Anchoas y Tigretones

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Hijos ( 10): un aire de familia

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Nunca sabré, tampoco importa demasiado, si los hijos somos una mala o buena versión de nuestros padres. Y digo que no importa demasiado: para decir que en la vida cada una vamos a nuestra bola decimos que somos de su padre y de su madre. Ser de su padre y de su madre es lo mismo que decir que eres una huerfanita tiritona con cucurucho de castañas en la mano. Sí, seremos de nuestro padre o de nuestra madre, y en el sentido más literal. En nuestros años de soberbia airada, esos en los que nadie puede darte consejos ni hacer la mínima sugerencia porque vienes resabida de oficio a golpe de portazo y respuesta afilada, en esos años, digo, queremos romper no solamente con el principio de autoridad de la casa que nos cobija, también de su fenotipo. Yo adoraba a mi abuela, pero en el umbral de la impaciencia adolescente me irritaba la cantilena constante de cómo nos parecíamos, que si yo hacía el mismo gesto, que si los ojos, que si cualquier cosa. Yo, en aquella época, solamente quería parecerme a Bowie o a Paloma Chamorro, algo muy lejos tanto de mí como de nuestro perfil familiar, la verdad, poco rockero. Mi madre, volvemos al redil de la historia, era una impenitente refranera, también para mi irritación adolescente, y repetía sin descanso «el que a su familia se parece, honra merece». A mí me fastidiaba llevarme en ese reparto la peor parte: ni la esbeltez de mi madre ni su gracia natural, ni la habilidad y bonhomía de papá, tampoco la rapidez mental de mi abuela. Una niña, una adolescente, era, para la consideración general, un ser imperfecto e inacabado que aún no tenía alas para volar pero que ya se daba de cabezazos en el nido. Qué obscena es la arrogancia: yo no veía el cansancio de mi padre, la constante preocupación de mi madre, su miedo al futuro, herencia, creo yo, de la incertidumbre de crecer en la posguerra. Todo me parecía no saber vivir: yo sí sabía, era la disfrutona. Menuda gilipollas, eso era yo, una gilipollas.

Ahora que todo va a menos, tanto en nosotros como en el mundo que nos rodea, pienso en lo mucho que me gusta haber heredado gestos, manías, defectos. Todo ese material genético ha formado parte de mi sumisión y mi rebeldía, de las discusiones familiares y de los momentos de de alegría, que han sido muchos. Ahora, que tanto echo de menos enfadarme porque mi madre me repita las cosas, que me despierte con llamadas de teléfono intempestivas para recordarme tal santo o cumpleaños, yo, ahora, querría parecerme a mi familia en todo aquello que permanecía enterrado bajo mi indiferencia y que no supe ver muchas veces. Yo era, quizá, una flor rara en un mundo de adultos, el destino algo frágil y trabajoso de las hijas únicas. Y quizá, y solamente quizá, el paso del tiempo nos ha regalado esa nueva visión de nosotras mismas en otros momentos de la vida. También nos ayuda a disfrutar, ahora que, repito, todo va a menos, de los paseos quedos con los padres o de mimarles con un poco de queso rico el domingo, de contarles algo que te ha pasado ese día y que sabes que va a divertirles, de saber escuchar, aunque sea por millonésima vez, alguna historia, muchas de ellas familiares, otras que te descubren por primera vez, producto de esa confianza generada en el tiempo. Quizá la inversión de papeles (de cuidados a cuidadores) sea un pacto necesario con el futuro,con uno que no está escrito pero que nos enmarca.A mí me parece que es un círculo perfecto, algo que quizá no escojas, pero que va contigo en esa carga genética que ves como una vieja película familiar en super8: te enseñaron a atarte los zapatos, a no poner los codos en la mesa, a no enfadarte por tonterías, a leer silabeando, a que el aburrimiento no es necesariamente malo. Quizá te veas cambiando un pañal de adulto, haciendo pedacitos la comida para que la traguen poquito a poco, acompañando una tarde de televisión y tedio. Quizás, solo quizás. Porque a lo mejor, y solamente a lo mejor, te pareces a tu familia en algo que sí te gusta.

Leo: Conversaciones entre amigos de Sally Rooney. Me gusta, pero creo que no tanto como Gente normal. He terminado también Reina de Elizabeth Duval y es increíblemente brillante esa cabeza.

Escucho: Mi querida V. do Rexo, desde as súas ladaíñas, me descubrió un podcast maravilloso que recomiendo a todo el mundo: Discos Mon Oncle. Sobria elegancia, exquisita selección de música para oídos nobles.

Veo: Qué poco fiel soy a las series que no me enganchan mucho.La sobreabundancia también me atonta, aunque encuentro joyitas que me enloquecen. Estoy comenzando a ver A suitable boy, (adpatación de la obra de Vikram Seth) dirigida por Mira Nair. Lo poco que he visto me ha encantado.

El patio de mi casa no es particular

No se parece en nada al patio de mi casa, pero qué mona está Scarlett en este fotograma de «Lost in translation». Pinche en la foto para origen.

 

 

No estoy segura de si han pasado días, meses o vidas desde el último artículo que escribí aquí. Qué perezoso es el tiempo y qué difícil es no llenarlo estos días con todos los yogas, las recetas de repostería instantánea, los resbaladizos contenidos gratuitos del mundo de la cultura, todo cubriendo unos horarios imposibles, que nos obligarían a una hiperactividad angustiosa. Yo estoy a favor de reinvindicar una necesaria pereza, una observación pausada de los pasillos y sus pelusas, del sol dando de lleno en los muebles de la cocina. El tiempo se vive en el modo en que uno quiere, no en el que las emisiones de entrenamiento dictan en Instagram. Podemos dormir dos siestas y merendar dos veces, leer cuatro libros y no terminar ninguno., qué coño. Esa idea del aprovechamiento es tan absurda como culpabilizadora. Son muchas horas, haga usted lo que le dé la gana en esta burbuja llena de ventanas y comunicación. No estamos aislados, estamos confinados  y muy de aquella manera: pero, en cierto modo, obligados a sentirnos mejor, peor o regular y decírselo a todo el que quiera o no quiera oírnos. Esa especie de amortiguador de los primeros días, esas bromas infinitas y ese bombardeo de memes y whatsapps empieza a desinflarse: vamos domesticando, a golpe de postergar el fin de la cuarentena, tanto nuestra resignación como nuestras ganas épicas de mostrarnos invencibles, risueños, divertidos. No, no estamos en la cárcel, qué obsceno es pensar esto, ni siquiera en un romántico autoexilio impuesto por habernos fugado con un rico heredero. Tampoco somos el conde de Montecristo, meditando sobre cómo escapar de este If por muchos rasgos de heroísmo que queramos colgarle al asunto en forma de medallas: es quedarse en casa. Lo sé, casa no es sinónimo de seguridad; tampoco internet es tan democrático como nos quieren hacer creer. Estudiar o trabajar en casa depende ya no solamente de la buena voluntad de una misma, sino  de estar situada en la orilla firme de la brecha digital, es decir, la del privilegio. Y no lo olvidemos.

Yo vivo, ya lo he dicho, en una casa que yo considero cómoda. Mi cocina da a lo que se llama un patio manzana, un espacio que, para mí que soy tan perequiana, me da la vida en mis pulsiones cotillas. Como el bueno de James Stewart con la pierna escayolada o como el diablo cojuelo levantando los tejados de las casas, me gusta ver esos grandes ventanales de edificios muy pijos que están al otro lado del patio. Con mis horarios, a veces es difícil seguir rutinas como los desayunos y las comidas del mediodia. Podía entrever alguna lámpara de diseño, un tímido cigarro que fumaba alguien al anochecer, el caleidoscopio de las cocinas y sus manteles, la vida, poco a poco. Desde el día 13, ya lo saben, algunas nos asomamos a aplaudir. Yo no soy muy dada a los rituales, pero sí soy una observadora curiosa, como ya dije. Hay una mamá y una niña pequeña que me saludan en la distancia, una señora que, creo, va en silla de ruedas y acercan a la ventana, otra vecina que siempre saca cucharón y cacerola.  La gente, antes ajena, empieza a reconocerse y sonríe, dentro de lo difícil que pueda ser todo. Se oyen guitarras a lo lejos, aplausos merecidos o no a algún magnate en días concretos. Pero, de una u otra manera, quienes tienen los días algo iguales desde hace mucho, salir a la ventana, esperar esa cita de casi hermandad a las ocho de la tarde les da la vida. Lo merecen los sanitarios, es verdad, todos los profesionales de la medicina, las empleadas del súper que llevan al pie del cañón desde el principio, el personal de limpieza, todos aquellos que fueron alguna vez invisibles.  Pero, para mí, que soy poco gregaria y amiga de homenajes multitudinarios, mi aplauso es para mi padre, solo en su casa con 88 años y diciéndome todos los días por teléfono que todo está bien y que no pasa nada, que hace ejercicios del salón a la cocina y que está haciendo limpieza de armarios. Va por la señora en silla de ruedas de enfrente, por la vecina que tengo al lado que la pobre está sordísima y pone la tele a mil o se muere de risa cuando la llaman sus hijos. Mi aplauso es para todos los que, de algún modo, son quienes han construido lo que otros estamos a punto de cargarnos, los que no protestan y lo han dado todo, aquellos a quien tan fácilmente arrinconamos. Por eso, de veras, vale la pena aplaudir. Por todo aquello que, quizá, no hemos podido decir a tiempo o no nos sale.  El patio de mi casa no es particular: está lleno de historias, contadas y por contar.

No somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra arrogancia. Llama a tu madre, tú que puedes.

Nota: mi amiga Vero se curra unas listas en Spotify la mar de divertidas, variadas y bailonas. Os dejo en enlace a una, pero tiene miles y podéis explorarlas, que están en abierto: spotify:playlist:2R7ASE1uGq4cLhQZki0N3u (esta es, precisamente, un homenaje a los abuelos).

Leed, leed mucho: yo estoy ahora con El coleccionista de Libros (Alice Thompson), editado por Siruela y con Proscritas de Lyndall Gordon, en Alba editorial. Y sí, otra cosa no tendremos, pero tiempo para leer, ahora parece que sí.

Amigos de toda la vida

Four women drinking wine, talking in living room (B&W)

La memoria, el recuerdo, tiene parte de inventiva, de construcción. Quiero escribir sobre amigos- la estructura de la confianza, la pérdida, el desinterés, la recuperación- y me vienen a la cabeza dos títulos que no tienen nada que ver entre sí a excepción de que comparten la palabra «amigos»: Amigos que no he vuelto a ver y Los amigos que perdí. Si tuviese que escribir una historia de la literatura a partir del tema de la amistad,no creo que compartiesen ni párrafo, ni página ni siquiera capítulo; que autores tan diferentes como Bayly y Vidal-Folch naveguen por sus títulos sobre el mismo tema y con el mismo trasfondo (la orfandad del vacío o de la ausencia, sea o no buscada) es una de esas coincidencias como que yo, ahora mismo, en lugar de centrarme en la amistad, esté pensando en escribir una historia apócrifa de la literatura a partir de las grandes enemistades literarias, o una totalmente inventada, como esa maravilla que es La literatura nazi en América (que, dicen, generó también enemistades. La vida, que es muy rara).

Yo recuerdo la primera amiga que hice en el colegio. Esa sensación gregaria y a la vez poderosa que te hacía no desear nada más que llegase el día siguiente para verla,para sentarnos juntas en el bus del cole, para mirarnos con algo de arrobo en las clases de párvulos. Esa es la primera amistad : infantil, exigente y comprendida con exclusividad, con entrega absoluta, con  ese neón brillante que poporciona la novedad. La vida, por desgracia o fortuna, te lleva por una infancia con primeras decepciones, alguna que otra traición (que si fulanita y que si menganita dijeron), sufrimientos estos como puñales con cursillo para aprender a curtirse incorporado, pero en nivel A1. La adolescencia es mucho más jodida, caramba, que ahí las confidencias las carga el demonio y los préstamos de jerseys o faldas son cuestiones de estado. No sé cómo habría sido yo a principios de los ochenta con redes sociales, imagino que tendría un Instagram algo nerdie y pedante, pero con su público. Las películas de los ochenta nos enseñaron muchas cosas, entre ellas que el frikismo es muy cool, que las chaponas se acaban convirtiendo en tías buenas (esa es la parte más innecesaria, joder con las vueltas que le damos al mito del patito feo) y que aunque tengas un perfil picassiano como Jennifer Grey puedes ligarte a un malote que no lo es y, de paso, marcarte una reflexión sobre el derecho al aborto, todo ello entre sudores y camisas reprietas, justicia poética y se baja el telón.

Algo que nunca he entendido es por qué aplicamos esos parámetros de la amistad, los aprendidos en la infancia, a la edad adulta; esa exigencia de presencialidad, de atención constante; de que si incorporas a alguien a tu vida en calidad de amigo ya le debes un vasallaje absoluto. Ay, mira, no. La vida, entre universidades y mudanzas, entre primeros trabajos precarios y círculos de expatriados en ciudades carísimas, va estableciendo sus complicidades; a veces duraderas, otras, producto de la casualidad. Y no pasa nada: los momentos son magníficos o no tanto, pero eso es lo que cuenta. He vivido en varias ciudades, me he llevado amigos de casi todas. Muchos de ellos forman una especie de limbo invisible que me acompaña: se activa cuando podemos vernos, muy de uvas a peras. Tengo, también, necesidad y morriña constante del humor de algunos que alimentábamos a diario, de las afiladas respuestas de otros, de las reflexiones disparatadas de aquel.  Echo de menos cierta cotidianeidad, pero también me beneficia la distancia. Porque quizá, y solo quizá, lo que llega a unirte en un momento es la reconstrucción de un pasado común, mitificado por lejano, algo que se reactiva con beneficios mutuos de vez en cuando ante una buena cena o un café. No es mi intención hablar de esa nostalgia impostada  (las redes sociales, amigas, las redes sociales) de exalumnos de tal o cual cole a los que te puede apetecer ver una vez, pero que, quizá,no te apetezca repetir porque, y esto es una cruel realidad, no tenéis nada que ver. No hablemos tampoco, claro, de los equipajes que venían con algunas parejas y se convirtieron en un halo de silencio y humo cuando se rompió el amor (ojalá que de tanto usarlo, aunque no suele ser el caso). A veces, y me siento afortunada, de esos naufragios sí han quedado supervivientes con los que has estrechado lazos, has construido otro tipo de relación de autonomía. Otras personas- por desinterés o por realismo: no les interesabas- desaparecieron, como ya he dicho,  por los sumideros de la vida. Y tampoco pasa nada, claro. Otra cosa es cuando dando un portazo o haciéndose el avión (el ghosting del que tanto se habla ahora) desaparece quien sí era lo que tú creías un asidero firme. De eso sí una tarda en recuperarse.

¿Y qué de los amigos que sí has vuelto a ver? ¿De los que, aunque no veas a diario (las parejas, los hijos, la vida laboral) sí son ese equipaje enriquecedor, solidario y firme, que necesitas y sabes que están ahí? Pues a lo mejor, tú, que también tienes tu vida, deberías levantar más el teléfono, organizar más para veros, hablar más. Y también entender, y esto es para mí muy importante, que el silencio puede reforzar los lazos. No comparto esa idea de que los buenos amigos son para toda la vida, lo son para los buenos momentos : la vida es larga y llena de baches y mucha gente, por diferencias de cualquier tipo, se queda en el camino. No, no tengo los mismos amigos de cuando tenía cuatro años; algunos sí, pero no todos, empezando porque no soy la misma persona, y siguiendo porque he vivido, no me he quedado plantada en un bancal. He ido incorporando, enriqueciendo mi mundo, a veces llevándome palos gordos que me he llevado también con amigos de mucho tiempo. ¿Nos está diciendo, señora, que la amistad es algo sobrevalorado? No. Lo es la idea, impostada y absurda, de que la amistad es indestructible y que la lealtad no se tambalea : por cuestiones ideológicas, por diferencias vitales, por enfoques opuestos, que sí ponen a prueba la tolerancia. Y, a fin de cuentas, vamos a ver:¿ si tú conocieses hoy a esos amigos que dices conservar de la infancia serían, de verdad, tus amigos?

 

Al hilo de lo que hablaba antes de entender la intimidad como un privilegio, me interesó mucho este artículo de Héctor Barnés. No, no pienso tomarme un café contigo: a favor de las relaciones superficiales

 

Escribir o vivir

 

Photo by MILKOVÍ on Unsplash

Yo podría comenzar hoy, después de tanto tiempo, con Pavese: lavorare stanca. Habría dado algo por conocer a Pavese, especialmente para poder preguntarle cómo se hace para que semejante perogrullada sea acuñada como la bandera de la eterna queja currita, como uno de los oxímoron más poéticos y retranqueiros que podamos encontrar. Pavese habría sido un gran tuitero: a su huraña y altiva sobriedad le habría venido bien descargarse en pequeñas sentencias, en un limitado espacio de x caracteres. Vivir en Turín imprime determinado carácter :Pavese no pudo sobrevivirse a sí mismo, le sobrevivió su propio dolor, vistiendo de luto a la historia de la literatura. Otro italiano decía que no se podía vivir y escribir a la vez. No sé si estoy acuerdo con esto que decía Pirandello (la vita o si vive o si scrive), pero es una gran frase de camiseta; vamos, tanto es así que  yo me hice una camiseta con esta frase y me ha servido para entablar conversaciones que no llevan a ninguna parte, algo así como un Tinder camisetero. «Pues yo creo que se pueden hacer las dos cosas, bueno, yo hago las dos cosas». «Qué frase tan tonta viniendo de un escritor» o, incluso, » ¿Quién es Pirandello, por qué llevas una camiseta con una frase en italiano?». En esos momentos es cuando me arrepiento de no haberme hecho la camiseta con la frase de Pavese: qué cansancio, qué trabajo, qué pereza me da esta «no conversación». Y me da pereza y cansancio porque no tengo ningún argumento aunque la frase me fascine, quizá porque me sucede como con los documentales de física o de macroeconomía: no entiendo un carallo y eso lo dota de una poesía de andar por casa que me fascina. Como los prospectos de los medicamentos, como la Ley de Procedimiento Administrativo: me provocan la perplejidad de escuchar una lengua ajena, de observar desde lejos y con una enorme fascinación algo que no es mío. Pero eso es otra historia y vamos al lío: ¿se puede vivir y escribir a la vez?

No sé si la vida es algo paralelo, anterior o posterior a la escritura. Lo que sí sé es que se cruzan fijo, y cuando digo se cruzan digo que chocan, se vuelven a separar, caminan de forma paralela para luego volver a converger y hostiarse muy a gusto.  Vida y literatura son un caleidoscopio, esa palabra que siempre escribo mal (como metereología, qué cruz tengo con eso) y, quizá la escribo mal porque no soy capaz de hacer literatura cuando la vida está sobre mí. Me explico: a mí la vida me da por saco, pero bien, de vez en cuando; me supera y me agota, me quita cualquier ánimo de poner por escrito lo que sea. Y eso, como al pobre Felipe de Mafalda con los deberes, me llena de angustia: debería estar intentándolo, tendría que escribir esta historia que va por aquí y por allá, tengo un blog abandonado, para qué tenerlo si está moribundo. Y eso, todo eso, hace que mis pocas letras se me vengan abajo aunque, eso sí, escriba una pobre justificación en estas líneas, algo que quizá a nadie importe, pero que hace que yo me cuente las cosas desde una pantalla y me parezca que entiendo todo mucho mejor.

A pesar de mis camisetas con frases en italiano soy muy poco amiga de grandilocuencias. No tengo ni idea de si escribir es un acto revolucionario; en cualquier caso creo que vivir lo es más, mucho más, y es algo de lo que no hay escapatoria. De la literatura, de poner letras sea donde sea, podemos huir; de esa cronología comenzada en un cumpleaños, no. A  lo mejor, y digo solo a lo mejor, lo que a algunos nos sucede es que no creemos en medianos ni pequeños actos de trascendencia que tengan que ver con nosotras mismas, y la palabra escrita, ay, sí lo es. Es posible que el espacio que va de un lunes a un viernes, con sus silencios domésticos y con toda su carga de prosaísmo, sea un acto mucho más revolucionario que un libro, que un post, que un poemario. O eso, al menos, decimos con la boca pequeña las grandes señoras vagas del mundo.

Me da un poco la risa cuando se habla de la pulsión de la escritura. Y me río porque, en el fondo, yo sí me siento mejor cuando escribo. aunque nadie lo lea, aunque a nadie le importe. Y, oigan, a lo mejor eso sí es el principio de una revolución mucho más personal, más silenciosa y con menos consecuencias.  ¿Qué quieren que les diga? . Pues que lavorare stanca.

Nos vemos en los bares.

Algo más:

 

 

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