Anchoas y Tigretones

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Las cerezas de Pavese, las vidas de Ginzburg

Photo by Karolien Brughmans on Unsplash

Una vez, hace ya tiempo, alguien me dijo que yo encontraría quizá algo del mundo que yo quería contar si leía a Natalia Ginzburg y así lo hice. Con admiración, respeto, envidia y algo de la sensación de estar llegando tarde a la fiesta del Sombrerero Loco. Hay un ejercicio habitual en talleres de escritura, en los lugares donde unos juntaletras enseñan a otros, donde lo único que aprendes es que siempre hay alguien mejor que tú, que no hay recetas y que lo mejor que puedes tener por bandera es tu libertad de escribir cómo y lo que te dé la realísima gana. Ese ejercicio, que me disperso, es el “Je me souviens” de Perec. Enumerar, describir brevemente recuerdos inconexos. Contar, por ejemplo, cómo se curvaba hacia arriba la calle de san Andrés cuando, con ocho años, saliste de una óptica asiendo la mano de tu madre y estrenando unas gafas, las primeras gafas de miope de tu vida. La caligrafía de mi padre explicándome el máximo común divisor, la “caja de los hilos” que había sido una caja de chocolates que alguien había traído de Inglaterra en algún viaje, de la que recitábamos “fry-milk- chocolated- assorted- nuts”, traduciendo palabra por palabra en un viejo diccionario inglés-español que había sido de las épocas de estudiante de mi padre en la Escuela de Comercio.  Y así, partiendo del “Me acuerdo”, podemos tener un conjunto de imágenes fugaces, otras más asentadas, breves instantes que se han repetido o no pero que han hecho mella en nuestra memoria, con todo lo tramposa que quiera serlo, con todo lo diminuta. Dobleces de mantel de domingo, ruidos del patio de luces de un bloque de apartamentos, crujidos de bolsa de gominolas, cuadernos comenzados, entradas de cine en un abrigo de invierno. Una, que es perequiana a muerte, siente algo de pudor a veces, una falsa humildad ante la idea de que el mundo de mis pequeños recuerdos sea interesante o no, ¿a quién va a importarle? Y ahí está el quid del asunto: siempre crees que alguien va a leerte, y eso es lo que no tiene sentido. Hay que escribir para una misma, si lo sabré yo.  Ampliar el encuadre no implica renunciar a un caleidoscopio: me gusta buscar el juego de lo pequeño, de lo conocido, de aquello que podría ser empático, universal y diminuto. Lo que es humano, vaya. Y por eso disfruto con Ginzburg.

Dice Elena Medel en el prólogo a la edición española de Lessico famigliare  que la Ginzburg consigue que sus recuerdos nos parezcan nuestros. Es verdad: esa dignificación de lo cotidiano que hay en su literatura nos empuja a abrir el desván y los álbumes de la memoria, a actualizarlos e intentar incluso compartirlos de nuevo. Y contarlo así, con una abrumadora sencillez, por la que desfilan unos padres extravagantes, divertidos y peculiares; la convivencia con unos hermanos  independientes y algo desapegados. Pero sí, esa convivencia, ese núcleo familiar, desarrolla un anecdotario, un universo propio remarcado en ese léxico del título. Frases hechas, anécdotas repetidas, pequeñas bromas privadas convertidas en muletillas familiares con el día a día. Un día a día que va subrayando, cada vez más, el compromiso político de los hijos, el exilio y las detenciones, el ver como Italia entra en la guerra y las consecuencias de apellidarse Levi. Porque sí, Natalia Levi era judía. Y tomó el apellido de su esposo, con el que trabajó en la editorial Einaudi, militante comunista, asesinado en la cárcel de Roma. Y esos días fríos, fatídicos, plenos de incertidumbres y miedo, son recordados con una sobria y a la vez afilada precisión, aparecen como un recuerdo avanzado, se vuelve sobre ellos como un hito determinante, no en vano lo fueron. Antes padecen confinamiento, conocen a muchos otros judíos en su situación, de todo esto hay recuerdos y hay literatura. A pesar del dolor ,a pesar de la pérdida, a pesar de la dureza de la vida, de todo hay recuerdo y se sigue escribiendo, no se evita, se escribe. Encarando la situación de Italia tras la Segunda Guerra Mundial, Natalia nos cuenta cómo han envejecido sus padres, cómo se sienten en tierra de nadie en un país ahora desconocido y convulso. Pero cómo han seguido hacia adelante con alegría, a pesar del dolor y el desconcierto. Porque hay dolor, pero mucho amor por la vida en estas páginas. Páginas entre las que aparecerán Pavese y Trusardi, un empresario de máquinas de escribir llamado Olivetti, un futuro editor llamado Einaudi, con el que Natalia y Leone trabajarán. Y se menciona a Croce y al papel de la filología y la traducción, conocemos cómo se tejieron los hilos del antifascismo en Italia, cómo la familia se implica de forma activa, cómo se gana, cómo se pierde. Y, sobre todo, asumir que en ocasiones no comprendemos ni sabemos las razones de los amigos para no querer vivir, ni siquiera tenemos el modo de saber si habríamos podido evitarlo. O si ese, y no otro, era el destino que ellos escogieron.

Y,sí, hay líneas y momentos que son pura maestría, más allá de la historia y de la anécdotas.  Si tengo que escoger una, me quedo con Pavese comiendo cerezas, unas cerezas a las que llamaba “sabor a cielo”, eran las primeras del año. Mussolini acaba de declarar la guerra y el escritor  llega caminando a casa de los Ginzburg comiendo cerezas y tirando los huesos a lo largo del camino, arrojándolos contra una pared. Y Natalia dice que la derrota de Francia está unida siempre a las cerezas que Pavese les hacía probar, que sacaba una a una de su bolsillo  con parsimonia, con tranquilidad, aún sabiendo que va a despedirse de sus amigos y que no se verán en algún tiempo. Esas cerezas, tan proustianas como aquellas magdalenas, son un marcapáginas de la memoria, todos tenemos alguno. Pero Natalia consigue que lo doméstico, aquello que podríamos identificar  en otras anécdotas, en otros lenguajes que hemos compartido en casa, sea extraordinario y único a la vez.

A mí me habría dado igual que Lessico famigliare venga de una impostura, o que sea una crónica veraz, una autobiografía fragmentada. Fundamentalmente es literatura, y eso es lo que importa. Literatura que nos conmueve, nos sacude, nos hace correr ese riesgo precioso de la identificación. La que afirma que muchos fueron antes que nosotros, nos sitúa en una dimensión de compañeros de viaje y, a la vez, nos hace sentirnos extrañamente diminutos. Está construida de individualidades y también de lugares comunes. Han estado antes donde ahora estoy yo, han pulsado estas teclas, han sido lo que soy y yo he sido otras. Es situarse en la dimensión de lo humano…si no, ¿para qué todo este esfuerzo?

Agarro mis cerezas, abro mis cuadernos, soy quien quiero ser y escribo. Hasta aquí y hasta donde una llegue.

 

Lessico famigliare Einaudi, 2014. Me compré el libro en un viaje a Roma en 2017…leerlo en italiano ha sido todo un reto y todo un logro. (Tengo el examen el miércoles, ay).

Léxico familiar Lumen, 2016 Comprado en Berbiriana y que me ha ayudado a superar mis problemas léxicos con la edición original.

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En las playas de Ankara (un post para Santi Collazo)

Yo tendría que comenzar explicando que no me ha fallado la memoria, ni Google maps, ni la Wikipedia. En Ankara, aunque la geografía y la realidad se empeñen en demostrar lo contrario, hay playas. Unas playas a las  que la gente va, y va también contra todo pronóstico, porque la gente en un Ankara tan ficticio como el mar que la rodea, se pasa el día durmiendo y es muy feliz. Porque este fue el resumen de una noche de muchas palabras y copas, de mucha luz de la Torre de Hércules, y de una gran, enorme conversación en la que salen ficciones y verdades, ansias de futuro y amarres al presente, fin de adolescencia y comienzos de otra cosa que no se sabe muy bien qué es. Es lo que pasa cuando tienes alrededor de diecisiete años, unas cuantas botellas de algo que no es agua y muchas ganas de hablar y comerte el mundo. Y todo comenzó, o siguió, de alguna manera, así.

Yo conocí a Santi algunos años antes, imitando los dos a Casimiro, aquel monstruo que deseaba buenas noches a los niños- y no tanto- en la infancia prolongada de los ochenta. Santi era un niño que iba de vez en cuando a navegar, que a golpe de guitarra y de pincel nos cautivaba con su humor y su talento, con  la falta de arrogancia que es tan rara en esa edad en la que todos somos poetas, en las que todos merendamos portazos airados. Santi aparecía y se iba, independiente y poco gregario, amigo fiel y algo alternativo. Santi, con su gorra de capitán y su chaquetón marinero, con sus zapatos Oxford a lo Morrissey y su permanente buen humor.  Con Santi hablábamos de música y de tebeos, de bocadillos de calamares y de novelas, de novias y de desengaños, de barcos y de los vaivenes y tormentas que acechan al borde de la edad adulta. Y él se nos fue a licenciarse en una facultad muy rara,  lejos de casa. Como él decía;  “¿Y yo qué seré cuando termine esto, “bello artista”?” Nosotros le decíamos que sí, que eso molaba mucho y que podría observar el mundo desde una peana, o tener un universo muy trágico de pinceles y buhardillas parisinas, rodeado de bellezonas tísicas bebedoras de absenta. Creíamos nosotros que así sería la vida de los artistas, que la bohemia era una etiqueta como las de Zara. Claro que también pensábamos que la universidad era contestataria y que llegar a los cincuenta era imposible sin haber haber encabezado mil revoluciones. Mientras caían muros de Berlín y se celebraban olimpiadas, todos los amigos íbamos encontrando nuestro encaje o desencaje. En el camino, yo me quedé con algún cuadro de Santi y con alguna escultura pequeña, viéndolo dibujar, parar y tomar aliento. Y para él y para todos nosotros, la vida fue avanzando, lo que no necesariamente- introduzcan aquí el plural mayestático-  es sinónimo de vanguardia.

Y de forma interrumpida, en períodos diferentes, Santi  fue extrayendo formas y volúmenes de distintos materiales, explorando, indagando. Cuando uno explora su vocación no la aplaza; puede estar más o menos visible, pero no puede esconderse. Otra cosa es que nuestras ganas de esculpir, de escribir o de sentarnos a hablar sean siempre pasiones huidizas.También que, como el humor, necesiten su dosis de tiempo, de influencias, de renuncias y también de cambios de rumbo. O de otras formas de comunicar.  Facebook nos descubrió a un Santi escritor, analítico, pedagogo- aunque se enfadará un poco conmigo al leer esa palabra-  y al que envidiamos secreta y sordamente por lo certero de sus análisis. Por sus reflexiones se pasean Frank Stella y Bernini, Pello Irazu (brutalísimo este descubrimiento, gracias, Santi) o Juan Muñoz. Y leíamos silenciosamente, algo intimidados, sobre espacios, teoría y práctica de la escultura, madera, acero o  el destino del arte y  su objetivo. Y leíamos vorazmente, descubriendo una nueva forma de acercarnos a una expresión artística no siempre bien dimensionada en nuestro conocimiento, descubriendo también las cabriolas del lenguaje de la crítica.  Ahora tenemos la oportunidad de ver algo de su trabajo más reciente, algunas de las esculturas ya nos las había ido presentando poco a poco, con sus quiebros y equilibrios, con su filosofía estética. Recorro el espacio con Alicia y cada una se queda con una imagen favorita, lo que es realmente difícil. Yo me quedo prendada de una escultura situada al final de la exposición- qué importante es la colocación de las piezas, caramba- con un aire  muy Farenheit 451, con destellos de rojo metalizado y recuerdos de quema de papel, de nuevos nacimientos, de nuevos horizontes. Otro nuevo, para más adelante.

Quizá todos necesitemos tener en el horizonte una playa de Ankara, un lugar en el que se suspendan los rigores del realismo. Un lugar donde poder explorar posibilidades. Y el arte es esa forma de ampliar el riesgo vital, un decir “no” a la convención, pero no por método, o sí, qué más da. A fin de cuentas, en Ankara podemos hacer lo que nos dé la real gana. Y a algunos, como a Santi, les salen genialidades.

 

(Apúrense, porque la expo termina este mes de julio)

 

A favor del necesario desapego: Vivian Gornick y “Apegos feroces”

Woman in a polka dot dress and heels striding away from the camera. 1940s Fotografía de Stanley Kubrick. Pinche en el enlace para ver fuente en Pinterest

 

Es posible que sea un sentimiento común a todos los hijos únicos. Quizá la constatación de esto hará que yo no me sienta tan única, que esta primera persona que exhibo tan impúdicamente- esto es un blog, coño, territorio comanche del ego- se transforme involuntariamente en un plural mayestático cuando sea leído, yo qué sé. A fin de cuentas, con pocos o con muchos destinatarios, una ya no es dueña de nada cuando escribe un artículo o publica un post, cuando sonríe forzadamente en una foto que se hará viral, cuando haces confidencias que sabes que dejarán pronto de serlo. El sentimiento al que me refiero es el de una periódica y leve misantropía, una necesidad de alejarse un poco del ruido, ese recuperar la independencia de los juegos infantiles en soledad, de la lectura sin interrupciones, del no compartir lo que no te apetece. De desapegarse y ser poco gregario, algo mal visto en el siglo XXI o eso parece.

Yo podría escribir sobre Apegos feroces de Vivian Gormick solamente subrayando el prólogo de Jonathan Lethem. Si yo fuese reseñadora, así lo haría y sería muy sencillo, aunque yo no sepa hacer reseñas, solamente sé hablar de lo que a mí me parece, me quede coja la visión o no. Hablemos entonces de la relación dependiente, desigual y coactiva entre padres e hijos, entre madres e hijas, entre madre e hija única. No hablemos de las familias felices que son todas iguales, hablemos de los conflictos que no se exhiben y que son, también, más comunes y más violentos de lo que creemos,  aunque sean solo en el plano de la dialéctica. Sigamos hablando, entonces, de ese pivotar entre la responsabilidad autoimpuesta de satisfacer todas las expectativas, todos los deseos depositados en la única hija e intentar, al mismo tiempo y casi siempre con una dialéctica equivocada, singularizar la voz, buscar una nueva forma de complacer sin domarse. Un camino que pasa de la competitividad- que sería natural entre hermanas- al dolor, al sarcasmo,  la protección, el amor y también a la ira. A la batalla verbal y al fracaso de una de las partes, casi siempre de las dos.  A la alerta, a la discusión, a intentar trazar una teoría de lo incomprensible y a la frustración que genera. A la mutua admiración inconfesable.  A jugar a los mitos griegos: a pasar de ser Prometeo devorado a ser Sísifo, reconstruyendo lo que no ha sido posible ni construir. Al miedo a que esa pequeña sabelotodo, esa universitaria que retuerce el lenguaje para confundirte, te gane la partida, te sitúe mediante la dialéctica en el rincón de la desventaja. La voz de Gornick nos lleva también a defender la relación con la escritura no como una expiación, sino como un modo de desapegarse, de crear lo propio, de equivocarse y de seguir. Y de forzar los goznes de la memoria, la fuente de dolor.

Y todo es en un Bronx caleidoscópico y doméstico, también en un Manhattan algo lejano, donde estas dos flâneurs que se buscan para enzarzarse- que detestan reconocerse como continuación y origen- repasan las relaciones humanas de las que han sido testigos, partícipes, cohabitantes. Y todo lo que las ha alimentado determina el modo de ver el mundo y  las relaciones con los hombres: para unas con la idea nostálgica del amor perdido como una tabla de salvación, como una forma de boicotear el presente. Para otras, como una colección de retazos abocados al fracaso, con el cronómetro puesto, con un horizonte de fatalismo: esta es la parte que toca ahora, pero saldrá mal porque siempre sale mal.  El sexo es también una forma de poder,  la belleza o la pulsión sexual son atractivos y poderosos monstruos.  Y, en la búsqueda de esa voz individual, aparece la sombraque “conspira contra” o “sospecha de” las mujeres que reconocen que no les gusta vivir en pareja, a esa consideración de la soltería vocacional como una especie de discapacidad que hay que remediar a toda costa. Hablar de Gornick, de la presencia obsesiva de su madre, es hablar también de su revolución personal, que es una revolución tan necesaria como invisible y mucho más universal, más programática de lo que parece a simple vista. La que da la voz al feminismo, a la idea de ser mujer desprendiéndose de cualquier tipo de imposición.  De aprender, en definitiva, a torcerle el cuello al cisne de la educación heredada.

El desapego es un proceso de natural alejamiento. Es la construcción de esa vía que permita una perspectiva  para llegar al amor, para despojar los vínculos impuestos de su componente enfermizo. De reconocimiento, también, de que somos, queramos o no, una continuación pero no una réplica, un cabo de ese hilo, pero no su final.  Y del hecho, sobre todo, de que en un blog puedas pasar de la primera a la tercera persona sin darte cuenta. Quizá el peligro de escribir sobre memorias ficticias es que quien aporrea el teclado acabe mirando a través de ese caleidoscopio que son las  vidas de los otros sin saber dónde situarse, resbalando entre ciertos grados de empatía y de rechazo, de admiración y de convencimiento. Y de sentirse deslumbrada por una escritura brillante y afilada, apoyada en el descanso de la madurez, en la apuesta trilera del ajuste de cuentas lejano. Es algo que se piensa a veces cuando pones en la balanza un sentimiento de orfandad, que, casi naturalmente, no te pertenece como adulta. Pero ese es ya otro asunto, otras líneas, otras autorías.

Porque, a fin de cuentas, todo lo que no es autobiografía es plagio, qué demonios.

Y mucho más en un blog.

 

David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

bowiees

Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

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