Anchoas y Tigretones

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Chaval, te borro del feisbú

 

 

goma milán

Decía yo a finales del 2015 que había que desobligarse. Y sí, esto es cierto, pero, en pura contradicción conmigo misma, estoy intentando adquirir una disciplina de escritura. Al menos, sentarme en este bonito escritorio que tengo dispuesto con sus botecitos de lápices y rotuladores, con su ventana que da a un callejón – no podría ser de otra manera, ¿cómo va uno a inspirarse frente a un jardín frondoso y con banda sonora de pajaritos?- y con ropa variopinta en los tendederos del vecindario (esa gran novela por escribir, pero que ha dado este fantástico blog de Avelino González del que soy fan total). En ese ecosistema extraño que son los pisos habitados por uno solo, la absoluta anarquía de la distribución del tiempo nos da para pensar en millones de cosas, especialmente cuando te pones en modo multitarea: escribir, lavadora, música que escuchas pero que no, contestando mails y vigilando la cafetera, recordando libros y cosas que vas a repartir a amigos pedigüeños y que debes poner cerca de la entrada para no olvidar; en fin, la vida de los que compramos agendas por el puro placer de tenerlas y no usarlas.

Hoy pensaba yo, en medio de un caos doméstico de lo más estimulante- personalidades múltiples del centrifugado de la lavadora, vida sexual absolutamente impostada de una vecina o la tiranía del grifo de la ducha goteando pese a mi empecinamiento en cerrarlo- en últimos reencuentros con amigos que fueron muy cercanos en su momento, que desaparecieron o estuvieron en barbecho, y a los que he visto  últimamente. El hecho de ser güerfanita hace que muchas personas se enternezcan, se acerquen de nuevo con un sentido del pesar muy oportuno y que agradezco mucho. Me resulta difícil de entrada retomar el pulso, volver al universo común que en un momento de la vida tuve. Con algunos se produce ese milagro empático de viajar a ese momento del tiempo en el que te unieron esos lazos: la conversación comienza a fluir y quizá se ponga una primera piedra en esa segunda etapa. Pero no siempre es así. Reconozco que, con los años y a pesar de ser considerada muy sociable, he desarrollado una misantropía gradual y moderada, lo que despierta mi lado arácnido hacia cierto tipo de encuentros o mejor dicho, de reencuentros. La vida te lleva a un lado y a otro, y del mismo modo que considero necesario hacer limpieza en los armarios – muy de vez en cuando, es verdad- hay personas que desaparecen porque sí, porque ni tu vida o la suya coinciden, porque se emparejan y desaparecen, porque son incapaces, como tú, de mantener un contacto. Pérdida de interés, desidia o quizá es simplemente el pulso de la biología. No creo en la grandilocuencia de los amigos de toda la vida: claro que existen, pero se convierten en personas que puede que no tengan nada que ver contigo. Poco que objetar a los encuentros puntuales, a reavivar el cariño de los juegos y primeras confidencias compartidas, y cada mochuelo a su olivo. Y no pasa nada, es así, un recuerdo dulce y hermoso, sin mayores trascendencias. Pero me desconcierta esa obligatoriedad del lazo que se creó en un momento concreto, cuando tú y la amiga o amigo érais el proyecto de las personas que sois ahora. Y sí, mantengo amigas y amigos de la infancia, y han sido muchos de ellos compañeros de viaje (a medias de este post me he dado cuenta de que ya había escrito algo sobre esto, vaya por Dios, y mucho mejor: la edad nos obliga a repetirnos, qué vida).

Pero esta digresión que comienza va por otro lado: por los que desaparecen voluntariamente. Por aquellos que, sin que tú sepas qué ha pasado, te hacen la cobra- virtual y física- y se largan por donde han venido. No lo comprendo. Yo necesito que me pongan a parir, que me digan qué les ha parecido mal. Prefiero que alguien me diga : “Has sido una cretina y una gilipollas en esto, en esto y en lo de más allá” y yo ya pondré carita de gatito de Shrek ( no de la niña, no, del gatito), o curaré mi maltrecha autoestima o presentaré argumentos en una conversación, intentémoslo, moderada y cariñosa. Si se puede, adelante, si no, madre del amor hermoso: viene la parte de “te borro del feisbú”. Borrar del feisbú se ha convertido en, más que una amenaza, en un sentimiento pasivo-agresivo (me chifla decir esto, repitan en alto: “pasivo-agresivo”. ¡Es tan Jodorovsky!). Pues claro que yo he borrado gente, no te jode, tengo mi corazoncito y si alguien es trol, me molesta, o, sencillamente, no cumple el aspecto básico fundamental de las redes sociales- esto es algo de coña, se lo inventó un chaval de nombre imposible y no es la vida- pues fuera. O cuando no tengo ninguna relación más de la cortesía inevitable o cuando tengo mucha más relación fuera de internet. No me parece descortés, me parece normal. También tengo amigos a los que quiero muy analógicamente hablando y que son unos fachas de carallo, votan a Albert Rivera o protagonizan bochornosos rifirrafes online. También los hay que me quieren catequizar, los que crean páginas sin ton ni son de las que tengo que hacerme fan a pelotas, porque sí, sean de protección del urogallo noroccidental (yeah) o de papiroflexia recreativa. Porque si no lo hago, al loro, les parecerá mal. ¿Nos estamos volviendo todos algo tontos de capirote o pasamos demasiado tiempo mirando las casas de los vecinos, en ese patio de lerchas que es, fundamentalmente, Facebook? Y claro que me lo paso pirata, hombre que no. Y  amigos de verdad, a los que veo poquísimo porque viven en a tomar por saco- qué manía tienen mis amigos de vivir tan lejos, deberían corregirse- me mandan enlaces, me hacen reír con muchas cosas, me leen y me dicen lo que les parece que está bien o mal. Ahí sí que le estamos dando bien a lo digital. Y sobre todo: quien me hace reflexionar, los que hacen que, disintiendo, me plantee muchas cosas. Y esa es la única riqueza que creo que podemos obtener, ya que no somos Zuckerberg, que ese sí se está forrando con nuestras cuitas.

No soy apocalíptica en ese caso, soy más bien integrada. Pero sí creo que de vez en cuando hay que parar un poquito, porque la sobreexposición altera nuestro entendimiento. La vida en el siglo XXI, y da igual si es red social, posesión de smartphone o tiempo de visión de pantalla, es una combinación de ambas cosas: lo que está en línea y lo que está fuera. Construir identidades está al alcance de cada uno, eso es un hecho. Pero si a alguien le molesta o le ha molestado alguna criba realizada en una red social, debería hacérselo mirar o, al menos, volver a usar el teléfono para quedar de forma muy analógica, tocarse la piel de forma también muy analógica- y mucho más placentera- y mirarse a los ojos analógicos.  Si desaparecemos de la vida virtual de la gente no importa (agradezco mucho, mucho a algunas personas que me hayan borrado). Tienen que doler otras ausencias, aunque algunas evaporaciones, por decirlo así, sí pueden doler y desconcertar. Pero es el pacto.

Por todo esto, al encender el ordenador quizá tengamos que plantearnos no ir a nuestra red social favorita, no pensar en seguidores, no observar con un vuelco en el corazón que ha bajado en uno o dos el cómputo de amigos feisbuqueros. Están de limpieza o de arroutada, que todo es posible y no pasa nada. En la vida, la política y en nuestras identidades digitales hay puertas giratorias. Pero hay muchas riquezas en línea que explorar  y que carecen de cómputos. Naveguen y naden. O, como decía Flaubert, siempre queda la opción de sumergirse en la literatura como orgía perpetua. Si pueden ir a otras que no sean literarias no seré yo quien lo juzgue.

 

 

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Female Nude (Barbara Gittings and Kay Tobin Lahusen Gay History Papers and Photographs collection) (Pulsar en la imagen para enlazar con su ID en la NYPL)

 

He leído no sé en dónde- los dispersos nunca sabemos dónde está el origen de casi nada- una cita de Flannery O’Connor que dice algo así que no escribía lo que pensaba, sino que escribía para saber lo que pensaba.  La hija de un amigo decía el otro día, luchando con las palabras para componer uno de sus primeros cuentos, que no le salía contar lo que ella quería, sino lo que veía.

Hoy es una tarde algo tristona de febrero, carnavalera de lluvia y viento silbante, y me pongo ante la pantalla después de mucho tiempo, algo que empieza a ser una costumbre. Un blog ha de tener cierta continuidad, son apuntes apresurados que sacan pecho, que quieren hacerse algo mayores. Quizá, y solamente quizá, lo que sucede es que ya no te sale con tanta frescura, te da cada vez más pereza porque ni entiendes lo que piensas – o te da mucho vértigo descubrirlo- o tampoco sabes con total certeza qué es lo que ves delante. Bueno, esto último es una exageración: si algo hacemos es observar, observar sin medida. Lamento no tener una vida tan poética como alguno de mis contactos en redes sociales: me pasan cantidad de cosas al día, algunas muy divertidas, otras no tanto, pero no tengo esa necesidad urgente de compartirlas. Pero sí que observamos, registramos, casi siempre dejamos atrás inicios de cuentos y novelas por pura falta de autoestima y una permanente sensación de Bartleby, nos llenamos los bolsillos de pequeñas notas. Creo que ya lo hemos contado: los blogs atemáticos como este- no soy trendy, no soy youtuber, solo soy apuntadora- son lo más parecido a las personas que pasan a nuestro lado en una calle atestada: miramos, no vemos. Echamos la vista encima con poca ambición, extremando la gama de grises que otorgamos a, quienes como nosotros, tienen tristezas, preocupaciones y pensamientos.  Uno de mis sueños recurrentes cuando era niña era que se descubría- mediante un rústico prompter, subtítulo o un bocadillo de tebeo- lo lo que yo pensaba, que aquella monja que me abroncaba sabía que, ajena a aquella lectura de cartilla, lo único que me importaba era  que me estaba aguantando el pis, o en que a la monja se le veían amarillos los dientes de delante, más amarillos que los otros.  ¿Y si todo el mundo sabe lo que pienso cómo voy a poder vivir?- me decía yo a mí misma, sublimando ya la paradoja que, de ser cierta aquella transparencia mental, ese pensamiento que era una conjura completa al realismo y a las teorías de espacio-tiempo, se hacía visible para cualquiera.  Esa es la clave del asunto: ser demasiado transparente, exhibir de más sin pretenderlo, confundiendo los lenguajes y los límites, algo común en unos tiempos en que todo es inmediato y  sin misterio. Trasladado a la escritura pienso por qué y si es necesaria esa forma de expiación, de hurgarse y rascarse las tripas buscando algo o encontrando momentáneo alivio, de volcarse, de dejar algo de ti. ¿Compensa dejar este rastro que ya nace desvanecido? Veamos: si publicas tus post en redes sociales, por ejemplo, son más virales, hay más posibilidad de que…¿los lean? ¿les den a “me gusta” por pura cortesía, cariño, inercia, aburrimiento? ¿Te premien con una galletita, como si fueses una mascota, y te hagan un retuit? (elija la opción que proceda).

Cada vez pienso más que el medio natural de los cuadernos en cualquier formato es el bolsillo. Este que usted lee ahora, si es que alguien todavía se detiene por aquí, es tan persistente, y a la vez tan efímero en su apreciación, como esta desencantada y permanente lluvia compostelana que nos acompaña. Mis notas y apuntes se quedan aquí, en este medio: no se alteren, yo no voy a promocionar mi novela, mi libro de relatos, mi crowdfunding, ni mis cursos para subir la autoestima. Lo único que hago es ejercitar las teclas y mis imaginaciones. No perder el hilo, enhebrar, apuntar historias más largas, desenredar madejas.  Y leo cosas que hacen tambalear estos pequeños principios o, es posible, los reafirmen: en una entrevista de 1972, Alejandra Pizarnik, ante la inevitable pregunta de por qué escribir, respondía: escribo para que no suceda lo que temo. Y puede que sea así: escribir para nadie pueda leerte, de forma equivocada, los subtítulos inconscientes que emites sin querer. Y, aunque ello sea imposible por el querido principio de la libertad interpretativa, chica, al menos tú has tomado la primera persona y la sostienes. Y eso, ni más ni menos, es tener una voz propia.

 

 

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