Anchoas y Tigretones

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Venir cucú ya de casa (sobre el derecho a estar tristes en 2021)

Who will wiite the history of tears? ©. Barbara Kruger, Foto © Bernard Schaub , del catálogo del Center for Art and Media de Karlsruhe. Uso la imagen como ilustración del texto, sin ánimo de lucro, ya me gustaría. (Pulse imagen para fuente)

La protagonista de Mi año de descanso y relajación planifica, es un decir, todo un año de pasmar, de pasar de todo, de dormir de sofá en sofá, de atrincherarse en su casa -ayudada por algunos elementos narcotizantes, alcoholizantes, lo que englobamos bajo la maravillosa palabra «estupefacientes»- todo para dejarse ir, para no pensar en si la supervivencia, en si la vida, en que si vale la pena o no. Es un relato incómodo porque la lectora puede alternar comprensión y rechazo, es un personaje irritante, pero increíblemente valiente. No es Bartleby ni es una yonqui, es alguien que, sencillamente, se deja ir. ¿Juzgamos que una mujer, sin grandes sustos económicos puesto que es heredera e hija única, no aprecie la vida porque, sencillamente, le importa un cuerno vivir? ¿Es o no es legítimo- no digo comprensible o deseable- marcarse un Leaving Las Vegas mucho más ralentizado, porque se trata de dormir y no pensar?

En estos días que nuestra casa nos abraza tanto, donde dejamos de imaginar monstruos en los armarios porque, de aburridos, están domesticados, una se detiene mucho más en la contemplación absurda de lo ya conocido. A veces, la casa es aburrimiento: un aburrimiento de falta de sorpresas, no de cosas por hacer. De premeditación y previsibilidad, qué cosas: antes no sabía a qué hora se levantaba una persiana que se atasca siempre, tampoco que tengo un vecino saltarín de comba ni que los niños del último piso bajan por las escaleras en un revoloteo de mascarillas y mochilas. Existía una rutina en mi casa que me era desconocida, las vidas y las casas existían como siempre, todo avanzaba sin necesitarme. Tengo una sensación algo parecida a aquellos lejanos días del primer duelo, cuando casi me indignaba que el mundo, con sus pasos de cebra y sus autobuses, sus descuentos del Gadis y sus cuñas de publicidad, siguiese adelante cuando mi madre había muerto, cuando había terminado un dolor y comenzado otro. Esa extrañeza, ese desajuste, esa punzante sorpresa, desaparece poco a poco con la instalación de la rutina. Y qué rutina: de un confinamiento a un abrir la mano, de allí a la responsabilidad individual, al no contagiarse, a ser sabedores de un privilegio encorsetado. A disfrutar la salud y a protegerla. A hablar de las muertes de otros, de las vidas de otros, de sus extrañezas. Porque todo siempre les pasa a los otros.

Y estamos tristes: en mi privilegiada casa, en mi fantástica salud, asoma de vez en cuando la tristeza. Ese ajuste personal al que hemos de acostumbrarnos las personas que vivimos solas – no te quieren menos, simplemente, los demás también siguen con su vida, a veces una carga tan pesada como la tuya, aunque no lo digan- hay que extremarlo. Me he sorprendido recordando con rencor inusitado viejísimos agravios, enfados pretéritos, sinsentidos a los que he concedido una energía más necesaria en otros menesteres. Qué me importa a estas alturas aquello que pasó hace mil siglos, me importa un huevo lo que piense esta o la otra de mí, y qué más me da que te vaya bien o mal. Estamos atacadas, amigas. Por soledad, por constante obediencia, por excesivos minutos de descuento en un partido que no acaba de terminar. Yo me cabreo leyendo tuits de gente que me cae de puta madre, me ofenden cosas de los grupos de whatsapp dichas con la mejor de las intenciones- por no hablar de memes y constantes chascarrillos- me provoca urticaria mental el comadreo intelectual de redes sociales que antes observaba con curiosidad de entomóloga. Cuando comparto todo esto, todas y todos (casi) estáis de acuerdo: tocados, tocadísimos estamos. Como dice la gran Cristina Fernández Ostos (ay, amiga, cómo se nos nota que escuchamos a Esnórquel y a Perra de Satán), algunas estábamos ya cucú antes de todo esto, no levantamos cabeza, a medio camino entre la pena existencial y el cabreo de señora gilipollas olvidadora de su privilegio.

Yo no sé si la tristeza es un derecho o, como se dice en el principio de La colmena, algo que puede convertirse en atavismo. No lo digo con prepotencia de alguien que no conoce lo que es la depresión porque da la casualidad de que sí la conozco, por eso la dejo al margen. Hablo de esa falta de ganas, esa desidia que algunas nos esforzamos cada día en salvar, en cumplir con todo aquello que nos piden. Y sí, soy consciente de estar sana, de tener trabajo, de tener un círculo importante de personas importantes y que hacen cosas importantes por mí, me quieren, me cuidan, me marcan. Y no llega, de forma injusta y algo arrogante, no llega. Porque estamos cansadas, demonios, hartas y, en otro orden de cosas, nos sentimos algo estafadas sin ese maravilloso (hay que joderse) futuro que nos están robando. Me contaba ayer una amiga que nunca estuvo mejor Tinder que ahora: que la gente quería hablar, conocer a los demás lentamente sin esa presión de citarse en un bar . Si todo esto nos ayuda a ir algo despacio, pues bueno, concedo; pero permítanme lugar para el escepticismo, así soy. Preferiría, sin lugar a dudas, no ver contradicciones como que me pidan un pseudoconfinamiento y recibir publicidad de agencias de viajes para Semana Santa; olvidar, por un momento, que no tenemos una fecha en la que, mágicamente, el virus desaparecerá; que no tenemos ni una sola certeza sobre los futuros, ni sobre salud ni sobre economía. Leí una entrevista con una psquiatra en la que advertía un hecho del que, también, parecemos habernos olvidado: hay más de 300000 personas en España que no han podido hacer un duelo, digamos, normal, si es que la palabra normal sigue significando algo. Pues tengámoslo en cuenta, porque ahí sí que van a faltar hombros sobre los que derramar lágrimas y hagamos acopio de amor y comprensión a raudales. A pesar de nuestra legítima pero pequeñoburguesa penita.

Y, claro, cómo no estando yo por medio, me acuerdo de C.S. Lewis, pero, sobre todo, de la cara de Anthony Hopkins en Tierras de penumbra pronunciando el mantra de los que observamos la vida con algo de escéptico fatalismo: el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato.

Os deseo toda la salud del mundo. Y también todas las lágrimas que os venga bien derramar, no está probihido y teneís, tenemos, todo el derecho.

A beneficio de inventario:

Mi año de descanso y relajación de Otessa Moshfegh está editado por Alfaguara. Yo lo leí cortesía de Galiciale, plataforma de lectura digital de las biblios públicas a las que mando toda la fuerza y el amor del mundo. Ayer terminé de leer Bordados de Marjane Satrapi y me ha gustado mucho más que todos los tebeos anteriores: más gamberro, menos lírico y más original. No os dejéis engañar por el título: las mujeres se reúnen, pero no para bordar, para hablar de sexo y placer sexual femenino. Y me he reído un montón.

Si tenéis Filmin, os recomiendo la serie 22 de julio, sobre los atentados de Oslo y Utoya, el shock que produjo en la sociedad noruega y algo muy importante: el estado de bienestar comienza por la salvaguarda de lo público, del bien común. Y, también, que los medios de comunicación tienen una responsabilidad muy grande en esclarecer, investigar y tratar de ordenar los sucesos que relatan. Y, por supuesto, en cómo lo relatan. Si esto os parece intensito de más, como soy yo cuando me pongo, podéis ver también El imperio de la ostentación en Netflix, donde una recua de ricachos coreanos, singapurcenses y chinos tienen una pandilla en L.A. y exhiben sus problemas del siglo XXI ante chamanes, quiromantes y encargadas de tiendas de Rodeo Drive. Oiga, una tiene su corazoncito, qué pasa.

Y de banda sonora, esto:

Volver a los diecisiete (un cuento algo amargo de Navidad)

Imagen de Sutterstock tomada de : Dreaming of Christmases past (pulsad para llegar a la fuente).

La pared son miles de flores de papel pintado, agrupadas, sueltas, un auténtico derroche. Cuando te acercas mucho, mientras sostienes el móvil donde se agolpan los mensajes que te recuerdan que tienes otra vida, quizá inventada, las flores parecen esconder otras figuras, algunos ojos y bocas, en ese extraño juego de la pareidolia que aprendiste de niño. Jugabas, antes de quedarte dormido rodeado de tebeos y algún libro, a reconocer a personajes del pueblo en aquella amalgama de formas que, de lejos, eran flores amarillas algo desteñidas ya y de cerca, un entretenimiento. La cama cada vez te queda más pequeña, es más incómoda, reconvertida tu habitación en un cruce entre almacén de trastos y cuarto lleno de armarios. En tiempos, tu habitación era la esperanza. Eras tú, el chico más listo, el que entendía los caminos de la filosofía y el arte, el que devoraba los volúmenes desportillados de la biblioteca. Aquel eras tú, y ganabas los concursos de cuentos de la escuela y una vez fuiste al de de redacción de Coca-Cola, donde te dieron un diploma y aquellas cosas de propaganda que tanto molaban, la mochila roja y blanca, la toalla de playa que a tu madre le gustaba tanto y que acabó siendo trapos de limpiar cristales, en una cruel metáfora de algunos futuros.

Vuelves a casa por Navidad en este año incierto de parones obligados, aplausos y tristezas, mascarillas y soledad, donde hace meses que no ves a tu abuela y en el que, por fin, aprendió tu familia a usar Zoom y todos esos intentos de calentarse el corazón mediante pantallas. Vuelves a casa, decimos, y miras el papel pintado como tantas veces, en esa habitación que debería estar cerrada hace tiempo y que sigue acogiéndote porque tu familia siempre va a acogerte, porque tienes, en el fondo, un lugar al que volver. El problema es que no vuelves desde ese Eldorado que suponíamos iba a dar la educación superior, el sacrificio, el estudio. Para qué estudiar tanto si no ganas ni mil euros, y, además, a quién le importa la lingüística pudiendo tener un curro donde ganes más, le decían algunos cuando volvía. Y qué vas a decir. Encoges los hombros e intentas mantener ese estado de ficción alimentado por todos. Tu madre, ante las vecinas que encuentra o las amigas con las que se reúne a veces, se ha hecho especialista en disfrazar tu precariedad de inquietudes, tus becas e ínfimos contratos de investigación de experiencias, de solidez todo aquello que es endeble y lo es mucho. Porque tu vida, quizá y solo quizá, es un castillo de naipes que enmascara esa dinámica aparentemente cool de piso compartido y temor a las facturas, de alimento cultural que suple los rigores que se le suponen a la vida adulta, de bohemia alternativa que se derrumba ante la cama de 90, ante los niños de san Ildefonso cantando en la tele de la cocina como tantos años atrás, ante las nóminas hinchadas de los hijos de los demás, ante tu sitio reservado en un sofá cada vez más raído. E intuyes, con amargura, que has caído en la «trampa del entusiasmo», que todos mienten por amor y también por vergüenza, y eso duele, duele mucho. Porque, mirando las figuras del papel pintado, te reconoces y decides apretar los dientes y seguir adelante, encarar el turrón familiar y capear las preguntas sobre vida y destino, sobre proyectos de futuro con tu pareja si la tienes, sortear los futuribles e intentar tranquilizar a tus preocupados padres, cuando quien está realmente atacado de los nervios eres tú. Porque quieres la dignidad que todas las investigadoras e investigadores de este país merecen, porque los proyectos no salen del aire ni se alimentan del aire, pero tampoco tu nevera se llena con un pase de magia. Y en ese soberano desprecio que hay hacia el personal investigador, en ese lado oscuro, cae también la valoración social, la autoestima.. Porque la precariedad no es algo que haya surgido de una crisis concreta: es el estado de las cosas de una visión concreta. Y, mirando el papel pintado, un año más, le pides a los Reyes que sea el último año en el que te sientes de prestado, en el que puedas planear sin fechas de vencimiento, en el que ilusionarte con disfrutar de una juventud algo publicitaria. Mientras tanto, agradeces las PCR, la escasez de sobresaltos, los lugares a los que volver, el amor, tanto amor, que algunas veces duele. Que tu madre te traiga unas vieiras para tomar el día de Nochebuena porque te pirras por ellas, que tu abuela–ojalá pudiese estar cerca este año y hacerlo- te dé, de contrabando, un sobrecito con dinero, «una propinita», que algo te infantiliza, pero que parte de tu vida es su letra temblona con tu nombre. Que tu padre te despierte para aplaudir con la marcha Radetzky el día 1, aunque Viena y sus conciertos sean lo más alejado empíricamente a tu realidad. Porque sabes que sí, a pesar de todo, el orgullo y la preocupación a veces van de la mano. Y los quieres, quieres ese espacio que ocupas como una ficha del Tetris para que nada esté incompleto. Y agradeces el estar aquí, juntos, más que nunca, un año más.

#sinciencianohayfuturo

#sinHumanidadestampocohayfuturo

Recomendaciones para unos días de Navidad

El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital de Remedios Zafra

Y la mayor hermosura que he leído este año sobre el amor a los padres y la construcción de esa manera de verlos que tenemos a lo largo de la vida: Amor intempestivo de Rafael Reig.

Y os ponéis a toda tralla el último disco de Xoel López, que es todo amor.

Deshacer la casa

Fotografía sin créditos en la entrada «How to properly back and label your next move in Alberta». Pulse imagen para original.

Creo que podría contar mi vida partiendo de las mudanzas que he hecho. Los cambios de casa se parecen algo a los incendiados paisajes después de una batalla: ese apartamento vacío, desvelando las marcas de los muebles ya huidos, la extraña sonoridad de las habitaciones cuando retiras todo, la incertidumbre y fabulación de qué risas, qué voces y vidas llenarán ese espacio, qué pérdidas y hallazgos serán necesarios para dotarlo de vida. Una mudanza es una feria de viejas oportunidades, de nuevos reciclados, también de descartes. Al final, todo se resume en un montón de cajas, de bolsas a reventar y a punto de romperse, de la evidencia-¡siempre!-de que no calculamos bien, que no sabemos cuánto guardamos, que el síndrome de Diógenes va a acabar con nosotros y la firme promesa de reinventarnos en una austeridad mentirosa; lo he comprobado y esa intención no dura nada: al poco ya hemos llenado nuevamente de libros y postales las estanterías, de fotos a punto de caerse en la pared, de cartas del banco sin abrir, de bellas inutilidades cualquier espacio. Pero siempre estamos en el terreno de la habitación propia, del caos organizado de la vida privada, del intercambio de dos soledades diferentes. Me toca mudanza y me tocará domesticar espacios y sonidos, crear nueva épica doméstica. Pero será mía.

¿Y qué cuando deshaces un espacio que no es tuyo? En Hay que deshacer la casa, de Sebastian Junyent,  dos hermanas se reencontraban para,  de una vez por todas, dar carpetazo a una herencia y vaciar el espacio familiar, lo que servía, de paso, para encontrarse con todos los cachivaches, con todo lo que fue y perteneció a esa épica doméstica de la que hablaba antes. Qué lejano parecía, y qué raro, todo aquello cuando vi en teatro a mediados de los ochenta; qué escasa noción del fin de la vida. Yo he estado inmersa en meter en cajas, en decir sí o no, a muchos objetos, muchos álbumes y muebles que acumularon y fueron parte de la vida de mis tías durante años, muchos años. Y nuestro: qué perverso silencio cae siempre en los espacios habitados en otro tiempo, donde corríamos por los pasillos y nos disfrazábamos con ropa de mayores., donde cantábamos apiñadas en una mesa en Año Nuevo, donde recibimos regalos y discutimos sobre algunas cosas. Qué distinto es un sofá vacío, un costurero sin abrir desde hace tanto, cómo alterar ese orden sin pervertirlo, cómo entender que perteneciste como espectadora a ese escenario. Lápices y llaveros, pequeños cuadernos de notas con citas de Marguerite Yourcenar, recibos ordenados desde quién sabe. Qué melancolía en llevarte un álbum de fotos de la juventud familiar de la que no participaste, con amigas y lugares de tu ciudad que reconoces como ajenos y vintage, con la idea de que estás robando un pasado que fue parte del anecdotario de sobremesas. Las casas vacías de otras, qué modo tan trágico de escribir biografías, de lamentar el tiempo perdido.

Deshacer la casa es también encontrar carpetas de recortes que abres con pudor y ojos de perro cazador: listas de cumpleaños de todos los sobrinos, recordatorios de acontecimientos familiares, pulcras caligrafías de tinta desvanecida que, al leerlas, te hacen el estómago pequeñito, tan pequeño que solo es una minúscula molestia. Es un binomio de pérdidas y hallazgos, tomas de decisiones crueles y aleatorias, que crees que no te corresponden. Porque en esa invasión de la intimidad vacía encuentras que quizá no hayas conocido a nadie, que todas aquellas listas y recordatorios eran una forma de amor y de estar en el mundo que dabas por sentado, que tenían un valor que no reconocías porque iba siempre en el pack de tu vida rodeada de gente que pensabas que no iba a faltarte nunca, que nada iba a fallar ni a salir mal, que todo iba recto y luminoso en la línea del horizonte. Qué limitada es la juventud, de verdad. Lo único que sobrevivirá de nosotros será el amor, colándose entre las cajas de álbumes amontonados en un trastero, un amor que nadie recogerá porque no tendrá ya destino: fue vivido, sucedía ante nosotros y no lo vimos. Menos mal que podemos reconocerlo después, en esos restos invisibles, en esas cajas llenas de polvo que reconstruyen lo perdido.

Nota bene: Tengo obsesión con la historia de los Modlin, de la que ya he hablado en distintas ocasiones. El azar fue fundamental en reconstruir su historia, pero no dejo de pensar en una caja de lata que vi la última vez que paseé por El Rastro: fotos en blanco y negro de una familia, miradas desconocidas, sonrisas, manteles de una casa con las migas del pan del domingo. Me pareció sobrecogedora esa involuntaria exposición a la mirada de los curiosos. Imaginé en ese momento que todos mis recuerdos, lo acumulado durante años, terminasen así, a la vista de cualquiera, sin el valor del conjunto, con su contexto totalmente obviado, casi distópico. ¿Os imagináis?

Leemos: Paradójicamente, un ensayo sobre la casa de algunas escritoras…¿hay algo más íntimo que elaborar una semblanza a partir de un escritorio, de una silla de jardín, de una balda de una librería? La escritora vive aquí de Sandra Petrignani está traducido por Romana Baena y publicado por Gatopardo Ediciones.

 

El ritmo de la aflicción

La pérdida y el duelo son países a los que una viaja sin tener pasaporte ni puñetera idea de lo que se va a encontrar allí. Es un territorio extranjero, inhóspito y oscuro en el que te acabas instalando y haciendo pequeñas conquistas como son dominar su lenguaje, contener las lágrimas ante la apertura de cualquier cajón o recuerdo de conversaciones que eran tan banales y cotidianas cuando se produjeron, tan solemnes ahora que no puedes modificar absolutamente nada. Nadie escoge pasar por un duelo, nadie emprende ese camino oscuro voluntariamente. Lo tienes identificado y sabes que existe, casi como cuando eres niña sabes que existen las universidades y que algún día vivirás con alguien en una casa que imaginas, es una idea, eso es todo. Pero no tienes, repito, ni puñetera idea de lo que es hasta que lo encaras y avanzas en él. Soy de las que creo que tenemos derecho a la tristeza, incluso a que esta sea una convidada de piedra en nuestra vida, una invitada que asoma de vez en cuando a dar por saco, presentándose a cualquier hora intempestiva, sin pasteles ni botella de vino, solo asomando, nada más. Otra cosa es que no le cojas el teléfono o que la esquives cuando aparece, que detectes ese perfume agridulce que la precede, que te dejes llevar por su mística melosa. Otras veces, sencillamente, es ya parte de ti y no puedes irte.

El duelo ha producido desgarradora y terrible literatura; otra, lacrimógena y confusa, quizá por la manía que tenemos de comenzar hablando de la soledad y el vacío y terminar hablando de otros fantasmas personales, acentuados por  la muerte de alguien cercano. Entre la que a mí me parece literatura de verdad trazaría una línea que iría de Barthes a Joan Didion pasando por C.S. Lewis o Richard Ford. La idea común es la de transitar por lo desconocido, por esa intensa desazón que modifica el color del mundo y en la que el tiempo se hace lento, inhumanamente lento. Humanidad, esa es la clave: la tristeza es parte de la condición humana. La rabia porque el mundo siga su curso, porque abran las tiendas o suene música en la radio, cómo es posible con lo que yo tengo encima O, como decía Anthony Hopkins disfrazado de C.S.Lewis en Tierras de penumbra: «el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato». Qué dureza.

En esa pequeña maravilla que son los Brain Pickings de Maria Popova he llegado de forma totalmente fortuita al Sad Book de Michael Rosen. Un cómic de pocas páginas, con texto del propio Rosen e ilustrado por el brillante Quentin Blake, Y allí sí encuentro literatura parca pero auténtica:  la incomprensión y rabia ante la pérdida, la sensación de traición y mundo al revés para las que nos quedamos y que nos lleva a decir «pero cómo has podido hacernos esto, cómo has podido irte de golpe y dejarnos así a nosotros». Cómo puede ser que esto que sé que sucede esté sucediendo al fin, y que me esté sucediendo a mí.  Y Michael Rosen habla de convivir con la tristeza por la muerte a los dieciocho años de su hijo Eddie a causa de una rápida meningitis. Convivir con una nube gris que en ocasiones nos cubre y otras nos da un pequeño respiro, algo de lo que a veces quieres hablar y encuentras interlocutores, también algo que cambia cómo ves la ciudad y la gente que va en autobús o conversa animadamente en una cafetería. ¿Por qué no puedo yo participar de todo eso, cuándo se irá esta nube? Y todo aquello que pasa ante nuestros ojos y que desencadena un recuerdo ¿podemos convertirlo en algo feliz? Sí, sí podemos, no siempre, pero a veces, sí: porque una de las cosas que una aprende del duelo es de nuestra capacidad extraña para equiparar amor y dolor. Rosen recuerda a Eddie en su función de teatro, en su cuna de bebé, tirando cojines en el sofá, riendo y jugando con sus amigos por la calle. Y siente que le gustaría hablar con su madre, que tampoco está. Y aparece un recuerdo paralelo : la imagen de su madre por las calles llenas de gente un día de lluvia, puede ser Navidad. Ese recuerdo que surge a partir de otro y que te hace sonreír.  A mí también, por motivos distintos.

 

Vivo en un lugar tras una cortina de lluvia. Un día, tendría yo unos siete años, fuimos a despedir a mi padre a la estación de tren, iba a Madrid varios días por un asunto laboral. Llovía muchísimo, y tras salir de la estación, arrollaba. Mi madre me cogió de la mano, cruzamos la calle bajo la lluvia, corriendo para aprovechar el semáforo que iba a ponerse ya en rojo para los peatones.  Recuerdo perfectamente aquella tarde de noviembre como nuestro primer día «de chicas». Subimos al autobús riendo y, al llegar a casa, tras quitarnos la ropa empapada, mi madre me frotaba los pies con alcohol, recuerdo perfectamente el olor de la sopa que cenamos, las risas al ver cómo pingaba la gabardina más grande y la trenka pequeñita, tendidas en la galería que daba al patio. Nosotras solas, hasta vi un trocito de película de noche.  Un día distinto, diferente, algo más privado que otros. Y yo lo he incorporado a mi baúl de recuerdos,ese  del que echo mano cuando las cosas van mal. Y así, cada día que llego a casa empapada de lluvia y cansancio, miro mis pies encharcados y me acuerdo de la botella de alcohol en aquel cuarto de baño con bañera de patas, yo sentada en una banqueta que había hecho mi padre. La luz de casa, ese es el recuerdo, la luz de un lugar donde yo vivía, donde estaba segura, el lugar de la infancia lleno de ruidos domesticados y quejidos de madera, una casa, la mía. Un recuerdo al que engancharse, nada más.

Decía Barthes que cada uno tiene su ritmo de aflicción. Así es: me descorazona del mismo modo quienes pasan por encima de las muertes sin llorar apenas como quienes tardan en levantar cabeza, sumidos en la pesadumbre. Pero aún más me  inquietan los que como Rosen o como muchas otras personas, conviven con ese vacío. A pesar de los esfuerzos, a pesar del paso del tiempo, por mucho que sepamos que «todo esto pasará», en esas épocas de nubes negras, la tristeza es un derech. Ojalá que nunca lo tuviésemos que ejercer.

Sad Book de Michael Rosen, ilustrado por Quentin Blake está editado por Candlewick Press.

 

 

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