Anchoas y Tigretones

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Agosto es un invento

Photo by Nathan Anderson on Unsplash

Hemos empezado a odiar agosto. Es un sentimiento sordo, basado en un determinismo trágico. «Va a llegar agosto y al final no vamos a hacer nada». Y fue así, así está siendo, durante dos años seguidos, pandémicos y de esquivas perseidas. Agosto era un anillo tolkieniano, un lugar donde depositar esas siempre exageradas expectativas que adjudicamos al verano, al tiempo de vacaciones, víctima de unas esperanzas basadas no sabemos muy bien en qué. Las vacaciones de verano son como ese nuevo amante que nos deslumbra en su posibilidad y caemos en una idealización banal, impostada y mentirosa. Lo llenamos, nada más conocerlo, de unas cualidades que solo están en nuestra imaginación, en nuestra agenda irreal de posibilidades y futuribles: cosificado, es un contenedor, una plantilla, al la que dotar de todos esos dones que nos gustaría que tuviese. Claro, no es así. No funciona como receta: tiene otras virtudes (y misterios, perdona, Xesús Fraga por usar tu título), pero no son las que hemos elaborado y pretendemos adaptar, como en aquellos recortables de la infancia en el que escogíamos vestidos y complementos a nuestro gusto, hacíamos y deshacíamos, verano e invierno, impermeable de rayas y pantalones de campana. Nada sale bien con recetas exactas, puede que falten ingredientes o que el tiempo de cocción no sea adecuado.

Estos últimos veranos de reposo casi obligatorio, de medir kilómetros y distancias, he pensado mucho en los otros veranos. Intentando ser rigurosa. Como niña que fui sin aldea ni veraneos fuera de la ciudad, mis veranos tenían las mismas geografías que los inviernos, pero una inmensa alegría. Nunca tuve pandilla de bicicletas ni conocí a Chanquete, chupaba más piscina que playa y lo bueno era leer hasta las tantas y jugar en el jardín hasta que nos daba la gana. Me encantaba, me sigue gustando, la fruta de verano y sus colores, el olor de la crema bronceadora y la música de mañana en toda la casa. No, no viajé en familia más que en alguna ocasión en aquel Seiscientos naranja, que fue el único coche que hubo en casa, para pasar algunas veladas familiares en los lugares de verano de los otros, en «fincas», como decíamos entonces. Nunca tuve la sensación de perderme nada, incluso cuando setiembre nos devolvía a los lápices y los horarios, mis compañeras hablaban de las primeras discotecas en Sada, los chicos a los que espiar furtivamente o los cigarros fumados a escondidas en Inglaterra, adonde las niñas pudientes iban a aprender a besar y pasar el verano, subiéndose a aviones y trayendo de vuelta chocolatinas deliciosas, algún llavero de Snoopy y poca gramática entre los jerseys comprados al peso. Ahí sí hubo un momento en el que empecé a pensar que, quizá, el verano era otra cosa. Lo seguí pensando cuando estudiaba la carrera y podía ir de acampada a algunos sitios y poco más, cuando vinieron mal dadas y empalmaba dos trabajos de verano para hacer granero para el invierno. Cero lágrimas con la precariedad y más combate contra quien la fomenta, amigas: hasta una señora como yo la ha vivido. Agosto fue, después y ya en otros tiempos, un proyecto para ir a Moscú y a la verde Irlanda. Yo, que adoro las ciudades en invierno, tuve grupo de viaje veraniego por imposiciones laborales. Y me gustaban, a pesar del caos, esos aeropuertos en sandalias, no entender un carallo en algunos sitios, las avalanchas o los chaparrones inesperados cuando se anunciaban temperaturas de 27 grados o poder disfrutar de la hospitalidad de amigas que residían en otras latitudes y nos mostraban «lo que nadie ve».

Agosto ha sido hermoso, pero también es un invento. Es una promesa, un futuro perfecto sobre el que hacer presupuestos, diseñar itinerarios, pensar en llenarnos la cabeza de todo aquello que es diferente en una espiral de preparativos, de ilusiones, de deseos. Todo eso, más y menos, es el octavo mes del año. Pero también puede ser un eterno domingo. Ahora, más que nunca, una desilusión: agosto es ese regalo útil que te hacían de niña y que era siempre el peor de los regalos, en el jersey verde cuando te gustaba el rojo. Y ese invento, ese lugar donde depositar esperanzas, ya nos ha fallado dos años. Como señora que adora que las ciudades se queden vacías, escribo estas líneas en un Ferragosto con menos éxodo playero o campestre que otros años, con mucho paseo como los confinados, con «pocos pero doctos libros juntos», con la idea de que lo bueno vendrá cuando seamos un rebaño, si no lo éramos antes, o una inmunidad nos convierta en ovejas. O, quizá también, tengamos que recuperar esa idea del descanso como un exilio interior, como esa pereza infinita, indolente y algo culpable que da el no planear, el no tener que hacer nada porque no te da la gana, sin esclavitudes de redes sociales y de mostrar lo felices que somos. Y dejemos los calendarios, las ilusiones para algo más de andar por casa, para todo lo básico y fundamental.

La verdad es que los que nunca tuvimos esa idea de los veranos azules no los echamos de menos.

LEO

No sé por qué, pero en verano siempre me apetece leer novelas de misterio, góticas o de terror, géneros que no se me ocurre abordar en febrero o noviembre. Acabo de terminar Amar y ser sabio de Josephine Tey (editado primorosamente por Hoja de Lata en traducción de Pablo González Nuevo) y me espera Daphne de Maurier en la mesilla con El chivo expiatorio, traducido por Concha Cardeñoso, lo que es garantía de éxito y editado por una de mis favoritas, Alba. Tengo pendiente, ay, la vida, Quemar libros de Richard Ovenden (jefazo de los bibliotecariosde la Universidad de Cambridge) porque he prometido una reseña para un fantástico proyecto que tienen los bibliotecarios de la Universidad de Vigo. Y, bueno, si queréis unas poquitas recomendaciones cruzadas, he colaborado con un pequeño texto en Tempos Novos, que tenéis disponible en vuestra biblioteca, quiosco de prensa o librería favorita.

VEO

Es una temporada maravillosa para ir al cine. Mis fieles escuderos María y Tony me llevaron a ver El médico de Budapest, con un Brandauer irreconocible, yo que siempre lo recuerdo como Fausto. Sobre convenciones e intereses creados, bullying, miedo a lo desconocido y los desmanes del poder. También sobre la independencia y la amistad, algo tan valioso como difícil de mantener en estos tiempos de difamación constante. Y estoy viendo Los Durrell, porque ,si hay un verano, ese es el eterno verano de Corfú, espiando a las nutrias aparearse, deseando como Margo la llegada del amor o de las musas, como Larry. Los quiero como a una familia propia, me hacen compañía en este solitario verano.

ESCUCHO

Estoy escuchando mucha ópera: mis amigos músicos y melómanos clásicos se ríen de mi cuando digo que la ópera mata al teatro. Suelen ser actores y actrices reguleros, y yo no me centro en las representaciones (tampoco he visto tantas, invitadme a la Scala o a La Fenice y veremos). Pero hoy me lo he pasado teta escuchando Le nozze di Figaro. Este tiempo lento de verano ayuda también a escuchar episodios de mis podcasts favoritos que se me pasaron en su momento. De una de mis habitaciones de hotel preferidas y virtuales, la del Hotel Jorge Juan, recomiendo las conversaciones con Marius Carol y con Fernando Trueba, que me han parecido sensacionales.

Bartleby de agosto

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Imagen tomada de http://meanderin.gs/

A veces, distanciarse de la escritura es algo más que necesario. En realidad es que «preferiría no hacerlo». Creo que cuando tienes demasiadas historias bullendo en la cabeza, desórdenes habituales, pánico a que no fluyan como es necesario, acabas siendo un Bartleby provinciano y endomingado con tus escrituras. A los Bartlebys que son así, a los que emborronan solamente post-its y abrazan el eterno «ya habrá el momento de convertirte en tinta o en html» que les hagan la ola se la trae bien floja. Vaya, que se la suda, se la pela o, con bastarda metáfora marinera, «se la trae al pairo». Ya no solamente que les hagan la ola, sino que seas algo más que un pequeño rinconcito digital. Ya saben ustedes, si han llegado hasta aquí, que todo esto es, o no, mentira. Se escribe para entender por qué no nos quiere el mundo mundial. Se escribe para que te pasen la mano por el lomo y te digan que eres guay, que qué pena que no escribas más y en otros medios. Se escribe, muchas veces, para no ser el niño que juega solitario en un callejón, y también se escribe porque sí, porque te da la gana. Es verdad: qué cansados, que no cansinos, es hacer enumeraciones de motivos. I would prefer no to.

Los blogs, para los que nos dicen siempre lo que tenemos que hacer, son un agujero en el jersey de lo que-se supone que existe-gran proyecto literario. ¿Y si no lo tienes, y si realmente te da igual y te importa un soberano huevo hacer algo más? El mundo está lleno de aspirantes a sustituir a los oficiales creadores de opinión. Todo muy galdosiano. No me esperen por ahí. Hay gente que hace cosas en blogs- no de tecnología, no de moda y belleza- que cambia la silla recalentada del café por el teclado; la pantalla es aquella la ventana por la que se veía pasar inviernos, sentar cátedras y encontrar excusas para la queja, para la filosofía de refilón, para la creatividad verbal y la posible greguería, también para el fracaso de lo que no se logra plasmar. Un blog no tiene muchas veces aspiraciones; es el mundo de lo efímero asentado. Son reflexiones cogidas al vuelo, porque todo es ver pasar la vida y las primeras páginas de lo que no se participa. Para no preocuparte de «gústames» y de retuits, para que te den por saco los trols (y eso que los hay) porque haces lo que te da la realísima gana: no hay editor, eres tú y tu plantilla de wordpress. Y también reivindicar el derecho a ser dueño de las propias contradicciones: ¿quiere un blog ser un secreto a voces, un tesoro escondido, un algo a reivindicar en un posible futuro? ¿O quiere ser el robinson de una isla digital inexplorada? ¿Es quien lo escribe un flaneur que se mira en los escaparates al pasar o un frustrado y displicente tertuliano sin obra que sonríe de medio lado, ocultando su amargura? Joder, y yo qué sé, quizás todo sea un acto de narcisismo y pretendamos a todas horas disculparnos. Mucho ego y poca autoestima, mundo de actores, qué coño.

Yo solamente sé que esto es una plantilla de wordpress, que llevo varios años dándole a estas teclas y que me ha hecho feliz y descubridora porque no me obliga a nada. Me gusta, me divierte y a veces me da una pereza terrible. Me da la posibilidad de reflexionar sobre lo que leo, lo que escucho, aquello que aparece y se me queda en la retina. Y que cada vez que se acerca el cumpleaños de este cuaderno que no llevo en ningún bolsillo me veo a mí misma como alguien que quizás preferiría hacer otras cosas, que lleva mucho tiempo pensando que debe hacerlas o no, que no sabe si quiere hacer algunas novelas esbozadas o no hacerlas, que se lo sigue pasando bien aquí- de forma menos pautada- y que agradece que seais fieles y sigáis ahí. Podría seguir diciendo más cosas, pero ya se sabe que, al final, Bartleby vence siempre,dueño y rey absoluto de su paradoja genial y revolucionaria. Felices agostos, queridos míos.

Ferragosto

MM splashing. Tomada de Pinterest

MM splashing. Tomada de Pinterest

Hay quien pasa parte del año dibujando fronteras sobre un mapa, paladeando lentamente el espacio tan breve de kilómetros imaginados sobre un papel. Portugal tiene nariz, la bota ya sé que es Italia. La zona del Levante español parece también un perfil. Visto así, España y Portugal, juntos en el mapa parecen un matrimonio cansado de años de compartir cama, cada uno mirando para un lado.  Y luego los nombres, claro, algunos tan plagados de consonantes imposibles de pronunciar que ya son, en sí mismos, una geografía propia. Soñar con la lejanía, con la desnudez de un billete solo de ida, todo eso es viaje y no vacación. La voluntad del viajero de dejar de ser turista alguna vez. Pero es agosto y en agosto hay vacaciones.

La mitad de agosto, el ferragosto italiano, es un señor en calzoncillos mirando por una ventana de Nápoles. Es, también, una persiana entornada para evitar el sol a plomo, el silencio abrumador de las colmenas vacías, los carteles de «cerrado», la abulia despistada de algunos pájaros en el parque. Pero, sobre todo, señores en calzoncillos y camiseta imperio.  A poder ser con bigote. También niños castigados sin playa, haciendo interminables pilas de deberes en una mesa camilla  en un apartamento amueblado en Torrevieja, Alicante.  O señoras enlutadas sabiendo del mundo por la televisión insomne. Es, también, la resaca inoportuna sin pizza en el nevera. El quince de agosto hay que entonar el Hawai Bombay y montárselo en el piso, qué demonios.  Ese día quince  es un día descolocado, impar, raro, un festivo que se celebra de perfil, oliendo asfalto abandonado.  Una celebración del tedio, de envidiar las vacaciones de risas y cervezas, de abrazar los espacios propios como fortalezas inacabadas, como cualquier espacio de Hopper.  De hacer puzzles y crucigramas para pasar el rato. De dormir más siesta de lo razonable.  También puede pillarte deshaciendo maletas, poniendo lavadoras y preparándote para alguna vuelta. Alegrándote de tener a donde volver. Pero llegando a la mitad de algo, como el hijo mediano que no es favorito y tiene que recordarle a alguna tía abuela cómo se llama.   Y me acuerdo del libro genial de Geoff Dyer  Yoga para los que pasan del yoga.  Su magnífica descripción del ferragosto romano : el «estupor del mediodía» llenando una ciudad, un mes entero  plagándose de «péndulos atascados», de cosas que hacer para no tener que hacerlas.

Agosto tiene ahora un punto mucho más cruel que nunca. Prolongar la vacación porque ya no es vacación: es la vida sin tener un horario de entrada y salida. Esos «péndulos atascados» de los que habla Dyer en días de noviembre y enero, tan lejanos y exóticos ahora, tan imposibles de pensar en sus lanas y guantes.  El sarcasmo inútil de un país en el que  la pregunta «¿Estás de vacaciones?» se ha convertido en esnobismo y no en el resultado de un derecho.

No lo he dicho, pero en la ventana de enfrente  hay un señor en camiseta, fumando.  Esto es muy  The Rear Window. Bajo la persiana.  Guardo mis mapas para el año que viene o, quizás, para soñar con un noviembre centroeuropeo. Pongo Night and Day de Cole Porter y  canto «when the summer showers through/ a voice within me keeps repeating/  you, you, you». Eso, y no otras mudanzas, ningún otro mantra, es lo que deseo en este ferragosto.

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