Anchoas y Tigretones

Lo transgresor y lo doméstico

 

Ringling_poster_Raschetta_Brothers

Racheta brothers acrobats- Imagen tomada de la entrada en Wikipedia de los Ringling Bros. Pulse en la imagen para acceder

Lo que es tener un blog que se te rompe a veces de tanto no usarlo. En tiempos, cuando la gente leía lo que las señoritas provincianas escribíamos, se iniciaban conversaciones que aspiraban a aquellas “Cartas al director” que yo devoraba de niña en el único periódico en papel que entraba en casa. Éramos de provincias, como digo, y se leía un único periódico, como Dios manda. Tampoco es que la cosa haya cambiado mucho a pesar de los digitalismos gratuitos: cada tribu va a lo suyo, queremos tener nuestros límites de asombro intactos y tampoco hay que llevarse demasiado las manos a la cabeza. La fauna del periodismo echa muy en contra de las redes sociales y ahí les doy en parte la razón. Como decía en ocasiones Agustín Fernández-Mallo, “he visto a las mejores mentes de mi generación corrompidas por el Facebook” y es así. De tanto intentar sublimar las paradojas, de ser brillantes y ocurrentes con la promesa de una caricia en el lomo, llega también la falta de sorpresa, instalándose  en unos medios- sí, he dicho medio- que son divertidos, rápidos y con una relativa fiabilidad y trascendencia, reconociéndoles sus grandes capacidades informativas y de procrastinación, a la que soy muy dada.  Me temo, aún así, que  a las redes sociales las hemos cargado a priori de unas facultades que ni de lejos poseen. Hemos sido unos cuñados de tomo y lomo largándole una Visa Oro a un niño y lo hemos soltado en un centro comercial coruñés (perdonen el localismo, es que me vengo arriba muy fácil, esto lo publicaré también en mis redes sociales y se me hace gominolas salva sea la parte).  Creo que lo peor que se puede decir de cualquier medio es que  son los juguetes de Reyes en marzo o abril, que han perdido la fuerza de la novedad, se han instalado cómodamente entre nosotros y no nos sirven,niños que somos  ávidos de sorpresa. La cabra tira al monte y  la fidelidad juguetera se tambaleaba hasta en Toy Story. Qué le vamos a hacer.

Toda esta reflexión sobre que nos hagan caricias en el ego, sobre saturarse de ver cómo se las dan a otros o hartarse de ver cómo gente de talento se convierte en una petarda redomada (quosque tandem abutere…sigan ustedes, que yo aprobé latín por los pelos) tiene que ver con el concepto de sorpresa en el arte, lo afilado y acertado de la crítica al poder  y, yendo un poco más allá, sobre la transgresión. Leo un artículo de Juan Carlos Ortega sobre la zarzuela “Cómo está Madriz” y la que se ha liado y no puedo estar más de acuerdo, aunque con matices. Es cierto, totalmente cierto que, como dijo en una ocasión Fernando Arrabal, el teatro “ha de ser extravagante porque ha de vagar siempre fuera”. Desde los espectáculos de títeres- cielos, otro tema sensible- pasando por el teatro japonés de kabuki o el cabaret de la república de Weimar- y lo que ustedes quieran rellenar aquí-el teatro ha tenido una relación de tira y afloja con lo instalado. De broma desvergonzada- en la que se aceptaban los códigos del juego entre espectadores y compañía- a reafirmar la estructura social instalada: desde Lope a Benavente ha sido así (“si lo paga el vulgo es justo/ hablarle en necio para darle gusto” decía el primero) y no vamos a seguir planteando cuestiones como el teatro en la dictadura, el buen envejecer o no de obras de grupos como Els Joglars o La Cubana, porque sería otra cuestión. Aunque partamos de algo: la capacidad de transgresión es una facultad que adjudican ciertos tiempos al arte en general y al teatro de forma muy concreta. Es posible que exista una frontera difusa, un límite de cosquillas o pellizcos- hay diferencia- que se le pueden hacer al establishment.  El problema, que explica muy bien  Ortega, es cuando la transgresión se convierte en un código vacío porque se ha instalado entre nosotros. Hacer humor, sea lo que sea esto, de cuestiones como los curas pederastas o la corrupción, tiene un mérito relativo en 2016:  está en todas partes todos los días con mejor o peor fortuna, con más o menos gracia. Pero la red de los ciento cuarenta caracteres, el whatsapp y la inmediatez de estos tiempos nos convierten en ávidos devoradores de matices, de cambios, de novedades: lo que es de ayer hoy es  malo y viejo; repetir fórmula es como contar el chiste del perro Mistetas. La intención de la crítica pierde fuerza en el campo minado de hoy : domesticamos el mensaje, el público se acostumbra y creamos una nómina inmensa de iconoclastas funcionarios que, en el fondo, son perpetuadores de un sistema en el que están cómodamente instalados. Ellos y nosotros. Y es totalmente inocuo, al ir tolerándose poco a poco por todos, algo que ha sido relativamente fácil de seguir en algunos programas de televisión americanos o con el recordado- y del que yo era muy fan- “Caiga quien caiga”. La domesticación estaba siempre sobrevolando lo que para mucho era atrevimiento y que, para otros, era el final de una vía crítica.

La sociedad tiene un umbral de tolerancia que aflora en determinadas ocasiones y en función, como es lógico, del grado de implicación : verse reflejado en los espejos del Callejón del Gato es un ejercicio que debe hacerse con elegancia y savoir faire, pero los espejos han de estar bien bruñidos. Y en cuanto los temas son demasiado candentes hay que saber retorcerlos, recrearlos o abandonarlos por falta de impacto, de oportunidad.  Un chiste sobre Belén Esteban tiene hoy menos interés, pero Bárcenas está en el límite de lo que puede hacer gracia. No he visto el espectáculo de Paco León -al que deseo toda la suerte del mundo aunque a mí The Hole no me gustase mucho- y no es mi objetivo en esta reflexión hacer crítica de lo que desconozco, sino de lo que es el humor hoy en día, su vigencia, la capacidad de sorpresa en el teatro y otras artes. De su caducidad y de su pertinencia.  Y también de cómo y por qué medios accedemos a algunas formas de humor más breves, más inmediatas, más contundentes pero mucho más efímeras. Pienso que quizá, y rozando el cuñadismo pero me da igual, el público ha rebajado sus niveles de exigencia al artista, saturado como está de chascarrillos de whatsapp. A lo mejor  riendo ciertas gracias que nacen ya algo viejas estamos siendo  cómplices de que algunos contenidos, ciertas cuestiones pretendidamente “transgresoras” se conviertan en un catálogo de temas tolerados, actuables  en esa especie de “Hora Warner” generalizada  que es lo que entendemos ahora por humor.  Algo así, pero desde otro lado, a lo que hacía la censura: distraer la atención hacia unos sacos de boxeo que ya están mullidos. Y, qué narices,iba a hablar del concepto de horizonte de expectativas y demás cuestiones epatantes, pero creo que he dado ya demasiado la paliza por hoy. Disfruten de la semana y no se dejen domesticar o acabarán como el zorro del Principito: siendo personajes que nadie entiende.

 

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