Anchoas y Tigretones

Archivar para el mes “octubre, 2017”

De memorias y olvidos: “Esquece Monelos”

Según leo en la prensa, estáis a tiempo de verla hoy. Con la posibilidad de conversar con Ángeles Huerta, la directora.

Una mujer en la cama de un hospital. Escucha las palabras del médico con inquietud, va a someterse a una operación decisiva. Alza la mirada, reposada antes sobre sus manos entrelazadas, manos de trabajo, manos gordezuelas y de anillos reventones, manos tan familiares, siempre.  Mira al médico y le dice que necesita contarle algo. Y relata, por primera vez en su vida, cómo llegó a ese país, de dónde, cómo la separaron de sus hermanos, que, como todos los hermanos, tenían nombres propios. Y los dice. Le pide que, por favor, los recuerde, aunque no sepan quiénes son, aunque sean únicamente una nebulosa maginada. Dice sus nombres en alto, como una lista de clase en el invierno de la EGB. Los nombra, porque ese relato acoge el desorden y el abandono, las lagunas de la historia. Ese rostro de mujer, sereno  que dice en alto: “Nunca me he casado, no he tenido hijos ni a quién confiar todo esto”. Cómo duele en una espectadora sentir la punzada de ese olvido futuro por llegar.

La escena a la que me refiero es de una película francesa que esta señora acaba viendo, como ve tantas cosas, de refilón y en modo mulitarea, en este magma de teléfonos, mensajes,pantallas y páginas, músicas y ruidos que es la vida pija del siglo veintiuno. Y esa mirada de una actriz que desconozco- qué ganas de ir a otro plano y saber quién es en la vida real para comprobar que es solo ficción y que no está sola en un mundo de Rosalie Blum- en Avant l’hiver  me hace regresar a mis propias muertes diarias , a los calendarios tan veloces como los trenes de todos los días.

Pasan los días y voy al cine a ver Esquece Monelos. Había una vez una ciudad que tenía un río, que, como todos los ríos, va trayendo y llevando historias hasta que lo sepultan. El agua es la vida, el agua corre y es un relato, un relato en primera persona, somos nosotros asomándonos a un fondo que desconocemos. Había una ciudad que tenía un río al que olvidó, al que negó. Ese río Monelos es ahora una lápida de una calle, desplazado por refinerías, por las promesas de trabajo, por el futuro, por el progreso. El agua se lleva, como he dicho la memoria, esa que queremos fijar en los ojos de aquellos que la van  perdiendo y a los que intentamos sostener la mirada.  Veo los nudos de carreteras donde hombres y mujeres que no he conocido, en barrios que son aldeas, cuentan sobre molinos y anguilas, veo sus rostros pausados mirando en silencio a la cámara, veo su esfuerzo y dignidad, su nostalgia. Sonrío con la pandilla de hombres cantando en Os Belés, me estremecen algunos testimonios, otros me emocionan. El relato, lo hemos dicho, es el agua: son los secretos de las mujeres lavando en la orilla, son los juegos infantiles, es todo lo que ha pasado y articulamos en torno al recuerdo, son los trabajos y los días, una luz encendida en una ventana, una camisa tendida al sol en una leira, tendales y luces como señal de propiedad testimonial.  Y es también la pérdida, el desplazamiento, la deconstrucción de una identidad que se lleva el agua soterrada, el cambio inexorable, las grúas, el desarraigo. El olvido, otra vez. Y las fotografías que nos enseña Bienvenido de familiares que sonríen, que se han ido, de esa diáspora sin acougo. De qué se reirían aquellos niños de esa vieja foto.  Y  escucho como espectadora comentarios en alto en la oscuridad de la sala del cine: “Ay, mira aquelo, que bonito era, que ben o pasábamos”, “Mira a Menganita”. Porque Menganita está hablando a la cámara contando cómo vivió el derribo de su casa. Y lo cuenta con entreza, con la perspectiva domesticada de los años que, quizá, no nos hagan más sabios, sino más resistentes.  Un hogar calificado como “esperpéntico” por la voz en off  de la época.  La veo con otras mujeres y miro siempre sus manos que también reposan en el regazo, manos acalladas, manos que lavaron y dieron caricias, que trasladaron enseres, que han trabajado tanto. Manos grandiosas, tan visibles e importantes en este documental. Me quedo con un plano que me enamora y que es, para mí, la perfecta asunción de la memoria: años después, esta mujer entra en el Gadis de Monelos con la naturalidad de la rutina y pasa por delante de una inmensa fotografía en blanco y negro que adorna la pared frontal del supermercado. Una fotografía de ese lugar hace muchos años. ¿Hay una niña en la foto o la he construido yo en mi recuerdo? ¿Qué se ha quedado de esa mirada de frente? La paradoja de la fotografía, en términos de Barthes, para mí se traslada a una ficción posterior: ¿dónde está todo lo que no puedo ver de una foto? ¿Y de un río? ¿Y de la ciudad que habito sobre una ciudad desconocida?

Ojalá todos tengamos asideros que nos permitan recordar dónde, alguna vez, estuvo nuestro río. Ese que escondemos en cuadernos y álbumes de fotos y que quizá hemos perdido en alguna mudanza, en algún acarreo.

 

Estoy obsesionada con la memoria fotográfica, con la historia de Los Modlin, con Vivan Maier, de todo esto he escrito en el blog, por ejemplo, aquí

Podéis ver Esquece Monelos en Los Cantones hasta el día 2

Avant l’hiver la he visto en Filmin

A Barthes lo podéis leer en la biblioteca, prácticamente en cualquiera.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Poughkeepsie, los otoños

PARFAVAR si esto no es el sueño húmedo de cualquier amante del otoño que baje Dios y lo vea. Imagen de @alisaanton “Autumn, fall, mug and cup” en Unsplash. Pinchad en la imagen para original.

 

A modo de dietario, en desorden, cómo a mí me gusta escribir, va lo de hoy. Espero que esto sea parte de la obligación, del ejercicio más amplio de escribir todos los días.  El otoño me está sentando regular y esto es así porque siempre lo añoro, a lo largo de todos los meses del año y cuando llega es esa pompa de jabón, esa esquina que ya has doblado, ese arte de lo volátil. Viviendo en la esquina atlántica y me imagino una fantasía televisiva, un otoño de doradas hojas amontonadas, de chimeneas crepitando, de señoras esbeltas que toman té y tarta de nueces pecanas ataviadas con twin set de Ralph Lauren. No, no me va la locura forestal de triscar montes y laderas, lo mío es más indoors y de copazo, peli, libro, amigos o risas ahogadas bajo las mantas. Las chicas Gilmore me hicieron mucho daño, es posible, pero no pierdo la esperanza de un otoño a lo Stars Hollow, con un chulazo como Luke poniéndome (podríamos parar aquí, pero no) un café americano en una cafetería tan cuqui y estupenda que parece el catálogo de Pim y Pom. Quiero tarta, guantes, gama de dorados y amarillos en los árboles, ir en bici monísima con mitones y sonrisa HBO, apartando hojas secas con la rueda delantera, llevando una cestita en el manillar con mis libros y la mochila.  Pero no, hay que joderse, vivo en la esquina atlántica donde habitamos  un verano prolongado que me lleva a aperitivos a deshora, a postergar los leotardos y las sopas con contundencia, a acariciar con nostalgia las lanas y observar con desconfianza mis botas de agua al fondo del armario, inertes, oscuras, carentes de la energía con la que salto charcos en invierno.

Decía que quería escribir todos los días y que sigo llenando cuadernos con cosas sueltas. Al cuadernerío ya le dedicaré su momento, que tiene su miga. Digamos, sencillamente, que los colecciono. Un cuaderno nuevo es una tierra prometida, es un diccionario inverso, es un espejo tapado. Qué hago yo mirando siempre mis cuadernos empezados por la mitad y desarmados, llenos de notas al azar, teléfonos y recordatorios, citas y papeles de chicle o entradas viejas de cine, resguardos de cosas, descuentos del supermercado. La vida el día a día, son eso.  Los cuadernos son siempre Carmen Martín Gaite, y son ella porque siempre llevaba varios encima, tanto es así que se editaron. Qué pudor esos esqueletos y notas, esa anatomía del quehacer de la escritora, ese patchwork anotado, cuajado de collages y citas de escritores también muy queridos, muy leídos, muy pensados. Dentro de todos esos cuadernos hay uno más unitario que otros. Tiene un epígrafe claro “El otoño de Poughkeepsie”. Esta lectora sonríe: Poughkeepsie era la palabra mágica con la que “Bizcochito” superaba su tartamudez en Ally McBeal. Poughkeepsie es, claro, el pueblo neoyorkino donde está Vassar, un exclusivo y antiguo college, primera universidad femenina en los USA, con alumnado cuidadosamente seleccionado, inteligente y cosmopolita.  Y para los chicos y chicas de Vassar enseñó la señora que escribe esto. Y una va pasando las hojas y asoman, por una vez, personajes a los que puedo poner cara y recordar en movimiento, el tono de su voz:Patricia Kenworthy (talentosa especialista en Siglo de Oro y la única persona que he conocido que desayunaba Coca-Cola) ; Andy Bush y su esposa Olga (de origen ruso, sonriente y que le presta a Martín Gaite una elegante bicicleta y que a mí me dio recetas de cocina magníficas). Andy Bush se interesaba por mis- qué lejos queda todo eso ya, ay- investigaciones sobre la enunciación, el yo y la poesía aprogramática. Y me recomendó a William Carlos Williams, algo que siempre le deberé. Es gracioso verlos convertidos, por obra y gracia del talento y la casualidad, en personajes, casi, de una memoria inadvertida, de unos apuntes casi novelados, de un dietario que es historia de la literatura.

Pero hay más, claro. Carmen Martín Gaite acudió ese otoño a Poughkeepsie a dar un curso sobre cuento español contemporáneo dejando tras de sí su casa vacía: había fallecido su hija Marta, la Torci. En ese cuaderno ella recoge los folios, las hojas escritas apuradamente antes de salir de casa hacia ese viaje de meses, en el que era un punto y aparte con la tristeza, con el reciente dolor,  y que inserta como un preámbulo. La pérdida, el vacío, el no volver a sentir las llaves de alguien tintineando antes de abrir la puerta, ese ruido de llaves que anuncia la sonrisa feliz. No, ni los pasos recorriendo la casa, ni los amigos que la llenaban, ni las músicas desconocidas, ni el desorden particular. Ni habrá vida, ni interlocutor al otro lado del hilo cuando, desde otro país, se marcase el teléfono de siempre: nadie estaría para responder. Qué punzada siente una al leer eso. Y las paradojas de la vida: Carmen Martín Gaite fue la traductora de A grief observed (Una pena en observación) de C.S. Lewis, una de las más demoledoras lecciones de entereza ante el yermo devastado de uno mismo. Hay como una pequeña cadena de casualidades luminosas, no exentas de tristeza: leo este volumen por casualidad, al recordarlo lo cojo en mi biblioteca. Un volumen entre miles, otros, quizá, que me llevarían por otro camino en mi personal exploración del dolor.  Quizá, como decía la Duras en El amante  “no existe el error, solo hay actos extraños”.

Ya decía yo al principio que este otoño me estaba sentando regular. Traedme castañas, pero ya.

Carmen Martín Gaite Cuadernos de todo Barcelona: Random House Mondadori, 2002

 

Aurea mediocritas, hay que decirlo más

 

 

Empty reserved table by Ali Yahya @ayahya09, en Unsplash (CC BY) Pulsa en la imagen para original

 

Para Merce, persona excepcional 

Tengo una cuenta de Instagram en la que pongo muchas fotos de pintadas, de algunas rarezas, pocas de amigos (una tiene un sentido de la intimidad algo curioso para exhibir según qué cosas) y, cómo no, con comentarios. Como una es dueña tanto de sus contradicciones como de su pensamiento único, colgué una foto de 1987 con mi amiga Merce, en los lejanísimos años universitarios. Ambas sonreímos al fotógrafo, ni idea de quién podría ser, ataviadas con unos ochenteros outfits y con la beca del escudo del Colegio Mayor en el que nos alojábamos. Lo de las becas, como yo comento en la introducción de abuela cebolleta que precede a la foto, nos hace parecer unas misses de certamen de segunda división, qué digo, de tercera o quinta, no se sabe. Habíamos concluido una etapa, vendría otra, muchas más. O quizá ninguna y era todo un continuo, un lazo sin deshacer jamás.  Es curioso observarse en las fotos del pasado con todo el bagaje hoy puesto al día. Trabajos y días, hijos y novios, cambios de casa, de país, pérdidas y hallazgos. Y una observadora muy certera (gracias, @pacitadoportinho,) comenta que le gustaría recordar qué añoraba ella en el año 87, ya que de jóvenes solemos llevar inventario de todo aquello que nos falta en lugar de centrarte en lo que tienes. Y me pongo a escribir con esa frase rondándome.

Sí, quizá la juventud, vista ahora sea un inventario de posibles, lo he dicho más veces. Un plan lleno de rabia y urgencia, una necesidad de poner banderas en cumbres todavía poco definidas, de saltar peldaños y charcos en lugar de llevar botas de agua y de siete leguas, en fin. Uno de los grandes privilegios que concede la edad es perder la impaciencia, qué cansancio diormío, pasmar lo que te dé la gana, aprender a quererte más en términos de no flagelarte demasiado por perder el tiempo. Yo, al menos, dejo  pasar lo no conseguido con la misma pasividad domesticada con la que dejo alejarse al buenorro que sé de sobra que nunca me mirará a mí sino a mis botas hechas un cristo o a la pinta de loca que tengo con un gorro de lana.  Cuando llegas a la conclusión de que no vas a ganar el Pulitzer o el Nadal, que no te descubrirán en una discoteca de Düsseldorf o que tampoco pasa nada por no haberte doctorado, corres también el riesgo de ser demasiado autocomplaciente, muy Bartleby de dios, muy miñaxoia, muy acojonadita. No. No hablo de eso. Hablo de desterrar la agitación, el permanente miedo a defraudar (¿a quién?), el tirar para adelante de una forma que no desdeñe cierto grado de monotonía. No soy la más lista, no soy la más feminista, no soy la más concienciada. Sí soy una persona que cree en el feminismo, en cuestiones sociales a debatir, en arrimar el hombro en lo que pueda. Pero no soy la más. No. Si este es un discurso complaciente, pues lo será: mi indignación no está domada, está dosificada y, espero, con objetivos más certeros que el sencillo “a todo lo que se menea”. Me gusta escribir un blog que lee poca gente- pero selecta, hola, qué tal- , y que me da para reflexionar sobre esa mierda de concepto que es la ambición entendida en términos neoliberales. Ser ambicioso no es malo en sí mismo, yo lo soy, y mucho y, qué narices, soy una persona estupenda. Carecer de ambición tampoco es malo, es una opción legítima. Poner en entredicho el significado , o despojarlo de esa ilustración de Tío Gilito zambulléndose en monedas, es lo que es sano. Ambicionar el que la notoriedad te la sople es lo que es revolucionario. Bartleby, aprende, criatura: eso ya estaba en el aurea mediocritas, en la excelencia de lo pequeño. Lo que sí es mediocre es no entenderlo.

Como a Frances Ha, como Hannah Horvath, como  a Lorelai Gilmore o alguna intensita indie más, hacer teorías es lo que nos mola. Llevarlas a la práctica o a la coherencia…pues no sé. Quizá, y solamente quizá, preferiría no hacerlo 🙂 A mí lo que más me pone es dejar descansar a la grandilocuencia. Esto es así, amigas.

Aurea mediocritas, hay que decirlo más.

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