Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “septiembre, 2018”

Libero Marsell

Sin título y sin créditos. Ojalá fuese el joven Libero Marsell mirando hacia su futuro, pero me temo que no. 🙂 Pulsa en la imagen para fuente.

 

 

Pocas cosas hacen asomar mi lado más arácnido que el hecho de que me pregunten si me identifico con algún personaje de una obra literaria. Entendámonos: todas jugamos a vestirnos de ropajes de ficción y de ser otra u otro. En ese carnaval inventado escogemos los rasgos más románticos y cool de un personaje, precisamente porque sabemos que no podemos extrapolarlo a la realidad. Qué duda cabe que ante la ficción y la vida una elegirá siempre la vida, especialmente porque no sería nada recomendable- si apreciamos en algo nuestra supervivencia- ser el pirata de Espronceda, la Tess d’Auberville, el Pijoaparte o Sal Paradise : gran parte del atractivo de escoger y jugar es que rompemos la baraja, nos ponemos el traje gris de cotidianidad y cerramos el libro. Y, punto y aparte, hasta otro alter ego en otro momento.

Toda esta falsa teoría- que de cierta solamente tiene que es un error confundir literatura y vida, autor y personaje, escritora y autobiografía- se me viene un poco abajo con las llamadas bildungsroman o novelas de aprendizaje. Ahí se me va todo al garete, amigas: Stephen Dedalus, Lázaro de Tormes o la Nan de El lustre de la perla, Holden Caulfield, Pip de la Forja, Daniel el Mochuelo, sabed que soy vuestra escudera. Lo soy o lo era, quizá, porque os vais por el sumidero con Libero Marsel, qué le vamos a hacer si siempre somos más del último que llega. Qué jodido y raro es enamorarse de un personaje tanto: ese amor que va por encima de enjuiciar o de sentir su moralidad como propia, de aprobar o reír sus cuitas y desventuras, de perdonar, incluso, sus barbaridades. De sentir cómo le adviertes (“No, Libero, no, eso te va a hacer sufrir”) o de aplaudir su contenido lirismo. Ay, Libero, que tanto has aprendido de las mujeres que te harás sin querer una lectura feminista de la vida sin darte cuenta. Libero, Libero: que menos mal que nos tienes, hijo, menos mal.

Leo Actos obscenos en lugar privado cautivada sobre todo por su título y asisto a una muy mejorada educación sentimental, una reubicación en el mundo de un joven que crece y se  hace  entre Milano y París, con la sensualidad y el sexo-variables casi siempre parejas,casi siempre distintas- como telón de fondo, tanto de esa necesidad de encontrar su lugar en el mundo como del saber realmente quién es. Y lo hará por caminos que serán familiares para quien lea. ¿Por qué?  Pues porque gran parte de la cartografía de esta novela es una llamada a la imaginación colectiva, unas imágenes vibrantes y magnificadas que tienen aquí trasunto de paisaje narrativo y que aluden a muchos de los lugares comunes de la época:  si Libero vive en el París de finales de los 70 pues irá a Deux Magots. y se sentará en el lugar donde se sentaba Camus, justo porque acaba de leer El extranjero y está tan sumamente fascinado por esa lectura como lo estamos todas ante un primer descubrimiento literario. Pero Camus ya ha fallecido y en su lugar conocerá a otro hombre que también tiene mucho que ver con la frialdad de vivir, que es Sartre. Libero leerá, aprenderá mucho de los libros y de su trabajo en uno de los bares más literarios del imaginario colectivo occidental, de su habilidad para formar tertulias, de la universidad y de las mujeres que lo rodearán en esa época, auténtico centro de la novela y auténticos pilares de esta historia o, quizá, de todas las historias.  Libero redescubrirá a su padre, en la distancia y la ausencia (ay, el duelo, la orfandad cuando aún no eres un hombre, cuando no eres adulta ni nada), encontrará el ansiado y omnipresente sexo, volverá a Milán tras una ruptura demoledora. Y Milán, con su luminosa, helada y señorial majestuosidad, le guiará hasta  el adulto que está ya agazapado en el petit Libero que ha salido de París: el que descubrirá más y mejores formas de amor, menos literarias, más reales. Será el que irá en motocicleta con su amigo Lorenzo y un chucho con nombre y apellidos (si tengo un perro le pienso poner Palmiro Togliatti, que lo sepáis), el que olvidará a tantas mujeres como muescas hará en la barra de la taberna de Giorgio, el que perderá mucho para encontrar a aquella a la que amará, la que hará que dé un vuelco a aquello en lo que trabaja para encontrar su verdadera vocación. Pero antes, para llegar a eso y fuera de los juegos y azares extraños del amor, follar, lo que se dice follar, Libero follará muchísimo, pero no es excesivamente importante aunque ocupe tantas páginas, tanta reflexión, tantas expectativas y tanta espera. Habrá mujeres  a lo largo de todo el camino que, casi, podrían ser una, pero serán dos y(o quizá finalmente tres):  una madre que lo conduce hacia una vida no buscada, pero a la que acabará conquistando, entendiendo y queriendo cada vez más y, también, la bella y esquiva bibliotecaria Marie.  Si existe en esta novela  un personaje con el que el riesgo de caer en esa empatía que siempre señalan las reseñas cutres (y que, como he dicho, despierta mi lado más arácnido) es Marie. Marie, joven bibliotecaria, culta e independiente, a la que siempre imagino entre vahos existencialistas y discusiones con boinita calada y camiseta de rayas. Marie, la libre, la deseada y de nadie Marie. Porque lo que aprende también Libero es que, para muchas mujeres, el problema no es encontrar el amor, es que el amor te encuentre a ti: que los hombres con los que compartir la vida sean capaces de ver algo más que un perfil de sensualidad desbordante. Que no suceda, que no te conformes,  hace que siempre una se decepcione, aunque se vuelva a intentar, quién sabe.

Actos obscenos en lugar privado es, claro está, una novela de construcción. Construcción a través de las lecturas, del cine : desde Milan Kundera a Dino Buzzati, pasando por Malamud; de los salvajes alaridos de La chaqueta metálica  a la belleza melancólica y trágica de Una giornata particolare, con el hermoso Mastroianni regando las macetas. Pasear por esta novela es hacerlo por el bosque  cultural, incompleto y ambiguo ¡tan plagado de fantásticas incoherencias! de nuestras primeras épocas de voracidad lectora y cinéfila, de ese mundo que te quieres comer verso a verso y que podrá comerte en cualquier momento. Ese mundo de “pisábamos los charcos, tan lejos estabas” que cantaron alguna vez, y para mí, Golpes Bajos. Pero, claro, llevar la música y la literatura al terreno de lo propio es convertirse en un lector excesivamente permisivo. Algo, como en el título de esta novela, particularmente obsceno.

Bonus Track

Os dejo una entrevista con Marco Missiroli y si os queda la chaqueta de punto como a él  podéis dejar un comentario, gracias. Si no, también podéis dejar un comentario, gracias.

Atti osceni in luogo privato está editada por Feltrinelli . La traducción al español la hizo Carlos Gumpert para Salamandra y es magnífica.

 

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El paso del verano

Harry Watrous The passing of summer. Imagen en Public Domain (thanks Metropolitan Museum of Art, NY) y es un cuadro con una maravillosa historia que podéis leer online. Pinchad sobre la imagen y accederéis.

Harry W. Watrous observó a una mujer sentada sola en la terraza de un restaurante francés,casi a principios del otoño de 1912. Se dirigió a ella y le preguntó: “¿Qué, aparece ya el príncipe azul?”. Y la mujer respondió : “No, y ya está pasando el verano”.  Dejemos a un lado ese estigma de expectante guardia asociado a la mujer soltera- qué poco han cambiado algunas percepciones, por mucho que nos empeñemos- y hablemos del paso del verano, de ese istmo entre dos mundos que no tiene nombre ni nada. Este momento del año sin bautizar es la estación perfecta: decae el verano pero se resiste numantinamente; otoño, eres aún muy lejano. Miro,al fondo del armario, las botas con las que saltar los charcos de los próximos meses: están también como dormidas, hoy no es su momento, pero podría serlo mañana. Quién sabe.

Verano, qué rápido has sido y cuánto me diste. Qué poco registré de la falta de horarios, de los planes imprevistos, de la laxitud del tiempo perdido, de los silencios guardados en compañía. Oye, verano, que tengo nostalgia ya de ti cuando aún no te has ido, yo que siempre te desprecié frente al otoño de reuniones caseras y castañas. No me lo tengas en cuenta: ya sabes que mi capítulo favorito de Mad Men es aquel en el que Don Draper diseñaba el carrusel de recuerdos, y estos meses de sol y salitre me han fabricado auténticas bellezas. Verano de 2018, eres ya una vieja película doméstica, temblorosa y de colores desvaídos. Estoy de nuevo en el aeropuerto en la llegada de Marta y Lorea, otra vez las conversaciones en la playa de O Grove y las cañas en el Naútico de San Vicente, el viaje con Javier, Tomi, María e Irene a los cadaleitos de Ribarteme. También el regreso a un apartamento superpoblado, agotados y muertos de risa, después de los conciertos del Atlantic Fest en la Illa de Arousa. Agosto, tú me llevaste a un viaje urbano de libros y conversaciones exquisitas, a hacer nuevos amigos, a recorrer plazas y calles de mi ciudad siguiendo la música, como si esta ciudad atlántica y de viento fuese Hamelin. Otro día fuimos  a Carnota y la casualidad me regaló la foto más hermosa ; también me traje mi cesto de playa lleno de conchas y arena. Ese día- muy poco antes del Ferragosto-  acabamos hablando de Thomas Bernhard en un bar de carretera, también de que divago cuando cuento las cosas. Joder, verano, para no quererte mucho, tengo que decir que te has portado: hasta terminé comiendo natas en Porto, y viendo anochecer en Gaia, qué más puedo pedir.

Comencé hablando de aquella mujer que sentía que el tiempo se le escapaba sin remedio, cansada de esperar un futuro que no llega, que se convierte en pasado en menos de un soplo. Seguramente es la edad, claro: ahora que ya no forro libros, que no espío rotuladores y cuadernos nuevecitos sobre la mesa, todo me parece menos importante.  Eso lo magnifica todo porque – ay, la paradoja- lo fugitivo es aquello que siempre pretendemos enmarcar. Esa es también la idea de escribir: ntentar retener algo, lo que sea, darle la carta de naturaleza real, de que ha existido. Creo que era Perec el que decía que ese modo de conservación tenía que ser meticuloso: un recuerdo siempre es vago aún en la nitidez. Llenarlo de tinta, de negro sobre blanco o de caracteres bailones en la pantalla de un portátil, es lugar a favor de la supervivencia, no sabemos a qué, dado que el olvido siempre viaja con nosotros.

Aun así, este tiempo de tregua entre dos estaciones, vago y perverso como una flor rara, me hace tan feliz en mi lucha a favor y en contra de los recuerdos. Casi tan feliz como el otoño que intento adivinar, cada día, al asomarme a mi ventana.

Bonus tracks:

Tenéis que ver Heavies Tendres en Filmin. Hacía tiempo que no veía una historia tan tierna de amistad:  esta que nos cuenta Juanjo Sáez entre dos chavales de una barriada de Barcelona, justo antes de las Olimpiadas, es para tomar nota.  Música heavy, familias dispares, sobrevivir al instituto cuando eres repetidor o raro, el primer amor. y ser adulto cuando no te corresponde. Todo eso y mucho más.

Yo estoy leyendo Los bellos y los dandis de Clare Jerrold que solamente por la edición de Wonderkammer ya vale la pena. Macaronis, beaux y Bucks, entre otros, en este tratado sobre el dandismo escrito en 1910.

Oh, y me he presentado a un premio literario que no voy a ganar, pero por lo menos me he atrevido. Lo pongo aquí porque así lo disimulo más.

 

 

 

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