Anchoas y Tigretones

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Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

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Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

Vivian Maier y el extravío voluntario

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Tengo fascinación por los seres extraviados. Extraviarse es crear un propio ecosistema donde la realidad sea una posibilidad, nada más. Escribí sobre los Modlin y sigo siendo una devota de aquella familia singular que se deshabitó en unos contenedores de la calle del Pez en Madrid, dejando al azar- no sé si por voluntad propia, como una última y arriesgada performance- el encuentro y reconstrucción de un mundo privado de fotografías casi infinitas, de documentos que servían la posibilidad futura de un documental en bandeja.  Me gustan también los genios desobligados con su propia obra, los que se reencuentran con un éxito desconocido en otro lugar del mundo: la historia de Sixto Rodríguez (En busca de Sugar Man) es tan sorprendente como inverosímil, lo que explica  su sorpresa al ser encontrado trabajando como carpintero en un suburbio norteamericano y desconociendo que en Australia era un ídolo de masas, un artista de culto, rodeado de un misterio que él no había creado. Imagino a Rodríguez aterrado y sorprendido a la vez, casi como Brian en The life of Brian  cuando se asoma a la ventana y se encuentra con que le han proclamado Mesías y da su famoso discurso.  Hace días he visto el documental que sobre la fotógrafa Vivian Maier ha creado el jovencísimo John Maloof, el “descubridor” llamémosle así, de la obra de la fotógrafa  y creo que tiene bastante que ver, por motivos distintos, con la familia  que habitaba  la calle del Pez y con el carpintero-cantante, triunfador en las antípodas.

Una mujer excéntrica, que trabaja toda su vida como niñera, fotografía compulsivamente: retratos, escenas callejeras, composiciones arriesgadas con un glamour digno de Vogue, objetos cotidianos que se iluminan ante su mirada perspicaz. Esa disección acertada, ese colarse dentro de las escenas, ese poder acercarse tanto a desconocidos y parar el tiempo en un gesto, en un ademán ensimismado, en una carcajada sincera, en una intimidad efímera es, creo, la genialidad de los grandes fotógrafos. Retratar casi desde dentro, diluirse como protagonista y  ser más cronista que narrador, dando  paso a unos personajes que no brillarían de la misma manera de no haberlos entendido de forma esencial: la fotografía es eso y Vivian Maier lo sabía. Durante una vida llena de mudanzas, cambios de trabajo y lugares de residencia acumula cajas y más cajas, negativos y revelados, cachivaches de todo tipo, pero no deja jamás de fotografiar. Sus cajas fueron encontradas de forma casual por el director del documental y hoy responsable del legado de la artista, comenzando así la búsqueda y la investigación por  reconstruir e intentar entender la identidad de la misteriosa fotógrafa. El documental es un viaje por encajar piezas de un puzzle no siempre sencillo, no siempre complaciente-incluso algo aterrador- de la figura detrás de la cámara. Alguna mentira, datos velados sobre su origen, la persistente negación de su yo, casi la impostura.  No aludo a uno de los aspectos presentes en el documental, el de esa posible figura terrible, hosca y atormentada. Me paro en algo que dicen algunos de los entrevistados: “A ella le habría horrorizado esto” “No le gustaba nada ser conocida”. Estamos ante el quid ético del asunto, ampliable a los inéditos de escritores, las correspondencias privadas, lo que queda enterrado en cajones…¿es una oportunidad de reconstrucción, un acto de impagable hagiografia o una traición al espíritu primero del arte y la voluntad artística? ¿Pensaba la fotógrafa amateur que algún día llegaría su oportunidad o seguía adelante porque sí, porque el carácter último de la creación es la compulsión y nada más?  Imagino a la Maier sonriendo divertida donde esté, si es que sabía sonreír. Me agrada la idea de pensar en todo este galimatías como un perfecto divertimento, como una trampa interesada para ser descubierta en el momento en que ella no tuviese que rendir cuentas sociales de su arte y de su vida: tira del hilo si te interesa, cuando creas que has terminado habrá aún más. Y esa paradoja sublimada es lo que a los espectadores con un punto autocomplaciente nos tranquiliza y, a la vez, nos gusta: ha triunfado sin la necesidad de pactar o de mostrar lo que existía detrás de su arte. Se ha evitado recorrer la vida demostrando constantemente quien era. Con este descubrimiento póstumo ha generado un negocio, pero su voluntad real, subrayo, la desconocemos. Esto es, para mí, la cumbre del extravío, la última  excentricidad : no seré notoria ni pública hasta que el azar me encuentre; mi arte es una botella que tiro al mar con un mensaje. Acumulo y ofrezco, pero mucho después. Disfrútenme, pero no molesten. Y esto, queridos míos, es increíblemente moderno y sagaz, tan misántropo que hasta yo me relamo.  Yo creo en una Vivian Maier perfectamente consciente de su arte y de su técnica, que estaría horrorizada del cariz expositivo y casi porno que ha tomado la intimidad en los tiempos  de la actualización al minuto.  Por lo tanto, brindo por una extraviada genial, a la altura de tantas otras. Y,  pesar de lo que digan, cierto grado de hermetismo, de silencio, es necesario para la creación, para poner la lavadora o para pensar en el punto de cruz. El ruido ubicuo y el cacareo hacen de nosotros seres dispersos y con una autoestima cutre.  Planear todo esto sin tener que vivirlo es de diez. . Qué digo de diez: de extravío genial.

El documental de John Maloof  Finding Vivian Maier  puede verse en Filmin, al igual que Searching for Sugar Man y The life of Brian.

La web creada a partir del hallazgo de las cajas de Maier es una gozada y no deben perdérsela: Vivian Maier.

 

Bildungsroman al revés

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Old typewriter de Ptr Kratochvil. Imagen en dominio público, pulse para fuente.

Cuando Pip Pirrip vuelve a casa se dice a sí mismo que nunca preguntará a nadie por qué vive donde vive, por qué ama el lugar que le vio nacer y, sobre todo, por qué permanece allí. Y lo dice mientras contempla ese extraño paisaje alejado del paraíso, paisaje dotado de una calma extraña en su soledad acompañada de bandadas de pájaros que visitan la niebla, lugar de  luz desacompasada de atardeceres y tedio. Veo la adaptación de esta novela de Dickens que ha hecho Mike Newell- ¿cómo es posible que yo no sea británica de nacimiento con TODO lo que me gusta su televisión, sus libros y sus cantantes de Manchester?-y pienso en esa vuelta a casa, en su rehacer de recuerdos y recortes del pasado. Pip y  su sentido de culpa por aquello que se ha perdido y también en su vuelo a la feria de las vanidades; tapando con jabón de lavanda el olor previo a jabón Lagarto, a pulir las uñas y los zapatos de charnego, a iniciar la metamorfosis que es más un vuelo de Ícaro, breve y desordenada. Pero me gusta sobre todo Pip después de la moraleja: eres quien eres y el vínculo, el necesario, el que te acompaña, es a donde perteneces. Había una cursi canción de los ochenta que hablaba de hacer tuyo el lugar donde cuelgas el sombrero. Es cierto: no es tanto delimitar espacios con escuadra y cartabón, no es la firma de una hipoteca, no es la propiedad. Es la idea de todo aquello que te ha creado y es tu eterno equipaje.

En El bar de las grandes esperanzas, el pequeño J.R. habla, desde la perspectiva del adulto, de criarse en una clásica taberna americana, con su música y desbocado anecdotario. Historias que inyectan en la mente y la imaginación de un niño atento y admirado aquella pléyade de poetas, policías, boxeadores y gente común, la más difícil de retratar en literatura. J.R. inicia su viaje en la vida entre humos y alcoholes, con historias de exageración y de muy pagana verosimilitud. El bar Dickens- no podría llamarse de otro modo- es el lugar donde cuelga su sombrero este niño observador y solitario, tan necesitado de ficción con la que llenar ausencias, de alimentarse de las vidas de otros para ir diseñando a lápiz, en un papel arrugado, un futuro itinerario que, como es natural, nunca sale como se espera. Y esto, por fortuna, es así.

Y también Totó necesitaba llenarse de aventuras en India y de pistoleros del Oeste, de romances de perfume y carmín, de lo remoto y lo soñado. En Cinema Paradiso, la consigna es la emoción ante lo extrordinario, la evasión medida y consentida en el metraje de películas que llegan en bicicleta al sofocante calor siciliano,  el mundo en una cinta de pulgada. Pero Totó, como parte de ese borrador que es la infancia, recibe un consejo que dará carpetazo a todo lo demás: no vuelvas una vez que te vayas. Llévate todo este equipaje a cualquier otro lugar, guárdalo en un arcón; ventila de vez en cuando tu melancolía, pero no vuelvas. Pisar de nuevo estas calles en cuesta, el blanco cegador de las casas apiñadas, todo aquello volverá a darte la morriña recobrada, esa sensación de no haber estado donde tenías que estar, esa culpa de nuevo por perderte un ramal del camino, esa idea de que otra vida te esperaba y escogiste la más luminosa.  Pero volvió. Y se encontró con el tiempo detenido en parte, que es la peor forma en la que puede atizarnos la nostalgia. Y es la peor, porque lleva siempre unos cuantos átomos de culpabilidad.

¿Por qué cuento todo esto? Bueno, en primer lugar porque me da la gana. Pero también porque creo que es necesario que todos emprendamos un viaje de vuelta hacia aquello que es imprescindible. No hablo de familia- ¿hay que recordar la cita de Ana Karenina?-sino de un vínculo mucho más extraordinario, sutil y permanente. En la vida se abren puertas y ventanas, entra el aire, se llena de humo y a veces de lluvia, pero siempre queda lo fundamental. Pero esa esencia, por decirlo de algún modo, no tiene que ver con tedio.  Noto en la escritura, en la prensa, incluso en las pintadas de los muros, un tufo a saturación y a déjà-vu- me encanta decir déjà-vu- a impostación y a falta de originalidad. A repetitivo. A dar en el palo del gusto a una audiencia entregada de antemano. Puede que yo no tenga mucha autoridad moral porque no soy escritora, no sé la dificultad de crear todos los días y ofrecer originalidad. Pero sí sé bastante de lecturas, de innovación y de ensimismamiento. Y mucho me temo que estamos perdiendo el espíritu crítico ante los fuegos artificiales indies, ante la invasión de la “extimidad, ante el exhibicionismo y ante la entronizacion de lo efímero. La banalización – y la saturación editorial, todo hay que decirlo-hace que no demos abasto a absorber propuestas para, posteriormente, darnos cuenta de que muchas son puro humo, refrito, encargo hecho aprisa y corriendo o, mucho peor, sin entidad propia. Hablo en general, que es lo que se puede hacer desde los blogs de provincias, hablar en general.

Creo que hay que irse, poner distancia, saber si tenemos algo que decir o comentar y volver cuando sea propicio o nos apetezca. No hablo de nada más que de cómo nos relacionamos con lo que leemos. A la literatura, con los legítimos resbalones de calidad en la trayectoria de alguien-nadie es infalible- hay que volver cuando tienes algo que contar. Y, como Pip, no preguntar nada, asumirlo: me voy porque, a lo mejor, no quiero irme pero no puedo quedarme. Necesito distancia. Y nada más, que de esto no ha muerto nadie, al contrario: han nacido muchos escritores de verdad.

Lo mismo sucede con la extimidad antes mencionada y con la exigencia de la prisa. Yo estoy desconectando digitalmente, volviendo atrás, reconstruyendo muchas cosas de forma analógica. Y si tuviese que hacer mi propio bildungsroman, sería en estos momentos un bildungsroman al revés, algo como lo que hizo mi hijo pródigo favorito, Reginald Perrin: salir, crear, subir, ser otro y desde ahí o dar cortes de mangas o pasar de todo. Reginald recreaba desde lo punk, otros quizá podemos hacerlo desde la necesaria barrera de la nostalgia, pero alejados de ruidos y cantos de sirena, de cacareos y de excesiva ansiedad o insistencia.

 

¿Lo ven? Gran Bretaña de nuevo. No tengo remedio.

 

Chaval, te borro del feisbú

 

 

goma milán

Decía yo a finales del 2015 que había que desobligarse. Y sí, esto es cierto, pero, en pura contradicción conmigo misma, estoy intentando adquirir una disciplina de escritura. Al menos, sentarme en este bonito escritorio que tengo dispuesto con sus botecitos de lápices y rotuladores, con su ventana que da a un callejón – no podría ser de otra manera, ¿cómo va uno a inspirarse frente a un jardín frondoso y con banda sonora de pajaritos?- y con ropa variopinta en los tendederos del vecindario (esa gran novela por escribir, pero que ha dado este fantástico blog de Avelino González del que soy fan total). En ese ecosistema extraño que son los pisos habitados por uno solo, la absoluta anarquía de la distribución del tiempo nos da para pensar en millones de cosas, especialmente cuando te pones en modo multitarea: escribir, lavadora, música que escuchas pero que no, contestando mails y vigilando la cafetera, recordando libros y cosas que vas a repartir a amigos pedigüeños y que debes poner cerca de la entrada para no olvidar; en fin, la vida de los que compramos agendas por el puro placer de tenerlas y no usarlas.

Hoy pensaba yo, en medio de un caos doméstico de lo más estimulante- personalidades múltiples del centrifugado de la lavadora, vida sexual absolutamente impostada de una vecina o la tiranía del grifo de la ducha goteando pese a mi empecinamiento en cerrarlo- en últimos reencuentros con amigos que fueron muy cercanos en su momento, que desaparecieron o estuvieron en barbecho, y a los que he visto  últimamente. El hecho de ser güerfanita hace que muchas personas se enternezcan, se acerquen de nuevo con un sentido del pesar muy oportuno y que agradezco mucho. Me resulta difícil de entrada retomar el pulso, volver al universo común que en un momento de la vida tuve. Con algunos se produce ese milagro empático de viajar a ese momento del tiempo en el que te unieron esos lazos: la conversación comienza a fluir y quizá se ponga una primera piedra en esa segunda etapa. Pero no siempre es así. Reconozco que, con los años y a pesar de ser considerada muy sociable, he desarrollado una misantropía gradual y moderada, lo que despierta mi lado arácnido hacia cierto tipo de encuentros o mejor dicho, de reencuentros. La vida te lleva a un lado y a otro, y del mismo modo que considero necesario hacer limpieza en los armarios – muy de vez en cuando, es verdad- hay personas que desaparecen porque sí, porque ni tu vida o la suya coinciden, porque se emparejan y desaparecen, porque son incapaces, como tú, de mantener un contacto. Pérdida de interés, desidia o quizá es simplemente el pulso de la biología. No creo en la grandilocuencia de los amigos de toda la vida: claro que existen, pero se convierten en personas que puede que no tengan nada que ver contigo. Poco que objetar a los encuentros puntuales, a reavivar el cariño de los juegos y primeras confidencias compartidas, y cada mochuelo a su olivo. Y no pasa nada, es así, un recuerdo dulce y hermoso, sin mayores trascendencias. Pero me desconcierta esa obligatoriedad del lazo que se creó en un momento concreto, cuando tú y la amiga o amigo érais el proyecto de las personas que sois ahora. Y sí, mantengo amigas y amigos de la infancia, y han sido muchos de ellos compañeros de viaje (a medias de este post me he dado cuenta de que ya había escrito algo sobre esto, vaya por Dios, y mucho mejor: la edad nos obliga a repetirnos, qué vida).

Pero esta digresión que comienza va por otro lado: por los que desaparecen voluntariamente. Por aquellos que, sin que tú sepas qué ha pasado, te hacen la cobra- virtual y física- y se largan por donde han venido. No lo comprendo. Yo necesito que me pongan a parir, que me digan qué les ha parecido mal. Prefiero que alguien me diga : “Has sido una cretina y una gilipollas en esto, en esto y en lo de más allá” y yo ya pondré carita de gatito de Shrek ( no de la niña, no, del gatito), o curaré mi maltrecha autoestima o presentaré argumentos en una conversación, intentémoslo, moderada y cariñosa. Si se puede, adelante, si no, madre del amor hermoso: viene la parte de “te borro del feisbú”. Borrar del feisbú se ha convertido en, más que una amenaza, en un sentimiento pasivo-agresivo (me chifla decir esto, repitan en alto: “pasivo-agresivo”. ¡Es tan Jodorovsky!). Pues claro que yo he borrado gente, no te jode, tengo mi corazoncito y si alguien es trol, me molesta, o, sencillamente, no cumple el aspecto básico fundamental de las redes sociales- esto es algo de coña, se lo inventó un chaval de nombre imposible y no es la vida- pues fuera. O cuando no tengo ninguna relación más de la cortesía inevitable o cuando tengo mucha más relación fuera de internet. No me parece descortés, me parece normal. También tengo amigos a los que quiero muy analógicamente hablando y que son unos fachas de carallo, votan a Albert Rivera o protagonizan bochornosos rifirrafes online. También los hay que me quieren catequizar, los que crean páginas sin ton ni son de las que tengo que hacerme fan a pelotas, porque sí, sean de protección del urogallo noroccidental (yeah) o de papiroflexia recreativa. Porque si no lo hago, al loro, les parecerá mal. ¿Nos estamos volviendo todos algo tontos de capirote o pasamos demasiado tiempo mirando las casas de los vecinos, en ese patio de lerchas que es, fundamentalmente, Facebook? Y claro que me lo paso pirata, hombre que no. Y  amigos de verdad, a los que veo poquísimo porque viven en a tomar por saco- qué manía tienen mis amigos de vivir tan lejos, deberían corregirse- me mandan enlaces, me hacen reír con muchas cosas, me leen y me dicen lo que les parece que está bien o mal. Ahí sí que le estamos dando bien a lo digital. Y sobre todo: quien me hace reflexionar, los que hacen que, disintiendo, me plantee muchas cosas. Y esa es la única riqueza que creo que podemos obtener, ya que no somos Zuckerberg, que ese sí se está forrando con nuestras cuitas.

No soy apocalíptica en ese caso, soy más bien integrada. Pero sí creo que de vez en cuando hay que parar un poquito, porque la sobreexposición altera nuestro entendimiento. La vida en el siglo XXI, y da igual si es red social, posesión de smartphone o tiempo de visión de pantalla, es una combinación de ambas cosas: lo que está en línea y lo que está fuera. Construir identidades está al alcance de cada uno, eso es un hecho. Pero si a alguien le molesta o le ha molestado alguna criba realizada en una red social, debería hacérselo mirar o, al menos, volver a usar el teléfono para quedar de forma muy analógica, tocarse la piel de forma también muy analógica- y mucho más placentera- y mirarse a los ojos analógicos.  Si desaparecemos de la vida virtual de la gente no importa (agradezco mucho, mucho a algunas personas que me hayan borrado). Tienen que doler otras ausencias, aunque algunas evaporaciones, por decirlo así, sí pueden doler y desconcertar. Pero es el pacto.

Por todo esto, al encender el ordenador quizá tengamos que plantearnos no ir a nuestra red social favorita, no pensar en seguidores, no observar con un vuelco en el corazón que ha bajado en uno o dos el cómputo de amigos feisbuqueros. Están de limpieza o de arroutada, que todo es posible y no pasa nada. En la vida, la política y en nuestras identidades digitales hay puertas giratorias. Pero hay muchas riquezas en línea que explorar  y que carecen de cómputos. Naveguen y naden. O, como decía Flaubert, siempre queda la opción de sumergirse en la literatura como orgía perpetua. Si pueden ir a otras que no sean literarias no seré yo quien lo juzgue.

 

 

Siete días con Esther

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Para Carlos Portela

Por quinientas, por mil, por muchas más razones esperaba con ganas la novela de Esther. Y no solamente por todo lo que llevamos diciendo tanto tiempo: Esther fue parte de nuestra vida, más de niñas que de adolescentes, o eso creo. Sus cuitas, su moda, sus peloteras con Rita y sus paseos en bici por parques ingleses, trabajando como voluntaria y llevando uniforme de enfermera. Era, claro, la obsesión por un niño Beckham  antes de que Beckham existiese, los discos esparcidos por la habitación, las pecas y las amigas cabronas. Todo eso, y algunas cosas más, las conté cuando salieron Las nuevas aventuras de  Esther, ese cruce entre revival y deseo incumplido, inesperado, de una Esther adulta que sigue siendo en esencia la misma, pero con más alegrías y cicatrices. Esther exhibía ahí un pasado tan benevolente como poco escandaloso, con una hija en la que mirarse algunos años atrás y con un intento de reconstrucción de amistades y promesas de viajes. Fueron estas Nuevas aventuras… un bálsamo reconfortante para todas las enanas ya crecidas que esperábamos que Juanito cayese de una vez de la burra y asistir, por amor de Dios, a ese final feliz que ansiábamos en nuestros parapetados corazones intranquilos, tapados por trencas y carpetas forradas con posters del Super-Pop. Creíamos ser parecidas a Esther y sus mundos. En realidad, las  paradas de autobús de nuestro entorno provinciano estaban llenas de lluvia y viento, muy alejadas de aquella cotidianidad exótica de uniformes británicos con corbatita y chaquetas con escudos, en autobuses de dos pisos y rodeadas de chicos rubios y también pecosos.

Pero no. Mis ganas de Esther eran otras. Eran, sobre todo, saber cómo funcionaba ese icono de pecas y coleta (no pun intended) en el campo de la novela. Y eso es lo que me he encontrado y me ha encantado. Una novela que es una suerte de A day in the life beatlemaníaco pero en una semana, precedido cada día por una cita alusiva en la que no faltan The Cure, Blondie, los Rolling o, claaaro, Bowie. Y en donde  la música de los ochenta-noventa (con algún setenterismo) va  desde lo más trash y trasnochado hasta exquisiteces también muy mainstream, apareciendo de forma explícita en conversaciones, como banda sonora de fondo y como sintonías imaginarias de algunos personajes (oh, ese italiano al que debería preceder siempre el Sono tremendo de Rocky Roberts). Porque en esa semana cualquiera de lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo; Esther cuenta todo lo que le pasa por la cabeza cuando va en coche al trabajo, cuando tira un Iphone a un retrete o al conducir una ambulancia en cómplice robo, descubriendo a una mujer tremendamente divertida y con una imaginación desbordante, que es capaz de hilvanar una larga digresión sobre lo fácil que es aparcar en las películas de Doris Day hasta cuestiones mucho más polémicas, como las mujeres que minimizan a otras mujeres por no ser madres o la consideración de que todos somos Oompa Loompa (lo que le sirve, por cierto, para despachar la versión de Tim Burton de Charlie y la fábrica de chocolate como un “mal chiste con envoltorio pop”). Y participa en conversaciones o esboza monólogos  en los que asoman Caitlin Moran, Juego de Tronos, las etiquetas de Twitter, Jane Austen y los camisones, la gordofobia…y la televisión y el cine que acompañan a esa música, con una memorable referencia a las pequeñas Nicolás del post-it, Romy y Michelle. Esther se ha convertido no solamente en una tía mucho más valiente, más autocrítica y mucho menos llorona. La reconoces, pero ahora te  cae mucho mejor. Para empezar, porque su vida es tan imperfecta y cojonuda como la de cualquiera. Tengo la sensación de que no es una vieja conocida. Es la chica que iba en tu clase en el instituto y que te caía bien, pero con la que nunca intimaste. Y te la encuentras por la calle un millón de años después y, voilà, hacéis click. Y quedáis de vez en cuando a hablar del café que os estáis tomando, de la vida y, quizás, de True Detective y la depilación láser. O de Podemos y del paro, de si vale la pena gastarse más de veinte eurazos en la última de Donna Tartt, de los conciertos hípster en las salas de moda y de enfermedades familiares. De la tristeza y de los inciertos futuros de telediarios y guerras. O, también, de lo difícil que sería ser amigo de los amigos de la infancia si los hubieses conocido hoy en día porque, qué duda cabe, ese sí es un tema de candente actualidad.

Ah, se me olvidaba. Esther cumple cuarenta. Para esta vieja lectora, que ya los cumplió hace unos cuantos años, es lo de menos.  Lo que importa es pasar una semana con ella: sentir el optimismo de Rita y la inquina adolescente de Patty; la romántica vejez del señor Patterson y la sombría serenidad de Kerry (que siempre me pareció que era el que estaba más buenorro, dónde va a parar, con sus gafas de médico y esa pinta grave de chico mayor y responsable). Hay que  ir con ella al trabajo y a comprar cena congelada de nombre imposible. Verla reír, agobiarse, meter la pata y resolver cuestiones cotidianas. Y por supuesto que nos reencontraremos con Juanito y con cosas del pasado. Pero eso, lectoras, ya os compete a vosotras. Yo solamente pasaba por aquí.

 

Hay una lista en Spotify absolutamente genial que se llama #LasCancionesEsther

Wallflower

funny

 

 

Hay una película, que antes fue novela, en la que a Charlie – el chico tímido y sensible refugiado en los mundos de ficción, con nula vida social  y la eterna responsabilidad de demostrar que está bien para no preocupar a nadie-le regalan una máquina de escribir. Se la regala la, otra vez ya visto, la chica aparentemente inalcanzable y que lo observa con ternura, admirándole en secreto, sabedora de sus realidades tan diferentes, de sus planetas distintos, de sus ecosistemas tan incompatibles. Sam le pide a Charlie que escriba alguna vez sobre ellos, sobre esa historia común que existe y no es a la vez, lo que ellos entendieron que podría suceder y que quedó bajo las líneas aún sin trazar.  Claro que hay más cosas que conforman lo ya conocido de los universos adolescentes abocados a un ocaso prematuro: hay una canción en un túnel, sexualidad indefinida, recuerdos que agreden y maltratan, un chico más guapo y musculoso, la universidad como un portal que hay que atravesar para entrar en otra dimensión.  El mundo de los chicos populares, de los alternativos, de los que cantan a Bowie a grito pelado en un coche prestado. Los que nadie ve, los que nadie mira, los que viven silenciosamente al lado de los chicos y chicas dorados, los que son invisibles, los que son wallflowers, aquellos en los que nunca repararía casi nadie. Insisto: no he leído la novela, he visto la película -oh, esto da para más tópicos- pero me gusta ese concepto alejado del solitario pirado o solitario cabrón o solitario que está en fase de nosesabequé. Adoro a Holden Caufield, no acabo de comprender el falso postureo-aunque sí me gusta su mala leche- de James Sveck; y Etgar, la criatura de Ben Brooks,  me resulta agotador.  Y me conmueve demasiado su ira, lo cual es contradictorio y muy propio de etapas de hormona y desencuentro. Dejémoslos inmersos en sus telas de araña y volvamos al concepto, que diría Manquiña.

Una flor en la pared: es fácil imaginar esos papeles pintados setenteros, tan de moda ahora otra vez. Vistos y archisabidos, con detalles minúsculos y aburridos, en los que no reparamos porque lo sabemos de memoria.  Las redes sociales están plagadas de wallflowers y de reinas de corazones. Hace unos días he leído algo que, seguro que ya es muy popular y voy a quedar horriblemente, escribió alguien sobre Facebook: “There´s a certain sadness behind all the blue skies, beaches, and brunches I see on my facebook”.  Quería saber de quién era esto y he tecleado esta frase en el buscador, así a machete limpio, con un par y me sale atribuida a @GSElevator. Y me encanta este perfil, que hace referencia a cotilleos oídos en el ascensor de la compañía Goldman Sachs y que, dicen, no permanecen nunca ahí. Esto me encanta. Además, es muy Mad Men. Y es una teoría de construcción del personaje completa e interesante: mola tu instagram pero no sé si me molas tú, me molan las fotos vintage que publicas pero no sé si me interesa nada más. Construyes una impostura y te la crees: Ripley, supera eso. No eres tú, es lo que publicas. Y tú, viva Perogrullo, no eres lo que publicas.

Yo no sé si en los intentos por seguir siendo los más cools, los más odiadores, los más sarcásticos, los que están más que de vuelta de todo, hay una carrera de fondo por no perder el sitio en la barra del bar virtual.  No soy cínica, participo y me gusta interactuar, si no, no estaría. Pero me alegro de ser bastante wallflower, de poder vivir las cosas un poco desde lejos, de no tener que alimentar mi leyenda ni hacer la pelota a los creadores de opinion de turno. Y sí : me exasperan los gatitos, los pierrots con frases de Tagore o Coelho, ver por quinientasmil vez la fachada de la Biblioteca de Kansas, los icebuckets (conste que a mí me molan algunos, ese Neil Gaiman,señorjesús), los dibujos con abrazo de oso y mil lindezas más del chonismo lírico (nota mental: CONCEPTO A DESARROLLAR, no se me lo apropien). Pero detrás de todo esto están personas, muy pesadas, vale, poco oportunas, ya lo sé, pero personas. Y es algo de lo que intento no olvidarme. Molones de las redes sociales, sarcásticos profesionales: los de las frases de Coelho tienen mucha, muchísima más calle que vosotros.  Y salen mucho más.

Creo que ser wallflower a veces está muy bien.

 

Peter Cameron  Algún día este dolor te será util  Libros del Asteroide, 2012. Traducción de Jordi Fibla

Ben Brooks  Lolito  Blackie Books, 2014. Traducción de Zulema Couso

Y, claro, El guardián entre el centeno. Mi vieja edición es de Alianza Editorial.

La película The perks of being a wallflower  tiene una banda sonora muy potable.

 

 

Comfort zone

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Détail de “Blah, blah, blah” du studio Louise Campbell (Maison du Danemark) (Wikimedia Commons)

Quizás esto no debería ser un post para un blog. Quizás esto debería ser un decálogo de decálogos, un mensaje embotellado, un encurtido imaginario. Quizás no debería de ser nada porque nada es lo escrito en digital, ni siguiera es una estadística fiable.  Pero es parte de mis  cuadernos de algo. Uno de mis libros favoritos es aquel titulado Cuadernos de todo, en el que Carmen Martín-Gaite recopilaba, escribía, collageaba,  incluso hacía cuadernos de cuadernos -¡qué alegría leer sobre algunos amigos de la Universidad de Vassar en el “Cuaderno de Poughkeepsie”!-. Otros cuadernos, como los de Joan Didion, eran una conjura contra el infinito vacío de la no escritura : son los miles de posibles que has coleccionado para diseñar tus párrafos, son pequeñas señales de humo hacia ti misma, un recordatorio avanzado.  Es ese asidero extraño que tenemos hacia lo que aún no ha sucedido y que miramos de reojo:  los planes de la novela, las llamadas que tienes que hacer, aquella vida por vivir. Romper,salir de algún modo de un límite  a veces autoimpuesto.  Creo que en psicología se le llama la zona de confort: un atrincheramiento en lo ya conocido, que nos aburre y no nos motiva, pero que por ese cruce entre spleen y tedio, digamos que nos impide ponernos en jarras ante nuestra propia autocompasión. Es cómodo, es verlo todo desde la barrera (no se puede decir los toros que es políticamente incorrecto), es no pinchar ni cortar. Cada uno tiene la suya y la decora como quiere : de autocompasión -ya mencionada), de  ataraxia y pasotismo, de excesiva neutralidad y prudencia, de no participación. Horizonte gris marengo, sin frío ni calor, esa vida y esa rueda, nada más.

Yo estaba equivocada. Completamente. Yo creía, menos mal que existe la Wikipedia, que la zona de confort era otra cosa. Para empezar, la palabra confort me provoca la misma sensación incómoda que me produce pensar en caminar sobre moqueta. Es algo aparentemente agradable, cálido y delicado; a mí me da mucha dentera. Yo creía, vamos al grano, que esa zona de confort era una especie de autocensura impuesta para no entrar al trapo sobre algunas opiniones, artículos, bulos, pontificaciones y barbaridades diversas que campan a sus anchas por todas partes. Antes se le llamaba morderse la lengua. Para mí ahora es “qué pereza me das, cómo me aburres”. O, también puede ser verdad, que los años vayan convirtiéndote en intolerante y vaga, lo cual es mala combinación. Pero también que creamos que las opiniones, fundamentadas o no, son algo respetable de por sí o, mejor dicho, que consideremos opinión cualquier frase  medianamente coherente en cuanto a sintaxis. ¿Cobardía, prudencia, pereza infinita, hastío a priori? ¿O quizás algo de ansiedad a no ser bien entendida, a no poder explicarme, a que no me lo permitan, a que hablen por encima de mí? Me gustaría, a veces, intervenir en conversaciones para aclarar  que creo en el pequeño comercio, lo defiendo y potencio siempre que puedo. Ahora bien: ese discurso autocompasivo y llorón está empezando a ser contraproducente. Las grandes superficies y las multinacionales campan de modo vergonzoso, pero también es cierto que se han centrado en el cliente -aunque no sepan tu nombre, aunque les importe solamente el número de tu tarjeta Visa-pero se han centrado en ti.  ¿Es la fidelidad a las personas, al cariño que les tienes, argumento suficiente para asentir en silencio cada vez que salen estos temas por parte de quien tiene una librería, una pequeña tienda de ropa o cualquier negocio que contaba con fidelización previa? ¿Te escuchan cuando hablas de alternativas o es simplemente más sencillo atrincherarse en, esa sí, la zona de confort? También me gustaría, y es otro ejemplo, poder aclarar de una vez por todas que una persona soltera no es una mediapersona, que el concepto “científico” no es aplicable a todo y que no pasa nada por estudiar una técnica aplicable al ejercicio de una profesión. Lo siento, queridos y queridas, no es lo mismo una cirugía que la CDU; y eso por simplificar el tema.  Me irrita profundamente la condescendencia y el machismo de muchos profesores que pasan demasiado tiempo en las redes sociales impartiendo justicia poética en el sentido cultureta de la palabra; su desprecio infinito hacia ese público que tanto necesitan para mantener su vanidad a salvo. La creación de cánones en lugar equivocado, por ejemplo.   No sé de qué planeta han bajado los que exhiben la arrogancia del comentario autocomplaciente con la coletilla del estilo “seguro que vosotros no lo conocéis” (referido a escritor o escritora, generalmente). Yo siempre me pregunto: ¿ Y tú qué coño sabes, capulla de las narices, de lo que yo sé o dejo de saber?”.

Siguiendo con normas de convivencia básica, cambiar un pañal en la mesa de  un restaurante me parece una cerdada. Lo siento mucho: aunque el niño o niña sea adorable, que lo es sin duda alguna (ya sé lo de los cambiadores, de que los niños son impredecibles, etc.) me parece una cerdada. Por supuesto que tengo opiniones políticas  y me gusta mucho hablar de ellas, pero soy muy selectiva con quién lo hago. Evidentemente eso te convierte en una persona sospechosa de ser reaccionaria o de ocultar algo extraño, una especie de doble vida en la que te dedicas a delatar a los servicios secretos personas  poco afectas a algo. Las redes sociales son una mina para mis desconciertos, a pesar de lo mucho que me gustan. Pero me satura la necesidad de algunos escritores de entrar en el Festival del Humor digital. Y mira que me troncho con algunos. Lo que empezó siendo algo divertido terminó con nivel chistes en cassette comprados en carretera perdida, el la extraña ambivalencia de querer matar al padre y obtener el beneplácito de las generaciones anteriores.  Ya no los sigo, muchos me aburren. Abandoné también a  los strippers digitales: un día es un día, vale, pero tanta intensidad me puede. Y tanto lirismo de botellón.  Y sí, por supuesto que me gustan Facebook y Twitter y observo de reojo si ponen “me gusta” a mis cosas.  Una es muy dueña de sus contradicciones, y lo que es mejor, muy consciente.

Pues bien, con todos estos temas que expongo aquí arriba, yo me atrincheré en lo que consideraba zona de confort. No entré al trapo, me callé la boca (y lo sigo haciendo). ¿Falta de confianza en mis argumentos?  Es posible, pero no me voy a echar a llorar por un mal comentario. La piel es dura dependiendo de para qué. Reconozco que me puede la pereza, la vagancia, la atracción hacia mi zona de confort. Esa en la que puedo reflexionar, cobardemente o con un poco más de perspectiva, sobre todo lo que leo y escucho. Me temo que estoy pretendiendo dar una lección de misantropía. Imagino que si alguien lee esto, pensará, como en el famoso monólogo de Gila, que si no sé aguantar una broma, pues que me vaya del pueblo. Pues es que este pueblo también es mío, oiga. Y a fin de cuentas, y afortunadamente, tiene muchas caras.

Va a ser cierto lo que dicen: no eres nadie hasta que no tienes un buen rifirrafe digital. Quizás esa es la razón por la que nadie me conoce.

 

Unfollowear

Imagen tomada de bodieandfou.blogspot.com

Yo no sé si los palabros harán que un día, al entrar en esta casa digital, todo se haya convertido en una Babel imposible y necesite un gobernador de líneas y párrafos. La semántica es algo más que una adolescente caprichosa aunque, a veces, la imagine así,  compulsiva y llena de piercings, dándole la vuelta a pilas de camisetas y zapatos, en la Bershka que podrían ser los discursos más genéricos y también en ese lenguaje que vamos acotando y haciendo nuestro. Comparo y distingo amigos y compañeros por su manera de hablar, por algunas expresiones que los individualizan de forma mucho más humana que un DNI.  Y del mismo modo que voy aprendiéndolos a ellos a lo largo de la vida-sus idas y vueltas, sus altos y bajos, alegrías y no tantas-adapto y me apodero de gran parte de su ingenio, haciendo gala de la bulimia de la cita más propia de otros pagos. “Aprendérselos” es mucho más que anotar en un cuaderno lo que tenemos de ellos o no, como aquellos álbumes lejanos de la infancia. Esa colección que prometía un extraño Nirvana al abrir los sobres de cromos: hacías una pulcra lista con los números, cambiabas los repes en el recreo, tachabas, yo me equivocaba siempre y me volvía sin los que no tenía y con montones de repetidos en el bolsillo de la falda del uniforme. En todos los caminos he ido olvidando cromos y listas, algunos de ellos se han ido ya para siempre, otros simplemente están ocultos por otra vida propia o alguna que las invade de más aunque, bien es cierto, que sarna con gusto no pica. O eso, al menos, dicen los que saben más de la vida que esta mentecata.

Nuestras vidas digitales, y vamos ya al tomate, han reinventado los contactos, los amigos, los recuerdos de otras relaciones e, incluso, la presión para  “aceptar” a los amigos de otros o, también, saber o no de lo que sucede en los ámbitos ajenos. Soy partidaria de cerrar los álbumes de fotos y no volver a abrirlos si las cosas se ponen feas; es más, el digitalismo me ha ayudado a borrar algunos y que las sonrisas de ciertos meses de primavera sean eso : “recuerdos de abrazos en la playa en primavera”.También es una forma de idealización selectiva. Creo que, del mismo modo que poco a poco se va haciendo una selección no sé si exactamente natural, en la que la desidia, la irrupción de nuevas ilusiones (y rellenáis eso con todo lo que queráis) van delimitando e incrementando distancias físicas, debería suceder lo mismo en otras facetas paralelas. ¿Me haría yo hoy amiga en la vida “analógica” de ese compañero de clase al que conocí en BUP?¿Y si sus ideas sobre la vida, la sociedad e incluso las mujeres me resultan a día de hoy sonrojantes e incluso inadmisibles? Posiblemente, no. ¿Por qué, entonces, en los mundos digitales se siente una presión absoluta para admitir, compartir, y generar ese “buen rollete” un tanto infantil de “los amigos de mis amigas…”?  Siempre me he sentido feliz de tener amigos variados, de haber conservado muchos de ellos a lo largo de los años, la voluntad de tierra quemada me enerva. Pero sí creo en ciertos lastres que hay que soltar. Y renovar, estrenar cuaderno, probar y decepcionarse. Como siempre, que, por mucho que digan, a eso no se aprende.

Creo que lo que sí debemos aprender, paseando por los bosquecillos de las redes sociales,  es  a “unfollowear” o a “desamigar”, que no desmigar. O tener, como hemos hecho a lo largo del camino,  la clara convicción de que esa es la riqueza de ese mundo. Y el hecho de que te borren de una red no implica, o sí, que te borren de otros ámbitos: es que, simplemente, en ese no interesas. Primos, tíos, hermanos incluso, no tienen por qué participar de algunas de nuestras taras y veleidades (Dios de mi existencia, tengo que hacer un blog con ese título que es megagenial) en las que muchos se sienten mucho más libres.  ¿Falta de realismo? Es posible, pero no tengo por qué departir con mi madre en el muro de Facebook sobre los tuppers del fin de semana del mismo modo que, aquí en mi lugar analógico del mundo, no iría a un concierto de rock con muchos amigos a los que adoro porque, sencillamente, prefieren la Orquesta Sinfónica, porque no les gusta o no les apetece. Existen las listas de intereses, esas agendas que tenemos todos con ciertos teléfonos: a quién llamo si me siento así, con quién iría a esto porque le iba a gustar o con la persona que quiero pasear, beber vinos y reir. También, es cierto, que existe el “síndrome de la gratificación inmediata” o el que podíamos llamar el “soldado vigilante de la red”: la persona que te recrimina si no le comentas, si no le “megusteas” con cierta frecuencia o, simplemente, si no le das cariñitos digitales o les haces la ola . Creo que se está en esto para participar, es cierto, pero el grado de participación ha de ser voluntario y no exigente. Múltiples facetas tenemos todos, por fortuna, y eso y solo eso es lo que debe guiarnos, creo yo, por estos caminos. Quien se sienta pobriño y pobrecito porque no le hacen caso en un muro o no le comentan, mucho me temo que tiene que ver con otro tipo de carencias.  Y sí, claro que borramos y ocultamos, faltaría más. Como ya he dicho, el desinterés es soportable, la agresividad y el boicot, no.  Y, mucho menos, en algo tan efímero como un comentario, un “cómo molas” del momento o un retuit. Nada más que eso.  Otra vez, y nunca mejor traído, son las famosas lágrimas en la lluvia. Por amor de Dios bendito, ¿es que nadie le va a dar un kleenex a Rutger Hauer? 🙂

Ojalá fuese tan sencillo recuperar a algunas personas que ya no están como volver a mandar una solicitud de amistad, seguirlas silenciosamente  en un tuit, añadirlas a la red de Linkedin.  Pensar en esas posibilidades es tan poco práctico y ajeno  como mantener una mirada lánguida y en diagonal a través delcristal de una cafetería, gobernar las  mareas de posibilidades  que habitan, ya revueltas por mí, en el café de esta mañana y que me permiten, como casi siempre, pulsar el interruptor que enciende una cierta desmemoria. Y me propongo, como tantas otras veces, unfollowear mi propia melancolía.

Acostarse con la Gardner

La vida pasa en una ensalada de velocidades que aliñamos en función de los calendarios, del combustible del momento, de la energía que tengamos que invertir en apretar los dientes. Un blog puede ser, o no, un efímero sentido de la conquista de alguno de esos momentos.  Una bandera que ponemos en una imposible llegada a alguna luna, siempre para que pueda ser vista desde otros ámbitos y aplaudida o denostada por otras voces. El planeta digital es en sí mismo parte de un particular sistema solar donde el centro va moviéndose como en el parchís, avanzando hacia una meta volante, hacia una entelequia desconocida, donde alimentamos más que nunca la necesidad de dejar nuestro propio camino a Pulgarcito, nuestros posos de café, una mejor o peor huella ecológica. Es, mejor dicho, un ecosistema autosuficiente y paralelo.

Siempre he sentido pudor hacia los diarios de los otros. A recorrer un  alfabeto que me mostraba la soledad de una niña holandesa en un verano que no era tal.  A entrever, tras una tipografía muy contemporánea, la caligrafía de un poeta alemán que contesta  por carta a  la encendida admiración de un escritor ruso y reconociéndose en esa lejana ya impaciencia juvenil de crear universos propios con herramientas de palabras. O encender el fuego de vivir de oficio, y ,voluntariamente por poco tiempo, en una Italia con menos luz de la que los lectores quieren o creen recordar. De Anna Frank a Pavese, de Rilke a Pasternak, o de Warhol a Cheever. Diario o correspondencia, tengo un resultado físico en mis manos de todo aquello, lo abro, lo navego y devuelvo a mi estantería donde habitarán dormidos.  Hasta otra ocasión en la que vuelvo a vencer mi pudor obligado para despertar a mi durmiente cotilla. Y a otra cosa.

Pero vivo en un mundo que ya tiene un desdoblamiento ajeno y que potencia la gratificación inmediata. Destacar, en determinados caracteres, el ingenio que me habita, o no, una mañana de domingo porque sí, porque la exhibo, porque la comparto para ser, a su vez, recompartida, retuiteada y enmarcada lo que dura un timeline, es decir, nada.  Todos esperamos que nos hagan la ola digital, esa que no vemos pero que se marca en  favoritos, en “me gusta”, en la reputación que nos coge por las teclas, en lo efímero y en lo que retroalimenta. Y en la ansiedad  de buscar imágenes de un estilo propio y que son de otros, ajenas a esa autopoética que vamos creando sin querer. Yo dije esto en una ocasión aludiendo a estas líneas temblonas.  Y claro que creo en la inteligencia colectiva, en la alquimia de las multitudes y en la creación a pachas de nuevos modos de narrar y entender.

Pero después de todos estos lugares comunes, de tópicos de los que se ha escrito mucho más y mejor, a mí me gustaría hablar de la taxidermia digital. El recorrer esas galerías de trofeos y momentos congelados, de instagrames voraces, de foursquares atónitos, me hace pensar mucho en si fue antes el huevo o la gallina. En si hay quien realmente vive para testimoniar lo mucho que viaja y lee, para alimentar un perfil de gadgets extravagantes, para crear un alter ego Frankestein a partir de las posibilidades de Android.  Me divierte ver fotos de amigos en conciertos, algún momento de una cena o un viaje.  Pero no puedo evitar sentirme  invasora  cuando  alguien me informa, lo quiera o no, de por dónde van sus pasos  en 4square. Compartir es voluntario pero no obligatorio. No se han creado las ocasiones ni los países para ser congelados en una galería de “a ver quién puede más”, quien epata más, o de, simplemente, demostrar tu habilidad con una cámara automatiquísima.   O de crearte un perfil, sí, perfil, de un constante cómomolo, de un permanente vivocomodios, de una muy prolongada vacación de primavera; esas que viven los  adolescentes norteamericanos en las películas compradas en lotes  por las cadenas de televisión.   A veces creo que estamos en las redes como aquel que llega a cualquier ciudad y solo visita las tiendas de souvenirs donde figure, eso es imprescindible, el lugar al que ha viajado. Pero  del que únicamente recordará el papel que lo envuelve porque ese imán de nevera será para tu prima o tu tía, no para ti. Y te haces, aún, un poco más trampantojo,que es lo que somos cuando nos vestimos de digital.

Y no puedo dejar de pensar en lo que se contaba de Dominguín y Ava Gardner tras la primera noche de pasión.  Ya saben: “¿A dónde vas?” ¡”A contarlo!”.  Por supuesto que soy libre de seguir o no a quien quiero en Twitter o añadirlo a Facebook. Pero el posible agotamiento de las redes sociales creo que viene por saturación de cierto tipo de actitudes y contenidos . No lo sé. Yo, por si acaso, publicaré este post en Facebook para que no se diga que soy una analógica reticente.  Y para alimentar, de algún modo, mi buena o mala reputación digital.

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