Anchoas y Tigretones

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A favor del necesario desapego: Vivian Gornick y “Apegos feroces”

Woman in a polka dot dress and heels striding away from the camera. 1940s Fotografía de Stanley Kubrick. Pinche en el enlace para ver fuente en Pinterest

 

Es posible que sea un sentimiento común a todos los hijos únicos. Quizá la constatación de esto hará que yo no me sienta tan única, que esta primera persona que exhibo tan impúdicamente- esto es un blog, coño, territorio comanche del ego- se transforme involuntariamente en un plural mayestático cuando sea leído, yo qué sé. A fin de cuentas, con pocos o con muchos destinatarios, una ya no es dueña de nada cuando escribe un artículo o publica un post, cuando sonríe forzadamente en una foto que se hará viral, cuando haces confidencias que sabes que dejarán pronto de serlo. El sentimiento al que me refiero es el de una periódica y leve misantropía, una necesidad de alejarse un poco del ruido, ese recuperar la independencia de los juegos infantiles en soledad, de la lectura sin interrupciones, del no compartir lo que no te apetece. De desapegarse y ser poco gregario, algo mal visto en el siglo XXI o eso parece.

Yo podría escribir sobre Apegos feroces de Vivian Gormick solamente subrayando el prólogo de Jonathan Lethem. Si yo fuese reseñadora, así lo haría y sería muy sencillo, aunque yo no sepa hacer reseñas, solamente sé hablar de lo que a mí me parece, me quede coja la visión o no. Hablemos entonces de la relación dependiente, desigual y coactiva entre padres e hijos, entre madres e hijas, entre madre e hija única. No hablemos de las familias felices que son todas iguales, hablemos de los conflictos que no se exhiben y que son, también, más comunes y más violentos de lo que creemos,  aunque sean solo en el plano de la dialéctica. Sigamos hablando, entonces, de ese pivotar entre la responsabilidad autoimpuesta de satisfacer todas las expectativas, todos los deseos depositados en la única hija e intentar, al mismo tiempo y casi siempre con una dialéctica equivocada, singularizar la voz, buscar una nueva forma de complacer sin domarse. Un camino que pasa de la competitividad- que sería natural entre hermanas- al dolor, al sarcasmo,  la protección, el amor y también a la ira. A la batalla verbal y al fracaso de una de las partes, casi siempre de las dos.  A la alerta, a la discusión, a intentar trazar una teoría de lo incomprensible y a la frustración que genera. A la mutua admiración inconfesable.  A jugar a los mitos griegos: a pasar de ser Prometeo devorado a ser Sísifo, reconstruyendo lo que no ha sido posible ni construir. Al miedo a que esa pequeña sabelotodo, esa universitaria que retuerce el lenguaje para confundirte, te gane la partida, te sitúe mediante la dialéctica en el rincón de la desventaja. La voz de Gornick nos lleva también a defender la relación con la escritura no como una expiación, sino como un modo de desapegarse, de crear lo propio, de equivocarse y de seguir. Y de forzar los goznes de la memoria, la fuente de dolor.

Y todo es en un Bronx caleidoscópico y doméstico, también en un Manhattan algo lejano, donde estas dos flâneurs que se buscan para enzarzarse- que detestan reconocerse como continuación y origen- repasan las relaciones humanas de las que han sido testigos, partícipes, cohabitantes. Y todo lo que las ha alimentado determina el modo de ver el mundo y  las relaciones con los hombres: para unas con la idea nostálgica del amor perdido como una tabla de salvación, como una forma de boicotear el presente. Para otras, como una colección de retazos abocados al fracaso, con el cronómetro puesto, con un horizonte de fatalismo: esta es la parte que toca ahora, pero saldrá mal porque siempre sale mal.  El sexo es también una forma de poder,  la belleza o la pulsión sexual son atractivos y poderosos monstruos.  Y, en la búsqueda de esa voz individual, aparece la sombraque “conspira contra” o “sospecha de” las mujeres que reconocen que no les gusta vivir en pareja, a esa consideración de la soltería vocacional como una especie de discapacidad que hay que remediar a toda costa. Hablar de Gornick, de la presencia obsesiva de su madre, es hablar también de su revolución personal, que es una revolución tan necesaria como invisible y mucho más universal, más programática de lo que parece a simple vista. La que da la voz al feminismo, a la idea de ser mujer desprendiéndose de cualquier tipo de imposición.  De aprender, en definitiva, a torcerle el cuello al cisne de la educación heredada.

El desapego es un proceso de natural alejamiento. Es la construcción de esa vía que permita una perspectiva  para llegar al amor, para despojar los vínculos impuestos de su componente enfermizo. De reconocimiento, también, de que somos, queramos o no, una continuación pero no una réplica, un cabo de ese hilo, pero no su final.  Y del hecho, sobre todo, de que en un blog puedas pasar de la primera a la tercera persona sin darte cuenta. Quizá el peligro de escribir sobre memorias ficticias es que quien aporrea el teclado acabe mirando a través de ese caleidoscopio que son las  vidas de los otros sin saber dónde situarse, resbalando entre ciertos grados de empatía y de rechazo, de admiración y de convencimiento. Y de sentirse deslumbrada por una escritura brillante y afilada, apoyada en el descanso de la madurez, en la apuesta trilera del ajuste de cuentas lejano. Es algo que se piensa a veces cuando pones en la balanza un sentimiento de orfandad, que, casi naturalmente, no te pertenece como adulta. Pero ese es ya otro asunto, otras líneas, otras autorías.

Porque, a fin de cuentas, todo lo que no es autobiografía es plagio, qué demonios.

Y mucho más en un blog.

 

Me duele la clavícula, con permiso

Woody Allen en “Annie Hall” atacado por un monstruo transmutado en langosta. Pulsad en imagen para ver el original

 

Yo tendría que empezar hablando de esa patología que hace que somaticemos las enfermedades del vecino, amiga o pariente- “sodomizamos”, dijo una vez mi madre en una consulta médica- pero no me acuerdo de la palabra. Y no me acuerdo de cómo nombrar esa patología porque yo, desde hace ya varios años, ya no hablo seguido. No hablo seguido, se me va la olla, la pinza, lo que quieran. Necesito un tiempo, unos segundos o incluso media hora. Es así cómo recupero la palabra HIPOCONDRÍACA. Es  curioso: no me acuerdo de la palabra, pero, automáticamente sí de “Hipogrifo violento/ que corriste, parejas con el viento” y de  Rosaura arrojada al medio del escenario en la jornada I,  escena I de La vida es sueño. Podría no recordar hipocondría pero puedo recitar a Calderón, recordar cómo era el jersey de ochos muy cool que mi profesor de Literatura Española en la carrera, Herrán, llevaba el día que comenzamos a hablar de las vicisitudes del pobre Segismundo, del cabrón de Basilio y los desgraciados avatares de Polonia.  La memoria, la “fuente de dolor” de Cela, opera y actúa de forma extraña, y más cuando vas cumpliendo años y sinsabores, cuando intentas ejercer una soberbia selectiva sobre los recuerdos- esto es mejor, me lo quedo; esto es peor, me lo olvido- en función de la anarquía  soberana – toma oxímoron- con la que manejamos nuestro equipaje. Y si yo no recuerdo la hipocondría es, quizá, porque no la he ejercido suficientemente, no por inteligencia, sino porque soy una inconsciente con buena salud.  No preocuparte, vamos en serio, por los millones de transgénicos y E-238 (pongo a lo loco), de los pesticidas, del colesterol o los triglicéridos, diagnostica a  alguien que está como un roble, por fortuna. La buena salud son orejeras para las penas de los otros, pero es también una línea de salida a cierto tipo de egoísmo. Legítimo, pero egoísmo.

Marta Sanz nos cuenta el derecho a las penas pequeñitas, a los dolores propios que son casi ajenos, a lamentarnos mucho no de la hipocondría sino del rumbo inevitable que van tomando los cuerpos con el paso de los años. Y a comernos la cabeza con ello, si nos da la gana. Y al inevitable declive, al inexorable y blando declive, también.  Yo creo que si una maleta mía fuese encontrada en el fondo de una fosa marina por unos arqueólogos del futuro sabrían que se trataba del de una señora cincuentona por la férula, las gafas de ver, las gotas, los millones de cremas para millones de achaques, las plantillas, el pañuelo para el aire acondicionado del avión, el reposacabezas hinchable, los magnesios y potasios encapsulados, la conviencia de tampax, compresas o tenasleidis  y un largo etcétera de casos y cosas. Marta Sanz, personaje-autora- se ve sorprendida por un dolor en la clavícula que sirve como punto de partida para hablar del reconocimiento de uno mismo ante los tropiezos, de cómo poder reírse de algo que puede ser muy serio, de que, en realidad, tenemos una “relativa capacidad de relativización”- entrecomillado mío-  ante cualquier angustia de salud. También que cierto grado de estrés nos lo provoca el propio estrés. Lorena Gómez, señora real que lee Clavícula de Marta Sanz, sonríe ante esa cómica enumeración de médicos y pruebas, siente un pellizco en el alma con algunos finales abruptos y también cierto grado de irritación en algunos momentos.  Irritación por empatía, como si este juego entre el volcado autobiográfico, como si esta primera persona que sostiene tan bien la ficción fuese un puente para terceras, en este caso Lorena Gómez, que se reconoce algo caprichosa, algo egoísta y algo acojonada ante algunas de las cosas que le cuentan. Esa empatía es mayor porque me hace exclamar ante el espejo que tengo derecho a quejarme, derecho a preocuparme, derecho a que a los cinco minutos esas preocupaciones y el alardeo mismo de ese derecho me den, directamente, igual. Estoy ante una ficción con recorrido autobiográfico, ante una primera persona sólida y pícara, que exhibe sin pudor correos electrónicos, conversaciones conyugales, y reivindica, como personaje y como autora, la autobiografía ficticia, el juego de espejos, decir y no decir, contarlo todo y, quizá, contar nada. Que se cuele un autor en la ficción, que esta sea veraz y verosímil no se consigue solamente hablando de lentejas y sardinas, de economía doméstica y falta de deseo. Se consigue, sobre todo, con mucho humor. Porque al lector, a la lectora Lorena Gómez, le han sobrecogido algunos fragmentos, otros le han emocionado pero, sobre todo, la ficción le ha servido para reírse de sí misma y del concepto de “buena suerte”: carga con ella aunque te duela. Carga aunque a nadie tu dolor le parezca importante, aunque te haga sentir culpable y en estado de penitencia por la queja, aunque calibres que tu mundo es mejor que el de otras mujeres, que pienses a veces que lo que tienes es una pamplina occidental como la copa de un pino, que eres una egoísta de mierda  y eso también haga daño. Es tu responsabilidad: carga con ella. Carga, aunque te duela. O, quizá, puedas vivir con la responsabilidad de no decepcionar, de no decir lo que no conviene, de entonar la permanente letanía del “virgencita, virgencita”. O puedes, sencillamente, asumir la condición humana de la imperfección y mirarte el ombligo si te da la gana, porque te lo mereces, porque te duele algo o te duele el hecho de que te duela.  Y nada más y nada menos, si lo conseguís sin culpa, por favor, dadnos la receta. Mientras, podéis leer esta novela genialosa y comentarla, porque la literatura es, más que nada, una forma de pasar la vida. Sin culpas, claro.

Marta Sanz Clavícula  Anagrama, 2017

 

El pasado en provincias (con Verna B. Carleton y Jenny Diski)

Fotografía de “My life through a lens” en Unsplash repository, con licencia Creative Commons Zero.

Hace tiempo, mucho, que pienso en escribir algo recreando todas las vidas ficticias de quienes viajan conmigo en tren a diario.  Observo y tomo notas mentales sobre la mujer que pudo haber sido una violinista checa afincada en Galicia por amor, del héroe de los deportes lesionado y reconvertido en entrenador de fútbol infantil, del hombre de aspecto cansado que parece leer todos los días el mismo ejemplar del mismo periódico. Conocí un proyecto precioso en Instagram que se llamaba “Passengers” y que me recomendó Marcos Pérez Pena, es de una mujer con una mirada excepcional, Aymará Ghiglione. Fue curioso: debió hacer el mismo recorrido que hago yo todos los días, habremos, sin saberlo, compartido miradas, nos habrán llamado la atención la novela tras la que se parapeta algún tímido, la explosión de apuntes y rotuladores de colores de los estudiantes, la mirada ausente o enamorada, el ensimismamiento ante la pantalla de un portátil o del ominipresente móvil. Hemos ido, quizá, en el mismo vagón, viendo el mismo paisaje ante un tren que devora veloz las copas de los árboles, los cables, las vidas de los otros. A mí siempre me ha fascinado la gente que se queda frita en cualquier sitio y me encantaría hacer un álbum a lo Sophie Calle, aunque más me gustaría, claro,  imaginar lo que sueñan  en una especie de Black Mirror a medida:  los sueños en tránsito, el subconsciente en su laxitud, el abandono sensual y recreado de ese duermevela; pequeños cortometrajes de la intimidad de los otros para goce y disfrute de esta señora cotilla. Pero yo, como siempre, iba a otra cosa y ya me estoy dispersando.

Leo Regreso a Berlín de Verna B. Carleton, en esa bonitísima coedición de Errata Naturae y Periférica (muy fan de esa cohabitación de las dos editoriales, a pesar de algún errorcillo solventable y sin importancia).  Tendríamos que hablar muchísimo de esta novela que no debe, no podemos permitirnos el lujo, diría yo, pasar desapercibida. Ese regreso del título a la Alemania de finales de los cincuenta merece un análisis pormenorizado sobre el perdón y la culpa, la manipulación y el aprendizaje de la historia, sobre las identidades rotas y reconstruidas, sobre la bondad y la crueldad. Insisto: merece un análisis mejor. Pero yo, a lo que iba, es a la primera parte de la novela, en la que tiene lugar una travesía en barco desde América a Inglaterra, se hace escala en una pequeña ciudad al norte de España llamada La Coruña (sic). Estamos en 1957.  La visión de la mujer dista de ser positiva. Habla de una ciudad de ventanas cerradas a cal y canto, de una arquitectura rimbombante que le recuerda a pasteles glaseados algo derretidos en una ciudad de bello entorno,  pero deslucida por la falta de armonía  y cierto abandono.  La narradora concluye: “España era pobre. Y España mostraba su desgracia desafiante, abiertamente”. Y yo siento una cierta tristeza. Yo imagino a mi padre, un joven de veintiséis años inmerso en su rutina cotidiana y siendo objetivo del ojo observador de la mujer que desciende, con otros pasajeros, a pasar unas horas en esa pequeña ciudad.  ¿Se habrían cruzado?  O mi madre, acudiendo a un trabajo necesario y no escogido. ¿Qué pensarían ellos de los extranjeros que se cruzarían por la calle Real con aspecto de exploradores urbanos, con sus pecas y su piel blanquita, su ropa tan diferente? Unos, insertos en la vida que tocó, gris y provinciana, tan tiznada de Fragmentos de interior como de Calle Mayor, tan sobria y tan poco pagana, tan milimetrada y tan poco libre. Pero era la suya: la que tocó. Exenta de ficción y, quizá, sobrada de una rutina que observamos con la misma condescendencia, con la misma distancia elevada que la turista americana que se bajó por unas horas a pasear por la ciudad del norte. A pesar de reconocerles la dignidad, con un poso de admiración.

Termino esa novela y comienzo Los sesenta de Jenny Diski en Alpha Decay. Y me topo con esto ya en la primera página: el pasado como mito, como la idea que la gente se forma de él a posteriori, un territorio movedizo atravesado por algún acontecimiento (guerra, crisis, siglo) que permita detentar “una narrativa manejable”. Caramba: esto es. Hay ideas más poderosas que la experiencia, dice la autora. Y en esas ideas poderosas, en esa conmiseración empática que sentimos hacia esos hombres y mujeres que vivían en la ciudad del norte en 1957, establecemos que nosotros hemos vivido mejor, desde una perspectiva del asunto que desconoce variables básicas como la felicidad o  la naturaleza de lo cotidiano. Nadie niega la escasez, la falta de libertad, influyese como influyese en esos hombres y mujeres (dicho esto grosso modo, que luego se me echan encima). ¿Somos nosotros más felices? ¿Y cómo coño somos tan arrogantes de pretender extender nuestro concepto de felicidad a todo el mundo? O de bienestar, o de rigor, o de aventura, o de riesgo, o de…completen con lo que quieran.

Yo empezaba hablando de cómo me gustaría reinventar la vida de los pasajeros, de participar de sus sueños,de poder inmiscuirme ahí y reutilizar, apelando a  a lo exagerado, a lo freak, a lo extraño. Cuando pienso en biografías ficticias de extraños me divierto, cuando imagino la vida pasada de aquellos que quiero me resulta mucho más difícil no acudir a una narrativa cómoda, que acaricie un poco las posibles heridas antes de tiempo, de autoconvencimiento, de tranquilidad o, también es posible, de cierto regodeo en la desgracia. No sé si soy empática o compasiva, si me dejo llevar por una poética precisa y previa, si necesito corroborar mis miedos o tranquilizar mi conciencia. Yo recuerdo las anécdotas hermosas- algunas, sí, algo tristes- de la infancia de mis padres, en un país en blanco y negro, en un país de domingos desiertos y desolados, de misa y mantilla, pero también de familia, juegos, música e imaginación en la parquedad. ¿Quién soy yo para maquillar o dejar al natural el pasado? Como no lo sé, no me queda más remedio que explorarlo, novelar o aprovechar, ahora que los personajes viajan dormidos, ahora que el pasado es una forma de que yo pueda relacionarme con mi presente.

Jenny Diski Los sesenta Alpha Decay, 2017

Verna B. Carleton Regreso a Berlín Periférica& Errata Naturae, 2017

El perfil de Aymara Ghiglione  es tal cual así en Instagram. Y a Marcos Pérez Pena lo podéis leer en Praza.gal

David, Simon, Sheila, Pili, Lorena

bowiees

Para Fran Lara

En 2016,  a finales, tuve un sueño muy raro. Creo que ya lo conté por algún lugar, alguna red social. Bowie resucitaba y se unía a un grupo de pandereteiras. Como boutade puede estar bien, mal o regular;  pero no me negarán que es toda una imagen muy verosímil, con esa lógica al revés, de piezas de Lego, que tienen los sueños.

Hay quien lleva toda la vida coleccionando discos, referencias, líneas de Wikipedia. Los hay que llegamos tarde o llegamos cuando nos da la gana  a las cosas. Yo no tengo ni idea del primer impacto de Bowie en mi vida, imagino que estuvo en esa especie de, digámoslo, imaginario colectivo.  Pero sí recuerdo su baile cabaretero en Blue Jean, esos ochenta de  videoclips en los programas musicales tipo  Tocata, que era donde empezabas a nutrirte si tenías hambre y luego ya apañabas. Yo fui mucho más de La Edad de Oro que de La bola de cristal. Ser de provincias y sin hermanos te despojaba de cierto colchón de crecimiento  a varios niveles, y uno de ellos eran los discos y la música de fondo con la que ibas pasando días, haciendo deberes, soñando otras cosas. Si eras hija única y de padres mayores, te saltabas alguna que otra generación hacia atrás. Pero ter, tiñas fame y todo te alimentaba, era así. Yo soñaba con que repitiesen ese clip de Blue Jean por lo sexy que me parecía aquel señor inglés, del que había escuchado algunas cosas y del que empecé a buscar muy desordenadamente, que levante la mano el organizado de turno para enmendar la plana: leo el periódico en los bares y empiezo por el final, en las relaciones me preparo siempre para la ruptura, y con Bowie empecé en su mainstream etapa ochentera, qué quieren.

Leo el Bowie de Critchley  y cuántas cosas se ponen en su sitio. Devoro esas líneas que abordan esa compleja iconicidad de Bowie, su retroalimentación a lo largo de los años, la verdad arrojada detrás de la ficción. Transitar de Ziggy al Duke no es sencillo, su “ciencia ficción de bajo presupuesto” tampoco ; su verosímil construcción de la mentira y ese discurso de identidades superpuestas, de ilusiones que pueden morir – como los personajes- en el propio escenario son recurrencias, porque el pastiche y la reinvención son el objetivo. Bowie es el ave fénix de la identidad: hay que crearla porque es ficticia y a la vez atrayente, pero debe morir y ser sustituida. En este superponer, en este constante cambio estético y acumulativo, está la base: puedes reconocer las imposturas, las máscaras, los ropajes del actor, pero ese ser inauténtico, casi tramposo, es lo que quieres ser. Critchley se define a sí mismo como un “pelmazo heideggeriano”, quizá yo también lo sea. El Bowie andrógino y extraordinarimente sexual hablaba a los inadaptados, a toda aquella inmensa masa gris cutre de extrarradio y les ofrecía la posibilidad de construirse, de ser estupendos y maravillosos porque no eran posh, porque esa vida de barrio valía la pena porque podías montártelo como te diese la gana: chico o chica, los dos a la vez, ser un clown, un alien, un mimo, uno que pasa por allí. Pero eras tú. Insertemos aquí a Bowie en el Top of the Pops mirando a la pantalla y susurrando “YOU’RE  AWESOME”.  Recuerdo un tuit de Caitlin Moran tras la muerte de Bowie que decía algo así como que David era aquel chico al que tiraban piedras e insultaban por sus pintas en las calles de Brixton.  Pasó un año y le seguían insultando y llamando marica, pero ya todos querían ser como él. Había interlocutores, había discurso. O como dijo Mick Jagger : David es el tipo que elogia tus zapatos nuevos y al día siguiente te los ha copiado, solamente que los suyos son mejores.   Se llama estilazo, señor Jagger. Y eso sí que no se construye.

La línea que va trazando Critchley a lo largo de las identidades que se superponen, de la suplantación y la quema, es un festín para bowieianos y para teóricas pelmazas. Aun así, este librito tiene un segundo plano que es lo que me ha cautivado.  Hay otra línea que une directamente a Lorena Gómez con Simon Critchley pasando por David Bowie. La línea del duelo y del homenaje a la madre del autor, Sheila Patricia Critchley, la mujer que le compró el primer disco de Bowie y con la que vio la famosa actuación en Top of the Pops.  Yo también vi algún Tocata o programa en el que salía Bowie, maquillado como un fakir y bailando rarezas, con mi madre, que calcetaba en silencio y, literalmente, no daba crédito.  A mi madre le parecía guapísimo, a mí también. La madre de Critchley adoraba el pelo de aquel hombre delgado y sexy,  y Sheila Patricia, que había sido peluquera en su juventud, falleció el 5 de diciembre de 2015. Mi madre nos dejó un día 5, también de 2015, pero en octubre. Bowie lo hizo poco después, en enero del recién estrenado 2016.  Y después de leer tanto y tanto sobre supervivencia, identidad, música y análisis;al final llego a unos párrafos sobre el bloqueo que nos acosa tras la pérdida, sobre la dificultad de hablar y no hablar a la vez y, sobre todo, de cómo fluye el tiempo, de quedarse atrapada en una orfandad que sientes como infantil y no lo es, es la que te ha tocado, ya está. Y tienes todo el derecho a sufrir y al dolor de esa pérdida, tengas la edad que tengas (¿acaso no han leído el Diario del duelo  de Barthes? Pues eso.  Yo leo a Simon, ya es Simon para mí,  y me acuerdo de aquel “Stop all the clocks…” de Auden.

Hay que dejar fluir el dolor hacia la muerte. Y también hacia la vida.

Bowie  Simon Critchley, traducción de Inga Pellisa. Editorial Sexto Piso, 2016

Hay que ver el documental Five years. Y ponerse una banda sonora cada día.

Marginalia

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Marginalia: Book of Hours (incomplete), Walters Manuscript, W.85 fol. (Walters Art Museum Illuminated Manuscripts) Imagen en dominio público. Pulse para llegar a la galería original.

 

Para Julieta Lionetti, por si alguna vez cae por estas líneas

 

Quizá este post tendría que titularse de otra manera. “Marginalia” parece un título impreciso, algo pretencioso, uno de esos títulos que se ojean sin hache, de los que se pasan con poco interés o con zapeo voluntario, lo que se acumula en algún rincón de la memoria o de lo que se guarda bajo una etiqueta de “leer más tarde”; eso con algo de suerte. Todo aquello que queda al margen- los restos del vino en una copa, la tela sobrante de un vestido, los fascículos publicitarios e impuestos en un periódico- conforma un limbo del que, en principio, cuesta desprenderse por un cierto sentido de la economía responsable, de la propiedad arrebatada o despreciada con el despotismo de un niño borracho de regalos el día de Reyes.  “Tendría que terminarme esa copa de vino, quizá en estas páginas encuentre algo que me sirva, estos retales podrán aprovecharse para algo” son pensamientos fugaces que, la mayoría, eliminamos automáticamente. Drop, delete, cajón del reciclado, lavavajillas o fregadero. Y salen de nuestras vidas para siempre.

Prescindiendo de esa tiranía de los objetos inanimados, hay una marginalia que permanece como propia. Lo que anotamos o subrayamos con lápiz, casi nunca afilado, entre renglones formales de un libro. Los párrafos que impresionan, las futuras citas epatantes para compartir en redes sociales, los signos de admiración en grande cuando encontramos una errata, las llamadas de atención sobre un texto cerrado. Genette hablaba de los palimpsestos- no teman, no daré la paliza- pero el concepto viene a colación por una breve conversación tuitera, hace ya tiempo, con Julieta Lionetti (*)  Comenzó con una frase, a la que di un “like” lo que es una forma de subrayado virtual, en la que decía que podría subrayar una palabra en un texto porque le resultase chocante, no porque tuviese una importancia fundamental en la lectura.  No concibo mejor lector in fabula, mejor Pierre Menard o Bartleby que el que asuma su total libertad para llenar un texto de notas al margen, de círculos que rodean palabras y frases, de apresurados recuerdos de vínculos con otras lecturas- ese hilo invisible que la memoria lectora va tejiendo a lo largo de los años y que es, a su vez, otro palimpsesto privado- de creación y recreación propia. Y digo Bartleby también porque el pacto ha de incluir la libertad de no hacerlo, de desestimar párrafos o lecturas completas por no tener lápiz a mano, porque quizá son ya repetitivos y cansan,porque no nos parecen dignos o son malos de narices,  en realidad porque preferiríamos no hacerlo. Cuando leemos estamos creando una impresión única y privada, la primera, la valiosa, sobre la que se construirá otra arquitectura de lo leído, donde la fortificación se elevará en medio de una experiencia primera que quedará a lo largo del tiempo: esas líneas temblonas en el texto de Lydia Davis que leía en el tren camino al trabajo, los rojos y azules de un lápiz bicolor en aquella terraza soleada madrileña descubriendo la pasión plantígrada en la prosa de Marian Engel, estrenar un lápiz lisboeta para el dilentantismo de Henry James en un aeropuerto que se convierte en hogar inevitable de horas y lecturas por obra y gracia de los retrasos. Y retomar esos ejemplares tras el paso del tiempo y no reconocer casi la caligrafía de la adolescente que se chaló completamente por la declaración de libertad de Stephen Dedalus-y la adulta que se sonroja al leer el “¡Bravo!” que le puse al lado, creyendo que era la única que había leído ese párrafo en la historia  -o la grave estudiante de Filología que hacía sus pinitos de interpretadora en las ediciones anotadas de Castalia,  la que se ataba las manos para no escribir sobre los libros de la Biblioteca Universitaria, la mujer que eras cuando descubrías poemas de Auden o sufrías leyendo directamente en inglés- rodeada de diccionarios- los tochazos de teoría literaria que todo buen M.A in Spanish tenía que tragarse. Y esa vez anotando en un cuaderno de hojas rayadas y amarillas, otra clase de marginalia propia y que ha caído en un limbo de los distintos traslados y cajas de mudanzas. Pero ahí estuvieron.

Los libros de nuestra vida  creo que nos pertenecen de varias maneras. Ya escribí alguna vez sobre el efecto de los libros que no poseemos: aquellos que inevitablemente han tenido que volver a la biblioteca pública o universitaria, a las manos o anaqueles de aquellos que nos los prestaron, a otros hogares y a otras manos, ávidas o desconfiadas de que esa vuelta se produzca en idénticas circunstancias a la partida. Y quizá ya no lo sea: ya digo que a veces hay que atarse las manos para no subrayar libros que no son nuestros, para no intervenir- en una forma de nueva creación- en la impoluta disposición de los renglones, en el baile exquisito de cursivas, redondas y párrafos editados, en ese blanco y negro que nos arroja a la cara la vida lectora. Y sí creo que hay una reconstrucción de todo lo asimilado, de lo leído y anotado en otros márgenes que transforma, aunque sea de forma imaginada, el libro físico: qué habrá subrayado él de aquel libro que le envié por correo, habrá recorrido sus páginas sabiendo que yo lo hice antes y anoté algunas cosas, recorrerá- supongamos- las líneas temblonas con las que yo coroné mi intervención. O retomo de nuevo ese libro que antes tomó en préstamo mi madre y yo le llevé a casa, esa correspondencia anotada entre María Casares y su padre de la que mi madre hablaba tanto y de la que, todavía en aquel momento, tomó notas en una Moleskine naranja. Y me encantan, debo confesar, esos libros prestados en los que alguien anotó  “¡Toma ya!” o “Puta maravilla”,o, incluso- y todo esto es verídico- “no tiene ni idea de lo que habla” o “vaya plagio de Fulanito”. [Nota de la autora: que me guste no quiere decir que lo recomiende, no tomen esto al pie de la letra o me quedo sin trabajo. Gracias. ]

Hay tantas formas de marginalia como de lectores, de construcción de nuevos y vigorosos textos como de la timidez del que solamente subraya en un delicado homenaje a sí mismo y a su relación con lo impreso.  En esa pornografía exégeta y algo groupie de recorrer bibliotecas, papeles y legajos de escritores ya fallecidos- la ética del asunto la discutiremos otro día- hay más chicha que en programas de cotilleo de la tele,por mucho que los premios Nobel se hayan convertido en celebrities de otro tipo. Nuestros libros re-escritos, subrayados, anotados, son parte de un patrimonio personal, colaborativo y, a la vez propio. Son la respuesta a ese silbido que es solamente para ti, ese pst, pst, que te hace un fragmento desde el centro de un texto, que te hace volver la cabeza o asentir con sonrisa cómplice y solitaria (y si son lectores apasionados de Donna Tartt y de su Goldfinch habrán reconocido la recreación de esta última cita o mención).

Anoten, subrayen, lean, relean, abandonen, avergüéncense de las citas que mencionan en algún momento. Todo esto no es, ni más ni menos, que el peculiar diagnóstico de cómo eran, de cómo éramos, cuando leíamos tal o cual cosa por primera vez. Podíamos ser airados, feroces, estandartes quizá de una pasión desmesurada, remilgados y hasta cursis de bofetada.  Porque la historia de las lecturas privadas, de esas primeras impresiones y llamadas de atención, de esa emoción por lo que escribimos y hacemos nuestro es uno de los baluartes de la más preciada libertad: la del lector que decide. Pero, por extenso, esa sea quizá otra historia.

(*) Enlazo a ese artículo de Julieta Lionetti porque me pareció especialmente interesante y me dio mucho que pensar. Yo conocí su blog Libros en la nube  , uno de mis favoritos en cuanto a cuestiones relacionadas con ebooks, edición digital y estas aventuras. Qué lejos queda ya 2013 en este contexto.

 

Bildungsroman al revés

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Old typewriter de Ptr Kratochvil. Imagen en dominio público, pulse para fuente.

Cuando Pip Pirrip vuelve a casa se dice a sí mismo que nunca preguntará a nadie por qué vive donde vive, por qué ama el lugar que le vio nacer y, sobre todo, por qué permanece allí. Y lo dice mientras contempla ese extraño paisaje alejado del paraíso, paisaje dotado de una calma extraña en su soledad acompañada de bandadas de pájaros que visitan la niebla, lugar de  luz desacompasada de atardeceres y tedio. Veo la adaptación de esta novela de Dickens que ha hecho Mike Newell- ¿cómo es posible que yo no sea británica de nacimiento con TODO lo que me gusta su televisión, sus libros y sus cantantes de Manchester?-y pienso en esa vuelta a casa, en su rehacer de recuerdos y recortes del pasado. Pip y  su sentido de culpa por aquello que se ha perdido y también en su vuelo a la feria de las vanidades; tapando con jabón de lavanda el olor previo a jabón Lagarto, a pulir las uñas y los zapatos de charnego, a iniciar la metamorfosis que es más un vuelo de Ícaro, breve y desordenada. Pero me gusta sobre todo Pip después de la moraleja: eres quien eres y el vínculo, el necesario, el que te acompaña, es a donde perteneces. Había una cursi canción de los ochenta que hablaba de hacer tuyo el lugar donde cuelgas el sombrero. Es cierto: no es tanto delimitar espacios con escuadra y cartabón, no es la firma de una hipoteca, no es la propiedad. Es la idea de todo aquello que te ha creado y es tu eterno equipaje.

En El bar de las grandes esperanzas, el pequeño J.R. habla, desde la perspectiva del adulto, de criarse en una clásica taberna americana, con su música y desbocado anecdotario. Historias que inyectan en la mente y la imaginación de un niño atento y admirado aquella pléyade de poetas, policías, boxeadores y gente común, la más difícil de retratar en literatura. J.R. inicia su viaje en la vida entre humos y alcoholes, con historias de exageración y de muy pagana verosimilitud. El bar Dickens- no podría llamarse de otro modo- es el lugar donde cuelga su sombrero este niño observador y solitario, tan necesitado de ficción con la que llenar ausencias, de alimentarse de las vidas de otros para ir diseñando a lápiz, en un papel arrugado, un futuro itinerario que, como es natural, nunca sale como se espera. Y esto, por fortuna, es así.

Y también Totó necesitaba llenarse de aventuras en India y de pistoleros del Oeste, de romances de perfume y carmín, de lo remoto y lo soñado. En Cinema Paradiso, la consigna es la emoción ante lo extrordinario, la evasión medida y consentida en el metraje de películas que llegan en bicicleta al sofocante calor siciliano,  el mundo en una cinta de pulgada. Pero Totó, como parte de ese borrador que es la infancia, recibe un consejo que dará carpetazo a todo lo demás: no vuelvas una vez que te vayas. Llévate todo este equipaje a cualquier otro lugar, guárdalo en un arcón; ventila de vez en cuando tu melancolía, pero no vuelvas. Pisar de nuevo estas calles en cuesta, el blanco cegador de las casas apiñadas, todo aquello volverá a darte la morriña recobrada, esa sensación de no haber estado donde tenías que estar, esa culpa de nuevo por perderte un ramal del camino, esa idea de que otra vida te esperaba y escogiste la más luminosa.  Pero volvió. Y se encontró con el tiempo detenido en parte, que es la peor forma en la que puede atizarnos la nostalgia. Y es la peor, porque lleva siempre unos cuantos átomos de culpabilidad.

¿Por qué cuento todo esto? Bueno, en primer lugar porque me da la gana. Pero también porque creo que es necesario que todos emprendamos un viaje de vuelta hacia aquello que es imprescindible. No hablo de familia- ¿hay que recordar la cita de Ana Karenina?-sino de un vínculo mucho más extraordinario, sutil y permanente. En la vida se abren puertas y ventanas, entra el aire, se llena de humo y a veces de lluvia, pero siempre queda lo fundamental. Pero esa esencia, por decirlo de algún modo, no tiene que ver con tedio.  Noto en la escritura, en la prensa, incluso en las pintadas de los muros, un tufo a saturación y a déjà-vu- me encanta decir déjà-vu- a impostación y a falta de originalidad. A repetitivo. A dar en el palo del gusto a una audiencia entregada de antemano. Puede que yo no tenga mucha autoridad moral porque no soy escritora, no sé la dificultad de crear todos los días y ofrecer originalidad. Pero sí sé bastante de lecturas, de innovación y de ensimismamiento. Y mucho me temo que estamos perdiendo el espíritu crítico ante los fuegos artificiales indies, ante la invasión de la “extimidad, ante el exhibicionismo y ante la entronizacion de lo efímero. La banalización – y la saturación editorial, todo hay que decirlo-hace que no demos abasto a absorber propuestas para, posteriormente, darnos cuenta de que muchas son puro humo, refrito, encargo hecho aprisa y corriendo o, mucho peor, sin entidad propia. Hablo en general, que es lo que se puede hacer desde los blogs de provincias, hablar en general.

Creo que hay que irse, poner distancia, saber si tenemos algo que decir o comentar y volver cuando sea propicio o nos apetezca. No hablo de nada más que de cómo nos relacionamos con lo que leemos. A la literatura, con los legítimos resbalones de calidad en la trayectoria de alguien-nadie es infalible- hay que volver cuando tienes algo que contar. Y, como Pip, no preguntar nada, asumirlo: me voy porque, a lo mejor, no quiero irme pero no puedo quedarme. Necesito distancia. Y nada más, que de esto no ha muerto nadie, al contrario: han nacido muchos escritores de verdad.

Lo mismo sucede con la extimidad antes mencionada y con la exigencia de la prisa. Yo estoy desconectando digitalmente, volviendo atrás, reconstruyendo muchas cosas de forma analógica. Y si tuviese que hacer mi propio bildungsroman, sería en estos momentos un bildungsroman al revés, algo como lo que hizo mi hijo pródigo favorito, Reginald Perrin: salir, crear, subir, ser otro y desde ahí o dar cortes de mangas o pasar de todo. Reginald recreaba desde lo punk, otros quizá podemos hacerlo desde la necesaria barrera de la nostalgia, pero alejados de ruidos y cantos de sirena, de cacareos y de excesiva ansiedad o insistencia.

 

¿Lo ven? Gran Bretaña de nuevo. No tengo remedio.

 

Sobre “Una casa en Amargura” de Elisa Vázquez de Gey

amargura

Ayer, la escritora y amiga Elisa Vázquez de Gey presentó su novela Una casa en Amargura en la librería Berbiriana, patria de las libreras Cristina y Alejandra y uno de los lugares donde una se siente como en casa, feliz. Anduve por allí haciendo algunas preguntas a la autora y, además de recomendar la novela, escribí un pequeño texto que utilicé como presentación. Tenía , al igual que Dulce, la protagonista; una encomienda: hablar de la novela y un propósito: no destripar nada ante una audiencia que escuchó a Elisa totalmente embelesada. Mis palabras no valen de mucho frente a esta historia vibrante, pero si sirven para que la leáis, pues allá van.

Una casa en Amargura es un novelón habanero del siglo XIX escrito en el siglo XXI. Es una novela en la que oscilamos entre los avatares convulsos y luminosos de las aspiraciones de libertad y autonomía de la colonia frente a España, donde las veladas de los Liceos Literarios y Artísticos y de los teatros se mezclan con el sabor de los platillos preparados por las calles, con las sombras que pueblan callejas bulliciosas y coloristas, con noches de negocios torvos y escondidos, de corrupciones y explosión artística. Es también una novela con olor a pólvora y chocolate, a tabaco y dulces, una novela con ruido de grilletes y notas de piano. Donde se intentan paliar las epidemias a cañonazos y los libros viajan de la isla al continente, del continente a la isla en cajones de madera. No es una novela escapista, donde el exotismo esconda el drama de la esclavitud o las acusaciones de masonería.  Es una novela habanera y portuaria, doméstica y viajera, una novela de pérdidas y encuentros, de libertad y sometimiento, de solidaridad y alegría. Una novela de mujeres, de madres, de hijas, de escritoras, de libreras.  Y una novela que comienza en el mes de febrero de 1882 en el puerto de La Habana, donde Dulce Prieto- joven huérfana, ilustrada y narradora- espera la llegada de un barco. La espera nos la entretiene con una narración en primera persona sobre quién es, sus circunstancias y qué la ha llevado hasta allí. Dulce ha heredado una considerable fortuna que incluye tierras y plantaciones, casas grandes y chicas- la mansión de Amargura, que da nombre a la novela- y una negrada de cuarenta esclavos. Y hereda, también, una encomienda: cumplir un testamento, encontrar a las hijas de Misterio del Cobre Barthèlemy, su aya y confidente, negra prieta y servidora en la casa de la “niña Dulse” y uno de los vértices fundamentales de la historia. Asistimos a una narración “a dos manos”: la de Misterio, acudiendo a quien pueda dar fe y constatación de sus avatares vitales (de la isla de Reunión como esclava a ejercer el oficio de planchadora en La Habana) y la de Dulce, destejiendo la madeja del periplo vital de Misterio, plasmado en un testamento, y cumplir así esa última voluntad. Pero volvamos a ese luminoso día en el puerto de La Habana de 1882…

Pagina web de la novela : http://www.unacasaenamargura.com

Colwin y McDermott: lecturas de un neoyorkino verano

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Nina Leen : Young woman on the balcony (1950) Tomado de The night picture collector. Pulse en la imagen para llegar al original.

Verano. Dejarse llevar por la laxitud, por ese cierto grado de caos que se encoge de hombros, por el pausado desorden de la desrutina. Agosto de pereza y verbena, de churro y ferias de libro en provincias, de cañas en manga corta y de coger perseidas a golpe de mordisco y guiño. Agosto de desgobiernos, de olvidarse las llaves pero da igual porque la casa es ya la calle, de ausencias y novedades, de leer en diagonal y de civilizar las orillas del mar con castillos ya deshechos, eso es la infancia. Me acuerdo de que es agosto cuando me doy cuenta de que avanzo mucho más en mis lecturas que en mis escrituras, que el azar me ha traído dos novelas no gemelas pero que se miran de reojo, que me invaden dos imágenes de New York tan antagónicas como amables y bastardas. Vayamos poco a poco, que esto se nos va de las manos.

Leo Tantos días felices de Laurie Colwin y me quedo con ganas de novela. Entendámonos bien: es una novela bien construida y mejor resuelta, los paseos por Manhattan son siempre bienvenidos- a pesar de que, como Compostela, empiezan ya a ser parques temáticos- el tono es cortés y mesurado y quizás, y digo solo quizás, sea eso. En el amable centro del mundo diseñado por  Colwin,  los hombres conocen y no comprenden a las mujeres y las mujeres no se comprenden a sí mismas.  Misty y Holly podrían parecer las protagonistas principales, dado que son  difíciles o imprevisibles.  Pero lo fundamental son las reflexiones que los hombres que las aman hacen sobre ellas. Porque los hombres que las aman, y mucho, lo hacen a pesar de sí mismos y de ellas mismas …¿y no es ésta, y no otra, la esencia del enamoramiento, queridos Guido y Vincent (los protagonistas)? ¡Pues no os quejéis, it’s the deal, stupids! Guido/Holly, Vicent/Misty  son dos parejas que podrían ser protagonistas de un anuncio del bienestar americano escondido en los afiches de la oficina de Don Draper. Pero el drama, todo el drama, está en esa prevención que Misty tiene hacia el amor por ella misma- coño, parece Morrissey- y la excentricidad individualista de Holly es estrictamente necesaria en ese mundo de casita de muñecas, cincelado a golpe de revista, en el que ha convertido su matrimonio. Y sí, es una novela por la que transitamos como por una leve delicia, pero hay más de cupcake que de bombón relleno de pimienta.  Es Tantos días felices una novela de hombres que aman a las mujeres a pesar de todo, de mujeres y hombres que creen en el amor malgre lui. Y en este paseo por la vencida misantropía hosca de Misty, por la impasible perfección de Holly, a esta lectora le cautiva el poso Annie Hall, le agrada el delicado humor del léxico creado a pares, pero echa de menos algo, no sabe si historia o qué, pero algo. Y quizás, y sin crear cánones de ningún tipo, es porque añora esa soledad de aeropuerto que crea tantas veces John Cheever, esa interrogación pendiente en los silencios de las parejas  que leen una enfrente de la otra y que tan bien retrata Richard Yates, la mano de Alice Munro señalándome algunos abismos de la convivencia. ¿A que acojona? Pues sí, porque lo que refleja no es solamente que una sea una aprendiz de cultureta de provincias, sino que, como lectora, acepta y reclama la necesidad de la tragedia cotidiana, de la incomprensión como detonador del amor fou, que el amor parta de la irracionalidad y que sea una cuestión de piel y no de “estas son las posibilidades: analicemos”. Pero esto, señoras mías, ya es otra historia. Lean la novela y opinen.

Laurie Colwin Tantos días felices  Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: A Antonio Orejudo le ha parecido una novela fascinante. Yo no disiento, simplemente I curb my enthusiasm de forma muy neoyorkina. Dejo el enlace: ¡Arriba el amor!

 

Y llego a la que, a mí sí me ha parecido una grandísima revelación: Alguien de Alice McDermott. Marie es una Bartleby del Brooklyn sin gentrificar de mediados del XX. Marie es medio irlandesa, una extraña mezcla de chica taciturna y amable, medio huérfana y, también, con un cierto desapego, no sabemos si desencanto o prevención, que viene de fábrica.  Con ella recorremos la adolescencia, los partidos de béisbol en la calle- con un árbitro ciego, pásmense-las preguntas sobre el amor y el sexo, el reconocerse en un espejo.  Marie, niña de barrio, la “pequeña pagana” que espera a su padre a la salida de la taberna, que conoce pronto la muerte y el ostracismo de la fealdad, que atesora las anécdotas del barrio y la familia. Marie, clarividente y pasota, se niega a aprender a cocinar, no quiere salir de Brooklyn para encontrar un trabajo pero no es que no le agrade la idea. Simplemente, preferiría no hacerlo. No hay militancia, no hay enfrentamiento familiar, es la forma más revolucionaria de rebeldía: la laxitud ante lo que no nos interesa. La fortaleza de la fragilidad. Marie, una mujer a lo largo de la vida, niña y mujer, con una existencia divergente a la de su hermano Gabe, tanto que se comprenden y aceptan muy tarde, pese a haberse acompañado tantos años. Hay en la escritura de McDermott esos detalles diseminados que tan bien reconoceríamos en cualquier casa que hayamos habitado, en cualquier secreto familiar de voz queda, hay un rasgo de distintiva uniformidad en su escritura. Marie observa y nos acompaña en el que, suponemos, es un Brooklyn atestado de trabajadores y escaleras de incendios, de vida de barrio con vecinos y tiendas, con cotilleos en sala de funeraria, con amigas de la infancia y con las amargas decepciones de los primeros amores. Crecer, hacerse adulto, tener hijos. Y encontrar ese “alguien”, ese momento prometido por su hermano- que tan poco sabe del amor y que enuncia en una única frase:  “Alguien te querrá”. Lo enigmático se convierte en certero, no hay profecías, hay solamente vida. Y en esta crónica apócrifa, en esta imposible autobiografía  en tercera persona, la mirada de Marie es siempre la mirada de una mujer entera a la que daña la vida y el amor, a la que se le arrebata la vista pero nunca la voz, el modo de asumir el mundo con cierta distancia y con ironía. Sobrevivir, a veces, es más que ponerse a cubierto: es exhibir, de forma pausada, una suerte de invisible resistencia. Esa que nos hace doblarnos pero no rompernos.

Alice McDermott Alguien Traducción de Vanessa Casanova. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: He leído, juro que a posteriori, la crítica que hace Marta Sanz. Y no pensamos exactamente lo mismo, pero su reseña es eso, una reseña y lo que yo hago es otra cosa, así que dejo aquí el enlace Generosidad de mujer contestona.

Daniela y Gloria, Angélica y Catalina

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“German antique doll” by gailf548 – originally posted to Flickr as German Doll. Licensed under CC BY 2.0 via Wikimedia Commons –

 

Ya he contado muchas veces, si es que hay alguien que pase por aquí a menudo, que no sé exactamente qué es una reseña.  A mí me gusta hablar de lo que leo sin más. Y dado que un blog se supone que se escribe para mantener cierto grado de conversación con los lectores, pues aquí queda esto, por si alguien quiere echárselo a la mochila o a los anteojos. Vamos.

La Transición española es un sintagma, o eso era, que da a la vez algo de hastío y respeto. Para algunos es caspa y necesidad de cuestionarse muchas cosas, para los que la vivimos sin saberlo- casi como el personaje de Molière que hablaba en prosa sin ser conocedor de ello- la Transición fueron una mezcla de propaganda electoral, las siglas de partidos políticos tachadas una sobre otra, las pintadas y los mapas de territorios, el miedo y la muerte del tiro en la nuca, funerales con gritos de todo signo, el aire entrando por la ventana. Antes, y algunas cosas siguieron siendo después, eran también la inestabilidad política, las huelgas, la cautela ante los nuevos tiempos, el recolocarse y entenderse. Los mayores lo tomaban como un alivio de luto,los  primos mayores, en la universidad, como el principio de una revolución hecha a alarido limpio en asambleas luciendo parkas coreanas, ponchos de colores vivísimos y con bandas sonoras de Pacos Ibáñez que galopaban; también con algún recuerdo de guitarristas torturados.  Yo recuerdo una tipografía enorme en los periódicos, la palabra “libertad” pronunciada en casa con ilusión y con prudencia, y, también, que no fuimos al colegio varios días cuando murió Franco. Bueno, eso no fue Transición, es verdad, fue el principio pero tampoco lo sabías.  Y la insistencia de tu madre en que abrieses bien los ojos y las orejas, que todo aquello era historia y que tenías mucha suerte en vivirlo. Y luego vinieron muchas cosas ya lejos, con bolas de cristal y edades de oro, con erasmus y ser europeos, pero eso ya fue después, cuando la ilusión nos hizo sacar pecho y ser soberbios. Y todos los recuerdos se soban irremediablemente en series de televisión tan eternas como anacrónicas, con niños narradores como Carlitos Alcántara, que no es más que un Joselito niño cantor pasado por el rebozado del aggiornamento. Dejemos la teoría y práctica de la Transición y sus mentiras, está el libro de Victoria Prego y las hemerotecas. Y vayamos al libro de la señora Sanz, mucho más interesante que todo eso.

Daniela y Cata, Gloria y Angélica viven esa época en la que  te quedabas mirando furtivamente a los kioskos, cuando empezaste a ver tetas en todas partes, cuando se hablaba de destapes y necesidades del guión, de lo que las abuelas llamaban “guarrerías” y que otros defendían para quitarse la boina y la caspa poniendo la etiqueta de “intelectual” y “libertad” a lo que era, una vez más, otra forma de patriarcado. Daniela y Gloria son actrices estupendas en la intimidad de su leonera, una vez dejados fuera los deberes del cole y los calcetines, una vez que el cuerpo empieza a ser agorero  y se resquebraja ese límite de la infancia que pica y molesta como los verdugos de lana del invierno. Daniela y Gloria, Cata y Angélica, se codean con la belleza algo pepona de Blanca Estrada, con los morritos nada inocentes de Victoria Vera, con la belleza suicida, dicen, y trágica de Sandra Mozarovski, la ambigua y potente sexualidad de Bárbara Rey. Ellas, claro, ven el maquillaje y glamour de mujeres en primera persona, de sus caídas de ojos y mohínes coquetos. Y de su vertiente gore y apocalíptica, de los colmillos sanguinolentos de las vampiras setenteras y de los juegos de rendición que prometen. Fuera de la leonera hay un mundo de pescado con tomate, de obligados horarios y de rigores de familia de tres. Hay amores platónicos, hay familias que siempre nos parecen mucho más sexies que la nuestra, hay admiración y envidia, eso hay.

Pero Daniela Astor y la caja negra es, sobre todo, la historia de Sonia Griñán. Es la historia de tantas mujeres que, como ella, no solamente buscaban la igualdad de oportunidades ante los hombres: buscaban ser como otras mujeres que ya conocían y que sí que empezaban a visibilizarse en la Transición y no eran las de la portada del Lib.  Mujeres que ya eran sociólogas o abogadas, que no tenían que morder el lapicero con borde de goma a horas intempestivas para sacarse el graduado o un título para acceder a la Universidad. Mujeres que ya venían estudiadas de casa burguesa y que no soportaban los rigores del cuádruple rol: amas de casa, madres, trabajadoras y estudiantes. Las menos, sin duda alguna. Y esas eran las otras, las Sonia Griñán, y querían estar ahí. Y decidir sobre cuerpos y futuro. La historia de Sonia es una de las historias más silenciadas de la entonces joven democracia española : las  mujeres que sufrieron cárcel, ostracismo y escarnio público con la excusa de la vida, de aquella que a ellas no les regalaron. Porque cuando alguien a principios de los ochenta se iba de fin de semana a Londres, no iba casi nunca a ver el Big Ben. Y hubo que esperar a 1985 para que dejasen de ser las apestadas de un entorno social que no solamente no las entendió: las estigmatizó casi de por vida. Con rechazos laborales, con susurros de vecinos, con solidaridad compasiva por parte de las amigas sociólogas o los confortables manifiestos “Yo también” de las musas del rojerío.  Sentir la soledad del símbolo.  Y aquí, en esta novela tan documentada, la joven Daniela, ya para siempre Catalina, aprende también ese ejercicio no buscado de la soledad y del ostracismo como daño colateral. Del padre no presente, de entender, tiempo después, una decisión de su madre que no sabe, tocada para siempre por el dolor, si fue un acto egoísta o de heroicidad extrema. Esa es su caja negra y con ella tendrá que vivir. A veces no hay respuestas, solamente datos.

En Daniela...caes de pie en una época realmente interesante del cine español, muy denostada en algunos momentos, pero que retrata muy bien aquellos años veloces y lluviosos. En la novela de Marta Sanz hay un impagable ejercicio de documentación que podría ser ficticia o real, pero que, al menos para esta lectora, funciona como un  paraíso kitsch y de pan con chocolate. Me apasionan las referencias a amantes de la realeza, a las ídolas caídas reconvertidas en estrellas de programas de cocina, a las traiciones de los deslices nocturnos ante millones de espectadores, a la etiqueta de “juguete roto”- que me encanta, narices- y a las entrevistas pactadas en las que “valgo más por lo que callo que por lo que digo”. Enmarcaría el artículo de Rafael Reig sobre Amparo Muñoz, mi ídola guapísima. Cuando hoy le dices a alguien de otra generación que existió una película como “Me siento extraña” donde Bárbara Rey y Rocío Dúrcal hacen de lesbianas amateurs, creen que te ha sentado mal la medicación. Pero existía. Y también muchas pelis de vampiras torturadas, mucho cuchillo y tortura pulp, un cruce imposible entre soft porno y Ed Wood. Un cine secundario y en serie,   de una originalidad increíble y voluntariosa, como siempre tiene que ser el arte. Y la reflexión imprescindible sobre lo que creían las actrices que estaban haciendo, del desnudo como acto de libertad necesaria o como cosificación. Actos reflexivos individuales, claro está, porque a la vista queda, con la frontera de los años, que allí hubo de todo: desde necesarias “intelectualizaciones” hasta zafiedad persistente, alguna muy cómica. Pero contextual. Era así.

La Transición  tuvo trastiendas y telarañas.  La trastienda iba más allá del poblado vello púbico  de María José Cantudo. Iba más lejos de las buenorras del Lib, de las tetas entrevistas y furtivas, de la desencajada mandíbula de Susana Estrada y la circunspecta mirada de Tierno ante su cremallera respondona.   La trastienda se quitaría la caspa en lo que tuvo que llegar mucho más tarde. E imagino a las Sonias Griñán hoy en día asistiendo atónitas o con un rictus de cansancio a algunos debates recurrentes. Porque algunas luchas, algunos símbolos, sí que tienen que ser respetados. Especialmente el de las mujeres cuyo delito, cuyo único delito, era querer tener las mismas oportunidades que otras mujeres.

Marta Sanz Daniela Astor y la caja negra Anagrama, 2014

Bonus track: A principios de los ochenta se emitió en Vivir cada día un reportaje sobre reclusas en Yeserías. Me acuerdo perfectamente de una chica procesada por aborto, contando su historia. He buscado en la web de Rtve y no lo encuentro. Si alguien lo localiza, por favor que me lo haga saber.

Cicatriz, de Sara Mesa

are_you_thereHay  arquitecturas de la imaginación que nunca se hacen verbales. Forman parte de una biología secreta, amontonada con las posibilidades, recluidas y latentes. No necesitas acudir a ellas, son esa belleza y adrenalina del acantilado. Escribes en un afán de comprenderlas mejor. Son pequeñas constelaciones de posibles, de los ex-yo futuros, de una anticipada nostalgia de lo que no va a existir. Nos asusta, por grandilocuente y vacía, la palabra “impostura”. Pero nos provoca una íntima satisfacción abrir esa caja forrada de papel de regalo, acariciar toda esa verdad-mentira, y volver a guardarla en un altillo, volver a nuestro cuaderno vital milimetrado, a lo trazado y firme, a la ausencia de riesgo, al fin de la aventura. A lo que entendemos que tiene que ser.

Sonia sigue las pautas marcadas por la obligación y las más tibias gamas de gris. Una soledad de beca precaria y cuidados familiares. De ocio escaso e intimidad alejada, de mirar a los años de cara y  no entender el privilegio asumido de la juventud. De foros literarios de internet donde, casi lo sabes, es siempre mejor lo que ves a un lado de la pantalla. Los autores, las citas, las lecturas compulsivas. El participar como tú siendo otro, teniendo un nick, borrando los cimientos de esa realidad que te ancla en un lugar de la geografía, en unos trazos que te ahogan aunque no quieras ni pensarlo. Y aparece un Pigmalión disfrazado de alter ego, vestido de rendida admiración, de mosca cojonera y aduladora. Entre líneas temblonas de chat  que parpadean, Kurt empieza a rascar en esas vidas posibles que Sonia aún no se había parado a acariciar porque es muy joven para ser dueña de su propia nostalgia. La convence y disfraza. Le hace remover antes de tiempo esos rescoldos de lo posible. Te doy los libros, te construyo intelectualmente porque puedes tener otra historia, una vida en la que has de pulir y refinar un talento en bruto que yo, que te sigo a distancia, voy a paladear y crear, quizás para sublimar mi propia limitación, mi propia mentira de píxeles y tinta.  Leyendo Cicatriz de Sara Mesa, vamos palpando de lejos esos mundos improbables que se van haciendo tangibles en los regalos que recibe Sonia, en la atracción y el rechazo que le provoca la presencia invisible de Kurt, en esa educación que se le  ofrece, impone y exige, en ese control progresivo. No importará que cambies de lugar, de compañero o vida. Kurt seguirá siendo un referente, a veces buscado, otras temido y rechazado. Es alguien que se toma muchísimas molestias a pesar de la indolencia en la que está esquematizada su vida- o, al menos, lo que sabemos de ella. Porque es una novela con dos personajes, con una estructura aparentemente engañosa, donde las cábalas que vamos haciendo como lectores se cumplen y no, se complican y se estilizan. Y se desmontan de forma tan prosaica como cruel.

No, esta no es una novela de amistades eróticas y epistolares. La posible sordidez no vendría de intercambios de fotos, de selfies o de coqueteos. El medio no es aquí ningún mensaje: da igual que sea Internet o la carta con sello y franqueo.  Es la historia de algo más. Del miedo de lo que podemos llegar a ser, de cómo podemos cortarles la cabeza a nuestros propios monstruos o domesticarlos. De la libertad y el dinero, de los fetichismos aprendidos por los letraheridos. De Frankestein y de Sade, de mujeres-niñas, de infantilismos recreados, de falta de amor  (que es la que llena los bares, como decía la canción de La cabra mecánica). De soledad y superación. De conocer al lobo feroz, de dependencias y adicciones- esas cervezas que Sonia no se toma, esas líneas sutiles de futuras historias-  y de las barreras que imponen las relaciones. No tiene nada que ver con Contra el viento del norte, con El arte del perder, con, incluso, las fantasías de ser otro en mundos paralelos como En la vida real. Y, sobre todo hay que subrayar la exquisita elegancia de la prosa de la autora, su extrema habilidad para tejer los hilos de una historia abocada a la nada y al todo. A crear un mundo de dos que son, a la hora de la verdad, tan Pigmalión como Narciso.  Y es que no hay como imaginar que nos queremos mucho para reinventarnos. No hay como lamer y domesticar, de una vez por todas, alguna cicatriz. Incluso las que resultan de agresiones reales.

Cicatriz Sara Mesa. Anagrama, 2015

En la vida real Cori Doctorow y Jen Wang Roca Editorial, 2015

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