Anchoas y Tigretones

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La construcción de los entusiasmos

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Hanna y Adam

Del lado de acá:

Los viajes están lejos de la constatación del tópico.  No puede una, por ejemplo, guardarse el folleto turístico y esperar, una por una, que se resuelvan todas las expectativas sin sorprendernos: la simpatía y los tórridos romances en Italia, la perfecta caja de bombones parisina, la niebla circunspecta y tan british, el jazz desgastado de Nueva Orleans. No. UN viaje debe desprenderse de toda aquella construcción proporcionada por el cine, la literatura, la imaginería colectiva. Borrarse de opiniones y contrastes, lanzarse a la piscina de lo propio, aguardar con la mente virgen.

Del lado de allá:

Sí, ma non troppo: queremos que Viena tenga noria y la música de El tercer hombre, también a  Sissi y Francisco José en su imperio de tarta con nata.  Roma puede ser aperta y Pina corre desesperada o es, también y ya puestos, un paseo  por el alucinado Bomarzo. O la llegada a Ostia de Nanni Moretti tras las huellas de Pasolini.  Venezia es Mahler y Dirk Bogarde. También queremos  el Berlín de Isherwood , el Chicago de los Intocables y la Philadelphia de Katherine y Cary. Por no hablar de la tele y sus Sopranos, el mar bañado de alcohol bajo el ceño de Buscemi a orillas de Atlantic City (que es muy Burt Lancaster). O meterse una carrera imposible, arf, arf, tras Ewan McGregor, quién lo pillara, por Princess Street  por Edimburgo adelante, escuchando a Iggy Pop de fondo, y con la declaración de principios más nihilista del mundo. Qué grunge me suena :” Choose life, choose a job…”.

¿Qué queremos al viajar? ¿Comprobar nuestras intuiciones y verificarlas o bien asumir la posible sorpresa? ¿Qué equipaje hemos incluido de antemano además del inevitable chubasquero: expectativas, posibles decepciones, optimismo a priori? Un viajero, lo sabemos, tiene siempre abierto el billete de vuelta. El turista cierra todo. ¿A qué viene todo esto? A que después de los viajes del verano, hablamos y hablamos, de vuelta en nuestras ciudades provincianas-más grises que antes, mucho menos asumibles- de lo que esperábamos y lo que encontramos. Lo que esperamos, siempre, es una mezcla alucinada de literaturas y cines, de las opiniones de los otros, una papilla audiovisual y escrita de  tantas citas e imágenes.  La ciudad de las filias y fobias, de la fascinación y la mueca displicente es Nueva York.  Hay tanto de ella en nosotros, tanto fotograma y tanto Woody, que es imposible no reconocerla, si no palmo a palmo,sí en gran medida. Ese y no otro es el “problema”: las ciudades, los lugares que son ya tuyos antes de conocerlos, que son la  propia construcción de tu entusiasmo, víctimas, sin pretenderlo, de una suerte de “cinematrografismo literaturizado”.   A lo mejor, aunque quieras encontrarte con Lena Dunham o flipes tanto como yo con algunas escenas de Erase una vez en América, a lo mejor, y sólo a lo mejor, no necesitas ir.  Y no porque te decepcione en un sentido estricto de la palabra sino porque quizás veas un parque temático y no una ciudad. No es mi caso, repito, no he tenido esa sensación nunca. Pero construir el propio entusiasmo, como digo, es una tarea privada e independiente.  Y que depende del baremo que queramos utilizar.

Creo que es legítimo ser dueño y señor de los lugares que magnificas o que, incluso, borras de tu barra de favoritos. Vas cambiando también con los años, como en todo, aunque lo que te sorprende una vez puede seguir haciéndolo más veces. San Francisco me ha fascinado siempre  y bajar en coche por la calle Lombard una obligación que, ojalá, pueda repetir alguna vez.  Y, qué demonios, me encantaría bañarme en la Fontana di Trevi mientras Marcello me observa fascinado.  Y acepto, como espectadora, como viajera, el final del espectáculo como lo que es: una salida del cine, guardar una entrada de la película , hacer álbumes y coleccionar recuerdos.  Un pacto de principio a fin, tan valioso como el de la ficción, tan sobrio como un acuerdo entre partes.

Mientras sueño con nuevas mochilas y aeropuertos, paseo por la ciudad que visito a diario.  Donde la piedra se viste de lluvia, recóndita y amable, triste e introspectiva, que es a veces parque temático y otras un castillo propio en un mundo  que lleva mi nombre. Y, como dice un buen amigo, entrar en un bar y observar las vidas de otros es una forma de viaje. A partir de ahí se construye la literatura.  Desde el primer párrafo a este último, creo que hemos recorrido un curioso viaje de ida y vuelta. Abrir los ojos, encontrarme con los tuyos, la forma más hermosa de salir de casa.

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Ferragosto

MM splashing. Tomada de Pinterest

MM splashing. Tomada de Pinterest

Hay quien pasa parte del año dibujando fronteras sobre un mapa, paladeando lentamente el espacio tan breve de kilómetros imaginados sobre un papel. Portugal tiene nariz, la bota ya sé que es Italia. La zona del Levante español parece también un perfil. Visto así, España y Portugal, juntos en el mapa parecen un matrimonio cansado de años de compartir cama, cada uno mirando para un lado.  Y luego los nombres, claro, algunos tan plagados de consonantes imposibles de pronunciar que ya son, en sí mismos, una geografía propia. Soñar con la lejanía, con la desnudez de un billete solo de ida, todo eso es viaje y no vacación. La voluntad del viajero de dejar de ser turista alguna vez. Pero es agosto y en agosto hay vacaciones.

La mitad de agosto, el ferragosto italiano, es un señor en calzoncillos mirando por una ventana de Nápoles. Es, también, una persiana entornada para evitar el sol a plomo, el silencio abrumador de las colmenas vacías, los carteles de “cerrado”, la abulia despistada de algunos pájaros en el parque. Pero, sobre todo, señores en calzoncillos y camiseta imperio.  A poder ser con bigote. También niños castigados sin playa, haciendo interminables pilas de deberes en una mesa camilla  en un apartamento amueblado en Torrevieja, Alicante.  O señoras enlutadas sabiendo del mundo por la televisión insomne. Es, también, la resaca inoportuna sin pizza en el nevera. El quince de agosto hay que entonar el Hawai Bombay y montárselo en el piso, qué demonios.  Ese día quince  es un día descolocado, impar, raro, un festivo que se celebra de perfil, oliendo asfalto abandonado.  Una celebración del tedio, de envidiar las vacaciones de risas y cervezas, de abrazar los espacios propios como fortalezas inacabadas, como cualquier espacio de Hopper.  De hacer puzzles y crucigramas para pasar el rato. De dormir más siesta de lo razonable.  También puede pillarte deshaciendo maletas, poniendo lavadoras y preparándote para alguna vuelta. Alegrándote de tener a donde volver. Pero llegando a la mitad de algo, como el hijo mediano que no es favorito y tiene que recordarle a alguna tía abuela cómo se llama.   Y me acuerdo del libro genial de Geoff Dyer  Yoga para los que pasan del yoga.  Su magnífica descripción del ferragosto romano : el “estupor del mediodía” llenando una ciudad, un mes entero  plagándose de “péndulos atascados”, de cosas que hacer para no tener que hacerlas.

Agosto tiene ahora un punto mucho más cruel que nunca. Prolongar la vacación porque ya no es vacación: es la vida sin tener un horario de entrada y salida. Esos “péndulos atascados” de los que habla Dyer en días de noviembre y enero, tan lejanos y exóticos ahora, tan imposibles de pensar en sus lanas y guantes.  El sarcasmo inútil de un país en el que  la pregunta “¿Estás de vacaciones?” se ha convertido en esnobismo y no en el resultado de un derecho.

No lo he dicho, pero en la ventana de enfrente  hay un señor en camiseta, fumando.  Esto es muy  The Rear Window. Bajo la persiana.  Guardo mis mapas para el año que viene o, quizás, para soñar con un noviembre centroeuropeo. Pongo Night and Day de Cole Porter y  canto “when the summer showers through/ a voice within me keeps repeating/  you, you, you”. Eso, y no otras mudanzas, ningún otro mantra, es lo que deseo en este ferragosto.

Scroogismo sin querer

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Imagen tomada de lastexittonowhere.com

Una deja de escribir en su blog por muchos motivos: falta de tiempo y de ganas, hastío y desidia, poca fe en lo que sale en las líneas temblonas, hay, como digo, muchos motivos.  También, como es el caso, que la vida se dé la vuelta y te enseñe el culo por no darte un corte de mangas: te levantas y el calendario te hace un calvo envidiable, de esos que te molaría hacer en muchas ocasiones.  Pensabas en que la Navidad de la gran crisis sería solamente eso: una Navidad más austera, mucho más soñada que la  que ya llevas toda tu vida imaginando porque, no nos engañemos, la “gran Navidad” es la que lees, la que recuerdas entre sueños, la que te devuelve esas ganas y la ilusión del Scalextric y la muñeca Leslie que le caía a tu prima, en la que no pensaban en futuros futuribles y, zas, en toda la boca, te viene una Navidad muy adulta y guerrera, en la que los anuncios y luces son una extraña comparsa a la angustia que tú tienes, a la que vives más perdida que Chencho en la Plaza Mayor, en la que quieres desterrar a Scrooge porque un día es un día y qué carallo, pero no, te toca vivir, como a tanta gente en la que nunca has pensado, el sarcasmo infinito de estar perdido en un Corte Inglés de eterno estreno, de asistir a ochenteras fiestas de maniquíes de transeúntes y árboles, de luces y belenes. Y tú vas por esa calle de la impostada alegría con un vestido hecho de titulares de periódicos o de diagnósticos médicos, y tu escasa vacación no lo es, es, lisa y llanamente, un kilométrico pasillo de hospital.  Pero es también un montón de mensajes de ánimo, es la sonrisa confiada de un paciente al que quieres mucho, es compartir, por primera vez en muchos años, un menú colegial de dos platos y postre con tu padre, es ver alrededor a muchas personas a las que les han hecho un calvo también.  Ves el cansancio de lo tan aséptico y limpio,y, aunque todo vaya bien, te das cuenta, y ya era hora, de todas esas Navidades que son reales  y que mientras vivías subida a un carrusel de alegrías solo eran una piedra de toque y un pequeño nubarrón en un estado plagado de felicidades. Un fin de diciembre sin fin del mundo, con un recién comenzado soniquete de san Ildefonso, con menos actores secundarios y de bulto en todas las calles, un mes de diciembre más, señalado en las otras cronologías, en los aniversarios de lo que se borra, de lo que no quieres dar por existido.

Y te acuerdas, una vez más, de los diciembres de Truman Capote, de Dylan Thomas y de la señora Munro, de tantas y variadas siluetas entre las líneas de lo que lees.  Y hace un año, exactamente un año, escribías sobre una mirada navideña e infantil. Y lo dejas pasar antes de irte de nuevo a los pasillos largos e inmaculados, de volver a un día lento de horas interrumpidas solamente por la entrada y la salida de leves y sonrientes enfermeras. Y quizás tu deseo y no otro, sea, nuevamente, que todo cambie de golpe para que vuelva a ser lo que era.  Y te pones, tomando un café apresurado, un poco gatopárdica.

Cuatro años de Anchoas y Tigretones

 

A unas y a otros, a los que leen y a las que solapan, a las que comentan y a los que ignoran. Aquí seguimos, de momento. Gracias.

 

 

Pollyannismo.

Imagen tomada de retinalconfetti.blogspot.com

De repente, este es el último verano.  Ya lleva una varios días sin garabatear en la pizarra digital del blog.  Me gustaría no tener nada que contar, eso querría decir  o bien que me aburro muchísimo o bien que el hedonismo adormilado,que así son los mejores hedonismos, me hace solo entreabrir los ojos y elogiar mi propia pereza. Ojalá fuese así. Es un último verano, de cambios que ya apuntan en algunos horizontes. Es un momento de estremecerse y de coger aire, de respirar fuerte, de desgastes más que de descansos, de pocas certezas, de misterios. De la cada vez más cansada indignación, de no poder renunciar a la mala sorpresa, a asumir que aquel “no se atreverán a tanto” es papel mojado, es un pasquín que vuela después de estar atrapado en el parabrisas.  Este mes de julio, y los meses anteriores, son calendarios desamparados, en los que ya no anotas fechas porque tienes hasta miedo de que hasta los festivos, que son unos disidentes de otro color, te devuelvan una mueca desesperadamente burlona.

Yo hay días que quiero ser Pollyanna. No se rían, hablo en serio. Pollyanna, aquella criatura tan cursi pero que te ponían a veces de modelo modoso y exasperante, jugaba a lo que su padre llamaba el “juego de la alegría”.  Es decir: “Criatura, podrías estar mucho peor, no me seas exigente y alégrate de poder seguir aquí”. Yo no sé si Pollyanna era muy conformista o abanderaba esa ataraxia que te permite pasar de todo y, de algún modo, no resultar vapuleado.  A mí me gustaría estar adoctrinada, a partes iguales, por Pollyanna y por, pongamos por caso, Terminator. Es todo como muy realista, ya lo sé, pero no fastidien: por un lado estás contenta de que te jodan la vida porque, tota,l no es para tanto (mamandurrias, vaya)  y por otro, los golpes te resbalan.  Y aún encima te puedes pegar el lujazo de decir: “Volveré”.  Igual que cuando te castigaban y decías “Pues no me importa”. Pero esta vez de verdad.

Nos estamos volviendo todos unos Pollyannos, qué mal queda esto, de campeonato. Y, siguiendo con los cuentecillos, las Reinas de Corazones, las Brujas del Este y los malos malosos no descansan. Porque tienen la sacrosanta paciencia de irnos desmembrando por varios frentes a la vez.  De negar la mayor, de intentar convencernos de que esta Disneylandia cutre y de segunda división a  la que quieren que nos mudemos, sigue siendo el mejor de los mundos posibles para nosotros. Nosotros, que no nos merecemos tanto.

Ojalá este sea el último verano del Pollyannismo. No he vivido más revoluciones que las propias y, muchas de ellas, han sido batallas poco creíbles, otras simplemente voluntariosas y la mayoría, o tempora o mores, las he perdido. Me encantaría poder decir aquello de que de mí viven dos ex exposos y tres camareros, queda super cool, pero tampoco sería verdad. Mi vida, la nuestra, la de estos niños que dan alaridos felices jugando a una especie de creativo Roland Garros en la calle, tendrá que ser la que se pueda construir sin recortar, sin ponernos unas orejas de burro y mandarnos al rincón, sin exigir un sacrificio que ya no podemos hacer.  Ni contentarnos solamente con el ejercicio de la supervivencia. Yo escribo otras cosas en otro sitio y hoy, viendo el conjunto de artículos, de párrafos que ya no son míos, me he dado cuenta de lo apocalíptica que sueno muchas veces. Esos bocados de realidad que me como casi hambrienta, esa vida que veo que se escapa antes de hacer pie en el lado más extraño de una piscina llena de hojas de árbol, el desánimo, el dolor, esta sensación de vivir de permanente mudanza, sin orden, jugando a las sillas musicales y rezando por no quedarme de pie sin sitio. Conformarse: odio esa palabra.

No puedo ser agorera, ni tampoco acepto que tenga que ser feliz con menos porque no me da la gana, nunca he tenido mucho.  Pero poniéndonos cínicos y dando la espalda a todo, podemos medio sonreír pensando que la culpa está en que estudio mucho, salgo poco y sufro muchísimo con Ned Stark y las cuitas de Invernalia. La culpa no es mía ni del verano, no.  Solo me preparo para otro invierno de descontento.  Qué quieren que le haga: winter is coming.

Veranos con Colajet

Imagen tomada de beachcomber26.blogspot.com

Ha arrancado un mes de julio un tanto tristón, de llovizna y niebla constante, de reclusiones obligadas y de chaqueta tempranera. El verano galaico hace que sueñes con tirantes y pantalones cortitos, con las impedimentas de las risueñas revistas de moda, de esos anuncios que proclaman que sí, que por real decreto y porque ya, el verano está aquí. Yo es que o no soy o no me entero.  Me consuela, vagamente,  pensar en todos los años en los que el mes de julio era una antesala de horarios pequeñitos y de jugar a las palas,  de siestacas de vino y gaseosa, de conversaciones eternas y helados demasiado efímeros. Ya he hablado muchas veces de veranos, de todos los veranos que no eran “Verano azul”, de los meses de vacaciones de los niños sin aldea y sin idas a Inglaterra para aprender inglés. Lo que más jodía de todo aquello era, a la vuelta, chuparte todas aquellas fotografías medio movidas, comerte las anécdotas con nombres y apellidos de gente que no conocías, que te contasen en voz queda algún que otro primer beso.  Y tú habías hecho otras cosas, habías tenido un traje de baño con una ballenita pequeña, habías cambiado de talla, despreciado algunos juegos infantiles y aprendido nuevas compañías, lejos ya de la isla de Kirrin y más cerca  de Julio Verne.  En ese mundo urbano y feliz, en el que ya conté que cambiaban horarios aunque no paisajes, ibas a una atestada piscina que hoy te parecería el Ganges,  a playas  con viento incrustado en las neveras de excursión. Te apretujabas con mil primos, flotadores, toallas y cremas Nivea dentro de un coche en el que nos peleábamos por cantar. Yo juraba que sabía la canción de Pippi en sueco (yo decía “en suizo”, me parecía exactamente lo mismo), la de Heidi en imposible japonés  y protagonizaba el único, creo, solo cantor de mi vida.   Veranos de Colajet y bistecs empanados en fiambreras, ojalá volviéseis. Sobre todo porque siempre, como con la Navidad, con las primeras lecturas, con todo lo que queda en los calendarios que terminan en un cajón para el reciclado, ese mar era mucho más azul y proceloso, más vikingo y salvaje, más aventurero  que cualquier otro.

Pero claro, siempre existe la impostura, lo que da la vuelta a lo que escribimos, siempre las peores intenciones. Y pienso en los  proyectos de todos los veranos, esos cuadernos de “Vacaciones Santillana” que incluían mucho más que las imposibles divisiones con decimales o la pausada ortografía entre dos cauces de líneas.  Los deberes autoobligados que comenzabas con mucha aplicación y pulcritud y  acababan debajo de un sofá, revueltos entre fichas de parchís y algún suplemento de periódico.  Limbos estivales en los que se han quedado atrapados unos cuentos, el esquema de una novela,  el billete de avión a tu casa, la convicción  de  que había que vivir en Berlín y quedarse allí a pasar de todo, que es, siendo coherentes, lo mejor que te puede pasar.  Y aunque inverosímil y mentiroso,  el sol vuelve a pedir algún que otro planazo de esos que acaricias más que cumples.  Quizá sean esquemas dibujados, sombras perdidas o personajes en penumbra.  Y quiero que mis Colajets me acompañen. Aunque ahora me sepan a algo mucho más domesticado.

Hijos (4)

Lo bueno de no ser crítica de cine es que puedes decir lo que te dé absolutamente la gana sobre una película, ser incoherente, no referirse a técnicas ni ajustes,  y quedarse con lo básico: si disfrutaste o no.  Lo malo de no ser crítica de cine es que  no creas canon de ningún tipo, te haya parecido lo que te haya parecido la última de Almodóvar, es un suponer, ni nadie espera con la respiración contenida lo que puedas o no decir.  A nadie le importará si te fascina Von Trier y otros recién llorados directores griegos te parecen un coñazo del trece. Son ejemplos, claro, y opiniones.  Hay un libro de Javier Marías, otro que tal baila haciendo amigos, que se llama “Donde todo ha sucedido: al salir del cine”. Y esa es la idea.  Salir del cine: solos, con alguien a quien hemos asido la mano en la oscuridad, albergando ideas asesinas hacia los adictos al smartphone y a la laconada en tuperguay (ya es lo que les falta por llevar a algunos) y hablar de lo que hemos visto, sufrido, admirado y degustado. Hablar sobre el cine al salir de allí. Eso es.

Hay algo en las películas de Alexander Payne que me envuelve, además de en nostalgia, en algo más intenso: en la sentida complicidad de las ciudades dormitorio, de los lugares sin encanto, de la otra visión de los soñados paraísos californianos o, incluso, hawaianos. (No sé por qué no escribo jaguallanos, todos nos entenderíamos mejor. En fin: más propuestas a la RAE).   El viaje de Entre copas por esa real California de faked paradises, de neones medio fundidos, de ruralidad kitsch tan del Medio Oeste.  Una California vulgar y de KMart, de sandalias y calcetines,  en la que hacer botellón de Pinot Noir y desencanto como parte del menú diario.  Cuando vi  “A propósito de Schmidt” me sentí cómoda al momento  con su ácida ternura. Me gustaba aquella caravana en la que Nicholson  recorre los que fueron en un momento sus lugares comunes, aplaudí el clamoroso desnudo integral de Kathy Bates en el jacuzzi : la naturalidad de los años y los hijos.  Y también un entorno tan kitsch como disparatado, en el que se mezclan las bodas y los niños apadrinados.   En Los descendientes  ese mundo  destartalado de piscinas cubiertas de hojas volanderas, de sillas de jardín oxidadas, de hijas criadas de forma un tanto punk y salvaje, es un decorado para mostrar lo que, a la hora de la verdad,son  los temas clásicos en las relaciones familiares: los desencuentros, los secretos, las vidas paralelas, los saltos generacionales.  Padres que no están o que han estado siempre y no los hemos visto. Madres que quieren, por encima de todo, seguir siendo mujeres. Y parejas que se diluyen en la etiqueta de “somos una familia”.  Y cada uno sigue, como el hamster, rodando en su propia rueda, en su propia jaula. Y nada más.

Quizás la película de Payne me gusta porque es un drama sin drama. Porque hay mucho humor en medio de circunstancias duras. Y Hawaii tiene niebla y George Clooney viste como un paleto integral sin encanto. Con una cuidada vulgaridad. Creo que eso es lo que más me gusta: aquí, a diferencia de otras películas, las hijas siguen siendo tal cual eran.  No hay redenciones ni reeducaciones ni nada por el estilo. Son exactamente las mismas personas con sus tacos y botellones, pero que han añadido a su padre a su círculo de relaciones vitales. Y no sustituye a la madre moribunda en absoluto. Se incorpora. Y me parece un grandísimo ejemplo de educación a la inversa.  Son ellas las que le muestran lo que estaba sucediendo y él no supo ver. Y todos aprenden a intentar, ojo, eso es: aprender a intentar aceptarse. Quizás no lo consigan nunca. Pero, por lo menos, se soportarán como compañeros de viaje. Y esay no otra es la maleta más rentable para  el viaje a la edad adulta : esa en la que ya llevan ventaja los padres cuando nosotros llegamos.

Preparados, listos…y la madre de Ranganathan

Fuera malos rollos

Imagen de Gil Elvgren

Quizás este post consiga que yo siga haciendo amigos, ironic mode on. O quizás, simplemente, no sirva, como muchas otras cosas, para nada. Pero como esta tribuna es libre y gratuita, pues ahí va.

Muchos de los que puedan leer esto habrán pasado por procesos de selección. No me refiero únicamente a leer los síes en unos ojos hermosos o a que te den la banda de la mejor de la clase. Hay selecciones que, como todos sabemos, son duras y crueles, cainitas y deslenguadas. Hacer exámenes, jugarte mucho a una única carta, competir, colgar tu idea del talento de un clavo ardiendo, es difícil y amargo. Ayer alguien me dijo, comentando una lista de notas de oposiciones (¿por qué coño hay  gente a la que le mola tanto hacer eso? ¿Es que no pueden leer novelas o periódicos?) que estaba claro quién era inteligente y quién no: los que tenían de x nota hacia arriba, supongo, entraban dentro de este concepto de pequeña mirada, territorio limitado y amplitud cuestionable. A mí directamente, es que hay planteamientos ante los que me da mucha pereza ya no discutir, sino conversar. Me temo que no tengo nada que ver. Y, caramba, no sé si me sitúa en mejor lugar. Simplemente, me coloca en otro.

Servidora se ha presentado a alguna que otra oposición. Habrá estudiado más o menos, algunas las ha aprobado (tres, si no recuerdo mal) sin obtener plaza. Otras veces fue de paseo y salieron mejor o peor, también dependiendo de las circunstancias en la vida, de la autocompasión del momento o de la mayor o menor pericia. Y muchas, muchas veces se ha autoboicoteado. O ha dejado que la convenzan de que no "era para ella", que había "mucha gente" y que no "valía la pena". Cuando uno no está precisamente en el limbo, es decir, que se interesa por temas profesionales y no solamente por los baremos de un concurso de méritos o por sacar la lengua a paseo, hay ciertas maneras que le dejan con cara de idiota. Influye también el ser poco competitiva y dispersa, qué le vamos a hacer : me interesan muchas cosas, desde escribir este blog al teatro o el cine. Eso no me hace mejor persona. Pero sí creo que las conspiratrices, los maledicentes, los que interrogan y malmeten, deberían dejar a los muertos que entierren a sus muertos. Y dado que no queda más remedio que intentar hacerlo muy bien, lo cual no es garantía de éxito,hay que entender, como dice un buen amigo, que esto es una carrera de fondo (de armario). Y que va a durar meses, con sus correspondientes semanas y días en los que tendremos que vernos las caras en muchas ocasiones. Pues ponedla buena, coño. Que lo que esté para ti estará para ti. Y ni los interinos llevan la letra escarlata tatuada ni las señoras mayores lo hacen tan mal. Lo que es necesario, desde luego, es estar tranquilo y estudiar mucho. Y los que quieran subterfugios y rarezas que me dejen en paz o utilicen los cauces pertinentes para reinvindicarse. Yo seguiré pensando en la madre de Ranganathan y en todo lo que me queda por trabajar. Y me alegraré, con la boca más o menos pequeña, tampoco soy tan buena tía, de que pasen algunas personas que me caen especialmente bien. Y, mientras tanto, manos a la obra. 

 

 

Tres años de Anchoas y Tigretones

 

y que cumplas muchos más...

Y todo, todo lo que cabe en un post, en un cuaderno digital, en unos comentarios, en este extraño diálogo asíncrono, en todos los colores de mil pinceles, en idas y venidas, en mudanzas y asentamientos, en tantos días y en los años que llegan. Y en los que se van. Gracias a todos. Aquí seguimos.

Dos años de Anchoas y Tigretones

 

 

 

¿Quien se apunta a una cerveza?

Hoy cumplo dos añitos, desde un primer post titulado "Autopoética, razones para escribir un blog". A los que han estado aquí y se quedan, a los que se han ido, a los que vuelven, a los que discrepan, a los que les gusta, a los que me ignoran, en fin, a todos, gracias. Y seguimos adelante.

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