Anchoas y Tigretones

Un día

2016-calendar-vintage-bird

Calendar 2016 bird vintage (From publicdomainpictures.net). Pulse en la imagen para original.

Imagino que lo que nos sucede a los que anotamos tanto, con voluntad de permanencia y tampoco sabemos muy bien para qué, tenemos una especie de detector mental automático. Pequeños detalles casi inapreciables y a los que queremos dar cierto grado de trascendencia, qué miedo de palabra pordiosbendito.  Observar en la cadena de lo cotidiano te lleva a ser como el personaje de Mafalda, creo que era Miguelito, que, ante cierto tipo de comentarios pillados al azar decía que eran lo malo de andar “todo el día con las orejas puestas”. Tendemos a pensar que “lo cotidiano” engloba una rutina universal y organizada, de horarios y niños en la escuela, de pausas para un café o de esperas de autobuses.  Porque, a pesar de las múltiples ventanas de ciento cuarenta caracteres, del insistente rumor de las noticias gritonas, nuestras orejeras nos protegen de conmovernos y malvivir hasta el infinito. Hay que dotar a los dramas de una periodicidad digestiva: cambiemos nuestras fotos de perfil como formas de solidaridad, establezcamos hashtags, insistamos durante períodos soportables en la imagen del pequeño cadáver de un niño en una playa. Y luego, claro, empecemos a cuestionar la oportunidad de todo aquello que nos llega y como nos llega, fomentemos el espíritu crítico- que es necesario pero que es también la forma más sencilla de la autocomplacencia. Y esperemos la siguiente ola. Porque, en realidad, no hacemos nada.

Desde la época de la impaciencia juvenil, la palabra cotidiano me ha dado dentera. Más que dentera era ese lugar al que no querías llegar y llegaban los demás a una edad, ese pozo lejano que mezclaban responsabilidades anotadas en un bloc y renuncias de ir con las manos en los bolsillos, que era lo que siempre querías. Lo cotidiano era claudicación y falta de rabia, era sillón y acomodarse, eran pasteles de domingo y misa de una, era un coñazo y lo peor. Lo cotidiano era envolverse en el uniforme de funcionario, llevar manguitos y gafas sin patillas a caballo de una nariz que crecía en largura. Era vivir de lunes a viernes con la esperanza de un sábado para sestear ante la tele. Lo peor, vaya, ya lo he dicho. Y desconoces, claro, que lo cotidiano era impulsar una nueva forma de nostalgia futura, era tan  inapreciable como ese hilo musical de los ascensores al que no prestas atención. Era cómo tu padre guardaba la mitad del sobre de azúcar en la cafetería porque te contabaque estaban mal hechas las medidas. Era también el sonido de las llaves en la puerta y el ruido del tendedero del segundo, ese al que nunca echaron “Tres en Uno”. Era el olor a la colonia que tu madre usaba, el modo de doblar la servilleta de tu hermano y el vaso con agua en la mesilla. Lo cotidiano no era rendirse, era lo que estaba pasando ante ti y no registrabas.

No soy capaz de imaginar el dolor de quien ha sido despojado de su casa, de su país, de su vida. Pero me aterra pensar en todas esas horas por delante, todos esos minutos y segundos dedicados a evocar aquellas rutinas organizadas o aquellos modos de vida mejores o peores. Cuando se habla de los campos de refugiados, del inmenso drama al que damos la espalda, me vienen, como imágenes a cámara rápida los hasthags, las indignaciones efímeras, los titulares sustituidos cada segundo por otro peor o más impactante. Y los cuerpos en las playas. Como aquellos cuerpos que en otras épocas, cuando nosotros éramos Eldorado, llegaban desde Africa y se quedaban en un mar de ilusión frustrada. ¿O es que ya nos hemos olvidado también de que fue, y vuelve a ser, parte de nuestra historia?

No tener memoria es una desgracia. Eludir la responsabilidad es mucho peor.

 

 

 

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