Anchoas y Tigretones

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Territorios

Map with colorful pins –>Photo by delfi de la Rua on Unsplash

 

No soy nada original si confieso mi pasión por la cartografía, por los mapas, por los dibujos de territorios que son más un estímulo de la imaginación que una realidad . En diciembre estuve en una exposición de la Biblioteca Nacional titulada Cartografías de lo desconocido, una recopilación de los modos de recrear aquello que se desconocía o se inventaba; de Jauja de las Indias Orientales, de los Mares del Sur y la orgía capilar de los monstruos marinos, cancerberos de algún que otro plus ultra. Recorro las salas plagadas también de citas sobre esa necesidad de orientar la imaginación, de delinear la desconocida entidad de un lugar en el mundo. Me dicen que los mapas son testigos escurridizos y es cierto. La idea que tenemos de exotismo, de lejanía y extrañeza viene de los mapas, son ellos los que determinan- guiados por nosotros- esas pautas de propio y ajeno en el territorio, consolándonos ante aquello que aún no conocemos, subrayando nuestra vinculación con otro lugar. Los mapas también anticipan la nostalgia, esa idea que recorro a menudo : ¿es la nostalgia un estado previo a cualquier suceso o una consecuencia del suceso en sí, de lo vivido? Ojalá tuviese una única respuesta, aunque creo que el sentimiento existe y, posteriormente, lo vamos acomodando a lo que nos sucede. Sobre ese spleen, sobre esa añoranza permanente, escribo algo más largo, y como solemos decir por aquí, esa será otra historia.

De niña creé algunos mapas ficticios. Recuerdo haber querido vivir en el paisaje de las cajas de lápices Alpino, con ese ciervo gigante y ese surreal lápiz en medio. Yo, niña sin aldea, vivía rodeada de inacabables relatos de fin de semana y vacaciones de muchos amigos que, sí, tenían aldea. La aldea, para los que vivíamos en ciudad, era un territorio tan mágico como idealizado, con sus ríos y falta de horarios, con sus juegos eternos, con su pan de verdad y sus animales que no eran mascotas. De esas idealizaciones tan perfectas venían después las decepciones terribles. Recuerdo pasar  por el pueblo castellano de una monja que me dio clase en las Jesuitinas. Su relato era el relato de la juventud, de los paseos con amigas, de- como decía ella- “la llamada” (lo siento, Javis, no fuisteis los primeros). Yo vi un perro solitario vagando entre adoquines, nada más. No tenia el pulso de su historia, el hilo creado por la vida y la ausencia, los luminosos días de mayo, el heno en verano, nada. Un perro y soledad. Me acordé también de aquella amiga uruguaya que me contó lo difícil que le había resultado contener la decepción  cuando vio por primera vez el pueblo de su padre. Criada en la perpetua añoranza de España, alimentada por un grupo de exiliados, el paraíso perdido era también un lugar a reivindicar,  a construir en la memoria de aquellos que no podían ni esbozar la añoranza. Luego, claro, la realidad era otra; especialmente cuando venías de la muy cosmopolita Montevideo, cuando los relatos familiares comienzan a ser patrimonio personal (ajeno en tanto, ay, en tanto) y más materia narrativa que historia.

La nostalgia ha de ser domesticada si no queremos modificar el encuadre del pasado, qué difícil y qué poco narrativo lo que acabo de decir. Otra cosa es asistir al derrumbe, a los cambios salvajes que aguardan en cada esquina y del modo más inesperado. Cuando, por ejemplo, tu barrio ya no es tu barrio, cuando tu casa va a dejar de ser tu casa : cuando tu entorno va a dibujarse de un modo en el que no solo no reconocerás el trazo, tampoco los límites ni los colores. No solamente el tiempo nos deja un poso de tristeza, las sacudidas vitales  que no controlamos vienen siempre con su equipaje de rabia y perplejidad. Hubo quien dijo que si en tu barrio comienzan a proliferar al mismo tiempo las barberías, las bicicletas y las tiendas de delicatessen, jódete, puedes darte por gentrificado. Y por expulsado también, especialmente si vives de alquiler. Ahora que comienzo a ver ese horizonte cerca de mi portal, yo sí empezaré a diseñar mi mapa imaginario. Uno en el que no entren cierto tipo  de estrategias, de intereses, en los que pueda alargar más y más esta memoria que construyo para mí y mis propios yos futuros. Con lápices Alpino o no, el caso será dejar las fronteras borrosas, las líneas difusas; “todo lo fugitivo permanece y dura” 😉

Recomendaciones: Sobre los cambios radicales e inesperados en el entorno, sobre la resiliencia, es hermosísimo el documental N-VI . Llegué a él por una recomendación en el último Carballo Interplay. Está dirigida por Pela del Álamo y la podéis ver en Filmin.

Muchas me preguntáis por lo que leo mientras ando por aquí. Ahora estoy releyendo a Thomas Bernhard y lo comparto con la última novela de Agustín Fernández Mallo, Trilogía de la guerra. No me matéis, pero no conseguí terminar Ordesa. De todas formas, yo creo que ya está bien de la mitología que rodea a libros y lectoras; a que la gente recomiende y deje de recomendar,  nos estamos poniendo pelín coñazo.Ya lo decía Celia Cruz: “no hay cama pa tanta gente”. Leed y ved mucha mierda también, es fundamental. Telebasura, revistas del corazón, haceos un John Waters. Por vuestro bien: si no hay límites, nada hay que nos estimule.

Música: El tema del momento de novedoso tiene poco. Lo llevo escuchando en bucle porque tengo una semana de celebraciones muy intensa. Y tiene que ser ella, of course, tan rubia, aristocrática, bellísima.

 

 

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Señoras que pasman (viendo la vida pasar)

Sin título, voy yo y le pongo uno: “Señora que pasma viendo la vida pasar” https://unsplash.com/@tinaflour

Para Alejandra, a la que le gusta pasmar.

 

Algunos viajes despiertan en ti el espíritu de El turista accidental. Estancias brevísimas, de maleta sin facturar y con cosmética de bolsillo o de muestra de perfumería, ese ir y no ir, un soplo de avión y de tiempo escaso en otro entorno. La maleta merece siempre un capítulo aparte en cada salida de casa: ¿soy yo la única que, pese a consultar tanto la predicción metereológica, siempre lleva de más o de menos, olvida lo fundamental y ya desde el primer día añora aquel jersey que quedó en el armario, sufre por la ausencia de aquellos calcetines que no traje con lo bien que me irían con esta camisa, o me acuso de perder el sentido del color al deshacer la maleta en mi nuevo territorio?  La maleta me incomoda, de verdad que no sé nunca qué llevarme y qué dejar, y no hablemos de esa dificultad añadida de qué zapatos son recomendables para un aeropuerto o no. Vayas a donde vayas, tienes que pasar por ese desnudo impuesto e inconcluso, ese soft porno regulero que es casi de débito conyugal: quitarse el reloj, los pendientes, el cinturón y depositarlos de forma ordenada en un lugar determinado es lo más parecido a los preliminares de un polvo semanal, de bodas de plata, casi obligado y de precepto. ¿Para cuándo la música en ese striptís (me chifla escribir y decir striptís, es maravilloso)? ¿Por qué Spotify no me propone una lista de temazos que vayan desde lo intimista y sensual hasta lo descaradamente trash; por qué no se propone coreografía conjunta en las agencias de viajes, en los mayoristas, en los anuncios de airbnb, en los Skyscanners? Para mí sería más rentable aprender un baile para ese momento que el ofrecimiento de un über en una ciudad europea, más que los regalos de propaganda que adoro y que no sirven para nada, más que cualquier accesorio de bolsillo absurdo,denme un baile de aeropuerto, por favor.

Pero no, no voy a hablar de mis veleidades cabareteras. Quizá siempre que me voy de viaje escribo sobre lo mismo, con la imagen prefabricada del destino que nunca coincide,pero hoy sobre todo escribo más que nada porque quiero dejar un testimonio previo de lo que imagino y contrastarlo con lo que encontraré en realidad. Quiero un post como un trampantojo, quiero un post cápsula del tiempo, quiero un marcapáginas de esa nostalgia anticipada que son los viajes cortos y europeos. Yo viajo y casi no miro ni mapas, me dejo llevar por las ciudades. Porque sí, una es una señora heredera del espíritu del “Grand Tour” y le va la rancia Europa para escaparse, para reposar la mirada, a pesar de que los viajeros no existan ya y hayan sido sustituidos por los turistas. Huyendo de todo eso, quiero un paseo sin marcas en guía turística, en el que pueda perderme cosas a propósito, en el que abrace la nostalgia de mi casa respirando ese aire ajeno y extraño que deberían vender embotellado para aspirar con deleite en épocas de poco salir y de poco mirar. Sería una gran cura, una gran promesa de que todo es cíclico, comenzando por las ganas de perderse.  De perderse y, sobre todo, de observar la vida en una mesa de café, en una silla literaria y gastada, a través de unos cristales lluviosos o a los que yo coloco bruma porque me da la gana, que para eso es mi fantasía, nos han jodío. Y pasmar. Pasmar para poder fabular a gusto, para atrapar a todos los transeúntes que desaparecen de tu vida en un instante, a los que inventas hasta árbol genealógico y  a los que deseas toda la suerte del mundo, todos los happy ends posibles. El viejo militar (me da la gana que sea militar, qué pasa) que me miraba fijamente en el metro de Moscú, con una guerrera llena de medallas y sandalias, cosa más kitsch imposible. La elegante pareja de octogenarios, ella con un abrigo rojo que aventaba la grisura del día; él con una elegante gorra de gentleman mirando con lentitud el escaparate de una librería en York. La madre y el hijo que reían sin parar en un supermercado romano, el niño empeñado en unas piruletas, la madre devolvíendolas con paciencia infinita a la estantería. La pandilla a mi lado en una terraza de Ferrara que ponían a parir al marido de otra amiga, qué bien me lo pasé escuchando, cómo espabilé mi italiano ese día. ¿Qué harían al volver a casa, dónde les esperaría la muerte o la tristeza, qué más alegrías vendrían a partir de ahí?

Pasmar es un descanso para la memoria, es crear una ficción a medida y también apartarla si lo deseas. Es tuya, es pasmar. Es bueno pasmar para dar valor a lo que te rodea: tu vida se inserta en otras en una escala determinada,no eres más pequeña por viajar menos, los destinos pueden estar en la puerta de enfrente ; el principal viaje, el más épico, es el que tiene que ver con lo que vemos todos los días. Y observar tu vecindario, las colas de la frutería, el hombre acodado en la ventana que también pasma tanto como tú, los juegos, las risas, lo lento. Antes de ponerme Paulo Coelho y empezar a hacer subir los niveles de glucosa a quien haya llegado hasta aquí, no tengo más que decir hoy que cambio de atalaya para pasmar, para ver, para inventar. Por unos días, escuchando otro acento, leyendo la lluvia en otras baldosas diferentes. Y fantaseo mucho en los aeropuertos con encuentros imposibles, pero eso es otra historia, mucho menos pasmona, para otro día.

Si al final, de cada viaje, por muy épico que sea, una parte muy molona es regresar. Regresar y seguir pasmando, eso es. Hasta la vuelta.

Cosas que me llevo en la maleta:

Ordesa de Manuel Vilas

Noites de safari de Marleen MaLone

La construcción de los entusiasmos

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Hanna y Adam

Del lado de acá:

Los viajes están lejos de la constatación del tópico.  No puede una, por ejemplo, guardarse el folleto turístico y esperar, una por una, que se resuelvan todas las expectativas sin sorprendernos: la simpatía y los tórridos romances en Italia, la perfecta caja de bombones parisina, la niebla circunspecta y tan british, el jazz desgastado de Nueva Orleans. No. UN viaje debe desprenderse de toda aquella construcción proporcionada por el cine, la literatura, la imaginería colectiva. Borrarse de opiniones y contrastes, lanzarse a la piscina de lo propio, aguardar con la mente virgen.

Del lado de allá:

Sí, ma non troppo: queremos que Viena tenga noria y la música de El tercer hombre, también a  Sissi y Francisco José en su imperio de tarta con nata.  Roma puede ser aperta y Pina corre desesperada o es, también y ya puestos, un paseo  por el alucinado Bomarzo. O la llegada a Ostia de Nanni Moretti tras las huellas de Pasolini.  Venezia es Mahler y Dirk Bogarde. También queremos  el Berlín de Isherwood , el Chicago de los Intocables y la Philadelphia de Katherine y Cary. Por no hablar de la tele y sus Sopranos, el mar bañado de alcohol bajo el ceño de Buscemi a orillas de Atlantic City (que es muy Burt Lancaster). O meterse una carrera imposible, arf, arf, tras Ewan McGregor, quién lo pillara, por Princess Street  por Edimburgo adelante, escuchando a Iggy Pop de fondo, y con la declaración de principios más nihilista del mundo. Qué grunge me suena :” Choose life, choose a job…”.

¿Qué queremos al viajar? ¿Comprobar nuestras intuiciones y verificarlas o bien asumir la posible sorpresa? ¿Qué equipaje hemos incluido de antemano además del inevitable chubasquero: expectativas, posibles decepciones, optimismo a priori? Un viajero, lo sabemos, tiene siempre abierto el billete de vuelta. El turista cierra todo. ¿A qué viene todo esto? A que después de los viajes del verano, hablamos y hablamos, de vuelta en nuestras ciudades provincianas-más grises que antes, mucho menos asumibles- de lo que esperábamos y lo que encontramos. Lo que esperamos, siempre, es una mezcla alucinada de literaturas y cines, de las opiniones de los otros, una papilla audiovisual y escrita de  tantas citas e imágenes.  La ciudad de las filias y fobias, de la fascinación y la mueca displicente es Nueva York.  Hay tanto de ella en nosotros, tanto fotograma y tanto Woody, que es imposible no reconocerla, si no palmo a palmo,sí en gran medida. Ese y no otro es el “problema”: las ciudades, los lugares que son ya tuyos antes de conocerlos, que son la  propia construcción de tu entusiasmo, víctimas, sin pretenderlo, de una suerte de “cinematrografismo literaturizado”.   A lo mejor, aunque quieras encontrarte con Lena Dunham o flipes tanto como yo con algunas escenas de Erase una vez en América, a lo mejor, y sólo a lo mejor, no necesitas ir.  Y no porque te decepcione en un sentido estricto de la palabra sino porque quizás veas un parque temático y no una ciudad. No es mi caso, repito, no he tenido esa sensación nunca. Pero construir el propio entusiasmo, como digo, es una tarea privada e independiente.  Y que depende del baremo que queramos utilizar.

Creo que es legítimo ser dueño y señor de los lugares que magnificas o que, incluso, borras de tu barra de favoritos. Vas cambiando también con los años, como en todo, aunque lo que te sorprende una vez puede seguir haciéndolo más veces. San Francisco me ha fascinado siempre  y bajar en coche por la calle Lombard una obligación que, ojalá, pueda repetir alguna vez.  Y, qué demonios, me encantaría bañarme en la Fontana di Trevi mientras Marcello me observa fascinado.  Y acepto, como espectadora, como viajera, el final del espectáculo como lo que es: una salida del cine, guardar una entrada de la película , hacer álbumes y coleccionar recuerdos.  Un pacto de principio a fin, tan valioso como el de la ficción, tan sobrio como un acuerdo entre partes.

Mientras sueño con nuevas mochilas y aeropuertos, paseo por la ciudad que visito a diario.  Donde la piedra se viste de lluvia, recóndita y amable, triste e introspectiva, que es a veces parque temático y otras un castillo propio en un mundo  que lleva mi nombre. Y, como dice un buen amigo, entrar en un bar y observar las vidas de otros es una forma de viaje. A partir de ahí se construye la literatura.  Desde el primer párrafo a este último, creo que hemos recorrido un curioso viaje de ida y vuelta. Abrir los ojos, encontrarme con los tuyos, la forma más hermosa de salir de casa.

Ferragosto

MM splashing. Tomada de Pinterest

MM splashing. Tomada de Pinterest

Hay quien pasa parte del año dibujando fronteras sobre un mapa, paladeando lentamente el espacio tan breve de kilómetros imaginados sobre un papel. Portugal tiene nariz, la bota ya sé que es Italia. La zona del Levante español parece también un perfil. Visto así, España y Portugal, juntos en el mapa parecen un matrimonio cansado de años de compartir cama, cada uno mirando para un lado.  Y luego los nombres, claro, algunos tan plagados de consonantes imposibles de pronunciar que ya son, en sí mismos, una geografía propia. Soñar con la lejanía, con la desnudez de un billete solo de ida, todo eso es viaje y no vacación. La voluntad del viajero de dejar de ser turista alguna vez. Pero es agosto y en agosto hay vacaciones.

La mitad de agosto, el ferragosto italiano, es un señor en calzoncillos mirando por una ventana de Nápoles. Es, también, una persiana entornada para evitar el sol a plomo, el silencio abrumador de las colmenas vacías, los carteles de “cerrado”, la abulia despistada de algunos pájaros en el parque. Pero, sobre todo, señores en calzoncillos y camiseta imperio.  A poder ser con bigote. También niños castigados sin playa, haciendo interminables pilas de deberes en una mesa camilla  en un apartamento amueblado en Torrevieja, Alicante.  O señoras enlutadas sabiendo del mundo por la televisión insomne. Es, también, la resaca inoportuna sin pizza en el nevera. El quince de agosto hay que entonar el Hawai Bombay y montárselo en el piso, qué demonios.  Ese día quince  es un día descolocado, impar, raro, un festivo que se celebra de perfil, oliendo asfalto abandonado.  Una celebración del tedio, de envidiar las vacaciones de risas y cervezas, de abrazar los espacios propios como fortalezas inacabadas, como cualquier espacio de Hopper.  De hacer puzzles y crucigramas para pasar el rato. De dormir más siesta de lo razonable.  También puede pillarte deshaciendo maletas, poniendo lavadoras y preparándote para alguna vuelta. Alegrándote de tener a donde volver. Pero llegando a la mitad de algo, como el hijo mediano que no es favorito y tiene que recordarle a alguna tía abuela cómo se llama.   Y me acuerdo del libro genial de Geoff Dyer  Yoga para los que pasan del yoga.  Su magnífica descripción del ferragosto romano : el “estupor del mediodía” llenando una ciudad, un mes entero  plagándose de “péndulos atascados”, de cosas que hacer para no tener que hacerlas.

Agosto tiene ahora un punto mucho más cruel que nunca. Prolongar la vacación porque ya no es vacación: es la vida sin tener un horario de entrada y salida. Esos “péndulos atascados” de los que habla Dyer en días de noviembre y enero, tan lejanos y exóticos ahora, tan imposibles de pensar en sus lanas y guantes.  El sarcasmo inútil de un país en el que  la pregunta “¿Estás de vacaciones?” se ha convertido en esnobismo y no en el resultado de un derecho.

No lo he dicho, pero en la ventana de enfrente  hay un señor en camiseta, fumando.  Esto es muy  The Rear Window. Bajo la persiana.  Guardo mis mapas para el año que viene o, quizás, para soñar con un noviembre centroeuropeo. Pongo Night and Day de Cole Porter y  canto “when the summer showers through/ a voice within me keeps repeating/  you, you, you”. Eso, y no otras mudanzas, ningún otro mantra, es lo que deseo en este ferragosto.

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