Anchoas y Tigretones

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Un grado de separación

bowie

 

Quizás haya un crío ahora abrazándose las rodillas, sentado encima de su cama, aprendiendo el ritmo lento de la autocompasión. Habrá, imagino, un número indeterminado de chicas que están muy por encima de todas las demás, de todos los demás – qué pertinente es a veces la distinción genérica, gracias por la gramática-pensando por qué no las invitan a participar en tal y cual cosa. Habrá a quien le duela el silencio o quien asuma la estrategia del camaleón para seguir adelante. Hay quien manda callar a otros y quien opte por el silencio ante la exhibición del sarcasmo que no es más que una forma mayor de esconder la ignorancia. La mediocridad genera una tiranía aceptada por otra corte aún más mediocre.

Yo hablaba hace unas semanas de desobligarse en 2016. Y enero me trajo muchas más obligaciones que desligaduras, y una patada en el culo a mi mitomanía radical, a esa orfandad abrupta que genera el ir quedándose sin referentes que te han acompañado siempre. No voy a dar (más) la plasta con Bowie de la que ya hemos dado entre todos- cosa que como ya he dicho me da exactamente igual y hasta me alegro: me vengo de todos los putos crowdfundings y autopromociones de libros que me he tragado con buena cara y por pura cortesía británica- pero sí quiero escribir un poquito sobre él. No soy crítica musical, ni siquiera soy una compradora compulsiva de discos ni mucho menos. Considero la música mi patria porque me da la real gana y los músicos que me gustan son decorado personal y familiar. De Bowie conozco lo que conoce la mayoría de la gente, y tampoco nos vamos a poner estupendos.  Su capacidad de crear y de recrear, de retorcer las cosas, de abanderar el pastiche como punto de partida de todo, es lo verdaderamente fascinante. La naturalidad en la extravagancia, el gayear a lo loco, el representar el concepto queer antes de la propia existencia de lo queer, su ambigüedad desaforada -que era un apetito por la estética y también por las más diversas pieles- convierten su presencia en parte muy fundamental de la iconología del XX (y parte del XXI). Y un avance constante, un ir y venir, un tomar influencias, un aprender y desaprender, tirar para adelante y vuelta atrás. Ese era Bowie : un Ripley aventajado, un actor versátil y bellísimo,un animal de pómulos aristocráticos, príncipe y mendigo,  gentleman choni, un  cabaretero posh.

Pero antes de eso, como dice el tuit que copio arriba, era algo muy diferente. Uno de tantos que parecían a punto de quedarse en el camino y abrazar la pauta de esa normalidad que nos convierte a casi todos en personajes grises. Pero no, él no. Porque la idea es lo que él consiguió: que aquellos que te puteaban acaben queriendo ser como tú. Y, sí, es verdad, hay que ser Bowie para ser eso. Pero a lo mejor es que solamente nos separa un grado de él: el de la voluntad y el cero miedo al fracaso.  Hay que dar las gracias por Bowie, pero también por Caitlin Moran que, además de este tuit tan guay, escribió este otro obituario tan chulo This is how David Bowie took over the world & invented us all in only five years. Oh, y lo que escribí yo sobre el libro de la señora Moran, que también quedó muy bien ¡Viva Caitlin Moran!

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Steven Patrick, handsome devil

madrid

Desenfocado, sí, pero por fin le hice una foto. Mozz and me.

Fue un día de mayo de 1985. Es más, fue el 18 de mayo de 1985. Contabas los días para atravesar una puerta de destinos universitarios, eras moderna de corazón y querías serlo mucho más. Eras, qué demonios, un topicazo con patas y de ciudad provinciana. Y ese día, aún rodeada de mesas camillas y ganchillo, veías tu ración semanal de La Edad de Oro, donde te nutrías de muchas cosas que eran humo y de otras que no lo eran. Y con tu plato de bocadillo de cena, sentada en el suelo de tu salón, vas a escuchar la entrevista a dos chicos muy desgarbados, muy modernos e ingleses (qué combinación tan letal para una adolescente hormonada) y de los que tarareabas alguna canción de letra extrañamente poética y cargante sin saber muy bien de qué iban, sin saber muy bien de qué  iba nada. Y aparecieron ellos dos. Marr con su timidez mal guardada y, claro, él, Morrissey, precedido de su flequillo, flanqueado por sus pómulos y exhibiendo unos tobillos huesudos enfundados en unos maravillosos calcetines verdes. Y habló. Y habló y habló y habló. Bigmouth. Y ahí empezó todo. Empezaste a pedir que te grabasen cintas, a reconocer las canciones, a coleccionar anecdotario de una de las mejores bandas, a ser fan. Evidentemente, la música para ti ha sido siempre algo muy plural y variado, intermitente a veces, pero la silueta de Morrissey abrazado a su ramo de gladiolos, su chulería arrogante, sus dardos verbales y esa misantropía exhibicionista necesitada de público te cautivaron y lo sigue haciendo. Suena horrible. Es verdad, sabes que suena horrible: es un gilipollas integral y lo adoras.  Y es difícil, muy difícil quererte, Steven Patrick. Y desde aquí agradeces también a todos tus amigos heviochos de tu clase de BUP que entendiesen tan bien que llevases a Morrissey y a Bowie en la carpeta de apuntes, asumiéndolo con clase y pundonor, quizás reprimiendo sus ganas de hostiarte hasta el infinito.

Hablar de los Smiths es hablar de una historia de desencuentros, ataques de cuernos musicales (y de los otros quién sabe), divismo sin fin, creatividad desbordante, mitificación y gloria. Es  hablar de M&M. Y adorar a ambos como un tándem  único,  efímero y salvaje. Haces tuyas muchas de sus líneas. Y al final, para ti, solamente queda él. El bocazas, el que se siente miserable de ser como todo el mundo y que dice que tú, gordita, eres la única. Vale. Pero también esa voz que te estremece hablando de la belleza devastadora, del deseo y necesidad de ser amado, de la muerte inesperada de los niños a los que asesinan, de lo turbio del deseo desigual, del maltrato y del desarraigo. Que deseaba la muerte de la Thatcher, el exterminio de las familias reales, y te da el coñazo vegano a la mínima de cambio. Que despreciaba la solidaridad a golpe de chequera de Louis Vuitton. Y era, también, el pseudandrógino  que se abría la camisa y enseñaba un cuerpo esquelético  pidiéndote que te casases con él o que lo desvirgaras. Y es, treinta años después, un señor con halo de antipático y misántropo que se hace fotos con fans en la calle, que sigue dando leña para cultivar su propia leyenda, que no teme -o eso dice- a la muerte y que tiene como profesión principal dar grandes titulares. Eso y también el que sigue escribiendo sobre la necesidad de amor porque lo niega, el que se permite rollos hardcore como November spawned a monster, el que en medio de un tenderete comercial te estampa rarezas de extraña belleza como Neal Cassady drops dead. Y ahí, ahí reconoces la marca de la casa : ese constante coqueteo culturetas y autocompasivo, ese “mamá,quiero ser Oscar Wilde  pero no acabar como él”, esa permanente nostalgia por lo que queda en las páginas de los libros que has leído cuando los terminas…Moz, hijo de bibliotecaria, se te ve el plumero. Y esas cosas son-voy a ir pasando ya a la primera persona-las que nos dan caricias leves en el maltratado corazón a los fans cuando intentas defenderlo: “Sí, es un capullo integral pero…hace esto, esto y esto”. Y yo ya sé que convenzo a muy poca gente. Pero me quedo a gusto.

Y luego viene la parte de estricta mitomanía estética : sus flequillos, sus chaquetas de punto, su clase irreprochable, su narcisismo en la pose, la media sonrisa y el inmenso, inmensisimo océano de los ojos.  Y el concierto de Madrid de hace dos días. Y a mí, pues qué quieren que les diga, preferí que no hubiese teloneros. Me gustó ese “passions just like mine” que incluía vídeos de los Ramones, The New York Dolls, Anne Sexton recitando “Wanting to die” , Chris Andrews, mi armenio favorito Charles Aznavour, y alguna referencia  que no pillé muy bien a Coronation street, la mítica serie rodada en Manchester y de la que Morrissey es rendido fan.  Y que se te encoja el corazón  cuando sale al escenario y lo llena ya desde una esquina diciédote que tiene grandes noticias, que la reina ha muerto. Y yo,con mi camiseta de The Queen is dead, a punto de hiperventilar o, de como dice mi amigo Javier: “memueromuerta”. Y verlo ahí, como símbolo de una historia que es también la tuya, la mía, la banda sonora de tu vida, es un momentazo. Por supuesto que lo habría abucheado en el medio: soy fan de este mancuniano, hay que odiarlo y amarlo a la vez. Me espantaron las imágenes de mataderos. Me encantó llamarles dumbs a Will & Kate. Me faltaron canciones, no solamente de los Smiths, pero me dio igual : ese final épico, maravilloso, con todos coreando How soon is now?- acunados previamente por Asleep– ese himno a los hijos únicos insufribles, a los que alardean de nula vida social cuando buscan el refrendo popular y de todos,  a los que se creen que siempre habrá una vida mejor para ellos pero que no la merecen. Qué coñazo somos los fans, de verdad os lo digo. Y claro que hay postureo y chorrada épica … por Dios, es Morrissey, claro que sí.

Yo llevaba treinta años esperando ese momento. Treinta, se dice pronto. Porque al final, como sucede en las canciones de esta mi banda favorita, y como dice este chico mío tan favorito:

But don’t forget the songs

That made you cry

And the songs that saved your life

Yes, you’re older now

And you’re a clever swine

But they were the only ones who ever stood by you

NOTAS

El programa del que hablo se puede ver en la web de RTVE y en Youtube  La Edad de Oro: entrevista a The Smiths Yo creo que la fecha está mal, porque la entrevista se hizo en las fiestas de san Isidro, y creo que era mayo. Pero bueno, por Dios, ese momento en el que Paloma Chamorro le llama hipócrita al bueno de Johnny Marr, tilda a Morrissey  de “chico solitario y sensible”…y Mozz aguantando el tipo, poniendo caretos y dando la brasa con lo de la carne al final.

Gracias, como siempre, a Fran Lara por toda la música del mundo y por entender  tan bien lo pesada que soy. Y por The sound & the fury, que si no conocéis, debéis, para agradecérmelo toda la vida.

Tengo este Pinterest que es insufrible para cualquier persona que no sea fan de Morrissey: The Steven Patrick Appreciation Society .Ha habido hilos muy interesantes sobre el concierto en Facebook y Twitter.

Y sí, soy fan también de Johnny Marr y  me parece un guitarrista impresionante, magnífico y con un talento tremendo. Hasta las narices de la prensa musical que no estuvo en el concierto y dice tonterías, así como de los odiadores profesionales de Morrissey que ahora descubren a Johnny Marr y pretenden que haya que querer más a tu papá o a tu mamá.

Idas y vueltas

MAPA-LEON-SIMINIANI

A veces, alguien quiere diluirse, comenzar un viaje en el que perder la sombra como Peter Schemill ; abrazar un vacío, extremar lo confuso para entender las cosas.  El caos organiza y puede ser un punto de partida : tirar cimientos o, al menos, hacerlos temblar. Quizás si pudiésemos llegar desde aquí al infinito, nos ahorraríamos todos los procesos de metamorfosis y cambio que conforman, a golpe de medalla y cicatriz, lo que realmente somos.  Y, crear, así ,nuestros propios catálogos de mitos y anhelos: empezaremos a ser cuando nos desprendamos de las posibilidades de nosotros mismos que vamos construyendo. Seremos nosotros cuando tengamos unos cuantos “yos ex-futuros” que llevarnos a la boca o a la vida. Elegir, qué difícil. Asomarse a una encrucijada es asumir la belleza vertiginosa del laberinto, de ese lugar ilimitado. Y acertar al escoger.

Elegir viene, a veces, porque hay una despedida, un carpetazo previo. Hay una suerte de rito iniciático para conmemorar todo aquello  que se culmina. Siempre me han gustado las películas del día antes de marcharse, desde American graffiti hasta The last picture show, incluso, si me pongo ya estupenda Less than zero.  Ya no somos niños, dejamos el nido, dejamos de ser gregarios, de ser una pieza de un puzzle protector. Tú a un lado y yo al otro. Y pensar, casi, que estamos jugando a algo que permitirá en unos años regresar y que nos contemos las batallitas, las aventuras, que hagamos la fiesta de pijamas de la edad adulta ahora que somos eso, adultos de juguete. Mejor no saber que alguno de nosotros no volverá, mejor no saber en qué se ha convertido para cada uno de nosotros el destino, mejor seguir pensando que este recreo individual dura eternamente y no tenemos que rendir cuentas  a la pandilla. Por eso también me gustan las películas de reencuentro  desde Los amigos de Peter hasta Beautiful girls: los que se quedan y sueñan con el velado glamour de una partida. Los que se han ido y vuelven para ser recibidos como una suerte de héroes locales, aunque esa realidad, alejada y desconocida para los viejos amigos, sea tan de pintada y bloque de apartamentos, tan de soledad y estigma de fracaso como los oxidados carteles de las carreteras ya no secundarias, las de segunda división. Esas que solamente te llevan a  tu pueblo cuando vuelves siendo el antiindiano.

Y entonces ves una película en la que la partida, el viaje, es parte ya la ausencia . Veo Mapa de León Siminaini y contemplo un diario de la melancolía, es más, del proceso por el que se restaura la melancolía.  Un tejido bien trabado de un viaje que quisiéramos infinito y en la que lo primero que metemos en la maleta es la nostalgia. Y hablo en plural porque es imposible no sentirse el que lleva la cámara,sea Siminiani, sea el narrador tras el que parece esconderse en ocasiones. Este poema visual, intimista e irónico, despojado de pretensión pero con una hondura sentimental encomiable, te demuestra que a veces hay que irse para encontrar lo que has perdido, o no sabías que necesitabas, debajo de la cama, allá, en tu casa, en tu país. No sé si es un testimonio pese a suceder en época de análisis, de profetas, de testaferros. Está la India y está el 15M. Santander y Madrid.  El centro y la periferia. Pero sobre todo está el amor, el autor, y muy profundamente, la vida.  Mapa es un poema animado de lo inmediato, una película de mayúsculas y minúsculas que sitúa la grandeza en lo cotidiano, en los sentimientos que reconocen todos los espectadores, en lo doméstico y en lo universal. Una cámara que es ya una parte de ti, una voluntad de contar lo que sucede y la tentación de caer en ese testimonio que casi no lo es, es tuyo y de otros. Lo obvio, lo reconocible y familiar emerge en un mar de dignidad completa. Y todo con una sencillez desarmante: una niña bañándose en un río, las pintadas de la calle, las estanterías de tu casa y tus libros de viajes. Sencillez que que viene de la mano de unas canciones que van enlazándose con otras, de Matthew Sweet a Etta James, conformando otro nivel de discurso. Pero no teman, no hay semiología: hay esa íntima e inconfesable reivindicación de casi todos nosotros de tener una banda sonora propia, de enumerar las canciones que te ponen las pilas, que son un implacable ruido de fondo para llorar a gusto, las que te hacen dar alaridos y comportarte como una descerebrada camino al trabajo, las que son como tu firma. Rob Fleming lo sabía muy bien y en High fidelity   una de sus listas era Música para poner en mi funeral. La música en Mapa es también parte de ese legado que construimos a base de escuchas de discos, de recomendaciones, de trenzar letras y momentos. De vivir.

Y por seguir con alguna referencia a Nick Hornby habría que decir que, aparentemente, todo esto sucede por una chica.  Desde luego, las hay con suerte.

Película: Mapa de León Siminiani

Música: Hay que escuchar esto, claro

Cuatro años de Anchoas y Tigretones

 

A unas y a otros, a los que leen y a las que solapan, a las que comentan y a los que ignoran. Aquí seguimos, de momento. Gracias.

 

 

La ficción y sus verdades

Hay días, de verdad, en las que una querría cerrar la tapa del portátil y que se quedasen dentro, en un remolino que enfila un sumidero, millones de cosas: los morros torcidos de toda la mañana y parte de la tarde, la mala leche, la adrenalina, la desazón y las malditas memorias. Bien. Pues dejémoslos ahí porque llevo una temporada como el naúfrago de Forges que le decía al compañero :”Un día me voy a cansar, José María, y entonces…”.  Desestimando la posibilidad de las huidas, de las maletas abrazando suelos de aeropuertos,  de los paisajes infinitos soñados de postales, no queda otra que quedarse y esperar si escampa. Parece que no, de momento, y que las lluvias torrenciales arreciarán, y mucho.

A veces, por puro acojone mental y cobardía, apetece adoptar la actitud del caracol. Hacerse un nudo cómodo en la concha, esperar a que termine de llover, olvidar que nuestro caparazón es tan endeble como algunas biografías. También es cierto que las retiradas a tiempo, al borde de las tormentas, nos dan ese intermedio ganado para la reflexión. Podemos, mentalmente, esparcir las piezas de ajedrez sobre el tablero y pensar. Mucho.

En medio de todas estas estrategias, de estos paquetes de supervivencia de diseño, casi de los que se venden en el coronel Tapioca, están estas líneas.  No sé si creo en la terapia de la escritura, creo, eso sí, en la distancia y el desdoblamiento, en hablar de una misma desde otro lugar que no es el mío, desde otro sillón que no conozco, desde un entorno en el que puedo ser mucho más incisiva, mucho menos insegura-quizás, quien sabe-, pero sí hablar de las realidades y ficciones de quien soy y no soy, de esa a la que veo en el espejo, a la que guiño los ojos y saco la lengua. ¿Hay personajes que superan o se comen a la persona? No lo sé. Hay quien muere creyéndose Tarzán o Drácula, hay quien se cree césar o diva antes que nada, y quien extiende la red de las imposturas en una compleja tela de heteronimias.  La verdad, aquí, tiene sus mentiras. Ya lo dijo hace mucho tiempo un premio Nobel.

Pero resulta que la ficción puede tener sus verdades, aunque sean impostadas, aunque no puedan palparse. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando el más famoso detective de ficción-con permiso de Mr. Poirot y otros más-es trasladado, dentro de otra ficción mucho más cercana, a nuestras snobs vidas de smartphones , apps y búsquedas en internet.  Veo Sherlock en la tele y me atrapa, además de su encanto tan contemporáneamente nerd,  su elegante abrigo largo sustitutivo del Macferlán,  sus parches de nicotina (cómo te comprendo, cariño) aparcando la cuasioficial pipa.  Y no hablaré de ese Watson que es mi máxima debilidad televisiva.  Gensantísima bendita.

Hasta aquí,creo, el guiño va en una sola dirección. Pero qué difícil es hoy sustraerse a comprobar en Google o en la Wikipedia el origen, características o, incluso, la existencia (en la red, otra impostura) de algunas cosas. Y cuando Watson en un episodio se congratula de las visitas a su blog, una abre de nuevo ese netbook rojo cereza que ha cerrado para no seguir sufriendo y encuentra esto:

The personal blog of Dr. John H. Watson  Oh. Dios mío. Es blogger. No lo puedo querer ya más a este jombre. Un momento: es el blog real de un personaje ficticio. ¿A qué jugamos guionistas o expertos de marketing? A la paradoja, claro. Y, mientras leo las escasas líneas, empiezo a deducir que la verdad, la mentira, los caracoles y las conchas actúan, realmente, como les salen de las mismísmas o de los mismísimos. ¿A que no sabéis cómo lo he comprobado?. Bingo: claro que sí, Sherlock tiene su propia página, a la que ha aludido en varias ocasiones:

The science of deduction  Sus casos, sus pensamientos, sus cosas, qué chiquillo.

Es triste que la realidad nos putee, claro que sí. Pero cómo mola, pero cómo, que lo haga la ficción. Cualquiera de ellas. Cómo comprendo a Irene Adler. I’m Sherlocked!

(Gracias a los enlaces en la página de Facebook de Pequod Llibres de la que debéis ser fans inmediatamente si no lo sóis ya)

Tres años de Anchoas y Tigretones

 

y que cumplas muchos más...

Y todo, todo lo que cabe en un post, en un cuaderno digital, en unos comentarios, en este extraño diálogo asíncrono, en todos los colores de mil pinceles, en idas y venidas, en mudanzas y asentamientos, en tantos días y en los años que llegan. Y en los que se van. Gracias a todos. Aquí seguimos.

Maromos 2.0

Yo no sé si Google, como decía aquel famoso artículo, nos está volviendo estúpidos. Personalmente, creo que sólo si ya éramos estúpidos previamente. Sí es cierto que  las redes sociales están modificando para siempre nuestro modo de relacionarnos-"yo quiero tener un millón de amigos y sólo conocer a tres o cuatro"-o de ser más o menos majos en función de las brillanteces o redicheces que podemos poner en nuestro perfil (me alegra que ningún amigo a día de hoy haya puesto ni una cita de Tagore ni "Oh, capitán mi capitán").  Algún día hablaré también de cómo ha cambiado nuestra manera de leer en un ejercicio de lectura rápida o  más bien "no lectura" de ojeador de titulares de periódico. Profundizando o no, conociendo personalmente o siguiendo solo una estela ciberespacial, acudir diariamente a esta especie de hoja parroquial mezclada con crónica de sucesos, se convierte en una rutina ya tan displicente como controlar el buzón de correo electrónico (Dios, me doy cuenta de que sólo me escriben analógicamente los de la Cuenta Naranja y Telepizza. Bueno, también Vodafone y esos, pero con el miedo que me da ver ese logo en el buzón, suelo esperar a que me mordisqueen la nómina para luego buscar desesperada el recibo y ver en qué interesantes conversaciones me he gastado el dinero. En fin)

 Servidora es pelín borde para según que cosas, y, aunque es una facebookera convencida, la pregunta de "¿Qué estás haciendo?" siempre le suena a recriminación, a cierto grado de acoso en el noble arte de pasmar y perder el tiempo o, como dice una buena amiga, "papar a nata". Pues bien, en esa marea cotidiana de status , canciones dedicadas-mi vida no sería lo mismo sin Spotify-las mentadas brillanteces o redicheces y algún que otro desencaminado que mejor estaría en el rincón de los oradores de Hyde Park, he descubierto el mundo de los anuncios en diagonal. Me explico : en algún momento en el que sí me disciplino y me leo los muy interesantes enlaces que cuelgan algunos de mis virtuales amigos, observo cómo cambian las columnitas externas al muro central y me acojona y divierte a la vez que me recomienden buscar empleo en algún ayuntamiento, mejorar mi destreza en otras lenguas y que vigile mi peso. Miro de reojo esas columnas y pienso en lo cabritos que son los buenos de los dueños de la cosa facebukera, pero no me quejo, porque hay quien obtiene ofrecimientos mucho más humillantes. Y a pesar de que todo esto me rebota, me hace pensar en la intimidad y que Big Brother me ve incluso cuando limpio con la manga la gota de café que cae sobre el teclado, un feliz acontecimiento ha venido a animar estas columnas extremas que tan poco quiero. Y lo han hecho con el mejor emisario del mundo, con el símbolo de la masculinidad, con el hombre que mira que parece que tritura, con Clive Owen en carne internetera  y mortal, ofreciendo una colonia que supongo de oro , incienso y mirra, con la misma  seductora sonrisa con la que alguna ofrecía manzanas dej árbol de la ciencia del bien y del mal. Caigo fascinada y me gustaría exclamar "He aquí la esclava del señor" pero queda feo y me van a decir de todo. Y, claro, mi gozo en un pozo. En el momento en que me hago fan de la colonia de marras, Clive, inconstante como todos los maromos 2.0 desaparece de mi vida y yo pierdo todo su interés. El de su mirada líquida, verde y pixelada.

El mundo es mercantilista y la virtualidad no lo es menos. Pero ahora que también soy fan de Daniel Craig y sus abdominales sin aliento, descubro que hay una aplicación en su perfil que es algo así como "Get a daily dose of Daniel". Y claro, una no puede resistirse a según qué dosis diarias. Me temo que es lo mismo que le pasa a Malkovich con Nespresso, quiero decir, con Clooney. La posibilidad de tener en las manos de uno el futuro de George tiene que poner mogollón.  Y luego todo son excusas, que si nos quedamos sin tal sabor de café, que si soy un demonio, blablabla. La publicidad es sabia y lo dice muy clarito :"What else?". Pues eso. Que mucho cuidadito con la maromez 2.0 . Estos tiorros de calendario que vienen de serie con chinchetas para clavarse una misma en el corazón sólo quieren de ti tu voto positivo. Y luego, van y se olvidan, los muy cabritos. Joer, no sé a quien me recuerdan…..

Sexy men with glasses

 

Chapón y nerd para mí el number one

 Para Laure, que lleva unas gafas muy cool y quiere ser muso de algún post. E para Craig que case nunca leva gafas, pero que lle dan un punto.

La mirada, los ojos y sus gadgets tienen en mí a una devota seguidora. En esos infumables test de revistas femeninas en los que esperan que seas o muy modelna ("demasiado desenvuelta" diría mi padre) o muy romanticona y a la pregunta "¿qué es en lo primero que te fijas de un hombre?" debes responder culo/manos,yo añado una categoría: que tenga gafas.

No hay nada más sexy para mí que unos ojos espejados,líquidos, parapetados en la distancia del que habita un mundo ajeno, del que tiende un puente al interlocutor pero que no se prodiga, de ese juego miope que me enternece y conquista a la vez. Entendámonos: no las gafas de "freak, geek and confortable shoes" o de heredero de circunferencias concéntricas de Mr. Magoo. Me gustan  los hombres que se quitan unas gafas  innecesarias, de atrezzo,  que miran descarados por encima de unos cristales casi sin graduar. Hombres con  lentes que cabalgan encima de su nariz, hombres que se frotan los ojos desorientados después de dejarlas abandonadas sobre la mesa o abrillantándolas pudorosamente mientras mantienen la conversación.

De la displicencia casi gótica exhibida por  Johnny Deep al atildamiento retro de Ewan McGregor, las gafas son indispensables, para mí, en un juego de seducción. Marcello estaba adorable con ellas (¡cuando no!) y Burt Lancaster tenía el mejor de los perfiles. Steve MacQueen es el icono de RayBan y Cary resultaba increíblemente tierno como paleontólogo torpón con una montura  casi más grande que él. Bardem era un inocente gafapasta en una casi olvidable película. Y sueño en algún momento que he visto a Rupert Everett con gafas…Y prefiero no hablar de Morrissey que me cierran el blog. 

Por eso, cuando veo que un hombre atractivo rebusca en el bolsillo de su chaqueta rezo porque no sea tabaco ni un encendedor ni un iphone ni nada tan cool. En estas épocas de cirugías láser en las que todos hemos de ser megaperfectos, rezo, repito, casi como un mantra y encarecidamente, porque saque un estuche de gafas ligeras, atrevidas, clásicas o extravagantes. Que, lentamente, se las ponga, me mire y me pregunte si nos hemos visto antes. Hay momentos que son perfectos, incluso fuera del cine.  

 

Dos años de Anchoas y Tigretones

 

 

 

¿Quien se apunta a una cerveza?

Hoy cumplo dos añitos, desde un primer post titulado "Autopoética, razones para escribir un blog". A los que han estado aquí y se quedan, a los que se han ido, a los que vuelven, a los que discrepan, a los que les gusta, a los que me ignoran, en fin, a todos, gracias. Y seguimos adelante.

Públicas escrituras, vidas privadas.

¿Sabías esto?

Ya sé que la expresión puede quedarme un poco demodé. Pero hoy, pensando en Salinger y Holden Caufield, le doy vueltas a la creación de un neologismo que creo nos hace mucha falta. Estoy hablando del "aquí hay tomatismo". Entiendo por !aquíhaytomatismo" la necesidad , casi arqueológica, de hacer exégesis y recuento de las particularidades vitales de quien destaca en otras lides. Salinger era escritor. Poco prolifico, es verdad. ¿Supervalorado? Es posible. Más que eso: el riesgo que tienen personajes como Holden es convertirse en letanía y pasto de freaks. En pegatinas y camisetas. En citas como las ubicuas de Tagore, las lágrimas y las estrellas, o en otro orden de cosas, el recit de "las naves de Orión y las puertas de Tanhausser" en los alucinados y perdidos ojos de Rutger Hauer. Cuando yo tenía dieciséis años, dejé que un chico me rozase la rodilla  mientras se marcaba el rollete imitando a Hauer en Blade Runner. Me pareció precioso, y aunque no entendía un carallo de lo que me estaba diciendo, me pareció lo más profundo que me habían contado en mi vida. Unas semanas más tarde lo dejé porque se quedó dormido viendo "Muerte en Venecia" en el cine Valle-Inclán. Y claro, para una aprendiz de cultureta, para una devotísima buscadora de citas que soltar en conversaciones con los chicos cultos de COU, aquello era una ordinariez. Y una falta de militancia. Ya era bastante duro fingir que habías leído a Proust a los catorce años. Pero no hiperventilar con aquella peli, con la que había que hiperventilar para ser lo más cool del mundo, no podía ser. Y a pesar de la dulzura de sus ojos color Coca-Cola tuve que dejarle. Una se debe a su prestigio.

Cuento todo esto porque, decía al principio de esta digresión, que salen ahora todos los exégetas, buceadores de archivos y demás, contando que Salinger era un misántropo (cosa que ya sabíamos, por otro lado). Que era un borde. Que no quería la fama. A pesar de su querencia por ser Bartleby-como Rulfo, como muchos otros-por pose, por iniciativa propia, no quería salir a la luz pública. Nunca pensó en acudir a un show televisivo ni en salir en la revista "Cuore". Y digo yo .¿y qué? ¿Son tan importantes los gustos, aficiones o querencias de los autores? A mí me importa un cuerno si en su casa tiene álbumes de mariposas o si coleccionaba pegatinas de la fruta (yo lo hago, ¡mola!). También me importa un comino con quien se acostaba Gil de Biedma, si era homosexual, trisexual o lo que le diese la gana. Pero leo "Pandémica y celeste" y sé que adoro esa escritura que sí me lleva a un mundo que quiere compartir porque a él le da la gana. Pero del que yo no necesito indagar. Se me ofrece. Y lo venero. Otra cosa son las polémicas sobre pasados filonazis, ofrecimientos a la censura franquista o delatores en la caza de brujas. Ahí entramos también en el juicio público.

Hay escritores que se convierten en personajes. Es su elección. Y no me refiero sólo a los que quieren ser arzobispos de Manila porque les parece muy bonito o a los que en pleno arrebato alcohólico hablan del "milenarismo, ¡cojones ya!". También los hay que van a hablar de su libro. Incluso los que suben en ventas por su felina mirada neoyorkina. O los que protestan por las concesiones de premios. Me parezca bien o mal, es su elección. Siempre he adorado a Truman Capote, ese inmenso cotilla, que supo crear un híbrido entre periodismo y literatura, con él como personaje.Pero cuando alguien elige estar en la sombra, cuando se debe al frío y gris invierno del centro de Europa como Kafka, su intimidad debe ser garantizada. Y no dejemos que el aquíhaytomatismo, que el discurso cotilla, se haga imprescindible. Dejemos a las revistas del corazón hacer su trabajo. Porque la vida, solamente en casos muy contados, debe ser convertida en literatura de cordel.

 

 

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