Anchoas y Tigretones

En un cuaderno Moleskine (34): de fabulaciones y comunicación

Telephones de StepsCrew , licencia CC BY-SA 2.0 Pinche en la imagen para ver original.

 

 

 

La ficción no tiene cura, recrearla a partir de lo mínimo, tampoco.  A mí lo que me gusta es crear ficciones propias, basadas en hechos reales, a partir de tickets de supermercado o de parking, de las cada vez menos ubicuas entradas de cine, de algún que otro listado para un viaje o un breve encuentro. Yo fui esa persona que ahora recompone todo aquello disperso en trocitos de papel con una fecha: compré aguacates para una ensalada en la cena casera con dos amigos, aquella película no nos gustó nada y al salir del cine llovía a mares,me atendió en una gasolinera la señorita Esther. Los retazos de vida en bolsillos, en carteritas o bolsos, componen una biografía autónoma y diminuta, yo qué sé lo que son y por qué los guardo, en cualquier caso todo eso es pasado del mismo modo que antes todo esto era campo, no tiene remedio. Enfrentarse a calendarios que ya no nos valen me lleva a hacer, de vez en cuando, un ejercicio de fabulación a la inversa: intento recordar la persona que yo era cuando vi tal o cual película en esa desdibujada entrada de cine,  y cómo imaginaba que sería su proyección años después. De niñas, esto no tenía ningún mérito. simplificábamos todo con una visita al armario de las madres y las tías: crecer eran tacones y barras de labios, eso era la adultez, nada más. He sido siempre alguien atizada por la memoria, por los recuerdos inverosímiles, nombres y apellidos de compañeras de clase que no he vuelto a ver jamás, sintonías de anuncios en blanco y negro y, sobre todo, teléfonos. Números que tras una temporada caían en desgracia como el titular del mismo, números deseados y otros más que esperados, combinaciones casi infinitas, cómo es posible que algunos vengan de nuevo, tiempo después, haciendo compañía a todo ese spam inútil que habita en mi cerebro.  Tuve un primer número al que llamar:  el de aquella primera amiga casi novia que me dio un papel doblado, escrito con la pulcra letra de la profesora («es mi teléfono, puedes llamarme»).  Aquello era de mayores, era estupendo, tenía un teléfono escrito en un papel cuadriculado. Horas después, en casa, mi madre, girando la rueda de un teléfono gris en un pasillo con suelo de sintasol, preguntaba por Ana, que le había dado su teléfono a Lorena. Yo no sabía siquiera que las amigas, tal era la novedad de la condición, se llamasen por teléfono; mi futura interlocutora, más espabilada y breada en la convivencia  por un buen montón de hermanos y hermanas, me enseñó.  Pasaron unos dos minutos de silencio, era fascinante sentir esa cercanía, pero no sabías qué hacer, todo era risa ahogada y mirarse los zapatos del uniforme; aquella amiga era otra persona en ese prodigio incomprensible que era la línea telefónica. Tiempo después tuve agendas y salía corriendo por ese mismo pasillo de sintasol cuando esperaba una voz, una sola, y quería ser la primera en escucharla, me he escondido detrás de un mueble para hablar en voz queda y enviar besos, conté cosas terribles y escuché confidencias, también disfruté de silencios, algunos más incómodos que otros.

Ojalá existiese un cauce que consiguiese unir todos los teléfonos que fueron importantes, no los números que, como he dicho, muchos los recuerdo. Tuve un aparato pop y chillón desde el que  intuía colores de la casa familiar, tan lejos, al otro lado del océano, al «sur de las fronteras telefónicas», dijo alguien una vez. Llamé, qué caro era ponerse un teléfono en aquellos pisos de alquiler, millones de veces desde cabinas que olían a tabaco y pis, desde calles ruidosas, con lluvia  o sombra de árboles. Desde un habitáculo muy brit en Edimburgo me enteré de la muerte de un familiar, otro teléfono verde agua de un bar clásico compostelano,enfrente de mi facultad, sirvió para conocer la llegada al mundo de mi primer primo-sobrino. Pienso en toda la historia que se ha colado por esa magia, por esos hilos extraños que han sido altavoz y receptores de voces y de nadas, ojalá la historia de todos los teléfonos desde los que he hilvanado esa especie de patrón algo forzado que se llama biografía.

Luego tuve, tuvimos, móvil. Y podemos echar la mano al bolsillo para recuperar afectos y también conflictos. Tener en la mano todos los elementos de la comunicación (hasta el contexto) es, a veces, una carga demasiado pesada : puedo hacer fotos, enviarte una carita triste, escuchar completo ese disco de Tamino que he descubierto en la radio esta mañana gracias a las «Músicas Posibles» de Lara López; construir también borradores de posibilidades en mi calendario. Soy también de poco tirar y de mucho guardar: tengo whatsapps que son largos como sagas familiares rusas, me cuesta deshacerme de ese equipaje, aunque sea efímero. Quizá la poca memoria y ser resolutivo eliminando el ruido en los canales sea el modo más legítimo de tirar hacia adelante. Hace pocos días alguien preguntaba en Twitter cómo podíamos llamar a la sensación de eliminar un chat y un contacto. Yo contesté: «naturaleza muerta». Siempre habrá un hueco ahí, el dolor o la molestia del «miembro fantasma». Y qué decir de todos aquellos nombres que han quedado unidos a una tarjeta SIM y que, cuando los vemos, nos sigue dando un vuelco el corazón, hace tanto que se fueron, hace ya tanto que no podrían contestar aunque quisieran.  Ojalá poder emplear la función fática y de comprobación del canal: «¿estas ahí»? y que nos devolviese un pequeño guiño, un asentimiento invisible, un gesto que denotase que todavía seguimos enlazados de algún modo ajeno al recuerdo.

Ojalá sentirse a una misma al otro lado de la línea telefónica, aunque fuese solo por una vez.  O, mejor, poder hablar con quien eras, con quien fuiste, sin desvelarte. Eso sí sería terapéutico y poderoso. O recibir esa hipotética llamada, como cantan los ya desencantados personajes de Il nome del figlio, de alguien, veinte años después. Que veinte años no es nada, caramba.

 

Item plus:

 

  • Qué hacéis que no habéis leído aún El enebro de Barbara Comyns (Alba, Rara Avis, 2019, traducción de Miguel Ros González) Por su perversa originalidad y porque es una reina escribiendo. Qué hacéis que no estáis leyendo a Mary Cholmondeley en su Un guiso de lentejas (Nocturna, 2019, traducción de Ricardo García Pérez o a Emil Harris en Lo que más me gusta son los monstruos, (Reservoir books, 2018, traducción de Montserrat Meneses Villar). Qué vidas, qué escrituras, no podéis dejarlas atrás. Nota: Me dice María Alonso Seisdedos que obvié citar a los traductores y traductoras. Mea culpa, enmendado el error y con toda la razón. ¡Qué sería de nosotras sin la labor de traducción! 
  • Hoy he escuchado, como ya conté más arriba, a Tamino en Músicas posibles y fascinada estoy.
  • La está viendo muy poquita gente, pero The virtues en Filmin es una seriaza.

 

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2 pensamientos en “En un cuaderno Moleskine (34): de fabulaciones y comunicación

  1. V. do Rexo en dijo:

    Entre este texto y el escrito por Ana Ribera (http://www.cosasqmepasan.com/2019/08/nostalgia-de-un-91.html) me ha entrado mucha nostalgia de cuando teníamos teléfonos fijos en casa.

    • Sí, de hecho leí el texto de Molinos justo después de escribir el mío; estuve por mandárselo, pero tampoco tengo trato con ella y no sé cómo sienta a la gente estas coincidencias. Yo lo que echo de menos es un punto de romántica incertidumbre con respecto a las llamadas, a encontrar una cabina para llamar, a tener tu sitito para proceder a la conversación…Eso sí, me encanta que cuando un chico me gusta y cambiamos teléfonos me diga : «Te hago una perdida». Siempre pienso para mis adentros: «Dios te oiga, hijo, Dios te oiga».

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