Anchoas y Tigretones

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Hablando de mujeres

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Not stupid enough – Barbara Kruger Pulse en imagen para ver el origen

Tendría que haber escrito mucho antes sobre todo esto. En realidad, todas las que juntamos algo parecido a los párrafos, a las letras o a las ideas que son un enorme rompecabezas tendríamos que haber escrito antes sobre muchas cosas.  Ya saben: todo lo personal es político, pero en el reino de lo viral,aquello que es personal es también susceptible de desencadenar otras violencias, otros debates que suelen ser monólogos encadenados plagados de descalificación o de asunciones de entereza, de respaldos y de fronteras. Hay que escribir sobre la muerte que saluda por las mañanas en las páginas de los diarios, hay que escribir sobre el miedo de volver a tu propia casa, de ser tu cuerpo y tu autonomía, de quererte y que te quieran como tú eres, nada más.  Hay que gritar desde las letras temblonas de una pantalla sobre las horas solas y acompañadas, sobre empatía y gregarismo, sobre la gran diferencia entre la diversidad y ser marciano, todo es cuestión de perspectiva. Lo que no es perspectiva sino realidad es también sujeto de letras. O debe serlo, aunque intentemos esconder la mirada: a las mujeres las matan, la cultura de la violencia es la cultura del miedo y del silencio, de lo impune y borroso. Es tinieblas y es olvido. Vamos sumando cruces y reivindicación, una vez que las indignaciones se solapan las víctimas acaban siendo eso: víctimas. Desdibujadas, borrosas y olvido.  Y esto es de lo primero de lo que quería hablar.

Leo un ensayo escrito por una autora muy favorita y paro en las primeras páginas, a la espera de tiempos mejores en mi consideración sobre el libro o también sobre mi perspectiva.  Habría que escribir también sobre la facultad de parar las lecturas y retomarlas; así como de la empatía a priori que nos genera lo escrito por esas autoras muy favoritas, aunque esto, como en tantas otras ocasiones en este cuaderno, es otra historia. Dejo de leer un ensayo escrito por una mujer de mi generación porque estoy estupefacta. Articulado en una serie de preguntas y respuestas a mujeres de, más o menos la misma quinta, surge el eterno tema de la vida en pareja, de si las mujeres que estamos solas hablamos de nuestra felicidad con la boca pequeña -el consabido”qué bien me va, qué bien me va”- o si, por el contrario, y tal y como afirma la autora en un momento, “todos somos pájaros”. Vaya por delante que leo con una sobrevolada sensación de amenaza que, por supuesto, es un sentimiento libre, y más en la lectura. Y lo hago porque ciertos discursos me suenan demasiado y ya me dan un poco de pereza. Insisto: no es tanto cuestión del libro, que no he terminado y no puedo juzgar lógicamente, sino de las cuestiones que sobrevuelan. Y que atañen a lo que es mi generación, reconociendo de antemano que sí hemos caído en muchas trampas y que sí es necesario el análisis y la conversación. Por lo tanto: el libro lo retomaré, pero no ahora.  Para mí, pragmática que es una, la cosa es muy sencilla: la vida en pareja es maravillosa si te va bien, la vida en soledad es maravillosa si te va bien. Y cada uno escoge, esta vez sí,  lo que mejor le va: yo he sido felicísima en pareja- creo, si no me equivoco, que gran parte de mi vida la he pasado emparejada- y me he comido los mocos en soledad; lo he pasado fatal cuando alguna relación se terminó y he agradecido el poder corretear a mi aire cuando me ha dado la gana estando sola. No uso ninguna de las apps de las que se habla en el libro porque no son para mí, no las juzgo ni las condeno: no son para mí. Y, del mismo modo y simplificando, creo que podríamos establecer algo que, de momento, no he visto en el ensayo: hay personas para las que la vida en pareja no funciona o no satisface, o, también, te haces muy selectiva.  O llevas una carga de decepción, que puede ser resentimiento en algún caso, y no te apetece el riesgo, prefiriendo picotear. Y punto: ni pájaros, ni osos, ni eternos adolescentes  ni nada por el estilo. No es lo suyo y eso no quita que le den alegría al cuerpo cuando les da la gana ni tampoco implica ser una descerebrada. Hacen lo que quieren porque estamos en el siglo XXI, joder.  Y quizá alberguen el deseo íntimo y legítimo de encontrar a alguien, pero no convierten esa falta en un fracaso, aunque socialmente, y a tenor de lo que veo todos los días, las personas sin pareja somos una especie de discapacitadas emocionales. Habrá quien se considere fracasada, su problema (no entremos en la maternidad porque estamos aquí hasta mañana y yo tengo que coger un avión), pero no,tampoco vamos musitando el “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”ni pensamos que todos los tíos son una panda de cabrones en potencia: hay machirulos y hay hombres maravillosos, como hay mujeres increíbles y mujeres gilipollas. No parto de una sororidad de género mal entendida: parto de un aspecto que está aquí y es social: ¿hay que castigar a las personas que viven solas como si hubiesen hecho algo mal o tuviesen una tara? Y no contesten “Noooooo” unánimemente. Piensen en todas las veces que intentan emparejar a sus amigas o amigos como si no hubiese otro objetivo en la vida. Piensen en todas las veces que han articulado su felicidad personal- subrayo “personal”- en obtener – y vuelvo a subrayar “obtener”, me voy a quedar sin subrayador- una pareja, en mantener una relación contra viento y marea.   Y claro que es difícil y descorazonador muchas veces- la soledad es buena si es voluntaria, aún así no es sencilla-  pero ciertas cosas no deben ser a cualquier precio. Y la independencia es una de ellas. Claro que es hermoso regresar a casa y encontrar a quien amas, tener proyectos en común, observar el paso del tiempo. No soy cínica: es increíblemente hermoso.  Pero no tiene que suceder a cualquier precio, y si no sucede,pues no pasa nada. Lo que me desconcierta es la bandera de cierto grado de conformismo. Por eso prefiero dejar el libro hasta que vengan tiempos mejores, como ya he dicho.  El tema volverá porque da para mucho, pero esta y solo esta es la segunda cosa de la que quería hablar. Y volveré, volveré a este ensayo porque me interesa mucho. Pero ahora, no.

Y la tercera cosa de la que quiero hablar: el mundo es mejor cuando existen personas como Mary Beard. Porque, como dice en su discurso de aceptación del premio Princesa de Asturias, el pasado nunca es un libro de respuestas del presente, ninguna mujer en su sano juicio desearía volver a vivir en la antigua Roma a no ser que tuviese un billete de vuelta, y aún, desgraciadamente, nos queda mucho por hacer en temas de igualdad, de feminismo, de educación, de derechos. De revolución. Una que comience por incluir a todas las mujeres, porque estamos todas aquí, ni una menos.

Hijos (9) : los padres viudos

Love Doodle, imagen de Dawn Hudson en publicdomain. net. Pulse en la imagen para web original

La hija ve cómo el padre separa, con disciplina meticulosa, los guisantes de los taquitos de jamón. Los pone en línea al borde del plato, casi como una sonrisa vista desde enfrente.  Son guisantes hoy, pero podrían ser trocitos de cebolla o alguna hoja de alcachofa, una maltrecha circunferencia de zanahoria. “Lo que crece en el campo está muy bonito allí, en el campo. No hay que traerlo al plato”. Con parsimonia, lentamente, las verduras van conformando un mosaico que rompe el color único de  la vajilla antigua, de los platos antiguos, de los platos de siempre. Los padres, llega un momento, se rebelan contra su propio papel de cancerberos y hacen lo que les da la realísima gana: ya no disimulan el odio a la verdura, cambian de canal de la tele cuando les peta y comen galletas con chocolate en bocadillo. Hay padres viudos que estrenan esa condición de forma hiperactiva, ordenando y desordenando, llenando agendas de gestiones posibles e imposibles, esquivando el vacío y los minuteros de reloj, intentando no ser una carga- qué palabra tan dura- para sus hijos. La tristeza se manifiesta como una presencia dulce y que observa la escena agazapada, escondida tras una cortina aunque le ves los pies, como en los malos juegos de escondite de la infancia. Hay padres viudos que cuentan, en algún breve paseo bajo el tímido sol de mayo, que la vida está mal hecha porque las mujeres no deberían irse antes que los hombres . Los ves, aislados ya de guisantes y chocolates, volviendo la mirada en esa especie de dolor contenido que son los álbumes de fotos ordenados por años. Hay padres viudos que comienzan a esquivar habitaciones de la casa ahora grande, de los armarios aún sin vaciar, del orden previo a lo que es ya desorden. Vuelven  de la panadería con su barrita de pan bajo el brazo, mirando al suelo y bajando la vista, como si tuviesen que numerar las losas de piedra de la calle, como si no estuviesen sabidas de memoria. Y leen su periódico. Y hacen crucigramas. Y ven películas por millonésima vez, porque atesoran sus momentos favoritos para contártelos cuando te vean. Porque cuando la vida se descuadra a partir de una edad, todo es recordar.

Hay hijos que se comen todos los guisantes del plato porque así se lo han enseñado. Que han sido rebeldes y contestones, formales en el estudio y resabidos de oficio. Que han dado portazos y suplicado perdones, que han sentido la soberbia golpeándoles el pecho y el exilio interior de la adolescencia de provincias.  Hay hijos que intentan entrar en esa fortaleza, en ese búnker que es un  matrimonio de padres bien avenidos: los padres son una pareja, pero también son tus padres. Y  suena raro hasta decirlo en alto.  Han sido un proyecto común, un noviazgo, una unión posterior. Los hijos, mientras aprenden a no dejarse los guisantes ni nada en el plato, esquivan las preguntas que les resultan  incómodas, intentando acallar  esa forma de demostrar amor que es la excesiva preocupación: por si el trabajo es bueno, por si tu vida es buena, por si alguien te quiere bien. Los hijos- el hijo, la hija- han sobrevivido al paso de los años y las decepciones, qué remedio. Porque algo que tardamos mucho en aprender, y esa es una dinámica del amor, es que no podemos proteger a quien amamos:  hay que hostiarse, muchachos, y no hay empatía que valga. Cuando los padres dejan de ser ese plural y son solamente el padre o la madre, cuando hay un descalabro en ese tándem, tras el dolor común hay una nueva relación propiciada por la orfandad, la viudedad.  La hija, por ejemplo, es ahora adulta y nota cómo en las sobremesas de domingo su padre disfruta escuchándola, cómo observa en silencio- y con admiración-  a la mujer en que se ha convertido. Comprende su humor, admira su independencia, le confía un inédito anecdotario familiar. A pesar del hueco que queda en el sofá, del lugar vacío en la mesa del comedor- de no escuchar el ¡”Hola!” desde el salón en aquella casa en la que creció-  el padre sigue adelante y se convierte en algo similar a un confidente.  El padre, que tantos juegos compartió con aquella niña lectora y juguetona, la  que llenaba la casa de amigos merendones y de bicicletas en la puerta, se queda más tranquilo cuando la oye hablar por teléfono, planear algún fin de semana, contestar los whatsapps de alguien especial.  Es curioso: la hija, sin embargo, se pregunta a menudo qué puede hacer para aliviar algunos silencios que asaltan las tardes, cómo hacer que las sopas de letras y los crucigramas  sean solamente una alternativa, cómo poder acariñar más y mejor esas manos que tanto han trabajado, que llevaron otras manitas para escribir números torcidos en aquellos inmensos libros de contabilidad de la oficina del padre. Manos que enseñaron a atar cordones, que hacían reglas de tres y caricaturas (“un tres, un cuatro, le das la vuelta y te sale tu retrato”). Manos que hoy ves arrugadas, con algunas pecas y la isla dorada del anillo de boda. Y la hija querría que todo el amor que siente en ese momento, todos los perdones que no pidió y todas las horas que no supo compartir, aparezcan y vuelen hacia el centro del alma de alguien que lo dio todo por  ella. Y mientras, deja volar esas horas, esas conversaciones que se interrumpen, esos silencios sosegados, ese crujir del lápiz contra el papel de la sopa de letras. Y la vida, inevitablemente, sigue así.

 

En un cuaderno Moleskine (31) : Barrio

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Hand- made dense labyrinth (imagen de xOneka) en dominio público a través de Wikimedia Commons. Pulse para original

 

Fragmentos sueltos del cuaderno que esta vez sí son el principio de algo más:

“Los años de la pereza eran también los años de desafíos. Los años de Bartleby.  Los años de portazos sin ton ni son, de revisar constantemente la línea del horizonte. Los años, los meses, los días. Querer cambiar el mundo en un golpe y puñetazo. Estaba mal, estaba bien, todo te lo perdonaba la furia de los años veloces, la necesidad, la urgencia.  Todo pasaba rápido y el contexto era también texto y pretexto, daba igual.  Era vida, había que tenerla aun sin nombrarla. Eran años de escribir ferocidades efímeras en el vaho de las ventanas “muerte a …”, lo que fuese, era muerte o vida, no había más. Había que desmadejarse acodados en pupitres, alimentando la vagancia, pensando en que estábamos perdiendo el tiempo pero a la vez sin saber qué perdíamos ni por qué, ni tampoco tener ganas de cambiar nada. Todo era postura y compartir cigarros -“déjame fumarme la pava”, ser maldito de juguete, maldito con derecho a plato de sopa y naranja de postre, mantel de domingo y hora de retirada. Malditos que escondíamos revistas al alcance de los hermanos, que éramos artistas por definición y porque sí.  Tu barrio no lo era, no era para ti porque eras de otra parte. Y mirabas con algo de desprecio y distancia el paisaje que era pequeño, la distancia entre tu calle y la tienda donde hacías los primeros recados: tienda, barra y bolsa de leche de Leyma, toma la vuelta y saluda a tu madre. Y en la cola de la tienda mirabas con cierta tristeza la permanente de la señora que despachaba, el hueco del diente perdido en medio de una fila irregular, las zapatillas rosas de andar por casa que eran también para andar por la panadería. Y todo daba una mezcla de risa y lástima, un instinto de arrogancia infinita, una condescendencia que te llevaba a pensar que algo habrían hecho mal para merecer zapatillas, falta de diente y peinado refrito. Y la lluvia. La lluvia mojaba las manos, la carpeta, los libros. La lluvia era el mantra de esa inconsciencia, del egoísmo que reconoces ahora, de las dudas y de la rabia. Lluvia, la lluvia siempre.

El barrio sigue ahí, sin panadería, sin señoras con permanente. No se puede hablar de la falta de paciencia con los años, sino de la cronológica  falta de paciencia . Recorrer algunas calles- con otros negocios, con otras tiendas, con muchas ausencias y con grandes novedades-es volver al paisaje vital de aquellos que te precedieron, que te llevaron de la mano y te enseñaron la ortografía general de la vida, a atarte unos cordones de manera firme, a aprender que la noche de Reyes no es un 5 de enero, es siempre que anhelas algo, incluso cuando no sepas nombrarlo. Y piensas si el recorrido cotidiano de quien ya no está y que te arrastraba casi, asida más a su brazo que a su mano- esos edificios grises, ese mercado lleno de paraguas y pescados enormes, esas conversaciones de todos los días sobre lo mismo de siempre- merecen ser tratados en tu primera memoria con aquella dureza. Y sabes que no porque vuelves, porque ahora que lo recorres tú sola y en silencio echas de menos aquella lluvia, que no es igual a la de ahora, aquellas bolsas de plástico que cargabas y que ya no pesan. Y te preguntas, inevitablemente, si quien te llevó habría pensado lo mismo de toda aquella grisura, de aquel espacio trazado sin alteraciones ni aristas, de aquella gymkana de todos los días. Y respondes en alto “No” en lo que, de forma egoísta y consciente, es un símbolo más de autocomplacencia, casi de reconciliación, o casi, y esto dice muy poco de ti, de dar carpetazo”.

Un día

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Calendar 2016 bird vintage (From publicdomainpictures.net). Pulse en la imagen para original.

Imagino que lo que nos sucede a los que anotamos tanto, con voluntad de permanencia y tampoco sabemos muy bien para qué, tenemos una especie de detector mental automático. Pequeños detalles casi inapreciables y a los que queremos dar cierto grado de trascendencia, qué miedo de palabra pordiosbendito.  Observar en la cadena de lo cotidiano te lleva a ser como el personaje de Mafalda, creo que era Miguelito, que, ante cierto tipo de comentarios pillados al azar decía que eran lo malo de andar “todo el día con las orejas puestas”. Tendemos a pensar que “lo cotidiano” engloba una rutina universal y organizada, de horarios y niños en la escuela, de pausas para un café o de esperas de autobuses.  Porque, a pesar de las múltiples ventanas de ciento cuarenta caracteres, del insistente rumor de las noticias gritonas, nuestras orejeras nos protegen de conmovernos y malvivir hasta el infinito. Hay que dotar a los dramas de una periodicidad digestiva: cambiemos nuestras fotos de perfil como formas de solidaridad, establezcamos hashtags, insistamos durante períodos soportables en la imagen del pequeño cadáver de un niño en una playa. Y luego, claro, empecemos a cuestionar la oportunidad de todo aquello que nos llega y como nos llega, fomentemos el espíritu crítico- que es necesario pero que es también la forma más sencilla de la autocomplacencia. Y esperemos la siguiente ola. Porque, en realidad, no hacemos nada.

Desde la época de la impaciencia juvenil, la palabra cotidiano me ha dado dentera. Más que dentera era ese lugar al que no querías llegar y llegaban los demás a una edad, ese pozo lejano que mezclaban responsabilidades anotadas en un bloc y renuncias de ir con las manos en los bolsillos, que era lo que siempre querías. Lo cotidiano era claudicación y falta de rabia, era sillón y acomodarse, eran pasteles de domingo y misa de una, era un coñazo y lo peor. Lo cotidiano era envolverse en el uniforme de funcionario, llevar manguitos y gafas sin patillas a caballo de una nariz que crecía en largura. Era vivir de lunes a viernes con la esperanza de un sábado para sestear ante la tele. Lo peor, vaya, ya lo he dicho. Y desconoces, claro, que lo cotidiano era impulsar una nueva forma de nostalgia futura, era tan  inapreciable como ese hilo musical de los ascensores al que no prestas atención. Era cómo tu padre guardaba la mitad del sobre de azúcar en la cafetería porque te contabaque estaban mal hechas las medidas. Era también el sonido de las llaves en la puerta y el ruido del tendedero del segundo, ese al que nunca echaron “Tres en Uno”. Era el olor a la colonia que tu madre usaba, el modo de doblar la servilleta de tu hermano y el vaso con agua en la mesilla. Lo cotidiano no era rendirse, era lo que estaba pasando ante ti y no registrabas.

No soy capaz de imaginar el dolor de quien ha sido despojado de su casa, de su país, de su vida. Pero me aterra pensar en todas esas horas por delante, todos esos minutos y segundos dedicados a evocar aquellas rutinas organizadas o aquellos modos de vida mejores o peores. Cuando se habla de los campos de refugiados, del inmenso drama al que damos la espalda, me vienen, como imágenes a cámara rápida los hasthags, las indignaciones efímeras, los titulares sustituidos cada segundo por otro peor o más impactante. Y los cuerpos en las playas. Como aquellos cuerpos que en otras épocas, cuando nosotros éramos Eldorado, llegaban desde Africa y se quedaban en un mar de ilusión frustrada. ¿O es que ya nos hemos olvidado también de que fue, y vuelve a ser, parte de nuestra historia?

No tener memoria es una desgracia. Eludir la responsabilidad es mucho peor.

 

 

 

Bildungsroman al revés

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Old typewriter de Ptr Kratochvil. Imagen en dominio público, pulse para fuente.

Cuando Pip Pirrip vuelve a casa se dice a sí mismo que nunca preguntará a nadie por qué vive donde vive, por qué ama el lugar que le vio nacer y, sobre todo, por qué permanece allí. Y lo dice mientras contempla ese extraño paisaje alejado del paraíso, paisaje dotado de una calma extraña en su soledad acompañada de bandadas de pájaros que visitan la niebla, lugar de  luz desacompasada de atardeceres y tedio. Veo la adaptación de esta novela de Dickens que ha hecho Mike Newell- ¿cómo es posible que yo no sea británica de nacimiento con TODO lo que me gusta su televisión, sus libros y sus cantantes de Manchester?-y pienso en esa vuelta a casa, en su rehacer de recuerdos y recortes del pasado. Pip y  su sentido de culpa por aquello que se ha perdido y también en su vuelo a la feria de las vanidades; tapando con jabón de lavanda el olor previo a jabón Lagarto, a pulir las uñas y los zapatos de charnego, a iniciar la metamorfosis que es más un vuelo de Ícaro, breve y desordenada. Pero me gusta sobre todo Pip después de la moraleja: eres quien eres y el vínculo, el necesario, el que te acompaña, es a donde perteneces. Había una cursi canción de los ochenta que hablaba de hacer tuyo el lugar donde cuelgas el sombrero. Es cierto: no es tanto delimitar espacios con escuadra y cartabón, no es la firma de una hipoteca, no es la propiedad. Es la idea de todo aquello que te ha creado y es tu eterno equipaje.

En El bar de las grandes esperanzas, el pequeño J.R. habla, desde la perspectiva del adulto, de criarse en una clásica taberna americana, con su música y desbocado anecdotario. Historias que inyectan en la mente y la imaginación de un niño atento y admirado aquella pléyade de poetas, policías, boxeadores y gente común, la más difícil de retratar en literatura. J.R. inicia su viaje en la vida entre humos y alcoholes, con historias de exageración y de muy pagana verosimilitud. El bar Dickens- no podría llamarse de otro modo- es el lugar donde cuelga su sombrero este niño observador y solitario, tan necesitado de ficción con la que llenar ausencias, de alimentarse de las vidas de otros para ir diseñando a lápiz, en un papel arrugado, un futuro itinerario que, como es natural, nunca sale como se espera. Y esto, por fortuna, es así.

Y también Totó necesitaba llenarse de aventuras en India y de pistoleros del Oeste, de romances de perfume y carmín, de lo remoto y lo soñado. En Cinema Paradiso, la consigna es la emoción ante lo extrordinario, la evasión medida y consentida en el metraje de películas que llegan en bicicleta al sofocante calor siciliano,  el mundo en una cinta de pulgada. Pero Totó, como parte de ese borrador que es la infancia, recibe un consejo que dará carpetazo a todo lo demás: no vuelvas una vez que te vayas. Llévate todo este equipaje a cualquier otro lugar, guárdalo en un arcón; ventila de vez en cuando tu melancolía, pero no vuelvas. Pisar de nuevo estas calles en cuesta, el blanco cegador de las casas apiñadas, todo aquello volverá a darte la morriña recobrada, esa sensación de no haber estado donde tenías que estar, esa culpa de nuevo por perderte un ramal del camino, esa idea de que otra vida te esperaba y escogiste la más luminosa.  Pero volvió. Y se encontró con el tiempo detenido en parte, que es la peor forma en la que puede atizarnos la nostalgia. Y es la peor, porque lleva siempre unos cuantos átomos de culpabilidad.

¿Por qué cuento todo esto? Bueno, en primer lugar porque me da la gana. Pero también porque creo que es necesario que todos emprendamos un viaje de vuelta hacia aquello que es imprescindible. No hablo de familia- ¿hay que recordar la cita de Ana Karenina?-sino de un vínculo mucho más extraordinario, sutil y permanente. En la vida se abren puertas y ventanas, entra el aire, se llena de humo y a veces de lluvia, pero siempre queda lo fundamental. Pero esa esencia, por decirlo de algún modo, no tiene que ver con tedio.  Noto en la escritura, en la prensa, incluso en las pintadas de los muros, un tufo a saturación y a déjà-vu- me encanta decir déjà-vu- a impostación y a falta de originalidad. A repetitivo. A dar en el palo del gusto a una audiencia entregada de antemano. Puede que yo no tenga mucha autoridad moral porque no soy escritora, no sé la dificultad de crear todos los días y ofrecer originalidad. Pero sí sé bastante de lecturas, de innovación y de ensimismamiento. Y mucho me temo que estamos perdiendo el espíritu crítico ante los fuegos artificiales indies, ante la invasión de la “extimidad, ante el exhibicionismo y ante la entronizacion de lo efímero. La banalización – y la saturación editorial, todo hay que decirlo-hace que no demos abasto a absorber propuestas para, posteriormente, darnos cuenta de que muchas son puro humo, refrito, encargo hecho aprisa y corriendo o, mucho peor, sin entidad propia. Hablo en general, que es lo que se puede hacer desde los blogs de provincias, hablar en general.

Creo que hay que irse, poner distancia, saber si tenemos algo que decir o comentar y volver cuando sea propicio o nos apetezca. No hablo de nada más que de cómo nos relacionamos con lo que leemos. A la literatura, con los legítimos resbalones de calidad en la trayectoria de alguien-nadie es infalible- hay que volver cuando tienes algo que contar. Y, como Pip, no preguntar nada, asumirlo: me voy porque, a lo mejor, no quiero irme pero no puedo quedarme. Necesito distancia. Y nada más, que de esto no ha muerto nadie, al contrario: han nacido muchos escritores de verdad.

Lo mismo sucede con la extimidad antes mencionada y con la exigencia de la prisa. Yo estoy desconectando digitalmente, volviendo atrás, reconstruyendo muchas cosas de forma analógica. Y si tuviese que hacer mi propio bildungsroman, sería en estos momentos un bildungsroman al revés, algo como lo que hizo mi hijo pródigo favorito, Reginald Perrin: salir, crear, subir, ser otro y desde ahí o dar cortes de mangas o pasar de todo. Reginald recreaba desde lo punk, otros quizá podemos hacerlo desde la necesaria barrera de la nostalgia, pero alejados de ruidos y cantos de sirena, de cacareos y de excesiva ansiedad o insistencia.

 

¿Lo ven? Gran Bretaña de nuevo. No tengo remedio.

 

Un grado de separación

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Quizás haya un crío ahora abrazándose las rodillas, sentado encima de su cama, aprendiendo el ritmo lento de la autocompasión. Habrá, imagino, un número indeterminado de chicas que están muy por encima de todas las demás, de todos los demás – qué pertinente es a veces la distinción genérica, gracias por la gramática-pensando por qué no las invitan a participar en tal y cual cosa. Habrá a quien le duela el silencio o quien asuma la estrategia del camaleón para seguir adelante. Hay quien manda callar a otros y quien opte por el silencio ante la exhibición del sarcasmo que no es más que una forma mayor de esconder la ignorancia. La mediocridad genera una tiranía aceptada por otra corte aún más mediocre.

Yo hablaba hace unas semanas de desobligarse en 2016. Y enero me trajo muchas más obligaciones que desligaduras, y una patada en el culo a mi mitomanía radical, a esa orfandad abrupta que genera el ir quedándose sin referentes que te han acompañado siempre. No voy a dar (más) la plasta con Bowie de la que ya hemos dado entre todos- cosa que como ya he dicho me da exactamente igual y hasta me alegro: me vengo de todos los putos crowdfundings y autopromociones de libros que me he tragado con buena cara y por pura cortesía británica- pero sí quiero escribir un poquito sobre él. No soy crítica musical, ni siquiera soy una compradora compulsiva de discos ni mucho menos. Considero la música mi patria porque me da la real gana y los músicos que me gustan son decorado personal y familiar. De Bowie conozco lo que conoce la mayoría de la gente, y tampoco nos vamos a poner estupendos.  Su capacidad de crear y de recrear, de retorcer las cosas, de abanderar el pastiche como punto de partida de todo, es lo verdaderamente fascinante. La naturalidad en la extravagancia, el gayear a lo loco, el representar el concepto queer antes de la propia existencia de lo queer, su ambigüedad desaforada -que era un apetito por la estética y también por las más diversas pieles- convierten su presencia en parte muy fundamental de la iconología del XX (y parte del XXI). Y un avance constante, un ir y venir, un tomar influencias, un aprender y desaprender, tirar para adelante y vuelta atrás. Ese era Bowie : un Ripley aventajado, un actor versátil y bellísimo,un animal de pómulos aristocráticos, príncipe y mendigo,  gentleman choni, un  cabaretero posh.

Pero antes de eso, como dice el tuit que copio arriba, era algo muy diferente. Uno de tantos que parecían a punto de quedarse en el camino y abrazar la pauta de esa normalidad que nos convierte a casi todos en personajes grises. Pero no, él no. Porque la idea es lo que él consiguió: que aquellos que te puteaban acaben queriendo ser como tú. Y, sí, es verdad, hay que ser Bowie para ser eso. Pero a lo mejor es que solamente nos separa un grado de él: el de la voluntad y el cero miedo al fracaso.  Hay que dar las gracias por Bowie, pero también por Caitlin Moran que, además de este tuit tan guay, escribió este otro obituario tan chulo This is how David Bowie took over the world & invented us all in only five years. Oh, y lo que escribí yo sobre el libro de la señora Moran, que también quedó muy bien ¡Viva Caitlin Moran!

Barthesiana

Estas líneas tan interrumpidas han sido calificadas hace poco como una eventualidad casi proustiana. Estas líneas son producto muchas veces de cualquier cosa menos de un proyecto, y así me gusta que sea.  Que Proust sobrevuele, ya me gustaría, es siempre inevitable en los escritores provincianos, dominicales y con gabardinas de color patata, que es un color tan raro que no existe porque es un color de siempre. A mí lo que me gustaría es ser barthesiana y regalar el nivel cero a la escritura, al texto un placer y las mitologías a cualquiera que las escuche. Y, sobre todo, regodearse en la nostalgia que viene encapsulada en blanco y negro en una foto,  ser capaz de hacer simultáneas la teoría y la emoción. Barthes, me acompañas.

Leo de nuevo, tras muchos años La cámara lúcida de mi querido semiólogo francés. Y lo hago porque recuerdo el capítulo que es un callado homenaje a su madre, fallecida poco antes de la redacción de ese ensayo. El no tan joven Roland se sienta a ordenar fotografías una tarde triste de noviembre, una tarde triste y francesa, una tarde de indagación y de entrega plena al dulce dolor del recuerdo. En una pirueta extraña estamos también en este 2015 en noviembre, es una tarde algo triste también.  Ni que decir tiene que esta señora proustiana que escribe estas líneas no es capaz de abrir un solo álbum de fotos desde hace tiempo, aunque algunas cosas siempre sobrevuelan,  etiquetadas bajo lo inesperado. Barthes escribe sobre reconocer la inexistencia de sí mismo en el retrato de su madre joven, de desconocerla a esa edad. Quién sería, cómo imaginaría al hijo que vino después y que es él mismo. Nos habla, también, de la pulsión de la muerte en cada imagen que hemos capturado y que se ha ido: el instante  ya no existe, se desvanece al intentar hacerlo eterno. Lo que vemos, lo que nos chilla desde los álbumes de fotos, son proyecciones para avanzar la nostalgia de la pérdida.  Yo soy capaz de recorrer algunas imágenes de momentos que precedieron a mi llegada al mundo y establezco mi particular tebeo  y guiñol de circunstancias: mi madre vestida de novia y luciendo un collar de perlas que llevó también en mi boda; mi madre de niña rodeada de sus hermanos y unos padres que son para mí desconocidos, mi madre paseando con sus amigas, mi madre tecleando en una máquina de escribir- con un jersey de manga corta y un cigarrillo evaporándose en un cenicero-, mi madre con un pañuelo en la cabeza al lado de una Vespa, junto a la Torre de Hércules. Mi madre antes de mí. Y lo que no son imágenes y que también es una proyección: agendas con exquisita caligrafía, dedicatorias en libros, pañuelos planchados y con olor a Royale Ambree, primeros correos electrónicos enviados con más de setenta años y que están ahí, en mi bandeja de entrada, carpetas con recortes en los que salgo yo y alguna de mis circunstancias.  Y esa tiranía de los objetos inanimados que siguen en su lugar pero han perdido su contexto: un cepillo del pelo, un tocador con cremas y una bandejita para sortijas, un libro sobre una mesilla de noche con su marcapáginas inserto, unos cojines en la penumbra de una habitación en un final.

Y mi madre después, ya conmigo en el mundo.  Y yo, como Barthes, tengo una particular predilección por una fotografía y por un momento. Mi madre me lleva de la mano por la calle Real. Viste una gabardina acharolada, muy mini, con un ancho cinturón y gafas, muy moderna y sesentera.  Me lleva de la mano y mira distraídamente hacia un escaparate. Yo, muy pequeña y abrigada- creo que es el invierno de 1970- señalo de frente al autor de la foto, mi padre.  El momento es perfecto: mi sorpresa, la delicada silueta de mi madre, un montón de viandantes- ¿quiénes serían esas dos señoras enlutadas detrás de nosotras? ¿Y el señor que fuma del brazo de una señora que mira también a la cámara? ¿Qué habrá sido de los dueños de la óptica que aparece al fondo, de la peluquera con moño de Marge Simpson del primer piso y que tenía un montón de perros adormilados?-y la mirada del amor tras la cámara. Y yo adivino el regocijo del fotógrafo ante ese momento mitad sorpresa y mitad pose, quiero crear un recuerdo en el que espero impaciente el revelado de esa foto, cuando se haga materia tangible y pueda tocarla,  quiero recordar también cuándo la pusimos en ese marco en el que ahora la contemplo y acordarme de todo lo que dijimos durante años sobre la gabardina de mi madre, sobre el gorrito que yo llevo, sobre mi padre revoloteando en una escena en la que está, sin aparecer.  Una foto, ya lo dice Barthes, de algún modo es un pasado y un presente; es esa invitación a esa tristeza empática que nos provocan los niños que juegan solos en su cuarto a juegos de dos o más personas, las soledades indecisas de los bares sin compañía, los carteles de “se alquila” medio rotos o descolgados de algún lugar sin fortuna. Contemplar una foto es la construcción de una melancolía a medida, es un pequeño pacto con algún pasado sin resolver o que aún duele- quién iba a decirle a esa niña que le iba a pasar esto y esto otro- es un envoltorio algo kitsch de una emoción guardada. Todo eso lo contiene una imagen  a la que ponemos una etiqueta.  Esa que es siempre un “Je me souviens …”al uso y manera de Perec  y que  a veces, y solo a veces, se convierte en algo proustiano.

Epílogo

Mi madre nos dejó el día 5 de octubre de 2015.  Y me viene el recuerdo de una breve conversación con Benjamín Prado en la Feria del Libro de Madrid, el pasado mes de junio. Cuando le pedí una dedicatoria  para mi madre salió  el tema de la enfermedad, de la vejez, de los cuidados. De la pérdida. Y dijo algo muy revelador para mí: lo mucho que le sorprendía cuando alguien le preguntaba la edad que su madre tenía al fallecer, como si fuese una justificación. Él me decía:” ¿Y qué si tenía 90 años ? Era mi  madre.” Recordaba esta conversación el otro día con mi amigo Santi, que apuntó también sobre el dolor de la orfandad en la edad adulta. Ya sabemos que es ley de vida. Pero el recuerdo y el dolor no tienen leyes.

Lo útil, lo necesario, lo imprescindible

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Careers ahead (Sep 7, 1939) . Imagen sin restricción de derechos de autor- The Commons, WPA álbum de LOC (pulsar en la imagen para URL permanente)

Para F. y L.

La necesidad de la escritura no puede medirse por veranos. En realidad no puede medirse casi por nada: está o no está. Una tiene cuaderno digital por algo, para aplazar algunas esperas, para entretener cuestiones de la vida. La vida de algunos va en tren a diario, encuentra señoras con madurez desordenada de Betty Boop en los asientos de enfrente. También de dobles de Neil Gaiman, de pandillas de ciclistas con pegatinas reivindicativas en el casco de la bici, de lectores silenciosos y de melómanos desconocidos, aislados en su mundo de corcheas y alfabetos mientras corre el trayecto- ahora luminoso- de la distancia entre dos ciudades, veintisiete minutos en un festín de observación. Una vida, todas las vidas, están escritas ahí: en los móviles que sostienen y teclean nerviosamente las chicas de piercing y tatuaje, en algún periódico testimonial, en una tablet molona y en el regazo abandonado de la señora recién peinada, llena de bolsas ordenaditas y pulcras gafas que antes de salir de la estación ha llamado a sus hijo para recordarle dónde quedaba lo recién planchado, las llaves de casa de la abuela, ha descrito el contenido del táper en la nevera. Tantas vidas por escribir y detenerse, el puzzle de lo cotidiano, lo  Algunos rostros familiares llegan contigo a destino, compartes a veces conversación y breve trayecto a pie. Después cada línea se bifurca en busca de un individual punto de fuga.

En dos lugares que distan más de mil kilómetros dos de mis amigos ya han comenzado su jornada también. Casi siempre, con noches de cierta angustia, de mal dormir. Buscan en su correo electrónico alguna respuesta, rastrean en las páginas de ofertas de empleo, envían currículos, esperan. Ponen una lavadora, hacen la cama y limpian el polvo, comprueban su móvil y otorgan, cada uno sin saberlo, un nuevo sentido a los calendarios. Para muchos, una sucesión de días que llegan hasta un junio, julio o agosto luminosos donde cortar con rutinas y labores. Para ellos dos, un difícil camino donde hacer, una y otra vez, cuentas y malabarismos de menús rebajados, donde necesitas que el tiempo se congele en los gastos y averías, que avance en la llegada de la ocupación laboral. Ambos comprueban sus correos electrónicos de nuevo, sus whatsapps, sus buzones de voz. Y empieza la ceremonia de los rechazos, de las- cuando llegan- ofertas ofensivas, del silencio. ¿He mencionado la edad de mis amigos? No, cierto. Mis amigos, los dos, están en esa franja que va de los 40 a los 50. La maldita franja del rechazo, de los que son mayores y jóvenes a la vez. De los que para las estadísticas existen única y exclusivamente para lamentar su suerte. De los que han trabajado toda una vida, de la generación preparada y que se iba a comer el mundo y  que han echado a los leones por preferir una difusa juventud. Porque conocen bien ambos las costuras de muchos sistemas, porque han cuestionado la legalidad de algunos contratos. Y, sí, mis amigos se han reciclado con cursos,han diversificado su perfil, han mostrado disponibilidad horaria y geográfica. El gran drama no es tanto, que lo es, la falta de trabajo. Lo es la falta de oportunidad, ese discurso subliminal que pretende dar una nueva dimensión a la inutilidad, a hacer que el tiempo que tienes por delante- veinticuatro horas son muchas horas para llenar con rechazos, con intentos, con llamadas, con angustias, con tristeza- te parezca frívolo, que cualquier actividad fuera de la búsqueda de empleo te haga sentirte culpable. Que rebajes, una y otra vez, tus expectativas. Que te cuestiones. La experiencia, la trayectoria, la edad de alguien jamás es inútil. Lo que es totalmente estéril es el discurso que minimiza la existencia del drama del paro, las estadísticas que intentan que aplaudamos con las orejas por miserables resultados de ocupación laboral. ¿Para que los que tenemos trabajo nos sintamos mejor, pasemos a otra cosa, sigamos con nuestras vidas de trenes y horarios, de rutinas entregadas? Mis amigos han trabajado, han cotizado a la seguridad social, han pagado impuestos durante muchos, muchísimos años. ¿No conocen mejor que nadie la necesidad de echar horas, de prepararse, de ilusionarse y de saber cuándo vienen mal dadas? No voy a hacer el chiste fácil de lo contingente y de lo necesario porque no procede. Hablo de visibilidad . Y de conciencia.

Comenzaba hablando de que la necesidad de escritura no se mide en veranos. La mía, desde luego, hoy la ha medido la rabia y la impotencia. Y el deseo de que de una vez por todas apartemos las cronologías, los números que limitan, las edades que encontramos imposibles. Que el sinónimo que encontremos a lo necesario no pase un filtro absurdo. Y, quizá, que dejemos de usar el dúo útil/inútil cuando hablemos de personas. Que hablemos, sencillamente, de lo imprescindibles que somos todos.

Cicatriz, de Sara Mesa

are_you_thereHay  arquitecturas de la imaginación que nunca se hacen verbales. Forman parte de una biología secreta, amontonada con las posibilidades, recluidas y latentes. No necesitas acudir a ellas, son esa belleza y adrenalina del acantilado. Escribes en un afán de comprenderlas mejor. Son pequeñas constelaciones de posibles, de los ex-yo futuros, de una anticipada nostalgia de lo que no va a existir. Nos asusta, por grandilocuente y vacía, la palabra “impostura”. Pero nos provoca una íntima satisfacción abrir esa caja forrada de papel de regalo, acariciar toda esa verdad-mentira, y volver a guardarla en un altillo, volver a nuestro cuaderno vital milimetrado, a lo trazado y firme, a la ausencia de riesgo, al fin de la aventura. A lo que entendemos que tiene que ser.

Sonia sigue las pautas marcadas por la obligación y las más tibias gamas de gris. Una soledad de beca precaria y cuidados familiares. De ocio escaso e intimidad alejada, de mirar a los años de cara y  no entender el privilegio asumido de la juventud. De foros literarios de internet donde, casi lo sabes, es siempre mejor lo que ves a un lado de la pantalla. Los autores, las citas, las lecturas compulsivas. El participar como tú siendo otro, teniendo un nick, borrando los cimientos de esa realidad que te ancla en un lugar de la geografía, en unos trazos que te ahogan aunque no quieras ni pensarlo. Y aparece un Pigmalión disfrazado de alter ego, vestido de rendida admiración, de mosca cojonera y aduladora. Entre líneas temblonas de chat  que parpadean, Kurt empieza a rascar en esas vidas posibles que Sonia aún no se había parado a acariciar porque es muy joven para ser dueña de su propia nostalgia. La convence y disfraza. Le hace remover antes de tiempo esos rescoldos de lo posible. Te doy los libros, te construyo intelectualmente porque puedes tener otra historia, una vida en la que has de pulir y refinar un talento en bruto que yo, que te sigo a distancia, voy a paladear y crear, quizás para sublimar mi propia limitación, mi propia mentira de píxeles y tinta.  Leyendo Cicatriz de Sara Mesa, vamos palpando de lejos esos mundos improbables que se van haciendo tangibles en los regalos que recibe Sonia, en la atracción y el rechazo que le provoca la presencia invisible de Kurt, en esa educación que se le  ofrece, impone y exige, en ese control progresivo. No importará que cambies de lugar, de compañero o vida. Kurt seguirá siendo un referente, a veces buscado, otras temido y rechazado. Es alguien que se toma muchísimas molestias a pesar de la indolencia en la que está esquematizada su vida- o, al menos, lo que sabemos de ella. Porque es una novela con dos personajes, con una estructura aparentemente engañosa, donde las cábalas que vamos haciendo como lectores se cumplen y no, se complican y se estilizan. Y se desmontan de forma tan prosaica como cruel.

No, esta no es una novela de amistades eróticas y epistolares. La posible sordidez no vendría de intercambios de fotos, de selfies o de coqueteos. El medio no es aquí ningún mensaje: da igual que sea Internet o la carta con sello y franqueo.  Es la historia de algo más. Del miedo de lo que podemos llegar a ser, de cómo podemos cortarles la cabeza a nuestros propios monstruos o domesticarlos. De la libertad y el dinero, de los fetichismos aprendidos por los letraheridos. De Frankestein y de Sade, de mujeres-niñas, de infantilismos recreados, de falta de amor  (que es la que llena los bares, como decía la canción de La cabra mecánica). De soledad y superación. De conocer al lobo feroz, de dependencias y adicciones- esas cervezas que Sonia no se toma, esas líneas sutiles de futuras historias-  y de las barreras que imponen las relaciones. No tiene nada que ver con Contra el viento del norte, con El arte del perder, con, incluso, las fantasías de ser otro en mundos paralelos como En la vida real. Y, sobre todo hay que subrayar la exquisita elegancia de la prosa de la autora, su extrema habilidad para tejer los hilos de una historia abocada a la nada y al todo. A crear un mundo de dos que son, a la hora de la verdad, tan Pigmalión como Narciso.  Y es que no hay como imaginar que nos queremos mucho para reinventarnos. No hay como lamer y domesticar, de una vez por todas, alguna cicatriz. Incluso las que resultan de agresiones reales.

Cicatriz Sara Mesa. Anagrama, 2015

En la vida real Cori Doctorow y Jen Wang Roca Editorial, 2015

Extrañas orfandades

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La imagen. sin título porque no hace falta, la he encontrado en Pinterest. Pincha en la imagen para ver el enlace

Hubo un momento en la vida, tú no eras consciente, en que el ecosistema era perfecto. Como todo lo perfecto no se hacía notar, era tan sencillo, tan íntimo y salvaje como respirar a diario, como respirar con ansia tras bucear en el mar de agosto, como  respirar de nuevo tras el cigarro una noche de verbena, era respirar y todo venía al momento.  El aire no se cuestiona, está ahí, es tuyo y existe, nada más. Es aire y está ahí por descontado. En el pack de lo que viene por defecto en la vida. O en lo que era la vida.

De ese aire tuyo en el que no reparas están hechas las horas que se tejen también porque sí, porque son parte de lo inadvertido, de lo que es ausente por obvio, de lo que viene contigo. Los días y las horas son siempre gatos huidizos en esquinas, algo en lo que no te fijas, algo que no te hace resoplar. Son las calles que recorres a diario, ese letrero algo torcido, esa mesa sin orden en la que algún objeto querría chillar que le hagas caso, es la llave con la que abres la puerta de tu casa y de tu despacho, es la cucharilla del café a media mañana. Es también ese botón a medio caer que lleva tu amiga desde siempre en la trenka, es tener que quitarte el cinturón de seguridad porque, si no, no sabes aparcar y qué tontería, pero es así. Ese aire inadvertido es también un táper con croquetas de sobras del domingo, o un mensaje whatsappero de alguien que siempre envía los mensajes al momento. Son las cifras de un teléfono que marcas casi como una letanía, como ese orapronobis que tanto te hacía reír en aquellos rosarios de la infancia con tu abuela, mirando los santos de la iglesia y teniendo miedo de ellos, tu abuela teniendo miedo de no volver a ese rosario, pero, claro, tú no lo sabías. Aire es también la ropa que aparece en al armario tan planchada y ordenada, la costumbre, lo que es así, lo que es ideología sin querer.  Tú vives y las cosas suceden, es así, es el aire de los calendarios.

No es que el aire desaparezca, es que los ecosistemas se alteran. Cambian paisajes que eran asideros: la librería de tus amigas ya no está y con ella se va no solamente una era, se van algunas tardes amarradas a las sorpresas que tenían las cajas, a los pitillos apurados en la puerta, a discutir sobre la señora Munro y el lugar de la novela en los suplementos literarios. Se va ese aire necesario del libro apilado y expectante, llamándote desde una estantería, con las manos de Silvia y Begoña regalándote tiempo y palabras, dedicándote las letras impresas de otros, escuchando tus desvaríos, riendo sobre lo que dan los años de amistad y la confianza. De hablar de guapos y guapas, de enfermedades maternas, de pérdidas y de hallazgos.  Se ha ido también la panadería de Bernarda, las risas hablando de política municipal y de pasteleros caraduras, de recetas sofisticadas y de panes de toda la vida. ¿Cuándo volveré a encontrar ese pan de cebolla, aquel maravilloso pan de miel y de pasas? No entiendo cómo no se puede hacer una biblioteca de olores y sabores perdidos, de esos que nutrían los ultramarinos que eran cuevas de Ali-Babá en la infancia, con sus hojas de bacalao en la puerta y sus galletas al peso en una lata. Se van también, y esto es ya otra cosa, el aire que llevaban los fines de semana con la intensidad del cronómetro, la falta de excusas innecesarias, las agendas repletas de posibilidades disparatadas, la soledad como una lejana extrañeza desconocida, la lentitud como una bandera. Respiras un aire que ahora te paras a reconocer y paladear, quizá por miedo a que la próxima bocanada sea peor que la anterior, ese aire que se ha ido llevando parte de ese ecosistema del que hablábamos al principio, parte de esas amarras y esos asideros, parte de ti y de todo.

Me gustaría encontrar una palabra distinta a la orfandad, pero no la encuentro. Quizás me asusta porque me parece aún, por fortuna, extraña y espero que lejana, grandilocuente y desvariada. Pero voy llenando mi diario de orfandades diminutas, pequeñas pérdidas que van también en los amigos que están lejos o solitarios, a aquellos a los que no llegas o no te llegan porque su vida es una lucha en guerras complejas y no escogidas. Aquellos a los que el aire común debería regalar una máscara antigas, amigos y amigas que no saben que tú enfrentas otras guerras también como todos y en intensidades idénticas, que el cansancio no nos ha hecho más sabios, pero sí- al menos a mí, pero sigo en plural mayestático- más cínicas, más escépticas y a la vez mucho más lloronas. Y resistentes. Pero mucho más conscientes de todo, especialmente del valor de las manos tendidas, de tender las nuestras, incluso cuando son inesperadas. Joder, me estoy dando cuenta de  que soy mucho más cebolleta de lo que creía y que derivo a la moralina de columnista dominical. No temáis. Solamente dejo estas palabras para que las lean todas aquellas, todos aquellos que creen que nos olvidamos: sentimos la orfandad porque no estáis en aquella parte de nuestro ecosistema, no porque hayáis desaparecido. No, no sois olvido. No lo seremos, por mucho que sea un buen título de alguna elegía ya escrita.

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