Anchoas y Tigretones

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Máscaras y mundo en pelotas

Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta hablan de máscaras, vida, venenos y la necesidad que tenemos de historias. (Tomé la imagen de Imbd: si es pecado, la quito, pero no gano un duro con este blog).

Recuerdo escuchar una vez a Fernando Arrabal (que años después  le dijo a mi amigo Carlos “usted tiene un increíble aire lapón”), que el teatro es extravagante porque ha de vagar siempre fuera. Y es verdad: ¿qué es el teatro sino ese espacio de anarquía y alegre libertad donde todo es posible?  Mucho más que cualquier otra forma de ficción, el teatro suspende convenciones, no hay reglas, manda el bufón, ese que puede escupirte en la cara por burgués. También, como decía Lope, hay que hablar en necio al vulgo para darle gusto, dado que es el que paga. Qué cinismo y qué alegría maravillosa. El teatro es desfachatez, sorpresa y vida: escaso y arriesgado, efímero y único. El teatro es el mundo en pelotas y ese lugar en el que alguien un poco más sensato le indica al emperador su desnudez, donde la máscara es ese salvoconducto para poner patas arriba todo. Vivimos tiempos de literalidad inmensa, de ausencia de metáforas: por eso es el teatro más necesario que nunca, para  reivindicar al comedia y el drama dentro de un espacio, para poder aplicarlo o no, todo es posible.

Esa parrafada que he escrito casi de un tirón me ha salido  tras ver Los comensales, ese falso documental, esa falsa película de Sergio Villanueva. Silvia Abascal, Juan Diego Botto, Sergio Peris-Mencheta, Denise Despeyroux y Quique Fernández, se reúnen para hablar de un proyecto teatral durante una comida campestre. Y ya se sabe lo que pasa cuando juntas actores y actrices, que hablan de sí mismos, de sus proyectos, de la crisis de la profesión, de paternidad y paso del tiempo, y, sobre todo, de la necesidad que todos tenemos de relatos, de ficciones y de mundos que nos permitan escucharnos, a nosotras y a nuestra respiración. Todo va derivando en un clamoroso derrumbe de cuartas paredes. Y hay risas y ante todo mucha, muchísima emoción. Cuenta Juan Diego Botto que, recién llegados a Madrid, su madre simultaneaba varios trabajos, entre ellos el de cocinera en un restaurante en turno de noche. Él y sus otros dos hermanos la esperaban en una salita anexa al comedor, medio dormidos, agotados, deseando que ella terminase para tomar un autobús e irse a un barrio lejano en el que vivían entonces. Y cuenta, con una ternura enorme, cómo su madre los despertaba y les contaba que los camareros del restaurante le habían asegurado que la Pantera Rosa estaba en Madrid y que tenían que estar muy muy muy atentos por si la veían en el camino a la parada del bus. Cómo no maravillarse ante esta historia, cómo no recordar que mi padre me contaba, cuando niña, que él era amigo de Lindo Pulgoso, que le acompañaba todos los días desde su oficina a la puerta de casa, mientras yo, fascinada y con la boca abierta, iba comiendo poco a poco la odiada tortilla francesa. La ficción, las historias, los relatos nos permiten tragarnos cualquier tortilla francesa, incluso enfrentarnos con ella, perderla de vista, soñar, en suma. Y, volviendo a la película, esa reivindicación de lo ficticio como necesario para sobrevivir es también un grito a favor de todo lo que nos llena y no es subsistencia: las tardes en el cine, las canciones repetidas porque nos gustan, los besos, perder el tiempo mirando por la ventana. Todo eso es la vida, lo demás, ya lo hemos dicho, es subsistencia.

Al final, sin telón ni nada, sabemos que estos actores y actrices esperan a un Godot que, las paradojas de la narrativa, es quien sostiene la cámara, testigo mudo de todo lo que allí, improvisado o estudiado, ha sucedido. Y ofrecerlo es un acto de amor al teatro que tanto nos ha dado a personas como yo, pero también de la ficción y los cuentos, de las historias inventadas que tanto han hecho para que personas como yo seamos así como somos, para bien o para mal. Es biología y es piel: cómo vivir sin la verdad de las mentiras.

(Al final de la película sale una cita del grandioso Peter Brooks que resume, mejor de lo que nadie podría hacerlo, lo que es el teatro: “El teatro no va de nada. Va de la vida. Es vida”.

(Telón)

 

Los comensales (2016) de Sergio Villanueva la podéis ver en Filmin.

 

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