Anchoas y Tigretones

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Lo escrito en el agua (“Paterson” de Jim Jarmusch)

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Adam Driver y Masatoshi Nagasi hablan y callan juntos frente a las cascadas que inspiraron a William Carlos Williams.

 

En Roma hay una tumba de un poeta en la que puede leerse: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”.  Keats falleció a los veintiséis años de la enfermedad romántica por definición, la tuberculosis. La vida se diluye, y el equipaje que la construye también; escrito sobre el agua, inasible, efímero. Y ante la belleza algo trágica de esa imagen tan imposible como poética, cabe pensar en el origen  y la utilidad de la poesía, o, mejor dicho del trabajo del poeta. La poesía puede ser una “palabra esencial en el tiempo”, una construcción soberbia dotada de poderosos armazones semióticos, un homenaje interrumpido a la memoria como fuente de dolor, un juego expresivo y arquitectónico, un palimpsesto de otros autores. Pero siempre  es verdad. Verdades diferentes, de Auden a Ginsberg, de Valente a Rosalía, de una tradición a otra, de lo uniforme a lo personal,

Porque sí, la búsqueda de la palabra esencial, de la concisión, de rellenar huecos y romper borradores, de reescribir e imaginar, es esa tarea. Y  eso es Paterson: observar la vida y escudriñarla, reescribirla en versos desacompasados, encontrar su esencialidad, despojarla de dramatismo, dotarla de tanta verdad como días cotidianos y de calendarios. Donde la normalidad y la rutina es Paterson conduciendo su autobús en la ciudad de Paterson.  Una ciudad luminosa pero algo fantasmal a veces, donde esos silenciosos recorridos,- las mismas calles, las mismas paradas, el mismo bar con casi la misma cerveza al final del día- se acompañan de un proyecto poético y de la construcción de versos como misiles, como graffiti sobreimpresionado en la pantalla. Todo es susceptible de ser tocado por la palabra poética : las cajas de cerillas, la observación de una cascada, las conversaciones a las que asistimos como testigos involuntarios y que nos hacen sonreír, la imparable extravagancia de la mujer amada, el sol que nos despierta todos los días, de lunes a domingo, sin cambios. Lo cambia la palabra y el modelaje hecho de ella.

No debe ser fácil ser poeta en la  ciudad en la que ejercieron de poetas,entre otros, voces tan diferentes como Ginsberg o William Carlos Williams, este último tan prosaico, tan noble y tan orfebre en sus versos americanos.  No lo debe ser, tampoco, sentirse algo Salieri al lado de una niña con la que hablas y que desprende versos como misiles, frescos e improvisados.  No debe serlo plantearse la reescritura tras algunas pérdidas fundamentales. Pero quizá la esencia esté ahí:  no hay poema inacabado mientras la vida siga, no hay escritura que no sea susceptible de ser modificada y expuesta a la recreación. Un verso, un poema, es un estado carencial e indefinido, es una pérdida y búsqueda permanente, inacabada, cuyo nombre “está escrito en el agua”. Paterson es, además de un festival semiológico, un homenaje a las piezas imperfectas del arte, a la literatura como una orgía perpetua y flaubertiana, a la creación como un estado abierto, de alerta y desasosiego, de felicidad y sufrimientos infinitos, de inutilidad y de devoción. Es poesía sobre poesía, un tratado sobre la voluntad y lo deseado, sobre el talento y el aplauso unánime, sobre la reivindicación de uno mismo pero de forma pausada, sin estridencias. De la tarea, del deber, de la misión y la lucha con la palabra.  Pero, sobre todo, es una obra maestra porque sí, del mismo modo que Paterson entiende la vida con su poesía, con esa diaria fantasmagoría que hace que asomen parejas de gemelos algo perversos- la duplicidad es una constante en la película- y  que te obliga a ser héroe sin quererlo, a asentir y sonreír.  Porque Paterson es también la expresión de la bondad tranquila y apacible, esa que también permite conversaciones lacónicas, silencios gloriosos con admiradores japoneses de un poeta fetiche compartido y contemplar las cascadas que le inspiraron.  Cuando el silencio es un regalo, quizá te obsequien con un cuaderno nuevo, con otra señal de que el camino que emprendes, te lleve a donde te lleve, es, sencillamente lo que deseas. Y  que es tuyo y que vale siempre la pena seguir. Todo esto no sería nada si no estuviese Adam Driver, del que nos encandilamos ya en Girls y seguimos reencandilando en Frances Ha y en A propósito de Llewyn Davis. Porque esa expresión tranquila en ese rostro asimétrico encajan perfectamente en los colores de esta ciudad provinciana que podría ser cualquier ciudad provinciana, en la singular y original normalidad: poesía cotidiana, qué espanto de definición, pero ahí está.

 

Nota bene: Recogiendo mi antigua agenda de 2016- la de Errata Naturae- viene una anécdota literaria que sucedió en la primera semana de agosto de 1966. Mi querido Perec se mudaba de apartamento en París. En medio de un caos terrorífico de cajas, libros, cachivaches y demás parafernalia, había dos maletas: en una, todos sus inéditos y trabajos publicables; en otra, todos los papeles viejos, sin valor, destinados a la basura. Como no podía ser de otra manera, se equivocó y conservó los papeles sin valor, perdiendo lo demás. ¿La reacción de Perec? Pensar en una entrevista que le habían hecho a Bruce Lee en la que recomendaba tener el no camino por camino. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que todo encaja: desde el poema con epitafio acuático pasando por  las cascadas patersonianas hasta llegar al “Be water, my friend” de este final. 😉

Con quien la vi: Con Verónica, que se quedó con las referencias de William Carlos Williams y que dijo que ya era su preferida de Jarmusch. Yo discrepo: Paterson me encanta, es el tratado definitivo sobre la vocación,  es una obra maestra, pero mi corazón está con Forest Whitaker en Ghost Dog o con el propio Jarmusch haciendo de sí mismo en Smoke. 

Música: Viene en lazo, la banda sonora es espectacular, pero yo me pondría algo de Rufus Wainwright. O, como algo excepcional, a Dylan, para reivindicar el valor de la palabra poética (subrayen palabra).

Otras cosas: No viene mal pensar que va a haber una edición de la obra completa de William Carlos Williams en 2017 en Lumen, creo recordar. Pero a mí me apetecería más encontrar cosas de Ron Padgett, que es el autor tras los versos de Paterson y que,  esto es maravilloso, publicó inéditos de Ginsberg y e.e. cummings en su juventud, en una revista literaria que fundó en la universidad.

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Teorías suecas

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Old lock and key by Junior Libby (imagen en dominio público, pulse para origen).

Yo no sé si se pueden esbozar teorías sobre la soledad. Veo en Filmin el documental La teoría sueca del amor de Erik Gandini. Antes de echar el rollo sobre este docu, tengo que decir que Filmin me provoca el mismo efecto que provocaría a un niño que lo soltasen en un centro comercial con una Visa Oro las semanas anteriores a Reyes. Es difícil escoger, tanta es la oferta y las líneas que mantiene, que me hacen feliz, muy feliz. Volvamos al lío: es La teoría sueca del amor una suerte de fábula contemporánea sobre la prevención y desapego emocional de las sociedades muy avanzadas, quiera decir lo que quiera decir “avanzado”. Hablar de Suecia es hablar de alto nivel de vida, de esbeltas y esquivas mujeres rubias que están tremendamente sexis y elegantes con un vestido de Lefties y de hombres altivos y distantes que sonríen muy de cuando en cuando, derritiendo todo tipo de icebergs y de concentraciones de hielo a su paso. Los niños- que son un bien superior, y donde la maternidad y la paternidad son una nueva religión- parecen un cruce entre pequeños elfos deliciosos y rubicundos protagonistas de catálogo de Anne Heddes, los bosques son verdes y parecen retocados con el filtro Lark de Instagram, las ciudades son tan perfectas y pintorescas, con sus bicicletas y sus fiordos, que una empieza a pensar qué ha hecho mal para no haber nacido sueca. Suecia es la eficacia, el orden, la garantía del confort y los impuestos, la cultura asequible e institucionalizada, novela negra en permanente boom, Anita Ekberg y Greta Garbo.  Parece ser también el top de suicidios, de alcoholismo y, ay, de violencia doméstica. Silenciosos y discretos, una no puede evitar pensar en los malos regalos envueltos en papel pinocho. La truculencia de lo perfecto es algo para lo que los que idealizamos todo aquello que nos presentan como perfecto no estamos acostrumbrados. Nos hablan de ránkings de educación y nos venimos abajo para que otros se vengan arriba. Nos hablan de ayudas a la conciliación- que consisten básicamente en que las mujeres abandonen, progresivamente, sus puestos de trabajo; poco o nada se dice de los cuidados a mayores- y nos parece todo también perfecto. Los suecos, educados para ser independientes, para construirse una identidad y criterio desde la infancia, son solitarios, hoscos, desconocedores del mundo y viven en una burbuja. Toma ya. La falta de roce humano a todos los niveles, la escasa empatía, la gélida orquestación de la vida en común, los lleva a una existencia solitaria;  de hacer la compra para uno, de no necesitar teléfono fijo porque nadie va a llamarte. Sobrecogen las escenas en las que dos policías se personan en la casa de un hombre que ha fallecido solo y del que nadie supo su desaparición hasta pasado un buen lapso de tiempo: los recibos seguían domiciliados, la pensión ingresada, nadie lo echaba de menos, a nadie se le hacía de más. Y ese apartamento, que es un contenedor de vida detenida, está lleno de papeles doblado con notas, de llaves de lugares desconocidos, de marcas preferidas de pasta de dientes, de discos que alguna vez pudieron escucharse en compañía. ¿Es la soledad un resultado mal medido de la construcción de seres autónomos? A servidora nunca le ha dado por pensar en cómo serán sus últimos días. Me temo que soy, a partes iguales, descerebrada e inconsciente. Sé, sin frivolidad de ningún tipo, lo aterrador que resulta la caída en picado de la dignidad que proporciona la falta de salud, de la histeria que puede llegar a darte cuando pasas algunos días encerrada en casa (he sido opositora y, créanme, ahuyenté con mi cháchara en cascada a unos pobres Testigos de Jehová que tuvieron la mala idea de llamar a mi puerta en fechas previas al examen).  Soy comunicativa, habladora y escuchadora, pero suelo echar de más la excesiva compañía: el espacio es propio, quiza ya no somos tan proclives a compartirlo de forma continua, muchas veces porque no nos ha ido bien y otras porque no hay con quien; ahí la diferencia entre elegir y asumir. Leo también sobre estos proyectos de “envejecer en comuna”, participando varios amigos o allegados diferentes de una nueva modalidad de convivencia, encarando así la vejez de forma colaborativa y, ejem, solidaria. Yo a eso me apunto: llevo muchos años aguantando batallitas como para no tener público y contar las mías. Hasta ahí habríamos llegado.

 Da que pensar vivir en un edificio, por ejemplo, y desconocer a tus vecinos, no saber cómo se llaman  o dónde trabajan, detectas a veces sus preocupaciones cuando los ves en reuniones de la comunidad, bajas en el ascensor viendo crecer a sus niños, ellos acaban conociendo a tus novios,a tus amigos. Sabes los colores de la ropa que tienden afuera, incluso oyes su música. Pero no sabes nada más. “Tú no sabes nada, Jon Nieve…” ¿Qué sucederá de puertas para adentro? ¿Vivimos ahora de otra manera? Hay muchos matices que se escapan. Por un lado, quizá nos hemos pasado de misantropía y hemos potenciado el desinterés, desinflado el amor y el cariño aunque, paradójicamente y redes sociales mediante, somos mucho más cotillas, aunque de otro modo.   Por otro, no hay nada de malo en querer, subrayo querer, vivir solo, pasar las Navidades solo o las fechas que se suponen señaladas, solos. Asumo el problema de la falta de comunicación y todo el blablabla, pero me preocupa del mismo modo que se establezca una obligada y necesaria convivencia para las personas que no la desean. ¿Eres menos que los demás, das pena, es todo triste cuando pasas un fin de semana, un festivo, un día “particularmente especial” sola porque te da la gana? ¿Por qué esta sensación de que somos sociables eight days a week, todas las horas y segundos del día? ¿Por qué la soledad se ha convertido en un estigma y algo a paliar cuando puede ser, y subrayo “puede”, algo buscado, deseado o gozado?  Quizá la gran diferencia en todo esto está en si nos sentimos queridos o no, si nuestra independencia física no se ha visto mordida por alguna dolencia, por el empobrecimiento o la falta de ayuda, si podemos escoger los momentos y los paisajes de nuestra independencia.  El aislamiento puede ser carencia de piel, necesidad de desayuno compartido, pero también el ansia de tener el pack perfecto diseñado para ti por alguien : la vida en pareja es estupenda si te avienes a que lo sea y si te sale bien, una lotería. La familia, no: no la escoges, te cae encima y puede gustarte o no, puede tratarte bien o no, incluso puede llegar a sentarte  francamente mal. Pero ese es otro asunto: volviendo a las poblaciones flotantes, a mí me gusta la gente en mi casa, me gusta compartir mis espacios, pero también necesito el mío, es más, necesito recuperarlo. Y en el nuevo concepto de familia, ese más extenso que el que da la consanguinidad y que hay que empezar a manejar inmediatamente, hay una larga, larguísima lista de personas que configuran nuestros días y meses, nuestra convivencia a tiempo completo o parcial, nuestros cariños y miserias, nuestro salvavidas. Sí, he dicho salvavidas: no neguemos la necesidad de los otros, solamente la dosificación.

Yo necesito mis salvavidas. Los llevo aparejados en mi propia embarcación, en mi vida. Algunos han cambiado con los años, he ido incorporando mejores formas de salir a flote, dependiendo de cuándo y cómo se me rompiesen las amarras. A lo mejor no se trata tanto de convivir y compartir espacio como de vacunarse contra la asepsia, contra el desinterés, contra la calidad del tiempo compartido. Contra la falta de amor. Porque ese, y no otro, es el drama.

Vivian Maier y el extravío voluntario

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Tengo fascinación por los seres extraviados. Extraviarse es crear un propio ecosistema donde la realidad sea una posibilidad, nada más. Escribí sobre los Modlin y sigo siendo una devota de aquella familia singular que se deshabitó en unos contenedores de la calle del Pez en Madrid, dejando al azar- no sé si por voluntad propia, como una última y arriesgada performance- el encuentro y reconstrucción de un mundo privado de fotografías casi infinitas, de documentos que servían la posibilidad futura de un documental en bandeja.  Me gustan también los genios desobligados con su propia obra, los que se reencuentran con un éxito desconocido en otro lugar del mundo: la historia de Sixto Rodríguez (En busca de Sugar Man) es tan sorprendente como inverosímil, lo que explica  su sorpresa al ser encontrado trabajando como carpintero en un suburbio norteamericano y desconociendo que en Australia era un ídolo de masas, un artista de culto, rodeado de un misterio que él no había creado. Imagino a Rodríguez aterrado y sorprendido a la vez, casi como Brian en The life of Brian  cuando se asoma a la ventana y se encuentra con que le han proclamado Mesías y da su famoso discurso.  Hace días he visto el documental que sobre la fotógrafa Vivian Maier ha creado el jovencísimo John Maloof, el “descubridor” llamémosle así, de la obra de la fotógrafa  y creo que tiene bastante que ver, por motivos distintos, con la familia  que habitaba  la calle del Pez y con el carpintero-cantante, triunfador en las antípodas.

Una mujer excéntrica, que trabaja toda su vida como niñera, fotografía compulsivamente: retratos, escenas callejeras, composiciones arriesgadas con un glamour digno de Vogue, objetos cotidianos que se iluminan ante su mirada perspicaz. Esa disección acertada, ese colarse dentro de las escenas, ese poder acercarse tanto a desconocidos y parar el tiempo en un gesto, en un ademán ensimismado, en una carcajada sincera, en una intimidad efímera es, creo, la genialidad de los grandes fotógrafos. Retratar casi desde dentro, diluirse como protagonista y  ser más cronista que narrador, dando  paso a unos personajes que no brillarían de la misma manera de no haberlos entendido de forma esencial: la fotografía es eso y Vivian Maier lo sabía. Durante una vida llena de mudanzas, cambios de trabajo y lugares de residencia acumula cajas y más cajas, negativos y revelados, cachivaches de todo tipo, pero no deja jamás de fotografiar. Sus cajas fueron encontradas de forma casual por el director del documental y hoy responsable del legado de la artista, comenzando así la búsqueda y la investigación por  reconstruir e intentar entender la identidad de la misteriosa fotógrafa. El documental es un viaje por encajar piezas de un puzzle no siempre sencillo, no siempre complaciente-incluso algo aterrador- de la figura detrás de la cámara. Alguna mentira, datos velados sobre su origen, la persistente negación de su yo, casi la impostura.  No aludo a uno de los aspectos presentes en el documental, el de esa posible figura terrible, hosca y atormentada. Me paro en algo que dicen algunos de los entrevistados: “A ella le habría horrorizado esto” “No le gustaba nada ser conocida”. Estamos ante el quid ético del asunto, ampliable a los inéditos de escritores, las correspondencias privadas, lo que queda enterrado en cajones…¿es una oportunidad de reconstrucción, un acto de impagable hagiografia o una traición al espíritu primero del arte y la voluntad artística? ¿Pensaba la fotógrafa amateur que algún día llegaría su oportunidad o seguía adelante porque sí, porque el carácter último de la creación es la compulsión y nada más?  Imagino a la Maier sonriendo divertida donde esté, si es que sabía sonreír. Me agrada la idea de pensar en todo este galimatías como un perfecto divertimento, como una trampa interesada para ser descubierta en el momento en que ella no tuviese que rendir cuentas sociales de su arte y de su vida: tira del hilo si te interesa, cuando creas que has terminado habrá aún más. Y esa paradoja sublimada es lo que a los espectadores con un punto autocomplaciente nos tranquiliza y, a la vez, nos gusta: ha triunfado sin la necesidad de pactar o de mostrar lo que existía detrás de su arte. Se ha evitado recorrer la vida demostrando constantemente quien era. Con este descubrimiento póstumo ha generado un negocio, pero su voluntad real, subrayo, la desconocemos. Esto es, para mí, la cumbre del extravío, la última  excentricidad : no seré notoria ni pública hasta que el azar me encuentre; mi arte es una botella que tiro al mar con un mensaje. Acumulo y ofrezco, pero mucho después. Disfrútenme, pero no molesten. Y esto, queridos míos, es increíblemente moderno y sagaz, tan misántropo que hasta yo me relamo.  Yo creo en una Vivian Maier perfectamente consciente de su arte y de su técnica, que estaría horrorizada del cariz expositivo y casi porno que ha tomado la intimidad en los tiempos  de la actualización al minuto.  Por lo tanto, brindo por una extraviada genial, a la altura de tantas otras. Y,  pesar de lo que digan, cierto grado de hermetismo, de silencio, es necesario para la creación, para poner la lavadora o para pensar en el punto de cruz. El ruido ubicuo y el cacareo hacen de nosotros seres dispersos y con una autoestima cutre.  Planear todo esto sin tener que vivirlo es de diez. . Qué digo de diez: de extravío genial.

El documental de John Maloof  Finding Vivian Maier  puede verse en Filmin, al igual que Searching for Sugar Man y The life of Brian.

La web creada a partir del hallazgo de las cajas de Maier es una gozada y no deben perdérsela: Vivian Maier.

 

Bildungsroman al revés

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Old typewriter de Ptr Kratochvil. Imagen en dominio público, pulse para fuente.

Cuando Pip Pirrip vuelve a casa se dice a sí mismo que nunca preguntará a nadie por qué vive donde vive, por qué ama el lugar que le vio nacer y, sobre todo, por qué permanece allí. Y lo dice mientras contempla ese extraño paisaje alejado del paraíso, paisaje dotado de una calma extraña en su soledad acompañada de bandadas de pájaros que visitan la niebla, lugar de  luz desacompasada de atardeceres y tedio. Veo la adaptación de esta novela de Dickens que ha hecho Mike Newell- ¿cómo es posible que yo no sea británica de nacimiento con TODO lo que me gusta su televisión, sus libros y sus cantantes de Manchester?-y pienso en esa vuelta a casa, en su rehacer de recuerdos y recortes del pasado. Pip y  su sentido de culpa por aquello que se ha perdido y también en su vuelo a la feria de las vanidades; tapando con jabón de lavanda el olor previo a jabón Lagarto, a pulir las uñas y los zapatos de charnego, a iniciar la metamorfosis que es más un vuelo de Ícaro, breve y desordenada. Pero me gusta sobre todo Pip después de la moraleja: eres quien eres y el vínculo, el necesario, el que te acompaña, es a donde perteneces. Había una cursi canción de los ochenta que hablaba de hacer tuyo el lugar donde cuelgas el sombrero. Es cierto: no es tanto delimitar espacios con escuadra y cartabón, no es la firma de una hipoteca, no es la propiedad. Es la idea de todo aquello que te ha creado y es tu eterno equipaje.

En El bar de las grandes esperanzas, el pequeño J.R. habla, desde la perspectiva del adulto, de criarse en una clásica taberna americana, con su música y desbocado anecdotario. Historias que inyectan en la mente y la imaginación de un niño atento y admirado aquella pléyade de poetas, policías, boxeadores y gente común, la más difícil de retratar en literatura. J.R. inicia su viaje en la vida entre humos y alcoholes, con historias de exageración y de muy pagana verosimilitud. El bar Dickens- no podría llamarse de otro modo- es el lugar donde cuelga su sombrero este niño observador y solitario, tan necesitado de ficción con la que llenar ausencias, de alimentarse de las vidas de otros para ir diseñando a lápiz, en un papel arrugado, un futuro itinerario que, como es natural, nunca sale como se espera. Y esto, por fortuna, es así.

Y también Totó necesitaba llenarse de aventuras en India y de pistoleros del Oeste, de romances de perfume y carmín, de lo remoto y lo soñado. En Cinema Paradiso, la consigna es la emoción ante lo extrordinario, la evasión medida y consentida en el metraje de películas que llegan en bicicleta al sofocante calor siciliano,  el mundo en una cinta de pulgada. Pero Totó, como parte de ese borrador que es la infancia, recibe un consejo que dará carpetazo a todo lo demás: no vuelvas una vez que te vayas. Llévate todo este equipaje a cualquier otro lugar, guárdalo en un arcón; ventila de vez en cuando tu melancolía, pero no vuelvas. Pisar de nuevo estas calles en cuesta, el blanco cegador de las casas apiñadas, todo aquello volverá a darte la morriña recobrada, esa sensación de no haber estado donde tenías que estar, esa culpa de nuevo por perderte un ramal del camino, esa idea de que otra vida te esperaba y escogiste la más luminosa.  Pero volvió. Y se encontró con el tiempo detenido en parte, que es la peor forma en la que puede atizarnos la nostalgia. Y es la peor, porque lleva siempre unos cuantos átomos de culpabilidad.

¿Por qué cuento todo esto? Bueno, en primer lugar porque me da la gana. Pero también porque creo que es necesario que todos emprendamos un viaje de vuelta hacia aquello que es imprescindible. No hablo de familia- ¿hay que recordar la cita de Ana Karenina?-sino de un vínculo mucho más extraordinario, sutil y permanente. En la vida se abren puertas y ventanas, entra el aire, se llena de humo y a veces de lluvia, pero siempre queda lo fundamental. Pero esa esencia, por decirlo de algún modo, no tiene que ver con tedio.  Noto en la escritura, en la prensa, incluso en las pintadas de los muros, un tufo a saturación y a déjà-vu- me encanta decir déjà-vu- a impostación y a falta de originalidad. A repetitivo. A dar en el palo del gusto a una audiencia entregada de antemano. Puede que yo no tenga mucha autoridad moral porque no soy escritora, no sé la dificultad de crear todos los días y ofrecer originalidad. Pero sí sé bastante de lecturas, de innovación y de ensimismamiento. Y mucho me temo que estamos perdiendo el espíritu crítico ante los fuegos artificiales indies, ante la invasión de la “extimidad, ante el exhibicionismo y ante la entronizacion de lo efímero. La banalización – y la saturación editorial, todo hay que decirlo-hace que no demos abasto a absorber propuestas para, posteriormente, darnos cuenta de que muchas son puro humo, refrito, encargo hecho aprisa y corriendo o, mucho peor, sin entidad propia. Hablo en general, que es lo que se puede hacer desde los blogs de provincias, hablar en general.

Creo que hay que irse, poner distancia, saber si tenemos algo que decir o comentar y volver cuando sea propicio o nos apetezca. No hablo de nada más que de cómo nos relacionamos con lo que leemos. A la literatura, con los legítimos resbalones de calidad en la trayectoria de alguien-nadie es infalible- hay que volver cuando tienes algo que contar. Y, como Pip, no preguntar nada, asumirlo: me voy porque, a lo mejor, no quiero irme pero no puedo quedarme. Necesito distancia. Y nada más, que de esto no ha muerto nadie, al contrario: han nacido muchos escritores de verdad.

Lo mismo sucede con la extimidad antes mencionada y con la exigencia de la prisa. Yo estoy desconectando digitalmente, volviendo atrás, reconstruyendo muchas cosas de forma analógica. Y si tuviese que hacer mi propio bildungsroman, sería en estos momentos un bildungsroman al revés, algo como lo que hizo mi hijo pródigo favorito, Reginald Perrin: salir, crear, subir, ser otro y desde ahí o dar cortes de mangas o pasar de todo. Reginald recreaba desde lo punk, otros quizá podemos hacerlo desde la necesaria barrera de la nostalgia, pero alejados de ruidos y cantos de sirena, de cacareos y de excesiva ansiedad o insistencia.

 

¿Lo ven? Gran Bretaña de nuevo. No tengo remedio.

 

Policías y niñas muertas

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Imagen: “Puzzle” de Olga Berrios, licencia CC BY-2.0

La verdad es que escribir este post me provoca una pereza infinita. Es verdad, trabajar cansa, y mucho. Hablar de según qué cosas mucho más, especialmente en un mundo tan lleno de ruido, donde todo se lee en diagonal y donde los creadores de opinión se curten en las redes sociales, arrastrando séquitos y cofradías de no lectores. Pero no es el caso, no se apure nadie, solamente hablo de lo que me pasa por la cabeza, tan esteparia como el calendario que tengo delante. He cumplido años y eso se nota; la pereza se autoafirma, vive acodada en su propia ventana, me recuerda a algunos personajes de películas de barrios italianos de los años cuarenta, señores que fuman en silencio en camiseta imperio, señores que fuman por la ventana sin saber, como todos los fumadores, por qué fuman. Señores que viven acodados en una ventana sobre calles vacías, quizás con algún ruido de un petardo solitario ,tanto como el niño que lo enciende.  La pereza se endominga y entonces la jodimos. Porque asi ya no hay manera de hacer nada, como casi siempre.

Prescindiendo de todas estas patologías, leyendo y viendo series o películas, pasan los días, más esteparios en este año que en otros. Y hay películas con galardones, películas muy celebradas. Películas que, lo diré y no me cansaré de repetirlo para que no se me entienda mal, son excelentes en su factura, en sus interpretaciones, en su guión y en todo lo que ustedes quieran añadir aquí. Es cierto, ahora que ya han pasado los Goya – ¿se acuerda alguien ya de los Goya? ¿No? Pues a eso vengo yo, y además, gratis: soy un chollo- se puede decir una vez más: La isla mínima es una excelente película. Pero no es una película original. No porque me recuerde terriblemente a Insomnia, sino porque llevo unos años que llevo una lista particular de faltas de originalidad, tanto en series como en películas.  Comparto mi lista (y subrayo que todas, todas las que pongo, con sus más o sus menos, me han gustado):

Twin Peaks

True Detective

La isla mínima

The fall

The Killing

Desaparecida

Habrá muchas más, pero yo no las conozco. El esquema es muy sencillo: niña o joven desaparece, pareja de policías (uno más formal, otro más freak) investigan. Siempre que se investiga aparece algo y generalmente es que la chica  o se follaba a dos o tres a la vez o hacía lo que le salía del mondongo. Vale, ya sé lo que estarán pensando ¿y qué tiene que ver la originalidad con esto? Los temas son siempre recurrentes. Sí, es cierto, y no deja de ser la moraleja inherente al cuento de Caperucita (nena, no vayas al bosque sola). Una moraleja que apesta a moralina, sutil pero que existe, cuando manejamos conceptos como la libertad: voy por donde me da la gana y me tiro a quien me da la gana porque, y esto es lo importante, hacer cualquier cosa no es un motivo para que me maten. Pero a mí hay algo que me preocupa y me inquieta y es que no nos demos cuenta.Y se repite, siempre, sobre una mujer o varias mujeres. Niñas, madres, mujeres,  desaparecen, a veces las torturan y las matan. Y los dos polis hablan con el entorno y, vaya, era un poco guarra y se tiraba a varios. Y, vaya, quizás el espectador – o la espectadora- empiecen a pensar que era bastante guarra y que hay un punto de justicia poética. Que tanto va el cántaro a la fuente, en definitiva. Y hacemos natural una ficción que nos engancha pero que no nos sorprende, y volvemos al tema de la libertad, de hacer lo que a mí me dé la gana y no ser sujeto de un posible ataque. Ya sé que es ficción y que soy una aguafiestas. Ya lo sé. Pero pensémoslo un rato: ¿no es todo esto ya demasiado convencional? Y sí, me molan los tiros y caigo en brazos muchas veces de la ficción más maniquea. Y me gusta la violencia de cómic a lo Tarantino. Y juro que no soy sor Sonrisa ni me estoy atusando el hábito antes de hablar, pero me provoca un absoluto escalofrío ver y ver siempre lo mismo. Por muy bien hecho que esté, por muy brillante que sea el guión, por mucha HBO que haya detrás. Casi el mismo escalofrío que me da leer las mismas noticias sobre violencia de género todos los días. Y seguir a mis cosas, después de la consabida exclamación.

Pues eso: que este post me daba mucha pereza. Porque creo que no he sabido explicar, o no he explicado bien, lo que quiero decir. Y parece que lo que me importa más es demostrar que soy maja y que tengo sentido del humor y que no soy una estrecha de mente. Por eso paro de escribir aquí, porque no voy a autojustificarme. No quiero ser como la vida pasada de los personajes de las series. He dicho.

(Nota: todo esto lo he reflexionado en un curso que impartió María Castejón – de Las princesas también friegan– en el que hablamos sobre la imagen de la mujer en la publicidad y que tanto me ha ayudado como espectadora. Gracias a ella y a todas las compañeras del curso por sus estimulantes y agudos comentarios).

En un cuaderno Moleskine (30) : la calceta de Rohmer

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Chloè y Frederic, en una escena de L’amour l’après midi

Un recuerdo apresurado, escrito de golpe y sin borrones:

“Los recuerdos son, casi siempre, momentos apresurados. Son los protagonistas de una película francesa corriendo en la sala de un museo, en un travelling feroz, viendo, o no, pasar las obras maestras de la pintura en esbozos, fragmentos, flashes inacabados. Luces y sombras en una carrera famosa, tan grabada en nuestra memoria de cine que se hace estática, es un momento único, no son los famosos nueve minutos. Hay otros recuerdos que tienen la cadencia asombrada de lo minucioso.  Cómo es posible que te acuerdes del picor de un jersey que tu madre te obligaba a ponerte, del color de las entradas de aquel cine al que tanto ibas, de lo que tardaban las burbujas del Cola-Cao en disolverse, del olor de la lejía en las escaleras de madera. Recuerdas conversaciones triviales como una cronista devota, qué más daba aquello o no, pero te acuerdas. Y borras algo que era importante y lo sigue siendo. Una piensa, a veces, que ser capaz de reproducir momentos tan concretos y alejados en el tiempo es ser casi una coleccionista de citas y secuencias. La memoria es posible que sea eso: la facultad de obtener retazos y recrearlos. No es la fuente de dolor que decía un escritor, ni tampoco un pasaporte hacia la soledad, que decía otro. Es un equipaje fortuito, que te asalta con las ganas pertinaces de los catarros del invierno. “Acuérdate, era así, y lo has vivido”.

Era a mediados de los ochenta, ya tenías una buena trayectoria en rebeldías y discusiones. Intentabas sosegar esas ganas de cerrar la puerta de casa y ver, por fin, lo que había más allá del fin de aquella calle, de todas aquellas casas apiñadas como un decorado de función de fin de curso. Había un mundo más allá, otro, y lo sabías por la certeza firme que te daban la literatura y el cine vividos, los modernos programas de televisión y las revistas que comprabas y hablaban de otros lenguajes posibles. Te admiraba que no todo el mundo quisiese ver lo que había más allá, contabas con los dedos de las manos y los pies el tiempo que faltaba para tener un pasaporte formal hacia la vida en singular y no el ensayo de juguete de irse a la universidad. Al mismo tiempo empezabas a añorar antes de irte el espacio tan conocido y que era tuyo, tu lugar en la mesa del comedor y el sofá familiar, tan amoldados a tu cuerpo que cambiaba como distinta eras tú, día a día, en aquellos tiempos veloces.

Es posible que fuese un día previo a vacaciones o un lunes, quizás principio de primavera. Después de cenar y recoger, te quedaste con tu madre en el salón, la tele encendida. Antes, habías cumplido con el ritual de costumbre. Cogías una manzana de un frutero y disfrutabas, todos los días, de la minuciosidad del padre dejando todo el plato lleno de mondas de manzana, una tira completa, querías imitarlo y no podías. El mismo juego año tras año, divertirte con eso. Tu padre llevaba un batín de cuadros idéntico al de don Pantunflo Zapatilla y mira que le habíais regalado otros mejores: no había manera. Los cuadros granates y grises, siempre. El frutero blanco y de tres pisos, por el que iban pasando las estaciones, y, no sabes por qué, siempre un limón encima de todo. Un limón que nadie se tomaba, presente en todos los postres de comidas y cenas. Tu padre madrugaba muchísimo y, después de cabecear un poquito, daba besos y se iba a dormir. Tu madre calcetaba unos jerseys eternos, aquel día era blanco y sin mangas, con ochos y de perlé, ese  jersey de punto apretadito que te habría encantado conservar hoy. Hablabais de alguna cosa como los futuros posibles en las filologías, las notas medias y sus restricciones, la vocación y lo práctico. A ti siempre te ha gustado ver la tele sentada en el suelo y eso hacías, apoyada en la pared, mirando alternativamente a tu madre y a la tele, estirando a veces las piernas sobre aquella moqueta beige claro, un poco gastada, áspera y sufrida, que era la forma en que se escogían las moquetas: que fuesen sufridas.

-¿Hoy hay película?

-Creo que sí-respondiste, mientras te revolvías en el suelo sin encontrar postura,  siempre has sido torpona y de difícil acomodo.

-A ver cuál es y si no acaba muy tarde. (La obsesión de las madres por la duración de las películas es algo digno de ser estudiado en alguna universidad del medio oeste americano. Pero esa es otra historia).

Cogiste el periódico para ver la programación de la tele, ese gesto que era tan habitual y hoy ya desaparecido. En la última página de un periódico de provincias, el que había en casi todos los hogares de  la ciudad de viento atlántico y casas apiñadas en la que vivías, leíste:

El amor después del mediodía, dentro del ciclo dedicado a Eric Rohmer.

-No entiendo por qué ponen siempre películas que no ha visto nadie. Bueno, podemos empezar a verla a ver si nos gusta y si no, nos vamos a la cama. Que se nos hace muy tarde.

Y allí os quedasteis, hasta el final. Tu madre dando vueltas y vueltas a aquella calceta eterna, más ochos y más largos, mientras Chloé en la pantalla iba tejiendo la vida de una chica parisina en un apartamento parisino con un amante parisino. Y ella, en un gesto que a ti, hipnotizada y sentada en el suelo te pareció extraordinariamente revolucionario, colgó de la puerta de ese apartamento parisino un cartelito con su nombre: “Chloé”.  Aquella vez dio igual todo lo demás. Era su nombre escrito en la puerta, mi espacio, mi vida, mis horarios, lo que quiero. Nombre y cuarto propio.

-Esta película me pareció rara, pero me gustó. El chico es un poco tonto, la chica es mucho más lista -dijo la madre, guardando la labor en una bolsita estrecha de plástico con publicidad de una zapatería.

-Es verdad, mamá. La chica es mucho más lista-dijiste, levantándote del suelo y apresurándote a recoger aquellos cables extraños que llevaban las teles mamotretos en zonas en las que se veía mal la segunda cadena de televisión.

-¿Y dice el periódico que es un ciclo? Pues a ver que nos ponen la próxima semana.

-Es un ciclo, sí. A ver qué ponen y si nos gusta tanto.

A la semana siguiente, con la calceta más avanzada y después de tomar manzanas de postre, vieron juntas La marquesa de O.  Como en el cine del director francés, todo son momentos. Incluso si son tediosos a veces. Porque la vida, observarla, es un trabajo que cansa.”

Por si a alguien le apetece ver algo de Rohmer, en filmin hay bastante a  precio muy razonable, es más, yo diría barato.

Yo escucharía a Aznavour para leer este post: por ejemplo;

Y si alguien tiene ganas de más, en Anagrama hay una edición de los Seis cuentos morales de Rohmer. Hay ejemplares en las bibliotecas. Vayan a su biblioteca pública, es suya y de todos. Y por mucho que le intenten convencer, usted  y las bibliotecas ya han pagado los derechos suficientes en sus impuestos en la adquisición del libro.

Wallflower

funny

 

 

Hay una película, que antes fue novela, en la que a Charlie – el chico tímido y sensible refugiado en los mundos de ficción, con nula vida social  y la eterna responsabilidad de demostrar que está bien para no preocupar a nadie-le regalan una máquina de escribir. Se la regala la, otra vez ya visto, la chica aparentemente inalcanzable y que lo observa con ternura, admirándole en secreto, sabedora de sus realidades tan diferentes, de sus planetas distintos, de sus ecosistemas tan incompatibles. Sam le pide a Charlie que escriba alguna vez sobre ellos, sobre esa historia común que existe y no es a la vez, lo que ellos entendieron que podría suceder y que quedó bajo las líneas aún sin trazar.  Claro que hay más cosas que conforman lo ya conocido de los universos adolescentes abocados a un ocaso prematuro: hay una canción en un túnel, sexualidad indefinida, recuerdos que agreden y maltratan, un chico más guapo y musculoso, la universidad como un portal que hay que atravesar para entrar en otra dimensión.  El mundo de los chicos populares, de los alternativos, de los que cantan a Bowie a grito pelado en un coche prestado. Los que nadie ve, los que nadie mira, los que viven silenciosamente al lado de los chicos y chicas dorados, los que son invisibles, los que son wallflowers, aquellos en los que nunca repararía casi nadie. Insisto: no he leído la novela, he visto la película -oh, esto da para más tópicos- pero me gusta ese concepto alejado del solitario pirado o solitario cabrón o solitario que está en fase de nosesabequé. Adoro a Holden Caufield, no acabo de comprender el falso postureo-aunque sí me gusta su mala leche- de James Sveck; y Etgar, la criatura de Ben Brooks,  me resulta agotador.  Y me conmueve demasiado su ira, lo cual es contradictorio y muy propio de etapas de hormona y desencuentro. Dejémoslos inmersos en sus telas de araña y volvamos al concepto, que diría Manquiña.

Una flor en la pared: es fácil imaginar esos papeles pintados setenteros, tan de moda ahora otra vez. Vistos y archisabidos, con detalles minúsculos y aburridos, en los que no reparamos porque lo sabemos de memoria.  Las redes sociales están plagadas de wallflowers y de reinas de corazones. Hace unos días he leído algo que, seguro que ya es muy popular y voy a quedar horriblemente, escribió alguien sobre Facebook: “There´s a certain sadness behind all the blue skies, beaches, and brunches I see on my facebook”.  Quería saber de quién era esto y he tecleado esta frase en el buscador, así a machete limpio, con un par y me sale atribuida a @GSElevator. Y me encanta este perfil, que hace referencia a cotilleos oídos en el ascensor de la compañía Goldman Sachs y que, dicen, no permanecen nunca ahí. Esto me encanta. Además, es muy Mad Men. Y es una teoría de construcción del personaje completa e interesante: mola tu instagram pero no sé si me molas tú, me molan las fotos vintage que publicas pero no sé si me interesa nada más. Construyes una impostura y te la crees: Ripley, supera eso. No eres tú, es lo que publicas. Y tú, viva Perogrullo, no eres lo que publicas.

Yo no sé si en los intentos por seguir siendo los más cools, los más odiadores, los más sarcásticos, los que están más que de vuelta de todo, hay una carrera de fondo por no perder el sitio en la barra del bar virtual.  No soy cínica, participo y me gusta interactuar, si no, no estaría. Pero me alegro de ser bastante wallflower, de poder vivir las cosas un poco desde lejos, de no tener que alimentar mi leyenda ni hacer la pelota a los creadores de opinion de turno. Y sí : me exasperan los gatitos, los pierrots con frases de Tagore o Coelho, ver por quinientasmil vez la fachada de la Biblioteca de Kansas, los icebuckets (conste que a mí me molan algunos, ese Neil Gaiman,señorjesús), los dibujos con abrazo de oso y mil lindezas más del chonismo lírico (nota mental: CONCEPTO A DESARROLLAR, no se me lo apropien). Pero detrás de todo esto están personas, muy pesadas, vale, poco oportunas, ya lo sé, pero personas. Y es algo de lo que intento no olvidarme. Molones de las redes sociales, sarcásticos profesionales: los de las frases de Coelho tienen mucha, muchísima más calle que vosotros.  Y salen mucho más.

Creo que ser wallflower a veces está muy bien.

 

Peter Cameron  Algún día este dolor te será util  Libros del Asteroide, 2012. Traducción de Jordi Fibla

Ben Brooks  Lolito  Blackie Books, 2014. Traducción de Zulema Couso

Y, claro, El guardián entre el centeno. Mi vieja edición es de Alianza Editorial.

La película The perks of being a wallflower  tiene una banda sonora muy potable.

 

 

Niñas que son como Sally o como Claire

sally

Mustang Sally

 

Las niñas siempre eran vestidos de nido de abeja, chaquetas de punto a juego, quizás alguna marca redonda de mercromina (Curo-Cromo decíamos nosotras) en las rodillas. Las niñas de la tele eran siempre hacendosas y responsables, eran hijas de Michael Landon y tenían un libro en el que leían oraciones y aprendían a ser ciegas y a tener pecas. Las familias eran un domingo y un globo de premio. También había niñas que vivían en California en familias numerosas y muy setenteras, niñas que tenían que seguir por el libro el patrón establecido de la niña, algo contestonas, rebeldía medida y justa para dar juego, con pantalones de campana y camisas de cuadros, algunas anudadas a la cintura, avanzando el futuro de poster central del Playboy.  También había niñas ácratas con maletas llenas de dinero, solas y con una vida tan destartalada como su casa, con padres ausentes y de fuerza avasalladora. Niñas góticas y extrañas, niñas como Miércoles Addams, niñas malvadas cuya rebeldía era meter ratones en los pupitres de compañeras de clase.  Las niñas de la tele, de las series de la tele con las que crecí, eran un coñazo absoluto, unas comparsas en un mundo tan masculino, tan madrecitas y tan grises, tan formando parte del decorado, tan incrustadas en su “sota, caballo, rey”. Tan supervivientes y tan derivadas de los mundos predeterminados de Enyd Blyton, de que podías dar tu nombre a una serie de novelas sobre una niña danesa detectiva, pero a la hora de la verdad, la colección se terminaba porque ella abandonaba sus estudios para casarse. Con un ingeniero. Virgen Santísima.

Qué lejos estaban las niñas, las adolescentes de la tele de Moll Flanders, de Lolita, de Jacy Farrows.  Y qué cerca de ser mujeres del siglo XXI lo están algunas de las que salen en la tele de ahora. Quizás todo empezó con la juguetona Audrey Horn en Twin Peaks, la  eterna adolescente que es Lena Dunham en Girls, la descarriada hija de Marty Hart en True Detective.  Y luego, aparte de todo, están ellas dos, Sally y Claire. Sally Draper, consciente desde niña de llevar una incógnita por destino, indiferente e intensa, silenciosa e insinuante. Sally tiene un bisturí en la mirada con el que disecciona el elitismo desencantado de su madre, la falsa apariencia de chico Kennedy de su padre,  las mentiras y las puertas entreabiertas de los matrimonios. A Sally la invita su madre a fumar por primera vez, buscando en esa hija con la que compite en afectos y que pretende tener a raya, un alter ego, una imposible relación de amistad o de confianza. Sally sabe también jugar las cartas de la verdad con su padre, no necesita del espionaje para desenmascararlo. Sin escándalos. Con el arma de la verdad. Y juega a ser lo que no es, a la displicencia, a la altivez, a las compañías de otras chicas fumadoras. Sally que se acaricia viendo la tele, que acaba reconociéndose como responsable de sus hermanos, huérfanos en una familia perfecta.  Sally, que tiene todos los triunfos en la mano para caer en la misma madriguera que Alicia, pero que será capaz de darle un corte de mangas a la reina de corazones y de irse de copas con el gato de Cheshire. O de caer y no salir nunca de un lugar habitado por ella misma. Quién sabe.

Hermanos mayores que se las saben todas

Y Claire. Claire que podría haber crecido en la Factory de Warhol y lo hizo en una funeraria. Claire que conoce la muerte tan de cerca, la vida al borde de cualquier cosa, la búsqueda de respuestas en las braguetas de los chicos más populares del instituto. Claire malencarada y autodestructiva, quemando etapas y añadiendo muescas a su corazón. Sin olvidos, con rencores, aprendiendo de lo malo casi siempre. Claire con su bagaje de cabreo infinito, con su atormentado ego y su nula autoestima. Pelirroja y solitaria, popular sin quererlo, Claire lleva cristales en los bolsillos y recoge las migas de los amores. Una niña que comprende que las familias son incomprensibles, un hábitat tan artificial como un terrario en un chalet de fin de semana. Que habla con los padres tan ausentes, tan presentes en la memoria. Familias que, al final, son siempre lo que llevamos encima, para bien o para mal.  Veo en un flashforward lo que será la vida hacia la que ella conduce en el último capítulo. Y me reconforta saber que sus instantes tendrán una memoria del futuro. Y adoro la mujer en la que sé que se convertirá, por lo mucho que he sufrido por ella en varias temporadas.

Hay niñas de la tele con las que me gustaría encontrarme en algún lugar de futuros compartidos y poder invitarlas a una copa. Y fumar un cigarro, que es algo que todas las niñas raras ( con Margot Tennenbaum a la cabeza) aprendimos a hacer en soledad. Y, coño, por placer.

Dos que van en coche

 

sally and betty

Fumando con mamá en el coche

 

La literatura es un espacio protegido.  Es el que nos permite hablar desde lejos, desde un desván con juguetes en domingo, desde esa trinchera de la guerra del catorce, es ese otro lugar. Un soportal, quizás, para esperar que escampe; un agujero en la pared o un árbol desde el que espiar la casa de enfrente : esa casa con sus vidas, sus muertes, sus golpes y felicidades, con su locura y aburrimiento a domicilio. Esa vida.  Este refugio improvisado es especialmente útil en la impostura  de la primera persona, o en la autobiografía que coquetea con la autoficción . Parapetándose tras una cortina algo agujereada, la escritura surge con la ambigüedad suficiente que permita al lector entrever que alguien se ahoga, pero que tiene un flotador a mano. Que lo que leemos es algo más  que una purga innecesaria, un escupir al suelo por fin, una necesaria limpieza de fondos.  Que es literatura, al fin.

Un hombre y una niña suben a un coche. La niña lleva, quizás, una maleta pequeña, improvisada, casi infantil, una maleta de despuntar a la vida. Algún jersey, ropa interior de algodón, quizás un cuaderno o un libro. Una maleta de quien no viaja mucho, o que todavía no sabe que en una maleta caben tanto los lazos del pelo como las decepciones, los cuadernos y quizás las primeras lecciones de manipulación.  Podría ser Lolita. Pero es la niña sin nombre de Una semana de vacaciones. Una niña que no escoge y obedece, una niña sexualizada y obligada, una niña que, creo, cuenta a través de alguien una adolescencia sin decisión propia. El sexo descarnado, con sus nombres y sus recomendaciones, desasosiega porque es entendido de forma desigual por los protagonistas: para el adulto es dominio placentero, para la niña es el pánico a no agradar.  La invitación al silencio con el pacto del amor, ese discurso que aparece inscrito en tantas historias de incesto.  La autora se cuela en casi todas las líneas, incluso cuando la construcción del relato ha prescindido de la primera persona. Esto no es Nabokov, no es Humbert Humbert. Es la constatación de que los monstruos pueden vivir en casa e, incluso, sacarnos de paseo a nosotros.  Un viaje terrible, infeliz y desgraciado.

Viajes en coche por carreteras extrañas, con sus paradas y sus moteles, con la sordidez de las sábanas sin domesticar, con las risas compartidas de televisiones que no funcionan, o cuartos de baño muy kitsch, o recepcionistas extravagantes a los que quieres inventar un turbio pasado (esa frase pertenecería al campo de la autoficción, o que se creen ustedes, que yo no sé autoparodiarme, ja).  O con la ilusión salvaje de que volver es solamente una posibilidad, de que no tenemos por qué dar la vuelta, con la constatación de que las fugas (vuelvo a escribir sobre fugas, seguro que  me traigo algo entre manos) duran lo mismo que la pasión cuando esta es pasión, cuando es insomne y únicamente hedonista. Me gusta la sensualidad franca y delicada de James Salter en Juego y distracción. Me encanta el título de esta novela. La pasión es juego entregado y distraído, son cartas encima de la mesa, son la fantasía de la campesina francesa y el pijo neoyorkino.  Lo improbable llevado al “carpe diem”,a ese “mientras dure”, a  ese “pero qué coño”. Son amantes que se adivinan en una distancia respetuosa y a la vez íntima, pasional, de sexo joven y cotidiano, nuevo y firme, posponiendo la realidad, que es siempre tan aplazable. La realidad y las tragedias son siempre aplazables, quizás porque formen parte del mismo fragmento de futuro.

Leer viajes tan distintos en tan poco tiempo hace que recuerde, en forma de imágenes, otros que he visto recientemente y que me  han gustado. Me gusta Sally Draper fumando un cigarro con su madre en silencio, volviendo del internado. Su primer cigarro como invitada. Me gustan Hannah,Shoshanna y Adam yendo en coche a buscar a Jessa a ese extraño centro de desintoxicación. Me gusta el coche de Ted Mosby en el que siempre tienen lugar conversaciones descacharrantes. Y me sobrecoge Rust Cohle haciendo apología de la no existencia ante un atónito Martin Hart. Los viajes, cortos o largos en coche dan mucho juego.

Es una pena que me guste tan poco conducir y que me encante el avión.

Angot, Christine Una semana de vacaciones Anagrama, 2014

Salter, James Juego y distracción Salamandra, 2013

 

Her, him, Narciso, Pigmalión

her

Theodor, el escribidor

(No sé si es necesario decir que hablo de una película, así que a lo mejor cuento algo que adelanta acontecimeintos, o, como se dice ahora “contiene spoilers”). Vamos al lío:

Mirarse en el espejo una mañana puede ser un atrevimiento, una desfachatez, una pedantería insoportable, un acto supremo de soberbia y hedonismo. Mirarse despacio es, a veces, reconocer la imperfección que ha marcado tu adolescencia y con la que ahora convives de forma mucho más natural o no, saber que eres fea o guapa y creértelo o no, sonreír e intentar verte con los ojos cerrados.  Muecas absurdas, ensayos de poses interesantes, los momentos ante el espejo son el antecedente directo de los “selfies” instagrameros, de las irreconocibles fotos de perfil en muchas redes sociales. Me gusta lo que veo al verme, me gusta menos. Me veo en mañanas de resaca, en madrugones malsanos, en días de radiante optimismo. Cogería a veces un lápiz invisible, y con el cincel de Pigmalión imaginado, recortaría por aquí y por allá.  Añadiría esto y lo otro. Hay quien se ve tan hermoso  que se besa en el espejo olvidando que es una pura fantasía, reuniendo a Pigmalión y a Narciso en un mismo momento. Sin pensar en los diferentes finales que tenían ambos mitos.

El que está al otro lado del espejo es eso, es otro. Lo que buscas, lo que buscamos -o intentamos encontrar, que quizás sean conceptos distintos-son miradas que complementen la nuestra, que sostengan nuestro desconcierto, que sepan ver en nuestras lágrimas. Que vayan en la misma dirección. Una mirada que no tenga color de ojos definido. Quizás, incluso, que no tenga cuerpo, ni gestos imaginados, ni entidad física alguna.  Y si puedes- si pudieras, si pudiéramos-escoger por catálogo o a la carta un objeto  de veneración estaríamos subvirtiendo el principio básico del “amor fou”, ese con el que todos soñamos alguna vez: eres tú a quien quiero y a tomar por culo, me quedo hasta el final.  Aun sabiendo, como sabes, que el  cartel de “Fin” podrá aparecer en cualquier momento. Que la pasión que otorga la felicidad es obsolescente y quizás esto venga de nuestra condición humana y nada más. Ese pacto del que habló alguna vez C.S. Lewis, esa resignación, ese casi “fatum” de pagar el precio por ser demasiado feliz.

Lo de menos en Her es enamorarse de un sistema operativo elegido a la carta, que puede memorizar páginas infinitas en nanosegundos, que te organiza esos aspectos tediosos de la vida con una imaginada sonrisa  abierta.  Samantha escoge hasta su nombre, está siempre disponible para ti,  ordena tus mails, tu agenda y tu futuro, prioriza y desestima.  La compañera. A tu lado, solícita y adecuada en su forma de sirena invisible. Y, claro, lo imposible es lo que sucede, y Theodor – ese hombre casi gris, de pantalones anticuados y vanguardista tecnología doméstica, con el oficio más hermoso, cálido y aséptico a la vez del mundo-se enamora, estableciendo una rendida dependencia, rellenando el vacío emocional de la pérdida previa.  Y, como casi siempre en las relaciones humanas, aparecen las risas, los amigos comunes, los lugares y guiños compartidos. Y, de nuevo, como casi siempre, los celos, la incertidumbre, el avistamiento -¡otra vez!- de los necesarios y pertinentes duelos.

Entre la veracidad y la verosimilitud se analizan muchas obras de ficción, juzgando y evaluando ambos parámetros. Biopics que apelan a la primera condición. Hay literatura y cine que juegan con el segundo concepto,llevándolo a límites a veces peligrosos, dependiendo del lector o el espectador que decide si envidar, ser mus o, directamente, pasar. Esta espectadora se ha sentido cautivada por un escribidor de cartas que asume las aristas de muchas relaciones perfeccionándolas, sin saber nunca por qué fracasó la suya. También sintió que algunos fotogramas chirriaban a pesar de la belleza clínica de los entornos- ese contraste entre la Santa Mónica petada de gente, como un domingo parisino en el río, y la altivez metálica de construcciones vacías.  Futuro y Los Ángeles…hum, qué peligro hacer analogías, ¿verdad?. Pues  un L.A. mucho más Lost in translation que de Hollywood Boulevard y, desde luego, sin lluvias ácidas. Y, sobre todo y por encima de todo y esto es para esta espectadora lo de más, Her es la necesidad humana de comprender por qué terminan las relaciones, por qué las pérdidas son tan devastadoras que pueden llegar a paralizarnos.  Un sistema operativo enamorado que aprende el juego de la seducción y los rigores que conllevan algunos  enamoramientos: la posesión, las recriminaci0nes, la exigencia, el hastío y el desvincularse . Humano, demasiado humano. Y la gran paradoja:  a partir de la relación con un OS, Theodor   afronta esa  dimensión de su  pasado. Ese pasado que le agrede en amarillentos flashbacks, de esa mujer que había crecido con él y con la que fue uno, de la  que no era capaz de desvincularse del todo, de la que reconoció haberse desmembrado iniciando un camino de evolución totalmente aparte. La pareja, esa marcianada que todos apreciamos si nos sale bien. Que se convierte en un bien de consumo cuando los yogures vienen en paquetitos de pares y no de nones. ¿Imprescindible, necesaria, suspirable? A gusto de cada uno: existe el descreímiento y también la eterna esperanza. Los hay que hablamos casi siempre en primera persona, precisamente por entender de complementarios y no de imprescindibles. Casi igual que Samantha en su recorrido emocional hasta la deserción.

Y, oh, no creamos que esta es una fábula neoludita, por lo menos no para mí. En el año 2014 estamos todos un poco de vuelta de tanto apocalíptico, ¿no es así? Bien. Pues, al final, la tecnología y lo metálico, la humanidad y las lágrimas, los recuerdos y los planes de futuro están amalgamados en la vida real, en la digital, en el devenir y en la espuma de los días. Y la complicidad doméstica  lo es en el cuarto de baño o a través de un monitor que nos conecte a la red. No creo que estemos hablando del placer de los extraños, ni del vacío en el estómago que provoca tocar un unicornio o fascinarnos ante la belleza del monstruo.

Yo hablaba al principio de mirarse en el espejo y descubrirse. De constatar un ideal  imaginado. Desde la novia de Frankenstein a las mujeres perfectas, de las redes sociales de búsqueda de pareja a partir de un perfil, el combate es entre Narciso y Pigmalión. Queremos crear lo que nos gusta, queremos constatar que somos perfectos. No nos engañemos. Somos, en casi todo, mucho más individualistas- y más cobardes- de lo que queremos creer. Y no se dejen engañar por ese momento en el que Theodor se sienta en las escaleras del metro y observa a su alrededor a todos sus coetáneos ignorándose entre ellos y relacionándose en la virtualidad. Quedémonos con su suspiro de nostalgia final mirando, en compañía de su amiga de tantos años, las ventanas de unos rascacielos infinitos, donde a esas horas y simultáneamente, muchos hombres y mujeres reciben buenas y malas noticias, se observan y se ignoran en silencio, se aman y discuten, gozan de largos silencios y de animadas conversaciones. Y, todo ello, no necesariamente en pareja. No necesariamente en persona.

Cosas aparte:

Banda sonora: Arcade Fire (a-pi-ro-lan-te). Pondría un enlace a un Youtube donde está enterita, pero como ya no sabe una si está haciendo pecados con esas cosas, pues van ustedes al tubito, teclean y buscan.

Con quién fui a verla: Con Verónica Lorenzo (@PantuflasdeCor), que estaba tan desconcertada como yo, y que no sabemos si nos gustó o no la película, a pesar de nuestra devoción por Spike Jonze y por Joaquim Phoenix.

Si quieren leer críticas de la película, lean la de Marta Peirano, Todo ángel es terrible,  brillante y extraordinaria.

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