Anchoas y Tigretones

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Vivir en domingo

Photo by Tobias Tullius on Unsplash

Mi padre me contó en alguna ocasión que, de niño, le dolía la cabeza los domingos por la tarde. La tarde del domingo es esa cuenta atrás ralentizada por pequeños episodios de felicidad que no pueden distraernos, casi nunca, de lo inevitable, de ese lunes que odias pero también ansías. Lo que quieres, lo que queremos, es acabar con esa enfermedad del domingo que es como un catarro no muy grave pero pertinaz, que sabes que pasará y  nada será tan terrible, pero tienes que transitar por esa angustia del fin de una breve tregua. Esa pequeña suspensión de la rutina que es el fin de semana se llena siempre de promesas y anhelos, esbozados en un cuaderno invisible y mental el viernes al mediodía. Yo acumulo tal cantidad de esbozos que sería imposible cumplirlos, aunque me transformase en un cruce entre superheroína y diosa hindú multibrazo y multitarea, con habilidad también para la dislocación temporal. A mí hay algo del domingo que se me hace provinciano y como con alivio de luto, casi como un personaje del primer Delibes;  el final del domingo es un anticipo de esos juicios con una misma que nos dan de vez en cuando y que, al menos yo, aparto de un zarpazo (“qué estoy haciendo de mi vida, por qué este trabajo y no otro, por qué no me voy al Nepal a pasar de todo-> esto me dura diez segundos, Nepal, ni de coña).  Pero volvamos a la angustia pequeñita que, males contemporáneos aparte, intentamos mitigar a golpe de maratón de series y sofá, esa terapia aún no clasificada en ningún manual de psicología y que, seguramente, no sirva para mucho más que para aplazar ese examen de conciencia, ese calvinismo machacón aprendido en los años de catecismo o de educación reglada. No te levantas del sofá ni para tender la ropa, algo muy de domingo, pero, inevitablemente, los capítulos se acaban, las series también, y el calendario no miente: del domingo vamos al lunes.Y vuelta a empezar. Leer más…

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Máscaras y mundo en pelotas

Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta hablan de máscaras, vida, venenos y la necesidad que tenemos de historias. (Tomé la imagen de Imbd: si es pecado, la quito, pero no gano un duro con este blog).

Recuerdo escuchar una vez a Fernando Arrabal (que años después  le dijo a mi amigo Carlos “usted tiene un increíble aire lapón”), que el teatro es extravagante porque ha de vagar siempre fuera. Y es verdad: ¿qué es el teatro sino ese espacio de anarquía y alegre libertad donde todo es posible?  Mucho más que cualquier otra forma de ficción, el teatro suspende convenciones, no hay reglas, manda el bufón, ese que puede escupirte en la cara por burgués. También, como decía Lope, hay que hablar en necio al vulgo para darle gusto, dado que es el que paga. Qué cinismo y qué alegría maravillosa. El teatro es desfachatez, sorpresa y vida: escaso y arriesgado, efímero y único. El teatro es el mundo en pelotas y ese lugar en el que alguien un poco más sensato le indica al emperador su desnudez, donde la máscara es ese salvoconducto para poner patas arriba todo. Vivimos tiempos de literalidad inmensa, de ausencia de metáforas: por eso es el teatro más necesario que nunca, para  reivindicar al comedia y el drama dentro de un espacio, para poder aplicarlo o no, todo es posible.

Esa parrafada que he escrito casi de un tirón me ha salido  tras ver Los comensales, ese falso documental, esa falsa película de Sergio Villanueva. Silvia Abascal, Juan Diego Botto, Sergio Peris-Mencheta, Denise Despeyroux y Quique Fernández, se reúnen para hablar de un proyecto teatral durante una comida campestre. Y ya se sabe lo que pasa cuando juntas actores y actrices, que hablan de sí mismos, de sus proyectos, de la crisis de la profesión, de paternidad y paso del tiempo, y, sobre todo, de la necesidad que todos tenemos de relatos, de ficciones y de mundos que nos permitan escucharnos, a nosotras y a nuestra respiración. Todo va derivando en un clamoroso derrumbe de cuartas paredes. Y hay risas y ante todo mucha, muchísima emoción. Cuenta Juan Diego Botto que, recién llegados a Madrid, su madre simultaneaba varios trabajos, entre ellos el de cocinera en un restaurante en turno de noche. Él y sus otros dos hermanos la esperaban en una salita anexa al comedor, medio dormidos, agotados, deseando que ella terminase para tomar un autobús e irse a un barrio lejano en el que vivían entonces. Y cuenta, con una ternura enorme, cómo su madre los despertaba y les contaba que los camareros del restaurante le habían asegurado que la Pantera Rosa estaba en Madrid y que tenían que estar muy muy muy atentos por si la veían en el camino a la parada del bus. Cómo no maravillarse ante esta historia, cómo no recordar que mi padre me contaba, cuando niña, que él era amigo de Lindo Pulgoso, que le acompañaba todos los días desde su oficina a la puerta de casa, mientras yo, fascinada y con la boca abierta, iba comiendo poco a poco la odiada tortilla francesa. La ficción, las historias, los relatos nos permiten tragarnos cualquier tortilla francesa, incluso enfrentarnos con ella, perderla de vista, soñar, en suma. Y, volviendo a la película, esa reivindicación de lo ficticio como necesario para sobrevivir es también un grito a favor de todo lo que nos llena y no es subsistencia: las tardes en el cine, las canciones repetidas porque nos gustan, los besos, perder el tiempo mirando por la ventana. Todo eso es la vida, lo demás, ya lo hemos dicho, es subsistencia.

Al final, sin telón ni nada, sabemos que estos actores y actrices esperan a un Godot que, las paradojas de la narrativa, es quien sostiene la cámara, testigo mudo de todo lo que allí, improvisado o estudiado, ha sucedido. Y ofrecerlo es un acto de amor al teatro que tanto nos ha dado a personas como yo, pero también de la ficción y los cuentos, de las historias inventadas que tanto han hecho para que personas como yo seamos así como somos, para bien o para mal. Es biología y es piel: cómo vivir sin la verdad de las mentiras.

(Al final de la película sale una cita del grandioso Peter Brooks que resume, mejor de lo que nadie podría hacerlo, lo que es el teatro: “El teatro no va de nada. Va de la vida. Es vida”.

(Telón)

 

Los comensales (2016) de Sergio Villanueva la podéis ver en Filmin.

 

My hands are of your colour but I shame…

Foto de Randall Honor en Unsplash.

Un palimpsesto es un lienzo que podemos reaprovechar. Un palimpsesto es una reescritura, un recuerdo de algo que estuvo antes y que sirve para una elaboración posterior. Acaba de morirse Genette, nadie se ha acordado en la prensa española. Recuerdo cómo me cambió la perspectiva de lo que yo entendía por lectura, por la historia de mi propia lectura. Habla Genette en Palimpsestes de la intertextualidad y de esa idea de cómo la literatura se superpone, (palimpsesto) de cómo unos textos llaman a otros, de la relación, de ese hilo inevitable (tan poco invisible a veces) que los va atando sin querer. No hablaré hoy de lo que alguna vez se ha entendido por apropiación retorciendo el concepto de intertextualidad, pero, para no dar la paliza de teórica de la literatura,digamos, por esta vez y sin hacer muchas más concesiones, que esa línea de unión es una permanente serendipia lectora, una teoría de cuerdas, una conexión universal. Digamos, poniéndonos ya estupendas y algo locas, que no existiría la obra plena sino un intercambio de pareceres escritores, un vago diálogo ausente (hola, Umberto Eco, qué tal), una reformulación, una mezcla variada y mestiza. Vale, me he pasado, pero es para captar la idea de lo que viene a continuación.

Hay muchos tipos de lectoras y no vamos a derivar por los caminos de la teoría aquí. Me refiero a que hay quien lee una obra como una entidad sólida y autosuficiente, completamente autónoma; no se para a oír las voces que hay dentro. ¿De qué hablo? De esa especie de hilván o de zapeo que te lleva de un texto a otro, a apuntar y destacar las referencias que abren pequeños spin-off dentro de la misma novela, secuelas y anticipos del texto que tienes entre manos o en pantalla.  Quizá alguien piense que esta es una mala lectura, la que distrae, la que completa, la que te hace pararte e ir a la estantería o buscar en catálogos de biblioteca la referencia para ver si puedes llevárte el libro a casa cuanto antes y saciar esa curiosidad; o bucear en Google alguna cita literal, lo que inevitablemente te lleva a páginas de compra online que desechas, pero que te hacen llegar a tu objetivo.

Veamos, por ejemplo. Una señora- servidúar- lee Corre, rocker de Sabino Méndez (la edición antigua, de Espasa), una genialidad absoluta que me descubre a un narrador sincero y mordaz, extraordinariamente sensible y culto, que salpica un relato fragmentario- tanto de autobiografía, tanto de crónica, tanto de purga personal- de referencias exquisitas, de reflexiones amargas y sagaces, de juegos y guiños literarios que a mí me entusiasman. Dice el narrador en un momento:

Hace tiempo que dejaste de ser yo. Eres un contorno, el héroe de cualquier capítulo primero; y, sin embargo, cuánto tiempo creímos que no había ningún alto en el camino, desde el húmedo valle hasta el páramo alpino. Estas dos últimas frases no son mías, ni lo es su bella traducción. Son de Sirin. Pero Sirin no es Sirin. Encuentre nuestro lector ocioso la figura escondida, esa mancha, esa sombra. Cuán gratuitos, estúpidos y hermosos son los pasatiempos.

Pues claro: es Nabokov, en traducción de Javier Marías. Javier Marías, escritor exquisito y al que querría invitar alguna vez a una copa de Soberano para rebajar quizá la solemnidad del momento. Javier Marías, que tiene los más shakesperianos y hermosos títulos de la literatura española y que da rienda suelta a su mordacidad y británica circunspección -sigue siendo exquisito incluso cuando no estoy de acuerdo, muy a menudo- en sus artículos, que leo con mayor voracidad de la que me gustaría reconocer. Durante mucho tiempo, esa cita semanal de su columna era una invitación a un mundo bibliófilo y elevado, no exento de una cuidada misantropía que hoy creo que es machirulismo antiguo y de su época; en aquel momento me parecía supercool. A Marías lo he visto hace nada en la Feria del Libro de Madrid, augusto y ausente, qué tío, de verdad. Pero lo que envidio profundamente de él es su derroche en la traducción (gracias, traductores y traductoras: nunca agradeceré de forma suficiente cómo llegué gracias a vosotros a esos territorios imposibles en los que fui feliz) , de Tristram Shandy a los poemas de, claro, Nabokov. Y, sí, quizá como dice Méndez en ese párrafo, los pasatiempos son bellos y fascinantes precisamente porque no sirven para nada, por su gratuidad, por la tonta y enorme gratificación que nos provoca el resolverlos. Algo parecido a esa sensación que tengo ahora, leyendo de nuevo ese fragmento y pensando en ese hilo que yo lanzo entre Marías, Nabokov y Cervantes. Sí: aquel libro (lo he perdido en la última mudanza, creo) donde se recogen los materiales, las lecciones de un curso que dio Nabokov sobre El Quijote en la Universidad de Harvard, allá por los años cincuenta (como diría mi madre, ayer fue la víspera). Seguimos tejiendo: ese vínculo con destino final Cervantes me lleva a una de mis últimas lecturas, Grandes éxitos de Antonio Orejudo, un viaje de imposturas variadas hacia la propia literatura y las literaturas de los otros, algo tan cervantino como la propia estructura y ánimo de la novela ¿? de Orejudo. Y si seguimos con el sintagma “de los otros”, me acuerdo de aquel librito que pasó tan desapercibido en España y del que Zadie Smith fue editora y que se llamaba precisamente así: El libro de los otros. La autora se hacía editora y recogía distintas piezas, contribuciones de sus llamados compañeros y compañeras de viaje (había hasta algo de Posy  Simmonds, creo recordar). Y, ya cerrando, y por seguir con libros y cosas de los demás, tengo una traducción de e e cummings escrita en un folio, pinchada en un corcho que tengo en el pasillo de casa, rodeada de caritas felices de amigos en tantos sitios. Pues bien: esta traducción al gallego, hecha por María do Cebreiro, es del poema “somewhere I have never travelled”. Sí: es el poema que se menciona en la escena de la librería de Hannah y sus hermanas. Cuando se estrenó esta película (cuando descubrí a cummings ) pensaba que el amor tendría que escribirse con una caligrafía pequeña y apretada, con una mano dulce y muy firme, que no pudiese tampoco compararse al tamaño de la lluvia. Y esas manos pequeñas nos llevan, queridas, al título del post, que es también algo shakesperiano y tibio, muy de Pilatos y bastante de tirar la piedra y esconder la mano.

Es verdad, qué hermosa inutilidad son los pasatiempos. Casi como la escritura, como dotarse de máscaras para escribir y luego lanzarlas bajo la cama a descansar hasta el Carnaval siguiente. La verdad, como decían los Enemigos, a mí me sobra Carnaval.

Notas:

Me he atado de pies y manos para no derivar por la relación entre el Shandy del título de Sterne al concepto de shandy que maneja Vila Matas en Historia abreviada de la literatura portátil y que recoge de nuevo Sabino Méndez en su libro. También me he amordazado para no hablar de Paterson y el boom de la poesía de William Carlos Williams, eso también es divertido. Cosas que se quedan en el tintero, casi siempre las mejores.

 

 

Territorios

Map with colorful pins –>Photo by delfi de la Rua on Unsplash

 

No soy nada original si confieso mi pasión por la cartografía, por los mapas, por los dibujos de territorios que son más un estímulo de la imaginación que una realidad . En diciembre estuve en una exposición de la Biblioteca Nacional titulada Cartografías de lo desconocido, una recopilación de los modos de recrear aquello que se desconocía o se inventaba; de Jauja de las Indias Orientales, de los Mares del Sur y la orgía capilar de los monstruos marinos, cancerberos de algún que otro plus ultra. Recorro las salas plagadas también de citas sobre esa necesidad de orientar la imaginación, de delinear la desconocida entidad de un lugar en el mundo. Me dicen que los mapas son testigos escurridizos y es cierto. La idea que tenemos de exotismo, de lejanía y extrañeza viene de los mapas, son ellos los que determinan- guiados por nosotros- esas pautas de propio y ajeno en el territorio, consolándonos ante aquello que aún no conocemos, subrayando nuestra vinculación con otro lugar. Los mapas también anticipan la nostalgia, esa idea que recorro a menudo : ¿es la nostalgia un estado previo a cualquier suceso o una consecuencia del suceso en sí, de lo vivido? Ojalá tuviese una única respuesta, aunque creo que el sentimiento existe y, posteriormente, lo vamos acomodando a lo que nos sucede. Sobre ese spleen, sobre esa añoranza permanente, escribo algo más largo, y como solemos decir por aquí, esa será otra historia.

De niña creé algunos mapas ficticios. Recuerdo haber querido vivir en el paisaje de las cajas de lápices Alpino, con ese ciervo gigante y ese surreal lápiz en medio. Yo, niña sin aldea, vivía rodeada de inacabables relatos de fin de semana y vacaciones de muchos amigos que, sí, tenían aldea. La aldea, para los que vivíamos en ciudad, era un territorio tan mágico como idealizado, con sus ríos y falta de horarios, con sus juegos eternos, con su pan de verdad y sus animales que no eran mascotas. De esas idealizaciones tan perfectas venían después las decepciones terribles. Recuerdo pasar  por el pueblo castellano de una monja que me dio clase en las Jesuitinas. Su relato era el relato de la juventud, de los paseos con amigas, de- como decía ella- “la llamada” (lo siento, Javis, no fuisteis los primeros). Yo vi un perro solitario vagando entre adoquines, nada más. No tenia el pulso de su historia, el hilo creado por la vida y la ausencia, los luminosos días de mayo, el heno en verano, nada. Un perro y soledad. Me acordé también de aquella amiga uruguaya que me contó lo difícil que le había resultado contener la decepción  cuando vio por primera vez el pueblo de su padre. Criada en la perpetua añoranza de España, alimentada por un grupo de exiliados, el paraíso perdido era también un lugar a reivindicar,  a construir en la memoria de aquellos que no podían ni esbozar la añoranza. Luego, claro, la realidad era otra; especialmente cuando venías de la muy cosmopolita Montevideo, cuando los relatos familiares comienzan a ser patrimonio personal (ajeno en tanto, ay, en tanto) y más materia narrativa que historia.

La nostalgia ha de ser domesticada si no queremos modificar el encuadre del pasado, qué difícil y qué poco narrativo lo que acabo de decir. Otra cosa es asistir al derrumbe, a los cambios salvajes que aguardan en cada esquina y del modo más inesperado. Cuando, por ejemplo, tu barrio ya no es tu barrio, cuando tu casa va a dejar de ser tu casa : cuando tu entorno va a dibujarse de un modo en el que no solo no reconocerás el trazo, tampoco los límites ni los colores. No solamente el tiempo nos deja un poso de tristeza, las sacudidas vitales  que no controlamos vienen siempre con su equipaje de rabia y perplejidad. Hubo quien dijo que si en tu barrio comienzan a proliferar al mismo tiempo las barberías, las bicicletas y las tiendas de delicatessen, jódete, puedes darte por gentrificado. Y por expulsado también, especialmente si vives de alquiler. Ahora que comienzo a ver ese horizonte cerca de mi portal, yo sí empezaré a diseñar mi mapa imaginario. Uno en el que no entren cierto tipo  de estrategias, de intereses, en los que pueda alargar más y más esta memoria que construyo para mí y mis propios yos futuros. Con lápices Alpino o no, el caso será dejar las fronteras borrosas, las líneas difusas; “todo lo fugitivo permanece y dura” 😉

Recomendaciones: Sobre los cambios radicales e inesperados en el entorno, sobre la resiliencia, es hermosísimo el documental N-VI . Llegué a él por una recomendación en el último Carballo Interplay. Está dirigida por Pela del Álamo y la podéis ver en Filmin.

Muchas me preguntáis por lo que leo mientras ando por aquí. Ahora estoy releyendo a Thomas Bernhard y lo comparto con la última novela de Agustín Fernández Mallo, Trilogía de la guerra. No me matéis, pero no conseguí terminar Ordesa. De todas formas, yo creo que ya está bien de la mitología que rodea a libros y lectoras; a que la gente recomiende y deje de recomendar,  nos estamos poniendo pelín coñazo.Ya lo decía Celia Cruz: “no hay cama pa tanta gente”. Leed y ved mucha mierda también, es fundamental. Telebasura, revistas del corazón, haceos un John Waters. Por vuestro bien: si no hay límites, nada hay que nos estimule.

Música: El tema del momento de novedoso tiene poco. Lo llevo escuchando en bucle porque tengo una semana de celebraciones muy intensa. Y tiene que ser ella, of course, tan rubia, aristocrática, bellísima.

 

 

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