Anchoas y Tigretones

Archivar en la categoría “Sociología aficionada”

Imposturas y sus síndromes

Lo confieso: me apasionan las películas y los relatos de timos y suplantaciones. De Ripley a Lupin, de los magos astutos de Ahora me ves.. a la sordidez de Los timadores— con una terrorífica Angelica Houston—la desternillante Nueve reinas y los atractivos malotes Newman y Redford en El golpe: me caen bien, qué le vamos a hacer. La iconografía es trepidante y poblada de nuevos pasaportes, tintes de pelo, bigotes y barbas postizas o sonrisas de ejecutivo psicópata, de todo. En el timo, en el cinematográfico que ya sé que mucha gente ha sufrido mucho pero yo vengo a contar otra cosa, hay a veces cierta justicia poética apelando a la avaricia del timado: me sigue impresionando Tony Leblanc haciendo el de la estampita, por ejemplo. Haya o no millones por el medio, tengamos a mano una Lisbeth Salander que transfiere millones a nuestras cuentas o seamos unas pardillas de preocupar, muchos ladrones de cine y literatura arrastran ese halo de héroes algo pijoaparte, ignoramos el posible drama y apartamos la ética. Lo dicho, es cierta atracción por una transgresión edulcorada, de mentira y que dejará de gustarnos cuando salgamos del cine o apaguemos nosotros la pantalla. La impostura de mentira es fascinante, convivir con la idea de que una es de mentira, o no merecedora de una verdad propia, no lo es tanto. Pongo un ejemplo: yo llevo mucho tiempo queriendo escribir sobre el síndrome de la impostora, sobre esa falta de confianza que lleva a relegarse una al cuarto de atrás, dejando ganar la batalla a la inseguridad, esa terrible compañera. Y, voilá, aparece un episodio en el podcast Deforme semanal en el que las admiradas Lijtmaer e Isa Calderón hablan no solo de esto, sino de cómo asumirlo en un mundo patriarcal, al hilo de la publicación de El síndrome de la impostora, de Elisabet Cadoche y Anna de Montarlot Y ahora, después de escucharlas hablar sobre todo esto, pienso que no tengo derecho, que qué voy a decir o aportar yo, qué desfachatez, qué osadía. ¿Es la inseguridad un síntoma de ese ambiente viciado ante algunos sanedrines que siempre te dirán que tú no, que ahí no, que quién te crees que eres? Estar fuera de lugar es reconocer que el espacio no te pertenece y es producto de una cultura competitiva ante los que se entienden como adversarios. La displicencia, el ninguneo, casi siempre esconden miedo. Y el miedo, oh, darling, es muy masculino. Siempre que tu autoestima se tambalee es muy probable que alguien esté esperando con un garrote de mentira para borrarte del mapa, como ese dibujo animado que eres. Por mucho que te repitas a menudo «¡Qué coño, aquí estoy yo!», el hormigueo impostor va llenándote otra vez. Me afectó el síndrome cuando he escrito sobre un tema que me interesa y que, quizá, no domino a la perfección (como casi todo el mundo en todos los temas). Cuando lo hice en gallego porque escribo habitualmente en castellano. Cuando impartí clases sobre aspectos de mi propia profesión porque van a alzar las cejas porque yo no soy de esto ni de lo otro. Por escribir porque sí cuando ya hay escritoras. Por pensar en algún momento que podía ser una escritora. Por creer, y eso es el problema, que podía quedarme al margen de las valoraciones que hiciesen de mí. Por pensar que tenía una voz distinta ¿Por qué? El problema es el escrutinio que haces minusvalorando tu propia capacidad, muchas veces engrandeciendo y anticipando las posibles críticas, Y si lo anticipas no es por histerismo: es que ya lo has experimentado.

Por supuesto que el miedo y la inseguridad son libres. La autoestima, un territorio de difícil conquista ante cuchillos alzados, sean verdaderos o virtuales. Pero existe un contexto previo, producto de años y años de educación nociva y fundamentalmente machista, que hacen que la mayor parte de las afectadas seamos mujeres. No he visto jamás a ningún compañero de trabajo, jamás, cuestionar su aptitud o valía para tal o cual cometido. Sí, en cambio, lo he visto en muchas mujeres, en condiciones idénticas o incluso superiores. Hablamos muchas veces de las vocaciones científicas en niñas, pero que abandonan a veces no por falta de capacidad, sino por un entorno poco estimulante. ¿Están acaso ocupando un espacio que no les corresponde siendo mucho mayor el número de mujeres matriculadas en la universidad que de hombres? ¿Por qué esta idea de no pertenecer al club?

No somos fraudes ni usurpadoras. Y paro, que esto de conquistar espacios me provoca la terrible ansiedad de saber quién me estará leyendo, qué pensará de mí, si tengo o no tengo derecho a escribir una cosa tan cuñada como un blog, yo, señora mayor en un mundo de Twitch y de cosas que, tampoco me pertenecen o de las que quedas automáticamente expulsada. Poco hablamos de la tiranía de la juventud, del desplazamiento por la edad cuando quieres acercarte a realidades que desconoces y eres algo más que una señora curiosa: huy, váyase, qué hace, qué ridícula. Guste o no, la edad es algo que se pasa, se cura y se mejora solo con el tiempo. Y ahora sí que termino: repaso mi párrafo del principio y me doy cuenta de que todos los timadores que menciono son señoros. ¡Qué bien se les da ocupar espacios a los jodíos!

Lecturas y cosas que andan por ahí

La hija única de Guadalupe Nettel

La noche que llegué al café Gijón de Paco Umbral, que era un niño de provincias que se sentía fuera de lugar, pero que hizo de la necesidad virtud. Y ocupaba espacio, caramba que si lo ocupaba. Releo este libro con frecuencia, las anécdotas sobre el ego de escritores son impagables.

He releído las Apostillas a El nombre de la rosa. Sigo pensando en Umberto Eco partiéndose de risa retorciendo y componiendo este puzzle intertextual, gótico y fascinante sobre el poder de la risa, de las bibliotecas como reflejos de aquello que hemos tenido a bien conservar. Y musitamos, siempre, la frase del ya viejo Adso de Melk cuando recuerda aquella primera aventura con Guillermo de Baskerville: stat rosa pristina nomen….

Vean dos cosas y háganse un favor: el Imprescindibles De Carmen Martín Gaite y un documental maravilloso sobre falsificaciones en el mundo del arte Made you look en Netflix. Otro día hablamos de Small Axe.

Si llegáis a tiempo de ver en cines El año del descubrimiento, pues eso, llegad a tiempo.

Y qué le vamos a hacer, me gusta el disco de C. Tangana.

El patio de mi casa no es particular

No se parece en nada al patio de mi casa, pero qué mona está Scarlett en este fotograma de «Lost in translation». Pinche en la foto para origen.

 

 

No estoy segura de si han pasado días, meses o vidas desde el último artículo que escribí aquí. Qué perezoso es el tiempo y qué difícil es no llenarlo estos días con todos los yogas, las recetas de repostería instantánea, los resbaladizos contenidos gratuitos del mundo de la cultura, todo cubriendo unos horarios imposibles, que nos obligarían a una hiperactividad angustiosa. Yo estoy a favor de reinvindicar una necesaria pereza, una observación pausada de los pasillos y sus pelusas, del sol dando de lleno en los muebles de la cocina. El tiempo se vive en el modo en que uno quiere, no en el que las emisiones de entrenamiento dictan en Instagram. Podemos dormir dos siestas y merendar dos veces, leer cuatro libros y no terminar ninguno., qué coño. Esa idea del aprovechamiento es tan absurda como culpabilizadora. Son muchas horas, haga usted lo que le dé la gana en esta burbuja llena de ventanas y comunicación. No estamos aislados, estamos confinados  y muy de aquella manera: pero, en cierto modo, obligados a sentirnos mejor, peor o regular y decírselo a todo el que quiera o no quiera oírnos. Esa especie de amortiguador de los primeros días, esas bromas infinitas y ese bombardeo de memes y whatsapps empieza a desinflarse: vamos domesticando, a golpe de postergar el fin de la cuarentena, tanto nuestra resignación como nuestras ganas épicas de mostrarnos invencibles, risueños, divertidos. No, no estamos en la cárcel, qué obsceno es pensar esto, ni siquiera en un romántico autoexilio impuesto por habernos fugado con un rico heredero. Tampoco somos el conde de Montecristo, meditando sobre cómo escapar de este If por muchos rasgos de heroísmo que queramos colgarle al asunto en forma de medallas: es quedarse en casa. Lo sé, casa no es sinónimo de seguridad; tampoco internet es tan democrático como nos quieren hacer creer. Estudiar o trabajar en casa depende ya no solamente de la buena voluntad de una misma, sino  de estar situada en la orilla firme de la brecha digital, es decir, la del privilegio. Y no lo olvidemos.

Yo vivo, ya lo he dicho, en una casa que yo considero cómoda. Mi cocina da a lo que se llama un patio manzana, un espacio que, para mí que soy tan perequiana, me da la vida en mis pulsiones cotillas. Como el bueno de James Stewart con la pierna escayolada o como el diablo cojuelo levantando los tejados de las casas, me gusta ver esos grandes ventanales de edificios muy pijos que están al otro lado del patio. Con mis horarios, a veces es difícil seguir rutinas como los desayunos y las comidas del mediodia. Podía entrever alguna lámpara de diseño, un tímido cigarro que fumaba alguien al anochecer, el caleidoscopio de las cocinas y sus manteles, la vida, poco a poco. Desde el día 13, ya lo saben, algunas nos asomamos a aplaudir. Yo no soy muy dada a los rituales, pero sí soy una observadora curiosa, como ya dije. Hay una mamá y una niña pequeña que me saludan en la distancia, una señora que, creo, va en silla de ruedas y acercan a la ventana, otra vecina que siempre saca cucharón y cacerola.  La gente, antes ajena, empieza a reconocerse y sonríe, dentro de lo difícil que pueda ser todo. Se oyen guitarras a lo lejos, aplausos merecidos o no a algún magnate en días concretos. Pero, de una u otra manera, quienes tienen los días algo iguales desde hace mucho, salir a la ventana, esperar esa cita de casi hermandad a las ocho de la tarde les da la vida. Lo merecen los sanitarios, es verdad, todos los profesionales de la medicina, las empleadas del súper que llevan al pie del cañón desde el principio, el personal de limpieza, todos aquellos que fueron alguna vez invisibles.  Pero, para mí, que soy poco gregaria y amiga de homenajes multitudinarios, mi aplauso es para mi padre, solo en su casa con 88 años y diciéndome todos los días por teléfono que todo está bien y que no pasa nada, que hace ejercicios del salón a la cocina y que está haciendo limpieza de armarios. Va por la señora en silla de ruedas de enfrente, por la vecina que tengo al lado que la pobre está sordísima y pone la tele a mil o se muere de risa cuando la llaman sus hijos. Mi aplauso es para todos los que, de algún modo, son quienes han construido lo que otros estamos a punto de cargarnos, los que no protestan y lo han dado todo, aquellos a quien tan fácilmente arrinconamos. Por eso, de veras, vale la pena aplaudir. Por todo aquello que, quizá, no hemos podido decir a tiempo o no nos sale.  El patio de mi casa no es particular: está lleno de historias, contadas y por contar.

No somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra arrogancia. Llama a tu madre, tú que puedes.

Nota: mi amiga Vero se curra unas listas en Spotify la mar de divertidas, variadas y bailonas. Os dejo en enlace a una, pero tiene miles y podéis explorarlas, que están en abierto: spotify:playlist:2R7ASE1uGq4cLhQZki0N3u (esta es, precisamente, un homenaje a los abuelos).

Leed, leed mucho: yo estoy ahora con El coleccionista de Libros (Alice Thompson), editado por Siruela y con Proscritas de Lyndall Gordon, en Alba editorial. Y sí, otra cosa no tendremos, pero tiempo para leer, ahora parece que sí.

En un cuaderno Moleskine (34): de fabulaciones y comunicación

Telephones de StepsCrew , licencia CC BY-SA 2.0 Pinche en la imagen para ver original.

 

 

 

La ficción no tiene cura, recrearla a partir de lo mínimo, tampoco.  A mí lo que me gusta es crear ficciones propias, basadas en hechos reales, a partir de tickets de supermercado o de parking, de las cada vez menos ubicuas entradas de cine, de algún que otro listado para un viaje o un breve encuentro. Yo fui esa persona que ahora recompone todo aquello disperso en trocitos de papel con una fecha: compré aguacates para una ensalada en la cena casera con dos amigos, aquella película no nos gustó nada y al salir del cine llovía a mares,me atendió en una gasolinera la señorita Esther. Los retazos de vida en bolsillos, en carteritas o bolsos, componen una biografía autónoma y diminuta, yo qué sé lo que son y por qué los guardo, en cualquier caso todo eso es pasado del mismo modo que antes todo esto era campo, no tiene remedio. Enfrentarse a calendarios que ya no nos valen me lleva a hacer, de vez en cuando, un ejercicio de fabulación a la inversa: intento recordar la persona que yo era cuando vi tal o cual película en esa desdibujada entrada de cine,  y cómo imaginaba que sería su proyección años después. De niñas, esto no tenía ningún mérito. simplificábamos todo con una visita al armario de las madres y las tías: crecer eran tacones y barras de labios, eso era la adultez, nada más. He sido siempre alguien atizada por la memoria, por los recuerdos inverosímiles, nombres y apellidos de compañeras de clase que no he vuelto a ver jamás, sintonías de anuncios en blanco y negro y, sobre todo, teléfonos. Números que tras una temporada caían en desgracia como el titular del mismo, números deseados y otros más que esperados, combinaciones casi infinitas, cómo es posible que algunos vengan de nuevo, tiempo después, haciendo compañía a todo ese spam inútil que habita en mi cerebro.  Tuve un primer número al que llamar:  el de aquella primera amiga casi novia que me dio un papel doblado, escrito con la pulcra letra de la profesora («es mi teléfono, puedes llamarme»).  Aquello era de mayores, era estupendo, tenía un teléfono escrito en un papel cuadriculado. Horas después, en casa, mi madre, girando la rueda de un teléfono gris en un pasillo con suelo de sintasol, preguntaba por Ana, que le había dado su teléfono a Lorena. Yo no sabía siquiera que las amigas, tal era la novedad de la condición, se llamasen por teléfono; mi futura interlocutora, más espabilada y breada en la convivencia  por un buen montón de hermanos y hermanas, me enseñó.  Pasaron unos dos minutos de silencio, era fascinante sentir esa cercanía, pero no sabías qué hacer, todo era risa ahogada y mirarse los zapatos del uniforme; aquella amiga era otra persona en ese prodigio incomprensible que era la línea telefónica. Tiempo después tuve agendas y salía corriendo por ese mismo pasillo de sintasol cuando esperaba una voz, una sola, y quería ser la primera en escucharla, me he escondido detrás de un mueble para hablar en voz queda y enviar besos, conté cosas terribles y escuché confidencias, también disfruté de silencios, algunos más incómodos que otros.

Ojalá existiese un cauce que consiguiese unir todos los teléfonos que fueron importantes, no los números que, como he dicho, muchos los recuerdo. Tuve un aparato pop y chillón desde el que  intuía colores de la casa familiar, tan lejos, al otro lado del océano, al «sur de las fronteras telefónicas», dijo alguien una vez. Llamé, qué caro era ponerse un teléfono en aquellos pisos de alquiler, millones de veces desde cabinas que olían a tabaco y pis, desde calles ruidosas, con lluvia  o sombra de árboles. Desde un habitáculo muy brit en Edimburgo me enteré de la muerte de un familiar, otro teléfono verde agua de un bar clásico compostelano,enfrente de mi facultad, sirvió para conocer la llegada al mundo de mi primer primo-sobrino. Pienso en toda la historia que se ha colado por esa magia, por esos hilos extraños que han sido altavoz y receptores de voces y de nadas, ojalá la historia de todos los teléfonos desde los que he hilvanado esa especie de patrón algo forzado que se llama biografía.

Luego tuve, tuvimos, móvil. Y podemos echar la mano al bolsillo para recuperar afectos y también conflictos. Tener en la mano todos los elementos de la comunicación (hasta el contexto) es, a veces, una carga demasiado pesada : puedo hacer fotos, enviarte una carita triste, escuchar completo ese disco de Tamino que he descubierto en la radio esta mañana gracias a las «Músicas Posibles» de Lara López; construir también borradores de posibilidades en mi calendario. Soy también de poco tirar y de mucho guardar: tengo whatsapps que son largos como sagas familiares rusas, me cuesta deshacerme de ese equipaje, aunque sea efímero. Quizá la poca memoria y ser resolutivo eliminando el ruido en los canales sea el modo más legítimo de tirar hacia adelante. Hace pocos días alguien preguntaba en Twitter cómo podíamos llamar a la sensación de eliminar un chat y un contacto. Yo contesté: «naturaleza muerta». Siempre habrá un hueco ahí, el dolor o la molestia del «miembro fantasma». Y qué decir de todos aquellos nombres que han quedado unidos a una tarjeta SIM y que, cuando los vemos, nos sigue dando un vuelco el corazón, hace tanto que se fueron, hace ya tanto que no podrían contestar aunque quisieran.  Ojalá poder emplear la función fática y de comprobación del canal: «¿estas ahí»? y que nos devolviese un pequeño guiño, un asentimiento invisible, un gesto que denotase que todavía seguimos enlazados de algún modo ajeno al recuerdo.

Ojalá sentirse a una misma al otro lado de la línea telefónica, aunque fuese solo por una vez.  O, mejor, poder hablar con quien eras, con quien fuiste, sin desvelarte. Eso sí sería terapéutico y poderoso. O recibir esa hipotética llamada, como cantan los ya desencantados personajes de Il nome del figlio, de alguien, veinte años después. Que veinte años no es nada, caramba.

 

Item plus:

 

  • Qué hacéis que no habéis leído aún El enebro de Barbara Comyns (Alba, Rara Avis, 2019, traducción de Miguel Ros González) Por su perversa originalidad y porque es una reina escribiendo. Qué hacéis que no estáis leyendo a Mary Cholmondeley en su Un guiso de lentejas (Nocturna, 2019, traducción de Ricardo García Pérez o a Emil Harris en Lo que más me gusta son los monstruos, (Reservoir books, 2018, traducción de Montserrat Meneses Villar). Qué vidas, qué escrituras, no podéis dejarlas atrás. Nota: Me dice María Alonso Seisdedos que obvié citar a los traductores y traductoras. Mea culpa, enmendado el error y con toda la razón. ¡Qué sería de nosotras sin la labor de traducción! 
  • Hoy he escuchado, como ya conté más arriba, a Tamino en Músicas posibles y fascinada estoy.
  • La está viendo muy poquita gente, pero The virtues en Filmin es una seriaza.

 

Los otros libros

Estuche para lápices basado en una antigua tarjeta de préstamo de la NeW York Public Library. Gracias a Susana, que me trajo este pedacito de mi biblioteca favorita en el mundo.

 

Llevo a cuestas- aunque sea de forma imaginaria, no necesariamente como una metáfora- demasiados inventarios, demasiados libros de cuentas con haberes y debes. Llevo, también, los bolsillos llenos de pequeños recordatorios- un principio de cuento, las claves de alguna aplicación a la que alguna vez me apliqué, el teléfono que quiero olvidar y no consigo- de débiles enlaces a otros tiempos. Ese sedal a otros calendarios, esas boyas al pasado, son producto de una permanente nostalgia que no me ha abandonado jamás, que empecé a cultivar casi de niña. Cada año, al pasar de curso, miraba arrinconados los cuadernos apurados hasta la última línea con esa mezcla de añoranza (y algo de superioridad) de quien siente que ha pasado por encima de algo, que no necesariamente lo que venga será peor o mejor, que sonríes con complicidad a  la persona que eras entonces, a quien empezaba hace unos diez meses esos libros, esos cuadernos. No sé si tengo dentro una máquina para proyectar melancolía – sería bonito: como sombras chinescas, ¿puede haber algo más tristón y dulce?- pero esos recordatorios, esas flechas precisas a una felicidad que siempre encuentro en un pasado de desván y baúles, me convierten en una petarda con la cabeza en otro sitio, añorando las líneas que acabo de escribir, echando de menos lo que se deshace en un momento, las fotos del viaje más reciente, el titular del periódico de hace semanas que coges para llevar al reciclado…¿será que lo que hago, más que melancolía, es asumir la decepción de que el tiempo transcurrido entre esos marcapáginas, entre esos anclajes y el día de hoy han sido solamente un contenedor de ilusiones, de castillos de arena derruidos? Lo efímero es aquello que, a la hora de la verdad, permanece y dura: las miradas furtivas y sostenidas a algún desconocido en la calle-glorioso el pelirrojo de Bérgamo que se quedó mirando mi recién enzanahoriado pelo con sonrisa de hermandad-o, también, todo aquello que fue un momento parte de una rutina diaria, que hemos deslizado con nosotros en el día a día. Toda aquella arquitectura débil de un momento perdido en algún tiempo.

Hace años, la querida Verónica Lorenzo escribió sobre una joven biblioteca para heredar. Hablaba de cómo con esfuerzo y dificultad había ido reuniendo libros que la habían acompañado en diferentes mudanzas, en acarreos diversos por los lugares- ¡tan volátiles también las habitaciones que alquilamos, los pisos que abandonamos después de unos años dejando atrás tanta biografía!-que ha ido recopilando en sus escasos años por el mundo. Yo, que he padecido de síndrome de Diógenes documental del que consigo curarme de vez en cuando, le contesté en un post que llamé Las bibliotecas que nunca tuvimos . Lo releo ahora y pienso de nuevo en aquellos libros que me acompañaron y que nunca conservé: libros que llegaban por préstamo interbibliotecario desde Indiana o Massachussetts cuando era una inquieta y aún joven doctoranda de universidad californiana, otros que también fueron patrimonio lector de otros y otras en las bibliotecas públicas cercanas a las ya tantas casas en las que he habitado. Reconozco siempre que fabulo un montón sobre las hojas de préstamos de los libros : miro la fila de las fechas, si hay huecos o no, si estreno yo esa hojita de viajes imprecisos. Imagino quién ha podido tener ese ejemplar en casa, si le habrá parecido lo mismo que a mí la novela o el ensayo en cuestión, por qué lo habrá solicitado. Fantaseo con una especie de club de lectura virtual en donde pudiese comunicarme con todos aquellos lectores y lectoras que me han precedido, imaginar también a qué manos pasará después, cómo será la pervivencia en el tiempo de ese pequeño retazo colectivo que he tenido para mí en un momento. Es curioso: no soy capaz de comprar libros de segundo mano porque les doy un hogar que, creo, no les pertenecen. He visto tantas veces volúmenes- con sus notas y dedicatorias- a la venta, que siento muchísimo pudor hacia esa apropiación (esta sí involuntariamente cultural). Me gusta que los libros que no son míos tengan el estatus de huéspedes: los tengo en casa, los llevo de paseo, los devuelvo y no los abandono; forman parte de una extraña e invisible cadena de afectos que yo he esbozado de forma totalmente involuntaria. ¿Son todos esos provisionales habitantes de mi vida parte de lo que yo consideraría mi biblioteca? Pues claro que sí: son casi patrimonio inmaterial e involuntario, habitantes de un tiempo, nada más; acogidos de forma ocasional y queridos como los que llevan viviendo aquí desde hace mucho tiempo.

Por eso, quizá, cuando hablamos de habitantes provisionales, de la paradoja que se elabora cuando se habla de lo estable que se tambalea, hablemos de todo aquello que viene y va, que adoramos y mimamos en momentos concretos, de aquello por lo que daríamos la vida. Y, qué cosas, termino estas líneas apresuradas en un día festivo, en la extraña ruptura de una mañana de lunes sin tráfico y con gran parsimonia, y entiendo que a lo mejor no estoy hablando solamente de libros: todo aquello que no ha permanecido es quizá lo que se engancha mucho más en el recuerdo. Pero claro, esto ya no es una teoría, es, como ya dijo antes alguien, la pureza de mi corazón.

 

Como siempre me lo preguntáis, lo pongo:

Qué estoy leyendo: Terminé hoy Esplendor de Margaret Mazzantini (Seix Barral, 2016). Traducción de Isabel González. Por qué algunas autoras italianas son prácticamente desconocidas en España es algo  que no consigo entender.  Esta novela es gloriosa, de una violencia poética, un auténtico bildungsroman. La identidad sexual y el dolor amortiguado por destellos de felicidad en vidas que se unen y bifurcan. Y la Italia de 1970 como punto de partida.

Qué estoy viendo: Tales of the city., basada en las historias de Armistead Maupin y que conservo en un volumen muy baqueteado de Anagrama del año de la patata. Esta serie varía con respecto a algunos planteamientos originales (Maupin es cribió estas crónicas sobre la libertaria San Francisco a lo largo de varios años, para ser publicadas semanalmente) pero muestra muy bien qué debió ser el inicio de la comunidad LGTBi en la era previa y durante Harvey Milk. La estoy viendo en Netflix.

Qué estoy escuchando: Pues estoy con el firme propósito de trabajar más mi maledetto italiano, así que listas de Spotify con cantantes italianos. Me gusta mucho una que se llama Ma che freddo fa.. allí están Mina, Patty Pravo, Francesco de Gregori…variada e interesante.

 

Navegador de artículos