Anchoas y Tigretones

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Acariciar la memoria

Photo by Rene Böhmer on Unsplash. Pulsa en la imagen para original.

Dice Pirandello que la vida o se vive o se escribe. También anda por ahí otra frase contundente y lapidaria que dice que todo aquello que no es autobiografía es plagio, algo que sirve tanto para una breve nota biográfica (sea eso lo que sea) en Twitter como para épater le bourgeois. Dejando esta última cuestión al margen- podemos volver en cualquier momento, el texto es nuestro, es un placer y así se construye-,de los límites o retroalimentaciones entre vida y literatura están mis conversaciones llenas últimamente. ¿Está la ficción contaminándose de vida? Dicho así podría sonar, de lejos, a otra frase que leemos en medio de una camiseta, en una dedicatoria apresurada, a una línea resaltada en una entrevista de un suplemento dominical. Que literatura y vida se observan con recelo y algunas veces con complicidad, es algo básico. Que pueden llegar a ser (o quizá lo sean)reinos totalmente delimitados, también. Enhebrar un relato a partir de un hecho en el que el autor, el narrador, o quienes sean los implicados narratológicamente en el asunto, han sido testigos o parte afectada,sostiene en ocasiones una duda ética: ¿es legítimo presentarlo como una suerte de ficción? ¿Qué de los posibles daños colaterales o reacciones de “afectados por los hechos que aquí se narran”? ¿Precisa un autor un nihil obstat, un salvoconducto para crear un colchón lo más suave posible en la recepción del relato? Y si así lo hace:¿dónde están, entonces, las reglas no escritas de libertad  creativa o dónde ponemos la raya para que el pudor comience a imponer las suyas?

Conocí a Miguel Ángel Hernández en la Feria del Libro de A Coruña a principios de agosto. Sabía del éxito de su novela El dolor de los demás y conocía, de forma muy somera, la historia- terrible y dramática-en la que basaba su relato. En la conversación que mantuvo con Leonardo Cano salieron una gran variedad de asuntos- algunos señalados ahí arriba- que no hicieron más que aumentar mi curiosidad. Me fui de la charla con el libro firmado, con una breve conversación sobre algunos libros hermanados con el suyo (del obvio y ya señalado De vidas ajenas de Carrere a Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka, que yo había leído recientemente).  De la exquisitez del relato, de la cuidada estructura, de la emoción y la duda que discurren a lo largo de todas las páginas han hablado mejor que yo: qué te queda de la vida, dónde quedas tú cuando tu amigo del alma, el mejor, ese que ha sido piel de ti o tú de él, se convierte en un monstruo- sea esto lo que sea- y marca para siempre el lugar de tu infancia y tu vida misma con el marchamo del reportaje de sucesos. Cuando tú mismo te enfrentas por primera vez a una cámara- cuando todos saben que tú eras ese mejor amigo- para decir lo ya oído e inexplicable. Cuando ese mundo que ya te parecía algo ajeno se convierte en un lugar del que huir, un ahogo enlutado y silencioso en el que sí tenemos familia, pero pocas veces ya interlocutores. Una de las grandezas de la novela- sí, creo que es novela- están en no intentar explicar nada porque no podremos quizá entender, en un mar de cuchicheos y sospechas, los motivos que llevan a alguien a convertirse en un asesino.Y quizá sea eso algo que podemos reservar a la intimidad de unos hechos de los que no hemos sido partícipes ni podremos ya. Pero sí creo que sentarse a escribir sobre el progresivo desapego hacia el lugar de la infancia ya marcado por la tristeza, la extrañeza de ser el “intelectual”, la pérdida, en definitiva, de lo que siempre creemos que es el paraíso perdido; escribir sobre todo eso, digo, es la auténtica novela. Porque para irse definitivamente hay que aprender a volver: a reconocer los recuerdos desde la propia diferencia. Y el verbo es ese:”reconocer”, me resisto a usar la palabra “reconciliar”, me parece siempre vacía.

La memoria, eso dijeron alguna vez, es una fuente de dolor. Y la novela, también se ha dicho, una purga para el corazón. Yo no sé si creer en el poder terapéutico de las palabras. Quizá, como dice el querido Antonio Orejudo,la literatura nos complica más que nos ayuda a entender. Ahí está siempre la primera persona y el abismo de la autobiografía, la fiereza del desnudo integral, la trampa-ay, lectores-de la identificación, de mil cosas más. Todo esto son cuestiones relativas a la opera aperta y nunca, ojalá, dejemos de pensar sobre ellas. De concluir sobre todo eso no sé mucho. De lo que sí sé es de leer buena y maravillosa literatura como esta de la que hoy hablo. Incluso cuando creo que van a enseñarme a acariciar un monstruo y no es así, y acabo preguntándome cómo veneraría o respetaría los recuerdos compartidos, cómo limpiarlos de ese final que actúa como una cuenta atrás contaminada de la memoria infantil. Y esa paradoja, la relativa al derecho al recuerdo y a la memoria compartida, es una de las muchas fascinaciones de esta valiente, hermosa y exquisita novela.

Acabo tomando notas para algo que escribo sobre lugares vacíos, sobre la tristeza de las habitaciones deshabitadas, sobre los ecos de las casas familiares que, un buen día, tienes que deshacer sabiendo que llenas de naftalina tu propio corazón. Yo sí tengo la manía de colarme en todo lo que escribo.

Miguel Ángel Hernández El dolor de los demás. Anagrama, 2018

Lecturas

Los dos libros arriba mencionados De vidas ajenas de Carrere y Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka están también editados en Anagrama. El día de la presentación se habló también de El Reino de Carrere. De cómo y cuándo leí yo esta última tengo que escribir un post, aunque ahí sí que me pongo en modo Bartleby.

Escuchas

Tanto Festival Noroeste me ha hecho regresar a Neneh Cherry. Lo de perderme a Nathy Peluso por la tormenta que cayó ese día, lo mitigo a golpe de Spotify.

Visiones

A punto tengo, por una recomendación, The good girls revolt. Pero estoy volviendo a The Young Pope, es justo y necesario y es Jude Law y ya está.

 

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