Anchoas y Tigretones

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Setiembre, septiembre

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Meow september– Imagen sin créditos. Para ver original, pulse en la imagen.

Septiembre, setiembre es un mes en reimpresión. Es un mes de colecciones de kiosko, de cuadernos nuevos, de matrículas en gimnasios, de mirar de reojo al armario y  hacer convivir las katiuskas con la camiseta de tirantes. Es un mes de empezar a pensar en hacer listas, no de hacerlas. De propósitos y promesas, mucho más que los principios de enero.   Lo que me gusta de setiembre es esa sensación de haber encontrado la pieza final de un puzzle, de terminar de ordenar un armario, de estrenar el uniforme del colegio y no llevar el mismo de siempre con la bastilla bajada. Me gusta setiembre con su desperezarse de agosto, es un mes que no acaba de divorciarse de la anarquía, la consiente, hace como que no la ve.   Me gustas, septiembre, porque eres la madre consentidora que me deja quedarme a ver la tele hasta tarde, la hermana mayor que te presta su chaqueta perfecto, el tío joven que todos tenemos que te malcría, pero te enseña a la vez a dosificar tu entusiasmo. Septiembre es remolón, es un mes entre las sábanas del año, justo cuando éste se prepara para inmolarse en diciembre.

Yo escribo mi verano a tientas, con miedo de que se rompa como aquel hechizo de la canción de Serrat, porque creo que el recuerdo es como un holograma, dependerá de cómo lo oriente que me devolverá una imagen u otra. La memoria es una construcción recuperada, donde rellenamos los huecos o añadimos nuestro particular photoshop. Hay un momento en agosto, por ejemplo, en el  capturas sin saberlo la imagen que va a colonizar tu memoria de un viaje,  estás creando ese recuerdo que te acompañará durante un breve espacio de tiempo, porque el recuerdo nace, como digo, para ser magnificado, para trascender lo vivido.  Pienso ahora, por ejemplo, en unas pajaritas de papel de colores que colgaban, de un lado a otro de la acera y por encima de nuestras cabezas, en una calle de Moscú y no fui consciente de que esa imagen, esa  y no otra, asomaría con una nitidez extraordinaria, con un brillo especial frente a muchas otras cosas vistas y oídas en ese mi mes  ruso, ni peores ni mejores: otras. También en 2016 fui dos veces a una muy diversa Lisboa. Cuando  acudo mentalmente a mi visita de julio de 2016, a  aquellos días de festival y conciertos, aparece una única imagen: Cristina y yo tomando un granizado de limón en una calle lisboeta, una calle retorcida y que serpentea, plagada de terrazas y sol, de vida y de excelso verano. Lo siento, Thom Yorke, no fuiste tú (Cris, apúntate el tanto). La memoria del verano es más juguetona, es un souvenir con instrucciones para armar, es la recompensa a la larga  de haber roto el compromiso de lo cotidiano, de salir. Hasta tu ciudad, la que tanto has recorrido y recorres, te regala unos recuerdos magníficos de sandalias y trasnoches, de miradas que se cruzan, de capítulos que comenzaste y que tiraste a la papelera (literal y metafóricamente), de la Ginzburg y de Gogol leídos en playas y siestas de jardín, de aperitivos que se juntan con meriendas y de los juguetes de los huevos Kinder que no sabes armar (shame on me). Todo es anarquía y todo es verano. Y además, suena Niño de Elche en la Plaza de las Bárbaras, Ocean Colour Scene en Riazor, entras y sales mucho, duermes muy poco y el recuerdo es, en este caso, que todo pasó demasiado rápido y que hubo quien tendría que haberse quedado más. Pero eso, como en tantas otras ocasiones, es otra historia.

Decía yo al principio que setiembre me gustaba porque era la pieza final de un puzzle: eso es. Setiembre es, digámoslo al fin, ese día extra de vacación en el que ordenas fotos, encuentras una moneda distinta a la tuya en un bolsillo o  te atreves a llamar a aquel teléfono apuntado en un ticket de un Starbucks . Setiembre es un aterrizaje feliz tras un montón de transbordos también felices, pero, como ya hemos dicho alguna vez, parte del trato es regresar. Y eso hacemos: alargar ese recuerdo infinito, construirlo a la medida del álbum mental que ahora nos gobierna,  contar y recontar lo sucedido y rellenar esos vacíos cediéndolos a la imaginación, poniéndonos en modo Ikea y redecorando y recreando, a veces se inventa todo, los puntos del mapa físico y vital que encierra un mes de luz desmedida, un verano de cerveza y carcajada, una compensación de los aguaceros de noviembre.  Y sí, esto puede que sea un aviso de que a partir de ahora todo, casi todo lo extraordinario que hagamos, va a quedarse en un tanto por ciento muy pequeño de veracidad y un tanto por ciento grande de reconstrucción a partir de la literatura. Porque, qué duda cabe: lo primero que mete una en la maleta cuando se va son sus propias neuras y  lo segundo, algún que otro libro.  Qué le voy a hacer, ser letraherido es lo que tiene.  Feliz setiembre-septiembre.

Recomendaciones (parte de mis lecturas de verano que son recuperables en setiembre-septiembre y que no pongo en formato bibliográfico porque bastante tengo yo ya con eso):

Natalia Ginzburg Y eso fue lo que pasó  Acantilado, 2016

Wendy Guerra Domingo de revolución Anagrama, 2016

Miqui Otero Rayos Blackie Books, 2016

 

 

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Las opiniones, lo superfluo, los rebaños o la culpa de todo es de Turguénev

 

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“Have an opinion. Elaborate” CC 2.0 BY See-Ming Lee Pulsar en la imagen para ver enlace original.

 

Alguien me recordaba hace unos días que las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una. También tenemos una lengua y una nariz, si nos ponemos precisos. Hasta ahí parece que todos estamos de acuerdo, a excepción de quien esto escribe. Pues no, yo no tengo una opinión sobre todo. Ni opinión ni punto de vista. ¿Cómo es posible, si llevo escribiendo un blog desde hace milenios,si discuto hasta la extenuación sobre aquello en lo que creo? La culpa es de Turgueniev y de que estoy muy rusa. Estoy muy rusa por razones personales y que vendrán al caso cuando empiece a publicar en redes sociales fotos maravillosas de un viaje que preparo- nota mental: en vez de “publish or perish” deberíamos adoptar el “publish or you’re not cool”-y, como en casi todos esos momentos previos a los viajes, leo rusiadas para intentar comprender. Dejando al margen esta cuestión fardona y personal, leo a Turguénev. En la deliciosa Diario de un hombre superfluo , me encuentro con el también fascinante Chulkaturin, al que su propia vida y persona le parecen tan escasamente reseñables  que el mejor modo de reafirmar esta condición es escribir un diario encarando los últimos días de su vida. La paradoja- escribir para qué y sobre qué si mi contexto es de banalidad extrema- es dejar un testimonio, una prueba palpable del paso por el mundo, haciendo de cada circunstancia, sin pretenderlo, algo  extraordinario. ¿Cómo, si no fuese así, un narrador que parte de su propia superficialidad podría decir sin tirarnos de la manga del alma “Mientras el hombre vive, no percibe su propia vida; esta, como un sonido, se vuelve clara años después”? (Punto y aparte para que respiren hondo y con ganas;  el librito está lleno de estas lapidarias frases que, al menos a mí, me hacen imaginarme a un Turguénev retorciéndose las manos y pensando en el desconcierto absoluto del lector).

Pues, efectivamente, no tengo una opinión sobre todo. Y no es falsa modestia- me caigo bien, qué le vamos a hacer- ni alardear de banalidad. No tengo una opinión sobre todo ahora, en este momento. Mis opiniones existen, son muchas y variadas sobre los temas que me interesan, pero precisan de cierto grado de reflexión, de maduración si quieren, de aislamiento o de misantropía moderada. Son, en ocasiones, firmes y claras. Hoy he estado leyendo sobre un profesor de la USC expedientado por comentarios machistas y creo (y de ahí no me bajo) que ha sido una decisión tibia. Me descorazona que cerca de 30000 personas firmen por encender la hoguera contra una autora aludiendo a la moralidad (el concepto es el concepto, diría Manquiña) cuando desconocen- ojo, desconocen- las burradas machistas que leen sus hijas en otra mal llamada literatura juvenil.  En otras cuestiones no lo tengo tan claro e intento escuchar y, sobre todo, callarme.  El gran problema de la escucha en el siglo XXI es el empacho de la vociferación, el ruido constante de las redes, la escasa valoración del necesario silencio. Mucho ruido, mucho grito  y- vamos a ser machadianos, qué coño- poco espacio para distinguir voces de ecos. Y una absurda angustia por la velocidad; esa sensación de tener una pistola en el pecho para decir lo que piensas sobre determinados temas en cualquier momento.  Se trata de un nudismo obligado que cae en aquello contra lo que lucha. La libertad para expresarse es lisa y llanamente eso, libertad. No creo que tenga que tener un momento para manifestarse y menos con pancarta digital – verbigracia, estados de Facebook que son autoayuda o selfi con alfabeto- y el silencio o la “no presencia” se consideran sinónimo de tibieza. Eso sí: si no has tenido un pifostio digital, seas Pérez-Reverte, Paula Prado o servidora, no eres nadie. Toma ya.

Antes de retirarme a mis palacios de invierno- la de años que llevo queriendo decir esta frase- vuelvo a pensar en Chulkaturin, en la velocidad y en lo que el ácido Jaron Lanier dice en Contra el rebaño digital. Ahí se habla bastante de la alienación mediante la tecnología y lo que llama la “mentalidad de colmena”. Me parece un libro fascinante y una muy recomendable lectura y, oigan, qué curioso: no estoy de acuerdo en mucho de lo que dice. Vuelvo a repetir que soy cero neoludita, adoro las redes sociales -en la medida en que sean sociales y no coñazo autocomplaciente o tribunal digital- y me paso ciertos grados de elitismo por la cruz de Malta. Aun así, hay cuestiones que creo que deben hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos o en el que tecleamos.  Me ha parecido inquietante lo que dice Yann Moulier-Boutang en esta entrevista: Ahora todos trabajamos para las GAFA sin cobrar  Nota: si lo de las GAFA les ha dejado con cara de paisaje como a mí, sepan que son las iniciales de Google+Apple+Facebook+Amazon. Y qué pena que se queden solamente en el titular: lean lo que dice sobre la renta básica universal y la necesidad de evitar que la UE sea un coladero de impuestos para las grandes tecnológicas.

Pero qué le vamos a hacer: soy una señora que escribe un blog, que no bloguera, y deberían de importarme poco estas cosas. Pero sobre renta básica universal, exhibicionismo en redes, la necesidad del silencio y la moderada misantropía, sentirse rusa o los ojos del que amo, pues sí que tengo una opinión. A veces solamente se trata de buscarla, nada más y nada menos. Ya ven,  todo este rollo gracias a un señor ruso superfluo: no hay como tirar del hilo. Me voy a pasear por la perspectiva Nevski con Gogol. Mi vida e impresiones de flaneur serán siempre lo que inspiren la mayoría de mis posts.  Supongo que terminaré hablando de Battiato.

Nota

La edición que manejo de Diario de un hombre superfluo de Turguénev es la maravillosa edición que Nórdica publicó en 2016, con ilustraciones de Juan Berrio y traducción de Marta Sánchez-Nieves. Es una delicia encontrarse con una edición tan impecable. La cita que estampo ahí arriba es de la página 19.

 

 

 

 

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