Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “octubre, 2018”

Máscaras y mundo en pelotas

Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta hablan de máscaras, vida, venenos y la necesidad que tenemos de historias. (Tomé la imagen de Imbd: si es pecado, la quito, pero no gano un duro con este blog).

Recuerdo escuchar una vez a Fernando Arrabal (que años después  le dijo a mi amigo Carlos “usted tiene un increíble aire lapón”), que el teatro es extravagante porque ha de vagar siempre fuera. Y es verdad: ¿qué es el teatro sino ese espacio de anarquía y alegre libertad donde todo es posible?  Mucho más que cualquier otra forma de ficción, el teatro suspende convenciones, no hay reglas, manda el bufón, ese que puede escupirte en la cara por burgués. También, como decía Lope, hay que hablar en necio al vulgo para darle gusto, dado que es el que paga. Qué cinismo y qué alegría maravillosa. El teatro es desfachatez, sorpresa y vida: escaso y arriesgado, efímero y único. El teatro es el mundo en pelotas y ese lugar en el que alguien un poco más sensato le indica al emperador su desnudez, donde la máscara es ese salvoconducto para poner patas arriba todo. Vivimos tiempos de literalidad inmensa, de ausencia de metáforas: por eso es el teatro más necesario que nunca, para  reivindicar al comedia y el drama dentro de un espacio, para poder aplicarlo o no, todo es posible.

Esa parrafada que he escrito casi de un tirón me ha salido  tras ver Los comensales, ese falso documental, esa falsa película de Sergio Villanueva. Silvia Abascal, Juan Diego Botto, Sergio Peris-Mencheta, Denise Despeyroux y Quique Fernández, se reúnen para hablar de un proyecto teatral durante una comida campestre. Y ya se sabe lo que pasa cuando juntas actores y actrices, que hablan de sí mismos, de sus proyectos, de la crisis de la profesión, de paternidad y paso del tiempo, y, sobre todo, de la necesidad que todos tenemos de relatos, de ficciones y de mundos que nos permitan escucharnos, a nosotras y a nuestra respiración. Todo va derivando en un clamoroso derrumbe de cuartas paredes. Y hay risas y ante todo mucha, muchísima emoción. Cuenta Juan Diego Botto que, recién llegados a Madrid, su madre simultaneaba varios trabajos, entre ellos el de cocinera en un restaurante en turno de noche. Él y sus otros dos hermanos la esperaban en una salita anexa al comedor, medio dormidos, agotados, deseando que ella terminase para tomar un autobús e irse a un barrio lejano en el que vivían entonces. Y cuenta, con una ternura enorme, cómo su madre los despertaba y les contaba que los camareros del restaurante le habían asegurado que la Pantera Rosa estaba en Madrid y que tenían que estar muy muy muy atentos por si la veían en el camino a la parada del bus. Cómo no maravillarse ante esta historia, cómo no recordar que mi padre me contaba, cuando niña, que él era amigo de Lindo Pulgoso, que le acompañaba todos los días desde su oficina a la puerta de casa, mientras yo, fascinada y con la boca abierta, iba comiendo poco a poco la odiada tortilla francesa. La ficción, las historias, los relatos nos permiten tragarnos cualquier tortilla francesa, incluso enfrentarnos con ella, perderla de vista, soñar, en suma. Y, volviendo a la película, esa reivindicación de lo ficticio como necesario para sobrevivir es también un grito a favor de todo lo que nos llena y no es subsistencia: las tardes en el cine, las canciones repetidas porque nos gustan, los besos, perder el tiempo mirando por la ventana. Todo eso es la vida, lo demás, ya lo hemos dicho, es subsistencia.

Al final, sin telón ni nada, sabemos que estos actores y actrices esperan a un Godot que, las paradojas de la narrativa, es quien sostiene la cámara, testigo mudo de todo lo que allí, improvisado o estudiado, ha sucedido. Y ofrecerlo es un acto de amor al teatro que tanto nos ha dado a personas como yo, pero también de la ficción y los cuentos, de las historias inventadas que tanto han hecho para que personas como yo seamos así como somos, para bien o para mal. Es biología y es piel: cómo vivir sin la verdad de las mentiras.

(Al final de la película sale una cita del grandioso Peter Brooks que resume, mejor de lo que nadie podría hacerlo, lo que es el teatro: “El teatro no va de nada. Va de la vida. Es vida”.

(Telón)

 

Los comensales (2016) de Sergio Villanueva la podéis ver en Filmin.

 

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Manos y otras vidas

Publicidad de Crescendoe gloves, hacia 1950. He encontrado la imagen en Pinterest y creo que no tiene derechos. Si no es así, adviértanmelo y la retiro, aunque yo no gano un duro con el blog.

Miro mucho las manos de las demás, las manos que veo a diario, porque me parecen siempre las hermanas pobres de la fisonomía de alguien. Pasamos la vista por encima, como en las lecturas en diagonal de titulares y de rabias tuiteras, poco más. Veo tantas manos desconocidas en el día a día que tienen historias o que son historias en sí, que una ya no sabe si las inventa o forman parte de esa realidad aumentada que vamos hilvanando para pasar la vida.  Las manos del revisor del tren, devolviéndote el billete todos los días. Las manos de la señora que vende la fruta,  haciendo despacito una cuenta en el extremo del papel que está sobre la mesa, sus dedos regordetes exhibiendo sortijas y un esmalte de uñas de color perla. Las manos también que me curan cuando pulsan algún circuito oxidado de mi cuerpo, “clínica de fisioterapia” pone en la puerta, unas manos algo naif en el cartel del anuncio. Otras manos  ofrecen poemas envueltos en un rulito con un lazo, todos los días delante de casa. Oigo la voz que me pregunta si quiero un poema, a veces lo rechazo con dulzura;otras, me da pudor no hacerlo, lo compro. Otras manos, también desconocidas, se extienden delante de mí como una interrogación muda: dame dinero, llévate la tristeza, aparta la oscuridad. Manos que gritan, tantas manos a diario : las manos como el estandarte de una biografía que desconocemos, casi como la máscara de las personas que vienen detrás.

Hace años jugábamos a construir vidas ficticias, las “vidas de mentira”, lo llamábamos. Hubo un momento que el gusto por la ficción comenzó a desbordarnos y dejamos de tener en cuenta la realidad. Dejándonos llevar por ese afán de competir en la fabulación, típica de los cafés de media mañana en la Universidad, imaginamos vidas al profesorado: así tuvimos una profesora a la que imaginábamos como reina de la belleza que había invertido el dinero del premio en pagarse una educación en prestigiosa universidad (en lugar de haber huido a probar fortuna en  Hollywood) ; un profesor al que creamos un pasado de atleta ligón en una universidad del Medio Oeste norteamericano, a  un reputado investigador le colgamos la cruz de que era,en realidad, un próspero comerciante de chucrut y salchichas en una pequeña localidad de Renania. Nos divertíamos tanto que creíamos tener el don de los guionistas para situar actores reales en entornos ficticios, los usábamos casi como peones sobre un tablero que nosotros íbamos moviendo a placer. La única regla era ser más rápido que los otros a la hora de descubrir nuevas presas, a la hora de hilvanar una biografía disparatada que provocase la carcajada de los jugadores. Ese recuerdo, ahora, me estalla en la cara como algo obsceno, casi como el haber participado en una novatada de la mili o en una burla general hacia alguien que no lo merece. Y no porque no fuese divertido, no. Porque he leído hace días la historia de un violonchelista de éxito que toca en la calle para sentir al público, desplazado por una cruel invalidez de su puesto en una orquesta de renombre. Y es una biografía tan literaria que seguro que en aquellos años de risas y fabulaciones se nos habría ocurrido algo similar. Y mientras toca en la calle, cerca de mi casa, miro sus manos que vuelan de un lado a otro del instrumento, unas manos que nacieron tan lejos de esta calle y de este momento en la vida, unas manos que han abrazado y habrán tirado de maletas en aeropuertos, habrán hecho también cuentas en el borde de un papel, habrán firmado contratos y resuelto crucigramas, habrán seguido la línea de la lluvia en un cristal, quizá en muchos más lugares del mundo en los que lo he hecho yo.

Y ahora, que intento terminar un post para que este blog siga teniendo sentido, me entero de la muerte de Carmen Alborch y evoco aquellas manos firmes y huesudas, su sonriente inteligencia, su melena rojiza y su modo de explicarnos que la soledad voluntaria es la forma más plena (¡y difícil, hijas, difícil) de la independencia. Manos, pelo, sonrisa. Qué esquemáticos son siempre los recuerdos, joder.

Aznavour

Photo by Edu Grande on Unsplash

Para Fran

Qué ajeno ha vivido Aznavour a saber cómo marcó parte de mi vida y la de algunos más. Siempre me he preguntado cómo será convivir con el éxito sabiendo, muy de lejos, y sin saber, muy de cerca, que has cambiado la vida de alguien, que tus palabras- tus letras y melodías- han podido estar en momentos tan definitivos de la vida de otros. Cómo puede saber alguien que, por ejemplo, para una niña era difícil ahorrar el precio de un disco doble para regalárselo a su padre en el día de San José. Cómo saber, del mismo modo, que aquel disco giró y dio vueltas casi hasta el infinito, que aprendimos de memoria (e imitábamos el acento francés con gggrrr) que Venecia ya no era igual, que Isabel era algo díscola y lejana, que alguien amaría de forma desesperada o que el París tristemente dominical había perdido el encanto bohemio, sustituido el cuarto del artista por un café-bar “y arriba una pensión”. La música es siempre una patria duradera: te la llevas dondequiera que vas, en tu recuerdo y en el de otros. Silbamos canciones, las canturreamos mientras conducimos o vamos al supermercado, cuando caminamos de prisa y apurando el paso entre la gente, cuando desayunas en familia o a la mañana siguiente de haber despertado la piel de alguien. Se te queda dentro, es un pasaporte que jamás caduca. Aznavour estuvo siempre: en mis dieciséis años mi padre me despertó poniendo aquel viejo vinilo que yo le había regalado años antes, el famoso disco doble “del armenio”. Me encantaba la cadencia de la voz de Aznavour cantando en español “Tus dieciséis años” . Luego vinieron años distintos, otras canciones y al vinilo lo sustituyó un moderno cd que compré en un viaje a Madrid y que también fue un regalo de día del padre. Mientras mi madre era de Montand y de Mari Trini, mi padre y yo teníamos un cariño especial a este señor de rostro algo imposible (eso si, las ojeras de Montand, ñamñam).

La muerte de alguien a quien no conoces, por muy famoso que sea, por muy conocida y popular, se convierte siempre en algo banal en el momento en que compartes la noticia en redes sociales. Quizá sea cierto que nos convertimos en plañideras virtuales e incluso nos sentimos mal si no participamos de los aspavientos colectivos: es posible que haya un efecto dominó. Un lamento de hoy es el olvido de mañana. Pero también es verdad, entrando casi en abierta contradicción con lo anterior, que cuando muere alguien que estuvo (y digo bien: estuvo) en tu álbum de recuerdos, una siente que le arrebatan patrimonio. O, quizá, también nos entristece que nuestro contexto, aquel que parecía tan sólido, aquellos anclajes tan firmes, sean referentes irremediablemente efímeros y  que serán, con toda seguridad, sustituidos por otros. Y ya está, quizá no haya que darle más vueltas y asumir que somos y seremos formas de olvido, perdurables solo en la memoria débil de algunos.  Se va Aretha Franklin, se fue Bowie, se va todo dios y repetimos siempre lo mismo: “Joder, vaya año”. ¿Vaya año? Saquemos cinismo y barejemos cartas para decir lo siguiente:  todo esto tan apocalíptico, queridas,  podría resumirse de forma mucho más breve y más prosaica. Lo que pasa, sencillamente, es que vamos haciéndonos mayores y los equipajes se aligeran. Pero esto no importa: hoy, aunque solamente sea por todo aquello en lo que Aznavour participó sin saberlo de mi vida y memoria, me pongo enterito el disco doble, canto a alarido limpio mi imitación de su acento francés y me bebo mi particular homenaje. Ese que cada una tiene que escribirse a sí misma cada día.

Más sobre las músicas de nuestras vidas, en este post: Te grabé una cinta.

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