Anchoas y Tigretones

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Me duele la clavícula, con permiso

Woody Allen en “Annie Hall” atacado por un monstruo transmutado en langosta. Pulsad en imagen para ver el original

 

Yo tendría que empezar hablando de esa patología que hace que somaticemos las enfermedades del vecino, amiga o pariente- “sodomizamos”, dijo una vez mi madre en una consulta médica- pero no me acuerdo de la palabra. Y no me acuerdo de cómo nombrar esa patología porque yo, desde hace ya varios años, ya no hablo seguido. No hablo seguido, se me va la olla, la pinza, lo que quieran. Necesito un tiempo, unos segundos o incluso media hora. Es así cómo recupero la palabra HIPOCONDRÍACA. Es  curioso: no me acuerdo de la palabra, pero, automáticamente sí de “Hipogrifo violento/ que corriste, parejas con el viento” y de  Rosaura arrojada al medio del escenario en la jornada I,  escena I de La vida es sueño. Podría no recordar hipocondría pero puedo recitar a Calderón, recordar cómo era el jersey de ochos muy cool que mi profesor de Literatura Española en la carrera, Herrán, llevaba el día que comenzamos a hablar de las vicisitudes del pobre Segismundo, del cabrón de Basilio y los desgraciados avatares de Polonia.  La memoria, la “fuente de dolor” de Cela, opera y actúa de forma extraña, y más cuando vas cumpliendo años y sinsabores, cuando intentas ejercer una soberbia selectiva sobre los recuerdos- esto es mejor, me lo quedo; esto es peor, me lo olvido- en función de la anarquía  soberana – toma oxímoron- con la que manejamos nuestro equipaje. Y si yo no recuerdo la hipocondría es, quizá, porque no la he ejercido suficientemente, no por inteligencia, sino porque soy una inconsciente con buena salud.  No preocuparte, vamos en serio, por los millones de transgénicos y E-238 (pongo a lo loco), de los pesticidas, del colesterol o los triglicéridos, diagnostica a  alguien que está como un roble, por fortuna. La buena salud son orejeras para las penas de los otros, pero es también una línea de salida a cierto tipo de egoísmo. Legítimo, pero egoísmo.

Marta Sanz nos cuenta el derecho a las penas pequeñitas, a los dolores propios que son casi ajenos, a lamentarnos mucho no de la hipocondría sino del rumbo inevitable que van tomando los cuerpos con el paso de los años. Y a comernos la cabeza con ello, si nos da la gana. Y al inevitable declive, al inexorable y blando declive, también.  Yo creo que si una maleta mía fuese encontrada en el fondo de una fosa marina por unos arqueólogos del futuro sabrían que se trataba del de una señora cincuentona por la férula, las gafas de ver, las gotas, los millones de cremas para millones de achaques, las plantillas, el pañuelo para el aire acondicionado del avión, el reposacabezas hinchable, los magnesios y potasios encapsulados, la conviencia de tampax, compresas o tenasleidis  y un largo etcétera de casos y cosas. Marta Sanz, personaje-autora- se ve sorprendida por un dolor en la clavícula que sirve como punto de partida para hablar del reconocimiento de uno mismo ante los tropiezos, de cómo poder reírse de algo que puede ser muy serio, de que, en realidad, tenemos una “relativa capacidad de relativización”- entrecomillado mío-  ante cualquier angustia de salud. También que cierto grado de estrés nos lo provoca el propio estrés. Lorena Gómez, señora real que lee Clavícula de Marta Sanz, sonríe ante esa cómica enumeración de médicos y pruebas, siente un pellizco en el alma con algunos finales abruptos y también cierto grado de irritación en algunos momentos.  Irritación por empatía, como si este juego entre el volcado autobiográfico, como si esta primera persona que sostiene tan bien la ficción fuese un puente para terceras, en este caso Lorena Gómez, que se reconoce algo caprichosa, algo egoísta y algo acojonada ante algunas de las cosas que le cuentan. Esa empatía es mayor porque me hace exclamar ante el espejo que tengo derecho a quejarme, derecho a preocuparme, derecho a que a los cinco minutos esas preocupaciones y el alardeo mismo de ese derecho me den, directamente, igual. Estoy ante una ficción con recorrido autobiográfico, ante una primera persona sólida y pícara, que exhibe sin pudor correos electrónicos, conversaciones conyugales, y reivindica, como personaje y como autora, la autobiografía ficticia, el juego de espejos, decir y no decir, contarlo todo y, quizá, contar nada. Que se cuele un autor en la ficción, que esta sea veraz y verosímil no se consigue solamente hablando de lentejas y sardinas, de economía doméstica y falta de deseo. Se consigue, sobre todo, con mucho humor. Porque al lector, a la lectora Lorena Gómez, le han sobrecogido algunos fragmentos, otros le han emocionado pero, sobre todo, la ficción le ha servido para reírse de sí misma y del concepto de “buena suerte”: carga con ella aunque te duela. Carga aunque a nadie tu dolor le parezca importante, aunque te haga sentir culpable y en estado de penitencia por la queja, aunque calibres que tu mundo es mejor que el de otras mujeres, que pienses a veces que lo que tienes es una pamplina occidental como la copa de un pino, que eres una egoísta de mierda  y eso también haga daño. Es tu responsabilidad: carga con ella. Carga, aunque te duela. O, quizá, puedas vivir con la responsabilidad de no decepcionar, de no decir lo que no conviene, de entonar la permanente letanía del “virgencita, virgencita”. O puedes, sencillamente, asumir la condición humana de la imperfección y mirarte el ombligo si te da la gana, porque te lo mereces, porque te duele algo o te duele el hecho de que te duela.  Y nada más y nada menos, si lo conseguís sin culpa, por favor, dadnos la receta. Mientras, podéis leer esta novela genialosa y comentarla, porque la literatura es, más que nada, una forma de pasar la vida. Sin culpas, claro.

Marta Sanz Clavícula  Anagrama, 2017

 

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Hablando de mujeres

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Not stupid enough – Barbara Kruger Pulse en imagen para ver el origen

Tendría que haber escrito mucho antes sobre todo esto. En realidad, todas las que juntamos algo parecido a los párrafos, a las letras o a las ideas que son un enorme rompecabezas tendríamos que haber escrito antes sobre muchas cosas.  Ya saben: todo lo personal es político, pero en el reino de lo viral,aquello que es personal es también susceptible de desencadenar otras violencias, otros debates que suelen ser monólogos encadenados plagados de descalificación o de asunciones de entereza, de respaldos y de fronteras. Hay que escribir sobre la muerte que saluda por las mañanas en las páginas de los diarios, hay que escribir sobre el miedo de volver a tu propia casa, de ser tu cuerpo y tu autonomía, de quererte y que te quieran como tú eres, nada más.  Hay que gritar desde las letras temblonas de una pantalla sobre las horas solas y acompañadas, sobre empatía y gregarismo, sobre la gran diferencia entre la diversidad y ser marciano, todo es cuestión de perspectiva. Lo que no es perspectiva sino realidad es también sujeto de letras. O debe serlo, aunque intentemos esconder la mirada: a las mujeres las matan, la cultura de la violencia es la cultura del miedo y del silencio, de lo impune y borroso. Es tinieblas y es olvido. Vamos sumando cruces y reivindicación, una vez que las indignaciones se solapan las víctimas acaban siendo eso: víctimas. Desdibujadas, borrosas y olvido.  Y esto es de lo primero de lo que quería hablar.

Leo un ensayo escrito por una autora muy favorita y paro en las primeras páginas, a la espera de tiempos mejores en mi consideración sobre el libro o también sobre mi perspectiva.  Habría que escribir también sobre la facultad de parar las lecturas y retomarlas; así como de la empatía a priori que nos genera lo escrito por esas autoras muy favoritas, aunque esto, como en tantas otras ocasiones en este cuaderno, es otra historia. Dejo de leer un ensayo escrito por una mujer de mi generación porque estoy estupefacta. Articulado en una serie de preguntas y respuestas a mujeres de, más o menos la misma quinta, surge el eterno tema de la vida en pareja, de si las mujeres que estamos solas hablamos de nuestra felicidad con la boca pequeña -el consabido”qué bien me va, qué bien me va”- o si, por el contrario, y tal y como afirma la autora en un momento, “todos somos pájaros”. Vaya por delante que leo con una sobrevolada sensación de amenaza que, por supuesto, es un sentimiento libre, y más en la lectura. Y lo hago porque ciertos discursos me suenan demasiado y ya me dan un poco de pereza. Insisto: no es tanto cuestión del libro, que no he terminado y no puedo juzgar lógicamente, sino de las cuestiones que sobrevuelan. Y que atañen a lo que es mi generación, reconociendo de antemano que sí hemos caído en muchas trampas y que sí es necesario el análisis y la conversación. Por lo tanto: el libro lo retomaré, pero no ahora.  Para mí, pragmática que es una, la cosa es muy sencilla: la vida en pareja es maravillosa si te va bien, la vida en soledad es maravillosa si te va bien. Y cada uno escoge, esta vez sí,  lo que mejor le va: yo he sido felicísima en pareja- creo, si no me equivoco, que gran parte de mi vida la he pasado emparejada- y me he comido los mocos en soledad; lo he pasado fatal cuando alguna relación se terminó y he agradecido el poder corretear a mi aire cuando me ha dado la gana estando sola. No uso ninguna de las apps de las que se habla en el libro porque no son para mí, no las juzgo ni las condeno: no son para mí. Y, del mismo modo y simplificando, creo que podríamos establecer algo que, de momento, no he visto en el ensayo: hay personas para las que la vida en pareja no funciona o no satisface, o, también, te haces muy selectiva.  O llevas una carga de decepción, que puede ser resentimiento en algún caso, y no te apetece el riesgo, prefiriendo picotear. Y punto: ni pájaros, ni osos, ni eternos adolescentes  ni nada por el estilo. No es lo suyo y eso no quita que le den alegría al cuerpo cuando les da la gana ni tampoco implica ser una descerebrada. Hacen lo que quieren porque estamos en el siglo XXI, joder.  Y quizá alberguen el deseo íntimo y legítimo de encontrar a alguien, pero no convierten esa falta en un fracaso, aunque socialmente, y a tenor de lo que veo todos los días, las personas sin pareja somos una especie de discapacitadas emocionales. Habrá quien se considere fracasada, su problema (no entremos en la maternidad porque estamos aquí hasta mañana y yo tengo que coger un avión), pero no,tampoco vamos musitando el “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”ni pensamos que todos los tíos son una panda de cabrones en potencia: hay machirulos y hay hombres maravillosos, como hay mujeres increíbles y mujeres gilipollas. No parto de una sororidad de género mal entendida: parto de un aspecto que está aquí y es social: ¿hay que castigar a las personas que viven solas como si hubiesen hecho algo mal o tuviesen una tara? Y no contesten “Noooooo” unánimemente. Piensen en todas las veces que intentan emparejar a sus amigas o amigos como si no hubiese otro objetivo en la vida. Piensen en todas las veces que han articulado su felicidad personal- subrayo “personal”- en obtener – y vuelvo a subrayar “obtener”, me voy a quedar sin subrayador- una pareja, en mantener una relación contra viento y marea.   Y claro que es difícil y descorazonador muchas veces- la soledad es buena si es voluntaria, aún así no es sencilla-  pero ciertas cosas no deben ser a cualquier precio. Y la independencia es una de ellas. Claro que es hermoso regresar a casa y encontrar a quien amas, tener proyectos en común, observar el paso del tiempo. No soy cínica: es increíblemente hermoso.  Pero no tiene que suceder a cualquier precio, y si no sucede,pues no pasa nada. Lo que me desconcierta es la bandera de cierto grado de conformismo. Por eso prefiero dejar el libro hasta que vengan tiempos mejores, como ya he dicho.  El tema volverá porque da para mucho, pero esta y solo esta es la segunda cosa de la que quería hablar. Y volveré, volveré a este ensayo porque me interesa mucho. Pero ahora, no.

Y la tercera cosa de la que quiero hablar: el mundo es mejor cuando existen personas como Mary Beard. Porque, como dice en su discurso de aceptación del premio Princesa de Asturias, el pasado nunca es un libro de respuestas del presente, ninguna mujer en su sano juicio desearía volver a vivir en la antigua Roma a no ser que tuviese un billete de vuelta, y aún, desgraciadamente, nos queda mucho por hacer en temas de igualdad, de feminismo, de educación, de derechos. De revolución. Una que comience por incluir a todas las mujeres, porque estamos todas aquí, ni una menos.

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