Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “julio, 2018”

Huevos y castañas

Hubbell y Kattie, huevo y castaña, no necesariamente por ese orden.

Hay muchas cuestiones incomprensibles a las que, por cotidianas, no prestamos ya atención. Es un milagro que se encienda una bombilla, que tenga este cacharro cuasi perfecto que me permite ir escribiendo, estar a la vez conectada con el mundo y envuelta también en una cuidada misantropía. Es un milagro, paradójicamente, que no nos cansemos nunca de que vuelva  la primavera, de que nos pille la lluvia en medio de la calle o que un espejo nos devuelva esa imagen ajena y familiar que somos nosotras mismas. Imaginemos lo que sería mirarnos en ese espejo cotidiano cualquier mañana y,en esa simetría, encontrar una mirada extraña (ojalá un cabello pelirrojo, unos ojos menos miopes, una talla de pantalón más democrática). Esa sorpresa a lo Gregor Samsa nos convertiría en un doppelgänger imposible de aquello que conocimos, una nueva versión de un yo asumido, una extrañeza divertida y a la vez algo aterradora, inquietante; y con la que tendríamos que recorrer el camino de la costumbre. “Eh, esa soy yo ahora, tengo esta cascada de rizos pelirrojos y esta mirada a lo Rossetti, por favor que no se desvanezca, que perdure”. Creo que yo tardaría muy poco tiempo en domesticar esa ilusión y hacerla mía, a enamorarme no de mi reflejo, sino de esa nueva fisonomía que se apropiaría de mi carácter, de mi calendario y de mi DNI. Y emprender casi una nueva vida, qué difícil es la identidad y qué compleja es la imagen de nosotros que nos devuelve.

Yo no sé si esto tiene alguna analogía posible con lo que es enamorarse. Si alguien lo sabe, que me lo explique. No creo que existan millones de formas, quizá exista solo una y todos la hayamos asumido con esa natural y laxa indiferencia con la que vemos salir agua de un grifo o encendemos la televisión y aparece lo repetido, el puro atrezzo.  Es curioso: nos sorprenden los fallos del sistema, pero no  encontramos ninguna gratificación en aquello que es mecánico o automático. No, no haré una analogía con la rutina. Creo que hay una natural evolución en la convivencia, en el paso de ser amantes desbocados a familia, a que los lugares que eran testigo de explosiones de besos y piel revuelta se conviertan en paisaje doméstico. Es algo natural, no le demos más vueltas. Lo que me sigue maravillando es esa atracción difícil entre huevos y castañas, entre lo ácido y lo básico, entre Capuletos y Montescos, entre gente del Barça y del Madrid, de votantes del PP y Podemitas, de calma y tormenta, de beatlemanicos y rollingstonianos, de pijos y gichas. Sí, compro la idea de los polos opuestos, pero hablo del largo recorrido, del, casi siempre agotador, ejercicio de la tolerancia. Y, ay, esto es lo peor de todo: somos a veces tan distintos a la persona en la que nos fijamos que nos la llevamos puesta y tiramos el ticket, la metemos en la lavadora de nuestra vida sin mirar la etiqueta, establecemos una lista previa de cualidades que queremos encajar en ese objeto como si fuese una creación a medida. ¿Cuánto tiene el enamoramiento de intentos de Pigmalión, de ruleta rusa, de tirarse en plancha? ¿Cuántos desteñidos es capaz una de acumular a lo largo de su vida? O, quizá, sea algo más complejo como que la mutua y secreta admiración que late bajo una discrepancia alimenta la pulsión erótica. Que los fachas o los perroflautas pueden ponernos, dependiendo de dónde estemos situadas. Y si no, díganselo a la narradora de Noites de safari, Marleen Malone, en la entrada dedicada a la F y G de su particular diccionario recopilatorio de amantes.

Yo iba a hablar de cosas tan diferentes como la capacidad de reconocer el amor y esconderse por miedo al sufrimiento, de la felicidad en la vida sin pareja, de la última de Gornick y su relato del amor en el que alguien se diluye. Todo eso hoy puede esperar. Porque pensar en huevos y castañas, en ese impulso que empuja hacia un territorio de antípodas, a otro lenguaje y otro planeta. es hablar de Hubbell y de Kattie. Y, qué quieren, mientras todo el país ve el Mundial, mientras lo suyo sería desmarcarse con Una giornata particolare, yo me pondré a ver por millonésima vez The Way we were. Porque el final, ese final frente al Hotel Plaza de Nueva York,  yo sí creo que es feliz y legítimo. En los amores difíciles, ese equilibrio inestable entre contrarios tiene una trayectoria de corto recorrido, ese es el pacto, es efímero y no lo olvidaremos nunca.  En cualquier caso, y a pesar de todo, el mes favorito, como dice un personaje de la película, sigue siendo abril.

Nota: estoy en un momento débil y crítico, por favor, absténganse de decirme que hay un capítulo de “Sexo en NY” que, literalmente, se carga una de las mejores escenas de la historia del cine, con la insufrible Carrie Bradshaw haciéndose la activista guay. Gracias, es que soy muy sensible.

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Curiosidad

Boy, child, chair and house Photo by Teddy Kelley on Unsplash

 

Es posible que la curiosidad no se pueda adquirir y que venga de fábrica. A mí me gustaba tanto de niña destripar algún juguete para ver qué tenía por dentro  como espiar  tras cortinas o árboles. A la decepción de ver el plástico retorcido que estaba dentro de una muñeca ( o la cantidad de tuercas, ruedecitas y alfileres en los ingenios mecánicos de los setenta) seguía el silencio de ir reconociendo esos huecos, esos vacíos, esas piezas alineadas  y esparcidas sobre la alfombra como  claves de algo que aún no sabía en qué podrían consistir. También me gustaba mucho esconderme y comprobar como era el mundo, cualquiera, sin que yo estuviese visible, por el medio, vaya. Recuerdo la primera vez que vi a alguien que yo conocía besarse apasionadamente en un rincón de los Jardines de Méndez Núñez; me pareció terrible porque era a escondidas, y me pareció precioso porque era como en las películas que, todavía, yo no era capaz de seguir argumentalmente.  Pensar en si yo sabría besar  de forma apretada e intensa no era algo que llenase mi cabeza en aquel momento, lo fue después, cuando pensabas en dónde y cómo se harían algunas cosas. Pero sí lo era el sabor agridulce de esa clandestinidad de dos novios que, sin saberlo, habían compartido ese momento con una espectadora atónita  y desconcertada. Ser curiosa era buscar, era intentar entender: qué hay dentro de ese frasco y por qué está tan guardado, qué pondrá en ese libro que mi madre forra con otra cubierta y se cree que yo no me doy cuenta, por qué los cajones tienen una llave y una cerradura. Qué significado hay detrás de ese alfabeto extraño, de esas líneas que recorren el papel, por dónde podrá eso llevarme. Hacia dónde va ese límite que tiende a infinito, qué es eso, de qué me hablas. La aritmética, la lógica y la sintaxis eran territorios en los que una curiosa se siente comensal, puede empezar a jugar, a pensar a dar vueltas a todo.

Hay que alejar a la curiosidad de su carga peyorativa, por mucho que se empeñase la Biblia en asociarla a la mujer de Lot y a su falta de palabra.En realidad, la pobre mujer que huía de Sodoma era una nostálgica que lo que necesitaba era saber qué dejaba atrás para entender su futuro. Edith, que creo que ese era su nombre, era una desobediente, otra palabra con carga negativa (como los electrones que rodean al núcleo) y lo era por necesidad de saber, por  curiosidad. Necesidad de saltarse una norma machirula y decidir que miro lo que me da la gana, no te fastidia. Como deberían hacer la mayoría de las mujeres y niñas que sienten esa necesidad de explorar, de averiguar, de estudiar y conocer. Es muy legítimo y necesario reinvindicar el papel de la mujer en la ciencia, la invisibilidad a la que se vio abocada durante muchos, muchísimos años. Pero el peligro ahora es volver a caer en esa aristocracia de las ciencias frente a las letras : a mí me interesa muchísimo más la antropología y la lingüística que la biología o el dibujo técnico, cosas de la vida, pero nunca he dejado de leer sobre lo que me fascina de la física y adoro la divulgación científica. Esa nueva dicotomía, esa falsa aristocracia, evidencia además algo muy absurdo: primero, que prioricemos siempre unos conceptos sobre otros y segundo, la carencia de entender el aprendizaje como una formación humanística.  Ese maniqueísmo del que hablo hace que ya conozca  alguna cría de buen expediente y mejor cabeza que no se atreve a manifestar en público que quiere estudiar Filología Hispánica por temor a la carcajada general, cuando sí conozco a mucha indolente (jaleada por sus padres) que “ya estudiaré esos tochos para setiembre porque ya aprobé lo importante” (sustituyan la palabra importante por la Ivy League de asignaturas de la ESO).  Es lastimoso, desde luego, que después de tantos, tantísimos años, la educación que reciben siga siendo tan rígida como para no poder maridar poesía y física, literatura y matemática y, sobre todo, que hemos vuelto a la idea de que no son disciplinas que conviven. Más que maridar: no hay que priorizar y, sobre todo, no hay que establecer el axioma de”estudiar para el futuro”. Pues no: estudia para el presente y para lo que te haga feliz. Las oportunidades laborales son siempre una forma veladamente disfrazada de capitalismo perverso y nunca sabe una dónde y cómo va a terminar trabajando. Estudiar para la felicidad, ser feliz estudiando es la clave. Cuando discuto sobre esto y hablo del tránsito de STEM a STEAM, la gente me mira como a una pirada. Y no creo que la curiosidad de la que comencé hablando tenga un color determinado: las artes también se entienden, se estudian y se comprenden, eso sí, en un marco educativo interdisciplinar. Yo, que soy filóloga, soy una apasionada de todo lo que tenga que ver con pantallas y sus lenguajes y romperme la cabeza intentando entender un programa determinado me flipa. ¿Soy un caso raro? (quizá no sea bueno que contestéis a eso).

Yo, cada vez que leo cosas como “Las chicas son de ciencias” me dan ganas de contestar “que sean de lo que les dé la gana”. Y, sobre todo, más que ser de algo: que estén. Eso sí es lo necesario.

Qué estoy leyendo.

Acabo de terminar El café sobre el volcán. una crónica del Berlín de entreguerras 1922-1933 de Fernando Uzcanga Meinecke y editado por Libros del KO (me compraría TODO el catálogo de esta editorial). Qué voy a decir: LIBRAZO. Extraordinariamente bien escrito, tomando como centro de referencia el café Romanische berlinés,  pero haciendo un recorrido por las circunstancias sociales, políticas y culturales alrededor de la república de Weimar y el ascenso del nazismo. Y a esta señora, que se hable del cabaret político, de actores y actrices conviviendo con pintores, cineastas y escritoras, la enloquece.

Ahora estoy de nuevo con Gornick y me esperan una pila de cosas para el verano que no me acaba de llegar.

Qué he visto: Tenéis en Filmin dos documentales muy diferentes pero muy recomendables incluidos en la colección del Orgullo:  Trans y Samantha Hudson

Qué escucho: Buscad en Spotify la lista que han hecho mis amigas de The Office Comunicación y no os arrepentiréis 🙂

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