Anchoas y Tigretones

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My hands are of your colour but I shame…

Foto de Randall Honor en Unsplash.

Un palimpsesto es un lienzo que podemos reaprovechar. Un palimpsesto es una reescritura, un recuerdo de algo que estuvo antes y que sirve para una elaboración posterior. Acaba de morirse Genette, nadie se ha acordado en la prensa española. Recuerdo cómo me cambió la perspectiva de lo que yo entendía por lectura, por la historia de mi propia lectura. Habla Genette en Palimpsestes de la intertextualidad y de esa idea de cómo la literatura se superpone, (palimpsesto) de cómo unos textos llaman a otros, de la relación, de ese hilo inevitable (tan poco invisible a veces) que los va atando sin querer. No hablaré hoy de lo que alguna vez se ha entendido por apropiación retorciendo el concepto de intertextualidad, pero, para no dar la paliza de teórica de la literatura,digamos, por esta vez y sin hacer muchas más concesiones, que esa línea de unión es una permanente serendipia lectora, una teoría de cuerdas, una conexión universal. Digamos, poniéndonos ya estupendas y algo locas, que no existiría la obra plena sino un intercambio de pareceres escritores, un vago diálogo ausente (hola, Umberto Eco, qué tal), una reformulación, una mezcla variada y mestiza. Vale, me he pasado, pero es para captar la idea de lo que viene a continuación.

Hay muchos tipos de lectoras y no vamos a derivar por los caminos de la teoría aquí. Me refiero a que hay quien lee una obra como una entidad sólida y autosuficiente, completamente autónoma; no se para a oír las voces que hay dentro. ¿De qué hablo? De esa especie de hilván o de zapeo que te lleva de un texto a otro, a apuntar y destacar las referencias que abren pequeños spin-off dentro de la misma novela, secuelas y anticipos del texto que tienes entre manos o en pantalla.  Quizá alguien piense que esta es una mala lectura, la que distrae, la que completa, la que te hace pararte e ir a la estantería o buscar en catálogos de biblioteca la referencia para ver si puedes llevárte el libro a casa cuanto antes y saciar esa curiosidad; o bucear en Google alguna cita literal, lo que inevitablemente te lleva a páginas de compra online que desechas, pero que te hacen llegar a tu objetivo.

Veamos, por ejemplo. Una señora- servidúar- lee Corre, rocker de Sabino Méndez (la edición antigua, de Espasa), una genialidad absoluta que me descubre a un narrador sincero y mordaz, extraordinariamente sensible y culto, que salpica un relato fragmentario- tanto de autobiografía, tanto de crónica, tanto de purga personal- de referencias exquisitas, de reflexiones amargas y sagaces, de juegos y guiños literarios que a mí me entusiasman. Dice el narrador en un momento:

Hace tiempo que dejaste de ser yo. Eres un contorno, el héroe de cualquier capítulo primero; y, sin embargo, cuánto tiempo creímos que no había ningún alto en el camino, desde el húmedo valle hasta el páramo alpino. Estas dos últimas frases no son mías, ni lo es su bella traducción. Son de Sirin. Pero Sirin no es Sirin. Encuentre nuestro lector ocioso la figura escondida, esa mancha, esa sombra. Cuán gratuitos, estúpidos y hermosos son los pasatiempos.

Pues claro: es Nabokov, en traducción de Javier Marías. Javier Marías, escritor exquisito y al que querría invitar alguna vez a una copa de Soberano para rebajar quizá la solemnidad del momento. Javier Marías, que tiene los más shakesperianos y hermosos títulos de la literatura española y que da rienda suelta a su mordacidad y británica circunspección -sigue siendo exquisito incluso cuando no estoy de acuerdo, muy a menudo- en sus artículos, que leo con mayor voracidad de la que me gustaría reconocer. Durante mucho tiempo, esa cita semanal de su columna era una invitación a un mundo bibliófilo y elevado, no exento de una cuidada misantropía que hoy creo que es machirulismo antiguo y de su época; en aquel momento me parecía supercool. A Marías lo he visto hace nada en la Feria del Libro de Madrid, augusto y ausente, qué tío, de verdad. Pero lo que envidio profundamente de él es su derroche en la traducción (gracias, traductores y traductoras: nunca agradeceré de forma suficiente cómo llegué gracias a vosotros a esos territorios imposibles en los que fui feliz) , de Tristram Shandy a los poemas de, claro, Nabokov. Y, sí, quizá como dice Méndez en ese párrafo, los pasatiempos son bellos y fascinantes precisamente porque no sirven para nada, por su gratuidad, por la tonta y enorme gratificación que nos provoca el resolverlos. Algo parecido a esa sensación que tengo ahora, leyendo de nuevo ese fragmento y pensando en ese hilo que yo lanzo entre Marías, Nabokov y Cervantes. Sí: aquel libro (lo he perdido en la última mudanza, creo) donde se recogen los materiales, las lecciones de un curso que dio Nabokov sobre El Quijote en la Universidad de Harvard, allá por los años cincuenta (como diría mi madre, ayer fue la víspera). Seguimos tejiendo: ese vínculo con destino final Cervantes me lleva a una de mis últimas lecturas, Grandes éxitos de Antonio Orejudo, un viaje de imposturas variadas hacia la propia literatura y las literaturas de los otros, algo tan cervantino como la propia estructura y ánimo de la novela ¿? de Orejudo. Y si seguimos con el sintagma “de los otros”, me acuerdo de aquel librito que pasó tan desapercibido en España y del que Zadie Smith fue editora y que se llamaba precisamente así: El libro de los otros. La autora se hacía editora y recogía distintas piezas, contribuciones de sus llamados compañeros y compañeras de viaje (había hasta algo de Posy  Simmonds, creo recordar). Y, ya cerrando, y por seguir con libros y cosas de los demás, tengo una traducción de e e cummings escrita en un folio, pinchada en un corcho que tengo en el pasillo de casa, rodeada de caritas felices de amigos en tantos sitios. Pues bien: esta traducción al gallego, hecha por María do Cebreiro, es del poema “somewhere I have never travelled”. Sí: es el poema que se menciona en la escena de la librería de Hannah y sus hermanas. Cuando se estrenó esta película (cuando descubrí a cummings ) pensaba que el amor tendría que escribirse con una caligrafía pequeña y apretada, con una mano dulce y muy firme, que no pudiese tampoco compararse al tamaño de la lluvia. Y esas manos pequeñas nos llevan, queridas, al título del post, que es también algo shakesperiano y tibio, muy de Pilatos y bastante de tirar la piedra y esconder la mano.

Es verdad, qué hermosa inutilidad son los pasatiempos. Casi como la escritura, como dotarse de máscaras para escribir y luego lanzarlas bajo la cama a descansar hasta el Carnaval siguiente. La verdad, como decían los Enemigos, a mí me sobra Carnaval.

Notas:

Me he atado de pies y manos para no derivar por la relación entre el Shandy del título de Sterne al concepto de shandy que maneja Vila Matas en Historia abreviada de la literatura portátil y que recoge de nuevo Sabino Méndez en su libro. También me he amordazado para no hablar de Paterson y el boom de la poesía de William Carlos Williams, eso también es divertido. Cosas que se quedan en el tintero, casi siempre las mejores.

 

 

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Únicas

Girl with a doll. No tiene créditos o no aparecen, la tomé del tablero de Pinterest “Niños vintage” de Carrie Neyman. Pincha en la foto para original.

Dice el diccionario de la RAE que lo único es aquello excelente, que no tiene compañía en su especie. La acepción tercera del adjetivo habla por fin de los “hijos únicos” como aquellos que no tienen hermanos, que conforman una unidad familiar con los padres. Y nada más.

Ser hija única no es un acto voluntario. Lo es, puede serlo, tener una hija única. A finales de los sesenta ser una familia de tres, algo muy común hoy en día, era una marcianada envidiada y temida a partes iguales. Exceso de atención, monopolio de cariños a veces de forma insana y ser  escudriñada con la curiosidad algo malsana del entomólogo: qué espécimen más raro y precioso, te coloco en el centro de todo, te observaré pero eres también el proyecto de un trofeo personal, ojo y compórtate, mis expectativas están en ti depositadas( ya he escrito sobre Apegos feroces, por favor, no me tiréis más de la lengua que me pierdo) 🙂  Y todo lo que venía aparejado:  porque sí, la hija única iba a ser siempre egoísta, caprichosa, llorona. Un poco chapona, repelente y coñazo. Y la palabra más odiosa del planeta: mimada. Poco dada a compartir, poco bregada en esa convivencia algo salvaje de hermanos que se educan unos a otros, que buscan su sitio en el sofá familiar, que agradecen pasar algo desapercibidos. Que te apoyan, te ignoran o boicotean.  Crecer sin hermanos o hermanas es perderte algunas batallas necesarias y gestionadas a la medida de la edad en la que se libran:  cumplen el papel de recordarte que necesitas reivindicar tu excepcionalidad pero no eres #losupermás , que tienes- aunque no lo sepas aún- carne de tu carne  a escala y ya por el mundo, un vínculo añadido, te centran, te apoyan, te odian de juguete. Te acompañan. Están ahí, puedes tomarlo o dejarlo, pero existe.  Mis padres venían ambos de familias numerosas, no sabían realmente cómo podría ser y sentir una niña única en un universo que ellos también desconocían. Cómo se relacionaría con amigos, en el colegio, en el mundo real de crecer a pares. Tan lejana de ellos en años y en tantas otras cosas, tan colmada de amor y tan visible.

Yo creo que las hijas únicas, o al menos la hija única que escribe esto, conseguimos, o intentamos al menos,  articular ese crecer sin referentes a nuestra escala como un pequeño acto de construcción, de independencia. Podías salir más o menos complaciente, respondona, más o menos teatrera o salvaje, pero te desmarcabas un poco al crecer con otro concepto de espacio propio, no te lo currabas, venía de serie. Es cierto que extrapolabas algunas batallas destinadas a hermanas a tu madre, que aprendías el ejercicio de abrir paso a golpe de portazo y castigo, a cuestionar sabiendo que todos los marrones te los ibas a comer tú.  A tirarse en plancha a la rebeldía sin refrendo y sin red, sin apoyos, a lo puto loco. También a aprender el valor del silencio, de la necesidad de soledad que te acompañará toda la vida, del valor de lo conseguido siendo solamente una jugadora de ruleta.  Luego llega la edad adulta y con ella el mundo de los cuidados de verdad a aquellos que tanto te cuidaron y, efectivamente, ahí estás tú sola. Y conviene respirar. Mucho, además.

Todo esto viene a colación porque ayer alguien me hablaba del ser hija única como un acto trágico, como una relación distante y compleja con los padres, una distancia que podría terminar como un rechazo. Ese riesgo existe, es verdad.  Acababa de ver a una niña sola en su bicicleta dando vueltas por una pequeña plaza, los padres observaban, la llamaron para irse. La niña no solamente no quería sino que gritaba :”¡A casa, no!”, con llantina y aspavientos. Prescindiendo del hecho de que podríamos imaginarnos todo el gore que nos dé la gana, hay algo en efecto, de trágico, de tristeza dominical y de siesta en ese festivo en soledad con los padres, en esa imposible infancia-adulta que puede llegar a tener la convivencia con generaciones distantes.  Un sábado alargado e infinito, una tarde que lleva melancolía de la mano, que generará posiblemente niños lectores o desganados. Niñas y niños a los que necesito dulcificar su historia, darle un sentido más prosaico y menos dramático, imaginarles un futuro lleno de acompañamientos, de bullicio, incluso de falta de espacio personal, aunque no sea lo que ellos quieran, aunque no lleguen a ser tan misántropos o tan necesitados de silencios puntuales: aquellos que necesitas cuando tú sí has tenido mucho espacio. Porque, qué duda cabe, la realidad no es más que una de las capas de nuestra propia ficción; aquella de la que nos apropiamos, la que podemos colonizar de un modo más o menos estable. O si no, que esas niñas solitarias se abran un blog y empiecen a contarnos cómo es crecer de ese modo. Con un par, ya te digo.

Siempre podrán escribir en domingo por la tarde.

 

 

Notas: 

Único: en masculino en el Diccionario de la RAE, qué le vamos a hacer. La RAE sigue defendiendo la dicotomía entre término marcado y no marcado, las cositas del lenguaje inclusivo y la paridad le dan como resquemor y no permite búsquedas en femenino. Como no me apetece tomar copas de Soberano para ponerme a la altura de la RAE, pues lo dejamos ahí.

He escrito muchos posts sobre hijos. Si queréis seguirlos, basta con teclearlo como palabra clave en la caja de búsqueda.

Música: En bucle, el disco en directo de Coque Malla, Irrepetible, porque nos gusta y porque nos divierte. También escucho a Spacemen 3 y a Yo La Tengo, cosas de la edad y de las buenas recomendaciones. Thanks!

Leo, leo: Acabo de terminar Deixe a sua mensaxe despois do sinal, de Arantza Portabales editado en Galaxia y sobre el que espero escribir algo. Magnífica, recomendable, estupenda novela.

Releyendo a Perec  y comenzando ya El domingo de las madres de Graham Swift, editado en Anagrama y traducido por Jesús Zulaika (comprado en la Feria del Libro de Coruña de 2017, ya me vale).

Os recomiendo en Filmin Sin amor, Verano en Brooklyn y La condesa (aquí Julie Delpy da mucho miedo).

 

 

 

Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

En las playas de Ankara (un post para Santi Collazo)

Yo tendría que comenzar explicando que no me ha fallado la memoria, ni Google maps, ni la Wikipedia. En Ankara, aunque la geografía y la realidad se empeñen en demostrar lo contrario, hay playas. Unas playas a las  que la gente va, y va también contra todo pronóstico, porque la gente en un Ankara tan ficticio como el mar que la rodea, se pasa el día durmiendo y es muy feliz. Porque este fue el resumen de una noche de muchas palabras y copas, de mucha luz de la Torre de Hércules, y de una gran, enorme conversación en la que salen ficciones y verdades, ansias de futuro y amarres al presente, fin de adolescencia y comienzos de otra cosa que no se sabe muy bien qué es. Es lo que pasa cuando tienes alrededor de diecisiete años, unas cuantas botellas de algo que no es agua y muchas ganas de hablar y comerte el mundo. Y todo comenzó, o siguió, de alguna manera, así.

Yo conocí a Santi algunos años antes, imitando los dos a Casimiro, aquel monstruo que deseaba buenas noches a los niños- y no tanto- en la infancia prolongada de los ochenta. Santi era un niño que iba de vez en cuando a navegar, que a golpe de guitarra y de pincel nos cautivaba con su humor y su talento, con  la falta de arrogancia que es tan rara en esa edad en la que todos somos poetas, en las que todos merendamos portazos airados. Santi aparecía y se iba, independiente y poco gregario, amigo fiel y algo alternativo. Santi, con su gorra de capitán y su chaquetón marinero, con sus zapatos Oxford a lo Morrissey y su permanente buen humor.  Con Santi hablábamos de música y de tebeos, de bocadillos de calamares y de novelas, de novias y de desengaños, de barcos y de los vaivenes y tormentas que acechan al borde de la edad adulta. Y él se nos fue a licenciarse en una facultad muy rara,  lejos de casa. Como él decía;  “¿Y yo qué seré cuando termine esto, “bello artista”?” Nosotros le decíamos que sí, que eso molaba mucho y que podría observar el mundo desde una peana, o tener un universo muy trágico de pinceles y buhardillas parisinas, rodeado de bellezonas tísicas bebedoras de absenta. Creíamos nosotros que así sería la vida de los artistas, que la bohemia era una etiqueta como las de Zara. Claro que también pensábamos que la universidad era contestataria y que llegar a los cincuenta era imposible sin haber haber encabezado mil revoluciones. Mientras caían muros de Berlín y se celebraban olimpiadas, todos los amigos íbamos encontrando nuestro encaje o desencaje. En el camino, yo me quedé con algún cuadro de Santi y con alguna escultura pequeña, viéndolo dibujar, parar y tomar aliento. Y para él y para todos nosotros, la vida fue avanzando, lo que no necesariamente- introduzcan aquí el plural mayestático-  es sinónimo de vanguardia.

Y de forma interrumpida, en períodos diferentes, Santi  fue extrayendo formas y volúmenes de distintos materiales, explorando, indagando. Cuando uno explora su vocación no la aplaza; puede estar más o menos visible, pero no puede esconderse. Otra cosa es que nuestras ganas de esculpir, de escribir o de sentarnos a hablar sean siempre pasiones huidizas.También que, como el humor, necesiten su dosis de tiempo, de influencias, de renuncias y también de cambios de rumbo. O de otras formas de comunicar.  Facebook nos descubrió a un Santi escritor, analítico, pedagogo- aunque se enfadará un poco conmigo al leer esa palabra-  y al que envidiamos secreta y sordamente por lo certero de sus análisis. Por sus reflexiones se pasean Frank Stella y Bernini, Pello Irazu (brutalísimo este descubrimiento, gracias, Santi) o Juan Muñoz. Y leíamos silenciosamente, algo intimidados, sobre espacios, teoría y práctica de la escultura, madera, acero o  el destino del arte y  su objetivo. Y leíamos vorazmente, descubriendo una nueva forma de acercarnos a una expresión artística no siempre bien dimensionada en nuestro conocimiento, descubriendo también las cabriolas del lenguaje de la crítica.  Ahora tenemos la oportunidad de ver algo de su trabajo más reciente, algunas de las esculturas ya nos las había ido presentando poco a poco, con sus quiebros y equilibrios, con su filosofía estética. Recorro el espacio con Alicia y cada una se queda con una imagen favorita, lo que es realmente difícil. Yo me quedo prendada de una escultura situada al final de la exposición- qué importante es la colocación de las piezas, caramba- con un aire  muy Farenheit 451, con destellos de rojo metalizado y recuerdos de quema de papel, de nuevos nacimientos, de nuevos horizontes. Otro nuevo, para más adelante.

Quizá todos necesitemos tener en el horizonte una playa de Ankara, un lugar en el que se suspendan los rigores del realismo. Un lugar donde poder explorar posibilidades. Y el arte es esa forma de ampliar el riesgo vital, un decir “no” a la convención, pero no por método, o sí, qué más da. A fin de cuentas, en Ankara podemos hacer lo que nos dé la real gana. Y a algunos, como a Santi, les salen genialidades.

 

(Apúrense, porque la expo termina este mes de julio)

 

Un carrusel para 2017

Si hay una canción de Mecano que me sobrecoge especialmente- y mira que hay competencia- es la de la noche en la Puerta del Sol. Los balances, los resúmenes, no son más que un intento frustrado de negar la esencia de la condición humana, la huida hacia adelante. Quizá esa y no otra sea la dinámica, el marketing escondido detrás de los calendarios y las agendas. Reencontrarse con la que eras un, pongamos por caso, un seis de marzo del 93 porque encuentras ese cuaderno arrugado, quizá de propaganda de una editorial o una gestoría, en el que habías anotado que ese día tenías dentista, o habías quedado con Miguel o con Susana. A veces cuesta trabajo recordar, otras es un sesgo automático y te sumerges en la tarde de verano en la que celebraste un cumpleaños navegando cerca de Sada, o el puente de la Constitución  en Ancares, donde no salísteis del albergue porque lo que había que explorar estaba debajo de las sábanas. Pasar página y quemar años es un acto de higiene inevitable, de limpieza, de puerta giratoria en el buen sentido: lo que viene, lo que se va, algo se atasca o tropieza, pero guardas el registro y la agenda para que el azar- o un cierto grado de dulce masoquismo, de controlada y otoñal melancolía- te lleven a reencontrarte con alguien que ya no eres tampoco. Eso, queridos míos, es la edad: reafirmarse en el cambio y poder observarlo desde lejos, para bien, para mal, that’s the point.

A mí 2016 me hizo enviudar de Bowie y de Prince, me hizo temblar hablando con mis amigos americanos y recontando muertes, en domicilios y  en campos de batalla. Este año trazó una línea que unió los puntos cardinales del mundo, desde la casa de Stanislavski en Moscú hasta el Día de los Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán.  Conocí el desierto en el sur de Marruecos y lloré delante de Thom Yorke en Lisboa. Volví a madrugar, a trasnochar, a decir lo que no debía alguna vez y a hacer aquello en lo que creía casi siempre. Nada habría sido lo mismo sin Belén o Cristina, sin Vero y sin Jairo, sin Luis o Jose, sin Lau o sin Javier, sin Liz, sin Vane, sin todos los que me acompañaron, sin ti tampoco y lo sabes. Nada. Porque miro hacia atrás y veo el carrusel de Don Draper; los recuerdos son míos, están  ahí para  poder abrazar lo efímero: esa arena que vimos volar en Merzouga, ese helado con los ojos cerrados bajo el sol de julio en una terraza en otra ciudad, la piel dormida antes de que te despertases para irte al aeropuerto, el tren de todos los días deslizándose sobre raíles con lluvia, los hilos de conversaciones por whatsapp que se quedan prendidos en algo parecido a la nada y que vuelven de vez en cuando a martillearnos, quizá sean, y solo quizá, las nuevas agendas amontonadas.

2017 me traerá una cincuentena, otro esbozo de otra novela, decepciones, amores, griteríos, sonrisas y mucho rock’n’roll. Y  una única certeza: no se le puede gustar a todo el mundo y me alegro de que salgan de mi vida las personas a las que no les gusto. Ha sido, casi, un placer. Por lo demás, centrémonos en todo el amor del mundo, en todo el sexo que podamos y el que no podamos, en los conciertos y las risas, las tartas y en las horas raras, en ser mucho más feministas y demoledoras, en leer más tebeos y  en tener más y más montañas de libros: centrémonos en lo que nos haga felices. Y no dejemos, nunca, de mirar a quienes tenemos alrededor, a esas piezas del carrusel que viajan de forma lenta a nuestro lado, que nos dan color y nos acogen, nos construyen y nos dan alguna que otra patada en el culo si nos lo merecemos. Den placer y hagan felices a aquellos que lo merezcan, a los demás, que les folle un pez.

Feliz 2017

 

Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

Chonismo lírico (o dar Coelho por gato)

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That’s for your bad manners – Niagara By Hotlips – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=32513496

Soy de la creencia firme que las mejores teorías se hacen siempre en los bares, esperando a gente que llega tarde, dándole duro a calentar la barra. El cuarto de baño es también un lugar de pensamiento adecuado que no mágico, aunque si estás en casa ajena leas y curiosees las melindrosas etiquetas de los champús de los otros, los botecitos de las cremas de cara y cuerpo de los otros, los restos de dentífrico  en el vaso para enjuagarse la boca de los otros.  Los cuartos de baño ajenos son lugares que nos reconcilian mucho con nuestro descuido casero, fundamentalmente porque nadie es hiperperfecto ni tiene la casa en estado de revista (si está así es porque no vives en ella, anda y no mames).  Comprendo que la praxis necesite sus laboratorios, pero, como diría mi madre, o falar non ten cancelas y pasar el día de pasmona, de trosma (otra palabra de mi madre, esto promete ser algo revival y normanbateseano) es lo que tiene: que piensas en cosas que quizá a nadie importen, pero que además de ser entretenidas encajan de repente, y de forma muy certera, en ese hueco que queda en toda formulación, en toda teoría: ya saben los gaps o la elipsis, que somos todos muy teóricos de la literatura, muy de la retórica y muy coñazos de Dios.

Mi querida Alejandra de Diego me hizo llegar este maravilloso Manifiesto anti-cuqui de la también maravillosa Diana Aller. Me encanta, lo adoro, lo subrayo y suscribo, pero falta un punto. Y llevo hablando de esto en bares bastante tiempo, en bares y en cafés, creo que hasta lo he mencionado en este cuaderno. Queridos todos, hoy vamos a hablar de chonismo lírico. ¿Qué es el chonismo lírico? Partimos de la base de que todos sabemos, o al menos tenemos, una intuición mediana de lo que es algo choni. Lo choni no es exactamente lo hortera. Lo hortera va a su bola, lo choni tiene discurso y eso lo hace peor. No vamos a hablar de tal o cual música, de reguetones y mayonesas, de uñas postizas con purpurina o de vaqueros recauchutados. Tampoco de creerte la reina de dragones o de hacer posturitas en primer plano y primera persona en Instagram. No. Ahí el chonismo es muy evidente y no da escozor, puede dar pena o te puedes partir la caja, cada cual con su conciencia. El problema es que lo choni no se agota, por el contrario; se intensifica, se cuela como una mosca cojonera y transforma cualquier significante. Digamos que el chonismo se viene muy arriba, vaya, aunque también podríamos hablar de que se encripta, de que disimula y que silba para no ser descubierto. Ojalá fuese así: está en todas partes.  Chonismo lírico son las citas literarias buscadas en Google con su buena Comic Sans y su buena foto de una  rosa con rocío goteante. Chonismo lírico son las paridas que pululan por redes sociales- no “en Internet”, eso es exclusivo de esa necesidad que tenemos de estar todo el puñetero día demostrando que somos la pera, ergo, redes- generalmente atribuidas al pobre de  Paulo Coelho, Tagore o Einstein; aunque los gurús contemporáneos hindúes, los CEOs de algunas compañías tecnológicas- fallecidos o no- van ganando posiciones, Gandhi mediante.  Choni lírico es Federico Moccia y esa tendencia abierta por las editoriales de”mocciziar” las cubiertas de los libros de bolsillo. Hay cubiertas de los libros de bolsillo pretendidamente cuquis pero que no : hay una cafetería donde dos se enamoran, una librería donde dos se enamoran o un aeropuerto donde dos se enamoran, hasta aquí un grado de cuquismo relativamente aceptable. Rascas un poco y parecen vivir dentro de una cita de Depaak Chopra  Ella es ejecutiva y él también, tienen pasta a manta, aunque todos buscan el amor y a tomar por saco: hacen mindfulness, yoga y comen quinoa, se hablan entre ellos de forma intensa y trascendente, siendo la  cubierta del libro la que da  da buena cuenta de ello. Como tienen pasta y comen esas cosas, pues les da por irse a buscar su yo interior e intercambiar trascendencias en lugares que quedan muy a mano, por ejemplo, el desierto, que queda muy a mano cuando vives en Boston o Berlín. En el fondo quieren lo que todos queremos desde el minuto uno del encuentro:  ya saben y no me hagan decirlo, que esto lo lee mi familia. También es pasto de chonismo lírico que la cubierta del libro lleve otra cita de otro escritor choni lírico alabando la obra con frases para la historia del calibre de “Un gran descubrimiento” o “El paradigma de la emoción”. Choni lírico sin más, aunque ahí- y esto merece post aparte- nada como los libros de religión post Concilio Vaticano II y las canciones de, como dice mi amigo Gaspar, “cristianos de guitarrita”. No hay NADA que contenga más chonismo lírico que “Tú has venido a la orilla” o ” Yo tengo un gozo en el alma”. Aunque ahí ya tocamos temas de dimensión trascendente y la gente tiene tan poco sentido del humor como altísima capacidad para ofenderse, especialmente desde el humor, así que carpetazo al asunto.  Otra línea mucho más choni lírica es el amplio mundo  que rodea al  revival medievalista. Coger a Tolkien por las runas  (no me digan que no habría sido bonito poner aquí “coger del rábano de Tolkien por las hojas”, pero no hay narices) es lo que tiene: que se crea una cosmogonía- él lo hace, era un puto genio- a partir de la imagen de, por ejemplo, Viggo Mortensen. A mí me mandáis lo que sea que tenga Viggo Mortensen y os perdono cualquier conato de chonismo lírico, aunque en esta tesitura del medievalismo choni lírico cabe desde Tyrion Lannister a  Légolas, de Xena la princesa guerrera al proceloso mundo de los highlanders: esas brumas escocesas, ese devenir de la falda ondeando al viento, esas cumbres alejadas hacen que casi veamos el sudor de los guerreros goteando en algún lago.  Todo,en resumen, todo sincretismo histórico que lleve espadas y conquistas por el medio roza peligrosamente el chonismo lírico o lo es de forma clara.  Tiene mucho éxito, sarpullidos ortográficos aparte y comas bien puestas deseables en las citas.

El chonismo lírico es el quiero y no puedo del desarrollo inteligente de la lectura: espolvorea un par de frases, ponle una guirnalda y añade una dosis de cucharada de trascendencia. Chonismo lírico hay mucho en los selfis usados como foto de perfil, en  estados de Facebook y Whatsapp que recuerdan a los Pierrots con lágrima de los ochenta:  explosiones de autoayuda, de amor hacia los hijos, la familia, el mundo, los perros, los gatos, la flora y la fauna mundial, siempre con el nombre del autor de la explosión de amor entre paréntesis. Chonismo lírico es pensar que las bibliotecas, las librerías y las frases de Neil Gaiman molan porque sí, porque son bibliotecas, librerías y Neil Gaiman y, en virtud de ese molamiento apriorístico, hay que repetirlas diez millones  de veces por si no os ha quedado claro. Neil Gaiman mola en cualquier aspecto de su vida y de su cuerpo serrano de inglés escéptico y guapísimo vestido de negro- y está casado con Amanda Palmer, ¿no se le rompe nunca a este hombre el molómetro?-pero es mucho más interesante, muchísimo más, cuando no habla de bibliotecas. ¿Por qué? Pues porque el riesgo de estar haciendo frases todo el día, de parir sentencias muy grandilocuentes, te convierte en carne de chonismo lírico. Sí, vale, ya sabemos que los bibliotecarios somos mejores que Google y blabla.  Los bibliotecarios molan el triple cuando no se pasan el día dando por saco y diciendo o haciendo memes con el objetivo de demostrar que las bibliotecas son la releche: ya lo sabemos, trabajamos en ellas, lo damos todo (odio esta frase, es para que me entiendan), hacemos las cosas más chiripitifláuticas para reinvindicarnos, reinventarnos. Y trabajamos muy, muy duro. Ya está. Paren. Gracias (y digo los bibliotecarios, con o, porque las bibliotecarias siempre molamos. Siempre, no lo olviden).

Todas somos o hemos caído en el chonismo lírico. Es relativamente fácil: tenemos nuestro corazoncito y la carne es débil de carallo. La señora que escribe esto firma como Sigrid de Thule, una forma algo como de escorzo en el chonismo lírico, pero no me doy fácilmente a las citas, aunque sí a la autojustificación. A fin de cuentas, tampoco se puede pasar una la vida formulando teorías ni papando la nata. De vez en cuando hay que remangarse y trabajar por el bien de la Humanidad. Por lo tanto, no olviden nada de esto, queridos niños, adorables niñas, y procuren no hacerlo en su vida internetera. Si os llega una cita literaria con guirnaldita, con paisajito, con comas y puntos espolvoreados por doquier, duden. Duden de la veracidad, claro, pero duden también de sí mismos si les surgen tentaciones de compartirlo: estarán contribuyendo a una expansión de la sensibilidad cutre, de identificar lo sentimental con el sentimentalismo- esto me recuerda a la dicotomía “libertad/libertinaje” de las clases de religión, qué guay-  hasta llegarán a creer que lo que hace Almodóvar es lírico. ¡Diferenciemos entre la emoción legítima y la de botellón, hermanas, se acerca el fin! Y si tienen ataques, todos los tenemos, lo mejor es que tengan a mano la  imagen  que ilustra este post- la de arriba también, pero la de abajo es mucho más contundente-  y una prueba de fuego: el toque punk. Si después de un toque punk, de una remezcla y de poner la cita patas arriba la emoción sobrevive, será literaria, será legítima, será verdadera; aun reconociendo que todo es contextual. De no ser así, lo sentimos, pero  les estarán dando gato por liebre. O, qué narices, gato por coelho. Si es que al final siempre volvemos al excelso escritor, a la creación del canon chonista lírico y la permanente duda. Pues eso, quizá, quiere decir algo . 🙂

coelho

Te pido perdón, Paulo Coelhiño, pero esta foto viene al pelo.

Mis hashtags del asunto:

#contraelchonismolírico

#coelhismoilustrado

#señormehasmiradoalosojos

 

 

“¡Viva México, cabrones!”

Para Jairo, Laura, Liz, Vane, el niño Bob Dylan, Rafa y todos los que estuvisteis en esta aventura. Nos vemos en “El alegre corazón” o en Chiapas. 

Es difícil, muy difícil. No me salen las crónicas ni las reseñas, ya lo saben quienes pasan por aquí de vez en cuando. Una va a México pensando que va a un programa de intercambio, que hará su trabajo, visitará algunos lugares de interés, comprará algún que otro recuerdo, conocerá a algunas personas bien agradables y otras no y nada más. Incluso va con cierta reticencia, oye muchas opiniones no pedidas, bienintencionadas algunas, claramente envidiosas otras, sobre cómo están las cosas- me gustaría que alguien me explicase de forma convincente el concepto genérico “cómo están las cosas”, porque, sinceramente, no lo pillo- pero, le pese a quien le pese, decide ir. Y voy. Y llego a México.  Y llego a ese país, a esa Universidad, a esos amigos que sabes que van a ser para siempre. A las sonrisas en el hotel todas las mañanas, a las preguntas sobre cómo se hace esto y lo otro, a las risas constantes mientras dices “coger” y “joder” un millón de veces,  a los taxis destartalados en los que no hay casi nunca cinturón de seguridad- “me lo tapizó mi primo y se lo dejó por debajo”-a ser acogida en casa y tomar un caldo de pescado “poco picoso”. A ser entrenada en los tacos y las enchiladas, en el atole de pinole y el tequila. A conocer todos los días a personas nuevas que te acompañan con deferencia y mimo. A tener todos los días conversaciones larguísimas sobre crisis económica, partidos en el poder, Podemos, la Unión Europea, Trump, Parálisis Permanente, Panteón Rococó y Molotov (sobre “Puto” y la polémica reciente, sí, reciente, en España escribiré un post entero). Sobre Carlos Fuentes y Elena Poniatowska, sobre feminismo y Valeria Luiselli, sobre la Onda y Margo Glanz. Sobre Open Access y precios de revistas, sobre vivir en India y Moscú, sobre las centrales camioneras y las carreteras de Michoacán, sobre los moscos que me acribillaron desde el primer día y sobre ser soltera, sobre flanes y sobre marisco. Y te llevan de jurado a altares del Día de Muertos y alguien trae una camiseta de tu talla con el logo de la Universidad porque la que te dieron el primer día te quedaba enorme. Y vas sola a Guadalajara a ver el Teatro Degollado y la Fuente de los Niños Miones, el Instituto Cabañas y el incesante turismo. Vas en camión y el conductor canta a pleno pulmón a Luis Miguel, mientras nos pone una película de Will Smith al resto del público. Y me parto escuchando a Will Smith hablando con acento mexicano, como si no fuese raro que hablase con acento de Toledo. Y te dicen “provechito” cuando te traen la comida, te haces selfis en el lago de Chapala con nuevos amigos que ahora sonríen desde la pantalla del móvil, vas a Atoltonico el Alto y a La Barca, haces reír a tus amigos con tu pasión por el guacamole, aprendes que una cazuelita no lleva solamente toronja y limón, sino tequila hasta el infinito. Y los días se deslizan entre lo que te parece familiar y kitsch, donde hablar de seguridad y de tomar precauciones en los viajes es algo más que echar un candado a la maleta, donde se baja la vista ante el posible futuro de fronteras, donde hablar de violencia machista y de silencio es recordar Ciudad Juárez, pero también todas las muertes de mujeres que llevamos en España, la educación de las hijas y los hijos. Hablas de miedo, pero hablas, sobre todo, de vivir. Y de Morrissey y sus fans mexicanos, de ir a Chiapas y a Baja California, de san Luis Potosí y de comer tacos como deporte nacional (“los tacos nunca te enfadan”. Qué gran verdad).   Y pasan dos semanas y sigues recibiendo whatsapps preguntándote cómo estás, cómo has llegado, si llegaron sanas y salvas las catrinas que compraste en Tlaquepalque el último día que pasaste en México. Y sabes que nunca volverás a tener una noche de 1 de noviembre como esta que se ha evaporado en 2016, donde viste incendiarse una colina en Tzitzuntzan con el naranja de la flor de cempásuchil y candelas dedicadas a los muertos, donde se celebra la vida en forma de recuerdo, con fotografías y máscaras de luchadores, con Coronita y tequila encima de los panteones. Y una mujer muy mayor te miraba a través de su pañuelo, te sonreía cuando le decías que todo aquello era muy hermoso, haciéndote oír por encima de la música y el ruido.  Porque es México y es hermoso y terrible, son maravillosos y chingones, porque se ríen de tu español y tú del de ellos:  lo adoras porque acabas diciendo “No mames, wey” y ellos dicen “Joder, tíos”.  Y porque algo de ti se quedó allí. Y porque no hay otro lugar del mundo al que desees más volver.

Y porque, qué coño, viva México, cabrones. Y no lo digo yo, lo dice Molotov.

 

Setiembre, septiembre

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Meow september– Imagen sin créditos. Para ver original, pulse en la imagen.

Septiembre, setiembre es un mes en reimpresión. Es un mes de colecciones de kiosko, de cuadernos nuevos, de matrículas en gimnasios, de mirar de reojo al armario y  hacer convivir las katiuskas con la camiseta de tirantes. Es un mes de empezar a pensar en hacer listas, no de hacerlas. De propósitos y promesas, mucho más que los principios de enero.   Lo que me gusta de setiembre es esa sensación de haber encontrado la pieza final de un puzzle, de terminar de ordenar un armario, de estrenar el uniforme del colegio y no llevar el mismo de siempre con la bastilla bajada. Me gusta setiembre con su desperezarse de agosto, es un mes que no acaba de divorciarse de la anarquía, la consiente, hace como que no la ve.   Me gustas, septiembre, porque eres la madre consentidora que me deja quedarme a ver la tele hasta tarde, la hermana mayor que te presta su chaqueta perfecto, el tío joven que todos tenemos que te malcría, pero te enseña a la vez a dosificar tu entusiasmo. Septiembre es remolón, es un mes entre las sábanas del año, justo cuando éste se prepara para inmolarse en diciembre.

Yo escribo mi verano a tientas, con miedo de que se rompa como aquel hechizo de la canción de Serrat, porque creo que el recuerdo es como un holograma, dependerá de cómo lo oriente que me devolverá una imagen u otra. La memoria es una construcción recuperada, donde rellenamos los huecos o añadimos nuestro particular photoshop. Hay un momento en agosto, por ejemplo, en el  capturas sin saberlo la imagen que va a colonizar tu memoria de un viaje,  estás creando ese recuerdo que te acompañará durante un breve espacio de tiempo, porque el recuerdo nace, como digo, para ser magnificado, para trascender lo vivido.  Pienso ahora, por ejemplo, en unas pajaritas de papel de colores que colgaban, de un lado a otro de la acera y por encima de nuestras cabezas, en una calle de Moscú y no fui consciente de que esa imagen, esa  y no otra, asomaría con una nitidez extraordinaria, con un brillo especial frente a muchas otras cosas vistas y oídas en ese mi mes  ruso, ni peores ni mejores: otras. También en 2016 fui dos veces a una muy diversa Lisboa. Cuando  acudo mentalmente a mi visita de julio de 2016, a  aquellos días de festival y conciertos, aparece una única imagen: Cristina y yo tomando un granizado de limón en una calle lisboeta, una calle retorcida y que serpentea, plagada de terrazas y sol, de vida y de excelso verano. Lo siento, Thom Yorke, no fuiste tú (Cris, apúntate el tanto). La memoria del verano es más juguetona, es un souvenir con instrucciones para armar, es la recompensa a la larga  de haber roto el compromiso de lo cotidiano, de salir. Hasta tu ciudad, la que tanto has recorrido y recorres, te regala unos recuerdos magníficos de sandalias y trasnoches, de miradas que se cruzan, de capítulos que comenzaste y que tiraste a la papelera (literal y metafóricamente), de la Ginzburg y de Gogol leídos en playas y siestas de jardín, de aperitivos que se juntan con meriendas y de los juguetes de los huevos Kinder que no sabes armar (shame on me). Todo es anarquía y todo es verano. Y además, suena Niño de Elche en la Plaza de las Bárbaras, Ocean Colour Scene en Riazor, entras y sales mucho, duermes muy poco y el recuerdo es, en este caso, que todo pasó demasiado rápido y que hubo quien tendría que haberse quedado más. Pero eso, como en tantas otras ocasiones, es otra historia.

Decía yo al principio que setiembre me gustaba porque era la pieza final de un puzzle: eso es. Setiembre es, digámoslo al fin, ese día extra de vacación en el que ordenas fotos, encuentras una moneda distinta a la tuya en un bolsillo o  te atreves a llamar a aquel teléfono apuntado en un ticket de un Starbucks . Setiembre es un aterrizaje feliz tras un montón de transbordos también felices, pero, como ya hemos dicho alguna vez, parte del trato es regresar. Y eso hacemos: alargar ese recuerdo infinito, construirlo a la medida del álbum mental que ahora nos gobierna,  contar y recontar lo sucedido y rellenar esos vacíos cediéndolos a la imaginación, poniéndonos en modo Ikea y redecorando y recreando, a veces se inventa todo, los puntos del mapa físico y vital que encierra un mes de luz desmedida, un verano de cerveza y carcajada, una compensación de los aguaceros de noviembre.  Y sí, esto puede que sea un aviso de que a partir de ahora todo, casi todo lo extraordinario que hagamos, va a quedarse en un tanto por ciento muy pequeño de veracidad y un tanto por ciento grande de reconstrucción a partir de la literatura. Porque, qué duda cabe: lo primero que mete una en la maleta cuando se va son sus propias neuras y  lo segundo, algún que otro libro.  Qué le voy a hacer, ser letraherido es lo que tiene.  Feliz setiembre-septiembre.

Recomendaciones (parte de mis lecturas de verano que son recuperables en setiembre-septiembre y que no pongo en formato bibliográfico porque bastante tengo yo ya con eso):

Natalia Ginzburg Y eso fue lo que pasó  Acantilado, 2016

Wendy Guerra Domingo de revolución Anagrama, 2016

Miqui Otero Rayos Blackie Books, 2016

 

 

Marginalia

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Marginalia: Book of Hours (incomplete), Walters Manuscript, W.85 fol. (Walters Art Museum Illuminated Manuscripts) Imagen en dominio público. Pulse para llegar a la galería original.

 

Para Julieta Lionetti, por si alguna vez cae por estas líneas

 

Quizá este post tendría que titularse de otra manera. “Marginalia” parece un título impreciso, algo pretencioso, uno de esos títulos que se ojean sin hache, de los que se pasan con poco interés o con zapeo voluntario, lo que se acumula en algún rincón de la memoria o de lo que se guarda bajo una etiqueta de “leer más tarde”; eso con algo de suerte. Todo aquello que queda al margen- los restos del vino en una copa, la tela sobrante de un vestido, los fascículos publicitarios e impuestos en un periódico- conforma un limbo del que, en principio, cuesta desprenderse por un cierto sentido de la economía responsable, de la propiedad arrebatada o despreciada con el despotismo de un niño borracho de regalos el día de Reyes.  “Tendría que terminarme esa copa de vino, quizá en estas páginas encuentre algo que me sirva, estos retales podrán aprovecharse para algo” son pensamientos fugaces que, la mayoría, eliminamos automáticamente. Drop, delete, cajón del reciclado, lavavajillas o fregadero. Y salen de nuestras vidas para siempre.

Prescindiendo de esa tiranía de los objetos inanimados, hay una marginalia que permanece como propia. Lo que anotamos o subrayamos con lápiz, casi nunca afilado, entre renglones formales de un libro. Los párrafos que impresionan, las futuras citas epatantes para compartir en redes sociales, los signos de admiración en grande cuando encontramos una errata, las llamadas de atención sobre un texto cerrado. Genette hablaba de los palimpsestos- no teman, no daré la paliza- pero el concepto viene a colación por una breve conversación tuitera, hace ya tiempo, con Julieta Lionetti (*)  Comenzó con una frase, a la que di un “like” lo que es una forma de subrayado virtual, en la que decía que podría subrayar una palabra en un texto porque le resultase chocante, no porque tuviese una importancia fundamental en la lectura.  No concibo mejor lector in fabula, mejor Pierre Menard o Bartleby que el que asuma su total libertad para llenar un texto de notas al margen, de círculos que rodean palabras y frases, de apresurados recuerdos de vínculos con otras lecturas- ese hilo invisible que la memoria lectora va tejiendo a lo largo de los años y que es, a su vez, otro palimpsesto privado- de creación y recreación propia. Y digo Bartleby también porque el pacto ha de incluir la libertad de no hacerlo, de desestimar párrafos o lecturas completas por no tener lápiz a mano, porque quizá son ya repetitivos y cansan,porque no nos parecen dignos o son malos de narices,  en realidad porque preferiríamos no hacerlo. Cuando leemos estamos creando una impresión única y privada, la primera, la valiosa, sobre la que se construirá otra arquitectura de lo leído, donde la fortificación se elevará en medio de una experiencia primera que quedará a lo largo del tiempo: esas líneas temblonas en el texto de Lydia Davis que leía en el tren camino al trabajo, los rojos y azules de un lápiz bicolor en aquella terraza soleada madrileña descubriendo la pasión plantígrada en la prosa de Marian Engel, estrenar un lápiz lisboeta para el dilentantismo de Henry James en un aeropuerto que se convierte en hogar inevitable de horas y lecturas por obra y gracia de los retrasos. Y retomar esos ejemplares tras el paso del tiempo y no reconocer casi la caligrafía de la adolescente que se chaló completamente por la declaración de libertad de Stephen Dedalus-y la adulta que se sonroja al leer el “¡Bravo!” que le puse al lado, creyendo que era la única que había leído ese párrafo en la historia  -o la grave estudiante de Filología que hacía sus pinitos de interpretadora en las ediciones anotadas de Castalia,  la que se ataba las manos para no escribir sobre los libros de la Biblioteca Universitaria, la mujer que eras cuando descubrías poemas de Auden o sufrías leyendo directamente en inglés- rodeada de diccionarios- los tochazos de teoría literaria que todo buen M.A in Spanish tenía que tragarse. Y esa vez anotando en un cuaderno de hojas rayadas y amarillas, otra clase de marginalia propia y que ha caído en un limbo de los distintos traslados y cajas de mudanzas. Pero ahí estuvieron.

Los libros de nuestra vida  creo que nos pertenecen de varias maneras. Ya escribí alguna vez sobre el efecto de los libros que no poseemos: aquellos que inevitablemente han tenido que volver a la biblioteca pública o universitaria, a las manos o anaqueles de aquellos que nos los prestaron, a otros hogares y a otras manos, ávidas o desconfiadas de que esa vuelta se produzca en idénticas circunstancias a la partida. Y quizá ya no lo sea: ya digo que a veces hay que atarse las manos para no subrayar libros que no son nuestros, para no intervenir- en una forma de nueva creación- en la impoluta disposición de los renglones, en el baile exquisito de cursivas, redondas y párrafos editados, en ese blanco y negro que nos arroja a la cara la vida lectora. Y sí creo que hay una reconstrucción de todo lo asimilado, de lo leído y anotado en otros márgenes que transforma, aunque sea de forma imaginada, el libro físico: qué habrá subrayado él de aquel libro que le envié por correo, habrá recorrido sus páginas sabiendo que yo lo hice antes y anoté algunas cosas, recorrerá- supongamos- las líneas temblonas con las que yo coroné mi intervención. O retomo de nuevo ese libro que antes tomó en préstamo mi madre y yo le llevé a casa, esa correspondencia anotada entre María Casares y su padre de la que mi madre hablaba tanto y de la que, todavía en aquel momento, tomó notas en una Moleskine naranja. Y me encantan, debo confesar, esos libros prestados en los que alguien anotó  “¡Toma ya!” o “Puta maravilla”,o, incluso- y todo esto es verídico- “no tiene ni idea de lo que habla” o “vaya plagio de Fulanito”. [Nota de la autora: que me guste no quiere decir que lo recomiende, no tomen esto al pie de la letra o me quedo sin trabajo. Gracias. ]

Hay tantas formas de marginalia como de lectores, de construcción de nuevos y vigorosos textos como de la timidez del que solamente subraya en un delicado homenaje a sí mismo y a su relación con lo impreso.  En esa pornografía exégeta y algo groupie de recorrer bibliotecas, papeles y legajos de escritores ya fallecidos- la ética del asunto la discutiremos otro día- hay más chicha que en programas de cotilleo de la tele,por mucho que los premios Nobel se hayan convertido en celebrities de otro tipo. Nuestros libros re-escritos, subrayados, anotados, son parte de un patrimonio personal, colaborativo y, a la vez propio. Son la respuesta a ese silbido que es solamente para ti, ese pst, pst, que te hace un fragmento desde el centro de un texto, que te hace volver la cabeza o asentir con sonrisa cómplice y solitaria (y si son lectores apasionados de Donna Tartt y de su Goldfinch habrán reconocido la recreación de esta última cita o mención).

Anoten, subrayen, lean, relean, abandonen, avergüéncense de las citas que mencionan en algún momento. Todo esto no es, ni más ni menos, que el peculiar diagnóstico de cómo eran, de cómo éramos, cuando leíamos tal o cual cosa por primera vez. Podíamos ser airados, feroces, estandartes quizá de una pasión desmesurada, remilgados y hasta cursis de bofetada.  Porque la historia de las lecturas privadas, de esas primeras impresiones y llamadas de atención, de esa emoción por lo que escribimos y hacemos nuestro es uno de los baluartes de la más preciada libertad: la del lector que decide. Pero, por extenso, esa sea quizá otra historia.

(*) Enlazo a ese artículo de Julieta Lionetti porque me pareció especialmente interesante y me dio mucho que pensar. Yo conocí su blog Libros en la nube  , uno de mis favoritos en cuanto a cuestiones relacionadas con ebooks, edición digital y estas aventuras. Qué lejos queda ya 2013 en este contexto.

 

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