Anchoas y Tigretones

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Mayores

Photo by Markus Spiske temporausch.com from Pexels

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Recuerdo a quien me explicó una vez, citando el título de un libro, que había una gran diferencia entre ser mayor y hacerse viejo. Sabemos todas, porque esta sí es una cuestión de género, el caldo gordo que le hacemos a la industria de la belleza asumiendo que envejecer es un proceso de descuido, no algo natural, un pequeño capricho genético al que solo escapan instragramers avisadas.  A mí me gusta estar bien, pero soy consciente de mi edad y, por supuesto, de lo que lleva consigo. Me relaciono en el día a día con personas mucho más jóvenes que hacen chistes constantemente sobre aparentar o no los años, sobre los achaques y la menopausia, todo es una risa condescendiente y yo me quedo atónita. Atónita  porque, queridas mías, todo llega: las tetas se caen, un buen día dejas de tener pómulos y tienes mofletes y te engorda el aire. Pero eso no es el problema: lo es que ese tipo de risas ahogadas, ea coña constante sobre la edad y el “cambiar de cifra” (sic) siempre me parece tarjeta de visita de falsas aliadas. Sobre todo, me entristece que hayan vivido tan poco como para no darse cuenta de que da exactamente igual: hagas lo que hagas, te pongas como te pongas, vas a cumplir cuarenta y luego cincuenta, tu cabeza y tu cuerpo seguro que irán por lugares separados, podrás mazarte en el gimnasio y gastarte una pasta en tratamientos ;el calendario avanza, amiga, estarás buenísima pero no dejarás de cumplir: la matemática es así y por muchos años.

Cuento todo esto porque he tenido recientemente una conversación sobre la convivencia con los mayores, nuestos mayores. Que no somos casi nadie la familia Ingalls está bastante claro (se pondrían las botas de haber existido Instagram: ¿os imagináis los selfis de Laura y Almanzo, las tartas espectaculares de Caroline o un vídeo de Charles tocando el violín? ). No hablábamos de la desgracia- subrayo desgracia- de cuidar a una enferma terminal, a un paciente de Alzheimer o demencia. De eso, quien me conozca sabe que he hablado largo y tendido, hablábamos de la relación con los padres cuando quedan viudos, cuando su entorno se desmorona, de cómo hacerles compañía sin ser invasivos o perder tampoco el tren de nuestra vida, de cómo estar sin estar de más. En esta conversación a la que aludo, alguien decía que mis Navidades le parecían lo más triste del mundo, al pasar la Nochebuena sola con mi padre. Imagino que esa imagen de un pavo descomunal y cuatro o cinco niños rubicundos alrededor de la mesa, con un enorme árbol iluminado es la idea de felicidad, la postal perfecta para muchos. La mía es diferente: tengo la suerte de tener a mi padre en perfectas condiciones, de disfrutar con él las comidas de los fines de semana y de hablar de la Coruña del ayer: del Relleno, del leirón del Casino, de los antiguos negocios de la calle Real, de los viejos tranvías. También de tiempos, es verdad, más felices en los que la familia era mucho más extensa, éramos más y la Navidad era un no parar de visitas y comilonas. ¿Y? Yo me siento privilegiada de haber podido vivir todo aquello y, sobre todo, de poder recordarlo. Ser mayor es, entre otras cosas, comprender también a los que ya son mayores que nosotros, entender sus ganas de hablar y sus silencios, su independencia y su necesidad de compañía.

Yo pasaré mi Nochebuena, seguramente, con una cena algo más frugal que las de años anteriores, seguiremos apostando a ver cuántas veces dice el rey “Cataluña” en el discurso, seguiremos comentando que los polvorones de antes eran mucho más ricos y llamaremos a la familia que nos queda por teléfono para desearles una feliz noche. Qué queréis que os diga: a mí la tristeza me parece otra cosa.

He escrito bastante sobre la Navidad, porque es mi época favorita del año. Si queréis podéis leer Lo que es a veces Navidad También esto: Mirada navideña e infantil.     O esto, mucho más grave: Scroogismo sin querer

 

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La bola del mundo

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CC 0 Public Domain.

Una bola del mundo es una promesa de salacots y cordilleras, de la habilidad para bautizar lo inesperado. La bola azul aparece no como ese planeta entre millones, sino como el único objetivo, la única superficie real y pertinente, la que crearemos. Nosotros jugábamos a dar vueltas y vueltas, agarrando  el pan con chocolate con la otra mano, y parábamos en seco en un país, una ciudad, un territorio. El azar. Y nos preguntábamos cómo serían las calles de Japón o México, las escuelas o los parques en Alemania y Madagascar. Porque darle vueltas a una bola del mundo tiene siempre una dimensión infantil, de universo a escala : las meriendas y los cuentos, los deberes y los juegos, serían diferentes, pero serían. Qué ajenos, entonces, a los avatares en periódicos y noticiarios que hacían que África en los setenta fuese casi un bocage diseñado con tiralíneas, que tuviese nombres que nos hacían mucha gracia como Ougadougou, que desconociésemos las fronteras y las desigualdades, los desengaños también, pero es otra historia. Eramos niños. Jugar con la bola del mundo tenía una gracia inversamente proporcional a los mapas mudos, que eran horribles: de memoria y creados de antemano, con nombres preconcebidos y sin ninguna gracia. Todo previsible y nada más. La bola del mundo no, había países de colores y la extraordinaria promesa de los mares azules que imaginábamos llenos de ballenas y delfines saltarines, de corales submarinos, capitanes y tormentas, bergantines y goletas. El desierto era risueño e infinito, las islas- cualquiera- unos deliciosos lugares de beatífica convivencia, donde vivir en cabañas hechas con hojas de palmera o pescar con unos palos afilados era algo que emular en el recreo. No veíamos, tampoco, las casas derribadas de Beirut o la infancia destejida de Biafra. Todo era lejano, la bola del mundo un ecosistema perfecto de juegos, pan y chocolate. No había drama.

Hemos vuelto a jugar tantos años después casi a lo mismo. Ajenos también a los dramas de los otros, algo que empieza a ser una costumbre, embebidos, de forma legítima o no, en nuestras propias tragedias. Ya hemos dicho que girar la bola del mundo es intentar encontrar una felicidad a escala, una necesidad de aventura, de novedad, de ruptura.  En tantas tardes de mesa camilla y vuelta obligada al hogar, hemos acompañado a quien no sale, hemos seguido soñando. Una bola del mundo asomada a una pantalla de televisión, una bola del mundo en la mano temblorosa de quien sabe que se le escapa la vida, un  futuro ofertado para quien el futuro ya, sencillamente, no es. Cuidas, acompañas,  y te detienes para intentar enseñar un país, una ladera, una montaña que vayan de la mano de historias que hagan pasar el tiempo más rápido, que la tarde fluya sencillamente, sin más. No hay lugar para planificar: es aquí y ahora. Todo aquello que vas recopilando, recogiendo en el día a día y que son muchas veces anécdotas adornadas, chistes ajenos que adaptas como propios, recuerdos enviados por alguien y que no son ciertos, porque es verdad que no hay nada más persistente que el olvido de los que no tenemos cerca. E intentas construir, a partir de lo efímero de las palabras, una realidad que ayude a tragarse los minutos, a sobrellevar el tedio, a olvidar lo inolvidable.

Y, aunque lo intentes evitar y no lo reconozcas, aunque sepas que estás donde debes; miras con una mezcla de envidia y nostalgia a ese globo terráqueo infantil olvidado en lo alto de la estantería y todo lo que lo acompañaba: el equipaje de inconsciencia y alegría de la juventud, la avidez y la persistencia por ver y conocer y, también, el egoísmo de esa construcción a medida. Porque, inevitablemente, somos la infancia que hemos tenido. Y cada uno, como sucede también con algunas familias infelices, se lo ha currado a su manera.

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