Anchoas y Tigretones

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Un calendario en un pañuelo

Rosebud, Rosebud

Teníamos un armario antiguo por el que navegaban manzanas y trozos de jabón. No es mentira: en casa se guardaban en cajones y armarios para darles ese falso perfume del otoño, un aroma doméstico creado porque sí, porque ponía en fila y hermanaba nuestros gustos, dándole un sello familiar. El jabón y los trozos de manzana seca- en unas bolsitas de tela bien cerradas- convivían en la oscuridad de lo durmiente con medias, calcetines, «mutande» (para qué decir «ropa interior» que es feísimo si podemos decir «mutande»), en esa familia silente que son la ropa y los objetos a los que no da la luz, que reviven al abrir las puertas. En un cajón del armario, mi madre guardaba pañuelos, de señora y caballero, distribuidos en varias filas muy bien organizadas: los de mi padre, con su inicial y su posterior aroma a Atkinsons; los de mi madre, festivos y sesenteros, que irían a oscuras en un bolso con una gotita de Royal Ambrée. Mi madre tenía un pañuelo que me encantaba porque era loquísimo: un calendario de 1971. Sí, mi madre me ha sonado los mocos en una imagen de 1971, amigas, quiera decir eso lo que Freud o las psicólogas contemporáneas crean que quiere decir. Ribeteado de azul y verde, los 365 días de aquel año eran diminutos, iguales en su tipografía, pequeñitos. El pañuelo de 1971 nos acompañó muchísimo tiempo, alterno, claro está, con otros mucho más anodinos y aburridos, de flores y bordados en relieve, cosas que tenía todo el mundo. Años después me regalaron un lápiz que era también un calendario: imposible ver los días, convertidos en un enjambre de números diminutos, iguales todos entre sí. Lo único que podía hacer con él era resolver sumas y restas, multiplicaciones, corregir faltas de redacción que entregaba luego siempre con miedo de no estar a la altura. Parece mentira, ¿verdad? ¡Con el poco síndrome de impostora que yo tengo!

Ese lápiz y ese pañuelo me han recordado mucho a 2021: un año pequeño, que parecía crecer a veces y se encogía casi siempre. Fue un año entre Sísifo y Penélope, de hacer y deshacer planes porque una realidad coñazo y alarmante se imponía. Vacunada, sin contagiarme, sabiendo que vivo en un privilegio enorme. Sin casi viajes y mucho estar en casa, echando de menos a amigos que desaparecieron porque están también reacomodándose, leyendo mucho, escribiendo poco. Fue un año de destellos breves de alegría, pequeños y escurridizos, de sensación de rutina invasiva. Hice merendolas en casa, aprendí a bordar y conocí a personas que, ojalá, se queden mucho rato. Otras se han ido por el sumidero de la memoria, merecidamente, viene bien desatascar. Escuché música, cociné platos riquísimos, fui de pícnic y de excursión, hice kilómetros andando y en tren, conduje hasta pequeños oasis de alegría: me perdí alguna vez, no se puede confiar en Google a ciegas cuando no sabes cómo dirigirte al suroeste porque solo ves una casa marrón. Es así. Hice compañía, cuidé todo lo que pude. Fui al cine con Toni y María, nuestros domingos de cine, qué importantes fueron para mí. Y a pesar de ser un año poco productivo, me he reído bastante, he paseado al borde del mar casi todos los días- con Jove, con Meli, con Jose- me ha sobrecogido Hervé Le Tellier y me ha emocionado hasta el infinito Sara Gallardo, me he agotado escuchando podcasts- cuánto edadismo en el jiji jaja-, he ido a conciertos sentada, he visto teatro y danza, viajé a Marte con Patri desde Barcelona, eso no lo puede decir cualquiera. No he besado a ningún guapo desconocido, eso se lo dejo a Merce Corbillón- que además lo cuenta estupendamente- porque la mascarilla me confunde mucho. Pero sí me dieron alegrías los amigos : el premio a Xesús Fraga fue como una explosión de luz en un momento muy malo, Inma se descubrió como una gran poeta, la Bande siguió abiréndonos los ojos sobre las mujeres silenciadas de la posguerra, Isabel Parreño nos hará viajar por la Italia soñada, Lucía sigue siendo incansable difusora de tantas cosas. Y me hicieron, no puedo olvidarlo, el mejor de los regalos: fui personaje de una novela, ni más ni menos que A vida secreta de Úrsula Bas de Arantza Portabales. Hay ahí una bibliotecaria habladora y rubia, que escribe un blog como este, a la que le pasan algunas cosas interesantes (la novela es magnífica, no podéis parar de leer en cuanto empezáis y, en castelán ou galego, deberíais leerla si no lo habéis hecho ya). Gracias, Arantza, por ese momento influencer que tuve este año y te deseo todo lo mejor, de corazón.

No sé si desear feliz año, creo que lo mejor es desear que 2022 sea mejor que 2021, que veamos el fin del maldito bicho que tanto se ha llevado por delante, que sí besemos mucho más, que no nos olvidemos de cuántas personas nos quieren, que no fumemos aunque la vida se empeñe en intentar hacernos caer en la tentación, amén, y que todo aquello que nos gusta- libros, hombres, música, comida, rocanrol- se dé sin tasa, locamente, sin parar. Que si años después reencontráis entre vuestros papeles, vuestro imprescindible desorden, algún que otro calendario viejo de 2022, algún pañuelo de madre milagroso o un lápiz que reúna estos futuros 365 días, el recuerdo sea grande, magnífico, deslumbrante. Que sea un año mágico y potente. Y, como me dijo alguien una vez recordando a la malograda Petra Kelly, sed siempre tiernos, pero subversivos.

¡Nos vemos en 2022!

¿Dónde está el despiporre, amigas?

Señora harta de que no la inviten a nada con su estoico marido al lado.
(Imagen de Pinterest, sin créditos visibles).

No sé si será uno de los efectos de no poner, de un modo totalmente definitivo, un «the end»a todo lo malo, como decía Lisbeth Salander, a todo aquello que comenzó mucho antes de marzo de 2020. Quizá lamentarse o sentirse triste ahora sea mucho más transgresor—una transgresión no buscada, algo que viene dado casi de regalo o sorpresa, como un niño que grita «hostia» en una cena familiar sin saber lo que es—que refunfuñar, subirse por las paredes o dar coces al aire durante el confinamiento. Hablar desde el privilegio y de cierta comodidad económica, de haberse zafado (creo que milagrosamente, trenes y transportes públicos mediante) del contagio tampoco, parece y con los datos de ERTES y paros en la mano, da como mucha autoridad moral para hilvanar quejas como letanías. Vaya por delante que arrojar culpabilidad sobre la tristeza, venga de donde venga, es algo terriblemente humano, pero también poco legítimo y a veces incluso despiadado.

No sé si tristeza o desconcierto: a mí me habían prometido un Eldorado de felicidad, de locura sin fin una vez acabase la pandemia, un derroche de rocanrol (me chifla poner rocanrol) en cuanto todo estuviese terminado, cuando dejásemos de subir selfis vacunándonos o con esas mascarillas de cucurucho que ya no sé si sois Carmen Mola o asesinas en serie de peli cutre. Pensaba tener una agenda rechea de planes (madre mía, la de gente que me dijo «cuando acabe todo esto vamos a ir a todo» y no he vuelto a saber de ellas), No, de verdad, vaya timo la nueva normaduvalidad, como decían Esnórquel y Perra de Satán. Un timo que tiene que ver también con que todos hayamos hecho ajustes personales durante estos meses, para bien y para mal. Yo no he sentido en ningún momento ese vacío terrible de soledad que sintieron algunas: yo he hablado por teléfono, he hecho zooms y zarandajas digitales, he escrito correos. Más o menos como antes del confinamiento: las personas que tenemos un sentido de la independencia acusado, pero somos sociables, ojo, y no solitarias, sabemos que todo va por rachas: épocas de más planes, de menos, de mayor o menor introspección. Por eso también sabíamos, y eso es lo más interesante, que había bastante ficción en la riquiñez del enclaustramiento, en gente que había desaparecido y reapareció, en lazos algo endebles, en focos de atención algo sorprendentes, de una solidaridad edulcorada. Pero… era inevitable ver la casilla final de ese parchís que ha sido, o sigue siendo, la pandemia, como una invitación al despiporre, como el final de los exámenes de junio o el día de la licenciatura. Yo, al menos, así lo creía. Por eso me siento algo decepcionada: no ha sido para tanto, al menos para mí. Ni humea la agenda ni tampoco veo yo a mi alrededor, a excepción de los bares a reventar, la alegría, si es que en los bares ha habido alguna vez alegría. Pero no sé si, en el fondo, hay un poco de miedo por parte de algunas a mirar hacia atrás. Se hablaba hace tiempo del «síndrome de la cabaña» (me encantó el artículo de Isaac Rosa negando tal), una especie de «miedo a la libertad». Yo lo veo, con mi sentido de lo prosaico activado, como el niño que, con flotador y bañadorcito, da vueltas alrededor de la piscina: sabe que le va a encantar, pero le da miedo el proceso. ¿Y si realmente la vida no nos depara ese despiporre, esos felices veinte (tampoco lo fueron en Weimar, ojito, me lo recordaba Juanjo Seixas ayer), porque volver a la vida es volver a la nula magia de lo cotidiano, de recuperar algo que necesitaba ya de antemano ser otra cosa? Me decía una amiga hace tiempo que a ella el tiempo en casa la había reconfortado muchísimo: previo al encierro lo estaba pasando mal porque se sentía sola, pensaba que quería tener pareja y no la encontraba, y que, al estar todos jodidos y en casa, se había sentido igual que todo el mundo y no en inferioridad de condiciones. Yo no lo he sentido, pero es interesante: una especie de «danza macabra» donde el encierro iguala a todos los vivientes, sea cual sea su situación sentimental. Yo sí creo que algunas personas que estaban solas en el confinamiento sí estuvieron especialmente castigadas: mi padre, mayor de ochenta, haciéndose listas de tareas y sin tener con quien hablar en todo el día, por ejemplo. Evidentemente no creo que él espere un despiporre como yo, o eso quiero creer, pero sí me reconforta que el tramo final de la vida de alguien sea ya de apertura, de paseos libres, de poder hacer su vida con cierta naturalidad. Pero yo, como soy una lercha, en realidad pienso en qué mentira tan grande son las expectativas sobre el futuro y todas las motos que nos han vendido a lo largo de la vida: estudia mucho, aprende idiomas, haz esto, lo otro, el puto máster, trabaja gratis que te da visibilidad (y un huevo),c onfínate que luego viene el despiporre. U-lo despiporre? ¿Será que nos hemos vuelto más egoístas o selectivos, que nos impresiona ya menos cualquier cosa o será que yo me leí mal las instrucciones del final del confinamiento? A lo mejor es que el tiempo en casa nos ha dado por recuperar viejos rencores por tener demasiado tiempo para darle a la cabeza, por encabronarnos infinito con meteduras de pata humanas que no son para tanto, que hemos ido borrando posibilidades, maximizando agravios y extremando una dignidad algo hidalga y quijotesca, un poco redicha. Y sí, es bastante esnob estar pensando en vida social cuando parece que el mundo se tambalea entre volcanes, llamadas a la acumulación de velas, posibles colapsos. Es verdad: ya he dicho que mi atalaya es relativamente confortable; la del mundo que me rodea no lo es en absoluto. Pero antes de mirar hacia abajo, de coger aire para saltar, pues mira, prefiero mirar a mi alrededor. Es una forma de banal escapismo, es posible.

La verdad es que yo no he llamado a nadie para organizar nada, de momento me he dejado querer. Seguimos siendo la misma mierda, o la misma maravilla, de personas.

Recomendaciones:

Estoy impresionada, muchísimo, con Los galgos, los galgos de Sara Gallardo. Me queda un buen trozo de novela, pero qué escritoraza. Una escritura abrupta en la narración, deslumbrante de lirismo y con mucha ironía, melancólica, dulce y afilada a la vez. Mis días en la finca Las Zanjas me están dando más másteres de escritura que todas las escuelas de letras del mundo. Me ha gustado mucho El asesino tímido de Clara Usón (grazas, Inma López Silva pola recomendación)

La mentira por delante de Lorenzo Montatore (Astiberri). Un collage de pensamientos de Umbral, fragmentos de sus obras, declaraciones en prensa, su amor por los gatos, el duelo por Pincho, su hijo fallecido en plena infancia, su pareja, las Pititas y el mundo del cuore, el dandismo y la fascinación por Valle y Valery. Un caleidoscopio para intentar entender una personalidad compleja, menos terrible y mucho más vulnerable y tierna de lo que su vozarrón y performance habitual dejaban ver. Luego se puede completar con el visionado de Anatomía de un dandy (que está en Filmin) de Ortega y Arnaiz. A mí me sobra toda la parte de Jabois con que si la paternidad, tal y cual porque creo que desvirtúa por completo el sentido del documental, unpopular opinion, of course.

Estoy viendo pocas series o las que empiezo se quedan a la mitad. No creo que la cojáis ya en cine, pero es maravillosa Chavalas, de Carol Rodríguez Colás. La conciencia de clase, el no pertenecer a ningún sitio (o de cómo una chica de barrio nunca va a tener los contactos que tienen otras compañeras de máster con apellido de muchas sílabas, cómo no va a ser nunca tan cool en ese inflado mundo vacío deldiseño) o que no te sientas ya parte del tuyo. El darle la vuelta al volver a casa: sacar pecho, aprovechar la experiencia y saber quién eres por de dónde vienes, lo que no significa necesariamente claudicar. Una buena bofetada a las modernitas de tres al cuarto y, sobre todo, mucha frescura. Y, por supuesto, la de Wes Anderson y su caleidoscopio de locuras, una cámara de maravillas parisina, unas miniaturas engarzadas tan extrañas como fascinantes. The french dispatch, eso sí que es un despiporre.

Sigo escuchando los podcast que ya me gustaban, aunque estoy un poco agotada de algunas fórmulas. Por eso me encantó encontrarme Reina del grito de Desirée de Fez (si os va el terror y lo gotiquísimo no os perdáis la charla con Mariana Enríquez) y Otra españolada de los hermanos Podcast (me salté el capítulo con las de Deforme Semanal, eso sí).

Las buenas historias pueden estar debajo de una baldosa

Esta señora tan dramática me encanta. Pulsad en la imagen para fuente.

Leí hace tiempo que Juan José Millás, durante muchos años, se levantaba temprano antes de ir a su trabajo y escribía. Escribía sin un plan que no fuese escribir, sin un futuro aparejado a ese deseo de escribir. Escribía sin un objetivo, como digo, también sin saber por qué. Escribir casi como un hámster, dando vueltas a la rueda, esperando el día que se quiebre o que, milagrosamente, se abra la puerta de la jaula y pase algo. ¿Qué tendría que pasar? Quizá algo parecido a la vida de escritor o de escritora, que alguien lea lo que haces por ahí, que le guste. O que tú creas en ello, yo qué sé. Me gusta cómo lo cuentan Orejudo y Reig, cada uno en un registro diferente, también en libros diferentes. Los personajes que son Orejudo y Reig, que no dejan de ser ellos mismos a pesar de los mimbres de la ficción, ponían la meta en lo que ellos llamaban «llegar». Llegar a un establishment, imagino, a un Parnaso algo trapalleiro como pueden ser los parnasos que son de mentira, que son casi todos. Pero este existía. Y por eso había que intentarlo, escribir, a veces con desidia y ni siquiera esperando un golpe de suerte; otras, con toda la intención. Imagino a estos dos en ese bar de la Facultad, entre nubes de cigarros literarios y boutades aceradas, tan propias de la juventud y de saberlo todo, de creer saberlo todo, de querer apartar a los viejos y ocupar algún espacio o de crearlo. Y escribir, por lo tanto, sin mucha expectativa, pero sin parar: emborronando cuadernos o folios baratos, guardando copias en cajones, escribiendo o soñando que escribes. Todo lo contrario de Umbral, que llegó al café Gijón casi escogiendo ya el lugar donde se sentaría, donde cimentaría una gloria de golpear teclados y otear marquesas y pititas. No sé si existe el uniforme de escritora o de poeta, pero tampoco importa demasiado: hoy la impostura está en poses de Instagram. Sí hay quien tiene actitud de escritora sin obra o de obra desconocida, aquellos Bartleby de los que hablaba Vila-Matas, compañeros de viaje que gozaban de la compañía de un grupo de individuos geniales, de salir en esa orla generacional aunque fuese en la segunda fila de la foto, de tener un lugar en el anecdotario: allí estuve yo. Al final, todo serán recuerdos ajados y de diferente valor para las partes implicadas. Es como encontrar esos pequeños señuelos de que otro pasado nos perteneció y que son tanto para nosotros y nada para los demás: una nota que un día me dejaste en la nevera, el ticket del parking aquel día que llovía tantísimo y teníamos el coche hasta los topes de bolsas de Carrefour, un vale de descuento que nos dieron una de las últimas veces que fuimos juntos al cine y que, claro, no llegamos a usar. Seguro que no lo recuerdas, como muchos de los escritores y escritoras no recordarán aquel día señalado para quien hizo cola delante de una caseta de la Feria del Libro, para quien estuvo, brevemente, charlando con alguien a quien admira mucho, para quien volvió a casa con un recuerdo borroso en tinta que casi siempre es una fórmula que podría haber escrito cualquiera de nosotros: «Para Menganita, en atención a su lectura. Feria del Libro de Madrid, tal del tal del tal». Creo que hay un cuento maravilloso y que nadie ha escrito con el siguiente argumento: una señora llega a una caseta de la Feria del Libro y firma, firma todo lo que le pongan por delante, los libros de otros y otras, porque ella no ha escrito nada. En la caseta hay un cartel que pone: «Se firman libros» . Esto, que además de ser una pasiva refleja maravillosa y viva la sintaxis del español, es una invitación para mentes curiosas y perversas. Imaginad la escena: tráigame libros, que yo se los firmo. Yo no prometo haberlo escrito ni ser la autora, pero le haré una dedicatoria imponente. Y claro, da igual que le lleves el de Maxim Huerta, de Marta Sanz o de Jonathan Franzen o Colm Toibin. También sería muy punk que firmase haciéndose pasar por famous dead writers, pero ahí ya hay otra historia y no nos desviemos de la nuestra. La señora firma, ataviada con un abrigo rojo de paño y sacando un poco la lengua hacia afuera como una colegiala que se esfuerza en un ejercicio de caligrafía. Escribe unas dedicatorias maravillosas, perfectas, llenas de emoción y ternura, de ácida agudeza, depende de quien esté a la cola. La escritora de dedicatorias es una psicóloga rápida, que ofrece a quien está esperando la justa medida poética, el deseo hecho realidad de aquellas que, además de mitómanas, son letraheridas.
Contar la historia de la dedicadora o imaginarla o inventarla, lo que prefieran, no sé si me convierte en escritora. Escribir este post, pasarlo bien haciéndolo ¿me convierte en una escritora de un medio que ya nadie usa y que, por lo tanto, no tiene sentido? ¿Es la escritura una voluntad propia de trascendencia o es simplemente, y como hacía Millás, escribir porque I can´t help it? Pienso en los y las que escribimos blogs casi como una pandilla de últimos románticos que, ataviados con chalinas y camisas de chorreras, nos sentamos muy dramáticas ante un portátil a contar todo lo que nos pasa por la cabeza. A mí me pasa que en esta ya gastada cabeza se me mezcla una historia con aguaceros y un abrigo algo apolillado en un armario de una casa que no es tuya y que, por cosas que pasan, tienes que desmontar para que la ocupen otros. Escucho, como si fuese una aprendiza muy mala de Perec, conversaciones a través de las paredes que son historias en sí mismas. Yo escribo solamente para hacer músculo de ideas, no sé si tengo novelas por escribir o todo se queda en humo. Quién sabe. Quizá exista, como en esas películas de sábados por la tarde, una baldosa que se mueve más que otras y que esconde un montón de ideas no usadas. Podríamos encontrar ese lugar en cualquier espacio, en una casa no habitada también. Escribir cotidianamente o cuando se te antoja, tener un medio, es a veces suficiente. Tampoco hay que darlo todo, que no a todo el mundo le interesan nuestras movidas. ¿Veis? Una escritora nunca diría eso de «nuestras movidas» , si es que así no se puede…

Mis recomendaciones:

Luces de varietés de Manuela Partearroyo es un ensayo lucidísimo, brillante y bien construido sobre el hermanamiento de dos negruras y también de trágicas carcajadas: el hilo va desde la España de Valle-Inclán, Gutiérrez Solana, Azcona y Berlanga a la Italia felliniana y neorrealista. Una reinvindicación también de la comedia como denuncia social, una mueca ácida y desternillante. Creo que ya la he recomendado, pero vuelvo a la carga.

Pequeno mundo ilustrado es una preciosa delicatessen y un recorrido por una «antología de asombros». Me encantaría conocer a María Negroni, por el apellido también, que es un cóctel muy favorito. Favs: el apartado de Bomarzo y el de Bibliotecas. Editada por Wunderkammer.

Estoy leyendo de nuevo a Roland Barthes y no hay quien me aguante, aviso. Creo que mi tarde de café y copas favorita serían con don Roland y con Umberto Eco, solo para poder hablar de cocina ornamental y Superman.

He leído a Caryl Churchill y estoy confusa y deslumbrada. Lo leímos en el grupo de lectura de teatro y no sé si me gusta, me horroriza, me encanta o todo eso a la vez. Cloud 9, o séptimo ceo, en versión galega de Manuel F. Vieites, creo que anticipa la teoría queer y debió ser un megaescandalazo cuando se estrenó, en la línea de Angelica Liddell o Sarah Kane que estás en los cielos.

Y claro que recomiendo a Arantza Portabales y su A vida secreta de Úrsula Bas. En primer lugar, porque soy un personaje en la novela y me ha encantado encontrarme. En segundo lugar, porque está estupendamente bien escrita y es un misterio con Abad y Barroso, esa pareja de policías tan iguales y tan diferentes, con un misterio entre manos tan trágico como contemporáneo.

Y escucho a Battiato, y si no os gusta, pues a más tocamos.

Paseantas

Two ladies in tight-skirted suits by Whitley Tailleurs Inc, 500 Seventh Ave New York.
Foto de Jupe en Flickr con licencia CC BY- NC-SA 2.0)

Acumulo libros. No, no solamente en casa, en las estanterías. Acumulo porque compro o pido en préstamo interbibliotecario (gracias, BUSC, qué gran servicio) varios ejemplares a la vez. Dicen que hay una palabra japonesa para esta manía que no es bibliofilia, es angustia del vacío o, más bien, consumismo, cultiño y tal, pero consumismo. La palabra es tsundoku, pero, como digo, es otra cosa : hay a quien tranquiliza ver en casa libros largamente deseados, comprados en las librerías que tanto nos gustan. Libros que se han movido de una estantería a otra sin que aún los hayamos abierto, incluso los olvidamos, abandonados por la presión constante de la novedad. No hago propósitos de ningún tipo para corregirme: encontrarme libros nuevecitos, que compré en algún momento con lo que en aquel momento era ilusión apremiante es un consuelo en días en que te pones a ordenar. Es una dinámica, la del orden, que en mi caso me hermana con Sísifo. Para qué, algún día podré saberlo.

Una de esas joyitas que me he encontrado es La revolución de las flâneuses de Anna María Iglesia, publicado por Wunderkammer, esa editorial que es una pequeña cámara de maravillas (ay, esa edición de Los bellos y los dandys, cuánta vista he perdido ahí). Otro día hablaremos del recuerdo al reencontrar un libro del momento en que lo hiciste tuyo, de cuando te lo llevaste de una mesa de novedades, si ya era de noche y las farolas se reflejaban en algún lugar, si yo me hacía un lío con la bufanda o, por el contrario, si llegué a la librería reventada de calor, sorteando los cantos de sirena de las heladerías. No recuerdo cuándo llegó a casa este tomito, pero sí que podría haber sido mi mantra estos meses de paseos como único ocio, de añadir al lujo del aire libre el casi nuevo inédito de la tierra bajo los pies. Habla Anna María Iglesia de la conquista de los espacios públicos y de ocio por parte de las mujeres, tomando como portavoces a algunas mujeres personajes de la literatura, a algunas que dejaron de ser objeto y fueron sujeto del propio paseo. El espacio urbano no solamente era hostil, era terreno vedado: el paseo como descubrimiento, como placer, estaba reservado a los hombres. El habitar el espacio común, efectuar ese «ejercicio de poder» según Foucault, era una actividad puramente masculina, vinculada a la reflexión creativa. Y sí que existieron, en la literatura y en la historia, grandes flaneuses, paseantas como personajes de Virginia Woolf y de Pardo Bazán.

De niña odiaba los paseos. Los odiaba porque siempre he sido de caminar rápido, nervioso. Pasear me resultaba agotador por su lentitud, no disfrutaba del entorno, de los paisajes, de esos stickers que nos ofrece el día a día para adornar el recuerdo. Pasear al ritmo lento era, sigue siendo a veces para mí, un auténtico suplicio, lo es en general acomodar el paso, pero eso ya es otra historia. Me gustaba recorrer de punta a punta, sentir los pasos unos encima de otros, ir acumulando cansancio de forma rápida y, como digo, nerviosa. Los sábados por la tarde mis padres tenían el ritual de recorrer el Dique de Abrigo. Las últimas veces que fui con ellos fui porque estaba castigada (alguna mala contestación, discusiones algo cartesianas por mi parte apelando a esa lógica inexistente en la relación madre-hija). El Dique me resultaba un lugar triste, exento de glamour, me avergonzaba esa idea de ser aún niña que sale con sus padres un sábado por la tarde. Veía aquellos adoquines, el faro al final, todo se me caía encima como un manto provinciano algo «Calle mayor»: los saludos, las inevitables referencias a lo alta que yo era, las conversaciones que no me interesaban. Aquellos días se fueron, quedaron cubiertos de olvido, también se marchó mi soberbia, llegó mi añoranza, mi tristeza de no haber recorrido de la mano de mis padres aquella línea recta que entonces se me antojaba interminable, de no haber aceptado el helado de «La italiana» que mi padre ofrecía, siempre solícito, solo para intentar mi sonrisa. Hoy, en esa casi soledad que va construyendo el paso del tiempo, miro hacia el dique con la rabia de las oportunidades perdidas.

El año pasado podemos decir que aprendí a caminar y aprendí mi ciudad. Pasear se convirtió no solamente en el único ejercicio, sino también en una oportunidad de mirar, de parar un poco y subrayar ese tiempo tan elástico y tan pobre, tan agarrado aún a las restricciones horarias, a las aperturas de mano en poder o no poder hacer. He caminado en estos meses kilómetros y kilómetros en soledad, escuchando el mar o la lluvia fina encima de mi capucha o amparada por mi reciente afición a los podcast. Y,sobre todo, he compartido paseos y diseñado itinerarios. María Jove y yo volvimos a un paisaje que desconocíamos haber tenido en común: el parque de Santa Margarita, la plaza del Comercio, el Agra del Orzán. Allí vivían mis tías, en la calle Francisco Añón, en un cuarto piso sin ascensor donde hemos celebrado días de Reyes e inicios de año, donde me dejaron, por primera vez estirar la masa de unas orejas de Carnaval con una botella de vidrio en aquella cocina pequeña y llena de amor, en una tarde de granizo en la que merendamos en la sala de estar y vimos en la tele La mitad de seis peniques. Tuve dudas al pasar ante el portal, tan distinto era todo ya. Mi paseo de ese día fue melancólico y algo triste, no fui yo una mujer que conquistase espacios : volvimos a casa cabizbajas, el paseo nos devolvió una ciudad que ya no era o que, quizá, habíamos abandonado por otra con plazas de la Ciudad Vieja, con menhires en el Paseo Marítimo, con carril bici. También por una ciudad silenciosa y vacía en algunas zonas, una ciudad casi en la rara siesta sin fin de un pseudoconfinamiento. Caminar es una reflexión, pero también es, en tu propia ciudad, reencuentros de juegos perdidos, de casas de amigos de la infancia en las que comiste chocolate Dolca y aprendiste a jugar al tute cabrón. Ahora allí ya no vive nadie, nadie que tú puedas reconocer como compañero de chocolate Dolca y tute cabrón. Esos espacios cerrados los habitará quien desconozca todo ese ADN sesentero y setentero que se paseó por las habitaciones.

Quizá el pasear, el caminar, tenga más que ver con una búsqueda que sabemos de antemano no va a culminarse, que es como aquellos problemas de matemáticas que abandonabas por imposibles. Sigo yendo a pasear casi todos los días y repito itinerarios, no me importa lo aprendidos que estén, lo repetidos, me sigue gustando recorrerlos. Y no creo que sea nunca una flâneuse, seré más bien, una señora que aprendió a caminar algo más despacio. Y no es poco, creo yo.

(Este post está dedicado a todas las personas que me acompañaron en mis paseos: Vero Lorenzo, Pitu Fraga, Jose Marquez, Luis Cao, Carlos Portela, María Jove, Marimeli Gallego, Alba María. A papá, claro. Todo lo que hemos hablado es parte de mí).

Lo que leo: La anomalía de Hervé Le Tellier (Seix Barral) es una barbaridad (os he hablado algo en Instagram).

Intempestiva : unha biografía (literaria) de Xela Arias de Montse Pena Presas (Galaxia) e porque non pode ser doutro xeito, hai que ler o que diga Montse e xa.

Luces de varietés de Manuela Partearroyo, (La uÑa rota) es un brillante ensayo sobre la conexión Valle-Inclán// Fellini aka la España felliniana y la Italia valleinclanesca, con un estudio de los precedentes de la comedia como denuncia, la presencia de Berlanga y Azcona, Monicelli…

Lo que he visto

Druk (Otra ronda) es una aproximación al alcohol como celebración, tolerado socialmente y del que se puede extraer un carácter festivo y también un oscuro vitalismo. Ese señor de pómulos insultantes y ojeras sexis se tiene que llevar todos los premios que haya en el mundo: Mads Mikkelsen, qué guapo eres, condenao.

O sabor das margaridas Bueno, me había gustado tanto la primera que, creo que en buena lógica, la segunda se me está haciendo menos interesante, pero no está mal.

También veo «series señoriles» y algunos grandes éxitos refrendados por la crítica que son un maldito bodrio insufrible, pero, como Jaime Peñafiel, valgo más por lo que callo que por lo que cuento. (Y si no te importa mi opinión no sé por qué has llegado hasta aquí).

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