Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “enero, 2019”

Vivir en domingo

Photo by Tobias Tullius on Unsplash

Mi padre me contó en alguna ocasión que, de niño, le dolía la cabeza los domingos por la tarde. La tarde del domingo es esa cuenta atrás ralentizada por pequeños episodios de felicidad que no pueden distraernos, casi nunca, de lo inevitable, de ese lunes que odias pero también ansías. Lo que quieres, lo que queremos, es acabar con esa enfermedad del domingo que es como un catarro no muy grave pero pertinaz, que sabes que pasará y  nada será tan terrible, pero tienes que transitar por esa angustia del fin de una breve tregua. Esa pequeña suspensión de la rutina que es el fin de semana se llena siempre de promesas y anhelos, esbozados en un cuaderno invisible y mental el viernes al mediodía. Yo acumulo tal cantidad de esbozos que sería imposible cumplirlos, aunque me transformase en un cruce entre superheroína y diosa hindú multibrazo y multitarea, con habilidad también para la dislocación temporal. A mí hay algo del domingo que se me hace provinciano y como con alivio de luto, casi como un personaje del primer Delibes;  el final del domingo es un anticipo de esos juicios con una misma que nos dan de vez en cuando y que, al menos yo, aparto de un zarpazo (“qué estoy haciendo de mi vida, por qué este trabajo y no otro, por qué no me voy al Nepal a pasar de todo-> esto me dura diez segundos, Nepal, ni de coña).  Pero volvamos a la angustia pequeñita que, males contemporáneos aparte, intentamos mitigar a golpe de maratón de series y sofá, esa terapia aún no clasificada en ningún manual de psicología y que, seguramente, no sirva para mucho más que para aplazar ese examen de conciencia, ese calvinismo machacón aprendido en los años de catecismo o de educación reglada. No te levantas del sofá ni para tender la ropa, algo muy de domingo, pero, inevitablemente, los capítulos se acaban, las series también, y el calendario no miente: del domingo vamos al lunes.Y vuelta a empezar.

La esencia melancólica y algo febril de los domingos en la literatura y el cine nos indican que en esa calma chicha no pasa nada y puede pasar todo. El domingo es el único día en que muchos niños ven a sus padres, algunos amantes se encuentran furtivamente, hay siesta y lentitud, pero también intriga y pasión.  Qué escondido está todo dentro de este día, de verdad. Veo una película que me emociona y me sobrecoge, creo que como tiene que hacer el buen cine. La enfermedad del domingo, ajustes de cuentas y biografías ajenas aparte, pone en el centro de la acción a una mujer cuya vida es un eterno domingo por la tarde, un stand-by, un pasar el tiempo sin esperar. Después de ese extraño encuentro entre madre e hija, sin saber nada la una de la otra en tantos años, la madre le pregunta qué ha hecho en todo ese tiempo, intentando entender a esa desconocida que fue parte de ella hasta que la abandonó.La hija responde que poca cosa: no terminó los estudios, no se especializó en nada, una sucesión de trabajos basura, …y remata con “no, yo no…”.  Yo, no: yo no he hecho más que respirar día a día, yo no he ido adelante o ni siquiera he buscado un camino, yo no he hecho nada más que entretener la espera de la muerte. Una vida que ha sido como esas tardes finales de la semana, alargadas y solitarias, en las que apenas intentas rellenar un crucigrama u ordenar un armario, mirar a través del cristal la calle vacía y somnolienta, poca cosa, ya ves. Ese domingo enfermo que podría ser un jueves o un martes, total es todo lo mismo. A lo mejor la soledad es ese hilo que une melancolía y distancia en esa relación de rencor y olvido que desarrollan madre e hija, no lo sé. Porque la soledad, y eso sí lo creo, es dominguera y de ahí vienen las punzadas de tristeza que nos hacen, muchas veces en domingo, en cualquier domingo, preguntarnos lo que la madre de Chiara le pregunta y responder lo que Chiara responde: quizás yo no haya hecho nada. Quizás estoy viviendo la grisura que merezco, yo qué sé.

Pienso en el niño que era mi padre con su dolor de cabeza endomingado, en todas las tardes en blanco y negro que hemos podido vivir adelantando la angustia sin sentido del final de la semana y del principio de otra. Y, sin tener nada que ver, me vienen a la memoria varias imágenes de una de mis películas favoritas, El Sur, de Víctor Erice, una película que es un domingo en sí misma: Estrella delante del cine Arcadia, la vuelta a casa, la imagen de aquella veleta en el tejado, incluso el baile el día de la Primera Comunión, ¿puede haber algo más de domingo que todo eso?

Sí, el domingo tiene esa esencia melancólica, algo enferma y maldita, como el otoño que adoraba Apollinaire. Seguro que a él le acabó doliendo la cabeza un domingo. Ese sentimiento es universal. Feliz lunes.

Para librarse de la grisura del domingo: Podéis participar en el reto #homero2019 y leer un canto de la Ilíada cada semana. Si esto es muy dominical, a mí me ha encantado Los países de Marie-Hélène Laffon, en Minúscula. Pensaba escribir sobre esto, pero se me fue el domingo al cielo.

Y escuchad Mr. Rain en Spotify. Cosa bonita.

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La hermana de la Nancy

The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photographs: Print Collection, The New York Public Library. “Playing school: a print depicting sitting children, books, chairs, a bench, a doll and a green field.” The New York Public Library Digital Collections. 1890. http://digitalcollections.nypl.org/items/510d47db-c34b-a3d9-e040-e00a18064a99

Es verdad, ya nada es igual. No hay carreras por el pasillo, con el corazón desbocado y descalza, para llegar al árbol de Navidad del salón. Debajo, los Reyes habían dejado  un puzzle multicolor de papeles de regalo de colorines. Nunca me llamó la atención, de niña, que los regalos viniesen envueltos en papel de tiendas de Coruña, me parecía fascinante que se pudiese recorrer el mundo ida y vuelta en una noche, a lomos de camello. Lo que sí comprobaba era si les habían gustado los polvorones y los tres vasos de gaseosa Revoltosa (lo de que fuese sin alcohol,era cosa de mi madre, imagino) que les habíamos puesto en una bandeja con un mantelito de flores. En aquel cómodo y limitado mundo, ese que se dibuja entre la fantasía y la credulidad, me parecía maravilloso que se comiesen turrón o cualquier larpeirada en todas las casas que visitaban, por no hablar de las copas que debían calzarse (en la mía no, solamente gaseosa, como he dicho). En la infancia, la verosimilitud es inexistente o supeditada siempre a las necesidades de la narración: la fantasía manda, por supuesto. Y se acomoda con calzador, faltaría más. Cuando, en los días anteriores al seis, yo preguntaba: “¿Pero y si no les da tiempo, y si aquí no llegan? ¡Tienen que ir a muchos sitios!”, con, imagino, ojos inmensos de angustia y preocupación; mi madre siempre respondía, serena y tajante: “No habrá problema. Son magos”. Y aquella respuesta me tranquilizaba quizá solamente un día entero, mientras repasaba la copia de la carta que había escrito esforzadamente, primero a lápiz y luego a boli, teniendo que cumplir el ritual de entregarla en aquel enorme rey mago de madera que tenían en la juguetería Freijido, al final de la calle Real. Recuerdo cómo me picaba la bufanda blanca con pompones, a mi padre llevándome de la mano y alentarme para dejar la carta en el cofre que sostenían aquellos brazos rígidos y extendidos de un rey mentiroso.  Yo, mentalmente, con una horrible falta de empatía, seguía pidiendo la Lesly -hermana de la Nancy a pesar de la conversación – ¡larguísima!- con mi madre que había intentado, sin éxito, quitármela de la cabeza: “Pero si ya está Nancy, para qué Lesly”. Imagino a mi pobre madre haciendo cuentas mentales, sopesando pros y contras de dar un capricho o educar un poco en la frustración, pensando en si me gustaría aquel juego educativo que estaba cuidadosamente escondido en algún recóndito armario.  Porque, eso sí: los Reyes existir, no existirían; pero labor de zapa con padres, eso sí se lo trabajaban.  Cuando empezaban a salir los anuncios de las muñecas de Famosa o el autocross de Congost, mi madre empezaba con mucho retintín a hablar de la maravilla que era el juego de anatomía humana, un esqueleto al que se rellenaba con vísceras de plástico y que era “muy bonito e interesante”. Partiendo de la base que en ningún momento de mi vida manifesté el más mínimo interés por la cirugía o por las cosas de “de por dentro”, mi indiferencia era totalmente legítima. Eso sí: por supuesto que me cayó el juego de anatomía humana. Imagino que mis padres en algún momento soñaron para su hija un futuro de bata blanca y placa en la puerta donde pusiese “Doctora Gómez”; pues no, sigamos sumando decepciones, en eso consiste ser hijo. Pese a todos esos intentos de orientar mi vocación, nada se conseguía: mi afición destroyer iba por el Quimicefa (no recuerdo si lo pedí un millón o dos millones de veces, con nulo resultado) o aquellos patines Sancheski que encontré detrás del la mesa de la plancha un año que mi madre se curró una yinkana divertidísima de busca y captura de regalos. Ojalá hubiese guardado aquel papel maravilloso con la letra inglesa de mi madre (¡cómo no sospechaba yo nada! ¿O ya había dejado de creer y aún así manteníamos el juego? Ya no lo recuerdo). Con decepciones, mayores o menores, el día de Reyes era una mañana de histeria y alegría, de gritos y de bicis por el pasillo en pijama, de ver a los primos por la tarde y buscar la sorpresa del roscón.  Eran más espléndidos o menos, o algo peor: te caía un peluche en casa de algún familiar cuando ya ibas de minifalda y algo de rimmel escurridizo, cuando estás en esa edad extraña en que tienes mucha prisa por la adultez, cuando es difícil poner buena cara ante aquello que te infantiliza. Y, sí, creer en los Reyes te infantilizaba. Un buen día, en el colegio, alguien que solía ir siempre por delante te contaba la verdad que, quizá y sin querer sentarte a pensar sobre ello, tú ya sospechabas: los Reyes no existían, todo eran los padres. Y los que soltaban esa bomba te miraban muy ufanos, mientras yo, al menos, intentaba disimular con un desapegado: “Buah, yo ya me lo imaginaba”. Ante los aguafiestas, displicencia; eso sí lo aprendí pronto. Y quizá, y solamente quizá, en el camino de vuelta a casa empezabas a atar cabos, a darle vueltas a las cosas. A mí no me supuso ningún trauma y creo que me divirtió haber participado de esa fantasía: nunca he podido verlo como una traición o un engaño. Pero es posible que sea porque no me costó dejar la creencia atrás. Fue, digamos, algo casi natural: no drama at all. Llegué a casa y le dije a mi padre: “En el colegio me dijeron que los Reyes eran los padres. Pero yo ya lo sabía”, dije, triunfante. Mi padre sonrió y creo que ni me contestó, imagino que me observaba con el rabillo del ojo detrás del periódico. Pero no le dimos ninguna importancia.  Y a otra cosa, no hay más preguntas, señoría.

Eso sí: si hay algo como antigua creyente en Sus Majestades que yo les podría reprochar, es que nunca me trajeron la Lesly. Para una hija única hacer ficción de hermanas habría sido importantísimo, queridos Reyes psicólogos aficionados. Lo que no os perdonaré nunca es que se la hubieseis traído (“echaron”, decíamos en mi época) a mi prima María, algo más pequeña que yo. Y eso, el saber que no eras ya la única en todo, sí que fue un buen aprendizaje de la decepción. Pero diré, en vuestro descargo, que sí acertasteis mucho ese año con el libro de Stevenson. Ahí os perdoné un poquito.

Felices Reyes y feliz vuelta a la normalidad, sea eso lo que sea.

 

 

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