Anchoas y Tigretones

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Mayores

Photo by Markus Spiske temporausch.com from Pexels

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Recuerdo a quien me explicó una vez, citando el título de un libro, que había una gran diferencia entre ser mayor y hacerse viejo. Sabemos todas, porque esta sí es una cuestión de género, el caldo gordo que le hacemos a la industria de la belleza asumiendo que envejecer es un proceso de descuido, no algo natural, un pequeño capricho genético al que solo escapan instragramers avisadas.  A mí me gusta estar bien, pero soy consciente de mi edad y, por supuesto, de lo que lleva consigo. Me relaciono en el día a día con personas mucho más jóvenes que hacen chistes constantemente sobre aparentar o no los años, sobre los achaques y la menopausia, todo es una risa condescendiente y yo me quedo atónita. Atónita  porque, queridas mías, todo llega: las tetas se caen, un buen día dejas de tener pómulos y tienes mofletes y te engorda el aire. Pero eso no es el problema: lo es que ese tipo de risas ahogadas, ea coña constante sobre la edad y el “cambiar de cifra” (sic) siempre me parece tarjeta de visita de falsas aliadas. Sobre todo, me entristece que hayan vivido tan poco como para no darse cuenta de que da exactamente igual: hagas lo que hagas, te pongas como te pongas, vas a cumplir cuarenta y luego cincuenta, tu cabeza y tu cuerpo seguro que irán por lugares separados, podrás mazarte en el gimnasio y gastarte una pasta en tratamientos ;el calendario avanza, amiga, estarás buenísima pero no dejarás de cumplir: la matemática es así y por muchos años. Leer más…

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El paso del verano

Harry Watrous The passing of summer. Imagen en Public Domain (thanks Metropolitan Museum of Art, NY) y es un cuadro con una maravillosa historia que podéis leer online. Pinchad sobre la imagen y accederéis.

Harry W. Watrous observó a una mujer sentada sola en la terraza de un restaurante francés,casi a principios del otoño de 1912. Se dirigió a ella y le preguntó: “¿Qué, aparece ya el príncipe azul?”. Y la mujer respondió : “No, y ya está pasando el verano”.  Dejemos a un lado ese estigma de expectante guardia asociado a la mujer soltera- qué poco han cambiado algunas percepciones, por mucho que nos empeñemos- y hablemos del paso del verano, de ese istmo entre dos mundos que no tiene nombre ni nada. Este momento del año sin bautizar es la estación perfecta: decae el verano pero se resiste numantinamente; otoño, eres aún muy lejano. Miro,al fondo del armario, las botas con las que saltar los charcos de los próximos meses: están también como dormidas, hoy no es su momento, pero podría serlo mañana. Quién sabe.

Verano, qué rápido has sido y cuánto me diste. Qué poco registré de la falta de horarios, de los planes imprevistos, de la laxitud del tiempo perdido, de los silencios guardados en compañía. Oye, verano, que tengo nostalgia ya de ti cuando aún no te has ido, yo que siempre te desprecié frente al otoño de reuniones caseras y castañas. No me lo tengas en cuenta: ya sabes que mi capítulo favorito de Mad Men es aquel en el que Don Draper diseñaba el carrusel de recuerdos, y estos meses de sol y salitre me han fabricado auténticas bellezas. Verano de 2018, eres ya una vieja película doméstica, temblorosa y de colores desvaídos. Estoy de nuevo en el aeropuerto en la llegada de Marta y Lorea, otra vez las conversaciones en la playa de O Grove y las cañas en el Naútico de San Vicente, el viaje con Javier, Tomi, María e Irene a los cadaleitos de Ribarteme. También el regreso a un apartamento superpoblado, agotados y muertos de risa, después de los conciertos del Atlantic Fest en la Illa de Arousa. Agosto, tú me llevaste a un viaje urbano de libros y conversaciones exquisitas, a hacer nuevos amigos, a recorrer plazas y calles de mi ciudad siguiendo la música, como si esta ciudad atlántica y de viento fuese Hamelin. Otro día fuimos  a Carnota y la casualidad me regaló la foto más hermosa ; también me traje mi cesto de playa lleno de conchas y arena. Ese día- muy poco antes del Ferragosto-  acabamos hablando de Thomas Bernhard en un bar de carretera, también de que divago cuando cuento las cosas. Joder, verano, para no quererte mucho, tengo que decir que te has portado: hasta terminé comiendo natas en Porto, y viendo anochecer en Gaia, qué más puedo pedir.

Comencé hablando de aquella mujer que sentía que el tiempo se le escapaba sin remedio, cansada de esperar un futuro que no llega, que se convierte en pasado en menos de un soplo. Seguramente es la edad, claro: ahora que ya no forro libros, que no espío rotuladores y cuadernos nuevecitos sobre la mesa, todo me parece menos importante.  Eso lo magnifica todo porque – ay, la paradoja- lo fugitivo es aquello que siempre pretendemos enmarcar. Esa es también la idea de escribir: ntentar retener algo, lo que sea, darle la carta de naturaleza real, de que ha existido. Creo que era Perec el que decía que ese modo de conservación tenía que ser meticuloso: un recuerdo siempre es vago aún en la nitidez. Llenarlo de tinta, de negro sobre blanco o de caracteres bailones en la pantalla de un portátil, es lugar a favor de la supervivencia, no sabemos a qué, dado que el olvido siempre viaja con nosotros.

Aun así, este tiempo de tregua entre dos estaciones, vago y perverso como una flor rara, me hace tan feliz en mi lucha a favor y en contra de los recuerdos. Casi tan feliz como el otoño que intento adivinar, cada día, al asomarme a mi ventana.

Bonus tracks:

Tenéis que ver Heavies Tendres en Filmin. Hacía tiempo que no veía una historia tan tierna de amistad:  esta que nos cuenta Juanjo Sáez entre dos chavales de una barriada de Barcelona, justo antes de las Olimpiadas, es para tomar nota.  Música heavy, familias dispares, sobrevivir al instituto cuando eres repetidor o raro, el primer amor. y ser adulto cuando no te corresponde. Todo eso y mucho más.

Yo estoy leyendo Los bellos y los dandis de Clare Jerrold que solamente por la edición de Wonderkammer ya vale la pena. Macaronis, beaux y Bucks, entre otros, en este tratado sobre el dandismo escrito en 1910.

Oh, y me he presentado a un premio literario que no voy a ganar, pero por lo menos me he atrevido. Lo pongo aquí porque así lo disimulo más.

 

 

 

My hands are of your colour but I shame…

Foto de Randall Honor en Unsplash.

Un palimpsesto es un lienzo que podemos reaprovechar. Un palimpsesto es una reescritura, un recuerdo de algo que estuvo antes y que sirve para una elaboración posterior. Acaba de morirse Genette, nadie se ha acordado en la prensa española. Recuerdo cómo me cambió la perspectiva de lo que yo entendía por lectura, por la historia de mi propia lectura. Habla Genette en Palimpsestes de la intertextualidad y de esa idea de cómo la literatura se superpone, (palimpsesto) de cómo unos textos llaman a otros, de la relación, de ese hilo inevitable (tan poco invisible a veces) que los va atando sin querer. No hablaré hoy de lo que alguna vez se ha entendido por apropiación retorciendo el concepto de intertextualidad, pero, para no dar la paliza de teórica de la literatura,digamos, por esta vez y sin hacer muchas más concesiones, que esa línea de unión es una permanente serendipia lectora, una teoría de cuerdas, una conexión universal. Digamos, poniéndonos ya estupendas y algo locas, que no existiría la obra plena sino un intercambio de pareceres escritores, un vago diálogo ausente (hola, Umberto Eco, qué tal), una reformulación, una mezcla variada y mestiza. Vale, me he pasado, pero es para captar la idea de lo que viene a continuación.

Hay muchos tipos de lectoras y no vamos a derivar por los caminos de la teoría aquí. Me refiero a que hay quien lee una obra como una entidad sólida y autosuficiente, completamente autónoma; no se para a oír las voces que hay dentro. ¿De qué hablo? De esa especie de hilván o de zapeo que te lleva de un texto a otro, a apuntar y destacar las referencias que abren pequeños spin-off dentro de la misma novela, secuelas y anticipos del texto que tienes entre manos o en pantalla.  Quizá alguien piense que esta es una mala lectura, la que distrae, la que completa, la que te hace pararte e ir a la estantería o buscar en catálogos de biblioteca la referencia para ver si puedes llevárte el libro a casa cuanto antes y saciar esa curiosidad; o bucear en Google alguna cita literal, lo que inevitablemente te lleva a páginas de compra online que desechas, pero que te hacen llegar a tu objetivo.

Veamos, por ejemplo. Una señora- servidúar- lee Corre, rocker de Sabino Méndez (la edición antigua, de Espasa), una genialidad absoluta que me descubre a un narrador sincero y mordaz, extraordinariamente sensible y culto, que salpica un relato fragmentario- tanto de autobiografía, tanto de crónica, tanto de purga personal- de referencias exquisitas, de reflexiones amargas y sagaces, de juegos y guiños literarios que a mí me entusiasman. Dice el narrador en un momento:

Hace tiempo que dejaste de ser yo. Eres un contorno, el héroe de cualquier capítulo primero; y, sin embargo, cuánto tiempo creímos que no había ningún alto en el camino, desde el húmedo valle hasta el páramo alpino. Estas dos últimas frases no son mías, ni lo es su bella traducción. Son de Sirin. Pero Sirin no es Sirin. Encuentre nuestro lector ocioso la figura escondida, esa mancha, esa sombra. Cuán gratuitos, estúpidos y hermosos son los pasatiempos.

Pues claro: es Nabokov, en traducción de Javier Marías. Javier Marías, escritor exquisito y al que querría invitar alguna vez a una copa de Soberano para rebajar quizá la solemnidad del momento. Javier Marías, que tiene los más shakesperianos y hermosos títulos de la literatura española y que da rienda suelta a su mordacidad y británica circunspección -sigue siendo exquisito incluso cuando no estoy de acuerdo, muy a menudo- en sus artículos, que leo con mayor voracidad de la que me gustaría reconocer. Durante mucho tiempo, esa cita semanal de su columna era una invitación a un mundo bibliófilo y elevado, no exento de una cuidada misantropía que hoy creo que es machirulismo antiguo y de su época; en aquel momento me parecía supercool. A Marías lo he visto hace nada en la Feria del Libro de Madrid, augusto y ausente, qué tío, de verdad. Pero lo que envidio profundamente de él es su derroche en la traducción (gracias, traductores y traductoras: nunca agradeceré de forma suficiente cómo llegué gracias a vosotros a esos territorios imposibles en los que fui feliz) , de Tristram Shandy a los poemas de, claro, Nabokov. Y, sí, quizá como dice Méndez en ese párrafo, los pasatiempos son bellos y fascinantes precisamente porque no sirven para nada, por su gratuidad, por la tonta y enorme gratificación que nos provoca el resolverlos. Algo parecido a esa sensación que tengo ahora, leyendo de nuevo ese fragmento y pensando en ese hilo que yo lanzo entre Marías, Nabokov y Cervantes. Sí: aquel libro (lo he perdido en la última mudanza, creo) donde se recogen los materiales, las lecciones de un curso que dio Nabokov sobre El Quijote en la Universidad de Harvard, allá por los años cincuenta (como diría mi madre, ayer fue la víspera). Seguimos tejiendo: ese vínculo con destino final Cervantes me lleva a una de mis últimas lecturas, Grandes éxitos de Antonio Orejudo, un viaje de imposturas variadas hacia la propia literatura y las literaturas de los otros, algo tan cervantino como la propia estructura y ánimo de la novela ¿? de Orejudo. Y si seguimos con el sintagma “de los otros”, me acuerdo de aquel librito que pasó tan desapercibido en España y del que Zadie Smith fue editora y que se llamaba precisamente así: El libro de los otros. La autora se hacía editora y recogía distintas piezas, contribuciones de sus llamados compañeros y compañeras de viaje (había hasta algo de Posy  Simmonds, creo recordar). Y, ya cerrando, y por seguir con libros y cosas de los demás, tengo una traducción de e e cummings escrita en un folio, pinchada en un corcho que tengo en el pasillo de casa, rodeada de caritas felices de amigos en tantos sitios. Pues bien: esta traducción al gallego, hecha por María do Cebreiro, es del poema “somewhere I have never travelled”. Sí: es el poema que se menciona en la escena de la librería de Hannah y sus hermanas. Cuando se estrenó esta película (cuando descubrí a cummings ) pensaba que el amor tendría que escribirse con una caligrafía pequeña y apretada, con una mano dulce y muy firme, que no pudiese tampoco compararse al tamaño de la lluvia. Y esas manos pequeñas nos llevan, queridas, al título del post, que es también algo shakesperiano y tibio, muy de Pilatos y bastante de tirar la piedra y esconder la mano.

Es verdad, qué hermosa inutilidad son los pasatiempos. Casi como la escritura, como dotarse de máscaras para escribir y luego lanzarlas bajo la cama a descansar hasta el Carnaval siguiente. La verdad, como decían los Enemigos, a mí me sobra Carnaval.

Notas:

Me he atado de pies y manos para no derivar por la relación entre el Shandy del título de Sterne al concepto de shandy que maneja Vila Matas en Historia abreviada de la literatura portátil y que recoge de nuevo Sabino Méndez en su libro. También me he amordazado para no hablar de Paterson y el boom de la poesía de William Carlos Williams, eso también es divertido. Cosas que se quedan en el tintero, casi siempre las mejores.

 

 

Únicas

Girl with a doll. No tiene créditos o no aparecen, la tomé del tablero de Pinterest “Niños vintage” de Carrie Neyman. Pincha en la foto para original.

Dice el diccionario de la RAE que lo único es aquello excelente, que no tiene compañía en su especie. La acepción tercera del adjetivo habla por fin de los “hijos únicos” como aquellos que no tienen hermanos, que conforman una unidad familiar con los padres. Y nada más.

Ser hija única no es un acto voluntario. Lo es, puede serlo, tener una hija única. A finales de los sesenta ser una familia de tres, algo muy común hoy en día, era una marcianada envidiada y temida a partes iguales. Exceso de atención, monopolio de cariños a veces de forma insana y ser  escudriñada con la curiosidad algo malsana del entomólogo: qué espécimen más raro y precioso, te coloco en el centro de todo, te observaré pero eres también el proyecto de un trofeo personal, ojo y compórtate, mis expectativas están en ti depositadas( ya he escrito sobre Apegos feroces, por favor, no me tiréis más de la lengua que me pierdo) 🙂  Y todo lo que venía aparejado:  porque sí, la hija única iba a ser siempre egoísta, caprichosa, llorona. Un poco chapona, repelente y coñazo. Y la palabra más odiosa del planeta: mimada. Poco dada a compartir, poco bregada en esa convivencia algo salvaje de hermanos que se educan unos a otros, que buscan su sitio en el sofá familiar, que agradecen pasar algo desapercibidos. Que te apoyan, te ignoran o boicotean.  Crecer sin hermanos o hermanas es perderte algunas batallas necesarias y gestionadas a la medida de la edad en la que se libran:  cumplen el papel de recordarte que necesitas reivindicar tu excepcionalidad pero no eres #losupermás , que tienes- aunque no lo sepas aún- carne de tu carne  a escala y ya por el mundo, un vínculo añadido, te centran, te apoyan, te odian de juguete. Te acompañan. Están ahí, puedes tomarlo o dejarlo, pero existe.  Mis padres venían ambos de familias numerosas, no sabían realmente cómo podría ser y sentir una niña única en un universo que ellos también desconocían. Cómo se relacionaría con amigos, en el colegio, en el mundo real de crecer a pares. Tan lejana de ellos en años y en tantas otras cosas, tan colmada de amor y tan visible.

Yo creo que las hijas únicas, o al menos la hija única que escribe esto, conseguimos, o intentamos al menos,  articular ese crecer sin referentes a nuestra escala como un pequeño acto de construcción, de independencia. Podías salir más o menos complaciente, respondona, más o menos teatrera o salvaje, pero te desmarcabas un poco al crecer con otro concepto de espacio propio, no te lo currabas, venía de serie. Es cierto que extrapolabas algunas batallas destinadas a hermanas a tu madre, que aprendías el ejercicio de abrir paso a golpe de portazo y castigo, a cuestionar sabiendo que todos los marrones te los ibas a comer tú.  A tirarse en plancha a la rebeldía sin refrendo y sin red, sin apoyos, a lo puto loco. También a aprender el valor del silencio, de la necesidad de soledad que te acompañará toda la vida, del valor de lo conseguido siendo solamente una jugadora de ruleta.  Luego llega la edad adulta y con ella el mundo de los cuidados de verdad a aquellos que tanto te cuidaron y, efectivamente, ahí estás tú sola. Y conviene respirar. Mucho, además.

Todo esto viene a colación porque ayer alguien me hablaba del ser hija única como un acto trágico, como una relación distante y compleja con los padres, una distancia que podría terminar como un rechazo. Ese riesgo existe, es verdad.  Acababa de ver a una niña sola en su bicicleta dando vueltas por una pequeña plaza, los padres observaban, la llamaron para irse. La niña no solamente no quería sino que gritaba :”¡A casa, no!”, con llantina y aspavientos. Prescindiendo del hecho de que podríamos imaginarnos todo el gore que nos dé la gana, hay algo en efecto, de trágico, de tristeza dominical y de siesta en ese festivo en soledad con los padres, en esa imposible infancia-adulta que puede llegar a tener la convivencia con generaciones distantes.  Un sábado alargado e infinito, una tarde que lleva melancolía de la mano, que generará posiblemente niños lectores o desganados. Niñas y niños a los que necesito dulcificar su historia, darle un sentido más prosaico y menos dramático, imaginarles un futuro lleno de acompañamientos, de bullicio, incluso de falta de espacio personal, aunque no sea lo que ellos quieran, aunque no lleguen a ser tan misántropos o tan necesitados de silencios puntuales: aquellos que necesitas cuando tú sí has tenido mucho espacio. Porque, qué duda cabe, la realidad no es más que una de las capas de nuestra propia ficción; aquella de la que nos apropiamos, la que podemos colonizar de un modo más o menos estable. O si no, que esas niñas solitarias se abran un blog y empiecen a contarnos cómo es crecer de ese modo. Con un par, ya te digo.

Siempre podrán escribir en domingo por la tarde.

 

 

Notas: 

Único: en masculino en el Diccionario de la RAE, qué le vamos a hacer. La RAE sigue defendiendo la dicotomía entre término marcado y no marcado, las cositas del lenguaje inclusivo y la paridad le dan como resquemor y no permite búsquedas en femenino. Como no me apetece tomar copas de Soberano para ponerme a la altura de la RAE, pues lo dejamos ahí.

He escrito muchos posts sobre hijos. Si queréis seguirlos, basta con teclearlo como palabra clave en la caja de búsqueda.

Música: En bucle, el disco en directo de Coque Malla, Irrepetible, porque nos gusta y porque nos divierte. También escucho a Spacemen 3 y a Yo La Tengo, cosas de la edad y de las buenas recomendaciones. Thanks!

Leo, leo: Acabo de terminar Deixe a sua mensaxe despois do sinal, de Arantza Portabales editado en Galaxia y sobre el que espero escribir algo. Magnífica, recomendable, estupenda novela.

Releyendo a Perec  y comenzando ya El domingo de las madres de Graham Swift, editado en Anagrama y traducido por Jesús Zulaika (comprado en la Feria del Libro de Coruña de 2017, ya me vale).

Os recomiendo en Filmin Sin amor, Verano en Brooklyn y La condesa (aquí Julie Delpy da mucho miedo).

 

 

 

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