Anchoas y Tigretones

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Extrañarse

Viñeta de “Fabricar historias” de Chris Ware, publicado en España por Random House.

Dice David Bowie que hay que enfrentarse a lo extraño. Yo así lo creo: hay que habitar, de una vez por todas, el desconcierto, abrazar la aventura aunque sea dentro de lo gris. Una se extraña a menudo, parte de la culpa es de una misantropía periódica que hace que muchas cosas de lo humano sí me sean ajenas, perdón por la cita mal traída. Otras veces es la pura necesidad de doblar la esquina y tomar una decisión a lo loco: me compro un billete de avión, me cambio de casa, diseño una aventura a medida.  Hace unas semanas hice un viaje breve a Roma.  Además de mi costumbre de observar las alturas- los áticos, las ventanas entreabiertas y diseñarles vidas ficticias a los habitantes que desconozco- me volvió una fantasía que tengo desde hace muchos años y que es puntal en mi extrañamiento. Quiero llegar a un aeropuerto, el que sea, e identificarme como una de las personas a las que están esperando con un cartel. ” Miranda Moore”, un cartel en letras mayúsculas sujeto por las manos de un chófer negro, con gorra de plato y uniformado. “Hola, sí, soy Miranda Moore” y me metería en ese coche dispuesta a abrazar esa oportunidad de ser otra persona, de aprovechar la ocasión como Don Draper o Ripley,  sin tener ni idea de si me llevan a una reunión de negocios, a una cumbre sobre el clima, a batirme en duelo o a ser acribillada en un ajuste de cuentas.  Lo interesante sería ir asumiendo poco a poco la nueva situación, ir recopilando la información respondiendo con monosílabos y observando mucho. Muchísimo : construirse una nueva identidad en segundos no es nada sencillo, sobre todo si desconoces las consecuencias de ser descubierta. Viva la aventura, sí. Aunque implique únicamente cambiar de autobús, volver a casa desde un rincón diferente de la ciudad, fantasear también con trenes y largos recorridos, con vidas propias y ajenas, con otros contextos.

Pero yo he venido a hablar de mi extrañamiento y este es : la pura necesidad de cambio me ha hecho encarar la tropecientasmil mudanza de mi vida. Y ahora, mientras me hago amiga de las esquinas de una nueva casa, estoy en ese proceso de reconocer  colores, ruidos, luces. Esa puerta que no cierra bien, esa ventana que abren todos los días a la misma hora, la parsimonia del  ascensor  haciendo “top” al llegar. Armarios con mi ropa, tan extrañados como yo de esa nueva ubicación, acostumbrados a otras faldas y botas.  Nuevas risas que se oyen con tabiques de por medio, unos pasitos de niño alentado por la voz de su madre. Y, claro, también el borracho que da alaridos a la puerta de un garito a las tres de la mañana, el claxon insistente de un repartidor,  la niña que me saludó  con sus coletas al aire y subida a una bici diminuta. O el señor que en mi primer desayuno en el nuevo barrio- hay que explorar, amigas-  le cantaba con el dedo en alto a su nieto “había una vez un barquito chiquitito” ante la incrédula mirada del bebé. Vas domando ese primer extrañamiento, esa prudencia absurda, esa intimidación de niño en el primer día de cole. Ante los nuevos espacios no cabe sino observar y domesticar : las alacenas de la cocina, tu imagen en un espejo de baño mucho más grande que el que tenías en tu antigua casa. Y la casa anterior, ese contorno tan familiar, empieza a desdibujarse, a ser un territorio comanche donde queda unido lo mucho bueno y mucho malo de años pasados. El oxígeno en la vida no entra solamente por los pulmones: es la necesidad de ser algo piel roja y algo nómada, de ilusionarte con aquello que sabes que tampoco será permanente. Y volver así a empezar.

Mientras esquivo bultos, embalajes y pilas de libros  en el nuevo salón e intento que la rutina diaria no se desbarate mucho, encuentro la gigantesca caja en la que venía Fabricar historias de Chris Ware. Lo compré hará unos dos años y nunca lo abrí, quizá porque mi vida ya era lo suficientemente ficticia en aquel momento. Y viendo una reseña sobre las historias que permiten avanzar y retroceder, jugar con los personajes, conocer y olvidar, es ahora el momento de abrirla.  Es una paradoja no muy sutil, lo sé, pero este hallazgo producto del azar me  hace sonreír mucho.

Creo que las mudanzas son una entelequia quizá: la mujer que escribe un blog seguirá siendo la misma y variando de la primera a la tercera persona, equivocándose, extrañándose algo más.  Y disculpándose por escribir tan de tarde en tarde. Hay cosas que no cambian.

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David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

bowiees

Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

Un grado de separación

bowie

 

Quizás haya un crío ahora abrazándose las rodillas, sentado encima de su cama, aprendiendo el ritmo lento de la autocompasión. Habrá, imagino, un número indeterminado de chicas que están muy por encima de todas las demás, de todos los demás – qué pertinente es a veces la distinción genérica, gracias por la gramática-pensando por qué no las invitan a participar en tal y cual cosa. Habrá a quien le duela el silencio o quien asuma la estrategia del camaleón para seguir adelante. Hay quien manda callar a otros y quien opte por el silencio ante la exhibición del sarcasmo que no es más que una forma mayor de esconder la ignorancia. La mediocridad genera una tiranía aceptada por otra corte aún más mediocre.

Yo hablaba hace unas semanas de desobligarse en 2016. Y enero me trajo muchas más obligaciones que desligaduras, y una patada en el culo a mi mitomanía radical, a esa orfandad abrupta que genera el ir quedándose sin referentes que te han acompañado siempre. No voy a dar (más) la plasta con Bowie de la que ya hemos dado entre todos- cosa que como ya he dicho me da exactamente igual y hasta me alegro: me vengo de todos los putos crowdfundings y autopromociones de libros que me he tragado con buena cara y por pura cortesía británica- pero sí quiero escribir un poquito sobre él. No soy crítica musical, ni siquiera soy una compradora compulsiva de discos ni mucho menos. Considero la música mi patria porque me da la real gana y los músicos que me gustan son decorado personal y familiar. De Bowie conozco lo que conoce la mayoría de la gente, y tampoco nos vamos a poner estupendos.  Su capacidad de crear y de recrear, de retorcer las cosas, de abanderar el pastiche como punto de partida de todo, es lo verdaderamente fascinante. La naturalidad en la extravagancia, el gayear a lo loco, el representar el concepto queer antes de la propia existencia de lo queer, su ambigüedad desaforada -que era un apetito por la estética y también por las más diversas pieles- convierten su presencia en parte muy fundamental de la iconología del XX (y parte del XXI). Y un avance constante, un ir y venir, un tomar influencias, un aprender y desaprender, tirar para adelante y vuelta atrás. Ese era Bowie : un Ripley aventajado, un actor versátil y bellísimo,un animal de pómulos aristocráticos, príncipe y mendigo,  gentleman choni, un  cabaretero posh.

Pero antes de eso, como dice el tuit que copio arriba, era algo muy diferente. Uno de tantos que parecían a punto de quedarse en el camino y abrazar la pauta de esa normalidad que nos convierte a casi todos en personajes grises. Pero no, él no. Porque la idea es lo que él consiguió: que aquellos que te puteaban acaben queriendo ser como tú. Y, sí, es verdad, hay que ser Bowie para ser eso. Pero a lo mejor es que solamente nos separa un grado de él: el de la voluntad y el cero miedo al fracaso.  Hay que dar las gracias por Bowie, pero también por Caitlin Moran que, además de este tuit tan guay, escribió este otro obituario tan chulo This is how David Bowie took over the world & invented us all in only five years. Oh, y lo que escribí yo sobre el libro de la señora Moran, que también quedó muy bien ¡Viva Caitlin Moran!

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