Anchoas y Tigretones

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El ritmo de la aflicción

La pérdida y el duelo son países a los que una viaja sin tener pasaporte ni puñetera idea de lo que se va a encontrar allí. Es un territorio extranjero, inhóspito y oscuro en el que te acabas instalando y haciendo pequeñas conquistas como son dominar su lenguaje, contener las lágrimas ante la apertura de cualquier cajón o recuerdo de conversaciones que eran tan banales y cotidianas cuando se produjeron, tan solemnes ahora que no puedes modificar absolutamente nada. Nadie escoge pasar por un duelo, nadie emprende ese camino oscuro voluntariamente. Lo tienes identificado y sabes que existe, casi como cuando eres niña sabes que existen las universidades y que algún día vivirás con alguien en una casa que imaginas, es una idea, eso es todo. Pero no tienes, repito, ni puñetera idea de lo que es hasta que lo encaras y avanzas en él. Soy de las que creo que tenemos derecho a la tristeza, incluso a que esta sea una convidada de piedra en nuestra vida, una invitada que asoma de vez en cuando a dar por saco, presentándose a cualquier hora intempestiva, sin pasteles ni botella de vino, solo asomando, nada más. Otra cosa es que no le cojas el teléfono o que la esquives cuando aparece, que detectes ese perfume agridulce que la precede, que te dejes llevar por su mística melosa. Otras veces, sencillamente, es ya parte de ti y no puedes irte.

El duelo ha producido desgarradora y terrible literatura; otra, lacrimógena y confusa, quizá por la manía que tenemos de comenzar hablando de la soledad y el vacío y terminar hablando de otros fantasmas personales, acentuados por  la muerte de alguien cercano. Entre la que a mí me parece literatura de verdad trazaría una línea que iría de Barthes a Joan Didion pasando por C.S. Lewis o Richard Ford. La idea común es la de transitar por lo desconocido, por esa intensa desazón que modifica el color del mundo y en la que el tiempo se hace lento, inhumanamente lento. Humanidad, esa es la clave: la tristeza es parte de la condición humana. La rabia porque el mundo siga su curso, porque abran las tiendas o suene música en la radio, cómo es posible con lo que yo tengo encima O, como decía Anthony Hopkins disfrazado de C.S.Lewis en Tierras de penumbra: “el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato”. Qué dureza.

En esa pequeña maravilla que son los Brain Pickings de Maria Popova he llegado de forma totalmente fortuita al Sad Book de Michael Rosen. Un cómic de pocas páginas, con texto del propio Rosen e ilustrado por el brillante Quentin Blake, Y allí sí encuentro literatura parca pero auténtica:  la incomprensión y rabia ante la pérdida, la sensación de traición y mundo al revés para las que nos quedamos y que nos lleva a decir “pero cómo has podido hacernos esto, cómo has podido irte de golpe y dejarnos así a nosotros”. Cómo puede ser que esto que sé que sucede esté sucediendo al fin, y que me esté sucediendo a mí.  Y Michael Rosen habla de convivir con la tristeza por la muerte a los dieciocho años de su hijo Eddie a causa de una rápida meningitis. Convivir con una nube gris que en ocasiones nos cubre y otras nos da un pequeño respiro, algo de lo que a veces quieres hablar y encuentras interlocutores, también algo que cambia cómo ves la ciudad y la gente que va en autobús o conversa animadamente en una cafetería. ¿Por qué no puedo yo participar de todo eso, cuándo se irá esta nube? Y todo aquello que pasa ante nuestros ojos y que desencadena un recuerdo ¿podemos convertirlo en algo feliz? Sí, sí podemos, no siempre, pero a veces, sí: porque una de las cosas que una aprende del duelo es de nuestra capacidad extraña para equiparar amor y dolor. Rosen recuerda a Eddie en su función de teatro, en su cuna de bebé, tirando cojines en el sofá, riendo y jugando con sus amigos por la calle. Y siente que le gustaría hablar con su madre, que tampoco está. Y aparece un recuerdo paralelo : la imagen de su madre por las calles llenas de gente un día de lluvia, puede ser Navidad. Ese recuerdo que surge a partir de otro y que te hace sonreír.  A mí también, por motivos distintos.

 

Vivo en un lugar tras una cortina de lluvia. Un día, tendría yo unos siete años, fuimos a despedir a mi padre a la estación de tren, iba a Madrid varios días por un asunto laboral. Llovía muchísimo, y tras salir de la estación, arrollaba. Mi madre me cogió de la mano, cruzamos la calle bajo la lluvia, corriendo para aprovechar el semáforo que iba a ponerse ya en rojo para los peatones.  Recuerdo perfectamente aquella tarde de noviembre como nuestro primer día “de chicas”. Subimos al autobús riendo y, al llegar a casa, tras quitarnos la ropa empapada, mi madre me frotaba los pies con alcohol, recuerdo perfectamente el olor de la sopa que cenamos, las risas al ver cómo pingaba la gabardina más grande y la trenka pequeñita, tendidas en la galería que daba al patio. Nosotras solas, hasta vi un trocito de película de noche.  Un día distinto, diferente, algo más privado que otros. Y yo lo he incorporado a mi baúl de recuerdos,ese  del que echo mano cuando las cosas van mal. Y así, cada día que llego a casa empapada de lluvia y cansancio, miro mis pies encharcados y me acuerdo de la botella de alcohol en aquel cuarto de baño con bañera de patas, yo sentada en una banqueta que había hecho mi padre. La luz de casa, ese es el recuerdo, la luz de un lugar donde yo vivía, donde estaba segura, el lugar de la infancia lleno de ruidos domesticados y quejidos de madera, una casa, la mía. Un recuerdo al que engancharse, nada más.

Decía Barthes que cada uno tiene su ritmo de aflicción. Así es: me descorazona del mismo modo quienes pasan por encima de las muertes sin llorar apenas como quienes tardan en levantar cabeza, sumidos en la pesadumbre. Pero aún más me  inquietan los que como Rosen o como muchas otras personas, conviven con ese vacío. A pesar de los esfuerzos, a pesar del paso del tiempo, por mucho que sepamos que “todo esto pasará”, en esas épocas de nubes negras, la tristeza es un derech. Ojalá que nunca lo tuviésemos que ejercer.

Sad Book de Michael Rosen, ilustrado por Quentin Blake está editado por Candlewick Press.

 

 

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Manos y otras vidas

Publicidad de Crescendoe gloves, hacia 1950. He encontrado la imagen en Pinterest y creo que no tiene derechos. Si no es así, adviértanmelo y la retiro, aunque yo no gano un duro con el blog.

Miro mucho las manos de las demás, las manos que veo a diario, porque me parecen siempre las hermanas pobres de la fisonomía de alguien. Pasamos la vista por encima, como en las lecturas en diagonal de titulares y de rabias tuiteras, poco más. Veo tantas manos desconocidas en el día a día que tienen historias o que son historias en sí, que una ya no sabe si las inventa o forman parte de esa realidad aumentada que vamos hilvanando para pasar la vida.  Las manos del revisor del tren, devolviéndote el billete todos los días. Las manos de la señora que vende la fruta,  haciendo despacito una cuenta en el extremo del papel que está sobre la mesa, sus dedos regordetes exhibiendo sortijas y un esmalte de uñas de color perla. Las manos también que me curan cuando pulsan algún circuito oxidado de mi cuerpo, “clínica de fisioterapia” pone en la puerta, unas manos algo naif en el cartel del anuncio. Otras manos  ofrecen poemas envueltos en un rulito con un lazo, todos los días delante de casa. Oigo la voz que me pregunta si quiero un poema, a veces lo rechazo con dulzura;otras, me da pudor no hacerlo, lo compro. Otras manos, también desconocidas, se extienden delante de mí como una interrogación muda: dame dinero, llévate la tristeza, aparta la oscuridad. Manos que gritan, tantas manos a diario : las manos como el estandarte de una biografía que desconocemos, casi como la máscara de las personas que vienen detrás.

Hace años jugábamos a construir vidas ficticias, las “vidas de mentira”, lo llamábamos. Hubo un momento que el gusto por la ficción comenzó a desbordarnos y dejamos de tener en cuenta la realidad. Dejándonos llevar por ese afán de competir en la fabulación, típica de los cafés de media mañana en la Universidad, imaginamos vidas al profesorado: así tuvimos una profesora a la que imaginábamos como reina de la belleza que había invertido el dinero del premio en pagarse una educación en prestigiosa universidad (en lugar de haber huido a probar fortuna en  Hollywood) ; un profesor al que creamos un pasado de atleta ligón en una universidad del Medio Oeste norteamericano, a  un reputado investigador le colgamos la cruz de que era,en realidad, un próspero comerciante de chucrut y salchichas en una pequeña localidad de Renania. Nos divertíamos tanto que creíamos tener el don de los guionistas para situar actores reales en entornos ficticios, los usábamos casi como peones sobre un tablero que nosotros íbamos moviendo a placer. La única regla era ser más rápido que los otros a la hora de descubrir nuevas presas, a la hora de hilvanar una biografía disparatada que provocase la carcajada de los jugadores. Ese recuerdo, ahora, me estalla en la cara como algo obsceno, casi como el haber participado en una novatada de la mili o en una burla general hacia alguien que no lo merece. Y no porque no fuese divertido, no. Porque he leído hace días la historia de un violonchelista de éxito que toca en la calle para sentir al público, desplazado por una cruel invalidez de su puesto en una orquesta de renombre. Y es una biografía tan literaria que seguro que en aquellos años de risas y fabulaciones se nos habría ocurrido algo similar. Y mientras toca en la calle, cerca de mi casa, miro sus manos que vuelan de un lado a otro del instrumento, unas manos que nacieron tan lejos de esta calle y de este momento en la vida, unas manos que han abrazado y habrán tirado de maletas en aeropuertos, habrán hecho también cuentas en el borde de un papel, habrán firmado contratos y resuelto crucigramas, habrán seguido la línea de la lluvia en un cristal, quizá en muchos más lugares del mundo en los que lo he hecho yo.

Y ahora, que intento terminar un post para que este blog siga teniendo sentido, me entero de la muerte de Carmen Alborch y evoco aquellas manos firmes y huesudas, su sonriente inteligencia, su melena rojiza y su modo de explicarnos que la soledad voluntaria es la forma más plena (¡y difícil, hijas, difícil) de la independencia. Manos, pelo, sonrisa. Qué esquemáticos son siempre los recuerdos, joder.

Brooklyn (2008-2018)

Photo by Yonghyun Lee on Unsplash

A Virginia y Amparo , que me acogieron en Brooklyn. Para Fernando Plata, que me escuchó por teléfono, llorando desde la Columbia University. A Carlos, que me encargó palomitas y se las llevé.
Y a Pedro, que escuchó mi recomendación sobre la película y le gustó mucho.

Otra nota en el cuaderno Moleskine:

No fue difícil. La oferta, hecha de modo informal, en un correo electrónico, hablaba de “sitio en casa”, “ven cuando quieras”, “nos encantaría tenerte aquí este verano”. Y las siguientes veinticuatro horas fueron una vorágine de billetes, dólares, cambio de vacaciones, alguna que otra explicación poco convincente, maletas y pasaporte. Y lo que tenía toda la pinta de convertirse en el peor verano de su vida- qué incompleta era entonces su experiencia en veranos de tristeza,en veranos inacabables – se convirtió en el verano de Brooklyn, un mes de julio de improvisación y decisiones, un mes que la convirtió en una mujer inesperada.

Qué caprichosa es la jodida memoria, cómo se enfrenta a la experiencia y transforma lo vivido en un relato a medida, de encargo. Es verdad que otras veces es “esa fuente de dolor”, pero, en la mayor parte de los casos, es una fotografía retocada y qué más da. ¿Es lo vivido o aquello que hemos registrado lo que interesa? Quizá eso sea ya otro asunto y voy a cambiar a la primera persona, qué rigores tiene la autobiografía incluso cuando es ficticia. Vamos allá:  puedo recordar lo que leí en el avión, la tormenta  un domingo en Coney Island, las risas en la Public Library of New York cuando me caí a rolos en la escalinata de entrada, aquel concierto en la calle, Jackson Pollock en el MOMA, la pizza de noche en una terraza con velas, todas son imágenes de gran encuadre. Lo cinematográfico te asalta en muchos lugares de NY, te lo encuentras a lo grande en Manhattan. Pero claro que hay más. En Brooklyn son otras imágenes, quizá de encuadre más corto. El Brooklyn de 2008 eran más tiendas de barrio, más imágenes de escaleras que llevan a portales de edificios con amplias ventanas, de calles flanqueadas de árboles donde la gente se para a hablar y a mirar, de bicis y de ruido de monopatín sobre el asfalto. Es también el lugar que te atrae porque aún tiene algo algo de aldea y de margen, de periferia amable, de lentitud. Aunque, ya en ese Brooklyn de 2008, te cruzabas con chicos artistas de look lánguido y chicas con estudiado desaliño, donde empezaba a ser todo un rollo muy Lena Dunham (a la que yo aún no conocía) y un leve, digamos, “pijerío desarraigado”.  Ya había también algo más de sofisticación enredándose en el cogollo del barrio, parecía que empezaba a cambiar algo, a convertirse en un caramelo para el futuro de algunos.

Veo la fantástica Verano en Brooklyn   y aquel ya lejano mes de julio de 2008 vuelve de nuevo a mi cabeza. Además de la dulce tiranía de la primera amistad- el título original es Little Men-, de las desilusiones y reajustes que conllevan los cambios de rumbo (el crecer, las razones de las cosas que los adultos ya no saben explicarte y no te convencen), me hace pensar mucho en la vocación y el talento, esas dos buenas versiones de la creatividad que no necesariamente van unidas y que desencadenan el eterno desafío sobre cómo gestionarlas  (¿cojo este trabajo de mierda porque, a fin de cuentas, es un curro y me olvido de mis escrituras o mis cuadros con los que no me como un colín aunque sean parte de mí? ¿Es más relevante pagar las facturas o malvivir dignamente como un artista tísico del XIX,bebiendo sorbos de dignidad como único alimento?) . Madurar es un acto inevitablemente complicado, justificar la cobardía o la codicia ante determinadas decisiones es un ejercicio de honestidad personal, de creación de relato propio. Y todo esto está aquí, en esta pequeña película dirigida por Ira Sachs y con Greg Kinnear como ese hombre gris que tiene que resolver y dudar a la vez. Pero, sobre todo, Verano en Brooklyn es una buena reflexión sobre  la piel de las ciudades, sobre los cambios- obligados cambios a veces- en la pérdida de carácter propio de los barrios  y en la deriva hacia algo mucho más caníbal y más uniforme, también más excluyente, llamado gentrificación. Si me leéis alguna vez, si pasáis por aquí,  diréis que estoy un poquito plasta con el tema, pero es que lo veo todos los días desde mi ventana, desde mi portal, en mi barrio. Me gustaría volver un verano a Brooklyn y comprobar si la identidad ha mudado de piel o todavía no, si ya es el fin de algo inevitable.

Es curioso: mientras hilvanaba los recuerdos de ese sofocante y definitivo verano de 2008 me ha venido, de forma muy vaga, como un acontecimiento ajeno del que yo soy solamente cronista, el texto de algún sms que recibí en aquel momento,llegado de otro lado del océano. Y es extraño porque, en esos bucles que suceden a veces, diez años después y con la tecnología del 2018, me sorprendo acechando de vez en cuando la pantalla de mi teléfono, esperando una invitación a que un final- otro final más reciente,un punto y aparte, al menos- no sea tan abrupto, tan áspero. Un mensaje que limase algo de la melancolía dulce que se me queda dentro cuando miro por la ventana en un barrio que cambia día a día. Qué pena que no estés esperando en el portal para contártelo.

Leo, leo: Me estoy dosificando la última de Orejudo Grandes éxitos porque sé que tendré que emborronar mucho sobre esa ¿novela? Entrar y salir de la ficción, esconderse o no en un laberinto de espejos,  explayarse sobre Cervantes y la intención del autor es darme a mí en el palo del gusto. Pues sí, poco a poco.

Escucho: Hola, me llamo Lorena Gómez y me gusta el nuevo de los Arctic Monkeys, ponedme a parir y desheredadme. Me chifla.

 

 

Minúsculo expandido

Photo by Dan Bøțan on Unsplash

Photo by Dan Bøțan on Unsplash

 

No sé qué pulsión nos llega en un momento de la vida de querer pautar el pasado, intentar explicarlo. Alguien dijo alguna vez que la gloria se da a aquellos que siempre la soñaron y eso no es cierto: intentamos explicarnos para saber si hemos perdido demasiado el tiempo- casi siempre marquen “sí”- si nos ha ido mucho peor de lo que esperábamos, si aquellas odiosas comparaciones que nuestras madres hacían con los tales hijos de fulanita o menganito (siempre brillantes, buenos hijos, estudiantes ejemplares, gloriosos, en suma) eran ciertos. Al posible afán de castigarnos, de ajustar cuentas o de autoconvencernos- “no entré en Medicina, qué iba a hacer” o “Él se marchó a vivir fuera, pues, hija, tuve que apañar”- están también esas crisis de medio siglo, esas fronteras a las que, con sus más y sus menos, nuestra vida opulenta sigue haciéndonos llegar cada vez más vitaminados, más saludables, con más círculos en los chakras y más mindfulneseiros, es decir, más egoístas, con menor sentido de la realidad y dotados de una espiritualidad new age, ecológica y, ay, escasamente empática. Nuestros ajustes de la cincuentena no pasan por sentir rabia hacia los escasos cambios sociales, sino por leernos la cartilla sobre si deberíamos o no haber tenido hijos, sobre si tal o cual trabajo habría sido mejor. Poco pensamos, en realidad, sobre lo yos exfuturos, sobre esa certeza existente de que habría para ti una existencia a  medida en el otro lado de la encrucijada, al darle la vuelta al mundo. Todo lo imaginado sobre lo que pudimos ser y a lo que no llegamos, pero que sigue ahí, latente, en una dimensión paralela, aguardando en vano por nosotros. Nosotros y las vidas que no nos hemos atrevido a vivir. Nosotros, que nos las merecemos tanto.

Veo que existe una empresa que se llama “Biografías por encargo” y me alegra y entristece a partes iguales. Pienso que sería el lugar ideal para un personaje de Paul Auster, para el Pereira de Tabucchi. ¿Qué persigue una biografía por encargo?  Imagino a alguna mujer de traje de dos piezas muy años cincuenta, entrando en esa oficina que, seguro, tiene que tener un ventilador  parado, una ventana desde la que se ven siluetas de edificios. Alguien que saca una fotografía de su padre al que quizá no supo querer o quiso demasiado, una fotografía de carnet con el resto de un sello de una academia o un clip oxidado. Merece su espacio, su pequeño tomo verde en un lugar de la estantería. Pienso, también, en cómo hilvana alguien acontecimientos que le son ajenos, los magnifica y ordena: los años de escuela, el ejercicio de una profesión (con intervención de clientes y compañeros, como en los documentales), la familia, el devenir. Todo al lado de una línea de tiempo en lápiz rojo. Qué poco se podría decir de algún llanto sin consuelo en la infancia, de los chocolates felices, de las decepciones en Navidad, de los helados del verano. Del dibujo que hacen las sábanas sobre el suelo al tenderse en una azotea, algo que siempre le hacía gracia de niño, sentado encima de una pila de ropa. O de aquella cremallera que no cerraba bien y que siempre le hacía parecer que tenía un brazo más corto que otro, o del mareo cuando el óptico le puso las primeras gafas. De las emociones de aprender a conducir, de la iniciática noche al lado de alguien que crees que amas, de las ramas secas que crujían así y no de otro modo en el patio de la escuela. De los números, de la pobreza, de los cajones cerrados, de todo lo que no llega. Y, claro, de avanzar en los años y saber que todas esas piezas van encajando en algo de lo que nunca se verá el final. Imagino al escritor poniendo fin y sabiendo que, en cierto modo, está matando a un personaje que fue persona, limando, dulcificando , sacando brillo y esplendor. Ese y no otro sería el trato.

Somos minúsculos. Nos construimos de instantes agotados, veloces.  Recuerdo aquella frase de Nathan a Claire en “Six feet under”, cuando ella comenzaba a tomar fotos y él le recordaba que ese momento no podía ser capturado, ya se había ido antes de ir a por él. Y me acuerdo, más que nunca, de Pierre Michon, de su voluntad desganada de marcar el pulso de aquellas vidas minúsculas situadas alrededor en su día a día, sólidas, cotidianas, de apellidos y nombres sin tipografías escogidas; los suyos, nada más.  Y ese modo de dibujar la vida de los miércoles y los sábados, de los días sin respuesta definitiva y asaltados por lo rutinario, son el mejor homenaje, la más excelsa biografía.  Y, a la hora de la verdad, escribir sobre algo, sea lo que sea, es querer dotarlo de trascendencia, por muy paulocoelhista que quede. Es así.

Por eso quizá imagino a un escritor trabajando en esa oficina, cerrando su ordenador al final de la jornada y dedicándose a lo que más le gusta; imaginar, por placer, las vidas diminutas de los que se tropiezan con él día a día: la señora con dos bolsas de Gadis a su lado en el autobús, el hombre que se toca la barbilla haciendo crucigramas frente a la ventana de un bar en el Mercado de san Agustín, el guardia de seguridad que recorre, todos los días, miles de kilómetros dentro del mismo recinto ajardinado, vigilando, dándole vueltas a la cabeza sobre, también, la vida de una chica que acaba de pasar con una carpeta, mochila, Ipad en dirección a una biblioteca. Esa chica se sentará frente a un pelirrojo que envía whatsapps y no sonríe, pero que a su vez querría dejar de ser amigo de ese chico al que envía mensajes. Y ese receptor de los mensajes …. ¿a que de aquí podrá salir una historia? ¿Y a que quizá no esté tan lejos de nosotros?

Lecturitas recomendadas por Miss Gómez:

Vidas minúsculas  Pierre Michon Anagrama, 2002

Memoria de chica Annie Ernaux Cabaret Voltaire, 2016

Oh, y esta belleza para acompañar (Gracias, Fran, te quiero y lo sabes).

Hablando de mujeres

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Not stupid enough – Barbara Kruger Pulse en imagen para ver el origen

Tendría que haber escrito mucho antes sobre todo esto. En realidad, todas las que juntamos algo parecido a los párrafos, a las letras o a las ideas que son un enorme rompecabezas tendríamos que haber escrito antes sobre muchas cosas.  Ya saben: todo lo personal es político, pero en el reino de lo viral,aquello que es personal es también susceptible de desencadenar otras violencias, otros debates que suelen ser monólogos encadenados plagados de descalificación o de asunciones de entereza, de respaldos y de fronteras. Hay que escribir sobre la muerte que saluda por las mañanas en las páginas de los diarios, hay que escribir sobre el miedo de volver a tu propia casa, de ser tu cuerpo y tu autonomía, de quererte y que te quieran como tú eres, nada más.  Hay que gritar desde las letras temblonas de una pantalla sobre las horas solas y acompañadas, sobre empatía y gregarismo, sobre la gran diferencia entre la diversidad y ser marciano, todo es cuestión de perspectiva. Lo que no es perspectiva sino realidad es también sujeto de letras. O debe serlo, aunque intentemos esconder la mirada: a las mujeres las matan, la cultura de la violencia es la cultura del miedo y del silencio, de lo impune y borroso. Es tinieblas y es olvido. Vamos sumando cruces y reivindicación, una vez que las indignaciones se solapan las víctimas acaban siendo eso: víctimas. Desdibujadas, borrosas y olvido.  Y esto es de lo primero de lo que quería hablar.

Leo un ensayo escrito por una autora muy favorita y paro en las primeras páginas, a la espera de tiempos mejores en mi consideración sobre el libro o también sobre mi perspectiva.  Habría que escribir también sobre la facultad de parar las lecturas y retomarlas; así como de la empatía a priori que nos genera lo escrito por esas autoras muy favoritas, aunque esto, como en tantas otras ocasiones en este cuaderno, es otra historia. Dejo de leer un ensayo escrito por una mujer de mi generación porque estoy estupefacta. Articulado en una serie de preguntas y respuestas a mujeres de, más o menos la misma quinta, surge el eterno tema de la vida en pareja, de si las mujeres que estamos solas hablamos de nuestra felicidad con la boca pequeña -el consabido”qué bien me va, qué bien me va”- o si, por el contrario, y tal y como afirma la autora en un momento, “todos somos pájaros”. Vaya por delante que leo con una sobrevolada sensación de amenaza que, por supuesto, es un sentimiento libre, y más en la lectura. Y lo hago porque ciertos discursos me suenan demasiado y ya me dan un poco de pereza. Insisto: no es tanto cuestión del libro, que no he terminado y no puedo juzgar lógicamente, sino de las cuestiones que sobrevuelan. Y que atañen a lo que es mi generación, reconociendo de antemano que sí hemos caído en muchas trampas y que sí es necesario el análisis y la conversación. Por lo tanto: el libro lo retomaré, pero no ahora.  Para mí, pragmática que es una, la cosa es muy sencilla: la vida en pareja es maravillosa si te va bien, la vida en soledad es maravillosa si te va bien. Y cada uno escoge, esta vez sí,  lo que mejor le va: yo he sido felicísima en pareja- creo, si no me equivoco, que gran parte de mi vida la he pasado emparejada- y me he comido los mocos en soledad; lo he pasado fatal cuando alguna relación se terminó y he agradecido el poder corretear a mi aire cuando me ha dado la gana estando sola. No uso ninguna de las apps de las que se habla en el libro porque no son para mí, no las juzgo ni las condeno: no son para mí. Y, del mismo modo y simplificando, creo que podríamos establecer algo que, de momento, no he visto en el ensayo: hay personas para las que la vida en pareja no funciona o no satisface, o, también, te haces muy selectiva.  O llevas una carga de decepción, que puede ser resentimiento en algún caso, y no te apetece el riesgo, prefiriendo picotear. Y punto: ni pájaros, ni osos, ni eternos adolescentes  ni nada por el estilo. No es lo suyo y eso no quita que le den alegría al cuerpo cuando les da la gana ni tampoco implica ser una descerebrada. Hacen lo que quieren porque estamos en el siglo XXI, joder.  Y quizá alberguen el deseo íntimo y legítimo de encontrar a alguien, pero no convierten esa falta en un fracaso, aunque socialmente, y a tenor de lo que veo todos los días, las personas sin pareja somos una especie de discapacitadas emocionales. Habrá quien se considere fracasada, su problema (no entremos en la maternidad porque estamos aquí hasta mañana y yo tengo que coger un avión), pero no,tampoco vamos musitando el “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”ni pensamos que todos los tíos son una panda de cabrones en potencia: hay machirulos y hay hombres maravillosos, como hay mujeres increíbles y mujeres gilipollas. No parto de una sororidad de género mal entendida: parto de un aspecto que está aquí y es social: ¿hay que castigar a las personas que viven solas como si hubiesen hecho algo mal o tuviesen una tara? Y no contesten “Noooooo” unánimemente. Piensen en todas las veces que intentan emparejar a sus amigas o amigos como si no hubiese otro objetivo en la vida. Piensen en todas las veces que han articulado su felicidad personal- subrayo “personal”- en obtener – y vuelvo a subrayar “obtener”, me voy a quedar sin subrayador- una pareja, en mantener una relación contra viento y marea.   Y claro que es difícil y descorazonador muchas veces- la soledad es buena si es voluntaria, aún así no es sencilla-  pero ciertas cosas no deben ser a cualquier precio. Y la independencia es una de ellas. Claro que es hermoso regresar a casa y encontrar a quien amas, tener proyectos en común, observar el paso del tiempo. No soy cínica: es increíblemente hermoso.  Pero no tiene que suceder a cualquier precio, y si no sucede,pues no pasa nada. Lo que me desconcierta es la bandera de cierto grado de conformismo. Por eso prefiero dejar el libro hasta que vengan tiempos mejores, como ya he dicho.  El tema volverá porque da para mucho, pero esta y solo esta es la segunda cosa de la que quería hablar. Y volveré, volveré a este ensayo porque me interesa mucho. Pero ahora, no.

Y la tercera cosa de la que quiero hablar: el mundo es mejor cuando existen personas como Mary Beard. Porque, como dice en su discurso de aceptación del premio Princesa de Asturias, el pasado nunca es un libro de respuestas del presente, ninguna mujer en su sano juicio desearía volver a vivir en la antigua Roma a no ser que tuviese un billete de vuelta, y aún, desgraciadamente, nos queda mucho por hacer en temas de igualdad, de feminismo, de educación, de derechos. De revolución. Una que comience por incluir a todas las mujeres, porque estamos todas aquí, ni una menos.

Hijos (9) : los padres viudos

Love Doodle, imagen de Dawn Hudson en publicdomain. net. Pulse en la imagen para web original

La hija ve cómo el padre separa, con disciplina meticulosa, los guisantes de los taquitos de jamón. Los pone en línea al borde del plato, casi como una sonrisa vista desde enfrente.  Son guisantes hoy, pero podrían ser trocitos de cebolla o alguna hoja de alcachofa, una maltrecha circunferencia de zanahoria. “Lo que crece en el campo está muy bonito allí, en el campo. No hay que traerlo al plato”. Con parsimonia, lentamente, las verduras van conformando un mosaico que rompe el color único de  la vajilla antigua, de los platos antiguos, de los platos de siempre. Los padres, llega un momento, se rebelan contra su propio papel de cancerberos y hacen lo que les da la realísima gana: ya no disimulan el odio a la verdura, cambian de canal de la tele cuando les peta y comen galletas con chocolate en bocadillo. Hay padres viudos que estrenan esa condición de forma hiperactiva, ordenando y desordenando, llenando agendas de gestiones posibles e imposibles, esquivando el vacío y los minuteros de reloj, intentando no ser una carga- qué palabra tan dura- para sus hijos. La tristeza se manifiesta como una presencia dulce y que observa la escena agazapada, escondida tras una cortina aunque le ves los pies, como en los malos juegos de escondite de la infancia. Hay padres viudos que cuentan, en algún breve paseo bajo el tímido sol de mayo, que la vida está mal hecha porque las mujeres no deberían irse antes que los hombres . Los ves, aislados ya de guisantes y chocolates, volviendo la mirada en esa especie de dolor contenido que son los álbumes de fotos ordenados por años. Hay padres viudos que comienzan a esquivar habitaciones de la casa ahora grande, de los armarios aún sin vaciar, del orden previo a lo que es ya desorden. Vuelven  de la panadería con su barrita de pan bajo el brazo, mirando al suelo y bajando la vista, como si tuviesen que numerar las losas de piedra de la calle, como si no estuviesen sabidas de memoria. Y leen su periódico. Y hacen crucigramas. Y ven películas por millonésima vez, porque atesoran sus momentos favoritos para contártelos cuando te vean. Porque cuando la vida se descuadra a partir de una edad, todo es recordar.

Hay hijos que se comen todos los guisantes del plato porque así se lo han enseñado. Que han sido rebeldes y contestones, formales en el estudio y resabidos de oficio. Que han dado portazos y suplicado perdones, que han sentido la soberbia golpeándoles el pecho y el exilio interior de la adolescencia de provincias.  Hay hijos que intentan entrar en esa fortaleza, en ese búnker que es un  matrimonio de padres bien avenidos: los padres son una pareja, pero también son tus padres. Y  suena raro hasta decirlo en alto.  Han sido un proyecto común, un noviazgo, una unión posterior. Los hijos, mientras aprenden a no dejarse los guisantes ni nada en el plato, esquivan las preguntas que les resultan  incómodas, intentando acallar  esa forma de demostrar amor que es la excesiva preocupación: por si el trabajo es bueno, por si tu vida es buena, por si alguien te quiere bien. Los hijos- el hijo, la hija- han sobrevivido al paso de los años y las decepciones, qué remedio. Porque algo que tardamos mucho en aprender, y esa es una dinámica del amor, es que no podemos proteger a quien amamos:  hay que hostiarse, muchachos, y no hay empatía que valga. Cuando los padres dejan de ser ese plural y son solamente el padre o la madre, cuando hay un descalabro en ese tándem, tras el dolor común hay una nueva relación propiciada por la orfandad, la viudedad.  La hija, por ejemplo, es ahora adulta y nota cómo en las sobremesas de domingo su padre disfruta escuchándola, cómo observa en silencio- y con admiración-  a la mujer en que se ha convertido. Comprende su humor, admira su independencia, le confía un inédito anecdotario familiar. A pesar del hueco que queda en el sofá, del lugar vacío en la mesa del comedor- de no escuchar el ¡”Hola!” desde el salón en aquella casa en la que creció-  el padre sigue adelante y se convierte en algo similar a un confidente.  El padre, que tantos juegos compartió con aquella niña lectora y juguetona, la  que llenaba la casa de amigos merendones y de bicicletas en la puerta, se queda más tranquilo cuando la oye hablar por teléfono, planear algún fin de semana, contestar los whatsapps de alguien especial.  Es curioso: la hija, sin embargo, se pregunta a menudo qué puede hacer para aliviar algunos silencios que asaltan las tardes, cómo hacer que las sopas de letras y los crucigramas  sean solamente una alternativa, cómo poder acariñar más y mejor esas manos que tanto han trabajado, que llevaron otras manitas para escribir números torcidos en aquellos inmensos libros de contabilidad de la oficina del padre. Manos que enseñaron a atar cordones, que hacían reglas de tres y caricaturas (“un tres, un cuatro, le das la vuelta y te sale tu retrato”). Manos que hoy ves arrugadas, con algunas pecas y la isla dorada del anillo de boda. Y la hija querría que todo el amor que siente en ese momento, todos los perdones que no pidió y todas las horas que no supo compartir, aparezcan y vuelen hacia el centro del alma de alguien que lo dio todo por  ella. Y mientras, deja volar esas horas, esas conversaciones que se interrumpen, esos silencios sosegados, ese crujir del lápiz contra el papel de la sopa de letras. Y la vida, inevitablemente, sigue así.

 

En un cuaderno Moleskine (31) : Barrio

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Hand- made dense labyrinth (imagen de xOneka) en dominio público a través de Wikimedia Commons. Pulse para original

 

Fragmentos sueltos del cuaderno que esta vez sí son el principio de algo más:

“Los años de la pereza eran también los años de desafíos. Los años de Bartleby.  Los años de portazos sin ton ni son, de revisar constantemente la línea del horizonte. Los años, los meses, los días. Querer cambiar el mundo en un golpe y puñetazo. Estaba mal, estaba bien, todo te lo perdonaba la furia de los años veloces, la necesidad, la urgencia.  Todo pasaba rápido y el contexto era también texto y pretexto, daba igual.  Era vida, había que tenerla aun sin nombrarla. Eran años de escribir ferocidades efímeras en el vaho de las ventanas “muerte a …”, lo que fuese, era muerte o vida, no había más. Había que desmadejarse acodados en pupitres, alimentando la vagancia, pensando en que estábamos perdiendo el tiempo pero a la vez sin saber qué perdíamos ni por qué, ni tampoco tener ganas de cambiar nada. Todo era postura y compartir cigarros -“déjame fumarme la pava”, ser maldito de juguete, maldito con derecho a plato de sopa y naranja de postre, mantel de domingo y hora de retirada. Malditos que escondíamos revistas al alcance de los hermanos, que éramos artistas por definición y porque sí.  Tu barrio no lo era, no era para ti porque eras de otra parte. Y mirabas con algo de desprecio y distancia el paisaje que era pequeño, la distancia entre tu calle y la tienda donde hacías los primeros recados: tienda, barra y bolsa de leche de Leyma, toma la vuelta y saluda a tu madre. Y en la cola de la tienda mirabas con cierta tristeza la permanente de la señora que despachaba, el hueco del diente perdido en medio de una fila irregular, las zapatillas rosas de andar por casa que eran también para andar por la panadería. Y todo daba una mezcla de risa y lástima, un instinto de arrogancia infinita, una condescendencia que te llevaba a pensar que algo habrían hecho mal para merecer zapatillas, falta de diente y peinado refrito. Y la lluvia. La lluvia mojaba las manos, la carpeta, los libros. La lluvia era el mantra de esa inconsciencia, del egoísmo que reconoces ahora, de las dudas y de la rabia. Lluvia, la lluvia siempre.

El barrio sigue ahí, sin panadería, sin señoras con permanente. No se puede hablar de la falta de paciencia con los años, sino de la cronológica  falta de paciencia . Recorrer algunas calles- con otros negocios, con otras tiendas, con muchas ausencias y con grandes novedades-es volver al paisaje vital de aquellos que te precedieron, que te llevaron de la mano y te enseñaron la ortografía general de la vida, a atarte unos cordones de manera firme, a aprender que la noche de Reyes no es un 5 de enero, es siempre que anhelas algo, incluso cuando no sepas nombrarlo. Y piensas si el recorrido cotidiano de quien ya no está y que te arrastraba casi, asida más a su brazo que a su mano- esos edificios grises, ese mercado lleno de paraguas y pescados enormes, esas conversaciones de todos los días sobre lo mismo de siempre- merecen ser tratados en tu primera memoria con aquella dureza. Y sabes que no porque vuelves, porque ahora que lo recorres tú sola y en silencio echas de menos aquella lluvia, que no es igual a la de ahora, aquellas bolsas de plástico que cargabas y que ya no pesan. Y te preguntas, inevitablemente, si quien te llevó habría pensado lo mismo de toda aquella grisura, de aquel espacio trazado sin alteraciones ni aristas, de aquella gymkana de todos los días. Y respondes en alto “No” en lo que, de forma egoísta y consciente, es un símbolo más de autocomplacencia, casi de reconciliación, o casi, y esto dice muy poco de ti, de dar carpetazo”.

Un día

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Calendar 2016 bird vintage (From publicdomainpictures.net). Pulse en la imagen para original.

Imagino que lo que nos sucede a los que anotamos tanto, con voluntad de permanencia y tampoco sabemos muy bien para qué, tenemos una especie de detector mental automático. Pequeños detalles casi inapreciables y a los que queremos dar cierto grado de trascendencia, qué miedo de palabra pordiosbendito.  Observar en la cadena de lo cotidiano te lleva a ser como el personaje de Mafalda, creo que era Miguelito, que, ante cierto tipo de comentarios pillados al azar decía que eran lo malo de andar “todo el día con las orejas puestas”. Tendemos a pensar que “lo cotidiano” engloba una rutina universal y organizada, de horarios y niños en la escuela, de pausas para un café o de esperas de autobuses.  Porque, a pesar de las múltiples ventanas de ciento cuarenta caracteres, del insistente rumor de las noticias gritonas, nuestras orejeras nos protegen de conmovernos y malvivir hasta el infinito. Hay que dotar a los dramas de una periodicidad digestiva: cambiemos nuestras fotos de perfil como formas de solidaridad, establezcamos hashtags, insistamos durante períodos soportables en la imagen del pequeño cadáver de un niño en una playa. Y luego, claro, empecemos a cuestionar la oportunidad de todo aquello que nos llega y como nos llega, fomentemos el espíritu crítico- que es necesario pero que es también la forma más sencilla de la autocomplacencia. Y esperemos la siguiente ola. Porque, en realidad, no hacemos nada.

Desde la época de la impaciencia juvenil, la palabra cotidiano me ha dado dentera. Más que dentera era ese lugar al que no querías llegar y llegaban los demás a una edad, ese pozo lejano que mezclaban responsabilidades anotadas en un bloc y renuncias de ir con las manos en los bolsillos, que era lo que siempre querías. Lo cotidiano era claudicación y falta de rabia, era sillón y acomodarse, eran pasteles de domingo y misa de una, era un coñazo y lo peor. Lo cotidiano era envolverse en el uniforme de funcionario, llevar manguitos y gafas sin patillas a caballo de una nariz que crecía en largura. Era vivir de lunes a viernes con la esperanza de un sábado para sestear ante la tele. Lo peor, vaya, ya lo he dicho. Y desconoces, claro, que lo cotidiano era impulsar una nueva forma de nostalgia futura, era tan  inapreciable como ese hilo musical de los ascensores al que no prestas atención. Era cómo tu padre guardaba la mitad del sobre de azúcar en la cafetería porque te contabaque estaban mal hechas las medidas. Era también el sonido de las llaves en la puerta y el ruido del tendedero del segundo, ese al que nunca echaron “Tres en Uno”. Era el olor a la colonia que tu madre usaba, el modo de doblar la servilleta de tu hermano y el vaso con agua en la mesilla. Lo cotidiano no era rendirse, era lo que estaba pasando ante ti y no registrabas.

No soy capaz de imaginar el dolor de quien ha sido despojado de su casa, de su país, de su vida. Pero me aterra pensar en todas esas horas por delante, todos esos minutos y segundos dedicados a evocar aquellas rutinas organizadas o aquellos modos de vida mejores o peores. Cuando se habla de los campos de refugiados, del inmenso drama al que damos la espalda, me vienen, como imágenes a cámara rápida los hasthags, las indignaciones efímeras, los titulares sustituidos cada segundo por otro peor o más impactante. Y los cuerpos en las playas. Como aquellos cuerpos que en otras épocas, cuando nosotros éramos Eldorado, llegaban desde Africa y se quedaban en un mar de ilusión frustrada. ¿O es que ya nos hemos olvidado también de que fue, y vuelve a ser, parte de nuestra historia?

No tener memoria es una desgracia. Eludir la responsabilidad es mucho peor.

 

 

 

Bildungsroman al revés

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Old typewriter de Ptr Kratochvil. Imagen en dominio público, pulse para fuente.

Cuando Pip Pirrip vuelve a casa se dice a sí mismo que nunca preguntará a nadie por qué vive donde vive, por qué ama el lugar que le vio nacer y, sobre todo, por qué permanece allí. Y lo dice mientras contempla ese extraño paisaje alejado del paraíso, paisaje dotado de una calma extraña en su soledad acompañada de bandadas de pájaros que visitan la niebla, lugar de  luz desacompasada de atardeceres y tedio. Veo la adaptación de esta novela de Dickens que ha hecho Mike Newell- ¿cómo es posible que yo no sea británica de nacimiento con TODO lo que me gusta su televisión, sus libros y sus cantantes de Manchester?-y pienso en esa vuelta a casa, en su rehacer de recuerdos y recortes del pasado. Pip y  su sentido de culpa por aquello que se ha perdido y también en su vuelo a la feria de las vanidades; tapando con jabón de lavanda el olor previo a jabón Lagarto, a pulir las uñas y los zapatos de charnego, a iniciar la metamorfosis que es más un vuelo de Ícaro, breve y desordenada. Pero me gusta sobre todo Pip después de la moraleja: eres quien eres y el vínculo, el necesario, el que te acompaña, es a donde perteneces. Había una cursi canción de los ochenta que hablaba de hacer tuyo el lugar donde cuelgas el sombrero. Es cierto: no es tanto delimitar espacios con escuadra y cartabón, no es la firma de una hipoteca, no es la propiedad. Es la idea de todo aquello que te ha creado y es tu eterno equipaje.

En El bar de las grandes esperanzas, el pequeño J.R. habla, desde la perspectiva del adulto, de criarse en una clásica taberna americana, con su música y desbocado anecdotario. Historias que inyectan en la mente y la imaginación de un niño atento y admirado aquella pléyade de poetas, policías, boxeadores y gente común, la más difícil de retratar en literatura. J.R. inicia su viaje en la vida entre humos y alcoholes, con historias de exageración y de muy pagana verosimilitud. El bar Dickens- no podría llamarse de otro modo- es el lugar donde cuelga su sombrero este niño observador y solitario, tan necesitado de ficción con la que llenar ausencias, de alimentarse de las vidas de otros para ir diseñando a lápiz, en un papel arrugado, un futuro itinerario que, como es natural, nunca sale como se espera. Y esto, por fortuna, es así.

Y también Totó necesitaba llenarse de aventuras en India y de pistoleros del Oeste, de romances de perfume y carmín, de lo remoto y lo soñado. En Cinema Paradiso, la consigna es la emoción ante lo extrordinario, la evasión medida y consentida en el metraje de películas que llegan en bicicleta al sofocante calor siciliano,  el mundo en una cinta de pulgada. Pero Totó, como parte de ese borrador que es la infancia, recibe un consejo que dará carpetazo a todo lo demás: no vuelvas una vez que te vayas. Llévate todo este equipaje a cualquier otro lugar, guárdalo en un arcón; ventila de vez en cuando tu melancolía, pero no vuelvas. Pisar de nuevo estas calles en cuesta, el blanco cegador de las casas apiñadas, todo aquello volverá a darte la morriña recobrada, esa sensación de no haber estado donde tenías que estar, esa culpa de nuevo por perderte un ramal del camino, esa idea de que otra vida te esperaba y escogiste la más luminosa.  Pero volvió. Y se encontró con el tiempo detenido en parte, que es la peor forma en la que puede atizarnos la nostalgia. Y es la peor, porque lleva siempre unos cuantos átomos de culpabilidad.

¿Por qué cuento todo esto? Bueno, en primer lugar porque me da la gana. Pero también porque creo que es necesario que todos emprendamos un viaje de vuelta hacia aquello que es imprescindible. No hablo de familia- ¿hay que recordar la cita de Ana Karenina?-sino de un vínculo mucho más extraordinario, sutil y permanente. En la vida se abren puertas y ventanas, entra el aire, se llena de humo y a veces de lluvia, pero siempre queda lo fundamental. Pero esa esencia, por decirlo de algún modo, no tiene que ver con tedio.  Noto en la escritura, en la prensa, incluso en las pintadas de los muros, un tufo a saturación y a déjà-vu- me encanta decir déjà-vu- a impostación y a falta de originalidad. A repetitivo. A dar en el palo del gusto a una audiencia entregada de antemano. Puede que yo no tenga mucha autoridad moral porque no soy escritora, no sé la dificultad de crear todos los días y ofrecer originalidad. Pero sí sé bastante de lecturas, de innovación y de ensimismamiento. Y mucho me temo que estamos perdiendo el espíritu crítico ante los fuegos artificiales indies, ante la invasión de la “extimidad, ante el exhibicionismo y ante la entronizacion de lo efímero. La banalización – y la saturación editorial, todo hay que decirlo-hace que no demos abasto a absorber propuestas para, posteriormente, darnos cuenta de que muchas son puro humo, refrito, encargo hecho aprisa y corriendo o, mucho peor, sin entidad propia. Hablo en general, que es lo que se puede hacer desde los blogs de provincias, hablar en general.

Creo que hay que irse, poner distancia, saber si tenemos algo que decir o comentar y volver cuando sea propicio o nos apetezca. No hablo de nada más que de cómo nos relacionamos con lo que leemos. A la literatura, con los legítimos resbalones de calidad en la trayectoria de alguien-nadie es infalible- hay que volver cuando tienes algo que contar. Y, como Pip, no preguntar nada, asumirlo: me voy porque, a lo mejor, no quiero irme pero no puedo quedarme. Necesito distancia. Y nada más, que de esto no ha muerto nadie, al contrario: han nacido muchos escritores de verdad.

Lo mismo sucede con la extimidad antes mencionada y con la exigencia de la prisa. Yo estoy desconectando digitalmente, volviendo atrás, reconstruyendo muchas cosas de forma analógica. Y si tuviese que hacer mi propio bildungsroman, sería en estos momentos un bildungsroman al revés, algo como lo que hizo mi hijo pródigo favorito, Reginald Perrin: salir, crear, subir, ser otro y desde ahí o dar cortes de mangas o pasar de todo. Reginald recreaba desde lo punk, otros quizá podemos hacerlo desde la necesaria barrera de la nostalgia, pero alejados de ruidos y cantos de sirena, de cacareos y de excesiva ansiedad o insistencia.

 

¿Lo ven? Gran Bretaña de nuevo. No tengo remedio.

 

Un grado de separación

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Quizás haya un crío ahora abrazándose las rodillas, sentado encima de su cama, aprendiendo el ritmo lento de la autocompasión. Habrá, imagino, un número indeterminado de chicas que están muy por encima de todas las demás, de todos los demás – qué pertinente es a veces la distinción genérica, gracias por la gramática-pensando por qué no las invitan a participar en tal y cual cosa. Habrá a quien le duela el silencio o quien asuma la estrategia del camaleón para seguir adelante. Hay quien manda callar a otros y quien opte por el silencio ante la exhibición del sarcasmo que no es más que una forma mayor de esconder la ignorancia. La mediocridad genera una tiranía aceptada por otra corte aún más mediocre.

Yo hablaba hace unas semanas de desobligarse en 2016. Y enero me trajo muchas más obligaciones que desligaduras, y una patada en el culo a mi mitomanía radical, a esa orfandad abrupta que genera el ir quedándose sin referentes que te han acompañado siempre. No voy a dar (más) la plasta con Bowie de la que ya hemos dado entre todos- cosa que como ya he dicho me da exactamente igual y hasta me alegro: me vengo de todos los putos crowdfundings y autopromociones de libros que me he tragado con buena cara y por pura cortesía británica- pero sí quiero escribir un poquito sobre él. No soy crítica musical, ni siquiera soy una compradora compulsiva de discos ni mucho menos. Considero la música mi patria porque me da la real gana y los músicos que me gustan son decorado personal y familiar. De Bowie conozco lo que conoce la mayoría de la gente, y tampoco nos vamos a poner estupendos.  Su capacidad de crear y de recrear, de retorcer las cosas, de abanderar el pastiche como punto de partida de todo, es lo verdaderamente fascinante. La naturalidad en la extravagancia, el gayear a lo loco, el representar el concepto queer antes de la propia existencia de lo queer, su ambigüedad desaforada -que era un apetito por la estética y también por las más diversas pieles- convierten su presencia en parte muy fundamental de la iconología del XX (y parte del XXI). Y un avance constante, un ir y venir, un tomar influencias, un aprender y desaprender, tirar para adelante y vuelta atrás. Ese era Bowie : un Ripley aventajado, un actor versátil y bellísimo,un animal de pómulos aristocráticos, príncipe y mendigo,  gentleman choni, un  cabaretero posh.

Pero antes de eso, como dice el tuit que copio arriba, era algo muy diferente. Uno de tantos que parecían a punto de quedarse en el camino y abrazar la pauta de esa normalidad que nos convierte a casi todos en personajes grises. Pero no, él no. Porque la idea es lo que él consiguió: que aquellos que te puteaban acaben queriendo ser como tú. Y, sí, es verdad, hay que ser Bowie para ser eso. Pero a lo mejor es que solamente nos separa un grado de él: el de la voluntad y el cero miedo al fracaso.  Hay que dar las gracias por Bowie, pero también por Caitlin Moran que, además de este tuit tan guay, escribió este otro obituario tan chulo This is how David Bowie took over the world & invented us all in only five years. Oh, y lo que escribí yo sobre el libro de la señora Moran, que también quedó muy bien ¡Viva Caitlin Moran!

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