Anchoas y Tigretones

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En las playas de Ankara (un post para Santi Collazo)

Yo tendría que comenzar explicando que no me ha fallado la memoria, ni Google maps, ni la Wikipedia. En Ankara, aunque la geografía y la realidad se empeñen en demostrar lo contrario, hay playas. Unas playas a las  que la gente va, y va también contra todo pronóstico, porque la gente en un Ankara tan ficticio como el mar que la rodea, se pasa el día durmiendo y es muy feliz. Porque este fue el resumen de una noche de muchas palabras y copas, de mucha luz de la Torre de Hércules, y de una gran, enorme conversación en la que salen ficciones y verdades, ansias de futuro y amarres al presente, fin de adolescencia y comienzos de otra cosa que no se sabe muy bien qué es. Es lo que pasa cuando tienes alrededor de diecisiete años, unas cuantas botellas de algo que no es agua y muchas ganas de hablar y comerte el mundo. Y todo comenzó, o siguió, de alguna manera, así.

Yo conocí a Santi algunos años antes, imitando los dos a Casimiro, aquel monstruo que deseaba buenas noches a los niños- y no tanto- en la infancia prolongada de los ochenta. Santi era un niño que iba de vez en cuando a navegar, que a golpe de guitarra y de pincel nos cautivaba con su humor y su talento, con  la falta de arrogancia que es tan rara en esa edad en la que todos somos poetas, en las que todos merendamos portazos airados. Santi aparecía y se iba, independiente y poco gregario, amigo fiel y algo alternativo. Santi, con su gorra de capitán y su chaquetón marinero, con sus zapatos Oxford a lo Morrissey y su permanente buen humor.  Con Santi hablábamos de música y de tebeos, de bocadillos de calamares y de novelas, de novias y de desengaños, de barcos y de los vaivenes y tormentas que acechan al borde de la edad adulta. Y él se nos fue a licenciarse en una facultad muy rara,  lejos de casa. Como él decía;  “¿Y yo qué seré cuando termine esto, “bello artista”?” Nosotros le decíamos que sí, que eso molaba mucho y que podría observar el mundo desde una peana, o tener un universo muy trágico de pinceles y buhardillas parisinas, rodeado de bellezonas tísicas bebedoras de absenta. Creíamos nosotros que así sería la vida de los artistas, que la bohemia era una etiqueta como las de Zara. Claro que también pensábamos que la universidad era contestataria y que llegar a los cincuenta era imposible sin haber haber encabezado mil revoluciones. Mientras caían muros de Berlín y se celebraban olimpiadas, todos los amigos íbamos encontrando nuestro encaje o desencaje. En el camino, yo me quedé con algún cuadro de Santi y con alguna escultura pequeña, viéndolo dibujar, parar y tomar aliento. Y para él y para todos nosotros, la vida fue avanzando, lo que no necesariamente- introduzcan aquí el plural mayestático-  es sinónimo de vanguardia.

Y de forma interrumpida, en períodos diferentes, Santi  fue extrayendo formas y volúmenes de distintos materiales, explorando, indagando. Cuando uno explora su vocación no la aplaza; puede estar más o menos visible, pero no puede esconderse. Otra cosa es que nuestras ganas de esculpir, de escribir o de sentarnos a hablar sean siempre pasiones huidizas.También que, como el humor, necesiten su dosis de tiempo, de influencias, de renuncias y también de cambios de rumbo. O de otras formas de comunicar.  Facebook nos descubrió a un Santi escritor, analítico, pedagogo- aunque se enfadará un poco conmigo al leer esa palabra-  y al que envidiamos secreta y sordamente por lo certero de sus análisis. Por sus reflexiones se pasean Frank Stella y Bernini, Pello Irazu (brutalísimo este descubrimiento, gracias, Santi) o Juan Muñoz. Y leíamos silenciosamente, algo intimidados, sobre espacios, teoría y práctica de la escultura, madera, acero o  el destino del arte y  su objetivo. Y leíamos vorazmente, descubriendo una nueva forma de acercarnos a una expresión artística no siempre bien dimensionada en nuestro conocimiento, descubriendo también las cabriolas del lenguaje de la crítica.  Ahora tenemos la oportunidad de ver algo de su trabajo más reciente, algunas de las esculturas ya nos las había ido presentando poco a poco, con sus quiebros y equilibrios, con su filosofía estética. Recorro el espacio con Alicia y cada una se queda con una imagen favorita, lo que es realmente difícil. Yo me quedo prendada de una escultura situada al final de la exposición- qué importante es la colocación de las piezas, caramba- con un aire  muy Farenheit 451, con destellos de rojo metalizado y recuerdos de quema de papel, de nuevos nacimientos, de nuevos horizontes. Otro nuevo, para más adelante.

Quizá todos necesitemos tener en el horizonte una playa de Ankara, un lugar en el que se suspendan los rigores del realismo. Un lugar donde poder explorar posibilidades. Y el arte es esa forma de ampliar el riesgo vital, un decir “no” a la convención, pero no por método, o sí, qué más da. A fin de cuentas, en Ankara podemos hacer lo que nos dé la real gana. Y a algunos, como a Santi, les salen genialidades.

 

(Apúrense, porque la expo termina este mes de julio)

 

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Un carrusel para 2017

Si hay una canción de Mecano que me sobrecoge especialmente- y mira que hay competencia- es la de la noche en la Puerta del Sol. Los balances, los resúmenes, no son más que un intento frustrado de negar la esencia de la condición humana, la huida hacia adelante. Quizá esa y no otra sea la dinámica, el marketing escondido detrás de los calendarios y las agendas. Reencontrarse con la que eras un, pongamos por caso, un seis de marzo del 93 porque encuentras ese cuaderno arrugado, quizá de propaganda de una editorial o una gestoría, en el que habías anotado que ese día tenías dentista, o habías quedado con Miguel o con Susana. A veces cuesta trabajo recordar, otras es un sesgo automático y te sumerges en la tarde de verano en la que celebraste un cumpleaños navegando cerca de Sada, o el puente de la Constitución  en Ancares, donde no salísteis del albergue porque lo que había que explorar estaba debajo de las sábanas. Pasar página y quemar años es un acto de higiene inevitable, de limpieza, de puerta giratoria en el buen sentido: lo que viene, lo que se va, algo se atasca o tropieza, pero guardas el registro y la agenda para que el azar- o un cierto grado de dulce masoquismo, de controlada y otoñal melancolía- te lleven a reencontrarte con alguien que ya no eres tampoco. Eso, queridos míos, es la edad: reafirmarse en el cambio y poder observarlo desde lejos, para bien, para mal, that’s the point.

A mí 2016 me hizo enviudar de Bowie y de Prince, me hizo temblar hablando con mis amigos americanos y recontando muertes, en domicilios y  en campos de batalla. Este año trazó una línea que unió los puntos cardinales del mundo, desde la casa de Stanislavski en Moscú hasta el Día de los Muertos en Tzintzuntzan, Michoacán.  Conocí el desierto en el sur de Marruecos y lloré delante de Thom Yorke en Lisboa. Volví a madrugar, a trasnochar, a decir lo que no debía alguna vez y a hacer aquello en lo que creía casi siempre. Nada habría sido lo mismo sin Belén o Cristina, sin Vero y sin Jairo, sin Luis o Jose, sin Lau o sin Javier, sin Liz, sin Vane, sin todos los que me acompañaron, sin ti tampoco y lo sabes. Nada. Porque miro hacia atrás y veo el carrusel de Don Draper; los recuerdos son míos, están  ahí para  poder abrazar lo efímero: esa arena que vimos volar en Merzouga, ese helado con los ojos cerrados bajo el sol de julio en una terraza en otra ciudad, la piel dormida antes de que te despertases para irte al aeropuerto, el tren de todos los días deslizándose sobre raíles con lluvia, los hilos de conversaciones por whatsapp que se quedan prendidos en algo parecido a la nada y que vuelven de vez en cuando a martillearnos, quizá sean, y solo quizá, las nuevas agendas amontonadas.

2017 me traerá una cincuentena, otro esbozo de otra novela, decepciones, amores, griteríos, sonrisas y mucho rock’n’roll. Y  una única certeza: no se le puede gustar a todo el mundo y me alegro de que salgan de mi vida las personas a las que no les gusto. Ha sido, casi, un placer. Por lo demás, centrémonos en todo el amor del mundo, en todo el sexo que podamos y el que no podamos, en los conciertos y las risas, las tartas y en las horas raras, en ser mucho más feministas y demoledoras, en leer más tebeos y  en tener más y más montañas de libros: centrémonos en lo que nos haga felices. Y no dejemos, nunca, de mirar a quienes tenemos alrededor, a esas piezas del carrusel que viajan de forma lenta a nuestro lado, que nos dan color y nos acogen, nos construyen y nos dan alguna que otra patada en el culo si nos lo merecemos. Den placer y hagan felices a aquellos que lo merezcan, a los demás, que les folle un pez.

Feliz 2017

 

Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

Chonismo lírico (o dar Coelho por gato)

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That’s for your bad manners – Niagara By Hotlips – Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=32513496

Soy de la creencia firme que las mejores teorías se hacen siempre en los bares, esperando a gente que llega tarde, dándole duro a calentar la barra. El cuarto de baño es también un lugar de pensamiento adecuado que no mágico, aunque si estás en casa ajena leas y curiosees las melindrosas etiquetas de los champús de los otros, los botecitos de las cremas de cara y cuerpo de los otros, los restos de dentífrico  en el vaso para enjuagarse la boca de los otros.  Los cuartos de baño ajenos son lugares que nos reconcilian mucho con nuestro descuido casero, fundamentalmente porque nadie es hiperperfecto ni tiene la casa en estado de revista (si está así es porque no vives en ella, anda y no mames).  Comprendo que la praxis necesite sus laboratorios, pero, como diría mi madre, o falar non ten cancelas y pasar el día de pasmona, de trosma (otra palabra de mi madre, esto promete ser algo revival y normanbateseano) es lo que tiene: que piensas en cosas que quizá a nadie importen, pero que además de ser entretenidas encajan de repente, y de forma muy certera, en ese hueco que queda en toda formulación, en toda teoría: ya saben los gaps o la elipsis, que somos todos muy teóricos de la literatura, muy de la retórica y muy coñazos de Dios.

Mi querida Alejandra de Diego me hizo llegar este maravilloso Manifiesto anti-cuqui de la también maravillosa Diana Aller. Me encanta, lo adoro, lo subrayo y suscribo, pero falta un punto. Y llevo hablando de esto en bares bastante tiempo, en bares y en cafés, creo que hasta lo he mencionado en este cuaderno. Queridos todos, hoy vamos a hablar de chonismo lírico. ¿Qué es el chonismo lírico? Partimos de la base de que todos sabemos, o al menos tenemos, una intuición mediana de lo que es algo choni. Lo choni no es exactamente lo hortera. Lo hortera va a su bola, lo choni tiene discurso y eso lo hace peor. No vamos a hablar de tal o cual música, de reguetones y mayonesas, de uñas postizas con purpurina o de vaqueros recauchutados. Tampoco de creerte la reina de dragones o de hacer posturitas en primer plano y primera persona en Instagram. No. Ahí el chonismo es muy evidente y no da escozor, puede dar pena o te puedes partir la caja, cada cual con su conciencia. El problema es que lo choni no se agota, por el contrario; se intensifica, se cuela como una mosca cojonera y transforma cualquier significante. Digamos que el chonismo se viene muy arriba, vaya, aunque también podríamos hablar de que se encripta, de que disimula y que silba para no ser descubierto. Ojalá fuese así: está en todas partes.  Chonismo lírico son las citas literarias buscadas en Google con su buena Comic Sans y su buena foto de una  rosa con rocío goteante. Chonismo lírico son las paridas que pululan por redes sociales- no “en Internet”, eso es exclusivo de esa necesidad que tenemos de estar todo el puñetero día demostrando que somos la pera, ergo, redes- generalmente atribuidas al pobre de  Paulo Coelho, Tagore o Einstein; aunque los gurús contemporáneos hindúes, los CEOs de algunas compañías tecnológicas- fallecidos o no- van ganando posiciones, Gandhi mediante.  Choni lírico es Federico Moccia y esa tendencia abierta por las editoriales de”mocciziar” las cubiertas de los libros de bolsillo. Hay cubiertas de los libros de bolsillo pretendidamente cuquis pero que no : hay una cafetería donde dos se enamoran, una librería donde dos se enamoran o un aeropuerto donde dos se enamoran, hasta aquí un grado de cuquismo relativamente aceptable. Rascas un poco y parecen vivir dentro de una cita de Depaak Chopra  Ella es ejecutiva y él también, tienen pasta a manta, aunque todos buscan el amor y a tomar por saco: hacen mindfulness, yoga y comen quinoa, se hablan entre ellos de forma intensa y trascendente, siendo la  cubierta del libro la que da  da buena cuenta de ello. Como tienen pasta y comen esas cosas, pues les da por irse a buscar su yo interior e intercambiar trascendencias en lugares que quedan muy a mano, por ejemplo, el desierto, que queda muy a mano cuando vives en Boston o Berlín. En el fondo quieren lo que todos queremos desde el minuto uno del encuentro:  ya saben y no me hagan decirlo, que esto lo lee mi familia. También es pasto de chonismo lírico que la cubierta del libro lleve otra cita de otro escritor choni lírico alabando la obra con frases para la historia del calibre de “Un gran descubrimiento” o “El paradigma de la emoción”. Choni lírico sin más, aunque ahí- y esto merece post aparte- nada como los libros de religión post Concilio Vaticano II y las canciones de, como dice mi amigo Gaspar, “cristianos de guitarrita”. No hay NADA que contenga más chonismo lírico que “Tú has venido a la orilla” o ” Yo tengo un gozo en el alma”. Aunque ahí ya tocamos temas de dimensión trascendente y la gente tiene tan poco sentido del humor como altísima capacidad para ofenderse, especialmente desde el humor, así que carpetazo al asunto.  Otra línea mucho más choni lírica es el amplio mundo  que rodea al  revival medievalista. Coger a Tolkien por las runas  (no me digan que no habría sido bonito poner aquí “coger del rábano de Tolkien por las hojas”, pero no hay narices) es lo que tiene: que se crea una cosmogonía- él lo hace, era un puto genio- a partir de la imagen de, por ejemplo, Viggo Mortensen. A mí me mandáis lo que sea que tenga Viggo Mortensen y os perdono cualquier conato de chonismo lírico, aunque en esta tesitura del medievalismo choni lírico cabe desde Tyrion Lannister a  Légolas, de Xena la princesa guerrera al proceloso mundo de los highlanders: esas brumas escocesas, ese devenir de la falda ondeando al viento, esas cumbres alejadas hacen que casi veamos el sudor de los guerreros goteando en algún lago.  Todo,en resumen, todo sincretismo histórico que lleve espadas y conquistas por el medio roza peligrosamente el chonismo lírico o lo es de forma clara.  Tiene mucho éxito, sarpullidos ortográficos aparte y comas bien puestas deseables en las citas.

El chonismo lírico es el quiero y no puedo del desarrollo inteligente de la lectura: espolvorea un par de frases, ponle una guirnalda y añade una dosis de cucharada de trascendencia. Chonismo lírico hay mucho en los selfis usados como foto de perfil, en  estados de Facebook y Whatsapp que recuerdan a los Pierrots con lágrima de los ochenta:  explosiones de autoayuda, de amor hacia los hijos, la familia, el mundo, los perros, los gatos, la flora y la fauna mundial, siempre con el nombre del autor de la explosión de amor entre paréntesis. Chonismo lírico es pensar que las bibliotecas, las librerías y las frases de Neil Gaiman molan porque sí, porque son bibliotecas, librerías y Neil Gaiman y, en virtud de ese molamiento apriorístico, hay que repetirlas diez millones  de veces por si no os ha quedado claro. Neil Gaiman mola en cualquier aspecto de su vida y de su cuerpo serrano de inglés escéptico y guapísimo vestido de negro- y está casado con Amanda Palmer, ¿no se le rompe nunca a este hombre el molómetro?-pero es mucho más interesante, muchísimo más, cuando no habla de bibliotecas. ¿Por qué? Pues porque el riesgo de estar haciendo frases todo el día, de parir sentencias muy grandilocuentes, te convierte en carne de chonismo lírico. Sí, vale, ya sabemos que los bibliotecarios somos mejores que Google y blabla.  Los bibliotecarios molan el triple cuando no se pasan el día dando por saco y diciendo o haciendo memes con el objetivo de demostrar que las bibliotecas son la releche: ya lo sabemos, trabajamos en ellas, lo damos todo (odio esta frase, es para que me entiendan), hacemos las cosas más chiripitifláuticas para reinvindicarnos, reinventarnos. Y trabajamos muy, muy duro. Ya está. Paren. Gracias (y digo los bibliotecarios, con o, porque las bibliotecarias siempre molamos. Siempre, no lo olviden).

Todas somos o hemos caído en el chonismo lírico. Es relativamente fácil: tenemos nuestro corazoncito y la carne es débil de carallo. La señora que escribe esto firma como Sigrid de Thule, una forma algo como de escorzo en el chonismo lírico, pero no me doy fácilmente a las citas, aunque sí a la autojustificación. A fin de cuentas, tampoco se puede pasar una la vida formulando teorías ni papando la nata. De vez en cuando hay que remangarse y trabajar por el bien de la Humanidad. Por lo tanto, no olviden nada de esto, queridos niños, adorables niñas, y procuren no hacerlo en su vida internetera. Si os llega una cita literaria con guirnaldita, con paisajito, con comas y puntos espolvoreados por doquier, duden. Duden de la veracidad, claro, pero duden también de sí mismos si les surgen tentaciones de compartirlo: estarán contribuyendo a una expansión de la sensibilidad cutre, de identificar lo sentimental con el sentimentalismo- esto me recuerda a la dicotomía “libertad/libertinaje” de las clases de religión, qué guay-  hasta llegarán a creer que lo que hace Almodóvar es lírico. ¡Diferenciemos entre la emoción legítima y la de botellón, hermanas, se acerca el fin! Y si tienen ataques, todos los tenemos, lo mejor es que tengan a mano la  imagen  que ilustra este post- la de arriba también, pero la de abajo es mucho más contundente-  y una prueba de fuego: el toque punk. Si después de un toque punk, de una remezcla y de poner la cita patas arriba la emoción sobrevive, será literaria, será legítima, será verdadera; aun reconociendo que todo es contextual. De no ser así, lo sentimos, pero  les estarán dando gato por liebre. O, qué narices, gato por coelho. Si es que al final siempre volvemos al excelso escritor, a la creación del canon chonista lírico y la permanente duda. Pues eso, quizá, quiere decir algo . 🙂

coelho

Te pido perdón, Paulo Coelhiño, pero esta foto viene al pelo.

Mis hashtags del asunto:

#contraelchonismolírico

#coelhismoilustrado

#señormehasmiradoalosojos

 

 

“¡Viva México, cabrones!”

Para Jairo, Laura, Liz, Vane, el niño Bob Dylan, Rafa y todos los que estuvisteis en esta aventura. Nos vemos en “El alegre corazón” o en Chiapas. 

Es difícil, muy difícil. No me salen las crónicas ni las reseñas, ya lo saben quienes pasan por aquí de vez en cuando. Una va a México pensando que va a un programa de intercambio, que hará su trabajo, visitará algunos lugares de interés, comprará algún que otro recuerdo, conocerá a algunas personas bien agradables y otras no y nada más. Incluso va con cierta reticencia, oye muchas opiniones no pedidas, bienintencionadas algunas, claramente envidiosas otras, sobre cómo están las cosas- me gustaría que alguien me explicase de forma convincente el concepto genérico “cómo están las cosas”, porque, sinceramente, no lo pillo- pero, le pese a quien le pese, decide ir. Y voy. Y llego a México.  Y llego a ese país, a esa Universidad, a esos amigos que sabes que van a ser para siempre. A las sonrisas en el hotel todas las mañanas, a las preguntas sobre cómo se hace esto y lo otro, a las risas constantes mientras dices “coger” y “joder” un millón de veces,  a los taxis destartalados en los que no hay casi nunca cinturón de seguridad- “me lo tapizó mi primo y se lo dejó por debajo”-a ser acogida en casa y tomar un caldo de pescado “poco picoso”. A ser entrenada en los tacos y las enchiladas, en el atole de pinole y el tequila. A conocer todos los días a personas nuevas que te acompañan con deferencia y mimo. A tener todos los días conversaciones larguísimas sobre crisis económica, partidos en el poder, Podemos, la Unión Europea, Trump, Parálisis Permanente, Panteón Rococó y Molotov (sobre “Puto” y la polémica reciente, sí, reciente, en España escribiré un post entero). Sobre Carlos Fuentes y Elena Poniatowska, sobre feminismo y Valeria Luiselli, sobre la Onda y Margo Glanz. Sobre Open Access y precios de revistas, sobre vivir en India y Moscú, sobre las centrales camioneras y las carreteras de Michoacán, sobre los moscos que me acribillaron desde el primer día y sobre ser soltera, sobre flanes y sobre marisco. Y te llevan de jurado a altares del Día de Muertos y alguien trae una camiseta de tu talla con el logo de la Universidad porque la que te dieron el primer día te quedaba enorme. Y vas sola a Guadalajara a ver el Teatro Degollado y la Fuente de los Niños Miones, el Instituto Cabañas y el incesante turismo. Vas en camión y el conductor canta a pleno pulmón a Luis Miguel, mientras nos pone una película de Will Smith al resto del público. Y me parto escuchando a Will Smith hablando con acento mexicano, como si no fuese raro que hablase con acento de Toledo. Y te dicen “provechito” cuando te traen la comida, te haces selfis en el lago de Chapala con nuevos amigos que ahora sonríen desde la pantalla del móvil, vas a Atoltonico el Alto y a La Barca, haces reír a tus amigos con tu pasión por el guacamole, aprendes que una cazuelita no lleva solamente toronja y limón, sino tequila hasta el infinito. Y los días se deslizan entre lo que te parece familiar y kitsch, donde hablar de seguridad y de tomar precauciones en los viajes es algo más que echar un candado a la maleta, donde se baja la vista ante el posible futuro de fronteras, donde hablar de violencia machista y de silencio es recordar Ciudad Juárez, pero también todas las muertes de mujeres que llevamos en España, la educación de las hijas y los hijos. Hablas de miedo, pero hablas, sobre todo, de vivir. Y de Morrissey y sus fans mexicanos, de ir a Chiapas y a Baja California, de san Luis Potosí y de comer tacos como deporte nacional (“los tacos nunca te enfadan”. Qué gran verdad).   Y pasan dos semanas y sigues recibiendo whatsapps preguntándote cómo estás, cómo has llegado, si llegaron sanas y salvas las catrinas que compraste en Tlaquepalque el último día que pasaste en México. Y sabes que nunca volverás a tener una noche de 1 de noviembre como esta que se ha evaporado en 2016, donde viste incendiarse una colina en Tzitzuntzan con el naranja de la flor de cempásuchil y candelas dedicadas a los muertos, donde se celebra la vida en forma de recuerdo, con fotografías y máscaras de luchadores, con Coronita y tequila encima de los panteones. Y una mujer muy mayor te miraba a través de su pañuelo, te sonreía cuando le decías que todo aquello era muy hermoso, haciéndote oír por encima de la música y el ruido.  Porque es México y es hermoso y terrible, son maravillosos y chingones, porque se ríen de tu español y tú del de ellos:  lo adoras porque acabas diciendo “No mames, wey” y ellos dicen “Joder, tíos”.  Y porque algo de ti se quedó allí. Y porque no hay otro lugar del mundo al que desees más volver.

Y porque, qué coño, viva México, cabrones. Y no lo digo yo, lo dice Molotov.

 

Setiembre, septiembre

septmeow

Meow september– Imagen sin créditos. Para ver original, pulse en la imagen.

Septiembre, setiembre es un mes en reimpresión. Es un mes de colecciones de kiosko, de cuadernos nuevos, de matrículas en gimnasios, de mirar de reojo al armario y  hacer convivir las katiuskas con la camiseta de tirantes. Es un mes de empezar a pensar en hacer listas, no de hacerlas. De propósitos y promesas, mucho más que los principios de enero.   Lo que me gusta de setiembre es esa sensación de haber encontrado la pieza final de un puzzle, de terminar de ordenar un armario, de estrenar el uniforme del colegio y no llevar el mismo de siempre con la bastilla bajada. Me gusta setiembre con su desperezarse de agosto, es un mes que no acaba de divorciarse de la anarquía, la consiente, hace como que no la ve.   Me gustas, septiembre, porque eres la madre consentidora que me deja quedarme a ver la tele hasta tarde, la hermana mayor que te presta su chaqueta perfecto, el tío joven que todos tenemos que te malcría, pero te enseña a la vez a dosificar tu entusiasmo. Septiembre es remolón, es un mes entre las sábanas del año, justo cuando éste se prepara para inmolarse en diciembre.

Yo escribo mi verano a tientas, con miedo de que se rompa como aquel hechizo de la canción de Serrat, porque creo que el recuerdo es como un holograma, dependerá de cómo lo oriente que me devolverá una imagen u otra. La memoria es una construcción recuperada, donde rellenamos los huecos o añadimos nuestro particular photoshop. Hay un momento en agosto, por ejemplo, en el  capturas sin saberlo la imagen que va a colonizar tu memoria de un viaje,  estás creando ese recuerdo que te acompañará durante un breve espacio de tiempo, porque el recuerdo nace, como digo, para ser magnificado, para trascender lo vivido.  Pienso ahora, por ejemplo, en unas pajaritas de papel de colores que colgaban, de un lado a otro de la acera y por encima de nuestras cabezas, en una calle de Moscú y no fui consciente de que esa imagen, esa  y no otra, asomaría con una nitidez extraordinaria, con un brillo especial frente a muchas otras cosas vistas y oídas en ese mi mes  ruso, ni peores ni mejores: otras. También en 2016 fui dos veces a una muy diversa Lisboa. Cuando  acudo mentalmente a mi visita de julio de 2016, a  aquellos días de festival y conciertos, aparece una única imagen: Cristina y yo tomando un granizado de limón en una calle lisboeta, una calle retorcida y que serpentea, plagada de terrazas y sol, de vida y de excelso verano. Lo siento, Thom Yorke, no fuiste tú (Cris, apúntate el tanto). La memoria del verano es más juguetona, es un souvenir con instrucciones para armar, es la recompensa a la larga  de haber roto el compromiso de lo cotidiano, de salir. Hasta tu ciudad, la que tanto has recorrido y recorres, te regala unos recuerdos magníficos de sandalias y trasnoches, de miradas que se cruzan, de capítulos que comenzaste y que tiraste a la papelera (literal y metafóricamente), de la Ginzburg y de Gogol leídos en playas y siestas de jardín, de aperitivos que se juntan con meriendas y de los juguetes de los huevos Kinder que no sabes armar (shame on me). Todo es anarquía y todo es verano. Y además, suena Niño de Elche en la Plaza de las Bárbaras, Ocean Colour Scene en Riazor, entras y sales mucho, duermes muy poco y el recuerdo es, en este caso, que todo pasó demasiado rápido y que hubo quien tendría que haberse quedado más. Pero eso, como en tantas otras ocasiones, es otra historia.

Decía yo al principio que setiembre me gustaba porque era la pieza final de un puzzle: eso es. Setiembre es, digámoslo al fin, ese día extra de vacación en el que ordenas fotos, encuentras una moneda distinta a la tuya en un bolsillo o  te atreves a llamar a aquel teléfono apuntado en un ticket de un Starbucks . Setiembre es un aterrizaje feliz tras un montón de transbordos también felices, pero, como ya hemos dicho alguna vez, parte del trato es regresar. Y eso hacemos: alargar ese recuerdo infinito, construirlo a la medida del álbum mental que ahora nos gobierna,  contar y recontar lo sucedido y rellenar esos vacíos cediéndolos a la imaginación, poniéndonos en modo Ikea y redecorando y recreando, a veces se inventa todo, los puntos del mapa físico y vital que encierra un mes de luz desmedida, un verano de cerveza y carcajada, una compensación de los aguaceros de noviembre.  Y sí, esto puede que sea un aviso de que a partir de ahora todo, casi todo lo extraordinario que hagamos, va a quedarse en un tanto por ciento muy pequeño de veracidad y un tanto por ciento grande de reconstrucción a partir de la literatura. Porque, qué duda cabe: lo primero que mete una en la maleta cuando se va son sus propias neuras y  lo segundo, algún que otro libro.  Qué le voy a hacer, ser letraherido es lo que tiene.  Feliz setiembre-septiembre.

Recomendaciones (parte de mis lecturas de verano que son recuperables en setiembre-septiembre y que no pongo en formato bibliográfico porque bastante tengo yo ya con eso):

Natalia Ginzburg Y eso fue lo que pasó  Acantilado, 2016

Wendy Guerra Domingo de revolución Anagrama, 2016

Miqui Otero Rayos Blackie Books, 2016

 

 

Marginalia

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Marginalia: Book of Hours (incomplete), Walters Manuscript, W.85 fol. (Walters Art Museum Illuminated Manuscripts) Imagen en dominio público. Pulse para llegar a la galería original.

 

Para Julieta Lionetti, por si alguna vez cae por estas líneas

 

Quizá este post tendría que titularse de otra manera. “Marginalia” parece un título impreciso, algo pretencioso, uno de esos títulos que se ojean sin hache, de los que se pasan con poco interés o con zapeo voluntario, lo que se acumula en algún rincón de la memoria o de lo que se guarda bajo una etiqueta de “leer más tarde”; eso con algo de suerte. Todo aquello que queda al margen- los restos del vino en una copa, la tela sobrante de un vestido, los fascículos publicitarios e impuestos en un periódico- conforma un limbo del que, en principio, cuesta desprenderse por un cierto sentido de la economía responsable, de la propiedad arrebatada o despreciada con el despotismo de un niño borracho de regalos el día de Reyes.  “Tendría que terminarme esa copa de vino, quizá en estas páginas encuentre algo que me sirva, estos retales podrán aprovecharse para algo” son pensamientos fugaces que, la mayoría, eliminamos automáticamente. Drop, delete, cajón del reciclado, lavavajillas o fregadero. Y salen de nuestras vidas para siempre.

Prescindiendo de esa tiranía de los objetos inanimados, hay una marginalia que permanece como propia. Lo que anotamos o subrayamos con lápiz, casi nunca afilado, entre renglones formales de un libro. Los párrafos que impresionan, las futuras citas epatantes para compartir en redes sociales, los signos de admiración en grande cuando encontramos una errata, las llamadas de atención sobre un texto cerrado. Genette hablaba de los palimpsestos- no teman, no daré la paliza- pero el concepto viene a colación por una breve conversación tuitera, hace ya tiempo, con Julieta Lionetti (*)  Comenzó con una frase, a la que di un “like” lo que es una forma de subrayado virtual, en la que decía que podría subrayar una palabra en un texto porque le resultase chocante, no porque tuviese una importancia fundamental en la lectura.  No concibo mejor lector in fabula, mejor Pierre Menard o Bartleby que el que asuma su total libertad para llenar un texto de notas al margen, de círculos que rodean palabras y frases, de apresurados recuerdos de vínculos con otras lecturas- ese hilo invisible que la memoria lectora va tejiendo a lo largo de los años y que es, a su vez, otro palimpsesto privado- de creación y recreación propia. Y digo Bartleby también porque el pacto ha de incluir la libertad de no hacerlo, de desestimar párrafos o lecturas completas por no tener lápiz a mano, porque quizá son ya repetitivos y cansan,porque no nos parecen dignos o son malos de narices,  en realidad porque preferiríamos no hacerlo. Cuando leemos estamos creando una impresión única y privada, la primera, la valiosa, sobre la que se construirá otra arquitectura de lo leído, donde la fortificación se elevará en medio de una experiencia primera que quedará a lo largo del tiempo: esas líneas temblonas en el texto de Lydia Davis que leía en el tren camino al trabajo, los rojos y azules de un lápiz bicolor en aquella terraza soleada madrileña descubriendo la pasión plantígrada en la prosa de Marian Engel, estrenar un lápiz lisboeta para el dilentantismo de Henry James en un aeropuerto que se convierte en hogar inevitable de horas y lecturas por obra y gracia de los retrasos. Y retomar esos ejemplares tras el paso del tiempo y no reconocer casi la caligrafía de la adolescente que se chaló completamente por la declaración de libertad de Stephen Dedalus-y la adulta que se sonroja al leer el “¡Bravo!” que le puse al lado, creyendo que era la única que había leído ese párrafo en la historia  -o la grave estudiante de Filología que hacía sus pinitos de interpretadora en las ediciones anotadas de Castalia,  la que se ataba las manos para no escribir sobre los libros de la Biblioteca Universitaria, la mujer que eras cuando descubrías poemas de Auden o sufrías leyendo directamente en inglés- rodeada de diccionarios- los tochazos de teoría literaria que todo buen M.A in Spanish tenía que tragarse. Y esa vez anotando en un cuaderno de hojas rayadas y amarillas, otra clase de marginalia propia y que ha caído en un limbo de los distintos traslados y cajas de mudanzas. Pero ahí estuvieron.

Los libros de nuestra vida  creo que nos pertenecen de varias maneras. Ya escribí alguna vez sobre el efecto de los libros que no poseemos: aquellos que inevitablemente han tenido que volver a la biblioteca pública o universitaria, a las manos o anaqueles de aquellos que nos los prestaron, a otros hogares y a otras manos, ávidas o desconfiadas de que esa vuelta se produzca en idénticas circunstancias a la partida. Y quizá ya no lo sea: ya digo que a veces hay que atarse las manos para no subrayar libros que no son nuestros, para no intervenir- en una forma de nueva creación- en la impoluta disposición de los renglones, en el baile exquisito de cursivas, redondas y párrafos editados, en ese blanco y negro que nos arroja a la cara la vida lectora. Y sí creo que hay una reconstrucción de todo lo asimilado, de lo leído y anotado en otros márgenes que transforma, aunque sea de forma imaginada, el libro físico: qué habrá subrayado él de aquel libro que le envié por correo, habrá recorrido sus páginas sabiendo que yo lo hice antes y anoté algunas cosas, recorrerá- supongamos- las líneas temblonas con las que yo coroné mi intervención. O retomo de nuevo ese libro que antes tomó en préstamo mi madre y yo le llevé a casa, esa correspondencia anotada entre María Casares y su padre de la que mi madre hablaba tanto y de la que, todavía en aquel momento, tomó notas en una Moleskine naranja. Y me encantan, debo confesar, esos libros prestados en los que alguien anotó  “¡Toma ya!” o “Puta maravilla”,o, incluso- y todo esto es verídico- “no tiene ni idea de lo que habla” o “vaya plagio de Fulanito”. [Nota de la autora: que me guste no quiere decir que lo recomiende, no tomen esto al pie de la letra o me quedo sin trabajo. Gracias. ]

Hay tantas formas de marginalia como de lectores, de construcción de nuevos y vigorosos textos como de la timidez del que solamente subraya en un delicado homenaje a sí mismo y a su relación con lo impreso.  En esa pornografía exégeta y algo groupie de recorrer bibliotecas, papeles y legajos de escritores ya fallecidos- la ética del asunto la discutiremos otro día- hay más chicha que en programas de cotilleo de la tele,por mucho que los premios Nobel se hayan convertido en celebrities de otro tipo. Nuestros libros re-escritos, subrayados, anotados, son parte de un patrimonio personal, colaborativo y, a la vez propio. Son la respuesta a ese silbido que es solamente para ti, ese pst, pst, que te hace un fragmento desde el centro de un texto, que te hace volver la cabeza o asentir con sonrisa cómplice y solitaria (y si son lectores apasionados de Donna Tartt y de su Goldfinch habrán reconocido la recreación de esta última cita o mención).

Anoten, subrayen, lean, relean, abandonen, avergüéncense de las citas que mencionan en algún momento. Todo esto no es, ni más ni menos, que el peculiar diagnóstico de cómo eran, de cómo éramos, cuando leíamos tal o cual cosa por primera vez. Podíamos ser airados, feroces, estandartes quizá de una pasión desmesurada, remilgados y hasta cursis de bofetada.  Porque la historia de las lecturas privadas, de esas primeras impresiones y llamadas de atención, de esa emoción por lo que escribimos y hacemos nuestro es uno de los baluartes de la más preciada libertad: la del lector que decide. Pero, por extenso, esa sea quizá otra historia.

(*) Enlazo a ese artículo de Julieta Lionetti porque me pareció especialmente interesante y me dio mucho que pensar. Yo conocí su blog Libros en la nube  , uno de mis favoritos en cuanto a cuestiones relacionadas con ebooks, edición digital y estas aventuras. Qué lejos queda ya 2013 en este contexto.

 

Chaval, te borro del feisbú

 

 

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Decía yo a finales del 2015 que había que desobligarse. Y sí, esto es cierto, pero, en pura contradicción conmigo misma, estoy intentando adquirir una disciplina de escritura. Al menos, sentarme en este bonito escritorio que tengo dispuesto con sus botecitos de lápices y rotuladores, con su ventana que da a un callejón – no podría ser de otra manera, ¿cómo va uno a inspirarse frente a un jardín frondoso y con banda sonora de pajaritos?- y con ropa variopinta en los tendederos del vecindario (esa gran novela por escribir, pero que ha dado este fantástico blog de Avelino González del que soy fan total). En ese ecosistema extraño que son los pisos habitados por uno solo, la absoluta anarquía de la distribución del tiempo nos da para pensar en millones de cosas, especialmente cuando te pones en modo multitarea: escribir, lavadora, música que escuchas pero que no, contestando mails y vigilando la cafetera, recordando libros y cosas que vas a repartir a amigos pedigüeños y que debes poner cerca de la entrada para no olvidar; en fin, la vida de los que compramos agendas por el puro placer de tenerlas y no usarlas.

Hoy pensaba yo, en medio de un caos doméstico de lo más estimulante- personalidades múltiples del centrifugado de la lavadora, vida sexual absolutamente impostada de una vecina o la tiranía del grifo de la ducha goteando pese a mi empecinamiento en cerrarlo- en últimos reencuentros con amigos que fueron muy cercanos en su momento, que desaparecieron o estuvieron en barbecho, y a los que he visto  últimamente. El hecho de ser güerfanita hace que muchas personas se enternezcan, se acerquen de nuevo con un sentido del pesar muy oportuno y que agradezco mucho. Me resulta difícil de entrada retomar el pulso, volver al universo común que en un momento de la vida tuve. Con algunos se produce ese milagro empático de viajar a ese momento del tiempo en el que te unieron esos lazos: la conversación comienza a fluir y quizá se ponga una primera piedra en esa segunda etapa. Pero no siempre es así. Reconozco que, con los años y a pesar de ser considerada muy sociable, he desarrollado una misantropía gradual y moderada, lo que despierta mi lado arácnido hacia cierto tipo de encuentros o mejor dicho, de reencuentros. La vida te lleva a un lado y a otro, y del mismo modo que considero necesario hacer limpieza en los armarios – muy de vez en cuando, es verdad- hay personas que desaparecen porque sí, porque ni tu vida o la suya coinciden, porque se emparejan y desaparecen, porque son incapaces, como tú, de mantener un contacto. Pérdida de interés, desidia o quizá es simplemente el pulso de la biología. No creo en la grandilocuencia de los amigos de toda la vida: claro que existen, pero se convierten en personas que puede que no tengan nada que ver contigo. Poco que objetar a los encuentros puntuales, a reavivar el cariño de los juegos y primeras confidencias compartidas, y cada mochuelo a su olivo. Y no pasa nada, es así, un recuerdo dulce y hermoso, sin mayores trascendencias. Pero me desconcierta esa obligatoriedad del lazo que se creó en un momento concreto, cuando tú y la amiga o amigo érais el proyecto de las personas que sois ahora. Y sí, mantengo amigas y amigos de la infancia, y han sido muchos de ellos compañeros de viaje (a medias de este post me he dado cuenta de que ya había escrito algo sobre esto, vaya por Dios, y mucho mejor: la edad nos obliga a repetirnos, qué vida).

Pero esta digresión que comienza va por otro lado: por los que desaparecen voluntariamente. Por aquellos que, sin que tú sepas qué ha pasado, te hacen la cobra- virtual y física- y se largan por donde han venido. No lo comprendo. Yo necesito que me pongan a parir, que me digan qué les ha parecido mal. Prefiero que alguien me diga : “Has sido una cretina y una gilipollas en esto, en esto y en lo de más allá” y yo ya pondré carita de gatito de Shrek ( no de la niña, no, del gatito), o curaré mi maltrecha autoestima o presentaré argumentos en una conversación, intentémoslo, moderada y cariñosa. Si se puede, adelante, si no, madre del amor hermoso: viene la parte de “te borro del feisbú”. Borrar del feisbú se ha convertido en, más que una amenaza, en un sentimiento pasivo-agresivo (me chifla decir esto, repitan en alto: “pasivo-agresivo”. ¡Es tan Jodorovsky!). Pues claro que yo he borrado gente, no te jode, tengo mi corazoncito y si alguien es trol, me molesta, o, sencillamente, no cumple el aspecto básico fundamental de las redes sociales- esto es algo de coña, se lo inventó un chaval de nombre imposible y no es la vida- pues fuera. O cuando no tengo ninguna relación más de la cortesía inevitable o cuando tengo mucha más relación fuera de internet. No me parece descortés, me parece normal. También tengo amigos a los que quiero muy analógicamente hablando y que son unos fachas de carallo, votan a Albert Rivera o protagonizan bochornosos rifirrafes online. También los hay que me quieren catequizar, los que crean páginas sin ton ni son de las que tengo que hacerme fan a pelotas, porque sí, sean de protección del urogallo noroccidental (yeah) o de papiroflexia recreativa. Porque si no lo hago, al loro, les parecerá mal. ¿Nos estamos volviendo todos algo tontos de capirote o pasamos demasiado tiempo mirando las casas de los vecinos, en ese patio de lerchas que es, fundamentalmente, Facebook? Y claro que me lo paso pirata, hombre que no. Y  amigos de verdad, a los que veo poquísimo porque viven en a tomar por saco- qué manía tienen mis amigos de vivir tan lejos, deberían corregirse- me mandan enlaces, me hacen reír con muchas cosas, me leen y me dicen lo que les parece que está bien o mal. Ahí sí que le estamos dando bien a lo digital. Y sobre todo: quien me hace reflexionar, los que hacen que, disintiendo, me plantee muchas cosas. Y esa es la única riqueza que creo que podemos obtener, ya que no somos Zuckerberg, que ese sí se está forrando con nuestras cuitas.

No soy apocalíptica en ese caso, soy más bien integrada. Pero sí creo que de vez en cuando hay que parar un poquito, porque la sobreexposición altera nuestro entendimiento. La vida en el siglo XXI, y da igual si es red social, posesión de smartphone o tiempo de visión de pantalla, es una combinación de ambas cosas: lo que está en línea y lo que está fuera. Construir identidades está al alcance de cada uno, eso es un hecho. Pero si a alguien le molesta o le ha molestado alguna criba realizada en una red social, debería hacérselo mirar o, al menos, volver a usar el teléfono para quedar de forma muy analógica, tocarse la piel de forma también muy analógica- y mucho más placentera- y mirarse a los ojos analógicos.  Si desaparecemos de la vida virtual de la gente no importa (agradezco mucho, mucho a algunas personas que me hayan borrado). Tienen que doler otras ausencias, aunque algunas evaporaciones, por decirlo así, sí pueden doler y desconcertar. Pero es el pacto.

Por todo esto, al encender el ordenador quizá tengamos que plantearnos no ir a nuestra red social favorita, no pensar en seguidores, no observar con un vuelco en el corazón que ha bajado en uno o dos el cómputo de amigos feisbuqueros. Están de limpieza o de arroutada, que todo es posible y no pasa nada. En la vida, la política y en nuestras identidades digitales hay puertas giratorias. Pero hay muchas riquezas en línea que explorar  y que carecen de cómputos. Naveguen y naden. O, como decía Flaubert, siempre queda la opción de sumergirse en la literatura como orgía perpetua. Si pueden ir a otras que no sean literarias no seré yo quien lo juzgue.

 

 

Barthesiana

Estas líneas tan interrumpidas han sido calificadas hace poco como una eventualidad casi proustiana. Estas líneas son producto muchas veces de cualquier cosa menos de un proyecto, y así me gusta que sea.  Que Proust sobrevuele, ya me gustaría, es siempre inevitable en los escritores provincianos, dominicales y con gabardinas de color patata, que es un color tan raro que no existe porque es un color de siempre. A mí lo que me gustaría es ser barthesiana y regalar el nivel cero a la escritura, al texto un placer y las mitologías a cualquiera que las escuche. Y, sobre todo, regodearse en la nostalgia que viene encapsulada en blanco y negro en una foto,  ser capaz de hacer simultáneas la teoría y la emoción. Barthes, me acompañas.

Leo de nuevo, tras muchos años La cámara lúcida de mi querido semiólogo francés. Y lo hago porque recuerdo el capítulo que es un callado homenaje a su madre, fallecida poco antes de la redacción de ese ensayo. El no tan joven Roland se sienta a ordenar fotografías una tarde triste de noviembre, una tarde triste y francesa, una tarde de indagación y de entrega plena al dulce dolor del recuerdo. En una pirueta extraña estamos también en este 2015 en noviembre, es una tarde algo triste también.  Ni que decir tiene que esta señora proustiana que escribe estas líneas no es capaz de abrir un solo álbum de fotos desde hace tiempo, aunque algunas cosas siempre sobrevuelan,  etiquetadas bajo lo inesperado. Barthes escribe sobre reconocer la inexistencia de sí mismo en el retrato de su madre joven, de desconocerla a esa edad. Quién sería, cómo imaginaría al hijo que vino después y que es él mismo. Nos habla, también, de la pulsión de la muerte en cada imagen que hemos capturado y que se ha ido: el instante  ya no existe, se desvanece al intentar hacerlo eterno. Lo que vemos, lo que nos chilla desde los álbumes de fotos, son proyecciones para avanzar la nostalgia de la pérdida.  Yo soy capaz de recorrer algunas imágenes de momentos que precedieron a mi llegada al mundo y establezco mi particular tebeo  y guiñol de circunstancias: mi madre vestida de novia y luciendo un collar de perlas que llevó también en mi boda; mi madre de niña rodeada de sus hermanos y unos padres que son para mí desconocidos, mi madre paseando con sus amigas, mi madre tecleando en una máquina de escribir- con un jersey de manga corta y un cigarrillo evaporándose en un cenicero-, mi madre con un pañuelo en la cabeza al lado de una Vespa, junto a la Torre de Hércules. Mi madre antes de mí. Y lo que no son imágenes y que también es una proyección: agendas con exquisita caligrafía, dedicatorias en libros, pañuelos planchados y con olor a Royale Ambree, primeros correos electrónicos enviados con más de setenta años y que están ahí, en mi bandeja de entrada, carpetas con recortes en los que salgo yo y alguna de mis circunstancias.  Y esa tiranía de los objetos inanimados que siguen en su lugar pero han perdido su contexto: un cepillo del pelo, un tocador con cremas y una bandejita para sortijas, un libro sobre una mesilla de noche con su marcapáginas inserto, unos cojines en la penumbra de una habitación en un final.

Y mi madre después, ya conmigo en el mundo.  Y yo, como Barthes, tengo una particular predilección por una fotografía y por un momento. Mi madre me lleva de la mano por la calle Real. Viste una gabardina acharolada, muy mini, con un ancho cinturón y gafas, muy moderna y sesentera.  Me lleva de la mano y mira distraídamente hacia un escaparate. Yo, muy pequeña y abrigada- creo que es el invierno de 1970- señalo de frente al autor de la foto, mi padre.  El momento es perfecto: mi sorpresa, la delicada silueta de mi madre, un montón de viandantes- ¿quiénes serían esas dos señoras enlutadas detrás de nosotras? ¿Y el señor que fuma del brazo de una señora que mira también a la cámara? ¿Qué habrá sido de los dueños de la óptica que aparece al fondo, de la peluquera con moño de Marge Simpson del primer piso y que tenía un montón de perros adormilados?-y la mirada del amor tras la cámara. Y yo adivino el regocijo del fotógrafo ante ese momento mitad sorpresa y mitad pose, quiero crear un recuerdo en el que espero impaciente el revelado de esa foto, cuando se haga materia tangible y pueda tocarla,  quiero recordar también cuándo la pusimos en ese marco en el que ahora la contemplo y acordarme de todo lo que dijimos durante años sobre la gabardina de mi madre, sobre el gorrito que yo llevo, sobre mi padre revoloteando en una escena en la que está, sin aparecer.  Una foto, ya lo dice Barthes, de algún modo es un pasado y un presente; es esa invitación a esa tristeza empática que nos provocan los niños que juegan solos en su cuarto a juegos de dos o más personas, las soledades indecisas de los bares sin compañía, los carteles de “se alquila” medio rotos o descolgados de algún lugar sin fortuna. Contemplar una foto es la construcción de una melancolía a medida, es un pequeño pacto con algún pasado sin resolver o que aún duele- quién iba a decirle a esa niña que le iba a pasar esto y esto otro- es un envoltorio algo kitsch de una emoción guardada. Todo eso lo contiene una imagen  a la que ponemos una etiqueta.  Esa que es siempre un “Je me souviens …”al uso y manera de Perec  y que  a veces, y solo a veces, se convierte en algo proustiano.

Epílogo

Mi madre nos dejó el día 5 de octubre de 2015.  Y me viene el recuerdo de una breve conversación con Benjamín Prado en la Feria del Libro de Madrid, el pasado mes de junio. Cuando le pedí una dedicatoria  para mi madre salió  el tema de la enfermedad, de la vejez, de los cuidados. De la pérdida. Y dijo algo muy revelador para mí: lo mucho que le sorprendía cuando alguien le preguntaba la edad que su madre tenía al fallecer, como si fuese una justificación. Él me decía:” ¿Y qué si tenía 90 años ? Era mi  madre.” Recordaba esta conversación el otro día con mi amigo Santi, que apuntó también sobre el dolor de la orfandad en la edad adulta. Ya sabemos que es ley de vida. Pero el recuerdo y el dolor no tienen leyes.

Sobre “Una casa en Amargura” de Elisa Vázquez de Gey

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Ayer, la escritora y amiga Elisa Vázquez de Gey presentó su novela Una casa en Amargura en la librería Berbiriana, patria de las libreras Cristina y Alejandra y uno de los lugares donde una se siente como en casa, feliz. Anduve por allí haciendo algunas preguntas a la autora y, además de recomendar la novela, escribí un pequeño texto que utilicé como presentación. Tenía , al igual que Dulce, la protagonista; una encomienda: hablar de la novela y un propósito: no destripar nada ante una audiencia que escuchó a Elisa totalmente embelesada. Mis palabras no valen de mucho frente a esta historia vibrante, pero si sirven para que la leáis, pues allá van.

Una casa en Amargura es un novelón habanero del siglo XIX escrito en el siglo XXI. Es una novela en la que oscilamos entre los avatares convulsos y luminosos de las aspiraciones de libertad y autonomía de la colonia frente a España, donde las veladas de los Liceos Literarios y Artísticos y de los teatros se mezclan con el sabor de los platillos preparados por las calles, con las sombras que pueblan callejas bulliciosas y coloristas, con noches de negocios torvos y escondidos, de corrupciones y explosión artística. Es también una novela con olor a pólvora y chocolate, a tabaco y dulces, una novela con ruido de grilletes y notas de piano. Donde se intentan paliar las epidemias a cañonazos y los libros viajan de la isla al continente, del continente a la isla en cajones de madera. No es una novela escapista, donde el exotismo esconda el drama de la esclavitud o las acusaciones de masonería.  Es una novela habanera y portuaria, doméstica y viajera, una novela de pérdidas y encuentros, de libertad y sometimiento, de solidaridad y alegría. Una novela de mujeres, de madres, de hijas, de escritoras, de libreras.  Y una novela que comienza en el mes de febrero de 1882 en el puerto de La Habana, donde Dulce Prieto- joven huérfana, ilustrada y narradora- espera la llegada de un barco. La espera nos la entretiene con una narración en primera persona sobre quién es, sus circunstancias y qué la ha llevado hasta allí. Dulce ha heredado una considerable fortuna que incluye tierras y plantaciones, casas grandes y chicas- la mansión de Amargura, que da nombre a la novela- y una negrada de cuarenta esclavos. Y hereda, también, una encomienda: cumplir un testamento, encontrar a las hijas de Misterio del Cobre Barthèlemy, su aya y confidente, negra prieta y servidora en la casa de la “niña Dulse” y uno de los vértices fundamentales de la historia. Asistimos a una narración “a dos manos”: la de Misterio, acudiendo a quien pueda dar fe y constatación de sus avatares vitales (de la isla de Reunión como esclava a ejercer el oficio de planchadora en La Habana) y la de Dulce, destejiendo la madeja del periplo vital de Misterio, plasmado en un testamento, y cumplir así esa última voluntad. Pero volvamos a ese luminoso día en el puerto de La Habana de 1882…

Pagina web de la novela : http://www.unacasaenamargura.com

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