatoria  para mi madre salió  el tema de la enfermedad, de la vejez, de los cuidados. De la pérdida. Y dijo algo muy revelador para mí: lo mucho que le sorprendía cuando alguien le preguntaba la edad que su madre tenía al fallecer, como si fuese una justificación. Él me decía:” ¿Y qué si tenía 90 años ? Era mi  madre.” Recordaba esta conversación el otro día con mi amigo Santi, que apuntó también sobre el dolor de la orfandad en la edad adulta. Ya sabemos que es ley de vida. Pero el recuerdo y el dolor no tienen leyes.

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