Anchoas y Tigretones

De memorias y olvidos: “Esquece Monelos”

Según leo en la prensa, estáis a tiempo de verla hoy. Con la posibilidad de conversar con Ángeles Huerta, la directora.

Una mujer en la cama de un hospital. Escucha las palabras del médico con inquietud, va a someterse a una operación decisiva. Alza la mirada, reposada antes sobre sus manos entrelazadas, manos de trabajo, manos gordezuelas y de anillos reventones, manos tan familiares, siempre.  Mira al médico y le dice que necesita contarle algo. Y relata, por primera vez en su vida, cómo llegó a ese país, de dónde, cómo la separaron de sus hermanos, que, como todos los hermanos, tenían nombres propios. Y los dice. Le pide que, por favor, los recuerde, aunque no sepan quiénes son, aunque sean únicamente una nebulosa maginada. Dice sus nombres en alto, como una lista de clase en el invierno de la EGB. Los nombra, porque ese relato acoge el desorden y el abandono, las lagunas de la historia. Ese rostro de mujer, sereno  que dice en alto: “Nunca me he casado, no he tenido hijos ni a quién confiar todo esto”. Cómo duele en una espectadora sentir la punzada de ese olvido futuro por llegar.

La escena a la que me refiero es de una película francesa que esta señora acaba viendo, como ve tantas cosas, de refilón y en modo mulitarea, en este magma de teléfonos, mensajes,pantallas y páginas, músicas y ruidos que es la vida pija del siglo veintiuno. Y esa mirada de una actriz que desconozco- qué ganas de ir a otro plano y saber quién es en la vida real para comprobar que es solo ficción y que no está sola en un mundo de Rosalie Blum- en Avant l’hiver  me hace regresar a mis propias muertes diarias , a los calendarios tan veloces como los trenes de todos los días.

Pasan los días y voy al cine a ver Esquece Monelos. Había una vez una ciudad que tenía un río, que, como todos los ríos, va trayendo y llevando historias hasta que lo sepultan. El agua es la vida, el agua corre y es un relato, un relato en primera persona, somos nosotros asomándonos a un fondo que desconocemos. Había una ciudad que tenía un río al que olvidó, al que negó. Ese río Monelos es ahora una lápida de una calle, desplazado por refinerías, por las promesas de trabajo, por el futuro, por el progreso. El agua se lleva, como he dicho la memoria, esa que queremos fijar en los ojos de aquellos que la van  perdiendo y a los que intentamos sostener la mirada.  Veo los nudos de carreteras donde hombres y mujeres que no he conocido, en barrios que son aldeas, cuentan sobre molinos y anguilas, veo sus rostros pausados mirando en silencio a la cámara, veo su esfuerzo y dignidad, su nostalgia. Sonrío con la pandilla de hombres cantando en Os Belés, me estremecen algunos testimonios, otros me emocionan. El relato, lo hemos dicho, es el agua: son los secretos de las mujeres lavando en la orilla, son los juegos infantiles, es todo lo que ha pasado y articulamos en torno al recuerdo, son los trabajos y los días, una luz encendida en una ventana, una camisa tendida al sol en una leira, tendales y luces como señal de propiedad testimonial.  Y es también la pérdida, el desplazamiento, la deconstrucción de una identidad que se lleva el agua soterrada, el cambio inexorable, las grúas, el desarraigo. El olvido, otra vez. Y las fotografías que nos enseña Bienvenido de familiares que sonríen, que se han ido, de esa diáspora sin acougo. De qué se reirían aquellos niños de esa vieja foto.  Y  escucho como espectadora comentarios en alto en la oscuridad de la sala del cine: “Ay, mira aquelo, que bonito era, que ben o pasábamos”, “Mira a Menganita”. Porque Menganita está hablando a la cámara contando cómo vivió el derribo de su casa. Y lo cuenta con entreza, con la perspectiva domesticada de los años que, quizá, no nos hagan más sabios, sino más resistentes.  Un hogar calificado como “esperpéntico” por la voz en off  de la época.  La veo con otras mujeres y miro siempre sus manos que también reposan en el regazo, manos acalladas, manos que lavaron y dieron caricias, que trasladaron enseres, que han trabajado tanto. Manos grandiosas, tan visibles e importantes en este documental. Me quedo con un plano que me enamora y que es, para mí, la perfecta asunción de la memoria: años después, esta mujer entra en el Gadis de Monelos con la naturalidad de la rutina y pasa por delante de una inmensa fotografía en blanco y negro que adorna la pared frontal del supermercado. Una fotografía de ese lugar hace muchos años. ¿Hay una niña en la foto o la he construido yo en mi recuerdo? ¿Qué se ha quedado de esa mirada de frente? La paradoja de la fotografía, en términos de Barthes, para mí se traslada a una ficción posterior: ¿dónde está todo lo que no puedo ver de una foto? ¿Y de un río? ¿Y de la ciudad que habito sobre una ciudad desconocida?

Ojalá todos tengamos asideros que nos permitan recordar dónde, alguna vez, estuvo nuestro río. Ese que escondemos en cuadernos y álbumes de fotos y que quizá hemos perdido en alguna mudanza, en algún acarreo.

 

Estoy obsesionada con la memoria fotográfica, con la historia de Los Modlin, con Vivan Maier, de todo esto he escrito en el blog, por ejemplo, aquí

Podéis ver Esquece Monelos en Los Cantones hasta el día 2

Avant l’hiver la he visto en Filmin

A Barthes lo podéis leer en la biblioteca, prácticamente en cualquiera.

 

 

 

 

 

 

 

 

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