Anchoas y Tigretones

¿Dónde está el despiporre, amigas?

Señora harta de que no la inviten a nada con su estoico marido al lado.
(Imagen de Pinterest, sin créditos visibles).

No sé si será uno de los efectos de no poner, de un modo totalmente definitivo, un «the end»a todo lo malo, como decía Lisbeth Salander, a todo aquello que comenzó mucho antes de marzo de 2020. Quizá lamentarse o sentirse triste ahora sea mucho más transgresor—una transgresión no buscada, algo que viene dado casi de regalo o sorpresa, como un niño que grita «hostia» en una cena familiar sin saber lo que es—que refunfuñar, subirse por las paredes o dar coces al aire durante el confinamiento. Hablar desde el privilegio y de cierta comodidad económica, de haberse zafado (creo que milagrosamente, trenes y transportes públicos mediante) del contagio tampoco, parece y con los datos de ERTES y paros en la mano, da como mucha autoridad moral para hilvanar quejas como letanías. Vaya por delante que arrojar culpabilidad sobre la tristeza, venga de donde venga, es algo terriblemente humano, pero también poco legítimo y a veces incluso despiadado.

No sé si tristeza o desconcierto: a mí me habían prometido un Eldorado de felicidad, de locura sin fin una vez acabase la pandemia, un derroche de rocanrol (me chifla poner rocanrol) en cuanto todo estuviese terminado, cuando dejásemos de subir selfis vacunándonos o con esas mascarillas de cucurucho que ya no sé si sois Carmen Mola o asesinas en serie de peli cutre. Pensaba tener una agenda rechea de planes (madre mía, la de gente que me dijo «cuando acabe todo esto vamos a ir a todo» y no he vuelto a saber de ellas), No, de verdad, vaya timo la nueva normaduvalidad, como decían Esnórquel y Perra de Satán. Un timo que tiene que ver también con que todos hayamos hecho ajustes personales durante estos meses, para bien y para mal. Yo no he sentido en ningún momento ese vacío terrible de soledad que sintieron algunas: yo he hablado por teléfono, he hecho zooms y zarandajas digitales, he escrito correos. Más o menos como antes del confinamiento: las personas que tenemos un sentido de la independencia acusado, pero somos sociables, ojo, y no solitarias, sabemos que todo va por rachas: épocas de más planes, de menos, de mayor o menor introspección. Por eso también sabíamos, y eso es lo más interesante, que había bastante ficción en la riquiñez del enclaustramiento, en gente que había desaparecido y reapareció, en lazos algo endebles, en focos de atención algo sorprendentes, de una solidaridad edulcorada. Pero… era inevitable ver la casilla final de ese parchís que ha sido, o sigue siendo, la pandemia, como una invitación al despiporre, como el final de los exámenes de junio o el día de la licenciatura. Yo, al menos, así lo creía. Por eso me siento algo decepcionada: no ha sido para tanto, al menos para mí. Ni humea la agenda ni tampoco veo yo a mi alrededor, a excepción de los bares a reventar, la alegría, si es que en los bares ha habido alguna vez alegría. Pero no sé si, en el fondo, hay un poco de miedo por parte de algunas a mirar hacia atrás. Se hablaba hace tiempo del «síndrome de la cabaña» (me encantó el artículo de Isaac Rosa negando tal), una especie de «miedo a la libertad». Yo lo veo, con mi sentido de lo prosaico activado, como el niño que, con flotador y bañadorcito, da vueltas alrededor de la piscina: sabe que le va a encantar, pero le da miedo el proceso. ¿Y si realmente la vida no nos depara ese despiporre, esos felices veinte (tampoco lo fueron en Weimar, ojito, me lo recordaba Juanjo Seixas ayer), porque volver a la vida es volver a la nula magia de lo cotidiano, de recuperar algo que necesitaba ya de antemano ser otra cosa? Me decía una amiga hace tiempo que a ella el tiempo en casa la había reconfortado muchísimo: previo al encierro lo estaba pasando mal porque se sentía sola, pensaba que quería tener pareja y no la encontraba, y que, al estar todos jodidos y en casa, se había sentido igual que todo el mundo y no en inferioridad de condiciones. Yo no lo he sentido, pero es interesante: una especie de «danza macabra» donde el encierro iguala a todos los vivientes, sea cual sea su situación sentimental. Yo sí creo que algunas personas que estaban solas en el confinamiento sí estuvieron especialmente castigadas: mi padre, mayor de ochenta, haciéndose listas de tareas y sin tener con quien hablar en todo el día, por ejemplo. Evidentemente no creo que él espere un despiporre como yo, o eso quiero creer, pero sí me reconforta que el tramo final de la vida de alguien sea ya de apertura, de paseos libres, de poder hacer su vida con cierta naturalidad. Pero yo, como soy una lercha, en realidad pienso en qué mentira tan grande son las expectativas sobre el futuro y todas las motos que nos han vendido a lo largo de la vida: estudia mucho, aprende idiomas, haz esto, lo otro, el puto máster, trabaja gratis que te da visibilidad (y un huevo),c onfínate que luego viene el despiporre. U-lo despiporre? ¿Será que nos hemos vuelto más egoístas o selectivos, que nos impresiona ya menos cualquier cosa o será que yo me leí mal las instrucciones del final del confinamiento? A lo mejor es que el tiempo en casa nos ha dado por recuperar viejos rencores por tener demasiado tiempo para darle a la cabeza, por encabronarnos infinito con meteduras de pata humanas que no son para tanto, que hemos ido borrando posibilidades, maximizando agravios y extremando una dignidad algo hidalga y quijotesca, un poco redicha. Y sí, es bastante esnob estar pensando en vida social cuando parece que el mundo se tambalea entre volcanes, llamadas a la acumulación de velas, posibles colapsos. Es verdad: ya he dicho que mi atalaya es relativamente confortable; la del mundo que me rodea no lo es en absoluto. Pero antes de mirar hacia abajo, de coger aire para saltar, pues mira, prefiero mirar a mi alrededor. Es una forma de banal escapismo, es posible.

La verdad es que yo no he llamado a nadie para organizar nada, de momento me he dejado querer. Seguimos siendo la misma mierda, o la misma maravilla, de personas.

Recomendaciones:

Estoy impresionada, muchísimo, con Los galgos, los galgos de Sara Gallardo. Me queda un buen trozo de novela, pero qué escritoraza. Una escritura abrupta en la narración, deslumbrante de lirismo y con mucha ironía, melancólica, dulce y afilada a la vez. Mis días en la finca Las Zanjas me están dando más másteres de escritura que todas las escuelas de letras del mundo. Me ha gustado mucho El asesino tímido de Clara Usón (grazas, Inma López Silva pola recomendación)

La mentira por delante de Lorenzo Montatore (Astiberri). Un collage de pensamientos de Umbral, fragmentos de sus obras, declaraciones en prensa, su amor por los gatos, el duelo por Pincho, su hijo fallecido en plena infancia, su pareja, las Pititas y el mundo del cuore, el dandismo y la fascinación por Valle y Valery. Un caleidoscopio para intentar entender una personalidad compleja, menos terrible y mucho más vulnerable y tierna de lo que su vozarrón y performance habitual dejaban ver. Luego se puede completar con el visionado de Anatomía de un dandy (que está en Filmin) de Ortega y Arnaiz. A mí me sobra toda la parte de Jabois con que si la paternidad, tal y cual porque creo que desvirtúa por completo el sentido del documental, unpopular opinion, of course.

Estoy viendo pocas series o las que empiezo se quedan a la mitad. No creo que la cojáis ya en cine, pero es maravillosa Chavalas, de Carol Rodríguez Colás. La conciencia de clase, el no pertenecer a ningún sitio (o de cómo una chica de barrio nunca va a tener los contactos que tienen otras compañeras de máster con apellido de muchas sílabas, cómo no va a ser nunca tan cool en ese inflado mundo vacío deldiseño) o que no te sientas ya parte del tuyo. El darle la vuelta al volver a casa: sacar pecho, aprovechar la experiencia y saber quién eres por de dónde vienes, lo que no significa necesariamente claudicar. Una buena bofetada a las modernitas de tres al cuarto y, sobre todo, mucha frescura. Y, por supuesto, la de Wes Anderson y su caleidoscopio de locuras, una cámara de maravillas parisina, unas miniaturas engarzadas tan extrañas como fascinantes. The french dispatch, eso sí que es un despiporre.

Sigo escuchando los podcast que ya me gustaban, aunque estoy un poco agotada de algunas fórmulas. Por eso me encantó encontrarme Reina del grito de Desirée de Fez (si os va el terror y lo gotiquísimo no os perdáis la charla con Mariana Enríquez) y Otra españolada de los hermanos Podcast (me salté el capítulo con las de Deforme Semanal, eso sí).

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2 pensamientos en “¿Dónde está el despiporre, amigas?

  1. Lula Fortune en dijo:

    Muy de acuerdo en todo. Ese “venirse arriba” en los momentos jodidos acaba siendo una debilidad humana, tal vez el miedo que da ver las orejas al lobo, pensar “¿qué he hecho yo de mi vida?” cuando el tiempo se para. Al final volvemos a lo que éramos. Ni una jodida pandemia puede hacer lo que ya no éramos capaces de hacer. Me encanta lo de “normaduvalidad” jajajajajajajajaj

    • Amiga, la normaduvalidad es un concepto tan necesario que no sé por qué la RAE no ha iniciado su proceso de beatificación, aka inclusión en el Diccionario. Un abrazo enorme y enhorabuena por ese Blu Palinuro que deseo cuanto antes tener en las manos.

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