Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “abril, 2018”

Abril de 1966

Nate Fisher explica, desde muy lejos ya, la traición de la fotografía.

 

 

Yo tenía  la idea de escribir un post sobre un 11 de abril de 1966. Yo tengo la idea desde hace tiempo de escribir sobre todo aquello que es parte de mí y que yo no he vivido, de todo aquello que ha sido un punto de partida desconocido, unas vidas lejanas  que han tenido la desfachatez de existir sin que yo las conociese. Yo nací a las tres de la tarde de un día de febrero de 1967, ahí empieza una historia, la mía, de la que soy dueña solamente en parte. Porque, ya lo he contado, todo comienza mucho antes, cuando un 11 de abril de 1966 una joven mira ilusionada a la cámara, con gran sonrisa, velo y traje blancos satinados.  Esa fotografía me devuelve el momento desconocido en el que una desconocida sonríe sin saber que yo llegaré al año siguiente, sin saber que me pelearé mucho con ella y que  me equivocaré en tantas cosas, acertando y siendo terriblemente terca en otras. Mi madre es esa mujer de la foto- ¡bellísima!-que sonríe, joven e ilusionada, envuelta en un blanco que destaca aún más sus ojos castaños. Ella  no sabe que yo tendré ojos azules y que lloraré por caerme de los patines, porque me he visto sola en aeropuertos, porque me romperán el corazón y me iré de casa muy pronto, casi niña, altiva y con la desvergüenza de la juventud sin equipajes. Tampoco sabe que le cogeré la mano el último día de su vida, ni que me echarán del comedor del colegio por tirar un filete por la ventana. Ni que escribiré, deseando ( o no)  todo lo que guardo llegue a algún lugar algún día. Ella no lo sabe, yo tampoco sé nada de cómo ha llegado hasta aquí, cuáles eran sus expectativas ante una familia nueva y por estrenar, si esperaba que yo fuese Diego con más alegría de la que soy  Lorena. Reconstruimos, coleccionamos anecdotario siempre más tarde, pero ¿quién eras tú ese día? ¿cómo abrochaste todos esos botoncitos que lucen en tu traje, qué pensamientos iban y venían de ti esa mañana en que salías ya de tu casa para siempre?

Leo el libro de Vilas, Ordesa, y me sobrecogen algunos párrafos, disparos directos a ese pasado de los padres que los hijos desconocemos. Padres que, jóvenes, miran a la cámara con chulería, con humildad, con timidez o desafío. Vestidos de domingo, con amigos anónimos ; chicas que van del brazo, reidoras, en pandillas por lugares por los que yo también pasearé años después, casi mil años después.  ¿Qué puedo saber de esos momentos, de esas horas previas y posteriores; qué sé yo de la espuma de los días hace más de sesenta años para una chica de provincias, para un hombre de provincias? ¿Qué sé  de mis muertos?  Nada, igual que Vilas, por mucho que se empeñe. No sabemos nada. Solamente conozco aquello en lo que yo intervine de algún modo. Podría reconstruir clas rarezas del lenguaje doméstico, las piezas del puzzle de la historia de una familia como tantas. Y es curioso; andamos muchas de mi generación en este ejercicio de volver a la casa familiar y respirar de nuevo todo lo que en un momento nos asfixió. No sabemos cómo será la orfandad en la edad adulta hasta que nos toca. Y no es una cuestión solamente de dolor; lo sorprendente es cómo dinamita todo lo que está alrededor del pasado desconocido.

Yo había empezado algo que prometía ser largo pero que, quizá, se quede en un cuaderno con notas. Me toca ahora saber si quiero que todo el hilo que emana de una fotografía del mes de abril de 1966, de un día concreto de ese año, sea un relato que pueda ser distinto a ese ejercicio de reconstrucción colectiva del que antes hablaba. No somos conscientes de aquello que vivimos porque no podemos registrarlo con precisión de entomólogo;  es la maldición del presente, solamente entendemos algo cuando ya es pasado y nada, absolutamente nada, es reparable. No podemos capturar nada en una foto porque todo se ha marchado después de hacer click: ya es otro momento, es otro lugar, es otra forma borrosa de nostalgia.De por qué queremos recuperarla, creo que habla también  algo de la mala conciencia de hijas, del desapego feroz o no, de cosas que tienen poco que ver con la arqueología y más con la necesidad de comprendernos. Un ejercicio que, en el fondo, no deja de estar traspasado por el egoísmo.

Nunca sabremos quienes fueron. Pero sí las que fuimos cuando nos tocó tenerlos cerca, aunque eso, y me jode decirlo, sea casi una forma de expiación.

Ya escribí algo sobre las fotografías, Barthes y un momento difícil de la vida en este post: Barthesiana Y, por supuesto, el ensayo de  don Roland, La cámara lúcida

Lectura: Ordesa, de Manuel Vilas. Y también ahora, por dos recomendaciones: Por favor, mátame: Una historia oral del punk de McNeil&McCain  y Laetitia o el fin de los hombres de Jablonka. Todas ellas en su biblioteca o librería favoritas.

Música: Ahora la playlist de Tiempos de swing, que han creado los de Salamandra cuando se lanzó la novela homónima de Zadie Smith y que todavía, ay, no me he leído. Bueno, en la playlist van desde Ella Fitzgerald a Fred Astaire pasando por Madonna o Michael Jackson. La podéis encontrar en Spotify.

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