Anchoas y Tigretones

Archivo para el día “enero 6, 2019”

La hermana de la Nancy

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Library. “Playing school: a print depicting sitting children, books, chairs, a bench, a doll and a green field.” The New York Public Library Digital Collections. 1890. http://digitalcollections.nypl.org/items/510d47db-c34b-a3d9-e040-e00a18064a99

Es verdad, ya nada es igual. No hay carreras por el pasillo, con el corazón desbocado y descalza, para llegar al árbol de Navidad del salón. Debajo, los Reyes habían dejado  un puzzle multicolor de papeles de regalo de colorines. Nunca me llamó la atención, de niña, que los regalos viniesen envueltos en papel de tiendas de Coruña, me parecía fascinante que se pudiese recorrer el mundo ida y vuelta en una noche, a lomos de camello. Lo que sí comprobaba era si les habían gustado los polvorones y los tres vasos de gaseosa Revoltosa (lo de que fuese sin alcohol,era cosa de mi madre, imagino) que les habíamos puesto en una bandeja con un mantelito de flores. En aquel cómodo y limitado mundo, ese que se dibuja entre la fantasía y la credulidad, me parecía maravilloso que se comiesen turrón o cualquier larpeirada en todas las casas que visitaban, por no hablar de las copas que debían calzarse (en la mía no, solamente gaseosa, como he dicho). En la infancia, la verosimilitud es inexistente o supeditada siempre a las necesidades de la narración: la fantasía manda, por supuesto. Y se acomoda con calzador, faltaría más. Cuando, en los días anteriores al seis, yo preguntaba: “¿Pero y si no les da tiempo, y si aquí no llegan? ¡Tienen que ir a muchos sitios!”, con, imagino, ojos inmensos de angustia y preocupación; mi madre siempre respondía, serena y tajante: “No habrá problema. Son magos”. Y aquella respuesta me tranquilizaba quizá solamente un día entero, mientras repasaba la copia de la carta que había escrito esforzadamente, primero a lápiz y luego a boli, teniendo que cumplir el ritual de entregarla en aquel enorme rey mago de madera que tenían en la juguetería Freijido, al final de la calle Real. Recuerdo cómo me picaba la bufanda blanca con pompones, a mi padre llevándome de la mano y alentarme para dejar la carta en el cofre que sostenían aquellos brazos rígidos y extendidos de un rey mentiroso.  Yo, mentalmente, con una horrible falta de empatía, seguía pidiendo la Lesly -hermana de la Nancy a pesar de la conversación – ¡larguísima!- con mi madre que había intentado, sin éxito, quitármela de la cabeza: “Pero si ya está Nancy, para qué Lesly”. Imagino a mi pobre madre haciendo cuentas mentales, sopesando pros y contras de dar un capricho o educar un poco en la frustración, pensando en si me gustaría aquel juego educativo que estaba cuidadosamente escondido en algún recóndito armario.  Porque, eso sí: los Reyes existir, no existirían; pero labor de zapa con padres, eso sí se lo trabajaban.  Cuando empezaban a salir los anuncios de las muñecas de Famosa o el autocross de Congost, mi madre empezaba con mucho retintín a hablar de la maravilla que era el juego de anatomía humana, un esqueleto al que se rellenaba con vísceras de plástico y que era “muy bonito e interesante”. Partiendo de la base que en ningún momento de mi vida manifesté el más mínimo interés por la cirugía o por las cosas de “de por dentro”, mi indiferencia era totalmente legítima. Eso sí: por supuesto que me cayó el juego de anatomía humana. Imagino que mis padres en algún momento soñaron para su hija un futuro de bata blanca y placa en la puerta donde pusiese “Doctora Gómez”; pues no, sigamos sumando decepciones, en eso consiste ser hijo. Pese a todos esos intentos de orientar mi vocación, nada se conseguía: mi afición destroyer iba por el Quimicefa (no recuerdo si lo pedí un millón o dos millones de veces, con nulo resultado) o aquellos patines Sancheski que encontré detrás del la mesa de la plancha un año que mi madre se curró una yinkana divertidísima de busca y captura de regalos. Ojalá hubiese guardado aquel papel maravilloso con la letra inglesa de mi madre (¡cómo no sospechaba yo nada! ¿O ya había dejado de creer y aún así manteníamos el juego? Ya no lo recuerdo). Con decepciones, mayores o menores, el día de Reyes era una mañana de histeria y alegría, de gritos y de bicis por el pasillo en pijama, de ver a los primos por la tarde y buscar la sorpresa del roscón.  Eran más espléndidos o menos, o algo peor: te caía un peluche en casa de algún familiar cuando ya ibas de minifalda y algo de rimmel escurridizo, cuando estás en esa edad extraña en que tienes mucha prisa por la adultez, cuando es difícil poner buena cara ante aquello que te infantiliza. Y, sí, creer en los Reyes te infantilizaba. Un buen día, en el colegio, alguien que solía ir siempre por delante te contaba la verdad que, quizá y sin querer sentarte a pensar sobre ello, tú ya sospechabas: los Reyes no existían, todo eran los padres. Y los que soltaban esa bomba te miraban muy ufanos, mientras yo, al menos, intentaba disimular con un desapegado: “Buah, yo ya me lo imaginaba”. Ante los aguafiestas, displicencia; eso sí lo aprendí pronto. Y quizá, y solamente quizá, en el camino de vuelta a casa empezabas a atar cabos, a darle vueltas a las cosas. A mí no me supuso ningún trauma y creo que me divirtió haber participado de esa fantasía: nunca he podido verlo como una traición o un engaño. Pero es posible que sea porque no me costó dejar la creencia atrás. Fue, digamos, algo casi natural: no drama at all. Llegué a casa y le dije a mi padre: “En el colegio me dijeron que los Reyes eran los padres. Pero yo ya lo sabía”, dije, triunfante. Mi padre sonrió y creo que ni me contestó, imagino que me observaba con el rabillo del ojo detrás del periódico. Pero no le dimos ninguna importancia.  Y a otra cosa, no hay más preguntas, señoría.

Eso sí: si hay algo como antigua creyente en Sus Majestades que yo les podría reprochar, es que nunca me trajeron la Lesly. Para una hija única hacer ficción de hermanas habría sido importantísimo, queridos Reyes psicólogos aficionados. Lo que no os perdonaré nunca es que se la hubieseis traído (“echaron”, decíamos en mi época) a mi prima María, algo más pequeña que yo. Y eso, el saber que no eras ya la única en todo, sí que fue un buen aprendizaje de la decepción. Pero diré, en vuestro descargo, que sí acertasteis mucho ese año con el libro de Stevenson. Ahí os perdoné un poquito.

Felices Reyes y feliz vuelta a la normalidad, sea eso lo que sea.

 

 

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