Anchoas y Tigretones

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El ritmo de la aflicción

La pérdida y el duelo son países a los que una viaja sin tener pasaporte ni puñetera idea de lo que se va a encontrar allí. Es un territorio extranjero, inhóspito y oscuro en el que te acabas instalando y haciendo pequeñas conquistas como son dominar su lenguaje, contener las lágrimas ante la apertura de cualquier cajón o recuerdo de conversaciones que eran tan banales y cotidianas cuando se produjeron, tan solemnes ahora que no puedes modificar absolutamente nada. Nadie escoge pasar por un duelo, nadie emprende ese camino oscuro voluntariamente. Lo tienes identificado y sabes que existe, casi como cuando eres niña sabes que existen las universidades y que algún día vivirás con alguien en una casa que imaginas, es una idea, eso es todo. Pero no tienes, repito, ni puñetera idea de lo que es hasta que lo encaras y avanzas en él. Soy de las que creo que tenemos derecho a la tristeza, incluso a que esta sea una convidada de piedra en nuestra vida, una invitada que asoma de vez en cuando a dar por saco, presentándose a cualquier hora intempestiva, sin pasteles ni botella de vino, solo asomando, nada más. Otra cosa es que no le cojas el teléfono o que la esquives cuando aparece, que detectes ese perfume agridulce que la precede, que te dejes llevar por su mística melosa. Otras veces, sencillamente, es ya parte de ti y no puedes irte.

El duelo ha producido desgarradora y terrible literatura; otra, lacrimógena y confusa, quizá por la manía que tenemos de comenzar hablando de la soledad y el vacío y terminar hablando de otros fantasmas personales, acentuados por  la muerte de alguien cercano. Entre la que a mí me parece literatura de verdad trazaría una línea que iría de Barthes a Joan Didion pasando por C.S. Lewis o Richard Ford. La idea común es la de transitar por lo desconocido, por esa intensa desazón que modifica el color del mundo y en la que el tiempo se hace lento, inhumanamente lento. Humanidad, esa es la clave: la tristeza es parte de la condición humana. La rabia porque el mundo siga su curso, porque abran las tiendas o suene música en la radio, cómo es posible con lo que yo tengo encima O, como decía Anthony Hopkins disfrazado de C.S.Lewis en Tierras de penumbra: “el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer, ese es el trato”. Qué dureza.

En esa pequeña maravilla que son los Brain Pickings de Maria Popova he llegado de forma totalmente fortuita al Sad Book de Michael Rosen. Un cómic de pocas páginas, con texto del propio Rosen e ilustrado por el brillante Quentin Blake, Y allí sí encuentro literatura parca pero auténtica:  la incomprensión y rabia ante la pérdida, la sensación de traición y mundo al revés para las que nos quedamos y que nos lleva a decir “pero cómo has podido hacernos esto, cómo has podido irte de golpe y dejarnos así a nosotros”. Cómo puede ser que esto que sé que sucede esté sucediendo al fin, y que me esté sucediendo a mí.  Y Michael Rosen habla de convivir con la tristeza por la muerte a los dieciocho años de su hijo Eddie a causa de una rápida meningitis. Convivir con una nube gris que en ocasiones nos cubre y otras nos da un pequeño respiro, algo de lo que a veces quieres hablar y encuentras interlocutores, también algo que cambia cómo ves la ciudad y la gente que va en autobús o conversa animadamente en una cafetería. ¿Por qué no puedo yo participar de todo eso, cuándo se irá esta nube? Y todo aquello que pasa ante nuestros ojos y que desencadena un recuerdo ¿podemos convertirlo en algo feliz? Sí, sí podemos, no siempre, pero a veces, sí: porque una de las cosas que una aprende del duelo es de nuestra capacidad extraña para equiparar amor y dolor. Rosen recuerda a Eddie en su función de teatro, en su cuna de bebé, tirando cojines en el sofá, riendo y jugando con sus amigos por la calle. Y siente que le gustaría hablar con su madre, que tampoco está. Y aparece un recuerdo paralelo : la imagen de su madre por las calles llenas de gente un día de lluvia, puede ser Navidad. Ese recuerdo que surge a partir de otro y que te hace sonreír.  A mí también, por motivos distintos.

 

Vivo en un lugar tras una cortina de lluvia. Un día, tendría yo unos siete años, fuimos a despedir a mi padre a la estación de tren, iba a Madrid varios días por un asunto laboral. Llovía muchísimo, y tras salir de la estación, arrollaba. Mi madre me cogió de la mano, cruzamos la calle bajo la lluvia, corriendo para aprovechar el semáforo que iba a ponerse ya en rojo para los peatones.  Recuerdo perfectamente aquella tarde de noviembre como nuestro primer día “de chicas”. Subimos al autobús riendo y, al llegar a casa, tras quitarnos la ropa empapada, mi madre me frotaba los pies con alcohol, recuerdo perfectamente el olor de la sopa que cenamos, las risas al ver cómo pingaba la gabardina más grande y la trenka pequeñita, tendidas en la galería que daba al patio. Nosotras solas, hasta vi un trocito de película de noche.  Un día distinto, diferente, algo más privado que otros. Y yo lo he incorporado a mi baúl de recuerdos,ese  del que echo mano cuando las cosas van mal. Y así, cada día que llego a casa empapada de lluvia y cansancio, miro mis pies encharcados y me acuerdo de la botella de alcohol en aquel cuarto de baño con bañera de patas, yo sentada en una banqueta que había hecho mi padre. La luz de casa, ese es el recuerdo, la luz de un lugar donde yo vivía, donde estaba segura, el lugar de la infancia lleno de ruidos domesticados y quejidos de madera, una casa, la mía. Un recuerdo al que engancharse, nada más.

Decía Barthes que cada uno tiene su ritmo de aflicción. Así es: me descorazona del mismo modo quienes pasan por encima de las muertes sin llorar apenas como quienes tardan en levantar cabeza, sumidos en la pesadumbre. Pero aún más me  inquietan los que como Rosen o como muchas otras personas, conviven con ese vacío. A pesar de los esfuerzos, a pesar del paso del tiempo, por mucho que sepamos que “todo esto pasará”, en esas épocas de nubes negras, la tristeza es un derech. Ojalá que nunca lo tuviésemos que ejercer.

Sad Book de Michael Rosen, ilustrado por Quentin Blake está editado por Candlewick Press.

 

 

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Libero Marsell

Sin título y sin créditos. Ojalá fuese el joven Libero Marsell mirando hacia su futuro, pero me temo que no. 🙂 Pulsa en la imagen para fuente.

 

 

Pocas cosas hacen asomar mi lado más arácnido que el hecho de que me pregunten si me identifico con algún personaje de una obra literaria. Entendámonos: todas jugamos a vestirnos de ropajes de ficción y de ser otra u otro. En ese carnaval inventado escogemos los rasgos más románticos y cool de un personaje, precisamente porque sabemos que no podemos extrapolarlo a la realidad. Qué duda cabe que ante la ficción y la vida una elegirá siempre la vida, especialmente porque no sería nada recomendable- si apreciamos en algo nuestra supervivencia- ser el pirata de Espronceda, la Tess d’Auberville, el Pijoaparte o Sal Paradise : gran parte del atractivo de escoger y jugar es que rompemos la baraja, nos ponemos el traje gris de cotidianidad y cerramos el libro. Y, punto y aparte, hasta otro alter ego en otro momento.

Toda esta falsa teoría- que de cierta solamente tiene que es un error confundir literatura y vida, autor y personaje, escritora y autobiografía- se me viene un poco abajo con las llamadas bildungsroman o novelas de aprendizaje. Ahí se me va todo al garete, amigas: Stephen Dedalus, Lázaro de Tormes o la Nan de El lustre de la perla, Holden Caulfield, Pip de la Forja, Daniel el Mochuelo, sabed que soy vuestra escudera. Lo soy o lo era, quizá, porque os vais por el sumidero con Libero Marsel, qué le vamos a hacer si siempre somos más del último que llega. Qué jodido y raro es enamorarse de un personaje tanto: ese amor que va por encima de enjuiciar o de sentir su moralidad como propia, de aprobar o reír sus cuitas y desventuras, de perdonar, incluso, sus barbaridades. De sentir cómo le adviertes (“No, Libero, no, eso te va a hacer sufrir”) o de aplaudir su contenido lirismo. Ay, Libero, que tanto has aprendido de las mujeres que te harás sin querer una lectura feminista de la vida sin darte cuenta. Libero, Libero: que menos mal que nos tienes, hijo, menos mal.

Leo Actos obscenos en lugar privado cautivada sobre todo por su título y asisto a una muy mejorada educación sentimental, una reubicación en el mundo de un joven que crece y se  hace  entre Milano y París, con la sensualidad y el sexo-variables casi siempre parejas,casi siempre distintas- como telón de fondo, tanto de esa necesidad de encontrar su lugar en el mundo como del saber realmente quién es. Y lo hará por caminos que serán familiares para quien lea. ¿Por qué?  Pues porque gran parte de la cartografía de esta novela es una llamada a la imaginación colectiva, unas imágenes vibrantes y magnificadas que tienen aquí trasunto de paisaje narrativo y que aluden a muchos de los lugares comunes de la época:  si Libero vive en el París de finales de los 70 pues irá a Deux Magots. y se sentará en el lugar donde se sentaba Camus, justo porque acaba de leer El extranjero y está tan sumamente fascinado por esa lectura como lo estamos todas ante un primer descubrimiento literario. Pero Camus ya ha fallecido y en su lugar conocerá a otro hombre que también tiene mucho que ver con la frialdad de vivir, que es Sartre. Libero leerá, aprenderá mucho de los libros y de su trabajo en uno de los bares más literarios del imaginario colectivo occidental, de su habilidad para formar tertulias, de la universidad y de las mujeres que lo rodearán en esa época, auténtico centro de la novela y auténticos pilares de esta historia o, quizá, de todas las historias.  Libero redescubrirá a su padre, en la distancia y la ausencia (ay, el duelo, la orfandad cuando aún no eres un hombre, cuando no eres adulta ni nada), encontrará el ansiado y omnipresente sexo, volverá a Milán tras una ruptura demoledora. Y Milán, con su luminosa, helada y señorial majestuosidad, le guiará hasta  el adulto que está ya agazapado en el petit Libero que ha salido de París: el que descubrirá más y mejores formas de amor, menos literarias, más reales. Será el que irá en motocicleta con su amigo Lorenzo y un chucho con nombre y apellidos (si tengo un perro le pienso poner Palmiro Togliatti, que lo sepáis), el que olvidará a tantas mujeres como muescas hará en la barra de la taberna de Giorgio, el que perderá mucho para encontrar a aquella a la que amará, la que hará que dé un vuelco a aquello en lo que trabaja para encontrar su verdadera vocación. Pero antes, para llegar a eso y fuera de los juegos y azares extraños del amor, follar, lo que se dice follar, Libero follará muchísimo, pero no es excesivamente importante aunque ocupe tantas páginas, tanta reflexión, tantas expectativas y tanta espera. Habrá mujeres  a lo largo de todo el camino que, casi, podrían ser una, pero serán dos y(o quizá finalmente tres):  una madre que lo conduce hacia una vida no buscada, pero a la que acabará conquistando, entendiendo y queriendo cada vez más y, también, la bella y esquiva bibliotecaria Marie.  Si existe en esta novela  un personaje con el que el riesgo de caer en esa empatía que siempre señalan las reseñas cutres (y que, como he dicho, despierta mi lado más arácnido) es Marie. Marie, joven bibliotecaria, culta e independiente, a la que siempre imagino entre vahos existencialistas y discusiones con boinita calada y camiseta de rayas. Marie, la libre, la deseada y de nadie Marie. Porque lo que aprende también Libero es que, para muchas mujeres, el problema no es encontrar el amor, es que el amor te encuentre a ti: que los hombres con los que compartir la vida sean capaces de ver algo más que un perfil de sensualidad desbordante. Que no suceda, que no te conformes,  hace que siempre una se decepcione, aunque se vuelva a intentar, quién sabe.

Actos obscenos en lugar privado es, claro está, una novela de construcción. Construcción a través de las lecturas, del cine : desde Milan Kundera a Dino Buzzati, pasando por Malamud; de los salvajes alaridos de La chaqueta metálica  a la belleza melancólica y trágica de Una giornata particolare, con el hermoso Mastroianni regando las macetas. Pasear por esta novela es hacerlo por el bosque  cultural, incompleto y ambiguo ¡tan plagado de fantásticas incoherencias! de nuestras primeras épocas de voracidad lectora y cinéfila, de ese mundo que te quieres comer verso a verso y que podrá comerte en cualquier momento. Ese mundo de “pisábamos los charcos, tan lejos estabas” que cantaron alguna vez, y para mí, Golpes Bajos. Pero, claro, llevar la música y la literatura al terreno de lo propio es convertirse en un lector excesivamente permisivo. Algo, como en el título de esta novela, particularmente obsceno.

Bonus Track

Os dejo una entrevista con Marco Missiroli y si os queda la chaqueta de punto como a él  podéis dejar un comentario, gracias. Si no, también podéis dejar un comentario, gracias.

Atti osceni in luogo privato está editada por Feltrinelli . La traducción al español la hizo Carlos Gumpert para Salamandra y es magnífica.

 

Acariciar la memoria

Photo by Rene Böhmer on Unsplash. Pulsa en la imagen para original.

Dice Pirandello que la vida o se vive o se escribe. También anda por ahí otra frase contundente y lapidaria que dice que todo aquello que no es autobiografía es plagio, algo que sirve tanto para una breve nota biográfica (sea eso lo que sea) en Twitter como para épater le bourgeois. Dejando esta última cuestión al margen- podemos volver en cualquier momento, el texto es nuestro, es un placer y así se construye-,de los límites o retroalimentaciones entre vida y literatura están mis conversaciones llenas últimamente. ¿Está la ficción contaminándose de vida? Dicho así podría sonar, de lejos, a otra frase que leemos en medio de una camiseta, en una dedicatoria apresurada, a una línea resaltada en una entrevista de un suplemento dominical. Que literatura y vida se observan con recelo y algunas veces con complicidad, es algo básico. Que pueden llegar a ser (o quizá lo sean)reinos totalmente delimitados, también. Enhebrar un relato a partir de un hecho en el que el autor, el narrador, o quienes sean los implicados narratológicamente en el asunto, han sido testigos o parte afectada,sostiene en ocasiones una duda ética: ¿es legítimo presentarlo como una suerte de ficción? ¿Qué de los posibles daños colaterales o reacciones de “afectados por los hechos que aquí se narran”? ¿Precisa un autor un nihil obstat, un salvoconducto para crear un colchón lo más suave posible en la recepción del relato? Y si así lo hace:¿dónde están, entonces, las reglas no escritas de libertad  creativa o dónde ponemos la raya para que el pudor comience a imponer las suyas?

Conocí a Miguel Ángel Hernández en la Feria del Libro de A Coruña a principios de agosto. Sabía del éxito de su novela El dolor de los demás y conocía, de forma muy somera, la historia- terrible y dramática-en la que basaba su relato. En la conversación que mantuvo con Leonardo Cano salieron una gran variedad de asuntos- algunos señalados ahí arriba- que no hicieron más que aumentar mi curiosidad. Me fui de la charla con el libro firmado, con una breve conversación sobre algunos libros hermanados con el suyo (del obvio y ya señalado De vidas ajenas de Carrere a Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka, que yo había leído recientemente).  De la exquisitez del relato, de la cuidada estructura, de la emoción y la duda que discurren a lo largo de todas las páginas han hablado mejor que yo: qué te queda de la vida, dónde quedas tú cuando tu amigo del alma, el mejor, ese que ha sido piel de ti o tú de él, se convierte en un monstruo- sea esto lo que sea- y marca para siempre el lugar de tu infancia y tu vida misma con el marchamo del reportaje de sucesos. Cuando tú mismo te enfrentas por primera vez a una cámara- cuando todos saben que tú eras ese mejor amigo- para decir lo ya oído e inexplicable. Cuando ese mundo que ya te parecía algo ajeno se convierte en un lugar del que huir, un ahogo enlutado y silencioso en el que sí tenemos familia, pero pocas veces ya interlocutores. Una de las grandezas de la novela- sí, creo que es novela- están en no intentar explicar nada porque no podremos quizá entender, en un mar de cuchicheos y sospechas, los motivos que llevan a alguien a convertirse en un asesino.Y quizá sea eso algo que podemos reservar a la intimidad de unos hechos de los que no hemos sido partícipes ni podremos ya. Pero sí creo que sentarse a escribir sobre el progresivo desapego hacia el lugar de la infancia ya marcado por la tristeza, la extrañeza de ser el “intelectual”, la pérdida, en definitiva, de lo que siempre creemos que es el paraíso perdido; escribir sobre todo eso, digo, es la auténtica novela. Porque para irse definitivamente hay que aprender a volver: a reconocer los recuerdos desde la propia diferencia. Y el verbo es ese:”reconocer”, me resisto a usar la palabra “reconciliar”, me parece siempre vacía.

La memoria, eso dijeron alguna vez, es una fuente de dolor. Y la novela, también se ha dicho, una purga para el corazón. Yo no sé si creer en el poder terapéutico de las palabras. Quizá, como dice el querido Antonio Orejudo,la literatura nos complica más que nos ayuda a entender. Ahí está siempre la primera persona y el abismo de la autobiografía, la fiereza del desnudo integral, la trampa-ay, lectores-de la identificación, de mil cosas más. Todo esto son cuestiones relativas a la opera aperta y nunca, ojalá, dejemos de pensar sobre ellas. De concluir sobre todo eso no sé mucho. De lo que sí sé es de leer buena y maravillosa literatura como esta de la que hoy hablo. Incluso cuando creo que van a enseñarme a acariciar un monstruo y no es así, y acabo preguntándome cómo veneraría o respetaría los recuerdos compartidos, cómo limpiarlos de ese final que actúa como una cuenta atrás contaminada de la memoria infantil. Y esa paradoja, la relativa al derecho al recuerdo y a la memoria compartida, es una de las muchas fascinaciones de esta valiente, hermosa y exquisita novela.

Acabo tomando notas para algo que escribo sobre lugares vacíos, sobre la tristeza de las habitaciones deshabitadas, sobre los ecos de las casas familiares que, un buen día, tienes que deshacer sabiendo que llenas de naftalina tu propio corazón. Yo sí tengo la manía de colarme en todo lo que escribo.

Miguel Ángel Hernández El dolor de los demás. Anagrama, 2018

Lecturas

Los dos libros arriba mencionados De vidas ajenas de Carrere y Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka están también editados en Anagrama. El día de la presentación se habló también de El Reino de Carrere. De cómo y cuándo leí yo esta última tengo que escribir un post, aunque ahí sí que me pongo en modo Bartleby.

Escuchas

Tanto Festival Noroeste me ha hecho regresar a Neneh Cherry. Lo de perderme a Nathy Peluso por la tormenta que cayó ese día, lo mitigo a golpe de Spotify.

Visiones

A punto tengo, por una recomendación, The good girls revolt. Pero estoy volviendo a The Young Pope, es justo y necesario y es Jude Law y ya está.

 

My hands are of your colour but I shame…

Foto de Randall Honor en Unsplash.

Un palimpsesto es un lienzo que podemos reaprovechar. Un palimpsesto es una reescritura, un recuerdo de algo que estuvo antes y que sirve para una elaboración posterior. Acaba de morirse Genette, nadie se ha acordado en la prensa española. Recuerdo cómo me cambió la perspectiva de lo que yo entendía por lectura, por la historia de mi propia lectura. Habla Genette en Palimpsestes de la intertextualidad y de esa idea de cómo la literatura se superpone, (palimpsesto) de cómo unos textos llaman a otros, de la relación, de ese hilo inevitable (tan poco invisible a veces) que los va atando sin querer. No hablaré hoy de lo que alguna vez se ha entendido por apropiación retorciendo el concepto de intertextualidad, pero, para no dar la paliza de teórica de la literatura,digamos, por esta vez y sin hacer muchas más concesiones, que esa línea de unión es una permanente serendipia lectora, una teoría de cuerdas, una conexión universal. Digamos, poniéndonos ya estupendas y algo locas, que no existiría la obra plena sino un intercambio de pareceres escritores, un vago diálogo ausente (hola, Umberto Eco, qué tal), una reformulación, una mezcla variada y mestiza. Vale, me he pasado, pero es para captar la idea de lo que viene a continuación.

Hay muchos tipos de lectoras y no vamos a derivar por los caminos de la teoría aquí. Me refiero a que hay quien lee una obra como una entidad sólida y autosuficiente, completamente autónoma; no se para a oír las voces que hay dentro. ¿De qué hablo? De esa especie de hilván o de zapeo que te lleva de un texto a otro, a apuntar y destacar las referencias que abren pequeños spin-off dentro de la misma novela, secuelas y anticipos del texto que tienes entre manos o en pantalla.  Quizá alguien piense que esta es una mala lectura, la que distrae, la que completa, la que te hace pararte e ir a la estantería o buscar en catálogos de biblioteca la referencia para ver si puedes llevárte el libro a casa cuanto antes y saciar esa curiosidad; o bucear en Google alguna cita literal, lo que inevitablemente te lleva a páginas de compra online que desechas, pero que te hacen llegar a tu objetivo.

Veamos, por ejemplo. Una señora- servidúar- lee Corre, rocker de Sabino Méndez (la edición antigua, de Espasa), una genialidad absoluta que me descubre a un narrador sincero y mordaz, extraordinariamente sensible y culto, que salpica un relato fragmentario- tanto de autobiografía, tanto de crónica, tanto de purga personal- de referencias exquisitas, de reflexiones amargas y sagaces, de juegos y guiños literarios que a mí me entusiasman. Dice el narrador en un momento:

Hace tiempo que dejaste de ser yo. Eres un contorno, el héroe de cualquier capítulo primero; y, sin embargo, cuánto tiempo creímos que no había ningún alto en el camino, desde el húmedo valle hasta el páramo alpino. Estas dos últimas frases no son mías, ni lo es su bella traducción. Son de Sirin. Pero Sirin no es Sirin. Encuentre nuestro lector ocioso la figura escondida, esa mancha, esa sombra. Cuán gratuitos, estúpidos y hermosos son los pasatiempos.

Pues claro: es Nabokov, en traducción de Javier Marías. Javier Marías, escritor exquisito y al que querría invitar alguna vez a una copa de Soberano para rebajar quizá la solemnidad del momento. Javier Marías, que tiene los más shakesperianos y hermosos títulos de la literatura española y que da rienda suelta a su mordacidad y británica circunspección -sigue siendo exquisito incluso cuando no estoy de acuerdo, muy a menudo- en sus artículos, que leo con mayor voracidad de la que me gustaría reconocer. Durante mucho tiempo, esa cita semanal de su columna era una invitación a un mundo bibliófilo y elevado, no exento de una cuidada misantropía que hoy creo que es machirulismo antiguo y de su época; en aquel momento me parecía supercool. A Marías lo he visto hace nada en la Feria del Libro de Madrid, augusto y ausente, qué tío, de verdad. Pero lo que envidio profundamente de él es su derroche en la traducción (gracias, traductores y traductoras: nunca agradeceré de forma suficiente cómo llegué gracias a vosotros a esos territorios imposibles en los que fui feliz) , de Tristram Shandy a los poemas de, claro, Nabokov. Y, sí, quizá como dice Méndez en ese párrafo, los pasatiempos son bellos y fascinantes precisamente porque no sirven para nada, por su gratuidad, por la tonta y enorme gratificación que nos provoca el resolverlos. Algo parecido a esa sensación que tengo ahora, leyendo de nuevo ese fragmento y pensando en ese hilo que yo lanzo entre Marías, Nabokov y Cervantes. Sí: aquel libro (lo he perdido en la última mudanza, creo) donde se recogen los materiales, las lecciones de un curso que dio Nabokov sobre El Quijote en la Universidad de Harvard, allá por los años cincuenta (como diría mi madre, ayer fue la víspera). Seguimos tejiendo: ese vínculo con destino final Cervantes me lleva a una de mis últimas lecturas, Grandes éxitos de Antonio Orejudo, un viaje de imposturas variadas hacia la propia literatura y las literaturas de los otros, algo tan cervantino como la propia estructura y ánimo de la novela ¿? de Orejudo. Y si seguimos con el sintagma “de los otros”, me acuerdo de aquel librito que pasó tan desapercibido en España y del que Zadie Smith fue editora y que se llamaba precisamente así: El libro de los otros. La autora se hacía editora y recogía distintas piezas, contribuciones de sus llamados compañeros y compañeras de viaje (había hasta algo de Posy  Simmonds, creo recordar). Y, ya cerrando, y por seguir con libros y cosas de los demás, tengo una traducción de e e cummings escrita en un folio, pinchada en un corcho que tengo en el pasillo de casa, rodeada de caritas felices de amigos en tantos sitios. Pues bien: esta traducción al gallego, hecha por María do Cebreiro, es del poema “somewhere I have never travelled”. Sí: es el poema que se menciona en la escena de la librería de Hannah y sus hermanas. Cuando se estrenó esta película (cuando descubrí a cummings ) pensaba que el amor tendría que escribirse con una caligrafía pequeña y apretada, con una mano dulce y muy firme, que no pudiese tampoco compararse al tamaño de la lluvia. Y esas manos pequeñas nos llevan, queridas, al título del post, que es también algo shakesperiano y tibio, muy de Pilatos y bastante de tirar la piedra y esconder la mano.

Es verdad, qué hermosa inutilidad son los pasatiempos. Casi como la escritura, como dotarse de máscaras para escribir y luego lanzarlas bajo la cama a descansar hasta el Carnaval siguiente. La verdad, como decían los Enemigos, a mí me sobra Carnaval.

Notas:

Me he atado de pies y manos para no derivar por la relación entre el Shandy del título de Sterne al concepto de shandy que maneja Vila Matas en Historia abreviada de la literatura portátil y que recoge de nuevo Sabino Méndez en su libro. También me he amordazado para no hablar de Paterson y el boom de la poesía de William Carlos Williams, eso también es divertido. Cosas que se quedan en el tintero, casi siempre las mejores.

 

 

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