Anchoas y Tigretones

Archivo para la etiqueta “Jep Gambardella”

L’unico svago che resta

Elisa de Santis, las amarras de Jep Gambardella

Quizá sea el 29 de agosto, y no el cinematográfico ferragosto, el día más indolente del año. Indolente, perezoso y cobarde, ese final y no final es el Felipe de Mafalda resistiéndose a hacer los deberes, es también la amenaza del despertador resucitado. El fin de agosto no nos ha dado tiempo a construir el álbum de recuerdos del verano, todavía nos resistimos a abandonar esa arena ya algo húmeda, a asumir que los días son ya más cortos, que agosto se nos va por el sumidero como un anillo valioso perdido para siempre. Este día, que podríamos alargar (por pereza estival y merecida, porque así es el bostezo bajo el sol y la pamela, con un cóctel delicioso entre manos y con una renta de xmil guineas al año) es también el día de ese diletante y triste canto a la decadencia que es La grande bellezza. Aún me quedan unos cuantos años para llegar a mi sextuagésimo quinto cumpleaños, no tengo las hechuras sardónicas y dandys de Jep Gambardella, pero adoro sus paseos romanos, plagados de cine y literatura, de cínica y encantadora autocomplacencia, de vagancia decadente, sarcástica, de poner en su sitio a quienes-ay, que todas conocemos a alguna así-dan lecciones desde la autoridad moral y de sortear la vida entre performance, excesos y resacas de vacío. Romano, ese compañero de fatigas del que todos nos avergonzamos un poco, describe maravillosa y tristemente este momento del año cuando reconoce que los veranos eran todos uno y siempre se hacía lo mismo: propósitos para setiembre. Es verdad. En verano, cegadas por el sol o reconfortadas por las carcajadas en las terrazas, por los no-horarios, de vez en cuando vislumbramos una breve energía, una necesidad de planear, de sentir que todo ese descanso tendrá un devenir productivo. Comienzan las colecciones en los quioscos-¡todavía existen!-, pensamos en los cursos de cocina o cerámica, en ir más o empezar en el gimnasio, tachamos y ampliamos todas esas listas mentales. Cuando era niña, para mí el final de este mes tenía un toque delicioso porque había libros nuevos para el curso que comenzaba y tenía que forrarlos, los hojeaba con una mezcla de respeto y fascinación pensando también que al verano siguiente conocería todos aquellos secretos que el libro nuevo guardaba como una promesa de prodigios a desentrañar. Ese fin de agosto olía a lápices y al inevitable cuaderno nuevo, tan limpio e igual, sin tachaduras ni nada, que solamente quería que siguiese así, impecable, en una nube protegida para alargar más el momento del estreno, del runrún de lecciones, logaritmos y gerundivos.

Hoy es 29 de agosto y hemos visto en casa de nuevo a Jep, a Ramona, al hombre con las llaves de todos los palazzos de Roma,a Lorena, Elisa y Dadina, también a un delincuente snob y connoisseur de las mejores sastrerías de la ciudad. Y el Fontanone, la piazza Navona de noche y sus enfurruñados ríos, un hermoso jardín secreto de naranjas, las niñas perdidas en templos oscuros o lugares donde la niña-mujer, esa Fornarina de Rafael brilla tanto que dan ganas de abrazarla a través del lienzo. Todo esto es la imposible, inabarcable ciudad de prodigios, donde se habla a veces sin decir nada y otras se calla para decirlo todo. Y entre todos estos personajes-ciudad, Romano, como digo, es uno de mis favoritos, el más infantilizado, el que es más consciente de ese círculo al que en realidad nadie pertenece y que es de los primeros en romper. Hablando de esa frontera con setiembre, dice que lo ideal es abandonar los propósitos veraniegos para ese mes, que lo que hay que hacer es regodearse en aquellos propósitos que hacíamos y que hemos abandonado, por el motivo que sea. Y termina con un lapidario : «¿Que tienen en contra de la nostalgia? es la única distracción posible para quien no confía en el futuro. Sin lluvia, agosto está terminando y setiembre aún no comienza». Romano desconoce, claro, mi legendaria melancolía que me hace abrir cajones y acariciar lanas y mantas gruesas ante la primera brisa del fin del verano, ante esa promesa- ¡para mí también!-de que en esos abrigos, jerseys de ochos y medias muy tupidas encontraré algo , un recuerdo del invierno oscuro que me parezca precioso. Ojalá ir dejando esas migajas como pactos al futuro, como las monedas que aparecen en una gabardina relegada al fondo del armario, a ese papel en el que escribimos una contraseña de una aplicación que ya nadie usa, en las cuentas que hacíamos para construir futuros pensando eso, que el futuro juntos era hacer cuentas y no dejar pasar las penurias. Todo eso era la juventud y, afortunadamente, ya nos curamos hace tiempo.

En pocos dias, quizá algunos más que el cambio climático nos está enloqueciendo, el olor a bronceador, el biquini estirado de este año y la cesta de picnic ocuparán el lugar del fondo de los recuerdos y un espacio en el que molesten poco, en el que no entren en conflicto con las calefacciones y los deshumidificadores. Ahora que hemos sustituido las tarjetas postales por visualizaciones en Instagram, setiembre es solamente eso, un cambio de mes donde las viejas rutinas son las nuevas. Miro las suelas de mis sandalias y pienso en tantos escenarios, en arenas, en terrazas y restaurantes nocturnos, en los chicos guapos a los que miré de soslayo y que no me devolvieron la mirada (cabrones) escondida tras un libro de booksmart, en los paseos con podcasts, en un verano que quizá ha sido menos verano que otros-por propia misantropía, por soledad buscada y también por algo de precaución-pero en el que el paso de los días, y tan solo eso, me ayudó a perder la compostura de la rutina, a dejarme llevar por la vagancia, por las siestas, por conversaciones muy escogidas, por silencios. Y quizá el verano sea, como es ya la Navidad, una construcción melancólica, una atadura necesaria a un pasado reciente y luminoso que hacemos siempre magnífico, aunque haya sido eso: solamente otro verano. Porque la nostalgia, a veces la melancolía, es como esas mascotas domesticadas que un día se cruzan y se comportan como lo que son, animales, al fin y al cabo. En italiano, y en una película de Sorrentino, suena mucho mejor:

«Ma cosa avete contro la nostalgia? É lúnico svago che resta a chi é diffidente verso il futuro». En esas amarras algo mohosas descansaremos hasta el próximo verano. Feliz setiembre, feliz nostalgia.

LEYENDO:

Últimas noticias de la duquesa de Caroline Blackwood, en la siempre maravillosa Alba Editorial. Ay, los Windsor. Para una fan de The Crown, que se ha visto todos los documentales que hay sobre las familias reales, esto es un festín. He terminado también El chivo expiatorio de Daphne du Maurier (reseña en Insta), tengo entre manos Apaches : los salvajes de París (Ed. La Felguera) sobre «una de las subculturas más fascinantes de la historia, en plena Belle Époque»), Quemar libros: sobre la destrucción deliberada del conocimiento de Richard Ovenden (Ed. Crítica, del que estoy preparando una reseña que os enseñaré) y me relamo pensando en la última de Clara Usón El viaje de las palabras (Seix Barral) y su chejoviano viaje.

VIENDO:

A la caza del amor en Movistar. Las Mitford en estado puro: el destino de la mujer, el derecho a la rebeldía y contra la sumisión, pero siempre desde la habitación propia que da el privilegio, da igual que sea Oxford, París o una incursión en la Guerra Civil española. La serie es magnífica y un canto espectacular a la rebeldía, con magníficos secundarios (Dominique West como padre tiránico, pirado y muy gracioso) y el MARAVILLOSO Andrew Scott, el hot priest de Fleabag como un pigmalión diletante y escandaloso, un caramelazo de personaje.

ESCUCHANDO:

Acabo de descubrir el podcast Las hijas de Felipe y no puedo ser más feliz cuando dos señoras filólogas hacen crítica con perspectiva de género sobre María de Zayas, por ejemplo. Recomendable, ojalá publicasen más a menudo.

Luogo del cuore

 

In realtà, i romani mi sembrano insoportabbili. I migliori abitanti di Roma sono i turisti.

 

Hace muchos, muchísimos años, una mañana de domingo, yo estaba en casa de mi prima Mayra. En una pequeña habitación que daba a un patio tenían un pequeño estudio de radioaficionado, algo exótico, lejano y delicado para una niña de provincias de principios de los ochenta. Me acuerdo de cómo una mañana gris, como muchas mañanas de domingo de la infancia, se transformó en  luminosa: la de que todo se abría a un mundo diferente, lejano y atractivo como la madriguera por la que se aventuró Alicia detrás de un conejo blanco. Entre aquellas interferencias y ruidos de huevos fritos, la voz de un chico de Brescia en Italia, una voz entrecortada que decía que sí que nos escuchaba;  recuerdo cómo fue correr hacia el atlas, cómo fue también explicar a gritos innecesarios ante el micro que tú escuchabas desde «el noroeste de la España, Coruña». Un alfiler en un mapa era el concepto de lo  extranjero  entonces. Y Brescia fue  una de esas fronteras lejanas que conjuras. Una más, claro está.

Hay algún ensayo por ahí que habla de la utilidad de lo inútil. No soy amiga de recomendar lecturas que no he hecho, y mucho menos comentarlas Pero el título es tan contradictorio como provocador, sintiendo quien esto escribe que es casi una traición a la esencia de lo inútil: que sea apreciado individualmente, sin grandes exhibiciones ni pactos públicos. La belleza en sí es un don tan inútil como perfecto, nos da ese placer de la disidencia individual, aquella que necesitamos construir para poder sobrevivirnos a nosotros mismos. Cuando me preguntan por qué estudio italiano o el por qué de mi fascinación por Italia, siempre sonrío y explico que, precisamente, porque no vale para nada, porque la lengua italiana es tan bella como poco práctica. Entiéndaseme bien: en una época en que todo es utilitario y ha de tener un fin en términos de puntos, habilidades y competencias, no hay nada mejor que empeñarse, sencillamente, en aquello que te gusta porque sí, porque nunca vas a comprenderlo del todo. Italia me fascina porque no vivo allí, porque su historia y su realidad es tan luminosa, herida y compleja que me sobrepasa, me provoca rechazo en algunos momentos, pero que, como decía recientemente en un artículo Enric González, tiene – a diferencia de otros lugares sugestivos-  esa capacidad de hacer la vida llevadera. Italia, con sus Salvinis y sus partisanos, siempre corre el riesgo de convertirse en una postal soleada cuando queremos alejar el estereotipo de pizza, góndola y transeúntes bien trajeados; nos devuelve siempre la idea que hemos creado de ella, la amplía y la reduce: nos enamora su música y sus san Remos, su cercanía y a la vez su exotismo. Desde lejos sigue siendo ese destino del Grand Tour que ansiaban los aristócratas británicos, quizá los que más han contribuido a elaborar esa estilización que comparto. Mi idea, difusa,mezcla a Tadzio en el Lido con Albertone comiendo spaghetti, también a Silvana Mangano luciendo cacha y llamando a la rebelión. Italia es la Magnani corriendo tras un camión y es el perfil de Dante, son los tiffosi y las Brigate Rosse, es el paseo por Turín buscando la antigua sede de la editorial Einaudi, la tarde cayendo sobre el Castello Estense de Ferrara, la placa que recuerda a Umberto Eco en un pasillo de la Biblioteca de Bolonia, la lluvia pertinaz una tarde de primavera en el Foro. Italia es tan grande bellezza como Suburra, tan comedia de maggioratas como la vida creciendo alrededor de Lila y Lenú en un Nápoles destartalado y oscurecido por la sombra del Vesubio. Acabo de regresar y ya quiero volver: cuánto me falta por vivir allí, cuánto encontrar de realidad y vida. De lejanía de mi vida corriente: porque eso, y no otra cosa, es un viaje.

Todo lo que escribo es siempre parcial y poco conciliador. No voy a hacer un análisis más riguroso, más realista, más agarrado a las noticias: los lugares a los que viajo y me gustan siempre están idealizados, incluso desde la primera visita. La chica que recorrió Italia con mochila en 1985 no se cansaba, no vio las colas delante de la Galleria dell’Academia, ni siquiera en le stanze di Raffaello, las calles de Venezia le parecieron igual de hermosas que en la idea que Aznavour tenía de ellas cuando las recorría enamorado. No, en ese viaje todo era perfecto porque ibas quitando alfileres de aquel viejo atlas que consultaste un domingo de mañana, iba llenándose de barroquismos y renacimientos, iba con hambre atrasada de otro aire. Por fin, aunque no fuese muy habitual, el mundo se abría. Y yo, primera persona de nuevo, sabía lo que quería encontrar, que no era nada más que un puzzle atesorado durante años, con piezas brillantes y muy bien escogidas. Qué más añadir: una es consciente de cómo elaborar esa ficción, de cómo no sorprenderse para mal más de lo necesario, de cómo atenuar los impactos que esa construcción,débil pero muy arraigada en mí,puede sufrir. Los ataques de realismo, esa constante amenaza de suscribir lo que Sciascia decía  cuando afirmaba que Italia era un país sin memoria  ni verdad, están siempre ahí. Pero esa idea resistente que he conformado durante muchos años resiste. Y es algo que, por fortuna, no puedo reducir a la lógica ni resolver con un Excel, son datos no muy fríos, son de mi cosecha, es propio. Qué más da si a nadie le convence: yo quiero ser una eterna Jep Gambardella- pero como señora estupenda, es decir como flaneuse, para cuándo una palabra en italiano-  engullida por ciudades que amo.

 

P.D. Paseé largamente por Brescia en una tarde de este mes de mayo. Ojalá me hubiese cruzado con aquel chico, hoy un adulto, que me hizo situar en un mapa una ciudad del norte de un país que se llamaba Italia. Grazie tante.

Navegador de artículos