Anchoas y Tigretones

En un cuaderno Moleskine (31) : Barrio

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Hand- made dense labyrinth (imagen de xOneka) en dominio público a través de Wikimedia Commons. Pulse para original

 

Fragmentos sueltos del cuaderno que esta vez sí son el principio de algo más:

“Los años de la pereza eran también los años de desafíos. Los años de Bartleby.  Los años de portazos sin ton ni son, de revisar constantemente la línea del horizonte. Los años, los meses, los días. Querer cambiar el mundo en un golpe y puñetazo. Estaba mal, estaba bien, todo te lo perdonaba la furia de los años veloces, la necesidad, la urgencia.  Todo pasaba rápido y el contexto era también texto y pretexto, daba igual.  Era vida, había que tenerla aun sin nombrarla. Eran años de escribir ferocidades efímeras en el vaho de las ventanas “muerte a …”, lo que fuese, era muerte o vida, no había más. Había que desmadejarse acodados en pupitres, alimentando la vagancia, pensando en que estábamos perdiendo el tiempo pero a la vez sin saber qué perdíamos ni por qué, ni tampoco tener ganas de cambiar nada. Todo era postura y compartir cigarros -“déjame fumarme la pava”, ser maldito de juguete, maldito con derecho a plato de sopa y naranja de postre, mantel de domingo y hora de retirada. Malditos que escondíamos revistas al alcance de los hermanos, que éramos artistas por definición y porque sí.  Tu barrio no lo era, no era para ti porque eras de otra parte. Y mirabas con algo de desprecio y distancia el paisaje que era pequeño, la distancia entre tu calle y la tienda donde hacías los primeros recados: tienda, barra y bolsa de leche de Leyma, toma la vuelta y saluda a tu madre. Y en la cola de la tienda mirabas con cierta tristeza la permanente de la señora que despachaba, el hueco del diente perdido en medio de una fila irregular, las zapatillas rosas de andar por casa que eran también para andar por la panadería. Y todo daba una mezcla de risa y lástima, un instinto de arrogancia infinita, una condescendencia que te llevaba a pensar que algo habrían hecho mal para merecer zapatillas, falta de diente y peinado refrito. Y la lluvia. La lluvia mojaba las manos, la carpeta, los libros. La lluvia era el mantra de esa inconsciencia, del egoísmo que reconoces ahora, de las dudas y de la rabia. Lluvia, la lluvia siempre.

El barrio sigue ahí, sin panadería, sin señoras con permanente. No se puede hablar de la falta de paciencia con los años, sino de la cronológica  falta de paciencia . Recorrer algunas calles- con otros negocios, con otras tiendas, con muchas ausencias y con grandes novedades-es volver al paisaje vital de aquellos que te precedieron, que te llevaron de la mano y te enseñaron la ortografía general de la vida, a atarte unos cordones de manera firme, a aprender que la noche de Reyes no es un 5 de enero, es siempre que anhelas algo, incluso cuando no sepas nombrarlo. Y piensas si el recorrido cotidiano de quien ya no está y que te arrastraba casi, asida más a su brazo que a su mano- esos edificios grises, ese mercado lleno de paraguas y pescados enormes, esas conversaciones de todos los días sobre lo mismo de siempre- merecen ser tratados en tu primera memoria con aquella dureza. Y sabes que no porque vuelves, porque ahora que lo recorres tú sola y en silencio echas de menos aquella lluvia, que no es igual a la de ahora, aquellas bolsas de plástico que cargabas y que ya no pesan. Y te preguntas, inevitablemente, si quien te llevó habría pensado lo mismo de toda aquella grisura, de aquel espacio trazado sin alteraciones ni aristas, de aquella gymkana de todos los días. Y respondes en alto “No” en lo que, de forma egoísta y consciente, es un símbolo más de autocomplacencia, casi de reconciliación, o casi, y esto dice muy poco de ti, de dar carpetazo”.

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