Anchoas y Tigretones

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David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

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Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

Las opiniones, lo superfluo, los rebaños o la culpa de todo es de Turguénev

 

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“Have an opinion. Elaborate” CC 2.0 BY See-Ming Lee Pulsar en la imagen para ver enlace original.

 

Alguien me recordaba hace unos días que las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una. También tenemos una lengua y una nariz, si nos ponemos precisos. Hasta ahí parece que todos estamos de acuerdo, a excepción de quien esto escribe. Pues no, yo no tengo una opinión sobre todo. Ni opinión ni punto de vista. ¿Cómo es posible, si llevo escribiendo un blog desde hace milenios,si discuto hasta la extenuación sobre aquello en lo que creo? La culpa es de Turgueniev y de que estoy muy rusa. Estoy muy rusa por razones personales y que vendrán al caso cuando empiece a publicar en redes sociales fotos maravillosas de un viaje que preparo- nota mental: en vez de “publish or perish” deberíamos adoptar el “publish or you’re not cool”-y, como en casi todos esos momentos previos a los viajes, leo rusiadas para intentar comprender. Dejando al margen esta cuestión fardona y personal, leo a Turguénev. En la deliciosa Diario de un hombre superfluo , me encuentro con el también fascinante Chulkaturin, al que su propia vida y persona le parecen tan escasamente reseñables  que el mejor modo de reafirmar esta condición es escribir un diario encarando los últimos días de su vida. La paradoja- escribir para qué y sobre qué si mi contexto es de banalidad extrema- es dejar un testimonio, una prueba palpable del paso por el mundo, haciendo de cada circunstancia, sin pretenderlo, algo  extraordinario. ¿Cómo, si no fuese así, un narrador que parte de su propia superficialidad podría decir sin tirarnos de la manga del alma “Mientras el hombre vive, no percibe su propia vida; esta, como un sonido, se vuelve clara años después”? (Punto y aparte para que respiren hondo y con ganas;  el librito está lleno de estas lapidarias frases que, al menos a mí, me hacen imaginarme a un Turguénev retorciéndose las manos y pensando en el desconcierto absoluto del lector).

Pues, efectivamente, no tengo una opinión sobre todo. Y no es falsa modestia- me caigo bien, qué le vamos a hacer- ni alardear de banalidad. No tengo una opinión sobre todo ahora, en este momento. Mis opiniones existen, son muchas y variadas sobre los temas que me interesan, pero precisan de cierto grado de reflexión, de maduración si quieren, de aislamiento o de misantropía moderada. Son, en ocasiones, firmes y claras. Hoy he estado leyendo sobre un profesor de la USC expedientado por comentarios machistas y creo (y de ahí no me bajo) que ha sido una decisión tibia. Me descorazona que cerca de 30000 personas firmen por encender la hoguera contra una autora aludiendo a la moralidad (el concepto es el concepto, diría Manquiña) cuando desconocen- ojo, desconocen- las burradas machistas que leen sus hijas en otra mal llamada literatura juvenil.  En otras cuestiones no lo tengo tan claro e intento escuchar y, sobre todo, callarme.  El gran problema de la escucha en el siglo XXI es el empacho de la vociferación, el ruido constante de las redes, la escasa valoración del necesario silencio. Mucho ruido, mucho grito  y- vamos a ser machadianos, qué coño- poco espacio para distinguir voces de ecos. Y una absurda angustia por la velocidad; esa sensación de tener una pistola en el pecho para decir lo que piensas sobre determinados temas en cualquier momento.  Se trata de un nudismo obligado que cae en aquello contra lo que lucha. La libertad para expresarse es lisa y llanamente eso, libertad. No creo que tenga que tener un momento para manifestarse y menos con pancarta digital – verbigracia, estados de Facebook que son autoayuda o selfi con alfabeto- y el silencio o la “no presencia” se consideran sinónimo de tibieza. Eso sí: si no has tenido un pifostio digital, seas Pérez-Reverte, Paula Prado o servidora, no eres nadie. Toma ya.

Antes de retirarme a mis palacios de invierno- la de años que llevo queriendo decir esta frase- vuelvo a pensar en Chulkaturin, en la velocidad y en lo que el ácido Jaron Lanier dice en Contra el rebaño digital. Ahí se habla bastante de la alienación mediante la tecnología y lo que llama la “mentalidad de colmena”. Me parece un libro fascinante y una muy recomendable lectura y, oigan, qué curioso: no estoy de acuerdo en mucho de lo que dice. Vuelvo a repetir que soy cero neoludita, adoro las redes sociales -en la medida en que sean sociales y no coñazo autocomplaciente o tribunal digital- y me paso ciertos grados de elitismo por la cruz de Malta. Aun así, hay cuestiones que creo que deben hacernos reflexionar sobre el mundo en el que vivimos o en el que tecleamos.  Me ha parecido inquietante lo que dice Yann Moulier-Boutang en esta entrevista: Ahora todos trabajamos para las GAFA sin cobrar  Nota: si lo de las GAFA les ha dejado con cara de paisaje como a mí, sepan que son las iniciales de Google+Apple+Facebook+Amazon. Y qué pena que se queden solamente en el titular: lean lo que dice sobre la renta básica universal y la necesidad de evitar que la UE sea un coladero de impuestos para las grandes tecnológicas.

Pero qué le vamos a hacer: soy una señora que escribe un blog, que no bloguera, y deberían de importarme poco estas cosas. Pero sobre renta básica universal, exhibicionismo en redes, la necesidad del silencio y la moderada misantropía, sentirse rusa o los ojos del que amo, pues sí que tengo una opinión. A veces solamente se trata de buscarla, nada más y nada menos. Ya ven,  todo este rollo gracias a un señor ruso superfluo: no hay como tirar del hilo. Me voy a pasear por la perspectiva Nevski con Gogol. Mi vida e impresiones de flaneur serán siempre lo que inspiren la mayoría de mis posts.  Supongo que terminaré hablando de Battiato.

Nota

La edición que manejo de Diario de un hombre superfluo de Turguénev es la maravillosa edición que Nórdica publicó en 2016, con ilustraciones de Juan Berrio y traducción de Marta Sánchez-Nieves. Es una delicia encontrarse con una edición tan impecable. La cita que estampo ahí arriba es de la página 19.

 

 

 

 

Colwin y McDermott: lecturas de un neoyorkino verano

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Nina Leen : Young woman on the balcony (1950) Tomado de The night picture collector. Pulse en la imagen para llegar al original.

Verano. Dejarse llevar por la laxitud, por ese cierto grado de caos que se encoge de hombros, por el pausado desorden de la desrutina. Agosto de pereza y verbena, de churro y ferias de libro en provincias, de cañas en manga corta y de coger perseidas a golpe de mordisco y guiño. Agosto de desgobiernos, de olvidarse las llaves pero da igual porque la casa es ya la calle, de ausencias y novedades, de leer en diagonal y de civilizar las orillas del mar con castillos ya deshechos, eso es la infancia. Me acuerdo de que es agosto cuando me doy cuenta de que avanzo mucho más en mis lecturas que en mis escrituras, que el azar me ha traído dos novelas no gemelas pero que se miran de reojo, que me invaden dos imágenes de New York tan antagónicas como amables y bastardas. Vayamos poco a poco, que esto se nos va de las manos.

Leo Tantos días felices de Laurie Colwin y me quedo con ganas de novela. Entendámonos bien: es una novela bien construida y mejor resuelta, los paseos por Manhattan son siempre bienvenidos- a pesar de que, como Compostela, empiezan ya a ser parques temáticos- el tono es cortés y mesurado y quizás, y digo solo quizás, sea eso. En el amable centro del mundo diseñado por  Colwin,  los hombres conocen y no comprenden a las mujeres y las mujeres no se comprenden a sí mismas.  Misty y Holly podrían parecer las protagonistas principales, dado que son  difíciles o imprevisibles.  Pero lo fundamental son las reflexiones que los hombres que las aman hacen sobre ellas. Porque los hombres que las aman, y mucho, lo hacen a pesar de sí mismos y de ellas mismas …¿y no es ésta, y no otra, la esencia del enamoramiento, queridos Guido y Vincent (los protagonistas)? ¡Pues no os quejéis, it’s the deal, stupids! Guido/Holly, Vicent/Misty  son dos parejas que podrían ser protagonistas de un anuncio del bienestar americano escondido en los afiches de la oficina de Don Draper. Pero el drama, todo el drama, está en esa prevención que Misty tiene hacia el amor por ella misma- coño, parece Morrissey- y la excentricidad individualista de Holly es estrictamente necesaria en ese mundo de casita de muñecas, cincelado a golpe de revista, en el que ha convertido su matrimonio. Y sí, es una novela por la que transitamos como por una leve delicia, pero hay más de cupcake que de bombón relleno de pimienta.  Es Tantos días felices una novela de hombres que aman a las mujeres a pesar de todo, de mujeres y hombres que creen en el amor malgre lui. Y en este paseo por la vencida misantropía hosca de Misty, por la impasible perfección de Holly, a esta lectora le cautiva el poso Annie Hall, le agrada el delicado humor del léxico creado a pares, pero echa de menos algo, no sabe si historia o qué, pero algo. Y quizás, y sin crear cánones de ningún tipo, es porque añora esa soledad de aeropuerto que crea tantas veces John Cheever, esa interrogación pendiente en los silencios de las parejas  que leen una enfrente de la otra y que tan bien retrata Richard Yates, la mano de Alice Munro señalándome algunos abismos de la convivencia. ¿A que acojona? Pues sí, porque lo que refleja no es solamente que una sea una aprendiz de cultureta de provincias, sino que, como lectora, acepta y reclama la necesidad de la tragedia cotidiana, de la incomprensión como detonador del amor fou, que el amor parta de la irracionalidad y que sea una cuestión de piel y no de “estas son las posibilidades: analicemos”. Pero esto, señoras mías, ya es otra historia. Lean la novela y opinen.

Laurie Colwin Tantos días felices  Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: A Antonio Orejudo le ha parecido una novela fascinante. Yo no disiento, simplemente I curb my enthusiasm de forma muy neoyorkina. Dejo el enlace: ¡Arriba el amor!

 

Y llego a la que, a mí sí me ha parecido una grandísima revelación: Alguien de Alice McDermott. Marie es una Bartleby del Brooklyn sin gentrificar de mediados del XX. Marie es medio irlandesa, una extraña mezcla de chica taciturna y amable, medio huérfana y, también, con un cierto desapego, no sabemos si desencanto o prevención, que viene de fábrica.  Con ella recorremos la adolescencia, los partidos de béisbol en la calle- con un árbitro ciego, pásmense-las preguntas sobre el amor y el sexo, el reconocerse en un espejo.  Marie, niña de barrio, la “pequeña pagana” que espera a su padre a la salida de la taberna, que conoce pronto la muerte y el ostracismo de la fealdad, que atesora las anécdotas del barrio y la familia. Marie, clarividente y pasota, se niega a aprender a cocinar, no quiere salir de Brooklyn para encontrar un trabajo pero no es que no le agrade la idea. Simplemente, preferiría no hacerlo. No hay militancia, no hay enfrentamiento familiar, es la forma más revolucionaria de rebeldía: la laxitud ante lo que no nos interesa. La fortaleza de la fragilidad. Marie, una mujer a lo largo de la vida, niña y mujer, con una existencia divergente a la de su hermano Gabe, tanto que se comprenden y aceptan muy tarde, pese a haberse acompañado tantos años. Hay en la escritura de McDermott esos detalles diseminados que tan bien reconoceríamos en cualquier casa que hayamos habitado, en cualquier secreto familiar de voz queda, hay un rasgo de distintiva uniformidad en su escritura. Marie observa y nos acompaña en el que, suponemos, es un Brooklyn atestado de trabajadores y escaleras de incendios, de vida de barrio con vecinos y tiendas, con cotilleos en sala de funeraria, con amigas de la infancia y con las amargas decepciones de los primeros amores. Crecer, hacerse adulto, tener hijos. Y encontrar ese “alguien”, ese momento prometido por su hermano- que tan poco sabe del amor y que enuncia en una única frase:  “Alguien te querrá”. Lo enigmático se convierte en certero, no hay profecías, hay solamente vida. Y en esta crónica apócrifa, en esta imposible autobiografía  en tercera persona, la mirada de Marie es siempre la mirada de una mujer entera a la que daña la vida y el amor, a la que se le arrebata la vista pero nunca la voz, el modo de asumir el mundo con cierta distancia y con ironía. Sobrevivir, a veces, es más que ponerse a cubierto: es exhibir, de forma pausada, una suerte de invisible resistencia. Esa que nos hace doblarnos pero no rompernos.

Alice McDermott Alguien Traducción de Vanessa Casanova. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: He leído, juro que a posteriori, la crítica que hace Marta Sanz. Y no pensamos exactamente lo mismo, pero su reseña es eso, una reseña y lo que yo hago es otra cosa, así que dejo aquí el enlace Generosidad de mujer contestona.

Cicatriz, de Sara Mesa

are_you_thereHay  arquitecturas de la imaginación que nunca se hacen verbales. Forman parte de una biología secreta, amontonada con las posibilidades, recluidas y latentes. No necesitas acudir a ellas, son esa belleza y adrenalina del acantilado. Escribes en un afán de comprenderlas mejor. Son pequeñas constelaciones de posibles, de los ex-yo futuros, de una anticipada nostalgia de lo que no va a existir. Nos asusta, por grandilocuente y vacía, la palabra “impostura”. Pero nos provoca una íntima satisfacción abrir esa caja forrada de papel de regalo, acariciar toda esa verdad-mentira, y volver a guardarla en un altillo, volver a nuestro cuaderno vital milimetrado, a lo trazado y firme, a la ausencia de riesgo, al fin de la aventura. A lo que entendemos que tiene que ser.

Sonia sigue las pautas marcadas por la obligación y las más tibias gamas de gris. Una soledad de beca precaria y cuidados familiares. De ocio escaso e intimidad alejada, de mirar a los años de cara y  no entender el privilegio asumido de la juventud. De foros literarios de internet donde, casi lo sabes, es siempre mejor lo que ves a un lado de la pantalla. Los autores, las citas, las lecturas compulsivas. El participar como tú siendo otro, teniendo un nick, borrando los cimientos de esa realidad que te ancla en un lugar de la geografía, en unos trazos que te ahogan aunque no quieras ni pensarlo. Y aparece un Pigmalión disfrazado de alter ego, vestido de rendida admiración, de mosca cojonera y aduladora. Entre líneas temblonas de chat  que parpadean, Kurt empieza a rascar en esas vidas posibles que Sonia aún no se había parado a acariciar porque es muy joven para ser dueña de su propia nostalgia. La convence y disfraza. Le hace remover antes de tiempo esos rescoldos de lo posible. Te doy los libros, te construyo intelectualmente porque puedes tener otra historia, una vida en la que has de pulir y refinar un talento en bruto que yo, que te sigo a distancia, voy a paladear y crear, quizás para sublimar mi propia limitación, mi propia mentira de píxeles y tinta.  Leyendo Cicatriz de Sara Mesa, vamos palpando de lejos esos mundos improbables que se van haciendo tangibles en los regalos que recibe Sonia, en la atracción y el rechazo que le provoca la presencia invisible de Kurt, en esa educación que se le  ofrece, impone y exige, en ese control progresivo. No importará que cambies de lugar, de compañero o vida. Kurt seguirá siendo un referente, a veces buscado, otras temido y rechazado. Es alguien que se toma muchísimas molestias a pesar de la indolencia en la que está esquematizada su vida- o, al menos, lo que sabemos de ella. Porque es una novela con dos personajes, con una estructura aparentemente engañosa, donde las cábalas que vamos haciendo como lectores se cumplen y no, se complican y se estilizan. Y se desmontan de forma tan prosaica como cruel.

No, esta no es una novela de amistades eróticas y epistolares. La posible sordidez no vendría de intercambios de fotos, de selfies o de coqueteos. El medio no es aquí ningún mensaje: da igual que sea Internet o la carta con sello y franqueo.  Es la historia de algo más. Del miedo de lo que podemos llegar a ser, de cómo podemos cortarles la cabeza a nuestros propios monstruos o domesticarlos. De la libertad y el dinero, de los fetichismos aprendidos por los letraheridos. De Frankestein y de Sade, de mujeres-niñas, de infantilismos recreados, de falta de amor  (que es la que llena los bares, como decía la canción de La cabra mecánica). De soledad y superación. De conocer al lobo feroz, de dependencias y adicciones- esas cervezas que Sonia no se toma, esas líneas sutiles de futuras historias-  y de las barreras que imponen las relaciones. No tiene nada que ver con Contra el viento del norte, con El arte del perder, con, incluso, las fantasías de ser otro en mundos paralelos como En la vida real. Y, sobre todo hay que subrayar la exquisita elegancia de la prosa de la autora, su extrema habilidad para tejer los hilos de una historia abocada a la nada y al todo. A crear un mundo de dos que son, a la hora de la verdad, tan Pigmalión como Narciso.  Y es que no hay como imaginar que nos queremos mucho para reinventarnos. No hay como lamer y domesticar, de una vez por todas, alguna cicatriz. Incluso las que resultan de agresiones reales.

Cicatriz Sara Mesa. Anagrama, 2015

En la vida real Cori Doctorow y Jen Wang Roca Editorial, 2015

Me curé de la juventud

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Sueñan los androides con ser superhéroes o qué Encontré esta imagen en http://slowrobot.com/i/50966

De poder escribir alguna vez un libro de memorias, siempre he pensado que hay dos títulos que me encantarían. Uno de ellos es, sin duda, Los hombres a los que amé. Como título no es que sea excepcional, pero tiene un encanto totalmente pulp, algo entre muy chabacano y confesional, un punto de autobiografía de folklórica- de aquellas que publicaban por capítulos en revistas tipo Pronto o Diez minutos-y que da pie a inventarse romances sin fin y desvelar escándalos a golpe de abanico. Otro título sería algo así como Me curé de la juventud : todo lo que no es autobiografía es plagio– Es un poco largo, pero los títulos factibles y que me gustan como Habla, memoria, La nostalgia ya no es lo que era o Memorias de una joven formal están ya cogidos. Me curé de la juventud serían unas memorias con encanto, con el tuneo necesario para despertar sorpresa y ganas de irse a Google a comprobar fechas, datos, si algo de lo desvelado puede ser corroborado fácilmente o, por el contrario, sonreír con displicencia ante el alarde. La memoria de puño y letra es así, mentirosa a placer, sospechosa de- palabra maldita- impostura o, lo que es peor, plagio. Es curioso cuando asistes al relato de anécdotas lejanas en el tiempo en una reunión de amigos. Siempre hay quien cuenta algo de forma que tú no lo recuerdas, es más, no lo has vivido así. Los puntos de vista, las piezas o cartas que te han repartido en un juego de construcción son otras. O, mejor, cuando alguien cuenta una vieja anécdota tuya como propia, adjudicándose el papel de ser arte y parte, adornando lo más leve, magnificando los detalles. Una asiste, totalmente fascinada, a la apropiación de un pasado individual casi como un patrimonio de anécdotas de otros, te cuelas por la webcam de otro ordenador, levantas los tejados de las casas para verte a ti mismo siendo otro, escuchando las carcajadas del público, sintiendo la empatía o el rechazo. ¿Quién no ha querido ser, alguna vez, espíritu de las Navidades pasadas o futuras?

Sigo con la memoria documentada. He visto un programa, no sé si recorte o experimento, que ponía frente a frente a los entrevistados con ellos mismos hacía la friolera de treinta años. Montserrat Roig, va por ella, tenía un programa de entrevistas con jóvenes en 1985 que hablaban de sus expectativas y rabias, de sus futuros en construcción con la soberbia del tupé y la ilusión de la vida por escribir, con las ganas inmensas de beberse los años rápidamente y con paladeo. En 1985, estos seis protagonistas eran un torero, una chica que estudiaba danza en Nueva York, una jornalera en Marinaleda, un reciente objetor de conciencia, la recién llegada a la alcaldía de un pueblo español cualquiera, o la que buscaba el éxito en un grupo musical de la movida. Había muchos más, pero estos seis chicos y chicas formaron parte de la recuperación que, treinta años después, se hizo de sus historias. Contactan con ellos de nuevo, les muestran aquellas imágenes de proyectos e ilusiones y se pasea con ellos en la realidad de ahora. En su realidad. Yo no sé si este documental, este experimento, es una putada o un ajuste necesario para decir que, a pesar de los pesares, somos quienes somos y pelillos a la mar, que damos todo por bueno, que qué se le va a hacer y que nos curamos de todos aquellos horizontes imposibles, ficticios e irreales, producto de la ensoñación más que del realismo. Para empezar, la primera en la frente, no está Montserrat Roig, a la que todos recuerdan en algún momento de la entrevista contemporánea. Tampoco están algunos looks imposibles, alguna que otra boutade. Hay muchas sonrisas recordándose, alguna lágrima emocionada e, imagino, la reflexión solitaria y a posteriori de si mi vida ha sido esto y ha estado bien o qué he hecho con el tiempo que me dieron. Claro que hay éxitos. Y fracasos. Cambios de rumbo y diferencias. El inevitable planteamiento de si eres feliz o no, de si tu vida ha sido, o es, lo que esperabas.  Si alguien, pensando en sí mismo, tiene una respuesta concluyente y categórica, lo felicito.

Yo comenzaba hoy diciendo que el título que me reservo para el futuro es Me curé de la juventud.  Hay que curarse. Me pregunto si dentro de algunos años, si siguen existiendo las redes sociales, estaría bien mirar quiénes éramos y cómo nos relacionábamos en otros contextos. Sin ir más lejos, Facebook ha hecho un experimento semejante instándonos a recordar lo que publicábamos hace un año o dos. ¿Nos sonroja esto, nos provoca vergüenza ajena, nos reconforta la ternura lejana de alguien que somos o no somos? Todo es vertiginoso: desde cómo escribíamos hasta nuestra relación con las redes : de intensidad, de displicencia, de voyeurs o de arrepentidos.  Cambiamos en todo. Y ahora, aún encima, mirando atrás. Menudo lastre. Y qué cansado todo.

“Qué cansado”. Eso digo yo en la línea de arriba…,¿Véis? Ahí si que noto que me curé de la juventud. Hay cosas que, a estas alturas, ya me dan muchísima pereza.

El documental La vida encontrada lo podéis ver pinchando en el enlace. Gracias a la web de RTVE que me permite hacer, lo confieso, ejercicios de nostalgia controlada.

Gracias a Montserrat Roig, por haberme descubierto, sin ella saberlo, muchas cosas.

Hogar (2) : tías y sobrinas

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Philadelphia, 1961 (Lee Friedlander) Tomada de http://fraenkelgallery.com/portfolios/the-little-screens

Acabo de leer en algún lado-gracias, Laura, creo que fuiste tú, pero escribo del tirón y ya no sé- que cuando éramos jóvenes no había prisa para nada. Todo quedaba lejos y se trataba de vivir el momento y postergar todo lo demás. “Lo demás” tenía que ver siempre con el pack de futuro estable, con desterrar los vértigos y la posible bohemia, esquivar esa normalidad de austera apatía que contemplabas con soberbia y distancia. No sé muy bien el alcance de lo que podríamos entender como una vida convencional, por más que hayan intentado convercernos de que todo parte de un núcleo y a partir de ahí todo son filamentos: las células, las familias, las cronologías y las trayectorias. Pues muy mal. Las hay que lo hemos mezclado todo, por fortuna, y tampoco sabemos si es fácil o difícil; simplemente somos así. Pero he hablado hace unos días- véase el post anterior, cómo mola autocitarse-de algunos asideros que siempre hemos tenido y de los que alardeábamos no necesitar: siempre estaban, congelados como la sonrisa comprometida de un primer encuentro. Te ríes, pero es verdad: hay una pléyade siempre de primos que parece que no van a crecer jamás, de tías y tíos que no van a morirse nunca porque quieres que evocarlos en cualquier circunstancia- desde donde estés tú, que para eso eres joven también eterna y vas y vienes- como en las fotos veraniegas de piscinas y churrascos, de playas con fiambrera y pachanguitas jugadas en la orilla. Que todo sea como siempre, aunque te irrite, para que tú puedas cambiar y hacer lo que te venga en gana: ser una gatoparda egoísta.

Claro que no es así. Hace tiempo leí un artículo de Elvira Lindo sobre La tía Tula, una de mis novelas favoritas y una sorprendente y magnífica adaptación cinematográfica. Es verdad, existía y existe -dentro de esas ramificaciones familiares largas- el papel de los tíos y tías solteros; ellas abocadas casi siempre al estereotipo fomentado por Calle Mayor o The old maid y el imaginario de posguerra y de los cincuenta que revalorizaba-dentro de un orden- a la mujer siempre y cuando fuese madre de familia. Las demás estorbaban, eran invisibles. Mujeres que no se “habían espabilado lo suficiente” para “pescar” (esa era la palabra, ojo, imaginen el anzuelo) a un marido y entrar en la respetabilidad eterna. Claro que los tíos solteros eran otra cosa: el crápula divertido y aventurero, el retraído romántico o el que vivía con su madre “porque sí”, quizás escondiendo un drama de identidad sexual que no se alcanzaba a entender.  Pero en ese injusto imaginario colectivo, las mujeres solteras eran unas melancólicas feas que perdieron al novio en la juventud o en las que nadie se había fijado. Mujeres infantilizadas de tardes de radio y ganchillo, de radionovelas y  dramones a pequeña escala.  Porque  la vida a la que podían aspirar era eso: de bolsillo, una versión reducida, adormilada y vergonzante de la vida de las otras mujeres, las casadas, las que lo habían hecho bien,  las espabiladas que salían de un limbo para entrar en otro, aunque no lo supieran. Nunca se pensaba en la posibilidad de haber elegido la soltería porque sí, y digo bien “elegir”, de forma proactiva, descartando el universo de domesticidades y pañal infantil. Y provocaba extrañeza- y aún la sigue provocando, pero esa es otra historia- el ser hermosa o normalita y no tener pareja, porque no sale, porque no te da la real gana o porque no tienes claro que esa vida sea para ti. Y si ahora ese machismo rancio sigue soterrado, no digamos hace años: era el ADN.

Yo tenía tías solteras también, como casi todo el mundo. Pero tenía tías que trabajaban desde muy jóvenes, que viajaron a Tailandia y Egipto cuando nadie viajaba a Tailandia y Egipto (en este último destino  por poco no las pilla la muerte de Sadat), que vivían las alegrías de sobrinas y sobrinos como propias, los desengaños e injusticias como suyos. Eran discutidoras algunas, políticamente comprometidas otras, reñidoras y dulces casi siempre, incluso sin quererlo.  Una de mis tías fumaba, lo que para mí era fascinante, un tabaco que se llamaba “Lola” y que era lo más, con unas hojas otoñales en la cajetilla que me parecían tan de los setenta cuando no sabía ni siquiera yo que algo fuese de los setenta. Otra de mis tías jugaba a las cartas con sus amigas,  iba a conciertos, al cine y a cualquier tipo de manifestación ciudadana:  me la encontré en una concentración de “Nunca Mais” con una cámara de fotos desechable, haciendo un reportaje que llevó al revelado al momento y del que nos hizo llegar copias.  La tercera, porque eran tres que vivían juntas y que estaban en nuestra imaginación con la etiqueta de “las tías”, siempre concordaba conmigo en que la ciudad más fascinante del mundo era Londres. Y cuando yo le preguntaba por qué, respondía, inequívocamente, que por lo cívica que era la gente en los parques, ya que llevaban sus sandwiches en bolsas de papel marrón y recogían la basura al final.  Mis tías hacían la vista gorda cuando mis primas y yo nos probábamos todos los zapatos de tacón, tenían un pájaro somnoliento y amarillo que se escapó una mañana con gran disgusto para todos. Te escribían unas cartas maravillosas entre las tres cuando vivías en el Imperio, llenándolas de recortes de periódicos locales. Te felicitaban sin olvidar jamás ni un cumpleaños ni un santo y eran solidarias hasta extremos inauditos: cuando yo era becaria de una televisión decidieron ver únicamente ese canal, a ver si subía la audiencia y me hacían fija. Su casa, la visitases mucho o no, era un lugar inamovible, en el que con el paso del tiempo las salidas se fueron espaciando, las visitas nuestras también. Los muebles y nuestras fotos de orla universitaria- en fila, al lado también de nuestras fotos de boda- se fueron quedando más solos y vacíos. Y la casa-tan llena de objetos imposibles como de maravillosos libros de mi abuelo- se fue haciendo lejana, como si hubiese emprendido una vida autónoma y diferente, alejada de nuestra cotidianidad y nuestra memoria, absortos en nuestra modernez egoísta. Sin tiempo, muchas veces, para lo que es la vida: dejar de deshabitarnos.

Mi última tía soltera, la última habitante de “la casa de las tías” ha fallecido ayer. Y repasas esas fotos en las que te recogía en su regazo, te acuerdas de su radio permanentemente puesta, de su soledad en los últimos años y de su cabeza surreal y agotada al final, volando a veces tan lejos como aquel pájaro amarillo de la infancia.. Y qué pena: en un cajón de mi casa tengo guardadas algunas bolsas de papel marrón que tanto le gustaban, aquellas que contenían la promesa de un picnic en el parque en homenaje a la ciudad que ambas adorábamos. Y reconoces que la orfandad tiene muchas pieles : una de ellas es llegar a ser adulto y recorrer las piezas desacompasadas del pasado. De todo aquello que es tu patrimonio agridulce.

¡Viva Caitlin Moran!

Imagen tomada de versindaba.co.za. (sin créditos)

Imagen tomada de versindaba.co.za. (sin créditos)

Ya dije hace mucho tiempo que no sé hacer reseñas. Quiero decir, no sé hacer reseñas como hacen los reseñistas profesionales: tragarse cualquier cosa, explicar o enumerar una serie de valores (se supone) implícitos, diseccionar párrafos, poéticas y estilos. O a lo mejor eso es de lo que se trata: escribir una reseña es situar un artefacto literario debajo del microscopio, observarlo con distancia y curiosidad de entomólogo, no sé si me entienden. A mí, en realidad, lo que me interesa es hablar de lo que me gusta y de lo que no, lo demás son penas relativas a la filología y no a la lectura. Pero del riesgo de la empatía, de los polisistemas y demás, hablaremos en otros blogs, otras voces o ámbitos, otros niveles cero de la escritura. Otras zarandajas.

Una está enamorada completamente de Caitlin Moran. Si dan una vuelta o googlelean estos mundos digitales, encontrarán un montón de referencias a Cómo ser mujer. Y todas, desde luego, infinitamente más sesudas que lo que yo voy a comentar. Me gusta la señora Moran por miles de razones, pero la fundamental es que me he reído un rato largo leyendo su libro. Y no, no estoy viendo un mal programa de chistes de los que proliferan en la TDT. No. Estoy leyendo a una mujer que, simplemente, se parte no solamente de sí misma, sino de la grandilocuencia de algunos discursos sobre cuestiones de género (no el gramatical, ese es otro) a partir de la anécdota, de tomarse tan en serio lo que dice que lo cubre de la intrascendencia necesaria como para que te haga reflexionar una y mil veces sobre cuestiones que sí son denigrantes. El capítulo dedicado a la industria montada alrededor de la entronización de la juventud que hace que miles, millones de mujeres se vean a sí mismas como unas perdedoras en lucha constante contra la edad es contundente: se hace por miedo, y todo ello hace que parezcamos unas cobardes. Y eso, como ella dice, es lo ultimísimo que somos (lean, por favor, la comparación entre esto y la dignidad que tiene una drag). Señala también  lo gratuito de las críticas al cabaret  que ella adora (LA QUIERO POR ESTO AÚN MÁS), aunque sí  hay críticas, duras y legítimas, hacia los clubs de streptease,  y un discurso interesante, de dos orillas y con  dos capítulos complementarios “Por qué debes tener hijos” y “Por qué no debes tener hijos”, porque vivir la maternidad (o no) no te hace ni más ni menos mujer. El retrato que pinta de su familia y de sus años de adolescencia en un suburbio inglés hace que los Freak Brothers parezcan un post de The sartorialist. Es todo muy lumpen, disfuncional y a la vez normal, de una clarísima vocación autodidacta (¡esas bibliotecas públicas británicas, madre mía, qué monumento merecen!), muy grunge y también muy brit.  Pero, sobre todo y por encima de todo: muy divertido, muy disparatado y sin gramo de sofisticación ni de drama. No es Las cenizas de Angela a lo feminista : me recuerda más a la mítica The young ones. Pero lo bueno de la lectura del libro de Caitlin Moran  es que es cero televisiva pese a ser crítica de televisión:  me explico, no podríamos encontrar ningún perfil “a la Dunham” o, mucho menos, ” a la Bradshaw” (no me la imagino, ni de coña, poniendo carita de zapato abandonado). Está lejos de un icono para, quizás, convertirse con el tiempo en uno. Pero no: no es una mujer que odia a las demás. Todo lo contrario.

Es una señora que cuenta cómo las mujeres hemos cometido, (sí, en plural, hemos cometido) errores garrafales en nuestro histórico camino conjunto, cómo, también, ella ha tenido que superar injusticias y machismo omnipresente en sus primeros años de vida laboral: ese machismo sesgado y lento, tan conocido por desgracia, alimentado en muchos corrillos y tan participativo alrededor de fotocopiadoras, máquinas de café y grupitos de fumadores y fumadoras. Y también metió el zueco. No es una heroína. Y lo mejor de todo: no me da la charla ni me culpabiliza por seguir según qué modelos de belleza (ay, Naomi Wolf, cuántos crímenes se cometen en tu nombre). Yo, qué quieren que les diga, me imagino a  Catilin escribiendo y a la vez comiendo galletas de queso y siendo feliz con lo que hace o, al menos, intentándolo. Porque, prescindiendo de algunos discursos presentes en el libro y que ustedes descubrirán, nos alejamos por completo de las “señoras graciosas que escriben libritos de risa o hacen cositas graciosas, qué majas ellas” (véase este artículo Señoras que hacen ja ja).  Es una mujer  divertida e inteligente y que no tiene que ver, tampoco, con ese discursito pseudoprogre de la maternidad “über alles”, del ascenso en el trabajo “über alles”, de la hipermilitancia “über alles” (el chapurreo germano es mío). No: se sube a una silla y como ella dice: “Hay que gritar soy feminista” (lean el capítulo 4, por su bien).  La Moran es deslenguada pero no pretende escandalizar a nadie, (¿o sí), a no ser que no hayas mirado a tu alrededor y hayas variado un poquito de registro. Es caústica y tierna a la vez (Dios de mi vida: Puso “Ask” de los Smiths en su boda, isn´t she ADORABLE?). Esta tía te dice, mirándote a los ojos, que estar buena está muy bien y mola, pero que si te aprovechas de ello estás haciendo el juego a los “über alles” machistas y te conviertes en un “gobierno de Vichy con tetas” (sic). Porque, eso sí: tetas, culos, masturbación, cuerpo, hay a punta pala. Y amor. Y sexo. Y entrevistados interesantes a los que tuvo ocasión de conocer de los que ofrece un punto de vista distinto.Reflexiones realistas y exentas de victimismo, aunque leamos cosas realmente dramáticas. Mucha cultura trash, muchísima, mucha cultura musical, mucha tele y mucho leído y por leer. Referencias que demuestran que conoce, y bien,al feminismo “comme il faut”, y no solamente por pasar de largo frente a ese anaquel de la biblioteca o ponerse alguna chapita en la solapa.  Hay, también, una reivindicación de otra forma de  porno, que yo leí inmediatamente después de haber leído este artículo de María LLopis  El porno que nos merecemos y que recomiendo encarecidamente, porque les dará qué pensar, especialmente si discrepan :-).

Claro que el libro tiene resbalones. Descúbranlos. Pero yo creo que una se lo pasa bien. Y no, no caigo en la trampa de decir que me siento identificada ni nada por el estilo. De eso ya se ocupan los hagiógrafos de Almodóvar (para que  a algunas se nos abran las carnes, claro). Pero estemos o no de acuerdo, es un agradable tirón de orejas, una cerveza de viernes después del trabajo, una llamada de atención, una pintada en tu portal. Y es que, es verdad, hay cuestiones que tienen que ser  abordadas remangándose. Aunque, a la hora de la verdad, seamos una pandilla de pijas occidentales que no tengamos en cuenta la situación de otras mujeres en el mundo, o en la oficina de al lado, o en la cola del INEM o aletargadas en su casa o, también, en eventos multitudinarios en los que seguimos siendo muy pocas.  ¿O sí lo tenemos en cuenta y no hacemos o decimos nada?.

Caitlin Moran Cómo ser mujer Anagrama, 2013.  Traducción de  Marta Salís. Recomiendo también que  sigan a la señora Moran en Twitter.

Ferragosto

MM splashing. Tomada de Pinterest

MM splashing. Tomada de Pinterest

Hay quien pasa parte del año dibujando fronteras sobre un mapa, paladeando lentamente el espacio tan breve de kilómetros imaginados sobre un papel. Portugal tiene nariz, la bota ya sé que es Italia. La zona del Levante español parece también un perfil. Visto así, España y Portugal, juntos en el mapa parecen un matrimonio cansado de años de compartir cama, cada uno mirando para un lado.  Y luego los nombres, claro, algunos tan plagados de consonantes imposibles de pronunciar que ya son, en sí mismos, una geografía propia. Soñar con la lejanía, con la desnudez de un billete solo de ida, todo eso es viaje y no vacación. La voluntad del viajero de dejar de ser turista alguna vez. Pero es agosto y en agosto hay vacaciones.

La mitad de agosto, el ferragosto italiano, es un señor en calzoncillos mirando por una ventana de Nápoles. Es, también, una persiana entornada para evitar el sol a plomo, el silencio abrumador de las colmenas vacías, los carteles de “cerrado”, la abulia despistada de algunos pájaros en el parque. Pero, sobre todo, señores en calzoncillos y camiseta imperio.  A poder ser con bigote. También niños castigados sin playa, haciendo interminables pilas de deberes en una mesa camilla  en un apartamento amueblado en Torrevieja, Alicante.  O señoras enlutadas sabiendo del mundo por la televisión insomne. Es, también, la resaca inoportuna sin pizza en el nevera. El quince de agosto hay que entonar el Hawai Bombay y montárselo en el piso, qué demonios.  Ese día quince  es un día descolocado, impar, raro, un festivo que se celebra de perfil, oliendo asfalto abandonado.  Una celebración del tedio, de envidiar las vacaciones de risas y cervezas, de abrazar los espacios propios como fortalezas inacabadas, como cualquier espacio de Hopper.  De hacer puzzles y crucigramas para pasar el rato. De dormir más siesta de lo razonable.  También puede pillarte deshaciendo maletas, poniendo lavadoras y preparándote para alguna vuelta. Alegrándote de tener a donde volver. Pero llegando a la mitad de algo, como el hijo mediano que no es favorito y tiene que recordarle a alguna tía abuela cómo se llama.   Y me acuerdo del libro genial de Geoff Dyer  Yoga para los que pasan del yoga.  Su magnífica descripción del ferragosto romano : el “estupor del mediodía” llenando una ciudad, un mes entero  plagándose de “péndulos atascados”, de cosas que hacer para no tener que hacerlas.

Agosto tiene ahora un punto mucho más cruel que nunca. Prolongar la vacación porque ya no es vacación: es la vida sin tener un horario de entrada y salida. Esos “péndulos atascados” de los que habla Dyer en días de noviembre y enero, tan lejanos y exóticos ahora, tan imposibles de pensar en sus lanas y guantes.  El sarcasmo inútil de un país en el que  la pregunta “¿Estás de vacaciones?” se ha convertido en esnobismo y no en el resultado de un derecho.

No lo he dicho, pero en la ventana de enfrente  hay un señor en camiseta, fumando.  Esto es muy  The Rear Window. Bajo la persiana.  Guardo mis mapas para el año que viene o, quizás, para soñar con un noviembre centroeuropeo. Pongo Night and Day de Cole Porter y  canto “when the summer showers through/ a voice within me keeps repeating/  you, you, you”. Eso, y no otras mudanzas, ningún otro mantra, es lo que deseo en este ferragosto.

Los seres extraviados

lost and then found

Amazing-Grace style lost and found sign. Fotografía con licencia cc de Alex Pang (askpang) en Flickr

Siento una incondicional fascinación por los seres extraviados. El extravío, creo, es un límite difuso entre la excentricidad y los mundos paralelos, los planetas con gramáticas propias, diminutos y lejanos, abrazados a un sistema  con más de un sol.  Hay a quien le sobra el corset de lo normal, de lo pautado, quien tuerce las líneas y hace palíndromos por voluntad propia. “Salta Lenin el atlas” se lee igual del derecho que del revés. Sólo que hacerlo del revés es mucho mejor, te obliga a forzar la visión de una semántica distinta. Muy parecida a la que sientes cuando hojeas libros en lenguas que no son la tuya y que no comprendes, esa disposición de los fonemas, qué habrá detrás, tendría yo que sonreír al leer esto o emocionarme, no sé. Me pasa también algo parecido con los prospectos de las medicinas. Decir, por ejemplo, “antidepresivo”  no conlleva la misma música de un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina.  Qué va. Tampoco un modernito es lo mismo que un hipster o sí ; ni los creadores de opinión de los diarios españoles son lo mismo que escritores que interesen o, afinando más, el lugar en el mundo en el que te dejan sobrevivir no es lo mismo que tu país, entendiendo por este una construcción común. Pero no nos extraviemos y volvamos a la esencia del extravío.

Leer blogs, noticias sueltas,  hace que una vaya conformando una especie de ensalada digital, un collage, un patchwork -me encanta esta palabra tan extraviada-y llega un momento en que no sabe ni dónde ni cuándo ha empezado su interés por un hilo, por un tema en concreto.  Leo sobre los Modlin, la familia más extraviada del mundo, habitantes de un mundo hermético y lleno de alas a la vez, fascinantes e intimidadores. Leo y no veo el documental que no sé cuándo ni cómo encontraré. pero el resumen de su vibrante historia es el siguiente: aparecen un montón de fotos y papeles en unos contenedores en la calle del Pez de Madrid. Alguien los encuentra y reconstruye, a su propia bola, la historia de este clan, de esta familia.  Qué tremendo. Y en una de estas fracturas de Internet, leo el post que escribe Agustín Fernández Mallo: leyó, también, sobre los Modlin la primera vez en un periódico (igual que yo, creo que fue en El País, hace un montón de tiempo) y que tanta fue la fascinación por estas personas-personaje, que los incluye en Nocilla dream.  Y de cómo se pusieron en contacto con él a través de esa inclusión quien halló todo el material y finalmente nace un documental que ha ganado un Goya. Literatura, vida, realidad. Personajes y personas mezclados en un cóctel absoluto de ficciones que echan la lengua desde el espejo.  Cojonuda historia y happy end.

Pero yo no sería lo suficientemente extraviada ni los que lean esto tampoco,si no pensásemos en qué sería de nosotros y de nuestras construcciones futuras de ser hallados restos de nuestra intimidad tardía en la basura. Supongo que existe un porcentaje altísimo de deshechos/desechos comunes: las latas de conserva, los huesos de cerezas. Ahora que todo lo cotidiano puede ser abandono en distintos contenedores-amarillos, verdes, azules según todo lo que vayamos desprendiendo a lo largo del día y de la semana-sería un trabajo ímprobo, y un gran estímulo imaginativo, reconstruir esos bacalaos al pil-pil, esas pizzas domingueras y de partido de fútbol. Inlcuso la nada en la basura es el reflejo contemporáneo de la nada en los bolsillos: no consumo, no desprendo, no tiro. Pero hay otro tipo de limpiezas, otro tipo de biología necesaria, tanto o más que las células que se van día a día, que se regereran, más allá del pelo que crece y que te cortas. He tirado a la basura principios de historias, novelas absurdas que no eran nada y nada serán. Algunas, condenadas al limbo digital del delete. Pulsar y borrar. Otras veces he bajado, a cualquier hora del día, y escupo  cartas en mil pedacitos,  alguna fotografía, regalos que fueron y ya no eran en forma de pendientes o dibujo. He de reconocer, como ya he dicho, que el digitalismo ayuda a una asepsia que solamente exige respirar hondo y pulsar un botón: toda esta carpeta de aquellas vacaciones a la papelera virtual, todos aquellos mensajes fuera de aquí. Y nada más.

Pero todos tenemos un pasado analógico acumulado en cajas, señalando páginas en libros, momentos cautivos en un tiempo que fue tuyo. Guardo hasta notitas que me mandaron en clase algunas amigas, aquellas fotos de fin de curso donde todos nos deseábamos un buen verano y un mejor futuro, cintas grabadas que fueron bandas sonoras permanentes de momentos, señaladores de días distintos. La primera que me grabaron de los Smiths, con la voz de Morrissey mucho más gatuna y empezando ya a ponerse tirolés.  ¿Que dirían de mí y de mi futuro yo ficticio de ser encontradas así, descontextualizadas y huérfanas de sentido, abandonadas a la vista de un desconocido? ¿Qué pensarían de aquella niña en un álbum de fotos, de la universitaria, de la amiga  en distintos escenarios?. Pisos compartidos, cenas hasta las tantas, sonrojantes modas ochenteras, aquel chico que parecía que sí iba a quedarse en todas las fotos…y la urgencia de la desmemoria.

Y una última pirueta: pensando en los Modlin veo una película que conlleva un proyecto: Your lost memories (mejor el proyecto que la película, a mi juicio).  Películas caseras encontradas al azar, en anticuarios, en chamarileros, en lugares de segunda mano. Se cuelgan en una web por si alguien las reconoce como suyas o puede identificar a los actores. Imágenes de fiestas de cumpleaños, de baños familiares en la playa, de risa que imaginas sin sonido. Es el cine Exin al revés, es el antidocumental, lo excepcional, lo no cotidiano. El día en el que todos actuamos ante una cámara, sostenida por un orgulloso papá o un novio enamorado. Vidas extraviadas que buscan etiqueta: una oficina de objetos perdidos abierta las veinticuatro horas por arte de magia e Internet.

Si alguien lee este post hasta este final que me ayude a concluirlo. O quizás, solamente quizás, el extravío no sea simplemente el patrimonio de los excéntricos. Y menos mal.

En un cuaderno Moleskine (26): murciélagos y pajaritos

Leo en el cuaderno:

“No, lo de hoy no son desvaríos teóricos. Lo de hoy es un poco lo de siempre, lo de nunca. Pocas conclusiones, mucho retazo y apunte, ese calor de la línea que te lleva a seguir hacia adelante, sentirte un poco hamster en tu jaula de círculos viciosamente concéntricos, en esa nada desaprendida, en el devenir plegado como papiroflexia que hace coincidir lunes, martes, la x en el medio, el jueves, el viernes y la tregua de un fin de semana que es más bien una excusa para no rellenar los cacitos de plástico del alpiste y el agua.  Leo cosas, fumo cigarros, tomo autobuses y cambio bombonas de butano.  Dos días a la semana castigo mis grasas con un ejercicio medido y metódico, de cincuenta minutos. Cocino y friego platos. Amo en alto y en silencio. Y, sobre todo, cierro los ojos para escuchar una voz que es para mí la única. Enlato recuerdos y congelo lentejas cocinadas lentamente. Y leo cosas. Sobre todo, leo lo que no leo, lo que no está en algunos textos, están por encima, por debajo o en el post-it de las neveras de otros. Lo que lees de soslayo, lo submarino, hace que entres mucho más de golpe en una casa que es la tuya.

Yo he empezado a leer a Robert Stone, Hijos de la luz. Y me quedo quietecita, como haciendo unos deberes urgentes de melancólico recuerdo angelino, de alcohol y alguna que otra lisergia diferente, pero también de amores sepultados, de un dramatismo vehemente a veces y contenido otros, de olor a habitación cerrada y resacas con sol abrasador afuera (¿hay algo más horriblemente incómodo que estar pasado de vueltas queriendo no salir de tu habitación y saber que el mundo rueda bajo un sol de justicia en un indefinido “ahí afuera”?).  Y amores, y cosas que no cuento porque ojalá leáis esta novela y ojalá os deslicéis por esta prosa. Y llego a un momento en que Walker (que me encanta ese nombre, pardiez) habla del juego de Murciélagos y Pajaritos, al que jugaba con alguien que es, creo, el auténtico personaje de la novela, esta que leo y que aún no he terminado.  Si aguantas con la cabeza intacta, sin derrumbarte, una mala noche hasta que canten los pájaros, eso es Pajaritos. Si no, es Murciélagos. Básicamente es así, aguantar sin que te pete la cabeza. Nosotros, de niños, teníamos un juego al que llamábamos “Lo peor”. Se trataba de ir diciendo barbaridades, una tras otra, a cuál más escatológica y cruel, crueldad infantil, amoralidad baja en calorías y en años, hasta que a alguien le atacaba  no sé si decir la sensatez o el pánico, el susto o el temor a algún improbable castigo divino, o, incluso, el miedo al propio yo. Y esto, el miedo al yo, el reivindicarte como bomba de relojería-pero sin performance Bukowski- es lo que más me gusta de lo que leo de Stone. El saber que uno puede venir ya extraviado de fábrica, que tu capacidad de joderte la vida es autónoma y real, pero que a veces ya has pasado, aceleradísimo,  algo más que una noche viajera.  Yo estoy pasando una época en que pido pajaritos, pero todo a mi alrededor pide murciélagos.  Y casi me dan ganas de balancearme cabeza abajo en una cueva.

Pero hemos comenzado diciendo que leemos un poquito en diagonal y es cierto: somos de paratextos o de cosas que no están dentro. Y mi escasa disciplina como lectora hace que nunca lea antes las reseñas ni nada de nada, me voy al tomate directamente y lo demás ya vendrá en otro momento. Y claro, a mí Stone me recordaba a alguien sin recordármelo. Y esta vaga idea estuvo flotando en mi lectura un rato, sin más, hasta que cierro de golpe el libro y, buscando algo para señalar me digo: la solapa, la solapa siempre está ahí. Y voilà, la música del azar azaroso. Robert Stone fue alumno de Wallace Stegner en Stanford. Stegner, delicado e incisivo como una lámina de cristal, exquisito y melancólico, exacto, certero y con un torbellino contenido en su prosa. Tan diferentes y tan cercanos.  No sé cómo serán las escuelas de escritura creativa. No tengo ni idea de las influencias o de las recetas. Pero es extraordinario que se me parezcan tanto, sin parecerse en nada, dos autores tan diferentes.  Como los murciélagos y los pajaritos, por ejemplo.”

Robert Stone Hijos de la luz .Traducción de Inga Pellisa. Libros del Silencio, 2013

Wallace Stegner En lugar seguro .Traducción de Fernando González. Libros del Asteroide, 2009.

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