Anchoas y Tigretones

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Chonismo lírico (o dar Coelho por gato)

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That’s for your bad manners – Niagara By Hotlips – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=32513496

Soy de la creencia firme que las mejores teorías se hacen siempre en los bares, esperando a gente que llega tarde, dándole duro a calentar la barra. El cuarto de baño es también un lugar de pensamiento adecuado que no mágico, aunque si estás en casa ajena leas y curiosees las melindrosas etiquetas de los champús de los otros, los botecitos de las cremas de cara y cuerpo de los otros, los restos de dentífrico  en el vaso para enjuagarse la boca de los otros.  Los cuartos de baño ajenos son lugares que nos reconcilian mucho con nuestro descuido casero, fundamentalmente porque nadie es hiperperfecto ni tiene la casa en estado de revista (si está así es porque no vives en ella, anda y no mames).  Comprendo que la praxis necesite sus laboratorios, pero, como diría mi madre, o falar non ten cancelas y pasar el día de pasmona, de trosma (otra palabra de mi madre, esto promete ser algo revival y normanbateseano) es lo que tiene: que piensas en cosas que quizá a nadie importen, pero que además de ser entretenidas encajan de repente, y de forma muy certera, en ese hueco que queda en toda formulación, en toda teoría: ya saben los gaps o la elipsis, que somos todos muy teóricos de la literatura, muy de la retórica y muy coñazos de Dios.

Mi querida Alejandra de Diego me hizo llegar este maravilloso Manifiesto anti-cuqui de la también maravillosa Diana Aller. Me encanta, lo adoro, lo subrayo y suscribo, pero falta un punto. Y llevo hablando de esto en bares bastante tiempo, en bares y en cafés, creo que hasta lo he mencionado en este cuaderno. Queridos todos, hoy vamos a hablar de chonismo lírico. ¿Qué es el chonismo lírico? Partimos de la base de que todos sabemos, o al menos tenemos, una intuición mediana de lo que es algo choni. Lo choni no es exactamente lo hortera. Lo hortera va a su bola, lo choni tiene discurso y eso lo hace peor. No vamos a hablar de tal o cual música, de reguetones y mayonesas, de uñas postizas con purpurina o de vaqueros recauchutados. Tampoco de creerte la reina de dragones o de hacer posturitas en primer plano y primera persona en Instagram. No. Ahí el chonismo es muy evidente y no da escozor, puede dar pena o te puedes partir la caja, cada cual con su conciencia. El problema es que lo choni no se agota, por el contrario; se intensifica, se cuela como una mosca cojonera y transforma cualquier significante. Digamos que el chonismo se viene muy arriba, vaya, aunque también podríamos hablar de que se encripta, de que disimula y que silba para no ser descubierto. Ojalá fuese así: está en todas partes.  Chonismo lírico son las citas literarias buscadas en Google con su buena Comic Sans y su buena foto de una  rosa con rocío goteante. Chonismo lírico son las paridas que pululan por redes sociales- no “en Internet”, eso es exclusivo de esa necesidad que tenemos de estar todo el puñetero día demostrando que somos la pera, ergo, redes- generalmente atribuidas al pobre de  Paulo Coelho, Tagore o Einstein; aunque los gurús contemporáneos hindúes, los CEOs de algunas compañías tecnológicas- fallecidos o no- van ganando posiciones, Gandhi mediante.  Choni lírico es Federico Moccia y esa tendencia abierta por las editoriales de”mocciziar” las cubiertas de los libros de bolsillo. Hay cubiertas de los libros de bolsillo pretendidamente cuquis pero que no : hay una cafetería donde dos se enamoran, una librería donde dos se enamoran o un aeropuerto donde dos se enamoran, hasta aquí un grado de cuquismo relativamente aceptable. Rascas un poco y parecen vivir dentro de una cita de Depaak Chopra  Ella es ejecutiva y él también, tienen pasta a manta, aunque todos buscan el amor y a tomar por saco: hacen mindfulness, yoga y comen quinoa, se hablan entre ellos de forma intensa y trascendente, siendo la  cubierta del libro la que da  da buena cuenta de ello. Como tienen pasta y comen esas cosas, pues les da por irse a buscar su yo interior e intercambiar trascendencias en lugares que quedan muy a mano, por ejemplo, el desierto, que queda muy a mano cuando vives en Boston o Berlín. En el fondo quieren lo que todos queremos desde el minuto uno del encuentro:  ya saben y no me hagan decirlo, que esto lo lee mi familia. También es pasto de chonismo lírico que la cubierta del libro lleve otra cita de otro escritor choni lírico alabando la obra con frases para la historia del calibre de “Un gran descubrimiento” o “El paradigma de la emoción”. Choni lírico sin más, aunque ahí- y esto merece post aparte- nada como los libros de religión post Concilio Vaticano II y las canciones de, como dice mi amigo Gaspar, “cristianos de guitarrita”. No hay NADA que contenga más chonismo lírico que “Tú has venido a la orilla” o ” Yo tengo un gozo en el alma”. Aunque ahí ya tocamos temas de dimensión trascendente y la gente tiene tan poco sentido del humor como altísima capacidad para ofenderse, especialmente desde el humor, así que carpetazo al asunto.  Otra línea mucho más choni lírica es el amplio mundo  que rodea al  revival medievalista. Coger a Tolkien por las runas  (no me digan que no habría sido bonito poner aquí “coger del rábano de Tolkien por las hojas”, pero no hay narices) es lo que tiene: que se crea una cosmogonía- él lo hace, era un puto genio- a partir de la imagen de, por ejemplo, Viggo Mortensen. A mí me mandáis lo que sea que tenga Viggo Mortensen y os perdono cualquier conato de chonismo lírico, aunque en esta tesitura del medievalismo choni lírico cabe desde Tyrion Lannister a  Légolas, de Xena la princesa guerrera al proceloso mundo de los highlanders: esas brumas escocesas, ese devenir de la falda ondeando al viento, esas cumbres alejadas hacen que casi veamos el sudor de los guerreros goteando en algún lago.  Todo,en resumen, todo sincretismo histórico que lleve espadas y conquistas por el medio roza peligrosamente el chonismo lírico o lo es de forma clara.  Tiene mucho éxito, sarpullidos ortográficos aparte y comas bien puestas deseables en las citas.

El chonismo lírico es el quiero y no puedo del desarrollo inteligente de la lectura: espolvorea un par de frases, ponle una guirnalda y añade una dosis de cucharada de trascendencia. Chonismo lírico hay mucho en los selfis usados como foto de perfil, en  estados de Facebook y Whatsapp que recuerdan a los Pierrots con lágrima de los ochenta:  explosiones de autoayuda, de amor hacia los hijos, la familia, el mundo, los perros, los gatos, la flora y la fauna mundial, siempre con el nombre del autor de la explosión de amor entre paréntesis. Chonismo lírico es pensar que las bibliotecas, las librerías y las frases de Neil Gaiman molan porque sí, porque son bibliotecas, librerías y Neil Gaiman y, en virtud de ese molamiento apriorístico, hay que repetirlas diez millones  de veces por si no os ha quedado claro. Neil Gaiman mola en cualquier aspecto de su vida y de su cuerpo serrano de inglés escéptico y guapísimo vestido de negro- y está casado con Amanda Palmer, ¿no se le rompe nunca a este hombre el molómetro?-pero es mucho más interesante, muchísimo más, cuando no habla de bibliotecas. ¿Por qué? Pues porque el riesgo de estar haciendo frases todo el día, de parir sentencias muy grandilocuentes, te convierte en carne de chonismo lírico. Sí, vale, ya sabemos que los bibliotecarios somos mejores que Google y blabla.  Los bibliotecarios molan el triple cuando no se pasan el día dando por saco y diciendo o haciendo memes con el objetivo de demostrar que las bibliotecas son la releche: ya lo sabemos, trabajamos en ellas, lo damos todo (odio esta frase, es para que me entiendan), hacemos las cosas más chiripitifláuticas para reinvindicarnos, reinventarnos. Y trabajamos muy, muy duro. Ya está. Paren. Gracias (y digo los bibliotecarios, con o, porque las bibliotecarias siempre molamos. Siempre, no lo olviden).

Todas somos o hemos caído en el chonismo lírico. Es relativamente fácil: tenemos nuestro corazoncito y la carne es débil de carallo. La señora que escribe esto firma como Sigrid de Thule, una forma algo como de escorzo en el chonismo lírico, pero no me doy fácilmente a las citas, aunque sí a la autojustificación. A fin de cuentas, tampoco se puede pasar una la vida formulando teorías ni papando la nata. De vez en cuando hay que remangarse y trabajar por el bien de la Humanidad. Por lo tanto, no olviden nada de esto, queridos niños, adorables niñas, y procuren no hacerlo en su vida internetera. Si os llega una cita literaria con guirnaldita, con paisajito, con comas y puntos espolvoreados por doquier, duden. Duden de la veracidad, claro, pero duden también de sí mismos si les surgen tentaciones de compartirlo: estarán contribuyendo a una expansión de la sensibilidad cutre, de identificar lo sentimental con el sentimentalismo- esto me recuerda a la dicotomía “libertad/libertinaje” de las clases de religión, qué guay-  hasta llegarán a creer que lo que hace Almodóvar es lírico. ¡Diferenciemos entre la emoción legítima y la de botellón, hermanas, se acerca el fin! Y si tienen ataques, todos los tenemos, lo mejor es que tengan a mano la  imagen  que ilustra este post- la de arriba también, pero la de abajo es mucho más contundente-  y una prueba de fuego: el toque punk. Si después de un toque punk, de una remezcla y de poner la cita patas arriba la emoción sobrevive, será literaria, será legítima, será verdadera; aun reconociendo que todo es contextual. De no ser así, lo sentimos, pero  les estarán dando gato por liebre. O, qué narices, gato por coelho. Si es que al final siempre volvemos al excelso escritor, a la creación del canon chonista lírico y la permanente duda. Pues eso, quizá, quiere decir algo . 🙂

coelho

Te pido perdón, Paulo Coelhiño, pero esta foto viene al pelo.

Mis hashtags del asunto:

#contraelchonismolírico

#coelhismoilustrado

#señormehasmiradoalosojos

 

 

Cuatro años de Anchoas y Tigretones

 

A unas y a otros, a los que leen y a las que solapan, a las que comentan y a los que ignoran. Aquí seguimos, de momento. Gracias.

 

 

Hijos (4)

Lo bueno de no ser crítica de cine es que puedes decir lo que te dé absolutamente la gana sobre una película, ser incoherente, no referirse a técnicas ni ajustes,  y quedarse con lo básico: si disfrutaste o no.  Lo malo de no ser crítica de cine es que  no creas canon de ningún tipo, te haya parecido lo que te haya parecido la última de Almodóvar, es un suponer, ni nadie espera con la respiración contenida lo que puedas o no decir.  A nadie le importará si te fascina Von Trier y otros recién llorados directores griegos te parecen un coñazo del trece. Son ejemplos, claro, y opiniones.  Hay un libro de Javier Marías, otro que tal baila haciendo amigos, que se llama “Donde todo ha sucedido: al salir del cine”. Y esa es la idea.  Salir del cine: solos, con alguien a quien hemos asido la mano en la oscuridad, albergando ideas asesinas hacia los adictos al smartphone y a la laconada en tuperguay (ya es lo que les falta por llevar a algunos) y hablar de lo que hemos visto, sufrido, admirado y degustado. Hablar sobre el cine al salir de allí. Eso es.

Hay algo en las películas de Alexander Payne que me envuelve, además de en nostalgia, en algo más intenso: en la sentida complicidad de las ciudades dormitorio, de los lugares sin encanto, de la otra visión de los soñados paraísos californianos o, incluso, hawaianos. (No sé por qué no escribo jaguallanos, todos nos entenderíamos mejor. En fin: más propuestas a la RAE).   El viaje de Entre copas por esa real California de faked paradises, de neones medio fundidos, de ruralidad kitsch tan del Medio Oeste.  Una California vulgar y de KMart, de sandalias y calcetines,  en la que hacer botellón de Pinot Noir y desencanto como parte del menú diario.  Cuando vi  “A propósito de Schmidt” me sentí cómoda al momento  con su ácida ternura. Me gustaba aquella caravana en la que Nicholson  recorre los que fueron en un momento sus lugares comunes, aplaudí el clamoroso desnudo integral de Kathy Bates en el jacuzzi : la naturalidad de los años y los hijos.  Y también un entorno tan kitsch como disparatado, en el que se mezclan las bodas y los niños apadrinados.   En Los descendientes  ese mundo  destartalado de piscinas cubiertas de hojas volanderas, de sillas de jardín oxidadas, de hijas criadas de forma un tanto punk y salvaje, es un decorado para mostrar lo que, a la hora de la verdad,son  los temas clásicos en las relaciones familiares: los desencuentros, los secretos, las vidas paralelas, los saltos generacionales.  Padres que no están o que han estado siempre y no los hemos visto. Madres que quieren, por encima de todo, seguir siendo mujeres. Y parejas que se diluyen en la etiqueta de “somos una familia”.  Y cada uno sigue, como el hamster, rodando en su propia rueda, en su propia jaula. Y nada más.

Quizás la película de Payne me gusta porque es un drama sin drama. Porque hay mucho humor en medio de circunstancias duras. Y Hawaii tiene niebla y George Clooney viste como un paleto integral sin encanto. Con una cuidada vulgaridad. Creo que eso es lo que más me gusta: aquí, a diferencia de otras películas, las hijas siguen siendo tal cual eran.  No hay redenciones ni reeducaciones ni nada por el estilo. Son exactamente las mismas personas con sus tacos y botellones, pero que han añadido a su padre a su círculo de relaciones vitales. Y no sustituye a la madre moribunda en absoluto. Se incorpora. Y me parece un grandísimo ejemplo de educación a la inversa.  Son ellas las que le muestran lo que estaba sucediendo y él no supo ver. Y todos aprenden a intentar, ojo, eso es: aprender a intentar aceptarse. Quizás no lo consigan nunca. Pero, por lo menos, se soportarán como compañeros de viaje. Y esay no otra es la maleta más rentable para  el viaje a la edad adulta : esa en la que ya llevan ventaja los padres cuando nosotros llegamos.

Tres años de Anchoas y Tigretones

 

y que cumplas muchos más...

Y todo, todo lo que cabe en un post, en un cuaderno digital, en unos comentarios, en este extraño diálogo asíncrono, en todos los colores de mil pinceles, en idas y venidas, en mudanzas y asentamientos, en tantos días y en los años que llegan. Y en los que se van. Gracias a todos. Aquí seguimos.

Charlatanerías

 

 

 Imagen tomada de revelife.com

 

 

 

No sé cómo pudo pasárseme este artículo de Vila-Matas titulado "Entrevistas y charlatanes". No lo sé, porque, a pesar de lo que vamos a hablar aquí, tengo plena devoción por sus palimpsestos literarios. Como toda buena charlatana y pseudofilósofa de café, amén de socióloga aficionada, sustento que siempre hay que mantener un buen grado de impostura, de hecho esta afirmación es un buen ejemplo. Pero vamos a lo que vamos: en el artículo nos cuenta, nos reseña e ilustra, sobre un estudio de una universidad norteamericana acerca de las entrevistas que "The Paris review" realizaba a diferentes escritores y la influencia posterior que ese género, ese modelo, ha tenido en empresas posteriores de la misma índole.

El género cotilleo literario siempre ha dado grandes frutos y tiene innumerables seguidores. Saber si un escritor tiene horario y cúal es-la pregunta más repetida según el estudio-, saber si hay alguna manía personal (escuché alguna entrevista con un autor español que sólo escribe a mano con bolis de propaganda) o, incluso, como le pasó al propio VM, saber cómo se visten para la ocasión. Personalmente me importa un pimiento si Hemingway se vestía de lagarterana, si para escribir grandes párrafos y novelas se levantaban con las gallinas o si lo hacían después de ir a pilates. Me gustó siempre lo que decía Faulkner de ser gerente de un burdel como lugar idóneo para un escritor (tranquilidad de día, acción de noche), y  recuerdo la perplejidad de Cela cuando le preguntaron si Pascual Duarte era autobiográfica. Otra cosa son las luces y sombras de las biografías o hagiografías literarias, que de todo hay, y una acaba enterándose de grescas matrimoniales y de impudicias un tanto ruines, que convierten la pretendida biografía en cuestión en una sesión de soft porno.¿O es que a estas alturas alguien no sabe el "gran sentido de la familia" (palabras textuales y propias) que tiene el flamante Nobel de Literatura?.

Volviendo a los hábitos de escritura, al contexto en el que se produce la creación literaria y sus aditamentos, a los estímulos y a las manías,  lo interesante viene en la posibilidad de mentir y crear una impostura que se vaya modificando, que se amplíe, que anide y se extienda casi como un lugar común en el género de la entrevista.  O para la performance personal. El rey era, y sigue siendo al menos para mí, Hunter S. Thompson que, según dicen, sembraba el salón de su casa de muñecas hinchables cuando iban a entrevistarlo, aunque todo en él ya era exceso. Decía  Pessoa que el poeta era un fingidor, y creo que, para quien acaba de rematar una novela, el momento en el que le preguntan por cuestiones tan íntimas y tan ajenas a la obra en sí, propicia paradójicamente el acto más libre de toda creación, que es el de la mentira sustentada o la autobiografía ficticia. El del cuentista de toda la vida, vaya.  A mí, que acudo a la lectura y a los textos prescidiendo de miradas felinas en la portada o  que no hiperventilo con maduritos interesantes o con malditiños a medio cocer a los que les faltan unas cuantas ferveduras, la frase que más me gusta es la del gran Jean Echenoz cuando dice algo así que "un libro se escribe precisamente para no tener que hablar de él". Y siempre me acuerdo de mi adoradísima Esther Tusquets cuando en "Confesiones de una editora poco mentirosa" (atención al título) se refiere al papel que los agentes literarios, alguno en concreto, han tenido y tienen en la visibilidad o exposición excesiva a los medios de algunos escritores. Supongo que ahí está el quid de la cuestión: las entrevistas "literarias" ahora ya no son, salvo en algunos casos, un alarde de ingenio que nos alerte a jugar sobre dónde empieza la ficción de ese nuevo personaje, antes creador, o  admirar la pericia de quien pregunta. Suelen ser escaparates de novedades, "yo he venido a hablar de mi libro "y poco más. Quizás no esté mal, pero me hace echar mucho de menos a Soler Serrano y, por ejemplo, aquella magnífica entrevista a Cortázar, sólo por citar una. Ahí se podía entrar en un laberinto y salir con un hambre de ficción, de recorrer el París de la Maga, de aprender a escuchar y a preguntar.

Y a lo mejor, los escritores de verdad escriben realmente para que no se hable de ellos. Y los que crean una ficción en torno a sí mismos, los que se convierten en personajes de folletín, escriban, simplemente, para que se hable de sus personas. O de sus siluetas, ficticias, nada más.

 

Dos años de Anchoas y Tigretones

 

 

 

¿Quien se apunta a una cerveza?

Hoy cumplo dos añitos, desde un primer post titulado "Autopoética, razones para escribir un blog". A los que han estado aquí y se quedan, a los que se han ido, a los que vuelven, a los que discrepan, a los que les gusta, a los que me ignoran, en fin, a todos, gracias. Y seguimos adelante.

Públicas escrituras, vidas privadas.

¿Sabías esto?

Ya sé que la expresión puede quedarme un poco demodé. Pero hoy, pensando en Salinger y Holden Caufield, le doy vueltas a la creación de un neologismo que creo nos hace mucha falta. Estoy hablando del "aquí hay tomatismo". Entiendo por !aquíhaytomatismo" la necesidad , casi arqueológica, de hacer exégesis y recuento de las particularidades vitales de quien destaca en otras lides. Salinger era escritor. Poco prolifico, es verdad. ¿Supervalorado? Es posible. Más que eso: el riesgo que tienen personajes como Holden es convertirse en letanía y pasto de freaks. En pegatinas y camisetas. En citas como las ubicuas de Tagore, las lágrimas y las estrellas, o en otro orden de cosas, el recit de "las naves de Orión y las puertas de Tanhausser" en los alucinados y perdidos ojos de Rutger Hauer. Cuando yo tenía dieciséis años, dejé que un chico me rozase la rodilla  mientras se marcaba el rollete imitando a Hauer en Blade Runner. Me pareció precioso, y aunque no entendía un carallo de lo que me estaba diciendo, me pareció lo más profundo que me habían contado en mi vida. Unas semanas más tarde lo dejé porque se quedó dormido viendo "Muerte en Venecia" en el cine Valle-Inclán. Y claro, para una aprendiz de cultureta, para una devotísima buscadora de citas que soltar en conversaciones con los chicos cultos de COU, aquello era una ordinariez. Y una falta de militancia. Ya era bastante duro fingir que habías leído a Proust a los catorce años. Pero no hiperventilar con aquella peli, con la que había que hiperventilar para ser lo más cool del mundo, no podía ser. Y a pesar de la dulzura de sus ojos color Coca-Cola tuve que dejarle. Una se debe a su prestigio.

Cuento todo esto porque, decía al principio de esta digresión, que salen ahora todos los exégetas, buceadores de archivos y demás, contando que Salinger era un misántropo (cosa que ya sabíamos, por otro lado). Que era un borde. Que no quería la fama. A pesar de su querencia por ser Bartleby-como Rulfo, como muchos otros-por pose, por iniciativa propia, no quería salir a la luz pública. Nunca pensó en acudir a un show televisivo ni en salir en la revista "Cuore". Y digo yo .¿y qué? ¿Son tan importantes los gustos, aficiones o querencias de los autores? A mí me importa un cuerno si en su casa tiene álbumes de mariposas o si coleccionaba pegatinas de la fruta (yo lo hago, ¡mola!). También me importa un comino con quien se acostaba Gil de Biedma, si era homosexual, trisexual o lo que le diese la gana. Pero leo "Pandémica y celeste" y sé que adoro esa escritura que sí me lleva a un mundo que quiere compartir porque a él le da la gana. Pero del que yo no necesito indagar. Se me ofrece. Y lo venero. Otra cosa son las polémicas sobre pasados filonazis, ofrecimientos a la censura franquista o delatores en la caza de brujas. Ahí entramos también en el juicio público.

Hay escritores que se convierten en personajes. Es su elección. Y no me refiero sólo a los que quieren ser arzobispos de Manila porque les parece muy bonito o a los que en pleno arrebato alcohólico hablan del "milenarismo, ¡cojones ya!". También los hay que van a hablar de su libro. Incluso los que suben en ventas por su felina mirada neoyorkina. O los que protestan por las concesiones de premios. Me parezca bien o mal, es su elección. Siempre he adorado a Truman Capote, ese inmenso cotilla, que supo crear un híbrido entre periodismo y literatura, con él como personaje.Pero cuando alguien elige estar en la sombra, cuando se debe al frío y gris invierno del centro de Europa como Kafka, su intimidad debe ser garantizada. Y no dejemos que el aquíhaytomatismo, que el discurso cotilla, se haga imprescindible. Dejemos a las revistas del corazón hacer su trabajo. Porque la vida, solamente en casos muy contados, debe ser convertida en literatura de cordel.

 

 

Feisbuqueríos, twitteríos y demás maravillas cibernáuticas

En el ordenata tol día de Dios

Para Catuxa, Didac, Honorio, Paco López, Noemi, Javier Leiva, Iulius, Ana Zarabozo, Transi, Encarnita, Francisco José Diago….y tantos otros.Porque SÍ se puede trabajar de otra forma. Y, por supuesto, a Odd Librarian 😉

Este post lo escribo en paralelo. Me explico: mis maltrechos huesos de señora mayor no me permiten muchos contorsionismos, pero las bondades de este sistema operativo ventanero me permiten tener abiertos varios frentes virtuales a la vez. Os escribo con un ojo puesto en mi página de Facebook, con mi Twitter-¡qué gran ejercicio de microrrelato es el status tuitero!- y con otras virguerías informáticas varias y diversas. Además de alentar mi natural y compulsiva tendencia a la dispersión-no sé qué habría sido de mí si hubiese nacido con tentáculos en lugar de dos manos-me permite ejercer de "diabla cojuela", de alentar un ego supercotilla que anida en mí y de mimar mi lado infantil y, como dicen las revistas mal llamadas femeninas, mi "natural desenfado"(téngase en cuenta que la primera página de Facebook de la que me hice fan fue la de caramelos Sugus. Luego me hice de Lars Von Trier, que una tiene un prestigio, caramba). Esto, como en el "Un, dos, tres"-el de Chicho, no el de Billy WIlder-sería por la parte llamemos "negativa". Aquí también metería, especialmente en el mundo Facebook, a todos los trolls, spams, que, en forma de código maligno o de ideología perniciosa, pululan por ahí.

En la parte "positiva", osease la de Mayra Gómez Kemp y las macizas azafatas-están, lo que  un lúcido y avezado profe llama contactos "persoprofesionales". A través de las redes he conocido a personas divertidas, currantas como el que más, que saben conjugar de manera admirable el rigor laboral y la sonrisa necesaria para seguir el día a día. Que me han sorprendido por su capacidad de trabajo, de compartir recursos que conocen y descubren, de ayudar a los que empezamos desde muy abajo en el dospuntocerismo, y de descubrirnos que, si seguimos a determinadas personas no estamos "perdiendo el tiempo en internés", sino alimentando nuestra capacidad para formarnos y ofrecer mejores servicios. Yo recuerdo, hace algunos años, el estereotipo que tenía yo misma en mi mismidad creado de los informáticos y de los interneteros compulsivos, lo que mi amigo Suso, que pertenece al primer gremio de los mentados, llamaba "pajilleros del aula de informática" : esos "nerds", esos "geeks" granujientos y con falta de roce social que dejaban historiales del navegador plagados de páginas guarrindongas cuando se emocionaban y descuidaban. Pero, ay amigo, cuando tenías un problema con tu basita de datos o necesitabas teclear código y te habías perdido, allí estaban ellos. A mí Twitter me ha resuelto, en cuestión de segundos, y gracias a la colaboración desinteresada de algunos, dudas en Joomla!, me ha proporcionado interesantísimos recursos con los que he alimentado mi Delicious, me ha dibujado sonrisas en medio de mi lucha contra la ola googlelera-Melody en mi honor debería de cantar "soy una surferaaaaaaa"-y, qué caramba, me ha dado lectores para esta mi casa. Por no hablar de descubrir facetas como el buen gusto musical de algunos, su talento para la escritura o, también y lo que es más importante: su buen humor. Se ha discutido, claro que sí. Ha habido desencuentros, sin duda. Pero todo ha sido enriquecedor, dinámico, constante. Y te enteras de cómo hacen las cosas en otros sitios y que, a veces, los problemas no son tan diferentes. Y abres tu cabeza.

Las redes sociales son, como todo, el uso que hacemos de ellas.  Lástima que no estén tan perfeccionadas como para, como la protagonista de "La rosa púrpura de El Cairo", saltar al otro lado y tomar unas cervecitas, cafés o lo que sea, reales. Un defecto que, de momento, la tecnología no ha sabido solucionar. 😉

 Propuesta a la RAE : feisbuquerío, tuiterío. 😀

 

Un año de “Anchoas y Tigretones”

Cumpleaños de mi ciberretoño

Quiero trabajar en la revista Cuore

Decía el otro día la neoiorkina sen solución-también conocida como Concubina en otros foros-que, de volver a escoger profesión, le gustaría ser espía. Yo, cuando era pequeña, quería ser, en esos arranques místicos catequísticos de niña bien, monja e indio. Pensaba que ser indio, los de las películas, era una profesión.Y molaba llevar trenzas y vivir en un tipi, dulce tipi, hablando en infinitivo. Y tener nombres preciosos como "Flecha rota" o "Toro sentado". Años más tarde me fui a vivir a los USA de verdad, no el de las pelis, y la visión de las reservas y todo la militancia antiacción de gracias me hicieron salir de mi error. Qué lástima tan grande el hacerse mayor. Peste de mundo real y cruel.

A mí me habría gustado tener una vocación real. De esas de jugar en el parque a los médicos, con perdón, y acabar siendo prestigiosa neurocirujana en el Cedars Sinai o algo por el estilo. O llegar a ganar el Nobel de Literatura y que en un programa de corazón de por las tardes-porque ya los Nobel son como los Oscars, pasto seudoglamuroso de programa vespertino-saliese una vecina mía de la infancia, en curioso accidente hagiográfico, enseñando mis primeros cuentecitos, con caligrafía cimbreante y arrejuntados con anillas Apli.  O que ya arreglando la lavadora y los transistores de mi casa se me viese el pelo de la dehesa de ser ingeniera de telecomunicaciones. Pero no. Soy filóloga por formación, afición y accidente, pero no auténtica vocación. Derivé en documentalista por gusto y por reafirmar mi nula querencia a ejercer de docente toda mi vida. Pero ahora que la vida está dura, que la Universidad preBolonia es una entelequia que muchos no comprendemos, me gustaría reflexionar un poco sobre una profesión olvidada pero magnífica, que me habría gustado ejercer. Es la categoría de piefotista. Entendámonos.Siempre quise trabajar en "Hola!". Pero no quiero hacer sentidas e íntimas entrevistas como las de Tico Medina o coordinadora como Nati Abascal de reportajes en la Mamounia de Marruecos, no. Yo lo que quiero es escribir los pies de foto.

Escribir pies de foto tiene su aquel. Recuerdo en una epidemia de gripe de esas gordísimas, el de una foto de "El País". Salía un pavo sonándose con expresión poco delicada y decía el pie :"Español afectado por la gripe". Qué bonito. Qué pasión tan inútil la del piefotista. Y además hay que ser un cínico reconvertido. ¿Cómo alguien puede decir en serio que Estefanía de Mónaco está descansando? ¿Cómo se puede hablar de la espectacular figura de algunas presentadoras televisivas que no la tienen? ¿Y neutralizar el shock de la visión de los pantalones con paramecios de Marichalar, diciendo, por ejemplo "atrevido atuendo del Duque de Lugo? ". Eso es una profesión arriesgada y no lo que hace el marido de Kalina de Bulgaria (por cierto, ¿llegó alguna vez a algún destino en esas balsas tan cool que diseña?). Te arriesgas al desprecio, a la burla, a la desconsideración ante tu trabajo. Porque claro, mola mazo ser nene periodistilla contestatario y descubrir, por ejemplo, el Watergate…sí, claro, chollas y te llevas todo el mérito. Pero ¿Y el pobre piefotista que ha estado ahí dando el callo en esas bodas belenestebánicas, en esas notas de sociedad en blanco y negro donde sale cada talludita con delgadito(modelo Concha y Mariano de Forges), con su callada labor, sin reir, sin ver la luz del sol ni siquiera viendo reconocida la propiedad intelectual de su piefotismo?. No hay derecho, caramba.

Reivindico la creación de la categoría profesional del piefotista. Voy a mandar mi curriculum a Cuore, que es la única publicación española que tiene la decencia de dejar que los piefotistas sean los reyes del mambo. Esos "¡arggggg!" ,esos "¡vaya celulitis!", hacen que las revistas del corazón como género literario tengan un antes y un después. Muchos la critican por humanizar (humano, demasiado humano) a algunos famosos y starlettes (impagables las imágenes de Inés Sastre hurgándose la nariz) pero…además de reconfortar es divertida, con desparpajo, salen famosos reales y no pailanas camufladas y regala chapitas. ¿Qué mas se puede pedir por un escaso euro con cincuenta?. Algo que es ya un clamor popular:

SEÑORES DE LA REVISTA CUORE: ¡CONTRÁTENMEEEEEEEEEEEEE!!!!! No les defraudaré,lo prometo. Seré mala, muy mala, con los malos y buena, muy buena con los buenos. Tengo mala baba, imaginación (creo) y algunos detractores en la red. Quiero trabajar ahí, por favor, por favor, por favor….

 

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