Anchoas y Tigretones

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Una muñeca rusa para el 2018 ( o por qué menos es más)

Colourful nesting matryoshka dolls. Public Domain image. No credits.

Esta entrada, este post, no debería ser cómo los otros. Tenemos la costumbre de mirar hacia atrás, con ira o sin ella, al cerrar el cuaderno de cada año. Alguien me dijo una vez que yo tenía un blog melancólico y proustiano, no sé si es cierto o no, pero como tarjeta de presentación mola bastante. Eso sí; yo creo que tendríamos que ponernos todos la careta de influencer, de instagrameros y darle menos trascendencia al pasado. Qué coñazo con lo vintage, qué coñazo con lo retro, qué plastas estamos haciendo de la nostalgia una bandera. Pero es ejercicio de autocomplacencia y también de lamerse un poco las heridas, de darnos una gratificación propia. El recuerdo no es más que un onanismo selectivo, nos palpamos las cicatrices con el mismo orgullo con el que enseñábamos el círculo de mercromina que rodeaba la pupa cuando éramos pequeños:”Me caí (me corté, pongan aquí lo que quieran), pero no lloré nada, me dolió y mi madre me echó agua oxigenada, picaba mucho, no lloré (otra vez, era importante recalcar), luego tengo mercromina y una tirita.”. Y el otro círculo, el de los amigos atónitos, admirados y envidiosos ante ese estigma pasajero que te hacía ser el centro de todo por un momento, asentían, hacían “ohhhhh”, algún incrédulo murmuraba .”no es para tanto, yo me caí el verano pasado y fue mucho más porque…”. Haciendo honor a la verdad, cualquier drama es siempre superado por otro; la capacidad de sufrimiento, relativa y desconocida hasta que llega la siguiente; la cura, menos larga de lo esperado en el momento de la herida. Y los resúmenes, los inventarios, no dejan de ser una constatación de que, casi, hemos podido con todo; que hemos hecho bola extra, que acumulamos vidas dentro de otras. Que cada año no deja de ser una muñeca rusa, con vidas cada vez más pequeñitas, con corajes de distinta intensidad.

Yo no soy quién de pedir nada al año nuevo. Creo que deberíamos ser mucho menos rencorosos con el pasado, pero tampoco hacer de él una rémora. Menos gatopardismo, menos atadura, menos miedo. Sin excluir la memoria:  ojalá más helados en Roma, menos mudanzas como la de abril aunque adoro el resultado y mi nuevo barrio, más despertares como los de mayo frente al mar de Valencia. Y, sí, quiero más maletas, más árboles de Navidad en Madrid, muchas más librerías de Bolonia ( y focaccias, por Dios, abrazo esa religión). Y toda la música y las películas, los desayunos de sábado y pasar un calor de carallo en Toledo, pensando en que al día siguiente tienes que hablar delante de un montón de gente especialista en algo de lo que tú estás empezando a aprender. Y también latar a clase, perder el tiempo, echar de menos a amigos que se han marchado y que te han puesto al margen, sin saber tú muy bien por qué.  Yo no dejo de desear buena vida a quien no quiero cerca ni jartavino, pero tampoco les deseo el mal. Y ojalá muchos más fines de semana surreales en Barcelona, más fotos de pintadas y más viernes en el teatro, más whatsapps inesperados y bonitos, más sonrisas de mi padre, más ganas de escribir, más de terminar lo que comienzo. Más bici por el Paseo Marítimo, más vermú , más mirar alrededor. Ojalá más de eso, pero no lo mismo. Y claro, también los menos: menos huecos vacíos, menos silencios, menos spam. Menos listas de libros mejores, menos egos desatados, menos drama, menos perder el tiempo con lo que no lo merece, sea en forma sólida, líquida, gaseosa o banalidad con ganas imposibles de trascendencia. Menos importancia a  lo que no la tiene. Menos mundo de mierda, menos chorrada, Y menos justificarlo todo, menos contarlo todo porque tampoco le importamos tanto a todo el mundo. Y ahora de nuevo más: más glam, más punk, más queer, más ser lo que nos salga del pie, más diversión. Y dentro de la diversión incluyo todo: de militancia feminista a cualquier tipo de agitación necesaria ;un poquito más de criterio tampoco viene mal, incluso cuando vas contracorriente y te apetece decir que las emperatrices van en bolas, que las creadoras de pensamiento son pelmas y petardas, que hay mucho aprovechamiento pop  y que hay que leer más antes de escribir. Quizá, y solo quizá, hay que vivir con los ojos más abiertos y, por qué no, arremangarse y reflexionar antes de lanzarse a la teorización ( y a la evangelización de cualquier tipo). Dejemos los gurús al yoga y a otras cosas y practiquemos, de una vez por todas y entre todas, la discrepancia.

Pues bien, al final, como veis, queridxs niñxs, quod erat demonstrandum: menos es más casi siempre. Un poco más solidarias con todo aquello que precise serlo, menos gregarias con lo que lo necesite más,; esa es la mejor perspectiva del 2018. Esa, también, la que quizá no cumplamos, pero que se presenta ante nosotros con la nostalgia anticipada de la cándida adolescencia por la que brindaba la baronesa Blixen. Pequeño 2018, no sabes dónde te metes. Nosotros intentaremos sacarte de todas tus versiones que están ahí, atascadas dentro de ti.

Que tengan un año con felices muñecas rusas.

 

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De rosas y amarillos, de smartgirls, de cocer y envejecer

Cosas buenas de ser mayor: te pones lo que te da la gana y te ríes mucho más

Soy mayor. Tengo cincuenta años, casi cincuenta y uno. Llevo un porrón de gafas en el bolso, soy un saco de hormonas de vez en cuando y tengo arrugas. Muchas, y también carne flácida, tengo que usar gotas y pomadas, voy al fisio  y veo lejanísimos en el tiempo aquellos años en los que iba a trabajar de reenganche o me metía unas palizas de gimnasio o de gintonic, cuyos efectos secundarios serían casi lo mismo a estas alturas.  Me olvido de algunas cosas, me canso mucho más que antes y me la pela. Eso es, me la pela, me la suda o expresión equivalente.  Vivo en un mundo en el que la juventud se convierte en un concepto resbaladizo, aunque haya sido un sueño algo olvidable. Lo peor de todo es que pasa muy rápido, demasiado rápido: ¿es cierto que es tan maravillosa? ¿Cuándo fuimos conscientes de ser jóvenes o, mejor dicho, más conscientes? Cuando estamos empezando a estar hechos unos trapos. Esto es así y no tiene vuelta de hoja.

Cuando digo que me la suda tengo que matizar. Me la suda hasta cierto punto, claro. Hombre, una se ve mayor pero no se ve tan mal, vamos, que tengo un pasar o algo más que un pasar; una gran ventaja de la edad es que la modestia te la refanfinfla. Y ante el “Oh, no aparentas los años que tienes” que a muchas les congratula y les da como caricias gloriosas en el alma, a mí siempre me deja un poco como con cara de paisaje. “Es imposible no aparentar la edad que tienes porque LA TIENES. Y, por otro lado: ¿por qué esa cara de terror que ponen tus interlocutores cuando dices que pasas de los cincuenta? ¿Te desintegras o autodestruyes como los mensajes en clave de Mortadelo y Filemón? ¿Te conviertes en la increíble mujer menguante? ¿Caducas como un yogur de macedonia o frutas del bosque¿ ¿Qué es lo que nos aterroriza? ¿La invisibilidad sexual? ¿La falta de oportunidades? ¿De verdad tenéis la misma energía, ese mismo ímpetu de “chegar e encher” con lo mal que se folla de joven? En la precipitación, en la urgencia de los años desbocados, se nos fueron muchas filias y fobias; lo que  aprendimos fue a base de más calma y más práctica, de más sosiego y de menos muescas en el revólver (qué bien traído, mira, lo del gatillo).  Y, en definitiva: ¿por qué esa necesidad de anclarse en el tiempo, de no saber, de duda, de impaciencia y de frustración? ¿Pero no véis que todo eso ya ha pasado? ¡Da igual!

Claro que da igual, y si no, está la publicidad con su condescendencia machista para ponerte en tu sitio y recordártelo. No se habla nunca de “smart women” sino de “smart girls”, no vaya a ser que te crezca el cerebro de golpe al convertirte en mujer y te haga daño. El color de una carrera contra el cáncer no podría ser otro que el rosa y la mascota que recibirás será un osito ( también te dan caldo Aneto, que, por cierto, no he visto que a los hombres se lo den, pero a mí me parece bien porque me chifla). Y ahí hay mucho de lo que hablar y una no tiene autoridad moral porque del cáncer, por fortuna, es espectadora y no enferma. Pero, ninguna broma con esto, hay que escuchar a afectadas que sí hablan de esa marea baja y rosa. Os enlazo aquí el artículo de una mujer que admiro y que sí sabe de lo que habla: de esa cara de la enfermedad que nadie enseña, la de la precariedad sin vitaminar, la que no se refleja en los muros de las redes sociales con lacitos de colores, con sonrisas y con publicidad encubierta. Lean “Cando baixa a marea rosa” y sabrán de lo que hablo. Gracias, Beatriz Figueroa por tu coraje.  El paternalismo proteccionista encuentra su mejor realización si partimos de que la mujer como tal no existe, es una niña permanente que cuando crece ya no vale, ya no necesita el amparo de alguien más fuerte, más avezado. Eres una damisela, por favor, infantilicémoste de por vida. Aunque te conviertas en un cruce entre Ana Obregón y Qué fue de Baby  Jane. Hay que minimizarte y pensar por ti: no te canses, reina, que tú de esto no entiendes. Y aprovecha, que luego eres el objetivo del mundo Tena Lady y tienes que aguantar que Concha Velasco te diga que todo está bien.

Yo qué queréis, me parece todo muy agotador. Muy agotador y muy perverso. De elixires de eterna juventud, de la mujer como un Sísifo perpetuo en el intento de detenerse, casi de criogenizarse en esfuerzos vanos por parecer más joven. De no aceptar que una cosa es la belleza de la publicidad y otra la asunción de que todo lo que conlleva la cuarentena y más allá es risible. ¿Quién no ha escuchado risitas ahogadas cuando le da un sofoco? ¿Dónde está la barrera de la aceptación, de la invisibilidad, de que sigamos perpetuando conceptos como “señora viejuna” vs “madurito interesante”?  Y, oye, no he mencionado ni una sola vez la palabra feminismo. Definitivamente, me hago mayor: de la peli de Summers siempre me gustó mucho más el amarillo que el rosa. Y mucho más envejecer que cocer. Dónde va a parar.

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