Anchoas y Tigretones

Colwin y McDermott: lecturas de un neoyorkino verano

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Nina Leen : Young woman on the balcony (1950) Tomado de The night picture collector. Pulse en la imagen para llegar al original.

Verano. Dejarse llevar por la laxitud, por ese cierto grado de caos que se encoge de hombros, por el pausado desorden de la desrutina. Agosto de pereza y verbena, de churro y ferias de libro en provincias, de cañas en manga corta y de coger perseidas a golpe de mordisco y guiño. Agosto de desgobiernos, de olvidarse las llaves pero da igual porque la casa es ya la calle, de ausencias y novedades, de leer en diagonal y de civilizar las orillas del mar con castillos ya deshechos, eso es la infancia. Me acuerdo de que es agosto cuando me doy cuenta de que avanzo mucho más en mis lecturas que en mis escrituras, que el azar me ha traído dos novelas no gemelas pero que se miran de reojo, que me invaden dos imágenes de New York tan antagónicas como amables y bastardas. Vayamos poco a poco, que esto se nos va de las manos.

Leo Tantos días felices de Laurie Colwin y me quedo con ganas de novela. Entendámonos bien: es una novela bien construida y mejor resuelta, los paseos por Manhattan son siempre bienvenidos- a pesar de que, como Compostela, empiezan ya a ser parques temáticos- el tono es cortés y mesurado y quizás, y digo solo quizás, sea eso. En el amable centro del mundo diseñado por  Colwin,  los hombres conocen y no comprenden a las mujeres y las mujeres no se comprenden a sí mismas.  Misty y Holly podrían parecer las protagonistas principales, dado que son  difíciles o imprevisibles.  Pero lo fundamental son las reflexiones que los hombres que las aman hacen sobre ellas. Porque los hombres que las aman, y mucho, lo hacen a pesar de sí mismos y de ellas mismas …¿y no es ésta, y no otra, la esencia del enamoramiento, queridos Guido y Vincent (los protagonistas)? ¡Pues no os quejéis, it’s the deal, stupids! Guido/Holly, Vicent/Misty  son dos parejas que podrían ser protagonistas de un anuncio del bienestar americano escondido en los afiches de la oficina de Don Draper. Pero el drama, todo el drama, está en esa prevención que Misty tiene hacia el amor por ella misma- coño, parece Morrissey- y la excentricidad individualista de Holly es estrictamente necesaria en ese mundo de casita de muñecas, cincelado a golpe de revista, en el que ha convertido su matrimonio. Y sí, es una novela por la que transitamos como por una leve delicia, pero hay más de cupcake que de bombón relleno de pimienta.  Es Tantos días felices una novela de hombres que aman a las mujeres a pesar de todo, de mujeres y hombres que creen en el amor malgre lui. Y en este paseo por la vencida misantropía hosca de Misty, por la impasible perfección de Holly, a esta lectora le cautiva el poso Annie Hall, le agrada el delicado humor del léxico creado a pares, pero echa de menos algo, no sabe si historia o qué, pero algo. Y quizás, y sin crear cánones de ningún tipo, es porque añora esa soledad de aeropuerto que crea tantas veces John Cheever, esa interrogación pendiente en los silencios de las parejas  que leen una enfrente de la otra y que tan bien retrata Richard Yates, la mano de Alice Munro señalándome algunos abismos de la convivencia. ¿A que acojona? Pues sí, porque lo que refleja no es solamente que una sea una aprendiz de cultureta de provincias, sino que, como lectora, acepta y reclama la necesidad de la tragedia cotidiana, de la incomprensión como detonador del amor fou, que el amor parta de la irracionalidad y que sea una cuestión de piel y no de “estas son las posibilidades: analicemos”. Pero esto, señoras mías, ya es otra historia. Lean la novela y opinen.

Laurie Colwin Tantos días felices  Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: A Antonio Orejudo le ha parecido una novela fascinante. Yo no disiento, simplemente I curb my enthusiasm de forma muy neoyorkina. Dejo el enlace: ¡Arriba el amor!

 

Y llego a la que, a mí sí me ha parecido una grandísima revelación: Alguien de Alice McDermott. Marie es una Bartleby del Brooklyn sin gentrificar de mediados del XX. Marie es medio irlandesa, una extraña mezcla de chica taciturna y amable, medio huérfana y, también, con un cierto desapego, no sabemos si desencanto o prevención, que viene de fábrica.  Con ella recorremos la adolescencia, los partidos de béisbol en la calle- con un árbitro ciego, pásmense-las preguntas sobre el amor y el sexo, el reconocerse en un espejo.  Marie, niña de barrio, la “pequeña pagana” que espera a su padre a la salida de la taberna, que conoce pronto la muerte y el ostracismo de la fealdad, que atesora las anécdotas del barrio y la familia. Marie, clarividente y pasota, se niega a aprender a cocinar, no quiere salir de Brooklyn para encontrar un trabajo pero no es que no le agrade la idea. Simplemente, preferiría no hacerlo. No hay militancia, no hay enfrentamiento familiar, es la forma más revolucionaria de rebeldía: la laxitud ante lo que no nos interesa. La fortaleza de la fragilidad. Marie, una mujer a lo largo de la vida, niña y mujer, con una existencia divergente a la de su hermano Gabe, tanto que se comprenden y aceptan muy tarde, pese a haberse acompañado tantos años. Hay en la escritura de McDermott esos detalles diseminados que tan bien reconoceríamos en cualquier casa que hayamos habitado, en cualquier secreto familiar de voz queda, hay un rasgo de distintiva uniformidad en su escritura. Marie observa y nos acompaña en el que, suponemos, es un Brooklyn atestado de trabajadores y escaleras de incendios, de vida de barrio con vecinos y tiendas, con cotilleos en sala de funeraria, con amigas de la infancia y con las amargas decepciones de los primeros amores. Crecer, hacerse adulto, tener hijos. Y encontrar ese “alguien”, ese momento prometido por su hermano- que tan poco sabe del amor y que enuncia en una única frase:  “Alguien te querrá”. Lo enigmático se convierte en certero, no hay profecías, hay solamente vida. Y en esta crónica apócrifa, en esta imposible autobiografía  en tercera persona, la mirada de Marie es siempre la mirada de una mujer entera a la que daña la vida y el amor, a la que se le arrebata la vista pero nunca la voz, el modo de asumir el mundo con cierta distancia y con ironía. Sobrevivir, a veces, es más que ponerse a cubierto: es exhibir, de forma pausada, una suerte de invisible resistencia. Esa que nos hace doblarnos pero no rompernos.

Alice McDermott Alguien Traducción de Vanessa Casanova. Libros del Asteroide, 2015

Bonus track: He leído, juro que a posteriori, la crítica que hace Marta Sanz. Y no pensamos exactamente lo mismo, pero su reseña es eso, una reseña y lo que yo hago es otra cosa, así que dejo aquí el enlace Generosidad de mujer contestona.

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