Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “diciembre, 2017”

Una muñeca rusa para el 2018 ( o por qué menos es más)

Colourful nesting matryoshka dolls. Public Domain image. No credits.

Esta entrada, este post, no debería ser cómo los otros. Tenemos la costumbre de mirar hacia atrás, con ira o sin ella, al cerrar el cuaderno de cada año. Alguien me dijo una vez que yo tenía un blog melancólico y proustiano, no sé si es cierto o no, pero como tarjeta de presentación mola bastante. Eso sí; yo creo que tendríamos que ponernos todos la careta de influencer, de instagrameros y darle menos trascendencia al pasado. Qué coñazo con lo vintage, qué coñazo con lo retro, qué plastas estamos haciendo de la nostalgia una bandera. Pero es ejercicio de autocomplacencia y también de lamerse un poco las heridas, de darnos una gratificación propia. El recuerdo no es más que un onanismo selectivo, nos palpamos las cicatrices con el mismo orgullo con el que enseñábamos el círculo de mercromina que rodeaba la pupa cuando éramos pequeños:”Me caí (me corté, pongan aquí lo que quieran), pero no lloré nada, me dolió y mi madre me echó agua oxigenada, picaba mucho, no lloré (otra vez, era importante recalcar), luego tengo mercromina y una tirita.”. Y el otro círculo, el de los amigos atónitos, admirados y envidiosos ante ese estigma pasajero que te hacía ser el centro de todo por un momento, asentían, hacían “ohhhhh”, algún incrédulo murmuraba .”no es para tanto, yo me caí el verano pasado y fue mucho más porque…”. Haciendo honor a la verdad, cualquier drama es siempre superado por otro; la capacidad de sufrimiento, relativa y desconocida hasta que llega la siguiente; la cura, menos larga de lo esperado en el momento de la herida. Y los resúmenes, los inventarios, no dejan de ser una constatación de que, casi, hemos podido con todo; que hemos hecho bola extra, que acumulamos vidas dentro de otras. Que cada año no deja de ser una muñeca rusa, con vidas cada vez más pequeñitas, con corajes de distinta intensidad.

Yo no soy quién de pedir nada al año nuevo. Creo que deberíamos ser mucho menos rencorosos con el pasado, pero tampoco hacer de él una rémora. Menos gatopardismo, menos atadura, menos miedo. Sin excluir la memoria:  ojalá más helados en Roma, menos mudanzas como la de abril aunque adoro el resultado y mi nuevo barrio, más despertares como los de mayo frente al mar de Valencia. Y, sí, quiero más maletas, más árboles de Navidad en Madrid, muchas más librerías de Bolonia ( y focaccias, por Dios, abrazo esa religión). Y toda la música y las películas, los desayunos de sábado y pasar un calor de carallo en Toledo, pensando en que al día siguiente tienes que hablar delante de un montón de gente especialista en algo de lo que tú estás empezando a aprender. Y también latar a clase, perder el tiempo, echar de menos a amigos que se han marchado y que te han puesto al margen, sin saber tú muy bien por qué.  Yo no dejo de desear buena vida a quien no quiero cerca ni jartavino, pero tampoco les deseo el mal. Y ojalá muchos más fines de semana surreales en Barcelona, más fotos de pintadas y más viernes en el teatro, más whatsapps inesperados y bonitos, más sonrisas de mi padre, más ganas de escribir, más de terminar lo que comienzo. Más bici por el Paseo Marítimo, más vermú , más mirar alrededor. Ojalá más de eso, pero no lo mismo. Y claro, también los menos: menos huecos vacíos, menos silencios, menos spam. Menos listas de libros mejores, menos egos desatados, menos drama, menos perder el tiempo con lo que no lo merece, sea en forma sólida, líquida, gaseosa o banalidad con ganas imposibles de trascendencia. Menos importancia a  lo que no la tiene. Menos mundo de mierda, menos chorrada, Y menos justificarlo todo, menos contarlo todo porque tampoco le importamos tanto a todo el mundo. Y ahora de nuevo más: más glam, más punk, más queer, más ser lo que nos salga del pie, más diversión. Y dentro de la diversión incluyo todo: de militancia feminista a cualquier tipo de agitación necesaria ;un poquito más de criterio tampoco viene mal, incluso cuando vas contracorriente y te apetece decir que las emperatrices van en bolas, que las creadoras de pensamiento son pelmas y petardas, que hay mucho aprovechamiento pop  y que hay que leer más antes de escribir. Quizá, y solo quizá, hay que vivir con los ojos más abiertos y, por qué no, arremangarse y reflexionar antes de lanzarse a la teorización ( y a la evangelización de cualquier tipo). Dejemos los gurús al yoga y a otras cosas y practiquemos, de una vez por todas y entre todas, la discrepancia.

Pues bien, al final, como veis, queridxs niñxs, quod erat demonstrandum: menos es más casi siempre. Un poco más solidarias con todo aquello que precise serlo, menos gregarias con lo que lo necesite más,; esa es la mejor perspectiva del 2018. Esa, también, la que quizá no cumplamos, pero que se presenta ante nosotros con la nostalgia anticipada de la cándida adolescencia por la que brindaba la baronesa Blixen. Pequeño 2018, no sabes dónde te metes. Nosotros intentaremos sacarte de todas tus versiones que están ahí, atascadas dentro de ti.

Que tengan un año con felices muñecas rusas.

 

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“Nosotros en la noche” y la madurez en provincias

Mecedora en porche. Imagen de Waylin en Pixabay. CC0. Pulsa sobre la imagen para original.

Para Fran

Yo no sé cuántas veces he soñado con ser la protagonista de una película, una novela, un tebeo. Coincidencias físicas apartes- las que me acercan a Katchoo de Strangers in Paradise y las que me alejan de Lara Croft, por ejemplo-anhelo historias bien contadas, pequeñas y provincianas, sin grandilocuencia y plenas de humanidad. La historia, por ejemplo, de una mujer viuda en una pequeña ciudad de un pequeño estado de un país muy grande. Una ciudad que podría ser el escenario de The last picture show o la de American Graffiti. Esas ciudades de una América sin glamour iguales a tantas ciudades sin glamour y a las que llegamos porque leemos- lo habéis adivinado- historias bien contadas, pequeñas y provincianas. Historias que te llevan a buscar en Google cómo sería ese escenario en el que tiene lugar para descubrir que, salvando distancias, podría ser el lugar en el que tú vives.

Hay una viuda, lo he dicho, que vive en su casita en esa ciudad igual a tantas. Y que sigue con sus rutinas de jubilada, ahora sola. Su jardín, su desayuno en el porche, la lectura y saludar en las necesarias salidas de la casa a las cajeras del supermercado, a los carteros, a los vecinos. A algún vecino. Y sentarse, muchas veces, a escuchar ese silencio que remonta a otro silencio al caer la tarde. Y que, un buen día, tiene la revolucionaria idea de llamar a la puerta de la casa de al lado con una propuesta que, cito de memoria, podría ser algo así: “Hola, Louis. Tú estás solo, yo también. Ven a hacerme compañía al caer la noche, durmamos juntos,nada más, superemos ese momento tan difícil del día”. Y, claro, Louis fue a casa de Addie.

Y son cosas que, ojalá, sucedan a todas horas en todos los lugares del mundo. Ojalá y ojalá que no. Porque el precio primero, ley de vida por la que pasamos la vista a diario, es la soledad de la supervivencia, el acostumbrarse a un silencio que antes era interrumpido por el otro. A no contar lo que sucede en el trabajo porque ya no hay trabajo, pero tampoco hay “otro”. A romper la geometría de una casa conocida y domar su nueva hostilidad de huérfana a base de buscar opciones. Louis era una opción para Addie. Y Addie lo fue para Louis. Pero no, no es un Tinder o un apaño algo grueso de la tercera edad. Es una historia de confianza y de complicidad; de puro compañerismo. Y de la reconfortante idea de que podemos ser abrumadoramente sinceros con las personas adecuadas  porque lo van a ser con nosotros: estamos en la recta final, digamos todo como es, expláyate, hay mucho que ganar y poco que perder. Había mucha, mucha vida oculta en las historias de ambos; no siempre lo cotidiano es apacible, no siempre la calma implica felicidad.  Y puede haber indiferencia, desamor e incluso deslealtad. De todo hablarán ambos. De sus vidas, de sus pequeñas y grandes vidas, que podrían ser las nuestras, la tuya o la mía en una “polvorienta ciudad de provincias”. Se habla de lo que quedó en el camino, de las pequeñas y grandes transgresiones, de la instalación de los silencios, de la nostalgia y de cómo juzgamos duramente nuestro pasado. A veces, sin merecerlo. Hablarán también de nietos faltos de cariño que necesitan ser acogidos, tomarán hamburguesas en bares de carretera, harán acampadas en el campo y habrá perros que se incorporarán a la familia, con gran pesar de otros adultos. Pero, sobre todo, es una inmensa historia sobre aquellos que nunca han contado su historia porque, en apariencia, es similar a las de otros.  Yo imagino a Addie y Louis contándose sus vidas de maestro y secretaria, esas vidas tan minúsculas y tan como tú y como yo; me los imagino asintiendo y escuchando alternativamente las palabras del otro, con la tranquilidad de todo el tiempo por delante, que en realidad es menos tiempo por delante. Y, creo, que ahí sí hay la esencia de una pareja. A pesar de la reticencia de los hijos, del cotilleo pueblerino, de las imposiciones. Porque, como siempre, la juventud es arrogante y avasalladora, entendiendo que la felicidad de los viejos es no hacer ruido. A ellos, que tanto enseñaron.

Yo decía al principio que me gustaría ser protagonista de esa historia. En realidad, lo que me gustaría sería contar con la posibilidad, guardada como un as en la manga, una historia que me permitiese en mi madurez o en mi vejez recuperar el sentido de la amistad erótica, de la buena conversación y compañía, de la descomplicación, de hacer un corte de mangas a las trampas del enamoramiento.  A esas historias que, como me dijo una vez alguien a quien quiero, te hacen plantearte que, de tener que decidir entre amistad y amor, harías tablas. O te quedas con la amistad. Bueno, va, con la amistad erótica.

He dicho a las trampas del enamoramiento, no al amor 🙂

 

Kent Haruf Nosotros en la noche  Random House, 2015  (Muchísimas gracias a Pedro Quílez que me recomendó el libro).

 

Me cuentan que Netflix hizo una versión para tele con Jane Fonda y Robert Redford . Me parece maravilloso reunirlos mil millones de años después de Descalzos en el parque 😀

 

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