Anchoas y Tigretones

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Capitalismo emocional, machirulas y redes sociales (de ligar)

Este post lleva en «borradores» más de cuatro meses. No he cambiado de opinión sobre lo que aquí cuento, más bien he cambiado de idea sobre si enseñarlo al mundo (es un decir, vaya, que lo leerán tres personas), pero ahí va.

It’s a match! 😀
Foto de Devin Avery en Unsplash

Vaya por delante que a quien esto escribe, la pareja, la vida en pareja le parece un milagro maravilloso. Recalco: milagro. Es posible que muchas de nosotras estemos agotadas de intentarlo o, sencillamente, la vida en o la posibilidad de pareja a una determinada edad, al lado de según qué mochilas, ya no apetece tanto como el «quédate en tu casa, que la convivencia es algo agotadora». Ya no se trata de quedar, conocer a alguien, intimar, es que te apetezca y no solamente eso, que ese click aparente pueda convertirse en algo más estable. Dejando atrás las épocas de conquista y depredación, dejando atrás también los años vividos en pareja- mejor o peor, esa es la verdad- los usos amorosos, el ligar en bares, en el bus, en la calle, en el trabajo, en viajes inesperados, se ha acabado. Hace poco me preguntaban dos amigas : ¿si alguien no tiene pareja y quiere conocer a alguien, dónde? No supe que responder, la verdad. Ni paseando por la kasbah viéndote envuelta en un tumulto (referencia boomer, no lo intentéis, jóvenas, no lo vais a entender), ni cordialmente en un bar o lugar de trabajo o, como sucedió a una pareja que conocí, cambiando papeleo después de un pequeño accidente de coche, sin más consecuencias que un futuro matrimonio y dos hijos. Pero en el XXI, ya no sólo es que no hablemos con nadie en el tren, en el ascensor (¿os acordáis de la escena de 500 days of summer y el «I love The Smiths»), en una cafetería de una mesa a otra, no. La idea que prevalece es que si quieres conocer a alguien tiene que ser en el contexto líquido, digital, aséptico y poco amable de las redes sociales de ligar. Y vale, ya sé que tu prima MariLoli conoció a un maromo estupendo en un club de lectura, que MariPepi lo hizo en la cola de una carnicería -todo glamour en su vida, sin duda alguna- y que tú misma te sentabas todos los días en el mismo lugar esperando una mirada, un gesto (por cierto, pocas cosas más violentas que ese esperar ser escogida, qué espanto). Pero, chica, este es mi post y va de otra cosa y volvamos al lío que nos dispersamos: las redes sociales de ligar, el tindereo y el happeneo, serían grandes inventos que, además, normalizarían en gran manera el decir «aquí estoy yo» y desestimar ese pensamiento de fracaso, de desguace, que tiene para muchos y muchas este mundo del ligue internetero. Pero hoy, amigas, pandemia por medio, ya no es sólo que haya un gran sector de la población, entre el que me encuentro, que no le pillamos el punto al flirteo digital. Nos descorazona la velocidad, las cuatro líneas de una presentación en la que no se dice nada, y que construyen la idea, trágica a mi juicio, que siempre podrás encontrar algo mejor, por lo que vas ojeando el álbum de cromos sin detenerte. En esta época de la compañía solitaria (otro oxímoron) que proporcionan (es un decir: el producto somos nosotras) las redes sociales, que gustes o no, que una foto sonriente de un maromo que hace surf o le gustan los museos y cuya prioridad son sus tres nenes (red flag, cuidadoras gratis NO), es peor que una entrevista de trabajo. Rindámonos a una evidencia: una bio de red social de ligar es una construcción del capitalismo emocional en el que se ha convertido «conocer gente». Te sale un match: apruebas o no, te llevas la plaza o no, check, check, check, siguiendo con la idea,también bastante ranciocapitalista, de que la pareja es un activo imprescindible y necesario. Tinder actúa como el gran supermercado americano en el que deslumbra la cantidad de fruta exótica, decepciona también el llegar a deshora y no ver nada o, apabullada por esas luces y esa velocidad, no podemos detenernos, leer, mostrar interés. No da tiempo. Ves rostros, desestimas, no sabes. O es más: hay quien inicia el lazo, mediante chat, intercambio de teléfonos o casi siempre Telegram por eso de exhibir (ojo al oxímoron) la privacidad, y de repente, hasta luego, Lucas. Nunca más: llega aquello que convenimos en llamar ghosting, y que no es tan contemporáneo como creemos. Desde Ariadna abandonada en la isla de Lesbos a Antoinette Cosway, apartada y empaquetada en la soledad por la consabida etiqueta de «loca», el desaparecer o desaparecerse ha sido una constante. Más clínica en el mundo digital, sin duda alguna.

Y todo esto para subrayar lo que Karelia Vázquez indica en su artículo «Insatisfacción en la era del sexo exprés» y que desarrolla en conversación con Íñigo Domínguez en el podcast de El País y su episodio ¿Por qué YA nadie te pide para salir? Uf, peliaguda y espinosa cuestión. Karelia es listísima e indaga en la llamada cultura del Hook up, el polvo de una noche, el aquí te pillo, aquí te mato, instalada ya en el mundo millennial (y también en el de boomers). ¿Por qué sucede esto? Quizá la sensación de infinito supermercado a la que me refería antes y que detectan o sienten muchos y muchas usuarias de Tinder o Happn, vaya por ahí: vive al día, aprovecha esto de hoy, no te vincules, mañana habrá más. Aclaro, para no acabar quemada en cualquier hoguera digital, que a mí me parece de puta madre que cada una haga lo que le salga del centro de gravedad, lo que me pregunto, desde hace mucho es si no estamos equiparándonos a ese comportamiento machirulo que tanto nos horroriza. Creo que la mayoría hemos tenido historias así alguna vez, muchas o casi siempre, escojan. Si no las has tenido, olé tu vida, estás en pareja, tienes amnesia o vives en el convento de clausura de Burgos donde profesan las pijas. Pero si nos convertimos todos y todas en serial fuckers ocasionales, o despreciamos y evitamos la posibilidad de cualquier vínculo, es lógico, aunque se haga con la boca pequeña, preguntarse dónde queda la emoción, las ganas o no de conocer para intimar más que intercambiar fluidos. Sí, ya sé que la respuesta automática a la pregunta «dónde queda» es, para muchas, «el siglo XIX». y con cuidado he evitado la etiqueta «amor romántico,» que siempre me ha parecido engañosa y algo redundante. No se trata, ni mucho menos, de enumerar los estereotipos del enamoramiento porque es posible que ni existan: lo que sí existe, y debe existir es todo aquello que huela a sano, tampoco lo es esa ansiedad de emparejamiento (disculpen, casi escribo «anxiety of influence»). También es verdad que esta incapacidad ante el enamoramiento tiene que ver con, según dice Liv Stromquist citando a Byung-Chul Hang en La agonía del Eros, la negación o alejamiento de la alteridad, que es, precisamente, lo más gracioso de enamorarse: huevos y castañas, celtistas y del Dépor, culturas distintas. Al centrarnos en el yo, que es una consecuencia del individualismo narcisista, el otro desaparece o es, en ese contexto, una proyección del otro, que queda diluido. En román paladino: que nos molamos tanto a nosotros mismos que somos un selfi sexi en serie. Curiosamente, y esto es harina de otro costal, también puede que haya una tendencia contrapuesta a la anterior: la casi imprescindible necesidad para la chavalada joven de emparejarse. En un movimiento de mundo al revés, la mayoría de las hijas e hijos de mis amigos se emparejan muy jóvenes, teniendo relaciones largas en el tiempo y en años en los que implica crecer juntos: el bachillerato, la elección de carrera, el mundo laboral. No digo que necesariamente se estén perdiendo algo ni que necesariamente sea malo. Eso sí, iba a ser yo con diecisiete, ni de coña. No se trata, ni mucho menos de enumerar los estereotipos del enamoramiento porque es posible que ni existan: lo que sí existe, y debe existir es todo aquello que huela a sano, tampoco esa no esa ansiedad de emparejamiento (disculpen, casi escribo otra vez «anxiety of influence»).

La permanente insatisfacción puede llevar al «no sos vós soy yo». En mi opinión, el ejemplo mejor hilado (como todo el libro, aclaro) lo ofrece Liv Stromquist en ese divertido, certero e interesantísimo tirón de orejas que es No siento nada cuando habla del no sentir de Leonardo di Caprio y su sucesión de novias que sustituyen una a otra en una serie que parece infinita, sin dejar ningún poso (deseando que él tampoco les deje poso a ellas). Dice que es como esas placas de cocina que dejan de funcionar en un momento y sobre las que puedes poner la mano porque son inocuas, ni chicha ni limoná, tibieza. En Los sentimientos del príncipe Carlos, Stromquist pone el foco, a través de ejemplos de series de televisión, en ese papel de Sísifo moderno que tienen muchos de los personajes femeninos: desean hablar de sentimientos, intimidad, y reciben rechazo, sarcasmo o indiferencia por parte de sus partenaires masculinos (uno de los ejemplos es Seinfield, serie que aborrecí toda la vida por su sexismo cool y por el corte de pelo del protagonista), pero pasan la vida intentándolo, como parte de su rol vital. En lo que, creo, se pone el foco es en esa idea de la mujer que «basa su amor propio en la creación y conservación de relaciones». Anestesia o barbarie, amigas, mejor dicho: anestesia o desemparejadas. Recuerdo una entrevista a Ana Obregón, tema candente by the way, hace un montón de años, en la que le decía a Julia Otero que sentía que siempre había amado muchísimo, pero que le horrorizaba sentir que le daban amor como una limosna. Ay, las palabras, qué importantes son.

¿Y hacia dónde va este post? Estamos hablando de algo tan antiguo como el mundo, Sea por la razón que sea, cada vez hablamos menos de amor y más de su banalización, de la imagen de Instagram que proporciona, del cambio de estatus en las redes sociales, de esos activos del capitalismo emocional que nos atrapan y domestican a partes iguales. El título del libro de Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor da y no da esa clave: hablemos de todo lo minúsculo, de ese gesto, de esas llaves tintineando en la cerradura, de la nota en la nevera, de olvidarnos de un cumpleaños e intentar remediarlo, de cantar a coro y de enfadarse por temas políticos, por la familia que se entromete, por la factura de la caldera de calefacción. Porque quizá, y tan solo quizá, el amor tiene ese punto tan retorcidamente cursi que hacía que una fucking reina como la Streisand dijese, en El amor tiene dos caras, ante sus atónitos alumnos «sucede poco, pero cuando sucede es de puta madre». Pues eso y nada más.

(Y mientras tanto, no seamos monjas de clausura, que es fantástico divertirse y que estamos aquí para eso, que será lo que nos llevamos. Preséntenme a gente interesante, yo lo soy mucho).

Leo y me gusta:

Construyendo Babel de Hilario J. Rodríguez. Ficción y testimonio, quién sabe, de crear bibliotecas como piezas de una gigantesca obra personal. Somos los libros que conservamos, que embalamos de un espacio a otro, que amamos y que nos van acompañando en aniversarios y Nocheviejas, en cambios de casa y aguardan a que volvamos de otros países. Escribiré más pormenorizadamente sobre este ensayo, novela, dietario hermosísimo, algo perturbador, y con una memoria familiar inserta que me ha cautivado. Lo publica la siempre interesante editorial Contraseña.

He visto:

El hijo zurdo. Una historia de desconocimiento familiar, de violencias y del destino que nos aguarda, sin concesiones, a la vuelta de la esquina. Y que no hay ni seis grados de separación entre un pijo convertido en macarra y un macarra que hace compañía al pijo.

Y esto de Metronomy, que los acabo de ver en NY, a cargo de Panic Shack

Ganar maletas, perder ciudades (2)

(Esta conversación, un blog es seguramente una conversación ensimismada, empezó en un post que escribí la noche anterior a volar a Moscú, en 2016. Allí hablaba del olor a hogar que desprenden las maletas al deshacerlas en la extrañeza de un hotel recién conocido. Lo podéis leer aquí: Ganar maletas, perder ciudades).

Foto de Amy Shamblen en Unsplash

Cuando cierro una maleta, que sucede el mismo día de la partida, hago una foto mental de lo que me llevo, equivocándome a lo grande casi siempre. Ya lo he dicho, es una nostalgia anticipada y un conjuro absurdo contra la preocupación del trajín atónito de los aeropuertos, de esa ceremonia de facturaciones y tarjetas de embarque que a mí me agrieta el alma,. Hago esa foto para pedirle a los diositos de las iberias y las aireuropas que no me pierdan la maleta, que no quiero tener que rellenar esos formularios imposibles, estar pendiente de que venga o no venga, que quiero salir cuanto antes del aeropuerto y enfrentar aventuras y mi viaje, ya, fuera de esa rutina de soldaditos de plomo en fila en la que parece que espero algún tipo de aprobación. Cuando dejo mi maleta en la cinta, siempre le digo a la persona en mostrador: «Llegará, ¿verdad?», en un intento desesperado y absurdo de ganar una tranquilidad que no tendré en todo el vuelo. Yo necesitaría, por ejemplo, que me dejasen ver la bodega del avión, ver mi maltrecha y ajada maleta roja, llena de gadgets- lacito inamovible, pegatina enorme- para que nadie se la confunda al recogerla, y acariñarla en ese desapego obligado, en esa dura separación a la que nos obligan. Los problemas del siglo XXI tienen estas dinámicas raras y autocomplacientes.

Hago, por fin, una maleta. Y quizá como resultado de esa confusa y algo apática neblina que ha sucedido al crack del 2020, mi modo de afrontar los viajes es ya menos caótico, menos entusiasta, y, sobre todo, menos anticipado. Voy a un lugar tan literario como destartalado, con un algo de belleza trágica, de maggioratas que vociferan en el alféizar de ventanas llenas de desconchones, esquivando la ropa tendida y el posible olor a colada. Las ciudades, gracias al cine, la televisión y la literatura, establecen esa memoria anticipada que después, al pisar el terreno, queremos reconocer como algo privadamente familiar siendo lo más popular y común que quizá tengamos. En aquella maravilla que era y es Cinema Paradiso, uno de los protagonistas lloraba a moco tendido musitando los diálogos de un dramón, una y otra vez. No creo que haya nada más común que esa idea compartida de los espacios que han sido creados para nosotros por medio de las palabras o imágenes. No he repasado- me gustaría- la elegante silueta de Alessandro Gassmann en I bastardi di Pizzofalcone. No he releído ese cuento tierno y triste sobre la pequeña necesitada de gafas en el librito hermoso que es Il mare non bagna Napoli de Anna Maria Ortese. Y no, no he querido ver L’amica geniale, ni de nuevo L’oro di Napoli, no. Quiero que, en estos tiempos desconcertados, la ciudad me sorprenda más que nunca, ajena a ese conjunto de expectativas necesariamente comprobables. Están ahí, como está Gomorra y la signora Cuccurullo del Matrimonio all’italiana, los sangrientos relatos de otros romanzos, la imponente silueta del Vesubio, la sobrecogedora idea de que nacer en Nápoles agota el destino, algo que decía un personaje de Erri de Luca. Todo esto es literatura, fotos fijas. Pero lo que me apetece es olvidar listas de imprescindibles, dejarme llevar de nuevo por la sorpresa, caminar dejando fuera, casi a propósito, todo aquello que tantas personas que han visitado antes la ciudad nos han insistidoen ver y admirar, nos lo han exigido casi. Dejar, por una vez, todo ese bagaje que hemos ido metiendo debajo de la piel en lecturas y visionados y dejarlo para la vuelta. Y reconocer, también, que dejarse sin ver las cosas importantes es también un modo de arrojar una moneda en una fuente, de poner un marcapáginas, es una promesa de retorno, aunque sea solo a través de párrafos, a través de fotogramas.

Claro que si veo dos niñas amigas.y corriendo a la salida del Liceo Classico Garibaldi, sonreiré, claro, es algo inevitable. LLevamos encima mochilas, aunque las soltemos a veces.

Lo que sí he leído sobre Nápoles en los últimos tiempos

Blu Palinuro de Isabel Parreño (Ediciones menguantes) Más allá del libro de viajes, es una memoria personal de la fascinación por Italia, en un delicado, elegantísimo encuentro con ciudades y lo que sugieren los paseos. Bellezza.

Lo que no he leído sobre Nápoles pero que leeré en el avión

Aguamala: cuatro días de lluvia en la ciudad de Nápoles a la espera de un suceso extraordinario de Nicola Pugliese (Acantilado) Dan tormentas, así que muy apropiado.

Lo que veo cuando no veo The crown por millonésima vez

Me ha gustado mucho Deadwater fell (el incendio)en Movistar. Un incendio en una idílica aldeíta escocesa desvela que tras las paredes de las casas hay mucha porquería, mucha mentira, mucha tristeza.

Y música…me la ha recordado la lista en Spotify de Blu Palinuro.

Hijos ( 10): un aire de familia

Image by RealAKP from Pixabay

Nunca sabré, tampoco importa demasiado, si los hijos somos una mala o buena versión de nuestros padres. Y digo que no importa demasiado: para decir que en la vida cada una vamos a nuestra bola decimos que somos de su padre y de su madre. Ser de su padre y de su madre es lo mismo que decir que eres una huerfanita tiritona con cucurucho de castañas en la mano. Sí, seremos de nuestro padre o de nuestra madre, y en el sentido más literal. En nuestros años de soberbia airada, esos en los que nadie puede darte consejos ni hacer la mínima sugerencia porque vienes resabida de oficio a golpe de portazo y respuesta afilada, en esos años, digo, queremos romper no solamente con el principio de autoridad de la casa que nos cobija, también de su fenotipo. Yo adoraba a mi abuela, pero en el umbral de la impaciencia adolescente me irritaba la cantilena constante de cómo nos parecíamos, que si yo hacía el mismo gesto, que si los ojos, que si cualquier cosa. Yo, en aquella época, solamente quería parecerme a Bowie o a Paloma Chamorro, algo muy lejos tanto de mí como de nuestro perfil familiar, la verdad, poco rockero. Mi madre, volvemos al redil de la historia, era una impenitente refranera, también para mi irritación adolescente, y repetía sin descanso «el que a su familia se parece, honra merece». A mí me fastidiaba llevarme en ese reparto la peor parte: ni la esbeltez de mi madre ni su gracia natural, ni la habilidad y bonhomía de papá, tampoco la rapidez mental de mi abuela. Una niña, una adolescente, era, para la consideración general, un ser imperfecto e inacabado que aún no tenía alas para volar pero que ya se daba de cabezazos en el nido. Qué obscena es la arrogancia: yo no veía el cansancio de mi padre, la constante preocupación de mi madre, su miedo al futuro, herencia, creo yo, de la incertidumbre de crecer en la posguerra. Todo me parecía no saber vivir: yo sí sabía, era la disfrutona. Menuda gilipollas, eso era yo, una gilipollas.

Ahora que todo va a menos, tanto en nosotros como en el mundo que nos rodea, pienso en lo mucho que me gusta haber heredado gestos, manías, defectos. Todo ese material genético ha formado parte de mi sumisión y mi rebeldía, de las discusiones familiares y de los momentos de de alegría, que han sido muchos. Ahora, que tanto echo de menos enfadarme porque mi madre me repita las cosas, que me despierte con llamadas de teléfono intempestivas para recordarme tal santo o cumpleaños, yo, ahora, querría parecerme a mi familia en todo aquello que permanecía enterrado bajo mi indiferencia y que no supe ver muchas veces. Yo era, quizá, una flor rara en un mundo de adultos, el destino algo frágil y trabajoso de las hijas únicas. Y quizá, y solamente quizá, el paso del tiempo nos ha regalado esa nueva visión de nosotras mismas en otros momentos de la vida. También nos ayuda a disfrutar, ahora que, repito, todo va a menos, de los paseos quedos con los padres o de mimarles con un poco de queso rico el domingo, de contarles algo que te ha pasado ese día y que sabes que va a divertirles, de saber escuchar, aunque sea por millonésima vez, alguna historia, muchas de ellas familiares, otras que te descubren por primera vez, producto de esa confianza generada en el tiempo. Quizá la inversión de papeles (de cuidados a cuidadores) sea un pacto necesario con el futuro,con uno que no está escrito pero que nos enmarca.A mí me parece que es un círculo perfecto, algo que quizá no escojas, pero que va contigo en esa carga genética que ves como una vieja película familiar en super8: te enseñaron a atarte los zapatos, a no poner los codos en la mesa, a no enfadarte por tonterías, a leer silabeando, a que el aburrimiento no es necesariamente malo. Quizá te veas cambiando un pañal de adulto, haciendo pedacitos la comida para que la traguen poquito a poco, acompañando una tarde de televisión y tedio. Quizás, solo quizás. Porque a lo mejor, y solamente a lo mejor, te pareces a tu familia en algo que sí te gusta.

Leo: Conversaciones entre amigos de Sally Rooney. Me gusta, pero creo que no tanto como Gente normal. He terminado también Reina de Elizabeth Duval y es increíblemente brillante esa cabeza.

Escucho: Mi querida V. do Rexo, desde as súas ladaíñas, me descubrió un podcast maravilloso que recomiendo a todo el mundo: Discos Mon Oncle. Sobria elegancia, exquisita selección de música para oídos nobles.

Veo: Qué poco fiel soy a las series que no me enganchan mucho.La sobreabundancia también me atonta, aunque encuentro joyitas que me enloquecen. Estoy comenzando a ver A suitable boy, (adpatación de la obra de Vikram Seth) dirigida por Mira Nair. Lo poco que he visto me ha encantado.

El patio de mi casa no es particular

No se parece en nada al patio de mi casa, pero qué mona está Scarlett en este fotograma de «Lost in translation». Pinche en la foto para origen.

 

 

No estoy segura de si han pasado días, meses o vidas desde el último artículo que escribí aquí. Qué perezoso es el tiempo y qué difícil es no llenarlo estos días con todos los yogas, las recetas de repostería instantánea, los resbaladizos contenidos gratuitos del mundo de la cultura, todo cubriendo unos horarios imposibles, que nos obligarían a una hiperactividad angustiosa. Yo estoy a favor de reinvindicar una necesaria pereza, una observación pausada de los pasillos y sus pelusas, del sol dando de lleno en los muebles de la cocina. El tiempo se vive en el modo en que uno quiere, no en el que las emisiones de entrenamiento dictan en Instagram. Podemos dormir dos siestas y merendar dos veces, leer cuatro libros y no terminar ninguno., qué coño. Esa idea del aprovechamiento es tan absurda como culpabilizadora. Son muchas horas, haga usted lo que le dé la gana en esta burbuja llena de ventanas y comunicación. No estamos aislados, estamos confinados  y muy de aquella manera: pero, en cierto modo, obligados a sentirnos mejor, peor o regular y decírselo a todo el que quiera o no quiera oírnos. Esa especie de amortiguador de los primeros días, esas bromas infinitas y ese bombardeo de memes y whatsapps empieza a desinflarse: vamos domesticando, a golpe de postergar el fin de la cuarentena, tanto nuestra resignación como nuestras ganas épicas de mostrarnos invencibles, risueños, divertidos. No, no estamos en la cárcel, qué obsceno es pensar esto, ni siquiera en un romántico autoexilio impuesto por habernos fugado con un rico heredero. Tampoco somos el conde de Montecristo, meditando sobre cómo escapar de este If por muchos rasgos de heroísmo que queramos colgarle al asunto en forma de medallas: es quedarse en casa. Lo sé, casa no es sinónimo de seguridad; tampoco internet es tan democrático como nos quieren hacer creer. Estudiar o trabajar en casa depende ya no solamente de la buena voluntad de una misma, sino  de estar situada en la orilla firme de la brecha digital, es decir, la del privilegio. Y no lo olvidemos.

Yo vivo, ya lo he dicho, en una casa que yo considero cómoda. Mi cocina da a lo que se llama un patio manzana, un espacio que, para mí que soy tan perequiana, me da la vida en mis pulsiones cotillas. Como el bueno de James Stewart con la pierna escayolada o como el diablo cojuelo levantando los tejados de las casas, me gusta ver esos grandes ventanales de edificios muy pijos que están al otro lado del patio. Con mis horarios, a veces es difícil seguir rutinas como los desayunos y las comidas del mediodia. Podía entrever alguna lámpara de diseño, un tímido cigarro que fumaba alguien al anochecer, el caleidoscopio de las cocinas y sus manteles, la vida, poco a poco. Desde el día 13, ya lo saben, algunas nos asomamos a aplaudir. Yo no soy muy dada a los rituales, pero sí soy una observadora curiosa, como ya dije. Hay una mamá y una niña pequeña que me saludan en la distancia, una señora que, creo, va en silla de ruedas y acercan a la ventana, otra vecina que siempre saca cucharón y cacerola.  La gente, antes ajena, empieza a reconocerse y sonríe, dentro de lo difícil que pueda ser todo. Se oyen guitarras a lo lejos, aplausos merecidos o no a algún magnate en días concretos. Pero, de una u otra manera, quienes tienen los días algo iguales desde hace mucho, salir a la ventana, esperar esa cita de casi hermandad a las ocho de la tarde les da la vida. Lo merecen los sanitarios, es verdad, todos los profesionales de la medicina, las empleadas del súper que llevan al pie del cañón desde el principio, el personal de limpieza, todos aquellos que fueron alguna vez invisibles.  Pero, para mí, que soy poco gregaria y amiga de homenajes multitudinarios, mi aplauso es para mi padre, solo en su casa con 88 años y diciéndome todos los días por teléfono que todo está bien y que no pasa nada, que hace ejercicios del salón a la cocina y que está haciendo limpieza de armarios. Va por la señora en silla de ruedas de enfrente, por la vecina que tengo al lado que la pobre está sordísima y pone la tele a mil o se muere de risa cuando la llaman sus hijos. Mi aplauso es para todos los que, de algún modo, son quienes han construido lo que otros estamos a punto de cargarnos, los que no protestan y lo han dado todo, aquellos a quien tan fácilmente arrinconamos. Por eso, de veras, vale la pena aplaudir. Por todo aquello que, quizá, no hemos podido decir a tiempo o no nos sale.  El patio de mi casa no es particular: está lleno de historias, contadas y por contar.

No somos dueños de nada, ni siquiera de nuestra arrogancia. Llama a tu madre, tú que puedes.

Nota: mi amiga Vero se curra unas listas en Spotify la mar de divertidas, variadas y bailonas. Os dejo en enlace a una, pero tiene miles y podéis explorarlas, que están en abierto: spotify:playlist:2R7ASE1uGq4cLhQZki0N3u (esta es, precisamente, un homenaje a los abuelos).

Leed, leed mucho: yo estoy ahora con El coleccionista de Libros (Alice Thompson), editado por Siruela y con Proscritas de Lyndall Gordon, en Alba editorial. Y sí, otra cosa no tendremos, pero tiempo para leer, ahora parece que sí.

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