Anchoas y Tigretones

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Vivir en domingo

Photo by Tobias Tullius on Unsplash

Mi padre me contó en alguna ocasión que, de niño, le dolía la cabeza los domingos por la tarde. La tarde del domingo es esa cuenta atrás ralentizada por pequeños episodios de felicidad que no pueden distraernos, casi nunca, de lo inevitable, de ese lunes que odias pero también ansías. Lo que quieres, lo que queremos, es acabar con esa enfermedad del domingo que es como un catarro no muy grave pero pertinaz, que sabes que pasará y  nada será tan terrible, pero tienes que transitar por esa angustia del fin de una breve tregua. Esa pequeña suspensión de la rutina que es el fin de semana se llena siempre de promesas y anhelos, esbozados en un cuaderno invisible y mental el viernes al mediodía. Yo acumulo tal cantidad de esbozos que sería imposible cumplirlos, aunque me transformase en un cruce entre superheroína y diosa hindú multibrazo y multitarea, con habilidad también para la dislocación temporal. A mí hay algo del domingo que se me hace provinciano y como con alivio de luto, casi como un personaje del primer Delibes;  el final del domingo es un anticipo de esos juicios con una misma que nos dan de vez en cuando y que, al menos yo, aparto de un zarpazo (“qué estoy haciendo de mi vida, por qué este trabajo y no otro, por qué no me voy al Nepal a pasar de todo-> esto me dura diez segundos, Nepal, ni de coña).  Pero volvamos a la angustia pequeñita que, males contemporáneos aparte, intentamos mitigar a golpe de maratón de series y sofá, esa terapia aún no clasificada en ningún manual de psicología y que, seguramente, no sirva para mucho más que para aplazar ese examen de conciencia, ese calvinismo machacón aprendido en los años de catecismo o de educación reglada. No te levantas del sofá ni para tender la ropa, algo muy de domingo, pero, inevitablemente, los capítulos se acaban, las series también, y el calendario no miente: del domingo vamos al lunes.Y vuelta a empezar.

La esencia melancólica y algo febril de los domingos en la literatura y el cine nos indican que en esa calma chicha no pasa nada y puede pasar todo. El domingo es el único día en que muchos niños ven a sus padres, algunos amantes se encuentran furtivamente, hay siesta y lentitud, pero también intriga y pasión.  Qué escondido está todo dentro de este día, de verdad. Veo una película que me emociona y me sobrecoge, creo que como tiene que hacer el buen cine. La enfermedad del domingo, ajustes de cuentas y biografías ajenas aparte, pone en el centro de la acción a una mujer cuya vida es un eterno domingo por la tarde, un stand-by, un pasar el tiempo sin esperar. Después de ese extraño encuentro entre madre e hija, sin saber nada la una de la otra en tantos años, la madre le pregunta qué ha hecho en todo ese tiempo, intentando entender a esa desconocida que fue parte de ella hasta que la abandonó.La hija responde que poca cosa: no terminó los estudios, no se especializó en nada, una sucesión de trabajos basura, …y remata con “no, yo no…”.  Yo, no: yo no he hecho más que respirar día a día, yo no he ido adelante o ni siquiera he buscado un camino, yo no he hecho nada más que entretener la espera de la muerte. Una vida que ha sido como esas tardes finales de la semana, alargadas y solitarias, en las que apenas intentas rellenar un crucigrama u ordenar un armario, mirar a través del cristal la calle vacía y somnolienta, poca cosa, ya ves. Ese domingo enfermo que podría ser un jueves o un martes, total es todo lo mismo. A lo mejor la soledad es ese hilo que une melancolía y distancia en esa relación de rencor y olvido que desarrollan madre e hija, no lo sé. Porque la soledad, y eso sí lo creo, es dominguera y de ahí vienen las punzadas de tristeza que nos hacen, muchas veces en domingo, en cualquier domingo, preguntarnos lo que la madre de Chiara le pregunta y responder lo que Chiara responde: quizás yo no haya hecho nada. Quizás estoy viviendo la grisura que merezco, yo qué sé.

Pienso en el niño que era mi padre con su dolor de cabeza endomingado, en todas las tardes en blanco y negro que hemos podido vivir adelantando la angustia sin sentido del final de la semana y del principio de otra. Y, sin tener nada que ver, me vienen a la memoria varias imágenes de una de mis películas favoritas, El Sur, de Víctor Erice, una película que es un domingo en sí misma: Estrella delante del cine Arcadia, la vuelta a casa, la imagen de aquella veleta en el tejado, incluso el baile el día de la Primera Comunión, ¿puede haber algo más de domingo que todo eso?

Sí, el domingo tiene esa esencia melancólica, algo enferma y maldita, como el otoño que adoraba Apollinaire. Seguro que a él le acabó doliendo la cabeza un domingo. Ese sentimiento es universal. Feliz lunes.

Para librarse de la grisura del domingo: Podéis participar en el reto #homero2019 y leer un canto de la Ilíada cada semana. Si esto es muy dominical, a mí me ha encantado Los países de Marie-Hélène Laffon, en Minúscula. Pensaba escribir sobre esto, pero se me fue el domingo al cielo.

Y escuchad Mr. Rain en Spotify. Cosa bonita.

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Máscaras y mundo en pelotas

Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta hablan de máscaras, vida, venenos y la necesidad que tenemos de historias. (Tomé la imagen de Imbd: si es pecado, la quito, pero no gano un duro con este blog).

Recuerdo escuchar una vez a Fernando Arrabal (que años después  le dijo a mi amigo Carlos “usted tiene un increíble aire lapón”), que el teatro es extravagante porque ha de vagar siempre fuera. Y es verdad: ¿qué es el teatro sino ese espacio de anarquía y alegre libertad donde todo es posible?  Mucho más que cualquier otra forma de ficción, el teatro suspende convenciones, no hay reglas, manda el bufón, ese que puede escupirte en la cara por burgués. También, como decía Lope, hay que hablar en necio al vulgo para darle gusto, dado que es el que paga. Qué cinismo y qué alegría maravillosa. El teatro es desfachatez, sorpresa y vida: escaso y arriesgado, efímero y único. El teatro es el mundo en pelotas y ese lugar en el que alguien un poco más sensato le indica al emperador su desnudez, donde la máscara es ese salvoconducto para poner patas arriba todo. Vivimos tiempos de literalidad inmensa, de ausencia de metáforas: por eso es el teatro más necesario que nunca, para  reivindicar al comedia y el drama dentro de un espacio, para poder aplicarlo o no, todo es posible.

Esa parrafada que he escrito casi de un tirón me ha salido  tras ver Los comensales, ese falso documental, esa falsa película de Sergio Villanueva. Silvia Abascal, Juan Diego Botto, Sergio Peris-Mencheta, Denise Despeyroux y Quique Fernández, se reúnen para hablar de un proyecto teatral durante una comida campestre. Y ya se sabe lo que pasa cuando juntas actores y actrices, que hablan de sí mismos, de sus proyectos, de la crisis de la profesión, de paternidad y paso del tiempo, y, sobre todo, de la necesidad que todos tenemos de relatos, de ficciones y de mundos que nos permitan escucharnos, a nosotras y a nuestra respiración. Todo va derivando en un clamoroso derrumbe de cuartas paredes. Y hay risas y ante todo mucha, muchísima emoción. Cuenta Juan Diego Botto que, recién llegados a Madrid, su madre simultaneaba varios trabajos, entre ellos el de cocinera en un restaurante en turno de noche. Él y sus otros dos hermanos la esperaban en una salita anexa al comedor, medio dormidos, agotados, deseando que ella terminase para tomar un autobús e irse a un barrio lejano en el que vivían entonces. Y cuenta, con una ternura enorme, cómo su madre los despertaba y les contaba que los camareros del restaurante le habían asegurado que la Pantera Rosa estaba en Madrid y que tenían que estar muy muy muy atentos por si la veían en el camino a la parada del bus. Cómo no maravillarse ante esta historia, cómo no recordar que mi padre me contaba, cuando niña, que él era amigo de Lindo Pulgoso, que le acompañaba todos los días desde su oficina a la puerta de casa, mientras yo, fascinada y con la boca abierta, iba comiendo poco a poco la odiada tortilla francesa. La ficción, las historias, los relatos nos permiten tragarnos cualquier tortilla francesa, incluso enfrentarnos con ella, perderla de vista, soñar, en suma. Y, volviendo a la película, esa reivindicación de lo ficticio como necesario para sobrevivir es también un grito a favor de todo lo que nos llena y no es subsistencia: las tardes en el cine, las canciones repetidas porque nos gustan, los besos, perder el tiempo mirando por la ventana. Todo eso es la vida, lo demás, ya lo hemos dicho, es subsistencia.

Al final, sin telón ni nada, sabemos que estos actores y actrices esperan a un Godot que, las paradojas de la narrativa, es quien sostiene la cámara, testigo mudo de todo lo que allí, improvisado o estudiado, ha sucedido. Y ofrecerlo es un acto de amor al teatro que tanto nos ha dado a personas como yo, pero también de la ficción y los cuentos, de las historias inventadas que tanto han hecho para que personas como yo seamos así como somos, para bien o para mal. Es biología y es piel: cómo vivir sin la verdad de las mentiras.

(Al final de la película sale una cita del grandioso Peter Brooks que resume, mejor de lo que nadie podría hacerlo, lo que es el teatro: “El teatro no va de nada. Va de la vida. Es vida”.

(Telón)

 

Los comensales (2016) de Sergio Villanueva la podéis ver en Filmin.

 

My hands are of your colour but I shame…

Foto de Randall Honor en Unsplash.

Un palimpsesto es un lienzo que podemos reaprovechar. Un palimpsesto es una reescritura, un recuerdo de algo que estuvo antes y que sirve para una elaboración posterior. Acaba de morirse Genette, nadie se ha acordado en la prensa española. Recuerdo cómo me cambió la perspectiva de lo que yo entendía por lectura, por la historia de mi propia lectura. Habla Genette en Palimpsestes de la intertextualidad y de esa idea de cómo la literatura se superpone, (palimpsesto) de cómo unos textos llaman a otros, de la relación, de ese hilo inevitable (tan poco invisible a veces) que los va atando sin querer. No hablaré hoy de lo que alguna vez se ha entendido por apropiación retorciendo el concepto de intertextualidad, pero, para no dar la paliza de teórica de la literatura,digamos, por esta vez y sin hacer muchas más concesiones, que esa línea de unión es una permanente serendipia lectora, una teoría de cuerdas, una conexión universal. Digamos, poniéndonos ya estupendas y algo locas, que no existiría la obra plena sino un intercambio de pareceres escritores, un vago diálogo ausente (hola, Umberto Eco, qué tal), una reformulación, una mezcla variada y mestiza. Vale, me he pasado, pero es para captar la idea de lo que viene a continuación.

Hay muchos tipos de lectoras y no vamos a derivar por los caminos de la teoría aquí. Me refiero a que hay quien lee una obra como una entidad sólida y autosuficiente, completamente autónoma; no se para a oír las voces que hay dentro. ¿De qué hablo? De esa especie de hilván o de zapeo que te lleva de un texto a otro, a apuntar y destacar las referencias que abren pequeños spin-off dentro de la misma novela, secuelas y anticipos del texto que tienes entre manos o en pantalla.  Quizá alguien piense que esta es una mala lectura, la que distrae, la que completa, la que te hace pararte e ir a la estantería o buscar en catálogos de biblioteca la referencia para ver si puedes llevárte el libro a casa cuanto antes y saciar esa curiosidad; o bucear en Google alguna cita literal, lo que inevitablemente te lleva a páginas de compra online que desechas, pero que te hacen llegar a tu objetivo.

Veamos, por ejemplo. Una señora- servidúar- lee Corre, rocker de Sabino Méndez (la edición antigua, de Espasa), una genialidad absoluta que me descubre a un narrador sincero y mordaz, extraordinariamente sensible y culto, que salpica un relato fragmentario- tanto de autobiografía, tanto de crónica, tanto de purga personal- de referencias exquisitas, de reflexiones amargas y sagaces, de juegos y guiños literarios que a mí me entusiasman. Dice el narrador en un momento:

Hace tiempo que dejaste de ser yo. Eres un contorno, el héroe de cualquier capítulo primero; y, sin embargo, cuánto tiempo creímos que no había ningún alto en el camino, desde el húmedo valle hasta el páramo alpino. Estas dos últimas frases no son mías, ni lo es su bella traducción. Son de Sirin. Pero Sirin no es Sirin. Encuentre nuestro lector ocioso la figura escondida, esa mancha, esa sombra. Cuán gratuitos, estúpidos y hermosos son los pasatiempos.

Pues claro: es Nabokov, en traducción de Javier Marías. Javier Marías, escritor exquisito y al que querría invitar alguna vez a una copa de Soberano para rebajar quizá la solemnidad del momento. Javier Marías, que tiene los más shakesperianos y hermosos títulos de la literatura española y que da rienda suelta a su mordacidad y británica circunspección -sigue siendo exquisito incluso cuando no estoy de acuerdo, muy a menudo- en sus artículos, que leo con mayor voracidad de la que me gustaría reconocer. Durante mucho tiempo, esa cita semanal de su columna era una invitación a un mundo bibliófilo y elevado, no exento de una cuidada misantropía que hoy creo que es machirulismo antiguo y de su época; en aquel momento me parecía supercool. A Marías lo he visto hace nada en la Feria del Libro de Madrid, augusto y ausente, qué tío, de verdad. Pero lo que envidio profundamente de él es su derroche en la traducción (gracias, traductores y traductoras: nunca agradeceré de forma suficiente cómo llegué gracias a vosotros a esos territorios imposibles en los que fui feliz) , de Tristram Shandy a los poemas de, claro, Nabokov. Y, sí, quizá como dice Méndez en ese párrafo, los pasatiempos son bellos y fascinantes precisamente porque no sirven para nada, por su gratuidad, por la tonta y enorme gratificación que nos provoca el resolverlos. Algo parecido a esa sensación que tengo ahora, leyendo de nuevo ese fragmento y pensando en ese hilo que yo lanzo entre Marías, Nabokov y Cervantes. Sí: aquel libro (lo he perdido en la última mudanza, creo) donde se recogen los materiales, las lecciones de un curso que dio Nabokov sobre El Quijote en la Universidad de Harvard, allá por los años cincuenta (como diría mi madre, ayer fue la víspera). Seguimos tejiendo: ese vínculo con destino final Cervantes me lleva a una de mis últimas lecturas, Grandes éxitos de Antonio Orejudo, un viaje de imposturas variadas hacia la propia literatura y las literaturas de los otros, algo tan cervantino como la propia estructura y ánimo de la novela ¿? de Orejudo. Y si seguimos con el sintagma “de los otros”, me acuerdo de aquel librito que pasó tan desapercibido en España y del que Zadie Smith fue editora y que se llamaba precisamente así: El libro de los otros. La autora se hacía editora y recogía distintas piezas, contribuciones de sus llamados compañeros y compañeras de viaje (había hasta algo de Posy  Simmonds, creo recordar). Y, ya cerrando, y por seguir con libros y cosas de los demás, tengo una traducción de e e cummings escrita en un folio, pinchada en un corcho que tengo en el pasillo de casa, rodeada de caritas felices de amigos en tantos sitios. Pues bien: esta traducción al gallego, hecha por María do Cebreiro, es del poema “somewhere I have never travelled”. Sí: es el poema que se menciona en la escena de la librería de Hannah y sus hermanas. Cuando se estrenó esta película (cuando descubrí a cummings ) pensaba que el amor tendría que escribirse con una caligrafía pequeña y apretada, con una mano dulce y muy firme, que no pudiese tampoco compararse al tamaño de la lluvia. Y esas manos pequeñas nos llevan, queridas, al título del post, que es también algo shakesperiano y tibio, muy de Pilatos y bastante de tirar la piedra y esconder la mano.

Es verdad, qué hermosa inutilidad son los pasatiempos. Casi como la escritura, como dotarse de máscaras para escribir y luego lanzarlas bajo la cama a descansar hasta el Carnaval siguiente. La verdad, como decían los Enemigos, a mí me sobra Carnaval.

Notas:

Me he atado de pies y manos para no derivar por la relación entre el Shandy del título de Sterne al concepto de shandy que maneja Vila Matas en Historia abreviada de la literatura portátil y que recoge de nuevo Sabino Méndez en su libro. También me he amordazado para no hablar de Paterson y el boom de la poesía de William Carlos Williams, eso también es divertido. Cosas que se quedan en el tintero, casi siempre las mejores.

 

 

Territorios

Map with colorful pins –>Photo by delfi de la Rua on Unsplash

 

No soy nada original si confieso mi pasión por la cartografía, por los mapas, por los dibujos de territorios que son más un estímulo de la imaginación que una realidad . En diciembre estuve en una exposición de la Biblioteca Nacional titulada Cartografías de lo desconocido, una recopilación de los modos de recrear aquello que se desconocía o se inventaba; de Jauja de las Indias Orientales, de los Mares del Sur y la orgía capilar de los monstruos marinos, cancerberos de algún que otro plus ultra. Recorro las salas plagadas también de citas sobre esa necesidad de orientar la imaginación, de delinear la desconocida entidad de un lugar en el mundo. Me dicen que los mapas son testigos escurridizos y es cierto. La idea que tenemos de exotismo, de lejanía y extrañeza viene de los mapas, son ellos los que determinan- guiados por nosotros- esas pautas de propio y ajeno en el territorio, consolándonos ante aquello que aún no conocemos, subrayando nuestra vinculación con otro lugar. Los mapas también anticipan la nostalgia, esa idea que recorro a menudo : ¿es la nostalgia un estado previo a cualquier suceso o una consecuencia del suceso en sí, de lo vivido? Ojalá tuviese una única respuesta, aunque creo que el sentimiento existe y, posteriormente, lo vamos acomodando a lo que nos sucede. Sobre ese spleen, sobre esa añoranza permanente, escribo algo más largo, y como solemos decir por aquí, esa será otra historia.

De niña creé algunos mapas ficticios. Recuerdo haber querido vivir en el paisaje de las cajas de lápices Alpino, con ese ciervo gigante y ese surreal lápiz en medio. Yo, niña sin aldea, vivía rodeada de inacabables relatos de fin de semana y vacaciones de muchos amigos que, sí, tenían aldea. La aldea, para los que vivíamos en ciudad, era un territorio tan mágico como idealizado, con sus ríos y falta de horarios, con sus juegos eternos, con su pan de verdad y sus animales que no eran mascotas. De esas idealizaciones tan perfectas venían después las decepciones terribles. Recuerdo pasar  por el pueblo castellano de una monja que me dio clase en las Jesuitinas. Su relato era el relato de la juventud, de los paseos con amigas, de- como decía ella- “la llamada” (lo siento, Javis, no fuisteis los primeros). Yo vi un perro solitario vagando entre adoquines, nada más. No tenia el pulso de su historia, el hilo creado por la vida y la ausencia, los luminosos días de mayo, el heno en verano, nada. Un perro y soledad. Me acordé también de aquella amiga uruguaya que me contó lo difícil que le había resultado contener la decepción  cuando vio por primera vez el pueblo de su padre. Criada en la perpetua añoranza de España, alimentada por un grupo de exiliados, el paraíso perdido era también un lugar a reivindicar,  a construir en la memoria de aquellos que no podían ni esbozar la añoranza. Luego, claro, la realidad era otra; especialmente cuando venías de la muy cosmopolita Montevideo, cuando los relatos familiares comienzan a ser patrimonio personal (ajeno en tanto, ay, en tanto) y más materia narrativa que historia.

La nostalgia ha de ser domesticada si no queremos modificar el encuadre del pasado, qué difícil y qué poco narrativo lo que acabo de decir. Otra cosa es asistir al derrumbe, a los cambios salvajes que aguardan en cada esquina y del modo más inesperado. Cuando, por ejemplo, tu barrio ya no es tu barrio, cuando tu casa va a dejar de ser tu casa : cuando tu entorno va a dibujarse de un modo en el que no solo no reconocerás el trazo, tampoco los límites ni los colores. No solamente el tiempo nos deja un poso de tristeza, las sacudidas vitales  que no controlamos vienen siempre con su equipaje de rabia y perplejidad. Hubo quien dijo que si en tu barrio comienzan a proliferar al mismo tiempo las barberías, las bicicletas y las tiendas de delicatessen, jódete, puedes darte por gentrificado. Y por expulsado también, especialmente si vives de alquiler. Ahora que comienzo a ver ese horizonte cerca de mi portal, yo sí empezaré a diseñar mi mapa imaginario. Uno en el que no entren cierto tipo  de estrategias, de intereses, en los que pueda alargar más y más esta memoria que construyo para mí y mis propios yos futuros. Con lápices Alpino o no, el caso será dejar las fronteras borrosas, las líneas difusas; “todo lo fugitivo permanece y dura” 😉

Recomendaciones: Sobre los cambios radicales e inesperados en el entorno, sobre la resiliencia, es hermosísimo el documental N-VI . Llegué a él por una recomendación en el último Carballo Interplay. Está dirigida por Pela del Álamo y la podéis ver en Filmin.

Muchas me preguntáis por lo que leo mientras ando por aquí. Ahora estoy releyendo a Thomas Bernhard y lo comparto con la última novela de Agustín Fernández Mallo, Trilogía de la guerra. No me matéis, pero no conseguí terminar Ordesa. De todas formas, yo creo que ya está bien de la mitología que rodea a libros y lectoras; a que la gente recomiende y deje de recomendar,  nos estamos poniendo pelín coñazo.Ya lo decía Celia Cruz: “no hay cama pa tanta gente”. Leed y ved mucha mierda también, es fundamental. Telebasura, revistas del corazón, haceos un John Waters. Por vuestro bien: si no hay límites, nada hay que nos estimule.

Música: El tema del momento de novedoso tiene poco. Lo llevo escuchando en bucle porque tengo una semana de celebraciones muy intensa. Y tiene que ser ella, of course, tan rubia, aristocrática, bellísima.

 

 

“Nosotros en la noche” y la madurez en provincias

Mecedora en porche. Imagen de Waylin en Pixabay. CC0. Pulsa sobre la imagen para original.

Para Fran

Yo no sé cuántas veces he soñado con ser la protagonista de una película, una novela, un tebeo. Coincidencias físicas apartes- las que me acercan a Katchoo de Strangers in Paradise y las que me alejan de Lara Croft, por ejemplo-anhelo historias bien contadas, pequeñas y provincianas, sin grandilocuencia y plenas de humanidad. La historia, por ejemplo, de una mujer viuda en una pequeña ciudad de un pequeño estado de un país muy grande. Una ciudad que podría ser el escenario de The last picture show o la de American Graffiti. Esas ciudades de una América sin glamour iguales a tantas ciudades sin glamour y a las que llegamos porque leemos- lo habéis adivinado- historias bien contadas, pequeñas y provincianas. Historias que te llevan a buscar en Google cómo sería ese escenario en el que tiene lugar para descubrir que, salvando distancias, podría ser el lugar en el que tú vives.

Hay una viuda, lo he dicho, que vive en su casita en esa ciudad igual a tantas. Y que sigue con sus rutinas de jubilada, ahora sola. Su jardín, su desayuno en el porche, la lectura y saludar en las necesarias salidas de la casa a las cajeras del supermercado, a los carteros, a los vecinos. A algún vecino. Y sentarse, muchas veces, a escuchar ese silencio que remonta a otro silencio al caer la tarde. Y que, un buen día, tiene la revolucionaria idea de llamar a la puerta de la casa de al lado con una propuesta que, cito de memoria, podría ser algo así: “Hola, Louis. Tú estás solo, yo también. Ven a hacerme compañía al caer la noche, durmamos juntos,nada más, superemos ese momento tan difícil del día”. Y, claro, Louis fue a casa de Addie.

Y son cosas que, ojalá, sucedan a todas horas en todos los lugares del mundo. Ojalá y ojalá que no. Porque el precio primero, ley de vida por la que pasamos la vista a diario, es la soledad de la supervivencia, el acostumbrarse a un silencio que antes era interrumpido por el otro. A no contar lo que sucede en el trabajo porque ya no hay trabajo, pero tampoco hay “otro”. A romper la geometría de una casa conocida y domar su nueva hostilidad de huérfana a base de buscar opciones. Louis era una opción para Addie. Y Addie lo fue para Louis. Pero no, no es un Tinder o un apaño algo grueso de la tercera edad. Es una historia de confianza y de complicidad; de puro compañerismo. Y de la reconfortante idea de que podemos ser abrumadoramente sinceros con las personas adecuadas  porque lo van a ser con nosotros: estamos en la recta final, digamos todo como es, expláyate, hay mucho que ganar y poco que perder. Había mucha, mucha vida oculta en las historias de ambos; no siempre lo cotidiano es apacible, no siempre la calma implica felicidad.  Y puede haber indiferencia, desamor e incluso deslealtad. De todo hablarán ambos. De sus vidas, de sus pequeñas y grandes vidas, que podrían ser las nuestras, la tuya o la mía en una “polvorienta ciudad de provincias”. Se habla de lo que quedó en el camino, de las pequeñas y grandes transgresiones, de la instalación de los silencios, de la nostalgia y de cómo juzgamos duramente nuestro pasado. A veces, sin merecerlo. Hablarán también de nietos faltos de cariño que necesitan ser acogidos, tomarán hamburguesas en bares de carretera, harán acampadas en el campo y habrá perros que se incorporarán a la familia, con gran pesar de otros adultos. Pero, sobre todo, es una inmensa historia sobre aquellos que nunca han contado su historia porque, en apariencia, es similar a las de otros.  Yo imagino a Addie y Louis contándose sus vidas de maestro y secretaria, esas vidas tan minúsculas y tan como tú y como yo; me los imagino asintiendo y escuchando alternativamente las palabras del otro, con la tranquilidad de todo el tiempo por delante, que en realidad es menos tiempo por delante. Y, creo, que ahí sí hay la esencia de una pareja. A pesar de la reticencia de los hijos, del cotilleo pueblerino, de las imposiciones. Porque, como siempre, la juventud es arrogante y avasalladora, entendiendo que la felicidad de los viejos es no hacer ruido. A ellos, que tanto enseñaron.

Yo decía al principio que me gustaría ser protagonista de esa historia. En realidad, lo que me gustaría sería contar con la posibilidad, guardada como un as en la manga, una historia que me permitiese en mi madurez o en mi vejez recuperar el sentido de la amistad erótica, de la buena conversación y compañía, de la descomplicación, de hacer un corte de mangas a las trampas del enamoramiento.  A esas historias que, como me dijo una vez alguien a quien quiero, te hacen plantearte que, de tener que decidir entre amistad y amor, harías tablas. O te quedas con la amistad. Bueno, va, con la amistad erótica.

He dicho a las trampas del enamoramiento, no al amor 🙂

 

Kent Haruf Nosotros en la noche  Random House, 2015  (Muchísimas gracias a Pedro Quílez que me recomendó el libro).

 

Me cuentan que Netflix hizo una versión para tele con Jane Fonda y Robert Redford . Me parece maravilloso reunirlos mil millones de años después de Descalzos en el parque 😀

 

De memorias y olvidos: “Esquece Monelos”

Según leo en la prensa, estáis a tiempo de verla hoy. Con la posibilidad de conversar con Ángeles Huerta, la directora.

Una mujer en la cama de un hospital. Escucha las palabras del médico con inquietud, va a someterse a una operación decisiva. Alza la mirada, reposada antes sobre sus manos entrelazadas, manos de trabajo, manos gordezuelas y de anillos reventones, manos tan familiares, siempre.  Mira al médico y le dice que necesita contarle algo. Y relata, por primera vez en su vida, cómo llegó a ese país, de dónde, cómo la separaron de sus hermanos, que, como todos los hermanos, tenían nombres propios. Y los dice. Le pide que, por favor, los recuerde, aunque no sepan quiénes son, aunque sean únicamente una nebulosa maginada. Dice sus nombres en alto, como una lista de clase en el invierno de la EGB. Los nombra, porque ese relato acoge el desorden y el abandono, las lagunas de la historia. Ese rostro de mujer, sereno  que dice en alto: “Nunca me he casado, no he tenido hijos ni a quién confiar todo esto”. Cómo duele en una espectadora sentir la punzada de ese olvido futuro por llegar.

La escena a la que me refiero es de una película francesa que esta señora acaba viendo, como ve tantas cosas, de refilón y en modo mulitarea, en este magma de teléfonos, mensajes,pantallas y páginas, músicas y ruidos que es la vida pija del siglo veintiuno. Y esa mirada de una actriz que desconozco- qué ganas de ir a otro plano y saber quién es en la vida real para comprobar que es solo ficción y que no está sola en un mundo de Rosalie Blum- en Avant l’hiver  me hace regresar a mis propias muertes diarias , a los calendarios tan veloces como los trenes de todos los días.

Pasan los días y voy al cine a ver Esquece Monelos. Había una vez una ciudad que tenía un río, que, como todos los ríos, va trayendo y llevando historias hasta que lo sepultan. El agua es la vida, el agua corre y es un relato, un relato en primera persona, somos nosotros asomándonos a un fondo que desconocemos. Había una ciudad que tenía un río al que olvidó, al que negó. Ese río Monelos es ahora una lápida de una calle, desplazado por refinerías, por las promesas de trabajo, por el futuro, por el progreso. El agua se lleva, como he dicho la memoria, esa que queremos fijar en los ojos de aquellos que la van  perdiendo y a los que intentamos sostener la mirada.  Veo los nudos de carreteras donde hombres y mujeres que no he conocido, en barrios que son aldeas, cuentan sobre molinos y anguilas, veo sus rostros pausados mirando en silencio a la cámara, veo su esfuerzo y dignidad, su nostalgia. Sonrío con la pandilla de hombres cantando en Os Belés, me estremecen algunos testimonios, otros me emocionan. El relato, lo hemos dicho, es el agua: son los secretos de las mujeres lavando en la orilla, son los juegos infantiles, es todo lo que ha pasado y articulamos en torno al recuerdo, son los trabajos y los días, una luz encendida en una ventana, una camisa tendida al sol en una leira, tendales y luces como señal de propiedad testimonial.  Y es también la pérdida, el desplazamiento, la deconstrucción de una identidad que se lleva el agua soterrada, el cambio inexorable, las grúas, el desarraigo. El olvido, otra vez. Y las fotografías que nos enseña Bienvenido de familiares que sonríen, que se han ido, de esa diáspora sin acougo. De qué se reirían aquellos niños de esa vieja foto.  Y  escucho como espectadora comentarios en alto en la oscuridad de la sala del cine: “Ay, mira aquelo, que bonito era, que ben o pasábamos”, “Mira a Menganita”. Porque Menganita está hablando a la cámara contando cómo vivió el derribo de su casa. Y lo cuenta con entreza, con la perspectiva domesticada de los años que, quizá, no nos hagan más sabios, sino más resistentes.  Un hogar calificado como “esperpéntico” por la voz en off  de la época.  La veo con otras mujeres y miro siempre sus manos que también reposan en el regazo, manos acalladas, manos que lavaron y dieron caricias, que trasladaron enseres, que han trabajado tanto. Manos grandiosas, tan visibles e importantes en este documental. Me quedo con un plano que me enamora y que es, para mí, la perfecta asunción de la memoria: años después, esta mujer entra en el Gadis de Monelos con la naturalidad de la rutina y pasa por delante de una inmensa fotografía en blanco y negro que adorna la pared frontal del supermercado. Una fotografía de ese lugar hace muchos años. ¿Hay una niña en la foto o la he construido yo en mi recuerdo? ¿Qué se ha quedado de esa mirada de frente? La paradoja de la fotografía, en términos de Barthes, para mí se traslada a una ficción posterior: ¿dónde está todo lo que no puedo ver de una foto? ¿Y de un río? ¿Y de la ciudad que habito sobre una ciudad desconocida?

Ojalá todos tengamos asideros que nos permitan recordar dónde, alguna vez, estuvo nuestro río. Ese que escondemos en cuadernos y álbumes de fotos y que quizá hemos perdido en alguna mudanza, en algún acarreo.

 

Estoy obsesionada con la memoria fotográfica, con la historia de Los Modlin, con Vivan Maier, de todo esto he escrito en el blog, por ejemplo, aquí

Podéis ver Esquece Monelos en Los Cantones hasta el día 2

Avant l’hiver la he visto en Filmin

A Barthes lo podéis leer en la biblioteca, prácticamente en cualquiera.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo escrito en el agua (“Paterson” de Jim Jarmusch)

poets-500

Adam Driver y Masatoshi Nagasi hablan y callan juntos frente a las cascadas que inspiraron a William Carlos Williams.

 

En Roma hay una tumba de un poeta en la que puede leerse: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”.  Keats falleció a los veintiséis años de la enfermedad romántica por definición, la tuberculosis. La vida se diluye, y el equipaje que la construye también; escrito sobre el agua, inasible, efímero. Y ante la belleza algo trágica de esa imagen tan imposible como poética, cabe pensar en el origen  y la utilidad de la poesía, o, mejor dicho del trabajo del poeta. La poesía puede ser una “palabra esencial en el tiempo”, una construcción soberbia dotada de poderosos armazones semióticos, un homenaje interrumpido a la memoria como fuente de dolor, un juego expresivo y arquitectónico, un palimpsesto de otros autores. Pero siempre  es verdad. Verdades diferentes, de Auden a Ginsberg, de Valente a Rosalía, de una tradición a otra, de lo uniforme a lo personal,

Porque sí, la búsqueda de la palabra esencial, de la concisión, de rellenar huecos y romper borradores, de reescribir e imaginar, es esa tarea. Y  eso es Paterson: observar la vida y escudriñarla, reescribirla en versos desacompasados, encontrar su esencialidad, despojarla de dramatismo, dotarla de tanta verdad como días cotidianos y de calendarios. Donde la normalidad y la rutina es Paterson conduciendo su autobús en la ciudad de Paterson.  Una ciudad luminosa pero algo fantasmal a veces, donde esos silenciosos recorridos,- las mismas calles, las mismas paradas, el mismo bar con casi la misma cerveza al final del día- se acompañan de un proyecto poético y de la construcción de versos como misiles, como graffiti sobreimpresionado en la pantalla. Todo es susceptible de ser tocado por la palabra poética : las cajas de cerillas, la observación de una cascada, las conversaciones a las que asistimos como testigos involuntarios y que nos hacen sonreír, la imparable extravagancia de la mujer amada, el sol que nos despierta todos los días, de lunes a domingo, sin cambios. Lo cambia la palabra y el modelaje hecho de ella.

No debe ser fácil ser poeta en la  ciudad en la que ejercieron de poetas,entre otros, voces tan diferentes como Ginsberg o William Carlos Williams, este último tan prosaico, tan noble y tan orfebre en sus versos americanos.  No lo debe ser, tampoco, sentirse algo Salieri al lado de una niña con la que hablas y que desprende versos como misiles, frescos e improvisados.  No debe serlo plantearse la reescritura tras algunas pérdidas fundamentales. Pero quizá la esencia esté ahí:  no hay poema inacabado mientras la vida siga, no hay escritura que no sea susceptible de ser modificada y expuesta a la recreación. Un verso, un poema, es un estado carencial e indefinido, es una pérdida y búsqueda permanente, inacabada, cuyo nombre “está escrito en el agua”. Paterson es, además de un festival semiológico, un homenaje a las piezas imperfectas del arte, a la literatura como una orgía perpetua y flaubertiana, a la creación como un estado abierto, de alerta y desasosiego, de felicidad y sufrimientos infinitos, de inutilidad y de devoción. Es poesía sobre poesía, un tratado sobre la voluntad y lo deseado, sobre el talento y el aplauso unánime, sobre la reivindicación de uno mismo pero de forma pausada, sin estridencias. De la tarea, del deber, de la misión y la lucha con la palabra.  Pero, sobre todo, es una obra maestra porque sí, del mismo modo que Paterson entiende la vida con su poesía, con esa diaria fantasmagoría que hace que asomen parejas de gemelos algo perversos- la duplicidad es una constante en la película- y  que te obliga a ser héroe sin quererlo, a asentir y sonreír.  Porque Paterson es también la expresión de la bondad tranquila y apacible, esa que también permite conversaciones lacónicas, silencios gloriosos con admiradores japoneses de un poeta fetiche compartido y contemplar las cascadas que le inspiraron.  Cuando el silencio es un regalo, quizá te obsequien con un cuaderno nuevo, con otra señal de que el camino que emprendes, te lleve a donde te lleve, es, sencillamente lo que deseas. Y  que es tuyo y que vale siempre la pena seguir. Todo esto no sería nada si no estuviese Adam Driver, del que nos encandilamos ya en Girls y seguimos reencandilando en Frances Ha y en A propósito de Llewyn Davis. Porque esa expresión tranquila en ese rostro asimétrico encajan perfectamente en los colores de esta ciudad provinciana que podría ser cualquier ciudad provinciana, en la singular y original normalidad: poesía cotidiana, qué espanto de definición, pero ahí está.

 

Nota bene: Recogiendo mi antigua agenda de 2016- la de Errata Naturae- viene una anécdota literaria que sucedió en la primera semana de agosto de 1966. Mi querido Perec se mudaba de apartamento en París. En medio de un caos terrorífico de cajas, libros, cachivaches y demás parafernalia, había dos maletas: en una, todos sus inéditos y trabajos publicables; en otra, todos los papeles viejos, sin valor, destinados a la basura. Como no podía ser de otra manera, se equivocó y conservó los papeles sin valor, perdiendo lo demás. ¿La reacción de Perec? Pensar en una entrevista que le habían hecho a Bruce Lee en la que recomendaba tener el no camino por camino. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que todo encaja: desde el poema con epitafio acuático pasando por  las cascadas patersonianas hasta llegar al “Be water, my friend” de este final. 😉

Con quien la vi: Con Verónica, que se quedó con las referencias de William Carlos Williams y que dijo que ya era su preferida de Jarmusch. Yo discrepo: Paterson me encanta, es el tratado definitivo sobre la vocación,  es una obra maestra, pero mi corazón está con Forest Whitaker en Ghost Dog o con el propio Jarmusch haciendo de sí mismo en Smoke. 

Música: Viene en lazo, la banda sonora es espectacular, pero yo me pondría algo de Rufus Wainwright. O, como algo excepcional, a Dylan, para reivindicar el valor de la palabra poética (subrayen palabra).

Otras cosas: No viene mal pensar que va a haber una edición de la obra completa de William Carlos Williams en 2017 en Lumen, creo recordar. Pero a mí me apetecería más encontrar cosas de Ron Padgett, que es el autor tras los versos de Paterson y que,  esto es maravilloso, publicó inéditos de Ginsberg y e.e. cummings en su juventud, en una revista literaria que fundó en la universidad.

Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

Vivian Maier y el extravío voluntario

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Tengo fascinación por los seres extraviados. Extraviarse es crear un propio ecosistema donde la realidad sea una posibilidad, nada más. Escribí sobre los Modlin y sigo siendo una devota de aquella familia singular que se deshabitó en unos contenedores de la calle del Pez en Madrid, dejando al azar- no sé si por voluntad propia, como una última y arriesgada performance- el encuentro y reconstrucción de un mundo privado de fotografías casi infinitas, de documentos que servían la posibilidad futura de un documental en bandeja.  Me gustan también los genios desobligados con su propia obra, los que se reencuentran con un éxito desconocido en otro lugar del mundo: la historia de Sixto Rodríguez (En busca de Sugar Man) es tan sorprendente como inverosímil, lo que explica  su sorpresa al ser encontrado trabajando como carpintero en un suburbio norteamericano y desconociendo que en Australia era un ídolo de masas, un artista de culto, rodeado de un misterio que él no había creado. Imagino a Rodríguez aterrado y sorprendido a la vez, casi como Brian en The life of Brian  cuando se asoma a la ventana y se encuentra con que le han proclamado Mesías y da su famoso discurso.  Hace días he visto el documental que sobre la fotógrafa Vivian Maier ha creado el jovencísimo John Maloof, el “descubridor” llamémosle así, de la obra de la fotógrafa  y creo que tiene bastante que ver, por motivos distintos, con la familia  que habitaba  la calle del Pez y con el carpintero-cantante, triunfador en las antípodas.

Una mujer excéntrica, que trabaja toda su vida como niñera, fotografía compulsivamente: retratos, escenas callejeras, composiciones arriesgadas con un glamour digno de Vogue, objetos cotidianos que se iluminan ante su mirada perspicaz. Esa disección acertada, ese colarse dentro de las escenas, ese poder acercarse tanto a desconocidos y parar el tiempo en un gesto, en un ademán ensimismado, en una carcajada sincera, en una intimidad efímera es, creo, la genialidad de los grandes fotógrafos. Retratar casi desde dentro, diluirse como protagonista y  ser más cronista que narrador, dando  paso a unos personajes que no brillarían de la misma manera de no haberlos entendido de forma esencial: la fotografía es eso y Vivian Maier lo sabía. Durante una vida llena de mudanzas, cambios de trabajo y lugares de residencia acumula cajas y más cajas, negativos y revelados, cachivaches de todo tipo, pero no deja jamás de fotografiar. Sus cajas fueron encontradas de forma casual por el director del documental y hoy responsable del legado de la artista, comenzando así la búsqueda y la investigación por  reconstruir e intentar entender la identidad de la misteriosa fotógrafa. El documental es un viaje por encajar piezas de un puzzle no siempre sencillo, no siempre complaciente-incluso algo aterrador- de la figura detrás de la cámara. Alguna mentira, datos velados sobre su origen, la persistente negación de su yo, casi la impostura.  No aludo a uno de los aspectos presentes en el documental, el de esa posible figura terrible, hosca y atormentada. Me paro en algo que dicen algunos de los entrevistados: “A ella le habría horrorizado esto” “No le gustaba nada ser conocida”. Estamos ante el quid ético del asunto, ampliable a los inéditos de escritores, las correspondencias privadas, lo que queda enterrado en cajones…¿es una oportunidad de reconstrucción, un acto de impagable hagiografia o una traición al espíritu primero del arte y la voluntad artística? ¿Pensaba la fotógrafa amateur que algún día llegaría su oportunidad o seguía adelante porque sí, porque el carácter último de la creación es la compulsión y nada más?  Imagino a la Maier sonriendo divertida donde esté, si es que sabía sonreír. Me agrada la idea de pensar en todo este galimatías como un perfecto divertimento, como una trampa interesada para ser descubierta en el momento en que ella no tuviese que rendir cuentas sociales de su arte y de su vida: tira del hilo si te interesa, cuando creas que has terminado habrá aún más. Y esa paradoja sublimada es lo que a los espectadores con un punto autocomplaciente nos tranquiliza y, a la vez, nos gusta: ha triunfado sin la necesidad de pactar o de mostrar lo que existía detrás de su arte. Se ha evitado recorrer la vida demostrando constantemente quien era. Con este descubrimiento póstumo ha generado un negocio, pero su voluntad real, subrayo, la desconocemos. Esto es, para mí, la cumbre del extravío, la última  excentricidad : no seré notoria ni pública hasta que el azar me encuentre; mi arte es una botella que tiro al mar con un mensaje. Acumulo y ofrezco, pero mucho después. Disfrútenme, pero no molesten. Y esto, queridos míos, es increíblemente moderno y sagaz, tan misántropo que hasta yo me relamo.  Yo creo en una Vivian Maier perfectamente consciente de su arte y de su técnica, que estaría horrorizada del cariz expositivo y casi porno que ha tomado la intimidad en los tiempos  de la actualización al minuto.  Por lo tanto, brindo por una extraviada genial, a la altura de tantas otras. Y,  pesar de lo que digan, cierto grado de hermetismo, de silencio, es necesario para la creación, para poner la lavadora o para pensar en el punto de cruz. El ruido ubicuo y el cacareo hacen de nosotros seres dispersos y con una autoestima cutre.  Planear todo esto sin tener que vivirlo es de diez. . Qué digo de diez: de extravío genial.

El documental de John Maloof  Finding Vivian Maier  puede verse en Filmin, al igual que Searching for Sugar Man y The life of Brian.

La web creada a partir del hallazgo de las cajas de Maier es una gozada y no deben perdérsela: Vivian Maier.

 

Bildungsroman al revés

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Old typewriter de Ptr Kratochvil. Imagen en dominio público, pulse para fuente.

Cuando Pip Pirrip vuelve a casa se dice a sí mismo que nunca preguntará a nadie por qué vive donde vive, por qué ama el lugar que le vio nacer y, sobre todo, por qué permanece allí. Y lo dice mientras contempla ese extraño paisaje alejado del paraíso, paisaje dotado de una calma extraña en su soledad acompañada de bandadas de pájaros que visitan la niebla, lugar de  luz desacompasada de atardeceres y tedio. Veo la adaptación de esta novela de Dickens que ha hecho Mike Newell- ¿cómo es posible que yo no sea británica de nacimiento con TODO lo que me gusta su televisión, sus libros y sus cantantes de Manchester?-y pienso en esa vuelta a casa, en su rehacer de recuerdos y recortes del pasado. Pip y  su sentido de culpa por aquello que se ha perdido y también en su vuelo a la feria de las vanidades; tapando con jabón de lavanda el olor previo a jabón Lagarto, a pulir las uñas y los zapatos de charnego, a iniciar la metamorfosis que es más un vuelo de Ícaro, breve y desordenada. Pero me gusta sobre todo Pip después de la moraleja: eres quien eres y el vínculo, el necesario, el que te acompaña, es a donde perteneces. Había una cursi canción de los ochenta que hablaba de hacer tuyo el lugar donde cuelgas el sombrero. Es cierto: no es tanto delimitar espacios con escuadra y cartabón, no es la firma de una hipoteca, no es la propiedad. Es la idea de todo aquello que te ha creado y es tu eterno equipaje.

En El bar de las grandes esperanzas, el pequeño J.R. habla, desde la perspectiva del adulto, de criarse en una clásica taberna americana, con su música y desbocado anecdotario. Historias que inyectan en la mente y la imaginación de un niño atento y admirado aquella pléyade de poetas, policías, boxeadores y gente común, la más difícil de retratar en literatura. J.R. inicia su viaje en la vida entre humos y alcoholes, con historias de exageración y de muy pagana verosimilitud. El bar Dickens- no podría llamarse de otro modo- es el lugar donde cuelga su sombrero este niño observador y solitario, tan necesitado de ficción con la que llenar ausencias, de alimentarse de las vidas de otros para ir diseñando a lápiz, en un papel arrugado, un futuro itinerario que, como es natural, nunca sale como se espera. Y esto, por fortuna, es así.

Y también Totó necesitaba llenarse de aventuras en India y de pistoleros del Oeste, de romances de perfume y carmín, de lo remoto y lo soñado. En Cinema Paradiso, la consigna es la emoción ante lo extrordinario, la evasión medida y consentida en el metraje de películas que llegan en bicicleta al sofocante calor siciliano,  el mundo en una cinta de pulgada. Pero Totó, como parte de ese borrador que es la infancia, recibe un consejo que dará carpetazo a todo lo demás: no vuelvas una vez que te vayas. Llévate todo este equipaje a cualquier otro lugar, guárdalo en un arcón; ventila de vez en cuando tu melancolía, pero no vuelvas. Pisar de nuevo estas calles en cuesta, el blanco cegador de las casas apiñadas, todo aquello volverá a darte la morriña recobrada, esa sensación de no haber estado donde tenías que estar, esa culpa de nuevo por perderte un ramal del camino, esa idea de que otra vida te esperaba y escogiste la más luminosa.  Pero volvió. Y se encontró con el tiempo detenido en parte, que es la peor forma en la que puede atizarnos la nostalgia. Y es la peor, porque lleva siempre unos cuantos átomos de culpabilidad.

¿Por qué cuento todo esto? Bueno, en primer lugar porque me da la gana. Pero también porque creo que es necesario que todos emprendamos un viaje de vuelta hacia aquello que es imprescindible. No hablo de familia- ¿hay que recordar la cita de Ana Karenina?-sino de un vínculo mucho más extraordinario, sutil y permanente. En la vida se abren puertas y ventanas, entra el aire, se llena de humo y a veces de lluvia, pero siempre queda lo fundamental. Pero esa esencia, por decirlo de algún modo, no tiene que ver con tedio.  Noto en la escritura, en la prensa, incluso en las pintadas de los muros, un tufo a saturación y a déjà-vu- me encanta decir déjà-vu- a impostación y a falta de originalidad. A repetitivo. A dar en el palo del gusto a una audiencia entregada de antemano. Puede que yo no tenga mucha autoridad moral porque no soy escritora, no sé la dificultad de crear todos los días y ofrecer originalidad. Pero sí sé bastante de lecturas, de innovación y de ensimismamiento. Y mucho me temo que estamos perdiendo el espíritu crítico ante los fuegos artificiales indies, ante la invasión de la “extimidad, ante el exhibicionismo y ante la entronizacion de lo efímero. La banalización – y la saturación editorial, todo hay que decirlo-hace que no demos abasto a absorber propuestas para, posteriormente, darnos cuenta de que muchas son puro humo, refrito, encargo hecho aprisa y corriendo o, mucho peor, sin entidad propia. Hablo en general, que es lo que se puede hacer desde los blogs de provincias, hablar en general.

Creo que hay que irse, poner distancia, saber si tenemos algo que decir o comentar y volver cuando sea propicio o nos apetezca. No hablo de nada más que de cómo nos relacionamos con lo que leemos. A la literatura, con los legítimos resbalones de calidad en la trayectoria de alguien-nadie es infalible- hay que volver cuando tienes algo que contar. Y, como Pip, no preguntar nada, asumirlo: me voy porque, a lo mejor, no quiero irme pero no puedo quedarme. Necesito distancia. Y nada más, que de esto no ha muerto nadie, al contrario: han nacido muchos escritores de verdad.

Lo mismo sucede con la extimidad antes mencionada y con la exigencia de la prisa. Yo estoy desconectando digitalmente, volviendo atrás, reconstruyendo muchas cosas de forma analógica. Y si tuviese que hacer mi propio bildungsroman, sería en estos momentos un bildungsroman al revés, algo como lo que hizo mi hijo pródigo favorito, Reginald Perrin: salir, crear, subir, ser otro y desde ahí o dar cortes de mangas o pasar de todo. Reginald recreaba desde lo punk, otros quizá podemos hacerlo desde la necesaria barrera de la nostalgia, pero alejados de ruidos y cantos de sirena, de cacareos y de excesiva ansiedad o insistencia.

 

¿Lo ven? Gran Bretaña de nuevo. No tengo remedio.

 

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