Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “diciembre, 2018”

Buzones

El bueno de Forrest Gump esperando su correspondencia. Fotograma de la película, pulsa en la imagen para llegar a fuente.

 

 

El paso del tiempo es cada vez más extraño a agendas y organizaciones. Mi tiempo, el tiempo que vivo, lo mido más por detalles absurdos como ese recibo que acabo de encontrar en el bolsillo de un abrigo. Yo era esa persona que, hace más de un  año, compró en un supermercado cervezas y jamón, Fairy, papel de cocina, huevos, una lechuga. Sociología aficionada aparte- y enlaces proustianos también- puedo aterrizar de forma más o menos nebulosa en aquel día o aquella época, en recordar que en aquel mes de noviembre yo esperaba una llamada que se produjo al final de diciembre, que viajé a otro país donde observé con alegría la nieve amontonada en los bordes de las aceras. Me sigue sorprendiendo la capacidad de algunos objetos para ejercer el papel de notarios no invitados a la fiesta, pero qué se le va a hacer: soy reina del “por si acaso” y guardo de todo, me asaltan de vez en cuando estos tigres del pasado y tampoco hay que darle muchas vueltas. Yo comenzaba hablando de lo poco firmes y absurdas que son algunas medidas, como las del tiempo. Según avanzamos en vida, todo va volando y se concentra en detalles minúsculos como un ticket de un supermercado un día de noviembre.

Antes, y cuando digo “antes” hago referencia a un arco temporal borroso, la Navidad no eran días 24 y 25. La Navidad comenzaba escogiendo “crismas” en una papelería del centro de la ciudad. Todo aquel espacio adaptado, donde colgaban los angelitos y pastorcitos de Ferrándiz numerados y etiquetados, era el pistoletazo de salida: calculabas cuánto tardaría aquel “crismas” en llegar a su destino, enumerando toda aquella pléyade de primos, tíos, familia lejana y cercana a las que enviarías una ternura empaquetada y algo cursi, pero que era convención de la época. Escribir y enviar era toda una ceremonia, incluso cuando no mediaba Correos por medio: mi expectación al llegar al colegio en el autobús y esperar encontrarme, como sí sucedía, alguna postal en mi pupitre, cómo alguien se te acercaba en el recreo para dártela en persona. La ilusión de la espera, la incertidumbre sobre quién y quién no te las enviaría. Yo hacía algo de trampa: siempre era de las primeras en enviar y esperaba la legítima reciprocidad, también que alguien que no esperaba se acercase a mí con un deseo de nueva amistad, como una tarjeta de visita de otro tiempo. No sé en qué momento dejamos de enviar las tarjetas de Navidad: imagino que era mucho más fácil, barato y rápido dar los buenos deseos de forma apresurada, darse la vuelta y alejarse en unas vacaciones que ya apuntaban maneras de adolescencia y portazos. Todo pasaba muy rápido ya y el día 7 solo querías meterte debajo de un edredón con tu walkman y cualquier disco de The Smiths. Pero en casa de los padres, como insultantes recuerdos de otros momentos, seguían acumulándose durante el mes de diciembre los tarjetones con patinadores y abetos luminosos gigantes,  renos con señores gordos sonrientes en trineos y rubicundos Niños Jesuses desnudos con nieve de ocho metros al lado. Claro, cuando empiezas a tener esta percepción y haces esta lectura, ya estás a punto de estallar en acné y mala leche constante, a punto de cruzar el umbral de un cinismo estudiado. Afortunadamente, como las gripes, se te pasa con un par de tortazos de la vida y también con tiempo.  Ese que es ahora tan difícil de atrapar.

He recibido pocas postales de Navidad este año. Muy pocas. Para quien, como yo, hemos pasado días y semanas esperando cartas al vivir en otro país y hemos tenido grandes corresponsales (sustituida ahora la carta por los pantallazos de correo electrónico, por whatsapp y, en cualquier caso, por la calidez oral de Skype), empezamos a mirar hacia los buzones de casa con una mezcla de tristeza y condescendencia. El bueno del buzón empieza a ser tan anacrónico y vintage como las cabinas telefónicas, comienza a generar usos no deseados (en las testimoniales cabinas se mea y se fuma, mi buzón es el hogar de la publicidad de Telepizza, compradores de oro y plata y pintores “muy económicos” del barrio). Buzones como basureros, buzones que recogen lo que nadie leerá, lo que irá al reciclado o hecho una bola de papel al contenedor de enfrente. Buzones en diciembre, quién os ha visto y quién os ve.

Sigo abriendo el buzón todos los días. En la casa en donde vivo,los buzones-idénticos, cuadrados y altivos en su rigidez soviética-están enfrente del ascensor. Mientras espero, abro el mío para encontrarme lo que ya he dicho: propaganda telepizzera, quizá alguna carta del banco, modesta publicidad hecha en un ordenador personal como desesperadas botellas naúfragas,nada más. Pero reconozco que ejercen en mí esa ilusión irracional de un día de Reyes adulto. Porque a veces, solamente a veces, vuelves en diciembre a encontrar una felicitación, una postal de vacaciones en agosto, un sobre acolchado con un regalo que a duras penas consiguió el cartero acomodar en ese pequeño espacio. Porque los buzones siguen siendo una promesa de algo bonito, aunque eso solamente pase muy de vez en cuando. Como casi todo, ¿verdad?

 

 

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Mayores

Photo by Markus Spiske temporausch.com from Pexels

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Recuerdo a quien me explicó una vez, citando el título de un libro, que había una gran diferencia entre ser mayor y hacerse viejo. Sabemos todas, porque esta sí es una cuestión de género, el caldo gordo que le hacemos a la industria de la belleza asumiendo que envejecer es un proceso de descuido, no algo natural, un pequeño capricho genético al que solo escapan instragramers avisadas.  A mí me gusta estar bien, pero soy consciente de mi edad y, por supuesto, de lo que lleva consigo. Me relaciono en el día a día con personas mucho más jóvenes que hacen chistes constantemente sobre aparentar o no los años, sobre los achaques y la menopausia, todo es una risa condescendiente y yo me quedo atónita. Atónita  porque, queridas mías, todo llega: las tetas se caen, un buen día dejas de tener pómulos y tienes mofletes y te engorda el aire. Pero eso no es el problema: lo es que ese tipo de risas ahogadas, ea coña constante sobre la edad y el “cambiar de cifra” (sic) siempre me parece tarjeta de visita de falsas aliadas. Sobre todo, me entristece que hayan vivido tan poco como para no darse cuenta de que da exactamente igual: hagas lo que hagas, te pongas como te pongas, vas a cumplir cuarenta y luego cincuenta, tu cabeza y tu cuerpo seguro que irán por lugares separados, podrás mazarte en el gimnasio y gastarte una pasta en tratamientos ;el calendario avanza, amiga, estarás buenísima pero no dejarás de cumplir: la matemática es así y por muchos años.

Cuento todo esto porque he tenido recientemente una conversación sobre la convivencia con los mayores, nuestos mayores. Que no somos casi nadie la familia Ingalls está bastante claro (se pondrían las botas de haber existido Instagram: ¿os imagináis los selfis de Laura y Almanzo, las tartas espectaculares de Caroline o un vídeo de Charles tocando el violín? ). No hablábamos de la desgracia- subrayo desgracia- de cuidar a una enferma terminal, a un paciente de Alzheimer o demencia. De eso, quien me conozca sabe que he hablado largo y tendido, hablábamos de la relación con los padres cuando quedan viudos, cuando su entorno se desmorona, de cómo hacerles compañía sin ser invasivos o perder tampoco el tren de nuestra vida, de cómo estar sin estar de más. En esta conversación a la que aludo, alguien decía que mis Navidades le parecían lo más triste del mundo, al pasar la Nochebuena sola con mi padre. Imagino que esa imagen de un pavo descomunal y cuatro o cinco niños rubicundos alrededor de la mesa, con un enorme árbol iluminado es la idea de felicidad, la postal perfecta para muchos. La mía es diferente: tengo la suerte de tener a mi padre en perfectas condiciones, de disfrutar con él las comidas de los fines de semana y de hablar de la Coruña del ayer: del Relleno, del leirón del Casino, de los antiguos negocios de la calle Real, de los viejos tranvías. También de tiempos, es verdad, más felices en los que la familia era mucho más extensa, éramos más y la Navidad era un no parar de visitas y comilonas. ¿Y? Yo me siento privilegiada de haber podido vivir todo aquello y, sobre todo, de poder recordarlo. Ser mayor es, entre otras cosas, comprender también a los que ya son mayores que nosotros, entender sus ganas de hablar y sus silencios, su independencia y su necesidad de compañía.

Yo pasaré mi Nochebuena, seguramente, con una cena algo más frugal que las de años anteriores, seguiremos apostando a ver cuántas veces dice el rey “Cataluña” en el discurso, seguiremos comentando que los polvorones de antes eran mucho más ricos y llamaremos a la familia que nos queda por teléfono para desearles una feliz noche. Qué queréis que os diga: a mí la tristeza me parece otra cosa.

He escrito bastante sobre la Navidad, porque es mi época favorita del año. Si queréis podéis leer Lo que es a veces Navidad También esto: Mirada navideña e infantil.     O esto, mucho más grave: Scroogismo sin querer

 

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