Anchoas y Tigretones

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Marginalia (2)

Señoras agotadas tras un año de mudanza al seguir apareciendo cosas raras en cualquier sitio

Es extraño cómo funciona la memoria. Si tuviese que escoger una imagen sería la de un caleidoscopio lleno de casualidades, ajena a esas leyes de la lógica a las que otorgamos mucha más importancia de la que tienen. La memoria también engaña y avanza, se mezcla con el recuerdo y aquello que proyectamos. Voy por la calle pensando en los ojos de un chico al que sostuve la mirada alguna vez y me lo encuentro de frente; pienso en aquella canción que cantamos por las ventanillas de un coche destartalado aquel verano en Tenerife, siendo piel, arena y salitre, y suena en la radio de la cocina de mi casa de un barrio atlántico, rodeado de invierno. Las casualidades son muchas veces luces amarillentas de la imaginación. Estaban ahí, solo tenías que hacer clic. Hay cruces de caminos y otras vidas aguardando en cualquier sitio, pero esa es ya otra historia.

La memoria es también una cabrona agazapada. Aparece a la mínima en objetos que poco dan o poco valen, que fueron en un momento que ya está muy lejos. He recuperado entradas de cine casi hechas pedazos al salir de la lavadora, incrustadas en arrugas pertinaces de algún bolsillo. Otras veces un ticket del supermercado me recuerda la primera cena que hicimos tras el confinamiento, qué esperanzada compraba yo queso cheddar y paté, atendida por la señorita Mayte. La mujer que salía del súper en el mes de mayo es la misma que ha tirado a la basura, furiosa, una fotocopia casi amarilla de un poema de Walt Whitman que manoseamos tanto, a partir de sentirnos poetas muertos en un club, que su sola mención es causa de cuñadez sin remedio. Me acuerdo de cuando me trajiste aquella fotocopia a la biblioteca de Filoloxía en Mazarelos, pensando que, quizá, nuestros futuros alumnos nos salvasen de la irrelevancia. Era el año que cayó el muro de Berlín, de aguardar cartas americanas para becas y todo era posible, incluso nuestro entusiasmo por el futuro. No sé cómo ha sobrevivido a más de seis mudanzas esa fotocopia. Ha estado, quizá, guardada en algún libro, un pobre libro compañero que no he abierto en todos estos años, un libro que gritaba ese recuerdo desde varias estanterías, algunas derrumbadas y en contenedores de muebles viejos. Yo tiré esa fotocopia porque, a pesar de vivir en una nostalgia de señora dandy impostada, también tengo mis ataques de cinismo y hay algunos días atroces en el calendario en el que me posee la lucha contra esa sentimentalidad que provocan los hallazgos, contra el nudo en el estómago del fetichismo del pasado. Arramplo con todo y lo tiro, deseando que desaparezca por un sumidero en el que irían bandas sonoras comunes, lugares que se han contaminado por historias terminadas, momentos de la vida ante los que a veces sonríes de forma displicente. Esa sentimentalidad es una tiranía que no deja avanzar, y así pienso yo en esos momentos, devorada por la necesidad de un Año Nuevo sin ataduras, sin anclajes al pasado. Y a veces, como es natural, me arrepiento; es más, casi siempre me arrepiento. Pero forma parte de la dualidad de la vida. Todo lo que es intempestivo es también historia de una misma.

En mi casa hay un cuarto que me sirvió de estudio durante el confinamiento. Tengo varias librerías en las que gobierna el caos, postales, notas de post-it. Y un sillón donde leo, abrazando mi libro al sol que entra por esa ventana que da la vida. Cuando interrumpo la lectura miro hacia esa montaña de libros que esconderán otras notas, otras llamadas. Es posible que los conserve, dependerá de si estoy en modo demonio de Tasmania, rellenando bolsas para tirar al contenedor o si, que una no es de piedra, estoy bordeando peligrosamente el spleen o un paulocoelhismo de (más) medio pelo. Sea como sea, sigo leyendo en ese sofá azul y mira tú por dónde, el protagonista de la novela tiene un temita con «O captain, my captain» de Walt Whitman. Y corro a la basura a darle mil vueltas por si, todavía, esa maltrecha fotocopia está allí. Pero no: tan solo consigo ensuciar (más) el suelo de la cocina y fustigarme por mi mala cabeza, por mi escaso sentido de la oportunidad, por no haber conservado más tiempo esa llamada del pasado que puede ser un símbolo del futuro, otra construcción de una memoria propia que todavía desconozco. En esas marginalia estamos mucho más presentes, somos mucho más que lo que somos ahora, por eso hay que desprenderse y mandara a tomar por saco. No necesitamos tuits ni grandes titulares, hay que tirar cosas, amigas, o corremos el riesgo de acabar contando estas chorradas en Twitter, en un blog cualquiera y caer en el más puro y duro chonismo lírico . Ese desprenderse, aunque sea con corte de mangas, creo que ha de ser un acto íntimo, diga Marie Kondo lo que diga.

Hoy he tirado mi calendario de mesa de 2020. Y lo veo todavía aleteando en la papelera, abierto al azar por una fecha que no voy a comprobar para no entrar en bucle, para no elaborar más pasados del que ya tengo. 2021, sorpréndeme con marginalias agazapadas y ayúdame también a salir de ellas.

Notas:

El libro que leo en el sillón azul es El hombre de hojalata de Sarah Winman editado por Dos Bigotes. Es una joyita a la que llegué por (otra vez) pura serendipia lectora.

He escrito más sobre Marginalia.

La música que escucho ahora es la radio en Spotify de Monterrosa (con Rodrigo Cuevas, Monterrosa, Joe Crepúsculo, Triángulo de Amor Bizarro, Rusos Blancos…). Me hace muy feliz que me descubran música nueva (a Monterrosa los empecé a escuchar por Esnórquel) como ha hecho también Lúa Mosqueteira ayer recomendándonos a Lopita y a mí que escuchásemos a Rigoberta Bandini.

Y tenéis que ver The Bridgertons, aunque solamente sea por el duque de Hastings. Yo creo que si Amy Winehouse y Edith Wharton fuesen amigas quedarían para verla. Es una telenovela bastante punk y con guiños a Austen, Louise May Alcott y Kenneth Branagh. Y muy sexi todo el mundo, mucha coladera sobre el papel de la mujer en la época, sobre la difamación y el destino…Y condenadamente divertida.

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